TRES
ENCUENTROS
CON AMERICA
TRADUCCIÓN, EDICION Y NOTAS
ARTURO NAGY
Y
FRANCISCO PEREZ - MARICEVICH
EDITORIAL DEL CENTENARIO
Asunción - 1967 - Paraguay
Colección "PARAQUARIA"
Nº 2
Hecho el depósito que marca
la ley 94.
Copyright by EDITORIAL
CENTENARIO
(en formación)
PRINTED IN PARAGUAY - IMPRESO EN PARAGUAY
Editorial "El Arte" S.A. Cerro Corá 726/64 - Asunción
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Tapa del libro "TRES ENCUENTROS CON AMERICA".(Pulse sobre el ícono para obtener la imágen agrandada). |
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NOTA PRELIMINAR
Al cumplirse el bicentenario de la expulsión de los jesuitas del Paraguay, la Editorial del Centenario se adhiere a la conmemoración de ese acontecimiento publicando, en traducción castellana, tres relatos difícilmente accesibles al público. Estos relatos abarcan más de cien años de la obra evangelizadora de la Compañía y reflejan tres fases sociológicas de la misma. Esta diversidad de caracteres deriva no sólo de los naturales cambios generacionales sino también de las distintas nacionalidades de los autores.
El primero de los relatos, traducido del latín, corresponde al Padre Nicolás del Techo y se refiere a una tentativa para evangelizar a los guayakíes. El segundo, escrito originalmente en español por el Padre Bartolomé Ximénez sobre una expedición evangelizadora a las tierras de los tobatines, llegó hasta nosotros en las traducciones alemana y latina del Padre Antonio Sepp. El último es un fragmento de la monumental obra del Padre Martín Dobrizhoffer que relata su encuentro con los cainguáes del Mbaéverá. Nuestra versión está basada en el original latino y en la traducción alemana.
En la interpretación de algunos pasajes del texto del Padre del Techo nos fue de gran ayuda la erudición filológica del Profesor Rolando Natalizia, a quien nos complacemos en expresar nuestros agradecimientos.
NICOLÁS DEL TECHO
Nacido en 1611, en LiLa, ingresó a La Compañía a Los diecinueve años de edad. A fines de 1640 llegó a América y, luego de culminar sus estudios en Córdoba, pasó el resto de su larga vida en distintas reducciones de la extensa provincia jesuítica del Paraguay, en Córdoba y en Asunción. Murió en agosto de 1687 en la reducción de Apóstoles.
El Padre Nicolás del Techo (cuyo apellido original du Toict fue castellanizado) es uno de los mayores historiadores oficiales de la Compañía y su obra fundamental, Historia Provinciae Paraquariae, se publicó en Lieja en 1678. De esta obra existe una sola traducción completa al español, debida a Manuel Serrano y Sanz. Fue publicada en Madrid en 1897, en la Biblioteca Paraguaya dirigida por Blas Garay, del cual es el prólogo que encabeza la edición.
El texto que aquí se publica, apareció en la Relatio triplex de rebus indicis impresa en 1654 en Amberes. Es una pieza rara de la que existen dos ejemplares: el primero, citado por todos los bibliógrafos, se guarda en el Museo Británico, y el segundo – según información de Maxime Haubert – en la biblioteca de los jesuitas de Chantilly.
El relato del padre belga abunda en observaciones agudas y realistas sin que se desvincule notoriamente de La atmósfera de robustas creencias religiosas en la que los milagros tienen su sitio natural, propia de la época.
I PARTE
RELACIÓN SOBRE LA GENTE CAAIGUA QUE SE EMPEZÓ A CONVERTIR
(De la carta del Reverendo Padre Nicolás del Techo, alias du Toict, de Lila, fechada en el año 1651, desde la reducción de Santa María la Mayor, a orillas del río Uruguay, en la Provincia del Paraguay).
ESTOY viviendo en la reducción, o pueblo de Santa María la Mayor, en las orillas del río Uruguay, junto con el Padre Alfonso Gutiérrez, quien sufre de un asma maligna, Estamos cuidando aquí, los dos, de dos mil seiscientos indios, muchos de los cuales se convirtieron recientemente a la fe de Cristo. Por ello, su organización requiere trabajo intenso y continuo. A este trabajo se agrega otro, no menos árduo: el de amansar a las ferocísimas gentes Caaiguá y de conducirlas a los pueblos de los neófitos. Para que esta tarea se pueda comprender con más claridad, creo necesario describir brevemente las costumbres de esta gente, el lugar donde viven, los esfuerzos para convertirla y las esperanzas futuras.
La gente Caaiguá es muy poco numerosa y la menos apta para el trabajo entre todos los indios. Viven en las selvas entre los ríos Paraná y Uruguay, especialmente cerca del río Iguazú, por lo cual las tribus circunvecinas, los llaman habitantes de la selva (que es el significado del nombre Caaiguá). Hablan un idioma propio, no muy fácil de aprender, pues, emitiendo sus sonidos, parece que, en vez de hablar, silbaran, produciendo un remolino de explosiones inarticuladas en la garganta. Tienen muy pocas cabañas y las mismas están muy alejadas entre sí. La mayoría de estos indios se conforman viviendo en antros, como los animales, y no se procuran la comida mucho mejor que aquéllos, así que no practican ni la agricultura, ni actividad campesina ninguna. Pescan y cazan con arco y flecha. Sin embargo, durante la mayor parte del año se nutren de gusanos crudos, ratones, hormigas y otros animalitos que pueden conseguir fácilmente. Luchan con las antas, que nosotros llamamos animales grandes, las matan y las comen; trepando a los árboles agarran a los monos, con tal agilidad, como si ellos mismos fuesen simios. La carne de mono les gusta muchísimo y comen sin asco hasta la carne de tigre. Encuentran deliciosa la miel silvestre, y, tomándola, se calientan tanto que los hombres soportan desnudos el frío y se excitan para guerrear. En verdad, sus guerras son tan innobles que más parecen asaltos de fieras, que luchas entre seres humanos. Puesto que viven continuamente en las selvas, por el ejercicio cotidiano se mueven tan ágilmente en la espesura de malezas y zarzales, como las mismísimas víboras, de manera que más parecen serpear que caminar. Desde los matorrales asaltan y matan, mas sólo de noche, a los viajeros que imprudentemente duermen en sus territorios, no tanto por venganza o por el deseo de cosas ajenas, como por cierta ferocidad innata. Benévola e impropiamente ellos llaman guerra a esta salvajada, que aprendieron de los tigres, con los cuales están en perpetua lucha. La razón que ellos mismos dan de su reducido número es precisamente que son diezmados por los continuos ataques de los tigres. Consideran la ira una virtud, desconociendo las otras prendas del alma. Son físicamente deformes hasta lo monstruoso, tan parecidos a los monos como a los hombres, especialmente si se les mira las narices, por las cuales se los puede llamar ñatos con toda justicia. Por vivir en las selvas, la mayoría tiene espaldas encorvadas y jibosas, por lo cual, con la vista fija en el suelo, caminan muy inclinados. Sin embargo, muchos de ellos tienen aspecto más agradable, especialmente las mujeres, que nacidas y criadas a la sombra, conservan el color del cuerpo bastante semejante al de los europeos. Ambos sexos hacen poco uso de la razón, a la cual, por la calidad de sus alimentos, la ferocidad cotidianamente profesada y la absoluta libertad de su manera d vivir (pues desde niños no se acostumbran a ningún trabajo y hacen sólo lo que les da la gana) han corrompido de tal manera, que entre sus costumbres y las de los animales salvajes no hay ni la diferencia del grosor de las uñas. Las mujeres se visten con ortigas desde la cintura hasta las rodillas. Primero maceran la ortiga como si fuese lino, después la peinan con los dedos y luego la tejen en forma de red. Los hombres, al contrario, no llevan vestido alguno, excepto unas pieles tan pequeñas que dejan ver casi todas las partes del cuerpo. Como están desnudos, la piel de todo el cuerpo se halla tan encallecida, que caminan ilesos y sin temor alguno a través de los matorrales espinosos. Son tan desconfiados que no desean adquirir nada que venga desde afuera; procuran, para su uso cotidiano, las cosas que crecen y se producen entre ellos, aún siendo malas e insípidas. Una vez capturados, resulta más difícil domesticarlos que a las mismas fieras. En efecto, a veces fueron vistos morder con los dientes sus ataduras, aún de hierro, y echar espuma por la boca, como animales rabiosos. De esta manera, exceptuando apenas algunos párvulos, no se podían acostumbrar al consorcio con otra gente y a la mansedumbre. Si se los dejaba maniatados por cierto tiempo, entonces rehusaban la comida y se morían a los pocos días, por una especie de impotencia del alma, como animales que no quieren ser criados fuera de su ambiente. Los ribereños del Paraná, antes de convertirse a la fe de Cristo, se trababan en lucha con esta gente y no tenían otra causa de hostilidad que el deseo de alimentarse con la carne del enemigo, como los cazadores hacen con los animales salvajes, o por lo menos el deseo de alejar los peligros, como es costumbre en Europa matar a los lobos para que no causen estragos. Pero los Caaiguá, una vez vencidos, se afligen de tal manera que, a pesar de ser perdonados a veces por los enemigos, no comen, ni dejan que se les cure las heridas, y puede lograrse sólo en pocos casos que tengan la voluntad de sobrevivir. Habiendo encontrado el Padre Claudio en el pueblo de Santa María la Mayor, dicho del Iguazú, (en el cual yo vivo ahora) a un jovencito de esa nación, lo rescató y lo educó (yo lo uso ahora como intérprete), para que aprendiera la lengua guaraní y las costumbres cristianas y para que explicara a los suyos la religión, relatando las enseñanzas de sus maestros. El proyecto resultó según lo esperado, pues cuando los Caaiguá vieron que nuestros neófitos guaraníes eran menos violentos desde su sumisión a los sacerdotes extranjeros y ya no iban buscándolos a muerte, surgió en sus ánimos el deseo de observar de cerca a los cristianos. Así que algunos salieron de sus grutas y bajo pretexto de negocio, avanzaron con una embarcación hasta las cercanías del pueblo de Santa María la Mayor. Una vez realizados, por medio de un intérprete, los intercambios de sus baratijas, pidieron al fin, casi a regañadientes, que su cacique, que estaba presente, pudiese entrar en el pueblo con otros cuatro indios para presentarse a los padres jesuitas. El jovencito, que por la benevolencia de los padres se había acostumbrado al consorcio de extranjeros, contribuyó a este gran acontecimiento. Los habitantes de la selva se maravillaban de todo. Las casas de los padres, hechas de barro y paja, les parecían tan espléndidas como los soberbios palacios de los reyes a los campesinos europeos que entran por primera vez en una ciudad. Mientras tanto los espectadores los rodeaban no exentos de cierto temor; pues habían escuchado que esos hombres podían enfurecerse repentinamente como los locos y mientras se los creía tranquilos, atacar a los presentes a la manera de las fieras, así que la gente, observando todos los movimientos de los Caaiguá, estaba lista a poner pies en polvorosa. Pero no hubo tal necesidad, porque nuestros padres, desconfiando de influir sobre aquella gente con razones, prudentemente recurrieron a la ayuda divina. Les pareció bien mostrar a los huéspedes el relicario que contenía un trocito de los huesos de San Javier, para que sintieran el poder del Patrono de los Indios; porque suponían, inteligentemente, que en los cielos habría aumentado el amor de Javier, quien, mientras viviera, deshacíase por conquistar las almas de los bárbaros. Los salvajes tocaron el relicario; se les inmutaron los semblantes, señal del cambio de su espíritu, y se mostraron tan razonables que prometieron volver otra vez y contar a sus compañeros todo lo que habían visto. Y esta es no poca gloria para San Javier, cuyos huesos conservan después de tantos años el poder con el cual él subyugaba a los salvajes mientras viviera. En realidad, muchas veces afirmaban los padres, por pura modestia, que Javier, mudo y en efigie, podía más que las vivas virtudes de los demás. Desde aquel momento los salvajes escucharon con avidez los sermones sobre Dios y con su expresión atenta y con su deseo de escuchar demostraban claramente que tenían el alma dispuesta, por el cielo, a llegar a la virtud. Abandonada toda sospecha, aceptaban de buena gana los alimentos de manos de los padres; pero éstos lamentaban no poder explicar los sentimientos del alma, ni satisfacer completamente las preguntas, por su ignorancia de la lengua y por las pocas luces del intérprete. Por otra parte, como no hay duda de que el alma de cualquiera se conquista con los continuos beneficios, los padres se conciliaban el afecto de los salvajes con buenas acciones. Todos recibieron generosos regalos de los padres, delante de los cuales demostraron su alegría como suelen hacerlo en las fiestas. Era divertido verlos estupefactos al escuchar el sonido de la campana de bronce, semejante al trueno, pues se maravillaban que tan pequeña mole pudiese emitir una voz tan poderosa. Pero aún más divertido fue ver a estos salvajes, acostumbrados sólo a los rugidos de los tigres, saltar al ritmo nunca antes escuchado de la música e imitar abiertamente a los muchachos convertidos, danzando al son de los instrumentos músicos. Ya no me maravillo del cuento de los poetas, según los cuales las piedras y las fieras eran atraídas por las melodías de la lira de Orfeo, si estos muchachos aquí hacen lo mismo. Los padres adornaron con ramos y flores la embarcación en la cual iban a viajar los indios que querían volver a su territorio. Con estas manifestaciones exteriores querían atraer, de ser posible, a esos bárbaros, los cuales, después de haber prometido que volverían, se fueron el mismo día de su llegada. Desde entonces los padres no perdieron ocasión alguna para mostrarse favorables a esa gente. Cosa que los salvajes sabían muy bien, porque cuando se divulgó la noticia de que ciertos habitantes indisciplinados del pueblo de Santa María la Mayor habían irrumpido en el territorio de los Caaiguá, según la vieja costumbre hostil, nuestros padres castigaron severamente a los culpables.
Luego el padre Pedro Alvaro se entusiasmó con renovado ardor, proyectando franquear las tierras de los Caaiguá y propagar la ley de Cristo en esa nación que es la más bárbara entre todas. Obtuvo el permiso del padre Pedro Romero, en aquel entonces Superior de las Misiones y ahora mártir ilustre, y acompañado de algunos indios emprendió viaje desde el pueblo de indios conversos Acauaia y, pasado el Paraná, se internó en selvas tupidas sólo transitables por los tigres. Se abrió camino a través de aquellas espesuras con tanto esfuerzo y trabajo que al poco tiempo la sotana se le desgarró en jirones entre los matorrales espinosos, tanto que apenas estaba cubierta la desnudez de su tronco. El resto del viaje fue sumamente incómodo y peligroso; el padre debió vadear ríos, entrando en el agua hasta el cuello con la ropa puesta, cruzar pantanos bajo torrentes de lluvia y echarse a dormir donde se veían huellas de tigres y había cadáveres semi devorados por las fieras.
Después de un viaje de nueve días este ilustre cazador de almas entró en las grutas de los hombres salvajes y, por intermedio del intérprete, obtuvo que los dieciocho que allí se encontraban, aceptaran ser convertidos y lo siguieran. Y no abandonaron de mala gana sus lugares pues estaban tan aterrorizados por los ataques de los tigres, que consideraban casi imposible poder sobrevivir en aquellas selvas. Contaban que, poco antes de la llegada del padre, los tigres habían destrozado a dos hombres, y tres mujeres habían muerto por picaduras de víboras. Cuando el padre se informó con respecto a las tribus vecinas, resultó que no mucho tiempo antes había llegado un cristiano desertor de los Ibagobios, quien persuadió a muchos de los Caaiguá a que lo siguieran y los condujo a lugares accesibles sólo para los mismos habitantes de las selvas, porque el camino es intransitable, cruzando montañas abruptas, en regiones infestadas por tigres y antas, y no se sabía exactamente dónde se habrían establecido. Después de haber escuchado todo esto, el Padre Alvaro preparó el retorno, pues sus fuerzas se habían debilitado por haberse alimentado sólo de bayas y de yuyos silvestres. Con la feliz adquisición hecha, desandó su camino con los mismos esfuerzos y penurias. Iba casi descalzo y semidesnudo, porque por todos lados encontraba arroyos y ríos que debía pasar vadeándolos o a nado. A menudo sufría duramente, casi desfalleciendo por el frío y por el hambre; a cada rato se le doblaban las rodillas y, cansado por las espinas que lo hostigaban continuamente, se desplomaba cuando el terreno resbaladizo o abrupto le hacía fallar la pisada. Todos estos sufrimientos él los sobrellevaba con ánimo no sólo tranquilo, sino fijo en Dios; pues se sentía tan feliz por su nueva conquista (de las almas) que se lo veía recobrarse gozoso cada vez que se enredaba en las zarzas o se golpeaba y hería los pies con las piedras, o cuando las lluvias lo empapaban, o se había quedado aterido por el frío y el hambre, donde no había consuelo humano alguno. Superadas a duras penas las dificultades del camino, durante tres semanas de viaje, al fin llegó a su pueblo completamente exhausto, pero, por gracia de Dios, con sus compañeros sanos y salvos. Y habiendo comprobado que la gente Caaiguá, sacada de sus sombras nativas, muere en seguida, como los peces fuera de su elemento, no vaciló en tentar inmediatamente ver con qué ánimo iban a aprender por fin los fundamentos de la doctrina cristiana. Encontró que eran ineptos para retener y obtusos para comprender claramente. Sin embargo, recordando la Divina Clemencia que quiere salvar a hombres y brutos, sin perder tiempo le preguntó a cada uno si creía en los misterios de Cristo: diciendo ellos que sí, empezó a bautizar a los que querían. Poco después murieron todos, sin excepción. Cuando Pedro Alvaro vio todo eso, después de tan grandes penurias sufridas en el viaje, se alegró de que el manojo de la mies, recogido por él, fuese digno de ser trasladado al granero del Eterno Padre. Y se consolaba del número reducido, pensando que no sólo es glorioso hacer muchas cosas por amor de Cristo, sino también sufrir mucho haciendo poco.
Luego nunca más se acercaron los Caaiguá hasta este año; pues, habiendo aparecido los ladrones Mamelucos para llevárselos, y temiendo que una vez subyugada aquella gente asaltarían a nuestros neófitos, unos seiscientos indios del Paraná, a los cuales se agregaron dos de nuestros padres, en el mes de marzo próximo pasado salieron en reconocimiento. Y sucedió que entraron en las selvas de los Caaiguá justamente cuando los ladrones Mamelucos se preparaban a llevarse a aquella gente. Los nuestros tomaron las armas y poniendo en fuga a los bandidos, liberaron de la esclavitud a unos sesenta Caaiguá y los condujeron, cargados de los despojos de los Mamelucos, a los pueblos de los neófitos. El Padre Superior de todas las reducciones asignó este grupo de Caaiguá al pueblo en el cual me encuentro y los confió a mi cuidado. Con un viaje de dos días me fui a su encuentro con caballos y carros, llevándolos a casa a todos incólumes, con gran alegría mía. Era divertido ver a esta gente maravillarse de todo; pues nunca antes habían visto ni caballos, ni carros, ni bueyes, en una palabra, nada, fuera de sus bosques y creían, si no me equivoco, que nosotros habíamos nacido con sombrero y zapatos puestos, porque iban tocando con admiración nuestros calzados y polainas. Por cuatro meses me ocupé asíduamente de ellos y a fuerza de buenos tratos se han vuelto mansos antes de lo esperado, de tal manera que parecen dispuestos a amoldarse, dentro de poco, a las costumbres de nuestros neófitos. Me arreglo con ellos por intermedio del intérprete ya mencionado y con su ayuda compuse un breve catecismo. Hasta ahora murieron sólo tres adultos y cuatro niños, todos después de haber recibido el bautismo. Encontré que esta gente no tiene palabras para significar Dios y el alma humana. No tiene objetos sagrados ni ídolos. Por esta razón creen fácilmente lo que la fe nos enseña acerca de Dios. Los demás que viven, gozan de buena salud y me pidieron todos que volviera a sus tierras para invitar a las demás gentes. Esto me indujo a pedir fervorosamente a mis superiores que me encomendaran esta misión y por fin obtuve su permiso. De esta manera, si Dios quiere, en el próximo mes de setiembre marcharé con unos sesenta neófitos a sus tierras, que distan sesenta leguas de aquí.
Ruego a Dios Todopoderoso que me ayude y que por fin pueda yo conducir a esta gente al redil de la Iglesia, cosa que espero llevar a cabo, siempre que no lo impidan mis pecados.
BARTOLOMÉ XIMENEZ
Bartolomé Ximénez, junto con el Padre Francisco de Robles, realizó una expedición evangelizadora llena de peligros en el año 1697 a las tierras de los indios tobatines De esta misión escribió un relato para el Padre Simón de León, Provincial, del Paraguay, quien, sabedor de las inclinaciones Literarias del Padre Antonio Sepp, se lo remitió para que lo incluyera en uno de sus libros que gozaban de gran popularidad en Alemania y, en general, en toda Europa. Desconociendo el probable paradero del original español, hemos traducido el texto de la versión alemana aparecida en el segundo libro del Padre Sepp en 1710. Este texto está no sólo cubierto de las casi interminables e ingenuas interpolaciones del Padre Sepp, sino caracterizado por su estilo sinuoso y ampuloso. Por esta razón hemos juzgado conveniente omitir algunos pasajes que son meras digresiones del jesuita alemán.
Del Padre Bartolomé Ximénez sabemos que fue Provincial del Paraguay alrededor del año 1710 y Procurador de la Provincia Jesuítica del Paraguay. Algunas cartas suyas han sido publicadas por el Padre Pastells, las que dan testimonio de la recia y viril personalidad del Padre Ximénez, defensor y abogado de los indios explotados en los yerbales. (Es sumamente curioso observar la casi identidad de la denuncia que hacen el Padre Ximénez y Rafael Barrett, dos siglos después). Leyendo sus acusaciones contra los encomenderos, contenidas en una de sus cartas, puede comprenderse el odio y terror que los indios sentían de ser entregados a los españoles.
II PARTE
MISIÓN A LOS TOBATINES
Descripción de la gloriosa misión apostólica emprendida en el año 1697 por los reverendos padres jesuitas Bartolomé Ximénez y Francisco de Robles, para convertir la nación pagana que nosotros llamamos de los Tobatines. Esta relación se sacó del original que el nombrado R. P. Bartolomé Ximénez había remitido al Rvdmo. Padre Simón de León, a la sazón Provincial del Paraguay, y éste confió y ordenó la traducción del texto español al idioma alemán, al P. Antonio Sepp, quien quiso añadir este relato a su historia.
CAPITULO PRIMERO
Los padres misioneros salen del pueblo de Nuestra Señora de la Fe y llegan a una aldehuela de españoles.
A la tardecita del día del Santo Apóstol Andrés salimos de la gran reducción llamada Nuestra Señora de la Fe, hacia Caazapá, un pueblecito de indios cristianos, instruídos en la fe católica y educados con incesante celo por los muy reverendos padres de la universalmente famosa y seráfica orden de San Francisco. Cuidaba, a la sazón, de estas nuevas plantitas de la fe católica romana el Rev. Padre José Abad, Definidor de su santa orden seráfica, quien profesaba mucha buena voluntad tanto para con nuestra humilde Sociedad como para conmigo, ya que a algunos de sus indios había yo enseñado música y el arte de cantar. Viviendo en la mencionada reducción de Nuestra Señora de la Fe, él me había visitado algunas veces, y retribuyéndole los honores con que él me solía recibir, siempre lo honraba yo de manera especial. Le obsequié con algunos curiosos objetos de procedencia europea, entre ellos un pequeño catalejo de marfil, que él apreciaba muchísimo y, más tarde, me devolvió el favor mandándome una bolsa de romero desecado. Cuando llegamos al pueblo de este gran cuidador seráfico de almas, nos recibió con su cortesía innata y paternal afecto, nos abasteció con cosas de varia índole, necesarias para esta misión, tomó inmediatamente, y con toda seriedad, la carga de la misión sobre si, y nos ayudó desde el principio hasta el fin, como si él hubiese sido el causante y estuviese a cargo de la misma. Por eso se lo puede y debe llamar justamente y con buen derecho, fundador y benefactor mayor de esta misión tan gloriosa.
Luego de esta reducción y pueblo de indios cristianos llegamos a una aldehuela de españoles, los cuales también nos recibieron con grandes honores. Quedamos allí cinco días; predicamos y escuchamos la confesión de estos pobres españoles que, en señal de agradecimiento, nos dieron por compañero a un joven español como baqueano, muy enterado de las circunstancias, montañas, selvas y ríos donde moraban esos tobatines incrédulos. Después de haber recorrido un buen tramo de camino, llegamos a unas hermosas tierras que los españoles llaman de la Santa Cruz. Necesitamos dos días y medio para cruzar esos alegres campos cubiertos de pasto verde y luego llegamos a un riachuelo, donde plantamos nuestras tiendas y chozas de ramas, y enseguida despachamos a nuestros exploradores.
CAPITULO SEGUNDO
Crueldad del brujo y tirano Pedro Pucú o Pedro el Largo, y del anciano Marcos Chapí, que ya habían desertado dos veces de la fe católica.
HACIA occidente hay unos escollos y rocas altos y abruptos, circundados por oscuras selvas, espesuras intransitables y densos zarzales, en medio de los cuales, como en una fortaleza, vive el famoso cacique, brujo y terrible tirano que se llama Pedro Pucú. Este indio, famoso por su puño, arco y flechas, dio mucho que hacer pocos años atrás a los españoles residentes en la aldehuela antes mencionada; su sólo nombre causó terror en sus almas e hizo temblar sus corazones. Los españoles trataron de capturarlo, ya que era el jefe, y quisieron quitárselo de en medio en varias escaramuzas que tuvieron con él y sus secuaces llevados a la guerra contra su voluntad; mas el brujo se defendió con sus flechas puntiagudas y venenosas con tanta bravura, que los españoles, antes que morder el polvo, buscaron su salvamento en la fuga. Este Pedro, no sólo era cruel y salvaje en los combates sino también en tiempos de paz, y vivía siempre en horrorosa avidez de sangre. Una vez llegaron a sus chozas de paja algunos neófitos prófugos, pertenecientes a la grey del antes mencionado muy reverendo P. José Abad, que semejantes a ovejitas reacias y rebeldes, se perdieron en el monte y en las cavernas, buscando la libertad, a la que estaban acostumbrados en su pasado pagano. Cuando llegaron a la toldería de este bárbaro, como dije, creyendo haber salvado la vida terrenal, la perdieron, y quiera Dios que no hayan perdido también la eterna, ya que el horrible tirano mató a tres de ellos con sus flechas. En otra oportunidad, nuestros padres misioneros mandaron un buen número de indios cristianos para espiarlo a él y a los suyos, mas fueron descubiertos por él y por su ayudante en la brujería, Marcos. Algunos fueron heridos; dos de ellos mortalmente y perdieron su vida, pero fueron más felices que los tres pobres indios prófugos mencionados, porque ellos fueron enviados en misión por los cuidadores de sus almas, y como ovejas obedientes a sus pastores dejaron sus vidas entre los lobos voraces. Por añadidura, como ya se dijo en el principio, este Pedro el Largo, lo mismo que el anciano Marcos, era un mameluco bautizado dos veces y abjurando en ambas de la fe. Mientras sirvió a los españoles, fue tratado muy duramente por ellos y concibió un odio y aversión indecibles con respecto al nombre cristiano. Junto con los suyos combatió contra los españoles, ganó varias escaramuzas, como se dijo, y se hizo cruel y terrible a los ojos de sus adversarios. Además, era un charlatán elocuente y muy locuaz, embrujando con sus bien torneadas frases a los ingenuos indios de tal manera, que éstos se le sometieron voluntariamente como siervos y esclavos siguiéndole, junto con el astuto Marcos, por doquiera, como si estos dos jefes hubiesen sido las reencarnaciones de Moisés y Aaron. Los dos jefes presentaron a sus indios el dulce yugo de Cristo como cosa amarga e insoportable; les dijeron que la libertad cristiana era la esclavitud ejercida por los españoles; que las leyes divinas y de la Iglesia Católica eran tiranía y la enseñanza de los padres misioneros un lazo para entregar a los pobres indios al poder de los españoles. Con estas y semejantes mentiras cerraron ellos todas las puertas y entradas a la verdadera fe, de tal guisa que parecía humanamente imposible llevar a estos pueblos cegados a la clara y verdadera luz de la única redentora religión católica.
CAPITULO TERCERO
Los padres misioneros alcanzan la selva de los infieles, despachan a algunos espías que atraviesan la selva espesa y llegan a las chozas de los bárbaros.
CUANDO llegamos a esta selva, estaba cercano el tiempo de la Santa Navidad, por lo que se hizo una comunión general suministrando a todos el sagrado pan de los ángeles, con plena esperanza de que en esa noche sagrada se levantase para estos bárbaros la verdadera estrella matutina, llevando consigo la luz de la fe genuina. No nos resultó difícil imaginarnos el afable y pobre Niño Jesús en su pesebre, abandonado por los hombres y no reconocido por los suyos. Y, a pesar de que no encontramos salvajes faunos cornudos o divinidades forestales en estos oscuros montes, no faltaban allí habitantes, que de nuevo, o de la misma manera que antiguamente, se negaban a reconocer a su verdadero Dios, Creador y Señor, no obstante el hecho de que el buey y el asno lo hubiesen reconocido. El mencionado brujo, como ya relatamos, condujo a estos bárbaros cegados a los bosques tenebrosos y entre rocas ásperas, de tal manera, que no pudimos encontrar la menor huella o señal de pies humanos. Por eso decidimos enviar a nuestros indios, divididos en dos patrullas, a que encontraran las huellas de los paganos. Nosotros pensábamos seguir inmediatamente a los nuestros. El 28 de diciembre, fiesta de los niños inocentes, nuestros indios empezaron a penetrar en la espesura, para abrirnos un sendero. Lo que eso costó a los pobres indios que no llevaban zapatos y calzas, no lo puede imaginar fácilmente ni el más compasivo de los lectores, desde que los bosques y espesuras del Paraguay tienen poco en común con las selvas europeas. Parece que aquí la naturaleza se ha olvidado de las buenas reglas, cubriendo los altos cedros, que en otra parte adornan al Monte Líbano, con una maraña de abrojos y plantas espinosas, y cercando las gloriosas palmeras con zarzales puntiagudos de tal guisa, que el que quiere romper el cerco, tiene que teñir y bañar su mano, como señal de victoria y de sus gloriosos hechos heroicos, con la púrpura de su propia sangre. Estos montes antes pueden llamarse salvajes espesuras llenas de espinas y oscuros setos vivos, que florestas o bosques, ya que desde mil años, con sus varios zarzales y matorrales ariscos han sido condenados, por decirlo así, a formar un lugar selvático que parece inhabitable hasta para los mismos tigres terribles. Después que nuestros espías pasaron diez días enteros explorando estos salvajes lugares intransitables y ya estaban algo alicaídos, o mejor dicho, desesperados de salir de este laberinto enmarañando, ¡oh milagro!, la divina Ariadne los condujo como haciéndoles seguir un hilo, a un alegre arroyo, donde encontraron siete cabañas de ramas, señal certera de que estas chozas, si bien poco aptas para seres humanos, pertenecían a los bárbaros. ¿A quién se le habría ocurrido pensar que junto a estas plateadas fuentes hubiesen residido ninfas y náyades con su Apolo? El sólo aspecto de los repulsivos y tenebrosos bosques hacía inhabitable este paraje basta para los crueles y salvajes tigres. Después de haber observado las chozas, los espías vieron algunas pisadas humanas en la arena, siguieron las huellas y se dieron cuenta de que estaban llegando a un sendero, que se ensanchaba paulatinamente. Siguiendo el camino, los espías llegaron al fin al campamento de los bárbaros. Estos estaban durmiendo profundamente y ni se soñaban que se les iba a aparecer la luz de la fe verdadera. Nuestros espías, encontrándolos en un sueño profundo, silenciosa pero apresuradamente retornaron, y, llenos de alegría, nos trajeron la agradable noticia de cómo ellos, por la especial voluntad de Dios, encontraron el camino que llevaba a los bárbaros y de cómo ellos mismos habían llegado hasta la toldería. Era justamente la fiesta de los Tres Reyes Magos, una señal certera de que la estrella del conocimiento de Dios debía aparecer a estos pueblas salvajes. Nosotros estábamos convencidos de que, siguiendo la estrella a través de esta inmensa selva y lugares selváticos, el recién nacido Niño Jesús por fin nos conduciría a la meta de nuestros deseos, lo que sucedió también, a pesar de todo el poder de las puertas del Infierno que empezó a poner obstáculos en nuestro camino.
CAPITULO CUARTO
El enemigo malvado informa a los paganos de la llegada de los siervos de Dios, a través del humo. Los infieles huyen.
APENAS recibimos la feliz noticia, decidimos inmediatamente recorrer dicho sendero y por eso nos pusimos en camino, siguiendo de cerca a nuestro baqueano. No quiero poner en el papel todo lo que habíamos soportado durante este viaje; lo confío sólo a Dios Todopoderoso. Ya habíamos recorrido un buen tramo de camino y no estábamos marchando como temibles y bien ordenados batallones militares, sino cada uno de nosotros ponía sus pies en las huellas de los que iban delante. Avanzamos, pues, en gran silencio y valerosamente, sin causar ruido en lo posible, pasando a través de los matorrales y abrojos, manteniendo un silencio contínuo, para que los paganos no se enteraran de nuestro arribo. Este podía hacerlos huir a las profundidades del monte e imposibilitar la prosecusión de nuestra empresa. Es necesario saber que, en los campos y bosques del Paraguay, los viajeros no tienen otra señal de este o de otro lugar, que el humo que se ve levantarse de día, y los fuegos llameantes que se observan de noche. Si quieres mantener en secreto tu llegada, sin enterarse nadie, debes tener mucho cuidado con el fuego y si quieres cocinar tus alimentos cotidianos, trata de esconder el humo de tu cocina todo lo posible, y trata de encender el fuego en tales lugares, que el humo no te traicione. Si descuidas eso, te aseguro que tu llegada se sabrá por el humo mucho más rápidamente, como si la gente se hubiese enterado por mensajeros o chasquis velocísimos. Nos preocupamos mucho de hacer el menos humo posible, a pesar de que nuestros alimentos eran en su mayoría fríos. Como se dijo, avanzamos valerosamente y, a la puesta del sol, alcanzamos la región de los infieles y mantuvimos nuestra llegada tan secreta y silenciosa, que humanamente parecía imposible que los bárbaros pudiesen enterarse de ella.
Sin embargo, el Espíritu de las Tinieblas nos descubrió, o por intermedio de su hechicero de confianza, o avivando él mismo algún fuego y haciendo levantar humo, para que los bárbaros, como ellos mismos más tarde lo confesaron, se dispersaran atravesando los espesos matorrales y setos, y tomaran las de Villadiego. Cuando la estrella matutina apareció en el firmamento azul, nos levantamos esperanzados en nombre de la Santísima Trinidad y nos acercamos a las mencionadas chozas de paja, pensando que encontraríamos a los bárbaros durmiendo. Mas, a pesar de haber caminado en silencio, como con sandalias de algodón y, como suele decirse, en puntas de pie, cuando llegamos a sus chozas, con la idea de tomarlos en el sueño con la red del santo pescador Pedro, he aquí que nos encontramos engañados, ya que en vez de los paganos hallamos algunas calabazas vacías, que les sirven para beber; ollas rotas, cenizas, carbón de leña, hogares abandonados; segura señal de la huida que habíamos causado. Cuando vimos que el diabólico enemigo de las almas había trastornado nuestro trabajo y nuestra fatiga, confortamos a nuestros cansados indios con nuevo y vigoroso ánimo y les ordenamos que acosaran valerosamente a los prófugos, observaran diligentemente los senderos y las pisadas y que siguieran a los infieles hasta donde éstos llegaren. (....)
CAPITULO QUINTO
Los indios cristianos encontraron nuevamente las huellas de los bárbaros fugitivos. Conversación de Tomás Anotí, un cristiano, y de los padres misioneros con Pedro Pucú el pagano.
HABIENDO despachado a algunos de los nuestros, los mismos descubrieron felizmente el sendero de los bárbaros fugitivos y lo recorrieron hasta llegar, en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen y Madre de Dios, al lugar donde los prófugos se habían escondido. Era esta una espesa y tenebrosa selva, donde los paganos se habían fortificado de tal manera, que los nuestros no pudieron avanzar ni un paso más. Los bárbaros, cuando se enteraron de nuestra llegada, empezaron a ulular y gritar terriblemente. Las montañas y los valles redoblaron el eco y causaron doble temor en los corazones de los nuestros. Tomás Anotí, un indio cristiano, nativo de mi reducción de Nuestra Señora de la Fe, un hijo que siempre me fue fiel, tomó el corazón con las dos manos, se puso a ulular terriblemente y gritó: "Traigo tabaco y yerba mate; traigo tela de algodón; traigo agujas y alfileres, cuchillos y anzuelos de pescar, en cantidad y como regalo. Queridos hermanos, venid acá y no temáis; os traemos paz; paz y no guerra. Venid, venid!". Los bárbaros aguzaron los oídos y se les hizo agua la boca a la mención del tabaco y de la yerba; mas el arriba mencionado hechicero y cacique Pedro Pucú no permitió de ninguna manera que un solo infiel saliera del bosque. Sólo él se aproximó algo y conversó con Tomás, diciéndole que esas agujas y esos alfileres eran mera trampa para entregarlos a la dura esclavitud de los españoles. Nuestro Tomás contestó al astuto brujo e impostor, diciéndole que esto no era así y que los padres venían a sus chozas para librarlos de la eterna esclavitud del infierno y llevarlos a la libertad de los hijos de Dios, conduciéndolos desde estos tremendos, salvajes y tenebrosos montes a los campos celestiales. "Los padres, continuaba Tomás, nos aman, a nosotros y a nuestros hijitos, de tal manera que preferirían morir por ellos, antes que entregarlos a los españoles o a los portugueses. Libraron a muchos miles de indios de la servidumbre de los españoles, pero nunca les entregaron a nadie. Habla, pues, y confiesa, decía Tomás a Pedro Pucú, ya que tú has vivido entre los españoles, ¿cuántos indios has contado que los padres de la Sociedad de Jesús habían entregado? Ni uno solo podrías mencionarme como argumento. Resulta, pues, que te equivocas mucho y dime, tú, que escapando de la terrible servidumbre de los españoles, estás dando vueltas por estas regiones salvajes y montes oscuros, entre víboras venenosas y animales salvajes, ¿si no sería mejor para ti vivir con nosotros, bajo la paternal tutela de estos santos varones, en una aldea bien ordenada? Pedro, querido hermano! Yahá anga pay Piri: Vamos hasta nuestros queridos padres, cuidadores cristianos de nuestras almas y pastores fieles; ellos nos esperan con sus brazos sacerdotales abiertos para abrazarte, para acariciarte, para estrecharte a su corazón y para darte de comer y vestirte."
Mientras este predicador cristiano cambiaba palabras con el hechicero conversando con él largo rato, y esforzábase bastante en ganarse el corazón del brujo con tabaco y yerba, que se consideraban golosinas especiales, he aquí que vinieron algunos indios para anunciarnos con alegría, cómo Tomás había ya llegado al paraje de los infieles, y que estaba conversando con el hechicero Pedro. Al escuchar este informe, nos pusimos animosamente en marcha y, cercano el mediodía, alcanzamos la entrada del bosque, donde los bárbaros se habían fortificado. Apenas nos vio el mameluco, escondió su piel de lobo voraz bajo el vellón de una humilde oveja. Vino a nuestro encuentro, escuchó nuestras palabras. Sin embargo, al término de ellas no dejó de repetir que nosotros veníamos a capturarlo con los suyos para entregarlos después a los españoles o echarlos a una esclavitud tiránica. Nosotros contestamos que nada de eso era verdad; que ni el deber sacerdotal, ni la ley divina como tampoco el derecho, órdenes y voluntad del rey de España accederían a tal cosa; es más bien voluntad de nuestro rey que nosotros os libremos de la eterna servidumbre de Satanás, os convirtamos en cristianos e hijos de Dios; pero si vosotros os demostráreis obstinados y preferís ser hijos del diablo antes que de la salud eterna, nosotros, a pesar de todo, no os obligaremos ni usaremos violencia contra vuestra libre voluntad. "Sin embargo, Pedro nuestro, continuamos diciéndole, pondera y medita bien, que Dios, creador del cielo y de la tierra, a quien tú, aunque perjuro y renegado, habías reconocido una vez como a tu Dios, no permite que nadie se mofe de El, y ya tiene preparado para tí el precipicio infernal avivando el gran fuego eterno. Tus antepasados se queman y se asarán ahí hasta que Dios siga siendo Dios y tú, junto con ellos, serás torturado miserablemente para siempre. ¿No ves que la boca del infierno ya está abierta para tragarte? Oh, Pedro nuestro, líbrate de esas penas espantosas; llegó el tiempo, llegó ahora el día de la salvación". El salvaje bárbaro escuchó estos y semejantes discursos, mas, testarudo como antes y hasta con más temeridad y coraje, nos dijo: "Si no queréis abandonarnos por las buenas, tendré que echaros por la fuerza: no me faltan arcos y flechas, ni hondas y piedras, ni mis lanceros duermen y roncan, como pensábais ayer; mis súbditos mantienen una vigilancia suficientemente despierta y viva. Salid rápidamente, si no queréis conocer mis flechas." Con eso, sacó una flecha de su carcaj, tendió el arco y abrió los brazos, como si quisiese disparar en el acto.
CAPITULO SEXTO
Cómo el Padre Francisco de Robles ofreció su pecho a las flechas de un bárbaro y cómo ganó el corazón de los infieles.
EL terrible bárbaro creyó que con sus altisonantes palabras podía aterrorizar a los siervos de Dios, pero éstos tenían un corazón más fuerte, y estaban más preparados a recibir la muerte de lo que lo estuviese el cacique para matarlos. El reverendo Padre Francisco de Robles, este diligente y enardecido cuidador de almas, dijo con cristiana libertad: "No temo nada de tu arco y tus puntiagudas flechas. Afloja tu arco y dispara; aquí tienes mi pecho para tus flechas y mi corazón como blanco de tu inhumana crueldad." En eso, desnudó su pecho, mostró su firme corazón sacerdotal y, quitando una flecha de la mano del tirano, dijo. "Apunta y dispara aquí, porque yo estoy siempre listo para morir, y antes que nada, por tí y por todos tus compañeros". Estos, que estaban predestinados por el cielo, y acompañaban al bárbaro cruel más por temor que por propia voluntad, en número de treinta y siete echaron inmediatamente sus arcos y flechas al suelo, pidieron perdón y los poco antes voraces lobos, ahora ovejitas tranquilas, deseaban comida para aplacar el hambre, y tela para cubrir sus miembros desnudos. Y ¿qué otra cosa podíamos hacer nosotros, que apagar sus deseos? Nuestros indios cristianos, llenos de consuelo vieron que la labor y fatiga mancomunada de ellos y nuestra, empezaron a actuar ventajosamente, así que se sentaron amistosamente con los infieles y nosotros les dimos una merienda, yerba del Paraguay para beber en calabazas huecas, y sacamos galletas de nuestras mochilas: estas galletas no tienen sal, son duras como piedra, duran mucho tiempo y por eso solemos llevarlas con nosotros en nuestros largos viajes. Después de la comida distribuímos algunos regalos, como alfileres, agujas, anzuelos y un poco de tabaco: y para ganar del todo sus corazones, y alejar cualquier sospecha de enemistad y violencia, dejamos nuestra seriedad de lado y nos sentamos con ellos en su círculo, y como no convenía beber con ellos de la calabaza, tomamos la misma, y como si no hubiésemos tenido asco y repulsión, para testimoniar nuestra amistad llevamos la calabaza a los labios un poco e hicimos sobre ella con la mano derecha la señal de la santa cruz y dijimos: tomad, hijos nuestros, bebed con ánimo, que Dios bendiga vuestra bebida. Luego, los indios se pusieron a beber animosamente y se llenaron con la yerba. Esta bebida no es otra cosa que agua cualquiera recogida de un río, con un puñado de hojas bien machacadas y pulverizadas de cierto árbol. Las hojas se asemejan a las del laurel y son siempre verdes y según lo que cuentan los indios viejos, fue el santo Apóstol Tomás quien les enseñó su uso. La gente seca y reduce a polvo estas hojas; en invierno les echan agua caliente, en verano agua fría, mézclanlo todo bien y después se la beben. El sabor es como si tú redujeras a polvo un puñado de heno seco, lo metieras en un vaso, le agregaras agua fría o caliente, y te lo bebieras. Esta yerba paraguaya se lleva muy lejos, hasta a quinientas millas, al Perú, y por eso se vende muy cara. Aquí un quintal cuesta alrededor de dos táleros imperiales. Como dicen y opinan todos los médicos españoles, la yerba es sanísima y su fuerza y acción son muy variadas. Refresca y enfría los pulmones y el hígado calentado, no permite que se forme arena o piedras, y es por eso por lo que no es fácil hallar a un indio que se encuentre en esa condición y sufra de eso. No sólo apaga la sed, sino sacia y refuerza el estómago: es algo amarga y calma la hiel negra. Nuestros indios la aprecian muchísimo y la toman diariamente; la beben habitualmente hasta las mujeres de los indios. Cuando los bárbaros, como se dijo, se hubieron llenado a su gusto con esta yerba, les hicimos un discurso acerca de nuestra llegada y de los artículos de la fe católica, que todos ellos, exceptuando al maligno de Pedro el Largo y a Marcos, su discípulo, escucharon atentos y con buena voluntad. Por su parte, estaban completamente listos para someterse a los padres, siempre que los dos mencionados caciques asintieran. Sin embargo, nosotros podíamos esperar cualquier cosa, menos eso, de estos cristianos renegados y mamelucos. Ellos se oponían con mucha seriedad e imposibilitaron lo que nosotros ya pensábamos haber llevado a un fin bueno y feliz. Les pusimos dos condiciones: primero dijimos que estábamos preparados para quedarnos nosotros y nuestros indios cristianos, levantar en el paraje que les gustara, una aldea para ellos y para sus hijos, construir una pequeña iglesia, dotarlos con campos y tierras de labranza, y traer bueyes, vacas, caballos y mulas. La segunda condición consistía en asegurarles bajo nuestra honorabilidad y buena fe sacerdotal, que no sólo no los íbamos a entregar a los españoles, sino que los habríamos de defender de éstos y, si fuese necesario, nos dejaríamos matar por ellos. Ninguna de estas dos condiciones agradó a ambos hechiceros y en tanto ellos dominaran a los otros infieles, como caciques y tiranos, estos pobres diablos no tendrían el coraje de hacer nada sin el consentimiento de sus jefes, sabiendo muy bien que pagarían con sus vidas. Los tiranos estaban decididos a fortalecer su dominio.
Como las dos arriba mencionadas condiciones no tuvieron éxito, recurrimos a otra invención y argucia cristiana diciendo, que habíamos traído con nosotros gran cantidad de alfileres, agujas y otros regalos semejantes, y que no nos faltaban perlas y otros adornos femeninos para regalar a sus esposas. Además, dijimos, la misericordia cristiana nos obligaba a distribuir un poco de pan blanco entre sus hijitos; que teníamos cantidad de cintas y cordoncitos de seda, cuchillitos, vidrios de color y perlitas para brazaletes y collares para sus hijas; teníamos un sin fin de chucherías semejantes. Sería poco decente, por no decir vergonzoso, llevárnoslos otra vez, de balde, estos regalos que vinieron de tan lejos, desde España, atravesando los mares, y habría sido lamentable dejar morir a los pequeños angelitos inocentes durante el invierno, helados por el frío, mientras no nos faltaban géneros para ellos. Por lo menos, dijimos, traed aquí a vuestros pequeños, inocentes y afables angelitos, que queremos darles de comer, vestirlos y acariciarlos. A los infieles ya se les hacía agua la boca y sus corazones reían a la idea de recibir las cintas de seda de diversos colores, así que estaban prontos a traernos a sus chiquilines y a sus mujeres, estas pobres diablas. Mas Pedro Pucú vio el cebo y les dijo que esas cintas de seda eran lazos para llevarlos a los grillos y para entregarlos a los españoles, en una servidumbre intolerable; que no tenían que aceptar estos tratos que les quitarían la libertad, innata en todos los hombres. Dijo después con gestos iracundos y con la boca echando espumas: "Idos de prisa, si no queréis recibir algo diferente."
CAPITULÓ SÉPTIMO
Cómo los Padres festejaron el día de la Purificación de María entre los bárbaros. El hechicero Marcos, observando las ceremonias religiosas, se da por vencido, y se une a los nuestros.
ERA la tarde de la Candelaria. Cuando vimos, pues, que toda invención y argucia humana resultaron vanos, nos volvimos a Dios, recurriendo a la intervención de la purísima Madre de Dios, con toda confianza, para que ella, que puso al mundo a su Hijo como luz para la revelación de los pueblos, en el santo día de su fiesta de la Candelaria iluminara también a estos obcecados paganos y les encendiera la luz de la única y verdadera fe de la salvación, lo que sucedió, como resultará dentro de poco. Después que Pedro Pucú nos había mostrado el camino, no obstante todo ello, osamos hacer aún algo e inventamos la siguiente astucia: "Pedro, dije yo, ya que tú has vivido entre los españoles, sabrás por cierto, que en el día de hoy nosotros y todos los cristianos hacemos una gran fiesta, a saber, la de la Candelaria, de la Purificación de la Santísima Virgen María, Madre de Dios". (Los siervos de Dios hicieron lo mismo que el gran profeta Moisés, estando delante del Faraón, había pedido. El había dicho: tenemos que hacer una gran fiesta. Dimittenos, ut sacrificemos Domino in deserto. Permitidnos que podamos ofrecer en el desierto a nuestro Dios el sacrificio que le pertenece., Nuestros siervos de Dios tenían más suerte que Moisés. Lo que éste no pudo obtener del Faraón, los padres recibieron del tirano, pero no por la intervención de María, una hermana de Moisés, sino por la de la Santísima Madre de Dios, María.) El benigno lector escuche la astucia y se maraville. "Ahora bien, continuaron diciéndole los padres, no conviene que nosotros pasemos en silencio una festividad tan solemne: por otra parte, nos encontramos en tu tierra como viajeros y forasteros. Por eso te rogamos darnos tu autorización para que podamos realizar aquí nuestras devociones y, quedándonos hoy, cumplamos con nuestras obligaciones cristianas con respecto a la queridísima Madre de Dios." ¿Qué podía decir el bárbaro a esa solicitud tan cortés? Queriéndolo o no, se vio capturado por la inesperada gentileza de sus huéspedes desagradables; consintió y concedióles lo que le solicitaron. Sin embargo, tejió secretamente una traición, que no le resultó, como más tarde se verá. Para poder festejar este día de la Santa Candelaria de la manera más digna posible y, porque, por otra parte, no nos sentíamos completamente seguros entre estos bárbaros salvajes, que se estaban reuniendo siempre en mayor número y saliendo de los bosques con sus flechas puntiagudas llegaron poco a poco a unos cincuenta, ordenamos a los nuestros confesar todos sus pecados y arrepentirse de ellos y, dado el inminente peligro, recibir en este paraje desierto y abandonado el santísimo pan de los ángeles. Esto aconteció también y muchos de ellos hicieron una confesión general de toda su vida. Solemnizamos, pues, la fiesta de la Santa Candelaria con toda la pompa y fausto que podíamos. Preparamos velitas de cera que nos dieron las laboriosas abejitas de los bosques cercanos, las distribuímos entre nuestros indios, organizamos una procesión, se canto la misa solemne, se hizo una prédica, comulgaron nuestros indios y asistieron con gran devoción al servicio divino. Los espantosos y salvajes infieles, cubiertos con pieles de tigres y de lobos, estaban ahí con sus arcos, flechas, lazos y garrotes en las manos, pero silenciosos y decentes, enmudecidos y maravillados, al ver las ceremonias y el esplendor sacerdotal de la santa misa. Escucharon la santa palabra de Dios con la máxima atención, especialmente Marcos, el hechicero. Plugo al divino sembrador pues, que un granito de semilla evangélica cayera en la tierra, es decir, en el corazón de este bárbaro, y que diera frutos después. Para decirlo mejor, la santísima Madre de Dios quiso encender en el alma de este habitualmente corrompido mameluco una lucecita de su misericordia, y Marcos, impulsado por el Espíritu Santo, al terminar la misa habló a los suyos en estos términos: "La cordura nos obliga a someternos totalmente de una vez a estos santos padres, siguiendo profunda y rígidamente todo lo que ellos acaban de predicarnos de la fe cristiana, con tanto celo y con lágrimas en los ojos. No hablo del trato liberal y de los numerosos regalos que ellos distribuyeron entre nosotros, pobres y harapientos desgraciados, ni hablo de las grandes promesas que nos hicieron, de las seguridades ciertas de que nos defenderán de los españoles, lo que ellos fortalecieron con su palabra y honor sacerdotal. Todo eso constituye una verdadera señal de la afectuosa misericordia que ellos sienten por nosotros. Es harto conocido, y vosotros lo habéis experimentado en vuestra propia carne, con qué maldad fuisteis tratados por los españoles, cuántas veces escapásteis, y cuántas veces habéis sido buscados, encontrados y puestos de nuevo en dura servidumbre. No hay bosque tan tenebroso, espesamente cercado de espinas y abrojos, que ellos no hayan penetrado para arrastraros afuera; no hay montañas o rocas inaccesibles que ellos no hayan escalado; no hay cuevas tan profundamente excavadas por la naturaleza, donde ellos no os hayan seguido y sacado, y no hay campos tan largos y anchos, esteros y pantanos tan cenagosos, donde no os hayan descubierto. ¿Qué queréis mas? En estos montes hondos y desiertos pensáis estar seguros y libres de toda persecución, y a decir verdad, parece que la naturaleza misma había construído fortalezas para vosotros y os hizo casi invisibles; sin embargo, estos dos santos varones apostólicos, sin armas y poder bélico, encontraron nuestras huellas, nos buscaron y nos encontraron. ¿Con cuánta más facilidad no os encontrarían los perros de caza españoles, que todo lo olfatean, persiguen y agarran? ¿Queréis tener otra vez la cuerda al cuello y las cadenas de hierro a los pies? Y para que no penséis que todo eso no es otra cosa sino palabras vacías, dejad hablar a los niñitos de pecho, escuchad los lamentos de nuestras mujeres y mirad sus largas cabelleras arrancadas, recordad los fuertes apaleos que los españoles nos dieron como desayuno, los duros látigos y las vergas de bueyes con que nos sirvieron como almuerzo, las sórdidas chozas donde tuvimos que pasar las noches, después que nos echaran, como a los perros, a guisa de cena una galleta negra, insípida y dura como piedra: sí, sus animales comían mejor que nosotros, infelices esclavos. Y admitamos también que los soldados españoles no nos busquen y no nos capturen en éstos montes oscuros y entre estos duros escollos; pero, ¿quién nos dio el solvoconducto de que nuestros decididos y jurados enemigos tradicionales, los payaguáes y guaycurúes que siempre han combatido y vencido a la nación de los tobatines, no nos acosarán y hostigarán? Aún tiene que vivir con fuerza en vuestra memoria el recuerdo de la muerte de nuestros padres y hermanos que hace algunos años fueron devorados por los espantosos antropófagos payaguáes y guaycurúes. Termino, pues, mi discurso, y en vez de mis palabras dejo hablar a los desecados huesos de los muertos y a las calaveras sin cabellos, que unánimemente confirman que vosotros no estaréis seguros ni en las cuevas de los animales salvajes. Si esto es así, como en verdad no es de otra manera, y mis cabellos grises lo confirman, entonces seguidme, abandonad estos salvajes y oscuros antros, rocas abruptas y enmarañados, intransitables montes; que seamos hombres cuerdos y no bestias irracionales, que escapándose van huyendo de un bosque a otro. Estos santos padres, por puro amor de nuestras pobres almas no hesitaron en emprender un viaje tan largo y tan duro, pasaron a través de setos, espinas y abrojos, rocas y escollos para buscarnos, y por fin nos encontraron. ¡Hagámoslo, amadísimos hermanos!: sometámonos a estos santos padres. Yo seré vuestro baqueano y guía, y ni me separaré de vosotros ni os abandonaré, sino que os defenderé hasta la muerte." Hasta aquí habló el bárbaro. El otro hechicero, Pedro Pucú, le contestó de esta manera: "Marcos mío, tú predicaste para las estúpidas mujeres viejas, pero no para mí. Tus discursos son vanas imágenes del corazón de una liebre cobarde, más asidos a la idiotez que tomados de la verdad. Díme, ¿Dónde está el ánimo de tu floreciente juventud? ¿Dónde el corazón valeroso de tus antepasados? ¿Dónde la fuerza de tu arco y de tus flechas? ¡Qué vergüenza! Dejaste que se acercaran a tu alma con agujas y alfileres, que te capturaran con anzuelitos y te ataran y hechizaran con cintitas de seda. Y lo que es lamentable, es que entregas tus cabellos grises, a tu mujer y a tus hijos, a las manos de estos embaucadores (así llamaba él a los hombres de Dios) y por consiguiente a la eterna servidumbre. ¿Dónde están tu cordura y tu memoria? ¿No recuerdas los azotes y latigazos que, no los españoles o las autoridades del gobierno, sino estos impostores espirituales suministran diariamente a sus propios indios cristianos y bautizados, sin respetar ni a los varones viejos, maduros y de cabellos grises? Sus palabras son miel y azúcar, pero sus manos están llenas de azotes amargos y sangrientos látigos. El fruto no cae lejos del árbol: estos sacerdotes son como sus padres, insoportables y crueles tiranos que, crecidos de las mismas raíces, sólo buscan el modo de engañarnos para entregarnos por fin a sus parientes, como esclavos destinados a trabajos pesados. Y supongamos también que en el caso de quedarnos aquí, nos encuentren los sabuesos de los españoles. ¿Nos faltan, por ventura, garrotes y palos para darles la bienvenida y para despacharlos? ¿O es que, por acaso, nuestras puntiagudas flechas se volvieron obtusas, o que se aflojaron nuestros tensos arcos? ¿Tendrían que aterrorizarnos los mosquitos españoles, a nosotros, que hemos vencido a los crueles tigres y hemos sometido a las bestias salvajes? Y admitamos también que estos embaucadores no nos entreguen a los españoles, sus amigos y parientes; y digamos que mantuvieran su palabra y honorabilidad sacerdotal; pero sus propios indios y ahijados no aceptarán el pacto, y se vengarán de los terribles asesinatos que nosotros cometimos en los españoles, sus amigos. (Piense el benigno lector, cómo la justicia divina pone un gusano roedor en el corazón y en la conciencia hasta de los bárbaros más salvajes, ya que este mameluco estaba temeroso a causa de sus delitos). Aunque los padres nos perdonen las matanzas cometidas por nosotros, sus indios no cejarán y si en apariencia nos perdonaran, no podremos estar seguros de que, en lugar de nosotros, nuestras mujeres y nuestros hijos no se ahogarán en un baño de sangre. Ves, pues, mi viejo Marcos, que de ninguna manera es aconsejable y práctico someternos y entregarnos a estos impostores. Sin embargo, si alguien de vosotros fuese tan loco y descocado, que, no obstante todo, quisiese seguirlos, le digo ya desde ahora que no querré saber más nada de él; y si ellos, o aquellos que los siguiesen, tuvieran que volver otra vez para embaucarnos o para convencernos, vosotros lo haréis por vuestro riesgo, pero ellos, los padres, tendrán que pagar nada menos que con su vida". Aquí el hechicero Pedro Pucú terminó de hablar. A través de este charlatán el enemigo infernal empezó a atacar la semilla de la enseñanza evangélica que cayera en el corazón del viejo Marcos, pero esta tenía ya raíces bien profundas, desde que él decidió entregarse con los suyos y seguir a los siervos de Dios; como después los siguió realmente. Llamó a los suyos, los amonestó brevemente y se puso en marcha, dejando atrás un buen tramo de camino. Pero como era viejo y débil, y sus piernas se resistían a llevarlo al mismo paso que los padres en el viaje de retorno, se vio obligado a parar en una de las chozas que los bárbaros, como ya dijimos, abandonaron a la llegada de los padres. El maldito hechicero y tirano Pedro Pucú no pudo resignarse a la partida de Marcos y mandó a uno de sus dos hijos para decirle que le quitaría la vida, apenas diera un paso más. ¿Qué debía hacer el pobre viejo? Si continuaba lentamente su viaje, débil como estaba, el monstruo lo seguiría y lo alcanzaría fácilmente. ¿Se quedaba ahí? Entonces le remordería la conciencia, negándose a que la semilla evangélica se secara en su raíz. Sin embargo, dada la ausencia de los dos celosos varones apostólicos, no había bastante humedad espiritual y Marcos corría el peligro manifiesto de que la semilla se secara y muriese antes de brotar.
CAPITULO OCTAVO
Graves dificultades puestas en el camino de los padres misioneros. Solución animosa de las mismas.
EN esta situación se encontraba nuestra misión, y a pesar de que la labor y fatiga no estaban perdidas irremisiblemente, no había ninguna seguridad con respecto al tan deseado efecto y éxito feliz. Dos medios se presentaron para alcanzarlo: primero, la extremadamente fastidiosa paciencia, con la cual debíamos permanecer cerca de la toldería de los bárbaros, para atraerlos con nuestros regalos, a saber, de yerba paraguaya y tabaco, que son casi los únicos medios para convertir a estos indios del Paraguay. Segundo: podíamos echar mano a la medida ya tantas veces usada por los padres misioneros, la de arrestar con argucia espiritual a los dos cabecillas y mantenerlos encarcelados; y si la bondad sacerdotal no tuviese resultado, entregarlos al poder de los españoles, y ya que teníamos buena esperanza de que Marcos se sometiese, encadenar al caudillo Pedro Pucú como a un renegado que abandonó dos veces la Iglesia católica romana, el cual contrariamente a todo derecho eclesiástico y civil dio en cabecilla, cacique y tirano, se hizo bautizar dos veces, asesinó a muchos españoles, atacó y mató a tantos indios cristianos y destruyó tantas almas adquiridas con la cara sangre de Cristo, que hasta el día de hoy él había tenido escondidas en la noche y tiniebla de su incredulidad, las condujo a los oscuros montes y los hechizó con sus diabólicas brujerías y fue, contra toda naturaleza y los derechos de los mismos paganos, un espantoso asesino y verdugo sediento de sangre de sus mismos súbditos. Estos y otros importantes argumentos de semejante índole, movieron a nuestros celosos padres a usar otros medios y ya que la afectuosa palabra evangélica resultaba insuficiente para conducir a este horroroso monstruo a las puertas celestiales, o al redil cristiano, debía recurrirse al duro "compelle intrare", ordenado también por Cristo, y echarlo adentro por la fuerza. Usaron de este medio también otros padres misioneros, tales como el R. Padre Lucas Quessa y el P. Justo Marsilla, que atacaron por la fuerza a los tobatines, les hicieron la guerra y después los convirtieron a la fe de Cristo. Un ejemplo similar y reciente lo tenemos en nuestro Juan Moreyra, cacique de los Yaros, quien fue puesto en la libertad de los hijos de Dios a través de las cadenas de hierro que yo le hice aplicar (*).
Ya que no había ningún otro medio disponible, como dijimos, para ganarnos al delincuente Pedro Pucú, usamos la malicia. Pedimos socorro suficiente, y solicitamos más indios para atemorizar al tirano que confiaba demasiado en su arco y en sus flechas. Despachamos, por consiguiente, una carta al R. Padre Leonardo de Salinas, Superior a la sazón, y ahora, mientras escribo estas líneas, Rector del Colegio de Córdoba del Tucumán, rogándole que nos ayudara con ochenta indios y, al mismo tiempo, nos autorizara para que dos españoles, buenos conocedores de los montes y desiertos, pudiesen servirnos, disfrazados y vestidos con prendas indias, como baqueanos, para realizar el estratagema excogitado. El Reverendo Padre Superior y sus padres consultores opinaron que el proyecto era aconsejable y ordenaron a todos los padres misioneros orar en sus misas y rezos por el feliz éxito. Al mismo tiempo despacharon a los ochenta indios junto con dos jóvenes españoles. Fue indescriptible la alegría con que recibimos esta ayuda de fuerzas frescas: empezamos a practicar nuestro estratagema golpeando duramente el hierro mientras estuviese caliente. (....) Alejamos, pues, nuestras tiendas y el campamento de las chozas de paja de los bárbaros a una distancia que se podía recorrer en un corto día, para atacarlos durante una noche oscura. Cada indio tenía en la mano un asta de buey, llena de sebo (aquí no se conocen las leñas resinosas que arden tan bien), encendida a la manera de antorchas llameantes y todos marcharon a través del espeso y oscuro monte, con la intención de aterrorizar a los bárbaros, destruír sus chozas, apoderarse de sus arcos, flechas, piedras, hondas, palos y porras, capturar y mantener bajo vigilancia a los dos cabecillas, a Pedro Pucú y a su hijo; prometiendo la libertad a los otros bárbaros, regalarles alfileres y agujas, distribuir entre ellos generosamente tabaco y yerba paraguaya, y abrazarlos con toda amistad. En eso consistía el proyecto o ardid sacerdotal, con el cual empezamos a combatir las puertas del infierno y a echar al príncipe de las tinieblas de su imperio, ocupado por tan largo tiempo y contra todo derecho divino.
CAPITULO NOVENO
Las puertas del infierno se esfuerzan en trastornar el buen proyecto de los padres.
HASTA ahora se había formado la opinión de que esta misión no debía retroceder en su exitoso desarrollo ante las puertas del infierno. Sin embargo, desde hoy empezó el furibundo Cerbero a mostrar sus vengativos colmillos de tal manera que, no sólo puso a prueba todo su poderío infernal, sino que probó armar hasta al cielo contra nosotros. Después de dos meses de lluvias ininterrumpidas las aguas de los ríos y arroyos salieron de madre, y el 24 de Febrero, una vez que la gran luz del mundo había pasado el círculo de mediodía, del noroeste se levantó una espantosa tempestad. Las densas y negras nubes se reunieron y cubrieron el firmamento celeste; empezó a relampaguear y a tronar, y un rayo pasó sobre mi cabaña de paja, de manera que me volteó y por largo rato me quitó los sentidos y la conciencia. Cuando volví en mí, y por la especial defensa de mi ángel protector me encontré sano, mi primer y mayor cuidado fue el de averiguar cómo estaban las ovejitas que me fueron confiadas. Salí para verlos, y he aquí que una choza de paja de los nuestros estaba envuelta en llamas y once pobres indios yacían en el suelo. Uno estaba completamente deshecho por el rayo, mientras otro estaba moribundo e inconsciente. En esta terrible tragedia el tiempo no permitía hacer otra cosa, que absolver, sub conditione, de sus pecados, a los indios que estaban luchando con la muerte y suministrarles urgentemente la extrema unción, en vista de la inminente y manifiesta agonía, lo que se hizo también. Sacamos al indio moribundo de la choza y lo acostamos en el suelo desnudo, y hasta que la monstruosa tempestad no empezara a ceder, y el frío y el espantoso viento huracanado, junto con una contínua lluvia torrencial, dejaran de tratar despiadadamente a los pobres indios semidesnudos, no tuvimos otra cosa que hacer, que armarnos de una firme paciencia basada en la misericordia divina. El rayo había muerto a tres indios y un cuarto, llamado Matías, a quien yo conozco bien, quedó tan mal parado, que hasta el día de hoy no ha vuelto completamente en sí. La triste muerte de los tres indios causó en sus compañeros no sólo una natural contrariedad física, sino también, en sus ánimos, un fastidio, disgusto y repulsión a continuar la obra iniciada. Por consiguiente se pusieron a refunfuñar y a tener consejos secretos para hallar la manera de trastornar y echar al agua nuestro proyecto. La pusilanimidad ocupó el lugar de una fuerte decisión y no era nada difícil echar al suelo sus ánimos atacados y hostigados por tantas adversidades: ya que esta pobre gente, aún sin contrariedades y de por si, es pusilánime, con el corazón de una liebre, y la primera desgracia les quita todo el coraje. Uno de ellos, quien creía no poder resistir el miedo y el terror, habló al padre en estos términos: "¡Padre mío! Tú ves ahora claramente cómo hasta el cielo se resiste a nuestros proyectos: si tu labor y fatiga gastadas hasta ahora para ganar a los paganos hubiesen encontrado favor delante de Dios, todo habría marchado, sin duda, mucho mejor. Después de tantos días de cansador viaje, el penetrar en los montes tenebrosos después de haber vencido tantos peligros, pasando a través de bosques espinosos sin caminos, después de tantos días y tantas noches soportados con hambre, sed, calor y frío, no has ganado ni a un solo pagano; al contrario, con tu llegada a destiempo, los volviste, como lo hacen los tigres crueles, más huidizos y salvajes de lo que fueron antes. Hasta el tiempo se opone a tus designios, ya que las contínuas lluvias torrenciales no permiten que avancemos un paso más. Hemos consumido los pocos alimentos y abastecimientos que aún había, nuestras sacas y mochilas están vacías. No tenemos esperanzas de que venga algún socorro en estos desiertos y es imposible mandarnos abastecimientos por causa de la crecida de los ríos y arroyos. Por eso la modesta providencia requiere que volvamos atrás y no nos opongamos más testarudamente a los designios divinas. Porque, ¿qué otra cosa quiso manifestarnos el cielo irritado con la triste muerte de nuestros fieles compañeros, sino que nosotros, por medio de su muerte salvemos nuestras vidas? ¡Padre mío! Un argumento suficiente tendría que resultar para ti el hecho de que hasta el cielo se opone a tus proyectos, echándonos rayos, truenos y granizo, y hasta los cuatro elementos normalmente mudos, especialmente el fuego y el agua, nos gritan que debemos abandonar nuestro proyecto, volver atrás los pies y esperar una mejor y más feliz hora para poder llevar a buen término esta misión iniciada por ti". El indio dijo todo eso, cuyos argumentos parecieron fortalecidos y confirmados por el triste caso, como sigue.
CAPITULO DÉCIMO
Triste caso del baqueano español Pedro Benítez. Llega un nuevo socorro de ochenta indios y algunos españoles.
LA pusilanimidad de nuestros pobres indios, causada en su acobardado ánimo por la desgracia mencionada, aumentó aún más con el triste caso de nuestro noble y joven intérprete y baqueano español, Pedro Benítez. Este, como se relató al principio, se ofreció como guía de los nuestros, que no conocían estos desiertos y montes, y sin este acompañante difícilmente habrían podido llegar a los infieles. Cuando nosotros estábamos completamente decididos a capturar al cabecilla y mameluco, y para ese proyecto y finalidad solicitamos al Padre Superior una significativa ayuda de indios, este joven español obtuvo el permiso de hacer de capitán de los indios cristianos. Así que, según la oportunidad o necesidad, o si el asunto debía llegar a un ataque y combate cuerpo a cuerpo, él podía animar a los nuestros en la batalla. Vino entonces a nuestro campamento el mencionado noble español Pedro Benítez, montado en un brioso rocín. Apenas lo vimos, el animal indisciplinado, no soportando las espuelas, empezó a rebelarse y a encabritarse, y se volvió tan salvaje que volteó al noble caballero, que se dislocó un brazo y le asestó un golpe casi mortal en la sien. Nosotros, junto con los indios, corrimos para dominar al salvaje animal, pero este rompió sus aperos en pedazos, de manera que no pudimos agarrarlo. Corriendo a galope suelto, el animal dejó caer tras de sí, sobre el pasto verde, la espuma de su boca como señal de su furia bestial. Levantamos con amor cristiano al pobre caballero joven y lo curamos según nuestras mejores posibilidades. A pesar de que en dos meses le curamos las heridas, no fuimos capaces de reponer en su debido lugar el brazo dislocado, que salió de la juntura del hombro. Por eso tuvimos que mandarlo a casa, lo que los indios cristianos hicieron con amor edificante, y lo llevaron a hombros hasta su aldehuela. Después de este triste caso llegaron finalmente ochenta indios, una ayuda de gente fresca para los nuestros, que estaban agotados; junto con doce jóvenes españoles disfrazados de indios, que debían conducir al combate a los nuestros, y si fuese menester, exhortarlos y animarlos. Pusimos en marcha el ardid de guerra ya mencionado, a saber, atacar al hechicero Pedro Pucú durante una noche tranquila. Por eso nos retiramos de su campamento a la distancia que se podía recorrer en pocas horas y cuando vino la noche oscura favorable, como único medio para echar la red sobre la presa, los ochenta indios encendieron sus astas de buey llenas de sebo y gordura, que en vez de la resina ardían excelentemente y penetraron en el monte, para alcanzar las chozas de ramas de los bárbaros, caminando a través de la espesura. El Príncipe de las tinieblas, sin embargo, que estaba preocupado por perder su imperio hasta ahora tranquilo, informó inmediatamente a su buen amigo y confidente, el hechicero, de nuestra llegada. Por eso, el cacique, aún antes de que se levantara el sol, se escapó otra vez con los suyos. Pero aquel que conoce las cavernas secretas y los escondrijos de los animales, nos puso sobre las huellas de la presa, y nos la entregó, como se demostrará enseguida.
CAPITULO UNDÉCIMO
Al espantoso bárbaro Pedro Pucú mata la misma flecha con la que él atravesó el brazo de un cristiano. Hecho notable de un cristiano nuevo.
LLEGO por fin el momento en que la severa justicia de Dios apareciera en la escena e iniciara esta tragedia, dando órdenes al Vulcano infernal, para que éste trajera a los Cíclopes, sus ennegrecidos herreros, y entregara la flecha ya preparada, a la torva muerte que tenía su arco ya tendido. El blanco del alto arquero de piernas huesudas tenía que ser Pedro Pucú, junto con sus dos hijos. Como los bárbaros, después de nuestra llegada, como se dijo, se pusieron en plena fuga, nosotros ordenamos a los nuestros seguirlos de cerca y, en el caso de alcanzarlos, decirles primero, con buenas palabras, que los padres y hombres apostólicos vinieron a su tierra no con la espada, sino con la rama de olivo de la paz amistosa. Les dijimos también que si estos pueblos salvajes recurriesen a sus arcos y flechas, ellos tampoco tenían que dejar sus flechas en los carcajes. ¿Qué sucede? El bárbaro fugitivo Pedro Pucú, junto con sus dos hijos y sus combatientes, nadando como peces, cruzaron un río y los nuestros, tampoco perezosos, con arcos y flechas se echaron al agua y nadaron animosos tras la presa. Alcanzada la orilla opuesta, encontraron a los bárbaros en pleno plan de guerra. Les contaron la causa de su llegada, a saber, que fueron mandados por los padres con designios pacíficos, para conversar, y pidieron una resolución y contestación, como señal del cumplimiento de su embajada. Mas los bárbaros contestaron con una lluvia de flechas y el primero en tender la cuerda de su arco y en disparar la desafortunada flecha, fue el hechicero Pedro Pucú con sus malaconsejados hijos. Ya con el primer disparo hirieron a cuatro de los nuestros, uno de los cuales recibió dos flechazos. Los nuestros, que en vez de una modesta contestación vieron volar las flechas, se excitaron por la fresca sangre de sus compañeros, tomaron inmediatamente sus arcos y con gran coraje devolvieron los disparos a los paganos. El bárbaro salvaje Pedro Pucú, después de haber disparado mucho, se quedó con una última flecha, la hizo volar con gran furia, con tal suerte, que esta traspasó el brazo de uno de nuestros indios, residente en mi reducción de Nuestra Señora de Fe. Indudablemente, la Madre de la misericordia quería que el honor y alabanza de esta victoria fuesen únicamente suyas; reanimó al soldado cristiano herido, y como éste no tenía ya ninguna flecha, sino la que lo hirió, la sacó con especial coraje de su brazo herido, la colocó en su arco y la disparó contra Pedro Pucú. Tuvo tanta suerte que, como si fuese un David redivivo, le hirió rompiéndole mortalmente la sien. El monstruo, no obstante su grave herida, tomó las flechas de sus hijos y las disparó, una tras de otra, hasta perder sus fuerzas y, desangrándose por la herida recibida, cayó al suelo. Ahí yacía la torre de carne, Goliath, el gran Pedro Pucú. Los nuestros, verdaderos y celosos cristianos, más preocupados por el cuidado del alma que del cuerpo, a pesar de que él no había merecido tales obras de amor, decidieron traer prestamente el cuerpo cubierto de sangre hasta nosotros, para que pudiésemos disponerlo, a través de una sincera confesión, a la felicidad eterna. Mas, ¡qué destino y sentencia justa de Dios! Pedro Pucú no merecía la felicidad eterna. En el camino vino un indio de otra reducción y como aún escuchara algún estertor de Pedro Pucú, no pudo contenerse y lo mató atravesándole el corazón con una flecha con lo que lo mandó a la desgracia eterna. Sus dos hijos estaban mortalmente heridos y se supone que hayan seguido de cerca a su padre en el camino al infierno. Este era el fin y bien merecida muerte desgraciada del bárbaro Pedro Pucú, que aconteció como manifiesta venganza de Dios, corno se verá más adelante. Cuando nosotros llegamos por primera vez a las cabañas de hojas de estos infieles, vimos un crucifijo clavado en el suelo. Este crucifijo estaba bien tallado y ornado, y sin duda debió colocarlo ahí un español devoto, como señal de su primera llegada. En esta cruz vimos clavado un gran pájaro semejante a un águila, que tenía sus alas abiertas, como nuestro pobre Redentor y Salvador había tenido sus brazos en la cruz. El pecho del ave de rapiña estaba atravesado por una flecha. Cuando vimos esto, preguntamos a nuestros indios, qué debía significar el pájaro en la cruz. Ellos nos contestaron enseguida, que era cierta señal de mofa, con la cual Pedro Pucú, el mameluco, que había abandonado la religión cristiana, quiso burlarse del misterio de nuestra redención, y en vez de Cristo, el Redentor, clavó un ave de rapiña a la cruz. Además, dijeron los indios, por esta águila negra el hechicero quiso aludir también a los misioneros vestidos de negro, los cuales, con el crucifijo en la mano, vinieron a su tierra, semejantes a un ave de rapiña, para robar las almas; sin embargó, algún día pagarían este robo en la cruz, con su sangre. Esta era la burla a la cruz y al mismo tiempo una cierta amenaza del bárbaro, con la cual él había empezado a meternos miedo en cuanto a nuestros buenos proyectos. Pero nosotros volvimos más animosos que antes y él, con esta irrisión, cargó sobre su cabeza la venganza de Dios, como resulta de su infeliz muerte. Y ahora veamos, de qué manera continuó y terminó esta misión tan fatigosa.
CAPITULO DÉCIMO SEGUNDO
Tres pobres indias, junto con sus hijitos, se rinden a los padres misioneros
APENAS se había ido a Satanás, por su propia flecha, la maldita alma de este gran delincuente, cuando se abrió inmediatamente un extenso campo a la conversión de estos incrédulos. La misericordia divina quiso empezar con las débiles mujeres. Salieron del bosque y oscuro monte tres pobres indias con sus chiquilines inocentes en brazos, encontraron a nuestros indios y preguntaron dónde estarían aquellos padres que trajeron la verde rama de olivo de la paz amistosa en su tierra, y que vinieron para convertirlas a la verdadera fe. Los indios les dijeron que nosotros teníamos nuestras chozas de ramas ahí cerca y que buscarían la oportunidad para que ellas pudiesen hablar con nosotros. Una de las tres mujeres les contestó, diciendo: "Queridos hermanos, yo traigo aquí en brazos a un niño enfermo, fruto de mi amor, y temo mucho que se me muera. Yo había escuchado que vuestros padres trajeron consigo varios medicamentos para curar a los enfermos, por eso os ruego que me llevéis enseguida junto a ellos, para que mi hijo y yo, que está por morir, recibamos consuelo". Aquí hay que notar que nuestros indios, cuando llegaron por primera vez a estos bárbaros, les contaron, entre otras cosas, parte en verdad, parte como una fábula nacida en sus cabezas, que nosotros habíamos traído con nosotros una preciosísima agua fortificante y si rociábamos a algún enfermo con ella, éste se levantaría enseguida sano y salvo. (Ellos pensaban en las fuentes salvadoras del santo bautismo). Contaron además que nosotros teníamos el poder de hacer fructificar con ciertas bendiciones los campos estériles, alejar las tempestades y los granizos de las tierras de labranza, desterrar para siempre las voraces langostas, las hormigas dañinas, los insectos y gusanos. Estos y semejantes cuentos simples, más devotos que reales, dieron ánimo a los infieles para sometérsenos por fin aceptando la verdadera religión, como se verá dentro de poco. Cuando estas tres indias muy miserablemente vestidas y semidesnudas vinieron a vernos, no puede expresarse qué consuelo sentimos en nuestro corazón, ya que empezamos a recoger los primeros frutos de nuestra misión hasta ahora estéril. Estas tres mujeres tenían cierta semejanza con las tres santas mujeres, discípulas de Cristo, que ellas, sin conocer aún con su corazón e inteligencia al Redentor, lo habían anunciado a sus salvajes hombres, ya que estas pobres desgraciadas, embaucadas por el hechicero Pedro Pucú, creían que nosotros íbamos a entregarlas, junto con sus maridos, a los españoles. Cuando vieron con sus ojos lo contrario, se volvieron nuestras mejores propagandistas y hasta nos descubrieron todos los más secretos e íntimos proyectos de sus hombres, diciendo que éstos ya desde mucho tiempo atrás estaban listos a someterse a nosotros, y a aceptar la verdadera fe. Mas Pedro Pucú lo impedía siempre, haciéndoles creer que nosotros éramos impostores y traidores que vinimos vara entregarlos como esclavos a los españoles. Si esto no fuese así, ellos no habrían tenido ninguna oposición en convertirse totalmente a Cristo. Cuando la mujer nos dijo todo eso, llorando y temblando, y nos entregó a su hijito enfermo que tenía en sus brazos, para que lo curásemos, tomamos al chiquilín, lo envolvimos en un pedazo de lienzo y le dimos de comer un poco de pan blanco y lo cuidamos hasta que sanara y recuperara sus fuerzas perdidas. A su madre y a las otras dos indias les regalamos lienzo de algodón, en vez de las salvajes pieles de tigres y ciervos, perlas de vidrio para sus collares y aretes, alfileres, agujas, anzuelos para pescar y otras chucherías semejantes.
CAPITULO DÉCIMO TERCERO
Los nuestros conducen al viejo Marcos a los padres, que lo reciben amistosamente y lo aceptan junto con su hijo.
EN el capítulo séptimo hemos relatado cómo Marcos, que antes fuera hombre de confianza y compañero jurado de Pedro Pucú y ahora se había vuelto enemigo capital del mismo, había sido convertido por nuestros predicadores evangélicos, observando las ceremonias litúrgicas que nosotros habíamos realizado en la gran fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, o de la Candelaria, y cómo quería acompañar a los nuestros, pero, por su edad avanzada y fuerzas debilitadas, no pudo seguirnos y, mientras tanto, demoró en una de las chozas abandonadas por nosotros, con plena esperanza de que Dios misericordioso le daría los medios para llegar hasta nosotros y para aceptar la verdadera fe, lo que también sucedió, ya que despachamos a algunos indios para traernos al viejo Marcos. Los indios lo encontraron en la mencionada choza de ramas, cerca del fuego y lo informaron de la causa de su llegada y misión. El buen viejo, como un Simeón redivivo, esperando la redención de su pueblo, empezó a pedirles con la mayor alegría que sin perder tiempo lo condujeran a los padres, ya desde tanto tiempo deseados. Fue así que cuando Marcos llegó hasta nosotros, cayó de rodillas y pidió perdón por su anterior testarudez, originada más en su terror al horroroso tirano Pedro Pucú, que en su propia voluntad. Dijo que ahora estaba listo a abandonar su magia negra, a seguir el camino de la verdad y a someterse al dulce yugo de Cristo con todos los suyos; con la sola condición y excepción de que nosotros lo aceptáramos bajo nuestro favor y protección paternal y que de ninguna manera lo entregásemos a los españoles. ¿Había algo más fácil que eso? Le prometimos bajo nuestra fidelidad sacerdotal, que no sólo lo defenderíamos del gobernador español, sino que lo haríamos residente y ciudadano de nuestra reducción llamada Nuestra Señora de Fe. Para que él pudiese ver y reconocer que las palabras correspondían a las obras, le hicimos algunos regalos y ordenamos a algunos indios que lo condujeran a la población mencionada. Cuando estos indios llegaron con la presa, es difícil describir el alboroto y júbilo de los habitantes cristianos de mi reducción, cuando por fin vieron recogidos a los tan largamente esperados frutos de una misión tan dificultosa. Recibieron al querido viejo con gran alegría, lo aceptaron como residente y vecino y le dieron una casa. (... )
MARTÍN DOBRIZHOFFER
Nacido en 1717 – en Graz, según algunos; en Friedburg, según otros – fue enviado al Paraguay a la edad de 31 años. Hasta 1767, fecha en que, con sus demás compañeros, fue expulsado, realizó diversos trabajos apostólicos entre los mbocovíes, las reducciones guaraníes e intentó evangelizar a las tribus de abipones. En los dos postreros años de su apostolado en el Paraguay, partió varias veces de la reducción de San Joaquín con el propósito de reducir a los guaraníes selváticos del Mbaéverá. Durante su exilio en Viena, el Padre Dobrizhoffer fue predicador de la Corte y gozó de la protección de la emperatriz María Teresa, quien le indujo a escribir sus memorias. De esta manera nació la famosa Historia de los Abipones, uno de los libros jesuitas más leídos del mundo. EL original latino fue traducido inmediatamente al alemán, mientras en 1822 salió la traducción inglesa atribuída a Sara Coleridge, hija del famoso poeta. La obra del Padre Dobrizhoffer, escrita en un ágil y vivaz estilo no exento de cierta leve ironía, es notable por sus observaciones etnográficas, muy agudas, y por su hermosa descripción de Asunción. Ella ha inspirado a varios escritores románticos, entre los cuales pueden citarse al autor de A tale of Paraguay (Un cuento del Paraguay), Robert Southey, y a C. Spindler, autor de la novela Der Jesuit (EL jesuita).
EL texto que presentamos es la narración que el Padre Dobrizhoffer escribiera sobre sus expediciones misioneras al Mbaéverá.
III PARTE
RELACION DE LA EXPEDICION AL MBAEVERA
MIS superiores, años más tarde, me enviaron a San Joaquín. Aún no se disipaban ni los rumores acerca de los salvajes del Mbaéverá ni el miedo que los españoles les habían tomado. A pesar de su sed de lucro, no osaban éstos poner el pie en la selva, de la cual se prometían una copiosa cosecha de té del Paraguay. Luego de hacerme aconsejar por el cura compañero y por mis indios, decidí emprender el viaje a las famosas selvas. Con veinticinco indios cristianos me puse en el camino que por los esteros y ríos estaba casi intransitable. Villalba era nuestro baqueano. Nada había quedado de los puentes y demás instalaciones que los españoles habían preparado para viajar con más seguridad. Superamos, sin embargo, las dificultades y llegamos a las abandonadas chozas de los salvajes. Hallamos huesos de monos, de jabalíes y de antas, que los indios comen; un mortero de madera con otras chucherías, muchas mazorcas de maíz y, por último, descubrimos el sendero que usaban para traer agua del río y en el que se veían numerosas huellas de pies descalzos. Pero no pudimos hallarlas frescas, y, por eso, durante algunos días, despachamos exploradores en todas direcciones y observamos muy atentamente las selvas cercanas y las pantanosas orillas del río Acaray. Como no vimos ni sombra de indios, ni teníamos esperanza alguna de hallarlos, después de vagar diez y nueve días por estos tristes lugares abandonados y haber sufrido cosas indecibles e increíbles, volvimos a nuestra reducción, sin que recogiéramos otro fruto que el de la paciencia. Yo caminaba a pie, y a veces descalzo. De habernos dirigido un poco más al sur, habríamos encontrado indudablemente las tolderías de los indios, según eché de ver un año más tarde. Los españoles, informados de mi larga y diligente exploración de las selvas del Mbaéverá, creyeron que los salvajes se habían ido a otra parte, y no temieron ya ningún peligro. Se animaron nuevamente y se pusieron en gran número, y más avidez que nunca, en el camino, que se había vuelto a componer con grandes gastos. Inesperadamente aparecieron los indios, ocupados en sus quehaceres. Como se les habló amistosamente y regalóseles con carne de vaca y otras cositas, los indios no sospecharon designios enemistosos en los españoles y hasta fueron más de una vez a las chozas de éstos. Cuando se les preguntó dónde vivían con sus familias, contestaron astutamente que sus tolderías se encontraban muy lejos, y sólo podía llegarse hasta ellas cruzando muchos cenagales, (en su opinión, una visita de los españoles podía resultar peligrosa para ellos y sus mujeres). Para evitar que sus pisadas indicaran a los extranjeros la ubicación de sus tolderías, usaron, cuando volvieron a ellas, este ardid: si venían por el lado meridional, volvían por el septentrional, de manera que nadie podía descubrir sus escondites. Existía una recíproca sospecha de traición y malas intenciones entre los españoles y los indios. Esta desconfianza mútua y el temor que se tenían, aumentaban día tras día.
Villalba, preocupado siempre por su seguridad, me informó de todo lo ocurrido y afirmó con certeza que, en saliendo otra vez, encontraría sin duda a estos indios. No vacilé mucho y me puse alegremente en camino con mis indios. Ya habíamos dejado atrás un trecho bastante largo y caminábamos apuradamente en las selvas del Mbaéverá, cuando pareció que el cielo, con sus lluvias torrenciales, conspirara contra nosotros, inundándonos día y noche, sin cesar. Debimos pernoctar todos los días, sin amparo, en el suelo, donde todo nadaba en el agua. Hasta nuestros indumentos interiores, de tan empapados, chorreaban y no podíamos ni cambiarlos ni secarlos. La carne vacuna, que es el mejor y casi único alimento de los indios, empezó a pudrirse por la humedad. Los ríos y pantanos crecieron tanto por las lluvias incesantes que no podíamos vadearlos de ninguna manera. Por añadidura, no había ningún indicio de que el tiempo mejorara. Por eso, luego de ocho días de miserias, nos vimos en la necesidad de retornar otra vez a casa. Indudablemente, hubiéramos sufrido mucho más, si no nos hubiésemos puesto en viaje con cierta previsión, ya que la lluvia continuó sin cesar durante veinte días. A pesar de no haber alcanzado esta vez mi meta, no abandoné el proyecto; antes bien esperaba ansiosamente en mi reducción la oportunidad de empezar, por tercera vez, la empresa malograda. Poco después iniciaba mi tercer y más feliz viaje al Mbaéverá y llegué, por fin, a mi meta. Descubrí tres pueblos harto poblados, regidos por tres caciques, a saber: Roy, como primer cacique, Tupanchichú y Veraripochiritú, como segundos. La primera habitación que encontramos en el poblado, estaba construída de palmeras, cubierta con pasto seco y tenía ocho puertas y sesenta habitantes. A derecha y a izquierda colgaban hamacas, que de día servían para sentarse y, de noche, para dormir. Cada familia tiene su hogar, circundado por una cantidad de ollas, enormes calabazas y cántaros. La mayoría de los indios, especialmente los jóvenes, tienen una figura graciosa, por la cual muchos europeos los envidiarían y admirarían. Sus rostros son blancos ya que nunca se exponen al sol. Los hombres, cualquiera sea su edad, se cortan los cabellos a la manera de ciertos monjes, dejando en su cráneo una corona de cabellos. Llevan el labio inferior perforado desde la edad de siete años y colocan en el orificio un pedazo de bambú del diámetro de una pluma de escribir: tienen esta costumbre en común con todos los demás pueblos americanos. Los guaraníes, cuyo idioma hablan estos salvajes, llaman a esto tembetá. Todos, sin distinción de sexo ni edad, llevan colgadas de sus orejas conchas triangulares. Los hombres van desnudos, con la excepción de un pequeño delantal que llevan como los albañiles, por un instinto de pudor. Las mujeres se cubren desde los hombros hasta los pies con una túnica blanca, que preparan con la corteza del árbol llamado pinó. Secando y machacando esta corteza, quedan pequeñas fibras, como de lino, y éstas se hilan para preparar el vestido. El tejido se vuelve fácilmente blanco y puede teñírselo sin dificultad con colores resistentes. Los tejidos, al contrario, que aquí la mayoría de las naciones indias preparan con el caraguatá o maguey – como lo llaman los mejicanos –, son sólo blancos y pierden fácilmente los colores con los que fueron fatigosamente teñidos. Los salvajes suelen adornar muy elegantemente la parte rasa de su cabeza con coronas hechas con largas plumas de papagayos. Sus armas consisten en flechas con garfios, con las cuales matan a los pájaros en vuelo con una extraordinaria habilidad. Se alimentan con antas, animales salvajes en general y pájaros de toda clase, que de sus cacerías llevan a casa, Frecuentemente se ocultan detrás de los arbustos, llaman a los venados con una aproximada imitación de su voz y los matan con sus flechas; a veces los capturan con redes o por medio de trampas. No descuidan la agricultura, y en las selvas se encuentran maíz, frutas y tabaco en gran abundancia. La antes mencionada casona estaba cercada por esta última planta. El tabaco tiene allí hojas extraordinariamente grandes y crece muy alto. Antes de ir a dormir, los indios ponen sobre el fuego sus ollas con carne o frutas, para encontrar algo que comer apenas se despierten. Clarea el alba y ya los hombres, hasta los chicos de siete años, armados de su arco y un manojo de flechas, vagan en tropeles por las selvas a la caza de algún animal que comerán durante el día. Si alguno no quiere sufrir hambre o hacer el ridículo, no puede retornar a casa con las manos vacías. Las mujeres colocan a sus niños en un cesto hecho de ramas y durante sus viajes en la selva los llevan a la espalda. Los indios son muy hábiles en recoger una excelente miel de los alveares de abejas silvestres, buena para tomar como para preparar bebidas. Por esta razón tienen en gran valor los cuchillos y las hachas de hierro. Viendo que tenían tales instrumentos de hierro, no tuvimos la menor duda de que los quitaron a algunos españoles muertos, que habrían estado por allí para recoger yerba del Paraguay. Llaman a Dios Tupá en lengua guaraní, pero no se preocupan en conocer sus cualidades y leyes. Y del mismo modo que no conocen el servicio divino, ignoran también el servicio de ídolos. Al diablo lo llaman añá o añangá, pero no lo veneran. En cuanto a los hechiceros, o mejor dicho, charlatanes, los respetan mucho y les tienen miedo. Estos se vanaglorian de poder llamar o alejar las enfermedades y a la misma muerte; de poder prever el futuro, causar inundaciones y tempestades, transformarse en tigres y modificar las leyes de la naturaleza. Con estas falacias se hacen respetar por los tímidos. Estos salvajes, como todos los americanos, opinan que la poligamia es cosa permitida, pero muy pocas veces la practican. Más frecuente es el repudiar a sus mujeres. Les repugna la idea de casarse entre parientes, aún los de grado lejano, y semejante matrimonio les parece algo horroroso. Encierran los cadáveres de sus muertos en grandes cántaros de arcilla cocida al fuego, según la antigua costumbre de los guaraníes. En nuestro viaje a través de la selva vimos tres de estos cántaros, pero estaban vacíos. Poco les preocupa su destino después de la muerte. Estos salvajes no comen carne humana, pero sus vecinos la consideran una golosina. Se cuenta que han comido a una mujer que había abandonado a su marido. Los que vivían con ella en la misma gran choza en Mbaéverá, encontraron, cuando la siguieron para capturarla, sus huesos y las huellas recientes de los antropófagos. Cualquier forastero, sea indio, español o portugués, les resulta sospechoso. Por eso reciben armados a sus huéspedes, ya que los creen enemigos que vienen a privarlos de su libertad. De manera que cuando nos vieron llegar, tenían los mismos sentimientos de sospecha.
El primero a quien encontramos en la selva, era un joven bien parecido, que llevaba en la mano un pájaro muy semejante a nuestro faisán, llamado yacú. El pájaro tenía el cuello atravesado por un flecha y estaba agonizando. El joven quedó bastante sorprendido por nuestra presencia. Yo me acerqué a él, alabé su extraordinaria destreza en el manejo del arco y, como los regalos ganan más los ánimos que las más amistosas palabras, le obsequié con un pedazo de carne asada. Agarró la carne con ambas manos y se la comió con avidez. El desayuno inesperado le quitó el temor que había concebido al darse cuenta de la presencia de forasteros. Se llamaba Arapotiyú, aurora, porque ara en guaraní significa el día, potí la flor y yú algo dorado o amarillo; es decir, ellos llaman a la aurora con la expresión: la dorada flor del día. Y en verdad, por esta aurora encontramos al mismo sol, a saber, al padre del joven, Roy, que era el principal cacique de la región. A las preguntas que hice al joven para obtener informaciones necesarias para mi proyecto, él contestó con el rostro tranquilo y añadió que su padre estaba cazando no lejos de nosotros. "Bien – le dije –, condúcenos hasta él, para que lo podamos ver lo antes posible". El joven asintió con la cabeza, y caminó, cosa que me maravillaba, durante todo el tiempo a mi lado. Habremos caminado más o menos durante una hora en la selva, cuando vimos aproximarse lentamente, como una tortuga, a un viejecito flacucho, armado con un gran cuchillo y acompañado de dos jóvenes (uno de los cuales era hijo suyo y el otro un prisionero) armados de arco y flechas. Mis indios cristianos, para demostrar sus intenciones amistosas, bajaron, según la costumbre aceptada, sus arcos y las puntas de sus flechas hacia el suelo. Nos acercamos al anciano. El indio de más edad de mi comitiva, besó la mejilla izquierda del cacique en señal de paz y le informó enseguida de nuestra llegada, diciéndole: "Que Dios te mantenga, querido hermano. Estamos aquí para hacerte una visita amistosa, ya que creemos ser tus amigos. Este padre sacerdote (Pay abaré), a quien estamos acompañando, es el representante de Dios. El nos alimenta, nos viste, nos enseña y nos ama tiernamente y cuando morimos, sepulta cantando nuestros cadáveres envueltos en blancos lienzos". Mi indio quería hablar más, pero el viejo interrumpióle con voz, a la vez, irónica y airada diciendo repetidamente: "¡Hindó, mira!" Negó rotundamente que entre él y nosotros pudiese haber ningún parentesco mientras miraba con ojos chispeantes de ira, porque nos tomaba por esclavistas, españoles o portugueses del Brasil, que en las selvas dan caza a los indios. Volviéndose hacia nosotros, me dijo agitadamente: "Padre sacerdote, has venido en vano. Nosotros no necesitamos padres y sacerdotes. Santo Tomás (del cual las españoles y portugueses de América creen que estuvo en el Nuevo Mundo) ya había bendecido a nuestra tierra hace mucho tiempo. Aquí todos los frutos crecen en gran abundancia". El rudo salvaje creía que la presencia de un sacerdote contribuye sólo para volver más fértil el suelo. Y sin amonestarlo por su error, le contesté así: "Aún concediendo que Santo Tomás hubiese estado alguna vez en vuestras tierras, lamentablemente ya habéis olvidado lo que él enseñó a vuestros antepasados acerca del Ser Supremo y de sus leyes. Yo ahora estoy aquí para repetiros estas enseñanzas. Mas, escúchame, buen viejo! ¿Hasta cuándo continuaremos nuestra conversación, parados en este lodo en que casi nos sumergimos? ¿No sería mejor sentarnos en ese tronco que está ahí, fuera del estero?". Mi proposición gustó al viejo; nos sentamos. Le conté las causas y las molestias del largo viaje. Para captar la benevolencia del torvo viejo, mandé traer para él un gran trozo de carne asada que servía para la alimentación de mis indios. El viejo la agarró ávidamente y la devoró. Una vez aplacada su hambre, parecía también que su ánimo, agitado por la sospecha, empezara a calmarse. Yo quería tentarlo todo, para descubrir el camino que llevara a su corazón. Con esta intención le ofrecí de mi tabaquera un poco de tabaco español, pero él volvió la cara a otro lado y levantó ambas manos en señal de repugnancia. "Aquihiye, tengo miedo", me respondió, porque creía que el tabaco fuera un polvo hechizado, apto para embrujar a la gente. Le informé de mi deseo de visitar su toldería; pero él se empeñó en probarme con argumentos que eso no era factible. "Mi pueblo – decía – está lejisimo de aquí. Hay tres ríos y tres cenagales para llegar allí y el camino es pésimo". A eso le contesté que tales argumentos nunca podrían alejarme de mi propósito, dado que había hecho ya un viaje de tantos días, cruzando feliz y pacientemente, tantos ríos, esteros y montes. "Pero tú mismo ves – argumentó el viejo – que mi salud no es muy floreciente y que me faltan las fuerzas para hacer contigo un viaje tan largo". "Eso lo creo – dije yo – y yo tampoco me siento muy bien. Y no es ninguna maravilla: el mal tiempo, la frecuente lluvia que cayó durante toda la noche, la selva húmeda, el camino cubierto de lodo, los largos esteros en que chapoteara con el agua hasta las rodillas, la montaña empinada que tuve que ascender, mi estómago vacío, la marcha contínua desde la salida del sol hasta mediodía, ¿no debía por acaso todo esto cansar el cuerpo y atentar contra la salud? Aunque tengamos el cuerpo débil, creo que tendremos bastante fuerza para arrastrarnos hasta tu casa, para poder descansar una vez allí. No nos apuraremos, los más fuertes podrán precedernos, pero nosotros, que estamos agotados, los seguiremos a marcha lenta". "Te guardarías de mi casa – dijo el viejo – si conocieras los peligros que te esperan. Mis súbditos tienen mal carácter, quieren sólo matar, matar y matar a los forasteros. Oporoyuca ce, oporoyuca ce, oporoyuca ce ñote. Esto es su único y cotidiano deseo". "Tu gente será así, como tú la pintas – respondí yo riéndome – pero eso poco me preocupa. En tanto nosotros te tengamos como amigo y defensor, a ti, que eres terror de toda la comarca y cacique famoso por su nobleza y grandes hazañas, ¿quién osará causarnos algún mal? Hasta tanto tú estés a nuestro lado, nosotros no tememos nada". Con estas alabanzas y expresiones de confianza gané el corazón y la simpatía del viejo. "Está bien – gritó alegremente y a los dos jóvenes que lo acompañaban, ordenó: – Id apurados a casa y anunciad a los nuestros que hay aquí un Padre que me aprecia, con unos indios (eran quince), que afirman ser nuestros parientes. A las mujeres ordenad, en mi nombre, que no tengan miedo de los forasteros y no se escapen, sino que barran bien nuestras habitaciones". Estas fueron las palabras del viejo. Yo pensaba, para mis adentros, que el barrer de las chozas era de poca importancia, si los salvajes, en viéndonos, no nos barrieran de este mundo con sus flechas.
Los mensajeros se apuraron todo lo que podían. Nosotros, aunque más lentamente, seguíamos sus huellas. El viejo cacique Roy iba siempre a mi lado. Tratamos de hacer, por medio de charlas amistosas, más soportable la inclemencia del tiempo y el camino dificultoso. Y mientras la mayoría de los habitantes de Europa estaban banqueteando (era el tercer día de carnaval), refrescamos nuestras fuerzas casi agotadas por las adversidades del viaje, a la orilla de un arroyo, donde paramos. A la tardecita divisamos la choza grande que parecía como una metrópolis entre las otras. A nuestra llegada se reunieron corriendo todos los habitantes y nos saludaron según su costumbre: ¿Ereyupá? ¿Ya llegaste? A lo que yo contesté con el habitual Ayuangá, ya estoy acá. Todos los indios se me presentaron armados con arcos y flechas y adornados con su corona de plumas de papagayo. Uno de ellos se me acercó, pero se alejó de nuevo, indignado consigo mismo por haber olvidado su corona. Poco después apareció nuevamente, esta vez adornado con sus plumas, para saludarme. Como yo me había parado con algunos de mis indios a la entrada de la casona, las mujeres y los niños empezaron a temblar de miedo. Aterrorizadas por la visita de los extranjeros, las mujeres abandonaron sus ollas en el fuego, corrieron excitadas acá y allá y demostraron abiertamente el miedo que les causábamos, ya que sospechaban, de nuestra parte, intenciones enemistosas. "No temáis, queridas hermanas – les dijo el más anciano de mis indios –. Vosotras veis a unos hombres que descienden de la sangre de vuestros antepasados. Nadie de nosotros quiere haceros el menor daño. Yo soy el superior de ellos". "El viejo afirma la verdad – dije yo a la muchedumbre que estaba ahí –. Nadie de nosotros tiene malas intenciones en su ánimo, exceptuando a mí, que estoy extraordinariamente sediento de sangre. (En este momento ponía yo una cara severa y sibilaba con los labios). Yo siempre devoro tres o cuatro niños, en un santiamén". Esta cómica amenaza cambió su terror en grandes carcajadas. Las mujeres volvieron a su trabajo y nos pidieron unánimemente que entráramos en la casa. "Nunca podréis obtener – respondí yo – que ponga el pie en vuestras chozas. Veo que tenéis perros, viejos y jóvenes, que se sientan a vuestro lado. Donde hay perros, no pueden faltar las pulgas, que son mis grandes enemigas porque me molestan en el sueño, que tanto necesito después de un viaje tan largo y cansador. De todas maneras, no me alejaré mucho de vuestras habitaciones, para que no me perdáis de vista. Aquí, en este lugar abierto, donde podemos vernos recíprocamente, erigiré mi campamento". Por razones de decencia y de seguridad, efectivamente, permanecí tres días y tres noches bajo el cielo, a pesar de la lluvia intermitente, sin entrar en su tugurio.
Esa misma noche insinué al viejo cacique Roy que me gustaría mucho poder ver reunida a toda su gente, para hablarles y alegrarlos con algunos pequeños regalos. Mi deseo se cumplió en breve. La gente estaba sentada ordenadamente alrededor, tan modestos y silenciosos, que me pareció ver esculturas y no personas vivas. Nadie osó ni musitar. Para llamar su atención, toqué algunas melodías en la viola d’amour, que escucharon con gran placer. A pesar de que estoy convencido de mi nulidad como intérprete, ellos me creyeron un gran artista, casi Orfeo en persona, ya que nunca habían escuchado a ningún músico, ni mejor ni peor que yo, y no conocían otra armonía que la producida por calabazas sacudidas. Después de haber preparado el camino a sus corazones, a través de su oído, empecé a hablarles más bien en tono familiar, antes que en el de una predicación. "No lamento haber emprendido un viaje tan largo para llegar hasta vosotros, haber cruzado tantos ríos y pantanos y soportado tantas penurias, porque os veo en buena salud y estoy convencido de vuestra benevolencia hacia mi. Yo vine para haceros felices y soy un sincero amigo vuestro. Permitidme que os diga abiertamente lo que pienso de vosotros. Me entristece veros sepultados en las tinieblas de las selvas, porque no conocéis ni las bellezas del mundo, ni al Creador de ellas. Sé que a veces pronunciáis el nombre de Dios, pero ignoráis completamente, cómo hay que adorarlo, qué es lo que él permite o prohibe, lo que él promete a los virtuosos y con qué amenaza a los pecadores. Y seguiréis ignorando todo esto si ningún sacerdote se encargara de enseñároslo. Sois infelices en vida y después de vuestra muerte seréis infelices para siempre". Aquí les expliqué con la máxima brevedad y claridad posibles los puntos básicos de nuestra religión. Nadie me interrumpió mientras hablaba y todos me escucharon con la mayor atención, con la única excepción de los chicos que, cuando mencioné el fuego del infierno, empezaron a reir. Cuando desaprobé los matrimonios entre parientes cercanos y declaré que están prohibidos, dijo el viejo cacique: "Tienes razón, padre. Tales matrimonios son cosa pésima, pero eso ya lo sabíamos". De ello conjeturé que a los salvajes tales matrimonios incestuosos parecen más execrables que la rapiña y el matar hombres. Frecuentemente excusamos errores más graves, porque los cometemos nosotros, y condenamos otros menores, porque son ajenos. Cuando hablé contra el robo y las matanzas, el viejo cacique no abrió la boca, quizás porque estuviera acostumbrado a esos crímenes. Atacó vivamente los matrimonios entre parientes, porque quizás otras naciones bárbaras lo admiten. Antes de terminar mi alocución, miré atentamente a mi público y exclamé, con la expresión de un hombre sorprendido: "En esta numerosa concurrencia veo lamentablemente poquísimas personas ancianas y comprendo bien la causa. La miseria cotidiana que os circunda, deshace vuestros cuerpos, quita vuestras fuerzas y acelera vuestra muerte precoz. Debéis soportar desnudos día y noche las injurias del tiempo. Qué mala defensa os ofrece vuestro techo, por donde el viento pasa libremente. Día y noche estáis corriendo hambrientos, persiguiendo animales salvajes en el monte y os cansáis en la cacería, muchas veces infructuosa. Estáis viviendo de lo que el acaso os pone entre las manos. ¿Es una maravilla que las ansiedades por encontrar alimento os torturen contínuamente el corazón? Por haber disparado mal o erróneamente una flecha, a veces tenéis que pagarlo con larga inedia. No quiero hablar de los peligros a los cuales exponéis contínuamente vuestra vida. Un día os amenazan de muerte las garras del tigre; otro día las mordeduras de víboras o las flechas y dientes de los vecinos. Pero si todo eso no existiera, vuestro suelo, siempre húmedo, contiene no sólo caracoles y bichos venenosos sin número, sino también la semilla de innumerables enfermedades. ¿Qué esperanza de sanar puede tener, en vuestro paraje abandonado, un enfermo si no hay ni médico ni los necesarios medicamentos? Porque los que vosotros llamáis médicos, (Abá payé) son puros charlatanes y tienen más habilidad para embaucaros que para sanaros. Si no queréis creer en mis palabras, confiad por lo menos en vuestras experiencias, adquiridas a tan alto precio. Los indios, vuestros hermanos, que viven juntos en una reducción, según la voluntad de Dios y siguiendo las enseñanzas de los sacerdotes, no están sometidos a todas estas incomodidades. ¡Dios mío! ¡Cuántos ancianos podríais ver ahí! Y no es maravilla que lleguen tantos a la vejez, ya que en las reducciones hay numerosos medios para prolongar la vida y retardar la muerte. Cada familia tiene su casa propia, aunque no siempre bellísima, que cobija a sus habitantes contra las adversidades del clima. Cada uno recibe diariamente una suficiente ración de carne vacuna. Frutas y otros alimentos se producen en abundancia en los campos. Cada año todos reciben un vestido nuevo. Los cuchillos, hachas e implementos para cultivar la tierra, lo mismo que las perlas de vidrio enhebradas y todo lo que sirve para adorno, generalmente se les regalan. Si alguno se enferma, médicos expertos lo asisten día y noche, suministrándole diligentemente los medicamentos adecuados y los alimentos necesarios, preparados en la casa del sacerdote. Los padres encargados de las reducciones se preocupan de que a los indios no les falte nada de eso. Si creéis que en mis palabras hay más jactancia que verdad, mirad, aquí están los indios cristianos, vuestros hermanos, mis acompañantes y feligreses. La mayoría de ellos, lo mismo que vosotros, nació y creció en las selvas y ahora, desde hace muchos años, viven en la reducción de San Joaquín, bajo mi disciplina. ¡Mirad un poco sus vestidos! De ellos podéis deducir la manera de vida que tienen. Indudablemente, podéis ver que ellos están contentos con su suerte y se creen muy felices. Ellos fueron lo que vosotros sois ahora, y vosotros podéis ser lo que ellos son. Si sois inteligentes, no debéis privaros de esta felicidad. Examinad con toda vuestra capacidad, si es una cosa deseable vivir y terminar vuestros días en estas selvas espesas y tenebrosas, en medio de tantas penurias. Decidid si queréis o no seguir el buen consejo que os he dado. Nosotros os aceptaremos como amigos y hermanos con los brazos abiertos y os recibiremos sin demora entre nuestros ciudadanos. Para convenceros de eso y para persuadiros, emprendí por amor y deseo de vosotros este largo, y como sabéis, extraordinariamente molesto viaje". Con eso, terminé de hablar.
Para dar peso a mis palabras, distribuí entre todos los presentes, según su posición, edad y sexo, pequeños regalos, como cuchillitos, tijeras, anzuelos, hachas, espejos, anillos, aretes y perlas de vidrio enhebradas, que esta gente se pone al cuello para adornarse. Estas chucherías constituyen, en América, los medios infalibles para ganar rápidamente los reluctantes ánimos de los salvajes, lo mismo que a los chiquilines se los tranquiliza primeramente con las sonajas. Una mano generosa puede más con ellos que la lengua más elocuente. ¡Qué vengan aquí Demóstenes, Cicerón y todo el respetable gremio de oradores! Podrán hablar a los indios hasta volverse roncos y podrán usar sus artificios retóricos más exquisitos; pero si vienen con las manos vacías, hablarán a sordos y toda su fatiga será vana. Sí, hablarán bien, pero no beneficiarán a sus oyentes, y se darán cuenta, por fin, de que pretendieron sacar agua de una piedra. Pero si alguien lleva regalitos a los indios, podrá ser un bruto y aún mudo, más negro que un etíope, y se le escuchará con placer, será amado y los indios lo seguirán obedientes a sus órdenes, aunque de seguirlo al infierno se tratare. La voluntad de los indios se cautiva no por la elocuencia, sino por la generosidad. Por eso estaba convencido de haber hecho todo, al acompañar mi discurso con regalos, porque es casi imposible describir con qué alegría y señales de simpatía para conmigo volvieron a sus hogares los participantes de la reunión. Poco después el cacique Roy, para demostrarme su gratitud, me ofreció algunos panes, preparados, según decía, por su anciana esposa. Estos panes eran redondos, hechos de maíz, delgaditos como un papel, cocidos en la ceniza y tan grises como ella. En pocas palabras, estaban preparados de tal manera que habrían causado asco a un europeo, aunque éste se hallase muerto de hambre. No obstante, por gentileza alabé la habilidad de la cocinera y su extraordinaria gentileza para conmigo. Así que tomé con una mano este aborto de pan y con la otra se lo devolví suavemente, diciendo: "Sería muy agradable para mi, si tus hijos, para conmemorar mi llegada, quisiesen comer estas golosinas". El viejo aceptó contento mi ofrecimiento y se llevó los panes con la misma alegría con la que me los había traído. Los forasteros deben siempre cuidarse de las comidas que les ofrecen los salvajes. Estos son muy duchos en preparar venenos y hay que temerlos aunque sean corteses, ya que odian a los extranjeros, semejantes en esto a los romanos antiguos, de los cuales Cicerón, en el primer libro de su "Officiorum", escribía: "Hosti apud majores nostros is dicebatur, quem nunc peregrinum dicimus". Entre los salvajes americanos hay que evitar toda sospecha ansiosa, que es la madre del miedo, pero ninguna previsión debe considerarse superflua. Aunque esta gente sea ignorante, puede simular muy bien amistad. Cuando quieren dañar al forastero, lo adulan. No hay que creer en las apariencias, porque bajo la más hermosa flor puede estar escondida una víbora mortífera, como, lamentablemente, tantas veces lo hemos experimentado.
El cacique Roy tenía para él y para su familia una choza un poquito alejada de las otras. A pesar de eso, durante los tres días de nuestra permanencia, todas las noches durmió en la casona de sus súbditos, no sé si por la nuestra o por su seguridad. Quizás no confiara en sus súbditos, o quizás recelara de nosotros. Puede ser que hubiese estado preocupado por sí mismo. Nosotros dormíamos entre las chozas. Di órdenes a los míos de que estuviesen vigilantes durante la noche, para que la numerosa muchedumbre no atacara subrepticiamente a los pocos de los nuestros, mientras durmieran profundamente. Sin embargo, no hubo indicio alguno de temor por ninguna parte. Al siguiente día mandé a cuatro indios elegidos de entre los míos, haciéndolos acompañar, por seguridad, de Arapotiyú, hijo del cacique, al lugar, alejado, donde dejé un buey, custodiado por mis indios demorados atrás, para que mataran al animal y trajeran su carne, y ofrecer una comida a los salvajes. No se puede pensar en nada mejor para causarles un gran placer, porque los americanos nunca están más alegres y obedientes, como cuando tienen el estómago repleto de carne vacuna. Para el cacique significaba una diversión especial el poder hablar conmigo amistosamente, por horas enteras, a veces. Me confesó abiertamente que tanto él como su gente no confían en los españoles y portugueses y no creen en absoluto en sus palabras y seguridades de amistad. Para ganar más su confianza y simpatía, afirmé repetidamente que yo no era ni portugués, ni español. Para reforzar más en él esta idea, le conté que entre mi patria y España y Portugal había muchas tierras y mares; que mis padres, abuelos y antepasados no entendían ni una palabra de español y que yo había hecho un viaje lleno de adversidades, por muchos meses, cruzando el inmenso océano, con la única intención de enseñar a los americanos las leyes divinas y las vías de la salvación. Le inculqué bien todo esto y el cacique informó enseguida a los suyos, de que yo no había nacido ni en España, ni en Portugal. Esta noticia contribuyó muchísimo para que los lazos de amistad y benevolencia ataran aún más estrechamente a mí el ánimo de los salvajes. Aquí tengo que relatar algo, que no puedo escribir sin ruborizarme y que hará reir a mis lectores. El cacique, que estaba fumando tabaco en una especie de pipa hecha de caña, confió su propósito a mis indios que estaban sentados alrededor de él, y reveló enseguida su ignorancia. "Empecé a querer a este Padre vuestro – dijo – y porque sé con certeza que no es español, le tengo absoluta confianza. Quisiera estar cerca de él hasta que viva. Tengo una hija, la más hermosa muchacha que uno puede imaginarse, y la quiero casar con el Padre, para que él quede en mi familia. Ya hablé sobre eso con mi esposa y ella está de acuerdo". Apenas había pronunciado el viejo esta simpleza, cuando mis indios empezaron, inconteniblemente, a reirse a carcajadas. El anciano les preguntó la causa y ellos respondieron que los sacerdotes viven en celibato y que una ley muy santa les prohibe el matrimonio. El viejo quedó atónito, levantó su pipa y gritó: "¡Añeyrae! ¿Cómo podéis contarme una cosa tan inaudita e increíble?". En su maravilla se mezclaba el dolor de no poder realizar su deseo. Entre tanto, yo paseaba por ahí cerquita, entre los árboles, y escuché la ridícula proposición, pero disimulé. Me acerqué y pregunté a mis indios acerca de sus carcajadas. Tenían vergüenza en repetirme la absurda propuesta del cacique con respecto al matrimonio y, con los rostros ruborizados, quedaron silenciosos. Si alguien pregunta algo a varias personas al mismo tiempo, nadie contesta, como es costumbre de los guaraníes. Entonces pregunté a uno sólo, quien, temblando, me explicó el objeto de la conversación y de la risa, desde el cabo al fin y abiertamente. Me dirigí al cacique y lo agradecí por los excelentes conceptos que había expresado con respecto a mí. "Yo y conmigo todos los sacerdotes – le dije – seguimos una manera de vida que excluye para siempre el matrimonio y nos obliga con la ley de la castidad perpetua. Por lo demás, ya que no puedo y no quiero ser tu yerno, lo mismo encontrará en mí siempre a un amigo fiel y, si quieres, un compañero y maestro, que te enseñará la disciplina cristiana". Escuchando estas palabras, el cacique volvió a maravillarse y confirmó su benevolencia.
Apenas había llegado yo el día anterior al pueblo de los salvajes y ya pedía que se mandaran mensajeros para informar de nuestra llegada a los caciques vecinos, con los cuales tuvieran buenas relaciones, invitándolos a una visita. Primero, no sabíamos nada de la ubicación de sus pueblos y, segundo, debíamos conservar nuestras fuerzas aún restantes para el viaje de retorno. Se cumplió inmediatamente con mi deseo, ya que los indios, para el caso de que nosotros tuviésemos algún designio enemistoso, se sentían más seguros con la llegada de sus vecinos. Al día siguiente aparecieron hacia mediodía en gran número los salvajes, armados, (vivían a pocas horas de marcha de nosotros), con sus familias. Las madres traían a sus niños de pecho en los cestos. A la cabeza de la columna marchaban los dos caciques. El primero de ellos se llamaba Veraripochiritú, que era tan corpulento y ancho como su nombre. A pesar de su semblante serio, era educado y dócil. Vino con los suyos de una cacería de chanchos salvajes, así que todos traían carne gordísima. Su. hijo, un chico de diez años, de rostro agradable, había adornado su cara con pequeñas estrellas negras, pintadas. "Te parece – le dije – que adornaste bien tu cara con las estrellitas negras, sin embargo, te pusiste feo. ¡Mírate atentamente en este espejo!" (que le había regalado). El chico no se observó mucho, sino corrió al agua y se lavó. Quitándose el hollín, el que había llegado como un Cíclope, parecía Dafnis. Distribuí entre todos los acostumbrados regalos, y hablé amistosamente con ellos, pero más frecuentemente con el cacique Veraripochiritú, de cuya inclinación a nuestra santa religión me había dado cuenta enseguida. El segundo cacique, que vino también con su gente, se llamaba Tupanchichú y era un hombre de cuarenta años. Su figura y su rostro le daban un aspecto honrado, pero su alma carecía de candor: era arrogante, astuto y peligroso, porque pudo esconder en su corazón con el rostro sereno y con palabras suaves el inhumano designio de matarnos a todos, como más tarde se descubrió. Después de su llegada se sentó a mi lado y con tono imperioso me exigió una porción de yerba paraguaya. Nos hicimos mutuamente preguntas sobre cosas de poca importancia cuando, ya no sé como, empezamos a hablar de Dios y yo no quise perder esta oportunidad. "Sabemos desde hace mucho tiempo – dijo el cacique – que Dios es uno que vive en el cielo". A esto yo le contesté que él habría tenido que saber también que Dios era el creador y señor de todas las cosas, nuestro padre, quien nos ama tiernamente y por eso debemos amarlo y adorarlo, y debía saber también qué es lo que a Dios le gusta y qué es lo que no encuentra placer a sus ojos. "Bien – continuó el cacique – dime lo que a él no le gusta". "Dios odia y castiga severamente el adulterio, la fornicación, la mentira, la calumnia, el robo, la matanza..." "¿Cómo? – me interrumpió, levantando las cejas – ¿Dios no quiere que matemos a los otros? ¿Por qué esos cobardes no se defienden mejor de sus enemigos? Yo hago así, si alguien me ataca". Me esforcé en quitar este error al fanático cacique y en instilar en su corazón el horror de matar a sus prójimos, pero con qué éxito, no sabría decirlo. Más tarde, testigos fehacientes me contaron que este salvaje Tupanchichú, a quien temía toda la comarca como a un hechicero maléfico, se jactaba de tener en su choza un montón de cráneos de aquellos que él había asesinado, o con venenos, o con la violencia. Se dijo también que con los suyos había urdido una conspiración contra nosotros. Para que no nos atacara durante la obscuridad, el cacique Roy pasó la noche en la choza vecina y mientras nosotros dormíamos bajo el cielo sereno, él vigilaba por nuestra seguridad. Poco después, sin embargo, como contaré, perdió su vida por los horrorosos maleficios de Tupanchichú. Perdió su vida para salvar la nuestra.
Después de varios coloquios y consultas, los caciques se pusieron de acuerdo unánimemente en pedirme que se erigiera una reducción modelada sobre las ya existentes, en su suelo nativo. Yo asentí a su solicitud, tanto más de buena gana, porque una reducción en el Mbaéverá nos ofrecería la comodísima posibilidad de ir a buscar y a evangelizar a los otros salvajes, que aún vivían escondidos en las selvas más lejanas. A pesar de su aversión a la religión cristiana, Tupanchichú no osó contradecir abiertamente a los otros caciques, a Roy como al principal de entre ellos, y a Veraripochiritú, como al más poderoso y de más edad. Por eso usó mucha astucia, como si estuviese de acuerdo con la propuesta, para poder impedir con más seguridad la ya decidida fundación de un pueblo. Después de haberme demorado tres días entre estos indios, declaré a todos que al día siguiente iba a emprender viaje, pero que volvería después de haber reunido el ganado necesario y todo lo que hacía falta para fundar y mantener una reducción. Para demostrarme sus buenas intenciones, los caciques me entregaron a sus hijos para que me acompañaran en mi viaje a la reducción. El astuto Tupanchichú, no teniendo hijos adultos, me dio por acompañante al hermano de su mujer, un joven de mucha prestancia física. Vinieron conmigo cuatro hijos de Roy, a saber: Arapotiyú, el de más edad, Aarendí, el inmediatamente más joven (ambos eran aún solteros) y otros dos jovencitos más, junto con Gató, un joven que era prisionero del cacique. Se juntaron también otros, así que en total teníamos a dieciocho salvajes por compañeros de viaje. Tuvimos un viaje muy feliz y muy alegre. Cuando los españoles, a los que encontramos en el camino, me vieron marchar acompañado de tantos salvajes desnudos, con sus carcajes y adornos de plumas de papagayos, su temor inicial cambióse en parabienes y sonoros aplausos. Todos alababan unánimemente el coraje con que había osado llegar hasta los pueblos de los salvajes, y mi suerte, en haberlos descubierto. Un español, conmovido al ver la hermosura del joven que me había dado por acompañante Tupanchichú, me dijo: "De veras, padre, sería lamentable si el diablo agarrara una cara tan española" (quería decir hermosa). Entramos en la reducción de San Joaquin en buena salud y recibidos con una especie de ovación por parte de los habitantes. Hospedamos generosamente a los habitantes de la selva, los vestimos y les regalamos también hachas, cuchillos, perlas de vidrio enhebradas, y otras chucherías, abundantemente. Después de haber descansado catorce días entre nosotros, los enviamos de vuelta a los suyos, acompañados de indios nuestros, exceptuando a Arapotiyú, quien, desde el momento que nos encontramos por primera vez en la selva, no quiso separarse de mi lado. Por algunos meses puse a prueba su constancia, le enseñé las verdades de la religión, lo bauticé y poco después le dí una esposa según la costumbre cristiana. A pesar de que había estado desde hace poco en la reducción, sobresalió tanto por sus acciones virtuosas, que no se habría podido diferenciarlo de un cristiano de vieja data. Se puso inconsolable cuando un decreto real nos llamó a Europa y todas las reducciones, junto con él, lamentaron nuestro destino y el propio. Gató, el prisionero, quedó también en nuestra reducción, muy contento con su suerte. Se portó tan bien, que lo bauticé y lo casé con una cristiana. Sin embargo, consumido por un morbo lento, murió algunos meses más tarde.
Nuestros indios me contaron, después de su retorno de las selvas de Mbaéverá, que entre los salvajes había una muy peligrosa epidemia de angina. Los hechiceros y especialmente su principal, Tupanchichú, trataron de hacer creer al pueblo ignorante, con la intención de hacer nacer en su ánimo horror con respecto a los cristianos, que esta epidemia estaba causada por nosotros. Yo escribí inmediatamente al Padre Provincial y le informé con respecto a mi viaje, a los salvajes que descubrimos y a la reducción que ellos solicitaron se fundara. El aprobó mi proceder y me felicitó. Para suplantarme en San Joaquín, ya que yo retornaba a los salvajes, nombró inmediatamente a otro sacerdote. También el Gobernador del Rey, Don José Martínez Fontes, fue informado de todo lo que había acontecido y debía aún hacerse, y se solicitó, como es costumbre, su autorización para fundar la nueva reducción. Todo marchaba según lo deseado y nadie me vino con dificultades, cuando el infierno obstaculizó la marcha feliz de mi empresa y destruyó todas mis esperanzas, valiéndose de dos instrumentos: de Tupanchichú, sediento de sangre, y de un rico español. Que se escuche y se desprecie la terrible criminalidad de estos monstruos. Repentinamente llegó un mensajero inesperado con la noticia de que el cacique Roy había fallecido por haber comido batatas envenenadas, que los alemanes llaman Erdapfel y los guaraníes yetí. La comida se la ofreció Tupanchichú, parte por vengarse de la diligente vigilancia de Roy por nuestra seguridad, mientras Tupanchichú mismo había decidido matarnos, y parte para impedir la fundación de la colonia, que el otro habría visto nacer con mucha alegría y por la que trabajara con mucho ardor. No contento con haber asesinado al anciano, Tupanchichú pensó darle el mismo fin a la viuda, para apoderarse, una vez muerta ella, de las hachas, de los cuchillos y otros instrumentos de hierro, que antes pertenecieran a Roy. La mujer se escapó y vagó por todas partes; pero como no se sentía segura en ningún escondite de la selva, se salvó viniendo con su familia a nuestra reducción, como hacen los navegantes que en tiempo de tormenta se refugian en los puertos. Tenía cuatro hijos y cuatro hijas, todos solteros, con la excepción de una hija que ya había sido repudiada por su marido. Su viaje, durante el cual tuvo que marchar casi cien millas cruzando continuamente ríos y esteros, le fue más dificultoso aún a causa de dos hijas, una de las cuales tenía apenas dos años, mientras la otra, adulta, pero paralizada en las manos y en los pies, no podía dar un paso sin ayuda. Tenía que llevárselas a las dos. La más grande fue puesta en una hamaca y fue llevada por sus hermanos y hermanas. Esta paciencia y afecto de los salvajes merece toda nuestra admiración. Después de haber enseñado los dogmas básicos de la religión cristiana a la madre, ella fue bautizada con sus cinco hijos algunos meses más tarde, el mismo día que el prisionero. Todos los presentes experimentaron gran consuelo. Uno puede imaginarse cuán grande fue mi alegría cuando inscribí a este grupo en el número de los cristianos. Se trataba de un fruto, sólo por el cual valía la pena haber emprendido el molesto viaje al Mbaéverá. Y si opino que el crimen de Tupanchichú, que había asesinado al cacique Roy por haberse este expuesto ardientemente a fundar la reducción, era algo horroroso y nefando; aún más detestable me parece la memoria de aquel hombre, que, movido por sus sórdidos intereses y por su avidez, frustró la fundación de la colonia. El había nacido en el Paraguay entre los españoles, pero no de familia española. Callo su nombre, porque en cierto país europeo lo conocen y lo respetan.
Este individuo, más rico que honesto, acometía cualquier empresa para ganar dinero y aumentar su patrimonio. En su estancia tenia en abundancia ganado de toda clase y poseía una casa en Asunción. Acumuló la mayor parte de su riqueza con el comercio de la yerba paraguaya. Para atender a sus extensos negocios, necesitaba gran número de gente. El había escuchado que yo había descubierto varios pueblos de salvajes, ricos en habitantes, en el Mbaéverá, y que a la brevedad posible quería instalar una reducción para enseñarles la religión. Hizo rápidamente sus proyectos para llevar a sus yerbales, con cualquier medio, a estos indios, y hacerlos trabajar en vez de los negros, que en esa región cuestan muy caros. Con esta intención despachó a algunas personas hábiles, con conocimientos mediocres del idioma guaraní, para ganar a los salvajes para sus proyectos y apoyar sus argumentos con ricos regalos. Estos agentes prometieron a los indios, una vez que éstos se hallaran en territorio español, montañas de oro, hermosos vestidos y ricas comidas cotidianas, en breve, todas las felicidades a la manera de los pescadores que ofrecen el cebo a los peces, pero esconden el anzuelo mortífero. Gastaron todo su arte en influir temor en el ánimo de los indios con respecto a las reducciones jesuíticas. Les mintieron, diciendo que allí dominaban el hambre y la miseria. Los indios debían ponerse en guardia contra los jesuitas y si querían hacer su fortuna, tenían que trasladarse sin perder tiempo y sin consultarse más, a las posesiones de N. N. Los españoles dieron este consejo a los indios, pero nadie lo siguió. Por cierto, fue una loca idea la de exigir y esperar una cosa semejante de los indios, que por el terror de volverse esclavos de los españoles, temen y huyen, no sólo de su vecindad, sino hasta de la sombra de ellos, y piensan que las adulaciones de los españoles son trampas y amenazas disfrazadas. Prefieren estar desnudos y libres, que vivir bien vestidos y alimentados en la dura servidumbre. Cuando los indios vieron que sus tolderías eran conocidas por los españoles, creyeron que su seguridad estaba terminada y que de ninguna manera podían defenderse de las insidias de los españoles. Estaban continuamente preocupados de que el español a quien no querían servir, mandase una tropa de soldados para arrastrarlos de sus parajes a la servidumbre. Como su peligrosa posición la tenían día y noche delante de los ojos, por fin decidieron abandonar sus pueblos y buscar una región bien distante. Quemaron sus chozas y huyeron, más prófugos que viajeros, con sus bártulos, del lugar de su intranquilidad. ¿Adónde? Esto quedó para siempre en el misterio.
Apenas se me informó de la fuga de los salvajes, me puse en camino con cuarenta indios cristianos y con Arapotiyú, quien conocía todos los senderos y selvas de la región. A pesar de nuestra fatiga y de las numerosas molestias, no logramos nada. Encontré quemadas las chozas de los tres caciques y de la población, donde algunos meses antes había pasado tres días. Exploramos las orillas de los ríos Acaray y Monday y las selvas entre ambos ríos, pero no pudimos encontrar rastro humano. Como no había esperanza de éxito, después de recorrer las selvas a la derecha y a la izquierda, volvimos a casa, agotados y tristes. Cuando se supo la noticia, en toda la provincia la gente honrada quedó profundamente afligida. Los españoles y los indios estaban enfurecidos contra el hombre que echó a perder la mies madura que nosotros estábamos por recoger y llevar al granero de la Iglesia. Por haber querido apropiarse de estos salvajes, fue él la causa de que éstos abandonaran su decisión de hacerse adoradores de Dios y seguidores de la enseñanza de Jesús. El Gobernador del Paraguay, cuando se le informó, golpeó con el puño la mesa, la que estaba sentado yo con algunos españoles respetables. "En verdad – gritó amargado – ¡este hombre es más dañino que el diablo o el Anticristo en persona!" Don Emanuel de la Torre, Obispo del Paraguay, alababa, de palabra y también por escrito, mi trabajo fatigoso, por haber yo viajado tanto por la causa de la cristiandad, y en mi presencia declaró que tal hombre, que había obstaculizado nuestro trabajo evangelizador, no era digno de nombrarse cristiano, ni español, y hasta profirió amenazas de que su cometido no quedaría sin castigo. Sin embargo, todo quedó en palabras. Hasta donde sé, ni el gobernador ni el prelado osaron hacer algo contra este malhechor, temible por su numeroso y poderoso parentesco, porque ambos se guardaron de irritar los ánimos de una ciudad tan dispuesta a levantarse, como es sabido por los anales. Sin embargo, la blandura de las autoridades no pudo alejar la venganza de la mano divina.
El hombre había puesto a trabajar, con gastos enormes, mucha gente para recoger yerba en el Mbaéverá. Ya una inmensa cantidad estaba reunida y custodiada en el galpón de los recogedores españoles, esperando las mulas para transportar la yerba a la ciudad. El galpón se encontraba en una loma. Había árboles alrededor y se veían las cercanas orillas del Acaray, con su lujuriante vegetación de juncos y yuyos. De pronto un salvaje encendió el juncal y el fuego aumentó de intensidad rápidamente. El capataz español, preocupado por el galpón, mandó a dieciocho obreros para extinguir el fuego. A poco, los obreros cayeron víctimas del incendio, porque de súbito un vendaval esparció el fuego por toda la llanura, las llamas cercaron a los españoles y les cortaron toda posibilidad de huir. Algunos de ellos se echaron a los esteros, pero estos estaban secos; otros se sumergieron en el lodo, pero todos los medios para salvarse resultaron inútiles. No se quemaron, pero por las llamas siempre más cercanas, se sofocaron, se tostaron y, en su mayoría, vestidos, se asaron. En la misma noche murieron tres de una muerte miserable; otros tres expiraron al día siguiente. Otros dos murieron algo más tarde y, por consiguiente, tanto más dolorosamente. Sus terribles heridas, los gusanos que crecían en las mismas y la putrefacción de su cuerpo entero emanaron un hedor tan insoportable, que los pocos obreros que se quedaron con vida, pudieron entrar a la choza sólo con la nariz tapada, para llevar comida y bebida a los moribundos. Estos, después de haber perdido las narices, las orejas y los ojos, terminaron su vida, que les parecía más amarga que la muerte misma. Los espías de los salvajes observaron sigilosamente esta desgracia de los españoles, cuyo reducido número les dio aún más coraje. Uno de los indios, armado con flechas y macana, y con su corona de plumas en la cabeza, fue a escondidas al galpón, donde se había quedado un sólo español como guardián de la yerba paraguaya, mientras los otros en parte fueron a la ciudad para llevar la triste noticia, y en parte estaban buscando algo en las selvas. El indio se dirigió a él, torvo, diciéndole: "¿Así que vosotros osásteis entrar en estas selvas que nunca fueron vuestras? ¿No sabéis que esta es nuestra tierra patria, que heredamos de nuestros padres y antepasados? ¿No tenéis ya bastante tierra, vosotros, que ocupásteis inmensos territorios e innumerables selvas, de los cuales os apoderásteis a veces con y a veces contra la voluntad de nuestros padres, pero siempre sin ningún derecho y aún los estáis ocupando? ¿Os parece, por acaso, que estáis tan pobres que debéis reunir vuestra riqueza en nuestras selvas y debéis robar nuestros árboles de sus hojas para hacer una bebida? ¿Vuestra audacia y rapacidad no os da vergüenza? Sin embargo, tendréis que arrepentiros, porque un día deberéis pagar con vuestra muerte. Si alguien de vosotros se aproximara a nuestro territorio, por Dios, que no volverá con vida. De ahora en adelante imitaremos vuestro ejemplo. Si vuestra vida os vale algo, y si no habéis perdido vuestra cordura, huid de este lugar y avisad a los vuestros de que no pongan más los pies en estas selvas, siempre que no estén cansados de vivir". Mientras el salvaje decía todo esto, con semblante amenazador, el español enmudeció y se volvió pálido, esperando el golpe mortal. Para salvar la vida, ofreció al indio hachas, cuchillos, vestidos y otras chucherías. Aplacado por los regalos, el salvaje retornó a los suyos que estaban escondidos en las proximidades El español opinaba que cualquier demora en el galpón podía resultar muy peligrosa y huyó a la ciudad, dejando muchos millares de libras de yerba ya preparada en la selva, sin custodia.
Cuando en la ciudad se divulgó la noticia de los dieciocho españoles perecidos en el incendio y de las amenazas del indio, toda la gente quedó turbada, y el temor de las selvas del Mbaéverá se apoderó de tal modo de todos los ánimos que, sólo después de algunos meses y pagando grandes premios, pudo encontrarse gente para traer la yerba abandonada, a lomo de mulas, a la ciudad. El hombre, que por avidez y sórdida avaricia imposibilitó la fundación de una nueva colonia, para convertir a los salvajes, sufrió una cuantiosa pérdida. "Pero – como dice Tibulo – el castigo tardío viene con pies silenciosos" (Sera tamen tacitis poena venit pedibus). No había nadie que dudara de que las desgracias que golpearon a este hombre sin religión, fuesen obra del azar, sino castigo de la mano vengadora de Dios.
I N D I C E
NICOLAS DEL TECHO: Relación de la gente Caaiguá que se empezó a convertir.
BARTOLOME XIMENEZ: Misión a los Tobatines.
MARTIN DOBRIZHOFFER: Relación de la expedición al Mbaéverá.
SOLAPA:
Al cumplirse el bicentenario de la expulsión de los jesuitas del Paraguay, la Editorial del Centenario se adhiere a la conmemoración de ese acontecimiento publicando, en traducción castellana, tres relatos difícilmente accesibles al público. Estos relatos abarcan más de cien años de la obra evangelizadora de la Compañía y reflejan tres fases sicológicas de la misma.
El primero de los relatos, traducido del latín, corresponde al Padre Nicolás del Techo y se refiere a una tentativa para evangelizar a los guayakíes. El segundo, escrito originariamente en español por el Padre Bartolomé Ximénez sobre una expedición evangelizadora a las tierras de los tobatines, llegó hasta nosotros en las traducciones alemana y latina del Padre Antonio Sepp. El último es un fragmento de la monumental obra del Padre Martín Dobrizhoffer que relata su encuentro con los cainguáes del Mbaéverá. Nuestra versión está basada en el original latino y en la traducción alemana.
segundo libro de la Editorial del Centenario
se terminó de imprimir el día 14 de octubre de 1967
en los talleres de la Editorial EL ARTE S.A.