Biblioteca Virtual del Paraguay Vuelva al Indice

BIBLIOTECA PARAGUAYA

 

HISTORIA

DE LA

PROVINCIA DEL PARAGUAY

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

 

POR

EL P. NICOLÁS DEL TECHO

 

 

TOMO QUINTO

LIBRO DECIMOCUARTO

 

CAPÍTULO PRIMERO

CONTROVERSIA QUE HUBO SOBRE LA CONSAGRACIÓN DEL OBISPO DEL PARAGUAY.

El año 1644 suscitóse una cuestión que se ha hecho célebre, tocante á la consagración de D. Bernardino de Cárdenas, Obispo del Paraguay. Hallándose éste en el Perú, recibió una Real cédula de Felipe IV, en la que le manifestaba haberlo propuesto para la mencionada Sede é implorado la confirmación pontificia. Como le agradaba el honor conferido, se desesperaba con la tardanza del Papa en despachar las Bulas, por más que éste no solía poner obstáculos á la presentación hecha por el monarca, y autorizaba con frecuencia para que un Obispo solo, en vez de tres, verificase la consagración. Llevado de su impaciencia, discurrió un medio de conseguir lo que deseaba, pretextando interpretar la voluntad del Romano Pontífice, á fin de no quebrantar violentamente el derecho canónico. Consultó sobre el particular á nuestro Colegio de Córdoba, y por unanimidad contestaron los religiosos que lo que intentaba era opuesto á las decisiones de los Concilios y Papas, á la doctrina de los sabios y á las costumbres de la Iglesia. Pero el carro del orgullo no obedece á riendas. Sin esperar las Bulas, D. Bernardino de Cárdenas se hizo consagrar por un solo Obispo; tomó posesión de la diócesis, y dió principio á una época de agitaciones, no ya en la capital, mas también en todo el país: de ellas se podía escribir larga historia; yo, temeroso de no ser imparcial, me limito á narrar el origen y raíz de los tumultos que luego acontecieron. Lo que no pasaré por alto son las calumnias que se inventaron contra la Compañía, y que muy pronto quedaron aniquiladas; lo mejor es presentarlas unidas, sin guardar el orden cronológico, para que con una mirada se tenga idea de ellas. Teniendo el Obispo de su parte, nuestros enemigos renovaron sus antiguas falsedades y forjaron otras nuevas: la peor fué una tocante al oro imaginario del Uruguay, ya refutada hasta la saciedad otras veces. Pero como conviene dar á cada uno lo que es suyo, y atribuir á cada alfarero sus cántaros, examinaremos con detenimiento la cuestión desde sus comienzos.

 

CAPÍTULO II

ATRIBÚYESE Á LA COMPAÑÍA EL HALLAZGO DE ORO EN EL URUGUAY.

Un indio de ínfima condición, llamado Buenaventura, se educó en Buenos Aires, parte del tiempo con una Comunidad religiosa, donde fué criado, y parte fuera de ella. Su ánimo inconstante le hizo fugarse á los gentiles, y después de varias peripecias se estableció en el Yapeyú, reducción de neófitos situada en el Uruguay; allí simuló ser piadoso; luego robó una mujer casada, con la que hizo vida común. Fué azotado, y para que no corrompiese las costumbres de los neófitos, desterrado á Buenos Aires, donde, inducido no sé por quién, inventó mil fábulas sobre el oro que tenían los jesuitas del Paraguay; diéronle crédito hasta los hombres más prudentes, Decía con aire de sinceridad que él había trabajado mucho tiempo en el Uruguay sacando el metal precioso; en tres días solía llenar medio celemín de pepitas de oro. Añadía que, lleno de entusiasmo al contemplar tal abundancia, pensó en ocasiones reunir un tesoro y huir con él para vivir regaladamente. Pero acaeció que, meditando estas cosas, un compañero suyo cometió cierto robo, y achacándoselo á él, fué azotado y condenado á destierro. Todo esto lo refería públicamente, describiendo minuciosamente el sitio y condiciones de las minas; mentía con tal aplomo, que los oyentes no dudaban de su veracidad; la calumnia iba tomando cuerpo, y, por desgracia, algunos hombres religiosos la confirmaban con su autoridad. La Compañía se vió en la necesidad de sincerarse, pues lo contrario cedía en perjuicio suyo y de los neófitos. Llevóse la cuestión á los Tribunales, á fin de que éstos esclareciesen el asunto, pero dividiéronse los jueces en varias opiniones; sin embargo, meditado el negocio, el gobernador del Río de la Plata, D. Esteban Dávila, hombre dignísimo, resolvió que lo del oro ningún fundamento tenía, siendo meramente un embuste forjado por desocupados y enemigos de la Compañía; prohibió que se propalara, y ordenó que nadie la tuviese por verdadera; en este sentido escribió á la corte de España. Así la autoridad pública disipó la trama urdida contra nosotros.

 

CAPÍTULO III

RENUÉVASE LA CALUMNIA REFERENTE AL ORO DEL URUGUAY.

Pasado algún tiempo, el impostor reprodujo sus falsedades y sacó á luz la mal urdida trama de sus invenciones. Narrábalas á los europeos que emigraban codiciosos de riquezas, y tuvo audacia suficiente para referírselas á Don Jacinto de Lara, Caballero de la Orden de Santiago y gobernador del Río de la Plata. «Créame vuestra merced, le decía; yo he visto las minas, y puedo afirmar también que los jesuitas han construído cerca de ellas dos castillos para defenderlas, y los han guarnecido con soldados bien armados.» Aunque el gobernador no se convencía, deseaba que esto fuera verdad y quedaba en la duda de si le engañarían ó no. Estando con tal incertidumbre, pasado el verano, recibió carta del Obispo del Paraguay en que le afirmaba la existencia de las imaginarias minas de oro en el Uruguay. Saltó de contento el indio embaucador cuando vió sus ficciones autorizadas por el Prelado y tenidas como probables por el gobernador, quien atento al hallazgo del rico metal, se apresuró á resolver el negocio. Embarcóse en el Paraná con cuarenta soldados; en su compañía iban D. Martín de Vera, hombre principal, dueño de minas de oro en el Perú, y excelente ensayador de minerales, y el inventor de los yacimientos uruguayos, Buenaventura: nuevo Jason, navegó contra la corriente por espacio de doscientas leguas. Buenaventura se fugó en el camino; algo se desanimó con esto el gobernador; sin embargo, llegó á las reducciones de la Compañía, donde fué recibido con aplauso; le pareció conveniente ocultar el motivo de su ida; mas por debajo de cuerda se enteraba, valiéndose de cuatro intérpretes, del sitio en que estaban las minas. Sabiendo esto el P. Francisco Díaz Taño, Superior general de las misiones, le presentó una súplica para que inquiriese, no privadamente, sino en público, sobre el oro imaginario; además requirió, mediante notario, al Obispo del Paraguay y al gobernador de esta provincia á fin de que concretaran en sus afirmaciones, ó de lo contrario se retractasen. Pareció lo indicado bien á D. Jacinto de Lara, y ordenó que fuesen al Uruguay sus soldados, y sin omitir medio alguno descubriesen las minas, ofreciendo al que las hallara el título de capitán, un espléndido traje y doscientos ducados. Comenzaron los soldados á escudriñar el país y encontraron una pepita; cierto muchacho de Mbororé les afirmó que siendo muy niño había ido con su padre, ya difunto, á los yacimientos, cuyo camino podía indicar con tal que le acompañasen. Alegráronse los investigadores, y el primero que tuvo dichas noticias fué al gobernador y le exigió el grado prometido y otras cosas por el servicio prestado al monarca. Mas el gobernador interrogó al rapazuelo, y éste comenzó á titubear vacilando en sus respuestas; apenas tenía cinco años cuando se quedó sin padre, y es increíble que un niño de esta edad, y por añadidura indio, distinguiese las piedras comunes de los minerales ricos en oro. Con todo, el gobernador, no queriendo pecar de negligente en perjuicio del rey y de la Compañía, dispuso que el muchacho fuese llevado al sitio donde solía ir con su padre; acompañáronle D. Martín de Vera y seis soldados: después de un viaje penoso y registrar cuidadosamente el país, nada sacaron en limpio sino excitar la burla de los restantes militares; el chiquillo era tan rudo, que no distinguía el hierro del oro y los diamantes de las piedras; tenía por cosas preciosas las conchas, juguetes de su infancia, y como tales las mostraba; los soldados, al ver esto, se irritaron: unos decían que ahorcarlo, otros que cortarle las orejas y nariz para exponerlo al escarnio público. Apartáronse de semejantes proyectos por la intercesión de los religiosos, siempre benévolos con los pequeñuelos. Salvóse el muchacho á fin de que más adelante fuera testigo imparcial de la verdad.

 

CAPÍTULO IV

CANTA LA PALINODIA NUESTRO CALUMNIADOR Y ES CASTIGADO.

Entre tanto se esperaban con ansiedad nuevas en Buenos Aires, y cuando llegó un correo portador de varias cartas, suspendiéronse los ánimos. Impaciente el gobernador, abrió la escrita por el del Paraguay y leyó cómo había indagado el sitio de las minas sin hallarlas ni tampoco quien las hubiera visto; la del Obispo era ambigua: al principio hacía constar la existencia del oro, pero luego añadía que la verdadera mina consistía en la expulsión de los jesuitas. Leyendo esto cuando creía hallar una revelación importante, conoció que la cuestión era una broma pesada. Lleno de cólera, se dolió de su credulidad por haber ejecutado cosas preparadas por los enemigos de la Compañía. Aunque ésta se regocijó de que se aclarase el negocio, el gobernador sintió la fuga de Buenaventura, principal embaucador. Nosotros deseábamos con interés que le echaran mano á éste y se retractase. Muy luego se supo que Buenaventura se había refugiado en Yapeyú, lugar del Uruguay; fué preso y cargado de cadenas presentado al gobernador, quien mandó que lo desataran á fin de que tuviese más confianza al hablar; después le dijo: «Buenaventura, puedes labrar tu fortuna si me indicas el paraje donde se encuentra el oro, pues afirmas conocerlo; si lo haces, tendrás cuanto quieras.» Buenaventura negó haber pronunciado una palabra tocante á tal particular. «Déjate de bromas, replicó Don Jacinto de Lara: estamos en el Uruguay; muestra las dos fortalezas construídas para defensa de las minas, y guarnecidas de soldados; tú las has descrito cual si las hubieras visto y dijiste que eran iguales los castillos de Milán.» «No son chanzas, contestó el impostor, ni afirmé que haya oro en el Uruguay, ni he soñado siquiera con las fortificaciones de que me hablas; si algo dije fué estando embriagado.» Irritóse el gobernador y mandó que el calumniador fuera puesto en el potro y que le diesen tormento sin compasión: con increíble tenacidad persistió Buenaventura en negar todo lo referente al oro fantástico. «Pagarás tus falsedades,» le gritó el gobernador. Ya lo iban á matar, cuando los misioneros intercedieron por él para que fuese conmutada la pena en otra menos dura, acordándose de los ejemplos de San Ignacio, que perdonaba á sus enemigos. No se escapó Buenaventura de recibir doscientos azotes; luego fué condenado á destierro. Tal fué el resultado de las fábulas inventadas acerca del oro, las cuales cedieron más en gloria de la Compañía que en su detrimento.

 

CAPÍTULO V

DOS OIDORES DE LA REAL AUDIENCIA DE CHARCAS BUSCAN DE NUEVO EL ORO DEL URUGUAY.

Aunque la calumnia fué disipada en América, era creída en Europa, donde se había divulgado. Algunos enemigos de la Compañía, no atreviéndose á dar la cara, escribieron á la Audiencia de Charcas diciendo que ellos sabían el lugar de las minas; creyeron que sus falsas afirmaciones no serían refutadas, efecto de la distancia. Mal les salió su pensamiento. Luego que Garabito, por encargo de la Audiencia de Charcas, halló que el rumor ningún fundamento tenía, condenó á los que escribieron dichos memoriales á grandes multas y destierro. Mas como Garabito no recorrió en el Uruguay los parajes designados, se volvió á tejer la tela del embuste, poniéndolo otra vez en conocimiento del rey Católico. La Audiencia ordenó que Don Juan Blásquez de Valverde, á quien dió los títulos de Visitador Real y gobernador del Paraguay, fuese desde el Perú y acabase tan fastidioso negocio. Blásquez llamó á los principales delatores, y con ellos y una compañía de soldados se dirigió al Uruguay: allí examinó los libelos de los calumniadores, y no encontró probado lo del oro; sí que éstos mentían, según ellos mismos acabaron por confesar: quiso proceder con rigor contra ellos; pero la Compañía le suplicó fuese benigno. D. Juan Blásquez dictó sentencia en el negocio del oro imaginario; los delatores pagaron fuertes multas y la Compañía quedó con honra. Dicha resolución se imprimió en Lima y circuló por todo el mundo. Cuando la conoció el rey Católico se alegró, alabando la generosa conducta de los jesuitas al proteger á sus mismos enemigos, y formó propósito de castigar duramente á los falsarios en obsequio del bien público. Así fué disipada la fábula del oro uruguayo veinte años después que se forjó, con provecho de la Compañía y confusión de sus enemigos. Por ella los misioneros extranjeros estuvieron á punto de ser ignominiosamente expulsados del Paraná y Uruguay.

 

CAPÍTULO VI

ES ACUSADA LA COMPAÑÍA DE HABER ENVIADO FUERA DE AMÉRICA ORO DEL URUGUAY; DEMUÉSTRASE LA FALSEDAD DE ESTO.

Los autores de la referida calumnia añadieron otra más grave. Dijeron que los jesuitas extranjeros habían enviado remesas de oro extraído en el Uruguay á los portugueses y franceses, enemigos á la sazón de España, y con el cual hacían pertinazmente la guerra á esta nación. Presentaron tal mentira con apariencias de verdad; alguien decía que estando en el ejército de Bélgica, cuando éste sitiaba una ciudad en la Picardía, los adversarios, que se hallaban desanimados, saltaron de repente de alegría, en lo cual se conocía bien cómo acababan de recibir noticias favorables; investigaron los jefes españoles qué podría ser aquello, y supieron por conducto de los espías que los cercados habían recibido una gran suma de oro, bastante para satisfacer con liberalidad los sueldos de los soldados y continuar las operaciones. Preguntaron cuál sería la procedencia de tales riquezas, y por ciertos rumores esparcidos en el campamento, creyeron que venían de América, remitidas traidoramente desde el Uruguay. Mas como la fábula del oro del Uruguay estaba refutada, la otra cayó por su base y nada perdió la reputación de los misioneros. Todo el mundo sabía con cuánta probidad y celo trabajaron éstos en la conversión de los gentiles desde que se fundó la provincia. Nadie ignoraba que, gracias á ellos, muchas regiones habían sido exploradas, fundados no pocos pueblos y extendido los dominios del rey Católico; despreciando las comodidades que les ofrecían las ciudades españolas y el que su conducta se interpretase bien ó mal, ellos atendían al aumento de la cristiandad y rescataban infinidad de almas, por quienes murió Cristo, y dándoles la libertad, las sacaban del cautiverio del demonio y las hacían vasallas del monarca español. Claro es que Satanás irritábase con esto y azuzaba los malvados para que nos hicieran cruda guerra.

 

CAPÍTULO VII

INVÉNTASE CONTRA LOS JESUITAS LA CALUMNIA DE QUE SE OPONIAN AL PAGO DE LOS SERVICIOS REALES.

A más de las consejas refutadas urdieron otra los enemigos de la Compañía: esparcieron el rumor de que los jesuitas disuadían á los neófitos de pagar las rentas á Su Majestad, y asintieron á ella el vulgo y las autoridades. Pero el oidor D. Juan Blásquez de Valverde inspeccionó, por mandato de la Audiencia de Charcas, las reducciones del Paraná y Uruguay, y escribió al monarca diciéndole que nadie como los neófitos pagaba las contribuciones puntualmente y de buen grado; advertiré que la fábula en cuestión iba dirigida, no sólo contra los religiosos extranjeros, sino contra los españoles. Algunos que deseaban con vehemencia reducir á la servidumbre los indios, se quejaron de tener la Compañía sobre éstos un dominio absoluto; su pretexto era que los neófitos, durante el primer año de su conversión, ni satisfacían tributos ni trabajaban en provecho de particulares. Semejante imputación era la mejor apología nuestra y del tacto y prudencia del rey Católico. Diré lo que había en el asunto. Ninguna cosa espantaba tanto á los indios como el servicio personal en favor de los españoles; así que los misioneros, de acuerdo con los magistrados y gobernadores, cuando entraban en países de gentiles, nada les proponían sino la fe católica y la obediencia á Su Majestad; luego con suavidad les inculcaban la conveniencia de que trabajaran á jornal y pagasen alguna contribución al monarca, ya que éste los defendía de sus enemigos y enviaba á su costa desde Europa sacerdotes que los instruyeran. Estas leyes, aprobadas por el rey, fueron ampliadas, y así los neófitos, durante el primer decenio á contar de su conversión, estaban libres de toda gabela: aún pareció pequeño tal plazo y se duplicó más adelante, pues los indios no habían perdido por completo su rudeza; prefiere Su Majestad la salvación de las almas á llenar las arcas de su tesoro, y traer los indios con beneficios á espantarlos con imposiciones. Además no ignoraba las continuas vejaciones que los miserables neófitos sufrieron de los mamelucos; que muchos emigraron de su patria y otros fueron reducidos á esclavitud; los restantes se veían precisados á rechazar de continuo el enemigo: por lo tanto, era justo que nada se les exigiera. Los perseguidores de los indios echaban á perder tan prudentes medidas; clamaban que los neófitos eran inútiles á la sociedad, y con capa de la conveniencia pública, buscaban su interés privado. Fuéronse lentamente disipando semejantes calumnias y la importuna ambición de sus autores. Los indios del Paraná y Uruguay, después que tuvieron paz algún tiempo, reedificaron sus pueblos é iglesias, y pasados los veinte años de indulto, prometieron satisfacer tributos conforme al censo hecho por el oidor D. Juan Blásquez de Valverde.

 

CAPÍTULO VIII

SERVICIOS QUE HAN PRESTADO LOS RELIGIOSOS EN EL PARAGUAY.

Hubo quienes intentaron convencer al rey de España de que no se debían llevar á expensas del Erario jesuitas al Paraguay. La verdad es que se angustiaba Satanás viendo cómo tantos ilustres varones, gloria de las Universidades de Europa, cual soldados aguerridos, iban á disputarle su imperio. Creo haber impugnado lo suficiente á tales detractores con lo que en este libro he consignado, al reseñar tantas naciones sometidas al rey Católico, sin más armas que la cruz; tan extensas regiones regadas con el sudor y la sangre de los misioneros; tantos millares de hombres convertidos al cristianismo. Pero viva el monarca español, quien á pesar de estar ocupado en frecuentes guerras y tener su tesoro casi agotado, gasta sus recursos en enviar religiosos y proveer á sus necesidades; sin esto, muchos miles de gentiles gemirían todavía, bajo el yugo del demonio, ó serían presa de lobos rapaces. Mas los hombres desocupados, para que nada les quedase por decir contra los jesuitas, argumentaron que éstos enseñaban á los neófitos doctrinas falsas y rayanas en la herejía: así lo denunciaron á las autoridades.

 

CAPÍTULO IX

IMPOSTURAS TOCANTES A LA TRADUCCIÓN DEL CATECISMO POR LOS MISIONEROS.

Examinando con detenimiento las acusaciones mencionadas, se vió cómo se reducían á decir lo siguiente: que los jesuitas, al traducir en el idioma guaraní los nombres de Dios, de Jesucristo y la Virgen, se valían de palabras usadas por los bárbaros en un sentido pagano y conocidas antes por los hechiceros. Con facilidad y prontitud se defendió la Compañía haciendo ver que tales vocablos habían sido usados durante un siglo sin oposición alguna por parte de los hombres doctos. El Padre José Anchieta, famoso por sus milagros, y peritísimo en la lengua indígena del Brasil, notó muy bien que tanto en ésta como en la guaraní se empleaban los mismos términos para designar al Señor, á su Hijo y á María: ambas eran sumamente parecidas. Los Obispos del Paraguay, muchos sabios esclarecidos, los frailes mercenarios, dominicos y franciscanos, quienes con anterioridad trabajaron en la conversión de los indios, usaron dichas palabras sin escrúpulo alguno. Aquel santísimo religioso, Fr. Luis Bolaños, estrella de la Orden franciscana y de América, quien por acuerdo tomado en dos Concilios provinciales tradujo con felicidad el Catecismo y luego lo revisó, empleó las frases inculpadas á la Compañía. Un Sínodo celebrado en Lima ordenó á los catequistas que, al explicar la fe católica, se valieran de los vocablos aceptados por los Concilios diocesanos. De aquí dedúcese lógicamente que habremos de tener por herejes á dichos Sínodos, Obispos, religiosos ilustres, inquisidores del Brasil que aprobaron la traducción y á toda la antigüedad, ó de lo contrario, no atacar injustamente el proceder de la Compañía.

 

CAPÍTULO X

SANA DOCTRINA DE LA COMPAÑÍA REFERENTE Á LA CONSAGRACION DE LOS OBISPOS.

De otra cosa fuimos acusados los misioneros del Paraguay, no solamente ante los Tribunales, sino también en reuniones públicas y privadas: consultados en lo que toca á la consagración de los Obispos, respondimos que nadie podía recibirla sin haber llegado á su poder las Bulas pontificias; la declaración posterior del Papa confirmó nuestra doctrina; según ella, el creado Obispo, faltándole tal requisito, ninguna jurisdicción tiene. De manera que, lejos de ser cismática la Compañía, se mostró fiel al espíritu de Roma. Dejo para otra ocasión referir las turbulencias que hubo con motivo de nuestra actitud; más adelante penetraré en tan confuso laberinto y diré la verdad de lo que sucedió.

 

CAPITULO XI

LO QUE LLEVARON Á CABO LOS MISIONEROS DE CÓRDOBA.

En medio de estas agitaciones, la Compañía trabajaba en amplísimas regiones. Celebróse en Córdoba una Congregación provincial, y fué nombrado Procurador el P. Juan Pastor, en quien concurrían suma destreza en los negocios y autoridad ganada con muchos años de misiones entre los indios; especialmente se distinguió en la entrada que se hizo al país de los abipones. El P. Pedro Herrera y otro jesuita recorrieron los alrededores de Córdoba; confesaron á cuatro mil indios y negros que vivían en multitud de parajes; bautizaron setenta y siete personas; prometieron á una tribu errante que solicitó el Bautismo, que se lo administrarían cuando se estableciera en un pueblo, y negándose á ello, encomendaron el asunto á Dios, que aprovecharía el momento oportuno. El Colegio de Córdoba perdió dos religiosos, de quienes haré mención por distintas causas. El uno era el P. Francisco de Córdoba, aragonés: se le concedió la gracia de hacer los cuatro votos, por ser buen predicador; pero falto de piedad y díscolo, ofendió á iguales y Superiores; lo recluyeron en un calabozo del Colegio, de donde huyó al Perú, y engañó á los Oidores y á los mismos jesuitas; llevado á Córdoba, acabó sus días en la cárcel, no sin arrepentimiento. El otro fué Marco Antonio Deyotaro, nacido en Salas, en el reino de Nápoles: emitió los cuatro votos, y se distinguió por su inocencia y lo que trabajó en la conversión de los indios y en mejorar las costumbres de los españoles; sabía los idiomas del país, y vivió en el Paraguay desde la fundación de la provincia. Gobernó el Seminario de Estero, y no quiso ser Rector de Colegio alguno. Lo calumniaron gravemente; pero él sufrió los ataques resignado, confiando en el Señor. Todos los días oraba mentalmente cinco horas, y así adquiría las virtudes en que brillaba. A sus funerales asistieron las Ordenes monásticas y los principales ciudadanos, lamentando la muerte de tan distinguido varón.

 

CAPÍTULO XII

BREVE RECOPILACIÓN DE LO QUE SUCEDIÓ EN VARIOS LUGARES.

Los jesuitas del Colegio de Buenos Aires bautizaron algunos indios y abolieron la supersticiosa costumbre de los neófitos, quienes llevaban consigo los huesos de sus antepasados; otras cosas hicieron propias de expediciones apostólicas. Una india preñada de seis meses, estando gravemente enferma, se lamentaba de morir sin que el feto recibiera el Bautismo; agradó al Señor tan santa queja: apenas espiró la doliente, le sacaron el niño del vientre y lo cristianaron; poco después el alma de éste volaba al cielo. Los misioneros de Estero administraron los Sacramentos á muchas personas; los de Rioja trabajaban sin descanso dentro y fuera de la ciudad. Allí acaeció un hecho memorable. Baltasar Alegría, joven español vivía amancebado con una mujer mestiza, y no se apartaba del pecado ni por respeto á Dios ni por temor de los hombres: un rayo hirió gravemente á su concubina; entonces se arrepintió ésta y comenzó en penitencia á castigar su cuerpo; el antiguo amante la perseguía, no pudiendo seducirla: un día la llevó por fuerza al bosque próximo; la ató á un árbol desnuda, y sacando un puñal la dijo: «El demonio nos llevará juntos á los dos.» Luego le dió azotes con las riendas del caballo; á los seis golpes cayó muerto el español, y su cadáver quedó horriblemente desfigurado. En San Miguel un negro, tenido por cristiano, en la última enfermedad se quiso confesar: en efecto, se confesó, y al punto se le mostró la Virgen acompañada de dos ángeles, rodeada de luz; se presentó al negro, que parecía correr, y le dijo: «¿Dónde vas?» Contestó éste: «Al cielo.» María le replicó: «No puedes entrar en él, pues no eres cristiano.» Retrocedió el negro, y la Virgen le mandó que se estuviera quedo, pues muy pronto lo bautizaría un jesuita; desapareció la visión y el negro volvió en sí; recapacitó seriamente, y halló ser verdad que no había recibido el Bautismo. Instruyóse en la doctrina cristiana, y á las dos horas de entrar en el seno de la Iglesia falleció. Los jesuitas de San Miguel salieron á los pueblos indios; desbarataron las intrigas de los hechiceros, y extirparon los vicios y la idolatría. Alguna esperanza se concibió de convertir á los calchaquíes; no se bautizó á los adultos de esta nación por ser gente depravada, pero sí á trescientos niños; creíase poder hacer algún día con los mayores otro tanto. Los Padres Torreblanca y Parricio recorrieron dos veces todo el valle de Calchaquí con regular fruto. Los pulares, taguingastas y gualsines pidieron que la Compañía se estableciera entre ellos; pero no se pudo acceder á tal súplica considerando haber hecho bastante con la ocupación del valle de Calchaquí, desde el cual se harían excursiones á los pueblos mencionados.

 

CAPÍTULO XIII

MUERE UNA VIUDA POR DEFENDER SU HONESTIDAD.

Los misioneros del Uruguay bautizaron cerca de mil doscientas almas. Con no menos suerte trabajaron los del Paraná; en ambas regiones los neófitos hicieron cosas notables, dignas de cristianos tan fervorosos. Diré un hecho memorable acaecido este año, de los muchos que podía narrar. Cierta mujer que comulgaba frecuentemente, salió al campo; acercóse á ella un mancebo libertino, y tentado de la soledad del lugar la solicitó á placeres torpes. La india, que no era débil de fuerzas ni flaca de ánimo, llevando en brazos un niño, se defendió y dijo abiertamente al seductor que antes se dejaría matar y que bebieran su sangre que manchar con impurezas su continencia de viuda, pues aborrecía la prostitución del cuerpo alimentado el día anterior con la Eucaristía; que por reverencia á este Sacramento apagase el fuego libidinoso que lo abrasaba, y no atentase contra un pecho lleno de Dios. Mientras esto decía luchaba con el estuprador, quien viendo ser inútiles todos sus esfuerzos, montó en cólera, corrió á la selva próxima y cortando un tallo flexible y resistente, hizo de él un lazo con el cual rodeó el cuello de la viuda; como ésta persistiese en impedir que su castidad fuese profanada con impúdicos abrazos, la estranguló; después tiró el niño contra el suelo y lo estrelló, cual nuevo Herodes; acto continuo sepultó los dos cadáveres á fin de ocultar su delito. Pero éste no quedó ignorado, ni un poco de tierra pudo obscurecer el resplandor de la gloria; el crimen mismo levanta la losa del sepulcro. Por sospechas se descubrió el asesinato, y los Padres procuraron honrar la virtud de la difunta y castigar el delincuente.

 

CAPÍTULO XIV

GRAVES TURBACIONES QUE HUBO EN SANTA FE, PUEBLO DE ITATÍN.

En la reducción de Santa Fe se alteró la paz, pues los indios, capitaneados por Ñanduabusú, se levantaron contra el gobierno de la Compañía. Los jesuitas recibieron mil insultos y fueron amenazados por los neófitos principales. Borobebe, sobrino de Ñanduabusú, dió en la cara con un palo al P. Domingo Muñoz, después que otros habían maltratado á éste de palabra; también hirió en la cabeza al P. Cristóbal Arenas. El mismo Ñanduabusó colmó de improperios al P. Vicente Badía porque le reprendió sus malas acciones, y dijo que deseaba transmitir á las generaciones venideras las costumbres de las pasadas. Nantabagua, sobrino de Ñanduabusú, porque un religioso le quitó el bastón de mando en castigo de su desvergüenza, irritóse fuertemente y armó un escándalo en el templo; procuró que el pueblo se sublevara y desechase la doctrina de los Padres como opuesta á la tradicional: todos los oyentes se retiraron y dejaron solo al predicador. Así quedó muy quebrantada la autoridad de los misioneros, y la plebe ningún caso hacía de ellos; eran ludibrio de grandes y pequeños; nadie veneraba las cosas sagradas y los hombres sacrílegos las profanaban; hasta los criados nos abandonaron, de modo que ni aun acólito teníamos que nos ayudase en el Santo Sacrifico. En medio de semejantes turbulencias acudieron los tigres y devoraron once neófitos, tres gentiles, veinte caballos y algunos bueyes; sin embargo, los indios de Santa Fe no dejaron su feroz actitud. Nada consiguieron los jesuitas con palabras de amistad ni con amenazas; entonces echaron mano de remedios enérgicos: clandestinamente se apoderaron de Ñanduabusú, de un hijo y dos sobrinos de éste, y los llevaron al Yapeyú, última reducción del Uruguay, distante doscientas leguas, desterrándolos allí para que no huyeran fácilmente. La iglesia, que antes se hallaba desierta en los actos religiosos, se vió frecuentada por grande concurso de gente; los neófitos acudieron á la catequesis, á los sermones y á Misa con la piedad que antes manifestaban. Hubo un verdadero pugilato entre los indios principales, por dedicar sus hijos al servicio del templo. Aboliéronse los bailes deshonestos, los amores ilícitos, la poligamia y los antiguos usos de los bárbaros; á la vez se propagaron las virtudes, el respeto á los sacerdotes, la veneración á las cosas sagradas; en una palabra, todas las buenas costumbres. Tal influencia ejercen en los pueblos sus jefes, que si son piadosos los mejoran, y si malos los pierden. Muchas personas que huyeron de la población cuando en ella moraba Ñanduabusú, regresaron al saber que había sido expulsado. Por aquel tiempo recibieron el Bautismo en la reducción de Santa Fe, trescientas cincuenta personas adultas y más de trescientos niños; en San Ignacio gran número de párvulos y sesenta catecúmenos; otros de éstos quedaron instruyéndose. Como los bárbaros fuesen en tropel con frecuencia á Santa Fe, se concibieron halagüeñas esperanzas de convertirlos. Mayor alegría experimentaron los jesuitas cuando los indios de la orilla opuesta del Paraguay, donde nunca el Evangelio había sido predicado, acudieron diciendo que su vecindad con los guaicurúes les hacía inminente la guerra, y por esto deseaban emigrar á la próxima reducción de Santa Fe. Además Guairamina, sobrino de Baraliquiní, cacique de los guirapos, se presentó á los misioneros, y con los dedos de pies y manos, según es costumbre de aquella gente, contó las tribus que habitaban en ambas márgenes del Paraguay; con esto se aumentó el deseo que tenían los religiosos de propagar la fe más allá de este río.

 

CAPÍTULO XV

EL P. ROMERO PREDICA EL EVANGELIO AL OTRO LADO DEL RIO PARAGUAY.

Por ser pocos los misioneros de Itatín, numerosos los neófitos y continuas las invasiones de los mameculos, aquéllos no habían ido en sus expediciones más allá del Paraguay. Pero luego que se afianzó la paz y hubo más religiosos, desearon éstos anunciar nuestra fe en la ribera opuesta. Por referencias sabían que entre el Perú é Itatín se extendía un país que tenía ciento cincuenta leguas de longitud y varia anchura, donde había innumerables aldeas habitadas por gentiles; creíase fundadamente que allí se crearían bastantes poblaciones si la Compañía fijaba su residencia. Difícil era esto por la multitud de adivinos y prófugos de las reducciones que moraban en aquella comarca; tal empresa exigía un hombre experto y magnánimo. Conociendo el P. Francisco Lupercio que el P. Romero reunía tales cualidades, atendidos sus preclaros hechos, le mandó por escrito que fuese lo antes posible á Itatín, y desde esta región á la ulterior del Paraguay. El P. Romero regía á la sazón el Colegio de la Asunción; atravesó bosques espinosos y pantanos; llegado á Itatín, aconsejóse de los padres y neófitos principales y se preparó á la expedición, pues todos opinaban que ésta no debía diferirse un momento. Llevó consigo al P. Justo Vanfurk, Superior de las misiones de Itatín, á Mateo Fernández, novicio de la Compañía, y algunos de los neófitos más distinguidos; emprendió la marcha el año 1645; pasó las tierras de los payaguaes, hombres ferocísimos, y á los diez y ocho días de camino llegó al término de su viaje: encontró á los indios preocupados con la fama de la Compañía y nada opuestos á nuestra fe. El P. Romero quería ir adelante; pero le disuadieron de tal proyecto sus compañeros y los bárbaros, diciéndole que no se precipitara y perdiese lo ganado.

 

CAPÍTULO XVI

EL P. ROMERO ECHA LOS CIMIENTOS DE LA REDUCCIÓN DE SANTA BÁRBARA.

Con tan felices auspicios establecióse el padre Romero en el pueblo del cacique Curupay; y como concurrieran muchos indios de las cercanías, designó el área de una reducción, y cumpliendo las prescripciones del P. Francisco Lupercio, edificó una capilla dedicada á Santa Bárbara, patrona de la nueva provincia; luego enarboló la cruz y explicó á los gentiles la doctrina cristiana. Manifestando éstos que de buen grado abjuraban sus pasadas creencias y querían ser instruídos por los Padres, insistió el P. Romero con sus Superiores para que nada le negasen de cuanto hiciere falta; pidió al Provincial que enviase los más religiosos que pudiera, valientes en los peligros, laboriosos, llenos de celo por Dios y de la salvación de las almas, pues no les faltaría campo en que trabajar; con ellos esperaba propagar el cristianismo y civilizar los bárbaros en la inmensa región que se extiende entre el Tucumán, el Perú y el Paraguay, aniquilando el imperio de Satanás. Hecho lo referido, envió á sus lugares los neófitos que le acompañaban, excepto seis, y ordenó al P. Justo Vanfurk que fuese á la Asunción, distante doscientas leguas, y pidiese al P. Laureano Sobrino, Rector del Colegio, los instrumentos necesarios para la fundación de pueblos; entre tanto que llegaban éstos, encomendó el negocio á los santos, y con súplicas no interrumpidas oraba á fin de que las artes de Satanás no derribaran lo edificado. Otras veces preparaba el terreno con objeto de que los indios de cerca y lejos se convirtieran á Cristo.

 

CAPÍTULO XVII

LOS INDIOS SE CONJURAN PARA DAR MUERTE AL P. ROMERO.

En Abril ó Mayó de aquel año llegó por casualidad desde remotos países, con objeto de comerciar, cierto indio con un sobrino suyo; instruyólo en nuestros misterios el P. Romero, le hizo varios regalos y rogóle vivamente que procurase la conversión de sus paisanos: si tal hacía, le recompensaría en alguna ocasión. Guiraqueray pareció asentir á ello; pero en realidad concibió el propósito de aconsejar á sus compatriotas que declarasen la guerra al nuevo pueblo, y, por consiguiente, á la religión cristiana. Era de carácter cruel y traidor; así que lo primero que hizo cuando tornó á su tierra fué enconar los ánimos de los indios contra el P. Romero. Consecuencia de esto fué que si bien algunos recibieron sin enfado la noticia de la predicación, otros, especialmente los que habían huído de Santa Fe y del Perú, y abandonado el cristianismo, la llevaron muy á mal; uno de ellos era Mboroseni, cautivo en otro tiempo de los mamelucos, de quienes logró escapar; vivía amancebado con varias concubinas; decía ser una divinidad, y amenazaba á los indios con su cólera si permitían la fundación de nuevas poblaciones. Así les arengaba: «¡Oh, compañeros, estamos al borde del precipicio y al lado de la felicidad: lo primero, si adoptamos la religión extranjera; lo segundo, si la rechazamos; fácil es saber lo que nos conviene. Los sacerdotes extranjeros han pasado el Paraguay y están ya cerca; su intento es reunir los indios que andan errantes, imbuirles mil supersticiones y establecerlos en reducciones. Imponen leyes severas á los conversos, les prohiben la pluralidad de mujeres y hasta los principales se tienen que contentar con una vieja. Vedan en absoluto la embriaguez, el homicidio, el andar suelto y los placeres venéreos. No creáis que esto se reduce á palabras; fijad vuestros ojos en Ñanduabusú, cacique de Itatín, condenado con sus clientes á perpetuo destierro. Comparad tal miseria con la libertad que gozamos nosotros y disfrutaron nuestros antepasados, quienes hacían lo que les daba la gana; sed fuertes al principio, no sea que con el tiempo y la industria de los enemigos el mal carezca de remedio. Sirvan de ejemplo tantos neófitos cogidos en las redes que, aunque lo pretendan, no pueden sacudir el yugo; donde quiera que la nueva religión aprisiona las almas, quedan los cuerpos sujetos á dura esclavitud. Pero el remedio está en la mano; cortemos la cabeza del mal. Pague con la muerte su audacia ese advenedizo sacerdote, y los demás se guardarán de venir.» Ebrio Guiraqueray, prosiguió derramando bilis y veneno contra la Compañía; exageró la pesadumbre de la religión cristiana, y no paró hasta que dejó preparada la conjuración.

 

CAPÍTULO XVIII

SON ASESINADOS LOS PP. MATEO FERNÁNDEZ, PEDRO ROMERO Y EL NEÓFITO GONZÁLEZ.

Tramada la conspiración, Tucambi, que era su jefe, se unió con el traidor Guiraqueray; armó cuarenta sicarios, y con ellos partió en busca del P. Romero, como si su objeto fuera recibir el Bautismo. Dicho misionero, muy distante de sospechar la traición, acogió á los indios con suma benevolencia. Cuando el Padre Romero no tenía otra cosa que hacer, se abstraía en profundas meditaciones y rogaba al Señor que la empresa, con felicidad empezada, continuase lo mismo á pesar de las asechanzas de Satanás. Entonces le sucedió una cosa admirable: cierto día, al disponerse á rezar el Oficio divino, vió que el Breviario estaba mojado de sangre; al notarlo, se volvió á los neófitos que le acompañaban, y dijo: «El cielo con este prodigio parece anunciarme cruenta muerte.» A lo que replicó González, uno de los neófitos de Tareé: «Hagan los demás lo que quieran; yo daré gustoso mi vida por Cristo.» Cumplióse el pronóstico, pues al poco tiempo Tucambi, caudillo de los conspiradores, temeroso de que la presa se escapara de las manos, envió un recado al P. Romero haciéndole saber que estaba cerca de la población con muchos de sus clientes para abrazar la fe cristiana. Alguien amonestó al P. Romero sobre el peligro á que se hallaba expuesto. Al día siguiente, muy de mañana, una vieja llegó, corriendo donde se encontraba nuestro misionero y le dijo que huyera si no quería morir, pues cerca de allí había multitud de bárbaros pintados según su costumbre y llegados de lejanas regiones. Contestó el P. Romero que se consideraría dichoso si derramaba por Cristo la sangre y con ella vencía la impiedad de los gentiles. Persistió en no retirarse del pueblo, aunque en éste se contaba poca gente por haber salido la mayoría de los indios á las faenas del campo. Es más: como el neófito González meditase rechazar la agresión por medio de las armas, le disuadió de tal propósito diciéndole que no había ido para ofender, sino para hacer bien. A imitación de Cristo, salió al encuentro de los sicarios, y ya directamente, ya por conducto del P. Mateo Fernández, les manifestó el motivo de su expedición; rogóles que atendiesen las voces que el Señor les daba y aprovecharan la ocasión que tenían de sacudir el pesado yugo del infierno. Hízoles varios regalos, y mientras ellos comían se dispuso á celebrar Misa. Cuando caminaba hacia el altar, Tucambi, creyendo que su plan se debía ejecutar sin tardanza, con voz estentórea dió la señal de cometer el delito; enarboló su macana y dió tres fuertes golpes en la cabeza al sacerdote, víctima de cruento sacrificio. Un indio del pueblo, aunque gentil, indignóse al ver tamaña crueldad, y prorrumpió en estas palabras: «¿Qué furor te domina, Tucambi? ¿Te has vuelto loco, pues que matas al religioso extranjero que á ninguno hacía mal y deseaba la felicidad de todos?» Contestaron los facinerosos: «A tí y á los tuyos vamos á quitar la vida por haberlo admitido; si vosotros queréis tener sacerdote cristiano, nosotros deseamos lo contrario.» En medio de aquel tumulto, el neófito González, que, según hemos dicho, ansiaba recibir el martirio, y que por cierto aquel día había expresado los mismos sentimientos, murió atravesado de una saeta cuando se disponía á socorrer al P. Romero. Después se dirigieron contra el P. Mateo Fernández, compañero del P. Romero, y lo asesinaron; aún no había entrado en la Compañía, de la que era aspirante á Coadjutor; tres provinciales le prometieron admitirlo in articulo mortis; tenía por oficio enseñar la doctrina cristiana á los indios, y en muchas expediciones fué de suma utilidad; su muerte fué gloriosa. El P. Romero, bañado en su sangre, aún vivía; acercósele una vieja y le tocaba las heridas mojándolas con agua caliente para ver de aliviarlo; los asesinos, viendo la piedad de aquella mujer, la apartaron, y cual tigres se echaron de nuevo sobre la presa; abrieron el vientre del herido, le escudriñaron las entrañas, le arrancaron la lengua, le cortaron los dedos, le segaron la garganta, y no se detuvieron hasta que espiró. Parecía que los demonios se cebaban en aquel misionero virtuoso, ilustre por los pueblos que fundó, y miles de bárbaros que bautizó, y principalmente en su lengua y garganta, órganos del Evangelio, cual si tuvieran rabia contra dichos miembros.

 

CAPÍTULO XIX

LO QUE SUCEDIÓ DESPUÉS DEL MARTIRIO DEL P. ROMERO.

Al parricidio sucedió el sacrilegio: los conjurados robaron las vestiduras sagradas y se las repartieron; antes de dispersarse cogieron los dedos del mártir y se los metieron en la boca, haciendo una profunda aspiración, creyendo supersticiosamente que con esto se hallarían libres de persecuciones. Muy lejos se hallaba de vengarse quien dió la vida por la salvación de sus prójimos, y por cuya intercesión juzgamos que los soldados españoles que envió el gobernador del Paraguay, fueron detenidos por lluvias inesperadas para que no castigasen con severidad los asesinos. En medio del alboroto escaparon cinco neófitos: uno iba herido; los demás llegaron á los suyos incólumes, y fueron de provecho cuando se trató de descubrir los autores y circunstancias del crimen. Aunque el traidor Guiraqueray nunca disimuló el odio que profesaba al cristianismo, ni el afecto á las antiguas supersticiones y su enojo con la ida del P. Romero, según comunicó á Mboroseni, parece que llevó á mal la conspiración. Así lo declararon por escrito seis sacerdotes de Itatín, en vista de lo que testificaron algunas personas. Ya dispersados los criminales tornaron al pueblo los indios, y al ver lo sucedido concibieron inmenso dolor. Los hombres y las mujeres, según es costumbre del país, daban gritos á intervalos, y después quedaban en silencio; luego enterraron los cadáveres; pasados siete días, sacaron el del P. Romero, lo pusieron en una caja y lo llevaron á los misioneros de Itatín, quienes sabedores de lo ocurrido sintieron pena y alegría al mismo tiempo; el cuerpo del mártir fué recibido con lágrimas en medio de aclamaciones y toque de campanas. Tributáronle honores los religiosos y los ciudadanos del Paraguay. También los del Tucumán elogiaron cual debían la memoria de tan preclaro religioso.

 

CAPÍTULO XX

VIDA DEL P. PEDRO ROMERO.

Nació en Sevilla, y en su niñez pasó con sus padres á las Indias. Allí le sucedió una cosa notable: navegando por un río de impetuosa corriente, se volcó la balsa en que iba; agarróse á la pértiga, y aunque no sabía nadar, de repente se encontró á la orilla sin auxilio de hombre alguno; es de creer, piadosamente razonando, que lo salvó el cielo, para que más adelante librase muchas almas del eterno naufragio. Puesto bajo la dirección de Fr. Juan Ladrada, Obispo de Cartagena y esclarecido dominico, procuró en su juventud asimilarse las costumbres de tan santo varón. Con los jesuitas aprendió latín, y sintiendo la vocación religiosa se decidió á entrar en la Compañía, en lo cual demostró que prefería la conversión de las almas al oro americano. Desde Quito fué con el P. Diego de Torres al istmo de Panamá, y volvió con el mismo, en cuyo viaje probó las excelentes cualidades que reunía; profesó en la Compañía el año 1607 á los veintitrés de su edad. Cuando era novicio le dió á escoger el P. Torres entre quedarse en la provincia de Quito, país donde todo estaba ordenado, ó ir con él al Paraguay, distante quinientas leguas y á través de pueblos feroces, de montañas nevadas y altísimas, de ríos y torrentes, sufriendo en el camino privaciones y trabajos indecibles. Se decidió por lo último, pues amante de llevar la cruz, los peligros le animaban en lugar de aterrarlo. Entusiasmado con pasar á una región en la que había mucho que padecer, marchó á Lima; en compañía de los fundadores de la provincia del Paraguay se embarcó para el reino de Chile; luego se dirigió á Córdoba á fin de acabar su noviciado. Fué el primero de los jesuitas del Paraguay que profesó en dicha ciudad. Acabados sus estudios y probado por sus mayores, lo enviaron al país de los guaicurúes, y comenzó loablemente sus expediciones apostólicas. Por espacio de treinta y cuatro años se dedicó á las misiones y en ellas se cubrió de gloria.

 

CAPÍTULO XXI

DE LA ORACIÓN, MORTIFICACIÓN Y OBEDIENCIA DEL P. ROMERO.

Parece mentira que con tantas empresas como llevó á cabo, sus viajes por mar y tierra y los peligros que corrió, tuviera tiempo para consagrarse á la oración mental; sin embargo, de tal modo perfeccionó las facultades de su alma, que se diría no haber hecho otra cosa. Oraba de continuo; á media noche se levantaba y pasaba en coloquios con Dios tres y cuatro horas; luego celebraba Misa, y acabada, daba gracias al Señor por espacio de una hora. Jamás interrumpía esta costumbre, ni por sentirse fatigado ni por estar de camino, de modo que se veía ser su mayor delicia la conversación celestial. Cuando acababa de orar, sin poderse contener prorrumpía en ardientes exclamaciones, las más referentes al bien de las almas, poniendo de manifiesto que sus preces se dirigían á la propia y ajena salvación. Sus fervorosas plegarias, no sólo cautivaban el ánimo de los hombres, sino que alcanzaban cuanto quería de la divinidad, de manera que pudo decir aquellas palabras del Salmo: «Pídeme y te daré las gentes por herencia, y por límites de tus posesiones los de la tierra.» Durante treinta años durmió en una red colgada ó en el suelo, sin sábanas ni almohada, sin desnudarse, y cuatro horas solamente. Aborrecía los manjares delicados y comía lo preciso para vivir; nunca probó el vino. Además del tiempo que la Iglesia prescribe, ayunaba á pan y agua con frecuencia. Todos los días se disciplinaba rígidamente. Llevaba un cilicio erizado de púas, tormento grande en un clima ardiente y en un temperamento sanguíneo como el suyo. Con esto, conservó hasta la muerte la virginidad. Era modesto en sus miradas y grave al hablar con mujeres; así burló las tentaciones y lazos de Satanás. Una mujer que se atrevió descaradamente á solicitarlo, fué despedida por él con ignominia. Exacerbado el demonio con tal victoria del P. Romero, probó otra vez la constancia de éste; pero lo encontró invulnerable á los dardos de Cupido. Fué varón obedientísimo. Difícil sería calcular los miles de leguas que anduvo por salvar las almas de los indios. Más tardaban los Superiores en mandar que él en obedecer. Siempre le encargaron los negocios arduos. Tres veces estuvo en el país de los guaicurúes; predicó en el Paraná; exploró el ánimo de los yaros; convirtió á los del Yapeyú; bautizó á los de Caasapamini y Uruguay; fundó pueblos en el Tape; derrotó á los mamelucos; presidió la emigración de los neófitos; ordenó la reducción de Itatín, y propagó el cristianismo al otro lado del Paraguay. Nunca pensó en qué resultado tendrían las expediciones que le encomendaban; juzgaba que debía hacer de su parte cuanto pudiera, y dejar lo restante á la voluntad del Señor. Admirándose los jesuitas de que estudiase con afán el idioma de los guaicurúes, rebeldes á convertirse, replicó que él pasaría toda su vida en aquel ejercicio á gusto, pues Dios solamente exige de nosotros una puntual obediencia y no el buen éxito en las empresas.

 

CAPÍTULO XXII

OTRAS VIRTUDES DEL P. ROMERO.

Se distinguió por su humildad. Desde que entró en la Compañía procuró ser tenido en poco, y para conseguirlo exageraba su pereza cuando hablaba con sus compañeros en la mesa. Se ocupaba con alegría en los más viles oficios. En los viajes hacía de criado; componía las cargas, llevaba pesos y guisaba la comida. Y no era humilde solamente en las cosas pequeñas, sino también en las grandes. Cursaba con fruto Sagrada Teología en Córdoba del Tucumán, en ocasión que los bárbaros reclamaron los servicios de la Compañía; había á la sazón pocos religiosos; el P. Romero, sin acabar sus estudios, y renunciando, por consiguiente, á poder hacer algún día los cuatro votos, deseó que lo enviaran á las misiones. Lo consiguió, y dió motivo á que en lo sucesivo lo tuvieran por hombre de escaso talento. Aborrecía que lo alabasen, y sufría resignado las injurias que le dirigían. Con el silencio calmó la cólera de un gobernador, y desarmó al de Buenos Aires, que le amenazaba con el bastón, por defender á los indios. Con admirable tranquilidad sufrió denuestos de los gentiles. Cuando uno de éstos le dió una bofetada, presentó la otra mejilla: parecía de piedra. ¿Qué diré de su caridad hacia el prójimo? Con licencia de sus Superiores hizo voto de ser como esclavo de los indios y consagrarse á labrar la felicidad eterna de éstos. Al dicho unió los hechos: á manera de siervo se conducía con todos; nada abyecto y vil encontraba con tal de convertir á uno siquiera; araba, llevaba sobre sus hombros leña y agua, curaba los enfermos y aun hacía cosas más despreciables tratándose del bien espiritual ó temporal de sus hermanos. Tantas veces naufragó, que era un proverbio esta frase: «el náufrago Romero;» cuatro lo derribaron caballos sin domar, y sufrió lesiones; muchas otras quedó sin fuerza en el suelo y al sol; estuvo á punto de perecer al atravesar ríos á nado; se perdió en pantanos y cañaverales; anduvo en medio de indios feroces, de tigres y de víboras; se le podría calificar de temerario si no hubiese vivido siempre confiando en el Señor. Lejos de evitar los peligros, se lanzaba á ellos con placer, procurando que nadie le apartase de afrontarlos; sobre esto encuentro bastantes noticias en sus cartas á los Provinciales. En una decía: «Padre, quiero que sepáis que nada me asusta; viviré como esclavo entre los guaicurúes para convertirlos: si Cristo murió por nosotros, ¿por qué yo, pobre de mí, me espantaré de hacer otro tanto?» Siempre despreció la vida y mostró un increíble ardor en sus pláticas. En los últimos días de la Cuaresma, predicó de Cristo delante de numeroso público; llevaba en la cabeza una corona de espinas; lleno de fuego, se la apretó con las manos hasta derramar sangre, y reportó notable fruto de los oyentes. A fin de que las virtudes mencionadas no careciesen de mérito, las compenetraba con el amor á Dios. Sucedióle en el régimen de Itatín el P. Justo Vanfurk, bajo cuyo gobierno ocurrieron cosas importantes.

 

CAPÍTULO XXIII

MUERE EL P. JUAN EUGENIO VALTODANO; SUS ALABANZAS.

En el Paraná y Uruguay, los misioneros bautizaron más de dos mil personas. En Itapúa falleció el P. Eugenio Valtodano, sobrino de D. Benito Valtodano, consejero de Su Majestad. Estuvo al servicio del virrey del Perú algún tiempo; pero renunciando á lo que de la protección de éste podía esperar, atento solamente á ganar el cielo, entró en la Compañía. Su tío lo llevó á mal, y, sobre todo, el que tuviera que comenzar siendo Coadjutor, por lo cual suplicó al General que lo hiciera sacerdote; accedió á ello el P. Aquaviva; pero el P. Valtodano, contento con su categoría, se negó á recibir el presbiterado. Hizo en Lima el noviciado; enviado al Tucumán, antes de que se fundara la provincia del Paraguay, trabajó con loable celo en la América austral por espacio de cincuenta años. Jamás se contaminó con el pecado mortal; era de los más notables Coadjutores de la Orden. En su vejez apacentaba ganado, con cuya lana tejía vestidos para los neófitos, y continuó en tal oficio hasta los ochenta años de su edad. Más ganó en profesión tan humilde, que si, á imitación de su tío, se hubiera dedicado á conseguir altos empleos y riquezas; despreció el mundo, pero conquistó la gloria eterna. Dios se le mostró propicio siempre; en San Miguel los ciudadanos se dedicaban los días de Carnaval á las consabidas locuras; sólo el P. Valtodano en el templo adoraba la Eucaristía; entonces se le apareció Cristo visiblemente, vestido de túnica talar y llevando la cruz á cuestas; preguntóle dónde iba con aquel peso, y respondió el Salvador que á la Iglesia á descansar, pues en la población no veía sino bacanales y estruendo; dicho esto desapareció, dejando á su siervo lleno, primero de dolor, y más tarde de alegría inefable; milagro que honra no poco á la provincia del Paraguay, ya que es digna de que Señor tan alto la visite.

 

CAPÍTULO XXIV

ESTADO DE LA PROVINCIA.

Por entonces había en ésta cerca de doscientos misioneros, nueve Colegios y veinticuatro residencias en tierras de indios, útiles sobremanera. Los sacerdotes eran ciento, número en verdad pequeño; tenían que atender á los negros, indios y españoles; regir las cofradías de hombres y doncellas; enseñar, y cumplir con otros oficios; muchos vivían entre los gentiles, ó cuando menos, hacían excursiones á ellos, según acostumbraban los apóstoles. Así, pues, no se equivocó el P. Claudio Aquaviva, fundador de la provincia, al decir que ésta no brillaría por la grandeza de sus ciudades, sino por la conversión de los idólatras, lo cual se verificó desde el principio, de tal manera, que con razón puede ser llamado el Paraguay el país de las misiones. Verdad es que éstas quedaron paralizadas algún tiempo con motivo de las invasiones de los mamelucos y la escasez de misioneros, apenas suficientes para conservar lo conquistado. Esta fué en aumento por las calumnias contra nosotros divulgadas; los Padres más ilustres se quedaron en Europa, y, por tanto, se frustró la conversión de innumerables bárbaros, cuando la ocasión era propicia. Y por cierto que en los últimos años el terreno parecía bien preparado, y no en el lugar solamente. Los Padres ansiaban predicar la fe más allá del Paraguay y en el Chaco, regado ya con sangre de mártires, siguiendo las huellas de los grandes hombres. Hizo lo que pudo el Provincial Francisco Lupercio, poco después llamado á gobernar la Compañía del Perú; era capaz de nobles empresas. Le sucedió el P. Juan Bautista Ferrusino, de excelente ingenio y de voluntad inflexible en lo que concierne á la salvación de las almas. Aunque no se fundaron nuevas poblaciones, con todo, los misioneros redujeron numerosos idólatras; los llevaron al redil de Cristo desde lejanas tierras, y los instruyeron en la verdad, con notable incremento de la Iglesia. Gobernaba las reducciones del Paraná y Uruguay el P. José Cataldino, á quien sucedió en su cargo el P. Francisco Díaz Taño; por espacio de medio siglo trabajó entre los gentiles, mostrando su ardiente celo y virtudes. Los más esclarecidos de los cuarenta y tres sacerdotes que le estaban subordinados eran los PP. Simón Mazeta, Claudio Ruyer, Pablo de Benavides, Diego de Salazar, José Oreghi, Pedro Mola y Francisco de Céspedes, quienes llevaron á cabo cosas notables. Muerto el Padre Romero, seis misioneros de Itatín, á las órdenes del P. Justo Vanfurk, se preparaban á nuevas empresas, cuando los mamelucos asesinaron cruelmente al P. Alonso Arias, que defendía sus feligreses; era varón de ánimo levantado y había realizado obras ilustres. El P. Cristóbal Arenas recibió vejaciones; concibió tal pesar viendo la devastación de Itatín y los neófitos reducidos á cautiverio, que enfermó, según creo, de melancolía; murió en el Uruguay, y fué sepultado junto á los PP. Diego de Alfaro y Roque González, para que durmiera con los mártires quien tuvo cerca de sí el martirio. Los misioneros del valle de Calchaquí, dirigidos por el P. Fernando Torreblanca, trabajaban con más constancia que fruto, pues los indios se obstinaban en no abandonar sus pristinas costumbres. Persistían, sin embargo, los religiosos en su intento, con esperanza de quebrantar la tenacidad de aquella gente con la paciencia cristiana. En los Colegios florecían los ancianos PP. Diego de Boroa, Francisco Vázquez Trujillo, Cristóbal de la Torre y otros eminentes varones, á quienes me guardo de alabar en este volumen para no desflorar la materia del siguiente. Con mayor razón me callo en lo que toca á los que viven; en lugar oportuno referí sus hechos esclarecidos; sé además cuán difícil es elogiar las virtudes de los contemporáneos; me parece más prudente encomiar los difuntos. Una cosa afirmaré, y es que por nada siento tanta admiración como por la santidad de los misioneros del Paraguay, dedicados á procurar el bien de toda clase de hombres. Han trabajado movidos por el deseo de aumentar la gloria de Dios, y ayudados por la generosidad del rey Católico, quien, sin reparar en gastos, los envió desde Europa, los alimentó, vistió y defendió siempre. Cuando en la octava Congregación general de la Orden se acordó mostrar la gratitud de la Compañía hacia el monarca español, los religiosos del Paraguay se regocijaron notablemente. Impulsado por iguales sentimientos el P. Andrés de la Rada, Visitador de dicho país, ordenó que además de las preces diarias por el rey y de la Misa que por las obligaciones de éste se decía cada mes, se orase con el mismo fin todos los días después de la Letanía en nuestras residencias, procurando así corresponder á la munificencia del soberano. Aquí se detiene mi pluma; pero antes suplico á Dios que por cuanto Felipe IV ha trabajado con notable celo en la propagación y conservación de la fe católica, después de largo y próspero reinado en la tierra, le dé otro perpetuo en el cielo.

 

FIN DEL TOMO QUINTO Y ÚLTIMO DE ESTA HISTORIA

 

Se acabó de imprimir este libro en Madrid,

en casa de la Viuda é Hijos de M. Tello,

el 31 de Diciembre de

1897.

 

EDICIONES DE LA MISMA CASA

BIBLIOTECA PARAGUAYA

l-ll.– Azara (Félix). Descripción é Historia del Paraguay.

III-IV.– FERNÁNDEZ (P. Patricio). Relación historial de las Misiones de Indios Chiquitos.

V.– ANGLÉS Y GORTARI (Matías de). Los Jesuitas en el Paraguay.

VI.– GARAY (Blas). Compendio elemental de Historia del Paraguay.

OLASCOAGA (Ramón de). Estado actual de los estudios económicos en España.

GIDE. Tratado de Economía política, traducción de la cuarta edición francesa y prólogo por Don R. de Olascoaga, Profesor en la Universidad del Paraguay.

RECLUS (Eliseo). Paraguay. Capítulos entresacados de la nueva Geografía universal, prólogo, traducción y notas por R. de Olascoaga.

PONCELIS. Literatura hispano-americana.

GARAY (Blas). Breve resumen de la Historia del Paraguay.