BIBLIOTECA PARAGUAYA
HISTORIA
DE LA
PROVINCIA DEL PARAGUAY
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
POR
EL P. NICOLÁS DEL TECHO
TOMO QUINTO
LIBRO
DECIMOTERCERO
CAPÍTULO PRIMERO
EL P. FRANCISCO LUPERCIO VISITA LA PROVINCIA DEL PARAGUAY (AÑO 1642).
Una vez que el P. Francisco Lupercio de Zurbano recibió su nombramiento de Provincial del Paraguay cuando enseñaba Teología en Lima, fué á Buenos Aires, atravesando el Perú y el Tucumán, y saludó á los PP. Diego de Boroa, Francisco Díaz Taño y demás llegados de Europa; había hecho un viaje de setecientas leguas. Las aguas del Océano aumentaron el fuego de los misioneros recién idos, en lugar de apagarlo; lejos de excitarlos, hubo necesidad de contenerlos en sus ansias de expediciones apostólicas. Salieron con el Provincial y anduvieron una llanura de más de cien leguas en grandes carros, que servían por la noche de camas; comían y decían Misa bajo tiendas de campaña; los treinta y seis jesuitas viajaban de noche, á fin de evitar el ardor del sol, y hacían la misma vida que en un Colegio; llevaban una campana, que tocaban á las horas de rezo. Llegados á Córdoba, el Provincial compuso las diferencias que había entre el Obispo y el gobernador, distribuyó convenientemente los nuevos misioneros y se enteró del estado del país. Ciento ochenta jesuitas se contaban en la provincia, establecidos en ocho ciudades de españoles y en veintidós residencias entre los indios. Todos procuraban santificarse y hacer bien al prójimo. De esta manera se ordenaban las misiones desde cada Colegio á países remotos: salían dos Padres en un carro, en que llevaban víveres y lo necesario para el sacrificio de la Misa: uno de ellos guiaba el vehículo. Cuando entraban en un pueblo, plantaban una tienda y convocada la gente, confesaban y predicaban. En nuestros Colegios era frecuente el uso de los Sacramentos; había sermones y se propagaban las cofradías en honor de la Virgen. Si la peste se cebaba en las aldeas, los religiosos volaban á cuidar los enfermos. La Compañía se desvelaba por la salvación de indios y negros; no estaban deputados (sic) determinados jesuitas para esto: todos acudían al sitio en que hacían falta. Las tinieblas con que los enemigos querían envolvernos quedaban disipadas con el resplandor de nuestra probidad. Mientras el P. Francisco Lupercio inspeccionaba la provincia, los jesuitas trabajaban por doquiera con increíble entusiasmo.
CAPÍTULO II
LO QUE LLEVARON Á CABO LOS MISIONEROS EN EL TUCUMÁN.
Dos excursiones se hicieron desde Córdoba, con mucho fruto, á las tierras vecinas. Diré lo más notable que en ellas aconteció. Lavaba una mujer ropas de lienzo á orillas del río, cuando se le acercó cierto hombre lascivo y la solicitó; no pudiendo convencerla, empleó la fuerza; luchó, pero cayó vencido al suelo; entonces lleno de coraje, sacó el cuchillo é hirió en un muslo á la mujer; ésta, apenas se vió libre, echó á correr para poner en salvo su honestidad. Otro hombre impío calló por vergüenza mucho tiempo sus pecados al confesor; desesperando conseguir los bienes que Cristo nos ha prometido, se dió á los placeres del mundo; se coronaba con flores de doncellas seducidas, y en ningún prado de bellas mujeres se dejaba de revolcar; Satanás le ayudaba en sus fechorías, y en el pago le tenía empeñada su alma. Habló con los jesuitas en cierta ocasión, y se arrepintió; confesó sus pecados con verdadero dolor y propósito de enmendarse: Dios lo quiso así para manifestar hasta dónde llega su misericordia. En San Miguel fueron rebautizados muchos negros; preguntado uno si sabía lo que hicieron con él en Angola al administrarle el Sacramento, dijo que no entendió palabra al sacerdote, por hablarle en idioma desconocido. El carro en que viajaban dos misioneros se atascó en los cañaverales; cerca había un indio casi espirando; lo confesaron: el caso no era fortuito, sino dispuesto por la Providencia, pues á la noche falleció el doliente, yendo su alma á los cielos. En los alrededores de la misma población andaba un hechicero; en las aldeas se encerraba en una choza de paja, y llamando por su nombre á cuantos acudían, sin antes haberlos conocido, les decía ser enviado del Creador para consolarlos y darles consejos; afirmaba que podía hacer que cayera lluvia ó granizo á su voluntad, crecer el trigo y producir enfermedades. Con objeto de mejor engañar á los incautos, mezclaba con sus errores sentencias prudentes, cuales eran el amor de Dios y la necesidad de la oración; terminaba sus discursos bebiendo vino en abundancia. Distribuía amuletos contra las dolencias, exigiendo á los oyentes que nada dijesen á los misioneros, so pena de graves castigos. Lograron, sin embargo, los jesuitas convertir á muchos de sus discípulos, quienes se confesaron y abandonaron maestro tan pernicioso. Los Padres del Colegio de San Miguel hicieron varias excursiones con fruto; fueron notables las que emprendieron á las tierras de los calchaquies y de los abipones.
CAPÍTULO III
LA COMPAÑÍA VUELVE Á ESTABLECERSE EN EL VALLE DE CALCHAQUÍ.
Hecha la paz entre los españoles del Tucumán y los calchaquíes, D. Felipe Albornoz, hermano del Cardenal Egidio, y el gobernador solicitaron el año anterior del P. Diego de Boroa que los jesuitas residieran nuevamente en el valle de Calchaquí, con objeto de tenerlo sometido al dominio del rey Católico. Era cosa manifiesta que sin la intervención de la Compañía la paz sería cosa efímera. Accedió el P. Boroa á tal petición, y mandó que los PP. Hernando de Torreblanca y Pedro Parricio, que estaban en las cercanías de Londres, procurasen entrar en el valle de Calchaquí, pasando por el país de los diaguitas, de raza y lengua afines á los de la región mencionada. Fué en vano: hallaron cerrados los pasos por el rencor de los diaguitas y además otros obstáculos, y tuvieron que regresar á San Miguel, donde el Padre Superior les dió con liberalidad cuanto necesitaban; desde allí se encaminaron al valle de Calchaqui, trepando por montañas escarpadas; los indios les recibieron afablemente; en breve recorrieron toda la comarca. Hecho esto, volvieron á donde estaba el Provincial, con objeto de contarle lo que habían observado, y las esperanzas que tenían de propagar el Evangelio. Tornaron á Calchaquí, y los indios los acogieron con entusiasmo, edificándoles una capilla provisional. No pudiendo el demonio consentir que en sus posesiones se erigiera un trofeo de su derrota, excitó los ánimos con disimulo. Algunas personas, llevadas de imprudente celo por la religión, entraron al valle y exacerbaron á los indios: poco faltó para que éstos se sublevaran; sucedió al mismo tiempo que los ciudadanos de Rioja penetraron furtivamente en el país de los diaguitas, asaltando el pueblo en que vivía el principal jefe. Conmovidos los calchaquíes, vecinos de los diaguitas, rompieron la amistad con los españoles, y se prepararon á combatir, queriendo expulsar los jesuitas y cerrar la entrada al valle. Indecisos los misioneros sobre qué resolución tomar, enteraron de lo que sucedía, por conducto de un mensajero, al Rector de Salta; éste dijo que podían retirarse, y así lo hizo el P. Torreblanca, quedando sólo el P. Parricio rodeado de peligros, quien, empeorándose el estado de las cosas, quiso demostrar la confianza que abrigaba en los calchaquíes, y así visitó muchas aldeas; se atrevió á reprender á Cumbicha, cacique poderoso que se disponía á la guerra, diciéndole que no quisiera reprimir con las armas las insolencias de algunos hombres malvados, y castigar el latrocinio de la manera que pretendía. Cundiendo más cada vez la agitación, ocultamente salió del valle y se retiró á Salta. El P. Diego de Boroa, Viceprovincial durante la ausencia del P. Lupercio, le ordenó que regresara á Calchaquí, no fuera que el mal se agravara y careciese de remedio, y le aconsejó que no se alarmara por cualquier vientecillo, pues el furor de los indios tan pronto se excitaba como se aplacaba, y era poco oportuno manifestarles el más leve indicio de sospecha y desconfianza. Marcharon, pues, al valle los PP. Torreblanca y Parricio; pero el gobernador del Tucumán los detuvo, temiendo que los calchaquíes los mataran y le obligasen á ir con su ejército, el cual peleaba entonces con los portugueses rebeldes. Después de algún tiempo, con autorización del gobernador y del Obispo, fueron á Calchaquí; los indios se habían ya apaciguado, y bajo los auspicios de San Carlos Borromeo se estableció otra vez la Compañía donde antes estuvo, esperando una estable residencia.
CAPÍTULO IV
YENDO LOS MISIONEROS DE CAMINO Á LOS ABIPONES, PREDICAN Á LOS MATARAES.
Notable fué la entrada que se hizo al país de los abipones, todavía no evangelizados, pasando por las tierras de los mataraes. Resolvióse á ella el P. Juan Pastor, Rector del Colegio de Estero, en unión de otro sacerdote, impulsados ambos por el deseo de extender los dominios de Cristo; comunicó al Provincial su pensamiento, y salió de la capital del Tucumán; luego atravesó vastas soledades, y llegó á la región habitada por los mataraes. Estos eran gente dada á la embriaguez: todos los días se convidaban unos á otros, y puestos en círculo se hartaban de bebidas espirituosas. Además de esto, en los aniversarios de la muerte de sus parientes tenían lugar otras borracheras, dispuestas por los herederos en honor de las almas de sus difuntos. Los invitados acudían, y colocados en larga fila ofrecían al anfitrión un avestruz, que era llevado sobre la cabeza por una hermosa doncella. Tantas como eran las casas donde el mismo día se celebraba la memoria de los antepasados, eran los avestruces ofrecidos é inmolados. Los convidados hacían al invitante regalos, á condición de que éste en iguales circunstancias correspondiese á ellos. Por la infracción de tal pacto, surgían las más tremendas cuestiones, pues la obligación de cumplirlo se transmitía á los hijos y descendientes de ulteriores grados. Tres días duraban los banquetes funerales, y al cabo de ellos era preciso derramar lágrimas forzadas por espacio de una hora, á las que sucedían risas, bailes y embriagueces. Lo verdaderamente deplorable era que los mataraes, con tener tales costumbres, se jactaban de ser cristianos, y decían que sus padres habían sido evangelizados por los PP. Alonso Bárcena y Pedro Añasco, varones apostólicos. Un párroco secular bautizaba los niños y les enseñaba la doctrina católica; pero llegando éstos á la edad adulta se apartaban del camino de la verdad para sumergirse en el vicio. Los mataraes hablaban la lengua tonocoté, en la que era perito el P. Juan Pastor, quien dirigióles frecuentes exhortaciones pública y privadamente; consiguió que muchos confesaran sus pecados, cosa que pareció prodigiosa.
CAPÍTULO V
EXPEDICIÓN Á LOS ABIPONES.
Después que los religiosos permanecieron algunos días entre los mataraes, marcharon al país de los abipones, distante sesenta leguas: acompañáronles el párroco de los mataraes, algunos caciques distinguidos y muchos indios del pueblo; aunque éstos se hallaban enemistados con los abipones, esperaban que por la mediación de los Padres se haría la paz. Salidos del pueblo entraron en selvas espesas pobladas por tigres y otras fieras que ponían á cada momento en peligro la vida de los viajeros. Los árboles espinosos herían y despedazaban los vestidos; la escasez de agua potable era otra molestia, pues no se podía apagar la sed, originada por un calor excesivo, sino con agua llovediza en charcos y ya casi corrompida, siendo más bien tormento del olfato que refrigerio de la garganta. Después que salieron de las tinieblas del bosque, llegaron á los pantanos que por espacio de cinco leguas forma el río Bermejo. Aterrados los mataraes no se atrevían á pasarlos, y se hubieran vuelto á no animarlos nuestros religiosos con obsequios y razones. Pasados los pantanos se caminó por sitios llanos, y dos leguas antes de las fronteras de los abipones clavaron las tiendas. El feliz éxito que se esperaba lo pusieron en riesgo los mataraes con su miedo, pues al verse en pequeño número, frente á tribu tan feroz cual la de los abipones, se decidieron á huir para salvar la vida. Exhortóles el P. Juan Pastor á tener fortaleza, y conociendo que el mal estaba en la tardanza, envió un misionero acompañado de dos hombres, á fin de que se enterase por dónde entraría sin obstáculo á la región de los abipones, el cual muy pronto se encontró con doscientos indios á caballo; despreciando la vida, se acercó á ellos; los abipones se colocaron en forma de herradura y lo cogieron en medio; iban desnudos; eran de cuerpos altos y miembros fornidos; en su mirada se notaba la inconstancia, y en sus cabellos, abundantes y desgreñados, la ferocidad. Dispusieron los arcos y apuntaron con las saetas; entonces el Padre les habló así en los idiomas tonocotés y guaraní: «Oh, abipones! el amor que os profeso me obligó á lanzarme en tantos peligros; no me asusto de la muerte, antes bien la recibiré gustosamente por alcanzar la vida eterna; una cosa os ruego con encarecimiento, y es que no despreciéis inconsideradanente el bien que os anuncio; no temáis la guerra de una persona desarmada cual yo, pues aunque soy fuerte con la cruz que me alienta, no he venido á herir, sino á curar.» Al oir esto, los bárbaros se amansaron, y como acostumbraban, arrojaron al suelo arcos y saetas en signo de paz, saludando benévolamente al religioso; cuando supieron que otro sacerdote, venerable por sus canas y autoridad, venía detrás, envió el General á recibirlo un hijo suyo con escolta. Llegado que fué el P. Juan Pastor á la primera aldea, lo recibieron con fiestas; las mujeres daban voces de aclamación y se golpeaban la cara en señal de regocijo; luego los indios tendieron en el suelo por mantel una piel de toro, y por asientos troncos de árboles. Los Padres correspondieron á tales agasajos dando con prodigalidad anzuelos, agujas y gargantillas de vidrio, apreciadas por los abipones más que el oro y la plata; pusiéronse todos á comer; los manjares eran tan repugnantes, que harían quitar las ganas á cualquier hambriento; los Padres, á fin de que no se tomara como desprecio su repulsión á tales platos, comían disimulando el asco que experimentaban. Al día siguiente enarbolaron la cruz como testimonio de haber tomado posesión, y el P. Pastor, vestido con ropas sagradas, tomó en sus manos el árbol de la redención y lo presentó á la adoración pública; los bárbaros se arrodillaron delante de la cruz espontáneamente. Luego manifestó su deseo de quedarse allí para explicar la doctrina cristiana. Agradó tal resolución á Caliguila, distinguido cacique; llevólo á su pueblo, situado al otro lado del río Bermejo, y la gente lo recibió con entusiasmo. Declaró el P. Pastor la causa de su ida, y Caliguila prometió, en nombre de todos, que sería permitido el bautizar los niños y construiría una iglesia, siempre que los adolescentes no fuesen obligados, mañana y tarde, á recibir la catequesis, no fuera que así descuidasen los ejercicios militares. El P. Juan Pastor le dijo que aunque acudiesen á la escuela los muchachos, conservarían el espíritu bélico, pues los españoles eran valientes sin desdeñar las instrucciones. «Sea así, replicó Caliguila; pero, á lo menos, entren en la iglesia armados de saetas y arcos y no reciban azotes.» Accedió á esto el religioso fácilmente. Después solicitaron los indios que si algún cacique moría se le pudiese enterrar en las cumbres de los montes, cerca de los monumentos consagrados á las divinidades, según antigua costumbre; se denegó tal petición por supersticiosa. Acabado todo esto, hízose una cruz del tronco de una palma, y fué erigida con rabia de Satanás. Aprendieron los abipones muy pronto los misterios de la fe, y tanto, que el párroco de los mataraes se quiso apropiar el mérito de esto, y pretendió clandestinamente bautizarlos: olió tal proyecto el Padre Rector y lo envió á su país. Construyó el P. Pastor una iglesia provisional con barro y paja; escribió un Diccionario de la lengua de los abipones, é instruyó á los niños; cuando esperaba que muchos adultos se convertirían, fué llamado por el Provincial; partió con pena viendo que dejaba las cosas tan bien preparadas; su obra fué laudable y todo el Paraguay reconoció el mérito de emprender á la vejez expedición cual aquélla y luego dejarla por obediencia, Su compañero no tuvo la misma constancia en la Compañía; así callaré de él. La conversión de los abipones se dilató por falta de misioneros.
CAPÍTULO VI
COSTUMBRES DE LOS ABIPONES (3).
Son los abipones de estatura más que mediana, de miembros proporcionados y robustos, y de gestos amanerados. Durante el verano van desnudos, y en el rigor del invierno cubiertos con pieles. Llevan la macana pendiente del cuello y la aljaba de la espalda; en la mano izquierda el arco, y en la derecha constantemente la lanza; pintan su cuerpo de colores, imitando con ellos los del tigre; son muy reputados los que horadan sus miembros por muchas partes; así llevan plumas de avestruz en la nariz, labios y orejas, como si quisieran volar. Tener barba es cosa fea, y así cuando en la vejez les sale vello, lo arrancan. La calva es un adorno; sólo puede gastar cabellera larga el que degolló en guerra ó duelo á un enemigo. Nadie es considerado guerrero antes de que mate alguno: sin esto no se le dan las insignias de soldado. Tienen su nobleza y sus héroes, á cuyos grados se asciende por medio de pruebas dificilísimas: el que ambiciona ser héroe, ha de hacer alarde de paciencia en los mayores tormentos; le sajan las pantorrillas, brazos, lengua y otras partes del cuerpo que por honestidad callo; después le raspan el cutis con una piedra asperísima. Cinco ancianos ejecutan tal carnicería en el candidato, y si profiere el más leve grito de dolor, es repudiado. Si permanece firme, bañado en sangre, recibe cual vencedor, con alegría, las insignias de la apetecida dignidad. Para con mayor facilidad alcanzarla, desde niños se ejercitan en recibir arañazos y punciones, de modo que es muy común ver los muchachos atravesarse con espinas ó agujas lengua, labios, nariz, orejas y otros miembros, disimulando el dolor con la risa. En cuanto á las mujeres, se cubren la parte inferior del cuerpo con una grosera tela que parece red; en lo demás van desnudas, y pintadas ó adornadas con piedrecillas, particularmente en la cara y pechos. También se raen el cabello; rasúranse el occipucio con una navaja de caña ó de piedra. Cuando mueren los caciques, los indios cambian de nombres, exhalan por la noche lúgubres quejidos y ayunan por espacio de un mes; entonces no prueban los pescados, pero se hartan de carne. Solamente dejan vivir á dos hijos, é inmolan los demás con mayor crueldad que Atreo; dan la razón del prolicidio, diciendo que como no tienen residencia fija, pues viven en casas provisionales hechas de esteras, y se dedican al pillaje, no les conviene tener sino dos hijos, uno que lleve el padre y otro la madre, no fuera que los restantes cayeran en manos de sus enemigos; cuando los pequeñuelos pueden correr, consienten de buen grado en que se aumente la familia. Muchas viejas son hechiceras y tienen trato familiar con el demonio. Éstas se presentaron ante los Padres con gestos inusitados, extendiendo las manos y contrayéndolas, según su costumbre, haciendo muecas con la faz rugosa, pronunciando palabras guturales y silbando; hay que advertir que en ocasiones se entienden entre sí los abipones con silbidos. Ningún fruto se esperaba sacar de ellas; la enfermedad inveterada, lo mismo del alma que del cuerpo, con dificultad se cura. Sirva de ejemplo lo que sucedió con una maga: enferma de gravedad, le rogó el Padre Juan Pastor que recibiese el Bautismo, pues de lo contrario perecería eternamente y bajaría al infierno; replicó que ningún cuidado le daba de esto, pues era antigua amiga del diablo; que rechazaba el Bautismo por ser veneno eficacísimo; el P. Pastor fué expulsado de la choza donde vivía la hechicera. Diferente era la condición de los hombres, quienes con sincera benevolencia recibieron á los misioneros, y cuando éstos volvieron á Estero los acompañaron treinta leguas Caliguila y sus vasallos, les dieron caza y pidieron que su ausencia fuera breve. Cerca de los abipones moran los guamalcas y otros pueblos gentiles; por el país de los primeros se podía entrar pronto al Chaco, inmensa región; yendo á ésta los Padres Osorio y Ripario algunos años antes, fueron muertos.
CAPÍTULO VII
LOS MAMELUCOS SON DERROTADOS POR LOS NEOFITOS.
Mientras los religiosos del Tucumán tales expediciones hacían, el Uruguay andaba perturbado. Anuncióse que los mamelucos se movían, y preparaban la guerra contra los neófitos del Paraná y Uruguay. Tocóse alarma en las reducciones, y se acordó que juntos los de ambos ríos procurasen rechazar á los invasores y acabar la contienda con sola una batalla. Fueron escogidos cuatro mil soldados, y se les dieron las armas que parecían oportunas: á unos hondas, á otros arcos, según la costumbre que tenían; trescientos recibieron arcabuces. Llegados á Mbororé, pueblo situado en las fronteras del Uruguay, los cristianos fueron exhortados á cuidar como militares de sus cuerpos y de sus almas, pues los exploradores habían anunciado que los mamelucos estaban un día de camino, y que ocupaban el río Acaraguay, tributario del Uruguay, embarcados en trescientas lanchas; venían cuatrocientos mamelucos y dos mil setecientos tupís. Mientras los neófitos se preparaban á pelear en una ensenada del Uruguay, el enemigo, confiando en sus fuerzas y en devastar el país, bajó por el río á nuestro encuentro. Se encontró con ellos Abiaru, cacique de Mbororé, que iba con cinco barcas en exploración, y desafiando la muerte, dícese que habló á los mamelucos de esta manera: «¿Con qué derecho, siendo cristianos, olvidados de vuestra salvación, venís á conquistar lo ajeno? ¿Acaso no habéis bebido bastante sangre de inocentes? ¿No habéis dejado suficiente número de huérfanos y viudas? Si estas cosas no os conmueven, pensad en que lucharéis con quienes os han puesto en fuga, y prefieren morir á llevar las cadenas de la esclavitud; sois traidores, no solamente á los neófitos, mas también al Rey y á Dios; nosotros pelearemos en defensa de nuestras casas, hijos y mujeres, y de religiosos que nos han enseñado, hasta que caigamos muertos; además, nos defenderá la Compañía de Jesús.» Los mamelucos no contestaron una palabra, y se prepararon á combatir; los neófitos hicieron otro tanto. Estos dieron principio á la batalla disparando un cañonazo que echó á pique tres lanchas del enemigo, mientras los religiosos y la turba indefensa en la orilla opuesta recitaba la Letanía y oraba á San Francisco Javier; las selvas litorales repercutían los ecos de las plegarias; la escuadra de los neófitos combatió con felicidad. Desesperando los mamelucos vencer en el río, salieron á la margen, donde los nuestros pelearon, si cabe, más felizmente; el enemigo habría huído si la noche no se acercara y cortara la contienda. Parte de nuestro ejército luchó en otro lado con varias vicisitudes; siempre salieron los neófitos sin daño, y los mamelucos con hartas pérdidas. Tocóse á retirada, á fin de evitar que nuestros soldados, entusiasmados con la victoria, por apoderarse del botín, echasen á perder lo ganado; solamente tres neófitos fueron echados de menos para que el triunfo no pareciese fantástico. Al amanecer del siguiente día fueron llamados al arma, y cercando á los mamelucos y tupís, hirieron á muchos; la derrota de éstos hubiera sido completa si una tempestad que se desencadenó no favoreciera su retirada á las selvas próximas. Los neófitos se apoderaron del campamento enemigo, y detrás de éste penetraron en los bosques donde se querían refugiar. Los mamelucos se defendían más con rabia que con valor; los nuestros iban en su busca á través de la espesura, y escalando peñascos con valor divino antes que humano. El combate se hacía de cuerpo á cuerpo por la naturaleza del terreno. Siguió la contienda hasta dos horas después del mediodía, en que los mamelucos huyeron, y los nuestros. cansados, no los persiguieron. Tuvimos tres muertos y cuarenta heridos. De los adversarias, especialmente de los tupís, perecieron no pocos; muchos de éstos vinieron al ejército de los neófitos, cansados de aguantar las vejaciones de los mamelucos.
CAPÍTULO VIII
LO QUE SUCEDIO DESPUÉS DE LA BATALLA.
Desesperando los mamelucos de poder asaltar las reducciones del Uruguay, se rehicieron después de la fuga, y de común acuerdo atacaron á los indios gentiles, degenerando la guerra en latrocinio. Los neófitos de Santa Teresa, que en anteriores invasiones habíanse retirado al Tebicuarí, cayeron todos en manos de los mamelucos; pero rompiendo luego las ataduras durante la noche, se lanzaron sobre los bandidos, que estaban desprevenidos, y les hicieron mucho daño; después emprendieron con ligereza la fuga, yéndose á refugiar en el Paraná. Por entonces una compañía de mamelucos fué degollada por los indios salvajes; la misma suerte experimentaron diez de los principales bandidos con su jefe en otra expedición. Un pelotón de mamelucos hizo creer á los indios que eran tropa de Abiaru, cacique de Mbororé, y así cautivaron á éstos. De igual fraude usaron los que se dirigieron á Caaigua: dijeron que iban con ellos Padres de la Compañía y catequistas; muchos bárbaros se entregaron á ellos, deseando recibir la fe cristiana; cuando vieron manifiesta la traición, se defendieron con la fuerza. Los gualachíes, nación ferocísima, ejercitaron su crueldad con los mamelucos; á cuantos caían en sus lazos arrancaban la barba y cabellera, les cortaban pedazos de carne de los brazos y pantorrillas, los dividían por la mitad y colgaban las cabezas en estacas puestas sobre el techo de las cabañas para inspirar terror. Bastantes tupís sufrieron la misma suerte. Durante esta invasión de los mamelucos no dejó el cielo de manifestar lo odiosa que le era; donde quiera que acampaban ó pelearon, dícese que se oían voces articuladas como de quienes disputan entre sí, echando la culpa á los compañeros; sucedía luego el clamor de los heridos, el estruendo de las armas, el tumulto del combate y clamores desusados cuales se profieren en medio de las grandes batallas. Según noticias del Brasil, perecieron ciento veinte mamelucos en las peleas ó al huir, y casi todos los tupís. Así mostró San Francisco Javier, á quien, después de Dios, los neófitos debían la victoria, que no solamente el sol nace con felicidad en Oriente, sino que igualmente desaparece por el Occidente. En la ciudad de Córdoba se dieron gracias al Señor con inusitada y pública pompa.
CAPÍTULO IX
DOS MUCHACHAS CAUTIVAS HUYEN DE LOS MAMELUCOS.
Licenciados los neófitos, vióse que muchos indios, tanto gentiles como cristianos, andaban errantes por el miedo á los bandidos, y volverían fácilmente á los pueblos si á ello eran invitados; súpose también que no pocos de los que antes de la batalla se llevaron los mamelucos habían huído y querían vivir en las reducciones; teniendo en cuenta todo esto, los neófitos de Mbororé, diseminados en pelotones, recorrieron el país por los ríos y por tierra, y durante dos años redujeron innumerables personas. En tales excursiones ocurrieron cosas notables; referiré las más importantes. Conducían los mamelucos al Brasil una cuadrilla de indios cautivados aquí y allí; entre ellos se contaba una doncella de catorce años: ésta, inspirada del cielo, se halló en ocasión de acometer una insigne proeza; vió á la orilla del río una barca amarrada á la orilla; entró en ella, desató la, cuerda, y, como jugando, llegó á la mitad de la corriente; entonces comenzó á huir; los bandidos quedaron suspensos al principio ante semejante audacia; en seguida, convertido en rabia su asombro, dirigieron por todos lados sus flechas contra la fugitiva; pero la muchacha, en medio de las saetas de los tupís y las balas de los mamelucos, impulsaba la barquichuela, haciendo de las manos remos, procurando llegar á la opuesta orilla. Los brasileños rabiaban al contemplar que sus armas de nada servían contra una chicuela indefensa á quien ostensiblemente favorecía la Providencia; luego admiraron tal valor en medio de tantas balas y flechas. La muchacha, pensando en la suerte de los cautivos y cuál hubiera sido la suya entregada al infame y vergonzoso yugo de meretrices, aceleraba el paso, temiendo más las vanas alabanzas que antes le dirigían que las armas contra ella asestadas. Puesta fuera del alcance de los mamelucos, navegó tranquilamente algunas leguas, hasta que por la misericordia del Señor se encontró con los neófitos de Mbororé, quienes la recibieron benévolamente y la llevaron al pueblo; fué catequizada, y recibió el Bautismo de mano del P. Francisco Lupercio, que visitaba á la sazón la parroquia; se le dió el nombre de Bárbara. Casóse muy pronto, é hizo concebir esperanzas de ser esposa modelo. Otra doncella gentil, de diez y nueve años, fué solicitada, estando en cautividad, á cosas torpes; se opuso tenazmente, diciendo que era ilícita la cópula fuera del matrimonio. Para poner á salvo su honestidad, usó de un piadoso fraude con intento de huir; viendo que los mamelucos pasaban hambre, se ofreció á buscar en el bosque raíces que la mitigaran; asintieron á ello los bandidos, sin recelar nada; entrada en la espesura de la selva, se escondió en sitio que no la encontraron por más esfuerzos que hicieron; de allí salió, y á través de mil peligros llegó á Mbororé, donde halló á sus padres ya cristianos, quienes la estrecharon entre sus brazos con emoción vivísima; iniciada en nuestros dogmas, recibió el Bautismo y la felicitación de todos los neófitos. Una india de catorce años se escapó con su hermanita de tres años á cuestas: ambas fueron bautizadas en Mbororé, á cuya reducción llegaron, no sin pasar graves peligros.
CAPÍTULO X
RECOBRAN SU LIBERTAD MUCHOS CAUTIVOS.
Había reducido Ignacio Abiaro ciento quince gentiles dispersos con motivo de la invasión extranjera: entre ellos se contaba cierto joven que tenía dos hermanas y un hermano, y creyendo, con razón, que éste habría perecido á manos de los mamelucos, se lamentaba amargamente. Llegó dicho indio á Mbororé, y entre la gente que salió á la orilla del río vió la mayor de sus hermanas, encontrada poco antes por los exploradores; volvieron á salir éstos el mismo día, y regresaron con el hermano; antes de una hora, entró la otra hermana, experimentando inmensa alegría los cuatro. Un cacique noble y su mujer, con una niña, deseando recibir la fe católica y huir de los gualachíes y mamelucos, tomaron el camino de Mbororé; no tenían nave para atravesar el río; vieron de encontrar vado, y no lo hallaron: entonces, reparando que los enemigos se acercaban, se echaron á nadar; la madre llevaba la niña á las espaldas, y el padre á las dos encima de su cuello; en la mitad del río faltaron al indio las fuerzas y los arrastraba la corriente; habrían muerto si Dios no los reservase para más saludables aguas; ya próximos á ahogarse, encontraron una barca, en la que entraron, y con facilidad pasaron el río; en la orilla se encontraron con cinco compatriotas que deseaban también ser cristianos; navegaron juntos á Mbororé y abrazaron nuestras creencias. La mujer de un cacique retirado al bosque por temor á los bandidos, se desvió algún tanto, y tropezó con un tigre hambriento y feroz; dió voces pidiendo auxilio; pero el marido, creyendo que la prendían los mamelucos, echó á correr en opuesta dirección; la india se dirigió al río Uruguay, donde se vió entre Scila y Caribdis, dudando qué sería menos doloroso: si caer en las uñas de la fiera, ó ser arrastrada por la corriente; el tigre resolvió la cuestión: se lanzó sobre la mujer; ésta se apartó bruscamente, y desde un sitio alto se echó á las aguas, nadando hasta una isla peñascosa que se elevaba en medio; por allí pasaban entonces los de Mbororé, á cuyo pueblo la llevaron; el marido fué hallado á los pocos días por los exploradores y conducido á la reducción, donde al entrar se encontró con su mujer, y ambos se alegraron lo indecible. Una india que por anémica y fatigada dejaron los mamelucos en la ribera, murió á los pocos días, dejando un niño de tres años. ¿Qué haría este desgraciado, solo y sin alimentos, en aquella espantosa soledad? ¿Lloraría? Nadie escucharía su llanto. ¿Abrazaría el cadáver de su madre? Nada conseguiría. Miraba el rostro de la difunta, y echaba de menos las caricias de ésta; aquejado por el hambre, chupaba los fríos pechos maternales. El amor filial le impedía apartarse del cadáver, aunque éste despedía hedor intolerable; no pudiendo mamar y teniendo apetito, comió granos de trigo de Turquía, y los trituró con sus dientes apenas nacidos. ¡Oh singular predestinación del Señor! Dos días pasaron desde que murió la india, cuando los exploradores la encontraron, y cerca de ella el hijo, casi muerto, y echado sobre los restos de su madre; espectáculo que les hizo derramar lágrimas y detestar la crueldad de los bandidos. Sepultaron el cadáver, y llevaron el pequeñuelo á los religiosos de Mbororé, quienes lo bautizaron; espiró á los cuatro meses. No lejos de Acaraguay hallaron los neófitos otra india, á la cual un mameluco le quemó las piernas porque no podía andar, y de tal manera, que se le veía el hueso; transportáronla en hombros al pueblo, y recibió el Bautismo una vez instruída en los sagrados misterios. Un indio principal y su esposa perdieron un hijo de diez y siete años y una hija de siete, robados por los mamelucos: lamentándose de tal desgracia á las puertas de nuestra casa, vieron que se acercaba el hijo llevando una carta; se reconocieron mutuamente, y abrazáronse con inmensa alegría; al ver semejante escena, se agruparon alrededor los vecinos de Mbororé y los extraños, entre los cuales se halló la hija, que corrió á los brazos de sus queridos padres y de su hermano; éstos dieron gracias á Dios por tan grande beneficio, y también los religiosos por haber renovado el caso de San Eustaquio. Dos indios cautivados por los mamelucos fueron enviados á forrajear, y llegaron donde había una barca toda rota; con ella navegaron treinta leguas felizmente, y por consejo de los neófitos de Mbororé se dirigieron á esta reducción para recibir las aguas del Bautismo. Un joven de gallarda presencia dolíase de la suerte de su mujer, á su juicio difunta ó arrebatada por los bandidos; yendo á Mbororé por una senda, vió que le salía al encuentro su esposa, con regocijo intenso de ambos. Dejo de contar infinidad de casos parecidos por no cansar á mis lectores: solamente diré que en Mbororé se reunieron muchos parientes y hermanos, y se administró con solemnidad el Bautismo á no pocas personas; seiscientas fueron rescatadas por los neófitos del yugo de Satanás, ó de la esclavitud de los mamelucos, con hartas fatigas. La caridad de los cristianos llegó al punto de llevar á cuestas los enfermos por espacio de veinte y treinta leguas á través de peñascos y selvas, deseosos de salvar las almas. Otros muchos indios fueron bautizados por el P. Francisco Lupercio cuando, en cumplimiento de su cargo, visitó las reducciones del Paraná y Uruguay.
CAPÍTULO XI
EL P. FRANCISCO LUPERCIO VISITA EL PARANÁ Y EL URUGUAY.
Llegado el Provincial al primer pueblo del Paraná, salieron á recibirle los neófitos de varias reducciones en doscientas canoas, haciendo regatas en señal de regocijo, mientras que en la orilla resonaban voces de aclamación é instrumentos músicos, celebrando su presencia. El P. Lupercio entraba en las poblaciones por calles adornadas con frondosos arcos, entre demostraciones de alegría; tal fué el cariño de que los neófitos hicieron ostentación, que admiró la omnipotencia del Señor, capaz de convertir las piedras en hijos de Abraham. A todos regalaba alguna cosa: daba con profusión gargantillas de vidrio, agujas, cuchillos, herramientas, trajes bordados y otros objetos apreciados por los indios. Halló que las iglesias estaban muy limpias y que eran hermosas. En varios pueblos administró el Bautismo á los niños y á los adultos que se encontraban: dispuestos; consintieron en ello gustosamente los Padres, á fin de darle ocasión en que ejercer el sagrado ministerio, ya que las ocupaciones se lo impedían de ordinario. Como además de Provincial era Visitador general, por mandato del P. Mucio Vitelleschi, General de la Compañía, dió algunas instrucciones para el gobierno de los veinte nuevos pueblos del Paraná y Uruguay. En cada uno de ellos había dos misioneros que distribuían el tiempo en las tareas ya descritas en otra parte; muy de mañana oraban una hora y decían Misa con asistencia de no poca gente; luego acudían ante ellos los principales de la reducción, y decían á estos lo que aquel día se debía hacer: si ir al campo y qué porción de tierra cultivar ó recolectar; los viajes que se tenían que emprender; cosas que era preciso vigilar; si convenía cazar ó pescar; nada se hacía contra la voluntad de los religiosos, quienes, todos los años, por Real privilegio, nombraban las autoridades, para que los indios se fueran acostumbrando á la vida política. Sin embargo de que tales magistrados nada podían innovar, ni castigar, ni ordenar contra la voluntad de los misioneros, es indecible lo mucho que estimaban su cargo con ser casi aéreo, y con qué orgullo mostraban la vara de oficiales. Paso por alto lo mucho que trabajaban los jesuitas con motivo de las guerras, la escasez de víveres y la dificultad de los caminos; con frecuencia ponían su vida en grave peligro; había entre ellos piadosa emulación por el sufrimiento; las obras de unos inflamaban el ánimo de otros; todos los religiosos habrían acudido allí á no impedírselo la santa obediencia. Este año fueron bautizadas por los Rectores del Paraná y Uruguay tres mil doscientas almas. Hizo el Provincial investigación sobre la vida de los misioneros, y halló ser los más insignes los PP. José Cataldino y Simón Mazeta, de quienes pongo algunos datos biográficos. Nació el P. Cataldino el año 1571, por el mes de Abril, en Fabiano, pueblo de Italia. Cuando fué bautizado le pusieron el nombre de Socossi, por ser éste el de una Virgen muy venerada en el país. Al ingresar en la Compañía lo cambió, y tomó el de José. Desde que nació tenía una hernia; sus padres invocaron la protección de María, y gracias á ésta sanó. Su madre lo educó en la puericia, y tan pronto dió muestras de natural virtuoso, que á los trece años los Canónigos de la Iglesia Colegial le dieron un beneficio vacante, y con ser de tan corta edad lo desempeñó cual debía; ordenóse de Subdiácono, y marchó á Roma para continuar sus estudios. Allí cursó Filosofía un año, y luego asistió á la cátedra de Teología del P. Mucio Vitelleschi. Hecho sacerdote, cantó Misa en la Basílica de Loreto. En Roma fué elegido por los de Bergamo Rector de un hospital é iglesia que tenían, y se mostró digno de tal cargo. A los treinta años resolvió entrar en la Compañía; después que hizo los votos, pidió ser enviado á las misiones de América, y lo consiguió fácilmente del P. Claudio Aquaviva, General de la Orden. Puesto bajo la dirección del P. Diego de Torres, Procurador del Perú, hizo los votos solemnes en Sevilla. En la navegación prestó notables servicios á los viajeros y á la tripulación. Llegó á Lima el año 1604, y destinado á evangelizar en países lejanos, anduvo en el Perú y Tucumán setecientas leguas por los ríos y tierra hasta llegar al Paraguay; lo que llevó á cabo en esta provincia ya lo hemos referido. Tan grande era su amor á Dios, que se le transparentaba en el rostro. Ninguna ocasión dejaba de hacer bien al prójimo: cuanto más vil era éste, más le atendía. Tenía tan poco orgullo, que se reputaba por nada. Fué modelo de obediencia; siempre acometió gustoso las difíciles empresas que le confiaban. En cuanto á sus penitencias, diré que la vida que llevó en el Guairá parecía de anacoreta. Durante veinte años ni siquiera vió el pan; se abstuvo casi siempre del vino; se alimentaba de harina de madera, de habas, raíces y otros toscos manjares; su bebida era agua; á pesar del excesivo calor, trabajaba sin descanso; dormía en la tierra con frecuencia. Jamás se quitó el cilicio; disciplinábase á menudo, y no lo podía ocultar porque se oía el ruido. Nada diré de su devoción al Santísimo Sacramento, á la Virgen, á San José y demás Santos. Para concluir, el P. Cataldino, á quien traté por espacio de muchos años, fué comparable á los varones más ilustres de la Compañía por las mil virtudes que en él resplandecieron y por la grandeza de las cosas que ejecutó en el Guairá; después de muerto se apareció como defensor de los indios al P. Antonio Ruiz. Aseguran que pronosticó el tiempo y el lugar en que acabaría su vida. Poco antes de morir afirmó que repetidas veces había visto durante la Misa, corporalmente, á Jesucristo, llevando Este en la mano el cáliz, y el brazo cubierto con el alba sacerdotal; con tal motivo recibió inefables consuelos. Nombrado Superior general de las misiones del Paraná y Uruguay, ilustró su cargo con santos ejemplos muchos años. El P. Simón Mazeta, compañero del P. Cataldino, nació en Castiglione, ciudad ilustre de la República veneciana. Recibió en el Bautismo los nombres de Héctor Hércules. A los siete años, que recibió la primera Comunión, se distinguía por su precocidad y suavidad de carácter. Siendo tan pequeño, oraba largos ratos delante del Santísimo Sacramento. Todos los días perseveraba en la iglesia mientras los Oficios sagrados y sermones. Ya adolescente, sus costumbres fueron las mismas, llamando la atención de sus conciudadanos. Un hombre le hirió con un arcabuzazo que disparó contra otra persona; la bala le atravesó la pierna y estuvo en cama cuatro meses. Luego fué á Loreto para dar gracias á la Virgen por haber recobrado la salud. Vuelto á su casa en compañía de un joven, quiso pasar al África y recibir el martirio; emprendió el viaje y lo suspendió movido por las exhortaciones de un sacerdote piadoso con quien se confesó; dejó el proyecto para más adelante. A causa de sus inmoderados ejercicios de devoción, fué atormentado de escrúpulos, de los cuales se libró por la gracia del Señor con austeras penitencias. En Nápoles se hospedó en casa de una matrona ilustre, hermana del P. Carlos Sangrio, Asistente de la Compañía, y se granjeó el afecto universal; allí se dedicó á los estudios literarios. El P. Cataldino, que fué su confesor cuarenta y cuatro años, dijo por escrito que la juventud del P. Mazeta, por los ayunos y austeridades, se podía comparar á la vida de los anacoretas y á la de San Nicolás. Ocho años pasó sin otro alimento que pan y agua; hubo que irle á la mano para que no perdiera la salud. Hecho sacerdote, fué Vicario de un Convento de monjas dedicado á la Inmaculada Concepción, y cumplió su cargo como bueno; luego se decidió á entrar en religión. Ingresó en la Compañía, siendo Provincial de Nápoles el P. Mucio Vitelleschi; el P. Antonio Spinelli, sucesor de éste, lo admitió á la profesión el día de San Simón y Judas del año 1606; entonces cambió el nombre de Hércules por el de Simón, el cual le incitaría á las expediciones apostólicas. Besaba las paredes de nuestro Colegio y el suelo hollado por los Padres, reconociendo la misericordia de Dios en haberle llamado á la Compañía; cuando hizo los votos, se consagró especialmente al servicio del Señor por mediación de la Virgen María. Diariamente oraba á la Santísima Trinidad; tenía distribuída la noche y también el día para sus devociones á los santos; todas las horas rezaba algo á la Madre de Dios. Pasados los años del noviciado empezó su carrera, yendo con otro compañero sacerdote por varios pueblos del reino de Nápoles; tan bien se condujo, que el Cardenal Aquaviva, Arzobispo de Nápoles, solicitó del Provincial que continuara nuestro religioso en la tarea emprendida: así lo hizo éste, y sacó inmenso fruto en las aldeas y en las ciudades; luego trabajó en los arrabales de Nápoles algunos meses. Entonces sintió deseos de ir á más lejanas expediciones; pero hallaba el obstáculo de que los misioneros de América no comían sino pan hecho con harina leñosa y raíces; Dios ilustró su mente y le demostró que tales pensamientos eran obra del demonio. Al segundo año del noviciado fué á Roma, pues el P. Claudio Aquaviva espontáneamente lo había designado para las misiones del Paraguay con otros jesuitas; dió gracias al Señor porque atendía á sus deseos. Navegando á Barcelona desde Italia, se vió á punto de morir, pues el navío se iba á pique; los pasajeros estaban desesperados, cuando el P. Mazeta, aunque enfermo, saltó del lecho y se presentó con una mujer cautiva y pagana; le explicó nuestros misterios y le conminó con la muerte eterna si no abrazaba la fe católica; como la infiel accediera á esto, la instruyó y la bautizó; cesó la tempestad, y las velas fueron de nuevo desplegadas. Desde Barcelona fué á Madrid y luego á Sevilla, donde se embarcó para Buenos Aires, haciendo el viaje á expensas del rey Católico. En Córdoba del Tucumán hizo los votos de la Compañía, y se dirigió al Paraguay á fin de aprender el idioma guaraní; allí había de llevar á cabo las acciones gloriosas ya referidas. Trasladóse al Paraná, y después de muchos años invertidos en expediciones apostólicas, cayó enfermo de apoplegía; cinco años estuvo en el lecho con increíble paciencia, pues ni una vez se le oyó quejar ni desear con viveza su restablecimiento; pasaba el día y la noche en oración mental, ya que no podía casi articular palabras. Cuotidianamente recibía el Cuerpo del Señor con tal devoción y lágrimas, que el fuego de su alma se manifestaba en lo exterior cual si el espíritu quisiera derramarse. Por espacio de cincuenta años trabajó en la conversión de los indios que moraban ochenta y más leguas de las poblaciones de españoles; tan poco apego tenía á las ciudades, que, según me afirmó, había hecho voto de vivir en medio de los bárbaros. Después de muerto se apareció al P. Antonio Ruiz en forma de ángel, vestido con ropas lucientes, combatiendo en nombre de Dios por los indios. Con la cruz en la mano defendió á éstos contra el furor de los españoles, y recibió heridas por tal causa. Sería interminable contar las veces que protegió á sus hijos espirituales con peligro de la vida; moró en la espesura de las selvas, comiendo manjares repugnantes. Toda su vida conservó la pureza del cuerpo y del alma. Durante veinte años no probó un bocado de pan. A falta de sal, se alimentó mucho tiempo con yerbas y legumbres cocidas en agua. En Itatín su regalo consistía en tortas de trigo turco cocidas á las brasas, sin otro condimento. Fué dotado del don de profecía. Aunque tenía sus carnes llenas de úlceras, exhalaba olor fragantísimo de rosas. Hallándose mudo por la apoplegía, le dijo el Padre Cataldino que cantase con la imaginación el Te Deum laudamus; con estupor de todos los presentes lo recitó con voz firme. Otras veces rezó el Salmo Laudate Deum ones gentes y el Rosario; fuera de esto, nada habló en cinco años. Decíase generalmente que el P. Mazeta debía ser colocado entre las personas más insignes por sus virtudes. Tanto lo estimaban los indios, que usaron para sus enfermedades el polvo de los zapatos de nuestro religioso, y por cierto que con éxito favorable.
CAPÍTULO XII
PROVECHOSA EXCURSIÓN QUE SE HIZO DESDE CÓRDOBA.
En el año de 1642 dos jesuitas salieron de Córdoba á reconocer las inmediaciones y reportaron considerable fruto; confesaron á muchos y convirtieron los concubinatos en legítimas nupcias. Dos años hacía que nadie había recibido el Sacramento de la Penitencia por falta de sacerdotes. Llegaron después al río Cuarto; uno de los misioneros escribió lo siguiente á un amigo, hablando de la condición de los indios de aquella región: «Aquí habitan los pampas, y los guarpos; en los confines de Mendoza. Tenaces en conservar sus antiguas costumbres, se pintan la cara con varios colores, en especial los viudos y las viudas. Aborrecen las cosas de nuestra religión, y como loros se mofan de los mandamientos cristianos; muchos tienen pacto con el demonio y se sirven de raíces para cometer crímenes. En cada aldea hay un mago que visita los enfermos y simula chuparles la sangre corrompida; para mejor engañar lleva en la boca algo nauseabundo; después que ha chupado las partes doloridas, lo arrojan y dicen que la enfermedad ha desaparecido. Son muy lascivos. Los hombres dan á las mujeres yerbas con objeto de gozarlas. Éstas se clavan en la nariz espinas hasta derramar abundante sangre, que reciben en una vasija; echan luego polvos mágicos y se untan el cuerpo; con esto seducen á cuantos quieren y consiguen torpes victorias. Son cruelísimos; con frecuencia se desafían á singular batalla. Estas son las leyes del duelo: cada uno de los combatientes pone en la honda una piedra llena de picos y la agita circularmente; el otro se expone al golpe, y así alternan: el primero que hiere es tenido por cobarde; muchas veces el adversario cae al suelo apenas empezada la lucha, y cuando no sucede así, siguen peleándose como gallos hasta que uno es derribado. El vencedor es aplaudido calurosamente. Otra prueba de valor usan: se meten una saeta en el vientre por debajo de la piel, y la sacan cual si fuera una aguja.» Algunos ancianos recibieron el Bautismo. Los misioneros quemaron cuantos objetos supersticiosos pudieron, y procuraron cambiar las costumbres de aquellos indios depravados.
CAPÍTULO XIII
EXPEDICIONES DE LOS JESUITAS DE ESTERO.
Los sagrados pescadores del Colegio de Estero echaron sus redes en el río Salado, á cuyas orillas había veintidós pueblos de indios; llena de peces su barca, se dirigieron al río Dulce. El fruto de la pesca apostólica en ambos ríos, fué confesar á cuatro mil personas; la cuarta parte de éstas vomitó el veneno de toda la vida; doscientos niños recibieron el Bautismo, y cien parejas el Sacramento del Matrimonio. Los religiosos predicaron con fruto; una india que los oyó hablar de la castidad, se resolvió á guardarla, y si era preciso defenderla á brazo partido: en efecto, solicitada por un hombre deshonesto, antes quiso recibir heridas que perder la virginidad. Los misioneros sacaron bastantes presas de la boca de Satanás; demostraron en un sermón que la Eucaristía es eficaz antídoto contra el veneno infernal, y un indio perverso buscó para sus llagas tal medicina; declaró que durante veinte años había cohabitado con el demonio y ya desesperaba de salvarse; deseando acercarse á la Mesa del altar, confesó sus culpas y no volvió á cometer el horrendo pecado que hemos dicho.
CAPÍTULO XIV
MUERE EL P. HORACIO MORELLI; SUS ALABANZAS.
Acabó sus días en el Colegio de Estero el P. Morelli. Había nacido en Cosenza, población napolitana, de nobles padres. Cuando estudiaba Derecho en Romac ingresó en la Compañía. Era de carácter apacible, jovial, activo, inclinado á las virtudes y especialmente á las misiones apostólicas. Siete años vivió en el valle de Calchaquí en medio de las mayores privaciones; comía trigo, moraba en una choza de lodo seco, dormía en el suelo y no reposaba un momento. Poco le faltó para alcanzar la palma del martirio. Otras expediciones hizo desde varios Colegios, movido por el celo de la salvación de las almas. Ambicionaba padecer trabajos y una muerte gloriosa, razón por la cual en ningún sitio estaba más á gusto que entre los calchaquíes. Murió en una quinta del Colegio y su alma subió al cielo. Preguntáronle en la agonía si quería vivir, y respondió: «No, porque la muerte es el camino del Paraíso.»
CAPÍTULO XV
HECHOS QUE TUVIERON LUGAR EN VARIOS COLEGIOS.
Los misioneros de Rioja trabajaron con fruto en el país de los planos, quienes habitan un terreno montañoso y cubierto de nieve casi todo el año: son pobrísimos y apenas tienen casas; los más viven al aire ó en cuevas. Su miseria espiritual era mayor que la temporal; cinco años hacía que no los visitaban sacerdotes, cuando el P. Boroa envió los religiosos. En tan inculto y espinoso suelo éstos segaron bastante mies con la hoz de los Sacramentos. Un indio se acercó á los jesuitas para confesarse: por no sé qué dificultades cambió de opinión y se marchó; pero el caballo en que iba lo arrojó al suelo; del golpe se fracturó los brazos y piernas, castigo de Dios por haber desoído los consejos de sus ministros. Más grave fué lo que sucedió á una india lasciva, que no hacía caso de los estímulos de su conciencia ni de las reprensiones de los misioneros; murió de repente en el acto mismo de fornicar; su cómplice se enmendó. En Buenos Aires mandó el Rector que á nadie se negasen limosnas de trigo, vino y aceite. Dios premié esta generosidad; nunca faltó por mucho que se dió, pues los ciudadanos donaban víveres sin cuento al Colegio, y D. Francisco González Pachón, que poco antes de morir entró en la Compañía, dió nueve mil escudos de oro. En Buenos Aires, igualmente que en el resto de la provincia, suelen los jesuitas, en las noches que se ayuna, contar alguna historia patética, á fin de que los oyentes teman á Dios y se mortifiquen voluntariamente; acudió por curiosidad un hombre principal, y vió con admiración que dos niños de seis y siete años se disciplinaban sin reparo; conmovióse ante aquel espectáculo y cambió en adelante de conducta. Una persona, abrumada por las desgracias, pensó acabar con su vida; ya tenía el lazo al cuello para ahorcarse, cuando vió que se aparecía la Virgen, á quien todos los días rezaba el Rosario; desistió de su intento y se confesó arrepentido. Veamos la manera que tuvieron los indios de celebrar el primer centenario de la Compañía.
CAPÍTULO XVI
CONMEMÓRASE POR LOS NEÓFITOS EL PRIMER CENTENARIO DE LA COMPAÑÍA.
Dió principio á las fiestas la reducción de San Francisco Javier, situada en el Uruguay. Convocados los misioneros de las reducciones del Paraná y Uruguay y los indios principales, fueron allí recibidos con muestras inequívocas de regocijo. La víspera se cantaron solemnemente horas canónicas; por la noche se encendieron hogueras. Hiciéronse arcos triunfales, y altares provisionales; el pueblo fué recreado con danzas y ejercicios de palestra. El Santísimo Sacramento estuvo expuesto bajo un dosel. Se pronunciaron elegantes discursos en latín y guaraní. Por la tarde los neófitos de Mbororé representaron una obra dramática, cuyo asunto era la invasión de los mamelucos; éstos disponían sus planes y peleaban, siendo vencidos y puestos en vergonzosa fuga. Pasado algún tiempo, la otra reducción del Uruguay solemnizó también nuestro primer centenario: acudieron infinidad de forasteros; construyéronse seiscientos arcos triunfales, y de ellos colgaron mil diversos objetos en muestra de gratitud á la Compañía. Igual conducta observaron los neófitos del Paraná; invitaron á los indios y misioneros de varios pueblos á un torneo. Hubo danzas de soldados, cada uno de los cuales llevaba en su escudo una de las letras que componen el nombre de Ignacio, y con ellas hacían diversos anagramas. Por la noche se verificó un combate naval á la luz de innumerables antorchas, con lo que se acabaron las fiestas. Dió principio á las suyas la Encarnación, las cuales fueron, en verdad, ingeniosas y acomodadas al gusto de los indios. Tan luego como acudieron los forasteros se representó una pantomima, cuyo asunto era la celebración del Centenario; fué espectáculo de laudable invención: salió de improviso un gigante llamado Policronio, vestido de colores, con larga barba y cabellera blanca: significaba el Centenario, y llevaba consigo cien niños pintados con variedad; éstos eran los diferentes cargos de la Compañía; con armonioso canto celebraron las alabanzas de Policronio; la escena tenía lugar en un paseo de la población; más adelante había un rebaño de cien bueyes; después cien arcos de triunfo con emblemas, que estaban en el camino de la iglesia; á la puerta de ésta se ofrecieron cien panes; en el altar mayor lucían cien velas; por do quiera se veían inscripciones en loor de la Compañía. Sobre las puertas del templo estaban colocadas tres estatuas: en medio la Compañía de Jesús; á sus lados la Sabiduría y la Piedad, con este letrero: Centenaria Societas triumphat Pietate duce Sapientia comite (4). Un discurso latino fué muy aplaudido; su asunto era el siguiente: Alabanzas de seis Generales de la Orden y sus hechos memorables; victorias logradas contra la herejía, infidelidad é impiedad; favores recibidos de Cristo. A continuación salió un carro de triunfo que llevaba seis monstruos; alrededor iban los héroes de la Compañía; aplaudían los Pontífices, reyes, emperadores, pueblos y ángeles; las cuatro ruedas de la carroza significaban los cuatro votos de la Sociedad; los conductores, los Generales de ésta; en lo alto se veía la Compañía vestida de blanco, color que expresaba su anhelo por servir á Dios; salióle al encuentro Jesucristo con su Madre. Acabóse la fiesta con un pronóstico de futuras prosperidades. Con esto terminamos nuestro relato.
CAPÍTULO XVII
FELIZ MUERTE DE DOS CÓNYUGES.
En el Uruguay procuraban los neófitos de Mbororé, bajo la dirección del P. Cristóbal Altamirano, reducir los gentiles y que tornasen al pueblo los fugitivos. Digno de mención es un indio de la mencionada reducción, que por las exhortaciones de Niezú, célebre mago y asesino del P. Roque González, se fué con él, abandonando nuestra religión para continuar en las antiguas supersticiones; llevóse su mujer é hijos. Para que el prófugo no se arrepintiera, Niezú le dió varias concubinas: no pudo gozar de ellas, porque los mamelucos empezaron á hacer entradas en los dominios de dicho cacique. El indio estuvo á punto de ser apresado por los bandidos; logró huir de las manos de éstos, pero con siete heridas; volvió á la reducción de Mbororé, y halló la salvación del alma al par que la del cuerpo. Después de Dios, fué causa de tanta dicha la esposa del prófugo, quien contra su voluntad le siguió cinco años, y no dejó de rezar el Rosario todos los días, rogando á la Reina del cielo que no dejara morir á su marido sin los auxilios de la Iglesia. Para mejor conseguirlo, hizo propósito de ser honesta, cosa no muy común entre aquella gente. Escuchó tales preces la Madre de Dios, pues aunque los mamelucos la buscaron en todo un año, no la encontraron; estando con fiebre sentía recibir del Señor alientos, y en los peligros, consuelos; escondida en las selvas eludió la persecución de los bandidos. Después de varias vicisitudes fué llevada á Mbororé, y murió habiendo recibido antes los Sacramentos: es de creer que su alma iría al cielo. Declaró á los misioneros estando gravemente enferma, que desde antes de huir con su marido llevaba escrito en un papel el nombre del Santo que en el sorteo mensual acostumbrado entre las Esclavas de María le había tocado; por cinco años lo guardó cual sagrado amuleto, y notó una especial protección en los peligros y adversidades. Voy á referir otra historia aún más notable que ésta.
CAPÍTULO XVIII
DOS MUCHACHAS HUYEN DE LA CAUTIVIDAD DE LOS MAMELUCOS.
Hicieron los bandidos prisioneras dos doncellas: una de trece años y otra de diez. Pareciendo á los mamelucos que la primera intentaba fugarse, la azotaron, y ataron una soga al cuello; de esta manera le hicieron seguir el camino; ya alejados cien leguas, creyendo que no había peligro de evasión, le quitaron la cuerda y le permitieron ir á los bosques en busca de frutos silvestres, pues los alimentos escaseaban. Entonces concibió la idea de fugarse, pues apreciaba el ser libre y detestaba la dureza de sus dueños; una dificultad se le ponía delante, y era dejar sola entre los bandidos á su hermana; mientras pensaba qué sería mejor, si conseguir ella sola la libertad ó vivir en el cautiverio con su hermana, vió que ésta se adelantaba en la misma dirección: comunicáronse sus designios, y puestas de acuerdo echaron á andar por aquel desierto de cien leguas, habitado solamente por tigres y otras fieras, y cubierto de impenetrables bosques; juntóseles un muchacho sobrino suyo; así lo dispuso Dios para que tuvieran auxilio. Viajaban por la noche, sufriendo más á causa del horror de ésta que habrían padecido de día con los ardores del Sol. Iban por sendas extraviadas, á fin de evitar la persecución de sus dueños. Solían los gualachíes recorrer aquellas soledades, cazando ó dedicándose al robo; felizmente huyeron de manos de éstos, yendo con silencio y precauciones. Muchos días tuvieron que mantenerse de raíces y hojas tiernas de árboles. Al cabo de un mes, sin fuerzas apenas, llegaron al Uruguay, á cuya orilla encontraron una barquichuela, capaz de contener tres personas, toda rota; entraron en ella, y sin remos, timón ni velas, se dejaron llevar por la corriente. Poco habían navegado, cuando vieron que su padre venía hacia ellas en otra canoa; prisionero de los mamelucos, acababa de fugarse con su mujer é hijos, y con objeto de ser útil á sus compatriotas recorría el país solícito de la salvación de las almas. Nuestras doncellas, creyendo que tal barca era de bandidos, haciendo de las palmas remos, impulsaron la suya; llegadas á la orilla se escondieron en un bosque, y su padre las perdió de vista. Poco después se encontraron con un grupo de neófitos, á los cuales se unieron y fueron á Mbororé, en el momento que su padre regresaba de la expedición; cuando éste reconoció á sus hijas y sobrino, lloró de alegría; abrazólas con tal emoción, que todo el mundo acudió á contemplar semejante espectáculo; sin saber lo que era aquello, corrió á verlo una mujer: era la madre de las prófugas, quien no sospechaba tanta felicidad; al principio no lo quería creer: palpaba, se restregaba los ojos como para despertar de un sueño; luego estrechó en sus brazos las prendas queridas de su corazón. Los hermanos recibieron con igual regocijo á sus hermanas delante de público numeroso. Los religiosos llevaron al templo las recién venidas, y después de catequizadas las bautizaron. Los padres de nuestras fugitivas dieron gracias á la Reina del cielo por los favores que les otorgaba.
CAPÍTULO XIX
SON CASTIGADOS LOS VEJADORES DE LOS NEÓFITOS.
Un cacique del Uruguay, hombre poderoso, por odio á la Compañía, se marchó con los mamelucos, en realidad para hacerles daño y al mismo tiempo ofender á los religiosos. Llegó á perforar las naves en que iban los neófitos, y una vez éstos en la orilla, entregarlos á sus enemigos, quienes en recompensa de tales servicios y con objeto de tenerle propicio, le dieron autoridad si bien nominal en el Uruguay y ríos vecinos, como también el título y bastón de General; orgulloso con esta vana dignidad, por espacio de muchos años causó inmenso daño en las reducciones y facilitó los intentos de los mamelucos. Disgustado por la escasa recompensa que éstos le daban, despachó de mala manera un emisario que le enviaron; luego huyó con sus más fieles satélites; volvió y los mamelucos le cortaron la cabeza acusándolo de traidor; nada se acordaron de los beneficios recibidos, semejantes al demonio que premia los favores de sus vasallos con suplicios horribles. Otro cacique tenía el vicio de calumniar; era famoso por su estatura y corpulencia; su jactancia llegaba al extremo de asegurar que quitaría la vida á los Padres y se reservaría las más hermosas mujeres, sin parar hasta la ruina de los pueblos situados en el Uruguay. Dios castigó duramente sus habladurías: cierto día en que desató la lengua contra nosotros, los mamelucos le mataron la mujer, y él se quebró una pierna mientras andaba errante por la selva. Al oir sus clamores acudieron los de Mbororé que por allí estaban; su primer impulso fué quitarle la vida; impidióselo un misionero que se halló presente por casualidad, recordándoles que los cristianos deben volver bien por mal. Fué llevado á Mbororé, donde confesó sus pecados, y de lobo se convirtió en oveja. Los indios del Yapeyú redujeron bastantes familias. Cierto neófito encontró en el bosque á un gualachí herido por un tigre; lo bautizó usando la fórmula del Sacramento, que sabía de memoria por haberla oído á los religiosos; otros varios gualachíes fueron también bautizados. Dos mil setecientas personas recibieron el Bautismo en las reducciones del Paraná y Uruguay.
CAPÍTULO XX
VIDA DEL P. ALONSO NIETO DE HERRERA.
El clima de Córdoba, perjudicial á hombres y rebaños, hacía que varios jesuitas enfermaran. Por entonces entró en la Compañía Don Alonso Nieto de Herrera, á los sesenta y ocho años de edad y á los cuarenta días de enviudar; dió al Colegio veinte mil ducados de oro. Tomó esta resolución gracias á los consejos de su nieto y heredero al volver de Europa; éste le declaró que pensaba huir del mundo y refugiarse de sus tempestades en el puerto de la Compañía; entonces lo abrazó su abuelo, y le dijo que los mismos propósitos abrigaba él; ambos solicitaron el ingreso en nuestra Orden y lo consiguieron. Sin embargo, el origen de su vocación creo que es más antiguo. Ocupando Alonso en otro tiempo un alto cargo, fué insultado y abofeteado por un hidalgo; las autoridades pusieron en cárcel obscura al ofensor; Alonso, viendo en el Colegio de la Compañía la imagen de Cristo orando por sus enemigos, voló al calabozo; echóse á los pies del procesado y no paró hasta conseguir que la justicia perdonase á éste, ofreciendo pagar la multa por él. Apenas regresó á su casa fué felicitado por el Obispo y los principales de la ciudad quienes ensalzaban su generosidad. Es de creer que Cristo, en recompensa de tan buena obra, lo llamó á la Compañía en su vejez. Alonso continuó hasta la muerte dando ejemplos de virtud. Siempre se vió favorecido por San Ignacio. En su casa había duendes que tiraban piedras como en chanza; un franciscano se rió de la pequeñez de los duendes que se entretenían con chinitas. «Que arrojen, exclamó, que arrojen peñascos iguales á los de Cholcal,» minas de plata en el Perú distantes doscientas leguas; ¡cosa admirable! por el aire cayó un peñón con vetas de mineral argentífero; se hicieron preces en la iglesia y se clavó en la pared de la casa un autógrafo de San Ignacio; los duendes prendieron fuego al edificio por la noche, más los ciudadanos apagaron el incendio. Nunca se volvieron á presentar los duendes, quienes con los mismos medios fueron expulsados de otra casa.
CAPÍTULO XXI
LO QUE SE HIZO EN EL COLEGIO DE CÓRDOBA.
Ensanchóse el Colegio con nuevas construcciones; toda la iglesia, excepto las columnas, que parecían de mármol ó jaspe, quedó cubierta de elegantes pinturas, y tal, que pocas de Europa serán más bellas. Al pie de las columnas hay asientos trabajados con primor; la bóveda, cubierta de oro y colores, recrea la vista; el altar es de madera dorada con delicadas tallas. En él se colocó una imagen de la Virgen, insigne escultura de un artista español; concurrieron á tan solemne acto el Obispo, los eclesiásticos y numeroso pueblo. Debajo de ésta se hallan el cuerpo de San Epimaquio, que nos concedió generosamente el Papa Urbano VIII, y un crucifijo que tuvo San Ignacio en la mano al tiempo de morir; el General Mucio Vitelleschi lo regaló á la provincia del Paraguay. En la capilla de los novicios se puso una imagen de la Inmaculada Concepción: tal devoción le tenía una joven, que delante de ella hizo voto de castidad.
CAPÍTULO XXII
VIDA Y MISIONES DEL P. JUAN DÍAZ DE OCAÑA.
Por entonces murió este jesuita. Educado con esmero por sus padres, á los ocho años resolvió guardar la virginidad y entrar en alguna Orden religiosa para convertir indios. Luego profesó en la Compañía, y acomodó su vida á la vida de los santos; con sus bienes patrimoniales celebró espléndidamente la canonización de San Ignacio y San Francisco Javier; adornó nuestra iglesia con tapices de seda, y regaló preciosos ornamentos. En España mandó construir una rica custodia. Hizo al Colegio muchos donativos. En medio de sus continuas ocupaciones, siempre tenía el pensamiento en Dios. Defendió á los pobres y desamparados contra la fuerza de los poderosos, aun con peligro de perder la reputación. Toda su vida fué castísimo. Falleció en el año 1643, enfermo de tisis. Los misioneros que salieron de Córdoba contaban haber encontrado hombres que desde la conquista del Tucumán por los españoles no se habían confesado, y que al saber la llegada de los Padres, salían de sus cuevas con la cabellera larga y sin peinar, cubiertos de gusanos y de llagas; si repugnante era su cuerpo, aún más el alma: no parecían criaturas racionales, sino bestias; pero, en fin, Dios cuida de los animales y de los hombres. Se confesaron por medio de intérprete. Un viejo de cien años, que no había recibido la Penitencia desde los veinte, vivió tanto tiempo sin cometer graves pecados; contento con su mujer, la de ninguno deseó, ni quitó al prójimo los bienes; preguntóle un jesuita si creía en Dios; respondióle que sí; añadió el Padree «¿Sabes rezar?» Y contestó el anciano: «No conozco más oración que elevar al cielo las manos juntas y exclamar: ¡Dios, Dios, Dios! Esto es lo único que supe en mi vida.» Rogáronle que lo hiciera, y al verlo llamar al Señor con inmensa piedad, derramaron lágrimas los religiosos presentes.
CAPÍTULO XXIII
INTÉNTASE EN VANO ENTRAR Á LA PROVINCIA DEL CHACO.
En el Colegio de San Miguel murió el Padre Juan Francisco Olóriz; enfermó con ocasión de ejercer la caridad: había nacido en el reino de Navarra de padres nobles; fué virtuoso, sin que desmintiera con sus actos el lustre de su linaje; como era pobre, no dejó al Colegio otra cosa que el sentimiento de su pérdida. Se preocupaba con vehemencia de la salvación de las almas. Supo muy bien la lengua quichúa, y aprendió la tonocoté con esperanza de predicar en el Chaco. A este país marchó por disposición del Provincial el P. Ignacio Medina; llegado á los omaguacas (5), envió un indio sagaz llamado Lorenzo, á fin de que explorase los ánimos de los mataguayes, por cuya tierra tenía que ir al Chaco. Los mataguayes vivían en cuatro pueblos, regidos por caciques iguales en autoridad. Al principal de ellos habló Lorenzo y regaló varios objetos; consiguió que se celebrara una junta de los caciques, en la cual se discutió el asunto, y resolvieron por unanimidad, no solamente consentir la entrada á los jesuitas, sino también rogarles que los visitaran y allanarles los caminos; á Lorenzo encargaron que volviese á donde estaba el Padre Medina, le manifestase la gratitud de los indios por los obsequios recibidos, y le dijese que podía ir pasadas las lluvias, cuando los ríos disminuyesen de cauce, y pudiesen enviarle provisiones y acompañamiento; además, que si llevaba herramientas, les diese algunas. Divulgóse el acuerdo de los caciques y el pueblo saltó de alegría al saberlo; todos saludaban afablemente á Lorenzo. Una vieja y una moza pidieron vestidos: la primera para guardarse del frío, y la segunda para cubrir su honestidad. El asunto parecía casi terminado, pero nada se llevó á cabo; pues como no había suficientes misioneros que enviar á Calchaqui y al país de los omaguacas, el Provincial dispuso que el P. Medina desistiera de predicar en el Chaco y fuera al valle de Calchaquí hasta nuevas órdenes.
CAPÍTULO XXIV
COSAS MEMORABLES QUE SUCEDIERON EN EL VALLE DE CALCHAQUÍ.
Procuraba el demonio excitar los ánimos de los calchaquíes, y le ayudaban los ancianos, quienes tenían sobre los jóvenes grande autoridad. Aquellos indios seguían aferrados á las supersticiones: hasta los niños educados en la religión cristiana, una vez mayores, adoptaban las perversas costumbres de sus padres, confirmándose el adagio de «con los buenos, serás bueno, y con los perversos malvado.» Los caciques se oponían á que los jesuitas aprendieran su idioma. El diablo, amante de mezclar las cosas profanas con las sagradas, hacía que á los recién nacidos pusieran nombres gentílicos, de modo que luego se ignoraba si habían sido bautizados. No desanimaban por esto los misioneros, considerando que no se debe retroceder ante los obstáculos que se encuentren frente al Evangelio, y lo necesaria que es siempre la constancia; alegres y entusiastas sembraban las semillas de la verdad. El Padre Fernando Torreblanca visitó el valle Hualsín, vecino al de Calchaquí, y también las aldeas cercanas á Salta; por la malicia de sus habitantes sacó poco fruto, pues estaban fanatizados y eran de reprensibles costumbres. Algunos indios permitieron que en sus tierras se erigieran cruces y se construyeran capillas. El P. Parricio entró en los dominios de Utimba, poderoso cacique, y recibió de él pruebas de benevolencia: le acompañó, permitió que hablara con su mujer é hijos, oyó Misa en una capilla que edificó, y se cortó la cabellera. El cacique Chumbicha le salió al encuentro y le hizo honores parecidos. Mas, á decir verdad, no se podía esperar otra cosa que bautizar los niños que morían. Los Padres del Colegio de Rioja realizaron una expedición á los indios de los pantanos: confesaron á muchas personas y bautizaron otras tantas.
CAPÍTULO XXV
VIDA Y MUERTE DEL P. PEDRO MARQUÉS.
Trabajaban los misioneros del Paraná, lo mismo que años anteriores, en convertir á los infieles y confirmar á los neófitos; en el presente recibieron muchos el Bautismo: no sé el número exacto. En San José murió prematuramente el P. Marqués, natural de Bélgica, y de ingenio florido. Antes de profesar en la Compañía se negó á aceptar un alto cargo eclesiástico que le ofrecía un elevado personaje. Hecho el noviciado, enseñó Griego y Retórica en el Artois. Desde su niñez aspiró á ejecutar cosas grandes. Deseando recibir el martirio, varias veces escribió á los Superiores cartas escritas con sangre, en las que solicitaba ir á las misiones del Japón ó de las Indias. Incitábale á esto lo que su madre, el día que espiró, presa de delirio, exclamó, volviéndose hacia él que era á la sazón novicio: «Hijo, muero á gusto, porque el cielo me revela que serás Constante en la Compañía, y perecerás en la región de los antropófagos.» Acordándose de estas palabras, estaba convencido de que acabaría sus días degollado por los bárbaros, quienes lo devorarían luego; pero la madre no pronosticó el martirio, sino que moriría entre los indios. Era muy querido de la Virgen, quien le concedió excelente memoria; de muchacho le costaba trabajo retener la lección; después que rogó á María le diese entendimiento para que lo admitieran en la Compañía, solía estudiarse en sólo un día un largo poema ó un discurso; yo doy fé de esto como testigo que he sido. Nunca olvidó semejante beneficio; de continuo ensalzaba las prerrogativas de María. Fué puro en alma y cuerpo toda su vida; al morir hizo confesión general, y no se acusó de pecado mortal. Hablaba de Dios con tal entusiasmo, que demostraba el fuego de su corazón, y para alimentarlo traía á la mente el recuerdo de San Francisco Javier. Los hombres más notables de Bélgica lo consideraban casi santo. Murió á consecuencia de unas fiebres, de las que enfermó en la navegación al Nuevo Mundo, y se convirtieron en disenteria, que le duró dos años. Al espirar dijo: «¿Quién es esta mujer que se mezcla entre nosotros?» Un jesuita hizo ademán de arrojarla con el bastón; «Bien está,» añadió el P. Marqués, y pidiendo perdón de sus culpas dejó esta vida. Poco antes de acabar sus días supo que los misioneros del Paraná y Uruguay habían convenido en celebrar doce Misas por el que muriese de ellos, y entró en aquella Cofradía con objeto de que rogaran á Dios por él cuando espirase. Excepto el P. Cristóbal Altamirano, Rector de Mbororé, todos cumplieron lo pactado; decía éste que salía ganando el P. Marqués, y que no necesitaba sufragios. El P. Altamirano comenzó á tener sudores y á no poder dormir; en el templo de Mbororé se oían ruidos en el púlpito y en el techo, cual de un hombre que golpea; el altar quedó descubierto, y estos portentos se repitieron, de modo que se veía no eran fantásticos; el difunto se apareció en traje de jesuita al P. Altamirano, y éste celebró las doce Misas. Cinco semanas duraron los prodigios dichos, y se vió que los hombres virtuosos, después de muertos, tienen medios de castigar á los que faltan. El P. Boroa, ex-Provincial, se dolía de haber querido enviar á las misiones al P. Marqués antes de que acabara sus estudios. En Mbororé colocaron los indios en la iglesia una imagen de la Virgen de Santa Fé, llevada desde Bélgica por el P. Marqués; la veneran mucho, y los protege siempre: por ella se vieron libres de la peste que hubo estos años.
CAPÍTULO XXVI
COSAS QUE SUCEDIERON EN EL URUGUAY.
En la Concepción sudaron las imágenes de Cristo crucificado, de la Concepción, de San Pedro y San Pablo y de Santa Teresa. Para apartar los males que tal prodigio anunciaba, estuvo expuesto ocho días el Santísimo Sacramento, y se celebraron Misas en honor de la Virgen, con lo cual somos de opinión que se aplacó el cielo, pues por aquel tiempo nada siniestro ocurrió. Por entonces murió Nicolás Nienguiri, cacique distinguido en la paz y en la guerra; á él se debe la introducción del Evangelio en la provincia del Tape y en vastas regiones del Uruguay. Cuando ocurrió en el Caró la muerte del P. Roque González, calmó la muchedumbre alborotada y evitó mayores desgracias. En una peligrosa batalla que se dió contra los mamelucos, mandó el ala derecha y la salvó. A sus preclaras cualidades de general unía tanta suavidad de trato y tal fuerza de convicción, que nada se le resistía, de manera que sus vasallos le obedecían ciegamente. Persuadió á los neófitos de Tape que emigrasen para no ser esclavizados por los mamelucos, y luego se mostró generoso con ellos. Su conversación era agradable y llena de sales honestas y espontáneas; se le tenía como dechado de castidad. A sus funerales concurrieron los misioneros de las cercanías y los indios principales. Alguien afirmó que la conquista espiritual del Uruguay se debía en gran parte á Nienguiri. En el pueblo de Santo Tomás padecióse hambre; queriendo los neófitos demostrar que no desconfiaban de la Providencia, el día del Corpus, en la procesión, arrojaron por el suelo trigo, legumbres y cuantas provisiones tenían, como para excitar con esto la liberalidad del Señor, infinitamente mayor que la humana; en lo sucesivo se mitigó el hambre, pues la cosecha de cereales fué abundantísima el año siguiente.
CAPÍTULO XXVII
EL PROVINCIAL FRANCISCO LUPERCIO VISITA LA REGIÓN DE ITATÍN.
Gracias á los desvelos de seis misioneros dirigidos por el P. Justo Vanfurk, obtúvose rica cosecha espiritual en Itatín. Fué allí el Provincial por la frontera de los payaguaes, y su presencia sirvió de mucho. Una reducción dedicada á San Benito fué trasladada á sitio más conveniente, y cambiósele el nombre por el de San Ignacio. Otra era llamada Santa María de Fe. Dirigióse el P. Vanfurk á varios parajes, donde halló bastantes indios; pero todos echaban á correr cuando lo veían, reputándolo por cazador de hombres. Pudo coger á dos de ellos, y díjoles que no era lo que presumían, sino misionero dedicado á procurar la salvación de las almas. Sabiendo esto los demás bárbaros, saltaron de alegría y contaron al P. Vanfurk cómo cuarenta años antes habían visto al Padre Bárcena, á quien rogaron que les enviara sacerdotes. Ofrecieron reunirse en un pueblo, añadiendo que las tribus vecinas imitarían se conducta: en efecto, así aconteció, y muchos indios de las cercanías abrazaron nuestra fe; en señal de esto se cortaron la cabellera. El P. Vanfurk, ufano con tan risueñas esperanzas, marchó á Itatín, donde el Provincial visitaba la reducción en cumplimiento de su cargo, y dejó la hoz en ocasión que iba á comenzar la siega. Cuando se retiró el Provincial tornó á continuar sus labores, y encontró que el número de personas reducidas era crecido.
CAPÍTULO XXVIII
EXPEDIClÓN QUE SE HIZO Á VILLARICA.
Hablaré de las misiones que tuvieron lugar en Villarica. Ochenta leguas dista de la Asunción, ciudad de donde salieron los misioneros; el mayor obstáculo que hallaron en el camino fué atravesar un lago de tres leguas de anchura, con el agua á la cintura; la lluvia les mojó el resto del cuerpo; llegados á una isla que se alza en medio, estuvieron dos días sin quitarse las ropas, caladas de agua, mientras oían el rugido de los tigres que por allí daban vueltas. Los víveres se corrompieron con la humedad; aquella tierra no criaba sino sapos y mosquitos, cuya picadura molestaba en extremo; el aire era malsano, y todo parece que estaba dispuesto para que la paciencia se ejercitase con el sufrimiento. Pasado el lago, hubo que hacer otro tanto con un río, crecido por las avenidas, y tanto, que entonces no se podía vadear; con harto peligro lo atravesaron; en lo restante del camino hallaron otras corrientes no menos incómodas; los indios conducían nadando la barca sobre sus espaldas. Llegados á la reducción de Acaray, y luego á Villarica, vieron que la peste desolaba este pueblo. Los religiosos se dispusieron á prestar sus auxilios, y trabajaron sin descanso día y noche. Después que la pestilencia desapareció de la ciudad, se esparcieron por los campos inmediatos, siendo de mucha utilidad. El P. José Domenech falleció atacado de la epidemia. Había nacido éste en Valencia, y tenía en su niñez tal aire de inocencia, que cuando algún pintor quería representar un hermoso ángel, lo tomaba por modelo. Antes de cumplir los catorce años entró en la Compañía; hizo sus estudios de Filosofía, y acabados, navegó al Paraguay; sin cursar Teología fué destinado á las misiones de los indios; estuvo en el Uruguay y en el Guairá; trabajó en la traslación del pueblo de la Purificación, y siendo Rector de éste se mostró digno de altos cargos. Viendo sus Superiores que tenía excelente ingenio y que se habían equivocado en el juicio que acerca de él formaron, insistieron en que aprendiese la ciencia teológica para que hiciera los votos solemnes en la Compañía; no lo consiguieron, pues tenía el ánimo atento exclusivamente á la eterna salvación de los indios. Ocupado en esto, pasó á mejor vida; he aquí cómo refiere su muerte un sacerdote en carta al Rector del Colegio de la Asunción: «Santamente acabó sus días el P. Domenech, mostrando en su agonía la magnanimidad de San Pablo; después que yo le administré los Sacramentos, abrazóse á un crucifijo, y mirando al cielo, exhaló el último suspiro; su rostro nada se alteró, de manera que parecía estar dormido; repartiéronse los circunstantes muchas cosas tocadas al cuerpo de nuestro difunto.» Hay quien afirma que éste se apareció y dió nuevas de su beatitud: no lo creo probado. El P. Miguel Gómez luchó con la peste, y aunque estuvo gravísimo, recobró la salud; reparadas sus fuerzas, volvió al punto de partida cargado de laureles.
NOTAS
3- Acerca de los abipones es notable la siguiente obra: Historia de Abiponibus, equestri bellicosaque Paraquariae natione. Authore Martino Dobrizhoffer. Viennae, Typis Josephi Nob. de Kurzbek. Año 1784. Tres volúmenes en 8º. con dos mapas.– (N. del T.)
4- La Compañía, que ya cuenta cien años, triunfa guiada por la Piedad y acompañada de la Sabiduría.
5- Homoguacas llama á estos indios el Padre Lozano en su Descripción chorográphica del Gran Chaco Gualamba, pág. 119. Son los mismos que se designan con el nombre de omaguas en el lib. I, caps. VI, VII y VIII de la presente HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.– (Nota del T.)