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BIBLIOTECA PARAGUAYA

 

HISTORIA

DE LA

PROVINCIA DEL PARAGUAY

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

 

POR

EL P. NICOLÁS DEL TECHO

 

VERSIÓN DEL TEXTO LATINO

POR

MANUEL SERRANO Y SANZ

 

 

MADRID

LIBRERÍA Y CASA EDITORIAL

A. DE URIBE Y COMPAÑÍA

Asunción del Paraguay

1897

 

EST. TIP. DE LA VIUDA É HlJOS DE TELLO

Impresor de Cámara de S. M. y de la Real Acad. de la Hist.

Carrera de San Francisco, 4.

 

 

TOMO QUINTO

LIBRO DUEDÉCIMO

 

CAPÍTULO PRIMERO

VIDA Y VIRTUDES DE LOS PP. CÉSAR GRACIÁN Y BLAS GUTIÉRREZ.

En el mes de Enero del año 1637 falleció el P, César Gracián, nacido en Bovini, población de la Apulia. Era hijo de D, Iñigo Guevara, señor de Bovini, y entró á gusto de su padre en la Compañía, de la cual fué ornamento. Hizo en Nápoles el noviciado y sus estudios de Filosofía; luego solicitó, aunque en vano, ir á Constantinopla. Enviado al Paraguay, explicó en Córdoba tres años los libros de Aristóteles y diez Teología. Nadie dudaba que el ser Catedrático no le agradaba, pues no podía disimular sus deseos de consagrarse á la evangelización de los indios. Pero los Provinciales querían utilizar los servicios del P. Gracián en la enseñanza, pues con sus palabras, ejemplos y virtudes educaba maravillosamente la juventud. Impedido de hacer largas excursiones, iba con frecuencia á las cercanas aldeas de los indios; durante la peste cuidó igualmente de españoles, indios y negros: entonces contrajo una grave dolencia, de la cual murió. Tan sensible como esta pérdida fué la del P. Blas Gutiérrez. Era castellano; ya en edad madura navegó á las Indias, y se puso al servicio del Arzobispo de Lima, Toribio de Mogrovejo; al fallecer éste, marchó con el gobernador Don Alonso de Ribera á Chile, donde ingresó en la Compañía. Desempeñó en Córdoba por espacio de veinte años, y laudablemente, el cargo de enfermero. Tuvo muchas virtudes y especialmente inagotable caridad. Con los de casa y de fuera de ella ejercía los más humildes oficios, y tal se portó, que alcanzó fama de santo. Imitando á San Francisco Javier, más de una vez chupó el pus de las úlceras. Había un indio tan sucio y con llagas tan mal olientes, que cierto religioso se puso malo al visitarlo; el P. Gutiérrez, no solamente cuidó al paciente, sino que se aplicó á la boca un emplasto lleno de materia. Con ocasión de cuidar á un fraile dominico, se contagió de la enfermedad que éste padecía, y estuvo algunos años con el cuerpo cubierto de úlceras dolorosas; sin embargo, continuó ejerciendo sus caritativas obras, hasta que, agravándose su padecimiento, pasó á mejor vida.

 

CAPÍTULO II

CONGREGACIÓN PROVINCIAL QUE SE CELEBRO EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA.

Al concluir el año en la Congregación provincial, fué elegido procurador el P. Francisco Díaz Taño. El Obispo del Tucumán, Don Melchor de Maldonado, escribió al Provincial deplorando el lamentable estado de la diócesis y rogándole que la Compañía se encargara de la cura de almas en los pueblos de indios, que se veían faltos de auxilios espirituales, y para que accediese, concedió á los Padres que eligiera facultades amplísimas. Además, por conducto del P. Díaz Taño, envió una carta al rey, cuyo compendio es el siguiente: «Vuestra Majestad Católica escribió á mi antecesor para que le expusiera las necesidades del Tucumán, á fin de remediarlas. Yo cumpliré este mandato, y con facilidad, pues he recorrido las tres cuartas partes de tierra tan vasta. En el Tucumán, que mide cuatrocientas leguas de longitud, hay ocho poblaciones de españoles y algunos millares de neófitos diseminados en extensas regiones, los más de los cuales, por no tener sacerdotes que los doctrinen, abandonan la religión cristiana y vuelven á sus primitivos errores. Otros países están habitados por innumerables infieles. En cuanto á los neófitos sumisos, se cuentan ocho regiones sin sacerdote alguno, y sin esperanza de tenerlo, pues hay uno tan sólo en cada pueblo de españoles. Yo no puedo estar en todas partes; así que muchas almas redimidas con la sangre de Cristo, y de las cuales debemos responder vos y yo, se pierden. Los sacerdotes que residen en las poblaciones de neófitos, son ineptos en su mayoría. Los frailes son pocos y apenas pueden cumplir las obligaciones de su Orden. Debemos procurar que la Compañía de Jesús se encargue de gobernar las parroquias, pues sus hijos velan día y noche por la salvación de indios y españoles. Ahora, en la Congregación provincial que la Compañía ha celebrado en Córdoba, pedí que jesuitas selectos fueran á la provincia del Chaco para conquistarla, no con armas, sino con la espada de la divina palabra, y que los de las ciudades salgan con frecuencia á las aldeas indias y quintas de españoles, y ejerzan el ministerio sagrado. Aunque el Provincial teme que por esto padezcan las mismas persecuciones que en el Paraguay, ha prometido que sus religiosos recorrerán el Tucumán; y como en este caso quedarán desiertos los Colegios, ruego á Vuestra Majestad que envíe á mi diócesis cuarenta jesuitas con el Procurador que vendrá pronto; yo los mantendría de buen grado si mis rentas fuesen mayores.» Hasta aquí el Obispo Maldonado. En la Congregación provincial se acordó hacer una expedición al Chaco. El P. Antonio Ruiz, testigo de las invasiones del Tape y el Guairá, fué enviado á España para sustituir al P. Díaz Taño é interceder con el monarca y con el Consejo, á fin de evitar en lo futuro que los mamelucos siguieran devastando la afligida provincia del Paraguay; como ya no hablaré más del Padre Ruiz, concluiré de referir su vida y diré algo de sus virtudes.

 

CAPÍTULO III

ÚLTIMOS AÑOS DEL P. ANTONIO RUIZ.

Habiendo salido del puerto de Buenos Aires juntamente con el P. Francisco Díaz Taño, después de feliz navegación llegó á Río Janeiro, en el Brasil. Allí permaneció medio año, y quiso Dios que predicase con fruto en los pueblos de los mamelucos y de sus fautores; algunos desistieron de dedicarse á cautivar hombres. Las autoridades les entregaron escritos auténticos en los que condenaban las atrocidades de los mamelucos, y tan importantes que resolvió presentarlos al rey Católico. Embarcóse con rumbo á Portugal, y en la travesía apaciguó los ánimos de los marineros, dispuestos ya á dirimir sus controversias por medio de la fuerza. Desde Lisboa fué á Madrid, donde enfermó gravemente, y recobró la salud, según se cree, por la intervención de San Ignacio. Mostrósele propicio el monarca, naturalmente inclinado á socorrer á los indios y lamentarse de sus desgracias. Leyó á éste un cuaderno en que tenía apuntadas las crueldades de los mamelucos, y solicitó que se reuniera una Junta de Consejeros de España y Portugal para que, enterados del asunto, remediaran tan grandes males. He aquí lo que pidió el P. Ruiz: que se cumpliese la Real cédula dada en Lisboa el año 1611, por la que se condenaba el servicio personal de los indios, y que se impetrara del Sumo Pontífice la confirmación de los Breves de Paulo III y Clemente VIII, que prohibían lo mismo; que los infractores de estas disposiciones estuvieran sometidos á la jurisdicción del Santo Oficio, y restituyesen la libertad á los indios; que los mamelucos fuesen castigados, por ser autores de graves delitos: todo esto lo aprobó Su Majestad por una cédula, de la que se desprende cuán piadoso era el Rey; pondré aquí un extracto: «Habiendo los mamelucos destruído los pueblos fundados en el Guairá por la Compañía de Jesús y cautivado cerca de treinta mil personas, continuaron sus devastaciones por la provincia del Tape, y amenazaron invadir la del Uruguay, vendiendo los indios como esclavos, contra el derecho de gentes y contra las leyes. Nos, queriendo castigar tales desmanes cual es debido y evitarlos en lo sucesivo, declaramos que las incursiones de los mamelucos han sido injustas, opuestas á los mandamientos de Dios y del rey, y que no se pueden repetir sin desdoro de la religión. Manifestamos que el conocimiento de semejantes delitos queda reservado al Tribunal del Santo Oficio, y ordenamos que todos los indios reducidos á esclavitud sean libres; quienes hagan lo opuesto serán considerados reos de lesa majestad, y pagarán su culpa con la vida y la confiscación de bienes.» Otras cosas loables decretó el monarca. Solicitó además el P. Ruiz que los indios reducidos por la Compañía en las provincias del Paraná, el Guairá, Tape y Uruguay, no estuviesen obligados al servicio personal ni á pagar contribuciones, y que los nuevamente convertidos hasta los veinte años de haber recibido el Bautismo no soportasen impuestos. En Madrid imprimió una gramática y vocabulario de la lengua guaraní, y en el mismo idioma un catecismo. Con sus oraciones devolvió la salud á una mujer poseída por tres legiones de diablos (1). Convirtió á un ateo, y le ayudó á bien morir. En el Real Palacio se granjeó el afecto de los magnates, y obtuvo cuanto quiso. Acabados sus asuntos, volvió á Lisboa, donde supo que los mamelucos habían de nuevo asaltado las reducciones, y también las turbulencias de Río Janeiro, la expulsión de los jesuitas de San Pablo y el cautiverio de los neófitos, de cuyos sucesos me ocuparé más adelante. Tornó á Madrid, y solicitó del Rey otras cartas, en las que se ordenaba á los gobernadores y restantes autoridades que tomasen medidas eficaces en defensa de los indios; provisto de ellas, se embarcó en Sevilla; llegado á Lima, con la protección del Virrey hizo que las órdenes de Su Majestad se cumplieran en cuanto era posible. Detúvose en Lima algunos años, y sirvió de mucho para defender la Compañía contra sus adversarios. Luego fué al Tucumán, mas el Provincial le escribió diciendo que regresara á Lima; en la ida y vuelta anduvo mil leguas; allí interpuso su mediación con los Virreyes y otros magistrados en favor de los neófitos. Falleció el año 1652, á los setenta de su edad, con fama de santo. Llevaron su cadáver en hombros el Virrey del Perú y los Oidores. No faltaron prodigios que atestiguaban su santidad. El venerable mercenario Fr. Pedro Urraca y otro religioso afirmaron haber visto cómo el alma del P. Ruiz volaba al cielo apenas abandonó su cuerpo.

 

CAPÍTULO IV

VIRTUDES Y HECHOS MEMORABLES DEL P. ANTONIO RUIZ.

Con frecuencia recibió inspiraciones de Cristo para arreglar su vida. Con aumento del amor divino aprendió por revelación muchas cosas tocantes al estado de los bienaventurados, á los atributos del Señor y á otros misterios. Tenía familiar trato con la Reina de los cielos, de la que obtenía salud, consuelo, defensa y consejos cuando enfermaba, estaba triste, combatido ó vacilante. Dos veces lo curó San Ignacio, y otras tantas le reprendió, pues hallándose en cama con una pierna al aire, Cristo, que lo veía, dijo á San Ignacio: «¿Este es de la Compañía?» Respondió el santo: «Si es jesuita, ¿por qué no está en el lecho con mayor decencia?» Dichas estas palabras desapareció San Ignacio. Jamás acabaría si quisiera enumerar sus celestiales ilustraciones, sus conversaciones interiores con Dios, las conciencias que iluminó, los efectos estupendos de su oración y otras cosas análogas: por no ser difuso, remito al lector á lo que escribió su panegirista, Francisco Xarque, con elegancia inusitada. Sí diré que tanto lo estimaba todo el mundo, que hasta el rey se complacía en hablar con él. En el palacio del monarca y en el de los virreyes peruanos se atrajo el afecto de los magnates. El Obispo del Cuzco lo alabó, afirmando que virtud como la suya se veía raras veces. El Obispo de Guamanga quiso llevárselo á su diócesis, y le ofreció una renta de cuatrocientos escudos de oro. Y estas distinciones las merecía por sus grandes méritos: día y noche se abrasaba en el amor á Dios y á los hombres, sobre lo cual escribió un librito, aprobado por eminentes personas en América. Tal amor le hizo llevar á cabo notables empresas sin reparar en peligros de ningún género. Gracias á él se construyeron en el Guairá diez reducciones de neófitos. Cuando la emigración, estableció á los indios en pueblos nuevos. Procuró con todas sus fuerzas aumentar el culto divino y el número de los cristianos, y socorrer á los desgraciados y á la Compañía en sus aflicciones. En Lima supo por revelación del cielo que no era llamado á ejercer su ministerio en los palacios, y se dedicó por completo al servicio de los indios. El tiempo que tenía libre lo empleaba en la soledad orando fervorosamente y en coloquios con el Creador. Algunas veces sintió que su ángel custodio le excitaba á rezar. Vestía un traje de algodón mal teñido. Hacía consistir la excelencia de la pobreza en privarse aun de los goces lícitos de alma y cuerpo; cuando su corazón se inundaba de alegrías celestiales, deseaba carecer de ellas. Su castidad fué angélica; con la gracia divina hasta durmiendo repelía las tentaciones de Satanás. Un ángel le reveló que cierta mujer le miraba con fines deshonestos, y entonces la despidió con palabras ásperas. Llamado para ver á cierta joven enferma, no quiso poner la mano en las úlceras de la paciente, sabiendo que bajo la yerba se escondía la serpiente. Ya he referido cómo dejó que las hormigas le picasen para mortificar su carne. Yendo más allá de lo prescrito en los ejercicios de San Ignacio, comía pan solamente. Y baste con esto de las virtudes del P. Antonio Ruiz.

 

CAPÍTULO V

DESTRUCCIÓN DEL PUEBLO DE SAN JOAQUÍN

Habiéndose embarcado para España el Padre Antonio Ruiz, quedó al frente de las misiones del Uruguay, Paraná y Tape el P. Diego de Alfaro, varón de edad no avanzada, y de ánimo vigoroso, cual hacía falta por entonces, dada la situación de dichos países, donde ocurrieron muchas cosas adversas. La primera fué despoblarse la reducción de San Joaquín, situada en el Tape, pues tratando los misioneros de que emigrasen los neófitos al Uruguay para librarlos de los mamelucos, casi todos se opusieron, huyendo unos y conjurándóse otros contra los Padres, de modo que se tomó la resolución de quemar el pueblo, á fin de que sus habitantes se vieran en la precisión de salir de él; muchos se establecieron en Caasapaguazú y otras poblaciones gracias á las exhortaciones del P. Arenas; otros fueron conducidos por los PP. Juan Suárez, Francisco Jiménez y Pedro Romero á Santa Teresa. A causa de varios tumultos que ocurrieron, no fué posible reunir en un pueblo los emigrados de San Joaquín, y así éste dejó de existir á los tres años de su fundación; sus neófitos se agregaron á otras reducciones, ó huyeron á las selvas y cayeron en poder de los mamelucos. Seiscientas familias habían reunido los misioneros en San Joaquín y bautizado las más de ellas.

 

CAPÍTULO VI

ASALTAN LOS MAMELUCOS LA REDUCCION DE SANTA TERESA.

Mayor aún que la calamidad pasada fué la que sobrevino cuando los mamelucos se apoderaron del pueblo de Santa Teresa. Tenía esta reducción cuatro mil almas, y eso que la peste había hecho notables estragos; en cuatro años no cumplidos bautizaron allí los misioneros cuatro mil quinientas cuarenta y cinco personas; los gentiles acudían para recibir la fe, y se esperaba fundar nuevos lugares á orillas del Tebicuarí y otros ríos, además de la Visitación. Mas á fines del año, doscientos sesenta mamelucos, apoyados por numerosos tupís y otros indios; cayeron de repente sobre Santa Teresa, y destruyeron todo lo que se había conseguido á fuerza de trabajo. Los neófitos, inferiores en armas y soldados á los enemigos, se entregaron sin lucha, y fueron cargados de cadenas; algunos lograron huir; los bandidos sujetaban á los cautivos con el miedo y dedicábanlos á trabajos forzados; el P. Francisco Jiménez no pudo rescatar, aunque con vivo empeño lo intentó, á sus queridos hijos en Cristo. El día de la Natividad del Señor, los mamelucos fueron á la iglesia como hombres piadosos, llevando en las manos velas encendidas; quiso el P. Francisco Jiménez reprender sus desmanes, y lo insultaron groseramente. Solía referirme el P. Juan de Salas que tanto sintió el cautiverio de los neófitos, que no pudo en algunos días probar el alimento. Solamente lograron los misioneros dar libertad á dos muchachos para que les ayudasen en las funciones sagradas, con los cuales, después de haber escondido los objetos del culto, emprendieron la marcha al Uruguay, atravesando un desierto de setenta leguas; en el camino se mitigó algo su pena al ver los neófitos que huían de Santa Teresa; congrególos el P. Jiménez, y los llevó al Paraná, donde se establecieron en Itapúa; allí fueron recibidos caritativamente; aún residen en esta población. Un hecho singular acaeció en Santa Teresa el 18 de Diciembre del año pasado, y es que cierta imagen de María Santísima lloró con el ojo que tenía hacia el Brasil; en el mismo mes y día del año siguiente fueron los neófitos apresados por los mamelucos. Sin duda alguna la Virgen lloraba al ver la próxima desgracia de sus hijos. La reducción de la Visitación, dependiente de Santa Teresa, quedó sin gente por temor á los bandidos; las demás del Tape se despoblaron igualmente que ésta ó se aprestaron á la defensa.

 

CAPÍTULO VII

[Roto] HUBO EN LA PROVINCIA DEL TAPE.

Los neófitos de Santa Ana, reducción situada al otro lado del río Igay, sabiendo que los mamelucos estaban cerca, se dispersaron por miedo de perder la libertad, sin pedir antes consejo á los Padres. Los que permanecieron en el pueblo acusaban de traidores á los misioneros, diciéndoles que fundaban grandes reducciones con pretexto de religión, y en realidad para entregarlas á los bandidos. «Hasta hoy, continuaban, nosotros y nuestros antepasados hemos vivido en esta región, seguros de los europeos; después que han llegado los misioneros, nada tenemos sino cadenas, destierros, emigraciones, muertes y otras calamidades.» Las sospechas de los neófitos se hacían mayores con las imposturas de los bandidos, quienes afirmaban estar de acuerdo con la Compañía, y que ésta y ellos tenían iguales fines: reducir los indios y luego esclavizarlos. Tan desconfiados de los Padres se mostraban los neófitos en el Tape como antes en el Guairá. En más de una ocasión trataron de matar á los misioneros; el P. Agustín Contreras estuvo á punto de ser asesinado por un cacique. Recorrió los pueblos del Tape el P. Diego de Alfaro para que los neófitos los abandonasen, y fué recibido por muchos amigablemente; pero los de Ararica, posponiendo los sanos consejos, replicaron neciamente que antes querían ser cautivos de los mamelucos que emigrados en el Uruguay. El dicho lo confirmaron con los hechos, pues muchos se escondieron en los bosques, y sacrílegamente se repartieron el altar portátil del P. Diego de Alfaro y los demás vasos sagrados. En San José el P. Cataldino sufrió vejaciones de parte de un cacique, quien siendo cristiano mantenía relaciones ilícitas con cierta mujer; ésta, gracias á las exhortaciones de dicho religioso y movida por el Señor, se casó con un neófito; irritóse tanto el cacique, que, reunida numerosa clientela armada, amenazó con la muerte al P. Cataldino. Este, sin intimidarse, puesto de rodillas, mostró el pecho, con ánimo de ser herido antes que revocar lo hecho. El mismo cacique había insultado antes al P. Romero é intentado asesinarle; los neófitos lo apresaron y expulsaron del territorio; por fin se arrepintió. En muchos lugares los Padres no se atrevían á castigar los delitos, no fuera que los indios se alborotasen. Los ánimos estaban intranquilos por el miedo á los bandidos y el recelo que tenían de los religiosos.

 

CAPÍTULO VIII

REFIÉRENSE VARIOS SUCESOS DEL URUGUAY.

No era más satisfactoria la situación del Uruguay. Los habitantes de Caasapamini, quienes, temiendo la invasión de los mamelucos, se habían retirado al Paraná, perdida la esperanza de volver á su patria, edificaron iglesia y casas á orillas de aquel río con auxilio de los neófitos de Itapúa; el nuevo pueblo conservó su titulo de la Purificación. Los de Caró, ayudados por los de Loreto y San Ignacio, se establecieron igualmente en las riberas del Paraná. Los de Caasapaguazú y Caapi, diseminados por los campos y en parte reducidos á cautiverio, secundaron los propósitos de los Padres, quienes procuraban conservar los restos de las reducciones destruídas, llevando á las demás poblaciones los neófitos que andaban errantes por miedo á los enemigos ó que deseaban tornar á su país. En medio de tales turbulencias, se presentaron muchos bárbaros á recibir la fe: en Piratini, como consta de documentos auténticos, doscientos diez y ocho; en San Javier, doscientos dos; en Ibitiracua, ciento setenta; en Mbororé, ciento cinco; en Ararica, quinientos setenta y ocho; en San Miguel, trescientos ochenta y cuatro; en San José, trescientos setenta; en Santa Teresa, setecientos noventa; en Itapúa, ciento quince; en Caasapamini, noventa y nueve; otros muchos en San Cosme y Damián y restantes pueblos; todos ellos fueron bautizados.

 

CAPÍTULO IX

MUERE EL P NICOLAS HENARD; SUS ALABANZAS.

Triste fué este año para la provincia de Itatín: los mamelucos asaltaron las reducciones fundadas por la Compañía, y falleció el Padre Nicolás Henard, distinguido misionero. Según hemos visto, había quedado él solo desde el año anterior en Itatín, después de espirar el P. Diego Rançonnier; enfermó y á cien leguas de la Asunción, soportó el peso de administrar dos reducciones; antes de que volviera del Paraguay el P. Justo Vanfurk, pasó á mejor vida sin el consuelo de recibir los Sacramentos en la última hora. Su muerte fué parecida á la de San Francisco Javier por esta circunstancia. Mucho habría que decir de sus virtudes; pero seré breve. Nació en Toul de la Lorena, de nobles padres; en su juventud se entregó al estudio de las artes liberales y á la equitación; cansado del mundo, sintió deseos de ingresar en religión. Indeciso acerca de qué Orden escogería, suplicó á la Virgen le iluminase, y conoció que Dios quería que profesara en la Compañía; durante cinco años lo solicitó, y siempre obtuvo respuesta negativa por temor de que sus padres se opusieran. Viendo el Provincial tanta constancia, se decidió á admitirlo, no obstante las reclamaciones de su familia. Su madre, al saber esto, enfermó de pena y no comió en muchos días. Nicolás, firme en sus pensamientos, cerró los oídos y no hizo caso de las amenazas de su padre y de las lágrimas de su madre. Solicitó con humildad ser Coadjutor, y mereció ser incluído entre los escolásticos. Sin acabar los estudios teológicos, inflamado en ansias de predicar á los indios, no paró hasta que el General Mucio Vitelleschi lo destinó á las misiones de América. Repugnaba esto á los jesuitas principales de Francia, quienes deseaban tenerlo á su lado, ya que se distinguía por su nobleza, ingenio y virtudes; pero él mostró la misma firmeza que antes y venció los obstáculos que se le oponían. De camino para las Indias, vió en Burdeos al Cardenal de Lorena y al Rector del Colegio, quienes le dieron excelentes consejos. Dejó buenos recuerdos en Francia, España y Portugal al pasar por estos reinos. Atraíase el cariño general con su modestia, caridad y sencilla alegría. En la navegación y en el puerto de Buenos Aires cuidó a los enfermos. Apenas llegó al Nuevo Mundo, pidió ser enviado á convertir indios, Sin acabar los cuatro años de Teología, quiso renunciar á emitir en su día los cuatro votos, mas no se lo permitieron; permaneció en la ciudad de la Asunción el tiempo necesario para imbuirse en la buena doctrina y en las virtudes: por fin marchó al Guairá. Allí aprendió en breve los idiomas del país, y trabajó con excelentes resultados. En la región de Tayaoba emuló las glorias de los misioneros veteranos. Cuando tuvo lugar la emigración de los neófitos se distinguió por su celo, y tanto que le encargaron la fundación de la provincia de Itatín, donde echó los cimientos del pueblo de San José, y lo gobernó hasta que los mamelucos lo destruyeron; con peligro de su vida salvó cuantos indios pudo en aquella calamidad. Juntamente con otros que redujo, los estableció en una nueva población. Difícil es contar los gentiles que bautizó, sacándolos de sus antros y bosques, y las aldeas apestadas que recorrió. Cuatro años estuvo en Itatín, en cuya reducción enfermó de un tumor interno, que se le reventó, de tal manera que se le veían las entrañas. Ningún sacerdote le consoló al morir; acabó sus días con suave paz. Ya muy grave, lo visitaron algunos payaguaes, hombre ferocisimos, y compadecidos del pobre jesuita, le dieron víboras asadas, alimento ordinario de aquella gente; rehusó aceptarlas, y espiró en breve. El día que murió pronunció estas palabras: «No veré más esta luz: así me lo ha concedido el Señor.» Su cama era el duro suelo cubierto de paja. Los neófitos dispusieron enterrar su cadáver en una capilla hecha de lodo y cañas, tan pequeña, que apenas cabían tres personas. Contaba á los demás religiosos que ingresó en la Compañía y navegó á las Indias sin complacencia humana y solamente por agradar á Dios. Temía que sus buenas obras fueran infructuosas, por estar largamente recompensadas con las alegrías celestiales que experimentaba. Siempre durmió en el suelo. Con frecuencia iba sin camisa, y á fin de que no pareciese vanagloria, llevaba cuello de lienzo. Casi nunca probó la carne: si alguna golosina le daban, la dejaba pudrir sin tocarla. Conservó la castidad entre gente desnuda, con disciplinas, ayunos y oraciones continuas. Navegando en cierta ocasión por el río Paraná, envolvió en su manta á un indio enfermo y él durmió sin arroparse. Nadie fué más pobre que él ni más obediente á los Superiores. Gustaba de los cargos humildes; disimulaba con alegría externa sus tristezas, y tenía por único remedio de éstas la veneración al Santísimo Sacramento, Muerto el P. Henard, quedó solo el Padre Justo Vanfurk en Itatín, hasta que fué en su ayuda el P. Vicente Badía.

 

CAPÍTULO X

ALGUNOS HECHOS DE LOS JESUITAS DE CÓRDOBA EN EL TUCUMÁN (1638).

Salieron varios misioneros del Colegio de Córdoba, y después de andar en dos meses doscientas leguas, visitaron los pueblos que hay en la jurisdicción de la ciudad mencionada, de Rioja y de Estero; arrancaron de las uñas del demonio muchas almas, administrándoles el Bautismo y otros Sacramentos. Fué notable la conversión de un indio manchado con feos sacrilegios: éste vió en sueños que Cristo, le reprendía por haber despreciado los consejos de sus sacerdotes, y lo entregaba á Satanás que lo acusaba; estando cerca de perecer eternamente, imploró el auxilio de los Angeles, especialmente del Custodio; después de recibir sendos azotes de los diablos, arrepentido, volvió en sí. Despertó, y para que no creyese ser un vago sueño lo pasado, tuvo algunos días dolores á consecuencia del vapuleo; se confesó, y recobró la amistad del Señor. En la misma excursión hallaron los jesuitas un viejo que ni antes ni después del Bautismo había pecado mortalmente. En Córdoba murió el P. Francisco de la Puebla, natural de la villa de igual nombre, en España. Fué soldado en Lisboa á servicio del rey Católico; pasó luego á Chile, donde alcanzó el grado de alférez, y se distinguió en la milicia. Después ingresó en la Compañía, despreciando las ofertas que le hacían otras Ordenes, y se contentó con el grado de Coadjutor. Acabado el noviciado, por espacio de muchos años enseñó las primeras letras á los niños; adquirió tal suma de virtudes y tal familiaridad con Dios, que era reputado por uno de los jesuitas más santos. En Villarica falleció, á los veintiséis años de edad, el P. Gabriel Brito, de quien se cuenta que, pudiendo ser sacerdote por su ilustración, rogó humildemente ser admitido entre los Coadjutores temporales.

 

CAPÍTULO XI

VARIAS EXCURSIONES QUE SE HICIERON POR EL TUCUMÁN (1635).

Los jesuitas del Colegio de Rioja trabajaron con provecho entre los indios de Pasipama, rebeldes en años anteriores, y ya sometidos por el valor de los españoles. Desde allí fueron á siete aldeas de bárbaros, situadas en las cercanías de Londres y recogieron abundante mies; luego se dirigieron á una tribu feroz sin resultado alguno, pues dados aquellos indios á la embriaguez y á las supersticiones, no admitían los sanos consejos. Acostumbraban estos gentiles, igual que los romanos, á llevar plañideras en sus funerales. No cerraban los ojos de los muertos, sino que se los dejaban abiertos, pues creían que les era necesario esto para seguir el camino del Paraíso. Por la misma causa les ponían al lado sus utensilios y manjares. No enterraban los cadáveres, sino que los colocaban encima de la tierra en un sarcófago alto. Rociaban los frutos nacientes con sangre de fieras, á fin de que la cosecha fuera excelente. Los hechiceros los tenían convencidos de que fallecerían si escuchasen á nuestros sacerdotes, por lo cual huían de ellos como de serpientes. Natural es, en vista de esto, que los jesuitas hicieran poco de provecho. Los religiosos de San Miguel asistieron á los apestados, con grave peligro de su vida; fueron á sitios remotos, y percibieron no escaso fruto. Los del Colegio de Estero, convertidos en pescadores de hombres en los ríos Dulce y Salado, convirtieron numerosas almas. Los del Tucumán, secundando los deseos del Prelado, y provistos de amplias facultades que éste les dió, hicieron cosas de provecho. Se distinguía por su celo el P. Gaspar Osorio, mártir más adelante; antes de ir al Chaco fundó un pueblo en la tierra de los ocloyas.

 

CAPÍTULO XII

FUNDASE UNA REDUCCIÓN EN EL PAÍS DE LOS OCLOYAS.

Los ocloyas residen en las fronteras del Perú y del Tucumán, en la jurisdicción de Jujuí. En años anteriores los visitaron frailes franciscanos por mandato del Obispo y les predicaron; un religioso de otra Orden bautizó algunos indios; mas con el transcurso del tiempo, gentiles y neófitos, hechos esclavos de Satanás, vivían diseminados sin tener sacerdotes ni recibir Sacramentos. Un tal Ochoa, rico santanderino, encomendero de los ocloyas, solicitó los auxilios del P. Gaspar Osorio, que se preparaba á entrar en el Chaco, pues sabía que sin falta cruzaría por el país de dichos indios. Lo que sé de éstos se reduce á que eran de carácter pacífico, y enemigos de hechiceros, y que estaban envueltos en errores nada más que á causa de no regirlos sacerdotes cristianos; parecía cosa indudable que una vez instruídos en la sana doctrina, la abrazarían resueltamente. En Sicaya, primer pueblo de los ocloyas, acogieron bien al P. Osorio los principales indios; muchos recibieron allí el Bautismo, y en otros lugares cien niños y bastantes mayores. El P. Osorio se dirigió á los guisparas y el P. Medina á los guarcontíes, y halláronlos propicios. Luego anduvieron fructuosamente por las tierras de los homoguacas; el P. Medina enfermó y tuvo que regresar á Salta; el P. Osorio pasó la Cuaresma en Jujuí; después volvió al país de los ocloyas con el P. Antonio Ripario, y procuró congregar en un paraje los indios vagabundos, á fin de con más facilidad catequizarlos. En efecto: los caciques, sabedores de esto, se reunieron, y á once millas de Jujuí echaron los cimientos de una reducción; acudieron pronto más indios, á excitación de la Compañía, y construyeron un templo y casas, con grande alegría de los españoles. Seiscientos ocloyas recibieron el Bautismo. Cuando el P. Medina recobró la salud, le fué encomendado por el P. Osorio el gobierno de aquella reducción.

 

CAPÍTULO XIII

DESTRUYEN LOS MAMELUCOS LAS REDUCCIONES DE SAN CARLOS Y DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO.

Durante el mes de Enero llegó la noticia de que los mamelucos, aliados con los tupís, caminaban por Caamo y Caagua, tierras de gentiles, donde la Compañía tenía propósito de fundar reducciones, y que llevaban el propósito de cautivar los indios de allí, y luego dividirse en dos secciones para atacar simultáneamente los pueblos del Tape y Uruguay, pasando después al Paraná. Entonces el Padre Diego de Alfaro, Superior general de las misiones, dió la voz de alarma y excitó á los neófitos á defenderse. Hecha leva en las reducciones, se acordó reunir el improvisado ejército en los Apóstoles, á orillas del Uruguay, donde parece que se dirigían los adversarios; los moradores de esta reducción se habían refugiado en los bosques, abandonando niños, ancianos y mujeres. Viendo esto los neófitos auxiliares, confiaron poco en sus fuerzas, y retrocedieron con la mayor confusión. Los mamelucos fueron en pos de ellos y de los que huían de Santa Teresa, y los hubieran cautivado si el P. Diego de Alfaro, con suma diligencia, no los pasase á la otra orilla del río, protegiéndolos de esta manera contra sus adversarios. Estos marcharon á San Carlos y los Apóstoles, donde apresaron muchos neófitos de Caasapaguazú y San Carlos, destruyendo con grave daño de las almas dos reducciones en breve tiempo. En San Carlos la Compañía, en el espacio de siete años no íntegros, había bautizado dos mil setecientos treinta y siete adultos y mil seiscientos niños; en los Apóstoles, durante igual tiempo, cinco mil ochocientas cuarenta y cinco personas de todas edades, según consta de libros auténticos. No llegó á la tercera parte la gente que se salvó del furor de los mamelucos; hoy, que vivo en esta población y en ella escribo esto, se conserva fresco el recuerdo de tan inmensa calamidad.

 

CAPÍTULO XIV

LOS INDIOS ABANDONAN SUS PUEBLOS, DESPUÉS DE PELEAR CONTRA LOS MAMELUCOS.

Saqueadas las reducciones de San Carlos y los Apóstoles, los mamelucos cayeron sobre los campos de Caasapamini y Caró, cuyos neófitos habían emigrado al Paraná cuando la anterior invasión tuvo lugar y en cuyos pueblos fueron establecidos los indios del Tape que escaparon de la cautividad; para defenderlos, acudieron mil quinientos hombres, reunidos en varias partes; se encontraron en Caró con los mamelucos, y comenzó la pelea. Luego que de ambos ejércitos hubo algunos heridos y muertos, varios de los nuestros se aterraron, y creyendo que seguramente vencerían los bandidos, prendieron fuego al pueblo en señal de rendirse. Al ver el incendio y conocer la causa, lamentáronse amargamente niños y mujeres. Aplacada la plebe, fueron los misioneros al campo, donde aún proseguía la batalla, con objeto de socorrer los heridos. Era cosa horrible oir los gemidos de los moribundos y la rabia de los mamelucos. La victoria quedó indecisa, y los dos ejércitos se retiraron cada cual á su campamento. El día siguiente condujeron los Padres á Caasapaguazú, pueblo distante seis millas, las mujeres, ancianos y niños de Caró, sacándolos con harto peligro de entre las ruínas; allí se refugiaron también nuestros soldados; mientras se deliberaba sobre lo que debía hacerse, llegaron algunos centenares de neófitos del Paraná, auxilio muy oportuno, pues con él se aprestaron los nuestros á continuar la batalla. El indio que era General arengó á los soldados, y les recomendó que no combatiesen como acostumbraban antes, sino como cristianos; su exhortación fué provechosa, porque apenas él se puso de rodillas, todos aclamaron al Dios de los ejércitos; los neófitos se confesaron, y los catecúmenos recibieron el Bautismo y muchos agni cerei (2), sagrados amuletos que los protegerían de las balas. Luego se empeñaron en la lucha con tal ardor, que se apoderaron de las banderas enemigas, apresaron á muchos de éstos, y les hicieron retroceder hasta un bosque. Los mamelucos echaron mano de sus fraudes y estratagemas; por la noche se encerraron en reductos hechos con estacas, apagaron las hogueras y callaron profundamente; engañados los neófitos con tales apariencias, corrieron á saquear el campamento, pagando muy cara su ligereza, pues descargaron los enemigos sus arcabuces de improviso, mataron uno de los nuestros, hirieron á otros y pusieron en fuga á los restantes, quienes, poseídos del miedo, no se atrevieron á luchar en adelante; muchos no pararon en su huída hasta llegar á Piratini, donde se dirigieron los demás, conducidos por el P. Diego de Alfaro. De este modo se apoderaron los mamelucos, con intenso pesar de la Compañía, de Caasapamini y de Caró, pueblos en los que habían sido bautizados nueve mil indios; éstos, en su mayor parte, emigraron al Paraná, en cuyo país construyeron poblaciones y hoy viven tranquilos.

 

CAPÍTULO XV

VICISITUDES DE LA GUERRA, Y EMIGRACIÓN DE LOS NEÓFITOS DE SAN NICOLÁS A LA ORILLA CITERIOR DEL URUGUAY.

De las cinco reducciones que había en la otra margen del Uruguay, una solamente quedaba: la de Piratini; los niños, viejos y mujeres de ésta fueron trasladados á esta orilla del río por disposición del P. Diego de Alfaro, cuyo acierto se echó de ver cuando á los pocos días anunciaron los atalayas que los mamelucos seguían examinando los campos de Caró y Caasapaguazú en busca de los indios. Muchos neófitos, creyendo que los enemigos caminaban hacia el Brasil, sin temor á la guerra, tornaron á sus pueblos, y así era difícil reunirlos; sin embargo de tal dificultad, improvisóse un ejército de mil hombres para resistir por lo pronto á los mamelucos, hasta que viniesen más refuerzos, Trabóse la pelea con los bandidos, y duró cinco horas: ambas partes recibieron notable daño, pues hubo ochenta heridos y algunos muertos. Terminada, los mamelucos se colocaron en las alturas que dominaban el camino que debían seguir los nuestros, con intento de hacerles cuanto daño pudiesen; nuestros espías descubrieron tal ardid. De otra maña se valieron, y fué enviar á los neófitos cierta mujerzuela, muy adornada y disfrazada de trompeta, para que sedujera á los principales indios, ofreciéndoles placeres carnales, y se entregasen al enemigo; también salió mal la nueva estratagema: la ramera fué despreciada por los soldados, quienes se rieron del disfraz que llevaba. Poco antes de esto, Chemombé, aquel mago famoso de quien antes hemos hablado, se pasó á los mamelucos con algunos neófitos, y deseaba hacer alguna cosa digna de recompensa; para conseguirlo, vino á nuestro campamento fingiendo haberse arrepentido; del fraude tenían conocimiento los enemigos; pronto se supo cómo andaba seduciendo á los neófitos más distinguidos; echósele mano, fué preso, y pagó con varias penas sus delitos; viendo los mamelucos que nada lograban con engaños, acudieron otra vez á la fuerza, y en buen orden acometieron nuestra ala derecha, mandada por Nicolás Nienguiri, hombre excelente en paz y en guerra: fácil hubiera sido rechazar el ataque; pero cierto indio que capitaneaba el ala izquierda hizo traición; ofendido de Nienguiri porque le exhortaba á dejar una concubina, notando que dicho jefe peligraba, se negó á protegerle, diciendo: «Veamos si Nienguiri es tan capaz de escarmentar los mamelucos como de repudiar mancebas.» Nienguiri se vió precisado á retroceder poco á poca, dejando el campo á los adversarios; los nuestros emprendieron la fuga, y no pararon hasta atravesar el Uruguay. Los mamelucos se apoderaron de San Nicolás, y no atreviéndose á pasar el río llevaron los cautivos al campo de Caasapamini. Así, la reducción de Piratini, célebre por su iglesia y costumbres de los neófitos, fué destruída; la Compañía había allí reducido algunos millares de personas, las cuales se establecieron al otro lado del Uruguay, donde fundaron nueva población y templo más abajo de San Javier.

 

CAPÍTULO XVI

SON DERROTADOS LOS MAMELUCOS POR LOS NEÓFITOS

Después de lo narrado, puestos de acuerdo los principales del Paraná y del Uruguay, reunieron tantas tropas como nunca se habían visto juntas, y se dirigieron con ellas al Uruguay para recobrar los cautivos y resistir á los enemigos si pasaban el río. Una vez al otro lado de éste, llegaron las avanzadas al pueblo de Piratini y encontraron en la iglesia cartas de los mamelucos, en las que se insultaba con furor á los misioneros, calumniándolos. Sin hacer caso de ellas los neófitos, sabedores de que los bandidos caminaban hacia el Brasil con paso acelerado, corrieron tras de sus huellas hasta que los alcanzaron. Los primeros días se peleó con varia suerte, si bien los enemigos tuvieron más pérdidas que nosotros. Para aterrarnos, cortaron los mamelucos al cadáver de un neófito los brazos y lo colgaron de un sitio alto; los nuestros hicieron lo mismo con un bandido; en los bolsillos de éste se halló cierto papel que decía poco más ó menos lo siguiente: «Quien me lleve no morirá en el fragor de la batalla, ni será condenado á suplicio por los tribunales, ni espirará sin confesar, é irá al cielo.» Bien le demostró al portador la experiencia que el tal billete estaba inspirado en las falsedades del diablo. Por entonces llegaron mil quinientos neófitos conducidos por el P. Romero en auxilio de sus compatriotas, quienes se animaron con tal refuerzo; los mamelucos, por el contrario, se abatieron; ya todos los nuestros reunidos, se arrojaron contra el enemigo, haciéndole en pocos momentos notable daño y obligándole á encerrarse en las empalizadas que antes había construído. De ellas les forzaron á salir los neófitos desde otras que levantaron; luchóse de nuevo, y los dos ejércitos tuvieron iguales bajas; pero los mamelucos se consternaron más que lo estaban, cuando supieron que acababan de llegar desde Buenos Aires, distante doscientas leguas, once españoles enviados por el gobernador; éstos ordenaron los escuadrones de los indios; al contemplar los mamelucos delante de sí cuatro mil hombres, desesperaron de vencer y pidieron humildemente la paz, solicitando un coloquio; en éste les reprendió fuertemente el P. Alfaro su pasada crueldad; les manifestó la excomunión lanzada contra ellos por el Obispo de Buenos Aires, y les hizo jurar que ni personalmente ni por medio de otros volverían á invadir los pueblos de neófitos; intervino el jefe español, y con indignación de los nuestros se escaparon los enemigos sin recibir el justo castigo. Retirados los mamelucos, el P. Alfaro alabó el celo de los misioneros, pues de día y noche velaban por la felicidad de sus ovejas, expuestos á graves peligros; curó los heridos, consoló y animó á los neófitos, y dió alimentos y vestidos á los que habían menester de ellos. No refiero lo que en tal ocasión hizo cada religioso: todo está escrito en el libro de la vida. Fué licenciado nuestro ejército; mas sabiéndose que los mamelucos vagaban por la otra parte del Igay cautivando los indios dispersos, y que amenazaban atacar las reducciones, el Provincial, recién llegado del Tucumán, levantó en el Paraná y Uruguay un pequeño ejército de neófitos, con el cual reprimió las demasías de los bandidos y devolvió la tranquilidad al Tape. Aprovechó á los nuestros la fidelidad de un cacique, el cual, prisionero de los mamelucos, ejecutó un fraude piadoso: pidió permiso á sus dueños para ir á nuestro campamento y seducir los principales indios, cuando en realidad, lo que pretendía era advertirnos de cuanto nos interesaba; en efecto, ilustrados con sus revelaciones, los neófitos cayeron sobre una compañía de tupís, capitaneada por un mameluco, y la hicieron prisionera. Con todo, se veía claro que las reducciones de Tape, distantes sesenta leguas del Uruguay, se hallaban á merced de los bandidos, si el peligro no se remediaba; reunió á los misioneros el Provincial, y unánimemente opinaron que serían destruídas aquellas si no se trasladaban á otro lugar más seguro.

 

CAPÍTULO XVII

COMIENZAN Á EMIGRAR LOS NEOFITOS DEL TAPE.

Tomado el acuerdo indicado, resolvió el Provincial no omitir nada que fuese conducente al feliz término de la empresa; los misioneros pusieron cuantos medios su industria, fuerzas y prudencia les sugerían. Discutióse acerca del paraje en que debían establecerse las reducciones del Tape, y se reputó conveniente la región situada entre los ríos Paraná y Uruguay, donde se hallaban muchas otras poblaciones; tenía de anchura solamente catorce leguas, y por estar cercada de anchas corrientes fluviátiles, bosques y barrancos, parecía puesta al abrigo del furor de los bandidos; además, las reducciones podían defenderse mutuamente en caso de necesidad. Según ya hemos visto, la Compañía había fundado en Tape diez poblaciones; de éstas, cuatro fueron destruídas por los mamelucos; quedaban seis, por consiguiente. Sus neófitos oponíanse tenazmente á emigrar; preferían vivir en su patria con riesgo de perder la libertad, á sufrir voluntariamente un largo y penoso destierro. Poco á poco se les convenció de lo contrario. Iniciaron la emigración algunos centenares de indios de San Cosme y Damián, impulsados por el temor de un ataque de los mamelucos, quienes se decía andaban cerca, y por la autoridad del Provincial y de los misioneros, quienes hacían ver á los neófitos que todos perecerían si no tomaban los sanos consejos que les daban. Así, pues, fué incendiado el pueblo para que nadie pensara jamás en tornar á él, y los emigrantes emprendieron alegremente la marcha, acompañados de algunos Padres. Al pasar los montes de Tape intentaron huir por no sufrir las fatigas del camino; pero el P. Cristóbal de Arenas lo impidió con su solicitud y cuidado; cuando atravesaba las montañas por una senda cómoda, supo que los neófitos hacían alto entre unos peñascos con ánimo de quedarse allí y sembrar en las selvas próximas como antes acostumbraban: se dirigió á ellos y estuvo á punto de morir, pues tuvo que vadear corrientes con el agua á la cintura, escalar rocas y andar por medio de espinos en la espesura del bosque; al mismo tiempo estalló una formidable tempestad con truenos y relámpagos; las fieras rugían desde sus cuevas; la soledad era espantosa, y aún más para el P. Arenas el peligro de ser abandonado por sus feligreses, intolerable á un alma tan llena de caridad cristiana; llegó la noche, y nuestro religioso colgó su lecho entre dos árboles, á fin de reposar breves horas; uno de ellos cayó á tierra, y por milagro del cielo no murió el P. Arenas, pues quedó cogido entre dos ramas; los pocos hombres que le seguían, exacerbados con tantas contrariedades, se enfurecían contra él, haciéndole responsable de todo, amenazándole y dirigiéndole insultos; lo hubieran maltratado si Dios no los contuviese. Ya sin fuerzas, deseaba morir el P. Arenas; pero excitado por el amor que profesaba á su rebaño en Cristo, consintió gustosamente en sufrir mayores fatigas; al fin penetró en los barrancos, donde estaban los neófitos, con gran provecho de las almas, pues bautizó muchos niños y moribundos. Consiguió de los fugitivos que tornasen á proseguir su viaje. Llegados á la llanura, se luchó con la escasez de provisiones y la detestable calidad de éstas. Ya pasado el Uruguay, los indios se negaron resueltamente á continuar, pues seducidos por impostores, decían que eran llevados por los Padres para hacerlos esclavos de los españoles; nada pudieron los ruegos del P. Arenas, hasta que se echó mano á los embaucadores. Por fin atravesaron el Paraná después de mil trabajos, y se establecieron entre Loreto y la Purificación; con el auxilio de estos pueblos construyeron un templo y edificaron la reducción que conservó el título de los Santos Cosme y Damián; los demás habitantes de éste llegaron acompañados por los PP. Adrián Formoso y Juan Sasatello, pasando molestias indecibles. En esta reducción fueron bautizados aquel año noventa y cinco niños y doscientos dos adultos.

 

CAPÍTULO XVIII

CONTINÚA LA EMIGRACIÓN DE LOS NEÓFITOS DEL TAPE.

Más trabajo costó sacar de su reducción los neófitos de la Natividad, en Ararica, parte de los cuales, meses antes, se habían rebelado, y establecido al otro lado del Uruguay, entre las reducciones de San Javier y Santa María la Mayor. Los rebeldes se internaron en las selvas y rechazaban con furor los consejos de los Padres; pero luego se presentaron al Provincial, ya acordada la emigración, y pidieron perdón de su conducta, el cual les fué concedido; fueron llevados donde los restantes neófitos de la Natividad tenían sus sementeras; allí fundóse un nuevo pueblo, que yo regí durante tres años, bajo la advocación del Príncipe de los Apóstoles. La cristiandad de Ararica se aumentó este año con cuatrocientas cinco personas, las más de ellas adultas. Casi lo mismo que con los neófitos de la Natividad acaeció con los de Santa Ana: por residir al otro lado del Igay se hallaban expuestos á las invasiones de los mamelucos; así que se dispersaron, refugiándose muchos en los bosques, su antigua morada. Entró en éstos el P. Agustín Contreras, y recogió quinientas personas, que unidas á otras bastaban para componer una reducción, la cual se estableció primero en el Uruguay y después á orillas del Paraná, donde aún continúa. Los indios de San José, en Itacuati, opusieron feroz resistencia á la emigración; al fin los convencieron los Padres Pedro Romero y José Cataldino; fijaron su residencia en las selvas de Paraná, entre San Carlos y Corpus Christi. A pesar de tantas agitaciones, fueron bautizados noventa y nueve niños y doscientos sesenta y un adultos. Mientras lo referido acontecía, los neófitos de Santo Tomás, reducción en la que actualmente me encuentro, quemaron sus casas, y se retiraron unos por tierra y otros por el Ibicuí y el Uruguay, conducidos por los PP. Luis Ernot y Manuel Bertot; construyeron un pueblo á catorce millas de la Concepción; aunque al principio los habitantes de las próximas reducciones les negaron su apoyo, no les fué mal en la nueva patria, pues como el terreno de ésta es fértil, capaz de alimentar ganados y excelente para la agricultura, lograron salir de la miseria; hoy son en número de cuatro mil almas, no obstante las adversidades que han sufrido. Aquel año bautizaron los jesuitas cuatrocientas ochenta personas. San Miguel contaba tres mil cuatrocientos habitantes, quienes á la vez que los de otros pueblos fueron llevados al Uruguay por el P. Diego de Boroa, Provincial, donde llegaron felizmente á la llanura, después de atravesadas las montañas; desde allí se volvió el Provincial á proteger los que iban rezagados, yendo á marchas forzadas; á imitación de los generales, los animó con elocuentes palabras, y se mostró severo cuando era preciso. Los neófitos de San Miguel se establecieron poco más arriba de la Concepción, en una nueva reducción; aquel año recibieron allí el Bautismo doscientos noventa y cinco adultos y ochenta y nueve párvulos. Setecientos noventa indios de Santa Teresa se agregaron al pueblo de Itapúa. Paso por alto el número de neófitos que se incorporaron á las restantes poblaciones.

 

CAPÍTULO XIX

TRABAJOS QUE PASARON LOS EMIGRANTES.

Referiré en breves palabras cuánto sufrieron los Padres al conducir por espacio de sesenta ó setenta leguas tantos millares de neófitos, á través de soledades pavorosas y careciendo de lo más indispensable. Frecuente era que los misioneros tuviesen que llevar en hombros los niños y privarse de alimentos por atender á sus hijos en Cristo. Gracias á sus desvelos, lograron llegar al Paraná y Uruguay cerca de doce mil almas, habiendo en el camino perecido pocas. Ya en el término del viaje, procuraron edificar nuevos pueblos, ímproba tarea. Hubo que hacer simienzas, descuajar bosques, comprar semillas y bueyes con harta dificultad y á precios elevados, construir casas rectorales é iglesias y llevar á cabo otras cosas propias de las reducciones. Después de la emigración fué el P. Agustín Contreras al otro lado del Igay, y cerca de las ruínas de los pueblos halló trescientas familias, parte de ellas gentiles y parte de neófitos; con peligro de su vida pudo reducirlas, pues cierto neófito afirmó que los mamelucos y el P. Contreras estaban de acuerdo. Despreció éste las calumnias, y disipando tales sospechas, logró la obediencia de los indios. Entre tanto, el Provincial trataba de congregar los neófitos de varias poblaciones, quienes hacía medio año que, para escapar del furor de los mamelucos, residían en Caró y Caasapamini; resolvió que los de Jesús y María se uniesen á la reducción de Ibitiracúa, y que los de San Cristóbal, San Carlos y los Apóstoles San Pedro y San Pablo fundasen una población más allá del Uruguay, encima de San Miguel; allí construyéronse casas y templo, y dedicaron el lugar á los Mártires del Japón: yo, aunque indigno, he trabajado en ella muchos años; hoy tiene vida próspera.

 

CAPÍTULO XX

CONCÉDENSE Á LOS NEÓFITOS ARMAS DE FUEGO

Los caciques del Paraná y del Uruguay rogaron al P. Diego de Boroa que mirase por los indios, expuestos inevitablemente á la saña de los mamelucos, mientras no se les diesen armas de fuego. «¿Cómo, decían, lucharemos desnudos contra los que van cubiertos de hierro ó con algodón en gruesas capas? ¿Qué haremos con saetas de caña, que cuando hieren es levemente, si ellos con arcabuces, que arrojan recias balas de plomo, nos atraviesan? Que se nos den armas de fuego, y combatiremos en iguales condiciones, mostrando que tenemos tanto valor para defender nuestros hijos y mujeres como ellos para hacer campañas esclavistas.» Razones más poderosas aconsejaban lo mismo al Provincial, pues consideraba que los mamelucos no descansarían hasta dejar despoblada la América austral, y si acaso se rompía la paz entre España y Portugal, invadirían las regiones del Perú; era forzoso, por tanto, irles al encuentro. Por aquel tiempo recibió el P. Boroa cartas de España, escritas en nombre del rey por personas importantes, en las que le aconsejaban que procurase el bien de los indios y evitar futuras complicaciones; en vista de ellas, solicitó que el uso de armas de fuego fuese concedida á los neófitos; y aunque las autoridades y el gobernador en primer término, consideraban que nunca tal cosa se había hecho en América por temor á una sublevación de los indígenas, se convencieron de que en aquellas circunstancias debían acceder á la petición del P. Boroa. En conformidad con ésta, el rey Católico y la Real Audiencia de Chuquisaca dieron un decreto á instancia del P. Antonio Ruiz, decreto que fué sumamente provechoso para la América meridional. Compráronse arcabuces que fueron repartidos á los neófitos, á condición de usarlos nada más que en caso de guerra; en tiempo de paz se debían guardar bajo llave, á fin de evitar tumultos. En adelante, los mamelucos se contuvieron notablemente, haciéndose evidentes las ventajas de la licencia otorgada en favor de las reducciones. Conste, pues, que las provincias de Tape y Uruguay deben su libertad al celo, autoridad, prudencia y desvelos del P. Boroa; él procuró la emigración de los neófitos y después los armó con arcabuces.

 

CAPÍTULO XXI

DESPUES DE LA EMIGRACION LOS MISIONEROS RECORREN EL CAMPO EN BUSCA DE LOS INDIOS QUE ANDABAN FUGITIVOS.

Luego que se retiró el P. Boroa y que ya los mamelucos volvían al Brasil con su presa, el P. Diego de Alfaro escogió los neófitos más fieles y los envió con algunos misioneros á los pueblos arruinados en el Tape y al otro lado del Uruguay, para que escudriñasen los bosques y sacasen las ovejas descarriadas, á fin de llevarlas al redil de Cristo. Los PP. Francisco Jiménez y Felipe Viver fueron los primeros en salir: éste anduvo por los campos de Caasapaguazú y Caapi; los indios atentaron contra él dos veces por las sospechas de costumbre; pacificólos afortunadamente, y los consiguió reducir. El P. Jiménez, con su Coadjutor el Padre Antonio Bernal, llegó más adelante, y halló bastantes viejas y viejos abandonados por los mamelucos como inútiles; exploró las selvas próximas, y encontró algunas personas, cual espigas caídas de tan abundante mies como antes había; recogiólas alegremente, y tornó donde se hallaba el P. Viver; ambos se encaminaron á Itapúa con trescientas almas. En esta expedición fué notable la caridad de un neófito llamado Manuel, quien por espacio de muchas millas llevó á cuestas los enfermos, imitando al buen Pastor. Los mencionados religiosos volvieron al Uruguay pasados tres meses; pero sabiendo que los mamelucos se acercaban, no pudieron pasar del Caró; redujeron allí sesenta personas. Más tarde fueron á los montes de Tape los PP. Gaspar Serquiera, Pedro Mola y Francisco Jiménez, andando entre la ida y vuelta casi cien leguas; sacaron ochenta bárbaros de las selvas.

 

CAPÍTULO XXII

ENTRADA QUE SE HIZO Á LOS PUEBLOS GENTILES DEL PARANÁ.

Memorable es la excursión que llevó á cabo el P. Antonio de Palermo á las tierras de la parte superior del Paraná, donde no era fácil penetrar por la gran distancia, peñascos y selvas que cerraban el paso, y hallarse al otro lado del salto del Guairá. Acompañado de ochenta neófitos, á los ocho días de navegación llegó á la confluencia del Monday; salieron de las balsas y empezaron á subir la cuesta de la catarata; ocho días costó la ascensión. Dedicáronse luego á buscar los indios; á los siete días tuvieron indicios del lugar en que éstos se encontraban; echaron mano de dos solamente, quienes prometieron á los neófitos llevarlos á un sitio en que verían más gentiles; los nuestros se pusieron en camino sin adoptar antes precaución de ningún género; en esto uno de ellos fué herido y murió; cuando los indios supieron á lo que iba el P. Palermo, echaron á correr, negándose á conferenciar con él, de modo que, de gran muchedumbre, sólo pudo reducir ciento cincuenta, de los cuales cincuenta y siete eran niños y recibieron al instante el Bautismo. Entonces sucedió, yendo embarcados los neófitos, que de repente descargó una tempestad, y alborotó de tal manera las aguas del Paraná, que todos creían perecer. Los bárbaros cuidaban de salvarse nadando, y nada de sus almas; el P. Palermo decía en voz alta los misterios de nuestra religión; pero no le atendían, aturdidos con el miedo. Cuando parecía que se iba á sumergir la canoa del P. Palermo, cercada por las olas, se agarraron á éste dos hombres y un muchacho, que no le dejaban moverse ni posibilidad de nada; los neófitos, al verlo, remaron con fuerza y se aproximaron con una canoa entre olas que semejaban las del mar; pasó á ella el P. Palermo y pudo tocar la orilla; los indios nadaron ó se pusieron en salvo como pudieron. Ya en la ribera, cierta mujer fué mordida por una víbora; después de catequizada recibió el Bautismo y espiró; según es de creer, su alma voló á los cielos. Los gentiles fueron conducidos á una reducción para ser instruídos en nuestra fe.

 

CAPÍTULO XXIII

LOS DE ITATÍN SON AFLIGIDOS CON VARIAS CALAMIDADES.

Perturbadas andaban las cosas en Itatín, pues los mamelucos, semejantes á los animales anfibios, lo mismo infestaban las tierras que los ríos. Dos reducciones que allí habían fundado los jesuitas, efecto de las calamidades referidas, mudaron de lugar varias veces; á este mal se añadió el temor de una próxima invasión, pues los bandidos, después de pasar el Paraná, merodeaban por las cercanías del Uruguay. Estos llevaban ya por delante un buen número de neófitos, quienes habrían sufrido la suerte de sus hermanos, si el celo de los misioneros no les devolviese la libertad; el cielo castigó duramente á los bandidos: unos murieron hechos cenizas por los rayos; otros de enfermedades, ahogados al pasar los ríos ó devorados por los tigres; los pocos que sobrevivieron á tantas calamidades, volvieron al Brasil sin presa alguna. Enviado el P. Justo Vanfurk por el P. Vicente Badía en socorro de las reducciones, estuvo á punto de ser asesinado por un cacique, quien le amenazó cara á cara con las armas cuando quería trasladar una de las dos poblaciones á sitio más conveniente. Sin hacer resistencia, el P. Vanfurk presentó el pecho al golpe, circunstancia que dejó parado al homicida. Los PP. Vanfurk y Badía reformaron en breve los dos pueblos de Itatín; mas pronto se introdujo la confusión, efecto del temor á la guerra, la peste, la condición de los bárbaros, el aire insano y otros males; no vivieron tranquilos los neófitos hasta el año siguiente, durante el cual otros misioneros fueron á vivir entre ellos.

 

CAPÍTULO XXIV

LOS JESUITAS RECORREN FRUCTUOSAMENTE EL TUCUMÁN.

Los misioneros de Córdoba fueron á los ríos llamados Primero, Segundo, Tercero y Cuarto, por la situación en que están respectivamente. Encontraron muchos neófitos, á quienes el demonio afligía con apariciones y espectros. Uno de ellos contó que por espacio de veinte años había estado cohabitando con el diablo, y aunque este infame Adonis le prometió muchas cosas, nada más le dió que una miserable túnica de lana; se confesó luego y cambió de conducta. Cierto religioso halló en el desierto quince casas de paganos hechas de pieles curtidas; con el crucifijo en la mano y de rodillas rogó á sus habitadores que adorasen al verdadero Dios; accedieron éstos á ello y entonces los niños fueron bautizados; á los mayores se les prometió el Sacramento cuando hubiesen dado pruebas de constancia. En un lugar de españoles, divididos en bandos, dispuso el mismo jesuita que se elevaran preces al Señor para que lloviera, pues los campos estaban secos; exhortóles primeramente á deponer los odios, medio eficaz de complacer al Creador y conseguir lo que deseaban. ¡Cosa admirable! después de darse los oyentes las manos en señal de amistad, llovió copiosamente toda la noche.

 

CAPÍTULO XXV

LA REDUCCIÓN FUNDADA EN EL PAÍS DE LOS OCLOYAS ES ENTREGADA Á LOS FRANCISCANOS.

El P. Gaspar Osorio, que se disponía á entrar en el Chaco, encomendó la administración del nuevo pueblo establecido en tierra de los ocloyas, al P. Medina; mas los frailes de San Francisco alzaron la voz diciendo que los jesuitas segaban mies ajena, pues ellos, en años anteriores, habían predicado á los indios mencionados. Enterados de esto el gobernador y el Obispo del Tucumán, rogaron á los franciscanos que dejaran sus reclamaciones hasta que la expedición al Chaco tuviese lugar, y entonces se vería lo que procedía según derecho. No se aquietaron los frailes, y llevaron la cuestión á la Audiencia y al Arzobispo. El Provincial Diego de Boroa, amante de la paz, con increíble dolor, accedió á que los franciscanos se encargaran de regir el pueblo de los ocloyas, convertidos y reducidos por la Compañía con harto trabajo.

 

CAPÍTULO XXVI

Los PP. GASPAR OSORIO Y ANTONIO RIPARIO VAN Á LA PROVINCIA DEL CHACO.

Entre tanto el P. Gaspar Osorio y el P. Antonio Ripario, recién llegado de Italia en compañía del paraguayo Sebastián de Alarcón, escolástico de la Compañía, intentaron en vano penetrar por la región de los ocloyas al Chaco; luego fueron á la ciudad de Jujuí, donde el Provincial les dió objetos que regalar á los bárbaros. Emprendieron el viaje al Chaco, yendo á pie por medio de bosques espesos y de espinos; con frecuencia tenían que derribar los árboles para abrirse camino. Quedó solo el Padre Ripario, expuesto á las acometidas de los salvajes y á la voracidad de los tigres, y el P. Osorio volvió á Jujuí en busca de un guía. Una voz interior le decía que no dilatase la expedición, y por tanto, sin oir los consejos de los españoles, se puso de nuevo en marcha. Al fin llegó donde estaba el P. Ripario. Ambos, muy de mañana, celebraban Misa en un altar portátil, doctrinaban á los indios con quienes tropezaban, y los atraían haciéndoles pequeños regalos; algunos de los llamados por los españoles palomos y pintadillos ó labradillos, se les murieron. Como faltasen víveres á los pocos días¡ el P. Osorio dispuso que el Padre Alarcón fuese á Jujuí á fin de procurarlos, y con él varios labradrillos; éstos, instigados por Satanás y por odio á la religión, dieron muerte al P. Alarcón, devoraron sus carnes, y, llevando el cráneo del mártir como trofeo de semejante crueldad, se dirigieron al sitio en que pernoctaban los PP. Osorio y Ripario, con ánimo de asesinarlos.

 

CAPÍTULO XXVII

MUERTE DE LOS PP. GASPAR OSORIO Y ANTONIO RIPARIO.

No faltó quien advirtiese á éstos del peligro en que se hallaban; pero quisieron, antes que huir, esperar con valor el martirio. «Vengan, decían, y nos degüellen por haber predicado el Evangelio: subirán nuestras almas á la gloria eterna.» Llegó la noche, y los bárbaros quitaron á los misioneros violentamente el equipaje que les servía de cama y el altar portátil; los Padres, viendo cercana su última hora, se pusieron á orar y mutuamente se animaban. Cuando por la mañana invocaban el nombre de Jesús, fueron asaeteados por los indios, quienes con golpes de macana los derribaron al suelo; después les cortaron la cabeza en señal de triunfo. Algunos afirman que el no devorar la carne de los cadáveres fué por ser éstos muy flacos, efecto del prolongado ayuno. Dispersáronse los homicidas, y los indios que acompañaban á los religiosos, no pudiendo enterrar los restos de los mártires, los cubrieron con ramas para que las fieras y las aves de rapiña no los devorasen. Llegados á Salta, población de los españoles, contaron el triste suceso; entonces se vió que con razón aseguraban los jesuitas al partir que iban á padecer el martirio. La ciudad celebró las exequias de los misioneros asesinados, con más pena que ostentación, y lo mismo hizo en la capital del Tucumán el Obispo D. Melchor de Maldonado, ordenando que otro tanto se llevara á cabo en las parroquias de la diócesis. Un fraile de San Francisco hizo el panegírico de los ilustres difuntos. El dominico Jerónimo Delgadillo, Profesor de Teología, delante del Prelado los llamó mártires. El Obispo inquirió la causa del asesinato, y halló que no era sino el odio á la religión. El indio Francisco Guichi afirmó haber oído á dos palomos que uno de los mártires se aparecía todos los días á los bárbaros, vestido de sacerdote y circundado de luz, y que diez hombres de otra tribu que se atrevieron á acercársele, perecieron; los parricidas acabaron sus días muy pronto. Me guardo de admitir como probados semejantes portentos: digo las cosas según las he leído, sin admitirlas cuando se fundan solamente en la relación de testigos poco fidedignos.

 

CAPÍTULO XXVIII

HECHOS MEMORABLES DEL P. GASPAR OSORIO.

El P. Gaspar Osorio Valderrábano nació de padres nobles en Villavega, pueblo de Castilla la Vieja; muy joven entró en la Compañía, en la que llegó á emitir los cuatro votos. Amante de las virtudes, fué de castidad angélica y obediente hasta la muerte. Siendo Rector del Colegio, vestía en público un traje de algodón. Mucho tiempo usó un bonete viejo cubierto con badana. Su delicia era ejercer los más humildes cargos. Siempre durmió sobre un lecho de cañas ó en el suelo, tendido en una piel curtida al sol. Aun ya viejo usaba por almohada una piedra. Se flagelaba duramente hasta derramar sangre. Su familiar conversación con Dios le infundía el ardor que mostraba en los sermones y en su conversación; algún grave dominico, oyéndole predicar, lo comparó á los Apóstoles. Tuvo fama de santidad, porque se ocupaba de la salvación del prójimo antes que de la suya. Siendo Rector en Rioja, hizo una excursión al valle y convirtió muchas almas, á quienes administró el Bautismo y otros Sacramentos, sacándolas de las garras del demonio. Fué el primero en entrar á la provincia del Chaco, y repitió dos veces la expedición; en la tercera obtuvo la palma del martirio. Aprendió el idioma de los tobas con intento de predicarles. También sabía las lenguas tonocoté y quichúa, y compuso un diccionario de la ocloya. Entusiasta por la propagación del Evangelio, lo era en extremo si le hablaban del Chaco; entonces, arrebatado, saltaba de gozo, exclamando: «Los indios dei Chaco me arrojarán saetas, me herirán con la maza y desgarrarán mis miembros.» Parecíale ya estar sufriendo los tormentos del martirio y volar glorioso al cielo. Vió cumplidos sus deseos á los cuarenta y un años de edad y veintisiete de profesar en la Compañía.

 

CAPÍTULO XXIX

VIDA DEL P. ANTONIO RIPARIO.

Nació en Casalmora, en el campo de Cremona. Sus honrados y piadosos padres le dieron excelente educación, y se granjeó el afecto de sus compatriotas, que le consideraban como criatura perfecta. Nunca los muchachos de su edad se atrevieron delante de él á proferir palabras lascivas. Ingresó en la Compañía, y consiguió tal fama de virtuoso, que lo comparaban á San Buenaventura en que no parecía descendiente de Adán. Acabado el noviciado, enseñó cuatro años Humanidades en Milán y en Saona, y tuvo por discípulos ilustres religiosos. En Milán se dedicó al estudio de las letras sagradas, quería ir á Córcega porque muchos se asustaban del mal clima de aquella isla. Enviado al Paraguay, deseaba ser mártir; para conseguirlo, afligía su cuerpo y oraba á los Santos. Decía á sus confesores que jamás le negó nada el Esposo de María, y esperaba que éste le concediera la palma ambicionada; afirmaba que debía á San José el predicar en la provincia del Chaco. El P. Marcelo Mastrilli, que se dirigía al Oriente, lo quería mucho porque era devoto de San Francisco Javier. Cuando el P. Ripario navegó á las Indias, arrojó al mar una reliquia de dicho Santo para calmar la tempestad; en efecto, cesó ésta, y en memoria de tal prodigio ayunó siempre la víspera de la fiesta del Apóstol de las Indias orientales. Con frecuencia ayunaba á pan y agua, en recuerdo de la Pasión de Cristo. Si oía hablar del Chaco ó del trabajo que cuesta salvar las almas, su corazón se llenaba de alegría, y no pudiendo ocultarla, manifestábala con sinceridad. Muertos los PP. Osorio y Ripario, muchos jesuitas solicitaron ir al Chaco, ansiosos de sufrir por la propagación del Evangelio.

 

CAPÍTULO XXX

VIRTUDES DE LOS PP. JUAN CERECEDA Y GONZALO JUSTE.

En Salta murió el Rector Juan Cereceda, digno de mención por sus apostólicas expediciones, costumbres ascéticas, piedad religiosa, inocencia de vida y asiduidad en la enseñanza de los novicios. Los ciudadanos besaron los pies del difunto, y pidieron los objetos que había usado para repartírselos como cosas de un Santo. Aún era más célebre el P. Gonzalo Juste, Coadjutor, de quien hace mención el P. Nieremberg en los Varones ilustres A la Compañía. Desde Galicia, su patria, navegó á las Indias, y por muchos años militó en el reino de Chile; de soldado tenía solamente la generosidad; en lo restante era religioso antes que seglar. En cuanto se lo permitían sus ocupaciones, asistía á Misa y á sermones. A los cuarenta años de su edad profesó en la Compañía, y vivió en ella cerca de veinte. Por humildad llevaba siempre mal traje y peores zapatos. Jamás tuvo mesa, cama ni silla. Dormía á la sombra de los árboles, y poco tiempo. Nunca se sentó á comer con los restantes jesuitas, y se alimentaba de los desperdicios de éstos. Por espacio de diez y ocho años se abstuvo por completo de beber ni una gota de agua, y eso en un clima tan cálido; no probaba salsas, y roía las cáscaras de los melones y manzanas. Enfermó de un cáncer en un lado, y no usaba otro remedio que el hierro candente ó tejas puestas al fuego; extendióse la llaga, y dispuso que un hombre inexperto se la curase cortando lo podrido; cierto jesuita llegó á tiempo para evitar esta carnicería. Los ratos de ocio los empleaba en la lectura de libros piadosos, y en la oración. Tuvo anuncios de su futura gloria: así se lo dijo una voz misteriosa, y experimentó indecible alegría. Tres días antes de morir afirmó á su confesor que muchas veces había visto al Salvador y á su Madre corporalmente, cosa creíble en hombre tan casto, humilde y caritativo, ornamento de la provincia. Desde Salta se hizo una excursión apostólica. La ciudad de Jujuí, donde predicaron los jesuitas, dió las gracias al Provincial y una buena suma de dinero para que fundase allí un Colegio, lo cual no se llevó á cabo por tratarse de población poco importante; bastaba con visitarla de cuando en cuando.

 

CAPÍTULO XXXI

EL P. DIEGO DE ALFARO ES MUERTO POR LOS MAMELUCOS.

Los jesuitas del Paraná y Uruguay se dedicaban á reedificar las reducciones y espiar los movimientos del enemigo; pero como los neófitos andaban temerosos de peligros imaginarios y no probados, dispuso el P. Alfaro que dos religiosos fuesen por turno á la otra margen del Uruguay para ver si los mamelucos se acercaban, y al mismo tiempo reunir los indios errantes por los campos y llevarlos á las poblaciones. Estando los PP. Antonio Palermo y Felipe Viver consagrados á tal ocupación, dos neófitos que iban en su compañía se internaron en el país, cayendo en manos de los bandidos, quienes los tuvieron presos cargados de cadenas, hasta que se escaparon con una acción heróica: aborreciendo el cautiverio, cierta noche, mientras dormían profundamente sus dueños, ellos, que tenían los brazos atados por la espalda, los aproximaron al fuego, y soportaron las quemaduras hasta que saltaron las cuerdas que los oprimían; logrado esto, echaron á correr por sendas extraviadas, y después de andar catorce leguas, llegaron donde estaban los Padres; las declaraciones que hicieron sobre los planes de los mamelucos fueron muy provechosas. Poco antes de esto, el gobernador del Paraguay, D. Pedro de Lugo, había recibido cartas del Rey, en las que le recomendaba que procurase con todas sus fuerzas defender las reducciones de los indios, vejadas por los mamelucos; el gobernador se hallaba á la sazón visitando los pueblos del Paraná, escoltado por cuarenta españoles. Por instigación del P. Diego de Alfaro, preparó su comitiva para la defensa, y reunió cuatro mil soldados neófitos; con este ejército se dirigió á los campos de Caasapamini, donde vagaban los mamelucos; le acompañaban el Padre Alfaro y otros religiosos para animar, según costumbre, á los combatientes y socorrer los moribundos. Esperábase derrotar sin dificultad al enemigo, cuando ocurrió una terrible desgracia. Después que el P. Alfaro, Superior general de las misiones, rogó á los jesuitas que no se expusieran á los peligros sin necesidad, y excitó el ardor de los neófitos en algunas escaramuzas, salió del campamento para explorar las cercanías: entonces un mameluco que se hallaba escondido lo atravesó de un balazo. Sabiendo los neófitos que el P. Alfaro había muerto, llenos de cólera se arrojaron contra los adversarios, no parando hasta ponerlos en precipitada fuga; cogieron muchos prisioneros, mamelucos y tupís; éstos fueron llevados ante el gobernador, quien les reprendió acremente, y mientras se trataba del castigo que merecían, los entregó á los neófitos para que los custodiasen. Los tupís tuvieron la suerte de comprar la libertad cristiana á costa de la temporal; llevados á los pueblos, recibieron el Bautismo. El cadáver del P. Alfaro fué conducido en hombros de los neófitos principales á la ciudad de la Concepción, situada en el Uruguay, y con gran pompa sepultado, cual merecían sus virtudes preclaras; cuatro días se invirtieron en el camino. Con la muerte del P. Alfaro se fueron disipando los recelos de los neófitos al suponer que si los jesuitas los reducían, era para entregarlos á los mamelucos. El gobernador llevó los prisioneros brasileños á la Asunción, distante ochenta leguas; condújose con ellos más blandamente que debía, en lo cual fué reprensible; hay quien afirma que en castigo de esto sufrió una enfermedad, y su casa fué abrasada por un rayo; aunque envió los mamelucos al gobernador de la Plata para que los castigase, sucedió que por la mediación de varios hombres encumbrados, los malhechores quedaron impunes y tornaron á su patria.

 

CAPÍTULO XXXII

VIDA DEL P. DIEGO DE ALFARO.

Fué hijo de D. Francisco de Alfaro, Oidor de las Audiencias de Panamá y Chuquisaca y Consejero en Madrid. Estudió las primeras letras en Lima; luego navegó á España y cursó en Salamanca. Ingresó en la Compañía, y á los cuatro años, ávido de expediciones apostólicas, siendo Procurador el P. Juan Viana, marchó al Paraguay. En Córdoba del Tucumán se consagró á la ciencia, y se le amortiguaron sus deseos de hacer bien á los indios; el cielo se los excitó con esta ocasión. Pasando un río, se le fué la vista y cayó del caballo al agua; un indio lo sacó á la orilla; vuelto al Colegio, fijó los ojos en su salvador, y exclamó: «Ya que Dios me libró de la muerte por obra de un indio, en cuanto mis Superiores lo consientan, me consagraré á labrar el bienestar de los indios.» Cumplió su voto, pues ya ordenado de presbítero, pudiendo enseñar Filosofía y Teología, con humildes ruegos solicitó que lo destinaran á las misiones del Uruguay, donde permaneció hasta que los Inquisidores de Lima le nombraron Comisario del Santo Oficio. Con este motivo marchó á regir el Colegio de la Asunción, y si dejó á los indios, fué con el cuerpo, que en el alma los tenía presentes, y los socorrió con cuanto pudo. Acabado su rectorado, suplicó, llorando, que lo enviasen de nuevo á las misiones; elegido Superior de los jesuitas del Paraná y Uruguay, como buen pastor, arriesgó durante cuarenta años su vida por sus ovejas. Los indios llevaron su cadáver á la ciudad de la Asunción, y le pusieron una corona de mártir. El Provincial Diego de Boroa, en un sermón, afirmó que así debíamos considerarlo, contra algunos que pensaban lo contrario; lo mismo escribieron el P. José Oreghi al Provincial en una carta consolatoria, y Alegambe en su Catálogo; pero el último dice que será mejor esperar la decisión pontificia; yo juzgo también que esto es lo acertado. Lo que sí aseguro es que el Padre Alfaro fué hombre de muchas virtudes, prudente en su gobierno, capaz de altas empresas y de condiciones apostólicas. Cuando desempeñó el cargo de Comisario del Santo Oficio, trató con suma integridad las cosas de la fe. Mientras la paste duró, asistió á los indios enfermos de día y de noche. Hablaba á la maravilla el idioma de los bárbaros. Para insinuar la piedad en los corazones de éstos, hacía con sus manos altares, procuraba la construcción de iglesias y no se desdeñaba de ninguna obra por baja que fuese. Defendió calurosamente la Inmaculada Concepción; noches enteras las pasaba escribiendo estas palabras con letras grandes: «María concebida sin pecado original.» y clavaba las cédulas en las puertas de sus compañeros para excitarles á ser piadosos. Dos meses antes de morir, aseguró que los mamelucos le quitarían la vida, porque oyendo nombrar á éstos, por un secreto impulso, se consagró á la defensa de los indios. La víspera de su muerte escribió á un amigo: «Voy á los enemigos, que me atravesarán de un balazo.»

 

CAPÍTULO XXXIII

EL P. CLAUDIO RUYER, SUCESOR DEL P. ALFARO, PROCURA LA CONVERSIÓN DE LOS INDIOS CARACARÁS

Apenas el P. Diego de Boroa supo el asesinato del P. Alfaro, corrió á los pueblos de neófitos y nombró Superior general al P. Claudio Ruyer, designado para tal cargo por el General Mucio Vitelleschi. Diré algo de su vida. Nació en la Borgoña de padres honrados y pasó á Italia ya adulto. Estudió en Nápoles, y aunque merecía altos puestos, solicitó ser Coadjutor de la Compañía. Hecho sacerdote, dió muestras de su modestia y claro ingenio, y pasó al grado de escolástico con otros jóvenes que profesaron por sus consejos. Antes de entrar en la Orden fué cofrade de María en Nápoles y predicaba en las plazas; la fama de sus virtudes y sus buenas costumbres eran aún más elocuentes que sus palabras. Enviado á la Calabria, con discursos sencillos, sin pompa de expresión, convirtió muchas almas. Confesó á innumerables personas, y fundó una Hermandad que todavía subsiste. En el año 1617 se creó la provincia del Paraguay, y en ella se dedicó á labrar la felicidad de los indios, sin reparar en molestias. Destinado al Paraná, anduvo por montes y caminos ásperos, por sitios extraviados, bosques espesos, inmensas lagunas, en medio de fieras, y sin provisiones; durante muchos años, á falta de pan, vino y carne, se alimentó de raíces y legumbres, atento solamente á la salvación de los gentiles; esperamos que sus actos heróicos estarán escritos en el libro de la vida. Se le debe en gran parte la fundación de Iguazúa y Acaray. Con riesgo de morir congregó los indios fugitivos y reconcilió con el cristianismo á los caaiguaes. En la emigración del Guairá hizo lo que ya sabemos. Armonizó de tal manera la oración con la actividad, que era un prodigio en ambas cosas. Rezaba las horas canónicas en la iglesia y de rodillas. Por la mañana dedicaba tres horas á la meditación antes de celebrar Misa. Ningún día dejó de azotarse, El tiempo que tenía libre lo pasaba invocando los santos, de modo que ni un momento ocioso tenía. Admirábase de la locura de los hombres que posponen los deleites celestiales á los placeres mundanos. Otras virtudes reunía, útiles en las tribulaciones de la Compañía. Cuidó del buen orden en los pueblos, y de que se hicieran excursiones á los indios. Por su mandato, el Padre Romero, con cuatrocientos neófitos, y á petición del gobernador del Río de la Plata, fué al lago de Caracará, distante cien legas, y mereció los aplausos de todo el Paraguay. En las orillas del lago, que tiene sesenta leguas de anchura, habitaban los caracarás, capesacos y menepes, hombres feroces, parte de ellos gentiles y parte educados en el pueblo de Santa Ana; éstos, divididos en facciones, abandonaron la fe y la civilización, y acometían por tierra y agua á los viajeros, escondiendo la presa en los cañaverales; en una irrupción quemaron el templo de Santa Lucía; entre ellos vivían los asesinos del P. Pedro Espinosa. Soberbios con la impunidad, á todo se atrevían. No era cosa fácil penetrar en su país, pues el lago solamente tenía una entrada pantanosa y cubierta de espinos; en el interior había islas flotantes, cual se ve en Bélgica, en las que perecían los extraños y se salvaban los indios. Los neófitos, animados por el P. Romero, vencieron todas estas dificultades, sacaron á los bárbaros de sus cañaverales, dieron muerte á varios y obligaron á rendirse á los restantes; los cautivos fueron entregados á Juan Garay, capitán de los españoles, que alabó á los indios fieles. Con esto se restauró la reducción de Santa Lucía, los viajeros recorrieron seguros el Paraná, y los pueblos de indios y españoles recobraron la tranquilidad. Licenció sus tropas el P. Romero, y fué al puerto de Buenos Aires, que dista ciento cincuenta leguas, para contar al gobernador su victoria y hablarle de otros negocios.

 

CAPÍTULO XXXIV

REFIÉRENSE VARIOS SUCESOS OCURRIDOS EN LA ASUNCIÓN.

Por aquel tiempo florecía en la Asunción el culto de la Virgen; en la capilla de las Siervas de María había una bellísima imagen que cuantas veces era llevada por las calles de la ciudad en solemne procesión, excitaba los ánimos y atraía los corazones; la Madre de Dios derramaba con profusión beneficios á sus devotos. He aquí un ejemplo de esto. Catalina Gómez tenía un brazo contraído á consecuencia de haberle mordido una víbora, y por espacio de veinticinco años ninguna medicina dió resultado favorable; cuando se aproximaban las tempestades, sufría dolores increíbles por lo crueles; cierto día que las campanas anunciaban que la imagen de María iba á ser sacada en procesión, concibió la esperanza de sanar, encomendándose á la Virgen; no se engañó: tan luego como empezó á rezar con un rosario tocado á la efigie, sus nervios se aflojaron, pudo mover el brazo y recobró la salud; toda la ciudad quedó admirada del portento, y se fijó el recuerdo de éste en un cuadro. Un niño recién nacido tenía pegados los pies á las nalgas, de tal nodo, que no se le podían separar; untósele con aceite de la lámpara que ardía ante María, y se despegaron. El mismo aceite curó el flujo de cierta mujer; también sanó á Magdalena Figueroa, noble danma, y á Juan Fernández, atacados de la peste. Un muchacho gravemente herido, porque lo tiró un caballo sin domar, sanó al instante que ofreció entrar en la Esclavitud de María. Un niño que parecía haber espirado ya, se libró de la muerte por la intercesión de la Virgen; omito otros muchos casos prodigiosos. La imagen de San Ignacio dió la vida á un niño y una mujer, ambos enfermos de peligro. El fundador de la Compañía fué invocado á fin de que desapareciesen de cierta casa los demonios y duendes que la infestaban; en seguida la abandonaron. Establecióse una procesión de niños en recuerdo de la Pasión de Cristo: iban vestidos de largas túnicas, cubiertas las cabezas con cogullas; en una mano cruces, en la otra rosarios; á intervalos estaban representados los instrumentos de la Pasión muy á lo vivo; los ciudadanos lloraban enternecidos.

 

CAPÍTULO XXXV

EL P. BOROA VISITA LA PROVINCIA DE ITATÍN.

Por aquel tiempo llegó el Provincial á Itatín, y con tres religiosos que llevó suplió la escasez de misioneros; gracias á esto, las dos reducciones de allí recobraron su anterior prosperidad, á lo cual también contribuyó mucho la presencia del Provincial, pues se atrajo la voluntad de las personas más distinguidas con varios regalos que les hizo, y procuró congregar los indios que andaban errantes. Cuando volvió al Paraguay se embarcó en una balsa hecha de cañas para atravesar el Pirapó, y corrió no leve peligro, pues aunque dichas cañas son tan gruesas como el muslo de un hombre y atadas entre sí, no es fácil que se hundan, sin embargo, acaeció que las de la navecilla en que iba el P. Boroa estaban aún verdes, y apenas entró en ella, ésta se empezó á sumergir y era llevada por la corriente: ya el P. Boroa tenía el cuerpo casi cubierto de agua; entonces hábiles nadadores lo sacaron á la orilla. Mayor exposición hubo al pasar otro río; en aquel país es costumbre fabricar las barcas con varas flexibles cubiertas de piel de buey; entran los viajeros y son remolcados por los indios hasta llegar á la margen opuesta. Embarcóse el P. Boroa en una de éstas, y cuando estaba en la mitad del río, se reunieron más nadadores de los que hacían falta, y con la mejor intención volcaron el esquife. Luego pasó el Juijuí en una lancha formada con corteza de árboles. Si riesgos corrió en las aguas, no fueron menores los que hubo por parte de los payaguaes, hombres ferocísimos que devastaban aquella región con robos y crueldades; también al caminar por inmensas ciénagas, donde los viajeros marchan con el cuerpo medio desnudo á veces cuarenta leguas. Doscientas leguas anduvo el Provincial desde que salió de la Asunción hasta que tornó á esta población. Decir en particular cuántos trabajos pasó, es cosa innecesaria: baste decir que fueron iguales á los que hemos referido de los misioneros que evangelizaron en aquella región.

 

CAPÍTULO XXXVI

ENTRADA QUE SE HIZO AL TAPE (AÑO 1640).

Navegó el Provincial por el río Paraná abajo y llegó al Tucumán, donde visitó los Colegios de la Compañía y las reducciones. Luego subió por el Uruguay, yendo desde Buenos Aires, y después de recorrer seiscientas leguas penetró en la región poblada por los neófitos; en éstas ordenó cuantas cosas le parecieron que no andaban bien, y excitó el ánimo de los misioneros á nuevas expediciones. Los Padres Agustín Contreras, Pablo de Benavides, Pedro Mola y Miguel Gómez, fueron enviados al Tape con mil neófitos de escolta para que escudriñasen todos sus rincones y sacaran los indios diseminados y escondidos por miedo á caer en la servidumbre. Ya hacía algunos días que habían salido, cuando supieron que los mamelucos estaban cerca, en vista de lo cual retrocedieron. Una vez que los bandidos se retiraron, volvieron dichos Padres con el mismo acompañamiento; sufriendo mucho por las enfermedades y tormentas, subieron á las cumbres de los montes y llegaron al Igay; pasado éste, se les presentó un cacique con su clientela, poniéndose bajo la dirección de los religiosos; además indicó los parajes donde se hallaban los indios; muchos de éstos se habrían reducido, á no ser por otro cacique peritísimo en las artes mágicas, el cual, vendiéndose por divinidad, seducía á los bárbaros, les hacía concebir odio al Bautismo, y los iniciaba en supersticiones, diciéndoles que serían en adelante libres del poder de los mamelucos; para halagarlos, daba, como acostumbraban los Padres, bastones de autoridad á los más principales. Fueron los neófitos al encuentro de tal monstruo, que estaba rodeado de sus clientes, y con las armas en la mano le acometieron tan briosamente, que cogieron trescientos indios prisioneros, los cuales salieron de la servidumbre del diablo á la libertad cristiana. En las ruinas de Jesús y María fueron reducidas otras trescientas almas, y más en varios lugares. Cuando los nuestros caminaban de regreso por los campos de Caasapamini, rescataron una mujer destinada á los festines de los antropófagos, y apresaron cincuenta familias de éstos; las sacaron de allí para que algún día pertenecieran á la Iglesia. En esta expedición se redujeron mil doscientas almas, antes esclavas de Satanás; llevadas á los pueblos de neófitos, acrecentaron el número de los fieles.

 

CAPÍTULO XXXVII

EXPEDICION QUE SE HIZO Á LIVI.

Dirigióse el P. José Domenech con gran turba de neófitos á las tierras que baña el río Livi; explorólas y sacó de las tinieblas gentílicas muchos idólatras, y por cierto que no sin trabajo ni peligros. Muy luego se apoderó de cuarenta bárbaros, unos fugitivos de las reducciones y otros gentiles; en tal ocasión, estuvo á pique de morir: había mandado cortar árboles, los más corpulentos que hubiera, y con sus troncos excavados hacer canoas; pero á causa de estar la madera verde y el hueco labrado ser pequeño, resultaron muy pesadas; ya en la mitad del río empezaron á hundirse y ser llevadas por el agua con grave riesgo de los navegantes. Algunos muchachos, temerosos de ahogarse, asiéronse de los vestidos del P. Domenech, quien bautizó á uno de ellos que vió á punto de morir; los neófitos nadaban alrededor de las canoas para sacarlas á flote; pero cuanto más se esforzaban, éstas más se sumergían. Una milla recorrieron de este modo, y con harto trabajo pudieron llegar á la margen opuesta. Allí registraron las selvas y sacaron un gran número de indios para establecerlos en las reducciones. Marchó luego el Padre Domenech á las fuentes del río Livi y tocó el país de los gentiles, llamados ceratos, porque se untan con cera silvestre el pelo y lo embadurnan por completo. Por entonces fué á los pinares con los PP. Diego Suárez y Francisco Jiménez. Los neófitos de San José llevaron al redil de Cristo muchos indios del Tape. Pero aún más notable que esta excursión fué la hecha al Uruguay.

 

CAPÍTULO XXXVIII

EXPLÓRASE LA REGIÓN SUPERIOR DEL URUGUAY.

Hasta entonces solamente habían sido reducidos los indios que moraban en el curso inferior del Uruguay; pero la región que desde Acaragua se extiende por espacio de cien leguas, quedaba intacta; decíase que había en ella suficiente número de gentiles para llenar varios pueblos, y como estos indios fuesen con frecuencia á nuestras reducciones para comerciar con los neófitos, los misioneros procuraron á toda costa ganar su confianza, á fin de atraerlos á Cristo. Por espacio de muchos años nada se consiguió, efecto del perverso carácter de aquella gente y de las astucias del demonio. Niezú, asesino del P. Roque González y de los compañeros de éste, era el principal obstáculo, pues refugiado allí, corrompía los ánimos. Este año pareció el terreno mejor preparado, á causa de ciertas disensiones habidas entre las bárbaros: uno de los dos bandos en que se dividieron envió al pueblo de Acaragua algunos comisionados para implorar el auxilio de los neófitos; recibidos cariñosamente por los Padres, regresaron con buenas esperanzas que éstos les dieron. A la sazón estaba en Acaragua el Provincial, y atento á dilatar el imperio de Cristo, reunió los más distinguidos neófitos, y con ellos y varios Padres se dispuso á salir lo antes posible. Obraba así, porque temía que los mamelucos guerreasen contra los bárbaros, y luego, como en efecto aconteció, penetrasen por allí en las reducciones. Los misioneros suplicaron al Provincial que no marchara con los expedicionarios en vista de los graves peligros que se ofrecerían, y de que su muerte cedería en perjuicio de la provincia. Como la empresa era difícil y exigía una persona inteligente, mandó que la dirigiera el P. Claudio Ruyer con otros cuatro religiosos; le mandó que se enterase bien del país, fundara nuevas reducciones y dejase en ellas los sacerdotes necesarios para su administración. El P. Ruyer y sus compañeros navegaron Uruguay arriba, tropezando con multitud de obstáculos, cuales eran la escasez de provisiones, las tempestades, las lluvias y los bajos, de modo que el viaje fué más largo de lo que se esperaba. Llegaron, por fin, á las aldeas de los bárbaros, cuyo cacique, llamado Mburúa, era tan respetado, que los mamelucos le daban el calificado de rey. Tataendi, hijo de Mburúa, sabiendo el propósito de los Padres, se opuso resueltamente á que lo ejecutaran; congregó numerosa tropa, y con ella les salió al encuentro, ordenándoles con aire de mando que retrocediesen. No lo consiguió, y entonces volvió al pueblo, atravesando el río, y armó cuantos indios pudo para rechazar los neófitos; presentóse á éstos con tal procacidad, que amenazó con echar mano á los Padres si no se marchaban. Sus satélites decían á voces que ya tenían preparado el vino para el convite en que los devoraran. Irritados los neófitos, empuñaron las armas, y lanzándose contra los insultadores, después de herir algunos, pusieron en fuga los restantes. Fueron hechos prisioneros trescientos, y llevados á nuestras reducciones, recibieron nuestras creencias. Esto es lo que se alcanzó en la entrada que se hizo al alto Uruguay.

 

CAPÍTULO XXXIX

DE LA GUERRA CALCHAQUí.

Habitaban los calchaquíes en la orilla izquierda del alto Paraná, y feroces como tigres ó leones, devastaban los vecinos pueblos de indios y españoles, llevando el terror por todas partes y haciéndose temibles más por su crueldad que por su número. Principalmente causaban daños á la ciudad de Santa Fe: quemaban las granjas de los alrededores, se llevaban el ganado, y mataban los colonos ó les exigían crecidos rescates; en realidad, Santa Fe estaba sitiada por ellos. El gobernador de Buenos Aires, con intento de sujetarlos, preparó un ejército de españoles é indios amigos, y pidió que de las nuevas reducciones le enviasen seiscientos neófitos, pues vencedores éstos en el año anterior de los caracarás, había esperanza de que derrotaran también á los calchaquíes. Fueron en compañía de los neófitos los PP. Alonso Arias y Pedro Romero, misioneros infatigables; en el viaje de ida y vuelta anduvieron más de seiscientas leguas. Apenas recibió tales auxilios el gobernador, marchó contra los enemigos. Pero como era más ducho en el sistema de guerra seguido en Flandes que en el que allí convenía, despreciando los consejos oportunos, exigía mil cosas imposibles, cual era el que los adversarios peleasen en filas y ordenadamente. Estos se enteraron de nuestras fuerzas, y escondidos en cañaverales inaccesibles, se defendieron hasta que los soldados quedaron fatigados y hambrientos, burlando la táctica del gobernador. Sin embargo, se cogieron trescientos prisioneros, con lo cual se mitigó la pena del fracaso. Vió un soldado que el P. Romero oraba por la noche de rodillas tres horas, y conmovido hizo penitencia; treinta años hacía que no se confesaba; con inmenso dolor de sus culpas recibió la absolución del P. Romero. Licenciadas las tropas, éste volvió á Buenos Aires, donde las autoridades le dieron armas para que se defendiesen los neófitos del Paraná y Uruguay.

 

CAPÍTULO XL

VARIOS SUCESOS OCURRIDOS EN EL PARANÁ Y EL URUGUAY.

Gracias al celo de los religiosos, fueron reedificadas las reducciones de los emigrante en el Paraná y el Uruguay, y el Provincial colocó en sus iglesias, con solemne pompa, el Santísimo Sacramento. En San Ignacio, pueblo del Paraguay, aconteció que los PP. Pedro Bosquier y Felipe Viver, cumpliendo con su deber, reprendieron las costumbres de algunos hombres libertinos, y por esto se enemistaron con ellos; éstos se pusieron de acuerdo y trataron de envenenar al P. Felipe Viver, quien apenas gustó el manjar por el asco que le dió, se abstuvo de comer más; evitó la muerte, pero no una enfermedad. Al P. Bosquier le intoxicaron el vino con que debía celebrar Misa y hubiera reventado á no reparar en el color turbio de la vinajera; descubiertos los autores de los crímenes referidos, confesaron su delito y fueron, si bien levemente, castigados. Una mujer que deseaba recobrar su pristina libertad, sedujo con lascivos deleites á dos neófitos, y con ellos salió de Santa Ana; en el camino fué despedazada por las fieras. Un muchacho de San Ignacio, pueblo del Paraná, sufrió igual pena por dejar de ir á Misa los días festivos. En San José, un neófito que trabajaba cierto domingo, fué mordido por una víbora y murió después de arrepentirse. Otro refirió á un misionero que le cuidaba mientras estaba enfermo, que una vez durante el sueño lo cogieron horribles demonios y lo arrojaron en un pozo que echaba llamas; de allí lo sacó un bellísimo joven, diciendo que Dios se había compadecido de él y deseaba no cayese en el fuego eterno. Preguntóle el Padre si la conciencia le argüía de pecado mortal, y contestó que no; escudriñóle más, y resultó que no había en realidad recibido el Bautismo, pues como un día festivo acudiera al templo cuando los fieles son rociados con agua bendita, creyó que esto bastaba para ser cristiano; fué bautizado y recobró la salud, teniendo en adelante excelente conducta. Un siervo de María, distinguido por sus virtudes entre los neófitos, llegó á envanecerse demasiado de su perfección, en tal grado, que lo expulsaron de la Cofradía; desesperado, arrojó el rosario que solía llevar, internóse en un bosque y se ahorcó según se cree. Visitó el provincial las reducciones del Uruguay, y echando cuenta de las personas bautizadas por los misioneros, halló ser seis mil cuatrocientas en el Paraná y cinco mil doscientas en el Uruguay. Luego que arregló todo, á fines de año, navegó al puerto de Buenos Aires, á donde volvía el P. Francisco Díaz Taño, Procurador en la corte romana.

 

CAPÍTULO XLI

ES PROCURADOR EL P. FRANCISCO DIAZ TAÑO.

Luego que el P. Díaz Taño acabó en Madrid muchos negocios á que fué, se dirigió á Roma, donde fácilmente consiguió que el General Vitelleschi enviase al nuevo continente escogidos misioneros de Roma, Nápoles, Milán, Cerdeña, Flandes, Bélgica y España. El Papa Urbano VIII le dió varios Breves: por uno de ellos concedía á los indios, negros y mestizos de la América austral que pudiesen cumplir con el precepto pascual desde la Septuagésima hasta la octava del Corpus Christi; en otro excomulgaba á quienes con cualquier pretexto redujeran á los indios neófitos ó gentiles á servicios personales. El Pontífice le entregó el cuerpo de San Epimaquio, acordándose de su amistad con el P. Oreghi, y le rogó que saludara á éste en su nombre; lo mismo le encargó el Cardenal Oreghi, hermano cariñoso de dicho jesuita. Despidióse el P. Díaz Taño de Su Santidad, y con los jesuitas de Italia navegó á España; el rey Católico en Madrid le concedió embarcación y recursos para que treinta misioneros pasaran al Nuevo Mundo, y dispuso que el Consejo de Indias expidiera un decreto por el cual se condenaban las incursiones de los mamelucos, se daba libertad á los prisioneros de éstos, y se imponían severas penas á los autores de las devastaciones que sabemos. Reunidos ya en Lisboa los jesuitas que iban al continente americano, se dirigió á Sevilla, porque sabía que á esta ciudad acudían seis misioneros belgas salidos del puerto de Dunkerque, quienes con haber ido á Inglaterra disfrazados por no ser conocidos, contaban que los herejes estuvieron á punto de saber que eran jesuitas, pues en vano se esforzaban por imitar el aire de los seglares; además, casi los descubrió un muchacho; habíalos obsequiado generosamente el Provincial de la Compañía en Inglaterra. Este les envió á Douvres una caja de plata y marfil con Hostias consagradas, en virtud de privilegio pontificio que les autorizaba á llevar el Cuerpo del Señor oculto, y comulgar en la navegación á España sin que los herejes se enteraran. Guardaba las Sagradas Formas el P. Antonio Vanfurk, belga; cuando se preparaban á subir al buque desde una barca, los guardas del puerto de Douvres, alegando ser costumbre en el país, les registraron cuanto llevaban: uno, más audaz que los otros, arrebató la caja en que se encerraba la Eucaristía. Ya en la nave, D. Juan de Meneses, noble portugués, gobernador en otro tiempo de las islas de Madera, echó de ver que los herejes se habían llevado la Eucaristía; encendido en cólera, mandó que todos los marineros se armasen, con lo cual se asustaron los rateros y devolvieron su hurto. Por fin arribaron á Lisboa en el mes de Agosto; á la sazón, el Nuncio de Su Santidad tenía puesto entredicho á la ciudad. Mientras tanto que se preparaba una embarcación, fueron benévolamente acogidos por los Padres de nuestro Colegio, y se dedicaron al bien espiritual de la población y de los marineros. Partieron de allí la víspera de la Purificación, á la cual eligieron como Patrona del viaje. A los ocho días, faltó poco para que se estrellara el buque en una isla, cerca del Cabo Verde; con la protección de la Virgen y la destreza del timonero, evitaron el peligro. Muy luego, bastantes religiosos comenzaron á enfermar, sin saber de qué, y murieron los PP. Antonio Vanfurk y Juan Soyer, belgas. Este había nacido en Maubeuge; admitido en la Compañía, por su excelente ingenio y piedad, solicitó pasar á las Indias; en Lisboa dió muestras de lo que hubiera hecho á no fallecer, con el siguiente motivo. D. Juan de Meneses, gobernador de las islas de la Madera, navegando desde Inglaterra con el P. Seyer, trabó amistad con éste, y ya en Lisboa lo llevó consigo á una quinta que cerca tenía, donde residía un capitán, el cual, salió de paseo cierto día cuando el P. Soyer estaba en Lisboa; entonces se le apareció éste exhortándole á la piedad; cosa admirable: apenas la visión desapareció, el capitán sintió un vivo dolor de sus culpas, y lloró su pasada vida. Sabedores de lo acontecido Meneses, su madre y demás familia, experimentaron deseos de confesarse con los jesuitas; por casualidad llegó á la granja el P. Soyer y absolvió á todos. En Lisboa imprimió un folleto que refería los milagros de la Virgen de Santa Fe, y contenía diversas oraciones. Murió por tomar demasiado antimonio estando enfermo. El P. Antonio Vanfurk, natural de Amberes, tuvo seis hermanos, que ingresaron en la Compañía; su muerte fué llorada con razón, porque ningún jesuita de los que iban en compañía del P. Díaz Taño le aventajaba en condiciones excelentes. Por su gravedad, suavidad de palabras y afectos piadosos, se granjeaba el cariño de todos. En Bruselas enseñó Humanidades y Retórica muchos años, y en Lovaina cuatro cursos de Teología. Pudiendo brillar en Bélgica, prefirió esconderse en un rincón del Nuevo Mundo. Preguntado antes de espirar si moría á disgusto sin ver á su hermano Justo, que residía en el Paraguay, respondió que no por visitarlo partía de Europa, y que de buena gana se abstendría de saludarlo con tal de poderse consagrar á la salvación de los indios. Su cuerpo fué arrojado al mar el Domingo de Resurrección. Entre tanto los más de los jesuitas estaban en cama y se desencadenó una tempestad tan violenta, que los marineros viejos decían no haberla sufrido como aquélla; la nave fué llevada hacia el cabo de Buena Esperanza, á la misma latitud que Buenos Aires, pero muy distante. Abandonaron los misioneros la idea de ir directamente á esta ciudad, y se dirigieron al Brasil.

 

CAPÍTULO XLII

ALBOROTOS QUE HUBO EN RÍO JANEIRO.

Llegaron, por fin, los jesuitas al puerto de Río Janeiro, donde el P. Pedro Mora, Visitador del Brasil en nombre del General, y el Padre José Acosta, Rector del Colegio, y el gobernador D. Manuel Sáa, los recibieron benévolamente. Cumplidos los ordinarios oficios de cortesía, el P. Díaz Taño, atento á su cometido, trató de promulgar el Breve pontificio, en el que se excomulgaba á los vejadores de los indios; pero halló graves obstáculos. Tan luego como se oyó en nuestra iglesia pregonar el Breve, los mamelucos de Río Janeiro y sus satélites se encolerizaron, y trataron de matar á los jesuitas; tumultuosamente rompieron las puertas del Colegio y amenazaron á los recién idos con quitarles la vida, especialmente al P. Díaz Taño; habrían realizado sus deseos si el gobernador no llevara la gente alborotada al templo y los apaciguara. Al día siguiente el gobernador, los oidores, los nobles y frailes distinguidos se reunieron en el Convento de los carmelitas, y habiendo los Padres Mora y Díaz Taño mostrado el Breve pontificio promulgado legalmente con la autorización del Nuncio de Su Santidad en Portugal y del Vicario eclesiástico de Río Janeiro, aunque sabían muy bien que apelar era inútil, recurrieron al Papa, á fin de evitar turbulencias. Opusiéronse á esto varios hombres notables y se disolvió la reunión; gracias á la prudencia de los PP. Mora y Díaz Taño, se arregló negocio tan difícil. Nadie pensó que se acomodaran en su conducta á las circunstancias; súpose después que los mamelucos intentaron asesinar á los PP. Mora, Díaz Taño y al gobernador; de modo que hicieron bien en transigir. La cuestión se eternizó en los Supremos Tribunales de Europa; los mamelucos se reían de leyes divinas y humanas.

 

CAPÍTULO XLIII

ALTERÓSE EL ORDEN EN LA CIUDAD DE SAN PABLO.

Cosas más atroces que en Río Janeiro tenían lugar en San Pablo. El Vicario D. Fernando Rodríguez, por mandato del Administrador eclesiástico de Río Janeiro, D. Pedro do Albornoz, promulgó el Breve consabido en la iglesia principal: nadie protestó; pero un hombre díscolo tramó una conjuración contra el Vicario; éste había excomulgado á un ciudadano que apeló del Breve pontificio; entonces el sedicioso y sus cómplices se alborotaron; penetraron en el templo con espada en mano, y amenazaron con la muerte al Vicario, que defendió heróicamente las disposiciones del Padre Santo; y como aquellas furias gritasen que apelaban del Breve, admitió la apelación. Pidieron que les entregasen el documento, y les contestó que se lo daría el Rector del Colegio de la Compañía. Éste, con objeto de aplacar el tumulto, salió á un pórtico, llevando en las manos la Eucaristía, y les exhortó á que no se mancharan con un horrendo crimen, suplicándoles que, en honor al Hijo de Dios, obedeciesen las órdenes de su Vicario en la tierra; los sediciosos, al oir esto, hincados de rodillas dijeron á voces que veneraban el Cuerpo de Cristo, pero que no querían ser privados de sus bienes. Entonces se oyó una voz diciendo que de un arcabuzazo derribasen al sacerdote; otros pedían el Breve, y obtenido, suplicaron, aunque en vano, al Vicario que los absolviese de censuras; fueron luego á varios Conventos, y algunos hombres ignorantes defendieron que los alborotadores no habían incurrido en excomunión, porque el Pontífice declaraba que se publicase el Breve si no se temían complicaciones: la verdad es que con estos pretextos encubrían sus malos propósitos. Los tumultuantes exigían que los jesuitas no defendiesen la libertad de los indios, para evitar sucesos iguales á los pasados. En Piratininga, residencia de muchos mamelucos, sufrió no poco la Compañía; se repitió lo acontecido en San Pablo, y los jesuitas fueron expulsados: algunos de éstos marcharon á Río Janeiro, y contaron con indignación general las vejaciones que habían experimentado.

 

CAPÍTULO XLIV

ALABANZAS DE QUIENES DEFENDIERON Á LOS INDIOS.

Como quiero dar á cada uno lo que es suyo, ensalzaré la fortaleza del gobernador de Río Janeiro, quien pasado el furor del tumulto mandó azotar con varas á un hombre que se mostró irreverente hacia el Santísimo Sacramento en la Iglesia de la Compañía, y dar tormento al mensajero que le llevó la noticia de haber sido arrojados de San Pablo los jesuitas, como una fausta nueva. Preguntaron al Rector del Colegio de esta ciudad, si prometía no publicar disposición alguna pontificia sin el consentimiento de las autoridades civiles, y respondió que él y sus compañeros obedecerían hasta la muerte los preceptos del Vicario de Cristo. Los jesuitas de San Pablo optaron por el destierro antes que desviarse de la verdad. Dignamente se condujeron los PP. Díaz Taño, Mora y Acosta y demás de Río Janeiro, poniendo en riesgo su vida por defender á los indios. Mencionaré también á Urbano VIII, autor del consabido decreto; á Felipe IV y á su Real Consejo, que procuraron curar los males con frecuentes Cédulas. Habría conseguido el monarca español castigar á los mamelucos á no ser por la sublevación de Portugal. A fines del año 1640 reunieron éstos sus fuerzas, y despreciando las leyes pontificias y seculares, se dirigieron contra los neófitos; sabiéndolo el P. Díaz Taño salió apresuradamente del puerto de Río Janeiro, donde el Rector del Colegio, José Acosta, había mantenido por espacio de siete meses á treinta jesuitas recién idos; rogáronle éstos que pusiera la cuenta de los gastos para que la provincia del Paraguay la pagara, y contestó que con haber consumido seis mil ducados no quería retribución alguna, pues Dios le daría cuanto necesitara.

 

CAPÍTULO XLV

LLEGAN Á BUENOS AIRES EL P. FRANCISCO DÍAZ TAÑO Y SUS COMPAÑEROS DE VIAJE.

Habiendo salido el P. Díaz Taño de Río Janeiro á fines de Noviembre, arribó felizmente á Buenos Aires, donde recibieron á los misioneros el Provincial y muchos neófitos que fueron de su país, distante doscientas leguas. Alegróse el Provincial al ver reunidos jesuitas de Cerdeña, Borgoña, Alemania, Bélgica, Holanda, Italia y España. Estos, en su navegación y estancia en Río Janeiro, ni una palabra hablaron en su idioma patrio; todos eran hombres apostólicos, dotados de ingenio y virtudes; ninguno dejó de hacer los cuatro votos; Europa se cubrió de gloria enviando al continente americano gente tan distinguida. Alguno hubo que se mostró rehacio en el trabajo; pero experimentó su justo castigo. El P. Gregorio Figueroa, mozo de buen talento, fué expulsado de la Compañía; poco después murió en una riña en el Perú cosido á puñaladas. También fué despedido el P. Bautista Elejalde: se puso al servicio de un hombre rico, y falleció á los diez días. Mejor fin tuvieron el P. Juan Ignacio Baisama, castellano, entendido en jurisprudencia, prudente y virtuoso; el P. Domingo Martínez, nacido en Benevento, de imaginación ardiente y celoso por la salvación de las almas, y el P. Packman, suizo, que se dedicó á cuidar los negros apestados; contagióse y acabó su vida piadosamente. Los demás jesuitas todavía continúan en sus laudables tareas; una pluma elegante y no la mía, debía ensalzarlos. Antes de que fuesen á Córdoba llegó el nuevo Provincial. Hablaré de su antecesor el P. Boroa, á quien, excepto el fundador de la provincia, nadie aventajó; fué digno de que lo comparasen con los más ilustres hijos de la Compañía. Tuvo el don de lágrimas al celebrar Misa; mortificó siempre su cuerpo con demasiada severidad. Nació en Trujillo, de padres nobles, que lo educaron cuidadosamente; solía decir, ya anciano, que no están mejor guardadas las monjas en los claustros que lo estaba por sus padres en la juventud. Asistió á las escuelas de excelentes maestros; no sabía otras calles que las que llevaban á las aulas y al templo; se abstenía de ir á otra parte, temeroso de contagiarse con las malas costumbres de los muchachos de su edad. Estudió latín y filosofía aristótelica. En el año 1605 entró en la Compañía y lo pusieron bajo la dirección del P. Luis Palma, ilustre ascético; con razón era considerado como el más notable discípulo de éste. A la verdad, fué grande, por su severidad de costumbres, su carácter apostólico y su prudencia. Enseñó Humanidades en Belmonte; uno de sus alumnos fué el P. Juan Castillo, mártir luego en el Paraguay. Designado, aunque joven, para altos cargos en España, marchó al Nuevo Mundo en el año 1610. Enviado á los diaguitas, dió muestras de su constancia, por lo cual lo llamaron un Francisco Javier en pequeño. Ya he referido los países que recorrió antes de ser Provincial, Acabado este cargo, gobernó el Colegio de Córdoba cuatro años y el de la Asunción, haciendo á los pobres y á los indios cuantiosas limosnas. Cuando los alborotos del Paraguay, tuvo que salir de la Asunción; residió mucho tiempo en la quinta de un español esperando que la tempestad se calmara; volvió á la mencionada población, y desde allí se dirigió al Paraná y Uruguay, siendo anciano, para estar al frente de los misioneros. Ya muy débil por la edad se estableció en Iguazúa, y no vivió ocioso; confesaba á los neófitos, visitaba los enfermos llevado en una silla de manos, animaba con sus cartas á los religiosos y defendía á los indios. En estas ocupaciones le sorprendió la muerte en San Miguel, pueblo del Uruguay. Escribió muchas cosas de los varones eminentes del Paraguay que me han servido al escribir la presente obra. El y el Padre Díaz Taño me impulsaron á componerla.

 

NOTAS

1- De este peregrino suceso dejó escrita el mismo P. Ruiz una minuciosa relación. En ella se dice qué la tal endemoniada era una monja lasciva que, además de tener trato deshonesto con un criado del convento, estuvo poseída de muchos diablos. El manuscrito original se conservaba en el Colegio de la Compañía en Alcalá de Henares. Hemos visto una copia que perteneció á D. Luis Usoz del Río.– (N. del T.)

2- Corderillos de cera, bendecidos.– (Nota del T.)