H. SÁNCHEZ QUELL
ESTRUCTURA Y FUNCIÓN
DEL
PARAGUAY COLONIAL
COLECCIÓN
CÚPULA
EDITORIAL
GUILLERMO KRAFT LIMITADA
FUNDADA EN 1864
BUENOS AIRES
3ª EDICION CORREGIDA Y AUMENTADA
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Queda hecho el depósito que previene la ley Nº 11.723.
Copyright by Editorial Guillermo Kraft Ltda.,
Calle Reconquista 319 – Buenos Aires.
UN MODERNO LIBRO SOBRE
EL PARAGUAY COLONIAL
Por el Dr. J. M. Alvarez de Toledo
De las naciones que surgieron bajo el impulso del genio hispánico, en las tierras promisorias del nuevo mundo, hay una de ellas, que nace bajo un signo especial y que desarrolla una historia de caracteres profundamente diferenciados: este nación es el Paraguay. Su historia tiene una unidad tal, que para explicar el proceso contemporáneo, es preciso conocer bien su raigambre primera: su vida colonial.
Natalicio González, el magistral autor, de "Proceso y formación de la cultura paraguaya", analiza la forma cómo se desenvuelve el espíritu humano en estas tierras, modificando el medio, perfeccionando los métodos, influenciándose a veces por lo externo, pero progresando siempre. En la forma brillante que su talento y cultura la permiten, González estudia social y psicológicamente el hombre colonial. Su estudio, hecho con criterio moderno y científico, dejaba sin embargo una laguna: el estudio del desenvolvimiento político y diplomático de los hombres de ese período que él tan talentosamente analizara.
El profesor de Historia Diplomática del Paraguay en la Universidad de Asunción, doctor H. Sánchez Quell, ha completado el vacío que dejara el maestro González. En su libro recién aparecido, titulado "Estructura y función del Paraguay Colonial", estudia con agudeza histórica, método, concisión y erudición la realidad de entonces. Así como González hace el "proceso de la cultura", Sánchez Quell realiza el "proceso de la política". Sin embargo, sus páginas presentan suficientemente "lo humano", como pare que lo político y diplomático no salga deshumanizado.
Diversos autores paraguayos, como ser, Moreno, Domínguez, Garay, Báez, para citar sólo algunos, han estudiado eruditamente la historia de la nación. Estos preceden e Sánchez Quell en el tiempo y lo superan muchas veces en la minuciosidad de estudios localizados. Sánchez Quell, con un criterio de síntesis y con el concepto moderno del ensayo histórico, realiza una labor paralela a los autores nombrados, pero pensando y escribiendo en "moderno".
Nuestra época, que lo puede fabricar todo menos el tiempo, necesita para la juventud obras claras, humanes y sintéticas. No olvidemos que la síntesis es la etapa última y más difícil, de la evolución del pensamiento. Por tanto, creemos que este último libro sobre la historie paraguaya, es de importancia excepcional, pues permite a paraguayos y sudamericanos, conocer con exactitud histórica, la historia del Paraguay Colonial. A los primeros les ayudará a explicarse y e amar la evolución de su patria y a los segundos, es decir a los sudamericanos, les servirá para comprender y conocer un emocionante capítulo de la historia de una nación americana, que desde el corazón de un continente, se perfila legendaria, heroica y brumosa.
El profesor Sánchez Quell, haciendo honor a su cátedra, presenta y ubica con claro sentido didáctico el "leít-motiv" de su obra: Paraguay. Comienza por explicar en sus primeros capítulos, las razones que impulsaron a los navegantes europeos a escudriñar los mares. Después de descubierto el continente americano, nos presenta las negociaciones diplomáticas con que Portugal y España se parten el nuevo mundo. Continúa con el estudio de los viajes de exploración y las delimitaciones de las gobernaciones concebidas por los reyes españoles.
Continuando con los capítulos siguientes, nos encontramos con la fundación de la ciudad de Asunción y las primeras rebeliones comuneras. Después se leen las diversas segregaciones del Paraguay y la irradiación de ciudades y de hombres, "a los cuatro vientos" como lo señala el autor, que hace esa capital situada en el plexo cardíaco de la América del Sur. Los problemas que derivan de las misiones jesuíticas y de las actividades económicas y políticas de "la Compañía" y de la revolución de los comuneros, campean bien vívidos en las páginas de estos capítulos.
Llegado a este punto de la lectura, surge la explicación espontánea de un hecho que es esencialmente paraguayo aunque con menor escala se presente en otros países sudamericanos: la manutención del espíritu de los comuneros de Villalar. De los españoles que saltaron el Gran Charco, vinieron de preferencia, en el primer período de la Colonia, hombres salidos de las huestes de Padilla y vencidos en Villalar, por las "banderas" imperiales. En las otras colonias americanas, la sed de oro o de gloria, es decir la miseria y las guerras, hicieron olvidarse al conquistador del ideal comunero, olvido fácil, puesto que la distancia de la Corona permitía mayores libertades que en la Península. Los conquistadores avecindados en el Paraguay, habiendo fracasado en su búsqueda del oro y no teniendo guerras continuadas, mantuvieron vivo el recuerdo de la causa que tal vez los hiciera emigrar. El bergantín construido en Asunción y llamado "Comuneros", comprueba este aserto. Posteriormente la política económica de los jesuitas en combinación con los gobernadores, reavivó fácilmente la llama de este ideal de libertad. Así fue como lo que pudiéramos llamar el espíritu del hombre de la calle de entonces, llega a la etapa de la independencia americana con un criterio perfectamente definido y sentido. Este espíritu, continúa latente en la vida paraguaya.
El "cómo" y el "por qué" de la revolución de la independencia americana, desde las invasiones de los ingleses, pasando por los motines de la Península, hasta el golpe contra el gobernador Velasco encabezado por el capitán Pedro Juan Caballero, son explicados con método y técnica histórica. Las causas inexplicables del fracaso de Belgrano, para un sudamericano, surgen claramente en estos últimos capítulos que concluyen con la declaración de la independencia del Paraguay.
Una parte de su obra el autor la dedica al Chaco. Esta parte la quita unidad a la obra y no tiene relación de continuidad histórica con el Paraguay Colonial. Pero es explicable que un paraguayo que ha vivido los problemas de la guerra del Chaco sienta espiritualmente ese continuidad y la necesidad de explicar los derechos de su nación sobre esa región. [1]
Continuando con el "fondo" diremos, que en lo que tiene relación con la técnica histórica, Sánchez Quell ha abandonado las líneas clásicas. Explicaremos esto.
La historia como ciencia no es el simple estudio erudito y exposición fría de los hechos. El hombre es la base del hecho histórico y los documentos y las otras fuentes de la historia que tienen un valor integral, no son toda la historia. Sobre este material el historiador moderno plasma con los buriles de la psicología, de la biología, de la filosofía, de la economía, de la sociología, la reproducción del pasado, hecha con sentido de unidad y a la que anima con el fuego creador de su talento de artista. El historiador contemporáneo es un zahorí que al soplo mágico de esta creación hace revivir épocas viejas; desfilan audaces por sus páginas hombres de criterio diferente del actual, a veces grandes, a veces pequeños. Con costumbres y sensibilidades diferentes y con un fondo económico distinto del que nosotros podemos concebir. A veces hechos económicos cambian trascendentalmente la faz de los acontecimientos, otras, hombres históricamente grandes doblan los hechos e imponen las actividades de su espíritu por encima de lo económico y lo material. Las pasiones humanas también contribuyen con sus exageraciones e enmarañar el pasado histórico. Todo el que quiere poner a lo humano la ley rígida de lo documental, de lo económico o de lo espiritual, no hace la historia del hombre, puesto que este, profundamente maleable, es movido por todas las posibilidades que la mente contempla. El eminente filósofo Jacques Maritain, en sus clases de la Universidad de Lovaina, planteaba en 1933 este concepto, que es la síntesis del pensamiento actual. Sin interpretar exactamente este criterio, el profesor Sánchez Quell lo usa como ruta y método.
En resumen, la obra "Estructura y función del Paraguay Colonial" es un oportuno y estudioso aporte al acervo cultural del país; que por su método, claridad y síntesis servirá a propios y extraños, especialmente a la juventud paraguaya y sudamericana, a tener un concepto preciso de este periodo de la historia del Paraguay.
I PARTE
LOS LITIGIOS HISPANO LUSITANOS
Capítulo I
LA BUSQUEDA DE ESPECIAS
Todo comenzó por la búsqueda de especias. Los grandes descubrimientos marítimos de los siglos XV y XVI, reconocen en ella una de sus causas principales. Pero no fueron solamente fruto de mera ambición materialista. Se apoyaban, también, en el anhelo espiritual de difundir un credo religioso. Y en el credo cívico de extender el señorío de la patria y el vasallaje de sus reyes. Mucho hubo, también, de la instintiva tendencia del hombre a descifrar lo incógnito y a jugar con el azar que va orillando su destino. Esos descubrimientos, seguidos de la conquista y la colonización, originaron a su vez los seculares litigios que España y Portugal sostuvieron por el dominio y posesión de las nuevas tierras. El desconocimiento que los europeos tenían de la geografía de América, fue un factor que vino a enmarañar aún más esas discusiones. Por otra parte, no pocas fueron las innovaciones que la Corona de España introducía frecuentemente en la división administrativa de sus colonias. Los litigios hispano-lusitanos constituyen así los antecedentes de las cuestiones de límites que, con el transcurso del tiempo, sostuvo el Brasil, sucesor de Portugal, con los Estados que heredaron el patrimonio territorial de España en América. Asimismo, las divisiones administrativas de las colonias españolas son la causa de los innúmeros pleitos que entre sí mantuvieron los nuevos Estados hispanoamericanos.
Sí, todo comenzó por la búsqueda de especias. "Desde los lejanos días – dice Stefan Zweig en "Magallanes" – en que los romanos comenzaron a gustar de los picantes condimentos del Oriente, el mundo occidental no pudo ya prescindir de ellos. Muy atrás, por allá en la Edad Media, los manjares de Europa eran indeciblemente insípidos. Algunas frutas hoy comunes no se conocían entonces. No había limones, ni tomates, ni maíz; no se sabía del azúcar, del té ni del café; aun en la mesa del rico nada había que aliviara la monotonía de los alimentos, como no se consiguieran especias.
Estas sólo podían obtenerse de las Indias; y las rutas comerciales para ir y volver eran tan largas y peligrosas; tan infectadas de bandas de salteadores y caciques rapaces, que cuando lograba llegar a Europa la codiciada mercancía su costo la hacía exageradamente cara. El jengibre y la canela, por ejemplo, se pesaban en balanzas de farmaceutas; la pimienta se contaba grano por grano, y valía su peso en plata".
La audacia que inspiró los viajes de Bartolomé Dias, Cristóbal Colón, Vasco da Gama, Pedro Alvares Cabral y demás grandes exploradores de la época fue, ante todo, resultado del anhelo de hallar nuevas y desembarazadas rutas para llegar hasta las Islas de la Especiería.
El Cabo Bojador, situado en la costa occidental de Africa, era el punto neurálgico de la navegación. Los productos que se adquirían en la India, constituían para los hombres de Occidente un codiciado artículo de comercio. Pero "el acceso a los países de la India – dice Konrad Kretschmer – era intervenido por las potencias musulmanas, especialmente por los sultanes de Egipto, con objeto de aprovechar por su cuenta los beneficios mercantiles y explotar el activo comercio de tránsito. Como el camino por Alejandría estaba cerrado, fue necesario recurrir a otras rutas practicables. A pesar de sus inconvenientes, era la mejor la del Tana (Tanais) y desembocadura del Don, siguiendo hasta la pequeña Armenia y luego hacia el interior del Asia. Ya desde muy antiguo se pensó que podía llegarse a la India navegando alrededor del Africa, y en la Edad Media se reconocieron de nuevo las costas occidentales del continente; pero nadie había pasado del Cabo Bojador, que por este motivo se designaba como "Caput finis Africae". Las fuertes tormentas que allí soplaban generalmente, habían constituido hasta entonces obstáculo insuperable para la navegación".
La intervención del Príncipe Don Enrique el Navegante, quinto hijo del Rey Juan I de Portugal, impulsó y aceleró enérgicamente el descubrimiento de las costas occidentales de Africa. Don Enrique el Navegante fundó en el Cabo de San Vicente, junto a Sagres, un observatorio y escuela náutica, realizando ingentes gastos para su mantenimiento. Reunió allí los más renombrados cosmógrafos de la época y dirigió hasta su muerte, ocurrida en l460, la obra de los descubrimientos. Los más célebres navegantes de aquellos días fueron alumnos de la Escuela de Sagres. De allí salieron los que fueron a descubrir las islas Madeira, Azores, del Cabo Verde y las costas de Sierra Leona, Guinea, Congo, eteétera.
El viaje de Bartolomé Dias tuvo en Europa una enorme repercusión. Iba este navegante orillando las tierras africanas, cuando una tempestad lo arrojó lejos de la costa, hacia el sur. Luego de poner su rumbo al este, reconoció que debía haber doblado el extremo meridional de Africa. A la vuelta tocó por primera vez en esta punta sur, que a causa de su carácter tempestuoso denominó Cabo Tormentoso. Al regreso de Dias, el Rey rebautizó el lugar con el nombre de Cabo da Boa Esperança. En efecto, este descubrimiento era una esperanza de que se llegaría más pronto a la India. Los antiguos mapas representaban a Africa como extendiéndose hasta pasar el límite meridional del Asia. Ahora quedaba demostrado que Africa tenía al sur un límite preciso.
La idea de que desde las costas occidentales de Europa se podían alcanzar las orientales de Asia, es antiquísima.
Igualmente tenía un origen muy antiguo la sospecha de que entre el Occidente europeo y el Oriente de Asia debía existir una parte desconocida de la tierra. Del problema se habían ocupado ya Aristóteles, Eratóstenes, Posidonio, Estrabón, Séneca, Crates de Mallo y otros sabios de la antigüedad.
Hasta finales de la Edad Media no se trató seriamente del problema de la posibilidad de una ruta marítima a la India; pero, de las consideraciones científicas se pasó, por fin, a su realización. "Al lado – dice Kretschmer – del verdadero descubridor del Nuevo Mundo, Cristóbal Colón, cuyo nombre estará revestido en todo tiempo de una imperecedera corona de gloria, se debe honrar también al descubridor intelectual de América, el florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli , (1397-1482). En una carta (25 de junio 1474), dirigida al confesor de los reyes portugueses, Fernando Martines, exponía Toscanelli detalladamente cómo se podía llegar con facilidad al "País de las Especias" siguiendo la ruta occidental. Posteriormente envió a Colón una copia de esta carta y del mapa adjunto (hacia 1479).
La epístola de Toscanelli a Fernando Martines no produjo ningún efecto. El Rey rehusó el ofrecimiento. No fue más afortunado Colón (hacia 1483), quien, desalentado, abandonó Portugal y se encaminó a España. Sus exageradas pretensiones para el caso de obtener éxito en su empresa, estuvieron a punto de hacerla fracasar. En el prior (Fray Juan Pérez) del convento de Santa María de la Rábida, junto a Palos, encontró quien supiera comprender su plan en todos los detalles y la indispensable protección y mediación para que sus peticiones llegaran a la Corte. Se eligió una ocasión favorable, pues había caído en manos de los Reyes Católicos la ciudad de Granada (1492), hasta entonces en poder de los moros, y los ambiciosos proyectos de Colón no fueron esta vez rechazados. El Tesorero de la Reina, Santángel, adelantó la suma de 1.140.000 maravedises".
No vamos a extendernos en la narración de los viajes de Colón, por ser éstos sobradamente conocidos. Sólo diremos que habiendo partido del Puerto de Palos el 8 de agosto de 1492 tres carabelas da "Santa María", capitaneada personalmente por Colón; la "Pinta" y la "Niña", comandadas por los hermanos Pinzón), llegaron después de dos meses de navegación, el 12 de octubre, a una isla que los indígenas llamaban Guanahaní y que el descubridor bautizó con el nombre de San Salvador (muy verosímilmente la actual isla de Watling, en las Bahamas). Colón siguió navegando y descubrió las islas de Cuba (que denominó Juana) y Haití (que llamó Hispaniola), regresando después a España. Estaba firmemente convencido de que había llegado a la costa oriental de Asia. En realidad, su hazaña había sido de mucha mayor trascendencia; había descubierto la más codificable de las especias: todo un nuevo mundo. Ese nuevo mundo que, por una ocurrencia del cosmógrafo alemán Martín Waltzemüller, comenzó a ser llamado no con el nombre de su descubridor, como hubiera sido justo, sino con el de un navegante que llegó a estas tierras diez años más tarde: Américo Vespucci.
Capítulo II
BULA DE ALEJANDRO VI Y EL TRATADO DE TORDESILLAS
Sorpresa sumamente desagradable fue la experimentada por la Corona de Portugal al enterarse de que Colón había llegado a tierras orientales del Asia. Este descubrimiento – de ser exacta la noticia – venía a anular la vía de acceso que, dando una larga curva por el litoral africano, había sido explorada por Portugal. Además, el acervo de conocimientos atesorados y avaramente ocultados por Portugal sobre tierras e islas del Occidente, corría ahora el peligro de ser totalmente divulgado.
Pero algunos cautivos de aspecto extraño, unos pocos papagayos y raras preciosidades, no eran pruebas suficientes de que las nuevas tierras fuesen las Indias de tradicionales opulencias. Esto llamó la atención del monarca lusitano.
"Cumplía aclarar el misterio – dice Joao Pandiá Calogeras – y verificar si no habría errado el genovés, dando así, por su engaño, mayor brillo y mayor precio al pensamiento lusitano: no ser la India; propiamente dicha, la costa descubierta, sino alguna tierra interpuesta.
Y ordenó, oídos sus consultores técnicos, se aprestase la expedición de Francisco de Almeida, enviado a reconocer y verificar las aseveraciones de Colón.
Los Reyes Católicos, informados del desagrado lusitano, apresuráronse en obtener la misma consagración de sus conquistas, que acostumbraban solicitar, tanto ellos como sus vecinos, en casos tales. Redoblaron sus esfuerzos al saber que una flota de Portugal recibiera orden de seguir para el Occidente. Al mismo tiempo, enviaron a Don Juan II mensajes y afirmaciones de cómo sus derechos serían respetados, y que habrían ciertamente las dos coronas de llegar a entendimiento amistoso. Consiguieron paralizar y después anular la orden de salida de la escuadra de don Francisco de Almeida. Iría a comenzar la discusión diplomática".
Entretanto, en Roma se seguía tramitando el proceso que aseguraría el derecho castellano a la nueva conquista.
Ocupaba el papado en aquellos días Alejandro Borgia, el famoso Alejandro VI (padre de César y Lucrecia Borgia), cuya vida privada, duplicidad y nepotismo, hicieron de el un príncipe del Renacimiento más bien que un verdadero papa.
El 4 de mayo de 1493 Alejandro VI dictaba su famosa bula, cuya parte principal dice así: "Y para que tornéis mas libres y francamente una provincia de tanta importancia, siéndoos esto concedido por gracia apostólica, nós de motu proprio, sin ser por instancia vuestra, o de otros por vos en petición sobre esto ofrecida...; os damos, concedemos y asignamos para siempre a Vos, y a vuestros herederos y sucesores (Reyes de Castilla y León), con todos los dominios, ciudades, castillos, lugares, derechos, jurisdicciones y demás pertenencias, todas las islas y tierras firmes halladas o que se hallaren, descubiertas o que se descubrieren para el Occidente y Mediodía, tirando y trazando una línea del Polo Artico o Norte al Polo Antártico o Sur; sea que estas tierras firmes e islas halladas o que se hallaren estén para el lado de la India, sea para otra parte, la cual línea distará de cualquiera de las islas que vulgarmente se llaman de las Azores y Cabo Verde, cien leguas para el Occidente y Mediodía".
La bula de Alejandro VI procuraba, así, repartir el mundo para las coronas ibéricas. Una vez conocido su contenido, se produjeron dudas entre los glosadores sobre su alcance; si la bula daba solamente poder espiritual a los pueblos contendores, o si la decisión pontificia tenía carácter atributivo de dominio. El fraile dominico Francisco de Vitoria, profesor de la Universidad de Salamanca y verdadero fundador del Derecho Internacional, que se destacaba por su sabiduría, imparcialidad e independencia de conceptos, combatió la segunda hipótesis, esto es, la del carácter atributivo de dominio. En su dialéctica, Vitoria sostenía lo siguiente: 1º El Papa no es señor temporal o civil, en el sentido justo, de todo el mundo. 2º Si el Papa tuviese el poder temporal universal, no podría cederlo a los príncipes seculares, con perjuicio propio y de sus sucesores. 3º El Papa goza solamente del poder temporal necesario a la vasta administración de la orden espiritual. 4º El Papa no tiene poder temporal de especie alguna sobre los bárbaros e infieles, porque sobre éstos no ejerce poder espiritual.
Aparte de ser discutible en su alcance, la bula ofrecía dificultades técnicas de aplicación, no solucionando por consiguiente el problema. En efecto, no fijaba el origen del contaje de las leguas para el meridiano demarcador, pues eran diversas las longitudes del archipiélago de Cabo Verde y de las Azores. No definía la legua, cuyo valor variaba desde 14 1/6 hasta casi 22 leguas por cada grado geográfico. No definía el paralelo en que se contaría la medida.
Era forzoso, por tanto, que los interesados se entendiesen directamente sobre el caso.
Convencido estaba el Rey de Portugal de que eran suyas, por anteriores actos internacionales, las tierras que habían tocado las carabelas colombinas. Tenía dudas, eso sí, de si se trataba de Asia, o de región próxima a ella. En su concepto, el camino para las Indias era el que contorneaba el Cabo da Boa Esperança. Mantendría a todo costo su posesión, rubricando en esta forma el secular empeño lusitano. Fronteros a Africa, hacia el oeste, se encontraban largos trechos de tierra firme, según evidenciaban viajes no divulgados y relaciones de pilotos.
De tales elementos de convicción, surgía la necesidad de impugnar la legitimidad del dominio castellano en las playas ahora halladas por Colón y presentar sus propios títulos. Además, había que resguardar cautelosamente para Portugal el itinerario para el sudoeste y el sur, hasta el cabo y el mar oriental, ya vencidos por Bartolomé Dias.
Las cortes de Madrid y Lisboa resolvieron iniciar negociaciones, las cuales cristalizaron finalmente en el tratado de Tordesillas, signado el 7 de junio de 1494. Dicho pacto establecía lo que sigue: "Que se haga y señale por el dicho mar Océano una raya o línea derecha de polo a polo, a saber, del Polo Artico al Polo Antártico, que la tal raya se haya de dar, como dicho es, a trescientas setenta leguas de las islas del Cabo Verde, hacia la parte del Poniente, por grados o por otra manera, como mejor y más presto se pueda dar, de manera que no sean más y que todo lo que hasta aquí se ha hallado y descubierto, y de aquí adelante se hallare y descubriese por el dicho señor Rey de Portugal y por sus navíos, así islas como tierra firme, desde la dicha raya y la línea dada en la forma susodicha, yendo por la dicha parte del Levante dentro de la dicha raya a la parte del Levante, o del norte, o del sur de ella, tanto que no sea atravesando la dicha raya, que esto sea, y finque y pertenezca al dicho señor Rey de Portugal, y a sus sucesores, para siempre jamás; y que todo lo otro, así islas como tierra firme, halladas por los dichos señores Rey y Reina de Castilla y de Aragón, y por sus navíos, desde la dicha raya dada en la forma susodicha, yendo por la dicha parte del Poniente, después de pasada la dicha raya hacia el Poniente, o el norte, o el sur de ella, que todo sea, y finque y pertenezca a los dichos señores Rey y Reina de Castilla y de Aragón, y sus sucesores, para siempre jamás".
Determinada la distancia del archipiélago a que pasaría la línea demarcadora, eliminábase uno de los errores de la bula que citando Cabo Verde y Azores, pareciera admitir que por ellas corriera el mismo meridiano, cuando que, en realidad, casi tres grados mediaban entre los meridianos medios de los dos sistemas de islas.
Quedaba, sin embargo, en duda de qué punto insular preciso del Cabo Verde se iniciaría el contaje. Desde la más oriental a la más occidental de las islas del Cabo Verde había casi tres grados de longitud.
Surgió también la cuestión de la legua. ¿Eran leguas de 14 1/6 o dé 22 por grados? Según que se adoptase una u otra, se producía una variación de casi nueve grados.
El tratado de Tordesillas era, pues, un nuevo germen de interminables polémicas entre las coronas ibéricas.
A los portugueses se hacía necesario sondar nuevamente los problemas conexos de la navegación para el este y de la navegación para el oeste. Un doble sistema de viajes fue instituido, como veremos en seguida.
Para la India, por el Cabo da Boa Esperança siguió en 1497 Vasco da Gama. Partiendo de Lisboa, por orden del Rey, con tres navíos, pasó el cabo citado, continuó a lo largo de la costa africana por Mozambique y llegó a Calicut, en el litoral occidental de la India. Siete meses después, partió de regreso con un rico cargamento hacia su patria.
Para la tierra desconocida, pero sospechada, del sudoeste, fue enviado Duarte Pacheco Pereira en 1498, en misión secreta. Dos años más tarde, esto es, en 1500, partió al frente de una fuerte flota Pedro Alvares Cabral. Una vieja leyenda, cuya falsedad ha sido ya demostrada, sostiene que Cabral se dirigía a la India y que, al seguir la ruta de Africa, fue desviado en su camino por la corriente ecuatorial del sur e impelido por ésta hacia el oeste, descubriendo de este modo involuntario, el Brasil. Por el contrario, la ruta de Cabral fue dirigida de una manera deliberada. Él se dirigía al Brasil (nombre que viene do palo brasil, árbol tintóreo abundante, en esa región). El camino del descubrimiento oficial ya estaba preparado.
Surge de aquí un problema histórico: ¿por qué no fue divulgada de inmediato la nueva del descubrimiento? "Tal vez – opina Calogeras – se encuentre la clave del enigma en el pensamiento que dictó la empresa. Por más convencido que estuviese Don Juan de la existencia de una tierra firme al sudoeste, y lo afirmase con insistente tenacidad en el decurso de la discusión tordesillana, la convicción no era una certeza. La expedición de 1498 salió, por tanto, ya por orden de Don Manuel, para averiguar si era real, y hasta qué punto lo era, lo que el príncipe su antecesor afirmara. De ahí que fue clandestina y oculta al conocimiento público. Volvió, revelando la exacta visión de los cosmógrafos y pilotos portugueses. Si divulgase el resultado y se envaneciese por ello, equivaldría a confesar que la actitud oficial ante Castilla, en 1493 y 1494, era gesto de jugador, y no la tranquila seguridad de quien sabe lo que dice. Quiebra de prestigio para la autoridad moral, científica y política de la corona de Aviz. Y, verificando la existencia del continente occidental, después de Tordesillas, estaba garantido para Portugal el dominio de la nueva costa, por estar aquende el meridiano lindero, y mayor gloria se tributaría a la flota descubridora, que, en rumbo predeterminado, iría al sudoeste a probar la verdad de cuanto Don Juan aseverara a los reyes de España.
Ese es el origen de todas las consecuencias que, por no conocerse en forma corriente el viaje de reconocimiento de Duarte Pacheco, asombran y tornan perplejos a los estudiosos de la ruta de Pedro Alvares Cabral, y que son simples y lógicas, cuando se las considera como resultado del balizamiento previo del precursor.
Ida directa a Porto Seguro, sin escala para reabastecerse, en Madeira o en Cabo Verde; el tono de la narrativa como si se tratase de cosa conocida y prevista; la remisión del mapa de Bisagudo, en la misiva del Maestre João; la alusión "así seguimos nuestro camino por este mar de largo" de la carta de Vaz de Caminha; todo esto, mucho parece significar la ejecución de plan ya establecido de acuerdo con un primer y verdadero descubridor, que, además, iba en la misma flota encargada de la divulgación oficial".
El mismo Duarte Pacheco Pereira, en su libro "Esmeraldo, de situ orbis", que dedicó a Don Manuel, expresa: "Hemos sabido y visto, cómo en el tercer año de vuestro reinado, del año de Nuestro Señor de 1498, donde Vuestra Alteza mandó descubrir la parte occidental, pasando allende la grandeza del mar Océano, donde es hallada y navegada una gran tierra firme..., que tanto se dilata su grandeza y corre con mucha extensión, que de una parte ni de la otra no fue visto ni sabido el fin y cabo de ella..., y yendo por esta costa sobredicha..., he hallado en ella mucho y fino brasil con otras muchas cosas de que los navíos en estos reinos vienen grandemente cargados".
Como se ve, después de esta descripción, hecha por el descubridor, al propio Rey que ordenara la investigación, no se puede sostener ya la casualidad del viaje de Cabral.
Capítulo III
CARABELAS EN EL RÍO DE LA PLATA
Hemos visto cómo Colón estaba firmemente convencido que había llegado a la costa oriental del Asia, ignorando que las tierras por él descubiertas constituían en realidad un nuevo continente. En esa creencia murió Colón, en 1506. Posteriores expediciones, especialmente la de Vasco Nuñez de Balboa, que descubrió en 1613 el Mar del Sur (Océano Pacífico), demostraron ese error geográfico.
Entretanto, los portugueses, siguiendo la ruta del sur de Africa y la India, habían llegado a la península de Malaca, cruzado el estrecho situado entre ésta y la isla de Borneo, y tomado posesión de las Molucas o Islas de la Especiería. De aquí regresaban las naves cargadas de grandes riquezas. Como el tratado de Tordesillas daba a los portugueses la exclusividad de la navegación al Asia, por el este, a lo largo de la costa africana, los españoles, para poder llegar a las Molucas, necesitaban hallar un estrecho que les permitiera tomar la ruta occidental, esto es, que comunicara el Atlántico con el Pacífico. No otra fue la causa del viaje de Juan Dias de Solís.
Este navegante firmó con el Rey un contrato, por el cual se comprometía a emprender un viaje para el descubrimiento de "las espaldas de Castilla de Oro", es decir, las costas de México bañadas por el Pacífico – para lo cual debía cruzar, algún estrecho –, y "de allí adelante mil e setecientas leguas e más", hasta llegar a las Molucas.
Tres carabelas, comandadas por Solís, llegaban en 1516, a un punto que, situado un poco al occidente de Punta del Este, denominaron Candelaria (actual Maldonado). Orillando la costa uruguaya, entraron después en un agua que, por ser tan espaciosa y no salada, denominaron Mar Dulce. Es lo que se conoció más tarde con el nombre de Río de la Plata.
Después de llegar a una isla, que llamó de Martín García, por haber enterrado allí a un marinero de este nombre, Solís dirigióse de nuevo a la costa uruguaya. Pero apenas tocó tierra, acompañado del contador Alarcón, el factor Marquina y seis marineros, cayeron él y sus compañeros ante una lluvia de flechas lanzadas por los indios charrúas que estaban agazapados en la selva.
"Los charrúas – dice Alberto Zum Felde – andaban a pie, se guarecían en toldos, iban desnudos, no tenían instrumentos de música, ni más armas que la flecha y las boleadoras; se alimentaban de pescado y de caza menuda. El caballo, la guitarra, el facón, son españoles; el rancho de terrón, el poncho, el chiripá, el mate y otros elementos indígenas, son traídos por los españoles del Paraguay y del Alto Perú, cuando fundan las reducciones de Soriano. Los mismos nombres geográficos y vocablos indígenas incorporados a la lengua común de estos países, son, en su casi totalidad, guaraníes, no charrúas; es sabido que éstos hablaban una lengua gutural, casi imposible de pronunciar, y que el propio lenguaje que usaban más tarde, posteriormente a la conquista, está lleno de influencias guaraníticas adquiridas por importación".
Solís descubrió en esa forma el Río de la Plata, pero su muerte desalentó a la tripulación, que, en vez de proseguir la búsqueda del estrecho, emprendió el regreso a España.
Nuevas carabelas llegaban al Río de la Plata en 1520. Iban al mando de Hernando de Magallanes, portugués al servicio de España. Su objeto era el mismo que había perseguido Solís; descubrir un estrecho entre los dos océanos. "la nueva expedición – dice Stefan Zweig – constituyó la aventura más audaz de la humanidad".
Después de cruzar el Atlántico y de llegar al Río de la Plata, donde constataron que dicho estuario no era el estrecho que buscaban, siguieron la costa de la Patagonia hasta alcanzar el estrecho, por donde efectuaron la entrada. Tres semanas después llegaban a la salida occidental del estrecho, y entre salvas de artillería se hicieron a la vela por el Mar del Sur. La travesía de este océano duró tres meses y medio, hasta que por fin alcanzaron las islas Filipinas, donde Magallanes fue muerto por los indios. Los buques se dirigieron luego a las Molucas, y con un rico cargamento de especias, por lo menos una de las cinco navas que habían comenzado la expedición, la "Victoria", al mando de Juan Sebastián Elcano, alcanzó la costa española, a los tres años de haber partido de ella. Este fue el primer viaje alrededor del mundo.
La expedición de Solís, que regresaba desde el Río de la Plata rumbo a España, fue azotada frente a Santa Catalina, en la costa del Brasil, por una tempestad. Una de las carabelas naufragó, consiguiendo salvarse once tripulantes. Estos llegaron a la costa habitada por los indios tupí-guaraníes, y allí se establecieron. Los indígenas comunicaron a los recién llegados que, muy al occidente, existía en el interior del continente la "tierra del Rey Blanco", donde abundaban el oro y la plata. Se referían al Tahuantinsuyo o tierra de los quéchuas, donde dominaba el Inca, es decir, el Emperador. Se referían al Potojchi, que en lengua quéchua significa "cerro que brota plata", y al que los españoles llamaban Potosí.
Alejo García, natural de Alentejo (Portugal), era uno de los náufragos. Hombre de una audacia a toda prueba, se propuso llegar nada menos que a la aurífera y argentada sierra. La acompañaron en su arriesgada empresa Alejo de Ledesma, Francisco de Chaves y dos compañeros más, cuyos nombres no ha podido precisarse. En Santa Catalina quedaron Enrique Montes, Melchor Ramírez los otros cuatro. García y sus cuatro acompañantes partieron de Santa Catalina en 1524. Cruzaron la hoy Provincia de Santa Catalina, luego el Paraná y entraron en el Paraguay a la altura del Monday. "Recibidos – dice Ruy Díaz de Guzmán – y agasajados de los moradores de aquella provincia, convocaron toda la comarca, para que fuesen juntamente con ellos a la parte del Poniente a descubrir y reconocer aquellas tierras, de donde traerían muchas ropas de estima y cosas de metal". Alejo García, que había adquirido conocimiento completo del idioma y costumbres de los guaraníes en los ocho años que residió entre ellos en la costa del Brasil, hizo que 2.000 indios le siguieran. A la cabeza de su ejército, siguió García hasta, un puerto del río Paraguay situado a los 19º, quizá el actual Corumbá, y de allí se internó en la ríspida jungla chaqueña. Llegó a los dominios de los chaneses, los ganó con dádivas y, con el auxilio de estos nuevos aliados, "al cabo de muchas jornadas – dice el autor citado – llegó a reconocer las cordilleras y serranías del Perú." Se internan en él y "pasan adelante más de 40 leguas hasta cerca de los pueblos de Presto y Tarabuco", próximos a Chuquisaca. Pero los indios charcas les salen al encuentro en son de guerra. Entonces los expedicionarios emprenden el retorno, sanos y salvos, y además "cargados de despojos de ropa, vestidos y muchos vasos, vasijas y coronas de plata". Una vez en el Paraguay, Alejo García despacha a Santa Catalina a algunos indios con tres arrobas de plata y cartas para sus compañeros de naufragio, contándoles el éxito de su viaje y llamándoles. Poco después, García y sus compañeros son muertos por los indios payaguaes, a 50 leguas al norte de donde más tarde se levantó Asunción, o sea a la altura aproximada de la actual Villa de San Pedro.
"Así acabó en 1525 – dice Manuel Domínguez –, el descubridor del Paraguay y de Charcas, el primero que se internó en la tierra de los Mbayaes, llegó a los Andes peruanos y penetró en los dominios del Inca. Cruzó Curitiba 17 años antes que Alvar Núñez, descubrió el Paraguay 4 años antes que Gaboto, exploró el Chaco 18 años antes que Ayolas, entró en Clarcas 18 años antes que las huestes de Pizarro. La historia le da este lauro a aquél gentil aventurero".
Otras carabelas arribaron al Río de la Plata, en 1526. Eran las del veneciano Sebastián Gaboto, que estaba al servicio de España. Carlos V lo enviaba a las Molucas. Debía seguir el derrotero de Magallanes y posesionarse de las riquezas, cargando sus naves de oro, plata, piedras preciosas, especias, sedas, brocados, etcétera. Pero ocurrió que al llegar a Pernambuco, el jefe de dicha factoría, Manuel de Braga, y otros portugueses, le llenaron la cabeza con noticias de la expedición de Alejo García, del Rey Blanco, de la Sierra y del Río de la Plata. Y agregaban que, más al sur de Pernambuco, "había unos cristianos de la armada de Solís, los cuales estaban muy bien informados de las riquezas que en el dicho río había". Prosigue Gaboto su viaje y llega a Santa Catalina, donde Enrique Montes y Melchor Ramírez le cuentan la misma historia, en forma más concreta y precisa. Montes, llorando, presentaba muestras de oro y plata. Y añadía que Gaboto y compañeros eran los hombres más venturosos del mundo, pues tanta era la plata y el oro que había en el Río de la Plata, que todos, pajes y marineros, volverían ricos. Gaboto no vaciló ya entonces en desistir de su viaje a las Molucas, y dirigióse resueltamente al Río de la Plata. Una vez en el estuario, Gaboto remontó el río Uruguay y luego el río Paraná, fundó el fuerte de Sancti Spiritus en la confluencia con el Carcarañá, exploró este río, el Paraná y el Paraguay, llegando, en 1528, hasta un punto que probablemente fuese Emboscada, donde los indios mataron a varios españoles. Vuelto Gaboto a Sancti Spiritus, emprendió una segunda expedición al norte, esta vez en compañía de Diego García, la que obtuvo resultado igualmente negativo. Por otra parte, poco después los indios destruyeron totalmente la fortaleza de Sancti Spiritus. Después de tantas contrariedades, Gaboto se vio obligado a regresar a España.
Once carabelas, que constituían la más grande y magnífica expedición llegada hasta entonces, arribaban en 1536 al Río de la Plata bajo el mando de Don Pedro de Mendoza. Pero, antes de ocuparnos de ella, debemos estudiar la capitulación tomada con dicho conquistador el 21 de mayo de 1534 y los antecedentes de la misma.
En enero de 1534 llegaba a Sevilla Hernando de Pizarro, procedente del Perú, con el rescate de Atahualpa, inmenso cargamento de oro y plata, que llenó de asombró a toda Europa: la fiebre del oro corrió por toda la península ibérica. Fue entonces cuando Portugal, informada por su diplomacia fina y vigilante, preparó en secreto una expedición que fuese al Río de la Plata para llegar por esa vía al Perú.
Una real cédula escrita por la Reina al Embajador español en Lisboa, Lope Hurtado, con fecha 17 de febrero de 1531, demuestra que ya entonces en España se creía que los portugueses "desde el puerto de San Vicente, que es en su demarcación, pensaban de entrar por tierra al Río de la Plata, e que también se decía que dos galeones de los que llevaban habían de volver después de ser llegados allá, al río de Morañón, porque dicen que entra en su demarcación". La esta armada, dirigida por Alfonso de Sousa, iba también Enrique Montes, náufrago del tiempo de Solís, antiguo compañero de Alejo García, que había vuelto con Gaboto.
En España se temía, pues, que los portugueses pretendiesen llegar al Perú cruzando por tierra el Brasil, o remontando el Marañón, y para impedir la tentativa por la primera la esas rutas se pensó en la expedición de Don Pedro de Mendoza.
El Embajador español en Lisboa, Luis Sarmiento, hizo saber en España, a carta fechada el 11 de julio de 1535, que pronto partiría la armada del portugués Acuña y que éstos "llevan" gente de caballo y esta otra gente de pie de guerra y hanme dicho algunos de los que yo mejor he podido entender, que van con pensamiento de ir descubriendo por tierra hasta dar por la otra parte en lo del Perú." El Embajador aconsejaba, por tanto, que "Vuestra Majestad mandase que se partiera el armada que está en Sevilla para el Río de la Plata lo más presto que ser pudiese", pues en Lisboa se daban "toda la prisa que se pueden dar". Y agregaba que, como en Portugal no se sabía por dónde pasaba en realidad la raya de Tordesillas, les parecía que ganaría el que más pudiese descubrir y ocupar, por lo cual tornaba a decir que "conviene al servicio de Vuestra Majestad y bien de estos reinos que si la armada de Don Pedro ha de ir, que sea luego antes que esta otra por allá, vaya..."
La capitulación de Mendoza decía que éste venía a descubrir, conquistar y defender "todo lo que fuese dentro de los límites de la demarcación correspondiente a la corona de Castilla". ¿Cuál demarcación? "Alude – dice Manuel Domínguez – a la raya convenida en Tordesillas, que cortaba la costa del Brasil por arriba de la Cananea. Toda la zona al oeste de esa raya era de España, y a vigilarla y defenderla vino Mendoza. Allí está la cláusula implacable de la capitulación. ¿Y cómo podía defender el oeste de esa línea, en el continente, sin subir al norte? (Véase mapa al final).
Y allí está la clave de las primeras expediciones que rompieron su marcha desde Buenos Aires y Buena Esperanza y más tarde desde Asunción. Es la idea diplomática directriz, en ejecución inmediata, aparte de que allí arriba, hacia el Septentrión ignoto, está el imán irresistible de la Sierra la Plata, Potojchi. Ninguno de los capitanes se dirige al sur. Todos van al norte y al noroeste, a cortar el paso a los portugueses, a cruzarles el trayecto que podían correr con los "elementos de movilidad." que traería Acuña.
En cambio, los títulos de Pizarro y de Almagro no tienen ninguna alusión a la raya de Tordesillas ni al Atlántico. No se dice en ellos que estuviesen obligados a defender "los límites de nuestra demarcación de Castilla", ni hay en ellos la más remota alusión al Mar del Norte o Atlántico, cosas que no se concibe se olvidaran, de haberse pensado en ellas. ¿Quién olvidaría límite tan característico, por único, como aquella línea matemática, o tan genuinamente arcifinio como el inmenso Atlántico?
Almagro y Pizarro sólo eran conquistadoras del Perú incaico (Tahuantinsuyo). Y el Perú de los Incas era una serpiente. Su longitud era de 700 leguas y su ancho apenas de 120 a 150. El Perú de los Incas no pasó nunca los contrafuertes andinos.
Conocido el límite oriental de la gobernación de Mendoza, veamos ahora cuáles fueron los límites occidentales, austral y septentrional.
"Primeramente – dice la capitulación – os doy licencia y facultad para que por Nos y en nuestro nombre y de la Corona Real de Castilla podáis entrar por el dicho río de Solís que llaman de la Plata, hasta el Mar del Sur, donde tengáis doscientas leguas de luengo de costa de gobernación que tenemos encomendada al Mariscal Don Diego de Almagro hacia el estrecho de Magallanes, y conquistar y poblar las tierras y provincias que hoviere en las dichas tierras..." Vemos, pues, que Mendoza disponía, sobre el Mar del Sur, de doscientas leguas, y que éstas debían comenzar a medirse desde donde terminaba la gobernación de Almagro (paralelo 25º 31' 36") hacia el estrecho de Magallanes, es decir, en el paralelo 36º 57' 09". (Véase mapa al final)
El límite sur era este mismo paralelo 36º 57' 09", que viene a dar en el Atlántico algo más al sur del estuario del Plata. La gobernación de Mendoza no llegaba, por tanto, hasta el estrecho de Magallanes, como se afirma en cuanto libro de historia o geografía circula por allí. El error proviene de haber reemplazado la palabra "hacia" de la capitulación por el término "hasta". Desde luego, para que la gobernación de Mendoza pudiese llegar "hasta el Estrecho de Magallanes", necesitaría no doscientas sino quinientas leguas de costa sobre el Mar del Sur. (Véase mapa al final).
Por el norte, la gobernación de Mendoza subía hasta las regiones amazónicas y cerca de las Guayanas. Carlos V, el propio monarca que creó el Adelantazgo del Río de la Plata, da la Escribanía General de las Indias a su ex ministro Juan Samano y con este motivo enumera ordenadamente las gobernaciones del Mar del Sur, Carlos V menciona primero la gobernación de Pizarro, luego la de Almagro y por último la de Mendoza.
Y al enumerar las gobernaciones del Mar del Norte, Carlos V señala la gobernación de las Guayanas y a continuación la de Don Pedro de Mendoza. Esto demuestra que, según Carlos V, la gobernación de Mendoza lindaba por el norte con el límite sur de las Guayanas, y que entre una y otra gobernación no se interponía ni la gobernación de Pizarro, ni la de Almagro, pues éstas estaban relegadas a las costas del Pacífico, a la región de los quéchuas. (Véase mapa al final)
Otra prueba de que la gobernación de Mendoza subía hasta las regiones amazónicas – dice Enrique de Gandía – "son las expediciones de Juan de Ayolas, Juan de Salazar e Irala al norte, todos capitanes de Don Pedro de Mendoza, que sabían perfectamente bien cuáles eran los límites de su gobernación, que avanzaban con pilotos que les decían por qué latitudes pasaban y que en ningún momento se habrían aventurado a penetrar nada menos que en los límites de la jurisdicción de Almagro y hacerse pasibles de caer dentro de las leyes severísimas que prohibían salir fuera de los límites de la propia gobernación".
Resumiendo, tenemos que los límites de la gobernación de Mendoza – indistintamente llamada Provincia del Paraguay o del Río de la Plata – eran los fijados por Carlos V en la capitulación citada. La gobernación lindaba por el norte con el límite sur de las Guayanas, que lo era la línea del Ecuador. Por el oeste llegaba hasta los contrafuertes andinos, donde fenecían las gobernaciones de Pizarro y Almagro, y luego, a continuación de esta última gobernación, tenía doscientas leguas de costa sobre el océano Pacífico. Hacia el sur fenecía en el paralelo 36º 57' 09", límite austral de las doscientas leguas sobre el Pacífico. Y en el este limitaba con el Atlántico y la línea de Tordesillas, que la separaba de los dominios portugueses.
Estudiados ya los antecedentes el contenido de la capitulación de Mendoza, pasemos ahora al desarrollo de la expedición.
En las naves de Don Pedro de Mendoza venían 1.500 expedicionarios, entre ellos algunos hijosdalgo y también varios flamencos, alemanes, etcétera. Entre éstos se encontraba Ulrico Schmidl, que, de regreso a su lejana Baviera, escribió una de las primeras historias de la conquista del Río de la Plata.
Después de Mendoza, las figuras principales de la gran expedición eran Juan de Ayolas y Juan de Osorio. El primero de éstos, alguacil mayor, era ambicioso, lleno de celos y de audacia. El segundo, maestre de campo, era joven, entusiasta, alegre, conversador, un poco fanfarrón, generoso con sus amigos, protector espontáneo de todos los soldados. "En Sevilla – dice Gandía – Osorio se había encargado, como maestre de campo de Don Pedro, de reclutar la mayor parte de la gente de la armada. En las gradas de la catedral, en el patio de los naranjos y frente a la Casa de la Contratación, había convencido a los soldados sin empleo, a los marinos sin nave y a los aventureros sin horizontes, a que lo acompañasen en aquella expedición al Río de la Plata, de la cual, lo menos que se podía esperar, era tanto oro como para no saber dónde cargarlo".
Después de renovar sus provisiones en las islas Canarias, la expedición zarpó directamente hacia el Río de la Plata. El 30 de noviembre de 1535 las naves fondearon en la bahía de Guanabara (Río de Janeiro), donde, al pie del Corcovado, un mísero fortín levantado en 1531 por Alfonzo de Sousa, daba albergue a una corta guarnición portuguesa mandada por Gonzalo Monteiro. En los alrededores, las chozas de los indios parecían ocultarse entre la lujuriosa vegetación.
Ayolas y otros, durante la travesía, habían intrigado a Osorio ante Don Pedro, diciéndole que el maestre de campo quería amotinarse para reemplazarle. Mendoza, siempre doliente e irascible, no necesitó más. En el acto mandó formar un proceso a Osorio y, sin darle traslado para su defensa, dictó esta cruel sentencia: "Doquiera y en cualquier parte que sea tomado el dicho Juan de Osorio, mi maestre de campo, sea muerto a puñaladas o estocadas o en otra cualquier manera que lo puliera ser, las cuales la sean darlas hasta que el alma la salga de las carnes".
Osorio, en la mañana del 3 de diciembre, bajó a la Playa elegantemente vestido, con calzas y jubón de raso blanco, coleto recamado con cordones de seda blanca, una gorra de terciopelo blanco, camisa labrada con hilo de oro y con capa negra de paño. El día era soleado y alegre. Los conquistadores andaban dispersos por la playa y entre ellos conversaban, también, algunas de las pocas mujeres que venían en la armada.
Osorio dirigióse hacia el lugar de la playa donde estaba Don Pedro. Al presentarse, se sacó la gorra e inclinándose, preguntó cómo estaba su señoría. "¡Ser preso!", gritó Ayolas. Este y Medrano lo tomaron de los brazos, lo arrastraron dentro de una tienda y allí consumaron el hecho. El cadáver de Osorio fue abandonado por orden de Mendoza con un letrero que decía: "A éste mandó matar Don Pedro de Meudoza por traidor y amotinador". Los indios lo enterraron al pie de una palmera. La expedición prosiguió rumbo al Río de la Plata.
Y ya tenemos a la armada entrando en el estuario. El 3 de febrero de 1536, efectuóse la primera fundación de Buenos Aires. Ella no pudo haberse realizado, como se creía hasta hace poco, en el bajo del Riachuelo, en el lugar llamado Vuelta de Rocha, pues éste, siempre inundado, era insalubre e inhabitable. La fundación debió realizarse en la parte alta de la meseta que comenzaba por el sur en el actual Parque Lezama y se perdía, por el norte, más allá del Retiro. Probablemente, según Gandía, en el punto más alto, conocido en tiempos de la colonia con el nombre de Alto de San Pedro, donde posteriormente se erigió la actual Iglesia de San Telmo, en la calle Humberto 1º .
Una leyenda cuenta que al saltar a tierra, el piloto Sancho del Campo, exclamó: "¡Qué buenos aires son los de este suelo!", y que tal exclamación fue la que dio origen al nombre de Buenos Aires. Pero el origen del nombre fue otro. "Nostra, Signora di Bonaria", imagen de un convento de Cagliari, capital de la isla de Cerdeña, era venerada como patrona de los navegantes. Era una virgen de pie con un niño Jesús en el brazo izquierdo y una navecilla con tres velas en la mano derecha. Sus milagros y sus leyendas eran populares entre los marinos del Mediterráneo, entre los cuales sobresalían los españoles. "Estos – dice Gandía – le profesaban un gran culto, como lo demuestran los documentos y votos que recuerdan los milagros hechos a navíos españoles en trance de perderse. No hay que olvidar, tampoco, que en aquel entonces Cerdeña era parte integrante de Aragón. El resultado relativamente feliz del viaje, indujo a Don Pedro de Mendoza a dar el nombre de "Nuestra Señora del Buen Aire" – protectora de los navegantes – a la primera ciudad que fundó. Los documentos de los primeros años de la fundación de Buenos Aires dicen todos "Nuestra Señora del Buen Aire": el nombre exacto de la Virgen sarda.
"Bello nombre – dice Enrique Larreta –, nombre de carabela, de carabela venturosa. Henchido, soleado el velamen; blanco por sotavento, rubio por barlovento; la Virgen pintada en la lona. Bonanza.
Sin embargo, de nada la valió esta vez el agüero del nombre. No pudo ser menos feliz el comienzo. Ninguna otra capital de América tuvo comienzo tan desastroso, tan mísero.
Aquí la tierra defendióse con fiereza única. Los naturales no se dejaron intimidar, como en otras partes, por la novedad del caballo (vocación misteriosa), ni por el trueno de la pólvora. Empleaban un arma terrible. La bola arrojadiza. Además, los tigres llegaban hasta el foso, hasta la empalizada, todas las noches.
Esta comarca, que había de ser un día dehesa del mundo, acabó por arrojar de sí a los primeros conquistadores con el flagelo del hambre. Fuera de algunas perdices, que no tardarían en alejarse amedrentadas por los disparos del escandaloso arcabuz, no había nada que llevarse a la boca, en todo el contorno. La llanura hirsuta; pastos amarillos y duros, tierra maligna.
Quién sabe si la sensibilidad futura, más golosa de expresión que de brillo, no acaba un día por encontrar mayor belleza en la quijotesca desgracia de ese cuadro nuestro con su fondo de horizonte salvaje, que en las aventuras espléndidas del Perú y de México, al empezar la conquista.
Por lo menos, un sabor más agudo; la especia del desengaño. Sabor cervantino. Pimienta de Insula. Nunca vino de España expedición más brillante. El jefe, un Mendoza, Don Pedro de Mendoza, gentilhombre del Emperador, soldado de Italia, cortesano disoluto y magnífico. Muchos trajes y joyas. Harto dinero. Se le decía enriquecido en el saqueo de Roma con tesoros de cardenales y de basílicas. Sus cofres sacrílegos huelen incienso.
Año de 1536. Fines de otoño. Las tres de la tarde. El pampero grita en las rendijas y mete en el interior de la choza el frío del desierto. Hacia un rincón, sobre el piso de tierra, un lecho suntuoso, un lecho dorado. Altas columnas. En el sobrecielo de brocatel carmesí las armas de los Mendozas. "Ave María". Ahí se está Don Pedro, arropado hasta las barbas, pálido como un muerto. Tiene una mano en el cabezal, mientras agita la otra en el aire. Hace siempre ese ademán cuando se la aparece el espectro. No es un espectro sombrío, en pie – el mismo Don Pedro lo ha dicho – y a manera de humo, como todos los espectros; es un espectro claro, macizo, con lujosos atavíos que relucen al sol, y siempre extendido largo a largo sobre la arena de aquella bahía maravillosa del Brasil. Lleva su famoso coleto recamado, jubón y calzas de raso. Osorio adoraba la vida, el boato, la gloria, el amor. Catalina y Elvira le lloran aún".
Al principio, los indios pampas venían hasta la empalizada para efectuar rescates, o sea, cambios de objetos por víveres. Pero como se cansaron pronto, y además comenzaron a maltratar a los españoles que iban en busca de provisiones, Mendoza envió contra ellos una expedición al mando de su hermano Diego. A raíz del combate entablado murieron varios españoles, entre ellos Diego de Mendoza y el capitán Pedro de Luján. De ahí el nombre del río Luján.
Poco después, los indios pusieron sitio a Buenos Aires. Entonces la situación se volvió realmente trágica, pues los moradores sufrieron un hambre terrible. "No nos quedaban – cuenta Ulrico Schmidl ni ratas ni ratones ni culebras ni sabandija alguna que nos remediara en nuestra gran necesidad e inaudita miseria. Llegamos a comernos los zapatos y cueros todos". Y agrega que algunos comieron las piernas de unos compañeros que habían sido ajusticiados en la horca.
Los indios remataron el sitio, que duró quince días, incendiando las casas, que eran de madera y de paja, con flechas y boleadoras que llevaban materias inflamables. La guarnición tuvo que refugiarse en las naves ancladas en el Riachuelo.
Estaba prohibido que viniesen mujeres en las expediciones a América. Con gran excepción, en la de Mendoza vinieron algunas mujeres. Una de ellas, Isabel de Guevara, escribió una carta a la princesa doña Juana, gobernadora de España en ausencia de su hermano Felipe II. Esa carta, que, como dice Larreta, impresiona "por la grandeza trágica de la situación que describe y por lo que dejan imaginar sus toques admirables", cuenta que las mujeres no sólo hacían la comida y lavaban la ropa, sino que – tal era la flaqueza en que habían caído los hombres – hacían centinela, rondaban los fuegos, armaban las ballestas y daban alarma por el campo a voces.
Ayolas, que había partido Paraná, arriba en busca de víveres, regresó a Buenos Aires, después de haber fundado el fuerte de Corpus Christi en las cercanías del antiguo Sancti Spiritus, en la región de los indios timbúes. Los barcos traían provisiones, especialmente maíz y pescado.
Mendoza resuelve entonces trasladarse a Corpus Christi. "Determinaron – dice Isabel de Guevara – subir el río arriba, así flacos como estaban, y en entrada de invierno, en dos bergantines los pocos que quedaban vivos; las fatigadas mujeres los cargaban y los miraban y les guisaban la comida, trayendo la leña a cuestas de fuera del navío y animándolos con palabras varoniles que no se dejasen morir, pues pronto darían en tierra de comida, metiéndolos a cuesta en los bergantines con tanto amor como si fueran sus propios hijos, y como llegamos a una generación de indios que se llamaban timbúes, señores la mucho pescado, de nuevo la servíamos en buscarles diversos modos de guisarlo porque no les diese en rostro.
Todos los servicios del navío los tomaban ellas tan a pecho que se tenía por afrentada la que menos hacía que otra, sirviendo de marear la vela, y gobernar el navío y sondar de proa y tomar el remo al soldado que no podía bogar. Verdad es que, a estas cosas ellas no eran apremiadas, ni las hacían de obligación, ni las obligaba si, solamente, la caridad".
"Van – dice Larreta – los dos bergantines navegando despacio por el Paraná, aguas arriba. Hacia el norte. Sopla un viento desigual; pero entre socollada y socollada algo tiran las velas. Como capas de pordiosero las velas con tanto remiendo. Cielo azul. Ni una nube. Sol frío, plateado, de fines de Julio. Los conquistadores semejan cadáveres, así extendidos de espaldas sobre la cubierta, con los ojos cerrados o muy abiertos y fijos. En sus rostros febriles la tez amarilla desaparece casi bajo la pelambrera de cabellos y barbas. Sus piernas señálanse como cañas bajo la calza andrajosa. Ahora hasta las mujeres descansan. Una que otra le acaricia la mano a un moribundo o lo besa en la frente.
Pasan, a ambos lados, las costas salvajes, con sus bosques terribles. Aquélla muy distante, ésta muy próxima. Ha crujido una rama seca. Alguna pesada alimaña. De pronto, en el gran silencio, óyese el grito largo y como sonriente de un pájaro que parece encantado. El viento empieza a cambiar. Las velas dan ahora parchazos contra el mástil. Otra vez el grito del ave. ¿Se burla o quiere decir que ya está cerca la ciudad de los templos de oro y calles de plata?"
El viaje duró un mes largo. A Mendoza no le agradó el sitio y dispuso que Corpus Christi se trasladara cinco leguas más abajo, con el nombre de Buena Esperanza. De allí mandó a Juan de Ayolas y Domingo de Irala, el 14 de octubre de 1536, a buscar el camino del Perú. Poco después, el Adelantado, cada vez más achacoso y enfermo, regresaba a Buenos Aires.
Deseoso de tener noticias de Ayolas, que hacía ya tres meses que había partido, envió a Juan de Salazar de Espinosa y Gonzalo de Mendoza en su busca. Los bergantines partieron de Buenos Aires el 15 de enero de 1537.
Y transcurrieron otros tres meses de espera infructuosa. Además, Mendoza estaba cada día más postrado. Resuelve entonces regresar a España. Nombra sucesor suyo a Ayolas, jefe de la plaza de Buenos Aires a Francisco Ruiz Galán, y emprende el retorno.
La expedición de Mendoza, que fuera todo boato y poderío al salir de España, sufrió la peste, el hambre y la muerte. Nunca siguieron mayores fracasos a tan grandes ilusiones.
Como coronamiento de tantos reveses, Mendoza no pudo volver a su patria. Murió en alta mar, el 28 de junio. "Aquel hombre – concluye Larreta – fue siempre un arder continuo de pasiones desaforadas. "Arrojaron su cuerpo a la mar", dicen las crónicas. Se cree escuchar el rumor de un ascua en el agua. El alma debió subir como una bola de humo".
Capítulo IV
"TRAYENDO LOS PALOS A CUESTAS"
Antes de entrar a tratar del origen de la capital paraguaya, la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción, debemos informarnos del escenario geográfico en que se va desarrollar la conquista y de los factores étnicos que intervendrán en ella.
Amarillos y polvorientos infolios nos cuentan que los castellanos, los vascos y los andaluces, subiendo por la serpiente azul del río, fueron los que vinieron a fundarnos la patria.
"El río Paraguay – dice J. Natalicio González – cruza la tierra guaraní, de norte a sur, dividiéndola en dos regiones casi iguales en extensión y casi antitéticas en sus caracteres. Cualquiera de esas dos zonas, tomada aisladamente, da la sensación de algo fragmentario, incompleto, mutilado. De la síntesis de sus oposiciones surge una unidad compleja, peculiar, elaborada mediante el maridaje de elementos telúricos contradictorios.
La llamada región oriental del Paraguay, es una de las zonas mejor regadas del planeta. Y la llamada región occidental, o Chaco, es una tierra sin agua. Aquélla, es una sucesión de colinas y hondonadas, de cerros y llanuras, de campos y selvas; ésta se ofrece como un llano salobre, en gran parte cubierto de ásperos espartillares y de árboles anárquicos, de hojas ralas, que crecen en una enconada soledad individualista, y cuyas maderas compiten en dureza con el hierro.
La selva del Paraguay oriental es nutrida, espesa, exuberante, y se decora como una mujer con la gracia de una orquídea o con las pomposas flores de colores brillantes múltiples, de árboles tan altos como una catedral. La vegetación se apiña; una planta defiende a otra de las furias de las tormentas, y la sombra de las más antiguas ampara de la ira del sol a los tiernos vástagos que lanzan su copa como una flecha hacia las alturas. Acústicas aguas entonan su balada de siglos y una infinita variedad de aves lucen sus plumas multicolores y descargan en la brisa las notas de su trino. Todos los rumores de la selva se resuelven en una armonía y la multitud infinita de los árboles en un organismo único. El todo inculca en el morador de aquellos lugares el sentido gregario da la vida.
Las selvas del Chaco no resguardan del sol. El fuego solar cae a plomo y calcina el suelo como en un campo abierto; las escasas hojas se estremecen desesperadas en la candente atmósfera, sus menudas sombras se disuelven en el aire antes de proyectarse en la tierra arenosa, desprovista de humus. No hay arroyos, y la ausencia de agua implica la ausencia de aves. Los árboles no se apiñan; se elevan separados uno de otro. Se diría que el hábito de las palmeras se ha contagiado a toda la vegetación del Chaco. Las palmas surgen de la tierra cono saetas; se despliegan en la llanura como un ejército; mantienen distancias regulares una de otras; cada cual se aísla como si temiese disolver su individualidad en la vasta multitud anónima; cada cual tremola al viento sus penachos verdes como una bandera, símbolo de una entidad autónoma. Los bosques del Chaco no son, por su estilo, sino una variante de los palmares del Chaco. Cada árbol vive aislado del semejante. Orgulloso e inhóspito, rechaza al vegetal y rechaza al hombre. No brinda sombra; amenaza con sus espinas. Es casi una piedra con raíces y con ramas; enciende un rosario de chispas en el filo del hacha que lo hiere; usada su madera como cimiento, no la pudre ni el agua ni la tierra; huraño, frío, duro, precisa el curso la los siglos para crecer y vive mil años. Da al mundo una lección de implacable individualismo.
La región oriental es amena, mesurada, armoniosa. Es la zona del equilibrio entre dos hiérboles [2] de la naturaleza; la tierra de las colinas suaves, de los ríos silenciosos y cordiales, de los cerros que decoran el paisaje sin imponer por su grandeza. Al oriente de él impera el reino de la exuberancia, se extiende el suelo dionisíaco del Brasil. En sus propios límites el salto del Guairá, y las cataratas del Yguazú dan el espectáculo de una grandeza arrebatadora. Como réplica a estos ríos inmensos que se despeñan en abismos de rocas, produciendo el ruido de cien truenos, la región oriental ofrece una serie de saltos de una elegancia clásica, de perfecta belleza, medidos, alegres, que ocultan la fuerza en el seno de la gracia. Al occidente dominan dos grandezas desoladas. Primero, allá, lejos, los Andes, con sus cúpulas de nieve sólo holladas por los cóndores, y sus páramos inclementes. Y luego el Chaco, que repite en estilo propio el mismo motivo de esterilidad, grandeza y miseria de las altas cordilleras. Porque la originalidad del Chaco reside en eso; es una llanura con alma de montaña. Es un páramo ardiente así como las cumbres de los Andes son un páramo helado. La sal de la llanura es la réplica de la nieve de la cumbre. Ambos conservan, momifican; los restos humanos no se disuelven, se secan en la tierra salobre del Chaco como en la nieve cortante de los Andes. Si el Chimborazo es una soledad lograda mediante la emerción, el Chaco es la misma soledad alcanzada por vía de la extensión.
La región oriental es normal, armónica; el Chaco es brusco, discontinuo; aquélla seduce por la leve gracia irónica de su carácter, éste apasiona o aleja por el agrio misterio de su alma. Voltaire, que es clásico, hizo viajar por el Paraguay oriental a Cándido; Dostoiewsky, que es romántico, bien pudo elegir el Paraguay occidental para teatro de sus dramas da torturados.
El río Paraguay, que corre entre las dos regiones que constituyen el cuerpo físico de la nación guaraní, las concilia y contribuye a realizar la fusión de lo contradictorio. Sus aguas mansas, frecuentadas por la fealdad agresiva de los saurios y por la belleza esbelta de las garzas, sirven de teatro a los sucesos más considerables de la historia paraguaya. El río paterno distiende su influjo en la banda de oriente y en la banda de occidente, introduciendo en ambas regiones antitéticas elementos de conciliación, factores de homogeneidad, un solo espíritu. En su fuga hacia los mares, la gran arteria fluvial no sólo realiza una labor de síntesis, sino que da un sentido de universalidad a lo mediterráneo. Abre las puertas del mundo al corazón de América"
Tal el escenario en que va a efectuarse la representación. Veamos ahora los actores.
En primer lugar, los españoles, los forasteros que llegaban de Europa. El pueblo español es, como se sabe, un crisol étnico. Originariamente poblaban la península los iberos y los vascos. Luego llegaron los cartagineses. Más tarde los romanos. Después los godos. Posteriormente los árabes. Y finalmente se efectuó la reconquista goda. De esa amalgama de razas surgió el español, arrogante, aventurero, aguerrido, místico y caballeresco. Ora guiados por el afán evangelizador, ora acicateados por la codicia del oro, los españoles se internaron resueltos en las tierras de América. Con ser actor primordial de la conquista, no creemos necesario dar mayor información sobre el elemento español, tan estudiado ya, en diversos tratados.
Y en segundo lugar, los indios guaraníes, los habitantes autóctonos. A este respecto, cabe advertir que el pueblo guaraní no moraba solamente en el Paraguay. Su área era mucho más amplia. Se extendía desde el Orinoco hasta el Plata y desde los Andes hasta el Atlántico. Comprendía, por tanto, a los guaraníes que habitaban el Brasil, conocidos también con el nombre de tupíes. Además – cuenta Alejandro Subercaseaux en "Chile o una loca geografía" –, los guaraníes, a través de la pampa, llegaron a Chile; los nativos los llamaron "mapuches" (hombres del oriente); se establecieron en la región hoy denominada Araucanía, entre los ríos Bío-Bío y Bueno; y rechazaron tenazmente las constantes incursiones de los quéchuas.
Los guaraníes eran hombres y mujeres de piel cobriza, melena lacia y negra, mirada vivaz, nariz recta y boca chica. Estaba arraigado entre ellos el placer del baño y el aseo del cuerpo. La "tava" era la ciudad guaraní. Alrededor de una plaza – cuentan Schmidl y Staden – se elevaban siete grandes cabañas. Cada pueblo se hallaba rodeado de dos palizadas, hechas con troncos de palma. El "tapii" o choza de los guaraníes tenía paredes de estacas, cruzadas por mimbres atados con lianas y recubiertas de paja. El techo, que también era de paja, llegaba hasta el suelo. Los guaraníes se dedicaban a la alfarería; construían cántaros, platos, jarros, urnas funerarias. Fabricaban un banco rústico llamado "apyka", cestos de fibra de tacuara y hamacas de hilado de algodón. Tejían en telares elementales o grandes bastidores. Utilizaban el "uruku" y otras frutas como colorantes para sus tejidos. Embadurnándose con "uruku", se protegían durante la caza y la pesca, de la acción del sol sobre la piel, de las picaduras de los insectos y de las oscilaciones de la temperatura. Navegaban y pescaban en sus canoas monóxilas.
En cuanto al régimen familiar, regían la vida hogareña las reglas de una moral estricta, fundada en una concepción honesta y altruista de la vida; un espíritu de solidaridad muy grande, el respeto a los moyores y especialmente a los ancianos, impregnaban sus actos cotidianos. Entre los guaraníes se practicaba la poligamia, pues con dicho régimen matrimonial buscaban la procreación de hijos sanos y numerosos; por eso, la prédica de los primeros misioneros a favor de la monogamia, fue mirada como una idea homicida de hombres que buscaban la extinción de la valerosa raza guaraní. El divorcio era una institución conocida por los guaraníes; la extinción del mutuo afecto bastaba como causa de disolución; cuando los cónyuges acordaban romper el vínculo matrimonial, se separaban sin cólera. Existía un profundo amor paternal; el hijo era un ser sagrado a cuya formación cultural y moral se consagraba los mayores sacrificios; se le guiaba con el ejemplo y se le corregía por medios persuasivos, pero nunca con castigos corporales que envilecen al niño y matan su dignidad. Grande era el respeto de los hijos a sus progenitores; en los momentos decisivos acudían al padre para recibir las lecciones de su experiencia, y los consejos de la madre anciana merecían siempre acatamiento.
El "mburuvichá" o jefe guerrero era elegido popularmente. Pero era el Consejo de Ancianos el que gobernaba en tiempos normales Los guaraníes formaban una sociedad igualitaria, una democracia pura.
En los cerros de Paraguarí y de Caacupé se han encontrado caracteres ideográficos lapidarios, que demuestran la existencia de una escritura guaraní. EL idioma guaraní es de carácter onomatopéyico, de precisión matemática. Es una lengua, rica, flexible, dulce, cáustica. Antes de dormir, en ruedo junto a la fogata, los guaraníes acostumbraban contar mitos y leyendas. La música guaraní es rudimentaria; entre sus instrumentos figuraban el "mbaracá," (guitarra rústica) y e1 "turú" (trompeta de tacuara). Practicaban danzas guerreras y religiosas, con algo de ballet.
Dividían el año en dos estaciones: "kuarahy-ara" (época del sol) y "ro'y-ara" (época del frío). Además, lo dividían en doce "jacy", esto es, en doce lunas. Denominaban ara tiri", "ara vera" y "ara sunu" al rayo, relámpago y trueno, respectivamente.
Sobresalieron en forma notable los guaraníes en botánica, medicina y agricultura. La nomenclatura de las plantas se distinguía por su precisión descriptiva. Después del griego y del latín, la lengua que ha dado palabras científicas más numerosas es la guaraní. Ninguna otra raza entregó a la humanidad tantas plantas útiles, por sus cualidades terapéuticas o sus elementos nutritivos. Distinguían perfectamente los antisépticos, febrífugos, depurativos y astringentes. Legaron más de veinte de las principales plantas cultivadas la agricultura universal. Conocían la hibridación, el cruce de las diferentes variedades y el medio de conservar una variedad completamente pura. Entre sus plantas de cultivo pueden citarse las siguientes: mandioca, zapallo, batata, maíz, maní, tabaco y algodonero.
El dios de los guaraníes era "Tupã". Para ellos, el "yvaga" era algo así como el paraíso de los cristianos. Además, creían en ciertos geniecillos y duendes autóctonos, que poblaban ríos, selvas, campos y sierras. "Pombero", con vellos hasta en la planta de los pies, es el genio de la noche. "Pora" es el fantasma. "Jasy-Jatere", (e1 niño rubio que silba su nombre en la siesta estival. Y "Kurupi", el enano bronceado y fornido que camina con el extenso falo enroscado en la cintura. (Aún hoy, no hay niño campesino en el Paraguay que no crea en tales supersticiones).
Y ahora, ocupémonos ya de la fundación de la ciudad de Asunción.
Habíamos dicho que Juan de Salazar partió la Buenos Aires en busca de Ayolas el 15 de enero da 1537. Los bergantines remontaron el Paraná, y luego el Paraguay, pasaron delante de Ita-Pyta-Punta (piedra roja erguida) y entraron en la bahía del cacique Caracará. Allí estaba Paragua-y, tava de indios guaraníes labradores y hospitalarios, que recibieron cordialmente a los españoles. Entonces Salazar concibió fundar allí una ciudad a su regreso. Él mismo nos lo cuenta: "A la subida de este río del Paraguay, llegados a este paraje de la Frontera, y vistas las grandes necesidades pasadas, este testigo (Salazar) tomó parecer de Hernando de Rivera, de Gonzalo de Morán, de Gonzalo de Mendoza, de los religiosos y otras personas, si les parecía que era bien y convenía al servicio de S. M. hacer un fuerte en este paraje y hacer paces con esta generación de indios carios (guaraníes). Los cuales (Ribera, Gonzalo de Mendoza, etcétera) dijeron ante Amador de Montaya, Escribano de S. M., que les parecía bien y cosa muy útil y provechosa a esta conquista. Y así visto lo susodicho, asentaron paz y concordia con los indios de esta tierra y les dijeron que de vuelta se haría una casa y pueblo".
Convenida la construcción del fuerte, siguieron al norte aquellos hombres blancos "con armaduras de fierro, tonantes como Tupã, dios del trueno"; aquellos hombres blancos que, cruzando las "aguas grandes", venían del lado de la aurora, "de donde todas las mañanas se levanta Arasy, fuente de la luz, el sol". Otros habían venido antes: Alejo García "hacía doce inviernos", Gaboto hacia nueve y Ayolas "hacía cuatro lunas".
Salazar llega a Candelaria, donde se encuentra con Domingo de Irala. Juntos buscan noticias de Ayolas, que se había internado en el Chaco rumbo a la Sierra de la Plata. Juntos bajan luego hasta un puerto de los guaraníes – probablemente Ita-pua o Tapuá (hoy Piquete-cué), donde aderezaron las dos naves de Irala, "las calafatearon e les pusieron remos e jarcias". De allí Irala retorna a Candelaria, mientras Salazar baja por el río hasta la bahía del cacique Caracará, donde, dando cumplimiento a su promesa, funda el 15 de agosto de 1537, día de Nuestra Señora de la Asunción, la casa-fuerte origen de nuestra Capital.
La selva nativa cedió su madera compacta y perfumada. Cuenta un viejo manuscrito – firmado por Francisco de Villalta – que Salazar llegó y "anduvo mirando a dónde se haría el fuerte". Y que una vez elegido el sitio, todos los soldados (entre los que había tres ingleses: Limon, Rute y Corman) levantaron "una casa-fuerte con gran trabajo e necesidad, trayendo los palos a cuestas".
En qué lugar se efectuó la fundación! ¿Cuál fue ese sitio elegido? "Aterrarían – dice Domínguez – frente a la actual Oficina Telegráfica, al lado del Cabildo, donde regolfaban las aguas que tenían por cauce principal el Caracará-í". Y agrega que, en medio de la toldería de los guaraníes, estaba "el fuerte de la Asunción, casa cuadrada con dos torreones, en la parte más alta del sitio". Fulgencio R. Moreno afirma, por su parte, que Salazar estableció el fuerte "sobre la barranca del río".
En un artículo – aparecido en "La Capital" el 16 de agosto de 1937, con motivo del 4º centenario de Asunción – decíamos: "¿Cuál fue esa "parte más alta del sitio", "sobre la barranca del río", donde se levantó la casa-fuerte? Cuenta la tradición que fue la Loma Cabará, situada en el perímetro 15 de Agosto, Avenida República, Convención y Barranco del río. Desde esa prominencia se dominarían todas las casas de los colonos, que se asomaban tímidas a la bahía salpicando de blanco la verde y lujuriosa vegetación del trópico. Allí estuvo después el Convento de Santo Domingo y, más tarde, la Iglesia de la Encarnación, incendiada luego". Esa loma, en cuya cumbre debió levantarse el monumento a Salazar, fue desmontada por orden municipal. (Hoy está allí el Estadio Comuneros).
Juan Manuel Sosa Escalada confirmó nuestra afirmación al año siguiente, diciendo: "¿Cuál es el sitio elegido para la construcción de la casa-fuerte?. Una tradición señala el sitio donde estuvo después la Iglesia de la Encarnación, en la prominencia de la costa del río. Dicha altura linda por el norte con la orilla barrancosa que da a la bahía; por el sur la hoy llamada Avenida República; por el este la calle Santo Domingo (hoy 15 de Agosto); y la actual calle Convención sería su lindero oeste".
Igual que en España y otros países, también en el Paraguay el corazón de la ciudad fue una fortaleza. Asunción resultó así una base para las operaciones bélicas contra los indios del Chaco y contra los portugueses del Brasil, teniendo, de esta suerte, el mismo abolengo militar que Madrid, originada en la fortaleza-alcázar "Magerit" que los árabes levantaron sobre una colina estratégica.
Así como el Cuzco se formó por superposición de los edificios españoles sobre los pétreos de los quéchuas, en Asunción se produjo una interpenetración del caserío hispánico y los tapýi de los guaraníes, que terminó por la absorción de estos últimos. Pese a esa absorción, hasta hoy – persistencia curiosa – Asunción sigue siendo designada en guaraní con el nombre de Paragua-y.
Durante mucho tiempo se sostuvo que el fundador do Asunción fue Juan de Ayolas y que la fundación se había realizado un año antes, esto es, el 1º de agosto de 1536. Fue Domínguez quien demostró el error de tal afirmación, planteando la cuestión en estos términos: "¿Cómo Ayolas iba a fundar Asunción el 1º de agosto de 1536, dos meses antes de su partida de Buena Esperanza, de donde salió el 14 de octubre del mismo año?"
Otros sostuvieron que el verdadero fundador fue Domingo de Irala, pues bajó con Salazar hasta el lugar de la fundación y era superior a éste en jerarquía, ya que Ayolas le había dado en Candelaria el poder que tenía de Don Pedro de Mendoza. Para probar que Irala no bajó hasta Asunción, Domínguez hace desfilar nueve testigos, todos oculares, soldados de Salazar, que trabajaron y sudaron construyendo el fuerte. Hay entre ellos cinco españoles, un portugués y los ingleses Limon, Rute y Corman. Todos conforman en excluir a Irala de la construcción del fuerte. Oigamos solamente a Limon: "Don Gonzalo de Mendoza (en cuyo bergantín venía el declarante), en un puerto de los indios carios (guaraníes) dio a Irala ciertos bastimentos... y así dejaron en dicho puerto, donde se habían adobado dichos bergantines, al capitán Domingo de Irala, y se bajaron (Salazar, don Gonzalo y demás) a este puerto de la Asunción, el río abajo, hasta llegar a do, según pareció, fue acordado entre los dichos capitanes Juan de Salazar y Gonzalo de Mendoza de asentar puerto y pueblo.
Por lo demás, cuando, dos años más tarde, Salazar entregó a Irala la posesión de la casa-fuerte por servir a sus majestades para la buena guarda e conserbación desta conquista".
Y el propio Carlos V, en Real Cédula de 1547, según consta en el "Nobiliario de Conquistadores de Indias", decía a Salazar: "Vos poblasteis la ciudad de la Asunción". Y sabido es que "poblar" era y es "fundar un pueblo".
Más tarde, el doctor Cecilio Báez sostuvo que el fundador fue Domingo de Irala, mas no en 1537, sino en 1541, cuando ordenó la despoblación de Buenos Aires y trajo toda la gente a Asunción. Afirmó que en 1539 "no había en el puerto más que la estacada o fortaleza. Fue Irala quien, en 1541, de vuelta de Buenos Aires, fundó la primera planta de la ciudad". Para ello se apoyó en las palabras te Ruy Díaz de Guzmán, autor de "La Argentina", quien dice que Irala, "fundó la primera planta de la ciudad" y, que, haciendo derribar la palizada, trazó las calles de la población, repartió solares entre los vecinos, destinó otros para los edificios públicos y designó los primeros cabildantes.
De allí no puede deducirse que nuestra ciudad se fundó en 1541. "Como si planta – dice Domínguez – no fuese "diseño, delineación de calles", en tratándose de ciudades. A esta cuenta, el doctor Francia y Carlos Antonio López serían a su vez fundadores de Asunción, porque también la delinearon". Y, en sentido figurado, todo impulsor es un fundador. Así, tiene razón Paul Morand cuando dice en "Aire Indio": "El creador de Buenos Aires no es Juan de Garay; es Liebig. No es Don Pedro de Mendoza, cortesano enriquecido en el saqueo de Roma; es el francés Tellier, inventor del frigorífico..."
El doctor Efraím Cardozo ha descubierto en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires el acta de fundación del Cabildo de Asunción, que lleva fecha 16 de setiembre de 1541. De allí deduce que Asunción fue fundada en ese día por Domingo de Irala. En su concepto, ninguna agrupación que carezca de Cabildo puede ser Ciudad, cualquiera sea el número de sus habitantes y el tiempo de su permanencia en un sitio. "Automáticamente – afirma – por el sólo hecho de la creación del Cabildo y del imperio que se le otorgaba, el "puerto e pueblo" se convertía en ciudad". Reconoce que antes del Cabildo ya existía un "apretujado caserío", al que el propio acta citado califica de "pueblo", y al cual el cronista Aguirre llama "colonia". No obstante todo ello, Cardozo considera que "la fundación del Cabildo equivale a la fundación de la ciudad".
A nuestro juicio, Asunción tuvo categoría de ciudad o "pueblo" desde el 15 de agosto de 1537. En las "Ordenanzas de Poblaciones" de 1523 – única legislación que resuelve el problema –, se habla de las ciudades, villas y lugares indígenas a las cuales los descubridores debían poner un nombre; pero al indicar la forma en que los conquistadores debían establecer las nuevas ciudades, no se emplea la palabra "ciudad" sino "los asientos de los lugares que allá se ovieran de hacer e asentar de nuevo". En las ordenanzas citadas se dice que "hechas las casas en los solares, el pueblo (no la ciudad) parezca ordenado.", "la orden que tuvieren los tales pueblos e calles dellos...", "aveys de mandar que en cada pueblo...", etcétera. La palabra "ciudad" no figura en las "Ordenanzas de Poblaciones", ni en los nombramientos de los regidores designados en España para el primero, segundo y tercer "pueblo" a fundarse en el Río de la Plata. Estos tres pueblos fueron Buenos Aires, Buena Esperanza y Asunción. Se ve, pues, que Asunción fue un "puerto e pueblo", como dicen los documentos de la época, y que "pueblo" equivalía entonces a "ciudad".
Fue así cómo, "trayendo los palos a cuestas", comenzaron a levantar, en un apacible recodo del caudaloso río, la ciudad de Asunción, llamada a ser – según lo dijera su ilustre fundador – "amparo y reparo de la conquista".
Capítulo V
LA PRIMERA REBELION
Alonso Cabrera, "inspector de fundiciones de oro y plata", llegaba a Buenos Aires como portador de la Real Cédula, del 12 de septiembre de 1537. Dicho documento disponía que, en el caso de que el extinto Gobernador Don Pedro de Mendoza no hubiese designado lugarteniente en el Río de la Plata, se junten todos los conquistadores y elijan como Gobernador "a persona que según Dios y sus conciencias pareciere más suficiente para el dicho cargo". El electo duraría en sus funciones hasta que la Corona designase titular.
Francisco Ruiz Galán y Alonso cabrera se dirigieron juntos a Asunción. Allí encontraron a Domingo de Irala, que había bajado nuevamente de Candelaria, pese a las instrucciones dejadas por Ayolas, que le ordenaran "aguardarme todo el tiempo que estuviere la tierra adentro, hasta que vuelva o veáis mi firma de lo que debéis hacer".
Irala sostuvo que no procedía una elección, pues había gobernador, y lo era él. Hizo constar: 1º el nombramiento de Ayolas como lugarteniente del Adelantado. En cuanto a Ruiz Galán, éste era solamente jefe de la plaza de Buenos Aires y "hasta tanto que Ayolas venga o provea e mande otra cosa". 2º La muerte de Mendoza en alta mar. 3º El poder que Ayolas la diera en Candelaria, que decía: "vos doy otro tal e tan cumplido y entero poder como yo lo tengo del dicho señor Gobernador". 4º La probable muerte de Ayolas, pues hacía más de dos años que nada se sabía de él. (Pocos meses después, en una expedición al norte, vio confirmada su sospecha. Ayolas, después de cruzar el Chaco y llegar a Charcas – repitiendo la hazaña de Alejo García –, había vuelto a Candelaria. Y allí había sido muerto por los indios. Los payaguaes vengaron a Osorio.
Alonso Cabrera, en vista de los títulos presentados por Irala, lo reconoció como Gobernador. Esto ocurría el 23 de junio de 1539.
A fin de dar más estabilidad a la colonia, que aun se desarrollaba en forma precaria, el Gobernador Irala pensó en concentrar en un solo lugar todos los españoles del Río de la Plata. Corpus Christi había sido despoblada por Ruiz Galán hacía dos años. Irala estudió si le convendría más juntar toda la gente en Buenos Aires o en Asunción. Esta última ofrecía más ventajas, por razones de diversa índole. 1º) Causa geográfica: se hallaba situada mis cerca de la Sierra de la Plata; de allí se emprendería con más probabilidades la conquista. 2º) Causa étnica: los guaraníes eran gente hospitalaria, mientras que los pampas eran enemigos terribles, sitiadores e incendiarios. 3º) causa económica: las tierras del Paraguay eran fértiles y los guaraníes avezados agricultores; en cambio Buenos Aires, con su pampa desolada, no parecía ofrecer mayor aliciente para la labranza. 4º) Causa política: era quitar la última autoridad que correspondía a Ruiz Galán, el cual había sido dejado por Don Pedro da Mendoza con poderes para mandar en Buenos Aires. Además, Ruiz Galán, que se sentía candidato a sucesor de Mendoza, había dicho de Irala en cierto, ocasión: "Mira qué hombrezillo, se quiere poner conmigo, sabiendo cómo vino a esta tierra".
Tales fueron las causas que habrían pesado en el ánimo de Irala para decidirse por Asunción. A principios de 1541 – a los cinco años de la fundación de Mendoza –, Irala bajó a Buenos Aires, ordenó el incendio de los últimos ranchos y trajo los pobladores a Asunción. Poco después, repartió tierras e indios entre los conquistadores.
Alvar Núñez Cabeza de Vaca fue designado por el Rey de España Adelantado del Río de la Plata. Luego de pelear en Villalar contra los comuneros de Castilla, había marchado en una expedición a la Florida. Después de un naufragio, cayó en cautiverio de los indios, pero supo hacerse pasar por hechicero y llegó hasta México, de donde emprendió el regreso a España. Dirigiéndose a su nueva Gobernación, llegó a Santa Catalina, donde supo la despoblación de Buenos Aires. Entonces resolvió encaminarse a Asunción por vía directa. Venciendo los obstáculos que le oponía una naturaleza áspera y montuosa, y la hostilidad de numerosas tribus, siguió el itinerario de Alejo García. Cruzó los ríos Uruguay, Pepirí-Guazú, Yguazú, Paraná. y Monday. Después de un viaje de 400 leguas a través de bosques, ríos y serranías, llegó en 1542 a Asunción, donde fue reconocido por Irala como gobernador.
Al año siguiente, prodújose en Asunción un incendio que duró cuatro días y que redujo cenizas las tres cuartas partes de la ciudad. El arroyo Jaén – nombre que quizá le venga del conquistador García de Jaén – sirvió de valla a las llamas, salvándose las casas que se hallaban al otro lado.
En ese mismo año, Alvar Núñez partía de Asunción al frente de 10 bergantines y 120 canoas, rumbo al Puerto de los Reyes, situado sobre el río Paraguay entre los 17 y 18 grados. Allí se internaron con destino a la Sierra de la Plata, pero, después de largas jornadas y con las tropas diezmadas por la fiebre de esos lugares pantanosos, Alvar Núñez tuvo que emprender el regreso, coronándose la expedición con el más completo fracaso. El descontento era unánime.
"Las causas del fracaso de Alvar Núñez – dice Gandía – en parte dependían de su orgullo y del desprecio con que muchas veces había tratado a lo conquistadores, soldados muy pagados de su dignidad y a la vez colonos que por la vida de privaciones que sin excepción todos llevaban, se sentían iguales ante las dificultades y esperanzas que les presentaba y ofrecía aquella conquista. Pero si bien su impolítica conducta había contribuido grandemente a hacerlo impopular y precipitar su caída, es innegable que su ruina, se debió en primer lugar a la ambición y oposición de los Oficiales Reales, que querían igualársele en el poder, y a las ansias de mando de Domingo de Irala, el cual no se resignaba a perder el gobierno que había heredado de Juan de Ayolas".
A los siete años escasos de fundada Asunción, ya sus calles se vieron agitadas por luchas entre sectores de opinión. La noche del viernes 25 de abril de 1544, día de San Marcos, estalla la primera rebelión. Irala y los suyos hicieron llamar a los principales amigos de Alvar Núñez y "mañosamente" los encerraron en las casas de Lope Duarte y Esteban Vallejo.
Ha los mismos instantes, los Oficiales Reales Felipe de Cáceres, Pedro de Orantes, Alonso Cabrera y Garcí Venegas, penetraron en la casa de Alvar Núñez, "todos con las mechas encendidas y sus arcabuces cargados y con las ballestas armadas, y otros con las espadas desnudas", gritando "¡Libertad! ¡Libertad!", y sorprendieron al Adelantado enfermo en la cama, "que no me podía tener en pie", según sus mismas palabras. Lo sacaron por fuerza de la cama y en camisa, sin que cesaran los gritos, lo llevaron a la casa de Garcí Venegas, donde le pusieron unos grillos en los pies y lo encerraron en la despensa de los criados, estrecha y sin luz, con numerosa guardia de soldados. Después de esto los revolucionarios dieron una vuelta por la ciudad, "alborotando y desasosegando", golpeando un tambor y gritando, todos en coro, "Libertad! Libertad!". En seguida fueron apresados los demás partidarios de Alvar Núñez. Los Oficiales Reales volvieron a recorrer las calles aquella misma noche, tocando un tambor y voceando un bando que decía: "Mandan los Señores Oficiales de Su Majestad que ninguno sea osado de salir de su casa, so pena de la vida", y entre tanto tocaban un tambor y muchas voces gritaban: "¡Libertad! ¡Libertad!".
El día siguiente al golpe contra Alvar Núñez, se reunieron ante la casa de Irala los Oficiales Reales y gran número de revolucionarios, que algunos documentos de la época llaman "comuneros". Allí el escribano leyó una serie de cargos contra Alvar Núñez, llamándolo tirano, traidor, etcétera. El mismo día – pretextando el cumplimiento de la Real Cédula del 12 de septiembre de 1537 –, procedióse a la elección de gobernador. Resultó electo Domingo de Irala.
Los partidarios de Irala – dice Juan Francisco Aguirre – "probaron que Alvar Núñez llevaba pintadas sus armas en la vela de su bergantín, lugar en que debían ir las de Su Majestad; y que, reconvenido sobre ello, respondió que era él el Rey, manteniéndolas siempre que anduvo por el río" Los Oficiales Reales le acusaban además de que "en muchas y diversas partes se llamaba e llamó Yo soy el Rey e Príncipe e Señor desta tierra, e así lo llamaban sus criados e oficiales", por lo cual pedían una información "ad perpetuam rei memoria". Recordóse también que en cierta ocasión, Alvar Núñez había manifestado a los clérigos Martín de Armenta, Luis de Miranda y otros caballeros lo siguiente: "Los Oficiales de Su Majestad y otras personas me han dicho que dicen y les ha parecido que hice mal en quitar la bandera que traía el Capitán Vergara (Domingo de Irala, natural de dicho lugar) en su navío con las armas de Su Majestad; yo no hice sino muy bien, porque no piensen los Oficiales ni el Capitán Vergara que ahora es el tiempo de marras, en que solían ellos hacer esas cosas, que yo soy Gobernador e Rey desta tierra, y mis armas han de andar donde quiera que fuere navío y otras personas".
En Asunción se formaron dos bandos: los "comuneros" o iralistas, y los "leales" o alvaristas. Menudearon los alborotos y escándalos en las calles. Los "leales" tramaban poner en libertad a Alvar Núñez. Los "comuneros" multiplicaban sus precauciones para impedirlo. El estado de efervescencia era general.
Casi un año duró la prisión de Alvar Núñez. Por fin, en Marzo de 1545, lo sacaron en brazos y con grillos a los pies para embarcarlo. En la calle, gran número de "comuneros" hacían guardia en las esquinas para que ninguno de los partidarios del ex gobernador pudiese acercarse a aquel lugar. Mientras lo llevaban hacia el bergantín, Alvar Núñez se dirigió en alta voz a todos los que le rodeaban, diciendo: "Señores, sedme testigos cómo yo dexo por mi Teniente de Gobernador y Capitán General desta provincia, en nombre de Su Majestad, al Capitán Juan de Salazar". De inmediato fue embarcado a bordo la carabela "Comuneros", construida en el astillero de Asunción. El sugestivo nombre del navío recordaba la Revolución Comunera de Castilla y la rebelión estallada recientemente en Asunción.
Los alvarists se dirigieron a casa de Salazar y le pidieron que acepte la designación hecha por el Adelantado, a lo que Salazar accedió. Todos los presentes le juraron obediencia. Y Salazar, poniendo la mano en la insignia de su hábito de Caballero de Santiago, juró perdonar a todos los que viniesen debajo de su gobernación.
Salazar requirió a los iralistas su reconocimiento como Gobernador. Pero los Oficiales Reales le respondieron que su pedido "es en sí muy impertinente y fuera de toda razón e camino", y pidieron a Irala que ordene a Salazar "que no se entrometa directa ni indirectamente él ni otra persona alguna a fazer ni faga demostración de tan indebido e inusitado poder..." Salazar notificó entonces a Irala y a los Oficiales Reales que les daba plazo "una hora e no más" para que lo reconociesen, so pena de proceder contra ellos corno rebeldes. Pero los que procedieron fueron los iralistas, pues prendieron a Salazar y lo llevaron preso a casa de Irala. Poco después fue embarcado en un bergantín, que alcanzó a la carabela "Comuneros" en la isla de San Gabriel, en el Río de la Plata. De allí Alvar Núñez, y Salazar siguieron juntos rumbo a España. En esta forma terminó su nueva odisea el que fuera actor de las guerras civiles de España y, más tarde, aventurero y mago en la Florida.
La siempre acariciada esperanza de conquistar la Sierra de la Plata, se concretó en un nuevo esfuerzo expedicionario. Alejo García y Ayolas habían llegado, pero sin conseguir asentar su dominio. Alvar Núñez ni siquiera había podido llegar. Ahora era Domino de Irala, quien intentaría la atrevida empresa. Salió, en efecto de Asunción en 1547 al frente de gran número de conquistadores. Iba entre ellos Ulrico Schmidl, el lansquenete que vino con Mendoza, quien en su pintoresca fonética nos habla de "Thonn Pietro Manthossa", "Hanns Ossorio", Juan Eyolas", "Hanns Salesser", "Domenigo Eyolla" y "Albernuso Capossa de Wacha"... Irala y sus tropas remontaron el río hasta el punto donde se encuentra actualmente Fuerte Olimpo. Cruzaron el Chaco, atravesaron los ríos Parapití y Guapay y llegaron a las faldas de las serranías del Perú. Fueron recibidos con regocijo por indios que les hablaban en español. Preguntados por Irala quiénes eran, respondieron que indios de Chuquisaca, cuyo jefe era el jefe de los españoles. Los buscadores de minas, quedaron paralizados. "Nos quedamos fríos donde estábamos", expresa Schmidl. En efecto, fue inmenso el desencanto; tres años de penurias de toda laya por llegar a la Sierra de la Plata, y encontrarla ocupada ya por otros, por los que habían llegado del lado del Pacífico. No quedándoles otro remedio, cruzando de nuevo el Chaco retornaron a Asunción.
Irala siguió gobernando muchos años, hasta su muerte, ocurrida en 1556. Le sucedieron en el mando Gonzalo de Mendoza, Francisco Ortiz de Vergara, Felipe de Cáceres, Martín Suárez de Toledo, Juan Ortiz de Zárate...
Capítulo VI
GANADO, TRIGO Y VINO
El aspecto político no es el todo en la vida de los pueblos. Debe interesarnos también el estudio de la agricultura, la ganadería, las industrias, las costumbres, el arte, la cultura, las aspiraciones populares, etcétera.
Alfonso Teja Zabre dice: "Al estudiar con criterio moderno la historia mexicana, podrá encontrarse que los hechos de más trascendencia apenas notados hasta ahora, son invenciones como el beneficio de metales por amalgamación de mercurio, implantado en México por Bartolomé de Medina, a mediados del siglo XVI, la máquina despepitadora de algodón, inventada en 1793 por Eli Whitney y, más tarde, el uso de maquinarias en las minas, el sistema de beneficio de metales por cianuración y el motor Diesel de combustión interna. Cada una de estas reformas en el régimen de producción puede marcar una época entera, mejor que las innumerables mutaciones dinásticas o políticas.
Y de modo semejante, se descubrirá que la influencia de los caminos, del maíz, de la sal, de los animales domésticos, de alimentación o de transporte, constituyen verdaderos factores históricos, y que para la existencia colectiva o la redención nacional importan en primer término los procedimientos industriales que faciliten el regadío, el saneamiento y la alimentación e higiene del pueblo".
Ocupémonos, pues, del origen de la ganadería, la agricultura y las industrias en el Paraguay colonial y veamos la influencia que esos factores históricos ejercieron en nuestra existencia colectiva.
Schmidl cuenta que en la expedición de Don Pedro de Mendoza vinieron al Río de la Plata 72 caballos y yeguas". Éstos se multiplicaron y esparcieron luego por la pampa, pero ninguno de ellos llegó a Asunción. Los 25 caballos que Alvar Núñez trajo consigo en su viaje a través del Brasil, constituyeron el origen de la riqueza caballar del Paraguay.
En 1550, Nufrio de Chaves, que regresaba del Perú, trajo las primeras ovejas y cabras. Tal fue el origen de la ganadería lanar y caprina.
En 1555, Juan de Salazar – añorante de la ciudad por él fundada – regresaba a Asunción por la vía del Brasil. Entre otros hidalgos españoles y portugueses, venían también Scipión de Goes y Vicente de Goes. Estos últimos traían 7 vacas y 1 toro. Eso fue el origen de la ganadería vacuna.
EL minúsculo plantel ganadero se benefició poco después con un considerable aporte. Juan Ortiz de Zárate, poderoso hacendado del Alto Perú, al ser nombrado Gobernador del Paraguay, se comprometió a introducir en esta provincia gran cantidad de ganado, tanto caballar, como lanar, caprino y vacuno. Y encargó la misión de traerlos a Felipe de Cáceres, quién así lo hizo en 1568 por la vía de Santa Cruz y el Alto Paraguay.
La abundancia del ganado, hizo necesaria en el Paraguay la designación de ejidos – campos de uso común – para el pastoreo de los animales. "Uno de los campos elegidos con tal objeto – anota Moreno – estaba en las cercanías de Tapuá, y el otro en el Chaco, frente a Asunción. Al finalizar el siglo XVI, existían varias haciendas particulares para la cría de animales, que adoptaron desde entonces la denominación de estancias".
La sociedad hispano-guaraní asume los caracteres propios del país ganadero. Igual cosa ocurre en Argentina, Uruguay, Río Grande del Sur. "La ganadería – anota Zum Felde – va a producir la estancia, el gaucho, la montonera, el caudillo, determinando así el género de vida y las relaciones entre los miembros del agregado. El ganado se torna una condición natural, geográfica, de la región, inherente a ella. El hombre se hace ecuestre, recorre fácilmente vastas extensiones, se interna en las soledades salvajes, y se dispersa por el país. En cualquier parte a que vaya encuentra segura su subsistencia; no tiene más que tirar el lazo o las boleadoras, voltear una res y churrasquear. El ganado la da, asimismo, el cuero con que puede fabricar rústicamente sus botas, su apero, su lazo, su cama, y casi todo cuanto necesita en una existencia campera".
Los latifundios jesuíticos pusieron, más tarde, una valla a la expansión ganadera del Paraguay. Pero con la expulsión de la poderosa Compañía, se produjo paulatinamente la restitución a los nativos de los mejores campos de pastoreo. "Al nacionalizarse – dice J. Natalicio González –, es decir, al pasar la ganadería de manos de una entidad extranjera, a las de los criollos, el poder político derivado de la posesión de tan considerable riqueza, comenzó a servir la liberación del pueblo de todo poder extraño. Los ganaderos paraguayos se distinguieron por su adhesión apasionada a la causa de la independencia, y consiguientemente su fortuna gravitó en el sentido de sus ideales".
El origen de la agricultura paraguaya es guaraní. En las chácaras predominaban las plantas incorporadas por el indio a la agricultura universal. Los métodos de cultivo eran los rudimentarios de los guaraníes. Todo revelaba una marcada influencia de los hábitos indígenas. Los productos principales de las chácaras eran: el avati (maíz), el mandi'o (mandioca), el manduvi (maní), el jety (batata), el andai (calabaza), el kumanda (poroto) y el mandyju (algodonero).
En 1538, es decir, al año siguiente de la fundación de Asunción, los españoles realizaron la primera cosecha. Entre otros productos, recogieron 420 fanegas de maíz y 45 fanegas de poroto. La segunda cosecha, realizada en 1539, produjo 160 fanegas de maíz y 218 de porotos. En el mismo año, de la mandioca industrializada se extrajeron 400 quintales de almidón. Y tres años después se construían dos silos para conservar los granos del diezmo real.
Fue así cómo – dice un autor – "entre las opacidades que sus bosques naturales producen, se hicieron las primeras roturaciones agrícolas, se enseñaron las primeras letras, se trenzaron los primeros tientos, se cruzó el primer telar, bulló el primer jabón, se hizo la primera mazamorra, y se oyeron también, en el místico canto de la iglesia, las primeras melodías musicales..."
A mediados del siglo XVI, se introdujeron varios productos de procedencia extranjera, cuyo cultivo se generalizó al poco tiempo. En los últimos años del gobierno de Irala, se introdujo la caña de azúcar. En el mismo tiempo se introducían también el trigo, el arroz, la cebada y la vid. En la época de Francisco Ortiz de Vergara, abundaban ya no sólo esos productos, sino granadas, higos, naranjas limas, sidras, etcétera. En 1573, los melones figuraban también entre las frutas más cultivadas en Asunción. Martín de Orué aseguraba que cerca de Asunción hay "los mejores y más hermosos pastos y aguadas del mundo y tierras de labor". A fines del siglo XVI, según pudo comprobar en una visita el Gobernador Hernandarias de Saavedra, existían en los alrededores de Asunción 399 alquerías y granjas. "La subsistencia estaba tan adelantada – dice Juan Francisco Aguirre – que ya casi nada tenían que desear. Las expediciones al Perú les proporcionaron el bien de algunas plantas, y aunque no se dice cuáles, es probable fuese la más apreciable la caña dulce. El trigo, la uva, la cebada, estaban ya arraigados, traídos desde España".
"De los frutos importados – dice Moreno – el que dio vida a la primera industria fue la caña de azúcar, cuyo trabajo corría a cargo de las indias. La elaboración de la miel requirió al principio los procedimientos más rudimentarios, obteniéndose el mosto por la presión de las cañas por medio de alzaprimas. El primer instrumento algo más eficaz para exprimir la caña dulce, se debió, según propia referencia, a Diego Martínez, conquistador que se hizo clérigo a mediados del siglo XVI, y que aparece asimismo como un hábil industrial que proveyó a la colonia de los primeros anzuelos, agujas, tijeras, cuchillos, dagas y fuentes de fabricación asuncena. En la misma época se producía también azúcar en abundancia para el consumo interno, de la que, en 1556, se envió una pequeña partida, como muestra, a los oficiales de Sevilla. "El azúcar se hace sin haber maestro, ni ingenio, ni trapiche", decía, con tal motivo, el fundador de la Asunción, Juan de Salazar. La falta de maquinarias y personas competentes para la industria dificultó bastante su desarrollo hasta la llegada de Juan de Garay, quien trajo consigo del Perú "el primer maestro de hacer azúcar", dando ocasión a un sensible progreso en la producción de miel, azúcar y dulce, que comenzaron a ser objeto de exportación.
La introducción de la vid, y su cultivo, que se inició con éxito, dieron asimismo nacimiento a otra de las industrias más antiguas de la provincia. El vino que se producía en los primeros tiempos fue, según parece, de excelente calidad. "Dáse todo viñedo y se coje mucho y buen vino", dice López de Velasco en su "Geografía y Descripción Universal de las Indias" de 1571. Y Martín de Orué escribía al rey en 1573 que la cosecha alcanzaba ese año a más de 6.000 arrobas, agregando que el "vino es bueno y cada día va en alzamiento". En 1602 existían en el espacio de seis leguas alrededor de Asunción, 127 viñedos con 1.778.000 cepas.
El vino procedente del Paraguay tenía en Buenos Aires, todavía en 1620, un precio superior al que se introducía de Chile y Córdoba. Y ese mismo producto, así como otros no menos apreciados, se exportaba a las poblaciones del interior. Santa Fe era el punto intermedio del comercio asunceno con las ciudades del occidente; "es puerto de muchas mercaderías, escribía el tesorero Montalvo, que vienen de la gobernación de Tucumán para subir de allí a la ciudad de Asunción y de allí bajan otros muchos a Santa Fe de azúcares y confituras y diacitriones y diversidad de conservas y vinos y otras cosas por los llevar a la gobernación de Tucumán y al Perú". A los pocos días de fundada Buenos Aires (la segunda, la de Garay) despachábanse también para España en una carabela una buena partida de productos análogos, procedentes de Asunción".
Vemos, pues, cómo en el siglo XVI la producción paraguaya había llegado ya a rebasar los límites de las necesidades locales. Tanto los frutos vernáculos, como los de procedencia foránea, firmemente adaptados, daban resultadas espléndidos y abundante cosecha.
De esta manera, mientras el suelo, el clima y otros factores influían decididamente sobre los destinos materiales de la colonia, dotándola de los elementos económicos necesarios para su desarrollo, el medio iba marcando, en líneas psicológicas precisas, las costumbres y las peculiaridades simples que habrían de manifestarse en el alma nacional.
EL folklore, o ciencia de las tradiciones y costumbres del pueblo, es, sin duda, utilísimo instrumento para conocer las expresiones más auténticas del alma popular. Bastaría referirnos siquiera someramente al folklore paraguayo, para tener una idea de las costumbres y tradiciones que fueron surgiendo en el Paraguay colonial, como natural consecuencia de la aleación racial y consubstanciación espiritual de las razas indígena e hispana. Pues el conquistador español – al revés del inglés de Virginia, que despreciaba las razas inferiores –, fue hacia la india. "Ocho siglos de convivencia con el árabe – dice Ricardo Rojas – le habían familiarizado, a pesar de la intolerancia oficial, con infieles de carne morena. Era hombre sin prejuicios de raza para el amor; mestizo acaso él mismo, de moro, de gitano, de judío". En el Paraguay, a la sombra amable de los arazaes (guayabos) se unieron el español y la india, y nació el mestizo. Y de progenitores españoles residentes en estas tierras, nació el criollo. Así se fue formando la sociedad paraguaya.
La comunicación, la imitación desenvuelta, la tolerancia y la alianza son – nos dice Franklin E. Giddings – las actividades esenciales de la asociación. Como también, según sus propias palabras, "el mutuo auxilio es el fundamento de la organización económica y de la alianza política. La asociación no es perfecta, sin embargo, sino cuando es agradable y simpática. En los juegos de la infancia es donde la simpatía social, el sentido social y el hábito social se desenvuelven. Más tarde, las fiestas periódicas y las diversiones más o menos preparadas, llegan a ser importantes medios auxiliares de la educación social. Los placeres sociales han sido un factor capital en la evolución de las comunidades del Oeste en Estados Unidos. La recolección del trigo, la corta de las maderas, la construcción de cabañas, la recolección del azúcar y demás operaciones análogas, iban acompañadas de escenas de diversión alegres y bulliciosas, a las que acudía toda la vecindad, pues nadie podía negarse cuando se veía solicitado. Las gentes tenían que afrontar el peligro y las fatigas sin cesar, y resultaba para todos agradable disfrutar, por un momento, de los placeres que siempre habrán de ser caros a toda raza fuerte, simple y primitiva".
Como si fuesen calcados sobre tales fundamentos, en el Paraguay se fueron formando durante el tutelaje hispano, a través de los siglos, idénticos modos de acercamiento, compenetración y cooperación. Y tan persistentes eran esas costumbres, que aún subsisten en el campesinado paraguayo.
Así tenemos, por ejemplo, la faena conocida con el nombre de "tarea". Según añejas usanzas, el dueño de un trapiche invita a los vecinos. Todos concurren al llamado y prestan su concurso gratuito en las labores de la fabricación de la miel. Pero, simultáneamente, se van realizando festejos, consistentes en comidas, mosto, música y baile. Se establecen turnos; mientras los unos trabajan los otros se divierten, y viceversa. La "tarea" suele durar una, dos o tres semanas, según sea la cantidad de caña de azúcar que se ha cosechado. Terminada la "tarea", pasan a otro rancho donde también haya un trapiche, y allí prosiguen la labor colectiva y el general regocijo.
Ese espíritu cooperativista se manifiesta en todos los trabajos de la tierra. J. Rodolfo Bordón anota lo que sigue:
"Los vecinos se unen aún hoy mismo, se dan la mano en todo, empezando desde la construcción de las viviendas en que se ayudan mutuamente. Para la labranza de la tierra, los más pudientes prestan bueyes y arados a los más pobres y, alternativamente, se ayudan en la carpida o en la cosecha, lo mismo que en la molienda de mandioca para la fabricación del almidón. Lo mismo ocurre en las "yerras" o marcaciones de animales. Las tierras de labor de diferentes vecinos están cercadas, generalmente, en común, con un alambrado colectivo, de cuya conservación todos cuidan. En los alrededores de algunos pueblos existen todavía los antiguos campos comunales (ejidos). Hasta en la construcción de las iglesias la obra es común, colectiva, en contribuciones y trabajos. Yo recuerdo todavía, cuando niño, en mi pueblo natal, Villa Rica, los toques de campana pidiendo agua para llenar permanentemente el gran aljibe que servía en la construcción del templo".
Grandes fueron, sin duda, aquellos días iniciales. Millares de ganados pastaban en los campos de uso común. El trigo, cuyo cultivo se había generalizado, proveía a las necesidades de la población. El vino paraguayo, de excelente calidad, se exportaba a Buenos Aires, Santa Fe, Tucumán y Perú. Y apoyada en el fuerte espíritu de cooperación que presidía todas las labores del agro, la colonia progresaba incesantemente.
Capítulo VII
BANDEIRANTES Y DIPLOMÁTICOS ENSANCHAN EL MAPA
Los jesuitas en el Amazonas, los ganaderos en Bahía y los bandeirantes desde San Paulo hasta Goyaz y Matto Grosso, desempeñaron un gran papel en la formación del vasto territorio del Brasil.
Los "bandeirantes" eran exploradores y aventureros portugueses y mestizos lusitano-tupíes que se dirigían al interior del país, primero como cazadores de esclavos y, más tarde, como cazadores de esmeralda y oro.
Iban a través de la floresta con grandes banderas desplegadas al viento. De ahí el nombre de bandeirantes. Vestían bombachas como los turcos o mamelucos. Por eso los españoles los designaban despectivamente con este último apelativo.
Sus "bandeiras" o expediciones, a través de ríos, selvas y montañas, eran verdaderas "razzias". Gente sin fe y sin ley, atropellaban a sangre y fuego las aldeas, destruyendo, matando y arreando – atados en largas cadenas – a los indios guaraníes, que eran obligados a trabajar como esclavos en las "fazendas" (estancias) del litoral.
Los "sertoes" (desiertos de vegetación enmarañada) eran el escenario de estos corsarios de la selva. "Malocas" eran los ranchos de los indios tupíes, pero llamábase también "malocas" a los terribles asaltos de los bandeirantes.
San Paulo era la puerta del "hinterland". De allí partieron los expedicionarios que destruyeron las 13 reducciones jesuíticas existentes en el Paraguay transparanense. De allí partieron también los destructores de las tres ciudades del Guairá: Villa Rica del Espíritu Santo, Ciudad Real y Santiago de Xerez. De su paso, los bandeirantes no dejaron otro rastro que las ruinas, identificadas cien años después.
El elemento de terror fue – según Calogeras – "preparativo inconsciente de la extensión de la tierra civilizada. Fue la historia local, de que da testimonio la "debateable land" entre Inglaterra y Escocia, en los días del reino independiente de los Bruce y los Stuarts. Fue la historia del "far-west" norteamericano... Es nuestra historia contemporánea, en las zonas aún desiertas y apetecidas del país, como el Acre y el Purús".
Las expediciones de los bandeirantes generalmente eran particulares, pero a veces estaban secretamente dirigidas por las autoridades portuguesas. Al objetivo económico, se unía un fin político. Más tarde, como vamos a ver, la obra anónima de los "pioneers" será consagrada por la diplomacia. Así el Brasil llega a alcanzar sus límites actuales.
"El bandeirante – dice Pedro Calmón – dilató sus dominios, como los pueblos europeos lo hacían en otros climas del continente. Portugal – perdida la esperanza del Oriente y considerando al Brasil como su mejor patrimonio – supo consolidar la expansión de los paulistas y cimentar sus "descubrimientos", dándoles una base diplomática que construyó durante cien años".
Los abusos de los bandeirantes paulistas llegaron a extremos increíbles, debido a que un Gobernador del Paraguay, Luis de Céspedes Xeria, era aliado de ellos y lucraba grandemente con sus negocios "Estaba casado – dice Gandía – con una portuguesa, la cual tenía un ingenio en que trabajaban miles de indios. Además había llegado a Asunción por el camino del Brasil, el mismo que hacían los bandeirantes, y éstos habían acompañado poco después a su mujer hasta el Guairá y la misma Asunción. Había, pues, entre el Gobernador y los bandeirantes lazos de amistad e interés muy grandes, todo lo cual redundaba en perjuicio de los jesuitas y de las misiones, pues para favorecer a los portugueses y conseguir indios para el ingenio de su mujer, el Gobernador del Paraguay desoía las continuas reclamaciones de los misioneros, daba amplia libertad a los bandeirantes y les permitía que robasen y matasen todo lo que quisiesen".
En Villa Rica del Espíritu Santo se hizo levantar en 1631 una minuciosa información, para dejar constancia de los daños causados por los bandeirantes y de la complicidad del Gobernador Céspedes Xeria, quien obligaba a los indios "a la saca de la yerba de Mbaracayú en que tantos mueren".
El jesuita Padre Benavides declaró que, llegado a Villa Rica en 1629 el Gobernador Céspedes Xeria, éste la refirió que los portugueses que andaban por la selva eran unos ochocientos, que a él la habían acompañado por todo el camino y que se había hecho amigo de sus capitanes. En vez de reprenderlos por sus desmanes, los defendió en todo lo que pudo y cierta vez le dijo al Padre Benavides, "con indecible cólera y gritería", que repitiese a los demás jesuitas que se fuesen y "dejasen con los diablos llevar a los indios". Otra vez le preguntó "por qué los Padres no dejaban a los pobres – es decir, a los bandeirantes – buscar su vida". Con gran escándalo, el Padre Benavides terminaba su declaración diciendo que el Gobernador había ordenado a su teniente y a las justicias de Ciudad Real que diesen toda su ayuda a los portugueses y especialmente al cabecilla Andrés Fernandes.
El Padre Maceta cuenta que el Gobernador Céspedes Xeria envió a su ingenio de Río de Janeiro más de dos mil indios e impuso seis meses de mita para recolectar la yerba mate, trabajo pesadísimo en el cual morían los hombres por centenares.
Y el Padre Arnote declaró que las pocas veces que los jesuitas se atrevieron con sus indios a combatir a los bandeirantes y ponerlos en fuga, el gobernador se enojó sobremanera. Agregaba que la reducción de San Xavier, en la que era vicario, fue cercada por los bandeirantes el 22 de Febrero de 1631. Los asaltantes levantaron la palizada y comenzaron a recorrer las chácaras, arrastrando a todos los indios que encontraban. Un sábado, "después de mediodía", los bandeirantes entraron en el pueblo con sus turbas tupíes y empezaron a llevarse los indios reducidos. Los iban a sacar de la iglesia, de sus casas y hasta de entre los brazos de los jesuitas, pues los pobres se abrazaban a ellos para que no los robasen.
En pocos años, la república teocrática de los ignacianos desapareció de las tierras desoladas por los bandeirantes, alejándose hacia el sudoeste, hacia las tierras del Tebicuary, Paraná, Uruguay e Ybycuí.
Uno de los más audaces bandeirantes fue Antonio Raposo Tavares. Al frente de 900 bandeirantes y 2.200 indios, armados de escopetas, espadas, rodelas, machetes y mucha munición de balas y pólvora, partió de San Paulo en 1628, dejando apenas 25 hombres que pudiesen tomar armas. En otra expedición, realizada en 1648, bajó por el Paraná hasta Ivinheima, cruzó el norte del Paraguay y llegó hasta escalar los Andes, en el Perú. Regresó por el Guaporé, Mamoré, Madeira y Amazonas, tan desfigurado que los propios parientes no le reconocieron.
Otro osado bandeirante fue Francisco Pedroso Xavier. En 1676 apoderóse de Villa Rica del Espíritu Santo, la cual, a causa de las depredaciones paulistas, había sido trasladada del Guairá y distaba apenas 80 leguas de Asunción. Pedroso despachó en seguida a uno de sus lugartenientes a apoderarse de Ypané y Guarambaré, situados a 80 leguas escasas de la capital. Los primeros fugitivos llegaron a Asunción con la noticia. El Cabildo, reunido apresuradamente, resolvió organizar una expedición de socorro a Villa Rica, y confió el comando al ex Gobernador Juan Diez de Andino. Éste inició la marcha, pero como los bandeirantes habían emprendido el regreso, los dos ejércitos se encontraron en el Amambay. Los españoles realizaron varios asaltos sobre las posiciones portuguesas sin resultado alguno. Al día siguiente, fueron los bandeirantes quienes atacaron, pero también infructuosamente. Por fin, los intrusos se retiraron, sin ser perseguidos por Diez de Andino. El Gobernador Felipe Rexe Corbalán no aprobó la falta de energía de este último.
Portugal quedó bajo la jurisdicción de la Corona española desde 1580 hasta 1640. "En 1578 – cuenta Calmón – el Rey don Sebastián, con todo el ejército portugués, pereció en los campos de Alcacer-Quibir, en una desastrosa expedición contra los moros, que puede calificarse de "última cruzada". Sin herederos directos, dejó el trono a merced del Rey de España, Felipe II, nieto, por su madre, de don Manuel "el Venturoso". El poderoso monarca venció por el soborno, en Tomar, y por las armas, en Alcántara, al pretendiente portugués, don Antonio, prior del Crato, y ciñó la corona lusitana. Durante sesenta años, Portugal y España estuvieron unidas en la persona de un soberano común: Felipe II (1580-1598), Felipe III (1598-1618) y Pelipe IV (1618-1640). Para el Brasil, lejos de ser funesta, fue grandemente ventajosa la desventura de la madre patria: los españoles pasaron a ser de enemigos, aliados, y los paulistas entraron en sus tierras, ya que las fronteras – el meridiano de Tordesillas – habían desaparecido junto con la independencia portuguesa". Rota la unión en 1640, arreciaron las malocas paulistas sobre las posesiones españolas.
El Uruguay era para Buenos Aires una gran estancia. Portugal decide aprovechar para sí la enorme riqueza. Con ese objeto, Manuel Lobo, cumpliendo órdenes de la Corte de Lisboa, funda en 1680 la Colonia do Sacramento, en la costa frontera a Buenos Aires. Los portugueses burlaban así, una vez más, el compromiso de Tordesillas. Apenas instalados, emprenden la venta de cueros en gran escala, comerciando libremente con ingleses y holandeses, quienes debido al monopolio español encontraban siempre cerrados los mercados de América. Partidas de aventureros, bandoleros e indígenas recorren toda la comarca, arreando y cuereando ganado, que venden o contrabandean en la costa. El comercio portugués de cueros en la Colonia do Sacramento toma tal importancia, que el gobierno español de Buenos Aires resuelve ocupar la región y fundar poblaciones en ella.
El Gobernador de Buenos Aires, José de Garro, cumpliendo instrucciones de Madrid, envió al Maestre de Campo Antonio de Vera Muxica con fuerzas suficientes para arrasar la Colonia do Sacramento. En la refriega, fue tomado prisionero Manuel Lobo. Al saberse en Lisboa la pérdida de Colonia, ordenóse de inmediato la concentración de tropas en la frontera con Castilla. El gobierno español, en su eterna tragedia financiera, no estaba en condiciones de afrontar la lucha. La tales dificultades, el único recurso que restaba era dar satisfacciones a Portugal. El Embajador español en Lisboa diólas en forma amplia.
Por el tratado de 1681, firmado poco después, España se comprometía a punir al Gobernador de Buenos Aires, a restituir las armas, municiones y pertrechos tomados en Colonia y a reinstalar a los portugueses expulsados. El uso del territorio para cortar leña, pastar ganado, cazar, pescar, etcétera, en vez de ser atributo de soberanía, pasaba a ser consentido por el invasor, el cual, a su turno, se abstendría de molestar a los indios y a los vecinos de la otra corona. Finalmente, se resolvía postergar la investigación de la línea de Tordesillas. Nuevas comisiones de cosmógrafos se reunirían para decidir si Colonia quedaba al occidente o al oriente del límite citado.
La obra de los bandeirantes iba dando, pues, sus primeros frutos a Portugal.
En 1750, este último obtuvo un rotundo triunfo diplomático sobre España. Y ese triunfo fue obra de un brasileño. Alejandro de Gusmão, nacido en Santos, había ido a estudiar a Europa, doctorándose en leyes en la Universidad de Coimbra. Nombrado Secretario de Juan VI, después de haber actuado en París y en Roma, fue Gusmão quien redactó el proyecto y obtuvo que España firmara el tratado del 13 de Enero de 1750.
Este convenio legalizaba todas las usurpaciones paulistas, reconociendo los terrenos ocupados por éstos como pertenecientes a Portugal.
En dicho tratado se consideró, por primera vez, la fórmula uti possidetis, ita possideatis (como poseéis, así poseáis), como norma reguladora de las disputas fronterizas.
El tratado de Tordesillas – que regía nominalmente desde hacía más de dos siglos y medio – quedaba archivado. Los ocupantes no serían detenidos por diplomas ni pergaminos quinientistas. Regiría el principio de la posesión, basado en la capacidad para el dominio eficaz y población efectiva de las nuevas regiones.
Los bandeirantes habían desbrozado el camino de la diplomacia. Y ésta venía ahora a respaldar, a vigorizar, a consolidar la obra de aquéllos.
Veamos las principales estipulaciones del tratado de 1750. El Art. 4º expresaba que "los confines del dominio de las dos monarquías principiarán en la barra que forma en la costa del mar el arroyo que sale al pie del Monte de los Castillos Grandes". El límite seguía luego por el río Ybycuí, afluente del Uruguay.
El Art. 5º agregaba: "Subirá la línea divisoria desde la boca del Ybycuí por las aguas del Uruguay hasta encontrar la del río Pepirí o Pequirí, que desagua en el Uruguay por su ribera occidental, y continuará aguas arriba del Pepirí hasta su origen principal, desde el cual seguirá, por lo más alto del terreno hasta la cabecera principal del río más vecino que desemboca en el río Grande de Curitiba, que por otro nombre llaman Yguazú. Por las aguas de dicho río más vecino del origen del Pepirí y después por las del Yguazú o Río Grande de Curitiba, continuará, la raya hasta donde el mismo Yguazú desemboca en el Paraná por su ribera oriental, y desde esta boca seguirá aguas arriba del Paraná hasta donde se la junta el río Ygurey por su margen occidental".
El art. 6º decía: "Desde la boca del Ygurey continuará aguas arriba hasta encontrar su origen principal, y desde él buscará en línea recta por lo más alto del terreno la cabecera principal del río más vecino que desagüe en el Paraguay por su ribera oriental, que tal vez será el que llaman Corrientes, y bajará por las aguas de este río hasta su entrada en el Paraguay, desde cuya boca subirá por el canal principal que deja el Paraguay en tiempo seco, y por sus aguas hasta encontrar los pantanos que forma este río, llamados la laguna de los Xarayes, y atravesando esta laguna hasta la boca del río Jaurú".
Los otros artículos se refieren a los confines del Perú, Ecuador, Nueva Granada y Venezuela.
Resumiendo, tenemos que el límite establecido era una línea que iba por el arroyo que desemboca junto al Monte de los Castillos Grandes, y que seguía por los ríos Ybycuí, Uruguay, Pepirí, San Antonio (que desemboca en el Yguazú), Paraná, Ygurey, Corrientes y Paraguay hasta la boca del Jaurú. (Véase Mapa al final).
Por este acuerdo, Portugal cedía a España la Colonia do Sacramento, a cambio de las siete misiones jesuíticas situadas al norte del Ybycuí y al este del Uruguay.
Este tratado, desastroso para España, fue objeto de unánime crítica en las colonias españolas. Los jesuitas, por su parte, tampoco podían ver con agrado este acuerdo, que los obligaba a abandonar sus tierras después de tantos años de sacrificio. Y con el agravante de entregarlas a los odiados bandeirantes. "¿Era a estos enemigos de más de tres generaciones – comenta un autor – que ingenua o perversamente se entregaban, no la tierra y la gente, sino la tierra sin la gente? La gente había de dejar sus iglesias que aún hoy causan la admiración de los viajeros, sus labranzas, sus casas, sus chácaras fertilizadas incansablemente en lucha secular, tenía que emigrar en condiciones mucho peores que la primera vez, cuando huyeron de los mamelucos, pues entonces al menos estaban acostumbrados a vivir del monte y andaban ajenos a las comodidades de la cultura, y el éxodo debía hacerse dentro de un año y sería de 30.000 almas, viejos, mujeres, criaturas, 700.000 cabezas de ganado. ¿Sabíase al menos para dónde?..."
Cuando los demarcadores hispano-lusitanos se dirigieron a Santa Tecla – cuenta Nery da Fonseca –, se encontraron con el indio Sapé, alférez del pueblo de San Miguel, a la cabeza de 600 indios. De la reclamación que hacía el indio Sapé, resaltaba que "no había derecho para tirarles de aquellas tierras que Dios y San Miguel les tenían dadas". Preguntándosele "¿por orden de quién venían a embarazar el paso, y no daban cumplimiento a las órdenes del rey?", respondió: "De orden del Padre Superior y de su Padre Cura".
Al estallar la sublevación de los indios misioneros, conocida con el nombre de Guerra Guaranítica, aliáronse por un momento los dos vecinos adversarios para combatir al enemigo común, que era el jesuita. Entre 1754 y 1756, dos ejércitos, español y portugués, comandados por José de Andonaegui y Gomes Freire de Andrada, destruyeron las reducciones guaraníes y ocuparon la región. Caa-Ybaté fue el final de la contienda.
Los comisarios nombrados para la demarcación de la frontera meridional no pudieron arribar a un acuerdo. Por otra parte, de todos lados seguían llegando protestas contra el tratado de 1750. Finalmente, por el acuerdo de 1761, fue declarado caduco.
La Colonia do Sacramento fue teatro durante 10 años de guerrillas, escaramuzas y correrías. Ora tomada por Pedro de Ceballos, ora retomada por los portugueses, o de nuevo en poder de Ceballos, la codiciada colonia fue el punto neurálgico del choque de las dos dominaciones. El viajero que recorre hoy las apacibles calles del barrio viejo de la ciudad uruguaya, en que cada piedra es un recuerdo, evoca emocionado aquellos días álgidos y duros.
EL 1º de octubre de 1777, España y Portugal firmaron en San Ildefonso un nuevo tratado por el que procuraban poner fin al litigio mantenido sobre sus colonias de América. Por tal convenio, España recupera la Colonia do Sacramento, sin compensación alguna para Portugal. Es decir, conserva las siete misiones jesuíticas situadas al norte del Ybycuí y al este del Uruguay, que cedía en el de 1750. Ahora, el límite no va por los ríos Ybycuí y Uruguay, sino por la Cordillera de los indios Tapes. El nuevo acuerdo es, pues, muy ventajoso comparado con el de 1750. (Véase Mapa al final).
En cuanto a los otros límites, desde el Pepirí hasta la boca del Jaurú, eran los mismos que los establecidos en el tratado de 1750.
Refiriéndose a los ríos Ygurey y Corrientec, dice Báez: "Despréndese de dichos artículos que la intención del Ministro de Estado español, Conde de Floridablanca, consistía en señalar como divisoria, al norte del Paraguay dos ríos concurrentes en sus cabecearas, de los cuales el uno vierta sus aguas en el Alto Paraná y el otro en el Alto Paraguay".
Ahora bien, ¿cuál eran esos dos ríos, concurrentes en sus cabeceras? El desconocimiento que se tenía de la geografía americana eran tan grande, que todo se hacía a base de suposiciones, hasta el punto de expresarse en solemnes tratados que cierto río "tal vez será el que llaman" de tal modo. Y ese desconocimiento de la geografía fue la causa de las innumerables cuestiones de límites que surgieron entre todos los Estados americanos después de la independencia.
Las discusiones comenzaron durante el coloniaje. Así mientras los españoles afirmaban que Ygurey era el Ivinheima, los portugueses decían que lo era el Igatimí. Y mientras los primeros sostenían que Corrientes era el Blanco, los segundos aseguraban que lo era el Jejuí, el Ypané o el Apa. Los cosmógrafos y cartógrafos que enviaron España y Portugal nunca llegaron a un acuerdo sobre los límites fijados en el tratado.
El tratado de San Ildefonso constituyó la cuarta desmembración que sufrió el Paraguay durante el coloniaje.
Por él perdió el vasto y rico territorio de Matto Grosso. De las otras tres desmembraciones iremos ocupándonos oportunamente.
Al año siguiente, esto es, en 1778, firmóso entre las dos coronas el tratado de El Pardo, de carácter preponderantemente comercial. Entre otras cláusulas, establecía que Santa Catalina podía ser escala para reabastecimiento de las naves españolas. La regla comercial a observar, sería la de nación más favorecida. Desaparecía el contrato del tráfico de esclavos. El tabaco consumido en las islas y costas africanas sería el del Brasil.
Con el transcurso del tiempo, los bandeirantes, cazadores de esclavos, se convirtieron en cazadores de esmeralda y oro. En sus correrías llegaron hasta Matto Grosso – que por el tratado de Tordesillas pertenecía a España – y allí fundaron Cuyabá, San Francisco Xavier, Villa Bella, Coimbra, Albuquerque y Corumbá. El tratado de San Ildefonso venía a legalizar parcialmente esas usurpaciones.
Los portugueses, deseosos de adueñarse de más tierras del Paraguay, hasta el río Ypané, fundaron en 1767, dirigidos por el Mayor Juan Martins Ramos, el fuerte de Igatimí, a 30 leguas de Curuguaty. Esto les daba la llave de la sierra de Mbaracayú y les abría una puerta de entrada hacia Asunción. Pero, en 1777, el Gobernador del Paraguay, Agustín Fernando de Pinedo, los desalojó de ese lugar. Un año antes, el mismo Gobernador había fundado sobre el río Paraguay la Villa Real de la Concepción, a fin de contener la invasión de los portugueses.
Con el mismo objeto, en 1792, el Gobernador Joaquín Alós encomendó al Comandante Antonio Zabala y Delgadillo la fundación del Fuerte Borbón (hoy Olimpo).
Y en 1801, enterado de la guerra que estalló en Europa entre España y Portugal, el Gobernador Lázaro de Ribera dirigió personalmente una expedición al Alto Paraguay con el propósito de desalojar a los portugueses de Coimbra. La bien parapetada guarnición del fuerte rechazó el ataque español.
En cuanto a las siete misiones jesuíticas a que nos hemos referido anteriormente, al estallar el conflicto de 1801, fueron ocupadas de nuevo por los portugueses. Un capitán de dragones, Francisco Barreto Pereira Pinto, al frente de un grupo de jinetes gauchos, derrotó, en San Borja a las fuerzas españolas. Desde entonces, esas tierras continuaron sin interrupción en poder de Portugal, y luego del Brasil, su heredero.
La guerra de 1801 fue el último capítulo de la epopeya comenzada por los bandeirantes en el siglo XVII.
II PARTE
EL PARAGUAY Y BUENOS AIRES
Capítulo I
SEGREGACION DE AMAZONAS Y DE CUYO
Hemos visto cuáles fueron los primitivos límites de la Provincia del Paraguay o Río de la Plata, según la capitulación tomada con Don Pedro de Mendoza el 21 de Mayo de 1534. Las capitulaciones de Alvar Núñez y de Domingo de Irala, efectuadas posteriormente, se ajustaron a esos mismos límites.
Averigüemos ahora si la capitulación tomada con el Adelantado Juan Ortiz de Zárate el 10 de julio de 1569, confirma o no los límites de referencia.
"Os hacemos merced – dice el documento – de la gobernación del Río de la Plata con el distrito y demarcación que su Majestad el Emperador la dio y concedió al gobernador Don Pedro de Mendoza, y después de él a Alvar Núñez Cabeza de Vaca y a Domingo de Irala..."
Esto pareciera dejar las cosas como estaban. Pero la capitulación agrega: "...sin perjuicio de las otras gobernaciones que tenemos dadas a los capitanes Serpa y Silva".
Hay que tener en cuenta que las fronteras de las posesiones españolas en América eran trazarlas, muchas veces, arbitrariamente, por la voluntad de los monarcas, en Cédulas Reales que las delimitaban con mayor o menor perfección.
La gobernación del Capitán Diego Hernández de Serpa eran las Guayanas, y la del Capitán Pedro Malaver de Silva era Venezuela.
Estas dos gobernaciones fueron creadas con posterioridad a la de Mendoza. El límite meridional de ambas pasaba más al sur del Amazonas, en el paralelo 6º 20' de latitud austral. El Paraguay no se extendía ya, por tanto, hasta la línea del Ecuador, situada al norte del Amazonas. Por eso la capitulación de Ortiz de Zárate, respetando lo adjudicado a Serpa y Silva, segregaba del Paraguay la cuenca del Amazonas, desde la línea del Ecuador hasta el paralelo citado. (Véase Mapa al final).
Por otra parte, al crearse la gobernación de Chile – posterior también a la de Mendoza – se la dio cien leguas de ancho desde la costa del océano Pacífico hacia el este. Con esto, la región de Cuyo – actuales provincias argentinas de San Juan, Mendoza y San Luis –, que pertenecía a la Provincia del Paraguay, pasó a poder de Chile.
Buenos Aires aún no existía. Pero, con el correr de los años, bajo su jurisdicción iría a parar la región cuyana. En cuanto a la hoya amazónica, pasaría en definitiva a manos del Brasil.
La capitulación de Ortiz de Zárate, al no incluir los territorios de Amazonas y Cuyo, constituyó la segunda desmembración que sufrió el Paraguay durante el coloniaje.
Capítulo II
SEMBRANDO CIUDADES A LOS CUATRO VIENTOS
En el estadio de la historia de Indias, Asunción comenzó por ser una villa aglutinante que atrajo a sí todos los pequeños núcleos existentes en el Río la Plata. A los colonos que con Salazar la fundaron en 1537, agregáronse en 1539 los que trajo Ruiz Galán de Corpus Christi, en 1541 los que despoblaron Buenos Aires por orden de Irala y en 1542 los que con Alvar Núñez viajaron a través de las tupidas selvas del Brasil.
Bien pronto, sin embargo, esa corriente centrípeta varió de dirección. Ya en tiempos de Irala, este Gobernador envió, en 1554, al Capitán García Rodríguez de Vergara a fundar Ontiveros, en la costa oriental del Paraná, una legua más al norte del salto del Guairá. Poco después, en 1556, Ruy Díaz de Melgarejo trasladaba dicha población a tres leguas más al norte, rebautizándola con el nombre de Ciudad Real.
Durante el gobierno de Gonzalo de Mendoza, partiendo de Asunción al frente de numeroso contingente, Nufrio de Chaves remontó el Alto Paraguay, cruzó el Chaco y fundó Nueva Asunción en 1559 y Santa Cruz de la Sierra en 1561.
Siendo gobernador Felipe de Cáceres, se lanzó Ruy Díaz de Melgarejo, en 1570, a fundar Villa Rica del Espíritu Santo. La fundación se realizó – como documentalmente ha demostrado Ramón I. Cardozo – a sesenta leguas más al este del salto del Guairá, en la región de los bosques vírgenes de Cuarajhy-verá [Kuarajy vera] (resplandor del sol), donde los indígenas aseguraban que existían ricas minas de oro y plata. De ahí que la bautizaran con un nombre lleno de promesas y esperanzas: Villa Rica. Desde esa altura se veía el mar lejano, al que llamaban Mbaé-verá-guazú [Mba'e vera guasu] (cosa grande resplandeciente). Acosada constantemente por los bandeirantes paulistas, Villa Rica tuvo que trasladarse cinco veces para no desaparecer. Por eso es llamada la ciudad andariega. Trasladóse a treinta leguas más al este, luego a Curuguaty, después a Itapé, seguidamente a Espinillo y por fin al paraje de Ybytyrusu donde está actualmente enclavada, a treinta y cinco leguas al sudeste de Asunción (1).
Era gobernador Martín Suárez de Toledo, cuando salieron en 1573 de Asunción, con Juan de Garay a la cabeza, 9 españoles y 75 "mancebos de la tierra", o sea jóvenes mestizos paraguayos, para ir a fundar Santa Fe.
El gobierno de Juan de Garay (1578-1583) caracterizóse por el fuerte impulso expansionista que imprimió a la colonia. Después de haber reconocido personalmente la zona oriental del Alto Paraguay, envió a Ruy Díaz de Guzmán – primer historiador paraguayo de la conquista – a fundar Santiago de Xerez en 1579, en la margen derecha del Mbotetey. (Aún hoy, a tanto tiempo de la desaparición de aquella villa, se escucha decir a los paraguayos del norte: "Aha Jere-ñúpe", o sea "Voy a los campos de Jerez").
A Juan Ortiz de Zárate se le ordenaba en la capitulación, fundar "tres pueblos de españoles allende de los que están agora poblados, los cuales haréis entre el distrito de la ciudad de La Plata y la ciudad de Asunción, donde más convenga". La zona que se extiende entre las ciudades de la Plata y Asunción es el Chaco. Garay, sucesor de Ortiz de Zárate, quiso dar cumplimiento a esa resolución. Con tal objeto, envió en 1579 a Adame de Olabarriaga a reconocer la costa del Pilcomayo para fundar una ciudad en el Chaco. Debido a lo anegadizo del terreno tuvo que abandonarse el proyecto por entonces. Seis años después se realizó el propósito, con la fundación de Concepción del Bermejo.
Hacía casi cuarenta años que la ciudad de Buenos Aires había desaparecido. Incendiados los últimos ranchos, avanzó el pasto y, cubriendo las cenizas, la borró del mapa. Ante la vista sólo se extendía de nuevo la pampa infinita.
Fue de Asunción que saldrían los fundadores de la segunda Buenos Aires. El Gobernador Juan de Garay decidió establecer en el Río de la Plata un puerto para unir España a Asunción y al Perú. Se realizó, pues, la ceremonia de levantar un estandarte, tocar trompeta y tambor, y con voz de pregonero llamar a todos los habitantes de Asunción que quisiesen tomar parte en la jornada. Se alistaron 10 españoles y 56 "nacidos en la tierra", es decir, mestizos paraguayos. Partieron de Asunción acompañados de sus familiares, sus ganados, sus semillas, sus instrumentos de labranza y sus esperanzas. Garay y sus heroicos compañeros "realizaron – dice un escritor – una hazaña que hoy se pierde en el murmullo de los autos y entre las cumbres de los rascacielos".
Algunos de los expedicionarios salieron por tierra, arreando 500 vacas. Años después, el Gobernador del Paraguay, Hernandarias de Saavedra, dispone que 100 vacas sean enviadas de Buenos Aires al Uruguay. Dichos animales fueron desembarcados en el paraje que, desde entonces, se llama de las Vacas. Así fue como el Paraguay introdujo en la Argentina y en el Uruguay el primer ganado vacuno, que ahora puebla en millones las pampas y las cuchillas.
La fundación se realizó el 11 de junio de 1580. El sitio elegido fue la actual Plaza de Mayo. "Todo se efectúa tranquilamente – dice Larreta –. Se acabó la epopeya. Uno es el que mata la fiera, otro el que adereza la piel y aforra el capisayo. No hay por qué omitir la ceremonia de una nueva fundación. Garay corta hierbas y tira cuchilladas, como lo prescribe la antigua costumbre. El escribano ahueca la voz. El buen vizcaíno sonríe para sus adentros. Buenos Aires quedaba fundada definitivamente. Cabildo, rollo, cruz; y su plano, en pergamino de cuero. Como el suelo era llano, sin el menor accidente, no había por qué meterse en gambetas. Se trazaron de norte a sur, "leste ueste", calles perpendiculares. Damero honrado, franco". La planta urbana comprendía 16 cuadras de frente sobre el río por 9 de fondo. Destináronse seis manzanas al Fuerte, Plaza Mayor, tres conventos y un hospital; el resto a las casas y chácaras de los pobladores. Más tarde, repartió otras tierras entre los colonos, desde la ciudad hasta San Fernando, San Isidro y Tigre.
Al año siguiente, fue Juan de Garay quien, acompañado de treinta soldados, realizó la primera incursión por tierras australes. Partiendo de Buenos Aires, marchaba – según lo cuenta él mismo – "unas veces a la vista de la costa, otras metiéndome cinco o seis leguas por la tierra adentro". Así fue a dar a más de sesenta leguas de Buenos Aires, "que si hubiera de ir por el mar entiendo que fueran noventa, porque hace una gran ensenada". Al llegar a las playas de Mar del Plata actual, la costa atrajo su atención por su belleza. "Es muy galana y va corriendo una loma llana de campiña sobre la mar". El término de la excursión fue una punta, probablemente donde levántase hoy, acariciada por los médanos, el faro de Punta Mogotes.
Los sucesores de Garay prosiguieron la obra colonizadora. Juan Torres Navarrete envió en 1585 a Alonso de Vera y Aragón a fundar Concepción del Bermejo, cerca de las orillas de este último. La fundación se hizo en un lugar en que había "mucha leña e pesquería e caza e pasto". Los fundadores llevaron de Asunción 100 bueyes y 300 vacas. Y Juan Torres de Vera y Aragón – el último adelantado – envió en 1587 a Alonso de Vera a fundar San Juan de Vera de las Siete Corrientes. Los pobladores llevaban consigo 1500 vacas y 1500 caballos.
De Asunción irradió – durante todo el siglo XVI – el movimiento centrífugo. De ella partieron españoles y mestizos paraguayos a sembrar ciudades a los cuatro vientos. Germinación de este magno esfuerzo fueron Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes, Villa Rica, Santa Cruz de la Sierra y otro tantos núcleos de civilización. Brillante fue, sin duda, el origen del Paraguay. Pero Asunción, la ciudad madre y fundadora, que aportó los elementos y los medios económicos para su mantenimiento, quedó anémica, desangrada. "Como el pelícano de la fábula – dice Domínguez – se desgarró las entrañas, para alimentar a sus hijos".
Capítulo III
LA PERDIDA DEL LITORAL ATLANTICO
Por el año 1555, llegaba a las costas cálidas y brillantes del Brasil la expedición en que venían Juan de Salazar, los hermanos Goes y otros varios hidalgos españoles y portugueses. Entre ellos venían también el Capitán Hernando de Trejo y doña María de Sanabria.
Estos últimos contrajeron enlace a poco de llegar. En San Francisco, ubicada en la costa brasileña que pertenecía a la Corona de España y formaba parte de la Provincia del Paraguay, tuvieron un niño, el más tarde Fray doctor Hernando de Trejo y Sanabria, que en 1613 fundara en Córdoba la primera Universidad del Río de la Plata.
Don Hernando, militar y hombre poco hecho para la quietud, no se hallaba a gusto en aquellas soledades. Resuelto a buscar nuevos horizontes, emprende, acompañado de su familia, el camino de Asunción.
Aquí transcurrió la niñez de Trejo y Sanabria. Cuando cumplió 15 años, su madre pensó que convendría hacerle ampliar sus estudios. Por entonces llegaron hasta ella noticias del Colegio Franciscano de Lima. Allá iría, pues, a estudiar el muchacho. El viaje se realizó en menos tiempo que el esperado. Pasan los años, y el recuerdo del mozo se hace cada vez más difuso entre los vecinos. Mientras tanto, el joven Hernando vela en Lima. Cumplidos los 23 años, recibía su título de Doctor en Sagrada Teología. Se le encomienda poco después la dura misión de catequizar a los indios del Perú y de Tucumán. El 19 de junio de 1589 echan a repicar las campanas, más de seiscientos habitantes toman el camino de Tucumbú para recibirlo y Trejo y Sanabria entra triunfante en Asunción. En 1592, Felipe II lo nombra obispo de Tucumán. En 1600 funda en Córdoba un seminario con el nombre de Convictorio de San Francisco Xavier. Dicho establecimiento es declarado, diez años más tarde, Colegio Máximo Jesuítico. Trejo y Sanabria hace un verdadero apostolado de la enseñanza. En 1613 dona por escritura pública todos sus bienes muebles y raíces y sus rentas al citado colegio, que más tarde adquiere el carácter de Universidad. Así levantó un monumento al Derecho y a la libertad en América. Y hoy se levanta la figura del ilustre criollo paraguayo, envuelta en su tosco sayal franciscano, fundida en bronce y sobre base de granito, en el centro del patio de la Universidad de Córdoba.
Fallecido el capitán Hernando de Trejo, doña María de Sanabria contrajo segundas nupcias con Martín Suárez de Toledo. Hijo de esta unión fue Hernandarias de Saavedra, el primer criollo paraguayo que llegó a Gobernador de la Provincia del Paraguay o Río de la Plata.
Desde que tuvo 15 años, Hernandarias de Saavedra acudió a conquistas, correrías y poblaciones. Era uno de los mejores conocedores del país y uno de los capitanes más experimentados. Infatigable para los viajes, era además sumamente desinteresado. Fue un modelo de constancia y de honestidad. Durante cuarenticinco años sirvió a Su Majestad "en esta provincia que es mi patria". Fue cinco veces gobernador de su provincia. El Cabildo de Asunción lo nombró Teniente de Gobernador en 1592, Juan Ramírez de Velasco lo designó su Teniente de Gobernador en 1595, los habitantes de Asunción lo eligieron popularmente Gobernador en 1598, el Rey lo nombró en tal carácter en 1601 y el mismo volvió a designarlo en 1614.
Hernandarias de Saavedra promulgó, en 1603, ordenanzas en defensa de los indios, para que no sean vejados ni molestados. Entre otras disposiciones, contenían las siguientes: "los muchachos hasta la edad de quince años y las muchachas hasta de trece" debían ser libres de todo trabajo, lo mismo que los viejos "que llegaran a sesenta años"; en ningún caso los indios debían trabajar en los días de fiesta; la forma y el tiempo en que los indios debían trabajar estaban rigurosamente establecidos; a los caciques se les debía guardar sus preeminencias y no ocuparlos en ningún género de trabajos; los encomenderos debían suministrar vestidos y alimentos a sus indios. Análogas fueron las ordenanzas dictadas en 1611 por el Visitador Francisco de Alfaro. Y para cumplirlas, designóse Protector de los Indios al propio Hernandarias de Saavedra.
Se preocupó también grandemente de los criollos y mestizos. "Aunque los españoles lo tachan – decía un peninsular – de que se inclina siempre a los criollos y mestizos, es muy honrado caballero, aunque criollo". Arbitrando medios para que los hijos de la tierra tuviesen estudio, fue el fundador en 1603 de las primeras escuelas en el Paraguay. Expresa en sus "Cartas y Memoriales al Rey de España y al Consejo de Indias": "Di orden en la dicha ciudad de la Asunción e hice se pusiesen a estudio en ella más de 30 hijos de vecinos y más de otros 50 a oficios de los que andaban baldíos y perdidos e hice se pusiesen a la escuela más cantidad de 150 muchachos". En 1604 fundó la Casa de Recogidas. "En la ciudad de la Asunción – escribe – están recogidas en casa de una virtuosa mujer, que se dice la Madre Francisca de Bocanegra, más de sesenta mujeres solteras, pobres y huérfanas, hijas de nobles padres que han servirlo mucho a Vuestra Majestad en esta provincia. Muchas de éstas están allí por mi mandato y para el sustento dellas he procurado favorecerles todo lo posible". En 1617, combatió la costumbre que existía entre los mozos del campo de pasarse el día tomando "terere", pues esto los hacía "viciosos, haraganes y abominables ".
Sugestionado con la fantástica Ciudad de los Césares, Hernandarias de Saavedra resolvió organizar una expedición. Dicha leyenda geográfica tuvo su origen en el viaje que el Capitán Francisco César hizo en tiempos de Gaboto desde Sancti Spiritus hasta las pampas de San Luis, donde oyó hablar de la ciudad del Cuzco y de las riquezas del Perú. Posteriormente la leyenda se complicó, y supúsose que la misteriosa población quedaba al sur. El gobernador criollo buscó hombres y elementos en Asunción, Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires; reunidos en ésta última, partieron en 1605, rumbo al sur, 130 españoles y criollos, 700 indios, 600 caballos, 600 bueyes y 76 carretas. Después de internarse en la Patagonia, la expedición regresó sin haber encontrado rastro alguno de la Ciudad de los Césares. Después, Hernandarias de Saavedra realizó dos expediciones más; una a Entre Ríos y Uruguay en 1607 y otra a Corrientes en 1609.
Con el objeto de evangelizar a los indios, el diligente gobernador envió en 1609 misioneros jesuitas al Guairá, al Paraná, y al Uruguay.
Y – paradojas de la historia – durante la administración de este gran gobernador, el Paraguay sufrió la más grave de sus desmembraciones.
Para comprender mejor la forma en que se produjo esa desmembración, conviene estudiar antes cuáles eran los límites fijados entre Asunción y las ciudades que de su seno surgieron.
A causa de la imprecisión de los términos de las respectivas ciudades, las mismas encomiendas eran adjudicadas a dos o tres partes distintas, lo que perjudicaba grandemente a Asunción, que hasta entonces había poseído esas tierras. Por tal razón, en 1598 el Procurador de la ciudad, Diego de Olabarrieta, solicitó del Gobernador Hernandarias de Saavedra la fijación precisa de los límites de Asunción. "Esta cibdad – decía la solicitud – ha más de sesenta años está poblada y de los cuarenta años a esta parte se han poblado otros pueblos de españoles, emanados y procedidos de esta cibdad y a mucha costa della, descarnándola como parece al presente pobre. E pues como cabeza e primera e más antigua tomó por jurisdicción e distrito más de cien leguas por todas partes... encomendando indios de repartimientos como aprehendiendo posesión e jurisdicción en dicho término..." Y terminaba pidiendo se dé "a cada cibdad su término con citación de las cibdades".
El Gobernador Hernandarias de Saavedra dictó su resolución, señalando "por término y jurisdicción de la ciudad de Vera de las Siete Corrientes a lo tocante hacia esta ciudad... El Paraná arriba... desde aquella parte donde está la dicha ciudad". La jurisdicción de Santiago de Xeres se fijó en la "loma de la cordillera abajo hacia Mbaracayú, aguas vertientes hacia dicha ciudad de Xerez, y por la parte de la cordillera arriba, tirando al norte, por la misma orden vaya la misma lomada corriendo aguas vertientes a esta parte al río del Paraguay". Como límite de Concepción del Bermejo señaló una línea que iba por "el medio y la mitad de la tierra entre el río de Araguay (Pilcomayo) y el de Bermejo" hasta "ocho leguas antes da llagar al río del Paraguay", donde bajaba, siguiendo paralelamente al río, hasta doblar luego frente a la confluencia con el Paraná. El acto gubernativo estableció así que los límites de Asunción con Santiago de Xerez, Corrientes y Concepción del Bermejo eran la cordillera de Mbaraeayú, el río Paraná y la línea que dividía en dos mitades la mesopotamia existente entre los ríos Pilcomayo y Bermejo.
En 1607, viendo que las ciudades del Guairá – Santiago de Xerez, Villa Rica y Ciudad Real – vivían en una incomunicación casi permanente, completamente apartadas de las corrientes comerciales, Hernandarias de Saavedra escribió al Rey significándole la conveniencia de segregarlas de la provincia y formar con ellas un gobierno aparte. "Tendría por acertado – decía – y creo irían en aumento, y los naturales serían mejor doctrinados, si Vuestra Majestad los dividiese deste gobierno a éstos y a Xerez, a quien tampoco van gobernador y obispo, por estar cien leguas adelante de la ciudad de la Asunción y es pueblo que se pobló de la gente de aquella provincia del Guairá". Habría que nombrarle gobernador, "para que teniendo dueño y quien se duela della, sin cuidado désta, se pueda ensanchar y hacer una buena gobernación".
Como pasaron algunos años sin que el proyecto se resolviera, en 1615 el Procurador Manuel de Irías lo reiteró en la Corte. Los pobladores que bajaban del Guairá a pedir justicia, decía Frías, tenían que atravesar "bosques y montañas, cordilleras muy espesas, bañados y anegadizos", transportando por ellos sus embarcaciones y mercaderías "a fuerza de brazos", para continuar después por ríos de "furiosas corrientes", en que los tripulantes debían bogar perpetuamente de pie, "al sol y al agua y de ninguna manera sentados".
El Rey pidió informe al Virrey del Perú, Marqués de Montes Claros, quien lo envió en éstos términos: "Juzgo muy conveniente hacer una nueva gobernación, pero porque si quedase con solas las tres ciudades de Guairá (Ciudad Real), Villa Rica y Xerez, como Hernandarias escribió a Vuestra Majestad, sería de poca consideración... es mi parecer que se la agregase la de la Asunción... con lo que quedaría cada uno de los dos gobiernos con cuatro ciudades".
Desgraciadamente, el informe del Virrey prevaleció sobre el pedido del Gobernador. Y por Real Cédula del 16 de diciembre de 1617, el Rey dividió la Provincia del Paraguay o Río de la Plata en dos: A la primera, que también se llamó del Guairá, correspondían Asunción, Santiago de Xerez, Villa Rica y Ciudad Real. A la segunda pertenecían Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Concepción del Bermejo.
La división se hizo, como dice Moreno, por agregación de ciudades. Cada una ingresaba con su correspondiente distrito. Por tanto, la línea divisoria entre las dos nuevas provincias quedaba establecida por la que separaba la jurisdicción de Asunción de las de Concepción del Bermejo y Corrientes. Poco después, con la despoblación de Concepción del Bermejo, el Paraguay recobró sus antiguas posesiones hasta el río Bermejo. (Véase mapa al final).
La división de 1617 constituyó la tercera desmembración del Paraguay colonial. La forma desacertada en que se efectuó no puede ser achacada a Hernandarias de Saavedra, que sólo proponía la separación de las tres ciudades del Guairá, sino al Marqués de Montes Claros, su verdadero inspirador.
Esa desmembración fue de consecuencias funestas para el Paraguay. En efecto, las ciudades del Guairá, que seguían sin fuerzas propias para defenderse de las malocas paulistas, fueron destruidas. Perdióse el litoral Atlántico – que pasó a depender de Buenos Aires –, el Paraguay quedó aislado y comenzó su decadencia.
Capítulo IV
JESUITAS Y COMUNEROS
Entre las Misiones Jesuíticas del Paraguay y la Revolución Comunera que estalló en este país, existe una relación más íntima de la que generalmente se cree, ya que la política desarrollada por la primera constituyó en realidad una de las causas que originaron la segunda.
A su arribo al Paraguay, los jesuitas consiguieron atraer a los indios por medio de la mansedumbre, de abalorios y de la música. Mientras descendían en piraguas por los ríos, o abrían picadas en la selva, los misioneros iban tocando instrumentos musicales y entonando cánticos. Los indios acudían para escuchar y quedaban subyugados ante el irresistible atractivo.
Los misioneros erigieron sus reducciones en hermosas lomas, a orillas de frescos arroyos. Los treinta pueblos ofrecían el espectáculo de una edificación uniforme. En cada pueblo se levantaba la Iglesia. A un costado de ésta se hallaban el Colegio y los Talleres para diversos oficios. Al otro costado de la Iglesia estaban el Cementerio y el "Koty guasu" (habitación grande), que venía a ser el asilo-hospital de la reducción. Las cinco reparticiones citadas formaban uno de los cuatro lados de la plaza. Los otros tres lados estaban ocupados por las casas de los indios, todas igualmente blancas, de tejas y rodeadas de grandes corredores. Fuera del cacique, los jesuitas obligaban a todos, hombres y mujeres, a ir vestidos con feos camisones de dormir, como el de las criaturas de un orfanato o internado. Tal supresión de la individualidad, de la autonomía personal o de familia, fue – en opinión de Gilberto Freyre – "un régimen destructor de cuanto en los indígenas era alegría, frescura, espontaneidad, ánimo combativo, potencial de cultura. Dichos indígenas se artificializaron en una población aparte de la colonial, extraña a sus necesidades, a sus intereses y aspiraciones".
Una de las fuentes principales de recursos era la agricultura. Los jesuitas supieron dar a la labranza el carácter de una fiesta. Reunidos en la plaza, los indios se dirigían a las sementeras precedidos de la imagen de la Virgen y al son de violines, guzlas y tambores. Colocada la imagen bajo protectora enramada, los indios rezaban y luego se entregaban a sus quehaceres. Entre tanto, en los talleres del pueblo otros indios trabajaban como tejedores, carpinteros, herreros, plateros, pintores, escultores; doradores, etcétera. Los terrenos empleados en la agricultura estaban divididos en tres secciones: "Tava mba'e" (cosa del pueblo, es decir, perteneciente a la comunidad); "Ava mba'e" (cosa del indio o sea propiedad privada); y "Tupâ mba'e" (propiedad de Dios, destinada al sustento de las viudas, huérfanos, enfermos, ancianos y artesanos). "Esta destinación – dice el doctor Blas Garay – sólo era nominal y dirigida a impresionar el ánimo de los indios, pues todo lo que las reducciones producían era aportado a un fondo único, empleado en llevar adelante los planes de la Compañía, y sólo en muy exigua parte en subvenir a las necesidades de aquellos que los ganaban, gracias al sudor de su rostro, al trabajo continuo a que los sujetaron los catequistas".
Se ha dicho de las Misiones Jesuíticas que constituyeron una experiencia del régimen comunista. Esto es un error, pues – como bien lo hace notar el doctor Alberto Rojas – ni la vida en común, bajo un régimen especial de disciplina, ni la universalidad del trabajo, no son lo que caracteriza un verdadero sistema comunista. La nota saliente de esta escuela económica es la comunidad de riqueza. "El indio – agrega dicho autor – estaba sometido a un régimen de verdadera servidumbre. ¿Qué mucho que se la dieran tierras para que las cultivase para sí, estando sujeto a una disciplina rígida que señalaba de antemano el radio de su acción y el destino del fruto de su actividad? Era, en verdad, nada más que un instrumento de producción al servicio de la Compañía. La Orden retribuía su trabajo, es cierto, dándole alimento, vestuario y vivienda, pero el hecho que marea el carácter específico del sistema es que el remanente de lo que se consumía ingresaba en las arcas de la Compañía allende el mar. No puede darse nada más contradictorio con el comunismo".
Los jesuitas cultivaban en Europa todos los ramos del saber. Descifraban inscripciones latinas, observaban los movimientos de los astros, publicaban bibliotecas enteras, libros de controversia, casuística, historia, tratados de óptica, ediciones de los Padres de la Iglesia, madrigales y sátiras. A ellos se debió la primera imprenta que funcionó en el Río de la Plata; fue la establecida en 1700 en Santa María la Mayor, pueblo de las Misiones del Paraguay situado en la margen occidental del río Uruguay. Ochenta años después se fundó en Buenos Aires la primera imprenta. De la tosca prensa tipográfica de las Misiones, construida con maderas de sus selvas vírgenes, salieron obras voluminosas como el Vocabulario del P. Ruiz de Montoya, el Flos Sanctorum del P. Rivadeneira, la Diferencia entre lo temporal y lo eterno del P. Nierenberg, etcétera. Correcta la impresión, limpias y nítidas sus páginas, estaban ilustradas con bellas láminas, viñetas y xilografías, grabadas por los indios Tilcará, Yaparí y otros.
Se colmó de música la vida de los catecúmenos. Los indios despertaban de mañana cantando. Los jesuitas combinaron hábilmente el estilo religioso o católico de letanía con las formas de canto indígenas. En la poética colonial, los padres de la Compañía ensayaban las formas que más se asemejaban a los cantos de los guaraníes, con estribillo y refranes, para atraer así a los indios y convertirlos a la fe católica. De las estrofas escritas por los jesuitas para los neófitos de las reducciones, se conoce hoy la siguiente:
¡Oh, Virgen María
Tupâsy eté,
ava pe ara porâ
oikó nendive jave!
Que traducida, quiere decir, según Affonso de Taunay: "¡Oh, Virgen María, – madre de Dios verdadero –, los hombres de este mundo – están bien contigo!"
Pero que en realidad significa: ¡"Oh, Virgen María –, verdadera madre da Dios –, para el indio es lindo el día – cuando va en tu compañía!".
Lástima fue que los misioneros descuidaran la educación espiritual de los indígenas, enseñándoles sólo a leer y escribir en guaraní, para preocuparse únicamente de hacerlos laboriosos agricultores o hábiles artífices en aquellas artes de que podían obtener más pingües provechos.
Otra fuente de cuantiosas utilidades fue el laboreo de la yerba-mate. Este negocio costaba la vida a millares de guaraníes. Nos lo cuenta un jesuita, el P. Ruiz de Montoya: "Tiene la labor de esta yerba consumido muchos millares de indios... Lastima la vista el verlos... Lleva a cuestas cada uno cinco a seis arrobas, 10, 15, 20 y más leguas, pesando el indio mucho menos que su carga (sin darle cosa alguna para su sustento)... ¡Cuántos se han quedado muertos recostados sobre sus cargas!... ¡Cuántos se despeñaron con el peso por horribles barrancos!"
El desinterés de los jesuitas no fue tan grande como algunos sostienen. Afanáronse por acaparar riquezas materiales en menoscabo de su misión cristiana y civilizadora. "Ejercieron – dice J. Natalicio González – el monopolio de la tierra; de la yerba; de la riqueza ganadera; del comercio de importación y de exportación". La gran masa de indios – 160.000 –, a los que no pagaban salario, les permitían producir mucho y barato. No pagaban flete, pues transportaban sus mercaderías en embarcaciones propias, construidas por los indios. Jamás pagaron impuesto alguno. Aparte de eso, proyectaban su influencia sobre Asunción sobornando a gobernadores indignos, y negaban el derecho de visita a sus reducciones a los gobernadores y obispos que no se les sometían. Todo ello causaba una competencia ruinosa al resto de la provincia.
Los productores libres nada podían frente a esa poderosa empresa organizada, que poseía ricas estancias de ganado en Yarigua'a y otros puntos y que exportaba, sin gravamen alguno, enormes cantidades de yerba-mate, cuero, algodón, etcétera. Por el contrario, obligados a prestar servicio militar cada vez que los guaicurúes del Chaco asaltaban a las poblaciones del litoral o que los bandeirantes avanzaban por el este, careciendo de tiempo para trabajar, sufriendo gabelas y contribuciones de toda clase, los colonos españoles, criollos y mestizos, se empobrecían más y más, sin ninguna esperanza de mejoramiento. Tan pobres estaban, que "apenas tenían moderada decencia los más de ellos, vestidos de pieles de animales silvestres, porque no alcanzaban sus fuerzas a poner a sí, a sus mujeres e hijos, traje y vestuario competente".
Ya veremos luego cómo estos hechos económicos, acumulándose durante largo tiempo, desembocan finalmente en la Revolución Comunera.
Y remontémonos ahora a los antecedentes políticos de dicho movimiento.
Hemos observado detenidamente la forma en que se desarrolló la revolución que Domingo de Irala y los Oficiales Reales, con el nombre de "comuneros", efectuaron en 1544 contra Alvar Núñez, a quien remitieron preso a España a bordo de la carabela "Comuneros". Tal fue el primer jalón.
Entroncando ese suceso en la Revolución Comunera de Castilla, que en 1520 estalló contra Carlos V, escribe el doctor Viriato Díaz Pérez: "Muchos de los conquistadores pertenecían a la época "comunera" española. Algunos fueron testigos, otros actuantes, en aquella contienda. Es natural que trajesen viva a América la tradición de la protesta candente; los recuerdos trágicos de la lucha; el eco de los anhelos sofocados en Villalar. El grito de "¡Libertad!" ya representa un precoz sentimiento de autoridad local, de vida autónoma, en el núcleo originario, que ensaya oponerse al mandatario del exterior. Podría representar el vasco Irala, en el reducidísimo escenario, un aspecto del característico antagonismo íbero entre pequeñas entidades autónomas del terruño, locales, y los representantes del poder absoluto centralista, contrario a todo fuero".
El segundo jalón fue el golpe contra el Gobernador Felipe de Cáceres en 1572. Hallábase éste oyendo misa en la Catedral cuando a un grito del Obispo Fray Pedro Fernández de Latorre, todos se precipitaron sobre él. "Fue cogido por los cabellos – dice Juan Francisco Aguirre –, golpeado y llevado en volandas al Convento de la Merced, donde le encerraron, engrillaron y ataron a una cadena, que remataba en un cepo, cuya llave paraba en poder del Obispo, quien vivía en el cuarto inmediato al de la prisión". Martín Suárez de Toledo, gran amigo del Obispo, lanzóse a la calle con los partidarios de Latorre al grito de "¡Libertad!" y asumió el mando de la Provincia.
Los ecos de estos gritos continuaron repitiéndose en la historia paraguaya. Y así encontramos el tercer jalón. Fray Bernardino de Cárdenas, franciscano, era gran amigo de los indios. Siendo Obispo del Paraguay, comenzó a visitar los pueblos y reducciones del interior. Pero al intentar penetrar en las Misiones Jesuíticas, halló una tenaz resistencia de parte de la Orden. Al llegar a Yaguarón, 800 indios, incitados por los jesuitas y conducidos por el ex-Gobernador Gregorio de Hinestrosa, invadieron el pueblo para apoderarse del Obispo. Esto tuvo que huir a Asunción. Hasta allí le siguió con sus tropas Hinestrosa, que durante su gobierno había sido un dócil instrumento de los jesuitas. Se apoderaron de Cárdenas, "vendáronle los ojos, le sacaron arrastrado desnudo a la calle, y en una mala canoa le desterraron de la ciudad". Después de dos años de exilio, el Obispo Cárdenas regresó a Asunción, donde gozaba de mucho prestigio. En 1649 el pueblo de Asunción lo aclamó como gobernador. Aplicábase así la Real Cédula del 12 de Septiembre de 1537, que autorizaba a elegir popularmente gobernador interino hasta tanto que la Corona designase el titular. Poco después, a pedido del Cabildo, Cárdenas expulsó a los jesuitas, medida radican y temeraria con que se adelantó a la ordenada por Carlos III en 1767. El hecho constituía una verdadera revolución. El Virrey del Perú designó de inmediato gobernador a Andrés de León y Garabito, con un mandato expreso de someter a la rebelde provincia. Garabito, secundado por los jesuitas, armó un ejército de 4.000 indios y se dirigió hacia la capital. Asunción se aprestó a la defensa. Después de reñida batalla, Garabito entró en la ciudad; los indios cometieron crímenes de toda laya. Las familias asuncenas huyeron al Chaco. Apresado Cárdenas, fue nuevamente desterrado. Después de peregrinar muchos años en busca de justicia, la Santa Sede examinó su causa y lo eximió de toda culpa.
Y así llegamos a la época en que va a desarrollarse la Revolución Comunera. He aquí un documento que ilustra con toda precisión sobre las cansas del movimiento:
"Los religiosos de la Compañía de Jesús tienen y han tenido siempre a esta miserable provincia sujeta, abandonada y arruinada. Acosta del sudor, cuidado y desvelo de las armas de los vecinos, usufructúan todo lo pingüe de sus riquezas. Avasallan al pueblo con sus amenazas; lo tienen en suma pobreza, cogiéndose las mejores tierras de la Provincia, por ocupar las cuales pagan arrendamiento los propios que las defienden de los salvajes con su sangre y con su vida. Ocupan propiedades ajenas, quemando las casas de los vecinos. De ese modo, se apropiaron de las tierras que, partiendo del río, al sur de la ciudad, tienen de largo legua y media, y tres de ancho. A éstas siguen las tierras de San Lorenzo el Viejo y San Lorenzo el Nuevo, hasta dar en el Campo Grande; de modo que por ese lado cogen todo lo mejor de la tierra inmediata a la ciudad. De allí a 4 leguas, en el paraje Guayaiví-ty [Guajaivity], tienen otra posesión. En los campos de Pirayú [Piraju] tienen dos posesiones unidas en una, que cada una tiene dos leguas de largo, y de ancho en parte otras dos leguas; las sigue otra que llaman Paraguarí; otra incorporada en la cordillera arriba, que llaman los Naranjos; otra en Yarigua-á-guazú, en Yarigua-á-mí, en Tapytanguá, en Guazutay, hasta las cabezas del río Caañabé [3]. Todas estas últimas, juntas e incorporadas, como lo están, tienen de circunvalación más de 5 leguas, siendo la mejor de toda la Provincia en pastos, aguadas, montañas y abrevaderos, habiendo adquirido todo este dominio por sola su autoridad. Fundando su derecho en una merced, que dicen les hizo don Gregorio de Hinestrosa, mudan sus lindes, como hoy lo han hecho, extendiéndose desde el arroyo Ibembí e [Ivembi'e] hasta el Pirayubí [Pirajuvi], introduciéndose y quitando tierras de su estancia a los indios de Yaguarón, de unas seis leguas de longitud; por otro costado, desde el dicho Ibembiré [Ivembire] hasta Ybytimiré [Ybytumire], se han apropiado de otras cinco leguas; además de unas 16 leguas que pretenden de otros vecinos. Todas estas tierras son para un colegio que nunca mantiene más de 5 ó 6 sujetos, cuando bien pueden acomodarse en ella más de 200 familias que andan vagando, sin tener un palmo de tierra en el Real Servicio, después de haber conquistado esta tierra a costa de sus vidas. No siendo menos perjudicial esto, por el atajo que hacen de los caminos públicos en todo lo que dicen ser suyo, causando a los vecinos de esta Provincia innumerables trabajos, y pérdidas de hacienda y vidas, por los rodeos que les obligan a hacer por los caminos y arroyos crecidos. No es menos el daño que esta Provincia experimenta de dichos religiosos por el modo con que se tienen abarcado el comercio del río y de la tierra a título de Misiones y Bienes Eclesiásticos, sin pagar la Real alcabala, derecho de estanco a la ciudad ni los diezmos a la iglesia, alzándose con los yerbales de que esta ciudad es dueña, enviando a sus indios tapes para que echasen, despojasen y matasen a los beneficiadores españoles de dichos yerbales y a beneficiar grandísimas cantidades cada y cuando quieren, por su propia autoridad, sin licencia ni noticia de los señores Gobernadores, como lo hacen y ejecutan los españoles y los demás pueblos de indios de esta Provincia". (Arch. Nac., Acta Capitular citada por J. Natalicio González").
Por su parte, Matías Anglés y Gortari dio su informe en los siguientes términos: "Con toda verdad se puede afirmar, que estos pocos sujetos del Colegio tienen excesivamente más en el Terreno del Paraguay, que lo que gozan y les resta a todos los vecinos del Paraguay, y su Provincia, que se compondrá de diez mil españoles capaces de llevar armas, y lo menos cincuenta mil españoles.
A los vecinos no les han quedado, ni tienen más tierras que las de las montañas o fronteras, que están continuamente defendiendo de tanto infiel enemigo, con riesgo de sus vidas, a su costa. Es de ponderar, que aún las más de las tierras que estos soldados españoles ocupan, son también de los padres de dicho Colegio, por las cuales pagan anualmente arrendamiento bien crecido, que cobran los dichos padres con notable rigor.
En el Colegio de la expresada ciudad de Asunción, tienen los padres dos almacenes públicos, en los cuales se venden todos los géneros de Castilla gastables en la ciudad y el país, y ropa de la tierra y paños de Quito. Y como los padres conducen estas memorias de género y ropa de la tierra desde Buenos Aires y Colonia, sin costo alguno, con sus indios y sus embarcaciones, y no pagan fletes ni alcabalas ni otros derechos ni impuestos, aunque sean muy precisos y obligatorios, bajan un poco del precio corriente a que los pueden vender los comerciantes, que pagan y contribuyen con todas estas pensiones y tienen tan crecidos gastos y costos en la conducción, y de esta suerte venden los dichos padres memorias crecidas de géneros y ropa en perjuicio considerable de los haberes Reales, y gran quebranto y atraso de los comerciantes, que se eternizan en lo que llevan.
Los padres de dicho Colegio tienen abarcado todo o la mayor parte del comercio de la Provincia, y recogen la substancia de cuanto produce. Se han adelantado de tal suerte en el manejo de todo lo que puede producir utilidad conveniencia, y son tantas y tan opulentas las estancias que tienen, tan cuantiosas las ventas que hacen, que casi penden todos los vecinos del arbitrio de sus Reverencias".
Compendiemos en lo posible el desarrollo de los acontecimientos.
En 1717 es designado Gobernador del Paraguay Diego de los Reyes Balmaceda, muy vinculado a los jesuitas. Poco después, el vecindario formula contra Reyes las siguientes acusaciones: 1º) Haber asumido la gobernación sin "dispensa de naturaleza", pues estaba casado con la asuncena Francisca Benítez, y las leyes prohibían la provisión de los cargos con vecinos de una provincia. 2º) Haber impuesto en provecho propio el servicio personal a los indios, contra lo dispuesto por las Ordenanzas de Alfaro. 3º) Injusta guerra a los payaguaes. 4º) Haber establecido impuestos nuevos sin autoridad para hacerlo. 5º) Trabas puestas al comercio. 6º) Haber interceptado los caminos a Charcas para impedir la presentación de las denuncias formuladas en contra de él. La Audiencia de Charcas designa entonces Juez Pesquisidor en la Provincia del Paraguay al doctor José de Antequera y Castro, Caballero de la Orden de Alcántara y Protector de los Indios del Perú. Este distinguido jurista panameño comprueba la veracidad de las acusaciones contra Balmaceda. Un pliego cerrado que traía le autorizaba a ejercer la gobernación en caso de resultar culpable Balmaceda. Antequera asume, pues, el gobierno del Paraguay. Balmaceda huye. Pero luego, repuesto en el cargo por el Virrey del Perú y Arzobispo de Lima Fray Diego Morcillo, vuelve a la cabeza de 6.000 indios facilitádosle por el Superior de los Jesuitas. Se detiene, sin embargo, en Tabapy [Tavapy], y luego se retira. El Virrey encarga entonces a Baltasar García Ros la reposición de Balmaceda en el gobierno. Antequera declara ante el Cabildo: "El pueblo reservó en sí una facultad, especialmente en lo que mira a las leyes del gobierno político, a las que tienen su fundamento en el Derecho Natural. El pueblo puede oponerse al Príncipe que no procede "ex acquo et bono". No todos los mandatos del Príncipe deben ejecutarse". Estamos en 1723. Comienza la Revolución Comunera. El Cabildo asunceno acuerda solemnemente no acatar ni a Balmaceda como gobernador, ni a García Ros como enviado del Virrey, y ratificar en el mando a Antequera. García Ros, auxiliado por los jesuitas, parte con 2.000 indios. El Cabildo encarga a Antequera la, jefatura del ejército y expulsa a los jesuitas de Asunción, dándoles el plazo perentorio de 3 horas. (Es la segunda expulsión, pues la primera fue realizada por el Obispo Cárdenas). Antequera marcha al encuentro del ejército invasor y lo derrota a orillas del Tebicuary. A su regreso es recibido triunfalmente por la ciudad. Todos los pueblos envían emisarios y mensajes que demuestran la popularidad de la caunsa por él defendida. Además del apoyo del Cabildo, Antequera cuenta con el de los franciscanos, cuyo espíritu liberal estuvo siempre en oposición al absorbente y dominador de los jesuitas. Pero el Virrey ordena terminantemente a Bruno Mauricio de Zabala, Gobernador de Buenos Aires y fundador de Montevideo, que se dirija al Paraguay contra Antequera. Zabala, al frente de un ejército de 6.000 guaraníes de las Misiones, se dirige a Asunción. En la imposibilidad de resistir, Antequera se ve obligado a dirigirse a Córdoba, donde se refugia en el Convento de los Franciscanos. Ramón de las Llanas, jefe interino, no puede, dada la escasez de armas, organizar la defensa en forma eficaz. Zabala entra en Asunción, repone a los jesuitas en su Colegio y nombra gobernador a Martín de Barúa. Así termina la primera etapa de la Revolución Comunera.
Estando en el Convento de San Francisco, en Córdoba, Antequera oye pregonar un bando del Virrey por el que se ofrece cuatro mil pesos de premio a quien lo entregue vivo o muerto y dos mil al que denuncie su paradero. Esperanzado en la Audiencia de Charcas, que lo había enviado al Paraguay, Antequera intenta presentarse ante ella a rendir cuenta de sus gestiones. Pero la Audiencia le hace apresar y lo envía a Lima ante el Virrey. Lo acompaña Juan de Mena, su fiel compañero de causa. En la cárcel de Lima, Antequera traba amistad con otro panameño: Fernando de Mompós, a quien entusiasma con la causa popular de los asuncenos. Mompós consigue huir de la prisión y se dirige al Paraguay. Elocuente orador, se pone a predicar públicamente en las calles de Asunción. Sostiene que "el poder del Común de cualquier República, ciudad, villa o aldea es más poderoso que el mismo Rey. En manos del Común está admitir la ley o el gobernador que gustase, porque aunque se los diese el Príncipe, si el Común no quiere, puede justamente resistir y dejar de obedecer". Son los mismos conceptos de Antequera, expuestos en diferentes términos. Se produce una honda conmoción política. Alrededor de Mompós se forma el partido "comunero". Allí están el Cabildo, los franciscanos y la inmensa mayoría del pueblo. En el partido "virreynalista" se nuclean los jesuitas y sus escasos partidarios. Los bandos representan dos fuerzas: la impulsora y la retentora. "Ambas fuerzas son – como observa Zum Felde – inherentes a la economía biológica del agregado; todo organismo social necesita de la lucha de elementos dentro de sí para conservarse y evolucionar. Un país sin partidos políticos, sin lucha de tendencias, es un país estancado, esterilizado, inánime. El sueño de la paz perfecta, del perfecto acuerdo, es contrario a la evolución orgánica, que requiere movimiento y lucha. Cuanto más turbulento y apasionado sea un pueblo joven, tanto más vigorosa y fecunda será su madurez". El gobernador Barúa se hace grato al pueblo asunceno. Pero he aquí que el nuevo Virrey, Marqués de Castelfuerte, designa Gobernador del Paraguay a un pariente suyo, Ignacio Soroeta. Los comuneros declaran que no aceptan otra autoridad que la de Barúa y el Cabildo intima a Soroeta a salir inmediatamente de la Provincia. Como Barúa se niega a continuar en el mando, los comuneros eligen una Junta Gubernativa y a José Luis Barreiro como Presidente de la misma. Por desgracia, el tal Barreiro resulta un traidor; tiende una celada a Mompós, lo apresa y lo entrega a las autoridades de Buenos Aires. Por vía Colonia do Sacramento, Mompós huye al Brasil. Estalla una revolución contra el traidor Barreiro; los jefes de los pueblos de la Cordillera marchan con gente armada sobre la capital; se apoderan de ella y eligen Presidente de la Junta Gubernativa a Antonio Ruiz de Arellano.
Después de estar en la cárcel durante cinco años, Antequera es condenado a decapitación en el cadalso. El pueblo limeño implora el perdón de la víctima. Esta es muerta camino del suplicio. Poco después es ejecutado Juan de Mena. La llegada de estas noticias causa inmensa indignación en los comuneros asuncenos; el Colegio Jesuítico es asaltado y los miembros dé la Orden expulsados por tercera vez. La hija de Juan de Mena, que llevaba luto por su esposo Ramón de las Llanas, al enterarse del suplicio de su padre, arroja las negras vestiduras y se presenta al pueblo vestida de blanco, "porque no era bien llorar vida con tanta gloria tributada a la patria".
El Virrey no cede en su pretensión de imponer gobernadores al Paraguay. Es enviado en tal carácter Manuel Agustín de Ruiloba. Éste, apenas llegado, comienza a despotricar contra los comuneros. Estalla contra él una insurrección; la gente cordillerana se concentra en Guayaibity [Guajaivity], cerca de Itá; Ruiloba sale para combatirlos y es muerto en la lucha. Los comuneros proclaman Gobernador al Obispo franciscano Fray Juan de Arregui. Éste deja poco después el gobierno.
El virrey ordena nuevamente a Bruno Mauricio de Zabala apagar la rebelión ejecutando medidas represivas. Al frente de 6.000 indios de las reducciones jesuíticas, Zabala avanza contra los comuneros, venciéndolos en Tabapy [Tavapy]. Es el año 1735. Entra en Asunción, repone a los jesuitas en su colegio, designa Gobernador a Martín José de Echauri, declara abolido el derecho de elegir gobernadores en casos de vacante – privilegio que Asunción tenía desde 1537 –, condena a muerte a los principales jefes comuneros y hace perseguir cruelmente a otros que se habían refugiado en los montes después de Tabapy. Quedaba terminada la última etapa de la Revolución Comunera.
¿En qué consistió, pues, la ideología comunera? Su contenido económico fue éste: extinción del monopolio ejercido por los jesuitas en las riquezas básicas del Paraguay. Y éste su contenido político: defensa de la autonomía regional y de las libertades públicas contra el absolutismo centralista del Virrey.
El pueblo mantuvo – dice Díaz Pérez – "vinculación inmediata, tradicional y natural con la entidad popular democrática y netamente hispana del Cabildo, en oposición a la arbitraria de las jurisdicciones políticas absolutistas representadas en cierto modo por la Audiencia y el Virreynato. Durante este período, hubo batallas en las calles y en los campos, entre comuneros y virreynalistas; vienen de luengas tierras héroes y tribunos populares que levantan en masa el país; se predica ruidosamente en las calles asuncenas la doctrina de la prioridad del Común sobre toda otra autoridad; el pueblo y el Cabildo gobernarán autónomamente; se creará con asombro de los tiempos nada menos que una Junta Gubernativa, en pleno siglo XVIII, cuando aún no se había producido la Revolución Francesa (ni la Estadounidense). Los jesuitas tocarán todos los resortes para imponerse. El Papa, el Rey, el Virrey, la Audiencia de Charcas, todas las potestades soberanas entrarán en juego, hasta que la causa de la comunidad, desmayada y agotada, en lucha contra innúmeras adversidades, venga a ser ahogada en sangre, permitiendo el triunfo del absolutismo centralista". Por eso, Díaz Pérez afirma que la causa capitular era la local y había de ser más tarde la nacional, y que los elementos populares que la secundaban anticipáronse a la actitud que, andando el tiempo, habían de asumir los revolucionarios de la Independencia.
"Los jesuitas y los comuneros – dice el doctor Justo Pastor Benítez –, fueron dos sociedades en lucha, dos organizaciones que chocaron. El Cabildo encarnó los intereses de la provincia contra los gobernadores que secundaban el predominio jesuítico y el absolutismo. Hay en el fondo de esa resistencia un fuerte apego a los fueros municipales, una tendencia a conseguir el predominio civil del Cabildo en la naciente sociedad colonial, como expresión de autonomía, de gobierno propio. La revolución compendiaba las quejas y aspiraciones de la provincia contra el absolutismo, el desamparo, los excesivos gravámenes económicos y la desigualdad de situación frente a las opulentas Misiones; la reivindicación de su tradición jurídica y de la primacía de la voluntad del Común".
Antequera fue, sin duda, la figura de mayor relieve de aquel memorable movimiento. "No rompió – dice Benítez – la imparcialidad del juez, sino que puso su autoridad al servicio de la justicia verificada. Entrevió en aquella confusa rebelión un fondo de aspiraciones legítimas; vio la preterición en que vivían los paraguayos y se puso a acaudillarlos para defenderlos. Era elocuente, ejecutivo y contagioso. Llegado del otro extremo del continente, se hizo el vocero del Cabildo, amparo jurídico éste de la sociedad civil del coloniaje. Nunca fue un demagogo. Caudillo sí y vocero eminente de la causa popular. Luchó y sufrió. Sus ideas, sus luchas, su altivez, su martirologio, hacen del doctor José de Antequera y Castro un precursor de la independencia americana".
Los paraguayos celebraban su recuerdo en coplas que cantaban al son del arpa y la guitarra:
A la puerta de mi casa
tengo una losa frontera
con un letrero que dice:
¡Viva José de Antequera!
Para que sirviese de escarmiento a la rebelde provincia, la Audiencia de Charcas expidió arbitrariamente un auto, en 1739, por el cual constituía a Santa Fe en "Puerto Preciso" para todas las embarcaciones del Paraguay, prohibiendo que éstas siguieran directamente a Buenos Aires. Los barcos, después de hacer su descarga en Santa Fe y de abonar los ruinosos impuestos de arbitrio, sisa y alcabala, no podían seguir por el río hasta Buenos Aires. El impuesto de arbitrio estaba destinado a costear 200 soldados para la defensa de Santa Fe. El de sisa, a las obras de fortificaciones de Buenos Aires y Montevideo. Y el de alcabala era el impuesto sobre las rentas y transacciones en general. Los comerciantes estaban obligados a seguir el viaje por tierra, conduciendo en carretas los frutos del Paraguay. Además, la conducción no podía ser efectuada por los forasteros, pues los santafecinos tenían por una ley el monopolio del transporte terrestre. Todo ello causaba un perjuicio terrible a la Provincia del Paraguay.
Buenos Aires, abogando "pro domo sua", pidió la revocación de aquella medida inconsulta que la perjudicaba. Alegaba "los perjuicios que de ella se le seguían y aún su total ruina y exterminio, que es forzoso se siga con el abandono de su único comercio, que es la yerba y los efectos del Paraguay". De nada sirvió esta representación, como tampoco la que a su vez hizo el Paraguay en el mismo sentido.
Sofocada la Revolución Comunera, los jesuitas continuaron en el Paraguay treintidós años más. En Europa, la Orden era muy combatida por sus maquinaciones políticas. Especialmente en Francia, Portugal, España, Holanda y Flandes. Se los fue expulsando de todos esos países. En 1767, aconsejado por su Ministro el Conde de Aranda, Carlos III los expulsó de la Península y de sus posesiones ultramarinas. Tuvieron que abandonar, pues, las Misiones del Paraguay. Los indios se dispersaron. La selva tentacular inició su avance. Y de las reducciones se adueñó el silencio. Convertidas en taparas, de ellas sólo quedaron las ruinas de sus iglesias de piedra tallada, sus retablos churriguerismos y sus frescos primorosos.
Diez años más tarde, esto es, en 1776, una Real Cédula creaba el Virreinato del Río de la Plata, con territorios que hasta entonces habían pertenecido al Virreinato del Perú. La nueva jurisdicción abarcaba Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia actuales, además de Río Grande del Sur (hoy brasileña). Los motivos determinantes de la creación del nuevo virreinato fueron dos: la dificultad de administrar desde Lima tan vasto territorio, y la necesidad. de establecer a orillas del Atlántico un poder capaz de oponerse a las continuas usurpaciones portuguesas. Buenos Aires fue designada capital de la nueva entidad.
El Virreinato del Río de la Plata tuvo su andamiaje político en la Real Ordenanza de Intendentes, promulgada en 1782. Ella dividía el virreinato en 8 Intendencias y 4 Gobernaciones Militares. Así surgieron las Intendencias de Buenos Aires, Córdoba, Salta, Paraguay, La Paz, Potosí, Chuquisaca, y Cochabamba. Y las Gobernaciones Militares de Montevideo, Misiones, Mojos y Chiquitos.
De la larga y enconada lucha entre comuneros y jesuitas, sólo quedaba el recuerdo. Ya no turbaban los primeros las apacibles calles asuncenas con el rumor de sus tumultuosas asambleas. Ya no tocaban a somatén los segundos para lanzar sus indígenas milicias sobre Asunción, la díscola.
Capítulo V
LA ERA DE RESURGIMIENTO
El destino de los pueblos tiene sus altibajos. Los pueblos El gozan de días venturosos, sufren luego crisis espirituales y materiales, y después se reponen nuevamente. Si trazásemos un diagrama de la historia paraguaya, desde los días iniciales de la conquista hasta hoy, encontraríamos que ella registra muchos ascensos y descensos sucesivos. Nuestro país ha padecido varios retrocesos y ha disfrutado de otras tantas eras de resurgimiento.
Ahora tócanos ocuparnos sólo del primer renacimiento operado en el transcurso del acaecer nacional.
Al vigoroso período que abarca, el siglo XVI, siguió la decadencia. La división de la provincia al comenzar el siglo XVI, con la consiguiente pérdida del litoral Atlántico; las incesantes luchas contra los terribles guaicurúes al oeste y la arteros bandeirantes al este; el apoderamiento de las riquezas básicas del Paraguay realizado por los jesuitas; los gobernadorcillos mediocres, venales o indolentes que sufrió la Provincia con desgraciada frecuencia; la época gloriosa pero anárquica de la Revolución Comunera; todo eso contribuyó a que el Paraguay, que surgiera tan promisoriamente a la vida civilizada, se abatiera en la más lamentable decadencia durante todo el siglo XVII y casi todo el XVIII.
¿A qué denominamos, pues, Era de Resurgimiento? Al último cuarto del siglo XVIII, esto es, los años que precedieron al advenimiento de la Revolución de la Independencia. Ese cuarto de siglo se caracteriza porque los destinos del Paraguay estuvieron en manos de gobernantes que tuvieron visión de estadistas de verdad, y muchas de cuyas gestiones constituyen aún hoy ejemplificadoras lecciones de gobierno. Nos referimos a los nombres ilustres y olvidados de Agustín Fernando de Pinedo, Pedro Melo de Portugal, Joaquín Alós y Lázaro de Ribera.
Internémonos con paciente cariño en el Archivo Nacional. Buceando en la penumbra de los viejos anaqueles, hemos de hallar el inexplorado filón que arroje luz sobre esa etapa hasta hoy baldía de la historia paraguaya.
Empecemos con Agustín Fernando de Pinedo. En un informe enviado al Rey el 29 de Enero de 1777, el clarividente gobernador señala las causas del atraso y miseria en que se debate la Provincia y propone las soluciones para remediarlas. Explica que al principio los encomenderos se condujeron bien, tratando humanamente a los indios, pero que sus sucesores, movidos por la codicia y ambición, se mostraron tiranos y crueles. No obedecían las órdenes reales que les desagradaban, ni a los gobernadores que no hacían causa común con ellos. A cambio del derecho de someter a los indios a su servicio, los encomenderos estaban obligados al servicio militar para la defensa de la provincia. Lejos de cumplirlo, eran los agricultores quienes, abandonando su capueras, partían a lejanos fortines – algunos de éstos situados a 20 leguas – debiendo costear de su peculio armas, pólvora, caballos y manutención. Por causa de estos gastos y el servicio militar continuo, se originaba la pobreza del país. En razón de esas calamidades, los paraguayos preferían dedicarse a la navegación, que les prometía ventajas positivas. Por eso muchos emigraban a las provincias vecinas. Y esta emigración era continua, porque cuanto menor era el número de los que quedaban, más apretado y oneroso era el servicio militar.
"Antes – agregaba Pinedo – el Paraguay producía abundancia de vino y trigo, y abastecía de ellos a Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires; ahora hay que comprar una y otra cosa de Buenos Aires. Le causan mucho daño las naciones bárbaras que le roban sus ganados y la ponen en inquietud constante, siempre alerta y a la defensiva.
¡Señor, el Paraguay necesita una redención!
Para evitar su pérdida total, propongo a Vuestra Majestad las medidas siguientes:
1º Importa extinguir las encomiendas e incorporarlas todas a vuestra Real Corona.
2º Que para hacer la defensa de la Provincia se organice una milicia de 600 hombres, costeada por la Real Hacienda con los impuestos de capitación.
3º Que se formen poblaciones entre esta Provincia y Santa Cruz de la Sierra, para establecer una comunicación con el Perú. Al presente no se me figura muy ardua ni de exorbitante gasto esta empresa, respecto de las utilidades que concibo en su práctica, mediante a que de la Villa Real de la Concepción, fundada por mí dentro de las tierras que habitan los indios mbayaes, sólo dista el pueblo de indios chiquitos denominado Corazón de Jesús, de la gobernación de Santa Cruz de la Sierra, 80 leguas por el camino que acostumbran dichos indios según sus relaciones, y la del viaje que hizo por los mismos parajes el año l767 el jesuita P. José Sánchez Labrador, siendo cura del pueblo de Belén, de la jurisdicción de este Gobierno, cuyo diario tengo presente. Las conveniencias que resultarán del enlace, unión y comunicación de esta provincia con las del Perú considero utilísimas y ventajosísimas, así a la Real Corona de V. M. como a los habitantes de una y otras provincias" (Arch. Nac., Vol. 1, Nº 15-21).
El interesante documento cayó en el vacío. El Rey de España, rodeado de príncipes preocupados más por las cuestiones peninsulares que por las de las lejanas colonias, se desentendió del asunto. Ni fueron suprimidas las encomiendas que aún restaban, ni se organizó una milicia solventada por el fisco, ni se establecieron poblaciones en el Chaco. Quizá, ese camino de Concepción a Santo Corazón, con que soñaba el Gobernador Pinedo, al abrirnos por Santa Cruz los puertas de lo que constituye la actual Bolivia, habría establecido entre los dos pueblos una intensa corriente espiritual y material y habría evitado la guerra que estalló a causa del recíproco desconocimiento en que ambos vivieron durante tan largo tiempo.
Agustín Fernando de Pinedo fundó varias ciudades y pueblos del Paraguay, entre ellos Concepción y Pilar. Y, enterado de que los portugueses se habían establecido a orillas del Igatimí, cerca de la villa de Curuguaty, los desalojó de inmediato empujándolos hasta la, frontera.
Sigamos ahora con Pedro Melo de Portugal. Después de gobernar seis años, Pinedo la entregó el mando. Melo de Portugal se aplicó de lleno a aumentar la prosperidad del país, manteniendo el orden, asegurando la paz, resistiendo a todas las invasiones que sufría la Provincia y dando gran impulso a la agricultura y al comercio. Aparte de eso, fundó más de una decena de pueblos en la Región Oriental, y en el Chaco las reducciones de Melodía, Tobas y San Francisco Solano de Remolinos.
Pero el acto más trascendental del gobierno de Pedro Melo de Portugal, fue la fundación del Real Colegio Seminario de San Carlos, el primer instituto de enseñanza secundaria con que contó el país, el precursor – podría decirse – de nuestro Colegio Nacional de Bachillerato. En dicho establecimiento se enseñaba Latín, Retórica, Filosofía, Teología dogmático-moral, Matemáticas y Ciencias Naturales.
Accidentada fue la historia del Colegio de San Carlos. Fundado en 1783 por Pedro Melo de Portugal, fue clausurado en 1810 por orden de Velasco, quien lo convirtió en cuartel ante la inminente llegada de la expedición de Belgrano. Reabierto en 1812 por la Junta Superior Gubernativa compuesta de Yegros, Caballero y De la Mora, el Dictador Francia lo hizo desaparecer y dispuso de sus rentas. En 1841 los Cónsules López y Alonso lo restablecieron nuevamente, y desde entonces llevó una vida ininterrumpida y normal, hasta que la Guerra de la Triple Alianza lo cerró para siempre.
Ocho años duró el progresista gobierno de Pedro Melo de Portugal, quien más tarde llegó a ser Virrey del Río de la Plata.
Sucedióle en el mando el Gobernador Joaquín Alós. Durante el gobierno de éste, se realizó la fundación del fuerte Borbón para contener la invasión portuguesa en el norte, y también la expedición dirigida por el coronel José de Espínola que, partiendo de Ñeembucú, se internó en el Chaco, cruzó el Bermejo y llegó hasta Salta.
Que el Gobernador Alós también participaba de las inquietudes de Pinedo, en el sentido de la necesidad de abrir caminos y establecer poblaciones a través del Chaco, lo prueba el siguiente informe al Virrey: "Tengo por asentado y ventajoso a la Provincia – decía Alós – que se pueblen cuando más antes en la extensión posible los terrenos de este continente (el Chaco), se fomente el comercio y se facilite el tránsito a las provincias internas del Perú. Informaba a continuación que, a efecto de reconocer prolijamente los campos del Chaco, dispuso una operación dirigida por los Comandantes José Antonio Yegros y José de Espínola, asistidos del Ing. Geógrafo de la Tercera Partida de Demarcación de Límites Pedro Antonio Cerviño y del Piloto de la Cuarta Partida Pablo Lima. Los expedicionarios se internaron a larga distancia, "siendo de uniforme sentir que realmente son bellas las cualidades y proporciones del Gran Chaco para fundamentar en él diferentes colonias". Y agregaba que "adelantándose otras poblaciones, con el tiempo se abrirá y hallará el tránsito directo al Perú, cuya comunicación es sumamente interesante a la Provincia en la mutua correspondencia de sus frutos y otras ventajas, que aunque por ahora no sean tan ciertas, serán aún más de lo que me imagino con el trato sucesivo". (Bibl. Nac. de Río de Janeiro, documento citado por el doctor Efraím Cardozo).
La plausible gestión del Gobernador Alós tampoco halló la repercusión que merecía.
A su gobierno, cuya duración fue de 10 años, sucedió el de Lázaro de Ribera.
Para fomentar la enseñanza, Ribera propone el 22 de Diciembre de 1797 el establecimiento en Asunción de un seminario o escuela de primeras letras. "El amor vivo e inalterable – dice – de que estoy poseído hacia esta Provincia que la piedad del Rey me ha confiado, no me permite ver con indiferencia el abandono en que están las escuelas de primeras letras de estos pueblos, entregadas por lo general a maestros destituidos de aquellos conocimientos y buenas costumbres que deben ser la herencia de sus alumnos. La enseñanza de la juventud ha debido siempre una distinguida protección a los gobiernos ilustrados". Y a fin de que la instrucción pública se difunda por toda la provincia, "se traerán de cada pueblo seis muchachos, los cuales se volverán después que estén bien instruidos y vengan otros a reemplazarlos. En la escuela serán admitidos, sin estipendio alguno, los hijos de los españoles, para que estos vecinos tengan el consuelo de asegurar la crianza de sus hijos, los cuales contribuirán mucho, con su trato, a que se propague, más breve y con más facilidad, la lengua castellana entre los indios" (Arch. Nac., Vol. 3383 N. E.).
Velando por las buenas costumbres, el 23 de Diciembre de 1796, Ribera lanza un decreto que es publicado en la Plaza y calles de Asunción por voz del pregonero Montiel. Dice, entre otras cosas, el bando de referencia: "Que ninguno juegue truco, barra, volar ni otros juegos antes de misa mayor en día de trabajo ni de fiesta. Que ninguna persona de cualquier estado, calidad y condición que sea, cargue pistolas, trabucos, carabinas, puñales, navaja de muelle con golpe o virola, daga sola, cuchillo de punta chica o grande, aunque sea de cocina o de moda de faltriquera. Que ninguna publique pasquines, ni esparza libelos infamatorios en verso o prosa, de palabra ni por escrito, convirtiéndose así en declamadores y perturbadores del sosiego público. Que ninguna persona de cualquier estado, calidad o condición que sea, ande por las calles después que se toque la queda, y si lo ejecutare, si siendo conocida sea hasta las once, con farol en noches obscuras. Que ningún pulpero tenga la puerta abierta de las diez de la noche en adelante, y que tocadas las Ave-Marías ponga farol. Que todos los dueños de solares los edifiquen dentro de ocho meses contados desde el día de la publicación de este auto, bajo apercibimiento de que no cumpliéndolo, se mandará justipreciar y vender al primero que se obligue a edificarlos, a fin de que se mejore el aspecto de esta ciudad. Que el Alcalde Provincial, sus Tenientes, Alcaldes de la Hermandad y Jueces Comisionados de Campaña, salgan personalmente cada tres meses a visitar y recorrer las sementeras, y [verificar el] estado en que los moradores y habitantes de los partidos tienen las labranzas, examinando prolijamente si trabajan o no, si los sembrados que cultivan son correspondientes al número de personas de que compónese en la familia, si son capaces de suplir sus alimentos y si los cercados de las chácaras son proporcionados a sus resguardos. Que todas las carretas que entren en esta ciudad traigan el eje retobado de cuero y bien encebado, para evitar el incómodo y molesto ruido que con sus chillidos ocasionan por la omisión de esta fácil diligencia, inquietando a todas horas al vecindario". (Arch. Nac., Vol. 37, Nº 54).
En 1800 ya tuvimos teatro en Asunción. Fue en la Plaza de Armas. A un costado estaba el Cabildo. Al otro la Real Factoría de Tabacos. Al frente, la Casa del Gobernador. Y hacia la barranca, el improvisado escenario, donde se representaría esa noche "ha vida es sueño" de Calderón de la Barca. A todo lo largo de la Plaza esperaba una multitud impaciente y bullanguera. Precedido de un negrito esclavo que portaba un farol, llegó un caballero de tricornio y chorreras de encaje, jubón de raso, calzas cortas y hebillas de plata. Era don Lázaro. Nueve campanadas daba la Catedral cuando comenzó la función. Días después, Ribera narraba en esta forma el jubiloso suceso:
"En obsequio del cumpleaños de nuestro benigno soberano – dice su oficio del 19 de Diciembre de 1800 –, los individuos del comercio de esta ciudad representaron en la noche del 9 del corriente la comedia de Calderón que tiene por título "La vida es sueño", disponiendo y costeando un lucido teatro en 1a Plaza, a donde concurrió todo el pueblo, dando principio por una loa que tuvo por objeto recitar las grandes virtudes de un Rey y de una reina, padres de sus pueblos. El mismo comercio dio de comer aquel día a los pobres de la cárcel, manifestando todos su amor y fidelidad, y yo los deseos que siempre me han acompañado de promover y propagar, a tres mil leguas del trono, unos pensamientos que los considero muy apreciables y dignos de que lleguen a noticia de V. E., cuya vida ruego a Dios guarde muchos y felices años". (Arch. Nac., Vol. 40, Nº 4).
A propósito de arte y letras, conviene recordar que Ruy Díaz de Guzmán – soldado y escritor – publicó la crónica histórica titulada "La Argentina", que él consideraba "primera fruta de tierra tan inculta y nueva". Y que durante el coloniaje destacáronse como poetas Juan de Salazar, Luis de Miranda de Villafaña, Gonzalo de Acosta, Martín del Barco Centenera y José de Antequera. Pero la poética colonial no está en esos versos solamente. Está también en las ingeniosas poesías populares ("compuestos", "maravillas, relación, etc.), en las sátiras políticas y sociales, en los panfletos y en los escritos de las paredes callejeras.
Ribera interesóse por la salud del pueblo. En Real Orden de 20 de Mayo último – expresa una nota del 25 de Febrero de 1805 – V. E. se sirvió comunicarme la agradable noticia de haber arribado con felicidad a este continente la expedición marítima destinada a propagar entre estos vasallos el admirable descubrimiento de la vacuna, después de haberlo introducido en las islas Canarias y de Puerto Rico". Y más adelante agrega que "en el caso de que por la distancia no pueda venir ningún individuo de los que acompañan al Director don Francisco Xavier de Balnis, se mande de aquí un cirujano a fin de que, recibiendo del mismo director o de algún comisionado la instrucción y necesarios conocimientos, pueda operar con el acierto que se desea en beneficio de estos remotos vasallos". (Archivo Nacional, Vol. 34).
Pero el activo gobernador no se contentaba con que fuesen vacunados los asuncenos solamente. Quería que los beneficios de la salud pública lleguen también a los pueblos del interior, aún a los más lejanos, como lo prueba este oficio del 30 de Diciembre de 1805: "La inoculación de la vacuna es un maravilloso preservativo de la viruela natural, ya conocida en toda Europa y en América, y para introducirla en esa población, el pueblo de Belén e Ycuamandiyú [Ykuamandyju], me remitirá V. prontamente 6 u 8 muchachos que no hayan tenido viruela, con algún hombre que sepa sangrar aunque sea imperfectamente, pues basta que maneje un poco la lanceta, para que en su presencia se vacunen aquí los dichos muchachos y regresen en estado de que el referido hombre puede vacunar sin dificultad comunicando de brazo en brazo este admirable remedio, que ha salvado la vida a millones de almas". (Arch. Nac., Vol. 127, Nº 12-22).
Con el objeto de desalojar a los portugueses de Coimbra, fortaleza fundada en territorio perteneciente a la Provincia del Paraguay, Ribera organizó y dirigió personalmente una expedición. Escuchemos su narración, escrita a bordo de la sumaca "Nuestra Señora del Carmen" el 17 de Octubre de 1801:
"No cansaré a V. E. con la relación de un viaje que lo hizo penoso la extraordinaria permanencia de los vientos contrarios y tempestuosos, y me ceñiré a decir que a los 42 días de navegación logré ponerme delante del fuerte Coimbra a las 4 de la tarde". Comenzó en seguida un fuerte cañoneo de ambos bandos, hasta que a las 5.45 "empezó a soplar con fuerza el suroeste, obligándome a dar la orden para que todas las embarcaciones se amarrasen a barlovento de Coimbra, con el objeto de cortarle toda comunicación con los establecimientos del norte. La mañana del 17 amainó un poco el viento y requerí al comandante, que es un Teniente Coronel de Ingenieros, para que se rindiese; me contestó con honor, diciendo que él y todos los defensores del fuerte se sepultarían primero debajo de sus ruinas. El 18, 19 y 20 se realizaron varias tentativas de acercamiento, con nutrido fuego de ambos bandos. Pero los portugueses se encontraban bien parapetados. Coimbra ya no es la estacada formada en un comienzo. Es un fuerte de cal y piedra, en cuya construcción trabajaron cuatro años. Está situado en la falda de un cerro elevado, cubierto de árboles y matorrales que forman un impenetrable bosque. En los días 21, 22 y 28 sopló el viento furiosamente. La noche del 22 fue el extremo riguroso de viento, agua y truenos, con unos torbellinos del norte y noreste tan impetuosos que nos ponían a pique de zozobrar. El 24 los capitanes y prácticos de los buques dieron su dictamen, manifestando que no podían detenerse más tiempo en la altura de Coimbra sin correr el riesgo de quedar sin agua para regresar, por ser mucha la rapidez con que bajaba el río. La Junta de oficiales votó por unanimidad la pronta retirada.
En los nueve días que sitié a Coimbra, no tuve ni una hora de tiempo favorable, y puede decirse que más fui a luchar con los elementos que con los enemigos del Rey. A pesar de tanto contratiempo y desgraciadas circunstancias, las armas de S. M. se hicieron respetar constantemente sosteniendo una superioridad decidida. Los portugueses fueron testigos de nuestra dominación, manteniéndose encerrados en los bosques más espesos y detrás de las murallas del fuerte. (Arch. Nac., Vol. 35, Nº 9).
La expedición tuvo, pues, que emprender el regreso. Si ella resultó infructuosa, la culpa no fue por cierto del Gobernador Ribera.
En 1797, el progresista gobernante estableció una fábrica de cables de güembé [guembe] y caraguatá [karaguata]. Estaba convencido de que por "los grandes recursos que tiene esta Provincia para ser rica y feliz, sus muchas y excelentes producciones", había que tomar medidas de esa naturaleza para hacerla prosperar. "Es un establecimiento – decía – que he fomentado venciendo todas las dificultades; él puede ser muy útil a V. M. y a estos vasallos, con no poco perjuicio de las potencias del norte de Europa, cuyo tráfico del cáñamo padecerá un decrecimiento proporcionado a la protección que se dispense a estas provincias". (Arch. Nac., Vol. 40, Nº 4).
La industrialización de esta producción nativa resultó un éxito. La nueva manufactura paraguaya encontró gran aceptación en la armada española, que la utilizó con eficacia durante las guerras napoleónicas. En un oficio del 19 de Diciembre de 1798, Ribera afirma que "habiendo remitido 6 cables y 12 calabrotes para la Marina Real surta en el apostadero de Montevideo, me pide el Virrey otros que ya se están trabajando, manifestando en dicha carta que la experiencia ha enseñado la excelente calidad de aquellas amarras y que pueden preferirse a las de cáñamo por esta razón, y por la economía que resulta en los precios. La otra planta, llamada caraguatá [karaguata], es en mi concepto de más resistencia que el cáñamo, y la más a propósito para jarcias, por cuyo motivo voy a mandar hacer 1 cabo de labor de 3 pulgadas y 60 brazadas, para que el Virrey mande examinarlo en Montevideo, cuya tentativa me prometo podrá producir ventajas a esta Provincia y ahorros a la Real Hacienda". (id)
Ribera hacía que el Estado comprase la materia prima directamente a los productores. En efecto, una circular suya del 30 de Octubre de 1800 dice: "Puede V. S. publicar inmediatamente en esa Villa que el que quiera traer o remitir a esta Capital 5 ó 6.000 arrobas de güembé [guembe], se la comprará por cuenta de S. M. al precio corriente, pagando el importe sin dilación en sus Reales Cajas". (id.).
Constantemente llegaban urgentes pedidos de nuevas remesas. En nota del 18 de Enero de 1801, informa el Gobernador que el Virrey le ha ordenado hacer 2 cables, l calabrote y 1 guindalera. (id.). Y en otra, del 19 de Octubre de 1802, haber remitido a Montevideo 9 cabos de caraguatá, y estar terminados ya 2 calabrotes. En total, "se han trabajado, tanto de güembé como de caraguatá, 84 piezas, entre cables, calabrotes y guindaleras, desde 3 a 24 pulgadas de grueso y 120 a 134 brazas de largo". (Arch. Nac., Vol. 928). Un documento, del 19 de Octubre la 1804, expresa que se han embarcado 2 calabrotes de güembé para la Marina Real y 1 cajón de caraguatá para el Gobernador de Montevideo. (id.). Y otro, del 17 de Noviembre del mismo año, informa que se remitieron 8 cables de güembé al Puerto de las Conchas. (id.).
Los cables de güembé y caraguatá, constituían, pues, un apreciable renglón de la exportación paraguaya.
El gobernador Ribera se propuso colonizar el Chaco. Poniéndose en contacto con los indios de Melodía, los payaguaes y otras diversas parcialidades del Chaco, y con sus catequistas, esbozó planes de gran aliento para realizar tal propósito. En un informe del 18 de Julio de 1796, Ribera expresaba que quería "dar a estos establecimientos un impulso cuyo movimiento se comunicase hasta las extremidades del Chaco. Las cosas se han proporcionado de modo que con 4 o 6 poblaciones bien situadas en el Chaco y 3 o 4 fuertecillos, lograríamos fijar para siempre el carácter inconstante de los indios". En su opinión, la conquista del Chaco sólo era factible poblando dicho territorio, y ese objetivo, siempre tan ansiado por la Provincia, no se lograría jamás con expediciones militares. En otra nota proponía los recursos que consideraba necesarios para llevar adelante empresa tan útil. "Con estos apoyos – agregaba – podrá un gobernador inteligente y celoso perpetuar la felicidad de la Provincia en diez o doce años. Estas poblaciones (se refería a las que proponía se fundasen en el Chaco) quedarán enlazadas con las de Tucumán y Perú". (Arch. Gral. de la Nación Argentina, documento citado por el doctor Efraím Cardozo).
Pero estaba escrito que ese grande anhelo no se realizaría. Y el bello proyecto quedó olvidado en las carpetas virreinales.
La benéfica labor desarrollada por Pinedo, Melo de Portugal y Alós, fue superada, si cabe, por Lázaro de Ribera. Su gobierno, que fue de diez años, se caracterizó por la propulsión que dio a la cultura, al arte, a la salud pública y a las industrias nacionales, como también por sus esfuerzos en defender las fronteras y en colonizar el Chaco. Con él termina la era del Resurgimiento.
La "Historia de una pasión argentina", Eduardo Mallea realiza una indagación enderezada a un saber de la realidad argentina. Los conceptos que emite se adecuan perfectamente a nuestros problemas. Por eso conviene meditar sus palabras: "Mientras vivamos durmiendo en ciertos vagos bienestares estaremos olvidando un destino. Algo más: la responsabilidad de un destino. Insertemos esta comprensión viva en el caminar de nuestra nación. Si ciencia es reminiscencia, lo que necesitamos en todo momento es reminiscencia, o sea conocimiento anterior, del origen de nuestro destino. Allí está potencialmente contenido nuestro devenir; si perdemos el recuerdo, o sea la ciencia de nuestro origen anterior, ¿qué podremos ser, más que un optimismo errabundo? Como los hombres, los pueblos que no han sufrido sólo conocen una grandeza pequeña. Y es este dolor lo que confiere a los pueblos y a los hombros un sentimiento heroico de su destino y un estado de grandeza potencial".
La visión de la patria adquiere corporeidad cuando Mallea dice: "Uno de esos amaneceres, al concluir el trabajo, excedido de insomnio, salí a la calle y eché a caminar por el largo paseo que hace un codo en el Retiro y sube hacia el bello golfo vegetal de la plaza San Martín. Me sentía absolutamente a solas con mi tierra caminando en el amanecer de la calle desierta. La hora del alba y la atmósfera me invadían. Al llegar a la plaza vi llegar por una de las calles laterales a una mujer vestida de negro. Su rostro era muy blanco y su cuerpo fino. Instintivamente, caminé unos pasos tras ella. Tal vez estaría materializado el vasto sueño argentino en esos ojos grandes y sufrientes, en ese paso rítmico, rápido, que denotaba un apuro por llegar; lo cierto es que la vi pasar, desaparecer, perderse por la calle Charcas detrás del Plaza. De ese mismo modo a la vez corpóreo y fugaz pasaba ignorando el país nuestro ante los ojos habituales. Esa mujer era tal vez una mujer perdida a fuerza de no haber hallado su destino; o tal vez había encontrado su destino, una vez, viviendo algún minuto con intensidad".
El Paraguay, ha encontrado en ocasiones la ruta de su destino. Pero la perdió de nuevo, ya en el pantano de las dictaduras, ya en las encrucijadas de la anarquía. Nuestros problemas, sin embargo, son simples. Son problemas viejos con modalidades nuevas. Los mismos que planteaban y resolvían los gobernadores Pinedo, Melo de Portugal, Alós y Ribera. Y que pueden resumirse así: Caminos, Higiene, Escuelas, Tierras. Ese plan – ejecutado bajo la égida de la libertad –, será la brújula que señale el derrotero de nuestro destino. Aunando esfuerzos, realicémoslo cuanto antes, que desde los lejanos confines de nuestra historia sigue resonando todavía aquel grito angustiado del Gobernador Pinedo: "¡Señor, el Paraguay necesita una redención!".
Capítulo VI
TRANSFORMACIONES TERRITORIALES DE LAS MISIONES
Dice un escritor que si dispusiésemos de una serie do mapas políticos antiguos, hallaríamos a Egipto dilatándose y contrayéndose como un zoófito bajo el microscopio.
Algo semejante nos ocurriría con las Misiones, cuyo territorio, encogiéndose y ensanchándose en diversas oportunidades, constituye un logogrifo geográfico difícil de desentrañar. Sabemos que los jesuitas, al llegar en 1609, se establecieron en el Guairá, Paraná y Uruguay. Y que los del primer grupo, al ser más tarde atacados por los bandeirantes, se vieron obligados a trasladarse al sudoeste. Vinieron a engrosar, pues, las reducciones erigidas en la región que, cruzada por el Paraná y el Uruguay, se extendía desde el Tebicuary hasta el Ybycuí.
Los límites de las Misiones Jesuíticas eran los siguientes: río Tebicuary, Estero Neembucú, río Parané, laguna Yberá, ríos Miriñai, Uruguay e Ibycuí, cordillera de los indios Tapes y río Yguazú. En esa superficie estaban comprendidas las 30 reducciones. Todas ellas se hallaban enclavadas en territorio de la Provincia del Paraguay.
Recordemos que en 1617 la Provincia fue dividida en dos. A fin de deslindar jurisdicciones, una Real Cédula del 10 de Noviembre de 1659 declaró que, de los 30, "son 13 señaladamente los pueblos que siempre fueron de la jurisdicción del Paraguay". Es decir que los 17 restantes habían pasado a pertenecer a Buenos Aires.
Como también existía confusión de jurisdicciones eclesiásticas entre los dos Obispados, la Real Cédula del 11 de Febrero de 1724 ordenaba aclararla. Los jueces compromisarios dictaron su fallo expresando que "los términos del Obispado del Paraguay son e incluyen las vertientes todas del río Paraná, y los del Obispado de Buenos Aires las del río Uruguay, que son las divisiones de ambos Obispados".
Las vertientes del río Paraná y las del río Uruguay están divididas por la Sierra Grande de las Misiones, que viene a ser el límite natural, el divortium aquarum entre los dos obispados. (Véase mapa al final). Al norte de dicha sierra estaban situadas las 18 misiones paraguayas y al sur las 17 correspondientes a Buenos Aires. El fallo venía a confirmar, pues, el sentido de la Real Cédula de 1659. De donde se ve, que la jurisdicción política y la jurisdicción eclesiástica coincidían exactamente.
A esta segregación – ya que las 30 reducciones pertenecían originariamente al Paraguay – siguió otra. A causa de los disturbios relacionados con la Revolución Comunera iniciada en Asunción por el doctor José de Antequera, una Real Cédula de 1726 separó los 13 pueblos de las misiones paraguayas incorporándolos a la jurisdicción de Buenos Aires. La frontera paraguaya se replegaba, pues, hasta el Tebicuary.
Esta medida fue anulada en 1784 a pedido del Gobernador Melo de Portugal, reintegrándose por tanto los 18 pueblos al Paraguay. Ahora, el límite era otra vez la Sierra Grande.
Pero un nuevo cambio se produjo en las Misiones en 1803. En efecto, por una Real Cédula del 17 de Mayo de ese año, los 80 pueblos entraron a formar un gobierno "con total independencia de los Gobiernos del Paraguay y Buenos Aires". Es decir que la nueva gobernación fue creada a costa de las 18 misiones paraguayas y de las 17 pertenecientes a Buenos Aires. Su jurisdicción se extendía a todo lo largo de la región jesuítica, esto es, desde el Tebicuary en el noroeste hasta Ybycuí en el sudeste. Gobernador de las Misiones fue nombrado Bernardo de Velasco.
Tres años más tarde, Velasco fue nombrado Gobernador del Paraguay, sin abandono de su otro cargo. Al venir a quedar ambos gobiernos en manos de una misma persona, el título de Velasco fue éste: "Gobernador militar y político e Intendente de la Provincia del Paraguay y de los treinta pueblos de las Misiones de los indios Guaraníes y Tapes del Paraná y Uruguay". Así, en forma de unión personal, se encontraban ligados el Paraguay y las Misiones cuando sonó la hora de la emancipación hispanoamericana. La cuestión de Misiones no constituyó propiamente una desmembración, pues en el ajuste de límites realizado en 1811 por los nuevos Estados, el Paraguay se reservó la parte que había sido suya hasta 1803.
Capítulo VII
COOPERACION EN LA DEFENSA CONTRA LAS INVASIONES INGLESAS
Un año hacía de Trafalgar. En ese combate naval, al vencer a las escuadras coligadas de España y Francia, Gran Bretaña había quedado dueña de los mares. Unos marineros ingleses, cumpliendo instrucciones del Gabinete de su país, ultimaban detalles en la ciudad del Cabo de Buena Esperanza, para caer sobre Buenos Aires o Montevideo y adueñarse del Plata agregándolo a la corona del Rey de Inglaterra.
Y poniendo manos a la obra, poco después partían del Cabo, rumbo al Río de la Plata, las fragatas "Diadem", "Raisonable" y "Diomede", las corbetas "Leda", "Narcisus y "Encounter" y cinco transportes más. Venía al mando de la escuadra el Comodoro Sir Home Popham, y como jefe de las tropas el Mayor General William Carr Beresford. Venían también 1200 hombres y 6 piezas de artillería de campaña.
El 25 de junio de 1806 los invasores desembarcaban en Quilmes, al sur de Buenos Aires. Las fuerzas españolas son dispersadas por los ingleses, mientras el Virrey, Marqués de Sobremonte, huye a Córdoba. El enemigo hace alto en Barracas. Un parlamentario llega al galope y se apea en el Fuerte. Trae la intimación de rendirse. La respuesta es afirmativa. Algunas horas después, los regimientos ingleses, a tambor batiente, son de clarines y banderas desplegadas, entran por las calles del sur.
El invasor reunió alrededor de un millón trescientos mil pesos en oro y plata, suma que fue enviada de inmediato a Inglaterra. El vencedor otorgó las condiciones siguientes, expresadas en hojas sueltas repartidas por la ciudad: Entregadas que fuesen las armas, las tropas vencidas se retirarían con todos los honores de la guerra. Toda propiedad sería respetada. Y todo derecho individual, protegido. El cabildo continuará en pleno ejercicio de sus funciones. Nadie será forzado a tomar las armas contra el Rey de España. Se protegerá el libre ejercicio de la religión católica.
Algunos comienzan a resignarse. Existe en el alma de esa gente una especie de conformidad maquinal. Hasta creen que resultará benéfico el nuevo gobierno y que, a la vuelta de pocos años, Buenos Aires podrá llegar a ser un importante emporio.
Arturo Capdevila nos cuenta que por aquellos días se realizaban "saraos de familia, en que los ingleses, verdaderos espejos de urbanidad, ora trataban de enseñar sus danzas a las porteñas, ora de aprender de ellas las suyas. Son los días en que salen de paseo por la Alameda las más distinguidas "señoritas", con los Pack, con los Patrick, con los más gallardos oficiales, y en que las madres se complacen en caminar cerrando la marcha, no sin considerar la idea del posible casamiento de las hijas con los herejes. Y allá van del brazo con los rubios mozos, las Sarratea, las Marcó del Pont, las Escalada...
Súbitamente habían dejado de ser tenidos en cuenta de piratas los ingleses, y eran mirados ahora – por ciertas promesas de independencia que andaban haciendo – como buenos amigos del país. El juicio público, en suma, cabía en esta expresión que todos hacían propia: – Están en guerra con el Rey, pero en paz con la tierra.
Al abrigo de este apotegma hay muchos que pactan; muchos que de algún modo ponen en paz sus escrúpulos y siguen camino adelante. Pero el pueblo, no. El pueblo es el coro insobornable de las tragedias antiguas. Sólo sabe lo que sabe. Hasta su ignorancia es defensa y antemural para él. Mira y comprende. Se explica perfectamente que el señorío ande haciendo buenas migas con los colorados. La cortesía manda así sea. Mas, para no contagiarse también, se vuelve sardónico, suelta cada día su pulla y está con el oído aguzado, atento a las voces de la tierra".
El vecindario tiene esperanza de que el invasor sea expulsado. Cautelosamente se hace correr la voz de la resistencia. En la trastienda del librero Valencia se forma una logia y de allí salen diariamente disposiciones. Existe una organización perfecta para echarse a la calle apenas batan marcha los tambores. Santiago Liniers, francés al servicio de España, y por aquel entonces Capitán del Puerto de la Ensenada, se ha dirigido a Montevideo a solicitar algunos refuerzos para retomar Buenos Aires.
Nativos y peninsulares estaban unidos ante la desgracia común. Lo que se tramaba era una guerra de conquista, pero también era una guerra de religión. Los británicos, que paseaban por las calles con sus vistosos uniformes colorados, eran anglicanos. Pero, para el pueblo, al no ser católicos, eran "herejes".
"Entonces – agrega Capdevila – la grey católica, que es toda Buenos Aires, se refugia en al rosario. El prior de los dominicos, Fray Gregorio Torres, que sabe ya de la encendida promesa de Liniers a la Virgen, insta de seguro a los cofrades a secundada con la devoción que les es más grata. Y ella se cumple en cada casa. Y tarde a tarde, a la hora de la salutación angélica, mientras repican las campanas, empieza en todas las casas el "Dios te salve, María". Los oficiales ingleses ya lo saben. Hay una hora en que toda la familia, bajo cuyo techo habitan, se reúne en algún grande aposento a corear una plegaria. Oyen el vocerío de aquel rezo y prefieren salir. Comprenden que están de más. Comprenden que esa plegaria es algo que los separa, y acaso coligen también que se está rezando contra ellos. Lo colijan o no, les parece muy curioso el suceso. La familia entera está reunida. Todos. Los padres, los hijos, los abuelos. Todos. Varones y mujeres, viejos y niños: enteramente todos. Si acaso llega una visita, no se anuncia; entra, se arrodilla el que fuere, y participa de la oración y de aquella devoción impresionante.
Interróganse los ingleses con interés, acaso con íntimo desasosiego:
– Do you know what the rosario is?
– Oh, yes! It is a very curious devotion!
– One of the most curious devotions of the Roman Catholic Church.
Sí. Ya saben algo los ingleses. Van por las calles a la hora del Angelus los señores oficiales británicos y ¿cómo será que no se enteren, si el coro de la unánime plegaria trasciende de las cerradas ventanas de cada casa y derrama por el aire frío su compungido rezongo?"
Cruzando por Colonia, Liniers desembarca el 4 de Agosto, bajo una lluvia torrencial, en la margen opuesta, un poco al norte de Buenos Aires. La lluvia enloda y borra los caminos, lo que impide a Carr Beresford salir a campo abierto, como estaba planeado... Llueve cinco días seguidos. Liniers y sus tropas se ponen en marcha. Llegan hasta el Retiro. La columna inglesa se repliega sobre la Plaza. Y se encierra en el Fuerte. Gran número de ciudadanos se incorpora a las fuerzas de Liniers. La artillería inglesa está barriendo las calles. Los libertadores avanzan corriendo por las aceras. Se repliegan las chaquetillas rojas. Y ya se está peleando en la Plaza Mayor. El Cabildo, la Catedral y la Recova caen en poder de los atacantes. Ya están rodeados los ingleses. Sobre el Fuerte flamea la bandera de parlamento. Y Carr Beresford, al frente de sus diezmadas tropas, se dirige desde el Fuerte hasta el Cabildo a deponer las armas ante Liniers. La Reconquista estaba realizada.
A los pocos días, el Cabildo convoca a Congreso General. El pueblo en muchedumbre reclama el mando militar para el único jefe de verdad, Santiago Liniers. Sobremonte había perdido autoridad moral con su huida a Córdoba. Pero el peligro no había pasado. Era seguro que los británicos traerían una segunda invasión, mucho más poderosa que la anterior. El Virrey Sobremonte solicita, pues, con la mayor urgencia, auxilios al Paraguay y a las otras provincias del Virreinato.
El Paraguay, que siempre había prodigado su ayuda al Río de la Plata, ya en forma de poblaciones, de reducciones, de fuertes, de recursos efectivos, o repeliendo ataques de los indígenas, no podía dejar de prestar su concurso en esta grave emergencia.
"Un primer cuerpo del Regimiento de Voluntarios de Caballería – dice Juan F. Pérez –, distribuido en siete compañías y constante de 534 plazas, al mando del Coronel José de Espínola, teniendo como segundo al Mayor Fulgencio Pereyra y como ayudante de campo al Mayor veterano Juan de la Cuesta, se alistó en Asunción y parte en Pilar. En la oficialidad figuraban el Teniente Fulgencio Yegros como jefe de la segunda compañía; los Capitanes José Fernández Montiel, Cristóbal Insaurralde y Juan Manuel Gamarra, comandantes de la quinta, sexta y novena compañías; el Subteniente Benito Villanueva; los Alféreces Fernando de la Mora y Gervasio Acosta, el entonces cadete Antonio Tomás Yegros y varios más que muy pronto habían de tener importante participación en las acciones militares del año 1811, que a su vez determinaron la independencia del Paraguay.
El contingente paraguayo fue incorporado inmediatamente a las tropas regulares de Buenos Aires, aunque con su mando y oficialidad propios, y debidamente uniformado con la vistosa indumentaria de la época, pasó al poco tiempo como tropa de refresco a la Banda Oriental, donde actuó en la reñida defensa de Montevideo cuando la segunda invasión de 1807. Para reforzar este contingente, vinieron otros dos regimientos de la misma procedencia, con un total de 314 plazas, al mando del teniente Pedro Antonio de Herrera y el Capitán Manuel Antonio Coene".
En total, 850 paraguayos partieron al Uruguay para esperar la segunda invasión británica. También se encaminaron hacia allí las milicias de Córdoba y de Santa Fe.
Por su parte, el Cabildo de Asunción envió al de Buenos Aires dos remesas de fondos para cooperar en los gastos de la defensa. La primera remesa, según Pérez, fue de 5.189 pesos de "donativo colectado en aquel vecindario para ayuda de los gastos de este ilustre Cabildo en sus preparativos de defensa", y la segunda fue de 1.550 pesos más. También el Obispo del Paraguay, don Nicolás Videla, envió 500 pesos en una libranza a cargo de Juan Bautista de Otamendi. Estas cantidades hacían un total de 7.239 pesos.
A comienzos del año siguiente, los ingleses aparecieron de nuevo. El ejército y la escuadra de Sir Samuel Auchmutty atacan simultáneamente. Los ingleses desembarcan en la playa del Buceo, contigua al actual Pocitos. Sobremonte huye por segunda vez. Montevideo se defiende tenazmente durante varios días. Allí mueren centenares de paraguayos. Los atacantes consiguen, finalmente, abrir una brecha en el muro del sur y Montevideo es tomada el 3 de febrero de 1807.
"No pensé saldría con vida de tanta multitud de balas inglesas que llovía sobre nosotros – dice Antonio Tomás Yegros a su pariente don Juan Tomás en carta fechada en Capilla de Piedras el 22 de Enero de 1807 –. El 16 del corriente se desembarcaron a dos leguas de la ciudad, en el paraje o puerto que llaman de Buceo, más de 6.000 ingleses, donde ocurrimos prontamente los de caballería, que alcanzamos a 2.000, con el tren volante cañones de 8, donde todo el día nos estuvimos batiendo nosotros por tierra, y ellos del mar con las cañoneras pero nunca pudimos impedirles; y la misma tarde mandó el señor Gobernador al Virrey, que estaba acampado con nosotros, casi todos los Regimientos de Infantería, que componen 4.000 hombres, todos con grande valor y ánimo, dando voces y gritería; pero de noche toditos los volvió Su Excelencia al pueblo, y a los tres días, al rayar el día nos avanzó a nosotros los de caballería, sin poderlos rechazar, y vinimos a parar a una legua de la ciudad, en los Migueletes, donde al día siguiente, por instancias del Cabildo, pidió el señor Gobernador a su Excelencia que nos viniéramos todos por la mañana a abatirlos, que se verificó con quinientos, y tanto por haber los de caballería muerto en el primer combate, donde murieron muchos de una y otra parte, los paraguayos murieron ciento y tantos, entre ellos un Alférez don Romualdo Agüero y el hijo mayor de don Agustín Recalde, que sacaron la cuenta de muertos y heridos 55 de los nuestros. Fulgencio está con una herida de muerte, muy enfermo en el pueblo, de un tiro que le asestó bajo la espalda y casi le vandeó, y para sacar la bala fue preciso abrirle bajo la tetilla por un cirujano para sacarle con tijeras. Ha habido mucho destrozo por una y otra parte, y muchísimas traiciones que para contarlas todas falta tiempo". (Documento publicado por José A. Moreno González).
Los ingleses comenzaron a publicar poco después un periódico bilingüe: The Southern Star. (La Estrella del Sur). Editábase en la imprenta de la calle San Diego Nº 4. El primer número apareció el 23 de Mayo de 1807. The Southern Star abogaba por la libertad de comercio, además de tratar de asuntos políticos y religiosos. Se repartía profusamente en Montevideo y circulaba también, aunque bajo capa, en Buenos Aires. "En cuanto a vosotros, amigos españoles – incitaba un artículo –, el gobierno inglés desea vuestra felicidad de todo corazón. Vienen los ingleses no como conquistadores sino como defensores. Quieren emanciparos de la servidumbre. Volved los ojos a España. Ofrece una pintura de deshonra, infelicidad y humillación. ¡No hay otro refugio que Inglaterra! La libertad es el fundamento de la Constitución inglesa. Acogidos a Inglaterra, tendréis comercio libre de exacciones injustas y de monopolios onerosos. Inglaterra viene como el ángel de la paz seguido de su séquito natural: la libertad, la tolerancia y la justicia".
La caída de Montevideo produjo un revuelo en Buenos Aires. El pueblo se agolpó frente al Cabildo y pidió a gritos que cese el Virrey Sobremonte. El Cabildo, que estaba presidido por don Martín de Alzaga, era de la misma opinión. Suspendió, pues, a Sobremonte y separóle de todo cargo, aparte de ordenar su arresto y la incautación de sus papeles.
Liniers hace un llamado patriótico para la defensa de Buenos Aires, pues ésta no tardaría en ser atacada. Todos concurren. El interior también responde. Llegan milicias de Catamarca, Tucumán, Córdoba, San Luis y Corrientes. Llega también un nuevo y fuerte contingente paraguayo, con el Gobernador Bernardo de Velasco al frente.
En esa oportunidad surgieron, según parece, los colores de la bandera paraguaya. Mientras se organizaba la defensa, hubo que distinguir a las tropas paraguayas que venían a sumarse al ejército. Juan Manuel Sosa Escalada ha encontrado en el Archivo de Buenos Aires un acta del 20 de Julio de 1807, en la que se manda pagar a Ramón Manuel de Pazos el importe de cuatro banderas; una encarnada, que se usó en la defensa para distinguir del ala derecha; una azul turquí para el ala izquierda; una blanca para el centro; y una tricolor (de los tres colores anteriores) para el cuerpo auxiliar. Este documento viene a confirmar una tradición oral. En efecto, a Sosa Escalada aseguraba su abuelo, el venerable maestro Juan Pedro Escalada, que tal fue el origen de los colores de nuestra bandera. Y lo mismo afirmaba Bonifacio Iglesias, vecino de San Pedro, cuyo hijo Pedro Iglesias actuó en el contingente paraguayo que estuvo en el Plata durante las invasiones británicas.
Casi cinco meses transcurrieron entre la toma de Montevideo y el ataque a Buenos Aires. Los ingleses desembarcaron el 30 de Junio en la Ensenada. Llegada la noticia a Buenos Aires, salen los defensores por las calles del sur rumbo a los campos de Barracas. El alcalde, don Martín de Alzaga, constata en aquellos momentos la indefensión casi absoluta en que se halla la ciudad, pues es irrisorio el número de tropas con que cuenta para defenderse en caso de ser invadida. Alzaga protesta y consigue que regrese a Buenos Aires un batallón siquiera para su custodia. Dispone que desde esa noche salgan los cabildantes de dos en dos y cada dos horas hasta el amanecer, a rondar las calles, y ordena la iluminación de éstas por si el ejército se ve obligado a una retirada a la plaza. Llega la noticia de que el ejército inglés – compuesto de 12.000 hombres y comandado por el Teniente General John Whitelocke – ha conseguido, mediante una afortunada estratagema, cruzar el Riachuelo de Barracas. Luego llega otra noticia peor: Liniers ha sido derrotado en los Corrales de Miserere (actual Plaza Once). Alzaga, enérgico y sereno, ordena traer la artillería del Retiro para abocarla a las calles de entrada. Dispone que se instalen parapetos con bolsas de yerba y lana. Y hace conducir desde los almacenes de suburbio víveres para la guarnición. Liniers y su segundo Bernardo de Velasco llegan ilesos a la ciudad. El jefe es aclamado por la multitud. Llegan gentes dispersas de los cuerpos voluntarios.
La Defensa comenzó el 5 de Julio. El enemigo ataca al amanecer. Se apodera del Convento de Santo Domingo, situado a tres cuadras escasas de la Plaza Mayor. Hacia el otro rumbo, se apodera también del Monasterio de Santa Catalina. El pueblo se defiende tenazmente; desde los balcones y azoteas cae sobre los ingleses un diluvio de hierro. Ahora comienza, la segunda fase del combate: la de atacar al inglés en sus reductos. Rueda hacia allí la artillería. Whitelocke y los suyos, al caer la tarde del 7, terminan por rendirse. Se ajustan los términos de la capitulación. Los británicos se comprometen a evacuar no sólo Buenos Aires, sino también Montevideo. Amanece el 8 entre un repique general de campanas y el delirio del júbilo ciudadano.
Poco después, la corte de Madrid nombra Virrey a Liniers y la otorga el título de Conde de Buenos Aires. El audaz intento de los ingleses cohesionó a los criollos americanos. Argentinos, paraguayos y uruguayos, formando un sólido haz, defendieron con fiereza y eficacia el suelo del Virreinato.
Además, la fallida conquista sirvió también para dar a los criollos la conciencia de su propio valer, la medida de su capacidad. Fue, de esa manera, uno de los cimientos de su autonomía, la que estalló vigorosa y pujante al correr de pocos años.
Tal fue la colaboración paraguaya a la defensa del Virreinato durante las invasiones inglesas. Como en todo el decorrer del coloniaje, la Provincia tenía que estar presente, y lo estuvo, cuando un peligro común amenazaba. Leal y solidaria, olvidando agravios e injusticias, no escatimaba sacrificios ni eludía deberes, que sacrificios y deberes informaron su historia plena de grandeza.
III PARTE
EL CHACO EN EL CONTROL ADMINISTRATIVO
Capítulo I
FUNDACIÓN DF SANTA CRUZ DE LA SIERRA
La "Tierra del Rey Blanco" fue el punto de mira perseguido por Alejo García, Sebastián Gaboto, Don Pedro de Mendoza y su lugarteniente Juan de Ayolas, Alvar Núñez y Domingo de Irala. Todos ellos pretendían llegar a la Sierra de la Plata, cuya fama irradiaba por todo el continente. Algunos de éstos, cruzando el territorio del Chaco, alcanzaron la ansiada meta, pero pronto regresaron, a veces por ser insuficientes sus elementos para consolidar la conquista, otras por encontrarse ocupada la codiciada tierra por españoles llegados del lado del Poniente.
Pero la fecundidad imaginativa de los conquistadores era inagotable, como grande era su constancia ante los más duros fracasos y los más ingratos contrastes. Ahora se hablaba con entusiasmo de la "tierra rica", la que se suponía hallarse situada en las inmediaciones de la cordillera de los Chiriguanos.
No había transcurrido mucho tiempo del fallecimiento de Irala, cuando resolvióse en Asunción fundar un puerto en los Xarayes. Nufrio de Chávez, designado jefe de la expedición, salió en 1558 con veintitrés navíos. Navegó por el río Paraguay hasta llegar a la laguna de los Xarayes. El lagar era pobre y malsano Los indios comarcanos le explicaron que, hacia el oeste, existía una región donde "el metal amarillo lo sacaban de los arroyos de las sierras". El oro existía, pues. Dónde se hallaba, no lo sabían. Pero lo encontrarían.
Al ansia del oro iba parejo el espíritu creador y constructivo. Además de la esperanza de la "tierra rica", a Nufrio de Chávez le impulsaba el proyecto de crear en los confines del Chaco, entre las provincias del Paraguay y Perú, una gobernación independiente, de la que fuese él gobernador. Resolvió, por tanto, abandonar el proyecto de levantar una población en los Xarayes y lanzarse a través del Chaco, hacia aquella tierra que lo atraía con la incoercibilidad de un poderoso imán.
Largo y peligroso era el camino. Los españoles tuvieron que entablar violenta lucha con los indios que les hostilizaban en su recorrido. Amotináronse las tropas y requirieron a Chávez el retorno a Asunción. No queriendo éste abandonar su proyecto de seguir adelante, fue abandonado por un centenar de hombres, que emprendieron el regreso a la capital. Chávez quedó en aquellas regiones sólo con 45 compañeros. Sin desalentarse, cruzó el río Parapití y fundó, en 1559, a orillas del Guapay, un pueblo al que denominó Nueva Asunción, en recuerdo de la lejana metrópoli.
A siete leguas de Nueva Asunción, la gente de Chávez encontróse con la que comandaba Andrés Manso, capitán español que había salido del Perú para poblar los llanos próximos a la cordillera de los Chiriguanos. El encuentro trajo serias complicaciones. Tanto Chávez como Manso pretendían tener mejores derechos a la conquista de aquella tierra. Para evitar el choque, que estaba a punto de estallar, resolvieron ambos capitanes someter el litigio al Virrey del Perú, don Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete. Este se dejó convencer por Chávez y, erigiendo el terreno litigioso en nueva provincia, nombró Gobernador a su hijo don García Hurtado de Mendoza y Teniente de Gobernador a Nufrio de Chávez. Esto ocurrió en 1560. Al ario siguiente, esto es, en 1561, Chávez fundaba, al noroeste de la anterior y cerca del Piray, la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
Dicha ciudad – cuya fundación fue obra exclusiva del esfuerzo del Paraguay – vino a ser la capital de la provincia creada el año anterior, la que desde entonces conocióse con el nombre de Provincia de Santa Cruz.
La creación de la Provincia de Santa Cruz constituye, así, la primera desmembración sufrida por el Paraguay durante el coloniaje.
Capítulo II
EL RIO PARAPITÍ EN LOS DOCUMENTOS OFICIALES
Corresponde ahora averiguar cuál fue el límite establecido entre la recién creada provincia – Santa Cruz de la Sierra y la Provincia del Paraguay, de la que aquélla fue un desprendimiento.
Nadie más llamado a ilustrarnos sobre el punto que los propios gobernantes de las provincias, ya que ellos debían conocer el alcance de sus distritos territoriales.
Don García Hurtado de Mendoza, segundo Marqués de Cañete, que había llegado como su padre al alto cargo de Virrey del Perú, señaló en Lima, en 1592, los términos de Santa Cruz, expresando que el río Parapití "es de San Miguel de los Chiquitos y antiguamente se denominaba de Condorillo y es hasta donde llega el distrito de Santa Cruz de la Sierra". En tiempos de Nufrio de Chávez y Andrés Manso, Santa Cruz de la Sierra no pasaba, pues, por el este más allá del río Parapití. (Véase Mapa al final).
Dos siglos después, el límite continuaba siendo invariablemente el mismo. Es el propio Gobernador Intendente de Santa Cruz, Francisco de Viedma, quien se encarga de indicárnoslo. En efecto, en un informe presentado por dicho funcionario al Virrey Arredondo – informe que fue aprobado por éste y por el Rey – afirma que la Provincia de Santa Cruz "confina por el Norte con terrenos incógnitos; por el sur con el Gobierno e Intendencia de La Plata (Charcas). Por el oeste con el Gobierno e Intendencia de La Paz y por el este con el río Parapití o de San Miguel de los Chiquitos, que la divide de la provincia de este nombre y aparta de los terrenos que llaman del Gran Chaco".
Y más adelante, a escasa distancia ya de la emancipación de las colonias hispanoamericanas, surge otro documento oficial que refuerza lo que venimos comprobando. El Visitador General del Virreinato del Río de la Plata, Diego de la Vega, recibió el encargo de preparar la edición de 1803 de la "Guía de Forasteros del Virreinato de Buenos Aires", donde se comprenderían todos los datos referentes a las diversas entidades provinciales que integraban aquella jurisdicción. La obra tenía carácter oficial y contaba con el auspicio del Virrey. Allí se especificaban las fronteras de los diferentes distritos, Respecto a la Intendencia de Cochabamba – que así denominábase por aquel entonces la Intendencia de Santa Cruz –, estampaba que "confina todo el distrito de ella, por el norte con los terrenos incógnitos entre esta provincia y las Misiones de Mojos, habitadas en parte de indios bárbaros de nación raches, sirionos y yuracarees; por el sur con el Gobierno o Intendencia de La Plata; por el este con el río Parapití o de San Miguel de los Chiquitos; y por el oeste con el Gobierno o Intendencia de La Paz".
Todo esto nos prueba que el territorio desmembrado por Nufrio de Chávez llegaba hasta Parapití: que este río siguió constituyendo siempre – a través del largo período colonial – el límite oriental de Santa Cruz; y que hasta allí llegaba, por tanto, al oeste, la Provincia del Paraguay.
III
CONFINES DE CHARCAS Y DE CHIQUITOS
La Provincia del Paraguay confinaba en el lado del Chaco no sólo con Santa Cruz de la Sierra, sino también con Charcas y Chiquitos.
Debemos, pues, determinar con precisión los límites que separaban la frontera del Chaco de las de estas últimas provincias altoperuanas.
Abundante es la documentación que prueba que el límite este de Charcas era la Cordillera de los Chiriguanos. Domínguez ha recopilado en un artículo – "Límite Este del Perú en los contrafuertes andinos" – testimonios de gran valor documental. Transcribamos algunos de los más claros.
Jaime Rasquín, que estuvo en el Río de la Plata, hacía constar que los indios chiriguanos "son tan vecinos de la Provincia del Perú". Es decir que, aunque están cerca, no están en el Perú.
Toledo, Virrey del Perú, afirmaba que "en los términos de la Ciudad de La Plata (Charcas) están fronteros los chiriguanos".
Juan López de Velasco, que revisó los copiosos documentos obrantes en el Archivo la Indias, escribió que "los chiriguanos están en la frontera de los Charcas".
Francisco de Mendoza, en una información oficial decía en Madrid que hizo guerra "en la frontera de las Provincias de los Charcas, a los chiriguanos fronteros".
Diego de Pantoja, vecino de la Plata, en carta dirigida al Rey le dice: "El dicho reino (del Perú) tiene a las espaldas las Provincias del Río de la Plata (Paraguay), en las cuales hay mucha tierra abundosa y sana, aunque muy falta de naturales, y los que hay son chiriguanos, gente indómita y guerrera". Si las Provincias del Río de la Plata estaban a espaldas del Perú, era porque entre ambas nada se interponía.
Juan Pérez de Zúrita, Gobernador de Santa Cruz, escribió: "Ha sido esta gente (los chiquitos) que están al noreste, muy perseguida de los indios chiriguanos, que confinan con estos charcas".
Fernando de Zárate, Gobernador del Paraguay, envía desde Asunción en 1595 al Capitán Bartolomé de Sandoval, al frente de una expedición, mientras dice a la Audiencia de Charcas: "Vuestro gobernador de la Provincia de Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, digo que en las fronteras de dichas gobernaciones confinan indios chiriguanos alzados".
El jesuita Alonso de Bárcena, desde Asunción instruía a su provincial en esta forma: "la mayor suma de gente (indígena) es la nación que en las fronteras del Perú llaman chiriguanos y acá llaman guaraníes".
La Audiencia de Charcas escribe al rey en 1606, expresándole que desean ser doctrinados "los chiriguanos, que están fronteros de esta Provincia de Charcas".
Y el Rey, acordando con la Audiencia de Charcas, le dice que recibió su carta donde le comunicaba haber ordenado entrada "por la cordillera que divide los indios chiriguanos de esa Provincia (de los Charcas)".
Los chiriguanos habitaban los contrafuertes andinos contiguos a la llanura chaqueña, que recibieron por eso el nombre de Cordillera de los Chiriguanos. Allí terminaba, pues, la jurisdicción de Charcas. Y allí comenzaba la del Paraguay. (Véase Mapa al final).
Tócanos ahora dilucidar el límite que dividía al Paraguay de la Gobernación de Chiquitos.
Un mapa, confeccionado por Tadeo Haenke en 1799, por encargo del Gobernador de Santa Cruz, Francisco de Viedma, va a señalárnoslo. En 1788, Carlos IV de España había resuelto enviar a sus tierras de América una expedición científica. Con este motivo solicitó de la Universidad de Viena el envío de un buen naturalista. La elección recayó en Tadeo Haenke. Éste residió, después, veinte años en el Alto Perú, recorriéndolo hasta sus más apartados confines. En el mapa encargándole por el Gobernador Viedma – cuyo original se encuentra hoy en el British Museum – el límite sur de Chiquitos está indicado por una línea que, partiendo del Parapití, baja en dirección sudeste hasta los 18º 30', sin alcanzar el río Paraguay. El límite este de Chiquitos está indicado por esa misma línea, que desvía hacia el norte. La primera coincide con la Sierra de Santigo (impropiamente llamada de Chochis, el cual no es sino uno de los cerros que forman la cadena). Y la segunda línea coincide con la Sierra de San Fernando. (Véase Mapa al final).
Quedan, de esta manera, claramente precisados los límites que en los confines del Chaco separaban las entidades coloniales que luego constituyeron las Repúblicas del Paraguay y de Bolivia.
IV
EXPEDICIONES Y FUERTES
Legibles garabatos del siglo XVI y manuscritos de los dos siglos siguientes, que guardan en sus evocativas páginas la narración de expediciones partidas desde Asunción hacia el Chaco atrayente y enigmático, nos hablan de la gesta ruda de aquellos días de leyenda.
Una de esas expediciones, e indudablemente la más importante, fue la realizada en 1662 por el Maestre de Campo Lázaro de Ortega Vallejo. (Arch. Nac., Vol. 196 Nueva Encuad., documento exhumado por el paleógrafo don José Doroteo Bareiro).
Partiendo de Asunción, Ortega Vallejo subió por el río Paraguay hasta un punto del litoral chaqueño en que fundó el fuerte de Angeles Custodios (no lejos del actual Puerto Casado). Por allí penetró en la selva virgen. A su paso fue encontrando enhiestos quebrachos y palosantos, samuhúes ventrudos y bonachones, rientes cañadones, cactus florecidos, esteros, aromitales y palmares. En dicha expedición fundó los fuertes Confuso, Finados, Espartillar, Presentación y San Andrés, cuya ubicación cartográfica coincide casi con los actuales villorrios de Casanillo, Isla Poí, Boquerón, Nauawa y Orihuela.
"En la otra banda del río Paraguay, en el fuerte de los Angeles Custodios, en quince días del mes de octubre de mil y seiscientos y sesenta y dos años – dice el informe por él presentado –, luego que pasé a ella con todo el resto de los soldados españoles e indios amigos, yo el Maestre de Campo General Lázaro de Ortega Vallejo..." mandé iniciar la marcha. Cinco días después, "por la fragosidad de dichas tierras y no haber persona que nos dé alguna noticia ni rumbo que tomar, obligado de la necesidad mandé al Sargento Mayor Francisco de Cáceres y al Capitán Matías Sánchez con un trozo de soldados a recorrer la tierra de una parte y de otra, y no hallar en toda ella alojamiento suficiente por ser tanta y grandes llanadas, y no haber donde entrar mi real ni agua permanente para las cabalgaduras, por ser dichas tierras grandes secadales..." Luego de fundado el fuerte de Confuso, "mandé al capitán Matías Sánchez saliese con un trozo de soldados a buscar algún rastro que fuese fresco, y alojamiento para el subsecuente día, pasto y agua que fuese suficiente, que todo es menester para estas tierras, a donde se pudiese sentar dicho real, el cual corrió primeramente al sur y otro día al norte, y no se halló cosa más que tan solamente a la parte del sur muchos esteros, palmares y montes muy espesos e increíbles pantanos, y al norte espaciosos palmares, y pantanos muy largos... Para cumplir con efecto con la instrucción que traigo, salí yo personalmente con todos los reformados al poniente... y visto que me cogía la noche traté de alcanzar mi fuerte." Después de fundar el fuerte de Finados, "mandé a una compañía de indios amigos fuesen por delante atalayando, mirando y explorando la tierra, porque los indios de a pie se encubren mejor que la caballería..." Erigido ya el fuerte de Espartillar Redondo, y después de caminar varias leguas, los indios amigos "toparon con el río que llaman Turbio y divisaron unas rancherías muy fundadas, con lo que se volvieron a darme cuenta". Los expedicionarios siguieron adelante. "Me fue forzoso sentar mi real, aunque anegada la tierra, usando de astucia y maña, sobre zarzos de palma. El subsecuente día envié cinco o seis indios pomberos (esto es, espías) que fuesen por delante..." Una vez construido el fuerte de Presentación y proseguida la marcha, "oyeron un tamboril de dichos indios que estaban en sus festejos, oído que oyeron dicho tamboril, el Capitán Matías Sánchez con cuatro o seis amigos se fueron emboscados por palmares anegados y luego de topar un largo bañado, que habiendo entrado por él más de media legua a las cinchas, toparon un estero a volapié". Envióse entonces a dos indios, quienes regresaron informando que el estero tendría más de dos leguas y que de allí "se divisaban unas islas, y que el rumor y tamboril les parecía estaban en aquellas islas. Se estudió entonces el sitio donde estaban y qué cerco se les podía poner. Visto ser ya tiempo, mandé marchar con mucha rectitud, dándoles la orden que se había de guardar, y con esto se empezó a poner el cerco, y antes de acabarlo de poner, un soldado llamado Diego Portillo, sin atención de la orden por mí dada, tiró un tiro sin tiempo, causa que aceleró la contienda mandando embestir sin tiempo... "Terminada la lucha con la victoria de los españoles, emprendieron éstos el regreso, fundando de paso el fuerte de San Andrés. Ese fue el itinerario de la expedición dirigida por Ortega Vallejo, la que llegó hasta el corazón del Chaco y dejó fundados seis fuertes en esa zona de la Provincia del Paraguay.
Pasemos revista ahora a algunas fichas en que extractamos documentos que hemos hallado en el Archivo Nacional.
En 1655 el Cabildo de Asunción hacía los aprestos para una jornada que debía llevarse a cabo contra los indómitos guaicurúes, quienes con sus continuas correrías en tierras de cristianos tenían en constante intranquilidad a las poblaciones de la ribera. Poco después partía la expedición al mando del Capitán García de Paredes. (Archivo Nacional, Vol. 44, Nº 4-5).
Durante el gobierno de Felipe Rexe Corbalán se realizaron tres entradas al Chaco (1672, 1674 v 1675). Martín de Chavarrí era nombrado Maestre de Campo en 1678, como premio a su particular valor demostrado en ocasión de pasar juntos a la otra banda del río a perseguir a los infieles. (Arch. Nac., Vol. 38, Nº 45-56).
El gobernador José Martínez Fontes comunicaba al Cabildo de Asunción, en 1762, haber llevado a cabo una empresa consistente en castigar las tolderías de las naciones del Chaco. (Arch. Nac., Vol. 1, Nº 15-21).
Las frecuentes irrupciones de diferentes naciones bárbaras, de indios infieles habitantes del Gran Chaco, eran contenidas siempre con los fondos de la provincia. Así lo expresaba el Cabildo de Asunción al Gobernador interino en 1787 (id., id.)
El Gobernador Francisco de Monforte publicó en 1788 una encuesta sobre la necesidad de llevar una expedición contra los mbayaes y otros indios confederados, que cometían muertes, robos e incendios en las granjas y ejidos de la comarca asuncena. El Maestre de Campo Lázaro Vallejo Villasanti contestó aconsejando que la entrada se hiciera por donde la había realizado su abuelo Ortega Vallejo y agregando que debían salir 400 soldados españoles y 600 indios auxiliares, con 2.000 cabezas de ganado vacuno y 1.000 caballos. Al poco tiempo publicábase el bando en que el Gobernador ordenaba la partida de la expedición. (Arch. Nac., Vol. 1, Nº 12).
En 1794, el Gobernador de Corrientes Manuel de Besabé felicitaba a Joaquín Alós, Gobernador del Paraguay, por el feliz resultado de una expedición efectuada al Chaco por el Comandante José de Espínola. (Arch. Nac., Vol. 5, Nº 1-7).
En la correspondencia mantenida en 1794 entre el Virrey Arredondo y el Gobernador del Paraguay sobre la apertura de un camino que atravesando el Chaco llegara hasta Salta, al referirse a los preparativos del segundo, aquél le dice: "Todo me parece bien". La expedición encargada de abrir ese camino partió en el mismo año, pasando por el río Bermejo y, por Monte Grande, paraje cercano al fuerte del Río del Valle. (Arch. Nac., Vol. 2, Nº 2).
En un acuerdo del Cabildo, decía en 1797 el Alférez Bernardo de Argaña: "Hay que hacer presente al Virrey el grande mérito que tiene esta Provincia para ser atendida en medio de las incesantes tribulaciones que le ocasiona la guerra viva que a su costa y mención mantiene contra las innumerables naciones del Gran Chaco". (Arch. Nac. Vol. 93, Nº 2).
En 1799 expresaba al Cabildo de Ñeembucú el doctor Miguel Gregorio de Zamalloa: "Para contener las hostilidades a los indios bárbaros, y que no se repitan sus insultos contra las haciendas y vecinos, he dispuesto que el Coronel José de Espínola pase al Chaco con gente necesaria". (Arch. Nac., Vol. 45, Nº 8).
En cuanto al fuerte Borbón – hoy Olimpo – fundado, según hemos visto, en tiempos del Gobernador Alós, es enorme la cantidad de documentos donde consta que el Paraguay siempre ejerció allí jurisdicción, ya renovando la guarnición, ya enviando víveres, ya trasladando hacienda o concediendo y negando permiso a los que deseaban seguir viajando más abajo por el río.
Capítulo V
LA EVANGELIZACIÓN
Además de las expediciones que se enviaban al Chaco, también las reducciones eran costeadas por el Paraguay. Para percibir el sacrificio realizado por la Provincia en su afán de civilizar a los nativos con la prédica de los Evangelios, internémonos de nuevo en esa inagotable fuente que es nuestro Archivo Nacional.
En 1664 [4], el General Antonio de Vera Muxica era designado en Lima Gobernador interino del Paraguay, con el encargo expreso de efectuar una entrada por la Provincia de Tucumán para fundar reducciones entre los indios tobas y mbocobíes del Gran Chaco. (Arch. Nac., Vol. 45, Nº 1).
En 1721, el P. Diego de Hase, religioso de la Compañía de Jesús, escribía al ex Gobernador Bazán de Pedraza sobre sus esfuerzos desplegados entre los irreductibles indios payaguaes. (Arch. Nac., Vol. 5, Nº 5).
Más tarde, mediante los propósitos civilizadores demostrados por el Paraguay, los indígenas fueron aceptando poco a poco el trato con los españoles. Así en 1753 los payaguaes celebraban capitulaciones en que se les admitía la paz que solicitaban. (Arch. Nac., Vol. 37, Nº 49).
En l762, el Gobernador del Paraguay José Martínez Fontes comunicaba al P. Nicolás Contucci, de la Compañía de Jesús, haber hecho las paces con los indios abipones y prometídoles que muy pronto bajaría por el río con gente, ganado, herramientas y víveres a formarles su población. Y, en cumplimiento de esto, establecióse poco después con donativos y esfuerzos exclusivos de los paraguayos, las reducciones de San Carlos del Timbó y Nuestra Señora del Bermejo. Primer catequista de estas reducciones fue el jesuita Martín Dobrizhoffer, autor de una célebre historia de los abipones. (Arch. Nac., Vol. 2, Nº 8-17).
La Real Orden del 28 de enero de 1765 encargaba al Gobernador del Paraguay "la subsistencia de las reducciones de los indios mbayaes y abipones y otras que se hagan de los indios que habitan el Chaco". (Arch. Nac., Vol. 59, Nº 18).
El Cabildo de Asunción expresaba al Virrey Amat, en 1768, que la provincia del Paraguay ha contribuido abastecidamente con todo lo necesario a las reducciones de indios abipones llamadas Nuestra Señora del Rosario y San Carlos del Timbó. (Arch. Nac., Vol 1, Nº 15-21).
La Real Cédula del 29 de mayo de 1769 ordenaba al Obispo del Paraguay que cuanto antes evacue el informe sobre la situación en que deben hacerse las nuevas reducción de indios tobas a la otra banda del Chaco, frente al arroyo Naranjay. (Arch. Nac., Vol. 2, Nº 3).
El Maestre de Campo Fulgencio Yegros, Justicia Mayor de la Provincia del Paraguay, envía en 1775 un exhorto al Rector del Sagrado Colegio de la Compañía de Jesús, para que provea de sacerdote a la reducción de Rosario de los Abipones. (Arch. Nac., Vol. 2, Nº 8-17).
En un acuerdo del Cabildo de Asunción, en 1778, consta que algunos caciques do indios mbocovíes solicitaron se les pusiese un pueblo en la otra banda del río, frente a Remolinos. (Arch. Nac., Vol. 63, Nº 2).
Respondiendo a esta solicitud, el Gobernador convocó a varios vecinos a objeto de establecer una reducción de indios mbocovíes en el lugar frontero a Remolinos, para lo cual los vecinos hacendados harían préstamos de ganado. Así consta en un Acuerdo tomado por el Cabildo en el mismo año. (Arch. Nac., Vol. 63, Nº 2).
Poco después – según otro Acuerdo Capitular del mismo año –, el Gobernador del Paraguay don Pedro Melo de Portugal se disponía a partir al día siguiente al lugar de los Remolinos para señalar a los indios el lugar en que se les daba reducción. Ésta recibió el nombre de San Fernando Solano de Remolino. (Arch. Nac., Vol. 68, Nº 2).
Fray Pedro de Bartolomé, religioso de San Francisco, solicitó 1.000 cabezas de ganado desde la Reducción de Laguna Blanca, situada en los lagares que llaman de Aguaray (Pilcomayo). Así consta en un acuerdo Capitular de 1799. (Arch. Nac., Vol. 46, Nº 15).
En 1782, el Gobernador del Paraguay don Pedro Melo de Portugal llevaba a cabo la fundación de la nueva reducción de indios tobas a la otra banda del Chaco, frente al arroyo Naranjay. (Arch. Nac., Vol. 2, Nº 3).
Ya al año siguiente, el Cabildo de Asunción proponía al gobernador que, para socorrer a los indios tobas de la reducción de San Antonio, establecida a la banda del Chaco, distante de Asunción como siete leguas, con el ganado preciso para su manutención, se supla por vía de préstamo con 300 toros del pueblo de Caazapá, que tiene cerca de 50.000 cabezas de ganado vacuno. (Arch. Nac., Vol. 44, Nº 1).
En 1807, Antonio Cabrera enviaba un extenso informe sobre el estado en que se encontraba la reducción de San Francisco Solano situada en el Chaco, frente a Remolinos. (Arch. Nac., Vol. 2, Nº 8).
Tales reducciones – Laguna Blanca, San Antonio de Tobas, San Francisco Solano de Remolinos, Nuestra Señora del Rosario, San Carlos del Timbó y Nuestra Señora del Bermejo – se hallaban situadas en el Chaco Central, comprendido entre el Pilcomayo y el Bermejo.
En el Chaco Boreal, es decir, el comprendido entre los ríos Negro y Pilcomayo, se encontraban las reducciones de Santa Bárbara (cerca de la Bahía Negra), Guazutinguá (contigua al Estero Patiño), Melodía (actual Villa Hayes) y Yasocá, (frente a Asunción).
Respecto a Melodía, existe un interesante documento del Virrey del Río de la Plata, Marqués de Loreto, fechado el 13 de julio de 1788. Este alto funcionario se dirige al Gobernador del Paraguay diciéndole que el P. Francisco Amancio González y Escobar "se hallaba poblando el Chaco hacía dos años, seis leguas río arriba de Asunción, con el designio de conseguir la paz y reducción de las naciones de indios vagantes entre el río Pilcomayo, el territorio de la nombrada Guaná e inmediaciones de los chiriguanos". (Arch. Nac., Vol. 2, Nº 8-17).
Si el sacerdote paraguayo Francisco Amancio González y Escobar se proponía reducir a los indios del Chaco hasta las inmediaciones de los chiriguanos, era porque hasta allí alcanzaba el Obispado del Paraguay. Por otra parte, la Real Ordenanza de Intendentes de 1782 decía que la Intendencia a establecerse en Asunción "comprenderá todo el territorio de aquel Obispado". Luego, si el territorio del Obispado del Paraguay llegaba hasta los chiriguanos, hasta allí llegaba también el territorio de la Intendencia del Paraguay. De ahí que los Virreyes del Río de la Plata, para asuntos relativos al Chaco, se dirigiesen siempre a los gobernadores del Paraguay.
Capítulo VI
EL ESFUERZO COLONIZADOR
Múltiples fueron los esfuerzos realizados por el Paraguay para llevar al territorio del Chaco los beneficios del progreso, estableciendo colonias agropecuarias y fuertes que las resguardasen. La conservación de esas colonias y fuertes, que eran frecuentemente acosados por el fiero aborigen, requería ingentes gastos, que eran solventados siempre por la Provincia.
Para probarlo, hemos de recurrir nuevamente a nuestras fichas. Pero antes de hacerlo, recordemos que en la capitulación del Gobernador del Paraguay Juan Ortiz de Zárate (1569), el Rey le ordenaba fundar tres pueblos entre La Plata y Asunción. Sabemos que el territorio que se extiende entre dichas ciudades es el Chaco. Y como una Ley de Indias ordenaba a los gobernadores "guardar y observar los límites de su jurisdicción", y otra prohibía, con pena de muerte, entrar y poblar "en términos que a otros estuviesen encargados o hubieren descubierto", tenemos que ya desde entonces el Chaco pertenecía al distrito del Paraguay.
El Obispo Latorre – el del golpe contra Felipe de Cáceres – tenía gran cantidad de ganado vacuno en el Chaco. Así se deduce de un auto de 1591, en que el Capitán Juan de Cumarraga, Juez de Comisión por S. M., decía que "en la otra banda del río de esta ciudad hay y anda gran suma y cantidad de ganado vacuno perteneciente a S. M., que fue del obispo de esta Provincia Fray don Pedro Fernández de Latorre", y ordena el secuestro de dicho ganado por haberlo detentado varios particulares. (Arch. Nac., Vol. 305 Nueva Encuad.).
Los hacendados paraguayos poseían en el Chaco considerable cantidad de ganado, como lo demuestra el siguiente documento. El Gobernador del Paraguay Hernandarias de Saavedra decía que, según "los memoriales de señores de ganado que están a la otra banda, como consta, parece haber grandísima cantidad y estar todas alzadas, y conviene se recoja con la mayor brevedad que se pueda, atento a que están en la parte de los indios guaicurúes que a esta ciudad hacen guerra, y que de ordinario las matan y se sustentan con ellas". Y termina ordenando que "a los ocho días pasen los dichos ganaderos a hacer sus corrales por convenir así a los derechos de S. M.". (Arch. Nac., Vol. 550 Nueva Encuad.).
El Cabildo de Asunción ponía en pública subasta el ganado mostrenco existente en el Chaco. En un auto de 1640 dicha entidad acordaba que los ganados que están a la otra banda se rematen al día siguiente en $ 370.– (Arch. Nac., Vol. 63, Nº 5).
Constante era la ayuda que los gobiernos de la Provincia prestaban a los indios del Chaco. La 1769 el Teniente Ramón Palacios comunicaba haber llevado, en esa fecha, a la reducción de los abipones lo siguiente: botijuelas, talegos, sacos de porotos, tercios de tabaco y tercios de yerba. (Arch. Nac., Vol. 546 Nueva, Encuad.).
No sólo ganado vacuno se enviaba para las colonias y reducciones del Chaco, sino también ganado caballar. Fray Francisco Pereyra, Capellán de Caazapá, comunicaba en 1787 al Gobernador Melo de Portugal que, de acuerdo con lo ordenado por éste, remitió al P. Francisco Amancio González y Escobar 25 caballos "para la reducción de indios que nuevamente se ha establecido del otro lado del río". (Arch. Nac., Vol. 457 Nueva Encuad.).
En cumplimiento de una orden del Rey, el Gobernador Alós se dirigió en 1792 a la parte norte del Chaco, para establecer nuevas poblaciones que contuviesen la usurpación portuguesa en esa región. En un Acuerdo del Cabildo de Asunción del citado año consta que "en este acto se recibió un oficio del señor Gobernador Intendente, su fecha del día, en que comunica a esta ciudad los medios que ha tomado para que se verifiquen las poblaciones que se han de establecer". (Arch. Nac., Vol. 95, Nº 7).
El fuerte Borbón recibía constantemente víveres enviados de Asunción. Uno de los tantos documentos que lo atestiguan es éste: el baqueano del Ramo de Guerra, Silvestre Bogarín, decía en una nota de 1795 que condujo sal, poroto, tabaco y yerba a Villa Real de la Concepción para su remisión al fuerte Borbón y al nuevo establecimiento del río Corrientes. (Arch. Nac., Vol. 3380 Nueva Encuad.)
Y en el mismo año, el Gobernador Alós ordenaba al Administrador del Ramo de Guerra que entregue a los indios mbocovíes venidos del Gran Chaco algunas arrobas de yerba y tabaco. (Arch. Nac., Vol. 594 Nueva Encuad.)
Hasta la ganancia de la yerba-mate vendida en Buenos Aires era destinada para cubrir los gastos que la Real Hacienda de la Provincia desembolsaba en la manutención de los fuertes de Borbón y San Carlos, como consta en un manuscrito de 1798. (Arch. Nac., Vol. 33, Nº 1-8).
La estancia de Villa Real de la Concepción fue trasladada al fuerte Borbón, como lo prueba un expediente de 1802. (Arch. Nac., Vol. 12, Nº 18).
Anteriormente nos hemos ocupado ya de los afanes de los gobernadores Pinedo, Alós y Ribera para poblar más intensivamente el Chaco. No hay, pues, por qué insistir sobre ello.
Resumiendo, podemos decir que el ganada vacuno y caballar, las partidas de yerba, tabaco, sal y demás víveres y todo lo necesario para la colonización del Chaco, eran proveídos constantemente con los ímprobos esfuerzos del Paraguay.
Capítulo VII
LOS LÍMITES ÉTNICOS, GEOGRÁFICOS Y JURÍDICOS
Existe una gran similitud entre el litigio de fronteras de Guatemala y Honduras y el surgido entre el Paraguay y Bolivia.
"Es indudable – expresa la Memoria de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Guatemala (1938) – que ni la una ni la otra de las naciones contendientes podría aspirar a otra frontera que la existente entre las provincias de Guatemala y Honduras al tiempo de la Independencia: el uti possidetis de aquel año se imponía como medio de llegar a un procedimiento racional en el juicio arbitral que se proyectaba". Pero una dificultad surgió: "Se pretendía por Honduras – dice el informe de la Delegación guatemalteca – convertir la cuestión de límites en una cuestión territorial y, aunque siempre mantuvo ese equivocado criterio, el laudo del Tribunal Especial de Límites fue terminante, dejando sentada la doctrina de una justa y prudente interpretación del principio del uti possidetis, tal como lo había sostenido Guatemala en el curso de los debates".
El Tribunal Especial de Límites entre Guatemala y Honduras fue presidido por el Presidente de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América, Honorable Charles Evans Hughes, e integrado por el doctor Emilio Bello Codesido (chileno) y el Licenciado Luis Castro Ureña (costarricense). El citado tribunal dictó su Fallo Arbitral el 8 de enero de 1933, siendo su resultado favorable a Guatemala.
La argumentación de dicho documento es sólida y contundente. Uno de los pasajes más medulares, y que revela, al propio tiempo cuán lógica y justa es la tesis sostenida por el Paraguay, es el siguiente:
"La expresión "uti possidetis" se refiere, indudablemente, a posesión. Hace de la posesión la norma. Al determinar en qué sentido las Partes se refirieron a la posesión, debemos considerar su situación al fenecer el régimen colonial. No era su condición la de Estados en guerra que aceptaban un status territorial, nacido de la conquista, para terminar las hostilidades. Ni derivaba tampoco sus derechos de diferentes soberanos. E1 territorio de cada una de las Partes había pertenecido a la Corona de España. El dominio del Monarca español había sido absoluto. De hecho y de derecho, la Corona había estado en posesión de todo el territorio de cada una de ellas. Como antes de la Independencia cada entidad colonial era simplemente una unidad administrativa sujeta, en todo respecto, al Rey de España, no había posesión de hecho ni de derecho, en el sentido político, independiente de la posesión del Monarca. La única posesión de una y otra entidades coloniales antes de su independencia, era la que se la pudiese atribuir en virtud de la autoridad administrativa de que disfrutaba. Por tanto, el concepto del "uti possidetis de 1821" (de 1811, en el caso del Paraguay) necesariamente se refiere a un control administrativo fundado en la voluntad de la Corona española. Con el objeto de trazar la línea del "uti possidetis de 1821" debemos establecer la existencia de tal control administrativo. Cuando la entidad colonial ejercía control administrativo con anuencia del Monarca español, no cabe duda de que se trataba de un control jurídico y la línea trazada de acuerdo con tal control sería una línea jurídica. Si, por otra parte, antes de la Independencia, cualquiera de las dos entidades coloniales hubiera hecho valer un control administrativo contrario a la voluntad de la Corona española, ello habría constituido una mera usurpación, y puesto que, ex hipothese, el régimen colonial aún estaba en existencia y la única fuente de autoridad era la Corona (excepto en el transcurso del breve período de la vigencia de la Constitución de Cádiz), tal usurpación no podía revestir ningún carácter de "posesión" opuesto a la posesión de hecho y de derecho de la Corona".
Pasemos ahora al litigio de fronteras entre el Paraguay y Bolivia. Y veamos cuáles fueron durante el coloniaje sus límites étnicos, geográficos y jurídicos.
Las migraciones de los guaraníes a los contrafuertes andinos comenzaron ya en la época precolombina. Una vez allí establecidos, fueron denominados chiriguanos. El Tahuantisuyo o tierra de los quéchuas – donde dominaba el Inca, es decir, el Emperador – lindaba con los chiriguanos. Otros guaraníes cruzaron también el Chaco y fueron a establecerse en la región del Parapití; éstos recibieron el nombre de guarayos. Varios miles de guaraníes, acompañando a Alejo García, Juan de Ayolas, Alvar Núñez y Domingo de Irala, se dirigieron también a esas regiones, donde quedaron en definitiva. Y aún hoy, son chiriguanos y guarayos, es decir, guaraníes, los habitantes de esa fértil zona, donde tienen establecidos los villorios de Camatindy, Tigüipa, Machareti y Ñancorainza. La Cordillera de los Chiriguanos, el río Parapití y la Sierra de Santiago constituyen, pues, los límites étnicos del Chaco.
La vasta planicie del Chaco se extiende en el oeste hasta la Cordillera de los Chiriguanos, en el noroeste hasta el río Parapití y en el norte hasta la Sierra de Santiago. En toda la inmensa llanura no existe ningún accidente geográfico prominente que pudiera servir de límite arcifinio con el Alto Perú. Sólo se encuentra, de tanto en tanto, alguna cañada o cauce seco, es decir, ríos que son tales únicamente cuando llueve. En cuanto a la serranía que en dirección norte-sur pasa por Carandayty, Capiirendá e Ybybobó (toponimia guaraní que significa Palmar, Pajonal y Tierra Agrietada), es apenas una cadena de escasa altura. Más al oriente de ésta ya no hay ninguna otra. Y trazar una línea de puntos imaginarios es procedimiento poco aconsejable por los conflictos fronterizos que suele traer aparejados. La Cordillera de los Chiriguanos, el río Parapití y la Sierra de Santiago son, por tanto, los límites geográficos del Chaco.
La entidad colonial Provincia del Paraguay era una unidad administrativa. Ella se extendía, según lo hemos visto ya, hasta los confines de Santa Cruz, Charcas y Chiquitos. Centenares de cartas geográficas obrantes en la Mapoteca de la Sección Límites (Ministerio de Relaciones Exteriores), indican también que el territorio del Chaco – el Pays Marecageaux, como gráficamente lo llamaban algunos cartógrafos del coloniaje –, estuvo siempre comprendido en la jurisdicción de esa unidad administrativa.
Y que el Paraguay ejercía control administrativo en el Chaco, por medio de sus autoridades civiles, eclesiásticas y militares, lo hemos demostrado con documentos relativos a colonias, reducciones, fuertes y expediciones, hechos ostensibles y evidentes de que la jurisdicción paraguaya era reconocida, permitida o tolerada por el Monarca español en el decurso de los años. Y como la Provincia ejercía el control administrativo, o sea el control jurídico, hasta los confines de su jurisdicción, tenemos que la Cordillera de los Chiriguanos, el río Parapití y la Sierra de Santiago constituyen los límites jurídicos del Chaco. De donde se deduce, dada la absoluta identidad existente entre los límites étnicos, geográficos y jurídicos de los confines chaqueños, que tal es la única delimitación procedente y justa.
IV PARTE
LA REVOLUCIÓN
Capítulo I
EL ALUD NAPOLEONICO RUEDA A LA PENÍNSULA
De nada servían todas las coaliciones que se formaron en Europa para resistir a sus planes. El poder del temido corso era irresistible. Y la suerte le sonreía siempre. Cuando sólo era el General Bonaparte – al servicio de los principios de la Revolución Francesa –, anduvo ya de victoria en victoria. Su actuación como Cónsul de la República había sido eficaz y progresista. Pero, su ambición – tan grande como su talento –, la convirtió en el Emperador Napoleón. Haciendo tabla rasa de los ideales de la Revolución – libertad, igualdad, fraternidad –, implantó la dictadura, creó una nueva nobleza y llevó la guerra a toda Europa, cubriéndose de gloria mientras los hombres morían por millares. Sin embargo, allí cerca, al otro lado del canal, se erguía orgulloso un acantilado inhóspito y abrupto que desafiaba su inmenso poder. Única nación que le hacía sombra, era necesario abatirla. Pero, para preparar la invasión, debía obtener antes el apoyo de Portugal. Esta nación se negó a complacerle. Resolvió entonces atacarla. Para esto era necesario atravesar por España. Por un tratado – el de 1807 –, ésta se obligaba a permitirlo. Y poco después se producía, en Bayona, la tragicomedia por la cual los monarcas españoles entregaban su patria al invasor y, en Portugal, la huida del Príncipe Regente Don Juan (el futuro Juan VI) a su colonia del Brasil.
El Rey de España, Carlos IV, era hombre sin carácter que se limitaba a sancionar lo que su mujer, María Luisa, decidía. Ésta, a su vez, no era sino un elemento de su favorito, el joven, ambicioso e infatuado primer ministro, Godoy. Amante dominador de la reina madurona, Godoy era un jefe desproporcionado a la magnitud de los problemas que se imponían a España en aquel período histórico. El príncipe heredero, Fernando, humillado y cubierto de apodos y de afrentas, rumiaba en secreto sus odios y su venganza. Falso y miedoso, desleal y embustero, su gobierno fue uno de los peores que sufrió España.
Con el pretexto de reconciliar a Carlos IV con su hijo Fernando VII – quien le había obligado a abdicar a raíz del motín de Aranjuez –, Napoleón los citó en 1808 a una conferencia en Bayona. Allí consiguió que Fernando abdicara en favor de su padre y éste en favor de Napoleón. Retuvo prisioneros a ambos, e hizo proclamar a su propio hermano José Bonaparte, quien fue apodado bien pronto con el mote de "Pepe Botellas", El pueblo español, indignado, se levantó en armas en defensa de su libertad. Napoleón, ante esa resistencia, se vio obligado a invadir España con 200.000 hombres.
Esta masa considerable rodó de los montes Pirineos a los valles ibéricos con violencia y estrépito. La Junta de Sevilla, constituida en representación del monarca depuesto y como protesta contra el rey intruso, tendrá que huir a Cádiz y, más tarde, a la isla de León. La avalancha tropezará, sin embargo, con obstáculos; el pueblo español la hostilizará en una terrible guerra de guerrillas que durará seis años y que no dará cuartel a las tropas francesas. Esa guerra será el comienzo del fin de la dominación bonapartista. En España empezará a eclipsarse la estrella de Napoleón.
El alud amenazaba cubrir toda la Península. Ante la negativa lusitana, el ejército francés invadió Portugal por la frontera del este. "Hábil a pesar de su timidez, entre inerme y malicioso – anota Calmón –, el Príncipe Regente Don Juan no quería en ningún caso la guerra, que por un lado amenazaba al trono – a punto de zozobrar en la vorágine de la invasión, como el de España – y, por otro, amenazaba a los dominios, que representaban la riqueza de Portugal. Inglaterra confiaba en la antigua e invariable lealtad portuguesa, pero no por eso alejaba del Tajo a una de sus escuadras que, en cualquier momento, podía bombardear Lisboa, si el gobierno del país asumiera una actitud antibritánica". Lord Strangford, ministro de Inglaterra, se refugió en una nave. "De noche, secretamente, iba el Príncipe Regente a confiarle los secretos políticos. Fue Strangford quien le mostró el ejemplar del "Monitor" de París con el decreto de Napoleón que abolía la monarquía portuguesa y dividía el reino en tres provincias. Esto ocurrió el 11 de noviembre de 1807. No se le ocurrió otra cosa a la Corte, instigada por los ingleses, que la fuga al Brasil, aconsejada por Inglaterra. América se dibujaba como refugio de la vieja Europa. Pero esta vez no se justificaba ya demora alguna. Se señaló la partida de la familia real para el 27 de noviembre, y ya el 25 el general Junot, al frente de un ejército que avanzaba velozmente, entraba en Abrantes, a 22 leguas de Lisboa. Tenía orden de apoderarse de la casa reinante. Debía prender en su palacio a los Braganza. El reino no se defendía. La vacilación del gobierno lo había entregado, desarmado, a la invasión. Junot podía recorrer sin peligro, a pesar del lodo de los caminos y la inundación de los ríos, aquella tierra tan enemiga hasta entonces de los soldados extranjeros. El porvenir no tenía esperanzas para Don Juan. Como la escuadra se ofreció para custodiarle, dio orden a todos los nobles, a los altos funcionarios, a los generales, a las personas principales de la Corte, de acompañar a la dinastía al Brasil. Se embarcaron 15.000 personas, entre dignatarios, eclesiásticos, magistrados, criados y tropas, llevando cada cual lo que pudo transportar. El 30 de noviembre, Junot entró en Lisboa; ese día, la flota luso-inglesa desaparecía en el horizonte".
Capítulo II
INTRIGAS EN RÍO Y REVOLUCION EN BUENOS AIRES
La escuadra ancló en Bahía el 28 de enero la 1808. Y la Corte portuguesa quedó establecida en el Brasil por largos años.
Miedoso y tímido, disimulado y contemporizador, tales eran las características principales de la fisonomía moral del futuro Juan VI de Portugal.
Su esposa, la Princesa Carlota Joaquina de Borbón, era hija de Carlos IV y de María Luisa. Hermana, por tanto, de Fernando VII. "Fea, despótica, escandalosa, libidinosa, grosera, inteligente y entusiasta – dice Calogeras –, figura popular para dirigir las pasiones de la multitud, capaz de inspirar sacrificios, como bandera que se tornó de una causa con innúmeros adeptos, el absolutismo intransigente, fue la gran víctima del hecho, de que no tenía culpa, de encerrar una fuerte alma masculina en un cuerpo, poco favorecido sin embargo, de mujer. Hija primogénita del casal reinante en España, y casada por conveniencia política con el Príncipe del Brasil, érale superior bajo muchos aspectos. Tenía voluntad, y tenacidad de propósito. Era capaz de dedicarse. Tenía un ideal, por el cual sabría sufrir. No transigiría con sus principios, cuando de un acto de aparente sumisión proviniesen notorias ventajas personales. Era ella verdaderamente un cabo, un conductor de hombres".
La Corte de Río de Janeiro movíase en medio de una extraña sociedad de aventureros y exploradores, inteligentes, audaces y sin escrúpulos. El primer ministro, Rodrigo de Sousa Continho, Conde de Linhares, era el vínculo de unión entre agentes ostensivos y agentes confidenciales, no siempre confesables. Carlota Joaquina, que odiaba a su marido, siempre tomaba posición adversa a la de éste. Por lo demás, el Príncipe Regente se había lanzado en manos de los liberales. Ella, en cambio, era absolutista por temperamento. Cada tendencia tenía, pues, como jefe a uno de los cónyuges. Carlota Joaquina se sentía heredera de los derechos de su cautivo hermano Fernando VII a las posesiones españolas de América. Y su sueño era hacerse coronar Emperatriz del Río de la Plata. Don Juan, cauteloso, auxiliaría desde lejos esa pretensión, en cuanto su apoyo no perjudicase los intereses de la monarquía bragantina. Surgiendo un conflicto, prevalecería el punto de vista de Portugal. El plan secreto de Sousa Coutinho era apoderarse del Uruguay (antigua esperanza de la Corte de Lisboa) y, además, del Paraguay. Inglaterra también desarrollaba su política, representada por su ministro Lord Strangford. Política de equilibrio y de matices. Inglaterra necesitaba de mercados para vivir. No la convenía que se extendiese demasiado el poder lusitano. Tampoco podía perjudicar a España continental, con la que había ajustado un pacto de alianza contra Napoleón. De ahí que no podía favorecer ninguno de los puntos de vista extremados. Los factores conjugábanse, pues, para producir resultados contradictorios. Y en medio de tanto embrollo, tejía su urdimbre la intriga.
Desde los primeros días de la llegada de la Corte a Río, alimentaba el gobierno una legión de agentes confidenciales en Buenos Aires, cuya instrucción era de trabajar con prudencia y tenacidad por la pretensión de la Princesa Carlota Joaquina. Así, lentamente, iba ésta granjeando prosélitos, prometiendo beneficios, exponiendo programas.
Los prohombres de Buenos Aires no pensaban en una solución republicana, excepto Moreno, Castelli y Rivadavia. Eran sinceramente monarquistas Belgrano, Saavedra, Paso, Alberti, Vieytes, Rodríguez Peña y Pueyrredón. Monárquico se manifestó también más tarde San Martín, que por entonces se encontraba en Europa. Ellos consideraban que la Junta de Sevilla era una agremiación que no representaba al rey encarcelado, sino sólo a una determinada provincia del reino. Y que, por tanto, igual derecho les asistía para crear ellos mismos una junta local. De ahí que no reconocían autoridad al Virrey Cisneros, nombrado por la Junta de Sevilla.
Sería mejor aún, decían, si al nuevo gobierno constituido presidiese una persona cuya autoridad se legitimase por sus derechos dinásticos, en tal forma que pueda legalmente asumir la regencia. Podría formar así una monarquía constitucional. Tal solución era posible. Próxima a Buenos Aires, reinando sobre un vasto imperio que podía proteger al naciente Estado, se hallaba una infanta, hermana de Fernando VII. No había razón para no confiar en el patriotismo español de Carlota Joaquina.
Saturnino Rodríguez Peña, residente en Río, era el principal elemento de enlace entre la princesa y los conspiradores porteños. Belgrano y Pueyrredón fueron enviados más tarde como emisarios. Los prohombres locales y los agentes confidenciales hacían propaganda en Buenos Aires a favor de tal candidatura. Preparaban un recibimiento clamoroso a su llegada. Pero Don Juan, después de haber consentido en el viaje, retiró el permiso. Debióse ello quizás al miedo de ser derrocado de su propio trono, por el odio conyugal de la mujer, poderosa al final. O quizá por creer que podía surgir un obstáculo perjudicial a la política tradicional de Portugal. Puede también que tal actitud se haya debido a la oposición inglesa, representada por Lord Strangford. Sea cual fuere la causa, lo cierto es que – como dice Calogeras –, el acuerdo entre los liberales porteños y la intransigente Princesa no habría durado mucho tiempo, "por el anacronismo que la solución representaba: una mentalidad absolutista, a la moda del siglo XVIII en sus comienzos presidiendo los destinos de un país con tendencia y aspiraciones francamente modernas, e inspiradas por las luces y necesidades de organismos a evolucionar ascensionalmente. Entre ambos grupos mediaba un siglo todo: el siglo del Enciclopedismo".
Los elementos porteños favorables a la regencia quedaban entregados a sus propias fuerzas e inspiraciones. Y así pasaron los años de 1808 y 1809.
El 13 de Mayo de 1810 llegó de Gibraltar el bergantín "Filipino", con la noticia de la derrota de los españoles. Las tropas francesas estaban en Andalucía y la Junta Gubernativa había huido a la isla de León. Sólo el 18, el virrey Cisneros se resolvió a publicar la noticia en un manifiesto en que aconsejaba calma a la población. La nueva produjo un gran revuelo. Los hombres que preparaban la revolución para derrocar al Virrey, empezaron a trabajar activamente, celebrando reuniones en la quinta de Rodríguez Peña, en la jabonaría de Vieytes y en partidas de caza organizadas para disimular el propósito de la reunión. El Virrey se vio obligado, ante la agitación popular, a convocar un Cabildo abierto o Asamblea general, al que concurriría "la parte principal y más sana del vecindario".
Reunida la Asamblea el 22, el Obispo Lué afirmó que aunque sucumbiera España en poder de los franceses, nada pasaba en América mientras existiera en ella un español, a quien correspondería su gobierno. Castelli rebatió esto con la teoría de la igualdad de España e Indias. EI debate prosiguió tumultuoso. Finalmente procedióse a votar, siendo éste el resultado: declarar caduca la autoridad del Virrey y facultar al Cabildo a constituir una Junta Gubernativa. El 23 transcurrió sin novedades. El Cabildo, partidario del Virrey, divergía de la resolución tomada. Pretendiendo burlar la voluntad de la Asamblea general, resuelve el 24 investir a Cisneros de la presidencia de la Junta que se creaba. En esta forma, aunque bajo diferente rótulo, el poder continuaba en la misma persona. Gran descontento produjo en el pueblo el bando en que se hacía conocer la composición de la Junta. A tal punto que ésta tuvo que devolver el poder al Cabildo. El núcleo dirigente de jóvenes revolucionarios redactó una representación escrita para elevarla al Cabildo al día siguiente. En dicho documento se consignaba los nombres de las personas que debían constituir la nueva Junta. Se la hizo circular por la ciudad durante toda la noche, habiéndose obtenido 409 firmas. Esa misma noche los jóvenes oficiales French y Berutti se ocuparon de reclutar gente de los suburbios para apoyar el movimiento.
El 25, a pesar de la incesante llovizna, enorme gentío se iba aglomerando en la Plaza Mayor, frente al Cabildo. En una mercería de la Recova, French y Berutti compraron cintas de color blanco y celeste y las distribuyeron como distintivos entre los partidarios de la causa. Como la sesión del Cabildo se prolongaba mucho, la gente invadió los corredores, y mientras daban fuertes golpes en la puerta de la sala, se oyó una voz que decía: "El pueblo quiere saber de qué se trata". Martín Rodríguez tuvo que salir a serenar los ánimos. Presentado el escrito, los regidores exigieron que se congregase el pueblo en la Plaza para ratificar su contenido. Transcurrido un largo rato, salieron al balcón, y viendo en la Plaza poca gente, el síndico Leiva preguntó: "¿Dónde está el pueblo?" Los de abajo contestaron que la gente se había retirado por ser hora inoportuna, pero si quería ver al pueblo, se agitase la campana del Cabildo, o ellos tocarían generala. El Cabildo, ante esta amenaza, hizo leer el pedimento y la Plaza lo ratificó. La junta Gubernativa fue designada, pues, en la forma que exigía el escrito del 24. Es decir, presidida por el coronel Saavedra e integrada con los abogados Moreno, Belgrano, Castelli y Paso, el comandante Azcuénaga, el presbítero Alberti y los comerciantes – españoles, pero revolucionarios – Matheu y Larrea.
Capítulo III
UNA AMALGAMA DIFÍCIL
A Junta Gubernativa de Buenos Aires dirigió una circular a las provincias integrantes del Virreinato del Río de la Plata, exhortándolas a reconocer su autoridad. El Cabildo de Buenos Aires, por su parte, envió otra circular en el mismo sentido. "El pueblo de Buenos Aires – decía –, no pretende usurpar los derechos de los demás del Virreinato pretende, sí, sostenerles contra los usurpadores". En realidad, el programa de la revolución, al crear el nuevo gobierno, había decretado el sometimiento violento de todo el Virreinato a la autoridad municipal de Buenos Aires. Claro que todo se hacía en nombre de la libertad. "El pueblo pedía – dice el doctor Ricardo Levene –, que fuese una expedición militar, la expedición libertadora o de la libertad, a extender en las provincias la Revolución de Mayo". La llamarada de entusiasmo pretendía reeditar las hazañas de los ejércitos republicanos de Francia: convertirse en auxiliar y protectora de todos los revolucionarios. Sólo que aquí faltaba la "Marsellesa", ese canto que – como dice un escritor – "aun hoy enciende la sangre como el buen vino".
"Aquella Junta – comenta Mariano A. Molas – que con calidad de provisional, era creatura de sólo el pueblo de Buenos Aires, que bien conocía que como capital o residencia de los Virreyes y demás tribunales superiores del Virreinato, no tenía el derecho exclusivo, preeminente o privilegiado de arrogarse y resumir a sí sola el mando superior, sobre las demás provincias y pueblos que no la habían transmitido sus originales derechos... sin aguardar que las demás provincias la reconociesen y se sometiesen a su superioridad, de que la revestía el Ayuntamiento de Buenos Aires, empezó a ejercerla y a extenderla sobre las demás provincias como derivada de la libre voluntad de ellas; y pretendía que también el Paraguay la reconociese".
El comandante José de Espínola, recientemente separado por el Gobernador del Paraguay – Bernardo de Velasco – de la jefatura de Villa Real de la Concepción, se encontraba en Buenos Aires, gestionando ante el Virrey Cisneros su reposición en el cargo, cuando se produjo el movimiento del 25 de mayo. Tratando de sacar el mejor partido a favor de sus particulares intereses, se plegó de inmediato a la revolución triunfante, juró obediencia a la nueva autoridad y se ofreció a atraer a la Provincia del Paraguay, allanando personalmente con su influencia cualquier dificultad. La Junta, creyendo que se trataba de un valioso apoyo, le entregó unos pliegos para el gobierno del Paraguay, en que se pedía el reconocimiento de la misma y la cooperación de la Provincia.
El Paraguay se resistió espontánea y vigorosamente, como veremos luego. Las causas que inspiraron esa reacción no puede limitarse a la escasa simpatía con que contaba Espínola en el seno de sus coterráneos, ni a un espíritu de localismo. Las causas eran mucho más profundas. "Existía – señala Moreno – un fuerte sentimiento de solidaridad: solidaridad en el sufrimiento, solidaridad en las protestas, solidaridad en la indignación sorda que produce el esplendor ajeno considerado como causa de la miseria propia. Resentimiento que se extiende, además, a cuanto afecta al esfuerzo o al orgullo colectivo bajo la calificación de "paraguayos". Es frecuente asimismo escuchar la palabra "patria" expresada en un sentido marcadamente regional y propio. Todo ello venía elaborando, en el transcurso del tiempo, el fuerte vínculo nacional. La raíz de este vínculo la encontramos desde el principio cimentado en el orden económico. Y así, cuando vemos al pueblo levantarse airado contra un obispo, contra los jesuitas o contra cualquier autoridad, bajo banderas que proclamaban, a veces, avanzados principios, no nos engañemos creyendo encontrar en esos hechos móviles puramente políticos. El pueblo paraguayo tardó sin duda mucho tiempo en darse mediana cuenta de sus derechos; pero tuvo siempre una visión bastante clara de sus intereses.
Imaginémonos esta provincia tal como era entonces, abandonada en el corazón del continente, dentro de su circunscripción, con su pueblo homogéneo, su educación severa, su lengua expresiva y enérgica, sus intereses de un mismo orden, su vigorosa y persistente aspiración económica. Imaginémonosla, recordando los factores que presidieron su desenvolvimiento; y habremos por fuerza de reconocer que esta provincia constituía una sociedad con carácter propio – sin semejanza con provincia alguna –, dentro de la vasta extensión del Virreinato. Y reconoceremos asimismo, en la uniformidad, en la cohesión de sus elementos constitutivos, de sus caracteres psicológicos, en el especial proceso histórico de su propia vida, los, sólidos fundamentos de la nacionalidad".
Tales condiciones sociales y tales sentimientos, elaborados en siglos de aislamiento, desamparo y opresión, no eran sospechados siquiera por los ardorosos paladines de la revolución porteña. De ahí que no percibiesen lo difícil que les resultaría realizar la amalgama que se proponían. Buenos Aires, fundada por Asunción en 1580 y dependiente de ésta hasta 1617, había sido convertida en 1776 en capital del nuevo virreinato. Asunción quedó, pues, desde entonces bajo la jurisdicción de aquélla. Pero, a poco de producirse la división de 1617, ya comenzó a delinearse el predominio económico de la futura capital del Virreinato, que lo ejerció desde un comienzo con carácter absorbente y opresivo. Santa Fe – hija también de Asunción – inició, a su vez, una política egoísta, según hemos visto ya al ocuparnos del Puerto Preciso y los impuestos de sisa, arbitrio, alcabala, etc. Esas tendencias, que ahogaban al comercio paraguayo, llegaron a adquirir con el tiempo carácter sistemático.
Llegado a Asunción, el comandante José de Espínola entregó al Gobernador Velasco los oficios en que la Junta de Buenos Aires solicitaba reconocimiento y cooperación. Pero enterado Velasco de que Espínola traía además una credencial secreta, en que se le autorizaba a removerle del mando y suplantarle, intimó al emisario que se retirase a Villa Real de la Concepción, en donde se proponía tenerle recluido. Entonces Espínola, fingiendo acatar la orden, tomó aguas abajo y escapó a Buenos Aires. A raíz de la circular de la Junta, Velasco había reunido el Cabildo de Asunción para escuchar su parecer. Dicha corporación informó "que tratándose de un asunto extraordinario de la mayor gravedad, y en cuya resolución se interesaba toda la Provincia, convenía proceder con toda madurez y circunspección, conociendo fielmente su voluntad, y que para ello se convocase una Asamblea general del clero, oficiales militares, magistrados, corporaciones, hombres literatos y vecinos propietarios de toda la jurisdicción, para que decidiesen lo que fuese justo y conveniente". El Gobernador convocó, pues, a Cabildo abierto o Asamblea general, fijando su reunión para el 24 de julio.
En la fecha indicada, llevóse a cabo la Asamblea en el local del Real Colegio Seminario de San Carlos. Asistieron a ella el Gobernador, los regidores del Cabildo y los invitados. Refiriéndose al doctor José Gaspar de Francia, dice Somellera en sus "Notas" a Rengger: "Pero yo, que en una reunión provocada por Velasco el año anterior, creo que fue el 24 de julio, le había oído opinar y sostener que había caducado el gobierno español..." Molas, sin embargo, asegura que la resolución de la Asamblea fue adoptada con gran precipitación, "sin dar lugar a que nadie diese su voto libremente". Y Benítez, por su parte, agrega, al ocuparse del doctor Francia, que "su firma no aparece en el Acta del Congreso del 24 de julio de 1810".
El hecho a que se refiere J. P. Robertson es posterior. "Con ocasión – dice – de la instalación de la Junta que suplantó en el Paraguay a la autoridad de España (es decir, en 1811)... Francia... dirigiéndose a la mesa y tomando colocación ante varios funcionarios oficiales, colocó ante él un par de pistolas cargadas y dijo: «Estos son los argumentos que traigo contra la supremacía de Fernando VII».
La Asamblea resolvió: 1º "Proceder al reconocimiento y solemne jura del Supremo Consejo de Regencia, legítimo representante de Nuestro Soberano el Sr. Don Fernando VII". 2º "Que se guarde armoniosa correspondencia y fraternal amistad con la Junta Provisional la Buenos Aires, suspendiendo todo reconocimiento de superioridad en ella hasta tanto que S. M. resuelva lo que sea de su soberano agrado". 3º "Que en atención a estarnos acechando la potencia vecina (Portugal), se forme a la mayor brevedad una Junta de Guerra para tratar y poner inmediatamente en ejecución los medios que se adopten para la defensa de esta provincia". 4º "Que se dé cuenta al Supremo Consejo de Regencia y se conteste a la Junta Provisional de Buenos Aires con arreglo a lo resuelto y acordado en esta nota".
El Congreso del 24 de julio de 1810 interpretaba, así, fielmente el sentimiento público. Su aparente españolismo no era en el fondo otra cosa que una defensa contra la pretensión porteña. Y ello tiene su explicación en el hecho siguiente: de la doble cadena que sufría el Paraguay – España y el Virreinato – "la de la madre patria resultaba – como dice Moreno –, muchísimo más lejana, más floja y llevadera". Y ya llegaría también – como, en efecto, pronto llegó la oportunidad de sacudir esa influencia.
El principio de la libre determinación comenzaba a regir los destinos de América. Por eso, es desconocer la génesis de nuestras nacionalidades pretender radicada sólo en las grandes organizaciones – Virreinatos, Audiencias, Capitanías Generales – y negarle ese derecho soberano a los pueblos. La acción emancipadora de las colonias españolas fue esencialmente un movimiento de provincias que, al romper el nexo que las ligaba a la metrópoli, asumieron directamente la plenitud de la soberanía para crear nuevas entidades nacionales. Fueron los pueblos de las provincias, en realidad, los que estructuraron las nacionalidades americanas.
Capítulo IV
EXPEDICION DE BELGRANO
Bien se veía – teniendo en cuenta las amenazas proferidas por Espínola en su huida – que la Junta de Guerra para la defensa de la Provincia, creada por la Asamblea del 24 de julio, no iba enderezada contra Portugal – a pesar de que ésta en realidad acechaba –, sino contra Buenos Aires, que constituía por entonces un peligro mayor por la inminencia de una invasión.
Velasco – en vísperas de su partida a las Misiones transparanenses, donde pensaba apoderarse de las armas que hubiese disponibles –, mandó desocupar el Colegio de San Carlos convirtiéndolo en cuartel general, cerró el puerto e hizo parar el tráfico comercial, pertrechó algunos buques y los envió a guardar la boca del río Paraguay, y cubrió todos los pasos del Paraná con milicianos. Y, por último, dejó provisoriamente el Gobierno en manos de un triunvirato de cabildantes: Haedo, Recalde y Carísimo.
No eran vanas las precauciones tomadas por el gobierno del Paraguay. En efecto, poco después, la Junta porteña enviaba una expedición con el objeto de apoderarse de la Provincia y anexarla a Buenos Aires. Y encargaba la jefatura de la misma a uno de sus miembros más prominentes: Manuel Belgrano, abogado que, por patriotismo, acató su designación como general improvisado. A las fuerzas de su mando se plegaron unos pocos paraguayos "porteñistas", es decir, partidarios de la anexión: José Ildefonso Machaín, José Alberto Cálcena y Echeverría, y dos hijos del comandante Espínola: José y Ramón.
Llegado que hubo al Paraná, Belgrano lo cruzó sin inconvenientes, pues las patrullas paraguayas tenían orden de replegarse, a fin de atraerlo hacia el grueso de las fuerzas milicianas. Según los falsos informes que diera Espínola a la Junta, numerosos paraguayos se irían agregando a la expedición. Convencido Belgrano del error, escribió a la Junta: "Desde que atravesé el Tebicuary no se me ha presentado ni un paraguayo, ni menos los he hallado en sus casas; esto, unido al ningún movimiento hecho hasta ahora a nuestro favor, y antes por el contrario, presentarse en tanto número para oponérsenos, le obliga al ejército de mi mando a decir que su título no debe ser de auxiliador, sino de conquistador del Paraguay". En todas sus comunicaciones a la Junta hablaba de la conquista a realizar, y en una de ellas decía: "Quiera Dios que sea feliz, para que pueda venir con todos y entrar a la conquista de los salvajes paraguayos, que sólo se pueden convencer a fuerzas de balas". Confiaba plenamente en la victoria; de los paraguayos decía que "no son en su mayor parte sino bultos: los más no han oído aún el silbido de una bala". Sin embargo, más tarde – después de las dos derrotas sufridas –, termina declarando haberse encontrado con un pueblo. "V. E. no puede formar una idea bastante. – llegará a decir –, a qué grado de entusiasmo han llegado, bajo el concepto que oponiéndose a las miras de V. E., defienden la patria, la religión y lo que hay de más sagrado. Así es que han trabajado para venir a atacarme de un modo increíble, venciendo imposibles que sólo viéndolos pueden creerse; pantanos formidables, el arroyo a nado, bosques inmensos e impenetrables, todo ha sido nada para ellos, pues su entusiasmo todo lo ha allanado. ¡Qué mucho! Si las mujeres, niños, viejos y clérigos y cuantos se dicen hijos del Paraguay, están entusiasmados por su patria".
Velasco se puso al frente de las tropas paraguayas, las que esperaban al invasor en el lugar denominado Paraguarí, antiguo colegio de los jesuitas, situado a 18 leguas de Asunción. Las tres divisiones estaban a cargo del Coronel Pedro Gracia, Teniente Coronel Manuel Atanasio Cabañas y Teniente Coronel Juan Manuel Gamarra. El ejército invasor acampó cerca de allí, en las faldas del Mbaey (desde entonces llamado Cerro Porteño). Entre ambos ejércitos corría el arroyo Yuquerí. El 19 de enero de 1811, a las tres y media de la madrugada, se produjo el choque. La infantería española se desbandó a poco de empezada la lucha. También se puso en fuga Velasco, quien, para no ser reconocido, arrojó al suelo su uniforme de Brigadier, con su lente y boquilla de oro, y fue a ocultarse en la Cordillera de los Naranjos. Los porteños avanzaron hasta Paraguarí, donde se apoderaron de las provisiones del cuartel. Los paraguayos quedaron librados a sí mismos. Fue entonces cuando Cabañas y Gamarra, al frente de sus divisiones, cayeron impetuosamente sobre los flancos del enemigo. Este, con Belgrano a la cabeza, tuvo que retirarse precipitadamente en dirección al sur, terminando así la batalla de Paraguarí.
Las fuerzas porteñas cruzaron el río Tacuarí, "profundo, rápido, montuoso y sin vados", y se colocaron en su margen izquierda. Apoyaban su derecha en un bosque impenetrable y extenso. Al frente, sobre el paso, colocaron cañones, los que barrerían la picada de la margen opuesta que conducía al paso. A la izquierda, para hacer frente a la escuadrilla paraguaya que podría llegar por ese lado, emboscaron cañones tras un bosquecillo. Cerca del paso se hallaba un montículo, desde entonces llamado "Cerrito de los porteños"; allí se situó Belgrano. A la espalda se extendían otras tantas defensas. Excelente era el punto en que se habían fortificado; inexpugnable por el frente y con barreras enormes por los flancos. El jefe paraguayo, Cabañas, considerando inútil emprender el ataque por el paso, planeó un movimiento envolvente. Había que trazar un puente en la margen superior del Tacuarí, a una legua aproximadamente del punto que ocupaban. El éxito estribaba en la celeridad y en que no sospechase el enemigo. Para realizarlo, había que atravesar pantanos y bosques vírgenes. Se encomendó la difícil misión al Comandante Luis Caballero, padre del futuro prócer de la independencia nacional. "Y el anciano jefe paraguayo – dice Moreno – respondió a esta elección con tan abnegado esfuerzo, que murió poco después de terminar el puente, a consecuencia de las fatigas sufridas, bajo un sol ardiente, en la fragosa margen del Tacuarí". Por esa ruta emprendió su marcha el grueso de las fuerzas, dejando unos pocos hombres en el paso para entretener al enemigo. Cruzando pantanos y malezales, llegaron al puente. Ya en la orilla opuesta, tuvieron que abrir un sendero a machete y sable, entre la enmarañada espesura del bosque. Luego de cruzar un inmenso pajonal, en la mañana del 9 de marzo los paraguayos se presentaron ante las tropas porteñas. Cabañas distribuyó las fuerzas de acuerdo con los Tenientes Coroneles Gamarra, Pascual Urdapilleta y Fulgencio Yegros (futuro prócer, este último, de la emancipación paraguaya). En la oficialidad figuraban también otros futuros próceres de Mayo: Capitanes Pedro Juan Caballero, Antonio Tomás Yegros y Juan Bautista Rivarola, Alférez Vicente Ignacio Iturbe, capellán José Agustín Molas y otros. El plan había sido ejecutado con precisión admirable; al llegar dichas fuerzas, iniciaba el tiroteo la guarnición del paso y subía por el Tacuarí la escuadrilla al mando del Comandante Ignacio Aguirre. El combate fue intenso y prolongado. La escuadrilla paraguaya, desplegada en los flancos, se lanzó a toda carrera sobre las islas. Un jinete enlazó un cañón y lo presentó a Gamarra. Los porteños no pudieron resistir el furioso empuje. Y Belgrano levantó bandera de parlamento sobre el montículo cercano al paso del Tacuarí. Entrevistado con Cabañas, solicitó una capitulación, bajo la promesa de desocupar en seguida el territorio de la Provincia y no volver a hacer armas contra ella. Generosamente, el jefe paraguayo accedió a lo solicitado, sin exigirle ninguna reparación por los inmensos daños que había causado al Paraguay con su pretendida expedición libertadora. Lo que no había conseguido Espínola, tampoco lo pudo realizar Belgrano. Decididamente, tal amalgama era imposible. Aunque no existía aún el Estado paraguayo, la nación paraguaya era desde tiempo atrás una realidad viva y palpitante.
Capítulo V
ASUNCIÓN COLONIAL
Es difícil dar con una ciudad tan típicamente americana como Asunción. Un estudio sobre su ubicación, características urbanas y vida social durante el coloniaje, nos dará, la medida de ello. Basta internarnos en sus callejas tortuosas y pintorescas, escudriñando sus paisajes, sus edificios y sus costumbres, para captar la esencia misma de su alma multiforme y única, y obtener así una exacta visión de la Asunción colonial, donde pronto estallaría la Revolución de la Independencia.
En los planos que, en las postrimerías del coloniaje, confeccionaran don Félix de Azara y don Julio Ramón de César, ingenieros miembros de las partidas de demarcadores españoles, se observa cómo Asunción fue extendiéndose a lo largo de la bahía en forma de anfiteatro. Y vése también allí cuán curioso era su aspecto, con sus arboledas y chácaras diseminadas por los amenos valles de los alrededores. La ciudad de entonces no alanzaba más allá de las actuales calles Colón, Coronel Martínez y México. Lo demás era suburbio.
En realidad, no había sino dos calles, ambas sin pavimento: las hoy denominadas Palma y Buenos Aires. Las demás aparecen como callejones cortos y esfumados entre el desperdigado caserío. Donde hoy está Benjamín Constant, existía una ancha laguna cuyas aguas, formando un riachuelo por la calle 15 de Agosto, pasaban bajo el puente de Santo Domingo y desembocaban en la bahía.
En la obra "El Supremo", de Edward Lucas White, aparece un plano de Asunción en 1809, basado en el de Azara. Allí figuraban los nombres de algunas calles:
Calle Comercio (hoy Buenos Aires)
Calle Espinosa (hoy Presidente Franco)
Calle Pombal (hoy Palma)
Calle Encarnación (hoy Oliva)
Calle Santo Domingo (hoy Juan E. O'Leary)
Calle de la Merced (hoy N. S. de la Asunción)
Calle Concepción (hoy Independencia)
Destacábase, en primer término, el campanario del Convento de Santo Domingo, erigido sobre la colina conocida por Loma Cabará [Kavara], – sitio donde estuvo la casa fuerte de Salazar –, que se extendía desde 15 de Agosto hasta Juan E. OLeary, entre Avenida República y el barranco del río. Cruzando el puente – que figura en el plano de Azara y en una ilustración de Demersay – y siguiendo por la ribera, llegábase al Real Colegio Seminario de San Carlos, que desembocaba poco después en la Plaza Mayor. Allí surgía, hacia el norte, el Cabildo, con su torre-reloj de piedra y ladrillo construida por el ingeniero César. Y junto al Cabildo, el Cuartel de Infantería. Al oeste de la plaza estaba la Real Factoría de Tabacos (en el sitio ocupado hoy por la Escuela Militar). Al este de la plaza, levantábase la Catedral, que había sufrido varias traslaciones a causa de la erosión de la barranca. Más al oriente, a lo lejos, encaramado al rojo barranco, se divisaba el rancherío de naturales denominado Parroquia de San Blas (Chacarita actual). Al sur de la plaza hallábase la Casa del Gobernador, en la actual esquina Alberdi y Buenos Aires que forma cruz con los fondos del Teatro Municipal. Ejemplar típico de la arquitectura colonial, constaba de un solo piso, con pilares y espacioso corredor, que rodeaba el edificio por tres costados. Sobre su interior se abrían el despacho gubernativo, las habitaciones del Gobernador y las oficinas de las Cajas Reales. El zaguán principal daba a la fachada frontera a la bahía. La noble casona sirvió de residencia a los gobernadores Alós, Ribera y Velasco, a la Junta de 1811 y al Dictador Francia, siendo conocida después por Correo-cué. Un día – absurdo prurito edilicio – fue alevosamente demolida por la piqueta municipal.
Siguiendo nuestro deambular, llegamos al Convento de San Francisco. Frente a él se formó más tarde la Plaza de San Francisco, hoy Plaza Uruguaya. Y no lejos de él se encontraba la Parroquia de San Roque. Más allá, las dos calles largas se juntaban y formaban el camino real. Allí estaba Samuhú-peré [Samu'u pere]. "Lo que buenamente pude llamarse ciudad – dice Aguirre – tiene su mayor distancia, desde las Barcas hasta las inmediaciones del árbol Samuhú-peré, árbol célebre que ha dado nombre al barrio y cuya existencia se pierde en la remota antigüedad".
El camino real se alejaba hacia las campiñas, donde abundaban las viviendas mestizas, la "culata yobai" [culata jovái], mezcla del "tapîi" [tapýi] autóctono y de la "casa" peninsular.
El Cabildo había acordado – el 12 de marzo de 1792 – dividir la ciudad en barrios. A causa de la accidentada configuración del terreno, cada uno había tomado el sitio que mejor la parecía. Como consecuencia de ello, la delineación de las calles era caprichosa e irregular. Así se explica que el barrio de Samuhú-peré "será – según el citado acuerdo – tomando la calle que viene de la chácara del señor Arzediano Zamudio, pasando por un lado de las casas del señor Coene, torcerá al norte a espaldas de San Francisco y, pasando por la casa de Santiago Pérez, bajará calle abajo por las casas de don Francisco Duarte y seguirá hasta el río, en cuya división estarán comprendidas todas las casas hasta salir de la ciudad". (Arch. Nac., Vol. 256 Nueva Encuad.).
Regresando hacia el oeste, encontramos el Convento de la Merced. Si superponemos los planos de Azara y César con uno moderno, encontramos que dicho edificio estaba situado en el perímetro Estrella-Independencia-Oliva-N. S. de la Asunción (actual plaza frontera al Banco del Paraguay). Más tarde, desaparecido el convento, se siguió denominando "La Mercé Valle" – barrio de la Merced – a la zona que se extendía hacia el sur hasta la Loma Tarumá. Esta – limitada por las calles Caballero, Río Blanco, Iturbe y Amambay – debía su nombre a los frondosos árboles que se levantaban en su cumbre. Era de verse el general regocijo con que, el 24 de Septiembre, se celebraba en dicha loma el "Tupasi la Mercé ara" [Tupasy la Mercé ara], esto es, el día de Nuestra Señora de la Merced. Allí bailaban, bajo la sombra de los tarumaes, las "cambá la Mercé" [kamba la Mercé]. Adornadas con peinetones de oro y grandes ramos de claveles en la cabeza, con rosarios de coral en el cuello y aros de crisólitos de tres pendientes, luciendo las níveas camisas "typoi" y arremangadas en los costados las faldas de percales con volados fruncidos, danzaban descalzas las garridas mozas, poniendo, con su destreza y su donaire, una nota de color y de alegría en el ambiente de la época. En realidad, las fiestas comenzaban en la víspera y, a veces duraban sin interrupción hasta la octava. Allí, en aquellos contornos, el "ybyrasîi" [yvyrasŷi] o palo enjabonado, la sortija, el toro-candil y la "galopa-pú [galopa pu]" proseguían incansables día y noche. Y, en medio de la profana algazara, no faltaba el matiz cristiano de humildad y misericordia: las "cambá la Mercé" llevaban, el día de la Virgen, comida y aloja a los presos de la cárcel. Esta costumbre popular, que constituye parte integrante del folklore paraguayo, subsistía todavía hace unos treinta y cinco años.
Otras costumbres populares vienen también del coloniaje, tales como los "camba-raangá" [kamba ra'anga], pesebres de Navidad, "cheolos" de carnaval, velorios con música y baile, etc. Y tradiciones populares como el "Caá" [ka'a], "Mburucuyá" [Mburucuja], "Sarakí", "Acá-Pyta" [Akâ pytâ], "Guabirá" [Guavira], "Pirí" [Piri], "Ysypó" [Ysypo], "Payé" [Paje], "Yrupé" [Yrupe], etc.
Más al oeste del Convento de la Merced, se hallaba la Parroquia de la Encarnación, Por Estrella y Ayolas, según se deduce de los planos citados. Años después, durante la dictadura del doctor Francia, el Convento de Santo Domingo, cercano a la barranca, pasó a ser Iglesia de la Encarnación. Dicho edificio fue destruido por un incendio en 1889.
Cerca del puerto (en la esquina de las actuales calles Buenos Aires y Montevideo), se encontraba Machaín-cué [Machaín-kue], que fuera anteriormente residencia de los gobernadores. Y más allá, ya en las afueras, estaban la casa de la pólvora, el horno de ladrillos, las piedras de Santa Catalina, el observatorio y las tolderías de indios payaguaes.
Interesante era el aspecto que ofrecía Palma durante el coloniaje. Bobertson, que llegó poco después de la Revolución, dice que estaban "resguardadas las casas y tiendas de una de sus veredas del sol y de la lluvia, por un prolongado corredor techado parecido a los portales de Chester". Un trecho de esa recova subsistía aun hace pocos años; era el comprendido entre Nª Sª de la Asunción e Independencia. Por donde ahora corren sobre el asfalto los aerodinámicos y hacen sus guiñadas nocturnas los letreros luminosos, existía un caliente arenal, bordeado de naranjos de sombra útil y permanente verdor. Por allí transitaban los funcionarios públicos, frailes y militares, los abogados y tinterillos, los hacendados y chacareros de los aledaños, los embarcadizos, aguadores e indios domésticos. Allí, al sonar la hora de la queda, apagaban sus faroles y cerraban sus negocios los pulperos, horteras y barberos. Por ahí estaría también, o muy cerca de esa arteria, la farmacia de don Juan Gelly, antiguo corregidor de Oruro, que constituía un centro de reunión en que participaban los vecinos de mayor cultura.
Del estilo árabe o morisco había surgido, como se sabe, el andaluz, y de éste a su vez el colonial. De ahí las características de las casas de Asunción. Estas se componían generalmente de una amplia techumbre "de dos aguas" y macizos muros de adobe. Las puertas tenían tableros primorosamente labrados y el pesado aldabón. Las rejas de las ventanas eran unas de hierro forjado y otras de madera torneada. A través de los zaguanes se percibía el patio. Junto al aljibe – a veces decorado con azulejos andaluces –, lucían parrales, jazmineros y madreselvas. Y, como un telón de fondo, destacaba un tayí [tajy] su yelmo de oro. Aunque no se veía desde la calle, donde las persianas ponían su discreto enclaustramiento, era seguro que en los aposentos no faltaba algún bargueño de jacarandá, un nicho con su imagen religiosa o una alacena donde guardar la yerba, el "cayguá chapeado" [kaygua chapeado] y el sabroso dulce de arazá [arasa].
"Los criollos burgueses de la ciudad, como los españoles mismos, son gente de costumbres sencillas, trato llano y cultura intelectual muy limitada. La sociabilidad es patriarcal y aldeana. La gente se acuesta habitualmente al toque de ánimas. No se conocen los suntuosas puertas blasonadas de Lima, ni el estilo plateresco de las fachadas de Bogotá, la docta. No hay marqueses ni hidalgos peninsulares; no se ven en sus calles doradas carrozas. Su aristocracia es sólo una pequeña burguesía de hacendados y negociantes, sin lujo y sin elegancia. La llaneza de costumbres mezcla en el trato social cotidiano la clase rica con los pobres. Es una ciudad católica, pero sin misticismo; se ignora la Teología; las llamaradas férvidas de la Inquisición no han llegado hasta ella; el clero mismo, escaso y modesto, es de carácter liberal, dentro de sus funciones. No existe Universidad ni institutos. La enseñanza primaria y secundaria la ejercen los franciscanos en el histórico convento y colegio de donde salen luego tantos frailes patriotas. Algunos hijodalgo nativos van a estudiar a Córdoba o a Chuquisaca". Palabras que parecen escritas sobre Asunción colonial, por la acertada descripción que hacen del ambiente, son de Zum Felde y refiérense al Montevideo de aquella misma época.
"La falta de alumbrado público – dice Moreno – dejaba la suerte del transeúnte librada a las mortecinas luces de su farol, menos apropiadas para guiar sus pasos que para dirigir la acción de algún desvalijador nocturno. La vida de la ciudad, por la influencia de estas causas más que por la práctica constante de un forzado retraimiento, cesaba por lo general con las últimas claridades del día, exceptuados naturalmente los ocasionales paseos, reuniones y serenatas a la luz de la luna. Desde la hora de la retreta, que indicaba con sonoras campanadas el reloj del Cabildo, el profundo silencio de la noche sólo era interrumpido por el paso de las rondas, que tenía a su cargo la guarnición de la plaza, situada frente a la Casa del Gobernador.
La vida social, falta de sus naturales incentivos, tenía que ser extremadamente débil. Y seguramente la ocasión y el motivo de su mayor actividad eran las misas de los domingos, acontecimiento periódico que esperaba siempre con profanas ansias la católica juventud de la capital, porque después del santo sacrificio, precedido y seguido del desfile mujeril y las discretas cortesías de los varones, venían los "pagos de las visitas", que las amistades de confianza realizaban en el corredor o a la sombra de los rosales, donde en medio de la franca expansión de las almas juveniles, menudeaba el tradicional mate de leche con azúcar quemada y naranja roquy [rokúi]".
Asunción contaba entonces con 10.000 habitantes.
"La gran masa de la población – comentaba Robertson – era una casta formada del elemento español y del indígena, pero predominaba tanto el primero que los naturales o mestizos parecían descendientes de europeos. Los hombres eran generalmente bien formados y atléticos, y las mujeres casi todas bonitas. La sencillez y vaporosidad de sus trajes, así como sus atractivos personales, muy superiores a los de las correntinas, junto con un cuidado escrupuloso de su aseo personal, dábanle un aspecto interesante y seductor. Cuando solía verlas de regreso de los pozos o de los chorros con sus cántaros en la cabeza, me hacían recordar otras tantas Rebecas".
Subiendo ahora por las empinadas cuestas, dirijamos nuestros pasos hacia las quintas frondosas y aromáticas de los suburbios. El rojo de los tejados va cediendo ya el lugar al amarillo grisáceo de los techos de paja; y en vez de pilares de ladrillos se ven horcones de urundey.
Por allí "bajaban diariamente – dice Moreno –, en largas hileras, con su alba túnica flotante, tras de sus mansos pollinos, las alegres proveedoras del mercado de Asunción; y las ligeras carretillas repletas de frutas, conducidas por mozos imberbes, enamorados y bullangueros; y los macizos carretones de tabaco o miel, que rechinaban perpetuamente bajo el peso de su carga, con la calma imperturbable de sus viejos "picadores". Y por el mismo camino, que ondulaba entre las lomas y hondonadas, entre el verde esmeralda de los sembrados y los tonos oscuros de los bosques, bajo la sombra de una perenne vegetación, pasaban así mismo en alegres cabalgatas los caballeros y las damas de la ciudad, que acudían a una fiesta o tornaban a sus chácaras, lugares predilectos de su actividad y de sus goces".
Esa región intermedia entre el campo y la ciudad – afirma el citado autor –, fue siempre para el paraguayo colonial el lugar predilecto de su solaz y sus placeres. "Fue allí – agrega – donde los jesuitas localizaron el campo de esparcimiento de Antequera, a quien la atribuían tanta pasión en contra de ellos como a favor del bello sexo de la Asunción. Y fue allí seguramente, en esa zona intermedia, en que la linajuda juventud se dio la mano con las criollas del arrabal, donde nacieron las picantes coplas hispano-guaraníes, y donde la guitarra preludió los primeros aires nacionales, cuyos acordes penetran tan hondo en el sentir del paraguayo y animan su soledad y sus nostalgias, vibrando perpetuamente dentro de su corazón como el eco lejano del terruño".
En esa región intermedia estaba también la aldea de negros denominada Laurelty. La introducción de la masa africana en el Paraguay fue muy escasa. Por eso los negros carecieron casi de influjo en la constitución étnica del pueblo. Laurelty era uno de los escasos sitios donde se habían establecido. Allí celebraban anualmente la tradicional fiesta de San Baltasar, el Rey Mago negro. El día de San Baltasar es una fiesta de la forma, del sonido y del color. Sus ritos son resultado de un sincretismo o mezcla de creencias africanas, indias y españolas. La noche de la víspera, acicaladas con vestidos de vivos colores, las mozas de ébano danzaban con sus galanes bajo la típica enramada, mientras giraba la calesita y corrían el mosto y la caña. Cuando llegaba el gran día, desde muy temprano comenzaba a oírse el tam-tam del tamboril, alegre y triste a la vez, como el alma de los negros. El cura de la capilla preparaba su atril y abría su misal. Una muchacha que portaba una bandera roja, seguida de tres negros con sus tamboriles, salía a recibir a los sucesivos grupos de peregrinantes que venían bajando por la loma cercana. Al frente de éstos marchaba otro abanderado, seguido de un mozo promesero vestido de capa colorada con ribete dorado y corona de refulgente cartón, también roja y dorada. Al encontrarse los dos abanderados, se arrodillaban tres veces y otras tantas se saludaban con inclinaciones de cabeza. Hecho esto, comenzaban ambos a danzar toreando, mientras una docena de disfrazados se contorsionaban y efectuaban piruetas de toda laya al compás del tam-tam, que subrayaba la nota de color exótico. (Pareciera que se estuviese mirando una tela de Figari o leyendo versos de Pereda Valdés). Otro promesero, a unos treinta metros de la capilla, se ponía de rodillas, y así, avanzando en esa forma, llegaba hasta el santo, en medio del religioso silencio de los circundantes. Reanudaban luego los tamboriles su sugestivo tam-tam y los disfrazados sus contorsiones y piruetas, mientras con pasmosa agilidad una anciana danzaba con un cántaro lleno de agua sobre la cabeza. Una ingenua y fresca alegría, impregnada de cierto misticismo, flotaba en el ambiente. Esta original nota de nuestro folklore puede observarse aún hoy, tomando el día de Reyes el ómnibus de San Lorenzo.
Así transcurría, sencilla y apacible, la vida de Asunción, la ciudad que tan abnegada y nobilísima función civilizadora desempeñara en una vasta extensión del continente (2).
Capítulo VI
PROPAGACIÓN DEL ESPÍRITU REVOLUCIONARIO
Múltiples fueron las causas que contribuyeron a la formación del espíritu revolucionario en las colonias españolas de América.
"No estoy de acuerdo – dice Levene – con la imagen de la colonia que duerme una larga siesta de tres siglos".
Y esa disconformidad es razonable. En lo que respecta al Paraguay Colonial, la vida se deslizaba, es cierto, apacible y tranquila; pero eso no constituía en modo alguno una modorra, un sueño pesado. Prueba de ello está en que, cuantas veces pretendióse torcer el curso de su destino, o simplemente herirla en sus sentimientos, la Provincia revelóse díscola, indócil.
Coincidiendo con esa observación, Luis Alberto Sánchez dice de la "modorra colonial" que ésta "existió hasta cierto punto, porque no observarla equivalía a incurrir en delito de rebelión. Pero, cada año, de los trescientos que duró el régimen español en América, está señalado, en cada uno de nuestros países, por un motín, un alboroto, un "ruido" o una franca sublevación. Los funcionarios lo acallaban, entre algodones de temor y complacencia. No había periódicos. Ni libertad para editar libros o folletos".
La inmensidad del imperio colonial español, su alejamiento de la metrópoli, el grado de prosperidad económica relativa de esas colonias, los efectos del sistema económico y político de la metrópoli con las colonias, la intervención de Napoleón en España, los principios proclamados por la Revolución Francesa, el ejemplo de la emancipación de las colonias inglesas de América y el sentimiento de amor por el suelo natal, fueron factores que, como señalan numerosos autores, influyeron decididamente en la emancipación de las colonias hispanoamericanas.
La revolución, para Levene, "está enraizada en su propio pasado y se nutre en fuentes ideológicas hispánicas e indianas. Se ha formado durante la dominación española y bajo su influencia, aunque va contra ella, y sólo periféricamente tienen resonancia los hechos y las ideas del mundo exterior a España e Hispano-América, que constituía un orbe propio. Sería absurdo, filosóficamente, además de serlo históricamente, concebir la revolución hispanoamericana con exterioridad simiesca, como un epifenómeno de la Revolución Francesa o de la norteamericana". Y agrega: "En ninguna parte de Europa como en España proliferó una literatura política, de marcada tendencia liberal y antimonárquica, contraria a la monarquía absoluta, como las obras del Padre Rivadeneira o la de Saavedra Fajardo, escritas para criticar el maquiavelismo que era la política de la astucia, la mentira y el interés. La idea igualitaria impera en esta literatura española. La idea igualitaria de los Estados entre sí, que es la tesis de Fray Francisco de Vitoria, el creador del Derecho Internacional; la idea igualitaria de los miembros que integran la sociedad política, que es la tesis del Padre Mariana, y la de Suárez, que funda la existencia del Estado en el consentimiento de los hombres, adelantándose a la teoría del "Contrato Social", do Rousseau, y ambos y otros más, que explican el derecho de resistencia o de revolución contra la tiranía; la idea igualitaria de los hombres entre sí, cualesquiera sea la raza, que fue el pensamiento de la Reina Isabel y escribieron o lucharon por su realización aquel apóstol combativo de la libertad de los indios y aún de los negros que fue Bartolomé de las Casas, y el defensor de los criollos de América, que fue Juan de Solórzano Pereyra".
El sistema colonial restrictivo ideado por la Corte de Madrid puede sintetizarse en esta trilogía: monopolio económico, monopolio religioso y monopolio político. El primero consistía en la prohibición a las colonias hispanoamericanas de comerciar con otra nación que no fuese la metrópoli y esto sólo por ciertos y determinados puertos de España y América. El segundo, en perseguir como "herejes" a todos los no católicos, lo que era un resabio del fanatismo medioeval. El tercero, en excluir sistemáticamente a los nativos de los cargos públicos.
He aquí, por otra parte, cómo analiza Ricardo Rojas el cuadro de aquella época: "La impolítica legislación española, ciega desde la distancia donde se promulgaba, nada hizo por mitigar la crisis que minaba el sentimiento español en América. Agravada, por el contrario, con su sistema de privilegios en favor de los peninsulares, el criollo vio ahondarse las diferencias que le separaban del español; así fuera en ocasiones su padre. Influencias en la Corte, pitanzas clandestinas, venta de magistraturas y blasones o concesiones para responder a los apuros del fisco en plena bancarrota, prácticas aún más viciosas que el precepto, precipitaron sobre América, principalmente en el siglo XVIII, una cáfila de burócratas altaneros, o segundones en desgracia, que sólo traían su desdén para el nativo y su ilícita avidez de fortuna, a la sombra de la dignidad eclesiástica o civil que se les confería. Con ellos venían sus pequeños paniaguados, casi todos de la clase media o plebeya, a completar el cuadro de la exótica oligarquía. Excluidos los americanos de las funciones públicas – salvo las municipales del Cabildo –, dedicábanse exclusivamente a la vida del hogar y los negocios, por donde ellos vinieron a constituir la burguesía, en sociedades donde la oligarquía formaba como una aristocracia accidental. Incapacitados a servir a su país desde el gobierno, soportaban la afectada altanería del peninsular, pagando en silencio, para los tragones del monopolio, alcabalas y almojarifazgos".
Veamos ahora la forma en que se llevó a cabo en el Paraguay la propagación de esas ideas.
Existe, sin duda, una trabazón íntima entre los acontecimientos humanos. De ahí que no puede desconocerse la influencia que la invasión napoleónica ejerció en Portugal y en España, ni la que ejercieron los acontecimientos políticos de estos dos Estados en sus respectivas colonias ultramarinas, como tampoco la ejercida por la Corte de Río sobre los sucesos del Río de la Plata. De igual modo, no puede negarse que la revolución porteña y la guerra con Buenos Aires ejercieran influencia en los destinos del Paraguay. Pero tal constatación no significa, de manera alguna, que fuese Belgrano el sembrador de las primeras ideas de independencia. El pueblo paraguayo no necesitaba que nadie le inculcase esos sentimientos, que estaban profundamente enraizados en su espíritu desde tiempo atrás. Criollos y mestizos comprendían que el injusto régimen vigente no podía ni debía durar. Por eso, como dice Sánchez, "la dinámica insurrecta se vio nutrida con zumos mestizos". Y el pueblo apoyó ardorosamente el movimiento que estalló en mayo de 1811. Cuando se hallaba empeñado en la defensa de la Provincia, el Gobernador Velasco descubrió un plan subversivo. Resultó que el fraile franciscano Vaca, porteño, se había declarado adicto a la revolución de Buenos Aires. Velasco lo confinó entonces al fuerte Borbón. Días antes de la batalla de Paraguarí, descubrióse en Yaguarón otro complot dirigido contra el gobernador. El autor, Juan Manuel Grance, suegro del porteño Somellera, había predicado la necesidad de rendirse sin resistencia a Belgrano, quien venía "a sacarnos del cautiverio y opresión en que nos tienen los europeos". En el mes de abril, descubrióse otra conspiración, la de los oficiales porteños Manuel Pedro Domecq, Manuel Hidalgo y Marcelino Rodríguez, cuyo objeto era tomar posesión del cuartel y "apoderarse a viva fuerza del barco en que se hallaban los prisioneros" (porteños) En esos mismos momentos, en Villa Real de la Concepción conspiraban también José de María, el cura José Fermín Sarmiento y el doctor José Mariano Báez, quienes sostenían que el fin de la Junta de Buenos Aires "era libertar de la esclavitud a los americanos". Es probable que estas cuatro intentonas de tendencia porteñista hayan estado relacionadas entre sí. Pero ellas nada tienen que ver con la gran conspiración de los patriotas, de que nos ocuparemos en seguida. Mariano A. Molas refiere que, después de Tacuarí, el capellán José Agustín Molas y el Capitán Antonio Tomás Yegros mantuvieron en Candelaria una comunicación personal con Belgrano. "La propaganda de las ideas – dice Moreno – sucedía así a la imposición violenta, tan inútil como estéril. Debemos reconocer la inteligencia y el tino con que la orientó el jefe de las fuerzas invasoras". Procuro, en resumen, "que su retirada apareciese, no como la de un enemigo expulsado, sino la de un auxiliar no comprendido". En efecto, trató de demostrar las nuevas tendencias liberales del gobierno de Buenos Aires y el interés puramente americano de la expedición, reconociendo al Paraguay el derecho a cobrar la dirección de sus propios destinos y la necesidad de extinguir las trabas comerciales que embarazaban su desenvolvimiento. Tales ideas encontraron, claro está, grata resonancia. El ambiente estaba preparado. Aquí se podría afirmar con Sánchez: Contagio no hubo; coincidencia sí. Sincronía de anhelos, de insatisfacción, de apetitos".
La cobarde actitud de Velasco en Paraguarí, había minado profundamente su prestigio. En cambio, la oficialidad paraguaya, "improvisada en su gran mayoría, bajo la dirección de jefes inexpertos, y al frente de soldados bisoños", se había colocado a la cabeza de las milicias, conduciéndolas por dos veces al triunfo. "Es natural – como anota Moreno – que al apagarse tan infelizmente el prestigioso renombre del veterano del Rosellón, habríase despertado en aquella juventud ardorosa la conciencia de su propio valer. Ella se atribuía con justicia exclusivamente la victoria. En medio del desordenado paisanaje, improvisado en fuerza militar, pululaba una multitud de energías nuevas, envanecidas por el triunfo. De allí que los oficiales vencedores de Tacuarí, conscientes de su poder, y en contacto directo con el pueblo, empezaron a mirar con creciente disgusto el despreciable núcleo burocrático del gobierno".
Con el objeto de derrocar al Gobernador Velasco y establecer un gobierno nacional, comenzó a conspirar un grupo de patriotas. Los futuros próceres de Mayo realizaban secretamente sus reuniones en la casa de don Juan Francisco Recalde, sita en la esquina de las calles hoy denominadas 14 de Mayo y Presidente Franco. (La Casa de la Independencia constituye la única reliquia arquitectónica de valor histórico que aún existe en Asunción). De la lectura de los títulos de propiedad del edificio citado, se desprende que éste no pertenecía en 1811 a don Juan Francisco Recalde, sino a don Antonio Martínez Sáenz, quien lo poseía en tal carácter desde 1768. No obstante, bien pudiera ser que el señor Recalde lo ocupara como arrendatario. Es imposible establecer con precisión en qué dependencia de la casa tuvieron lugar aquellas juntas. Empero, como la tradición refiere que los conjurados salieron, para tomar el cuartel, por el callejón contiguo a dicha casa, es presumible que las reuniones se efectuaran en la sala que da sobre el callejón citado. El Capitán Pedro Juan Caballero "dirigía los preparativos de la Revolución", afirma Moreno. Después de su brillante actuación en Paraguarí y Tacuarí, había regresado – cuenta Marcelino Rodríguez – entusiasta y animoso, "con la idea firme de cambiar la situación". Y agrega que Iturbe, "que era amigo mío, me fue a ver una mañana y a nombre de él (de Caballero) me habló de la revolución que tramaban". Somellera, por su parte, expresa que, regresado el ejército de su campaña, "don Pedro Juan Caballero es el que me habló con más franqueza". Apenas contaba con 25 años y ya era el jefe de los patriotas".
Además del Capitán Caballero, asistían a las juntas – incluido, desde luego, don Juan Francisco Recalde –, los Capitanes Mauricio José de Troche, Antonio Tomás Yegros y Juan Bautista Rivarola, fray Fernando Caballero, presbítero José Agustín Molas, los Tenientes Montiel y Zarco y los Alféreces Vicente Ignacio Iturbe y Juan Manuel Iturbe.
Dos frailes patriotas tomaban parte, pues, en la conspiración. El primero de ellos, franciscano, era un anciano respetado por su saber y rectitud. Espectador de la revolución del 25 de Mayo en Buenos Aires, habíase convertido a su regreso en uno de los más ardorosos propagandistas de la independencia patria. El segundo, capellán del ejército, había acudido en Tacuarí, en lo más recio de la pelea, a ejercer su ministerio y a socorrer a los heridos, hasta llegar a auxiliar a los mismos enemigos. Ambos, con Recalde, eran los hombres civiles de la Revolución.
El Teniente Coronel Fulgencio Yegros, que se destacara también en Paraguarí y Tacuarí, había abrazado con entusiasmo las ideas expuestas por su hermano Antonio Tomás. Formaba parte, pues, del grupo de los conspiradores patriotas. Dada su graduación superior, "era – como dice Moreno – el caudillo llamado a levantar la bandera de las nuevas ideas" y, por tanto, quien "debía ser el nervio de la revolución". Pero – como el mismo autor reconoce –, cuando se produjo la Revolución "hallábase ausente, a 70 leguas de la capital". En efecto, se encontraba en Itapúa, a 350 kilómetros de Asunción, adonde había sido enviado por Velasco como Teniente de Gobernador de Misiones.
Los viejos jefes de Paraguarí y Tacuarí asumieron actitudes diversas. El Teniente Coronel Cabañas, según algunos, se negó a prestar su ayuda al movimiento, contestando que sólo iría cuando le llamase el gobernador. Otros, en cambio, lo presentan como partidario de la revolución y reuniendo fuerzas en la Cordillera para traerlas en su apoyo. Hasta hoy es un enigma su actitud. En cuanto al Teniente Coronel Gamarra, realista acérrimo, ofreceráse al gobernador para retomar el cuartel. Y el Coronel Gracia, producido el golpe, huirá hacia el Brasil.
No consta que a las reuniones en casa de Recalde hayan asistido más conspiradores que los citados. Suponer que, no obstante eso, otros hubo que también estaban mezclados en el complot, es hacer una interpretación conjetural o arbitraria de los acontecimientos, lo que conviene evitar en lo posible en el terreno de la investigación histórica.
Producida la Revolución, eso sí, muchos prestáronle decididos su adhesión y contribuyeron a encauzarla y sostenerla. Debemos citar entre ellos al doctor José Gaspar de Francia, presbítero doctor Francisco Xavier Bogarín, don Fernando de la Mora, el capitán Juan Valeriano de Zeballos y los oficiales Carlos Argüello, Juan Bautista Acosta, Francisco Antonio González, José Joaquín León, Mariano del Pilar Mallada, Blas Domingo Franco, Agustín Yegros y Pedro Alcántara Estigarribia.
Las discrepancias latentes contra el régimen español se precipitaron. Había, pues, que canalizarlas en un solo anhelo, en una única aspiración. A eso tendían las juntas en casa de Recalde. Y la desembocadura de la situación no podía ser otra que ésta: formar un Estado autónomo. Era necesario administrarse libremente; participar directamente en el gobierno; no pagar impuestos onerosos; anular los monopolios; hacer que los gravámenes y rentas recaudados por España pasen a poder de la nación. Para ello, el pueblo debía rebelarse. Tenía el derecho de insurrección, enarbolado por Rousseau en su "Contrato Social". Así estaba incubándose el estallido final. Un sordo oleaje popular se percibía en el ambiente. Y aquella levadura no tardaría ya en fermentar.
Capítulo VII
"¡ALBOROTO EN LA PLAZA!"
Nunca ofrecióse a Portugal mejor ocasión de intervenir. El Paraguay era parte del dominio hispánico a conservar para la Corona de Borbón. Dicha provincia se negaba a someterse a Buenos Aires. Y la princesa Carlota Joaquina, pretendiente a la regencia, reinvindicaba el gobierno de ese territorio. El interés del reino bragantino nada sufriría con realizarse tal propósito; al contrario, le convenía. Fue entonces cuando Sousa Coutinho, Conde de Linhares, empezó a mover sus resortes. A Diego de Sousa, Capitán General de Río Grande del Sur, le fue encomendado el encargo de iniciar negociaciones. Y éste, después de hacerlo, envió como emisario al Paraguay al Teniente de Dragones José de Abreu.
Antes de Tacuarí, Velasco había empezado ya a ponerse en comunicación epistolar con Diego de Sousa. Y esa comunicación prosiguió después de aquella jornada. Velasco aceptó el apoyo de las fuerzas que espontáneamente le ofrecían los portugueses. Resolvió, pues, solicitar un contingente de 200 hombres. Diego de Sousa respondió a este pedido haciendo marchar a San Borja (situado a orillas del río Uruguay) 1.500 hombres y un poderoso tren de artillería. Además de estas fuerzas que se concentraban en las fronteras de Misiones, comenzaron a moverse más tarde hacia el Paraguay las fuerzas portuguesas de Coimbra y otros puntos la Matto Grosso.
Pese a la discreción observada, esa correspondencia no podía pasar completamente inadvertida. Ella trascendió al público. Y con esto Velasco se atrajo la desconfianza y antipatía general, desapareciendo así su ya menguado prestigio.
Con el objeto de acordar un plan definitivo, el 9 de Mayo llegaba a Asunción el emisario José de Abreu. La presencia de éste avivó las versiones corrientes sobre la sospechosa conducta del gobernador. Vióse poco después cuán justificados eran esos recelos. En. efecto, Velasco aseguró al teniente Abreu "que todo su empeño era ponerse a los pies de la Serenísima Señora doña Carlota, pues no reconocía otro sucesor a la Corona y dominio de España". Lo alojó en su misma residencia. Y ofreció un gran baile en su honor, "en señal de alianza de los portugueses con los paraguayos". Concluidas las conferencias y próximo a regresar Abreu, aseguróse que el gobierno había aceptado su ofrecimiento, admitiendo el concurso da 500 soldados portugueses en Asunción en calidad de auxiliares. Fue este uno de los motivos que aceleraron la consumación del golpe tramado por los próceres de Mayo. No era posible admitir que los bandeirantes – seculares enemigos de la Provincia – se ufanasen paseando como dueños y señores por las calles de Asunción. La revolución imponíase, por tanto, no sólo como insurgencia contra España, sino también como un golpe preventivo contra Portugal. Triunfante ella, quedaría fracasada la tentativa de Sousa Coutinho, como antes había fracasado la tentativa porteña. A raíz de la última campaña, casi todas las fuerzas y material de guerra de la Provincia estaban concentrados en el Cuartel de Infantería. Cualquiera fuese el plan de la revolución, su base principal debía ser la toma de ese cuartel. El Capitán Mauricio José de Troche – asiduo concurrente a las reuniones de Recalde y oficial perteneciente a las milicias de Curuguaty –, hallábase entonces a frente del destacamento de guardia, compuesto de 34 hombres, todos compueblanos suyos. Era conveniente, pues, prolongar todo lo posible el servicio de ese pequeño cuerpo de guardia, que respondía por completo al capitán Troche. Pero hacía ya más de 15 días que debía ser relevado. Este fue otro motivo por el cual decidióse precipitar los acontecimientos. Troche se comprometió a neutralizar con sus escasas fuerzas las que pudiera oponer el gobierno y entregar el parque al jefe de la conspiración. En la mañana del domingo 14 de Mayo, el Síndico Procurador de la Ciudad, don Juan Antonio Fernández, advirtió al alférez Vicente Ignacio Iturbe, su pariente y amigo, que el gobernador estaba ya enterado de cuál era el objeto de las frecuentes reuniones en casa de Recalde. Iturbe dio de inmediato aviso a Caballero de que la conspiración estaba descubierta. Y éste resolvió, sin pérdida de tiempo, dar esa misma noche el golpe. Pero ¿cómo avisar a los demás patriotas la hora y el santo y seña? Una mujer se prestó admirablemente a cumplir la misión. Doña Juana de Lara fue a la Catedral y arrodillada junto a la pila del agua bendita, iba transmitiendo a los conjurados la hora y el santo y seña, que era: "Independencia o muerte".
Después del toque de queda, que sonaba a las 9 de la noche, el Capitán Caballero, secundado por los demás conjurados, dirigióse hacia el cuartel. La ciudad dormía. Saliendo del callejón contiguo a la casa de Recalde, pasaron sigilosamente entre la Real Factoría de Tabacos y la Casa del Gobernador, y luego, cruzando la Plaza Mayor frente al Cabildo, siguieron ya resueltamente hacia el Cuartel de Infantería. Allí los esperaba Troche, fiel a su palabra. El cuartel fue tomado sin resistencia por los patriotas. Caballero fue proclamado jefe de la revolución. "Una ola de entusiasmo – dice Moreno – rompió inesperadamente, en ese momento, la rigidez de la disciplina, en medio del solemne silencio de aquella noche memorable: fue la aclamación general de los soldados, espontánea explosión del alma nacional, que saludaban el advenimiento de la independencia con frenéticos mueras al viejo régimen moribundo. Pero los gritos cesaron en seguida por orden expresa de Caballero". Aquel grito – "¡Mueran los pytaguás!" – era la voz de la tierra, el grito telúrico que, con ligeras variantes – "¡Mueran los gachupines!", "¡Abajo los godos!", etc., resonaba sincrónicamente en toda América, desde México hasta la Argentina.
Esa noche, al salir a la calle, Abreu "encontró a1 Teniente Coronel Gamarra carabina en mano y con dos pistolas al cinto, acompañado por un soldado armado en la misma forma y un sirviente con un farol; preguntó al mismo qué novedades había, y le respondió Gamarra que iba a ver al Gobernador, pues gritaban por las calles: "Alboroto en la Plaza!". Volvió el teniente Abreu con el mismo Gamarra a la residencia del Gobernador, quien interrogado por Gamarra qué novedad había, contestó: que había oído decir "alboroto", pero no sabía en que consistiera. Poco después entró uno de los cabildantes diciendo que las tropas (no excedían de cien hombres entre granaderos y artilleros que formaban la guardia del Gobernador) se habían parapetado en el cuartel, no abrían la puerta a nadie y trabajaban adentro en montar piezas de artillería y cargar fusiles. Ordenó entonces el Gobernador a Gamarra que fuera a ver lo que había en el cuartel, a cuya puerta, golpeando Gamarra, preguntáronle quién era, y respondió que era Gamarra, contestándosele entonces desde adentro: "Disculpe, mi General, pero no se abre ahora la puerta"; replicó Gamarra diciendo que si no lo conocían, y contestaron que sí, y si él era también de los que pretendían desarmar a los paraguayos; dice Gamarra que bien lo conocían y que él también era paraguayo; y no consiguiendo que se le abriera la puerta, volvió a dar su parte al Gobernador". (Informe que, por encargo de José de Abreu, envía Francisco das Chagas Santos desde San Borja a Diego de Sousa. Bibl. Nac. de Río de Janeiro. Copia de la "Revista do Archivo Público de Río Grande do Sul").
El mayor de plaza Cabrera, acompañado de ocho soldados con que andaba de ronda, se ofreció para ir al cuartel. Al abrirse la puerta de éste, los mismos soldados que lo acompañaban le empujaron hacia adentro y, pegándole planazos, le ataron y así lo tuvieron toda la noche.
El fraile español Inocencio Cañete se dirigió al cuartel, por encargo del Gobernador, a fin de apaciguar a los insurgentes. La contestaron "que se retirara a su convento, pues no necesitaban de más plática".
Igual suerte corrió el obispo García de Panés, quien más tarde llegó también hasta el cuartel por encargo de Velasco.
El Capitán Caballero, jefe de la Revolución, envió al Alférez Iturbe como portador de una nota suya al Gobernador Velasco. La nota decía así: "En atención a que la Provincia está cierta de que habiéndola defendido a costa de su sangre, de sus vidas y de sus haberes del enemigo que la atacó, ahora se va a entregar a una potencia extranjera, que no la defendió con el más pequeño auxilio, que es la potencia portuguesa; este Cuartel, de acuerdo con los Oficiales Patricios y demás soldados, no puede menos que defenderla con los mayores esfuerzos, y para el efecto, pide lo siguiente: Que se entregue llanamente a este Cuartel la Plaza y todo el armamento, así de dentro como de fuera de la ciudad, en cualesquiera manos que se hallen, y que para el efecto lo pida el Sr. Gobernador y lo congregue en su casa, para con su aviso mandar por ello este Cuartel el Diputado que corresponda. Que el Sr. Gobernador siga con su gobierno pero asociado con dos diputados de este Cuartel, que serán nombrados por dicho cuartel a su satisfacción, mientras lleguen los demás Oficiales de Plana Mayor de esta Provincia (cuya vez hace por ahora este Cuartel), que entonces se tratará la forma y modo de gobierno que convenga a la seguridad de esta Provincia. Que igualmente, mientras tanto, se cierre la Gasa de Gobierno y se entregue la llave a los dos Diputados socios del Sr. Gobernador; y que igualmente, entre tanto, se retiren del lado de él Don Benito Velasco y don José Elizalde, entregando el primero la llave de la Secretaría, y el segundo la de la Tesorería, a los dos mismos socios del Sr. Gobernador. Que ningún barco se nueva de ninguno de los puertos de esta Provincia mientras no lleguen a ésta los Oficiales de la Provincia y se establezca lo conveniente. Que igualmente se retire del Sr. Gobernador don José Teodoro Cruz Fernández y todos los del Cabildo Secular, con prevención a todos aquellos, y a los demás que se han de separar de Su Señoría, que no salgan de esta ciudad antes de dicho establecimiento. Que asimismo no salgan de la ciudad los portugueses que ahora poco han entrado en ésta con diputación clandestina. Y que, mientras tanto, siga la ciudad sin embargo sus oficios, comercio y agricultura sin estrépito ni alborotos; y que tampoco se embarace al Cuartel la comunicación libre con la ciudad y con la Provincia ni se intercepten sus chasques". (bibl. Nac. de Río de Janeiro. Copia de Walter A. de Azevedo.)
Mientras el gobernador escribía su respuesta, quedó esperando el alférez Iturbe en la guardia de la entrada, donde dijo asaz enfadado: "No se necesita incomodar a Portugal, pues no carecemos de socorros; los europeos han quedado en la ciudad, sin ayudar con su dinero al pago de las tropas milicianas ocupadas en la defensa de las fronteras, diciendo que no tenían dinero, siendo la verdad que el día del ataque a Paraguarí, como un traidor hiciera correr la noticia de que habían triunfado los de Buenos Aires, muy luego embarcaron los mismos europeos 35.000 pesos fuertes, a fin de ponerlos a salvo en Montevideo; después de haber los paraguayos repelido y ahuyentado de su frontera a los de Buenos Aires, los puestos públicos fueron otorgados solamente a los europeos, y aun a los que quedaron en la ciudad, no siendo contemplados para nada los paraguayos, tratándolos con desprecio, y peor que antes; y por último, tratan de desarmarnos, a fin de quedar sólo armados los europeos".
La respuesta de Velasco fue negativa. Por indicación de éste, Abreu quemó todas sus notas y las contestaciones del Gobernador, del Obispo y del Cabildo. Y por consejo de Abreu, Velasco mandó cercar el cuartel con europeos armados, con instrucciones de abrir el fuego contra el mismo si no se entregaban al amanecer.
Así fue transcurriendo aquella noche, en medio de zozobras y esperanzas. "Noche del 14 de Mayo – dice un escritor – constelada de estrellas; fecha de luz, Navidad de un pueblo fuerte".
Los europeos cercaron el cuartel, pero huyeron a los primeros tiros de fusil que desde el mismo lanzaron sobre ellos.
Al romper el alba del 15, salieron 80 paraguayos arrastrando hasta la Plaza seis cañones. Cuatro fueron abocados a la Casa del Gobernador y otros dos en la bocacalle que mira a Santo Domingo, pues en dicho convento estaban apostadas fuerzas adictas a Velasco.
Iturbe, enviado por Caballero con una segunda nota para el Gobernador, amenazóle con arrasar su residencia si no cumpliese las condiciones que se le habían impuesto la noche anterior. Este es el momento perpetuado en el conocido (Óleo de Da Ré, existente en el Salón Independencia del Palacio de Gobierno.
Doña Juana de Lara, de tan eficaz actuación en los preparativos del movimiento, se presentó bien temprano al cuartel, llevando una corona de flores que obsequió al capitán Caballero.
Una gran parte del pueblo, apercibida del movimiento, acudió presurosa al cuartel a pedir armas y ofrecer sus servicios. La ola revolucionaria, pequeña al principio, crecía rápidamente. La revolución paraguaya tuvo – lo hemos visto ya – raíz popular. Vemos ahora cómo la acción de la masa fue definitiva en el estallido libertador. Ese pueblo, que había rechazado antes la expedición porteña, imponía ahora la revolución. Allí, en la Plaza Mayor, dispuestos a sacrificarse heroicamente por la santa causa que defendían, estaban militares, intelectuales y pueblo. La revolución fue obra de los tres.
Como Velasco retardaba su respuesta, a las 8 de la mañana los oficiales instaron desde el cuartel diciendo que romperían el fuego de artillería. El Gobernador ordenó entonces que de inmediato se les entregara todo cuanto habían exigido. Los revolucionarios celebraron el triunfo con izamiento de banderas, enérgicos vivas y salvas de 21 cañonazos. "Revolución cristiana por excelencia – podría repetirse aquí –; no hubo que incendiar templos ni realizar matanzas. La Revolución no venía de la Enciclopedia. La libertad, que era el motivo de la revolución, había sido consagrada 18 siglos antes".
Triunfante el movimiento, surgió esta cuestión: ¿quiénes serían los dos Diputados que, asociados a Velasco, iban a, gobernar provisoriamente hasta que se tratara la forma y modo de gobiernos definitivos? Caballero prefería continuar en la jefatura del cuartel, para defender a la Revolución contra una posible reacción de los elementos realistas. Fray Fernando Caballero se sentía ya viejo para las agobiadoras tareas gubernativas. Yegros estaba ausente, si bien en seguida se le pasaría aviso del suceso. Recalde y el Padre Molas, por causas no aclaradas, no entraron a formar parte del triunvirato. Aceptó integrarlo el Capitán Juan Valeriano de Zeballos, español, pero conocido por sus ideas revolucionarias. Francisco Wisner de Morgenstern cuenta que se barajaron también los nombres de don Fernando de la Mora y don Ventura Díaz de Bedoya. Entonces alguien propuso al doctor José Gaspar de Francia, ex-sacerdote [5] graduado en Córdoba, como miembro del gobierno provisorio. Este – según Demersay – "retirado hacía un año en su casa de campo en los alrededores de la ciudad, allí vivía en la más completa ignorancia de los sucesos que se preparaban". "La moción – agrega Wisner – fue extensamente rebatida y muy especialmente por el elemento militar, argumentando que la persona propuesta no había tomado parte en la revolución libertadora y que debía agregarse que no era partidaria de ella; pero Fray Fernando Caballero defendió al doctor Francia, manifestando que existía un gran error en suponer que Francia era contrario a la revolución efectuada, pues a él le constaba que éste anhelaba vivamente la desaparición del poder español". Y Somellera cuenta que Fray Fernando Caballero agregó: "Yo respondo con mi sangre del modo de pensar de mi sobrino Gaspar". Esto tranquilizó a los oficiales y convinieron en que se diese a Francia el lugar propuesto. Mucho habrá contribuido también en la adopción de tal temperamento el hecho de que – como anota Moreno – "la dirección de los negocios públicos requería la intervención de un hombro civil, de capacidad notoria y alto prestigio moral". Envióse, pues, con urgencia, a José Tomás Isasi, hijo de un vizcaíno de la ribera, con una carta al doctor Francia – que residía en su quinta de Ybyray (Trinidad) –, participándole el hecho e invitándole a que se incorporara al triunvirato.
He aquí el Acta de Constitución del Gobierno Provisorio, redactado el 16 y encabezado con la firma de Caballero: "En la ciudad de la Asunción del Paraguay, Mayo diez y seis de mil ochocientos once años, habiendo nombrado este Cuartel por Diputados adjuntos de Gobierno al Dr. don José Gaspar de Francia y al Capitán don Juan de Zeballos, para providenciar interinamente hasta tanto se arregle la forma de gobierno que sea más conveniente, en virtud de lo convenido con el Sr. Gobernador Intendente: comparecieron los sobredichos adjuntos y enterados del nombramiento hecho verbalmente en sus personas, dijeron que lo aceptaban y juraron por Dios y una Cruz, obligándose a usar este oficio fiel y legalmente, atendiendo a la tranquilidad y felicidad de la Provincia, en fe de lo cual firmaron conmigo y los Oficiales principales de este Cuartel, de que certificamos.
Pedro Juan Caballero
Dr. José Gaspar de Francia,
Juan Valeriano de Zeballos,
Juan Bautista Rivarola,
Carlos Argüello,
Vicente Ignacio Iturbe,
Juan Bautista Acosta,
Juan Manuel Iturbe".
En la magnífica generación que, con clarividencia y esfuerzo, realizó la gesta emancipadora, ninguno superó en energía y decisión a Caballero.
Pedro Juan Caballero descendía de una antigua y acaudalada familia, los Caballero de Añasco, que había dado a la Provincia hombres de primera fila. Nacido en Aparypy (Tobati) sus padres fueron el Comandante Luis Caballero – el que preparó la victoria da Tacuarí – y doña Lucía García de Caballero. Fue educado en Asunción, probablemente en el Colegio de San Carlos, como todos los jóvenes pudientes de la época. Habiendo abrazado luego la carrera militar, destacóse con relieves propios en la defensa del terruño durante la expedición de Belgrano. Su dinamismo incansable, su temple de conductor, hicieron de él el caudillo que, dirigiendo los preparativos y encabezando el pronunciamiento de Mayo, efectivizó el anhelo de la masa popular. El 14 de Mayo – dice Benítez –, fue "el primer impulso genial y patriótico del Capitán Caballero". "Éste – afirma Báez – fue el jefe del pronunciamiento de Mayo". Y un testigo presencial, Abreu, lo llama "autor de esta revolución"
Cuando el Congreso del 17 de Junio de 1811 lo eligió miembro del primer Gobierno Nacional, acató la voluntad colectiva. Junto con Yegros y de la Mora – Bogarín y Francia se habían retirado –, trabajó allí intensa y eficazmente, propiciando o apoyando gestiones tendientes al progreso cultural, a la defensa de las fronteras, a la libre navegación, al fomento de empresas navieras, a la independencia judicial, etc. Fue Presidente del Congreso que el 12 de Octubre de 1813 proclamó la Independencia Nacional. Más tarde, en 1814, a causa de su disidencia con el Dr. Francia, que preparaba la dictadura, fue confinado a su establecimiento ganadero de Aparypy.
Caballero nunca desmintió su fe primera en la revolución de Mayo. Y nunca transigió con la tiranía. Vuelto a Asunción, conspiró contra ella, porque era un demócrata. "Le arrestaron – dice Benítez –, y lo tuvieron entro cuatro paredes, sin pensar que esa alma comprimida, estallaría como la pólvora" El mboreví de los guaicurúes iba a hollar también su carne, como la de otros tantos próceres, en el lóbrego subterráneo denominado "Cámara de la Verdad". Condenado a muerte, y ante la inminencia de la ejecución, en un rojo atardecer de Julio de 182l escribió con carbón en la pared de su calabozo: "Yo sé bien que el suicidio es contrario a las leyes de Dios y de los hombres, pero la sed de sangre del tirano de mi patria no se ha de aplacar con la mía". Y arrojó su vida a la cara del tirano. Ya su obra estaba cumplida. Constructor de cosas eternas, había dado vida a una patria.
La iconografía del Prócer se reduce a dos retratos, uno realizado por Alborno y otro por Fortuny. La casa de Aparypy, convertida en tapera, hoy ya no existe. Se la llevó la saña del tiempo y la apatía de los hombres. Una tosca cruz señala el sitio. Sólo su mesa escritorio, austera y sobria, se conserva en el Museo Arzobispal. Es la única reliquia que queda del Libertador.
Volviendo al motivo central, cabe ahora preguntar: ¿Qué se proponía la Revolución de Mayo? La independencia y la democracia. Esto es, la autonomía en lo internacional y la soberanía del pueblo en lo interno. Lo primero se vio bien claro en el bando publicado el 17 de Mayo: la revolución no tenía el propósito de "entregar o dejar esta Provincia al mando, autoridad o disposición de la de Buenos Aires ni a la de otra alguna y mucho menos el sujetarla a ninguna potencia extraña". Y lo segundo se llevó a cabo justamente un mes después: el pueblo – representado en el Congreso General por vecinos de Asunción y de las villas y poblaciones del interior –, expresó su voluntad eligiendo a la Junta Superior Gubernativa que dirigiría el itinerario de la patria.
Asunción. – progenitora de ciudades, fundadora de imprentas y universidades, precursora de la emancipación americana, evangelizadora del nativo indómito y cooperadora en la defensa del Río de la Plata –, convirtióse así en la capital del nuevo Estado, que ingresaba decidido en el concierto de los pueblos de América para bregar por su común destino de grandezas.
FUENTES CONSULTADAS
Manuscritos del Archivo Nacional
Vol. 1, Nº 15-21.
Vol. 3383, Nueva Encuad.
Vol. 37, Nº 54.
Vol. 40, Nº 4.
Vol. 34
Vol. 127, Nº 12-22.
Vol. 35, Nº 9.
Vol. 928
Vol. 196 Nueva Encuad.
Vol. 44, Nº 4-5.
Vol. 38, Nº 45-46.
Vol. 1, Nº 12.
Vol. 5, Nº 1-7.
Vol. 2, Nº 20.
Vol. 93, Nº 2.
Vol. 45, Nº 8.
Vol. 45, Nº 1.
Vol. 5, Nº 5.
Vol. 37, Nº 49.
Vol. 2, Nº 8-17.
Vol. 59, Nº 18.
Vol. 63, Nº 2.
Vol. 46, Nº 15.
Vol. 2, Nº 3.
Vol. 44, Nº 1.
Vol. 305 Nueva Encuad.
Vol. 63, Nº 5.
Vol. 546 Nueva Encuad.
Vol. 457 Nueva Encuad.
Vol. 95, Nº 7.
Vol. 3380 Nueva Encuad.
Vol. 594 Nueva Encuad.
Vol. 22, Nº 1-8.
Vol. 12, Nº 18.
Vol. 256 Nueva Encuad.
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SOSA ESCALADA, J.M. : Conferencia sobre límites paraguayos.
TEJA ZABRE, Alfonzo: Historia de México. Una moderna interpretación.
VARZEA, Affonso: Límites meridionaes.
ZUM FELDE, Alberto: Evolución histórica del Uruguay y esquema de su sociología.
INDICE
Un moderno Libro sobre el Paraguay Colonial
PRIMERA PARTE
Los litigios hispano-lusitanos
I. – La búsqueda de especias.
II.– Bula de Alejandro VI y tratado de Tordesillas.
III. – Carabelas en el Río de la Plata.
IV. – "Trayendo los palos a cuestas"
V. – La primera rebelión.
VI. – Ganado, trigo y vino.
VII. – Bandeirantes y diplomáticos ensanchan el mapa.
SEGUNDA PARTE
El Paraguay y Buenos Aires
I. – Segregación de Amazonas y de Cuyo.
II. – Sembrando ciudades a los cuatro vientos.
III. – La pérdida del litoral Atlántico.
IV. – Jesuitas y comuneros.
V. – La era de resurgimiento.
VI. – Transformaciones territoriales de las misiones.
VII. – Cooperación en la defensa contra los invasiones inglesas.
TERCERA PARTE
El Chaco en el control administrativo
I. – Fundación de Santa Cruz de la Sierra.
II. – El río Parapití en los documentos oficiales.
III. – Confines de Charcas y Chiquitos.
IV. – Expediciones y fuertes.
V. – La evangelización.
VI. – El esfuerzo colonizador.
VII. – Los límites étnicos, geográficos y jurídicos.
CUARTA PARTE
La Revolución
I.– El alud napoleónico rueda a la Península.
II.– Intrigas en Río y Revolución en Buenos Aires.
III.– Una amalgama difícil.
IV.– Expedición de Belgrano.
V.– Asunción colonial.
VI.– Propagación del espíritu revolucionario.
VII.– ¡Alboroto en la plaza!
Fuentes consultadas.
Bibliografía.
OBRAS DE SÁNCHEZ QUELL
ESTRUCTURA Y FUNCIÓN DEL PARAGUAY COLONIAL
LA DIPLOMACIA PARAGUAYA DE MAYO A CERRO-CORÁ.
(Ateriormente titulada "Política Internacional del Paraguay (1811-1870)
PROYECCIÓN DEL GENERAL CABALLERO EN LA RUTA DE LA PATRIA
PANORAMA DE LA SOCIOLOGÍA AMERICANA (Compilación).
TRIÁNGULO DE LA POESÍA RIOPLATENSE.
COMENTARIOS
SOLAPA
Este libro cocara el proceso político de la República del Paraguay, desde los tiempos de la colonización hasta nuestros días. Estudio histórico de imponderable valor, que aclara y explica muchos acontecimientos que han quedado en la penumbra, a través de la historia general de América.
Es cierto que fue el Paraguay, digamos más exactamente, Asunción, el centro de donde irradiaron las corrientes colonizadoras hacia el sur, desde la época de Ayolas e Irala, Santa Fe en 1573 y Buenos Aires en 1580, fueron fundadas por ca....
NOTAS
1- A su leyendoso origen y a su azaroso historial, Villa Rica agrega los nombres de los notables escritores que de su seno surgieron y la fama de gracia do sus mujeres, sus paisajes y sus costumbres.
Hoy, por la ruta recientemente construida, Villa Rica está a cuatro horas escasas de la capital. Al llegar al río Tebicuary, un abra hermoso se extiende ante la vista, mientras en el horizonte luce la sierra Ybytyrusu su cinta morada. Mbocayaty [Mbocajaty] y su blanco campanario pronto van quedando atrás en el fugaz viaje. Granjas, granjas y granjas. Y en un rápido recodo del camino, protegido de blancas barreras laterales, ya se comienza a andar entre las umbrosas quintas suburbanas. Un lugar de encantamiento. Le llaman Ybaroty. Traducido, significa "lugar de frutas amargas". Quizá abunden allí frutas de esa especie. Pero Ybaroty es recreo de los ojos, goce del espíritu...
Lo que llama la atención de inmediato es el aspecto colonial que en forma casi intacta conserva Villa Rica. Añosas y venerables casonas, con sus plácidos aleros, sus rejas de madera torneada y sus puertas bilaterales formando esquina, aparecen a cada instante. Villa Rica es sumamente evocativa. Y los guaireños tienen gran cariño a la tradición. Mientras nos largamos calle adelante, unos amables amigos nos van informando. "Aquí nació Natalicio Talavera... No lejos de Villa Rica, en Pisadera, vio la luz Delfín Chamorro... Aquí vivió Ramón I. Cadozo... ¿Ven aquella casa? Perteneció al médico Estigarribia... Allí empezó a escribir Natalicio González... Aquella era la casa de Ramos Giménez... Y ahora vamos hacia Ybaroty, el barrio de Ortiz Guerrero... En estos contornos transcurrieron las horas felices de su niñez... En esta casa vivía cuando comenzó a publicar sus poemas en "El Surco"... Este es el Ycuá-Pytá [Ykua Pyta], por cuyas glaucas lomas iba con sus amigos, en las horas vespertinas, a repuntar rebaños de versos... Y aquí, en este humilde rancho lo paja y barro, se encerró después"... Una tácita orden de silencio es acatada por todos. Y quedamos algunos minutos, en respetuoso recogimiento, ante la ermita de aquel santo laico, de aquel maestro de la dignidad y del carácter, de aquel que, atacado por un terrible mal, supo seguir hasta el fin sembrando belleza.
"Este es el Boulevard Interior. Más allá está el Boulevard Exterior", nos informa ufano uno de los cicerones. Esto suena a parisiense, a Boulevard des Italiens, a Boulevard des Capuchines... Pero no hay que extrañarse. Villa Rica sigue siendo andariega. No ya en el sentido físico de traslación, sino en sentido espiritual. Es una ciudad llena de inquietudes, de anhelos, de aspiraciones. Y aspirar es ya andar. Feliz ciudad, que sabe armonizar la tradición y el cambio, la conservación y la transformación.
Estamos regresando ya al centro urbano. Llega hasta nosotros un sonido de arpas. Inquirimos la causa. Una señora, comerciante, ha traído a tres muchachas, empleadas suyas, a vivir consigo, y para que se distraigan les ha comprarlo tres arpas. En las horas libres ellas pasan tañendo el dulce instrumento. El consejo do Fariña Núñez no ha caído, pues, en olvido:
"Resuenen siempre las nativas arpas,
cuyas cuerdas heridas por hermosos
dedos cuajados de oro y pedrería
vibran con honda y sugestiva música".
Cruzamos la Plaza Libertad, a la que rodean la Iglesia, el Banco Agrícola, la Delegación Civil y la antigua casa del Dr. Bottrell, confortable "bungalow" de dos pisos en que pone su gracia decorativa la santarrita. A cien metros de la Plaza están la Municipalidad – con un amplio salón de actos y excelente escenario que con justicia podría llamarse Teatro Municipal –, el "Centro Español" y el "Club Porvenir Guaireño". En los bailes de dichas entidades se observa el innegable cachet y la justificada fama de sociabilidad que tiene Villa Rica. La distinción de las damas y la sobriedad de los caballeros ponen una nota especial en el ambiente.
Rumbo a la estación del ferrocarril, vamos observando un desfilar de molinos, ingenios, usinas, fábricas, desmotadoras y aserraderos que elevan su humeante tirabuzón azul...
Resultaría interesante y útil realizar un trabajo de seminario que, bajo el título de "Ficha sociológica de Villa Rica", consistiese en una averiguación sobre escuelas públicas, instituciones do beneficencia, instituciones de recreación, iglesias, cooperativas, vida industrial, higiene, arte rural, problemas de la habitación y la administración de la ciudad y de la región, vida y trabajo en la granja guaireña, etc.
Bien se merece ese homenaje la segunda ciudad de la República: Villa Rica la andariega, acogedora y romántica.
2- Asunción¡ pequeña durante el coloniaje, continuó igual en la época de la Junta de 1811, de Francia y de los López, y así prosiguió después de la guerra del 64. Un plano confeccionado en 1870 por Roberto Chodasiewi y Enrique Mangels nos la muestra alcanzando todavía sólo hasta la Calle de la Aduana, la Calle Pilcomayo y la Calle de Loreto que así se denominaban por aquel tiempo las actuales Colón, Coronel Martínez y México. Fue allá por 1890 cuando Asunción inició su progreso urbano, progreso que día a día se hace más visible, tanto en la expansión edilicia, cuanto en la pavimentación asfáltica y el tránsito de vehículos y peatones.
Partiendo del viejo núcleo colonial – hoy centro comercial y burocrático – la ciudad se ha ido extendiendo hacia el este. Así surgió la Chacarita, donde al desnudo barranco se encaraman, en un alarde de equilibrio inverosímil, apiñados ranchos a los que se llega por un laberíntico sistema de vericuetos abiertos entre espesos matorrales. No lejos de ahí surge el Parque Caballero, que en las siestas de domingo se puebla de flores, de pájaros y de bicicletas infantiles. La Avenida España – la de los minúsculos y plácidos jardines – parte hacia el oriente, y a su vera van surgiendo las progresistas barriadas de Samuhú Peré, Saccarello, Jara. La Avenida Mariscal López, otra arteria que enfila hacia el este, hace brotar a su paso el barrio residencial de los chalets suntuosos, y luego Ciudad Nueva, Recoleta, Villa Morra, Villa Aurelia. La Avenida Pettirossi, ascendiendo afanosa la cuesta de Vista Alegre, llega a las Dos Bocas y, transformada en Ruta, se lanza campo afuera mientras va salpicando Pinozá de pequeños negocios, clubs de deportes y dancings populares.
También hacia el sur la ciudad se ha ido extendiendo notablemente. Teniente Fariña – no ha mucho picada abierta en el monte – es hoy calle de intenso tránsito que, conservando su alma propia, compite con las más importantes del Centro. Tacumbú – adonde antes se llegaba en el pintoresco tranvía a mulitas – y Salamanca – sitio predilecto otrora de los pic-nics familiares –, son hoy populosos barrios, en que más de una docena de las anacrónicamente denominadas "proyectadas" son ya auténticas "realizadas".
Al norte Asunción limita, con la bahía. Su hermosa y olvidada bahía. Esa bahía en cuyas orillas la Avenida Costanera, después de los 400 metros inicialmente construidos, ha quedado trunca hace 20 años. Esa bahía donde fácilmente podría construirse cómodos balnearios y realizarse lucidas regatas y verbenas náuticas. Esa bahía que, de no canalizarse pronto el riacho Caracará, terminará, un día por secarse del todo y figurar sólo en el mapa como un recuerdo lejano.
Un fenómeno urbanístico curioso es el que ofrece Asunción. Al revés de lo que acontece lógica y generalmente con las urbes, ella ha ido alejándose cada vez más del río. Y en esa forma ha ido dejando al oeste en un olvido casi absoluto. Allí están Loma San Jerónimo y Loma Clavel, reediciones de la Chacarita, entre los que pone su alegre nota verde la Plaza Francia. Luego el Varadero, con su típica edificación de zinc y madera. A escasa distancia de allí, la mole doliente del Hospital. Más allá, tanques petrolíferos. Y después, sólo el yuyal... Andando Colón arriba, el Parque Carlos Antonio López – nido de enamorados en los atardeceres bermejos – se yergue como un atalaya sobre la ciudad. Pero la avenida de su nombre, que allí nace, largos años hace que se extiende hacia el oeste en una infructuosa tentativa de atraer a la ciudad. Barrios casi sin vida, todos los del oeste. Habría que inyectarles, sin tardanza, vitamina urbana.
La solución estaría en poblar Itapytapumta (el antiguo Itá Pytá Puâ [Ita pyta pu'â] de los guaraníes). Desde el punto más elevado del paraje, situado a unos 200 metros de la barranca, se contempla un extenso y maravilloso panorama: el cerro Lambaré, el río Pilcomayo, cierto villorrio argentino que simboliza una modalidad común en nuestra historia política, la armoniosa curva que hace el río Paraguay, el infinito hinterland óptico del Chaco, la bahía y la ciudad esfumada a la distancia, mostrando apenas la Aduana y alguna que otra humeante chimenea. Una fresca brisa sopla permanentemente en aquella altura. El sitio es ideal para residencias familiares. Itapytapunta es, sin duda, el barrio del porvenir.
Existe el propósito de construir allí la Ciudad Universitaria. No hay sitio que resulte más apropiarlo para ello. En esa vasta zona hay lugar suficiente para levantar los edificios de las diversas Facultades de la Universidad, como también bibliotecas, laboratorios, institutos de investigación, campos de deportes, etc., rodeado cada uno de frondosos parques, y hasta para edificar en las adyacencias pequeñas casas de estudiantes. Para los ensayos y pruebas náuticas está allí cercano el río. Prolongando el asfalto de la Avenida Hospital y estableciendo un buen servicio de ómnibus, los profesores y alumnos podrían trasladarse a la Universidad en pocos minutos.
Ya existe el decreto de adquisición del inmueble para la Ciudad Universitaria. Falta ahora llevar adelante la idea. "Superemos – como aconseja un maestro – las vallas que separan la Universidad del pueblo, no descendiendo nosotros sino elevándolo a él por el arte y la cultura. Hagamos sentir a todos que perseguimos el bien común y no un finalidad de egoísmo y privilegio incompatible con el poder creador que entraña el conocimiento. Debemos transformar y enaltecer a la vida con el estudio perseverante. Elevémonos elevando a los demás, pues en la altura hay siempre más sitio para todos".
La Ciudad Universitaria vendría a constituir así la solución de dos problemas: uno urbanístico y otro cultural.
Asunción, ciudad dotada de tantos encantos por la naturaleza, espera de sus hombres que la doten también de servicios sanitarios, mercados, viviendas baratas, edificios públicos, plazas y jardines, bibliotecas municipales, teatro popular al aire libre. Y además, que la extiendan hacia el oeste. Entonces dejará de ser lo que es hoy: Asunción, la ciudad que se aleja de su río.
NOTAS DE LA EDICIÓN DIGITAL
1] Preferimos omitir el párrafo siguiente, pues presumimos que hubo una omisión en la impresión:
Sin serlo de profesión, Sánchez Quell tiene un notable sent-
te material el historiador moderno plasma con los buriles de
los capítulos y en lo que se refiere a la "forma" de este obra.
2] hiérboles: sic
3] Yarigua-á-guazú, Yarigua-á-mí, Tapytanguá, Guazutay, Caañabé. Hoy se escribirían: Jarigua'a guasu, Jarigua'a mi, Tapytangua, Guasutay, Ka'añave.
4] En el original: 1864. Evidente error de transcripción. Suponemos correcto el año 1664.
5] José Rodríguez Francia se graduó en el Colegio de Monserrat (Universidad Real de Córdoba del Tucumán) como Doctor en Sagrada Teología. Nunca ofició de Sacerdote. "Aunque usa trajes talares, pues ha recibido órdenes menores – sólo le falta la tonsura para decir misa –, y en los escritos agrega a su nombre: Clérigo de Menores Ordenes" (CHAVEZ, Julio Cesar. El Supremo Dictador. Madrid: Atlas, 1964. p. 53)