Biblioteca Virtual del Paraguay

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R. ANTONIO RAMOS

LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY

Y EL IMPERIO DEL BRASIL

 

 

Tercera Parte

LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY Y ROSAS

 

CAPITULO VIII

CONGRESO DE 1842

 

El «eje pasivo» que caracterizó a las relaciones entre el Paraguay y la Confederación Argentina durante el gobierno del Dr. Francia cambió después de la muerte del Supremo Dictador. El Paraguay que abandonó su sistema de aislamiento para abrir sus puertas al comercio del mundo, encontró la oposición de Juan Manuel de Rosas, que se consideraba dueño de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, luego de haber instaurado un régimen de violencia.

José Gaspar Rodríguez de Francia dejó de existir el 20 de setiembre de 1840. Diversos gobiernos le sucedieron hasta que el Congreso General reunido en marzo de 1841, encomendó la administración del país a los ciudadanos Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, con la denominación de Cónsules de la República. Estos magistrados estaban facultados, entre otras cosas, de acordar y determinar lo conveniente acerca del comercio con el Brasil por el puerto de Itapúa y de las relaciones de amistad con los otros gobiernos, «sin perjuicio de la independencia y seguridad de la República». (1)

Si «la independencia y seguridad de la República» fue preocupación fundamental de la Junta Superior Gubernativa, del primer consulado y del dictador Francia, también lo fue de los mandatarios posteriores a éste, que lucharon contra la absorbente política de Rosas.

En abril de 1842 partía de Río de Janeiro, Jorge Roberto Gordon, agregado a la legación británica en la Corte de San Cristóbal, con destino a Buenos Aires, de donde debía trasladarse al Paraguay, en misión especial del gobierno inglés. (2)

En esa misma época el ministro brasileño, Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva, solicitaba autorización del gobierno argentino para que Antonio José Lisboa, nombrado encargado de negocios del Imperio en la capital paraguaya pudiera trasladarse en un buque de guerra a cumplir su cometido. Rosas se opuso no solamente a la navegación del barco en aguas de la Confederación sino que también a que el agente brasileño transitase por territorio argentino. En aquella ocasión, Felipe Arana, ministro de relaciones exteriores del dictador porteño, manifestó al plenipotenciario imperial, de parte del mismo Rosas, que accediendo éste a la partida de un representante extranjero hacia Asunción, «reconocería ipso facto la independencia del Paraguay». Arana agregó confidencialmente que «las vistas del Dictador eran incorporar a la Confederación Argentina la Provincia del Paraguay, que de derecho formaba parte de dicha Confederación, no estando, hasta aquí, separada de ella sino de facto». Por su parte, Moutinho de Lima Alvares e Silva comentó: «Esto no me causó la más pequeña admiración, por el conocimiento que tengo de este Gobierno. V.E. hallará también esta pretensión coherente con los principios que sustentó con el Brasil el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, relativamente al Estado Cisplatino, principios expuestos en nota del 4 de noviembre de 1825...». (3)

Tal era el espíritu de Rosas, cuando Gordon arribó a Buenos Aires. Por intermedio del ministro británico en esta capital, Juan Enrique Mandeville, gestionó la autorización correspondiente para continuar viaje, remontando el Río Paraná. Encontró la misma oposición que Lisboa. (4) Tuvo que cruzar de nuevo al Uruguay para poder seguir su derrotero. «Por mi despacho Nº 6, del 21 de junio de 1842, decía a Lord Aberdeen, sabe Vuestra Señoría que no logré obtener permiso del gobierno de Buenos Aires para seguir viaje por agua hasta el Paraguay, Ruta que me hubiese habilitado mejor, por varias razones, a llenar satisfactoriamente los objetivos de mi misión, y que, en consecuencia, regresé a Montevideo, a fin de hacer los arreglos necesarios para tomar la Ruta terrestre, desde aquí hasta Asunción. Mis despachos Nos 7, 9 y 10, del 11, 22 y 29 de julio del año pasado, respectivamente, habrán enterado a Vuestra Señoría de las facilidades que me dieron D. Fructuoso Rivera y el Gobierno montevideano para la prosecución de mi viaje; el 30 de julio anterior partí de esa Capital provisto de todos los medios de resguardo para mi seguridad personal y la de mis acompañantes y que me permitieron, al propio tiempo, cubrir el recorrido con toda la comodidad de que un viaje en estos países es suceptible». Acompañaban a Gordon, su joven amigo C. Maylor y J. Barclay, que pretendía hacer investigaciones sobre botánica. (5)

La actitud de Rosas provocó comentarios desfavorables en Montevideo, centro de la resistencia contra el Restaurador de las Leyes. El Nacional, al atacar la dictadura de la margen opuesta del Río de la Plata, defendió la independencia del Paraguay. En un artículo intitulado: Independencia del Paraguay. Veto de Rasas a los ministras inglés y brasilero acreditados cerca de los S. S. Cónsules del Paraguay, expresaba que Gordon havía venido como Encargado de Negocios de la Gran Bretaña ante el gobierno de Asunción. En Buenos Aires el British Packet declaró «que el Señor Gordon no era sino un viajero recomendado, y no un cónsul, pues que el Paraguay no podía entenderse con las naciones extranjeras, porque era provincia argentina, y Rosas está encargado de las relaciones exteriores». El British Packet es órgano de Rosas y ha negado así el derecho que tiene Inglaterra de «acreditar ministros cerca de todo gobierno independiente». Gordon no ha podido cruzar territorio argentino, dado el principio sentado por el British Packet, e intentó marchar a1 Paraguay, no obstante la prohibición de Rosas, pero se le avisó que sería asesinado en el camino. En consecuencia, viajará por territorio oriental, escoltado por tropas del presidente Rivera. Igual declaración hizo Rosas al señor Lisboa, prohibiéndole también transitar por territorio argentino, en el carácter de representante del Brasil en el Paraguay.

No creemos, agrega el diario uruguayo, que Inglaterra y el Brasil soporten esta insolencia del «degollador Rosas», que no es sino un «pretexto alevoso» para llevar la guerra al «territorio inocente y pacifico de la República del Paraguay». No puede dudarse que este Estado es de hecho y de derecho independiente. Lo es de derecho porque con la revolución rompió todo vínculo con la corona española, de la cual formaba parte por el derecho de conquista. Cada país quedó respecto de los otros «en estado de independencia política», cada uno asumió su propia soberanía. Asi surgieron del Virreinato del Río de la Plata cuatro repúblicas, sin que esto signifique una violación del derecho público. Negar la independencia del Paraguay constituye un injustificado agravio. El Paraguay debe ponerse en armas contra el que quiere tenerlo como provincia suya y cerrar toda comunicación con él, porque Rosas no duerme. Si éste triunfase sobre el Estado Oriental y Corrientes, invadiría el Paraguay, que es poderoso, pero está desarmado y «sus hijos no están avezados a la guerra». Es urgente que los Cónsules corten sus relaciones con Rosas y establezcan una rigurosa vigilancia en Itapúa, porque están sobre un volcán, «desde que el degollador Rosas les ha arrojado tan audazmente el guante! Caiga el tirano enemigo de la independencia de los pueblos! La espada de un degollador no ha de unir en un rebaño, a los que quieren vivir separados. Cuando los pueblos del Río de la Plata hayan establecido sólidamente su paz, su orden, su constitución interior, entonces si lo tienen a bien, podrán formar como estados independientes y soberanos un gran Pacto simplificando sus relaciones exteriores que las una ante el extranjero, y que los haga respetables en la paz y poderosos en la guerra». (6)

Gordon no venia investido del carácter de cónsul ni de encargado de negocios, era un enviado particular de S.M.B. El Nacional al denunciar a la opinión internacional la prohibición de Rosas llamaba la atención del Paraguay frente al peligro que significaba la tendencia porteña. La absorción de la república daría un poder ilimitado al dictador de Buenos Aires y la integridad del Uruguay quedaría también seriamente amenazada. Era necesario estar en guardia. La voz de alerta resonó en el Paraguay. Los Cónsules no se dejaron sorprender. Gordon les confirmó lo que ya sabían sobre la política de Rosas.

El Pacto, propugnado por el valiente órgano de la libertad, tenía sentido americano y recuerda las palabras de Bolívar. Era un Pacto libremente consentido entre países soberanos, para una unidad de acción ante lo foráneo, «que los haga respetables en la paz y poderosos en la guerra». No otro sentido tienen los actuales convenios panamericanos, inspirados en los ideales del Libertador.

El 19 de setiembre Gordon se encontraba en el campamento de San José, en la margen izquierda del Paraná. Al día siguiente cruzó a Itapúa, puerto habilitado, desde la época del dictador Francia, al comercio con los brasileños, donde fue recibido «con la mayor civilidad». Sin pérdida de tiempo dirigió dos comunicaciones a los Cónsules, pidiendo permiso para seguir viaje y remitiendo sus pasaportes, uno expedido por Mr. Hamilton, ministro británico en el Brasil y, otro, por las autoridades uruguayas, como asimismo las notas enviadas al gobierno paraguayo por Fructuoso Rivera y Mandeville. (7) También desde Itapúa escribió al mandatario uruguayo, anunciándole que el 20 había llegado a ese pueblo y que la tarde del mismo día se había dirigido a los Cónsules, cuya contestación recibió el 25, con la autorización de seguir viaje con sus acompañantes. El permiso no alcanzaba a la escolta oriental, bajo cuya protección había transitado con felicidad hasta entrar en territorio paraguayo, por ser ya innecesaria su cooperación, en el concepto del gobierno de Asunción. Al terminar dejó constancia de sus «sinceros agradecimientos». (8)

En la mañana del 3 de octubre llegó a la capital, siendo recibido por «un nutrido concurso de pueblo, tanto a pie como a caballo». Se alojó en la casa que le había reservado el gobierno. La tarde de ese mismo día fue recibido por el Primer Cónsul, Carlos Antonio López, a quien explicó los propósitos de su misión y el «carácter extraoficial en que venía». En la conversación, que fue cordial, don Carlos, después de interrogarle acerca de su regreso, manifestó que había oído de una negativa del general Rosas a permitir que el agente inglés se dirigiese por el Paraná con destino al Paraguay. «Le conté – expresa Gordon – que la información era exacta, y al preguntarme sobre las razones alegadas para fundamentar esa negativa, se las expuse, como expresé en mi Despacho Nº 6 a Vuestra Señoría. Al oírlas y conocer las pretensiones que abrigaba Rosas respecto del Paraguay, el Sr. López se exitó y demostró vivo interés, preguntándome seguidamente si yo temería ir u objetaría ir aguas abajo amparado por el pabellón paraguayo. Le contesté que, lejos de ello, yo intentaba pedir esa protección y auxilio cuando llegase el momento y que me sentía feliz de que Su Excelencia se me hubiese adelantado. Es más, le dije, si yo no obtuviera ese medio para ir a Buenos Aires, estaba resuelto a fletar la mejor embarcación que pudiera procurarme en Asunción con tal propósito, puesto que se trataba de la ruta señalada por mis Instrucciones. El Snr. López me prometió considerar el asunto». (9)

Al día siguiente Gordon fue nuevamente recibido por el Primer Cónsul en la casa de gobierno. López le preguntó, antes de entrar a considerar cualquier otro tema, si objetaría expresar por escrito las razones aducidas por Rosas para negarle el permiso de seguir hasta Asunción por el Río Paraná. El Primer Cónsul propuso solicitar por nota esos datos, a fin de no hacer aparecer al enviado inglés como oficioso en la cuestión. «Una vez más – afirma Gordon – el Sr. López se manifestó profundamente ofendido por las pretensiones del general Rosas. Declaró que la afirmación de existir en el Paraguay un partido favorable a la unión con la Confederación Argentina era absolutamente falsa, y que él debía prepararse, ante esta declaración, para todos los extremos que pudieran surgir por ese lado». (10)

El 5 se dirigió nuevamente a López y Alonso para agradecer los auxilios que por «órdenes del Supremo Gobierno» le habían prestado en su viaje desde Itapúa, «como para su residencia en Asunción», e informar que el gobierno de la Reina al confiarle la misión, buscaba adquirir noticias exactas acerca del estado político y los recursos mercantiles del Paraguay y de averiguar la disposición del Gobierno de la República con respecto al establecimiento de Relaciones amistosas con el de la Gran Bretaña».

Para poder cumplir sus instrucciones solicitó del Supremo Gobierno una información oficial sobre los siguientes puntos: I – Disposición de los Exmos. Señores Cónsules para entrar en relaciones amistosas y comerciales con la Gran Bretaña; II – si el sistema del difunto Dictador continuaría total o parcialmente; III – si el Supremo Gobierno de la República estaría dispuesto a recibir y tratar, con la debida atención y cortesía, a los agentes comerciales enviados por la Gran Bretaña para residir en Asunción o en los puertos habilitados para el comercio; IV – si el gobierno del Paraguay estaría dispuesto a asegurar a los súbditos británicos sus derechos civiles y el libre ejercicio de su religión; y V – si la esclavitud o el tráfico de esclavos existían en el Paraguay y en qué proporciones. (11)

El 7 de octubre, al encaminarse hacia la casa del gobierno, para entrevistarse por cuarta vez con Carlos Antonio López, Gordon recibió dos comunicaciones. Por la primera los Cónsules acusaban recibo de la nota en la cual el enviado británico dio a conocer los objetivos de su misión y reiteraban los propósitos expuestos anteriormente a Lord Palmerston de «cultivar amistosas relaciones comerciales con todas las naciones» dentro de una completa neutralidad, declarando que el gobierno paraguayo «al presente no estaba en condiciones de concertar Tratados con ninguna, porque para este efecto necesitaba recibir facultades del Soberano Congreso de la República, y que tales relaciones sólo se podrían cultivar can naciones que previa y solemnemente reconociesen la independencia del Paraguay». (12) El documento consular expresaba con objetiva claridad el anhelo hondamente sentido por el país. Por supeditar al reconocimiento de la independencia las relaciones exteriores, el dictador Francia cayó en el aislamiento y durante el gobierno de Carlos Antonio López la República abrió sus puertas al comercio del mundo cuando las naciones americanas y europeas reconocieron la soberanía del Paraguay.

La segunda de las comunicaciones era el pedido para que Gordon expresase las razones alegadas por Rosas para prohibirle el viaje por el Paraná. «La nota estaba concebida en forma tal, – agrega el agente de S. M. B. – que hacía imposible una contestación de mi parte; en consecuencia, al otro día, 8 de octubre en mi quinta entrevista con el Sr. López, le rogué que me permitiera devolverla la nota, y le dije que yo debería recibir otra redactada en términos diferentes, para poder satisfacer su pedido». (13)

Los designios de Rosas habían llegado a conocimiento del Primer Cónsul por comunicaciones de «personas que ocupaban los primeros puestos en los Estados vecinos», según afirmó El Paraguayo Independiente. Ahora con la presencia de Gordon se confirmaba «la perfidia y miras avanzadas del Gobierno de Buenos Aires contra la República del Paraguay». Ese gobierno había tenido la temeridad de asegurar en una conferencia con el ministro Mandeville, «que el Paraguay deseaba incorporarse a la Confederación y que no esperaba sino la reunión de un Congreso general para pronunciarse en ese sentido». (14)

La versión era totalmente infundada. Tal deseo de incorporación nunca existió, era una creación de la política tiránica y agresiva de Rosas. Por el contrario de lo que en sus excesos afirmara el dictador de Buenos Aires, el Congreso de 1842, antes que declarar la incorporación a la Confederación Argentina, ratificó solemnemente le independencia absoluta del Paraguay.

Los Cónsules aceptaron cambiar los términos de la nota objetada por Gordon y el 10 de octubre le hacían llegar la siguiente representación:

«El Superior Gobierno de la República del Paraguay se dirije afectuosamente al Señor Jorge G. Robert Gordon enviado por el Gobierno de S.M.B. en misión particular a esta República, y le dice que el Superior Gobierno se interesa con Su Señoría a fin de que le transmita auténticamente las ideas políticas del Gobierno de Buenos Aires relativamente a esta República, y su actual Gobierno, según lo que S.S. haya concebido con motivo de la conferencia a que dió lugar su solicitud ante el Gobierno argentino para dirigirse por el río a esta República.

El Supremo Gobierno quedará muy reconocido a este obsequio, y será una prueba de la buena amistad que reina entre esta República, y la heroica nación británica, a quien consagra sus votos de afecto el Gobierno que subscribe, y que saluda a S.S. con distinguido aprecio y respeto». (15)

La nota, redactada en términos cordiales y con expresiones afectuosas para la «heroica nación británica», fue contestada en el día. Gordon dejó aclarado previamente que su misión «no tenía carácter oficial», por eso ya en Buenos Aires había actuado como «individuo privado», «por cuya razón expresa en su comunicación a Lord Aberdeen – no oí del general Rosas la exposición de sus razones para rehusar la solicitud de Mr. Mandeville, ni oficial o inmediatamente de él, ni de su Gobierno. Después de estos preliminares, extracté del Despacho de Mr. Mandeville a Vuestra Señoría, Nº 50, de fecha 20 de junio, los pasajes que darían a conocer al Gobierno los argumentos empleados por el Señor Arana sobre el asunto». (16)

Con esta advertencia, Gordon pasó a responder al Supremo Gobierno, haciendo una relación de lo que constituían los motivos de la negativa de Buenos Aires, decía: «El Gobernador de Buenos Aires habrá determinado a negar al infrascripto permiso para dirigirse por el Paraná al Paraguay, porque al Ministro Brazilero se habia negado igual suplica, y que el conceder al Ministro Británico lo que havia sido negado a ese le daria justa causa de queja:

Que, si el infrascripto recibiese la licencia en cuestión, cualquier otro Gobierno tendría derecho al mismo favor:

Que existia en este Pais un partido que queria formar una Provincia y parte de la Confederación Argentina; y

Que el Gobierno de Buenos Aires no habia reconocido este Pais como Estado independiente, y que por tanto no permitiria Agentes Públicos o Particulares a pasar por el territorio de la Confederación para visitarlo. Al mismo tiempo desconocióse todo designio, de parte del Gobierno de Buenos Aires, de obligar al Paraguay, por las armas, a unirse a la Confederación pero que, con todo, no se permitiria Agentes Extrangeros a pasar para alla; (se tenga el poder de impedirles) mientras que el Paraguay no se habrá pronunciado por entero en favor de un cualquier modo de Gobierno, sea en la forma de un Estado independiente, sea como una Provincia, haciendo parte integrante de la Confederación». (17)

La respuesta de Gordon mereció el agradecimiento del gobierno paraguayo. (18) La información del agente inglés era un testimonio fehaciente de las intenciones de Rosas y coincidían con la enviada a la Corte de San Cristóbal por el ministro brasileño en Buenos Aires. Duarte da Ponte Ribeiro, refiriéndose a una conversación mantenida con el dictador porteño respecto a la misión de Antonio José Lisboa, expresaba: «Discurrió (Rosas) sobre el estado del Paraguay para mostrar que no quieren contacto con europeos y sí, relaciones de comercio con Buenos Aires y con el Brasil; que él sabe del estado de aquel país; que cuenta tener allá amigos y algún partido, integrado por más de dos mil paraguayos que regresaron después de varios años de estar empleados por él en sus estancias; que Gordon, aún cuando allá pueda llegar, no será admitido, según las noticias que Oribe le escribió el 5 del corriente, de la Bajada de Santa Fé, dadas por un teniente coronel que bajaba de Neembucú en una de las seis escunas paraguayas tomadas en el Paraná por Garibaldi, circunstancia que debía aumentar la natural aversión a los extrangeros. Amenazó con la completa destrucción de la escuadrilla comandada por aquel italiano, formada por cinco barcos y seguida de cerca por la de Brown, compuesta de ocho buques; que talvez esa atrevida expedición concurra para decidir a los paraguayos para entrar más de prisa en la órbita de los intereses de la Confederación. Que su intento no era obligarlos sino convencerlos de lo que más les conviene, si quieren ser respetados, para cuyo fin contaba mandar un comisionado, pero que esperaba primero la venida de otros que allá se estaban aprontando, para que no suceda lo mismo que hicieran con otros que le venían dirigidos». (19)

Rosas argumentaba en esta forma buscando impresionar al diplomático imperial, a quien en esa ocasión ratificó la negativa de permitir el tránsito de Lisboa por territorio de la Confederación. Es posible que el dictador porteño tuviese amigos en el Paraguay, cuyo número sería muy reducido, tal vez se refiriese a los que en los últimos tiempos de su predominio, en setiembre de 1850, le pidieron una invasión a la república. (20) Los firmantes de esa petición, que eran Fernando Uturburu y Carlos Loizaga, constituían una imperceptible minoría y no representaban la aspiración nacional. El país anhelaba la independencia absoluta de todo poder extraño y nunca, antes ni después, se escuchó una voz apoyando las pretensiones de Rosas. Los amigos a que se refería este dictador serían individuales y muy contados, y sin ninguna influencia en la opinión pública. No era verosímil ni posible la formación de «algún partido», dado el sistema político del país. El llamado porteñista quedó anulado en los albores de la independencia. (21) Menos verosímil era que el partido favorable a Rosas estuviese integrado por más de dos mil paraguayos, que luego de ser empleados en las estancias del dictador de Buenos Aires, hubiesen vuelto a la República.

También en 1864 los fundadores de la «Asociación Paraguaya» creyeron contar con dos mil paraguayos que ingresarían en la «legión» para formar el cuerpo que colaboraría en la guerra para derribar al «tirano». (22) Ni los dos mil de Rosas ni los de la «Asociación Paraguaya» aparecieron nunca. En 1842, no podía entrarse en el país sin previo permiso del gobierno, en ese orden seguía vigente el régimen del Dr. Francia, si bien, con más flexibilidad. Es sabido que el Supremo Dictador no permitía la entrada y salida de nacionales y extranjeros, salvo rarísimas excepciones. Preocupaba a Francia la expatriación de sus conciudadanos y prohibió que saliesen «a correr por otras tierras». (23) Como en la época de la dictadura perpetua muy difícil hubiera sido entrar en el país a un paraguayo, que hubiese estado al servicio de Rosas, sin el previo juramento de la independencia nacional. Juan Andrés Gelly, que luchó contra el Restaurador de las Leyes, después de treinta y dos años de ausencia, tuvo que prestar ese juramento, en 1845, para poder pisar el suelo de la patria. (24)

Rosas no invadió al Paraguay. No recurrió a la violencia para alcanzar la incorporación porque otros problemas y otras fuerzas le impidieron. Los medios pacíficos de nada le valieron y el comisionado anunciado nunca apareció. Los mismos argumentos expuestos a Ponte Ribeiro seguirá expresando en sus comunicaciones al gobierno paraguayo y en su prensa.

Rosas, a estar por lo que refiere Gordon, no dejó de intentar alguna penetración en el Paraguay, como consecuencia de su política hegemónica. En la conferencia del mismo Gordon del 12 de octubre con el Primer Cónsul, éste le dio a saber «que se había sospechado y en parte descubierto en Neembucú, una intriga del Gobernador de Buenos Aires, pero que por no haberse empleado suficiente cautela, los comprometidos habían escapado». Carlos Antonio López desconfiaba de los fundamentos del relato y le era penoso tratar del tema, porque naturalmente se mostraba adverso a admitir la existencia en el país de «un partido que se oponga a su Gobierno», informa Gordon, para luego agregar: «... no tengo duda alguna de que el Gobernador Rosas medita planes revolucionarios en el Paraguay desde hace largo tiempo – probablemente dándoles ya un principio de ejecución; y conozco más de una persona en esta Capital que me habló de lo bueno que era el sistema del Gobernador de Buenos Aires y del deseo que sustituya al que actualmente rige en el Paraguay». (25)

Es posible que Rosas hubiese meditado planes revolucionarios a desarrollarse en la República, pero que nunca tuvieron principio de ejecución. Desde luego Gordon no hace una afirmación a este respecto, al referirse al asunto usa el término probablemente. La penetración de una propaganda revolucionaria era sumamente difícil, teniendo en cuenta el estricto control establecido en la frontera para la entrada y salida de las personas. El gobierno paraguayo estaba firmemente en guardia contra las asechanzas del exterior. Si don Carlos dudaba de los fundamentos de la intriga antes aludida, de cuyas consecuencias no se tiene noticia alguna y Gordon sólo hablaba de que probablemente los planes revolucionarios de Rosas habrían tenido principio de ejecución, quiere decir que no existía ninguna certeza acerca de la acción de ese dictador en el Paraguay.

Gordon afirma que a más de una persona escuchó hablar de la bondad del sistema de Rosas y del deseo que sustituya al del Paraguay, sin citar el nombre de esas personas ni el número de las mismas. La afirmación es vaga como la referente al principio de ejecución de los planes revolucionarios, no tiene consistencia como para fijar la verdad histórica. Y aún en el supuesto de que existiera lo que Gordon escribe, tales deseos nunca afloraron en el escenario público, nunca tuvieron fuerza como para formar un partido, no fueron sino meras manifestaciones particulares, a las cuales el enviado de S.M.B. dio una categoría que no tenían. La opinión nacional era contraria a las pretensiones de Rosas y toda manifestación que no estuviese de acuerdo con ella tendría la más enérgica repulsa del gobierno como del pueblo. La República se mantuvo firme frente a la política del Amo de Palermo, ratificando su decisión de defender su independencia.

Al entregar la nota del 10 de octubre a Carlos Antonio López, Gordon anotó; «le dije que una atenta consideración de la conveniencia de hacer tal comunicación, me había convencido de que era correcta y apropiada. Porque, como el Gobierno de Buenos Aires declaró expresamente que no permitiría comunicación oficial alguna, siempre que lo pudiera evitar, entre el Paraguay y las Naciones Extranjeras, hasta que todo el país se hubiese pronunciado sobre una o otra forma de Gobierno, así como también sobre la cuestión de si el país entraría o no a formar parte de la Confederación Argentina – yo suponía que estaba en el interés de las Naciones Extranjeras el conocer los sentimientos reales del Paraguay acerca de estos puntos, y entendía que, al suministrar a Su Excelencia la presente información, le daba una base para invitar a la opinión de la República a hacer una Declaración semejante, como un paso hacia la solución de la cuestión y el establecimiento – así debe esperarse – del libre intercambio comercial y político entre la República y las demas naciones». (26)

La sugestión de Gordon era la de un amigo y estaba inspirada en el «deseo de desvanecer la maliciosa intriga urdida por Rosas, al presentar a la República como dispuesta a incorporarse a la Confederación Argentina. El enviado de S.M.B. conocía el interés de su país en mantener relaciones comerciales con el Paraguay, considerado como Estado soberano. Su misión, si bien no tenía carácter político, constituía, en sí misma, un reconocimiento de facto de la independencia nacional, de la cual podría dudarse si la propaganda de Rosas no se contrarrestase con una declaración pública y categórica. La voz oficial del Paraguay, emanada directamente de la voluntad popular, era necesaria ser escuchada en América y Europa, para fijar con firmeza su posición de país independiente, tanto de la Confederación Argentina como de todo poder extraño. Sólo así podría solucionarse la cuestión del establecimiento del «libre intercambio comercial y político entre la República y las demás naciones».

No escapó a Carlos Antonio López el significado de esta realidad. Tanto fue así, que, aun antes del regreso de Gordon, la consulta a la soberanía popular quedó resuelta. El 24 de octubre el agente inglés visitó nuevamente al Primer Cónsul, en cuya ocasión le obsequió «un juego de navajas de afeitar inglesas y un abanico para su señora», y Don Carlos ratificó «la seguridad de la buena disposición del Gobierno de estrechar relaciones con la Gran Bretaña». Gordon agrega, que López, dándole «una prueba más de confianza», le informó «que había impartido instrucciones para la convocatoria de un Congreso extraordinario, con el propósito de someter a su consideración las pretensiones del general Rosas y descubrir si existe en el país un partido favorable a la unión con la Confederación Argentina. Que otro de los objetos de la convocatoria era definir las facultades y atribuciones del Gobierno en lo concerniente a las Relaciones Exteriores; – que después de la reunión del Congreso, se enviaría un barco a Buenos Aires; – que entonces el Gobierno del Paraguay – en caso de que este barco sufriese algún obstáculo a su descenso por el Paraná o a su vuelta al Paraguay por cualquiera de las Provincias ribereñas estaría habilitado a responder a un acto semejante (o cualquier otro acto injustificable del general Rosas u otros) apoyado en la plena autoridad de la nación, y probar así, tanto a las Potencias Extranjeras como a Buenos Aires, que el Paraguay es de hecho independiente y no deseaba unirse a la Confederación Argentina». (27)

Al despedirse Gordon del gobierno, López volvió a decirle, que «cuando el Congreso haya mostrado con su voto que no se inclinaba en favor de la Confederación Argentina, una imponente expedición iría aguas abajo para notificar oficialmente al Gobernador Rosas de este resultado». Esa misma tarde, 26 de octubre, obtuvo un ejemplar del decreto de convocatoria, cuya copia y traducción remitió a Londres. No dudó del resultado del «Soberano Congreso Extraordinario». Desde Buenos Aires pidió a Carlos Antonio López «copia del acto» en que «habrá concordado» la Asamblea, por considerar de interés comunicar a su Gobierno. (28)

Las palabras de Gordon no cayeron en el vacío. Los Cónsules comprendieron su transcendencia. La actitud de Rosas y la conveniencia de que las demás naciones conociesen oficialmente la independencia del Paraguay, reclamaban perentoriamente una resolución clara, pública y categórica. El Supremo Gobierno, por decreto del 24 de octubre de 1842, diez días después de la sugestión de Gordon, convocó a un Congreso extraordinario. Los considerandos aludían a la necesidad de examinar asuntos importantes relacionados con el bien y felicidad de la República, sobre los cuales los Cónsules al pronunciarse podrían sobrepasar sus atribuciones, aun cuando tuviesen el apoyo de la opinión pública; a las circunstancias especiales de orden político que exigían consultar a la soberanía nacional para obrar con acierto; y, a que siendo aun lejana la fecha del futuro congreso ordinario, no podía demorarse la atención de cuestiones que demandaban una urgente resolución. La Asamblea debía reunirse en la capital, el 25 de noviembre siguiente, con cuatrocientos diputados, que debían ser «Ciudadanos propietarios y de capacidad, nombrados en proporción al número de Departamentos de la República». El diputado electo no podía excusarse sino por causa grave y justificada. (29)

El 25 de noviembre de 1842, el Congreso extraordinario inició sus deliberaciones en la iglesia de la Encarnación, con la presidencia de Carlos Antonio López. El día de su instalación, aprobó por unanimidad, la solemne declaración siguiente:

«En esta ciudad de la Asunción de la República del Paraguay, a veinte y cinco de Noviembre de mil ochocientos cuarenta y dos, reunidos en el congreso general extraordinario cuatrocientos diputados por convocatoria especial de los Señores Cónsules que forman legalmente el Supremo Govierno, ciudadanos Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, usando de las facultades que nos competen, cumpliendo con nuestro deber, y con los constantes y decididos deseos de nuestros conciudadanos, y con los que nos animan en este acto. – Considerando. Que nuestra emancipación e independencia es un hecho solemne e incontestable en el espacio de más de treinta años. – Que durante este largo tiempo y desde que la República del Paraguay se segregó con sus esfuerzos de la Metrópoli española para siempre; también y del mismo modo se separó de hecho de todo poder extrangero, queriendo desde entonces con voto uniforme pertenecer a sí misma; y para formar, como ha formado, una nación libre e independiente bajo el sistema republicano sin que aparezca dato alguno que contradiga esta explícita declaración. – Que este derecho propio de todo estado libre se ha reconocido a otras provincias de Sud América por la República Argentina y no parece justo pensar que aquel se le desconozca a la República del Paraguay, que ademas de los justos títulos en que lo funda, la naturaleza la ha prodigado sus dones para que, sea una nacion fuerte, populosa, fecunda en recursos y en todos los ramos de industria y comercio. – Que tantos sufrimientos y privaciones anteriores consagrados con resignación a la independencia de nuestra República por salvarnos a la vez del abismo de la guerra civil, son también fuertes comprobantes de la indudable voluntad general de los pueblos de la República por su absoluta emancipación e independencia de todo dominio y poder extraño. – Que consecuente a estos principios y al voto general de la República, para que nada falte a la base fundamental de nuestra existencia política, confiados en la divina providencia, declaramos solemnemente. – Primero. La República del Paraguay en el de la Plata es para siempre de hecho y derecho una nación libre e independiente de todo poder extraño. – Segundo. Nunca jamás será el patrimonio de una persona ó de una familia. – Tercero. En lo sucesivo el Gobierno que fuese nombrado para presidir los destinos de la nación, será juramentado en presencia del Congreso, de defender y conservar la integridad e independencia del territorio de la República, sin cuyo requisito no tomará posesión del mando. Exceptúase el actual Gobierno por haberlo ya prestado en la acta misma de su inauguración. – Cuarto. Los empleados militares, civiles y eclesiásticos serán juramentados al tenor de esta acta luego de su publicación. – Quinto. Ningún ciudadano podrá en adelante obtener empleo alguno sin prestar primero el juramento prevenido en el articulo anterior. – Sexto. El Supremo Gobierno comunicará oficialmente esta solemne declaración a los Gobiernos circunvecinos, y al de la confederación argentina, dando cuenta al soberano Congreso de su resultado. – Séptimo. Comuníquese al poder ejecutivo de la República para que la mande publicar en el territorio de la nación con la solemnidad posible, y la cumpla y haga cumplir como corresponde. Dada en la Sala del Congreso firmada de nuestra mano, sellada con el sello de la República y refrendada por nuestro secretario». (30)

El mismo día el Congreso aprobó también por unanimidad el pabellón y sello de la República. La bandera adoptada tenía tres fajas horizontales, colorada, blanca y azul, luciendo de un lado el escudo nacional con un ramo de palma y otro de oliva entrelazados en el vértice y abiertos en la parte superior, una estrella en el centro y en la orla la inscripción; República del Paraguay. Al lado opuesto, un círculo con el lema escrito de Paz y Justicia y en el centro un león en la base del símbolo de la libertad. El sello nacional era el descrito anteriormente «bajo el jeroglífico de una palma y oliva, una estrella en el centro y la inscripción orlada de la República del Paraguay», el de hacienda era otro círculo con el símbolo de la libertad, el lema, paz y Justicia, en el centro, y la leyenda, República del Paraguay, distribuida también en el margen. El artículo cuarto de la ley disponía la comunicación a los gobiernos de los Estados vecinos y al de la Confederación Argentina. (31)

En el orden internacional el Congreso aprobó el principio consagrado por el gobierno de guardar con las naciones extranjeras una amistad pura sin otra formalidad ni pactos hasta tanto que la experiencia muestre la necesidad de esta clase de negociaciones, salvo el caso urgente de una alianza ofensiva y el de mantener una estricta neutralidad en las disensiones vecinales. (32)

El Congreso extraordinario no se apartó de las manifestaciones formuladas por Carlos Antonio López en sus entrevistas con Gordon. Presidido por el Primer Cónsul, es indudable la influencia de este mandatario en sus deliberaciones. Sus resoluciones tuvieron profunda repercusión en la vida de la República. Marca el nacimiento de una época. El horizonte nacional se amplia y el aislamiento del Doctor Francia se rompe, incorporándose el Paraguay en el mundo de las relaciones internacionales. Consecuencia de esta Asamblea, que completó la decisión memorable del Congreso de 1813, será el reconocimiento de la independencia por los países de América y Europa.

El Supremo Dictador, sin embargo, pesó todavía en sus determinaciones. La declaración de mantener la República una amistad pura con todas las naciones sin necesidad de pactos, hasta tanto se presente la oportunidad de entablar estas negociaciones, era un recuerdo de los recelos tan fuertemente inculcados al país por el Dr. Francia, frente a las influencias que podían venir del exterior. También la estricta neutralidad adoptada en las querellas intestinas de los Estados vecinos era un principio practicado durante el régimen del Supremo Dictador.

Pero la resolución de mayor importancia y transcendencia era la ratificación de la independencia por una declaración categórica, pública y solemne. El Congreso de 1813 que proclamó nuestra soberanía no había tomado una decisión de la naturaleza de esta última. El mundo continuaba desconociendo oficialmente al Paraguay como nación independiente. Esta omisión vino a salvar la Asamblea de 1842, con el acta del 25 de noviembre, que no hizo otra cosa sino certificar con la autoridad de la voluntad popular, la existencia libre del Paraguay. Esta ratificación facilitó después el reconocimiento de la independencia por las otras naciones, lo que permitió, a su vez, establecer con ellas relaciones permanentes de amistad.

Carlos Antonio López destacó la transcendencia de las dos Asambleas en la historia de la nación recordándolas con justicia en su mensaje de 1854. «La independencia de nuestro país – decía el esclarecido Presidente – fue declarada y proclamada por el Congreso reunido en Octubre de 1813, pero por una negligencia inexplicable ni se consignó esa declaración en un acto formal, ni se promulgó, ni se juró, ni se comunicó al exterior, y quedó por consiguiente, desconocida y como si no existiese esa independencia. En el congreso general extraordinario reunido en noviembre de 1842 se ratificó aquella declaración: Se consignó en un acta solemne que firmaron todos los Diputados, se juró en toda la República, y se encargó al Gobierno comunicarla a todas las demás naciones, así de América como de Europa, con el fin de anunciar a todos que el Paraguay se abría a la comunicación y comercio de todo el mundo, y para recabar su reconocimiento de Nación soberana e independiente». (33)

El gobierno dispuso que la independencia fuese jurada el 25 de diciembre, en todo el territorio de la República, lo que se realizó con la mayor solemnidad y júbilo. Los ciudadanos y las corporaciones, «firmes y alegres», prometieron defender la libertad de la patria. «Ellos no juraron en vano, – comenta El Paraguayo Independiente renuevan anualmente su promesa, y el Dios de los ejércitos ha de continuar a protegerla». (34)

Por disposición expresa del Congreso los Cónsules fueron liberados de la formalidad del juramento. Ellos la cumplieron ante la Asamblea de 1841, jurando sobre los Santos Evangelios: Conservar y defender la independencia e integridad de la República. (35)

La solemne promesa no era sino la expresión de la voluntad popular. E1 Paraguay no vaciló en defender su patrimonio de nación soberana, oponiendo una valla a la agresión del despotismo.

El año siguiente los Cónsules declararon al 25 de diciembre, «fiesta cívica de la República», como un «monumento de honor y perpetua memoria», en homenaje a la independencia y establecieron, al mismo tiempo, que cada año dicha fecha fuese solemnemente celebrada con iluminaciones en la capital y en el interior y «con todo genero de diversiones públicas y privadas», desde la víspera. (36)

El primer aniversario fue «celebrado con extraordinario entusiasmo»(37) y así todos los años. De los festejos conmemorativos nos dan una idea los periódicos de la época. (38) La recordación de tan transcendental acontecimiento de nuestra historia política, ha perdido el entusiasmo de otros tiempos. El 25 de diciembre ha dejado de tener la solemnidad y lucimiento del siglo pasado.

 

NOTAS

Tercera Parte

CAPITULO VIII

1) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, desde el año 1811 hasta la terminación de la guerra. Asunción, 1908, pág. 32 y segts. Bando del 14 de marzo de 1841, firmado por López y Alonso, en el Cuartel de San Francisco, dando a conocer las deliberaciones del Congreso clausurado el día anterior a las seis de la tarde.

2) A.H.I. Buenos Aires – Despachos – 1826-52. Despachos a Antonio José Lisboa, Río de Janeiro, 16 de abril de 1842, y, a Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva, Río de Janeiro, 18 de abril de 1842. Borradores.

3) Ibíd. Buenos Aires – Oficios – Oficio Nº 40 de Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva. Buenos Aires, 21 de abril de 1842. Original.

Correspondencia Reservada e Confidencial do Governo Imperial em 1843 e 1844, Missão José Antonio Pimenta Bueno, depois Senador, Conselheiro de Estado, visconde e marquez de São Vicente. Extrato autenticado por Antonio José Cupertino de Amaral.

4) Ibid. Ibid. Qficio Nº 5 de Luís Moutinho de Lima Alvares e Silva. Buenos Aires, 17 de junio de 1852. Original.

Ibid. Ibíd.

5) Public Record Office, Londres. F. O. 13/202. Informe presentado a Lord Aberdeen por G. J. R. Gordon, Agente del Gobierno Británico, a su regreso del Paraguay, 1843. Este documento fue encontrado y traducido por Pablo Max Ynsfran, a cuya gentileza debemos una copia de la versión en castellano.

A.H.I. Buenos Aires – Despachos – 1826-56. Despacho a Duarte da Ponte Ribeiro. Río de Janeiro, 28 de octubre de 1842. Borrador.

B. N. R. J. – C.R.B. – I – 29, 24, 4 Nºs 6 y 7. Gordon a los Cónsules López y Alonso. Itapúa, 20 de setiembre de 1842. Originales.

6) El Nacional Nº 1058, Montevideo, 23 de junio de 1842.

7) Informe cit. y oficios de Gordon a los Cónsules cit.

El Nacional Nº 1166, Montevideo, 2 de noviembre de 1842. El artículo, anunciando la llegada de Gordon, terminaba expresando, que la pretensión de Rosas de que el Paraguay forme parte de la Confederación Argentina, «ha servido solamente para desenmascararlo en sus proyectos de futura invasión y conquista al Paraguay, y para llamar más y más la atención de las naciones civilizadas sobre su política salvaje perturbadora de la paz y el comercio de sus vecinos».

8) Gordon a Rivera. Itapúa, 26 de setiembre de 1842.

El Nacional Nº 1170, Montevideo, 7 de noviembre de 1842, que también publica la contestación de los Cónsules a la nota de Rivera del 1º de agosto de 1842, recomendando a Gordon y de la cual había sido portador el mismo agente inglés.

9) Informe cit.

10) Informe cit.

11) B.N.R.J. – C.R.B. – Gordon a los Cónsules. Asunción, 5 de octubre de 1842. Original.

12) Informe cit.

13) Informe cit.

14) El Paraguayo Independiente nº 89.

Asunción, sábado, 9 de febrero de 1850.

15) Ib. Ib.

16) Informe cit.

17) B.N.R.J. – C.R.B. I. – 29, 24, 4 Nº 11. Gordon a los Cónsules. Asunción, 10 de octubre de 1842. Original.

El Paraguayo Independiente Nº 89, cit., publica el texto de la nota. En la reproducción nosotros seguimos al original obrante en la colección vizconde de Río Branco de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro.

18) Ibid., Ibid., I – 29, 24, 4 Nº 18. Carlos Antonio López a Gordon. Asunción, 20 de octubre de 1842. Copia.

19) A.H.I. Buenos Aires – Oficios. Reservado Nº 1 de Duarte da Ponte Ribeiro. Buenos Aires, 22 de agosto de 1842. Original.

Correspondencia Reservada e Confidencial do Governo Imperial em 1843 e 1844, cit. Extracto autenticado por Antonio José Cupertino de Amaral.

20) Juan E. O’Leary. Los legionarios. Asunción, 1930, pág. 63 y sigts.

Juan B. Gil Aguínaga. La Asociación Paraguaya en la Guerra de la Triple Alianza. Buenos Aires, 1959, pág. 24 y 25.

21) Julio César Chaves. El Supremo Dictador. Tercera edición. Buenos Aires, 1958, pág. 101, 102 y 103.

Id. Id. Historia de las relaciones entre Buenos-Ayres y el Paraguay. Segunda edición. Asunción-Buenos Aires, 1959, pág. 129 y 130.

22) Juan B. Gill Auinaga. Ob. cit., pág. 34.

23) Francia al Delegado de Itapúa, 4 de febrero de 1830. Julio César Chaves. El Supremo Dictador, cit., pág. 248.

24) R. Antonio Ramos. La personalidad histórica de Juan Andrés Gelly. El Pais Nº 1402. Asunción, 26 de agosto de 1944.

25) Informe citado.

26) Informe cit.

27) Informe cit.

28) B. N. R. J. – C. R. B. – I – 29, 24, 4 Nº 24. Gordon a Carlos Antonio López, Buenos Aires, 12 de diciembre de 1842. Original.

29) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, cit., pág. 35.

30) Ib. Ib., pág. 40 y sigts.

El Paraguayo Independiente Nº 8. Asunción, sábado, 14 de junio de 1845.

31) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, cit., pág. 35 y sigts.

32) Ib. Ib. Ib., pág. 39 y 40.

33) Mensajes de Carlos Antonio López, Asunción, 193l, págs. 71 y 72.

Juan F. Pérez Acosta. López y Rosas. Buenos Aires, 1944, pág. 5 y 6.

34) El Paraguayo Independiente Nº8, cit.

35) Ib. Ib. Ib.

36) Repertorio Nacional Nº 18. Decreto de 28 de octubre de 1843.

R. Antonio Ramos. La Independencia del Paraguay y Rosas. El País. Asunción, 23 de diciembre de 1944.

37) Mensaje de los Cónsules López y Alonso de 1844.

R. Antonio Ramos. Art. cit.

38) Tanto El Paraguayo Independiente como el Semanario de Avisos y Conocimientos Utiles recordaban invariablemente el 25 de diciembre con artículos de elevado sentido patriótico, reproduciendo al mismo tiempo el acta de ratificación de la independencia.

R. Antonio Ramos, Art. cit.

 

CAPITULO IX

COMUNICACIÓN A LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA

 

La declaración del 25 de noviembre de 1842, si bien de carácter general, estaba dirigida fundamentalmente a la Confederación Argentina, cuyas relaciones exteriores Rosas manejaba discrecionalmente. En sus considerandos al dejar claramente consignado que la independencia del Paraguay era un hecho incontestable; que la República se había separado por sus propios esfuerzos de todo poder extraño porque quería pertenecer a si misma estableciendo su forma de gobierno, no olvidó de expresar que este derecho de todo Estado soberano había sido reconocido por la República Argentina a otras provincias de América del Sur y que por lo tanto no era justo que negase ese mismo derecho a la República del Paraguay. En la parte dispositiva, el articulo sexto al ordenar la comunicación de la solemne declaración a los «Gobiernos circunvecinos», agrega expresamente que también se haga al de la Confederación Argentina. La misma providencia contenía la ley de creación del pabellón y sello nacionales. La redundancia no era una casualidad, ni una impertinencia, ni un defecto en la redacción de los documentos, sino la manifestación expresa de una medida exigida por el anhelo nacional frente a las pretensiones de Rosas.

El gobierno consular no esperó para dar cumplimiento a lo dispuesto por el Congreso extraordinario. Tres días después de la jura de la independencia en todo país, Andrés Gill era designado agente especial para presentar a Rosas las resoluciones de la Asamblea de 1842. Carlos Antonio López así lo había prometido a Gordon. El decreto supremo expresaba: «Por cuanto se hace necesario enviar una persona acreditada cerca del Excelentísimo Govierno de la confederación argentina en Buenos Ayres que personalmente felicite a S. E. el Señor Governador y Capitan general Don Juan Manuel Rosas y le presente las comunicaciones oficiales que conduce del Supremo Govierno de la Republica del Paraguay, relativamente al reconocimiento de nuestra independencia y pabellon nacional, con lo demas que se la ha confiado verbalmente al dicho nuestro enviado: por tanto hemos venido en nombrar como nombramos al ciudadano Andrés Gill para que como tal enviado desempeñe la comision particular que queda indicada, recabando debidamente del Excelentisimo Govierno de la confederacion argentina el reconocimiento de nuestra independencia y pabellon nacional en la forma usual de las naciones». (1)

Los términos de la disposición eran amistosos. Gill no solamente tenía que entregar los documentos que llevaba, solicitar el reconocimiento de la independencia del Paraguay sino también felicitar al Señor Gobernador y capitán general Don Juan Manuel de Rosas. Además debía cumplir lo que verbalmente se le había encomendado: establecer contacto con los representantes del Brasil, Bolivia, Chile y Estados Unidos de América para manifestarles los deseos del Paraguay de entablar relaciones con sus respectivos países. Para el gobierno de cada uno de los tres llevó también la comunicación relativa a la declaración del 25 de noviembre con el pedido del reconocimiento de la independencia. Igual cometido debía cumplir con el ministro francés y el nuncio apostólico de Su Santidad el Papa. (2) Tal era la «comision particular», expresión ésta que recuerda la usada por Gordon, quien, al dirigirse a los Cónsules, se decía «enviado por el Gobierno de Su Magestad Británica en mision particular a la Republica del Paraguay». (3)

Esta representación era la primera que el Paraguay independiente enviaba al exterior para mantener vínculos de amistad con las demás naciones. Al dar así cumplimiento al mandato del Congreso extraordinario abandonaba el aislamiento de la época del Dr. Francia, apareciendo oficialmente en el concierto internacional. Por primera vez se presentaba a la consideración del mundo y lo hacía por intermedio de Andrés Gill, a quien de esta suerte, le cupo el honroso cometido de iniciar la diplomacia paraguaya. La misión encontró dificultades en la Confederación Argentina, pero alcanzó pleno éxito con relación a Bolivia y Chile, habiendo recibido cordial acogida de los representantes de los Estados Unidos de América y del Brasil.

Tal como Carlos Antonio López había manifestado a Gordon, Gill viajó en una escuna, que enarbolando la bandera tricolor, ostentaba el nombre de República del Paraguay. Llegó a Buenos Aires el 13 de febrero de 1843.

Cuatro días después, Duarte da Ponte Ribeiro, ministro del Imperio del Brasil, informaba a su gobierno, que Gill luego de desembarcar pasó a la casa que le estaba preparada; «y se le dio una guardia de honor, como se acostumbra con todos los Gobernadores y Diputados de las Provincias que vienen a esta Capital. En el segundo día fue recibido por Arana, en una visita breve. De lo ocurrido solamente pude saber que todavía no está resuelto si el objeto de la Misión de este Enviado ha de ser tratado por el Ministro Arana o directamente por el Gobernador. Mientras tanto hacen correr el rumor de que el Diputado del Paraguay sólo vino a entregar a este Gobierno un Oficio de los Cónsules». (4)

Gill hospedó en la casa de Remigio González Moreno y fue tratado con consideración por Rosas y Arana. (5) No obstante, debía cuidarse de los espías que vigilaban constantemente sus pasos. (6) Según Ponte Ribeiro, era un joven «de 30 a 35 años, doctor y muy vivo; no hay más enviado que él, como se ha anunciado. Trae un Secretario, que aquí llaman Escribiente, para estar de acuerdo con el nombre de Diputado que dan al Enviado para diferenciarlo del de las Legaciones de Gobiernos Independientes». (7)

El 14 de febrero comunicó a Felipe Arana, ministro de relaciones exteriores de Buenos Aires, haber «sido nombrado por el Supremo Gobierno de la República del Paraguay en comisión particular cerca del Excmo Señor Gobernador y capitán general Don Juan Manuel de Rosas Encargado de las relaciones exteriores de la confederación argentina», acompañando el diploma de su nombramiento, y que, una vez «cumplidos los requisitos de estilo» le será «altamte... satisfactorio entrar a desempeñar la comision de su Gobierno». (8)

La nota sería presentada el 15 ya que según el representante brasileño, el agente paraguayo fue recibido por Arana dos días después de su llegada. La contestación no se produjo con la rapidez de la audiencia. Recién el 2 de marzo respondió el ministro de Rosas. Decía a Gill; «El infrascripto ha recibido orden de su Gob.no pa decir al Sr. Comisionado en contestación, que le es intimamente grato a S.E., el feliz arribo de Su Señoria á esta ciudad, no menos que reconocerle en el caracter que anuncia cerca del Gob.no Encargado de las Rel.e Exts de la Confederacion Argentina; en cuya virtud tiene el infrascripto el honor de devolver a Su Señoria el Diploma enunciado pudiendo en su consecuencia proceder a llenar los objetos de su mision cuando fuere de su agrado». (9)

La respuesta era satisfactoria. Sus términos diplomáticamente correctos, estaban por sobre la frialdad protocolar. Su cordialidad expresiva no reflejaba, sin embargo, el sentimiento íntimo del dictador porteño. Aceptada la misión y con la autorización de poderla cumplir cuando fuese de su agrado, Gill procedió a la entrega de la nota de la cual era portador. Decían los Cónsules al gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina:

«Es con la mayor satisfaccion que el Supremo Govierno se dirige por primera vez a V.E. para participarle que habiendose reunido en esta capital de la República el 25 de Noviembre proximo pasado un congreso extraordinario de ciudadanos propietarios en número de cuatrocientos diputados para deliberar sobre asuntos vitales al bien y felicidad de la República, hubo por conveniente el Soberano congreso declarar la independencia de esta República del modo solemne que aparece en la acta que en debida forma se acompaña a V.E. Del mismo modo ha declarado el pabellon nacional, y sellos de la República, como lo acredita la sancion que tambien se remite a V.E.

«El Soberano congreso ha ordenado, que este acto eminentemente nacional, despues de jurado en toda la República, como se ha verificado con el mayor entusiasmo el dia 25 del corriente se pase a los Goviernos vecinos y al de la confederacion argentina, exigiendose el reconocimiento de nuestra independencia, y demas que se contiene en la adjunta Ley que se agrega a la acta fundamental.

«Pero para poner en perfecta claridad la sinceridad de los sentimientos del Supremo Govierno tambien se adjunta a V.E. la última sansion del soberano congreso en que queda firmemente consignada la base de estricta neutralidad en las disensiones que se agitan en los Estados vecinos. No deja por eso el Supremo Govierno de hacer votos al cielo por ver una paz firme, y una tranquilidad estable en todos los Estados republicanos del Sud.

«Mas al dar este paso, quiere el Supremo Gobierno manifestar la consideración que es debida al Gobierno de la confederacion argentina, enviando cerca de V.E. un ciudadano acreditado que ponga en manos de V.E. los adjuntos pliegos, y espere el resultado del reconocimiento de nuestra independencia y pabellon nacional.

«El Supremo Govierno de la República del Paraguay queda en la confianza que V.E. aceptará los distinguidos sentimientos de aprecio con que se dirige a V.E. y se le ofrece cordialmente». (10)

Desde la dictadura del Dr. Francia era la primera vez que el gobierno paraguayo se dirigía al de Buenos Aires. La comunicación no era un mero cumplimiento sino un llamado a Rosas sobre la existencia misma de la nacionalidad. Los nombres de Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso quedaron ligados a este paso transcendente que vino a poner término a una época y a inaugurar otra más promisoria, más fecunda, que abrió las puertas del Paraguay para el mundo, con el reconocimiento de su independencia.

No obstante la actitud pública de Rosas, al considerar a la República como una provincia argentina, la nota de los Cónsules tenía un fondo amistoso. Sus términos no se apartaban de la cortesía diplomática haciendo resaltar la consideración guardada por el Supremo Gobierno al de la Confederación Argentina, al enviar un agente especial encargado de poner en manos del Gobernador porteño la comunicación paraguaya y esperar el reconocimiento. Ninguna misión fue despachada para otros países. La confiada a Gill era indudablemente una distinción dispensada por el Paraguay a la Confederación Argentina, que Rosas no supo o no quiso comprender. Su importancia era fundamental para la República, dada la posición adoptada por el dictador de Buenos Aires. De ahí el cuidado en la redacción del documento, que no solamente proclamaba una política de buena vecindad con relación a la Confederación Argentina sino que daba a esa política un alcance continental. La estricta neutralidad en las disensiones de los Estados vecinos había sido dispuesta por el Congreso del 25 de noviembre, que en nuestros días es lo que se ha dado en llamar principio de no intervención, y era una medida tomada en función a las luchas intestinas que agitaban las provincias del antiguo Virreinato del Río de la Plata. Los Cónsules no limitaron esta política a los «Estados vecinos» sino que formularon sus «votos al cielo por ver una paz firme, y una tranquilidad estable en todos los Estados republicanos del Sud.» Este pronunciamiento era de una amplitud americana. Los pactos actuales entre las naciones del Nuevo Mundo no tienen otro sentido. Pero la «paz firme» y la «tranquilidad estable» son metas aun no alcanzadas por muchos países del continente.

Gill mantuvo con el gobierno porteño varias conferencias. Igualmente conversó con los representantes de los Estados Unidos y el Brasil. Sintió y vio de cerca lo que era el régimen de Rosas. El 11 de marzo decía Ponte Ribeiro a Honorio Hermeto, después de una conversación con el enviado de los Cónsules: «Al respecto del objeto de su misión ante este Gobierno, solamente me dijo que ya había cumplido su comisión y que no tardaría en volver para dar cuenta a su Gobierno. Debo advertir a V.E., que antes de partir esta misión del Paraguay, los Cónsules mandaron dar chalecos encarnados a los individuos de la comitiva para vestirlos a la llegada, como lo hicieron; después pusieron todos, menos el Enviado, cinta del mismo color en el sombrero y en el pecho, como traen los Federales. El que vino como Secretario, a quien al principio se llamó Escribiente, es hoy designado como Sobrecargo de la Escuna República del Paraguay. Gill no parece el mismo hombre, que cuando llegó aquí; creo que Arana y Rosas consiguieron embaucarlo; pero resta ver si el magnetismo político de éstos tiene la misma influencia sobre los Cónsules». (11)

El estado espiritual de Gill era explicable. No estaba embaucado por Rosas ni por Arana. Pero no podía sentirse eufórico ante la actitud del gobierno porteño.

No se dejó impresionar por los cumplidos oficiales y comprendió en toda su magnitud la falacia del Amo de Palermo. El mismo Ponte Ribeiro informaba posteriormente, luego de otra entrevista con Gill: «Por su conversación conocí que no va tan engañado y contento como este Gobierno supone y creo que tendrán que arrepentirse de no haber sido más francos con este primer emisario del Paraguay después de un interdicto de 26 años. Me dijo que había mandado imprimir 500 ejemplares de la declaración de la Independencia del Paraguay para llevar a su Gobierno y no dejaba aquí sino dos, cerrados en un sobre, para serme entregados por un pariente suyo, después de su salida de ésta y me pidió que mostrase a otros Ministros como cosa que me hubiera venido a mano sin saber cómo». (12)

El arrepentimiento no se produjo. Rosas se mantuvo firme en su política con el Paraguay. En más de una ocasión ofreció ventajas para dorar la píldora, pero siempre considerando a la República como una provincia argentina. Los Cónsules, primero, y Carlos Antonio López, después, tampoco se doblegaron. Caseros puso término a esta tensión internacional.

Durante la permanencia de Gill en Buenos Aires, las atenciones protocolares entre los dos Gobiernos se sucedieron en un tono de fina cortesía. Los Cónsules recibieron el mensaje de Rosas del 27 de diciembre de 1842 a la legislatura provincial y algunos diarios de la capital porteña. López y Alonso se apresuraron a acusar recibo del envío. «Ha visto el Govierno – decían a Arana – con detención aquel documento oficial, y los impresos adjuntos, y desde que observa que la voluntad libre y general de la confederación argentina se ha pronunciado tan dicididam.te por la causa que sostiene preciso es respetarla, y que los adversarios se conozcan impotentes para contrariar el voto nacional, dejando de una vez que se consoliden los elementos de la tranquilidad de los pueblos bajo la base que han querido adoptar para su futura suerte.

«Si el Govierno de la República del Paraguay se ha merecido esta vez un elogio entre las páginas del mensage del Excelentisimo Gobierno argentino lo atribuye a no haberse mesclado jamas en las disensiones políticas de los estados vecinos, no haber abrigado en su seno ningun foco de discordia extraña y por esta parte son de alto aprecio las congratulaciones consignadas en el parte oficial.

«Los infrascritos felicitan cordialmente al Excelentisimo Gobierno argentino, pues lo creen animado de sinceros sentimientos patrióticos y de ardientes deseos por el bien y felicidad de los estados que preside». (13)

Esta nota amistosa retribuía con gentileza de atención del gobierno de Buenos Aires. Era lo que correspondía. Arana respondió a los Cónsules con igual gentileza y amistad. «... los setimtos del Gob.no arg.no – expresaba el ministro de Rosas – respecto al Exmo del Paraguay siempre han sido fraternales, sinceros y benevolos, fundados en las consideraciones que V.V.E.E. justam.te expresan, y en las intimas relaciones a que llaman reciprocam.te a ambos Gob.os los verdaderos intereses, la paz y la libertad de los pueblos que presiden; en cuya consecuencia ha tributado a V.V.E.E. en el Mensaje último, lo mismo q.e en el anterior, una prueba inequívoca de la justicia q.e siempre ha hecho a la marcha pasifica, digna y circunspecta de ese Exmo Gob.no, y de la amistosa disposición de q.e se halla animado.

«El Gob.no arg.no acepta vivamente penetrado las estimables felicitaciones de V.V.E.E., y al retribuir tan fina benevolencia, se complace en reproducir a ese Exmo. Gob.no con la mas viva expresion, los ardientes votos de la Conf.n arg.na p.r la prosperidad del Pueblo Paraguayo». (14)

Este oficio era posterior a la contestación de la comunicación del 28 de diciembre. La negativa al reconocimiento no fue un obstáculo para las declaraciones cordiales. Arana hizo gala de los sentimientos fraternales, sinceros y benévolos del gobierno argentino para con el paraguayo, formulando con «viva expresion, los ardientes votos de la Conf.n Arg.na p.r la prosperidad del Pueblo Paraguayo».

El lenguaje era tranquilizador, acaso buscando llevar la calma a los Cónsules, a cuyo patriotismo intransigente debía necesariamente chocar el rechazo de Rosas. El documento hábilmente redactado no se refería a la República del Paraguay pero sí al Pueblo Paraguayo y a su Excelentísimo Gobierno. Era de doble filo porque ni admitía ni negaba la independencia de la República.

Pero volvamos a la misión de Gill. A estar por una información de Ponte Ribeiro, el enviado paraguayo debía partir de la capital argentina el 21 de abril de 1843. Sin embargo, en los primeros días de mayo se encontraba todavía en Buenos Aires. El 5 de este mes Arana decía de él a Carlos Antonio López que estaba próximo a regresar. (15) Días antes de su partida le fue entregada la respuesta de Rosas a la comunicación del 28 de diciembre de 1842.

La nota, fechada el 26 de abril de 1843, estaba suscrita por Rosas y refrendada por Arana. Luego de hacer el resumen de la comunicación paraguaya, declaraba:

«El Gobierno argentino penetrado de los sentimientos de la mas fina amistad y cordial benevolencia hacia el pueblo paraguayo, ha meditado con detención este serio asunto, que tan profundamente afecta los intereses recíprocos, su existencia y porvenir; e impulsado de consideraciones de la mas grave transcendencia a la libertad e independencia, se ve en el forzoso deber de manifestar a V.E. cuanto le es sensible no poder prestar su aquiescencia a los deseos de ese Exmo. Gobierno.

«Con el mismo espiritu de fraternal fraqueza de que está poseído al dirigirse a V.E., las ha trasmitido a la vez detalladamente en varias conferencias al Señor Comisionado de ese Exmo. Gobierno, encargándole las trasmita al superior conocimiento de V.E., asegurándole que mas adelante, y luego que lo permitan las atenciones urgentes de que se halla rodeado este Gobierno, tendrá la complacencia de que sean sincera y debidamente sometidas a V.E. por medio de un agente confidencial que está dispuesto a acreditar cerca de ese Exmo. Gobierno en testimonio de su amistosa cordial disposición hacia él, de los vivos deseos que lo animan por la prosperidad de ese pais, de la benévola madura circunspección, con que se propone presentar al ilustrado juicio de V.E. los gravísimos inconvenientes que ofrece la independencia de ese pais, y del íntimo aprecio que le ha merecido la distinguida consideración de V.E. hacia el Gobierno de la Confederación Argentina en enviar cerca de él un ciudadano acreditado que ponga en manos del infrascrito la correspondencia de cuya contestación se ocupa muy satisfactoriamente.

«Se ha instruído igualmente de la última sanción que V.E. se sirve remitirle, consignando la base de estricta neutralidad en las disensiones que se agiten en los Estados vecinos y que hace V.E. votos al cielo por ver una paz firme y una tranquilidad estable en todos los Estados Republicanos del Sud.

«Al retribuir a V.E. tan estimables sentimientos se complace el infrascrito en asegurarle, que cualquiera que sea la influencia que pueda producir en el ánimo de los Exmos. Señores Cónsules la relación de los poderosos motivos que justifican la resolución de este Gobierno en el grave y delicado negocio que ha dado mérito a esta correspondencia, jamás las armas de la confederación argentina turbarán la paz y tranquilidad del pueblo paraguayo, que ellas le son muy amadas, que se interesa intimamente en su conservación perdurable, y que se lisonjea de que estos sentimientos fraternales y amistosos son universales en la Confederación.

«El Señor D. Andrés Gill, a quien V.E. se ha servido comisionar ha merecido las consideraciones de este Gobierno por las apreciables calidades personales que lo distinguen. Ha sido hospedado y recibido como un empleado de V. E. Al dar cuenta de su honrosa misión, en que ha acreditado su recomendable lealtad, capacidad y honradez, espera este Gobierno sea también fiel intérprete de los sentimientos de fina amistad de que el infrascrito se halla animado hacia V.E, y de sus vivos ardientes deseos por la dicha y prosperidad del Paraguay». (16)

La habilidad de la respuesta era patente. La «fina amistad y cordial benevolencia» de sus términos no se apartaron de la corrección diplomática, como en la contestación de Arana a Gill. Con «fraternal franqueza» dio a conocer la gravedad de la negativa argentina, sin descuidar los sentimientos hacia el Paraguay y los deseos de agradar a los Cónsules. El documento, que protocolizó la política de Rosas con relación a la República, encerraba tres declaraciones principales: 1º El gobierno encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina no daba su aquiescencia a los deseos del Paraguay que su independencia fuese reconocida por la aludida Confederación. 2º El envío de un agente, cuando permitiesen las circunstancias, encargado de transmitir a los Cónsules los gravísimos inconvenientes que ofrecía la independencia paraguaya. 3º «Jamás las armas del confederación argentina turbarán la paz y tranquilidad del pueblo paraguayo». Fundamentales eran la primera y la última. Por primera vez Rosas las exponía en una comunicación oficial, empleando un lenguaje diplomático cortés, pero con claridad, como para no dudarse de sus intenciones. Su política no varió con el tiempo. Durante su prolongado predominio no reconoció la independencia del Paraguay y el ejército argentino no molestó a la República. En cuanto al envío del agente, ya prometido a Ponte Ribeiro, para convencer a los paraguayos de lo que más les convenía, no cumplió su ofrecimiento. El comisionado nunca apareció.

Gill mereció por su «recomendable lealtad, capacidad y honradez» y demás «apreciables calidades» las consideraciones del gobierno de Buenos Aires. El manifestó públicamente su gratitud en Asunción por las atenciones recibidas. No solamente la nota del 26 de abril recomendó la conducta del agente paraguayo. También Arana hizo lo mismo en carta personal dirigida a los Cónsules. Estos contestaron agradeciendo finamente los «bellos sentimientos» y los «tan distinguidos obsequios» del ministro de Rosas. Un contratiempo de las circunstancias – agregaba – casi acibaró el placer de la apreciable comunicación de V.E. A los pocos dias del arribo a esta de dicho comisionado vino a nuestras manos un impreso correntino con noticias que se decían comunicadas por el comisionado en su transito. Pero examinados los hechos, no ha sido así. Tal será el conato de empañar los animos, y las relaciones entre los gobiernos amigos». (17) La intriga no prosperó. Gill la desvaneció con sus informes. No se enturbiaron las relaciones entre el Paraguay y la Confederación Argentina, cuyos gobiernos continuaron amigos en el concepto de los Cónsules, no obstante la respuesta negativa de Rosas. Arana por su parte expresó su «sincero reconocimiento» por «los cordiales y distinguidos sentimientos» de los mandatarios paraguayos, para terminar manifestando: «Habria sido p.a mi de mucho disgusto, el que hubiesen ocurrido circunstancias, que pudiesen interrumpir nuestras simpatias con el Sor Gill; y las que tuvieron lugar a su arribo a esa ciudad que VV.EE. me indican, prueban bien cuanto es el villano interes que hay en los salvajes unitarios en que nuestras relaciones de amistad se interrumpan. No quiera el Cielo que esto suceda jamás». (18)

El interés por la amistad de los dos gobiernos era común. El énfasis usado por Arana daba a entender que el rompimiento no se produciría. Pero un obstáculo insalvable se presentaba en el camino. Rosas negaba la existencia del Paraguay, lo que hacía inevitable la ruptura de relaciones entre los dos países; no obstante los términos protocolarmente cordiales de la correspondencia oficial. Y ante la política de Rosas los «salvajes unitarios» buscaron incorporar al Paraguay en la lucha contra el dictador de Buenos Aires.

La impresión causada por la nota del 26 de abril no podía ser favorable. El país se puso en guardia y no iba a permitir que se pusiese en tela de juicio la integridad de su soberanía. El Paraguayo Independiente comentó: «Con lisonjeras expresiones dice Buenos Aires que no puede prestar su aquiescencia a los deseos del Paraguay! Como si alguno le hubiese pedido permiso, como si la independencia de la República fuese deseo! No, otra vez no. Lo que se exigió no fue aquiescencia sino reconocimiento: nuestra independencia no es un deseo, sino un hecho consumado, y que puede pasar bien sin ese reconocimiento». (19)

Ponte Ribeiro, sabiendo que Gill tenía ya la contestación a la nota que había traído para Rosas, informaba a su Gobierno: «Se que el sobre va dirigido «Al Exmo. Gobierno del Paraguay» sin hacer mención de República. El mismo rótulo llevan las comunicaciones dirigidas a los Gobiernos de las Provincias de la Confederación». (20) El ministro del Brasil expresaba la verdad y su observación era exacta. Rosas no uso en el sobre ni en su oficio el término república, así como Arana tampoco lo empleó en su nota a los Cónsules del 8 de mayo de 1843, consecuente con la determinación de no reconocer la soberanía del Paraguay. Solamente habló del pueblo paraguayo.

Arana no ocultó al diplomático imperial la actitud argentina con respecto al Paraguay, manifestándole que ella estaba consignada en la respuesta dada a la comunicación de los Cónsules y que tenía orden de mostrarle ambos documentos, a fin de que informe a su gobierno los principios y la política declarados en la nota de Rosas y «asegurar que será invariable la conducta del Gobernador aunque Inglaterra u otra cualquier Nación pretenda atropellar los derechos del Gobierno de la Confederación y tenga que sostener una guerra injusta hasta que el cielo se venga abajo». (21) La advertencia era seria y constituía una notificación al Brasil, que, en su hora, no obstante la firmeza amenazadora de Rosas, reconoció la independencia del Paraguay. Arana dio a conocer a Ponte Ribeiro, por intermedio de un oficial de su gabinete, el original de la nota de los Cónsules y el borrador de la respuesta argentina, para que de ellos tomasen la nota conveniente. «Mejor hubiera sido – agregaba el representante brasileño – que me diese copia, pero cuando hice esa insinuación, se excusó Arana diciendo que el Gobierno Imperial debe haber recibido de los Cónsules del Paraguay una nota igual y que no convenía por ahora que se conociese la del Gobernador». (22)

 

NOTAS

Tercera Parte

CAPITULO IX

1- B.N.R.J. – C.R.B. – I – 29, 24. 8 Nº 1. Original.

A.G.N.A. 3-3-13. Copia. Decreto del 28 de diciembre de 1842.

Juan F. Pérez Acosta. López y Rosas. Buenos Aires, 1944, pág. 9 y 10.

2- A.H.I. Correspondencia Reservada e Confidencial do Governo Imperial, cit. Reservado Nº 7. Ponte Ribeiro a Carneiro Leão. Buenos Aires, 17 de febrero de 1843. Copia conformada por Antonio José Cupertino de Amaral. William R. Manning. Diplomatic Correspondence of the United States. Tomo X. Edwars a Webster. Buenos Aires, 1º de abril de 1843. B.N.R.J. – C.R.B. – I – 29, 24, 7 Nº 2. «Buenos Ayr.s Correspondencias esteriores pr. conducto de Gill 1842».

Mensaje de los Cónsules de 1844.

3- B.N.R.J. – C.R.B. – I – 29, 24, 4. «Correspondencia de D.n Jorge Roberto Gordon enviado en mision particular de S.M.B. con el Supremo Gobierno del Paraguay».

4- A.H.I. Correspondencia Reservada e Confidencial cit. Reservado Nº 7 cit. El subrayado es del documento.

5- Notas biográficas de Manuel Pedro de Peña (El ciudadano paraguayo) conmemorando el centenario de su nacimiento 1811 – 1911, pág. 25.

6- A.H.I. Correspondencia Reservada e Confidencial cit. Reservado Nº 10. Ponte Ribeiro a Honorio Hermeto. Buenos Aires, 11 de marzo de 1843.

Id. Id. Id. Reservado Nº 16 de Ponte Ribeiro. Buenos Aires, 21 de abril de 1843.

7. Reservado Nº 7 cit. Los subrayados figuran en el documento. José Antonio Soares de Souza. Um Diplomata do Imperio. SÃo Paulo, 1952, pág, 174.

8. A.G.N.A. 3-3-13 Gill a Arana. Buenos Aires, 14 de febrero de 1843. Original. Juan F. Pérez Acosta. Ob. cit., pág. 9.

9- Ib. Ib. Arana a Gill. Buenos Aires, 2 de marzo de 1843, borrador. Ib. Ib., págs. 10 y 11.

10- A.G.N.A. 3-3-14. López y Alonso a Rosas. Asunción, 28 de diciembre de 1842. Original.

EL Paraguayo Independiente Nº 8. Segunda Edición, Tomo Primero, Asunción, 1859, págs. 71 y 72.

Cecílio Báez. Historia Diplomática del Paraguay. Tomo II. Asunción, 1932, pág. 5.

11- Reservado Nº 10 cit. Los subrayados figuran en el documento.

Gill decía al Reverendo Padre Miguel Vicente López, el 1º de mayo de 1843: «Tengo a la vista la apreciable Carta de V. R. de 22 del mes próximo pasado en la que, despues de comunicarme que el Padre Superior dela Compañia me enviaba las comunicaciones dela Corte Romana para el Paraguay, me explica el sentido dela anterior de V.R. en orden a que segun el periodico de Montevideo aparecia aquella Republica en cierta dependencia del Govierno de Buenos Ayres. – V.R. bien sabe que yo solo soy Comisionado por el Exmo Govierno dela Republica del Paraguay cerca de esta Provincia. La divisa de que habla dicho periodico nunca la hé usado, aquí conforme lo indica, pues V.R. cuando me visitó antes de retirarse me la hubiese notado. Tampoco lo había visto V.R. con esa divisa al Sabrecargo del buque, en que hé bajado, a cuyo sugeto que lo tengo a mi lado, tambien lo há tratado V.R. el primer dia que pasó a visitarme, cuando por mi ausencia tuvo que recibir y advertir a V.R. que tuviese la bondad de ocurrir al día siguiente. Y sobre todo el Soberano Congreso general extraordinario celebrado en la Capital de la Asunción, compuesto de cuatrocientos ciudadanos, diputados, el día 25 de noviembre del año proximo pasado de 18d2 entre otros Articulos declaró solemnemente: «que la Republica del Paraguay en el de la Plata es para siempre de hecho y de derecho una nacion libre é independiente de todo poder extraño». El 25 de Diciembre del mismo año yo y todos los demas paraguayos hemos jurado solemnemente esta independencia. – Bajo de esta inteligencia puede V.R. estar cierto de que la Republica del Paraguay no depende del Govierno de esta Provincia, ni de ningún otro poder». Copia. Archivo de Juan B. Gill Aguínaga.

12- A.H.I. Correspondencia Reservada e Confidencial cit. Reservado Nº 16 de Ponte Ribeiro. Buenos Aires, 21 de abril de 1843.

13. A.G.N.A. 3-3-14. López y Alonso a Arana. Asunción, 11 de abril de 1843. Original.

Juan F. Pérez Acosta. Ob. cit., págs. 11 y 12.

14- Ib. Ib. Arana a López y Alonso. «Buenos Ay.s 8 del mes de América (Mayo) de 1843». El paréntesis es nuestro.

Ib. Ib., págs. 12 y 13.

15- Juan F. Pérez Acosta. Ob. cit., pág, 13.

16. El Paraguayo Independiente Nº 8, cit.

A.G.N.A. 3-3-14 – Borrador.

Cecilio Báez. Historia Diplomática del Paraguay. Tomo II cit., págs. 6 y 7.

17- A.G.N.A. 3-3-14. Juan F. Pérez Acosta. Ob. cit., págs. 14 y 15. López y Alonso a Arana. Asunción, 30 de agosto de 1843.

18- Ib. Ib.

Ib. Ib., pág. 15. Arana a López y Alonso. Buenos Aires, marzo de 1844.

19- El Paraguayo Independiente Nº 8, cit... Lo subrayado es del texto.

20- A.H.I. Correspondencia Reservada e Confidencial cit. Reservado Nº 16. Buenos Aires, 21 de abril de 1843. Copia conformada por Antonio José Cupertino do Amaral.

21- Ib. Ib. Reservado Nº 24 de Ponte Ribeiro. Buenos Aires, 22 de junio de 1843. Id. Id. Lo subrayado figura en el documento.

22. Id. Id. Id. Id.

Ponte Ribeiro envió a Río de Janeiro un extracto de cada uno de los documentos cuya lectura le facilitó Arana.

 

 

CAPITULO X

LAS RAZONES SECRETISIMAS

 

El Paraguayo Independiente informó que la contestación de Rosas, que calificó de misteriosa y memorable, vino acompañada de un memorándum, original, de la edad gótica e hijo de una profunda decepción, agregando que quien lo dictó «se engañó completamente en el juicio que hizo del grado de inteligencia del Gobierno Paraguayo». Para no «deslustrar su primor» reproducimos integralmente el texto del curioso documento:

1º) Que en las presentes circunstancias era imposible al Gobierno de Buenos Aires reconocer la independencia de la República del Paraguay, por cuanto aunque es encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, era preciso convocar a los demás pueblos confederados para ese reconocimiento, lo que las circunstancias no permiten.

2º) Que es preciso que el Paraguay medite mucho sobre el particular porque le atraería muchos perjuicios; y que era preciso convenir sobre algún pie sólido.

3º) Que el Gobierno de Buenos Aires daría licencia a los extranjeros y montevideanos para comerciar con el Paraguay, pero bajo de algún convenio, y con pabellón argentino, porque el Río de la Plata y del Paraná le pertenecen a Buenos Aires de hecho y de derecho de costa a costa.

4º) Que el Brasil se había de apresurar a reconocer la independencia de la República en razón de tener iguales producciones, y porque reconocida también por Buenos Aires se equilibraría los derechos de introducción que paga el Brasil.

5º) Que el Brasil era capaz de perjudicar al Paraguay, fomentando hasta la correría de los indios con armas.

6º) Que reconocida la independencia del Paraguay, se llenaría de Ministros y Cónsules extrangeros, que procurarán envolverlo en cizaña, como acontecía con Buenos Aires, y hasta conquistarlo, si pudiesen.

7º) Que por el contrario incorporándose a la Confederación, formaría una grande nación que impondría respeto a los extrangeros: que la Confederación era muy buena, y que el Gobierno de Buenos Aires no se metía con los Gobiernos de las provincias confederadas: que cada una vivía según sus constituciones y sus leyes.

8º) Que él no reconocía, ni desconocía la independencia de la República, que hacia votos por su felicidad, y para que Dios lo conserve sin admitir extrangeros, que son malas langostas: que su felicidad consistía en tener súbditos de una sola religión, cuando Buenos Ayres tiene la desgracia de verse lleno de templos protestantes, grande daño que hicieron los anteriores salvajes unitarios, haciendo tratados con los ingleses, y que ahora no se podía remediar.

9º) Que a los extranjeros establecidos en el país no se les puede decir nada, ni hacerles cosa alguna, cuando luego reclaman los ministros o cónsules de su nación, de suerte que quieren gozar de mayores ventajas y prerrogativas que los nacionales.

10º) Que los unitarios y el general Rivera intentaron invadir el Paraguay por el interés de seis millones de pesos fuertes que contaban existentes en cofre, y de levantar tropas para conquistar las provincias. (1)

Este «tejido de raridades» estaba fechado el 4 de mayo y constituía un complemento de la nota del 26 de abril. En síntesis contenía las siguientes declaraciones: I – La imposibilidad del reconocimiento de la independencia del Paraguay por parte de la Confederación Argentina, confirmación de la declaración ya expresada en la nota antes aludida. II – Buenos Aires permitiría e1 comercio con el Paraguay bajo pabellón argentino, lo que era una consecuencia de la determinación adoptada por Rosas con relación a la independencia de la república. III – Los Ríos de la Plata y Paraná pertenecían de costa a costa a Buenos Aires, conclusión que permitía a Rosas cerrar a su voluntad la navegación de estas grandes arterias fluviales. IV – E1 Brasil se apresurará a reconocer la independencia del Paraguay una vez que la Confederación la reconociese, para equilibrar los derechos de introducción de sus productos. El Brasil, además, era capaz de perjudicar al Paraguay, fomentando las correrías de indios en territorio de la república. Era la intriga contra el Imperio, que Pimenta Bueno contrarrestó hábilmente en Asunción. El Brasil reconoció la independencia del Paraguay al año siguiente no para equilibrar los derechos de introducción de sus productos sino en función de su política de no permitir el crecimiento del poderío de Rosas y la consiguiente reconstrucción del virreinato del Río de la Plata. En cuanto a las correrías de los indios, conjetura del Restaurador, tenía un fondo de realidad. Durante le gobierno del Dr. Francia, los indígenas del Chaco, con el apoyo de las autoridades de Matto Groso, asolaban con sus incursiones el norte del país, lo que provocó las protestas reiteradas y las reclamaciones del Supremo Dictador. V – La incorporación significaba para el Paraguay la integración en una gran nación. VI – Cada provincia confederada se gobernaba por sus leyes propias. VII – La insinuación de no admitir a los extranjeros. VIII – El gobierno de Buenos Aires no reconocía ni desconocía la independencia del Paraguay. Esta declaración constituía una contradicción con la contenida en la nota del 26 de abril, de no poder prestar Rosas su aquiescencia a los deseos de los Cónsules y del articulo 1º del memorándum que afirmaba claramente que le era imposible al gobierno de Buenos Aires, en las presentes circunstancias, reconocer la independencia del Paraguay. La manifestación no era sin embargo arbitraria o inconsciente, estaba dirigida a suavizar la mala impresión que necesariamente causaría en el espíritu de los Cónsules la nota del 26 de abril, buscando sembrar la duda sobre la cuestión del reconocimiento. López y Alonso no se dejaron engañar. IX – Los unitarios y el general Rivera intentaron invadir el Paraguay. Era otra intriga para indisponer a la república y separarla de estos enemigos de Rosas.

A la misión Gill sucedió la de Manuel Peña, que fue portador de la nota contestación de la del 26 de abril y de otra relacionada con la adquisición de armas. (2) Los Cónsules respondieron a Rosas el 30 de agosto de 1843, en términos precisos y categóricos, por los cuales el Paraguay ratificaba su decisión de conservar su independencia. «El Gobierno que subscribe, decían López y Alonso, tomó luego en conocimiento la nota de V.E. del 26 de abril del presente año y le ha sido grandemente sensible el observar un resultado que no se esperaba, y que pone en contorción los principios republicanos y la filantropía del gran pueblo argentino», a cuya liberalidad y patriotismo debió su independencia la Banda Oriental, conforme con la voluntad libre y espontánea de los orientales. En el mismo sentido se condujo el gobierno argentino al reconocer la formación de Bolivia. Igual acto de justicia esperaba de él, la república del Paraguay, cuya independencia proclamada y sancionada por el congreso general de octubre de 1813, fue reconocida por gobiernos argentinos anteriores.

«El soberano congreso general de esta República – agregaban los Cónsules – celebrado en 25 de noviembre próximo pasado, no hizo más que ratificar solemnemente, lo que aquella corporación del año trece había declarado y puso además en expediente formal su declaratoria para exigir el debido reconocimiento de nuestra independencia, y abrir su comercio franco con la confederación argentina y con las naciones amigas, que pudieron hacerlo bajo bases concernentes... La República del Paraguay guiada de la experiencia ha venido a confirmar lo que mejor le conviene a su futura suerte. Conoce lo que ella vale, de nadie es émula, ni rival. Ella sola se basta para cuanto quería. Ha mostrado en largo tiempo su moderación y justicia, y será libre e independiente, porque quiere serlo».

No obstante el énfasis y la energía de los párrafos precedentes, el gobierno paraguayo deseaba conservar sus amigables relaciones con el argentino. Un rompimiento con Buenos Aires debía repercutir necesariamente sobre el comercio de ambos países, cuyo trastorno o entorpecimiento sería de consecuencias perjudiciales para el Paraguay. Por otro lado, no se habían agotado aún los medios conciliatorios. De ahí que los Cónsules sin cerrar el camino a posteriores negociaciones y en previsión de cualquiera hostilidad de parte del gobierno argentino, terminaban con las siguientes palabras de prudencia y moderación; «Y mientras pueda arribarse a una resolución razonada más halagante a los designios nacionales de nuestra República, espera el superior Gobierno que por parte del Exmo. Gobierno de Buenos Aires no se opondrá obstáculo alguno al comercio de ambas Repúblicas, ni a sus relaciones amigables, ni al progreso de sus simpatías». (3)

Como el gobierno paraguayo no quería cortar sus relaciones con el argentino, y en la esperanza de que éste tampoco se opondría a ello, el mismo día, 30 de agosto, en otra nota dirigida igualmente a Rosas, solicitaba la adquisición de «3000 tercerolas buenas, 1000 pistolas de caballería de las mejores que hubiese y 4000 sables corvos vaynas de acero de buen temple», ofreciendo en pago «frutos de la tierra a elección del Exmo. Govierno argentino en los plazos que arreglase». Los Cónsules habían tomado esta determinación, de acuerdo con las manifestaciones de Andrés Gill, acerca de la franca voluntad de Rosas de facilitar la contratación del armamento que necesitaba la república, a un precio equitativo, siéndoles, por otra parte, «grato negociar con su gobierno ilustrado, patriota y buen amigo», como el de Buenos Aires. Pedían asimismo la remisión a la vuelta de la goleta República del Paraguay, de «1000 tercerolas de buena calidad y 1000 sables latones corvos, vaynas de acero de la calidad preindicada». (4)

No contentos con estas dos comunicaciones, dirigieron otra al ministro Arana, también el 30 de agosto, para agradecerle sus bellos sentimientos y manifestarle que quedaban «placenteros por el buen comportamiento» del comisionado Andrés Gill, quien había expresado «publicamente sus agradecimientos al Exmo. Señor Ministro, bien como al Exmo. Señor Governador de esa», y reconocidos a tan «distinguidos obsequios». (5)

Manuel Peña al igual que Gill mantuvo estrecho contacto con el ministro del Brasil, Duarte da Ponte Ribeiro. El 25 de octubre de 1843 decía éste a su gobierno: «El 21 del corriente llegó a esta capital un Enviado del Paraguay acompañado de dos Adictos o Secretarios, formando una completa Legación, como se intitula, siendo uno de los Adictos hijo del Cónsul López. Este gobierno tuvo noticia anticipada de su venida, le mandó preparar una espléndida casa, una guardia de honor y dos Ayudantes de órdenes para acompañarlo por todas partes. Ayer por la mañana vino a esta Legación con uno de esos Ayudantes (Espía) a visitarme y entregarme la comunicación que los Cónsules me dirigieron, cuya copia tengo el honor de enviar a V.E. Lo recibí con las posibles demostraciones de consideración y estima, no habló del contenido del oficio, ni yo quice abrirlo delante del espía». (6)

En esa misma ocasión Ponte Ribeiro preguntó a Peña si tenia conocimiento de la llegada al Paraguay de un comisionado boliviano, enviado después del reconocimiento de la independencia de la república por Bolivia. Peña quedó maravillado porque ignoraba la noticia. El agente paraguayo expresó a su interlocutor que Gill había informado a los Cónsules que en Olimpo se había presentado un «Diputado del Brasil», a quien el comandante del Fuerte no le permitió seguir viaje como tampoco le recibió la comunicación que traía para los Cónsules, procediendo así en cumplimiento de las antiguas disposiciones de la época del Dr. Francia. El gobierno impartió inmediatamente órdenes para que en el caso de que volviese el enviado imperial se le permitiese pasar y se le recibiese las comunicaciones para Asunción.

Al referirse personalmente a Peña, agregaba el ministro brasileño: «Es hombre como de 50 años. Me parece de más alcance que Gill. Con todo, estoy persuadido que ningún paraguayo entiende lo que es una Nación Independiente; que se contentarán con la libertad de bajar y subir el Paraná hasta Buenos Aires y gobernarse sin intervención extraña. Creo que se amoldarán a que Rosas se encargue también de sus Relaciones Exteriores, hasta que se reúna el Congreso de todas las Provincias Argentinas para organizar la Confederación y decidir sobre el reconocimiento del Paraguay, como les mandó decir por Gill». (7)

Las cosas sin embargo no eran así, comenta José Antonio Soares de Souza (8) El juicio era apresurado. El mismo Ponte Ribeiro se encargó de rectificarlo en notas posteriores. El Paraguay sabia lo que quería y entendía muy bien lo que era una «Nación Independiente».

No se doblegó a Rosas. Se mantuvo firme y así triunfó por sobre las asechanzas del dictador de Buenos Aires.

«El paraguayo no era como suponía Ponte Ribeiro,... era atilado e inteligente», escribe el ilustre historiador brasileño antes aludido. Pronto comprendió el medio en que actuaba. Estrechó sus relaciones con el representante del Imperio para poder comunicarse con su gobierno y escapar de los espías de Rosas.

Peña consultó muy reservadamente con Ponte Ribeiro, por intermedio de un español que había estado en el Paraguay, si por intermedio de la Corte de Río de Janeiro podría hacer llegar con «gran secreto» un oficio al comandante de Itapúa. El ministro imperial le contestó que podría escribir con toda seguridad, «que su comunicación llegaría fiel y rápidamente a su destino».

Ponte Ribeiro no esperó mucho tiempo para rectificar su apresurado juicio del 25 de octubre. Tres días después, al informar sobre la comisión del español, agregaba, refriéndose a Peña: «Este hombre conoce ya lo que tiene que esperar de Rosas y quiere prevenir a su Gobierno. Mucha confianza tiene en el Gobierno Imperial. Dice que los Cónsules han de llevar adelante su independencia y están contemporizando hasta el reconocimiento de esa independencia por los otros Estados vecinos. Aún no habló con Rosas; sabe que está rodeado de espías».(9)

El 11 de noviembre, Peña visitó nuevamente a Ponte Ribeiro, aprovechando que los empleados del gobierno se encontraban en la catedral, con motivo de celebrarse el día de San Martín, patrono de la ciudad. El agente paraguayo habló con «gran confianza». Expresó que pretendían apartarlo de las personas que no sean del círculo de Rosas, para inspirarle recelos de los extranjeros, pero había encontrado el medio de escapar de sus acompañantes, yendo todos los días a misa y salir solo de la iglesia a hacer sus visitas, como en ese día. Manifestó que no tenía carácter de ministro; era sólo un comisionado encargado de entregar a Rosas oficios de los Cónsules, pero que para su gobierno era un agente como cualquier otro, pues «traía hasta el sello de la República». Y como explicación de la falta de categoría diplomática en el desempeño de su cometido, agregó que los Cónsules no querían por entonces chocar con Rosas, mientras que la república no fuese reconocida por los Estados vecinos «y pueda hacer causa común con ellos para resistir a toda tentativa contra su independencia y tranquilidad. Que el Paraguay no teme a la Confederación, pero que por el aislamiento en que ha estado hasta ahora, sería peligroso entrar ya en conflicto con Rosas por no reconocer categóricamente su independencia; sin embargo ha de ser una Nación como otra cualquiera porque tiene casi tanta población como la Confederación y está dispuesta a ser libre». (10)

La declaración de Peña estaba de acuerdo con la moderación de la nota del 30 de agosto, que no excluía la firmeza en cuanto al sostenimiento de la independencia se refería. La prudencia recomendaba en aquellas circunstancias proceder con cautela. El Paraguay no se encontraba en condiciones de afrontar una contienda con Rosas. Necesitaba previamente ser reconocido por sus vecinos con el consiguiente apoyo para defenderse de las agresiones del Restaurador. Ese apoyo encontró en el Imperio del Brasil.

En la misma entrevista hablaron también de la navegación del río Paraguay hasta Cuyabá y de la mutua utilidad que podía resultar de ella y de los limites de ambos países. Peña insistió nuevamente sobre la remisión de su correspondencia con su gobierno. Ponte Ribeiro anotó: «Volvió a pedirme encarecidamente el favor de hacer llegar cuanto antes una comunicación a los Cónsules, pero que fuese con seguridad hasta ser entregada al Comandante de la Frontera de San José o Itapúa». (11)

En Buenos Aires Peña se encontró con Manuel Luis de Oliden, nombrado cónsul de Bolivia en el Paraguay. Este tenía sus dudas de poder llegar a Asunción, no quería padecer las fatigas del viaje sin tener la seguridad de entrar. Peña le manifestó que si tenía «sus diplomas» sería bien recibido, dadas la simpatía y la benevolencia que se tenían en el gobierno paraguayo hacia la república de Bolivia. A este respecto escribía a Carlos Antonio López: «Estan todos en la inteligencia que ni por Olimpo, ni por el Campamento de San José, ni por el Pilar se admiten comunicaciones; y así es que nadie se quiere esponer a un desaire como dicen. Esto lisongea mucho aqui al comun de las gentes, porque así creen que el Paraguay está mas dependiente de esto, y que solo de aqui le podrán ir las necesidades, sin que los extrangeros puedan arribar con sus buques a la República del Paraguay; a mi ver, aunque no lo dicen, nada quieren que se tenga con Bolivia, ni con el Brasil, porq. entonces se vería mejor la independencia del Paraguay, y se estenderia también los frutos paraguayos a ciertas provincias argentinas contiguas a Bolivia, a Chile, y Bajo Perú, quienes tambien participarian de las riquezas dell Paraguay, y del Brasil se podrian sacar otras ventajas. Son los dos Estados q. han reconocido la independencia del Paraguay, que desean, segun veo, comunicación con la República». (12)

La importante comunicación explicaba la conducta de Rosas. Aislado el Paraguay quedaría supeditado a Buenos Aires, de donde solamente podría recibir lo necesario para subsistir. De ahí que la clausura lisonjee «al común de las gentes». La asfixia económica llevaría a la República a la dependencia política. Las relaciones con los países vecinos como Bolivia, Chile y Brasil, fomentaría el desarrollo comercial del Paraguay con el consiguiente acrecentamiento de su riqueza y la consolidación de su independencia. También Peña informaba acerca de sus relaciones con Ponte Ribeiro. El 26 de noviembre anunció a los Cónsules que el ministro brasileño regresaba a su patria y aprovechando la ocasión segura escribió: «el 16 y el 25 del corriente hemos ido a la Quinta de S.E. el Señor Gobernador, y nos ha recibido con mucha distinción y aprecio: asi vivimos y de nada tenemos que quejarnos, por q. lo pasamos muy bien». De Ponte Ribeiro tenía un elevado concepto. «El Señor Ministro dicho – expresaba – es un hombre que se ha portado conmigo, como un hombre verdaderamente de bien, está en esta reputación, y es lleno: se retira al Brasil por asuntos políticos con este Gobierno sobre Montevideo. No sé lo q. sucederá por esto con el Imperio y Buenos Aires, yo me sospecho algo, aunque nada se dice...». Sobre el cierre de la navegación del Paraná comunicaba: «No hay esperanzas de q. vayan de aquí, ni de la Bajada buques de comercio al Paraguay, mientras q. Corrientes se halle, segun dicen, separado de Buenos Aires; no quieren aflojar, y así la cosa va adelante y seguirá lo mismo». (13) El enviado paraguayo iba conociendo las tendencias de la política de Buenos Aires. No se equivocaba. Rosas no cambiará, «seguirá lo mismo».

Peña continuo visitando a Ponte Ribeiro, aprovechando «el pretexto de ir a Misa para escapar de los espías» y el ministro brasileño prosiguió en su empeño de inspirar confianza al agente paraguayo y «prevenirlo contra Rosas». El diplomático imperial informó: «Conseguí perfectamente los fines que me propuse». En la víspera de su salida de Buenos Aires, Peña volvió a entregarle un oficio para su remisión a los Cónsules. (14)

Rosas no se dejó convencer por las razones del Paraguay. Ni la energía, ni la dignidad, ni la circunspección usadas en las notas del 30 de agosto pesaron sobre su espíritu, como para hacerle cambiar de actitud. Estaba resuelto a mantener su política de intransigencia y hostilidad. Nada valían sus palabras de que las armas de la Confederación no turbarían la paz y la tranquilidad de la república, cuando en lo fundamental, negaba a ésta su existencia como Estado libre e independiente. En el mensaje a la vigésima primera legislatura de Buenos Aires, del 27 de diciembre de 1843, ratificaba todo lo que había expresado a los Cónsules en la nota del 26 de abril. En la sección Interior decía en este documento: «El Gobierno de Paraguay ha solicitado de éste el reconocimiento de la independencia de aquella Provincia. El de la Confederación siente no haber podido prestar su aquiescencia. Le manifestó con espíritu de fraternal franqueza los gravísimos inconvenientes, y le ofreció enviar y acreditar cerca de aquel Gobierno, luego que se lo permitan las atenciones urgentes de que se halla rodeado, un Agente confidencial, encargado de hacer las explicaciones convenientes a este importante objeto.

«El Gobierno, en testimonio de su amistosa sincera disposición, y de sus vivos deseos por la prosperidad del Pueblo Paraguayo, sintió el placer de asegurarle que cualquiera que fuese la influencia que pudiera producir en el Paraguay la relación de sus poderosos motivos que justifican la resolución del de la Confederación, jamás las armas de ésta turbarán la paz y tranquilidad de aquel país, que le son cordialmente amadas, y en cuya conservación perdurable se interesa intimamente».

En esta forma Rosas hacía pública su negativa de reconocer la independencia del Paraguay. El mensaje lo reprodujo posteriormente el Archivo Americano, órgano del gobernador de Buenos Aires, editado en tres idiomas. (15)

En Montevideo, donde se seguía con fundado recelo e inquietud, la política de Rosas con respecto al Paraguay, no pasó inadvertido el aludido documento y se supo, además, que los enviados de esta república se habían mostrado firmes ante las exigencias del dictador porteño. El Nacional, de aquella capital, al referirse a estos hechos, expresaba: «Habrán leído Uds. en el mensaje de Rosas su declaración de que no reconoce la independencia del Paraguay. La visita que hicieron los ministros de esta República al buque de S.M.B. la Pearl acabó de indisponerlos con Rosas, quien ya de antemano estaba muy disgustado con ellos por la firmeza con que habían resistido sus exigencias para una alianza ofensiva y defensiva, que debía empezar por la sujeción de Corrientes, y terminar por la creación de un ejército de observación sobre la frontera del Brasil. El Sr. Peña, ministro del Paraguay refirió secamente esta exigencia a su Gobierno, y la de hacer el puerto de Buenos Aires, canal exclusivo de comercio con el extranjero». (16)

La visita de Peña al buque inglés también llegó al conocimiento de Ponte Ribeiro, quien informó a Soares de Souza, ministro de negocios extranjeros: «El Cónsul General y el Vice Cónsul me escriben diciendo que hay gran indisposición con este Enviado, después que fue a bordo de la Corbeta Inglesa Pearl, siendo recibido con salva y con la Bandera del Paraguay, acto practicado por el Comandante sin previo conocimiento de Mandeville, que es hoy uno de sus detractores». (17)

El mensaje del 27 de diciembre daba la medida de lo que se podía esperar de Rosas. Su negativa, rompía en esta forma la reserva de este asunto, ventilado hasta entonces dentro del marco reservado de las comunicaciones de gobierno a gobierno, para hacerse pública, en el ambiente internacional de América y Europa. El Restaurador de las leyes había fortalecido su poder con la firma del pacto con el almirante Mackau, el triunfo de Oribe en Arroyo Grande y el fracaso de la intervención anglofrancesa. En consecuencia, su ejército irrumpió en tierras uruguayas, llegando hasta las puertas de Montevideo, con grave peligro de la estabilidad de esta plaza y de la existencia misma de la Banda Oriental. No tenia nada de extraño, entonces, su actitud, ahora pública, acerca de la independencia del Paraguay. Su mensaje era una notificación a los países interesados en la autonomía de estos dos Estados, cuya dominación por parte de Rosas, le daría la hegemonía en la cuenca del Río de la Plata. La declaración de que las armas de la Confederación jamás turbarán la paz y tranquilidad del Paraguay, no podía calmar los justos recelos del gobierno de Asunción, ni los de las naciones amigas, pues el hecho de negarse la Confederación a reconocer la independencia de la república, constituía un abierto desafío, que no podía conducir sino a un estado de guerra, tal como posteriormente ocurrió.

Rosas recurría a estas argucias porque en el fondo no le convenía romper definitivamente con los Cónsules, entregado como estaba, a una lucha encarnizada con sus enemigos. El Paraguay unido con los «salvajes Ferré y Paz y demás cabecillas», podía crear una situación crítica al gobierno de Buenos Aires. No a otro propósito respondía el haber satisfecho el pedido de armas, formulado en una de la notas del 30 de agosto, sin perjuicio de dejar pendiente el reconocimiento de la independencia. Así buscaba dilatar esta cuestión y neutralizar la acción del gobierno paraguayo, valiéndose de declaraciones y de concesiones más o menos ventajosas.

En nota del 29 de febrero de 1844, expresaba Rosas a los Cónsules, que Andrés Gill se había equivocado al manifestar que el gobierno argentino estaba dispuesto a contratar todo el armamento que necesitase el paraguayo, que el ofrecimiento sólo se refería a «los buenos deseos de este gobierno por servir al del Paraguay, respecto a las armas que necesitase y que por este medio en esta plaza pudiesen conseguir para ese gobierno con más ventajas que en otras», y que, por otra parte, dicho negocio no era posible sin la autorización de la Honorable Junta de Representantes de la Provincia. Anunciaba al mismo tiempo, la remisión en la goleta República del Paraguay, por intermedio de Manuel Peña, de las 1000 tercerolas, 1000 sables y 1000 pistolas, todas de la mejor calidad. Al terminar retribuía los «sentimientos de su aprecio y consideración, por la benévola preferencia que le ha hecho al dirigírsele antes que a otro Gbno. extraño sobre este particular.» (18)

 

NOTAS

Tercera Parte

CAPITULO X

l– El Paraguayo Independiente Nº 8, cit.

2– B.N.R.J. – C.R.B. – I – 29, 24, 7 Nº 4 Correspondencia enviada por conducto del ciudadano Peña – 1843. Manuel Peña firmó después Manuel Pedro de Peña.

3– A.G.N.A. 3-3-14, Original. El Paraguayo Independiente, cit.

R. Antonio Ramas. La independencia del Paraguay y Rosas-. El País. Asunción, 23 de diciembre de 1944.

4– Ib. Ib. Original

Ramos, art. cit.

5– Ib. Ib. Original

Ib. Ib.

6– A.H.I. Correspondencia Reservada e confidencial do Governo Imperial em 1843 e 1844 – Missão José Antonio Pimenta Bueno, depois Senador, Conselheiro de Estado, visconde e marquez de São Vicente. El paréntesis es del texto.

Peña y compañeros llegaron el 20 de octubre, como está consignado en el Diario de viage de la goleta Nacional, República del Paraguay, y no el 21. B.N.R.J. – C.R.B. – I – 29, 24, 10 No 3. El adicto hijo del Cónsul López era Francisco Solano. La delegación partió de Asunción el 6 de setiembre de 1843, a bordo de la goleta República del Paraguay y arribó a las proximidades de Buenos Aires. De allí llegó a la capital en dos coches enviados especialmente por Rosas, uno para Peña y otro para el joven López, José Antonio Soares de Souza. Um Diplomata do Imperio (Barão da Ponte Ribeiro). São Paulo, 1952, págs. 253, y 418.

7– A.H.I. Correspondencia cit.

Soares de Souza, Ob. cit., pág. 253.

8– Soares de Souza, ob. cit., pág. 253.

9– A.H.I. Correspondencia cit. Ponte Ribeiro a Soares de Souza. Buenos Aires, 28 de octubre de 1843, Copia.

Por su parte desde Montevideo Santiago Vásquez decía a Florencio Varela, el 13 de enero de 1844: «El agente del Paraguay secretamente desesperado, suspira por salir salvo de Buenos Aires, y lleva a su tierra todo el veneno que naturalmente le ha producido la conducta de Rosas». Gregorio F. Rodríguez. Contribución Histórica y Documental, T. III, Buenos Aires, 1922, págs. 358 a 361. Y desde Río de Janeiro Francisco Magariños también escribía a Florencio Varela el 23 del mismo enero: «Según me escribe Gelly, el comisionado del Paraguay, Peña, tiene buen ojo, y buen juicio. No se dejará engañar pero podrá con su buen juicio someter la fuerza y el poder de las circunstancias?». Ib. Ib. Ib., págs. 284 a 287.

10– A.H.I. Correspondencia cit. Ponte Ribeiro a Soares de Souza. Buenos Aires, 20 de noviembre de 1843. Copia.

Soares de Souza, ob. cit., págs. 254 y 255. (

11– Ib. Ib. Ib.

12– B.N.R.J. – C.R.B. – I – 29, 24, 10 No 20. Original. Manuel Peña al primer Cónsul. Buenos Aires, 12 de noviembre de 1843. Entre otras cosas decía además: «Dn. Francisco Solano López se halla muy guapo, y en lo demas va muy bien, se porte como quien es».

13– B.N.R.J. – C.R.B. – I – 29, 24, 10 No 22. Original. Peña a los Cónsules del Paraguay.

Soares de Souza, ob. cit., págs. 262 y 263.

«Era inteligente el paraguayo – comenta este historiador – y comprendió fácilmente las cosas».

14– A.H.I. Correspondencia cit. Ponte Ribeiro a Soares de Souza, 21 de diciembre de 1843. En nota del 19 del mismo decía también el ministro brasileño en Buenos Aires: «Recibi otra comunicación del Enviado del Paraguay (a quien escribí) para remitirla a su gobierno». Ib. Ib.

15- Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo, No. 12, Buenos Aires, 31 de mayo de 1844.

Ramos, art, en El País cit.

16– El Nacional No 1.523. Montevideo, 13 de enero de 1844. Ramos, art. cit.

17– A.H.I. Correspondencia cit. Oficio del 19 de diciembre de 1843. Soares de Souza, ob, cit., pág. 263.

18– A.G.N.A. 3-3-14.

Juan P. Pérez Acosta. López y Rosas. Buenos Aires, 1944, págs, 17, 18 y 19. Ramos, art. cit.

 

 

CAPITULO XI

PRESIDENCIA DE CARLOS ANTONIO LOPEZ

 

El 13 de marzo de 18H se reunió en Asunción un congreso general de trescientos diputados. Ese mismo día sancionó la «Ley que establece la Administración Política de la República del Paraguay» (1) y, al siguiente, designó por aclamación al ciudadano Carlos Antonio López, presidente de la república «de conformidad con la ley fundamental, Artículo primero, Título quinto, y por el tiempo que designa y ordena la misma ley, Título cuarto». (2) El mandato era por diez años.

El nuevo gobierno no se apartó de la trayectoria trazada por el anterior, en cuanto a la política internacional del país. Carlos Antonio López como en el Consulado, defendió con inquebrantable energía los derechos del Paraguay. En la lucha tenaz con Rosas sostuvo con firmeza la dignidad y la independencia de la república.

Uno de sus primeros actos fue comunicar su asunción al mando presidencial al gobernador de Buenos Aires. En nota del 28 de marzo de 1844 decía a Rosas que tenía la satisfacción de poner en su conocimiento que de acuerdo con la ley fundamental sancionada por el muy honorable congreso de la república había sido nombrado presidente de la nación. «Si como miembro de la anterior administración – terminaba expresando Don Carlos – he manifestado mis deseos por cultivar una administración (sic) sincera y franca con el Excmo Gobierno argentino, y con las provincias de la confederación, como Presidente de la República segundaré los mismos sentimientos de buena amistad con V.E. y con los Estados vecinos». (3) Atanasio González fue encargado de poner en manos de Rosas esta comunicación.

El Paraguay abrigaba aun la esperanza de llegar a un acuerdo con la Confederación por los medios pacíficos y conciliatorios. En este orden estaba decidido a agotar los procedimientos hasta donde le permitiesen el honor y la dignidad de la nación. De ahí esta nueva ouverture del primer presidente constitucional de la república con «sentimientos de buena amistad» para los Estados vecinos.

Casi simultáneamente, Rosas contestaba la nota de los Cónsules, ratificando sus puntos de vista acerca del reconocimiento de la independencia, pero, de esta vez, poniendo mayor énfasis y soltura en sus afirmaciones. Decía el dictador de Buenos Aires: «El infrascrito siente sobremanera que los inconvenientes que dedujo relativamente al reconocimiento de la independencia del Paraguay hayan causado a ese Gobierno el pesar que expresa. Muy distante de haber puesto en contorción en su citada nota del 26 de Abril, los principios republicanos, y la filantropía del pueblo argentino, con espíritu de fraternal franqueza consideró en ella este grave y delicado asunto con la detenida y madura circunspección que impone las vitales exigencias de ambos países, su seguridad y bienestar; exigencias que traen en pos de sí la evidencia, de que no el imperio de circunstancias, sino poderosos e invencibles motivos, no permiten aquel reconocimiento».

La Banda Oriental y Bolivia tenían una posición distinta a la del Paraguay. La independencia de estos pueblos hermanos podía admitirse «sin peligrar los grandes intereses de la patria». El gobierno argentino se ahorraría el penoso disgusto de oponerse a los deseos del paraguayo, si pudiese salvar aquellos poderosos e invencibles motivos, dados los fraternales sentimientos que siempre han subsistido entre los dos Estados. «a pesar del largo intercurso de sus relaciones».

«Penetrado de dificultades insuperables, – agregaba – y convencido de que el reconocimiento de la independencia del Paraguay, pondría en eminente peligro la de ambos países, debió manifestar franca y lealmente su juicio, los inconvenientes que ofrece una conseción irrealizable y tan difícil de realizarla, como de conducirla sin gravisimos obstáculos. Con tan noble objeto fue que anunció a V.E. el envío de un agente confidencial encargado de una explicación amigable y fraternal, como medio eficaz que pesaría fuertemente en la ilustración de V.E., y revelaba de un modo inequívoco la disposición en que se halla el Gobierno argentino de que en cuanto penda de él, el comercio, las relaciones de amistad, y el progreso de las sinceras simpatías entre ambos países, no han de ser perturbadas de modo alguno».

A Manuel Peña y sus compañeros se les permitió descargar y vender sus productos, como también transportar los que adquirieron, facilidad que obtendrán todos los negociantes y buques venidos del Paraguay a Buenos Aires, continuándose así hasta que el gobierno porteño «no se vea obligado a disponer otra cosa forzado por las circunstancias de la guerra. Disposición que sólo tendrá efecto mientras permanezcan los enemigos en Corrientes, porque en desapareciendo cesará todo motivo, y podrán venir los buques, como los negociantes, y pasajeros con la misma entera libertad establecida y que sólo ha podido sujetarse a aquella restricción, a consecuencia de la ocupación de Corrientes por los selvajes unitarios». (4)

En este oficio Rosas colmó la medida. Su lenguaje era enérgico y definitivo. Los motivos que tenia para no reconocer la independencia del Paraguay eran poderosos e insalvables. De nada valían sus declaraciones acerca de la disposición del gobierno argentino de no perturbar el comercio, la amistad y el progreso de las simpatías entre los dos países, ante aquellos motivos. El Paraguay, frente a este «ultimátum de oposición», adoptó la conducta que correspondía. Cortó toda negociación con Buenos Aires relacionada con la independencia, resuelto como estaba a defender ésta, sin detenerse en peligros, ni dificultades.

Y no podía ser de otro modo. Las circunstancias exigían firmeza y decisión. Al referirse a la actitud asumida por el gobierno, El Paraguayo Independiente anotaba; «Que era pues lo que convenía hacer?... No había otra política reflexionada, sino la que el Gobierno paraguayo adoptó. Independer de este reconocimiento, no exigirlo más, ni tratar de ello con Buenos Aires, por cuanto no era Sacramento sin el cual peligrase la salvación, y entretanto tomar sus medidas, y habilitarse para cualesquiera eventualidades. Así hizo, así continúa a marchar, y así sustentará el nombre, los derechos, la gloria, y la existencia política del Paraguay, a despecho de cualquiera voluntad, y de toda ambición». (5)

Por su parte Arana acusó también recibo de la nota de los Cónsules, del 30 de agosto, en términos cordiales, como para estrechar más los lazos de amistad, antes que provocar un estado de tirantez o rompimiento. Manifestaba su reconocimiento por los distinguidos sentimientos expresados en la comunicación que contestaba, como por los recuerdos del comisionado Andrés Gill, por las consideraciones que a éste se le había dispensado. Refiriéndose a una falsa noticia recibida a la llegada del mencionado Gill, proseguía; «prueban bien, cuanto es el interés que hay en los salvajes unitarios en que nuestras relaciones de amistad se interrumpan: «No quiera el Cielo que esto suceda» (6)

El 19 de mayo, «mes de América», Rosas contestó la nota del presidente López, del 28 de marzo, retribuyendo los «benévolos y fraternales deseos» y declarando su «vivo perseverante interés en todo cuanto afiance la seguridad, libertad y bienestar del Pueblo Paraguayo y la Independ.a de la Confederacion». (7)

Este documento estaba hábilmente redactado, como para dejar la impresión de que la Confederación abrigaba sentimientos amistosos hacia el Paraguay, hasta el punto de tener vivo interés por la libertad del pueblo paraguayo. Era como para disipar cualquier recelo. Carlos Antonio López no se dejo engañar. Sabía que otro era el pensamiento intimo del gobierno de Buenos Aires. Y ese pensamiento estaba fielmente reflejado en una comunicación confidencial del ministerio de relaciones exteriores, dirigida a Rosas, en la cual se recomendaba que debía excusarse, tanto en la nota oficial como en la carta al presidente López, cualquiera felicitación, porque ello implicaría el reconocimiento si no directo, indirecto del Paraguay, y que, igual tendencia se encontraba en la frase, fraternales deseos, y cuando en la carta «V.E. se clasifica en ella de compatriota del señor López» y se habla «del restablecimiento de las relaciones entre ambos países». (8)

El presidente López contestó simultáneamente, el 9 de julio, las tres últimas notas del dictador de Buenos Aires. En primer término ponía en conocimiento de éste que el comerciante Esteban Ramos y Rubert, con intervención de Esteban Cordal, estaba autorizado a pagar, en la brevedad posible, al gobierno argentino, la suma de 11.999 pesos fuertes con 7 y 1/2 reales moneda metálica, importe de las 1000 carabinas, 1000 sables y 1000 pistolas, remitidos por conducto del ciudadano Manuel Peña, en la goleta República del Paraguay.

Y como Rosas había manifestado que no podía aceptar frutos, en pago de estas operaciones, sin previa autorización de la sala de representantes de la provincia, el gobierno paraguayo declaraba que se abstenía de «aceptar más remisiones de armamentos, y con el presente abono quedará V.E. satisfecho, y este gobierno completamente chancelado con V.E. de aquella suma».

La comunicación no podía pasar por alto la cuestión del comercio por el Paraná y las restricciones que podían perturbar dicho tráfico, con motivo «de la ocupación de Corrientes por los salvajes unitarios». Sería injusto hacer sentir sobre el renaciente comercio del Paraguay los efectos de una lid, en la cual «directa ni indirectamente tuvo jamás parte», al hacer demorar sus buques en los puertos del sur, por las circunstancias de la guerra. El gobierno paraguayo esperaba de la rectitud de Rosas que «no adoptará medidas que tiendan a encoger el comercio de esta República, ni a espantarlo por enteramente extrañas a la política de ambos países, principalmente a la de esta República tan fiel a la amistad de las Repúblicas hermanas, como imparcial en sus cuestiones domésticas». (9)

La comunicación precedente tenía su explicación. En la del 27 de marzo, Rosas había prometido todo y al mismo tiempo negado todo. Prometió que el comercio paraguayo no sería perturbado, salvo que las circunstancias de la guerra le obligasen a disponer otra cosa, con lo cual dejaba exclusivamente a su arbitrio la continuación o no de dicho tráfico.

Esta declaración encerraba un peligro comercial y otro político. Lo primero, porque los comerciantes paraguayos podían, cuando menos esperarse, encontrarse en Buenos Aires con la navegación cerrada, con la consiguiente pérdida de sus intereses o de toda su fortuna. Lo segundo, porque el Paraguay podía quedarse privado de su marina, tanto mercante como de guerra, si el decreto de clausura la sorprendiese en aquel puerto. En previsión de cualquier contingencia, el Paraguay no quiso exponer la fortuna y los buques de sus habitantes. Los hechos justificaron esta precaución. La navegación permaneció cerrada hasta el primero de agosto. Algunos extranjeros que se arriesgaron a viajar, quedaron detenidos en Buenos Aires. No sin razón «nuestro Gobierno deseaba la entera franqueza comercial, pero leal y segura y no lazos que detuviesen o arruinasen la industria y riqueza de sus ciudadanos. Su nota del 9 de julio se dirigía a obtener una garantía cualquiera que ministrase alguna seguridad, y que pudiese orientar la marcha comercial y política. Antes de obtenerla no podía considerar la navegación sino como de hecho cerrada». (10)

El decreto del 1º de agosto de 1844, del gobierno de la Confederación, permitía a los buques argentinos de cabotaje, llevar y traer cargas del Paraguay, bajo fianza de no tocar los puertos de Corrientes, tanto de ida como de vuelta, mientras esta provincia estuviese ocupada por los Salvajes Unitarios. La disposición se refería solamente a buques argentinos, no alcanzaba de consiguiente a los paraguayos, los cuales aún después del decreto referido continuaron detenidos. (11)

Rosas contestó la nota del 9 de julio el 3 de octubre siguiente, manifestando su satisfacción por el reconocimiento de la rectitud del gobierno argentino y por la confianza de que éste no adopte medidas tendientes a perjudicar el comercio paraguayo. Lejos estaban de la administración argentina las «ideas innobles, inamistosas y mezquinas». Las restricciones temporales que adoptó contra dicho comercio, en uso de su derecho sobre la navegación del Paraná, fueron impulsadas por la injusta guerra provocada por los salvajes unitarios y los extranjeros. «No son a ella debidas las dificultades que hayan podido obstar al progreso y libertad de aquel comercio, sino exclusivamente a las calamitosas circunstancias de aquella cruel y obstinada guerra...». (12)

Todos los inconvenientes para el franco desarrollo del tráfico surgieron, a estar por estas manifestaciones, a causa del conflicto de Corrientes con Buenos Aires, en el cual el Paraguay nada tenía que ver. Pero el pensamiento real de Rosas, reiterando la negativa de reconocer la independencia de la República, estaba expresado en otro parágrafo de su comunicación. Decía el dictador porteño: «La introducción en esta de los frutos de ese país, atendida la circunstancia de haberse declarado independiente, y expresado su voluntad de constituirse en una república, extranjera para la Confederación Argentina, seria un justo titulo para que en el adeudo de los derechos fuese considerado como la de cualquiera otro Estado; y en consecuencia de la política benefactora de este Gobierno ha acreditado a V.E. en todos sus actos administrativos, y a la protección distinguida que dispensa al comercio paraguayo; no habiendo reconocido la independencia de ese país, son considerados sus frutos con esa generosa fraternal benevolencia, V.E. podrá apreciarla por la adjunta planilla. Observará por ella que a la par que se demuestra la notabilísima diferencia de que gozan en los derechos de aduana respecto de los de la misma especie que se introducen de otras partes; resalta por dicha planilla sobrada luz respecto del gran vacío que dejan en las rentas dichas deferencias. Tan lejos pues, este Gobierno de espantar de esta República el comercio del Paraguay, lo halaga con goces, cuyo beneficio aleja cualquiera desventaja hacia él relativamente a la concurrencia de los mismos artículos procedentes de otras partes». (13)

La posición de Rosas era clara. La protección y la generosa como fraternal benevolencia dispensadas al comercio paraguayo, estaban fundadas en que la Confederación no había reconocido la independencia de la república. En otros términos, las ventajas otorgadas a ese comercio descansaban en el hecho de que el gobierno de Buenos Aires consideraba al Paraguay como una provincia argentina. Semejante pretensión constituía una ofensa para el Paraguay y el presidente López no podía admitirla, dispuesto como estaba a sostener la independencia por todos los medios. (14) La actitud de Don Carlos recuerda la del Dr. Francia que cortó toda comunicación con Matto Grosso, porque, entre otras cosas, los portugueses fomentaban el intercambio comercial considerando todavía a la república como provincia española. (15)

En agosto de 1844 llegó a Asunción, José Antonio Pimenta Bueno como representante del Imperio del Brasil. Desde un principio sus relaciones con el presidente López fueron cordiales; no tardó en merecer la confianza del mandatario paraguayo. Don Carlos no le ocultó la política de Rosas y a su vez el diplomático imperial no dejó de apreciar esta distinción, que venía a favorecer el desempeño de su misión, cuyo objeto fundamental era reconocer la independencia del Paraguay y evitar que la república cayese bajo la hegemonía de Buenos Aires.

El agente brasileño supo sacar ventajas de sus relaciones con el presidente, influyendo que éste tomase ciertas decisiones en su lucha con Rosas por la independencia. El 8 de octubre de 1844 decía a Ernesto Ferreira França, ministro de negocios extranjeros del Imperio: «Rosas unas veces abre la navegación del Paraná y otras la cierra, y de nada previene al Gobierno de esta República, al que se limitó en decir que conservaría abierta tal navegación, siempre que alguna ocurrencia no le obligase a cerrarla, esto es, cuando quisiese.

«Al mismo tiempo que su procedimiento es tan caprichoso Rosas quiere agradar a este Gobierno. De una conferencia mía con el Presidente resultó la deliberación de no dejar arribar del Pilar un Agente Confidencial que aquél trata de enviar, y de admitirlo solamente si trajese carácter público y autorización para el reconocimiento de la Independencia. Pensando que mi estada aquí despertará la atención de Rosas, mucho estimé conseguir esa deliberación, que evitará intrigas y manejos argentinos». (16)

Sin duda que la presencia de Pimenta Bueno en Asunción llamó la atención de Rosas y no escapó al Restaurador la influencia que llegó a tener en el gobierno paraguayo, neutralizando las intrigas argentinas contra el Imperio del Brasil. Pimenta Bueno, inteligente y hábil, paró como en el caso referido en su nota, las pretensiones de Rosas. Su contacto personal con el presidente López le daba una ventaja indudable sobre las maquinaciones del Restaurador. Por otro lado, el enviado prometido nunca se presentó.

En esta época las relaciones del Paraguay con Corrientes llegaron a un estado de tirantez, sin existir un motivo fundamental para que así fuese, sobre todo teniendo en cuenta la amenaza de Rosas que pesaba sobre ambos. El gobierno de Corrientes que «manifestó deseos sinceros de entenderse con la República, y restaurar la armonía, y buena inteligencia recíproca» inició nuevas negociaciones que culminaron con la convención del 2 de diciembre de 1844, reglamentando el derecho de visita, que no se extenderá a los buques de cualquiera de los gobiernos, ni tampoco a los barcos mercantes comboyados por navíos de guerra; estableciendo que la bandera enemiga, una vez aprehendida por uno de los dos Gobiernos, no perjudica la propiedad de los ciudadanos del otro; y que la bandera de uno, en caso de visita, cubre y salva la propiedad del beligerante, toda vez que no sea contrabando de guerra. Como consecuencia del acuerdo, el presidente López revocó el decreto del 14 de octubre, restableciéndose las comunicaciones y relaciones comerciales con Corrientes. (17)

Pimenta Bueno seguía atentamente el desarrollo de los acontecimientos. Conferenciaba frecuentemente con Carlos Antonio López, con quien dialogaba sobre las relaciones con Rosas. El presidente confiaba en el diplomático imperial; encontró en él a un amigo dispuesto a defender los derechos del Paraguay. Le transmitía las informaciones confidenciales y escuchaba sus consejos. Pimenta Bueno escribió a su gobierno: «El Gobierno Argentino que ora consiente y ora prohibe a la República del Paraguay la navegación del Paraná hasta Buenos Aires, ha cerrado últimamente esa navegación hasta que por los decretos del 1º y 4 de agosto, que adjunto en copia, – en uno de los cuales el Paraguay es tratado como Provincia – la abrió provisoriamente.

«Como Corrientes apresase las embarcaciones argentinas que subieron por efecto de dichos decretos, el Presidente de esta República teme que la navegación sea de nuevo cerrada y que este país tenga que sufrir una vez más el grave daño, que ya estaba sufriendo. Este temor ya se tuvo en vista cuando se negoció con Corrientes la convención, que en oficio Nº 31 transmití a V.E., y por eso se procuró removerlo, firmando garantías que alejase toda protesta de Rosas; y como se obtuviesen, me manifestó el Presidente la intención de dirigirse desde ya a aquél comunicándole dicha convención, para ver qué resultado obtiene o por lo menos conocer en toda la extensión el pensamiento de aquel Gobierno». (18)

En la entrevista, la conversación continuó sobre el mismo desarrollo y el estado de las relaciones con Rosas. «...hablamos – informó Pimenta Bueno – sobre las intenciones hostiles de Buenos Aires, su oposición a la independencia de la República, su pretensión de dominar exclusiva y soberanamente el Paraná y en verdad hacer de esa navegación un medio, un arma de opresión para el Paraguay hasta crear partido que por amor a ella prefiera a la Confederación, y trabaje a su favor hasta con tentativas revolucionarias». El representante brasileño ofreció expresar su pensamiento sobre la redacción de la nota a remitirse a Rosas, lo que el presidente López aceptó con gusto.

Pimenta Bueno pidió entonces a su interlocutor que le pusiese al tanto de la cuestión relativa al reconocimiento de la independencia y de la navegación para poder orientarse convenientemente. Don Carlos accedió al pedido y entregó al diplomático imperial las notas originales del gobierno argentino y los testimonios de las suyas, cuyas copias transmitió éste a su Corte.... «son importantes, – anotaba – revelan la Política Argentina, servirán para instruir reservadamente a nuestro Ministro en Buenos Aires y sobre todo porque esclarecerán las vistas de nuestro Gabinete sobre esta República». (19)

No pararon aquí los informes de Pimenta Bueno y agregó algunos esclarecimientos que obtuvo en la conferencia. Proclamada la independencia, el gobierno del Paraguay dirigió una nota al de Buenos Aires, parecida a la que envió al gabinete brasileño, pidiendo el reconocimiento. Rosas respondió declarando formalmente su oposición a la independencia paraguaya por amenazar la existencia de la Confederación, siendo por lo tanto una dificultad insuperable. Al comisionado Andrés Gill se instruyó de los motivos transcendentes que imposibilitaban al gobierno argentino a dar su aquiescencia, a saber: la conveniencia de integrar una nación respetable y no formar pequeños Estados; la conveniencia igualmente de un sistema de política uniforme en el Río de la Plata. Rosas previno también de «que el Brasil por su Política hostil a Buenos Aires y por sus intereses particulares y contrarios a la Confederación tiene que reconocer luego la independencia, pero que el Paraguay no se engañe, y atendiese, que siendo los productos del Brasil semejantes al de este País, no podría concurrir con el Río de la Plata, desde que fuese miembro de la Confederación y por tanto tuviese que pagar derechos mucho menores». El ministro brasileño mencionó luego la respuesta de los Cónsules del 30 de agosto y la réplica de Rosas del 27 de marzo de 1844, en la que éste confirmaba «definitivamente su oposición y prometiendo de nuevo enviar un Agente Confidencial para agregar de viva voz otros insuperables obstáculos, que subsisten contra tal independencia. Es de creer – comenta seguidamente Pimenta Bueno – que esas revelaciones que no se confiaron a lo escrito, se refieran a nuestra política». Otra correspondencia no hubo sobre semejante particular. Como el gobierno argentino permitió la venta de algún armamento al Paraguay, tal vez por esperar una lucha entre este país y Corrientes, o con el Brasil por la cuestión de limites; y como en el oficio de Buenos Aires al respecto de ese armamento se dice que Rosas «se veia forzado a cerrar la navegación del Paraná», el gobierno del Paraguay respondió con la nota del 9 de julio de 1844, «que hasta ahora no tuvo respuesta». (20)

En este estado de la conferencia, Pimenta Bueno ofreció al presidente López la «minuta» que éste aceptó y «que va a expedir a Rosas. Aguardaremos el resultado», agrega el diplomático imperial. El resultado fue definitivo, porque Rosas con su lenguaje agresivo provocó la palabra también definitiva del Paraguay.

Al dar cuenta de la importante entrevista, Pimenta Bueno emitió el siguiente juicio; «A la vista de lo que tengo expuesto, del contexto de las notas de Buenos Aires y de los demás datos que se tienen en esa Corte, queda claramente manifiesta la Política Argentina, Política de ambición y de celo contra el Brasil. Rosas quiere incorporar a la Confederación no sólo Montevideo sino también Tarija y la República del Paraguay, monopolizar la navegación del Paraná y si lo consigue, aún cuando no incorpore al Uruguay, hará de Buenos Aires el emporio general del comercio de todos estos extensos ríos y de estos dilatados y riquísimos territorios, hará de Buenos Aires una ciudad importantísima, rival de nuestra Corte, y si lo lograse, no sólo rival sino preponderante en la Política de América del Sur. Será nuestro enemigo constante, ya por la propagación de las ideas republicanas, ya por el odio a nuestro poder e interés en debilitarlo». Y al referirse a la navegación del Paraná y Río de la Plata, afirmaba; «Parece pues que nuestro Gabinete debe empeñarse en libertar esa navegación y que el mejor de los medios sea la independencia del Paraguay». (21)

El presidente López, tal como le había prometido a Pimenta Bueno, remitió a Rosas la «minuta» que el diplomático imperial le había presentado en la última entrevista, traduciéndola fielmente al español. (22) La nota estaba fechada el 26 de diciembre de 1844. (23) En ella se comunicaba al gobernador de Buenos Aires que las negociaciones felizmente entabladas con Corrientes, pusieron término a las cuestiones surgidas con esta provincia, con la celebración del convenio del 2 de diciembre, que no sólo consultó los intereses comerciales del Paraguay sino que prestó también especial atención a las propiedades y comercio argentinos, «él establece la más sólida garantía contra todos los inconvenientes, que pudieran perjudicar la libertad de tan útil comercio...» Allanadas así las dificultades, el gobierno argentino será el primero en concordar en franquear las relaciones comerciales entre los dos países, tan vantajosas a su amistad, riqueza y prosperidad. En consecuencia el Paraguay solicitaba de Rosas: 1º) el cumplimiento de la promesa de que al Paraguay pueda ejercer su comercio con Buenos Aires sin el peligro de que sus productos y buques sean allí detenidos o represar con gravísimo perjuicio de las fortunas; 2º) negociar entre los dos gobiernos un convenio semejante al del 2 de diciembre con disposiciones similares que consulten las conveniencias mercantiles de los dos Estados. (24)

El oficio terminaba con estos cordiales términos: «Es por tanto en el intuitu de estrechar los lazos de las simpatías, amistad e intereses de los dos pueblos hermanos en la firme esperanza del cumplimiento de las promesas de V.E. y en la precisión y deseo de un porvenir fecundo en recíprocas ventajas, que el infrascrito se dirige a V.E., y que espera que, distrayéndose un instante de sus tareas administrativas para atender a este asunto de tanta monta, le haga la honra de dar una contestación, que él espera breve y satisfactoria, porque será fruto de la justicia e ilustración del Gobierno argentino, y retribuirá los sentimientos de fina amistad y alta consideración, de que el infrascrito se halla animado para con V.E., y de los vivos y ardientes deseos y votos por la gloria y prosperidad, tanto de la administración como de la persona de V.E.» (25)

No obstante los términos correctamente diplomáticos y los sentimientos de fina amistad expresados por el presidente López con el objeto de llegar a un acuerdo decoroso que contemplase las ventajas de un comercio reciproco, la nota del 26 de diciembre no satisfizo a Rosas. Antes bien, sirvió como estímulo a sus pasiones. El Restaurador no pudo contener la violencia de su temperamento. Las medidas incontroladas se sucedieron contra el Paraguay, mientras en Palermo se esperaba el momento de contestar al mandatario paraguayo. El 8 de enero de 1845, por «un decreto de exterminio y muerte contra las aguas del Paraná, y contra los elementos de industria, de civilización y riqueza de los pueblos», Rosas prohibió la salida de barcos de los puertos de la Confederación con destino a Corrientes y el Paraguay, como también la entrada en los mismos de las embarcaciones de idéntica procedencia. «Esta declaración de guerra mercantil dejaba aún una puerta abierta al comercio del Paraguay por Itapúa, Villa de la Encarnación, y era el Río Uruguay». El Restaurador se valió entonces de Oribe, «su fiel aliado o confederado», para que éste a su vez dictase otro decreto similar al del 8 de enero, once días después, por el cual quedaban también cerrados los puertos del Uruguay para Corrientes y el Paraguay. Pera los productos paraguayos podían entrar en la Confederación por el lado del Brasil y apenas aparecieron por esa vía, Rosas se apresuró a lanzar otro decreto, el 6 de abril, de más amplio alcance que los anteriores, prohibiendo la introducción de productos paraguayos por cualquier vía que fuese, debiendo hacerse volver a los buques que traigan carga de esa procedencia sin permitirles desembarcar cosa alguna. (26)

Las resoluciones dejaban al descubierto la política de Rosas, que era de hostilidad y no de benevolencia como diplomáticamente expresaba en sus comunicaciones. Los sentimientos fraternales no pasaban de las palabras. El Paraguayo Independiente, en irónico y duro lenguaje, comentó: «Para alejar todo motivo que pudiera turbar las amistosas relaciones con la República del Paraguay, el benévolo y amigable Gobierno de Buenos Aires le hace la fina guerra de constituirla en riguroso bloqueo. Un individuo particular, que tuviese, no diremos decoro, pero sentido, no sería capaz de decir, cuanto más practicar, acto tan cómico y ridículo». (27)

En el Paraguay no se tuvo pronto conocimiento de los decretos aludidos. Mientras tanto Pimenta Bueno continuaba sus contactos cordiales con el presidente López. Este le confirmó su resolución de no permitir pasar de Villa del Pilar al agente confidencial que Rosas prometió enviar, salvo que viniese provisto de los poderes para reconocer la independencia. Este agente que vendría para explicar oralmente «las razones poderosas e indeclinables» que se oponían a ese reconocimiento, podría tratar de intrigar a la misión brasileña «y crear el partido federal», lo que al diplomático imperial le parecía todavía imposible conseguir. (28)

En el mismo oficio, Pimenta Bueno comunicó a su gobierno que el presidente López le confió también las razones secretísimas» que el gobierno argentino tuvo en cuenta para no reconocer la independencia del Paraguay. No obstante manifestar que era ocioso cualquier comentario sobre ellas, escribió: «Son verdaderamente características semejantes razones, que proporcionan una flaca idea de la ilustración de aquel gobierno, sino resaltase el pensamiento que lo dominó, cuando tales ideas de ese modo insinuaba y redactaba. El se engañó sin embargo, miserablemente, suponiendo hallar todavía en el Paraguay la política de Francia y los prejuicios populares que le rodeaban sin modificación, sin alcance y sin vista alguna penetrante. El actual gobierno, a la par del sistema que sigue, tiene más ilustración de lo que aquél pensaba; él se rió de las secretísimas razones.» (29)

Para Pimenta Bueno constituía un éxito las revelaciones que le hacía el presidente López, lo que le permitía tener al corriente a la Corte de San Cristóbal de las intenciones de Rosas con respecto al Paraguay. Su misión se veía facilitada en esta forma por la indudable confianza que le dispensaba Don Carlos. Una prueba evidente de este éxito y de esta confianza era el habérsele proporcionado una información confidencial y de tanta importancia como las «razones secretísimas». Pero él se hizo digno de este trato del presidente por se conducta amistosa y por su actitud a favor de la causa del Paraguay. Carlos Antonio López comprendió la importancia de esta amistad, fortalecida por la común decisión de contrarrestar la política hegemónica de Rosas. Pimenta Bueno tenía un juicio favorable del gobierno paraguayo, su concepto testimoniaba fehacientemente la solvencia intelectual y la capacidad de la administración de la república.

A los decretos del 8 y 17 de enero siguió la contestación de Rosas a la nota del 26 de diciembre, Sus palabras reflejaban el estado de espíritu del Restaurador, quien no ocultó su irritación ni se valió de eufemismos para fijar su posición. (30) Luego de apreciar altamente los sentimientos de justicia del gobierno paraguayo al reconocer la rectitud y la amistad del argentino; de manifestar que nadie más que el gobierno de la Confederación se ha condolido de la situación del Paraguay, al abrir la navegación del Paraná, favoreciendo de este modo el comercio de la república, «con grandes ventajas en el pago de derechos de aduana»; que los buques argentinos con cargamentos para el Paraguay sufrieron «la depredación escandalosa» de los «salvajes unitarios de Corrientes»; que el gobierno paraguayo desestimando esta «bárbara y sin igual tropelía... se resolvió a negociar con ellos un arreglo tan depresivo del comercio y dignidad de los pueblos confederados» e inesperado después de la «tan probada y costosa benevolencia» de Rosas; (31) declaró enfáticamente que el gobierno argentino veía en ese arreglo un desconocimiento de su política amistosa y fraternal con el Paraguay, un favor a los enemigos de la paz pública, un amparo a las expoliaciones de las propiedades argentinas, un estímulo a la rebelión, una apropiación infundada del dominio exclusivo de la neutralidad ofrecida por el Paraguay, en fin, una conducta agresiva contra los derechos de la Confederación. (32)

El decreto del 8 de enero será cumplido puntualmente, mientras no se deje sin efecto el convenio del 2 de diciembre, «tan injusto, ofensivo y perjudicial».

A continuación se extendió en consideraciones sobre las razones por las cuales Corrientes no podía celebrar pacto alguno de acuerdo con el tratado del 4 de enero de 1831, firmado entre las provincias argentinas, y, de consiguiente, «el Excmo. Gobierno del Paraguay, cualquiera que sea su capacidad política; no ha podido tratar con aquella refractaria administración, sin faltar a las consideraciones que le imponen las leyes orgánicas» de la Confederación.

Rosas terminó su respuesta con esta clara manifestación: «En cuanto a negociarse entre ambos Gobiernos una convención por la cual se adopten en todo o en parte las mismas disposiciones del convenio celebrado con los salvajes unitarios de Corrientes o principios semejantes, que consulten adecuada y discretamente las conveniencias mercantiles de ambos países, V.E. no desconocerá, que siendo equívoca para la Confederación, la posición política del Paraguay, no hay medios convenientes y discretos para ligar por ahora aquellas conveniencias, de otra manera más eficaz, que la que estableció la política benévola y pacífica del infrascrito, desde que se abrió la correspondencia entre ambos países, y que este es un asunto complicado y delicado que corresponderá tratarse y considerarse bajo todas sus circunstancias con el comisionado que este Gobierno ha ofrecido mandar cerca de V.E.» (33)

La nota de Buenos Aires evidenció, una vez más, la política de Rosas, satisfaciendo con claridad lo que de ella se esperaba. El Restaurador ratificó el derecho exclusivo de la Confederación sobre la navegación del Paraná, el cierre de esta navegación, la promesa de enviar un comisionado y que las facilidades dadas al comercio paraguayo respondían a que la Confederación consideraba al Paraguay como provincia argentina. Esta política benévola y pacífica, en el lenguaje de Rosas, era la única manera de poder ligar los intereses de los dos países. A esto se debe agregar que la respuesta estaba dirigida «Al Excmo. Gobierno del Paraguay», si bien que Carlos Antonio López había remitido la nota del 26 de diciembre en su carácter de «Presidente de la República del Paraguay». Esta expresión no fue usada una sola vez en el oficio de Buenos Aires, lo que se explicaba por la negativa sostenida por Rosas.

Pimenta Bueno, a quien el presidente López informaba de sus relaciones con el Restaurador, al comunicar a Ferreira França la respuesta del gobernador de Buenos Aires, comentó: «Haré notar sólo que Rosas no contento con los antecedentes declara formal y definitivamente al Paraguay que no hay arreglo ni inteligencia alguna posible sin que entre en la Confederación Argentina! Este ultimátum consignado en la conclusión de su respuesta, fue repetido además verbalmente, en una forma todavía más ruda y terminante, al corresponsal de este Gobierno, como éste expuso en su informe...» (34)

El corresponsal a quien se refería el diplomático imperial era Esteban Cordal. En la entrevista en que Arana entregó a éste la comunicación para el gobierno paraguayo, mostrándose «más franco y placentero», el ministro de Rosas expresó: «...que la presente nota oficial era larga y que en ella esplanaba perfectamente al Señor López el yerro en que había caído haciéndole ver con suavidad y dulzura punto por punto los defectos y consecuencias del convenio celebrado. Que el Señor López no era estraño que con la mejor buena fe hubiese caido en el lazo que le habian tendido sus enemigos. Que no estando los paraguayos instruidos suficientemente en el derecho a cada instante se les habia de ofrecer estos desaciertos que por lo tanto ni debian ni se les podia otorgar la independencia, porque siendo todos ciegos ninguno podria guiarlos al camino de la felicidad. Que si permitian la entrada a los estrangeros verian pasar a sus manos inmediatam.te sus mejores posesiones, todo su comercio y hasta sus mismos beneficios de yerba. Que era preciso desengañarse que los inmensos caudales de los estrangeros todo lo absorvian y que los americanos no podian hacerles oposicion». A esta altura de la conversación, Cordal preguntó al ministro «sino habria algun medio ó recurso de conciliar la Independencia del Paraguay con el bien estar de ambos paises». Arana contestó «terminantemente que no habia medio que los estrangeros ya habian conseguido segregar de la República argentina los Estados Oriental y de Bolivia, que su objeto era reducir todo a pequeños Estados con el objeto de obtener la influencia, y que era preciso formar una nacion grande que se hiciese respetar de todos, y en particular de las astucias y perfidias del falso imperio brasileño. Que el Paraguay estaba en un rincon y sus habitantes en un gran atraso que lo que les exigia Buenos Ayres es (sic) las relaciones esteriores que no son capaces de sustentar que las provincias son libres que por lo demas los envolverian como a niños».

Nuevamente Cordal interrumpió al ministro para decirle «si el Imperio toleraria el que el Paraguay fuese provincia argentina y si no tolerándolo seria mejor un arreglo provechoso, para ambos». Arana respondió categóricamente: «No Señor...; el Imperio quiere que el Paraguay sea independiente, no quiere un competidor de sus producciones y quieren lo que ya debimos haber hecho, que es nivelar los frutos del Paraguay en los derechos a los del Imperio, pero no hay medio el Paraguay no puede ser independiente».

El corresponsal del presidente López terminó su comunicación, expresando: «Como viese al Señor Ministro tan distante de la verdad tan ageno de los verdaderos talentos de V.E. y de los Paraguayos, y distante de la razon tomando un pretesto civil corté la conversacion y me despedi de S.E. quien sino fuese seguramente por la costumbre que al hablar tiene de cerrar los ojos, quizá para escucharse hubiese conocido mi incomodidad». (35)

Pimenta Bueno informó además que tuvieron otros esclarecimientos por intermedio de Aramburú que fue portador de la respuesta de Rosas y de las cartas de Cordal. Aramburú agregó que «todo hace creer que habrá guerra infaliblemente para compeler al Paraguay a entrar en la Confederación, luego que Rosas se encuentre desembarazado de la lucha en la Banda Oriental; que todos sus partidarios hablan con estudiado desprecio respecto del Brasil; que Arana recomendó a esta República no fiarse de la política, que califica pérfida y traidora del Brasil; y finalmente, que nada, absolutamente nada se debe esperar sino hostilidades infalibles». (36) Tanto Rosas como Arana no perdían la oportunidad de intrigar al Brasil. A su vez Pimenta Bueno no descuidaba en Asunción trabajar contra las pretensiones de Buenos Aires. La respuesta de Rosas, por lo categórica y terminante, no daba lugar a dudas. Cordal por su parte con sus informes, también categóricos y terminantes, confirmó la posición del gobernador de Buenos Aires. El Paraguay no podía vacilar. El presidente López asumió la actitud exigida por las circunstancias para salvaguardar la integridad comprometida de la república. Pimenta Bueno escribió: «Por estas circunstancias, la proscripción del comercio paraguayo de todos los puertos de la Confederación, la jactancia con que Rosas en su mensaje y demás actos públicos trata al Paraguay, considerándolo como Provincia Confederada, y por último la guerra que de hecho está en ejecución, llevaron al Presidente a responderle en fecha 28 de julio último». (37)

En el extenso documento, el presidente López hizo una defensa vigorosa de los derechos del Paraguay, refutando todas las razones aducidas por Rosas con motivo de la celebración del convenio del 2 de diciembre que dio lugar a los cargos formulados por el gobierno de Buenos Aires. «En suma esta República – decía – no se apartó de su neutralidad; ella no fue, como se piensa, seducida y complicada en las redes alevosas, que le hubiesen tendido los intitulados salvajes unitarios; posee bastante conocimiento de sus derechos e intereses, y no se gobierna por dictámenes ajenos; juzga sí injurioso que se hiciese un juicio tan despreciador de su inteligencia, resolución y energía». (38)

Así como Rosas sintetizó la firme orientación de su política en la parte final de su nota del 22 de marzo, Carlos Antonio López fijó también la posición definitiva del Paraguay en los últimos párrafos de su respuesta. «Con efecto – expresaba – habiendo este Supremo Gobierno propuesto a V.E. entrar en una negociación semejante, o cualquier otra que asegurase las recíprocas relaciones comerciales de los dos Estados, como alta y clamorosamente exigen el interés real, justo, y el respeto debido a los derechos de los pueblos, V.E. responde que no hay ningún otro medio, o convenio que no sea el indicado por su Gobierno, desde que abrió la correspondencia entre las dos administraciones. Esto claramente quiere decir que el recurso único es hacer el Paraguay parte de la Confederación, como V.E. indicó, y continúa a pretender.

«A este respecto – agregó categóricamente – conviene que la República del Paraguay de a V.E. un ultimátum inmutable, que le dispensará del incómodo de enviar a su comisionado particular, y es que, si se trata de una confederación voluntaria, y nacida de la libertad y adhesión legítima de esta parte de la América, es ocioso hablar de eso, pues que ella decidida e irremediablemente no quiere: si se trata de confederación no por principios legítimos, sino por la arrogancia de la violencia y fuerza, es bueno atender que el siglo de las conquistas ya pasó.

«El Paraguay conoce lo que puede y vale; él juró su independencia, renueva anualmente su juramento, sus hijos aman su tierra, que para ellos es sagrada. El Pueblo paraguayo es inconquistable, puede ser destruido por una gran potencia mas no será esclavizado por ninguna.

«En estos términos son escusadas ulteriores contestaciones: es además injurioso proponer a un pueblo que abdique su nacionalidad y existencia política». (39)

Con esta comunicación toda correspondencia con Buenos Aires quedó cortada. El firme lenguaje del presidente López opuso una valla infranqueable a las pretensiones de Rosas. La arrogancia del Amo de Palermo se detuvo ante la decisión del Paraguay.

El mismo 28 de julio, el presidente López dictó un decreto por el cual se ordenaba que en todos los documentos oficiales se usase la salutación patriótica; |Viva la República del Paraguay! | Independencia o Muerte! (40) Era la expresión del sentimiento nacional, que sería sostenido hasta el sacrificio, porque el Paraguay había decidido irrevocablemente su destino. El uso de la «salutación patriótica» inició la nota del 28 de julio.

Pimenta Bueno informó a Ferreira França: «Esta contestación rompe toda ulterior correspondencia entre los dos Gobiernos; su lenguaje enérgico y terminante ha de exitar, sin duda alguna, nuevos furores, y, sobre todo, porque contradice radicalmente las ambiciosas vistas de Rosas». (41)

Con su comunicación, el diplomático imperial remitió ejemplares de El Paraguayo Independiente, desde el número 8 al 16, en los cuales se publicaron los documentos relativos a la correspondencia cambiada entre el gobierno paraguayo y Rosas, hasta la última respuesta del presidente López. Este periódico – agregó Pimenta Bueno – «también ha de exacerbar la imaginación orgullosa del Conquistador del Río de la Plata y desvirtuar ante los Ministros Extranjeros los embustes que allí emplea para persuadirlos, que tiene influencia y facilidad de llamar así a este País (provincia). Cualquiera que sea, sin embargo, su conducta, ella no admirará, ni será inesperada». (42)

El presidente López comprendió que la hostilidad del Restaurador no podía ser contestada sino con igual hostilidad. El Paraguay tuvo que romper su tradicional sistema de prescindencia y lanzarse a intervenir en las apasionadas luchas políticas del Río de la Plata; entró en negociaciones con las provincias y Estados vecinos, en busca de apoyo y alianzas, ofreciendo su colaboración para neutralizar el poder agresivo de Rosas. Sólo la guerra puso término a ese poder. Caseros liberó a la Confederación Argentina de la tiranía y permitió la consolidación de la independencia del Paraguay.

 

NOTAS

Tercera Parte

CAPITULO XI

1. Actas de las sesiones de los Congresos de la República, desde el año 1811 hasta la terminación de la guerra. Asunción, 1908, págs. 48 al 52.

2. Ib. Ib. Ib., pág. 53.

3. A.G.N.A. 3-3-14.

B.N.R.J. – C.R.B.I. – 29, 24, 7 Nº 5.

Pérez Acosta, ob. cit., pág. 30.

4. A.G.N.A. 3-3-14.

El Paraguayo Independiente Nº 9.

Ramos, art. cit.

5. El Paraguayo Independiente Nº 9.

Ib. Ib.

6. A.G.N.A. 3-3-14.

Pérez Acosta, ob. cit., pág. 15.

7. Ib. Ib.

Ib. Ib., págs. 31 y 32.

8. Ib. Ib.

Ib. Ib., pág. 32.

9. El Paraguayo Independiente Nº 9. Pérez Acosta, ob. cit., págs. 23 y 24.

10. El Paraguayo Independiente Nº 10.

11. Ib. Ib. Ib.

12. El Paraguayo Independiente Nº 9.

Rosas tardó en contestar el oficio paraguayo del 9 de julio. Esta respuesta, fechada el 3 de octubre, se recibió en Asunción mucho después. Pimenta Bueno, el 19 de febrero, comunicó a su gobierno que Buenos Aires, «se demoró ya mucho en responder a la última Nota del Presidente» (la del 9 de julio) y agregó: «Ahora pues respondió Rosas...», lo que quiere decir entonces que la referida contestación llegó a Asunción en los primeros días de febrero de 1845.

A.H.I. Assunçao – Oficios – 1842-45.

13. El Paraguayo Independiente Nº 9.

14. Pimenta Bueno, al transmitir a la Corte copia de la contestación de Rosas, comentó: «De la respuesta verá V.E.: lº) que él no se olvida de declarar la navegación del Paraná como privativamente suya; 2º) que a la par de ese principio procura satisfacer con buenas palabras a este Gobierno, hasta que desembarazado pueda desenvolver sus vistas y políticas; 3º) que consecuente con el sistema adoptado de no reconocer la independencia Paraguaya manda cobrar los derechos de los productos de esta República, como si fuesen de una de las Provincias confederadas y presenta eso como protección». Nota anterior cit.

15. R. Antonio Ramos. La Política del Brasil en el Paraguay bajo la dictadura del Dr. Francia. Segunda Edición. Buenos Aires-Asunción, 1959, páginas 27, 32 y 33.

16. A. H. I. Assunçao – Oficios – 1842-45. Autógrafo.

17. El Paraguayo Independiente Nº 11.

18. A.H.I. Assunçao – Oficios – 1842-45. Autógrafo, Pimenta Bueno a Ferreira França. Asunción, 11 de diciembre de 1844.

19. Ib. Ib. Ib. Nota cit.

20. Ib. Ib. Ib. Copia de estos oficios remitió Pimenta Bueno con su informe.

21. Ib. Ib. Ib. Al terminar su oficio el agente brasileño expresaba. «A la sabiduría de nuestra Corte compete prever el futuro y dirigirlo desde ya con la madurez y energía que le son propias...»

22. Pimenta Bueno envió también una copia de la «minuta» con su nota del 11 de diciembre.

23. El Paraguayo Independiente Nº 12.

Comercio del Plata de Montevideo, en su Nº 20 del 23 de octubre de 1845, reprodujo también la nota de López.

Santiago Aramburú fue el conductor del oficio B.N.R.J. – C.R.B. I – 29, 24, 7 Nº 6.

24. Ib. Ib. Ib. López a Rosas, 26 de diciembre de 1844.

25. Lo subrayado es nuestro.

26. El Paraguayo Independiente Nº 13.

27. Ib. Ib. Ib. El subrayado es del texto.

28. A.H.I. Reservados – Ministério dos Negocios Estrangeiros Nº 1, 1843-1846. Pimenta Bueno a Ernesto Ferreira França, Asunción, 11de enero de 1845. Este libro contiene copias de puño y letra de Felipe José Pereira Leal, cuando era encargado de Negocios del Brasil en el Paraguay. También en el legajo, Assunçao – Oficios 1842-45, existe otra copia igualmente de puño y letra de Pereira Leal y autenticada con su firma, pero casi totalmente destruída, ya en gran parte ininteligible. El original de esta nota no figura en los volúmenes correspondientes a la misión Pimenta Bueno.

29. Ib. Ib. Ib. Una traducción de las «razones secretísimas» Pimenta Bueno remitió con su oficio.

30. El Paraguayo Independiente Nº 14.

Rosas a López. Buenos Aires, 22 de marzo de 1845. Comercio del Plata de Montevideo, en su Nº 21 del 24 de octubre de 1845 también publicó esta nota del Restaurador.

31. Ib. Ib. Ib. Nota cit.

32. Ib. Ib. Ib. Nota cit.

33. Ib. Ib. Ib. Nota cit.

34. S.H.I. Assunçao – Oficios – 1842-45. Pimenta Bueno a Ferreira França Asunción, 3 de agosto de 1845. Autógrafo.

35. Ib. Ib. Ib. Cordal a López. Buenos Aires, 9 de abril de 1845. Pimenta Bueno remitió copia de esta carta con la nota anteriormente cit.

36. Ib. Ib. Ib. Nota cit.

37. Ib. Ib. Ib. Nota cit.

38. El Paraguayo Independiente Nº 15. López a Rosas. Asunción, 28 de julio de 1845.

39. Ib. Ib. Ib. Nota cit. EL Paraguayo Independiente en su Nº 16 comentó la nota a Rosas, analizando la política del gobernador de Buenos Aires y confirmando las afirmaciones en ella contenidas. Entre otras cosas, declaraba enfáticamente: «...el Pueblo Paraguayo sobrio y moralizado no cambia su libertad e independencia por derechos de Aduana, ni por el pasaje del Río...»

Por su parte Comercio del Plata, en su Nº 21, cit., al publicar la nota de López, comentó: «No podemos dejar de recomendar la última respuesta del Gobierno Paraguayo a Rosas, que hoi publicamos. Es un noble documento de alta importancia, que ningún comentario necesita, y que justifica lo que dijimos sobre el buen sentido y solidez que ha desplegado en esa discusión aquel Gobierno.»

40. El Paraguayo Independiente Nº 15.

41. Nota cit. del 3 de agosto de 1845.

42. Id. Id. La palabra entre paréntesis es nuestra.

 

 

Cuarta Parte

LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY Y EL BRASIL

 

CAPITULO XII

MISIÓN DE PIMENTA BUENO

 

La independencia del Paraguay contó con el apoyo y la simpatía del Brasil, interesado como estaba este país en oponerse a la reconstrucción del virreinato del Río de la Plata, política iniciada por Portugal y proseguida con éxito por los estadistas del Imperio.

A ella respondió la misión de Antonio Manuel Correa da Cámara ante el dictador José Gaspar Rodriguez de Francia, la que por sí sola significaba un reconocimiento de facto de la independencia del Paraguay. La expresión más categórica en este sentido fue la comunicación del 17 de marzo de 1826, en la que el vizconde de Inhambuque, ministro de negocios extranjeros del Imperio, decía a José Gabriel Benítez, ministro de hacienda del gobierno paraguayo, que nunca fue intención del gobierno brasileño negar los títulos y derechos de «un pueblo libre e independiente como considera al Paraguay». Faltaba, sin embargo, el acto formal y solemne, que sólo pudo llevares a cabo lustros después. Correa da Cámara, el único representante diplomático que tuvo el privilegio de ser recibido por el Dr. Francia, en 1825, fue posteriormente despedido de Itapúa, en 1829. Desde entonces quedaron interrumpidas las relaciones oficiales del Paraguay con el Brasil. (1)

Desaparecido el Supremo Dictador, las fronteras del Paraguay quedaron abiertas al amigable juego de las relaciones internacionales. Los países vecinos mostraron nuevamente su interés por mantener contacto con Asunción como [con] la provincia argentina de Corrientes y la república de Piratini. El Imperio del Brasil también buscó restablecer las interrumpidas relaciones. Así fueron sucesivamente designados, Manuel Cerqueira Lima, Augusto Leverger, después Barón de Melgaço, y Antonio José Lisboa, representantes de la Corte de San Cristóbal en Asunción. Estas misiones no salieron de los documentos oficiales. Lisboa no pudo partir de Buenos Aires con destino al Paraguay por la oposición de Rosas. Pero si bien no pudo cumplir su cometido, sus instrucciones, en cambio, indicaban claramente la política imperial, encaminada a consignar en un documento público el reconocimiento de la soberanía del Paraguay. (2)

Por su parte, el gobierno de los Cónsules López y Alonso, buscó también establecer relaciones con los Estados vecinos, como consecuencia de la ratificación de la independencia por el congreso de 1842. Con ese objeto, Andrés Gill fue comisionado a Buenos Aires. Entre otras comunicaciones era portador de la dirigida «Al Excmo. Señor Ministro Secretario de relaciones extrangeras de S. M. el señor Don Pedro Segundo Emperador constitucional del Imperio del Brasil en la corte del Río Janeyro», fechada, como la remitida a Rosas, el 28 de diciembre de 1842. (3)

Después de la respuesta de José Gabriel Benítez al Vizconde de Inhambupe en 1826, era la primera vez que el gobierno paraguayo se dirigía al brasileño y lo hacía en términos cordiales y promisorios. Luego de referirse a la ratificación del 25 de noviembre y a la ley sobre el pabellón y sellos nacionales, López y Alonso expresaban: «Este acto eminentemente nacional ha sido correspondido con inefable entusiasmo por toda la República en el dia de la jura de nuestra independencia que tuvo lugar el 25 del corriente mes y año con toda la suntuosidad posible.

«Consecuente pues con esta declarnción explícita y uniforme, espera el Supremo Govierno que S.M. imperante se prestará al reconocimiento de nuestra independencia del modo que queda consignado en la adjunta acta y del pabellon de la Republica segun la sancion que lo establece.

«La Republica del Paraguay sin variar los principios de su moderacion y justicia há dado a la nacion brasilera bastantes pruebas de la proteccion que ha dispensado a los subditos de S. M. imperial en las relaciones mercantiles, y estas mismas deben acrecer, y aún ser mas proficuas y ventajosas desde que se verifique el reconocimiento de aquellas bases.

«Quiere también V.E. certificar a S.M. imperante el Señor Don Pedro Segundo el distinguido aprecio y profundo respeto que le tributa el Supremo Govierno de esta República, el mismo que se complace en ofrecerse cordialmente a V.E.» (4)

La nota tenía la misma factura que la dirigida a Rosas, pero no hacía referencia a la neutralidad del Paraguay en las disensiones de los Estados vecinos; mencionaba en cambio, las facilidades brindadas a los brasileños en su comercio con la república, tráfico que alcanzaría mayor desarrollo, proporcionando más ventajas, una vez que la independencia fuese reconocida. La verdad era que durante la administración del Dr. Francia los súbditos del Imperio fueron los únicos autorizados a comerciar por el puerto de Itapúa, donde gozaban de consideraciones especiales, que continuaron sin variación después de la muerte del Supremo Dictador. Los Cónsules no olvidaron de manifestar diplomáticamente «el distinguido aprecio y profundo respeto» que profesaban al Emperador del Brasil.

Ponte Ribeiro informó a Honorio Hermeto sobre sus relaciones con Gill: «Dejé pasar tres días y hoy fuí a visitarlo con el propósito firme de pasar de allí a la casa de Arana para hablarle de algunos asuntos y decirle que habia ido a ver al Enviado del Paraguay. Encontré a éste solo; le dije quien era y los motivos de consideración y simpatía que me llevaban a cumplimentarlo y a ofrecerle mi poca capacidad. Me recibió – agregó el diplomático imperial – con maneras y expresiones de la más cordial alegría y dijo que tenía especial encargo de su Gobierno de buscarme para estrechar por mi conducto sus relaciones con el Gobierno Imperial por tener de mí ventajosas noticias». La conversación se interrumpió con la llegada de un coronel, natural del Paraguay, que gozaba de la confianza del gobierno porteño. No obstante, Gill continuó diciendo «que había traído una comunicación y un mazo de papeles de su Gobierno para e1 de S.M. el Emperador; pero habiéndosele ofrecido el Señor Don Felipe Arana para remitirlos, acababa de mandarlos» a este ministro. Ponte Ribeiro le preguntó si tenía noticias de Leverger, a lo que contestó que no. Al despedirse el representante brasileño, Gill le repitió su satisfacción por la visita y prometió que uno de esos días tendría el honor de pasar por la legación imperial para «cumplir el encargo de su Gobierno y conversar más detenidamente». (5)

La visita de Ponte Ribeiro, manifestación espontánea de cordialidad y cortesía, cayó en campo propicio. Su resultado fue satisfactorio. El representante de San Cristóbal comprobó personalmente que el Paraguay tenía interés en estrechar sus relaciones con el Brasil, para lo cual los Cónsules enviaban también una comunicación oficial. Esta disposición no podía desagradar al gobierno del Imperio, que también tenía interés en restablecer sus interrumpidas relaciones con la república.

Luego de la entrevista con Gill, Ponte Ribeiro pasó a la casa de Arana, a quien le dijo que acababa de visitar al «Enviado del Paraguay», refiriéndole que éste le había mandado «una Carta y un mazo de papeles» para ser remitidos con la correspondencia del gobierno argentino a la Corte de Río de Janeiro. Ponte Ribeiro para evitar incomodidades al ministro de Rosas, le pidió que le entregase los aludidos documentos para remitirlos por conducto de la legación brasileña. Arana contestó que aún no los había recibido y que cuando los tuviera en su mano, serían enviados a Guido para su entrega correspondiente, como había prometido a Gill. «No hice mayor empeño – agregó el diplomático imperial – para no mostrar desconfianza. Tal vez que esta comunicación y los papeles estén ya en manos del Gobernador Rosas, pero también estoy persuadido de que han de ser remitidos. Con todo, me cuidaré de saber si fueron o no». (6)

El ministro brasileño debía conducirse con cautela para estrechar su contacto con Gill, dadas las desconfianzas y la política de Rosas. De ahí sus prevenciones. «Mis relaciones – decía – con el Enviado del Paraguay requieren actualmente la mayor circunspección; y por eso me propongo obrar en una forma que aparentando franqueza y buena fe, pueda mejor aludir a unos y captar la confianza del otro». (7) Ponte Ribeiro se condujo de acuerdo con las circunstancias, neutralizando las asechanzas de los agentes y espías del Restaurador. Así pudo mantener sus relaciones, primeramente con Gill y luego con Peña.

Con Gill se encontró varias veces en la casa de Arana, pero deseando hablar con aquél, le hizo otra visita. En esa ocasión se informó que la comunicación y los papeles destinados al gobierno del Brasil contenían la participación de la independencia del Paraguay. Anteriormente Arana le manifestó que ya los había recibido y que los remitió para ser entregados al ministro de negocios extranjeros del Imperio. Volviendo a la entrevista con Gill, Ponte Ribeiro agregó: «De esta vez estábamos solos, pero su aire receloso me hizo creer que el temía ser oído y que no estaría distante alguno de los dos espías que jamás le dejan. Aún así, tuvimos una variada conversación, buscada por mí para tener el pretexto de abordar como por incidente algunos de los puntos que eran el objeto principal de mi visita. Me dijo que no sabía, ni que jamás oyó hablar en el Paraguay de la venida de Laverger a Fuerte Olimpo». Gordon fue el que informó la designación por S. M. el Emperador de un Cónsul y un Encargado de Negocios para la república, noticia muy bien recibida por los Cónsules. Ponte Ribeiro se refirió luego a los distintos viajes de Laverger, de Cuyabá a Olimpo, para restablecer las interrumpidas relaciones, a la prohibición de pasar de ese fuerte a Asunción y a la negativa de su comandante de recibir las comunicaciones oficiales del gobierno imperial. Aprovechó entonces para manifestar a Gill su convencimiento de que los Cónsules ignoraban estas circunstancias y que una vez informados de ellas darían las órdenes pertinentes para dejar pasar al aludido Laverger. (8)

«En cuanto a no haber ido – continuó informando Ponte Ribeiro – el Encargado de Negocios que debía partir de aqui, le dije que no se efectuó por haberse éste enfermado; y que renunció últimamente a la comisión, receloso del viaje». (9) Este encargado de negocios era Antonio José Lisboa, que no pudo salir de Buenos Aires por la oposición de Rosas, circunstancia que movió a la Corte de San Cristóbal a exonerarlo de esta comisión.

En la misma conferencia Gill aseguró a su interlocutor que daría cuenta de los viajes de Laverger y que atento al «anhelo» que su gobierno «tiene por entablar relaciones con el Brasil... serían dadas las órdenes del caso para restablecer nuestras comunicaciones por Fuerte Olimpo y Curuguaty». El agente paraguayo cumplió su promesa; las disposiciones fueron impartidas a las autoridades de la frontera norte y el mismo Laverger arribó posteriormente a Asunción. «Como prueba de la simpatía del gobierno del Paraguay al del Brasil alegó el hecho – prosiguió informando Ponte Ribeiro – de ser los Brasileños los únicos admitidos y bien tratados allí, aun en tiempos calamitosos». (10) Gill expresaba la verdad. Se refería al comercio realizado por Itapúa, donde desde 1823 sólo podían llegar los brasileños para negociar.

La interesante conversación continuó versando sobre la visita a Asunción del coronel Gama, las incursiones devastadoras de los indios en los establecimientos del norte de la república, la conveniencia de concordar en la mutua navegación del río Paraguay, el buen recibimiento dispensado a Gordon y los motivos de su salida. «Contóme – agregó el ministro imperial antes de terminar su oficio – que el Doctor Francia viendo llegar su última hora, prendió fuego a la cama para quemar cuanto estaba en su cuarto, donde tenía todos los papeles del tiempo de su administración y sólo después de que nada podía salvarse, pidió socorro, diciendo entonces que por descuido se quemó la cama, terminando así con él la constancia de sus actos. Pretende inculcar que los Paraguayos no estaban contentos con el sistema de aquel hombre raro y que la prolongación de su gobierno se debió a la desmedida licencia que permitía a los soldados, de quienes estaba siempre rodeado». (11) El testimonio de Gill merece fe, dados los quilates de su personalidad, pero encierra indudable exageración. No ponemos en duda la realidad del incendio, pero sí que el fuego destruyó todos los papeles del Supremo Dictador para eliminar la «constancia de sus actos». Es posible que Francia hubiese querido borrar las pruebas de algunas de sus determinaciones y que a éstas se referirían los papeles que tenía en su pieza y alcanzados por el incendio. La documentación referente a este dictador, conservada hasta nuestros días, es rica y abundante, abarcando todos los aspectos de su singular administración. Tanto en el Archivo Nacional de Asunción, en la Colección Río Branco de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro como en los repositorios de otros países, el estudioso tiene a su disposición miles de esos papeles.

Ponte Ribeiro, a su vez, en la última visita que hizo al agente de Asunción, reiteró a éste los sentimientos de amistad del Brasil con respecto al Paraguay. Gill, por su lado, insistió sobre la benévola disposición de los Cónsules para recibir a los representantes del Imperio, como asimismo, «a los Cónsules de todas las Naciones» (12)

En esta forma se inició el primer contacto diplomático entre el Paraguay y el Brasil, después de la muerte del dictador Francia. Y el honor de esta aproximación correspondió a Andrés Gill y a Duarte da Ponte Ribeiro, aproximación que al año siguiente con la misión Pimenta Bueno alcanzó un éxito brillante.

En octubre de 1843 llegaba nuevamente a Buenos Aires un comisionado paraguayo, Manuel Peña, a quien acompañaba el joven Francisco Solano López, el que después sería presidente y mariscal de la república.

Como su antecesor se puso de inmediato en comunicación con Duarte da Ponte Ribeiro. Se visitaron con frecuencia, no obstante los espías de Rosas, estableciéndose entre ambos una estrecha amistad, que facilitó el acercamiento de los dos países.

La corte de San Cristóbal no había respondido a nota del 28 de diciembre. Los Cónsules aprovecharon el viaje de Peña para dirigirse al representante brasileño en Buenos Aires, a quien decían: «que habiéndose retirado de aquella ciudad el comisionado de esta República sin tener tiempo de saber el resultado de los pliegos que envió a Su Majestad el Emperador del Brasil sobre el reconocimiento de la independencia de esta República espera el Supremo Gobierno de la bondad de V.E. quiera impartirnos si en efecto se habrán recibido en la corte aquellas comunicaciones, y el resultado que haya habido». (13) Ponte Ribeiro contestó sin dilación: «... sus aludidas comunicaciones fueron recibidas con el mayor agrado por el Gobierno de S.M. Imperial, como consta del adjunto Mensaje presentado a la Asamblea General Legislativa del Imperio, debiendo por tanto presumirse que ya fueron contestadas. Con todo, se apresurará a poner en conocimiento de su Gobierno esta comunicación a fin de ser contestada debidamente». (14)

Realmente, los documentos de los Cónsules fueron recibidos con beneplácito en la Corte de San Cristóbal y a ellos se refirió Honorio Hermeto Carneiro Leão después marqués de Paraná, en el Relatorio del ministerio de negocios extranjeros de 1843. Decía este secretario de Estado: «Entre los pueblos americanos juzgo un deber de hacer una particular mención del Paraguay, que, para ratificar la independencia que de hecho disfruta hace más de 30 años, resolvió declararla solemnemente en el soberano congreso general de 25 de noviembre del año próximo pasado, bajo la forma republicana de gobierno, ejercido por los cónsules». El gobierno imperial por las informaciones contenidas en los papeles oficiales aludidos y por las que puedo obtener por sus medios propios «procederá con toda circunspección en las medidas que ha de adoptar sobre las futuras relaciones del Brasil con un pueblo limítrofe, lisonjeándose de la tendencia más comunicativa que éste presenta. Los principios de moderación y justicia que proclama, son de buen augurio para todos los vecinos». (15) Los Cónsules consignaron en el mensaje de 1844 haber recibido varias notas del ministro brasileño en Buenos Aires, asegurando el agrado con que S. M. el Emperador se enteró de las comunicaciones paraguayas. El mensaje del ministro de negocios extranjeros emitió «un concepto honorable» sobre la emancipación política de la república, lo que «anuncia un futuro lisonjero de amigables relaciones entre ambos Estados limítrofes». (16)

Mientras el dictador Rosas hacía pública su negativa de reconocer la soberanía paraguaya, en su mensaje de 1843 a la legislatura de la provincia de Buenos Aires, la Corte de San Cristóbal no descuidaba su representación en Asunción.

El 16 de octubre de 18d3, el Emperador Pedro II, nombró al Dr. José Antonio Pimenta Bueno, después marqués de San Vicente, encargado de negocios y cónsul general en el Paraguay. Ese día fueron también expedidas las instrucciones, redactadas y firmadas por Paulino José Soares de Souza, después vizconde de Uruguay, el mismo que como ministro de negocios extranjeros, decidió la participación del Brasil en la guerra contra Rosas, que culminó con el triunfo de Caseros y la consiguiente caída del tirano. (17)

La misión estaba considerada como «importantísima» por el gobierno imperial, teniendo en cuenta los resultados que podía ofrecer en el futuro. La Corte de San Cristóbal deseaba concertar con el Paraguay un tratado que le permitiese su comunicación con la provincia de Matto Grosso. Tenía interés, en consecuencia, en la navegación de los ríos tributarios del Plata. Las instrucciones después de referirse a las comunicaciones del consejero Moutinho y comendador Ponte Ribeiro, sobre la realidad de la política de Rosas con relación al Paraguay, de los recelos de Bolivia acerca de las intenciones del gobernador de Buenos Aires, concretaban sus puntos de vista y sus recomendaciones, en estos términos categóricos: «Estos y otros hechos prueban suficientemente que la ambiciosa política de Rosas tiene por fin reunir a la Confederación Argentina las Provincias que formaban el antiguo Virreinato de Buenos Aires. Por tanto, es de suponer, que apenas desembarazado de los enemigos que tiene en la Banda Oriental, procurará llevar adelante con más eficacia el desarrollo de aquel plan.

«Su realización sería, ciertamente, sumamente fatal al Imperio, al cual no conviene de ningún modo que un vecino tan lleno de ambición, astucia, audacia y perseverancia se vuelva poderoso. La reunión del Paraguay y de Bolivia a la Confederación Argentina vendría a dificultar todavía más una solución ventajosa de nuestras complicadas cuestiones de límites y de todas nuestras reclamaciones, así como de nuestra navegación por el Paraguay y Paraná y de la salida por el Río de la Plata.

«Y ahora es tanto más necesario que empleemos todos los medios posibles para evitar aquella reunión... Emplear todos los medios que su habilidad le sugiera para evitar que el Paraguay pase a formar parte de la Confederación Argentina y para neutralizar y disminuir la influencia de Rosas, es, por tanto, uno de los fines más importantes de su misión y que S.M. el Emperador mucho le recomienda». (18) Esta última cláusula recuerda otra de las instrucciones dadas a Correa da Cámara por el vizconde de Cachoeira en 1824, en la cual se documentaba la conveniencia de que «jamás se liguen» Buenos Aires y el Paraguay. Ambas recomendaciones, discordantes en la forma pero idénticas en el fondo, eran la expresión inequívoca de la política brasileña de oponerse a la reconstrucción del virreinato del Río de la Plata. En este sentido existía una continuidad firme. De esta vez, Pimenta Bueno tenía que contrarrestar la influencia de Rosas.

El Brasil no sólo deseaba firmar un tratado de amistad y comercio con el Paraguay sino que estaba decidido a reconocer su independencia y a mantener ese reconocimiento. De ahí esta disposición de las instrucciones: «Insinúe también que en la sustentación de la Independencia del Paraguay, el Brasil tiene gran interés porque no le conviene que Rosas engrandezca su poder, y que, por tanto, esa República puede encontrar en el Brasil un auxiliar fuerte contra las vistas ambiciosas de aquel Gobernador, por lo que, siendo mutuos los intereses mucho conviene establecer por Tratados relaciones de amistad, útiles a ambos países... Si después de haber agotado todos los medios, V. Mced. reconoce que no es actualmente posible obtener la celebración de un tratado, lo comunicará luego al Gobierno Imperial, reconociendo, no obstante, la independencia de esa República, ejerciendo en ella sus funciones y dando entero cumplimiento a las otras partes de estas instrucciones, que no son inmediatamente relativas a aquel asunto». (19)

Pero lo principal no era precisamente la firma del tratado de amistad y de comercio sino el reconocimiento de la independencia del Paraguay, como un medio de separar a este país de las ambiciones de Rosas. Y el Brasil no sólo estaba decidido a proceder a ese reconocimiento sino también a sustentarlo y a apoyar al Paraguay frente a las pretensiones del gobernador de Buenos Aires. (20)

La independencia del Paraguay era una cuestión fundamental para la estabilidad del Imperio. Ponte Ribeiro, conocedor profundo de las relaciones del Brasil con sus vecinos de la cuenca del Río de la Plata, así había expresado en un memorial reservado y la Corte de San Cristóbal compartía ese criterio. Decía el versado diplomático; «De la existencia del Paraguay como Estado Independiente de la Confederación Argentina depende, si no esencialmente, por lo menos, la conservación del Imperio Brasileño. La República del Paraguay es el único baluarte capaz de contener a las Províncias de Matto Grosso, Río Grande y hasta San Pablo como partes integrantes del Imperio.

«La conservación del Paraguay como Estado Independiente, además de ser una fuerte barrera contra las tentativas argentinas sobre aquellas tres Provincias, evitará que la numerosa población Paraguaya vaya a aumentar las fuerzas de la Confederación contra el Brasil. Una vez independiente quedará siempre bajo la protección del Brasil, pero esa independencia no satisface a los paraguayos, ni puede existir sin la navegación del Paraná hasta el Océano. Esa navegación es, pues, una cláusula sine qua non de aquella independencia y contra coyas dificultades son necesarios los esfuerzos del Gobierno Imperial, que el Paraguay reclama, convencido de que por sí solo no puede vencerlas». (21)

De ahí el interés por el Paraguay y la designación de un hombre de primera fila para ejercer le representación brasileña en Asunción.

José Antonio Pimenta Bueno nació en Santos el 4 de diciembre de 1803. Por el lado de los Bueno «era pariente de varios de los más ilustres Bandeirantes como Bartolomé Bueno da Silva y su hijo y homónimo, los dos Anhanguera, descubridores de Goyaz, Bartolomé Bueno Feio. Domingo da Silva Bueno, Manuel Bueno da Fonseca, Bartolomé Bueno Cacunda, Gerónimo Bueno, Gerónimo Bueno Pé de Pau, etc.». También entre sus parientes de relevante importancia figura el monje benedictino Gaspar de Madre de Dios, Provincial del Brasil y autor de las Memórias para a História da Capitania de S. Vicente, siendo, además, primo hermano de Antonio Manuel da Silva Bueno, «diputado por San Pablo a las Cortes de Lisboa de 1821, hombre de notable inteligencia y abuelo de diversos Andradas». (22)

Sin fortuna, sin ninguna clase de medios económicos «luchó desde el comienzo de su carrera con los obstáculos que la fortuna se complace rodear a la juventud de casi todos los grandes hombres». (23) Pero, dotado de una brillante inteligencia, de un carácter superior y de una constancia inquebrantable, llegó a los más altos destinos, destacándose su personalidad, entre los varones más ilustres de la historia del Brasil.

Casó en 1834 con doña Balbina Enriqueta de Faria, natural de Pernambuco. (24) Su descendencia continúa haciendo honor a la ejecutoria del eminente hijo de Santos. (25)

Doctor en derecho, en la Academia de San Pablo aprendió a amar los estudios jurídicos, e los cuales dedicó lo mejor de su laboriosa existencia. Modelo de la magistratura brasileña de su tiempo, «por la elevada cultura intelectual y por la integridad espartana de su carácter», también dejó pruebas de su capacidad y dedicación en los diversos cargos que desempeñó en la vida pública.

Presidente de la provincia de Mato Grosso, donde profundizó sus conocimientos en las cuestiones de frontera; diputado por San Pablo; presidente de la provincia de Río Grande del Sur; senador del Imperio; ministro de justicia en el gabinete del vizconde de Macahé y de negocios extranjeros en el del vizconde de Caravelas; organizó y presidió el gabinete del 29 de setiembre de 1870, en el cual ocupó la cartera de relaciones exteriores. Fue, además, el primer consultor jurídico del Consejo de Estado en la Sección de negocios extranjeros. (26)

El Emperador Pedro II al encomendar a Pimenta Bueno, entonces vizconde de San Vicente, la formación del ministerio que sucedería al del vizconde Itaborahy, deseaba que la abolición de la esclavitud «fuese efectuada por el estadista que iniciara esta cuestión en 1866». (27)

El 23 de abril de este año, Pimenta Bueno presentó al Emperador cinco proyectos sobre la emancipación de los esclavos, «estrechamente ligados, y de los cuales nació la ley del 28 de setiembre de 1871, también llamada Ley Río Branco o del Vientre Libre». Los trabajos que contaban con el apoyo de Pedro II, fueron pasados por éste a Zacharías para su discusión.

Al decir de Spencer Vampré, esta iniciativa, la principal del gran estadista y que por si sola basta para «cubrir de gloria a una existencia..., nunca se apagará de la memoria de los brasileños». (28)

Nadie más llamado que Pimenta Bueno a llevar a feliz término la liberación de los esclavos. El gabinete por él presidido, sin embargo, no pudo dar satisfacción a ese noble anhelo. Falto de «energía y resolución». (29) su gabinete tuvo poca duración y fue al presidido por el vizconde de Río Branco, que cupo la gloria de dictar la ley que acabó con la esclavitud en el Brasil.

Pero si los vaivenes de la política impidieron que Pimenta Bueno subscribiese aquella ley de redención, los laureles de su mérito, como autor de los proyectos de 1866, no se marchitarán nunca. Joaquín Nabuco, al rendirle merecida justicia en este asunto, expresa: «... él tendrá siempre la honra de haber sido el primero de nuestros hombres de gobierno, que en la cuestión de los esclavos, tentó y consiguió mover todo nuestro mecanismo político, Emperador, Consejo de Estado, ministerio; de haber sido el primero en formular el conjunto de medidas que extinguió la esclavitud de nuestro suelo en 1871». (30)

Como parlamentario no buscó halagar las bajas pasiones, ni la popularidad de los demagogos. Sus palabras, impregnadas de patriótica sabiduría, le valieron el respeto y la consideración de sus conciudadanos. En el Consejo de Estado se destacó por su laboriosidad y por la medida y consistencia de sus dictámenes.

Pedro II distinguió a Pimenta Bueno con su amistad y premió sus relevantes servicios designándole consejero de Estado extraordinario, primero, y ordinario, después; confiriéndole la condecoración de la Imperial Orden da Rosa, durante su estada en el Paraguay; y otorgándole los títulos de vizconde y luego marqués de San Vicente. Por otro lado era miembro del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño.

Pero por sobre el político, el parlamentario, el diplomático, el estadista, en Pimenta Bueno primaba el intelectual, el estudioso. Predominaba siempre en él – afirma Haroldo Valladão – «sobre el hombre de acción, el de pensamiento; sobre el aspecto práctico, el teórico; frente al realizador, el sabio. Fue ante todo un científico del derecho». (31)

Su gloria más pura radica en sus obras jurídicas, tres de las cuales destacan al marqués de San Vicente, como a uno de los mayores jurisconsultos brasileños. Ellas son: Apontamentos sobre as farmalidades do processo civil; Apontamentos sobre o processo criminal brasileiro; y Direito público brasileiro e análise da constituiçao do Império.

«Pimenta Bueno – escribe uno de sus biógrafos – era de mediana estatura, pálido, de poca barba y notablemente feo desde los tiempos de su juventud. Tenía carácter bondadoso y sociable, era modestísimo, religioso, probo y paciente, fino para con todos, especialmente para con las damas... Infatigable, estudiaba y trabajaba sin cesar». (32)

«Su vida benemérita y su obra imperecedora» descansan firmemente en la inteligencia, la libertad y la fe. De la primera decía: «El hombre es tanto más hombre cuanto más inteligente. Y la inteligencia y el conocimiento de las ciencias no se improvisan, demandan diuturna aplicación». De la segunda afirma: «no basta ser libre, es preciso saber sustentar la libertad para poder gozarla». Y repitiendo a un parlamentario francés pudo concluir con esta frase: «El evangelio y la libertad son las bases de la verdad legislativa y el fundamento eterno del estado más perfecto del género humano». (33)

Y este personaje fue el elegido por la Corte de San Cristóbal para representarle en el Paraguay. José Antonio Soares de Souza, erudito biógrafo del vizconde de Uruguay, afirma que Pimenta Bueno era el que mejor podría desempeñar esa misión, por sus conocimientos sobre las cuestiones de limites con las antiguas colonias españolas. (34)

Con Pimenta Bueno se inició la serie de ilustres diplomáticos que llegaron a Asunción, que prueba la importancia atribuida al Paraguay por el gobierno del Brasil. En el siglo pasado podemos mencionar entre tan altos exponentes a Pedro de Alcántara Bellegarde, a José María de Amaral; a José María da Silva Paranhos, vizconde de Río Branco; a Joaquín Tomás de Amaral, vizconde de Cabo Frio; a Francisco Adolfo de Varnhagen, vizconde de Porto Seguro; a César Vianna de Lima, barón de Jaurú; a Juan Mauricio Wanderley, barón de Cotegipe; a Domingo José Gonçalves de Magalhaes, vizconde de Araguaya; a barón de Araujo Gondim; y, en nuestros días, a José de Paula Rodrigues Alves; a Lafayette de Carvalho e Silva; a Francisco Negrão de Lima y otros.

El 20 de octubre siguiente, Don Pedro II firmó la credencial de su representante en Asunción. «He resuelto – decía el Emperador – nombrar al Dr. José Antonio Pimenta Bueno para residir junto a ese gobierno, en calidad de Encargado de Negocios y Cónsul General del mismo Imperio, a fin de que reconozca solemnemente el acto glorioso de la Independencia de esa República, nueva y brillante era de su existencia, y de abrir y estrechar las relaciones de amistad y de comercio entre los dos Estados, tan provechosas a ambos por su posición geográfica y sus mutuos intereses». (35)

Los términos del documento tenían que impresionar favorablemente al gobierno de Asunción. Su hábil redacción diplomática satisfacía el sentimiento de la república, ya que el reconocimiento del «acto glorioso de la independencia» inauguraba una «brillante era» de la existencia del Paraguay.

En la misma fecha Soares de Souza expresaba a los Cónsules: «Llevé a la Augusta Presencia de S.M. el Emperador la comunicación: que Vuestras Excelencias me hicieron el honor de dirigirme en fecha 28 de diciembre próximo pasado, así como los importantes documentos que la acompañaron.

«S. M. el Emperador, teniendo el mayor aprecio y consideración a la República del Paraguay, tan estrechamente ligada al Imperio por los lazos de vecindad y por la identidad de Religión e intereses, me ordenó que certificase al Supremo Gobierno de la República el placer con que vio la declaración de su Independencia, la marcha grave, sensata y prudente de su Gobierno y las disposiciones amigables que tiene para con el Gobierno Imperial. Con el fin de cultivarlas, de reconocer solemnemente aquella Independencia y de entablar relaciones de amistad y comercio entre los dos Países, el mismo Augusto Señor resolvió nombrar Su Encargado de Negocios y Cónsul General ante la República al Doctor José Antonio Pimenta Bueno, quien presentará a Vuestras Excelencias su Credencial». (36)

La nota del ministro de negocios extranjeros era más expresiva aún que la credencial antes aludida. Los conceptos del Emperador, ampliamente favorables a la independencia del Paraguay y al gobierno de la república, tendrán una grata acogida en Asunción. El «placer» de Don Pedro II será correspondido con igual placer de parte de Carlos Antonio López al recibir a Pimenta Bueno. Así como la comunicación del 28 de diciembre fue la primera dirigida oficialmente por el Paraguay al Imperio, después de la muerte del Dictador Francia, la de Soares de Souza era también la primera que la Corte de San Cristóbal enviaba al gobierno de Asunción. Ambas hacían gala de sentimientos amistosos con la manifestación de los deseos de estrechar relaciones entre los dos países. Los propósitos no fueron defraudados. Pimenta Bueno y el presidente López se comprendieron y comprendieron los mutuos intereses del Paraguay y del Brasil, surgiendo de ese contacto, un mayor acercamiento de ambos Estados.

Tres días después, Soares de Souza comunicaba, en oficios «reservadísimos», la designación del representante imperial, a los presidentes de las provincias de San Pablo y Mato Grosso, al secretario de la presidencia de Río Grande de Sur y al barón de Caxias. A este jefe militar recomendó, por orden del Emperador, que preste todos los auxilios necesarios para la seguridad personal del encargado de negocios en el Paraguay, que viajará por tierra, vía Itapúa. «En este negocio – agregó el ministro de negocios extranjeros – es menester guardar el mayor secreto, para que Rosas no lo venga a descubrir, porque si tuviese noticia de esta misión a tiempo de embarazar la ida del mismo Pimenta, lo ha de hacer por todos los medios posibles». (37).

El 24 de octubre, Soares de Souza escribía a Ponte Ribeiro que la nota de los Cónsules del 28 de diciembre del año anterior iba a tener respuesta, noticia que podía asegurar al agente paraguayo; completaba su información el 27, anunciando al ministro brasileño en Buenos Aires, la designación de Pimenta Bueno. «Esta misión es secreta – expresaba – y mucho conviene que así sea hasta que llegue al Paraguay. Lleva las instrucciones necesarias y los poderes para reconocer la independencia de dicha República. Puede comunicar esto al Agente del Paraguay, si no recela alguna indiscreción, para que éste comunique, si hay tiempo, esa noticia a los Cónsules, a fin de que prevengan a las autoridades de Itapúa... Procure por todos los medios aumentar las desconfianzas del Agente Paraguayo contra Rosas», terminaba recomendando el secretario de Estado. (38)

La respuesta aludida era la nota a los Cónsules sobre la misión Pimenta Bueno, misión que Soares de Souza anunciaba en la segunda de estas comunicaciones. La información tenía su importancia, teniendo en cuenta la negativa de Rosas, transmitida a Gill y ratificada a Peña. Además, venía a satisfacer el interés del Paraguay por mantener relaciones con el Brasil. Por otro lado, era necesario que los Cónsules estuviesen prevenidos para recibir al enviado imperial. En cuanto a la recomendación de la última parte de la nota del 27 de octubre, Ponte Ribeiro cumplió con habilidad y éxito.

La noticia de la misión brasileña no solamente llegó al Río de la Plata por conducto de la Corte de San Cristóbal sino también por intermedio de Francisco Magariños, ministro uruguayo en Río de Janeiro. El 16 de noviembre escribía éste a Santiago Vásquez sobre los preparativos del gabinete brasileño en su luche contra Rosas, anunciando que entre esos preparativos figuraba el reconocimiento de la independencia del Paraguay y el viaje de Pimenta Bueno. (39)

De consiguiente, la decisión del Brasil repercutió en Montevideo, centro de la resistencia contra el dictador del Buenos Aires. Juan Andrés Gelly, entonces alto funcionario de la cancillería oriental, comunicó a su sobrino Manuel Peña, entonces comisionado por los Cónsules en Buenos Aires, la noticia de la resolución adoptada por el Imperio. (40) agregando que el Brasil se preparaba «a emplear la fuerza contra Rosas», quien continuaba insultando, en sus diarios, a ese país. A su vez, Peña se dirigió al Primer Cónsul, Carlos Antonio López, para retransmitirle las noticias procedentes de Montevideo y relativas al nombramiento de Pimenta Bueno y la resolución del Imperio de reconocer la independencia del Paraguay. (41)

Posteriormente a estas informaciones, Ponte Ribeiro, que había estrechado sus relaciones con Peña, desde Montevideo confirmó a su amigo paraguayo las novedades comunicadas por Gelly. Refiriéndose a Pimenta Bueno decía que era «persona sensata y prudente»; que agradará a los Cónsules; que no revelará su misión hasta Itapúa para evitar embarazos en su viaje; que sólo al comandante de esta localidad se presentará con su carácter público, para el conocimiento correspondiente del «Supremo Gobierno de la República», a fin de que éste adopte las providencias convenientes para que el encargado de negocios pueda llegar a Asunción, donde desempeñará sus «honrosas y alagüeñas funciones». Expresó a Peña que podía participar estas noticias a los Cónsules. La recomendación era tardía, ya que el agente paraguayo días antes se adelantó a informar a su gobierno las comunicaciones anticipadas por Gelly. «Simpatisamos uno con otro, – afirmó finalmente el diplomático imperial – lo mismo que nuestros Gobiernos, y esta mutua simpatía requiere que seamos recíprocamente comunicativos»; la época que va a empezar será en provecho común, «tocando a V.E. la satisfacción de ser uno de los primeros en abrir tan necesaria carrera». (42)

Dos meses después, Ponte Ribeiro confirmó al mismo Peña, que su gobierno envió un agente diplomático ante los Cónsules; este nombramiento nada tenía de nuevo, no era sino la repetición de otros anteriores, ni tampoco «ha sido hecho con sigilo»; al comandante de Itapúa, por cuya vía viajará Pimenta Bueno, se le comunicó dos veces la próxima llegada del representante imperial. (43) La insistencia del ex ministro brasileño en Buenos Aires tenía su razón de ser. Su propósito era tener informado al agente paraguayo de los pasos de la Corte de San Cristóbal para inspirarle confianza respecto a la conducta del Imperio y asegurar así la entrada de Pimenta Bueno en la república. El mismo significado tenían también las dos comunicaciones al comandante de Itapúa. La aparente contradicción de que el nombramiento no fue hecho con sigilo ante el secreto recomendado en su carta anterior y otros documentos oficiales, tenia igualmente su explicación. El secreto se refería exclusivamente al viaje del encargado de negocios con el objeto de evitarle posibles embarazos y no al hecho del nombramiento en sí, ya que esta decisión formaba parte de la política del Imperio del Brasil en el Río de la Plata, que como bien expresaba Ponte Ribeiro, no era nueva. El propio Soares de Souza confesó a Guido, ministro de Rosas en Río de Janeiro, en una audiencia al cuerpo diplomático, el 31 de enero de 1844, que Pimenta Bueno había sido nombrado para reconocer la independencia del Paraguay, ya que este país hacía 32 años que estaba separado de la Confederación Argentina. (44)

NOTAS

Cuarta Parte

CAPITULO XII

1) R. Antonio Ramos. La Política del Brasil en el Paraguay bajo la dictadura del Dr. Francia. Segunda Edición. Buenos Aires – Asunción, 1959. Capitulos VII y sigtes.

2) R. Antonio Ramos. El reconocimiento de la Independencia del Paraguay por el Brasil. Asunción, 1953, págs. 7 y 8.

3) A.H.I. Original, Copia fotográfica en nuestro poder. Gill llevó también las notas para el ministro de relaciones exteriores de Chile y para el presidente de Bolivia, «Buenos Ayr.s Correspondencias esteriores p.r conducto de Gill 1842». B.N.R.J. – C.R.B. I – 29, 24, 7 nº 2. Copias.

4) Nota cit.

5) A.H.I. Correspondencia Reservada e Confidencial..., cit. Ponte Ribeiro a Honorio Hermeto Carneiro Leão. Buenos Aires, 17 de febrero de 1843. Cópia.

6) Ib. Ib. Ib. Nota cit.

7) Ib. Ib. Ib. Nota cit.

8) Ib. Ib. Ib. Ponte Ribeiro a Honorio Hermeto. Buenos Aires, 11 de marzo de 1843. Copia.

9) Ib. Ib. Ib. Nota cit.

10) Ib. Ib. Ib. Nota cit.

11) Ib. Ib. Ib. Nota cit. Los originales de los oficios del 17 de febrero y del 11 de marzo ver el volumen: Buenos Aires, Oficios, 1843.

12) Ib. Ib. Ib. Nota de Ponte Ribeiro a su gobierno. Buenos Aires, 21 de abril de 1843. Copia. Lo subrayado es del documento. Buenos Aires, Oficios, 1843. Original.

R. Antonio Ramos. El reconocimiento..., cit., pág. 9.

13) B.N.R.J. – C.R.B. I – 29, 24, 7 nº 4. Asunción, 30 de agosto de 1843, Copia A.H.I. Correspondencia Res. y Conf., cit. Copia.

14) A.H.I. Correspondencia Res. y Conf., cit., Ponte Ribeiro a los Cónsules. Buenos Aires, 28 de octubre de 1843. Copia.

15) Relatório apresentado a Assembléia Geral Legislativa na segunda sessão ordinária da quinta legislatura, em l483. Río de Janeiro, 1843, págs. 7 e 8.

16) Mensajes de Carlos Antonio López. Asunción, 1931, pág. 22.

17) A.H.I. Correspondencia Reservada e Confidencial, cit., en la que figura una copia firmada por Soares de Souza.

Arquivo do visconde do Uruguay en poder de su bisnieto el historiador José Antonio Soares de Souza.

Las instrucciones para Pimenta Bueno fueron publicadas, in extenso, en la bien documentada obra de Mario Ferreira França: O Reconhecimento da Independência do Paraguai pelo Império – A Missão Pimenta Bueno. Río de Janeiro, 1953, pájs. 108 a 116.

18) Instrucciones cit.

19) Id. Id.

El Imperio no descuidaba ningún frente, empeñado, como estaba, a oponerse a la hegemonía de Rosas. Soares de Souza instruía a Wenceslao Antonio Ribeiro, designado encargado de negocios en Chile, el 27 de diciembre de 1843, que con el mayor cuidado y discreción se enterase de las relaciones de ese país con los de Europa y América «y particularmente con la Confederación Argentina», agregando: «Y como mucho conviene al Imperio que las ambiciosas vistas del Gobernador Rosas sobre el Paraguay y mismo respecto de Bolivia encuentren obstáculos de parte de otras Repúblicas de América Meridional, V. M.erd después de haber sondeado bien el terreno y usando la mayor destreza y discreción procurará insinuar o fortificar la idea (que es de suponer ya exista) que es del mayor interés de todas las potencias de la América Meridional embarazar y oponerse al engrandecimiento del poder de Rosas. Juzgo innecesario indicarle aquí las muchas y buenas razones con que eso se puede demostrar». A.H.I. Despachos Reservados, 317-1-6.

20) Cecilio Báez sintetiza acertadamente el objeto de la misión Pimenta Bueno, en los siguientes puntos: «1º Reconocer la independencia del Paraguay. 2º Prometer la ayuda moral y material del Brasil al presidente López para mantenerla y sostenerla contra las pretendidas amenazas del dictador argentino. 3º Buscar la alianza del Paraguay para una acción conjunta contra el mismo, considerado como enemigo común». Resumen de la Historia del Paraguay. Asunción, 1910, pág. 74.

21) A.H.I. – D.P.R. – L. 279, M. 5, Doc. 21 Memoria de Duarte da Ponte Ribeiro, 3 de julio de 1849. Original.

22) Apuntes escritos a nuestro pedido por el ilustre historiador Affonso de E. Taunaiy, cuyo original ofrecimos al Instituto Histórico y Geográfico Brasileño. Copia fotográfica en nuestro poder. Según otros autores, Pimenta Bueno nació en San Pablo el 4 de diciembre de 1804.

23) Spencer Vampré. Memórias para a História da Academia de São Paulo. Volume I. São Paulo, 1924, Capítulo VIII.

24) Apuntes cit.

25) Wagner Pimenta Bueno, distinguido caballero y culto diplomático, bisnieto de José Antonio, también desempeñó con eficiencia las funciones de secretario de la embalada del Brasil y de encargado de negocios en Asunción.

26) Apuntes cit.

Argeu Gumarães. Dicionário Bio-Bibliográfico Brasileiro de Diplomacia, Política Externa e Direito Internacional. Río de Janeiro, 1938, págs. 428 y 429.

Spencer Vampré, ob. cit.

Joaquim Manuel de Macedo. Discurso en la sesión del 15 de diciembre de 1878. Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro. Tomo XLI – Parte Segunda – Río de Janeiro, 1878, págs. 500 y sgts.

R. Antonio Ramos, El reconocimiento... cit., pág. 11.

Ministério das Relaçoes Exteriores. Pareceres do Conselho de Estado e do Consultor do Ministério dos Negócios Estrangeiros (1842-1889). Trabalho organizado pelo Sr. Sérgio Correia da Costa. Río de Janeiro, 1942, pág. XVIII.

27) Joaquim Nabuco. Um estadista do Império. Tomo II. Sao Paulo Río, 1936, pág. 118.

28) Ob. cit.

Ramos, ob. cit., pags. 11 y 12.

29) Nabuco, ob. cit., pág. 129.

Ramos, ob. cit. pág. 12.

30) Nabuco, ob. cit., pág. 118.

31) Haroldo Valladão. Pimenta Bueno, grande publicista e constitucionalista do Império. Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, Volume 199. Río de Janeiro, 1950, pág. 184.

32) Vampré, ob. cit.

33) Valladão, ob. cit., pág. 190.

Pimenta Bueno murió pobre, como había nacido, en Río de Janeiro, el 20 de febrero de 1878 y según otros el 19 del mismo mes. Sus restos descansan en el cementerio de San Juan Bautista de la antigua capital del Brasil.

34) A vida do visconde do Uruguai, cit., págs. 166 e 167.

35) A.H.I. Credenciais e Instruções 1831 a 56. Copia B.N.R.J. – C.R.B. I, 29, 24 nº 1. Copia.

36) A.H.I. B.N.R.J. – C.R.B. – I – 29 – 29 – 24 – Nº2, Original.

37) A.H.I. Despachos Reservados. 317-1-6. Copias.

Ferreira França, ob. cit., pág. 13.

38) Ib. Ib. Ib. Ib. Copias.

Ib. Ib. Ib., págs. 12 y 13.

39) A.G.N.A. – Arch Gral. Paz, Leg. nº 5,1-1-5-4.

R. Antonio Ramos. O reconhecimento da independencia do Paraguai pelo Brasil. A Manhá. Río de Janeiro, 7 de abril de 1946.

40) B.N.R.J. – C.R.B. I – 29, 24, 10 nº 17. Autógrafo. Montevideo, 11 de diciembre de 1843.

Ramos. O reconhecimento..., cit.

41) Ib. Ib. Ib. nº 28. Peña al Primer Cónsul. Buenos Aires, 14 de diciembre de 1843. Autógrafo.

42) Ib. Ib. Ib. nº 30. Ponte Ribeiro a Peña. Montevideo, 20 de diciembre de 1843. Autógrafo. La redacción en español.

43) Ib. Ib. nº 48. Ponte Ribeiro a Peña. Río de Janeiro, 24 de febrero de 1844. Autógrafo. También en español.

44) Soares de Souza. A Vida..., ob. cit., págs. 167 y 168.

 

 

CAPITULO XIII

EL RECONOCIMIENTO DE LA INDEPENDENCIA

 

Pimenta Bueno acusó recibo de la copia del decreto de su nombramiento, un mes después de la comunicación de Soares de Souza. Anunciaba al ministro de negocios extranjeros su propósito de partir de la Corte el 1º de diciembre de 1843. «Llevo – decía – el más vivo deseo de prestar algún servicio que sea del agrado de su Majestad el Emperador, Sería muy grande fortuna corresponder a la honrosa confianza que el mismo Augusto Señor dignóse depositar en mí...» (1) Dos días después pidió que su cuñado el mayor Cayetano Manuel de Faria y Albuquerque fuese designado secretario de la legación en Asunción, cuyos conocimientos profesionales podía «ofrecer sus observaciones al Gobierno Imperial sobre el estado y relaciones militares de la República donde voy, como los de nuestro país, y yo no encuentro desacertado que se vaya habilitando a algunos oficiales de capacidad para penetrar y reconocer aquel Estado vecino y sus importantes dependencias». (2) El 5 de diciembre siguiente Soares de Souza ordenó a Faria y Albuquerque que se presente a Pimenta Bueno para seguir con éste al Paraguay.

Para mediados de enero de 1844 el diplomático imperial se encontraba en Santos, desde donde el 27 de ese mes informó al ministro de negocios extranjeros haber recibido los oficios del presidente de la provincia de Mato Grosso, por los cuales se enteró de las intenciones del gobierno del Paraguay de mantener relaciones con aquella provincia; estas disposiciones concordaban con las referencias de Ponte Ribeiro. Se alegró con la noticia. «Ella es una razón más – expresaba – para que apresure mi viaje hasta llegar al lugar de mi destino, a fin de aprovechar esas disposiciones existentes». (3) Los documentos de la provincia de Mato Grosso le fueron remitidos por Soares de Souza, quien le ordenó que apenas llegase Faría y Albuquerque a ese puerto, «apresurase, lo más posible su partida para su destino, no sólo para aprovechar la ocasión, que parece favorable, sino también para no dar tiempo que su misión se divulgue», También le recomendó que escribiese de Río Grande, de Itapúa y una vez llegado a Asunción. (4) Pimenta Bueno sólo esperaba el vapor para partir. En cuanto a lo último, de todos los puntos envió las comunicaciones correspondientes. La Corte tenía premura porque la misión llegase a la capital paraguaya, dada la política de Rosas, La orden de llegar lo antes posible a Asunción será reiterada por el sucesor de Soares de Souza.

Desde Porto Alegre se dirigió al barón de Caxias, el 8 de febrero, para manifestarle que tenía necesidad de seguir viaje en la brevedad posible y con la mayor seguridad, no por cuidado de su persona sino por los importantes documentos que llevaba para el gobierno del Paraguay los cuales no debían caer en poder de los rebeldes de Río Grande. «Un hecho semejante – agregaba – sería una verdadera calamidad, que contrariará y desconcertará todas las vistas de nuestro Gobierno y lo comprometerá no sólo con Buenos Aires sino con el propio Paraguay», Pidió que le indique el camino a seguir y una escolta para su defensa. (5) La respuesta de Caxias llegó después de veinte y un días. Pimenta Bueno continuó su marcha de acuerdo con la indicación del barón, no obstante tener que hacer un gran desvío, según informó a Ernesto Ferreira França, quien había sucedido a Soares de Souza en el ministerio de negocios extranjeros. (6) El viaje era «largo y penoso», no solamente por las inclemencias del clima sino también por los peligros que ofrecían los revolucionarios farroupilhas y los que podían provenir del lado de Rosas. Cruzar en aquella época a lomo de caballo aquellas extensas y desiertas regiones reclamaban esfuerzo y no pequeño sacrificio. La cautela e inquietudes de Pimenta Bueno tenían fundamento. Pero no se detuvo, impulsado por el deseo de servir a su patria y a su soberano. Y siguió su marcha con destino a Itapúa.

De Porto Alegre partió el 20 de marzo. En su itinerario fue pasando por Río Pardo, Villa de Cachoeira, Cassapava y San Gabriel. «Mi viaje se demoró no por mi voluntad sino por causas independientes de ella», informó a su gobierno. (7) Ferreira França le contestó: «En cuanto a los inconvenientes de salud y de la proximidad del invierno que V. M.ced menciona en su oficio, cuento con que habrán sido superados y que después de llegar a Alegrete se dirigirá a San Borja, para de allí pasar a Itapúa. En ese pasaje de poca extensión, V.M.ced no tiene obstáculos de los cuales recelar por parte de los Rebeldes, ni de los Correntinos. Una vez en Itapúa no sólo encontrará todas las facilidades para trasladarse a la Capital de la República, aunque sea invierno, sino que también habrán cesado las desconfianzas de ese Gobierno respecto de su demora, que mucho conviene desvanecer en provecho de la misión que el Gobierno Imperial confió a V.M.ced » (8) Este oficio estaba fechado el 22 de agosto de 1844, cuatro días después de la llegada de Pimenta Bueno a Asunción. Su diligencia no necesitó de instancias oficiales para cumplir a su debido tiempo lo que él consideraba un deber patriótico. Pareciera que Ferreira França creyese que a recelos infundados se debía la demora en el viaje del diplomático imperial. Lejos estaba del espíritu de éste semejante indecisión. Los hechos demostraron que Pimenta Bueno estaba dispuesto a ejecutar la orden de su gobierno no obstante los diversos obstáculos que se le presentaron en su «largo y penoso» trayecto.

En San Gabriel, un ataque intenso de estómago le detuvo varios días. De aquí salió el 3 de junio escoltado por 300 hombres de caballería y 40 de infantería enviados por el brigadier Bento Manuel. Desde Alegrete decía a Ferreira França: «Me consta que el Supremo Gobierno del Paraguay ofició al barón de Caxias y que conserva muy buenas disposiciones para con nuestro Gobierno». (9)

El 6 de julio llegó a San Borja, en las riberas del Uruguay. En este lejano puerto de la frontera tuvo otras noticias acerca de las buenas disposiciones de los gobiernos de Corrientes y Asunción.

El primero había resuelto que una vez que Pimenta Bueno cruce el río se le preste las más solicitas atenciones hasta Itapúa, poniendo a sus órdenes dos oficiales, una escolta y la cabalgadura necesaria para su paso por la provincia. La determinación tenía su importancia. Por un lado indicaba la simpatía que gozaba el Brasil en Corrientes y por otro ofrecía seguridad al representante imperial ante las posibles asechanzas de los partidarios de Rosas. «Me consta – informó a Ferreira França – que el Gobierno de la República del Paraguay ha tomado providencias para mi recepción en Itapúa, así como los brasileños emigrados y residentes en la ribera occidental del Uruguay, que por causa de los rebeldes de esta provincia, me esperan en sus casas, con sus animales y otros auxilios». (10)

Una vez en tierra correntina, luego de cruzar el río Uruguay, fue recibido por un oficial y la guardia del lugar, en cumplimiento de las órdenes del comandante interino de las Misiones, Simeón Paiva. Allí encontró un piquete de catorce hombres y dos oficiales, que el gobernador de Corrientes puso a su disposición para su paso por la provincia. A Pimenta Bueno le acompañaban veinte hombres. (11)

Desde Santo Tomé se dirigió al comandante del campamento paraguayo de San José, comunicándole haber cruzado el Uruguay con destino a Itapúa y que venía investido del carácter de encargado de negocios ante el Supremo Gobierno del Paraguay, y que era portador de un oficio de Manuel Peña para el mismo comandante, que no remitía en esa ocasión por mayor seguridad y por tener el placer de entregarlo personalmente. En las proximidades del Aguapey recibió la respuesta y encontró los auxilios enviados para facilitar su viaje, como carreta, caballada etc. (12)

El 19 de julio llegó al campamento de San fosé, quedando esa noche fuera de las trincheras. Al día siguiente se presentó en el campamento. En el portón fue recibido por los oficiales y entró con ellos a caballo, con espuelas y sombrero en la cabeza, lo que era una excepción a la regla general. Pasó luego a la rasa del comandante, hombre sencillo pero tímido, quien le recibió con cariño. Este no tardó, sin embargo, en abrirse y quedarse alegre, manifestando al agente imperial que podía cruzar el río cuando quisiese y como quisiese. Antes de pasar escribió a Joaquín Madariaga para expresar su gratitud por las pruebas de consideración recibidas en el territorio de la provincia de Corrientes, en su calidad de comisionado de S.M. el Emperador del Brasil. (13)

El 21 de julio cruzó el Paraná. En la margen occidental fue recibido por el comandante militar y por algunos brasileños. De allí pasaron a Villa Encarnación, anteriormente Itapúa. Por ese distante puerto también entraron en el Paraguay, Artigas, Bonpland y Correa da Cámara. El comandante le hospedó en su casa, no permitió que esa atención quedase a cargo de los brasileños, e informó a Pimenta Bueno que el gobierno le esperaba hacía tiempo y que comunicará su llegada a Asunción, debiendo esperar, mientras tanto, más o menos ocho días. (14)

Desde Encarnación comenzó su correspondencia con el gobierno paraguayo, entonces ejercido por Carlos Antonio López, con la investidura de presidente de la república, El mismo día comunicó su llegada como encargado de negocios del Brasil, acompañando copia de sus credenciales, cuyo original tendrá el honor de presentar personalmente. También remitió dos cartas de Manuel Peña que estaban en su poder hacía medio año. (15) Tampoco olvidó dirigirse a su gobierno, anunciando su arribo a ese puerto del Paraná y comunicando los cambios producidos en la administración política del Paraguay. (16)

En Río de Janeiro causó favorable impresión la llegada al Paraguay del representante brasileño, a quien Ferreira França, se encargó de expresar: «Fue sumamente agradable a S.M. el Emperador su narración sobre el lisonjero recibimiento que le brindaron las Autoridades de la Frontera de esa República, en virtud de órdenes expedidas anticipadamente por su Gobierno; y en vista de lo expuesto, cuento que pasará en breve a Asunción y entrará luego a desempeñar las funciones que le fueron confiadas». (17) La Corte de San Cristóbal no ocultaba la premura de sus determinaciones. Las instancias se sucedían, si bien esta última fue ya posterior a la instalación de la legación imperial en Asunción, El servicio de correspondencia era sumamente lento. Las comunicaciones tropezaban con múltiples inconveniencias, sin contar la larga distancia. Así se explica que oficios del mes de julio, como las referentes a la entrada de Pimenta Bueno en Encarnación, eran recién contestadas en la segunda semana de octubre.

La nota de Pimenta Bueno al gobierno paraguayo tenía que causar favorable impresión; sus credenciales hablaban explícitamente del reconocimiento de la independencia, que el gobierno venía persiguiendo desde el congreso del 25 de noviembre de 1842. El presidente López no perdió tampoco tiempo, interesado como estaba en la misión brasileña. Cuatro días después contestaba a Pimenta Bueno. «Es altamente satisfactorio a este Gobierno – decía – la misión de V.S.I. para reconocer solemnemente la independencia de la República y para establecer las relaciones de amistad y comercio, que recomiendan la posición geográfica, y los mutuos intereses de ambos Estados. El infrascrito se complace de saber que la comisión ha sido encargada a persona de las distinguidas cualidades que caracterizan a V.S.I. y se apresura a dirigir al comandante militar de la Encarnación el pasaporte, que le presentará con las órdenes convenientes para la marcha de V.S.I. con su comitiva a esta capital, donde podrá residir todo el tiempo que considere necesario, para desempeñar dignamente los interesantes objetos de su comisión, en conformidad con la sanción del Soberano Congreso de esta República sobre las residencias de los Enviados cerca de este Gobierno». (18)

El pasaporte aludido en la nota procedente, fechado asimismo el 25 de julio, también reflejaba claramente la complacencia causada por el viaje de Pimenta Bueno. «Por cuanto he acordado – rezaba el documento – con esta fecha a S.S.I. el Encargado de negocios de S. M. el Emperador del Brasil cerca del Supremo Govierno de la República el permiso y salvo conducto que ha solicitado para llegar a esta Capital a desempeñar los interesantes objetos de su misión: por tanto las autoridades civiles y militares le facilitaran en su transito por cuenta de este Govierno sin demora ninguna y sin limitacion, todo cuanto pudiese necesitar, quedando destinado a conducirle con su comitiva el Ciudadano Juan de la Cruz Cáceres con cuatro soldados de la misma arma, con pretencion de que el Comandante militar dela Encarnacion con noticia del Campamento referido hara presente esta disposicion a S.S.I. para que determine su marcha cuando y como guste». (19)

Este pasaporte recuerda el otorgado por el dictador Francia a Correa Camara, cuando este representante imperial llegó a Itapúa en 1825. La liberalidad de ambos documentos comprendía no sólo a los titulares de las misiones sino también a sus respectivas comitivas. Las facilidades otorgadas a los dos agentes brasileños, eran amplias y generosas, y en el caso de Pimenta Bueno no tenían limitación, siendo, además, por cuenta expresa del Estado. Mayor prueba de consideración no podía darse en aquellas circunstancias.

Pimenta Bueno recibió la respuesta de Carlos Antonio López con el pasaporte el 30 de julio y ese día se apresuró a comunicar al ministro de negocios extranjeros la auspiciosa resolución del presidente paraguayo. «El mismo Gobierno – escribía – dió todas las providencias para que se me prestase transportes, como todo medio preciso para mi traslado durante mi marcha hasta la Capital, para donde sigo en estos días, acompañado de un piquete comandado por un oficial. – Puede pues considerarse establecida la Legación Brasileña en el Paraguay y con satisfacción del Gobierno de la República por lo que él manifiesta en la referida nota». (20)

El 3 de agosto de 1844 partió de Encarnación con destino a la capital. (21) donde llegó el 18 de mañana. Quince días empleó para recorrer su largo camino de 76 leguas al través de las verdes campiñas. El trayecto fue una sucesión de fiestas. El campesino paraguayo acogió con amistad y simpatía a este mensajero de la cordialidad brasileña, porque sabía que venía a dar satisfacción a uno de sus anhelos más hondos. La hospitalidad se brindó generosa con el diplomático imperial y los pueblos se disputaban la primacía de recibirle con músicas y danzas. Las familias le brindaban su cariño y el gobierno de la república dispuso que nada le faltase en el viaje. (22)

Si en 1825 la llegada a Asunción de Correa da Cámara constituyó un acontecimiento, la entrada de Pimenta Bueno no fue menos espectacular. Este lo hizo acompañado de las autoridades y del pueblo. Al paso de la comitiva las calles ofrecían el aspecto de los días de grandes ceremonias, aceras y calzadas con un público entusiasta y las casas con banderas desplegadas. El gobierno y el pueblo «demonstraban mucha alegría». Ese mismo día fue invitado «por los Paraguayos y sus familias: ellos tienen amor a los Brasileños y se declaran con plena esperanza por los resultados de la Misión Imperial». También lo hicieron en representación del gobierno los secretarios de administración y de hacienda. Por su parte, Pimenta Bueno no dejó de cumplimentar con el gobierno. Pidió la fijación del día para su presentación, lo que el presidente López dejó a disposición del diplomático imperial. Este agradeció la «fineza» y pidió que la audiencia se efectuase al día siguiente. La petición fue aceptada sin dilación. (23) La buena disposición del gobierno era franca, espontánea y de una diligencia que favoreció el cómodo desempeño de la misión brasileña.

«En consecuencia – informó a su gobierno – el 19 fui conducido por los Comandantes de dos Batallones, desde mi casa hasta el Palacio, donde encontré al Presidente con su Corte, compuesta de los altos funcionarios Públicos. Me recibió de pie y alegre». (24) Al entregar a Carlos Antonio López su credencial pronunció un elocuente discurso:

«Su Majestad el Emperador del Brasil – dijo – queriendo dar un testimonio del aprecio y consideración, que tiene a la República del Paraguay, resolvió nombrar un ministro que residiese junto al Supremo Gobierno de ella. Tuve la felicidad de ser encargado de tan distinguido y elevado encargo, teniendo, por tanto, la honra de entregar a V.E. mi Carta Credencial y tendré la gloria, siempre memorable para mi, de reconocer solemnemente la independencia del Paraguay.

«Las relaciones de vecindad y la posición geográfica de las dos Naciones, la uniformidad de su Religión, la casi identidad de su origen, la lengua, la analogía de su carácter, la simpatía de pueblos hermanos americanos, la homogeneidad en fin de sus intereses, consagraron desde los primeros fundamentos de los dos Estados su amistad recíproca y desde entonces cultivaron una comunicación y comercio Jamás interrumpidos.

«Eran por sí solos motivos asaz valiosos para excitar las simpatías de Su Majestad el Emperador. Sin embargo, otros se agregan que no pueden dejar de inspirarle el más vivo interés por la República. Ella tiene un Gobierno ilustrado que demuestra las mejores disposiciones para con el Imperio y a la par de su marcha grave y regeneradora, se muestra destinado a crear y desenvolver la prosperidad y los grandes recursos del país. Que se desarrolle y prospere, y, que se estreche más y más la intimidad entre las dos Naciones son los sentimientos de Su Majestad el Emperador.

«En cuanto a mí, Excelentíssimo Señor, encargado de cultivar tan preciosas relaciones sobre bases sólidas de lealtad y franqueza, sólo ambiciono que el celo y los deseos que me animan sepan siempre descubrir los medios más eficaces para que se fortalezcan y estrechen los vínculos de amistad de las dos Naciones. Así, yo tendría la fortuna de obtener la benevolencia y la estima del Supremo Gobierno de la República, premio inestimable de mis trabajos por mayores que fuesen». (25)

El lenguaje de Pimenta Bueno estaba inspirado por un positivo deseo de establecer entre el Paraguay y el Brasil relaciones que asegurasen una política de buena vecindad y hacía entrever fundadas esperanzas acerca del futuro de los dos países. Los sentimientos del Emperador coincidían con los del gobierno paraguayo. De ahí las palabras amistosas del presidente López, quien contestó al diplomático brasileño con estas breves, pero expresivas palabras: «Acepto con sumo aprecio la Carta Imperial de Su Majestad el Emperador del Brasil, Mi grande Amigo; y me honro de esta oportunidad para acreditar con actos positivos mis leales sentimientos de amistad, y buena fe con S.M.I., bien como la benevolencia, y alto aprecio del Supremo Gobierno hacia la caracterizada persona de V.S.I., a quien sus distinguidas qualidades han hecho lugar para la honrosa comisión de un reconocimiento solemne de la Independencia de la República del Paraguay». (26)

Terminada la ceremonia, Pimenta Bueno se retiró, acompañado hasta su casa de los dos comandantes aludidos. «La ciudad estaba con sus banderas desplegadas y parte de la tropa de la Capital formada de parada a lo largo del Palacio». (27)

Poco después de llegar a su residencia recibió un oficio de Carlos Antonio López, con la copia del decreto, de la misma fecha, por el cual se reconocía a Pimenta Bueno, en su carácter de encargado de negocios y cónsul general de S.M. el Emperador del Brasil, con las prerrogativas que por el derecho público le correspondían. (28) Al día contestó la comunicación del presidente paraguayo: «El infrascripto pondrá – expresaba – en conocimiento de su Augusto Soberano el importante acontecimiento de la instalación de la Legación del Imperio y de la satisfacción que experimenta por las demostraciones y pruebas de aprecio, y distinguida consideración, que ha tenido la fortuna y la honra de recibir de S.E. y de sus súbditos». (29)

El éxito era completo. La acogida de la misión brasileña contaba con la franca simpatía y el apoyo del gobierno. Llegada a la capital el 18 de agosto, al día siguiente, Pimenta Bueno presentaba sus credenciales y se le reconocía como representante del Imperio, con el entusiasmo oficial y popular. Mayor prueba de consideración no podía ofrecerse al mensajero de la amistad brasileña.

El mismo 19 visitó al presidente López, con quien mantuvo una conversación de dos horas, «Lo hallé contento – informó a Ferreira França – y tocándose la Política del Dictador Rosas, vi que sabe apreciarla convenientemente. Me dijo que aquel no atiende otro principio sino el que le conviene». El 22 estuvo nuevamente con el primer mandatario; hablaron de varios asuntos; al despedirse Don Carlos le repitió las pruebas de consideración, que ya anteriormente le había demostrado. (30)

Pimenta Bueno finalizó su interesante informe en estos términos: «Por ahora tengo sólo que agregar, que en breve pasaré a reconocer la Independencia de la República, aun antes del ajuste del Tratado, porque en ambas conferencias el Presidente insistió mucho en ello, diciendo que desea ese acto cuanto antes; que Bolivia ya lo había hecho por documento auténtico; que dejarlo para después de demoradas discusiones era hacerlo lento si no eventual. Como en todo caso conviene el reconocimiento, cedí y le dejé la designación del día. El halló tardío el 25 de Diciembre aniversario de la proclamación de ella, que la indiqué; tendrá pues lugar durante el mes de setiembre y será un medio más de contentarlo». (31) El mismo día se dirigió también al cónsul general del Brasil en Buenos Aires y a Felipe José Pereira Leal, encargado de negocios en Montevideo, anunciándoles asimismo el próximo reconocimiento y que había sido recibido «con las mayores pruebas de consideración y amistad» (32)

Hasta mediados de noviembre la Corte de San Cristóbal no recibió otras noticias de Pimenta Bueno que las transmitidas por éste desde Encarnación en la última semana de julio. Con ansiedad eran esperadas las referentes a su llegada a la capital paraguaya y al ejercicio de sus funciones. Como estas comunicaciones estaban consideradas de «tanta importancia», el ministro de negocios extranjeros recomendó expresamente al encargado de negocios que se dirija con frecuencia al gobierno imperial, transmitiendo cuanto pueda interesar, para terminar expresándole categóricamente: «...en ningún caso abandone esa Misión sin orden positiva del mismo Gobierno». (33) El Imperio estaba decidido a mantener su representación en el Paraguay, a la cual atribuía una importancia fundamental. En ese sentido la orden de Ferreira França, era terminante. El Brasil no podía descuidar su vinculación con la república. Sus intereses le señalaban el camino de Asunción para desarrollar una política de aproximación capaz de contrarrestar la hegemónica de Rosas. La Corte de San Cristóbal comprendió en toda su magnitud la necesidad de contar con una legación permanente en el Paraguay. Y ésta se mantuvo, después de la caída del Restaurador, hasta el estallido de la guerra en 1864.

Tres meses después de la nota de Pimenta Bueno, dando cuenta de su instalación, Ferreira França escribió a Don Pedro II: «Desde el 19 de Agosto la Legación Imperial se halla establecida en Asunción del Paraguay y dice el Encargado de Negocios que recibió allí y durante el viaje reiterados testimonios de consideración que los Paraguayos tienen por el Imperio». (34) La noticia repercutió gratamente en la Corte. El ministro de negocios extranjeros decía al representante en Asunción: «Su Majestad Imperial oyó con mucho agrado la narración que V.M. hizo de las benévolas atenciones que recibió, las cuales hacen esperar un ventajoso resultado de los negocios puestos a su cargo, y espera de su aptitud y celo que sabrá mantener y aprovechar las buenas disposiciones». (35) Jornal do Comércio, acreditado órgano de la prensa de Río Janeiro, comentó, por su parte la cordial recepción brindada al enviado brasileño. (36)

Y como no había inconvenientes, Pimenta Bueno dio cumplimiento a sus instrucciones, dando satisfacción, al mismo tiempo, a los deseos del presidente López. El 14 de setiembre de 1844 reconoció solemnemente la independencia del Paraguay, en un documento autógrafo, cuya traducción dice así: «Acto de reconocimiento de la independencia y soberanía de la República del Paraguay por el Ministro de Su Majestad el Emperador del Brasil. El abajo firmado Ministro de S.M. el Emperador del Brasil, en nombre del mismo Augusto Señor, reconoce la independencia y Soberanía de la República del Paraguay, proclamada en 25 de Noviembre de mil ochocientos cuarenta y dos registrada en el acta de su Congreso Nacional y comunicada oficialmente al Gobierno de S.M. el Emperador. Reconoce por tanto igualmente que la República del Paraguay tiene el derecho de ejercer todas las grandes prerrogativas que son inherentes a su independencia y Soberanía Nacional. En fe de lo cual y para que así conste perpetuamente el infrascrito firma de su puño en nombre de su Augusto Soberano, y en virtud de plenos poderes, que para ello le autorizan el presente reconocimiento de la Independencia y Soberanía de la República del Paraguay, y lo ha hecho sellar con las armas del Imperio. Fecho en la Asunción a catorce de Setiembre de mil ochocientos cuarenta y cuatro». (37)

El significado de este acto no escapó al gobierno y pueblo paraguayos, que vieron en él no solamente una prueba de amistad sino también de buena vecindad y de justicia. Desde entonces es la base firme sobre la cual descansan las cordiales relaciones de los dos países. Su importancia internacional fue extraordinaria. En el orden nacional fortaleció el espíritu popular y la decisión de rechazar todo intento de dominación extranjera.

Al poner el documento en manos del presidente López, Pimenta Bueno pronunció el siguiente discurso:

«Su Majestad el Emperador del Brasil, mi Augusto Soberano. ha reconocido la independencia y Soberanía de la República del Paraguay. Yo tengo la honra y la viva satisfacción de entregar al Supremo Gobierno de la República el documento auténtico de tan importante Reconocimiento. Tengo además la honra de saludar en nombre del mismo Imperial Señor el Acto transcendente y glorioso de la Emancipación Política del Paraguay, nueva y brillante era de su existencia nacional.

«Hacía más de treinta años que el Pueblo Paraguayo proclamó la Independencia de su Patria, rompiendo las cadenas coloniales, que avasallaban sus impulsos generosos y sujetaban sus destinos a la lejana Europa. Era, sin duda, tiempo de que gozase de derecho lo que con mucha anterioridad venía gozando de hecho.

«El memorable y venturoso día del 25 de diciembre de 1842, Día de Gloria y de grata recordación, vino a ratificar de nuevo el juramento de la Independencia Nacional; y la aclamación unánime de un Pueblo entero comunicó a las demás Naciones que él iba a ocupar en la gran familia de ellas el puesto que le corresponde por la rica posición de su territorio, por sus vastos recursos y por sus derechos incontestables. Es un nuevo y brillante astro que comienza a fulgurar en el bello horizonte de la hermosa América, de esta América a que están reservados tan grandes y preciosos futuros.

«La Independencia del Paraguay era un hecho muy solemne para que Su Majestad dejase pasar sin una prueba, sin un testimonio formal y valioso de su Alta Amistad y vivo interés por la República; que ella lo reciba segura de su Imperial Consideración y que reciba además sus sinceros deseos de que la existencia Nacional del Paraguay sea coronada, desde su cuna, de paz, orden y constante prosperidad.

«Después de haber expuesto, Excmo. Sr. los sentimientos de que Su Majestad el Emperador está animado para con la República, permita V.E. que exprese el vivo placer que siento por la honra y gloria que me toca al venir a reconocer la Independencia del Paraguay y por el futuro que aguarda a este bello país.

«Juntamente con su Independencia la República tiene ya sus Leyes Fundamentales, en las que están los gérmenes de su grandeza, un Gobierno ilustrado y creador y todas las condiciones de un porvenir que diviso brillante y venturoso.

«Americano y grato al Paraguay, me recuerdo de la Independencia de mi Patria, de esos días de gloria, de dulces esperanzas, de eterna y afectuosa recordación, y siento la misma emoción; quiera V.E. aceptarla como mi respetuosa y cordial congratulación». (38)

Así como Pimenta Bueno insistió, desde su presentación de credenciales, sobre la gloria que le correspondía por el reconocimiento que acababa de cumplir, Carlos Antonio López impresionado por la resolución del Imperio del Brasil, consagró, por su parte, al 14 de setiembre como a «uno de los días de gloria de la Patria» y suscribió, esa misma fecha, un decreto que hizo escribir al dorso del documento presentado por el representante imperial, que dice textualmente: «El Presidente de la República del Paraguay acuerda y decreta. – Artículo 1º. Sellándose con el sello nacional, archívese en la Secretaria de relaciones exteriores para perpetua grata memoria de uno de los días de gloria de la patria el acto original del reconocimiento solemne de la independencia y soberanía de la República del Paraguay por su Majestad el Señor Don Pedro 2º, Emperador constitucional y Defensor perpetuo del Brasil. – Artículo 2º. Publíquese por bando con la solemnidad de estilo en la capital, y en todo el territorio de la República una traducción fiel del documento auténtico citado en el artículo anterior con inserción del presente decreto: imprímase y dése al repertorio nacional». (39)

Estas disposiciones fueron fielmente cumplidas. El Repertorio Nacional publicó los dos documentos el mismo día 14 de setiembre. (40) En Asunción como en el interior de la república divulgóse ampliamente el importante acontecimiento, que era una réplica a la actitud de Rosas en su posición de negar al Paraguay el derecho de constituirse en Estado libre y soberano.

Intenso júbilo se apoderó de los corazones paraguayos al conocerse el reconocimiento de la independencia por el Imperio del Brasil. Pueblo y gobierno se asociaron para celebrarlo dignamente y Asunción tributó a Pimenta Bueno el homenaje fraternal de una nación agradecida. Igual estado de espíritu se apoderó del país cuando casi una década después dieron el mismo paso la Confederación Argentina y luego Inglaterra, Francia, Cerdeña y Estados Unidos de América. La independencia era para el Paraguay un anhelo hondamente sentido y una condición fundamental de su existencia. Por eso la conducta del Brasil, en aquellos años de prueba, tuvo una profunda repercusión en el alma colectiva y un significado extraordinario en América y Europa.

El entusiasmo y los festejos fueron también extraordinarios. Estos comenzaron el 13 de setiembre con una función teatral, realizada con la presencia del presidente de la república. También asistió «la mayor parte del pueblo de la Capital y sus proximidades». El teatro fue erigido en una gran plaza y en el acto «se recitó un elogio a S.M. el Emperador. La ciudad se iluminó y el gobierno hizo levantar un arco triunfal y dos columnas bien armadas, que también fueron iluminadas». (41)

El 14, al despuntar la aurora, a la señal de una salva de artillería, embaderóse la ciudad. Pimenta Bueno salió a las 10 de la mañana de su casa, con dirección al palacio de gobierno, acompañado de los dos comandantes del primer Batallón y de «mucho pueblo». A su paso le rindieron honores las tropas de los diversos cuerpos de la capital. En el palacio le esperaba el presidente López con los altos funcionarios del Estado. Luego de los cumplidos protocolares, Pimenta Bueno leyó el acto del reconocimiento de la independencia del Paraguay y el discurso alusivo. Tomó asiento después, donde le fuera fijado, a la derecha el primer mandatario, quien le respondió, «congratulándose con la República y agradeciendo a S.M. el Emperador la importante prueba de su Amistad y Consideración». Terminada la ceremonia la concurrencia se trasladó a la catedral donde se ofició un solemne tedéum. Pimenta Bueno acompañó solo al presidente. Detrás seguían los altos funcionarios y las tropas también desfilaron hacia la misma dirección. Un público numeroso llenaba las calles. De la catedral el representante brasileño acompañó nuevamente a Carlos Antonio López hasta el palacio. Las tropas prorrumpieron entonces en aclamaciones al Emperador, manifestación que Pimenta Bueno retribuyó al retirarse con vivas al gobierno, a la república y a su independencia. (42)

El 15, el presidente López ofreció a Pimenta Bueno una «espléndida comida» y un baile con la asistencia de las principales familias de la capital. «Hubo una nueva iluminación del Gobierno y una galería de arcos frente al Palacio». El 17, el diplomático imperial ofreció, a su vez, un lucido baile que contó con la presencia de la familia del presidente y también de las familias principales. La legación lució esa noche su iluminación. (4)

«Ya dije a V.E., – expresaba Pimenta Bueno en su informe – y de nuevo repito, que fue general la satisfacción exteriorizada por el reconocimiento de la Independencia de la República, general la manifestación de amor al Magnánimo Monarca Brasileño, hecho que llenó mi corazón de alegría excitando mis sentimientos de veneración y acatamiento hacia mi Augusto Soberano». (44)

El representante de la Corte de San Cristóbal agasajó, además, a Carlos Antonio López, con un retrato de Don Pedro II, que el presidente colocó en su sala de audiencia, junto al cuadro que contenía el reconocimiento de la independencia, como una expresión pública de la gratitud paraguaya. (45) Días después solicitó de su gobierno una condecoración para el citado presidente y la incorporación del mismo al Instituto Histórico y Geográfico Brasileño. (46)

La Corte de San Cristóbal dio curso a la recomendación de Pimenta Bueno. A pedido de Ernesto Ferreira França, entonces ministro de negocios extranjeros, Carlos Antonio López fue designado miembro honorario del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, en la sesión del 23 de enero de 1845, presidida por el Reverendo Padre J. da Cunha Barbosa. (47) El secretario perpetuo, Manuel Ferreira Lagos, al comunicar al presidente paraguayo su designación, agregaba: «Espera el mismo Instituto del bien conocido celo literario de V.E. que se digne coadyuvar con sus luces y producciones científicas, así como también espera de la generosidad de V.E. que en observancia del artículo agregado a los Estatutos de esta Asociación, aprobado el 5 de Diciembre de 1841, ha de concurrir para su progreso con alguna producción literaria propia o ajena interesante a nuestra historia o geografía, o hacerle donación de cualquier obra de reconocida estimación para su Biblioteca, o de objetos curiosos para su Museo». (48)

Carlos Antonio López contestó cordialmente en estos términos: «Recibí con especial satisfacción el diploma de miembro honorario del instituto histórico y geográfico brasilero que V.S. me remitió en data de 4 de Marzo de este año.

«Sensible a la prueba de consideración y aprecio que me manifestó esa ilustre y sabia Sociedad llamandome a su seno, deseo que V.S. le asegure que a más de apreciar mucho el honroso título que me confiere, procuraré cuanto pueda oportunamente observar las disposiciones de sus estatutos.

«Quiera V.S. recibir la seguridad de mi particular estimación y manifestar al ilustre instituto mis votos por los progresos, y resultados de sus títulos y gloriosos trabajos». (49)

Cúpole así al presidente López la distinción de ser el primer miembro paraguayo del benemérito Instituto Histórico y Geográfico Brasileño y el único durante el siglo XIX. La vida de este esclarecido mandatario, consagrada a la estructuración de un Estado soberano, constituye por si sola la más valiosa contribución para enaltecer el acervo moral de una entidad dedicada a los estudios históricos.

Posteriormente, Don Pedro II confirió a Don Carlos la condecoración de la Gran Cruz de la Orden de Cristo y el grado de Comendador al hijo de éste, el entonces general Francisco Solano López.

A día siguiente de firmado el tratado de alianza, comercio, navegación, extradición y límites, del 7 de octubre, el presidente López se dirigió al Emperador del Brasil, manifestándole el «grande placer de recibir y tomar en alta consideración la credencial» de Pimenta Bueno, quien fue acogido como merecía, tanto por sus merecimientos personales como por «los distinguidos e importantes objetos» de su misión. «El primer paso solemne que puso en espediente» el representante imperial fue el reconocimiento de la independencia.

«Este acontecimiento tan plausible – continuaba expresando el mandatario paraguayo – muestra a la faz del mundo ilustrado los sentimientos de justicia que han determinado a Vuestra Magestad por el reconocimiento de nuestra independencia, y que impulsado de principios grandemente filantrópicos ha promovido las relaciones amigables y mercantiles entre dos naciones llamadas por la naturaleza a su mutuo engrandecimiento. La República del Paraguay al presentir este importante suceso lo ha acogido con noble entusiasmo, y el Presidente que subscribe tiene el honor de ofrecer a Vuestra Magestad Imperial este primer homenaje de una nación patriótica, y fiel a sus compromisos. – La divina providencia conserve incólume y próspero a Vuestra Magestad Imperial, y a su augusta esposa, para felicidad del Imperio Brasilero». (50)

En la misma fecha, López contestó también la comunicación de Soares de Souza, del 30 de noviembre de 1843, sobre la designación de Pimenta Bueno, manifestándole que «ha presenciado con alto honor y agrado el reconocimiento solemne de la independencia y soberanía de la República del Paraguay», felicitando en su nombre y en el de la nación a S.M.I. y al pueblo brasileño por la «esclarecida justicia» que significaba ese reconocimiento. (51)

En el primer aniversario de este acto se repitieron los agasajos del año anterior. Al cumplimentar al primer mandatario, Pimenta Bueno terminó su elocuente discurso, en estos términos: «Con indecible placer aprovecho esta solemne ocasión para pedir a los paraguayos y a V.E., su ilustre y respetable Presidente, que se persuadan del ardor y la sinceridad de los votos, que conmigo todos los brasileños, comenzando por el magnánimo Señor Don Pedro II, formulan por la prosperidad de todas las naciones del continente, y particular y especialmente por la de esta República que en la veneranda persona de V.E. saludo y nuevamente felicito.» (52)

 

NOTAS

Cuarta Parte

CAPITULO XIII

1- A.H.I. Assunçao – Oficio, 1842-45. Pimenta Bueno a Soares de Souza. Río de Janeiro, 25 de noviembre de 1843. Autógrafo.

2- Ib. Ib. Ib. Pimenta Bueno a Soares de Souza. Río de Janeiro, 27 de noviembre de 1843. Autógrafo.

Ferreira França, ob. cit., pág. 11.

3- Ib. Ib. Ib. Autógrafo.

4- A.H.I. Correspondencia Reservada e..., cit. Río de Janeiro, 25 de enero de 1844. Copia. Pimenta Bueno partió de Santos en el Bahiana, el 28 de enero, pasando por San José del Norte y Pelotas para llegar a Porto Alegre el 7 de febrero, donde no tuvo buenas noticias sobre la seguridad de su viaje. Nota a Soares de Souza, fechada en esta ciudad el 8 de febrero. Autógrafo. Assunçao – Oficios, cit.

5- Ib. Ib. Ib. Autógrafo. A Porto Alegre llegó el 7 de febrero.

6- Ib. Ib. Ib. Porto Alegre, 19 de marzo de 1844. Autógrafo.

7- Ib. Ib. Ib. Pimenta Bueno a Ferreira França. San Gabriel, 25 de abril de 1844. Autógrafo.

8- Ib. Ib. Correspondencia..., cit.

9- Ib. Ib. Ib. 26 de junio de 1844. Autógrafo.

10- Ib. Ib. Ib. El Comte. Gral. interino de las Misiones argentinas al Cmte. del Dpto. de Santo Tomé. Paso de los Libres, 7 de junio de 1844, Copia.

Pimenta Bueno a Ferreira França. San Borja, 8 de julio de 1844.

11- Perreira França, ob. cit., pág. 21.

12- A.H.1. Leg. cit. Pimenta Bueno al Cmte. de San José. Santo Tomé, 15 de julio de 1844.

13- Ib. Ib. Ib. Pimenta Bueno a Madariaga. San José, 20 de julio de 1844. Copia.

14- Ib. Ib. Ib. Nota a Ferreira França. Autógrafo.

Ferreira França. Ob. cit., pág. 22.

15- Ib. Ib. Ib. Pimenta Bueno a López. Encarnación, 21 de julio de 1844. Copia.

16- Ib. Ib. Ib. A Ferreira França. Encarnación, 22 de julio de 1844. Autógrafo.

17- Ib. Ib. Ib. Correspondencia..., cit. Río de Janeiro, 11 de octubre de 1844.

18- Museo Imperial de Petrópolis. López a Pimenta Bueno. Asunción, 25 de julio de 1844. Copia de puño y letra de este último.

19- Ib. Ib. Ib. Copia conformada por Pimenta Bueno.

20- Ib. Ib. Ib. Pimenta Bueno a Ferreira França. Encarnación, 30 de julio de 1844.

21- Acompañaban a Pimenta Bueno su secretario Cayetano de Faria y Albuquerque, el doméstico y un amanuense particular, Benito José Cintra, y dos pajes, uno negro y otro indio. El equipaje comprendía once baúles, varios útiles de viaje, dos carabinas y dos pistolitas. Todo transportado en un carretón.

B.N.R.J. – C.R.B. I. – 30, 27, 73. Lista firmada por Basilio Ojeda. Encarnación, 22 de julio de 1844. Original.

22- A.H.I. Assunção – Oficios, 1842-45. Pimenta Bueno a Ferreira França, Asunción, 22 de agosto de 1844. Autógrafo.

Ferreira França, ob. cit. pág. 23.

23- Ib. Ib. Ib. Nota cit.

Ib. Ib. Ib., pág. 24.

Ramos, El reconocimiento..., cit., pág. 13.

24- Ib. Ib. Ib. Nota cit.

Ib. Ib. Ib.

25- Ib. Ib. Ib. Copia de este discurso acompañó a la nota del 22 de agosto cit.

Ib. Ib. Ib., pág, 24 y 25.

B.N.R.J. – C.R.B. I – 30, 26, 25 – Nº 1-4. Autógrafo.

26- Ib. Ib. Ib. Copia remitida con la nota del 22 de agosto cit.

Ib. Ib. Ib., pág. 25.

27- Nota cit.

28- A.H.I. Assunção – Oficios, cit.

Ferreira França, ob. cit., pág. 25.

El Repertorio Nacional Nº 22.

29- Ib. Ib. Ib. Pimenta Bueno a C.A. López. Asunción, 22 de agosto de 1844. Copia.

30- Ib. Ib. Ib. Nota del 22 de agosto cit. Lo subrayado es del original.

31- Ib. Ib. Ib. Nota cit.

32- Ib. Ib. Ib.

33- Correspondencia cit. Ferreira França a Pimenta Bueno. Río de Janeiro, 15 de noviembre de 1844.

34- Museo Imperial de Petrópolis. Secretaría de Negocios Extranjeros, 22 de noviembre de 1844. Autógrafo.

35- A.H.I. Correspondencia Ostensiva do Governo Imperial de 1844 a 1846. Río de Janeiro, 6 de diciembre de 1844. En esta misma nota, Ferreira França comunicó a Pimenta Bueno que el Emperador le distinguió con la condecoración de la Orden da Rosa en el grado de Oficial y que no obstante haber sido electo diputado, «no desampare» esa misión diplomática sin la «necesaria orden del Gobierno Imperial», lo que se pondrá en conocimiento de la Cámara respectiva.

36- Jornal do Comércio – Setembro de 1922. Ediçao Comemorativa do 1º Centenário da Independencia do Brasil.

Ramos. El reconocimiento..., cit., pág. 14.

37- El original de este documento formaba parte de la C.R.B. de la B.N.R.J. I – 30, 26, 24, como puede comprobarse en el Catálogo de dicha Colección, Vol. I, pág. 96. El canciller brasileño José Carlos de Macedo Soares lo devolvió al Paraguay.

Copia fotográfica en nuestro poder.

Ramos, ob. cit., pág. 14.

38- B.N.R.J. – C.R.N. I – 30, 26, 25 Nº 4. Autógrafo.

Ferreira França, ob. cit., págs. 27 y 28.

39- Copia fotográfica en nuestro poder.

Ramos, ob, cit., pág. 14.

40- El Repertorio Nacional Nº 23.

41- A.H.I. Assunção – Oficios 1842-45. Pimenta Bueno a Ferreira França. Reservado Nº 25. Asunción, 18 de setiembre de 1844. Autógrafo.

42- Nota cit.

Ramos, ob, cit., pág. 15.

43- Ib. Ib.

Ib. Ib.

44- Ib. Ib.

Ib. Ib.

45- Ib. Ib. Ib. Ib.

46- A.H.I. Assunção – Oficios 1842-45. Pimenta Bueno a Ferreira França. Asunción, 7 de octubre de 1844. Autógrafo.

47- Revista Trimestral de Historia e Geografia ou Jornal do Instituto Historico e Geographico Brasileiro. Fundado no Río de Janeiro sob os auspicios da Sociedad Auxiliadora da Industria Nacional Debaixo da Inmediata protecção de S.M.I. O Senhor D. Pedro II. Tomo Setimo. Segunda edição. Río de Janeiro, 1866. Revista... Nº 25 – Abril de 1845, pág. 116.

El pedido se hizo el 23 de enero de 1845 por intermedio de Manuel Ferreira Lagos, secretario 2º del Instituto aludido, y aprobado ese día. Autógrafo en el archivo del mismo Instituto.

48- Archivo del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, Ferreira Lagos a López. Río de Janeiro, 4 de marzo de 1845. Copia.

49- Ib. Ib. Ib. L. 139 – Ms. 2557. Original. La nota fue leída en la sesión del 9 de octubre del mismo año. Copia fotográfica en nuestro poder.

Ramos, Ob. cit., pág, 16.

50- Museo Imperial de Petrópolis. López a Pedro II. Asunción, 8 de octubre de 1845. Original.

B.N.R.J. – C.R.B. I – 30, 9, 5, Nº 9. Copia.

Ramos, ob. cit., pág. 16.

51- B.N.R.J. – C.R.B. I – 29, 29, 24, Nº 4. López a Ferreira França. Asunción, 8 de octubre de 1844. Copia.

52- Ib. Ib. Ib. I – 30, 6, 32.

Ramos, ob. cit., págs. 16 y 17.

 

 

CAPITULO XIV

LA PROTESTA DE ROSAS

 

Si el Paraguay y el Brasil celebraron jubilosos el reconocimiento, la Confederación Argentina lo recibió con desagrado. Rosas no estaba dispuesto a aceptar un acto semejante. El 7 de enero de 1845, Felipe Arana, ordenó a Tomás Guido, ministro argentino en Río de Janeiro, que «proteste debidamente ante el Gob.º Imperial» por el reconocimiento de la independencia del Paraguay al cual la Confederación Argentina «no le dá fuerza ni valor alguno...» (1) El mandato fue cumplido el 21 de febrero de 1845.

La nota de Guido, dirigida a Ernesto Ferreira França, era la primera de la serie que presentará al gobierno brasileño sobre la independencia del Paraguay, hasta fines de 1849. En repetidas oportunidades insistirá sobre el mismo punto, pero siempre sus argumentos adolecerán de consistencia, porque no estaban construidos sobre el material de la verdad. La polémica no favoreció al representante de Rosas, sus razonamientos fueron rebatidos sucesivamente por los agentes de la Corte de San Cristóbal. Nada pudieron su talento, ni su tenacidad, ni su práctica diplomática para contrarrestar las contestaciones brasileñas. En el ardor de la polémica el lenguaje subió de tono. La discusión estimuló la agresividad de Guido, pero no le insufló densidad en sus afirmaciones. El gobierno imperial, por su parte, no decayó en la controversia. En mayo de 1850, por intermedio de Paulino José Soares de Souza, mostróse más enérgico, cortante y abiertamente provocativo.

El argumento troncal de Guido para justificar lo que llamaba «desmembración de una parte importante del territorio argentino», como consecuencia del reconocimiento de la independencia del Paraguay por el Brasil, era que la formación de las repúblicas americanas tenía por base «la división preexistente de los Virreinatos y Capitanías generales bajo la dominación española». El Paraguay, no declaró durante la lucha contra el poder español, «su voluntad de separarse de la comunidad a que pertenecía», quedando «virtualmente como parte integrante de la República Argentina.» El gobierno argentino no renunció a ninguno de sus derechos al consagrarse a conquistar la independencia, con lo cual defendía al Paraguay, que no participó de los sacrificios comunes; obraba inspirado por una política americana de utilidad recíproca y agregaba que admitir las pretendidas nacionalidades era establecer «un precedente tan peligroso a los intereses del imperio, como útil a las miras de la politica antiamericana». Al considerar inoportuno el reconocimiento de la independencia del Paraguay por el Emperador del Brasil, Guido declaraba «que la Confederación Argentina no le da fuerza ni valor alguno, y en ningunas circunstancias tendrá por válidas y subsistentes cualesquiera actos que en aquella razón se practicasen, ni prestará atención a las pretensiones y reclamaciones que sobre él se promoviesen». Alegó también en apoyo de su pretensión, que el ex ministro de negocios extranjeros, Carneiro Leão, le había preguntado el 18 de marzo de 1843, si cual era la política que la Confederación seguiría con respecto al pedido del reconocimiento de la independencia del Paraguay; que le había contestado con franqueza, manifestándole las razones que impedían al gobierno argentino a prestarse a ese reconocimiento; y que el mismo ex ministro le prometió, en consideración a que la legación argentina carecía de las instrucciones pertinentes, suspender el aludido reconocimiento; que el gobierno de la Confederación Argentina declaró en su mensaje a la legislatura del 27 de diciembre de 1843 no poder dar su aquiescencia a la solicitud del Paraguay; que el gobierno imperial conocia por ese documento público la marcha política de la Confederación, y que, no obstante, reconoció «la desmembración de una parte importante del territorio Argentino» sin consideración a los derechos de la misma Confederación y a las mutuas conveniencias de ambos países. (2)

La argumentación de Rosas no respondía al principio que enarbolaron las colonias españolas al separase de la metrópoli: la autodeterminación de los pueblos. Como consecuencia de la desaparición del poder real, esos pueblos asumieron sus derechos para decidir de sus destinos, y sobre esa base se constituyeron en Estados libres y soberanos. Esta doctrina la enunció el Paraguay a la Junta de Buenos Aires en la nota del 20 de julio de 1811.

La protesta de Guido fue sometida a consideración del Consejo de Estado. La Sección de negocios extranjeros, que estaba integrada por Honorio Hermeto Carneiro Leão, Cayetano María López Gama y Bernardo Pereira de Vasconcellos, en su sesión del 11 de junio de 1845, por orden del Emperador transmitida el 4 de marzo por aviso del secretario de Estado, examinó la nota del ministro argentino del 21 de febrero, «documento notable por los principios y doctrinas que emite y por la política invasora que manifiesta ser la del Gobernador Rosas. En verdad, desde hacía tiempo – juzgaba la Sección – se podía sospechar sus pretensiones de someter a la soberanía y gobierno de la Confederación Argentina todas las Provincias que formaban parte del Virreinato de Buenos Aires, pero el Gobernador Rosas se guardaba de manifestar clara y positivamente esas pretensiones, como ahora lo hace en la Nota de su Ministro Plenipotenciario en esta Corte». (3)

El general Guido refirió «arteramente» su conferencia con el ministro Carneiro Leão y fue él quien prometió solicitar instrucciones para hacer las aclaraciones que se le pedía. Refirió también que su gobierno manifestó a la Cámara de Representantes no haber accedido a los deseos del Paraguay y que esa declaración se comunicó al gobierno de Asunción. La Sección advertía que el mismo general Guido quería que con ese hecho el gobierno imperial tuviese un documento claro para conocer la política seguida por la Confederación; «cuanto que ese hecho serviría para manifestar la política tortuosa y artera del Gobernador, pues ni en esa comunicación a la Sala de Representantes se expresan los motivos que mueven a la Confederación, ni se rechaza formalmente el reconocimiento de la independencia del Paraguay». Si este hecho tuviese valor, se le podrá oponer que el gobierno imperial precedió al de la Confederación en dar a conocer su política con respecto al Paraguay, «como consta en las comunicaciones verbales y escritas que los ex Ministros de 1843 hicieron ante la Asamblea General del Brasil», a lo cual se debe agregar que Paulino José Soares de Souza, también ex ministro de negocios extranjeros, instruyó al general Guido, antes del 27 de diciembre de 1843, del nombramiento de un encargado de negocios para el Paraguay. (4)

La Sección, sin entrar a considerar los rodeos con los cuales el ministro argentino trataba de justificar la «política artera y la falta de franqueza de su Gobierno», juzgaba de su deber llamar la atención sobre tres puntos principales de la nota de Guido, a saber; «1º) aquél en que se considera el reconocimiento de la independencia del Paraguay como la aprobación de un desmembramiento de una parte importante del territorio argentino; 2º) aquél en que se alega haber sido base para la división geográfica de las Repúblicas de América del Sur, la división preexistente de los Virreinatos y Capitanías Generales durante la dominación española; 3º) la especie de amenaza al Brasil de que se levantaren en sus Providencias nuevas nacionalidades que podrían ser reconocidas, como él reconoce al Paraguay.» (5)

El parecer de la Sección quedó concretamente acordado en la forma siguiente:

«1º) Que se responda a la nota del general Guido contraprotestando contra las intenciones manifiestas de parte de la Confederación Argentina de anular la independencia y soberanía del Paraguay, anexándolo al territorio de la Confederación. Conviene que en esa respuesta se demuestre que la independencia del Paraguay data de la misma época que la de las otras Provincias que constituían el Virreinato de Buenos Aires; y que se alegue que desde esa época nunca el Paraguay estuvo unido a Buenos Aires, conservándose siempre con Gobierno separado e independiente». La proclamación de 1842 no daba derechos a la Confederación Argentina puesto que el Paraguay no estuvo unido a ella anteriormente. Este pronunciamiento era la manifestación de la resolución de esta república de abandonar el régimen de aislamiento, impuesto por la dictadura del Dr. Francia y de establecer un gobierno libre. Además debe mostrarse que la política del Brasil no era nueva. Desde 1824 trató al Paraguay como país independiente; lo prueban los nombramientos de los representantes diplomáticos del Imperio ante el gobierno de Asunción, especialmente el del consejero Antonio Manuel Correa da Cámara, quien fue recibido en Itapúa por el dictador Francia. «Convendrá, por fin, mostrar que la base que el Gobierno de la Confederación Argentina parece pretender establecer para la división de las Repúblicas de América del Sur, esto es, la división de los Virreinatos y Capitanías Generales durante la dominación española, ataca la independencia de Gobiernos solemnemente reconocidos y manifiesta tener el Gobierno Argentino una política invasora a la que el Brasil se debe oponer.

«2º) Que se comunique la nota del general Guido a los Gobiernos de la República Oriental, de Bolivia y del Paraguay. La base que el general Guido parece proclamar para el establecimiento de las Repúblicas independientes de la América Meridional ofende los derechos de esas Repúblicas, cuyo territorio, en todo o en parte, virtualmente se pretende que pertenece a la Soberanía de la Confederación Argentina. La comunicación de esta Nota al Gobierno del Paraguay podrá servir para ponerlo en guardia contra el de la Confederación y el Encargado de Negocios sirviéndose hábilmente de ella puede estrechar las relaciones del Gobierno Imperial con el del Paraguay para obtener un ventajoso tratado.

«La Sección pide licencia – continua exponiendo el parecer – a Vuestra Majestad Imperial para recomendar respetuosamente la conveniencia del establecimiento de una Colonia militar en la margen del Yguazú o Río Grande de Curitiba en su confluencia con el Paraná y la apertura de un camino militar que comunique dicha Colonia con las Ciudades de Curitiba y Paranaguá. Estando la Confederación Argentina en posesión de la Isla de Martin Garcia, le es fácil impedir toda la comunicación que el Gobierno Imperial quiera tener con el Paraguay por el Río de la Plata; y por lo que toca a la comunicación por tierra que se hace actualmente por la Provincia de Río Grande del Sur, será impedida fácilmente por la Confederación Argentina, luego que ésta ocupe de nuevo la Provincia de Corrientes, ahora disidente de la Confederación. Cumple pues que el Gobierno Imperial se habilite para poder socorrer a1 Paraguay cuando sea invadido por la Confederación, apresurando el establecimiento de la referida Colonia, necesaria además para la seguridad y defensa de nuestras fronteras». (6)

El parecer fue aprobado por Don Pedro II el 24 de julio de 1845. En él se fijaba claramente la política del Imperio con relación al Paraguay y a la Confederación Argentina. En síntesis, la Sección de negocios extranjeros del Consejo de Estado confirmó el reconocimiento de la independencia del Paraguay por el Brasil como un medio de contrarrestar el poder de Rosas y la reconstrucción del virreinato del Río de la Plata. Estableció, en consecuencia, que el Imperio debía oponerse a la formación de las nacionalidades sobre la base de los virreinatos y capitanías generales. Era la política tradicional del Brasil, que en sus cuestiones con los países desprendidos de los antiguos dominios españoles, no favoreció «en hipótesis alguna la reconstrucción de cualquiera de estos Virreinatos» y negoció siempre por separado con cada uno de esos países. (7) Buscó poner en guardia al Paraguay y preparar al Imperio para defender a aquél en el caso de ser invadido por la Confederación Argentina. Llama la atención que, ya en aquella época, el Brasil se propuso construir un camino que permitiese la unión del Paraguay con el Atlántico. Con él, al defender sus propios intereses, ofrecía al Paraguay la alternativa de disponer de otra salida, además del Paraná, para comunicarse con el mundo y salvarse de la clausura, siempre posible, de las vías fluviales del sur. Esta iniciativa se cumplió en este siglo, completándose su ejecución con el puente sobre el río Paraná.

Cinco días después de la aprobación del Emperador, el ministerio de negocios extranjeros respondió a la protesta de Rosas, por intermedio de Antonio Paulino Limpo de Abreu, después vizconde de Abaeté, quien había sucedido en esa secretaría de Estado a Ferreira França. El canciller imperial protestó, a su vez, por considerar a la representación de Guido destituida de «fundamentos justos y razonables», siguiendo las normas fijadas por el Consejo de Estado. (8)

Limpo de Abreu comenzó observando que la manifestación de Guido a Carneiro Leão, cuando éste ejercía el ministerio de negocios extranjeros, sobre los impedimentos del gobierno para reconocer la independencia del Paraguay, sólo podría ser considerada como referencia de un incidente sin influencia en la política imperial y que el gobierno de la Confederación podía apreciar libremente. Los deseos del aludido ex ministro de conocer la política argentina acerca del Paraguay no podían razonablemente ser interpretados como el propósito del gabinete imperial de adoptar esa política. Sería gratuito suponer que el consejero Carneiro Leão considerase el reconocimiento de la independencia del Paraguay como un acto que pudiese ser objeto de discusión por parte del gobierno imperial. El empeño de ese ex ministro del Emperador ante el Señor Guido por conocer la política argentina, no tenia otro objeto que abogar por la justa pretensión del Paraguay ante el gobierno de la Confederación. El mensaje mencionado por el Señor Guido no puede ser alegado como un documento claro que le permita conocer al gobierno imperial la política argentina con relación al Paraguay. Ese documento no manifiesta los motivos que determinaron a la Confederación, ni rechaza formalmente la independencia del Paraguay. Aunque este hecho pudiese tener algún valor, se le opone con mayor fuerza de razón el haber precedido el gobierno imperial al argentino en dar a conocer su política respecto al Paraguay. (9)

Con estas observaciones iniciales, Limpo de Abreu entró en materia para sustentar la independencia del Paraguay y mostrar la coherencia de principios y actos con que siempre ha procedido el gobierno imperial en esta cuestión. Al referirse a la autodeterminación de los pueblos, como principio formativo de las nacionalidades americanas, decía acertadamente: «Es indudable, con efecto, que la independencia del Paraguay, a más de ser coetánea, resulta del mismo principio que la provincia de Buenos Aires puede invocar a su favor.

«La identidad de principio establece necesariamente en este caso la identidad de derechos y prerrogativas.

«La división territorial de los Virreinatos y Capitanías generales fue disuelta con todos los otros actos que tenían origen en la autoridad soberana de la Metrópoli por el mismo principio que destruyó la Soberanía que la España ejercía en sus colonias.

«Cada una de las provincias que estaban sujetas al dominio de la metrópoli, reasumió en consecuencia de esto el ejercicio pleno y absoluto de la soberanía.

«En este estado de cosas es fuera de duda que solamente la voluntad libre y espontánea de cada una de las provincias podía regular la formación de las nuevas nacionalidades que se creaban en la América, y surgirían de entre las ruinas del régimen colonial.

«Consultándose cuál fue la voluntad libre y espontánea del Paraguay, al separarse de la metrópoli, fácil es reconocer que el Paraguay, constituyó desde luego una nacionalidad propia, y enteramente independiente de la de Buenos Aires». (10)

La voluntad paraguaya está documentada en las resoluciones del congreso del 17 de junio de 1811 y en la nota del 20 de julio del mismo año, dirigida al gobierno de Buenos Aires. Este, a su vez, reconoció la independencia del Paraguay, en nota del 28 de agosto de 1811 y en el tratado del 12 de octubre de ese año, cuyo artículo quinto es terminante en este sentido. E1 gobierno de Buenos Aires al convocar el congreso de 1826 para constituir la república, no incluyó al Paraguay entre las provincias, por considerarlo independiente. «A vista de esta sucinta exposición, es claro que ninguna fuerza tiene el argumento alegado por el Señor D. Tomás Guido, de que la división geográfica de las Repúblicas de la América del sud tomó por base la división preexistente debajo del dominio español de los virreinatos y capitanías generales, hallándose el Paraguay compreendido, según esta división en el virreinato de Buenos Aires». Ya se demostró que cada provincia reasumió el ejercicio de la soberanía, lo que «repele cualquiera condición que pudiera subordinar su ejercicio a consideraciones ligadas a actos anteriores de la Metrópoli, como era la división preexistente de los virreinatos y capitanías generales.

«El hecho de tener Buenos Aires proclamado su independencia no podía conferirle el derecho de reunir a sí al Paraguay. También el Paraguay proclamó su independencia, y no es lícito dudar de que para defenderla y sustentarla empeñaría todos los recursos y sacrificios».

No puede hablarse de desmembración o fraccionamiento del territorio argentino, ya que la existencia de la nacionalidad paraguaya surgió del mismo principio y era coeva de la nacionalidad argentina. «El Paraguay siempre constituyó un Estado independiente y separado de Buenos Aires». El Brasil, adhiriéndose al acto del reconocimiento, mostrábase fiel a los principios sostenidos en sus relaciones con el Paraguay, manteniendo la coherencia y perseverancia en ese orden de su política internacional. Este acto era la confirmación de la serie que venia realizando desde 1824.

Limpo de Abreu terminaba su contra protesta, declarando que el gobierno imperial tenía el firme propósito de sustentar, como sustenta, el reconocimiento de la independencia del Paraguay, y que para el Brasil la protesta de Guido carecía de efecto alguno. (11)

La argumentación empleada por el ministro de negocios extranjeros era sólida, clara y cimentada sobre la verdadera doctrina y hechos históricos intergiversables. Su desarrollo estaba estrictamente encuadrado dentro de la resolución de la Sección respectiva del Consejo de Estado en su sesión del 11 de junio de 1845. La nota de Limpo de Abreu puede considerarse como una de las más brillantes defensas de la independencia del Paraguay. Su importancia internacional era transcendente porque fijaba categóricamente la posición del Brasil frente a las pretensiones de Rosas. Sus declaraciones constituían una seria advertencia para el gobernador de Buenos Aires y una seguridad para la existencia soberana del Paraguay.

El 30 de julio, Limpo de Abreu informaba a Rodrigo de Souza da Silva Pontes, encargado de negocios en Montevideo, que la nota que dirigió el 17 de ese mes al gerieral Guido no había satisfecho a éste, según declaración del mismo, alegando que subsistían, «no obstante las explicaciones, los motivos de desinteligencia entre los dos gobiernos, como resultado de la fuga del general Paz y de la misión del vizconde de Abrantes», lo que le obligaría a pedir sus pasaportes, sin que esto importe un rompimiento. «La segunda Nota, – agregaba el ministro de negocios extranjeros – que dirigí a dicho Sr. D. Tomás Guido, con fecha 2 del mismo mes, contraprotestando la protesta que él hiciera en nombre de su Gobierno, acerca del reconocimiento de la Independencia del Paraguay por el Gobierno Imperial, le fue entregada ayer y creo que menos le satisfará que la primera. El Gobierno Imperial piensa, sin embargo, que tanto con la una como con la otra cumplió con sus deberes, y salvó el decoro y la dignidad de la Corona y del País». (12)

Cinco días después, el 4 de agosto, el mismo Limpo de Abreu, cumpliendo las recomendaciones del Consejo de Estado, remitió a Pimenta Bueno copias de la protesta argentina y de la respuesta brasileña, para que hiciese de ellas el «uso conveniente». (13) La remisión fue lisa y llana, lo que contrasta con el comentario que de la última hizo el aludido secretario de Estado a Silva Pontes sobre los deberes del gobierno imperial y el decoro y dignidad de la corona y el país. E1 encargado de negocios en Asunción avisó la recepción, quejándose del abandono en que se le tenía. Aunque la información fuese incompleta, «con todo – agregaba – es el primer acto de alguna significación política, que desde hace un año recibo al respecto de este Estado. En breve informaré a V.E. acerca de un asunto importante que tiene relación con la cuestión de la Independencia». (14)

En Asunción, El Paraguayo Independiente en su número 28 del 15 de noviembre de 1845 publicó las dos notas, pero las comentó casi un año después, en el número 67 del mismo periódico, correspondiente a la entrega del 17 de octubre de 1846. Decía en este último, que Rosas, no encontrando fundamento a su «injusta ambición», intentó crear nuevos principios, «desconocidos en las leyes de las naciones, e irrisorios por su debilidad y extravagancia!. » El hombre enemigo de los abusos europeos fue a buscar en el «más bárbaro feudalismo» para justificar el absurdo de que el derecho de los hombres y los pueblos se encuentra en el territorio y no en esos mismos hombres y pueblos, de manera que tienen que seguir, «quieran o no», la suerte de quienes poseen ese territorio. «La división geográfica y territorial del antiguo Virreinato de Buenos Aires fue su primero y penúltimo argumento». Mientras existía ese Virreinato, también existían distritos dependientes de él. Pero después de la revolución que extinguió la dominación española, subsistirían esos distritos? «Todos responderán que no; pero el Gobernador Rosas dirá que sí». El segundo y último argumento deriva de una proposición negativa. El Paraguay se aisló del movimiento emancipador, pero «no declaró espresamente su separación del antiguo virreinato», de consiguiente continuó virtualmente unido a él. «El Ministerio de S.M.I. en su contraprotesta de 2 de julio de 1845 aniquiló esas declamaciones, y miserables argumentos del protestante argentino. Demostró que el pretender derivar derechos, y fundar nacionalidades por el solo y simple hecho de antiguas y caducas divisiones instituidas por una metrópoli contra la cual se levantara e1 grito de la emancipación, era ridículo, e inadmisible». (15)

 

NOTAS

Cuarta Parte

CAPITULO XIV

1– A.G.N.A. 1 – 3 – 1 – 11.

2– El Paraguayo Independiente Nº 28.

Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo Nº 27. Ferreira França, ob. cit., págs. 35 a 37.

R. Antonio Ramos. Gestões do Brasil, na América e na Europa, para o reconhecimento da independencia do Paraguai. Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro. Vol. 244. Río de Janeiro, 1959, págs. 301 y 302.

3– A.H.I. 1845 Nº 39. Parecer da Secçao do Conselho de Estado sobre o Protesto da Legaçao Argentina contra o Reconhecimento da Independencia da República do Paraguay pelo Governo Imperial. Em 11 de Junho do 1845. Resolvido em 24 de julho do mesmo Anno. Original.

4– Ib. Ib. Ib. Parecer cit.

5– Ib. Ib. Parecer cit.

6– Ib. Ib. Parecer cit.

7– Delgado de Carvalho. História Diplomática do Brasil. São Paulo, 1959, pág. 237.

8– El Paraguayo Independiente Nº 28. Limpo de Abreu a Guido. Río de Janeiro, 29 de julio de 1845.

Archivo Americano y... cit.

Ferreira França, ob. cit., págs 37 a 42.

Ramos, ob. cit., pág. 303.

9– Nota cit.

10– Id. Id.

11– Id. Id.

12– A.H.I. Despachos Reservados. 317-1-6. Copia.

13– Ib. Correspondencia Ostensiva cit. Limpo de Abreu a Pimenta Bueno. Río de Janeiro, 4 de agosto de 1845. Copia.

14– Ib. Assunção – Oficios, cit. Pimenta Bueno a Limpo de Abreu. Asunción, 20 de setiembre de 1845. Copia. También se remitieron copias de los dos documentos al vizconde de Abrantes, ministro en Berlín. Nota de Limpo de Abreu. Río de Janeiro, 20 de agosto de 1845. Borrador.

Nº 3. Missões Espciais. Vizconde de Abrantes. Minutas dos despachos dirigidos ao Chefe da Missão. 1846.

15– Artículo intitulado. «Protestas del Rosas contra la independencia paraguaya».

 

 

CAPITULO XV

LA POLÉMICA

 

Tal como presintió Limpo de Abreu, la contra protesta brasileña no satisfizo a Guido y mucho menos a Rosas, fiel a su política con relación al Paraguay. Este en su mensaje a la vigésima tercera legislatura de la provincia de Buenos Aires, del 27 de diciembre de 1845, en la sección «Departamento de Relaciones Exteriores», al tratar de las vinculaciones con el Brasil, declaró: «El Gobierno ha mandado a su Ministro en la corte del Janeiro sostenga los derechos perfectos de la Confederación sobre la Provincia del Paraguay en respuesta a la contra propuesta del Gobierno de S.M.I. equivocada en sus fundamentos e inadmisibles». (1)

No pararon aquí las manifestaciones del Restaurador. En parte dedicada al «Interior» del mismo mensaje, insistió: «Se persuade el Gobierno que el de la provincia del Paraguay, desviándose de las tentativas de los salvajes Unitarios para envolverla en calamidades inexplicables, comprenderá que sus verdaderos intereses y prosperidad lo conducen a la unión con la Confederación, y son inseparables de la causa americana. La convención ilegal que celebró aquel Gobierno con los rebeldes de Corrientes, ofendiendo los primeros derechos de la Confederación, a que había adherido el Gobierno Paraguayo, y faltando a la justicia y neutralidad que había declarado, ha obligado al Gobierno a interdecir la navegación al Paraguay, mientras subsista aquel pacto ofensivo e impolítico. No se ha alterado por esto el espíritu fraternal y pacífico de la Confederación. El Gobierno está sinceramente dispuesto a dar al del Paraguay nuevas pruebas de amistad cesando las dificultades e inconvenientes producidos por aquel injusto y desacordado convenio». (2)

Guido cumplió la orden de Rosas el 4 de julio de 1846, dirigiéndose por segunda vez al ministro de negocios extranjeros sobre el reconocimiento de la independencia del Paraguay, porque «el gobierno argentino consideró de su deber hacer una nueva manifestación al Gabinete del Brasil, negándose a reconocer como válidas y con efecto alguno perjudicial a los derechos perfectos de la república, las razones deducidas por el Sr. Limpo de Abreu...» en su contra protesta del 29 de julio de 1845. Para satisfacer a la confianza de su gobierno – agregaba el ministro argentino – «y dejar claramente establecidos los fundamentos que le guiaron en su protesta», prefería seguir el orden de sus mismas ideas para oponerlo a las reflexiones a que dieron lugar «con la única inspiración de la justicia y de la conveniencia de la República y del Imperio». (3)

El barón de Cayrú, que reemplazó en la secretaría de Estado al vizconde de Abaeté, contestó la nota argentina, el 1º de julio de 1846. Por orden de S.M. el Emperador, a cuyo conocimiento fue elevada la presentación de Guido, declaró sin otras consideraciones: el gobierno imperial no encuentra en ella argumento alguno que pueda tener fuerza para destruir las razones en que se fundó para reconocer la independencia de la República del Paraguay». (4)

En Asunción, el oficio de Guido se conoció por el suplemento de Jornal do Comercio Nº 145 del 26 de mayo de 1846. El presidente López se dirigió entonces a Pimenta Bueno refutando la «inexactudes acumuladas» por el gobierno argentino «para encubrir la injusticia» de oponerse al hecho consumado de la independencia del Paraguay. (5)

Guido arguyó que el gobierno argentino no disputaba al Paraguay el «derecho municipal de organización interior» sino su independencia de la Confederación. Buenos Aires no accedió a la cuarta proposición exigida por el Paraguay en la nota del 20 de julio de 1811, «que cualquier reglamento, ó constitución que se deliberase en el Congreso general no obligaría a esta república hasta que fuese ratificada en plena junta general de sus habitantes... » El gobierno argentino se manifestó en la nota del 28 de agosto de 1811, como decía Guido, pero también era la verdad «que convencido luego después de la inmutable voluntad del pueblo paraguayo por su completa independencia, temiendo los resultados de su oposición se apresuró a convenir en la indicada exigencia» por nota del 1º de octubre de ese año, como justa decisión del derecho de los pueblos, no pudiendo dudarse de los principios universales que la fundan. «El Gobierno de Buenos Ayres concluía este acto categórico de reconocimiento de la Independencia de esta República, pidiendo que su gobierno se entendiese con los Ministros argentinos para la salvación común». (6)

Se convino así, «expresa y solemnemente», que las Provincias no tendrían ninguna jurisdicción sobre la república. No existía, entonces, vínculo que ligase el Paraguay a la Confederación. No podría negarse la soberanía de ese Estado, donde las leyes de la Confederación eran extranjeras, las cuales necesitaban de «naturalización» para ser obligatorias. En la misma forma la república podría «adoptar las leyes francesas, inglesas o brasileras que prometiesen ventajas; y se volvería por tal hecho parte integrante de tales nacionalidades?». Desde hace 35 años, el Paraguay no adoptó las disposiciones u ordenanzas del gobierno de Buenos Aires, ni mandó diputados a sus congresos, ni participó en sus guerras intestinas o internacionales, «vivió siempre, y vive como una Sociedad distinta que es. Por tanto – afirmaba el presidente López – el Tratado del 12 de octubre de 1811 no fue concebido como alega el Ministro Guido sobre el pensamiento de una Confederación, y sí sobre la simple relación de una alianza entre dos nacionalidades distintas que se ligaban para el único fin de la salvación común de su Independencia, y emancipación, que eran simultáneamente amenazadas, hecho que más o menos extensamente se verificó entre todas las diversas Repúblicas oriundas del mismo origem español». (7)

El artículo 5º del aludido tratado, el único que Guido alegaba en apoyo de sus ideas era precisamente la afirmación de lo contrario. La alianza y federación estaban destinadas, específicamente, a destruir a cualquier enemigo que se opusiese a la libertad e independencia de ambas repúblicas. El mismo artículo establecía que los auxilios a prestarse a Buenos Aires quedaban librados al arbitrio del gobierno de Asunción, de acuerdo con las circunstancias, lo que constituía una prueba más de la soberanía paraguaya. De consiguiente, el congreso de 1813 no hizo sino ratificar la independencia reconocida anteriormente por Buenos Aires. «Ese acto por si solo no importaba el rompimiento del Tratado de 1811, por que este no se oponía ni tenía porqué oponerse a un hecho que él presuponía y consagraba, como está demostrado; por tanto caduca el pensamiento del Ministro Guido cuando inculca, que la ruptura de un pacto federal, ó un ataque a la Soberanía nacional no puede ser origen de derechos perfectos. Podían prevalecer, y en realidad habían prevalecido hasta entonces esas dos entidades simultáneamente, por cuanto no eran repugnantes entre sí: se daban dos nacionalidades distintas, pero aliadas para el fin común de su emancipación». (8)

Otros fueron los motivos por los cuales el congreso nacional consideró roto el tratado de 1811. El gobierno de Buenos Aires, en contravención de disposiciones expresas del convenio, gravó por sí solo, «a título de que el Paraguay no le había ministrado auxilios», con un impuesto de tres pesos por arroba a la introducción de frutos procedentes de la república. El gobierno paraguayo reclamó la «manifiesta y violenta infracción», pero el de Buenos Aires, en nota del 19 de diciembre de 1812, expresó que a él correspondía el derecho de quejarse de la infracción aludida. Por tanto, el tratado era tenido de común acuerdo como inexistente. (9)

Nunca las tropas portuguesas pisaron territorio paraguayo para auxiliar al gobernador Bernardo de Velasco. El ministro Guido estaba mal informado en sus conocimientos históricos. Los paraguayos lucharon y vencieron en 1811, pero a las tropas argentinas comandadas por el general Belgrano, que invadieron el suelo de la república. El Paraguay recibió a representantes diplomáticos de las Cortes de Portugal y del Brasil, a lo que «Buenos Aires nunca opuso reclamación alguna, y en la mejor opinión el derecho de enviar y recibir Ministros tales es privativo solamente de Estados Soberanos». Es un absurdo suponer a una provincia ejerciendo las atribuciones inalienables correspondientes al país independiente del cual forma parte. Esto último significaría un Status in Statu. (10)

Y siguiendo la argumentación desarrollada en la extensa nota, Carlos Antonio López concretó sus conclusiones en estos términos. «En suma el Ministro Guido confiesa que aflojada los lasos (sic) que unían la América española a su Metrópoli retrovertiera la Soberanía a su origen primitivo, pero, añade, sin aflojar la unidad social del Virreynato. Esta proposición por sí sola sería más que singular, por cuanto nadie jamás pensaría que los Virreynatos, fracciones de la Sociedad española americana hubiesen sido el origen primitivo de la Soberanía para que esta hubiese de retrovertir a ellas! Pero él adiciona que el Virreynato de Buenos Ayres convidó á su sección a conservarse unida, y de este pacto es, que al fin deduce los pretendidos derechos de su Gobierno. Por tanto según el propio Ministro Guido las circunscripciones territoriales nada valen, ni podrían jamás ser consideradas como orígenes primitivos de la Soberanía dividida. (11)

«Es el pacto de la asociación nacional libre y espontánea de los diferentes Pueblos que se emanciparon del dominio español, celebrado entre sí, quien funda el único titulo racional de las nacionalidades respectivas: y como el infrascrito tiene demonstrado que el Paraguay nunca celebró tal pacto con Buenos Ayres, antes bien un compromiso opuesto, y convencionado entre ambos, nada resta a discutir». (12)

Por todas estas consideraciones, el presidente López, habiendo leído la nota de Guido y no pudiendo «tolerar en silencio» las inexactitudes ofensivas de esa comunicación y disponiendo en los archivos de la república de los «documentos comprobatorios de la verdad», cumplía con el deber de ponerlos en conocimiento del gobierno imperial. Con ese objeto se dirigía a Pimenta Bueno, «Illmo. Señor Ministro de S.M. el Emperador», remitiéndole copias de los documentos mencionados en su oficio, para que éste, a su vez, las elevase a la Corte de San Cristóbal. Se trataba de los testimonios, debidamente autenticados, de la nota del 20 de julio de 1811 de la Junta del Paraguay a la de Buenos Aires; de la contestación del gobierno de Buenos Aires a la nota precedente, fechada el 28 de agosto de 1811; del oficio también de Buenos Aires del 1º de octubre de 1811, comunicando la instalación de un nuevo gobierno; y del artículo adicional al tratado del 12 de octubre del mismo año. (13)

El 25 de octubre nuevamente el mandatario paraguayo ofició a Pimenta Bueno, remitiendo al diplomático imperial las copias auténticas de otros documentos «que bien comprueban el hecho de formal reconocimiento de la Independencia paraguaya por diversos Gobiernos de la Confederación argentina». (14)

Las copias eran en total ocho, a saber: la credencial e instrucciones expedidas a Belgrano y Echevarría, el 1º de agosto de 1811, que «encierran... la confesión más solemne de que no había vínculo alguno de nacionalidad entre el Paraguay y las Provincias Unidas del Río de la Plata... El Señor Ministro verá en tales instrucciones que el Gobierno argentino después de insinuar a sus plenipotenciarios que viesen si podían obtener un nexo nacional entre el Paraguay y las Provincias Unidas se expresa en el Artículo 7º: que si conocieren que tal intento era mal recibido, ó pueda causar contradicciones, que lo abandonase, y tratasen de conseguir una alianza»; la credencial de Nicolás de Herrera del 6 de marzo de 1813 y la nota de este comisionado argentino del 15 de octubre de ese año, que manifiesta el rompimiento del tratado de 1811; el proceso seguido en Buenos Aires «por ocasión de las represas de buques paraguayos, tomados a los corsarios de Montevideo». Con ese motivo los tribunales y autoridades argentinos reconocieron «como hecho solemne la total, y absoluta independencia» de la república; la nota de Carlos de Alvear, del 20 de enero de 1815, dirigida al «Excmo. Señor Don Gaspar Francia Dictador Supremo del Paraguay»; la circular del gobierno de Buenos Aires del 2 de julio de 1825, a las provincias del interior. Esta correspondencia prueba que el Paraguay era considerado «como una República distinta, así como el Estado de Chile, y el Gobierno de Costa firme»; la nota del 7 de agosto de 1821 «y la gaceta que la acompaña», prueban también que Buenos Aires daba al gobierno del Paraguay el tratamiento de «Exmo. Señor Dictador Supremo de la República del Paraguay». (15)

Pimenta Bueno elevó al barón de Cayrú, ministro de negocios extranjeros, esta comunicación del presidente López. Al remitirla comentó: «Dicha nota como los documentos que la acompañan, demuestran, sin duda alguna, que la Independencia Paraguaya no es un hecho nuevo, ni tampoco desconocido por los anteriores Gobiernos de Buenos Aires. V.E. apreciará mejor el valor de tan importantes documentos, cuyos originales fueron examinados por mi». (16)

A juzgar por el juicio del representante brasileño, el paso dado por el mandatario paraguayo no fue vano. Era de suma importancia ofrecer los testimonie que abonaban la causa del Paraguay. El conocimiento de los mismos enriquecería los datos que con tanto acierto había usado Limpo de Abreu en su contra protesta del 29 de julio. Tenían además la autoridad de que los originales habían sido revisados por Pimenta Bueno. Un aporte semejante no podría pasar desapercibido, teniendo en cuenta la obstinación del gobernador de Buenos Aires. La colaboración era oportuna y de eficacia indudable.

El 19 de noviembre de 1846, Juan Andres Gelly llegó a Río de Janeiro, como encargado de negocios del Paraguay ante la Corte de San Cristóbal, siendo cordialmente recibido y reconocido en tal carácter. (17) Rosas ordenó a Guido a que protestase nuevamente contra dicho reconocimiento. El ministro argentino cumplió el mandato el 12 de enero de 1847, repitiendo en su nota los cargos formulados anteriormente contra la independencia del Paraguay, para fundamentar su oposición a la admisión de Gelly como representante diplomático del gobierno de Asunción. (18) La respuesta no se hizo esperar. Seis días después, el 18 de enero, el barón de Cayrú contestó a Guido, refutando detalladamente los argumentos del agente de Rosas con una sólida y documentada exposición, para terminar declarando que por las razones aducidas el gobierno imperial continuará considerando de «ningún efecto para el Brasil las protestas del gobierno argentino relativas al reconocimiento de la independencia del Paraguay». (19)

La réplica del ministro de negocios extranjeros impresionó al mercenario italiano Pedro de Angelis. Decía a Guido este escritor al servicio de Rosas: «He leido con sumo interés la ultima contestación del Ministerio del Brasil, sobre el reconocimiento de la independencia del Paraguay. Sus argumentos son tan fundados, y sus raciocinios tan lógicos, que me parece imposible que puedan ser contestados. Pero no me parece menos imposible obtener lo que se solicita. Lo mismo diré de las demas reclamaciones; ó al menos de la mayor parte: los gobiernos son como los particulares, que tienen a deshonra hacer retractaciones, aun cuando se consideren culpables. Si el objeto de estas protestas es preparar y justificar represalias, no tengo dificultad en aplaudirlas: pero si se pretende sacar de ellas un acto contrario a lo que ha sido practicado, no puedo menos que deplorar la inutilidad de estos esfuerzos. A.V. le quedará siempre el merito de haber defendido con mucho talento una causa, que no tenia, lo que dicen los franceses, aucune chance de succés». (20)

La verdad era como expresaba de Angelis. De nada valieron los esfuerzos y el talento de Guido ante los fundados argumentos brasileños en la defensa de la causa del Paraguay. Las pretensiones del gobernador de Buenos Aires no prosperaron ni alcanzaron éxito alguno.

Pero si firme era la posición de la Corte de San Cristóbal, grande era la tenacidad de Rosas. El 18 de diciembre de 1847 volvió nuevamente Guido con una extensa nota dirigida a Saturnino de Souza e Oliveira, entonces ministro de negocios extranjeros, con sus cargos, recriminaciones y protestas. El representante argentino después de referirse «a alguna de las cuestiones pendientes entre el Brasil y la Confederación», expresó la opinión de su gobierno sobre cada una de esas cuestiones. Entre ellas figuraba el reconocimiento de la independencia del Paraguay. A este respecto decía que su gobierno no podía compartir la actitud asumida por el gabinete del Brasil, porque no tiene «facultad para aceptar el reconocimiento de una fracción del Estado argentino segregada del cuerpo federal, con violación del pacto fundamental y del tratado del 12 de octubre de 1811, cuyas condiciones son inalterables sin el mutuo consentimiento de una y otra parte contratante. El gobierno argentino quisiera antes ver que el ministerio del Brasil conociese las consecuencias de un precedente que abre la puerta a la anarquía, que alienta la ambición; y que, una vez consentido el citado reconocimiento de parte del imperio, surgirá el deber de igual tolerancia para con otras potencias extranjeras y entre ellas, las que, empleando la intriga y la fuerza, procurarán la subdivisión de la América, para incorporarla a sus intereses comerciales». (21)

Guido no pretendía renovar según sus palabras – la desagradable discusión en la cual le pareció haber «establecido sólidamente el derecho inconcuso de su gobierno para oponerse a la independencia del Paraguay», pero no ocultaba al secretario de Estado su «intima convicción de que el gobierno imperial no hubiese admitido de potencia alguna el reconocimiento de facto de la independencia de Río Grande del Sur», ya sea como una transacción, o durante una lucha armada o cuando la rebelión hubiese triunfado, «porque ninguna modificación de este género salva las consecuencias de un ominoso ejemplo para el imperio mismo. No se pretende, – agregaba – Sr. Ministro, con el rechazo de la política del Brasil para con el Paraguay, un respeto exclusivo a los derechos que el gobierno argentino proclama, sino la garantía de las nacionalidades de América y la adhesión a un sufragio que principia a ser común en los nuevos Estados del continente del Sur, como fruto de su experiencia.» (22)

En una invitación para un congreso americano se contempló el principio conservador de no apoyar el reconocimiento de fracciones de algunos de los «Estados Confederados» que violentamente pretendiesen erigirse en naciones independientes. «El Brasil no puede desear sustraerse al beneficio de esta doctrina, que ya fue sustentada por su gobierno: Si la provincia del Paraguay decía el Sr. Limpo de Abreu, el 29 de julio de 1845, hubiese en algún tiempo convenido por efecto de su propia voluntad, libre y espontáneamente declarada, en la división preexistente, incorporándose a la Confederación, en este caso único el gobierno de Buenos Aires podría alegar como principio el argumento que ofrece, esto, es, el argumento de la organización primitiva del virreinato de Buenos Aires, en el que se comprendía la provincia del Paraguay.» (23)

Ahora bien, cabe recordar que e1 13 de julio de 1811 el gobierno paraguayo dijo: «El acto de romper un pueblo subalterno los vínculos de dependencia que lo ligan a su capital, es de suma importancia en el orden político, es una violación de las leyes, de la cual derivan males gravísimos a la sociedad. La distribución de provincias y la recíproca independencia de los pueblos son una ley constitucional del estado. El que trata de atacarla es un refractorio del pacto solemne que juró». (24) Esta afirmación atribuida al gobierno paraguayo no está fundada en ningún documento, constituye una falsedad inventada por Guido. Pocos días antes se había creado la Junta Superior Gubernativa y ella comunicó a la de Buenos Aires las resoluciones del congreso del 17 de junio, en la nota del 20 de julio de 1811, en la que categóricamente se hablaba de los derechos de los pueblos de organizarse en la forma más conveniente para asegurar su bienestar y libertad y del no reconocimiento de su superioridad a la antigua capital del virreinato. Esta importante comunicación con una diferencia de sólo siete días de la fecha indicada por Guido no puede ajustarse con la declaración que él menciona como del gobierno paraguayo.

Y argumentando sobre esta base falsa, nuevamente se apartó de la verdad al afirmar; «Así, pues, comparando una y otra declaración, y a la vista del artículo 5º del tratado celebrado en ese mismo año por el Paraguay, en el que las confirmó perpetuamente ante el gobierno de Buenos Aires, está en pie el caso tal cual lo estableció el órgano respetable del gabinete del Brasil». (25)

Guido terminó declarando, que coherente con los principios enunciados, el gobierno argentino había salvado «sus imprescriptibles derechos frente a América, protestando contra el reconocimiento de la independencia del Paraguay» y que si el Brasil considerase de nuevo ese reconocimiento o lo retirase, el gobierno argentino apreciaría esa actitud «como la mejor garantía de los intereses orgánicos del Imperio y como un obstáculo poderoso a la política desorganizadora de la intervención europea». (26)

Rosas no comprendía o no quería comprender que la independencia del Paraguay era precisamente una garantía de los intereses del Brasil en esta parte del mundo y que el Imperio estaba resuelto a defender esos intereses. De esta vez correspondió al vizconde de Olinda contestar a Guido, después de un año y medio. En comunicación del 25 de julio de 1849, luego de referirse a las notas cambiadas en 1843 entre Duarte da Ponte Ribeiro y el gobierno de Buenos Aires, a la misión del vizconde de Abrantes, al pasaporte concedido del general Rivera, a la llegada a Río de Janeiro del general Paz y su fuga posterior, el ministro de negocios extranjeros expresó: «Cita el Sr. general Guido la doctrina sustentada con la Legación Argentina el 29 de julio de 1845, no sólo para corroborar con ella la protesta contra el reconocimiento por parte del imperio de la independencia del Paraguay, sino también para inducirlo a que reconsidere o retire el mismo reconocimiento como la mejor garantía para el propio imperio.

«El gobierno imperial, respondiendo aquella protesta del de la Confederación, presume haber probado con argumentos poderosos, que reconociendo la independencia del Paraguay, mantenida por él por más de treinta años y solemnemente ratificada por un congreso de 1842, no pretendió ni levemente favorecer separaciones ilegítimas.

«La situación geográfica del Paraguay, confinante con el Brasil, afecta de tal suerte los intereses de éste, que el gobierno imperial nunca los puede abandonar. Nadie, sino el Paraguay, podía responder por esos mismos intereses, en cualquier conflicto, y el gobierno imperial, reconociendo la independencia de ese Estado, no hizo más que dar por cierta la existencia del mismo Estado, con una autoridad que dirige a sus habitantes, representándolos, y que es la única responsable de su conducta. Cree el abajo firmado que este procedimiento fue inspirado al gobierno imperial por su propio deber con sus súbditos y que está de acuerdo con los principios del derecho de gentes y con el ejemplo de otros estados en circunstancias mucho menos imperiosas que las del imperio. Así el retiro del reconocimiento de esa independencia, aún cuando fuese compatible con el decoro del gobierno de S.M. el Emperador, sin aprovechar a los derechos alegados por la Confederación Argentina, ni debilitar aquellos en los que el Paraguay pretende apoyarse, comprometería esos mismos intereses colocados actualmente fuera de la jurisdicción y responsabilidad del gobierno argentino, pero que el de S.M. está obligado a proteger». (27)

El vizconde de Olinda lamentaba que motivos imperiosos le habían impedido contestar con más antelación a Guido, pero confiaba que la benevolencia y el espíritu de paz que animaban al Emperador para con la Confederación Argentina servirían para estrechar la cordialidad en las relaciones de los dos países, a la cual estaban ligados sus bien entendidos intereses y los de América.

El gobierno de Río de Janeiro hablaba con franqueza. Sin adjetivos agraviantes ni reticencias, el secretario de Estado consignó, claramente en un documento oficial, que la situación geográfica del Paraguay afectaba los intereses del Brasil. De ahí la preocupación de los estadistas de este país por la independencia del Paraguay, considerada por esos mismos estadistas como fundamental para la estabilidad del Imperio.

Guido no solamente se pronunciaba por escrito sino que también aprovechaba sus entrevistas con los ministros de negocios extranjeros, para tratar la cuestión del Paraguay. En una conferencia mantenida con Paulino José Soares de Souza, que había sucedido en la secretaria de Estado al vizconde de Olinda, en 1844, durante una audiencia al cuerpo diplomático, a la pregunta de si era verdad de que Pimenta Bueno había sido enviado al Paraguay como encargado de negocios y que el Brasil reconocería la independencia de esa república, el ministro imperial le contestó: «Que hacia 32 años que el Paraguay vivía de por sí, segregado de la Confederación. Que ésta nunca había intentado por medio de las armas que aquél forme otra vez parte de ella. Que, por el contrario, Rosas había declarado reiteradas veces en mensajes y otros documentos públicos, que nunca echaría mano de las armas para ese fin. Que el Paraguay era nuestro vecino, que teníamos con él relaciones de comercio y navegación, y cuestiones de límites, las cuales podían dar lugar a reclamaciones, que por cierto no podrían ser discutidas y llevadas al conocimiento de la Confederación Argentina, que no reconoce al Paraguay. Que el Brasil tenía necesidad de entenderse con alguien al respecto de tales asuntos y no quedar per omnia secula a la espera de que el Paraguay, obligado por el aislamiento al cual Rosas le somete, vuelva voluntariamente a formar parte de la Confederación Argentina. Que, por tanto, el reconocimiento del Paraguay por el Brasil no tenia otro significado o alcance.

«Que el Brasil – siguió exponiendo Paulino – podía reconocer la independencia del Paraguay, como hecho, sin entrar en la justicia y razón de su separación (aquí Guido me apoyó con el ejemplo del reconocimiento de la independencia de algunos Estados Americanos por las Naciones de Europa). Que francamente le declaraba, que, en mi opinión, la Independencia del Paraguay convenía al Brasil políticamente (Guido aquí me contestó vivamente), pero que entre esa conveniencia y la obligación de sustentar esa independencia con sacrificio de sangre y de dinero, había gran distancia»

Durante la conferencia Guido manifestó que Oribe había mandado retirar las tropas que marchaban contra los paraguayos, que Urquiza había licenciado a las suyas y que Rosas no atacaría al Paraguay. «Lamentó los cambios frecuentes de ministros entre nosotros, – continúa relatando Soares de Souza – y dijo que si el reconocimiento de la Independencia del Paraguay se hubiese considerado de aquel modo, los negocios no se habrían complicado, pero que así no ocurrió y me citó las gestiones hechas por el Brasil para el reconocimiento de la Independencia del Paraguay, hecho que consideró hostil a la Confederación y con el cual Rosas mucho se molestó. Magnificó la importancia de este hecho. Dijo que siendo el Brasil la primera potencia de la América Meridional, por sus fuerzas y recursos, por la estabilidad de su forma de gobierno y de sus instituciones, por sus relaciones y representación en Europa, aquellas gestiones habían hecho mucho mal. Que en consecuencia de ellas Austria había reconocido la independencia del Paraguay, cometiendo así una grave contradicción, no habiendo hecho lo mismo al respecto de otras Naciones de la América Meridional».

En este estado de la conversación, Guido preguntó al ministro imperial si por qué habiendo reconocido el Brasil la independencia del Paraguay, no hacía lo mismo con el gobierno de Oribe, que dominaba casi todo el territorio oriental. Soares de Souza respondió a su interlocutor: «...que había mucha diferencia entre uno y otro caso. Que en el Paraguay no había lucha cuando lo reconocimos, que su Independencia no le era disputada por las armas, que estaba en posesión de ella hacía treinta y tantos años. (Aquí Guido se irritó y se traicionó porque me dijo: «Puede ser que allá nos vejamos. Puede ser»). Que por el contrario existía una lucha armada en la Banda Oriental entre dos Gobiernos, en la cual no habíamos juzgado conveniente envolvernos...» (28)

En la conferencia Guido no aportó novedad alguna. Ella, sin embargo, reflejó en su desarrollo las inconfesadas intenciones de Rosas con respecto al Paraguay. En un impulso de franqueza, sin cuidarse de la reserva diplomática del caso, el agente argentino dejó ver la posibilidad de que la Confederación Argentina disputase la independencia del Paraguay por medio de las armas. La declaración no podría causar favorable impresión, no sólo por lo temeraria e imprudente sino porque contrariaba en lo fundamental la política seguida por el Imperio con relación al Paraguay. Indudablemente que a Guido le traicionó su irritación.

A la firmeza del Brasil, Rosas oponía la tenacidad de sus reclamaciones. Su ministro no perdía oportunidad para golpear las puertas de la Corte de San Cristóbal con sus representaciones. El 5 de diciembre de 1849 volvió a la carga, al contestar la nota del Vizconde de Olinda del 25 de julio. Su lenguaje iba subiendo en agresividad, impulsado por las pasiones de su comitente. Si bien no alegó nuevos argumentos, se refirió, entre otros asuntos, al «indebido e injusto reconocimiento del gobierno de S.M. de la pretendida independencia de la provincia argentina del Paraguay, acto sumamente ofensivo a la Confederación, contra el cual el gobierno argentino había protestado reiteradamente». Al contrario de lo que cree el gobierno brasileño es el de la Confederación el que demostró con sus impugnaciones la falta de fundamento de las «gratuitas aserciones del de S.M.» porque la provincia del Paraguay pertenece a la Confederación Argentina por títulos de fundación de estado y se unió a ella espontaneamente por las estipulaciones del tratado del 12 de octubre de 1811». Las obligaciones a las que se ligó «voluntariamente la provincia del Paraguay son indisolubles de derecho y por la práctica universal de las naciones» y no pueden dejarse sin efecto por el «mero arrepentimiento de uno de los contratantes». El gobernador del Paraguay no tenía derecho de proclamar la independencia de esa provincia y así lo sostuvo el gobierno argentino, «desconociendo semejante acto desordenado, arbitrario e injusto», interponiendo la correspondiente protesta. (29)

El reconocimiento de esa independencia era «una intervención injustificable en cuestiones argentinas, un estímulo a la disolución de la República, a su anarquía y ruina, como lo había sido el reconocimiento por una potencia extranjera de la pretendida independencia porque combatió durante diez años la provincia brasileña de Río Grande con el nombre de República de Piratiní. Por un derecho sagrado e interés vital de la Confederación, el gobierno argentino no puede dejar de repeler como una grave ofensa y agresión injusta, como un ataque e intervención contra su seguridad e independencia, la persistencia del gobierno imperial en sustentar el reconocimiento de un acto subversivo e injustísimo, principalmente en las simultáneas circunstancias en que el gobernador del Paraguay invadió sin previa declaración de guerra, ni explicación alguna, el territorio de la provincia también argentina de Corrientes, para ampliar usurpaciones y extender la disolución y la anarquía a otros puntos del territorio argentino, de una manera furtiva y bárbara». (30)

Antes que la cuestión de intereses, que tanto afecta a la política del Brasil con relación al Paraguay, el gobierno argentino «sólo ve el caso bajo el aspecto del derecho de gentes», que no permite que una nación extranjera en una cuestión doméstica, de rebelión de una fracción de un Estado, intervenga «reconociendo por actos oficiales y permanentes, derechos ad referendum en tal miembro contendiente». El gobierno brasileño insiste en violar esta regla común de derecho internacional reconociendo la independencia de la provincia del Paraguay en contra de los derechos de la Confederación Argentina. Esa intervención importa una injusticia y contrasta con la actitud de la misma Confederación y del Estado Oriental, que no reconocieron la pretendida independencia de la provincia brasileña de Río Grande del Sur, durante los diez años de su revolución triunfante. «Por el contrario, el gobierno argentino presidido por S.E. el Señor general Rosas se pronunció contra la rebelión y a favor de los derechos del trono y del Imperio». Los «justos derechos» de la Confederación sobre el Paraguay constituyen para ella una «cuestión de vida o muerte» dada la situación geográfica de esa provincia. (31)

El decoro del trono y del Imperio está ligado a la renuncia de «esa política interventora e inquietante, que además de ser contraria al derecho de las naciones, se singulariza por la acumulación de males que encierra, por las grandes conveniencias que compromete y por la ancha puerta que desgraciadamente abre a las subdivisiones y al confuso desorden en las nacionalidades americanas, con el evidente peligro de ser éstas explotadas en provecho exclusivo de las fuertes potencias europeas, fijas sobre los disturbios de este continente. Si la política del gobierno de S.M. – terminó declarando el representante de Rosas – tiende a un fin verdaderamente patriótico y americano, a un fin de paz y felicidad común sobre la conservación de los derechos legítimos e intereses propios, y el respeto de los ajenos, sería ofensivo dudar que la expuesta consideración pueda ser ajena a sus elevadas combinaciones y previsión». (32)

La violenta nota de Guido fue contestada, también violentamente. El ministro argentino nuevamente tenía que verse con Paulino José Soares de Souza, después vizconde de Uruguay, vigoroso estadista que había resuelto el envío de la misión Pimenta Bueno al Paraguay en 1843 y cuya nueva orientación iba a cambiar la política del Imperio en el Río de la Plata, en el sentido de la intervención armada del Brasil en la ya larga contienda contra el dictador de Buenos Aires.

Soares de Souza respondió a Guido el 8 de mayo de 1850. (33) El quinto punto tratado por el diplomático argentino se refería al reconocimiento de la independencia del Paraguay. «Las notas del 29 de julio de 1845 y 12 de abril de 1847 demostraron exuberantemente la justicia y el derecho con que en ese asunto procedió el gobierno imperial». El Brasil reconoció la independencia del Paraguay hacia tiempo y su ratificación no podía significar una ofensa a la Confederación Argentina. Ese simple reconocimiento no perjudicaba a cualesquiera cuestiones pendientes entre la misma Confederación y el Paraguay. (34)

La independencia de Texas fue reconocida por Francia e Inglaterra, pero estas potencias no se consideraron obligadas a sustentar ese reconocimiento, cuando aquel Estado fue incorporado por los Estados Unidos. «Cuando Francia – agregaba Soares de Souza – reconoció la independencia de los Estados Unidos y celebró con ellos tratados de comercio y de alianza, el 6 de febrero de 1778, declaró a la Corte de Londres que su procedimiento se fundaba en el hecho incontestable de que los Americanos estaban en pública posesión de su independencia y sobre el principio igualmente incontestable de la ley de las naciones de que este hecho era suficiente para justificar al Rey a firmar aquellos contratos sin examinar la legalidad de aquella independencia». Bastaba que el gobierno británico cesase de considerar a sus colonos como rebeldes; que no correspondía a Francia discutir si los Estados Unidos tenían derecho o no de separarse del dominio de Inglaterra y si su independencia era legal o no; que el Rey de Francia no tenía la obligación de constituirse en salvaguardia de la fidelidad de los súbditos; que para S.M. era bastante justificación que las colonias por su población y extensión formasen una nación, estableciendo su independencia, no sólo por una simple declaración sino también de hecho, manteniéndola «contra los esfuerzos de la madre patria»; que S.M. tenía la libertad de considerar a esas colonias ya sea como dependientes de la Gran Bretaña o como nación independiente y que eligió la segunda alternativa, «porque su seguridad, los intereses de su pueblo y sobre todo los proyectos secretos de la Corte de Londres, le imponían eso como una obligación imperiosa». (35)

«Esos son los sanos y verdaderos principios del derecho de gentes, – afirmaba el ministro de negocios extranjeros – que regulaban el procedimiento del gobierno imperial, que no puede ser acusado de favorecer separaciones ilegítimas. El abajo firmado no puede creer que el Señor Guido vea en las razones que acabo de exponer y en el procedimiento de Francia que también acabo de citar, un paso tendiente a favorecer una separación ilegítima de los Estados Unidos de Inglaterra». (36)

Gran Bretaña hasta entonces no había reconocido la independencia de sus antiguas colonias. No ocurrió así con la Confederación Argentina como quedó demostrado en las notas antes aludidas. Inglaterra, por otro lado, trató «por medio de una guerra cruenta y prolongada» reincorporar a su dominio las colonias rebeladas. «El gobierno argentino hasta el año de 1843 (y mismo después) nunca hizo la guerra al Paraguay para incorporarlo a la Confederación y esto por el lapso de 30 años». Al contrario, el gobierno contestó a la comunicación del paraguayo sobre la reiteración solemne de la independencia en términos amistosos, declarando que esa independencia «ofrecía gravísimos inconvenientes, pero que jamás las armas de la Confederación perturbarían la paz y la tranquilidad del pueblo paraguayo». La designación de representantes consulares y diplomáticos brasileños para el Paraguay en 1824, 1826, 1841 y 1842, sabida por el gobierno argentino, no tuvo la oposición de éste, ni en esos años manifestó sus actuales pretensiones. La circunstancia de haber el Paraguay invadido el territorio de Corrientes, no alteraba el derecho del Brasil de reconocer la independencia del primero, tratándose de una cuestión posterior en la cual el gobierno imperial se mantuvo neutral. (37)

Finalmente Soares de Souza declaró con énfasis: «Con qué derecho pretende el gobierno argentino que el Brasil permanezca incomunicado con el Paraguay, con el cual tiene intereses que tratar, hasta que éste se resuelva por sí mismo a romper la declaración solemne de su independencia e incorporarse a la Confederación Argentina? Semejante presentación es la más insólita, extraordinaria e intolerable que se pueda imaginar.

«No hay, por tanto, en el reconocimiento de la República del Paraguay por el Brasil, intervención en cuestiones argentinas, porque el Paraguay no era argentino; no hay estimulo a la disolución de la Confederación porque el Paraguay no hacía parte de ella.

«El retiro del reconocimiento de la independencia del Paraguay sería un acto contrario a la dignidad e intereses del Brasil y por eso el gobierno lo sustenta y lo sustentará». (38)

La polémica había terminado. A Soares de Souza le tocó pronunciar las últimas palabras en un tono que ya no permitía réplica. El Brasil dio su resolución definitiva. Si el eminente Pimenta Bueno reconoció la independencia del Paraguay, defenderla con brillo y firmeza correspondió a otros estadistas también eminentes como Limpo de Abreu, barón de Cayrú, vizconde de Olinda y Soares de Souza. Guido no salió triunfante de esta pugna diplomática y al abandonar meses después la capital del Imperio, donde había trabajado con talento por una causa injusta, todo estaba preparado para la campaña decisiva contra Rosas, que culminó con la batalla de Caseros. Desde entonces el Paraguay pudo seguir la ruta de su destino y su independencia dejó de ser el blanco de las discusiones internacionales.

 

NOTAS

Cuarta Parte

CAPITULO XV

1. Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo Nº 25.

2. Ib. Ib. Ib.

3. Relatório da Repartição dos Negócios Estrangeiros, apresentado à Assembléia Geral Legislativa, na quarta Sessão da sexta Legislatura, pelo respectivo ministro e secretário de Estado barão de Cayru, Río de Janeiro, 1847.

Todas las transcripciones que hacemos en este capítulo de las notas de Guido son traducciones del portugués, a su vez traducciones del español, como figuran en los Relatorios brasileños.

4. Ib. Ib. Ib.

Jornal do Comercio Nº 356.

5. A.H.I. Assunção – Ofícios – 1846. López a Pimenta Bueno. Asunción, 10 de setiembre de 1846. Original.

El Paraguayo Independiente Nº 67. En las reproducciones seguimos al original.

6. Nota cit.

7. Nota cit.

8. Nota cit.

9. Nota cit.

10. Nota cit.

11. El subrayado es del original.

12. Nota cit.

13. Nota cit. Assunção – Oficios, también cit.

14. A.H.I. Assunção – Oficios – 1846. López a Pimenta Bueno. Asunción, 25 de octubre de 1846. Original.

El Paraguayo Independiente Nº 69.

15. Nota cit. Las copias estaban autenticadas por Andrés Gill, Secretario del Supremo Gobierno de la República.

16. A.H.I. Assunção – Oficios – 1846. Pimenta Bueno al barón de Cayrú. Asunción, 28 de octubre de 1846. Autógrafo.

17. A.N.A. Vol. 1410 – N.E. Gelly al presidente López. Río de Janeiro, 28 de diciembre de 1846.

18. Comercia del Plata Nº 403. Guido al barón de Cayrú.

19. Ib. Ib. Nº 404. Barón de Cayrú a Guido.

20. A.G.N.A. Arch. del Gral. Guido. Leg. 12 De Angelis a Guido. Buenos Aires, 5 de febrero de 1807. Autógrafo.

21. Relatório da Repartição dos Negócios Estrangeiros, 1850.

22. Nota cit.

23. Nota cit.

24. Nota cit.

25. Nota cit.

26. Nota cit.

Guido no sólo insistía ante la Corte de San Cristóbal sino que también buscaba impresionar a la de Saint James. El 9 de febrero de 1848, al referirse a las cuestiones que perturbaban la buena inteligencia entre el Brasil y la Argentina, decía a Lord Howden: «La 5ª dimanó no solo del simple reconocim.to de la independencia del Paraguay por el Brasil, sino de su manifesta tendencia a apoyar y sostener esa misma independencia, como resulta del texto del m.dum del Vizconde de A., y de su empeño en inducir a otros gabinetes de America y Europa a seguir su ejemplo. – El gobierno arg.no no ha podido ver en esta politica un acto de amistad, ni de justicia: niega y negará siempre al gob.no imperial el derecho de ingerirse en una cuestión exclusivamente argentina: le opone los fundamentos para considerar al Paraguay separado ilegalmente de la nacion de que formaba parte integrante, no solo por las leyes de fundación, sino por expresa declaración del Paraguay, y por un tratado concluido en 1811 ante el Gob.no de la Asuncion, y la Junta Suprema Gubernativa de Bs. Ays. Ofende tambien la conveniencia para el Imperio mismo al no sancionar segragaciones territoriales y de sustituir a este principio desorganizador, el del respeto mutuo de las nacionalidades de America, dimanadas de la emancipación de este continente; y solicita por fin del gob.no imperial su presidencia [(sic) prescindencia] de una cuestion que el gob.no arg.no reputa de política interna, y que está dispuesto a ventilar por los medios de la razon y de la prudencia». A.G.N.A. Arch. del Gral Guido. Leg. 12.

27. Relatorio de Repartição dos Negocios Estrangeiros, 1850.

28– Archivo del vizconde de Uruguay, actualmente en poder de su bisnieto José Antonio Soares de Souza, a cuya gentileza debemos una copia de las «Conferencias com Diplomatas».

Soares de Souza. A vida do vizconde do Uruguai cit., págs. 167, 168 y 642.

29. Relatorio da Repartição dos Negocios Estrangeiros – 1850. Guido a Soares de Souza. Río de Janeiro, 5 de diciembre de 1849.

30. Nota cit.

31. Nota cit.

32. Nota cit.

33. Relatorio cit. Soares de Souza a Guido. Río de Janeiro, 8 de mayo de 1850.

34. Nota cit.

35. Nota cit.

36. Nota cit.

37. Nota cit.

38. Nota cit.

 

 

CAPITULO XVI

EL PARAGUAYO INDEPENDIENTE

 

«Entran en la índole y en el carácter paraguayo el amor más acendrado a la conservación de sus derechos y al sostenimiento de su independencia. Por estos caros objetos ha hecho sacrificios de toda especie, y por lo tanto no ha podido nunca mirar con indiferencia los ataques que hayan podido dirigirle a este respecto». (1) Así se expresaba EL Paraguayo Independiente al justificar en 1859 la reimpresión de sus entregas.

La actitud agresiva de Rosas había rebasado el marco reservado de las comunicaciones oficiales; no sólo se negaba a reconocer la independencia del Paraguay sino que también se oponía a que otros la reconociesen. En sus mensajes a la legislatura de Buenos Aires de los años 1843 y 1844, en la sección, «Interior», se había referido a los gravísimos inconvenientes que no le permitían dar su aquiescencia a los deseos de la república. Estos documentos fueron publicados en la Gaceta Mercantil y en el Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo. En estos mismos periódicos, «representación genuina de las aspiraciones del tirano del Río de la Plata», comenzó una violenta campaña contra la independencia paraguaya, con argumentos falsos y «sofísticas ideas» que podían extraviar a la opinión pública, presentando «a los ojos de la naciones» a la república del Paraguay «como una entidad problemática e infundada». Con ella llevaba la confusión y la duda sobre las justas reclamaciones de este Estado en el ambiente internacional de América y Europa. (2)

La hostilidad de Rosas era manifiesta, llegaba a todas partes, su propaganda en contra de la independencia no sólo se dirigía a las provincias del Río de la Plata sino que se extendía allende las fronteras de la Confederación, como para crear un ambiente desfavorable a la causa del Paraguay, aparte de las múltiples trabas opuestas al comercio de este país. El presidente López se opuso con decisión a las pretensiones del dictador de Buenos Aires. Preparó a su patria para defenderse en todos los terrenos y neutralizar el poder del Restaurador de las Leyes. No descuidó ninguno de los aspectos de la lucha contra Rosas. No se podría continuar tolerando la intensa campaña de agravios de la prensa porteña contra la existencia del Paraguay. Esta campaña injusta y tendenciosa era incompatible «con el silencio aún por vía de menosprecio por cuanto podría tener la interpretación del temor. La independencia de la República del Paraguay es la base y condición indispensable para la felicidad de sus hijos... Sin independencia ya la mirarían subordinada a una voluntad lejana e improvidente cuando no hostil, y sus costumbres, opiniones y destinos esclavizados al arbitrio ajeno: basta sólo la idea para exitar la indignación». (3)

Tal era el pensamiento de Carlos Antonio López. Por su parte, Pimenta Bueno interesado en la defensa de la independencia, influyó sobre el presidente respecto de la necesidad de disponer de una publicación que tuviese a su cargo la defensa de la causa del Paraguay. Decía el diplomático imperial al ministro de negocios extranjeros: «Para conocer la historia Política de esta República desde su emancipación de la América Española, estudiar desde su origen la cuestión de la Independencia Paraguaya, exponer el derecho en que está fundada, desmentir a Rosas, interesar a los gobiernos extraños, facilitar a V.E. argumentos valiosos sobre ese asunto, pedí y obtuve del Presidente que se revisase el archivo y se publicase un periódico bajo su dirección». (4)

La sugestión cayó en campo propicio, dada la decisión del Paraguay de no dejarse dominar por las pretensiones de Rosas. Así nació El Paraguayo Independiente, cuyo primer número apareció en Asunción, el sábado 26 de abril de 1845. Su fundador fue Carlos Antonio López, quien en esta forma inauguraba una nueva época, promisoria y fecunda en los campos del espíritu.

El Paraguayo Independiente es el monumento más sólido que el preclaro gobernante levantó no sólo a la independencia sino también a la cultura nacional, monumento que continuará mostrando a las generaciones del presente y de lo porvenir, que los derechos e intereses de la patria, así como se defienden con la acción de las armas, también se defienden con la acción no menos poderosa de la inteligencia.

No podría escapar a la penetración del presidente López, el papel que desempeña la prensa en la vida de los pueblos, la influencia imponderable del periodismo como factor educativo o como agente determinante en el desarrollo de los acontecimientos. Con este convencimiento e impulsado por el amor al progreso de su país, incorporó a la vida nacional aquel fecundo instrumento de la civilización moderna. Introdujo una imprenta, la primera en la república, para cuyo funcionamiento contrató los servicios de un técnico extranjero. Una vez establecida, por ella se publicó El Paraguayo Independiente. Este periódico, a su vez, fue el primero que vio la luz en el Paraguay. Su creación tuvo por objeto «rebatir las pretensiones exorbitantes del gobernador de Buenos Aires contra la nacionalidad paraguaya» y en este sentido hizo una brillante y documentada defensa de la independencia nacional. (5)

Según el mismo presidente López, El Paraguayo Independiente debía además «demonstrar palpablemente: 1º Que el Paraguay, desde el Congreso general de 1810 quedó libre de Buenos Aires; y que la Independencia paraguaya fue reconocida esplicitamente por el gobierno de las Provincias Unidas del río de la Plata en 1811. – 2º Que el gobierno de Buenos Aires, postergando el derecho de las gentes y la sagrada Fé pública, violó manifiestamente todas las condiciones convencionadas por el tratado de alianza del 12 de Octubre de 1811; que el Gobierno paraguayo lo declaró roto y se desprendió en 1813 de dicho tratado, y de todas las relaciones con Buenos Aires, y se declaró independiente de todo poder extraño. – 3º Que en 1842 nada más hizo que renovar y ratificar esa declaración absoluta y definitiva de su independencia y soberanía nacional, para el único fin de pedir el reconocimiento general de las naciones; y que sólo por un acto de deferencia y amistad con el gobierno argentino, lo incluyó en esa generalidad no obstante su anterior reconocimiento. – 4º Que virtual y espresamente desde su primer pronunciamiento ha sido, y es considerado el Paraguay por las diferentes y principales naciones, como un Estado soberano. – 5º Finalmente: que tiene incuestionable derecho de mantener, y sustentar su independencia y su derecho tradicional derivado del régimen español para recorrer el Paraná con su pabellón nacional; y que Buenos Aires no tiene título alguno a oponer». (6)

Pimenta Bueno remitió a su gobierno los primeros números, prometiendo el envío de los posteriores, «El Paraguayo Independiente fue muy bien recibido por el pueblo – decía a Ferreira França. El himno nacional y la proclamación publicados en los números 2 y 4 despertaron mucho entusiasmo... La República del Paraguay tiene pues su periódico! Nunca el Dictador pensara tal cosa!». De esta vez remitió diez ejemplares de cada número, «para el caso – agregaba – que V.E. quiera transmitir algunos a los Ministros Extranjeros y a nuestras Legaciones de Uruguay y Buenos Aires». (7) Pocos días después remitía también otros ejemplares al Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, «del periódico que se publica en esta República y que describe parte de su historia política, desde la época de su Emancipación». (8)

Si El Paraguayo Independiente fue bien recibido por el pueblo de la república también en el Brasil su aparición celebróse favorablemente. Jornal do Comercio publicó este comentario: «Recibimos por vía de Río Grande el primer número de un diario que comenzó a publicarse en el Paraguay con el título de El Paraguayo Independiente. – La aparición de un diario político en la ciudad de Asunción, en la capital de un Estado que por treinta y cinco años se conservó segregado de la comunidad de las naciones y que por tantos años estuvo sujeto a un régimen excepcional que doblegó a grandes y pequeños, pero que libró al país de la invasión de las ideas revolucionarias y de la anarquía debía despertar la atención pública en cualesquiera circunstancias, como señal de una modificación en la política rigurosa que estableció el dictador Francia y como prueba del progreso de la opinión pública y de la civilización de aquel país. – Ahora que el gobierno argentino aparece con pretensiones al dominio del Paraguay por el simple hecho de haber pertenecido esta república al antiguo virreinato de Buenos Aires; ahora que el gobierno argentino intenta impugnar una independencia proclamada hace 35 años y afirmada por dos victorias, con el pretexto de nunca haberla reconocido, no puede dejar de ser del mayor interés para todos los pueblos conterráneos y especialmente para el Brasil, que ya reconoció la independencia del Paraguay, la aparición de un periódico destinado principalmente a fijar los derechos incontestables de aquel Estado a su independencia y probar con documentos eficientes e irrecusables el reconocimiento expreso y solemne de esa independencia por el gobierno de Buenos Aires, el año de 1814. – (sic) En la sección exterior transcribimos el primer artículo de E1 Paraguayo Independiente, que prueba evidentemente que el Paraguay, desde los primeros pasos de su revolución, se separó de Buenos Aires y que su independencia fue solemnemente reconocida por el gobierno argentino. Es un documento importante, es la historia de la revolución del Paraguay, de sus luchas y de su independencia, alcanzada a costa de la sangre de sus hijos en los campos de Paraguarí y Tacuarí, donde las fuerzas argentinas que iban a subyugar al nuevo Estado fueron completamente derrotadas por las armas paraguayas». (9)

El Paraguayo Independiente aparecía semanalmente los sábados, pero desde el número 51, sólo cuando las circunstancias lo reclamaban y se disponía del material necesario. Fueron lanzados en total 118 números, siendo el último el del sábado 18 de setiembre de 1852, con el cual dio terminada su misión, ya que Rosas había caído y el gobierno del general Urquiza reconoció en nombre de la Confederación Argentina la independencia del Paraguay.

La hoja era vendida por cuenta del Estado, lo que se contabilizaba rigurosamente. En el Archivo Nacional existen asientos ilustrativos sobre el particular. Tomemos al azar uno de ellos: «junio 11 (1845). Su cargo 35 $ 2 reales corrientes que ha entregado en la Colecturía General el Encargado de la Imprenta del Estado ciudadano Ildefonso Machaín valor de 282 periódicos del Paraguayo Independiente que el Exmo. Sr. Pte. de la República hizo imprimir y vender de cuenta del Estado y para constancia firma con nosotros. Benito Varela. Mariano Gonzalez. Ildefonso Machaín» Y así otros como el del 3 de setiembre de 37 $ 3 reales por 294 ejemplares del mismo periódico; el del 18 del mes citado de 50 $ 5 reales por 400 ejemplares y el del 20 de noviembre de 41 $ 5 ½ reales por 326 ejemplares. (10)

Grande fue la importancia atribuida a este periódico por el propio presidente López, que siete años después de haber dejado de aparecer, el mismo mandatario dispuso una nueva impresión de la colección completa. Esta segunda edición apareció en dos tomos, en 1859, por la Imprenta de la República. El primero, en un volumen de 759 páginas, contenía además del prefacio, 74 números; el segundo de 740 páginas, reproducía los números restantes, a los cuales se agregaba un apéndice con documentos sobre los acontecimientos posteriores a la desaparición de El Paraguayo Independiente, tales como el reconocimiento de la independencia por la Confederación Argentina, la mediación del Paraguay en el conflicto suscitado entre la misma Confederación y Buenos Aires, la mediación de Francia e Inglaterra en la cuestión Argentina, y las relaciones entre el Paraguay y los Estados Unidos de América.

En este siglo se hicieron nuevas ediciones. Una emprendida por el periódico El Orden, en esta capital, que llegó a lanzar 18 números en facsímil; otra, ordenada por ley del 5 de junio de 1928, en cuyo cumplimiento sólo pudo entregarse un primer tomo, en 1930, tomando como base la segunda edición de 1859. La comisión que tuvo a su cargo los trabajos de impresión estaba formada por los diputados nacionales Justo Pastor Benitez, César Vasconsellos y Eusebio A. Lugo. En virtud del decreto Nº23. 694 del 24 de julio de 1962 apareció un primer tomo de los cuatro que se darán a la estampa, tomando como base la reimpresión de 1859. Este volumen contiene la reproducción de los 25 primeros números del importante periódico.

Actualmente es raro dar con una colección completa de El Paraguayo Independiente. La única que existe en la república, de los 118 números primitivos, es la de la Biblioteca y Museo Godoy. Su cuidado y conservación es un deber del gobierno y de todo paraguayo amante de la cultura y del pasado de la patria.

La cuestión fundamental que El Paraguayo Independiente debía defender dentro «de las exorbitantes pretensiones de Buenos Aires» era la relacionada con la independencia nacional y otras correlativas como la navegación del río Paraná y la cuestión de límites. De todas se ocupó con altura, capacidad y conocimiento profundo de los asuntos tratados. Nunca descendió al terreno bajo de los voceros de Rosas, por más que la violencia de la polémica, muchas veces, le obligó a usar adjetivos fuertes y calificativos duros. Siempre se colocó en un plano superior, en concordancia con los principios que rigen la vida de los pueblos cultos.

Los argumentos de los cuales se valió para fundamentar y defender la independencia nacional pueden sintetizarse en la forma siguiente:

Los hombres, naturalmente libres, para cumplir su fin social, velar por su seguridad y propender a la felicidad general, se unen por pactos más o menos expresos y delegan el poder de la soberanía originaria en una autoridad o gobierno común. Cuando este gobierno, por circunstancias especiales, no puede cumplir más aquel fin, queda de hecho y de derecho anulado y disuelto. Esto fue lo que ocurrió con el rey de España. Invadido este país por los ejércitos de Napoleón y destituido el monarca, se rompieron los vínculos que unían la madre patria con sus dominios americanos, extinguiéndose, como consecuencia, toda delegación o pacto político.

«Revertieron a los pueblos sus poderes soberanos, imprescriptibles e inalienables. Ellos tenían la necesidad y el derecho de ser felices, y por tanto el de cuidar de los medios necesarios a ese fin. La elección era libre: prefirieron su independencia».

Así se constituyeron en Estados autónomos, el Paraguay y Buenos Aires, y los demás países americanos, cada uno de los cuales tenía el derecho de organizarse y vivir en la forma más adecuada a su progreso y bienestar.

Por la misma causa toda división territorial creada por el rey de España, quedó «sin valor y sin existencia». La voluntad libre y espontánea de los pueblos es la que decidió del destino de las naciones americanas y no la división territorial de la colonia. El Paraguay desde un principio manifestó su voluntad de gobernarse por sí mismo, sin sujeción alguna a Buenos Aires. Así lo declaró en el Primer Congreso del 17 de junio de 1811, resolución que comunicó al gobierno porteño en la nota del 20 de julio, a la que éste accedió expresa y formalmente.

Rosas tampoco podía alegar a favor de sus pretensiones el derecho de fundación ni el de posesión.

La fundación era un derecho inherente a la corona de España que quedó sin efecto con el grito de la independencia, y, de consiguiente, toda pretensión apoyada en él.

En cuanto a la posesión no era menos inconsistente y falsa la argumentación del Restaurador de las Leyes. Buenos Aires, jamás ejerció posesión alguna sobre el territorio y pueblo paraguayos, admitir lo contrario sería una falsedad histórica. Sólo tenían relaciones administrativas, pero estaban sujetos a la Suprema Autoridad del Rey de España.

Por otra parte, la república, desde su pronunciamiento en 1811, fue reconocida por todas las naciones, como un estado libre y soberano, incluso por la misma Buenos Aires.

La independencia del Paraguay era, pues, un hecho consumado, «patente, notorio y conocido por todo el mundo», y siendo así tenía el derecho de proclamarla y «el más sagrado de mantenerla y sustentarla. El lo hará a costa de los mayores sacrificios».

Aniquilado el poder de España, el Paraguay, por ese hecho quedó libre de todo vínculo con cualquier sociedad y sólo a él le correspondía «asentar las bases del edificio social en que debía pasar sus días, y trabajar para obtener su propia felicidad».

«Nadie tenía, ni tiene facultad de interrumpir su paz y deseos, o de oprimir la voluntad libre y los derechos soberanos que Dios le dio: la mano osada que temeraria se atreviere a tocar en la Arca Santa de su libertad, ha de ser cortada como sacrílega, brutal e impía».

Con estas patéticas palabras terminaba El Paraguayo Independiente uno de sus artículos, palabras cuyo sonido broncíneo continuará repercutiendo al través de las edades, como una advertencia a la política agresiva de los dictadores, y como ejemplo edificante de energía y amor a la patria. (11)

El Paraguayo Independiente defendió también, con elocuencia, la libertad de los ríos. Para la república era una cuestión fundamental la navegación del Paraná, cerrada esta caudalosa arteria fluvial, aquella quedaba aislada, sin mayores posibilidades para comunicarse con el mundo y sin vía por donde dar salida a sus productos. Rosas, así lo comprendió e impidió que el Paraguay se sirviese de esa ruta. Nuevamente el intento de dominación por la asfixia comercial.

La navegación de los ríos constituía la base de nuestra independencia económica, indispensable a su vez para alcanzar la política. El «río libre» tenía y tiene una relación directa con la existencia misma de la república. Los primeros gobernantes del Paraguay prestaron preferente atención a esta cuestión, cuya solución sólo fue posible después de la caída de Rosas.

La naturaleza hizo transitables los «vastos y bellos canales» del Paraná y Paraguay. La libre navegación de los mismos ofrece tantas ventajas y es de tanta importancia «que en menos de diez años mudará la faz... de estas regiones, y volverá las montañas en ciudades, y las disiertas orillas de tantos rios en... ricas poblaciones... cuántas villas, cuántas ciudades no se levantarían sobre las raíces de nuestros corpulentos bosques?... El Río de la Plata, nuevo Mediterráneo, se volverá uno de los mayores, y de los más ricos emporios del comercio del mundo. Las ciudades asentadas sobre sus márgenes serían los almacenes de su inmenso tráfico»... (12)

Sabias y proféticas palabras, dignas de figurar en las páginas de Bases, de Juan Bautista Alberdi. Las afirmaciones de El Paraguayo Independiente estaban inspiradas en un sentido profundo de la realidad. El tiempo se encargó de darle la razón. Abierto el Paraná al comercio del mundo, el Paraguay y las provincias argentinas explotaron con provecho sus ingentes riquezas, impulsando vigorosamente su progreso, y Buenos Aires, se convirtió en la populosa capital, cuyo movimiento y potencialidad económica, no sólo es orgullo de la Argentina sino de América.

No podía olvidar El Paraguayo Independiente, en su campaña contra el dictador Rosas, de referirse a las ventajas de la civilización, como «grande y sublime esfuerzo de la inteligencia... capaz de perfeccionar y hacer felices las sociedades y los hombres».

En el orden internacional proclamaba el principio de la interdependencia de los países, la solidaridad, la ayuda mutua y el predominio del poder moral sobre el puramente físico de la fuerza, como medio para llegar a la prosperidad.

El Paraguayo Independiente no sólo se ocupó de las cuestiones anteriormente mencionadas, sino, también, de la vida de los grandes estados europeos. Desde su número 94 no descuidó las relaciones del Paraguay con el Imperio del Brasil, cuya política con respecto a la cuestión de límites con la república, calificó de equívoca y misteriosa.

Con motivo de la ocupación sorpresiva del cerro Pan de Azúcar por fuerzas brasileñas de Mato Grosso, expresaba con todo énfasis: «En esta emergencia, defenderemos a un tiempo nuestra independencia política, y la integridad de nuestro territorio nacional; así cumpliremos el juramento solemne que hemos prestado a Dios y a la Patria».

Solucionado satisfactoriamente este entredicho, el Paraguay firmó con el Imperio del Brasil, en 1850, un tratado por el cual las altas partes contratantes se comprometían a concurrir con sus medios para alcanzar la paz y la tranquilidad en esta parte del continente, la conservación del statu quo de las naciones que la componen, prevenir a éstas de cualquier ataque a su independencia o invasión de sus territorios. El acuerdo fue concertado teniendo en cuenta la agresividad de Rosas, quien con sus procedimientos violentos inquietaba a los países vecinos. De ahí que en la lucha contra el dictador de Buenos Aires, los intereses de la república y los del Imperio se identificaban. «En el día, expresaba El Paraguayo Independiente en abril de 1851, para nosotros, son idénticas las causas del Paraguay, del Brasil, y del Estado Oriental». (13) Esta causa común alentó la campaña redentora de Caseros.

Durante el periodo de 1845 a 1852, no disminuyeron ni el vigor ni la consistencia de la prédica de El Paraguayo Independiente, orientada en defensa de los principios de la civilización, de la concordia internacional, del respeto a las nacionalidades, e inspiradas por un intransigente patriotismo.

Su influencia se hizo sentir dentro y fuera del país; se difundía profusamente en el interior como en los Estados vecinos; «el Gobierno ha hecho correr con profusión este papel en la República y en el exterior», decía Don Carlos en uno de sus mensajes. (14)

Desde Río de Janeiro, Juan Andrés Gelly, se encargó de distribuirlo en los países de América y Europa, haciéndolo llegar principalmente a Montevideo, Inglaterra, Francia, y España, aparte de hacerlo conocer en la capital y territorio del Imperio. El presidente López tenía especial cuidado de remitir al citado diplomático en la Corte de San Cristóbal, los ejemplares necesarios. (15) A Metternich envió una colección completa con motivo del reconocimiento de la independencia por Austria. (16) Igualmente se leía El Paraguayo Independiente en Buenos Aires y en las provincias de la Confederación. (17)

Su reputación de órgano serio y bien documentado le dio autoridad para imponerse a la consideración de la prensa continental. A este respecto decía Juan Andrés Gelly a Carlos Antonio López, desde Río de Janeiro: «Este Periódico escrito con un decoro, y lenguaje tan distinto del de los Periódicos, que se han visto hasta ahora en esta parte de América, goza de una reputación, que honra al Paraguay». (18) Y el Comercio del Plata, por su parte, expresaba: «El Paraguayo Independiente es devorado por todas las clases, en las que hay una sed ardiente de conocimientos e industrias». (19)

Muchos de sus artículos fueron reproducidos en diarios de la importancia de Jornal do Comercio, Comercio del Plata y El Nacional. El primero, de bien merecida reputación en la capital del Imperio; el segundo, editado en Montevideo y dirigido por Florencio Varela, cuya pluma ágil y acerada fue como un dardo lanzado al corazón del tirano de su patria. Varela fue alevosamente asesinado una noche, pagando con su vida el haber puesto las luces y las potencias de su espíritu al servicio de la libertad y de la civilización; y, el tercero, también órgano del periodismo uruguayo, en el cual la prosa valerosa de Rivera Indarte Eustigaba al dictador de Buenos Aires. Rivera Indarte, defensor esclarecido de nuestra independencia, murió en el destierro, firme en su puesto de combate... (20)

La prensa desempeñó un papel principalísimo en la formación de la opinión pública internacional contra Rosas, fue ella la que le atrajo la hostilidad de Europa y América, y la que más contribuyó a dar en tierra con su dictadura. En esta obra de redención, El Paraguayo Independiente tuvo, como se ha visto, una participación activa y una indudable influencia.

Es así como el primer periódico de la república está ligado a uno de los acontecimientos más memorables del Río de la Plata, la caída de Juan Manuel de Rosas, con la que se inicia una época de mayor comprensión entre los países de esta parte del continente.

Rosas tenía poderosos enemigos dentro y fuera de la Confederación. En 1851, el general Justo José de Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos, encabezó un vasto movimiento contra aquél, en combinación con el Imperio del Brasil y el Estado Oriental. El 3 de febrero de 1852 derrotó al dictador de Buenos Aires en la batalla de Caseros. Rosas se alejó para siempre de tierras americanas y Urquiza fue designado Director Provisorio de la Confederación Argentina y Encargado de sus Relaciones Exteriores. En el orden internacional, el 17 de julio de 1852, reconoció solemnemente la independencia del Paraguay, por intermedio de su representante diplomático, Santiago Derqui.

Desaparecían así los motivos que provocaron la creación de El Paraguayo Independiente con el triunfo de la causa que defendía. El éxito coronó la prédica de siete años.

El sábado 18 de setiembre de 1852 apareció por última vez. «Nuestro papel concluye en este número, – expresaba con ese motivo – y al cerrarlo tenemos la íntima complacencia de felicitar a nuestros compatriotas, por la consecución de los tres grandes objetos de nuestras tareas: el reconocimiento de la Independencia de la República: el acuerdo definitivo de sus límites con la Confederación Argentina; y la libre navegación de nuestro pabellón por el río Paraná y sus afluentes». (21)

La misión de El Paraguayo Independiente había terminado, al dejar el campo lo hizo con la satisfacción del deber cumplido y con la gloria de una ejecutoria que fue, es y será fuente fecunda de enseñanza para servir a la patria.

El Paraguayo Independiente no puede confundirse con una simple hoja sin transcendencia ni sentido histórico. Con él se inicia el periodismo en la república; su campaña constituye una de las páginas más interesantes de un período de nuestra historia; su influencia se confunde con el reconocimiento de la Independencia.

La aparición de este periódico señaló una nueva época en el desarrollo de nuestra cultura. Desde entonces, el poder de la inteligencia llegó hasta los lejanos confines del territorio iluminando las consciencias. Con El Paraguayo Independiente nuestro pueblo aprendió que no sólo se defiende a la patria con la acción de las armas sino que también se la defiende con las virtudes de la inteligencia.

Como si esto no fuese suficiente para que el hebdomadario ocupase un sitio preferente en el recuerdo de las generaciones, sus páginas encierran un rico archivo político y diplomático, al cual necesariamente deberán recurrir los estudiosos para conocer y apreciar nuestro pasado. Ya el prefacio de la edición de 1859, expresaba: «es en fin el monumento más sólido sobre el que tiene que descansar la historia moderna de la República del Paraguay».

La fundación y existencia de El Paraguayo Independiente están estrechamente vinculadas a la gloria de Carlos Antonio López. No sólo fue su creador, sino el inspirador de su prédica y su redactor principal. En cada uno de sus números dejó impresos la reciedumbre de su carácter, la elevación de sus aspiraciones, la clara visión de su talento y el fuego de su patriotismo. Juan Andrés Gelly, uno de los paraguayos más eminentes de aquel tiempo, también dejó en sus páginas los rasgos de su vasta ilustración. (22)

Si grande es la figura de Carlos Antonio López como hombre de acción y paladín de la independencia nacional, grande es también como propulsor y animador de nuestra cultura. En este sentido, El Paraguayo Independiente, es la sólida columna en que descansa su imperecedera memoria. (23)

 

NOTAS

Cuarta Parte

CAPITULO XVI

1- Prefacio de la 2ª edición de el Paraguayo Independiente. Asunción, 1858.

2- Ib. Ib. Ib.

El Paraguayo Independiente Nº 1. Articulo: Independencia del Paraguay. R. Antonio Ramos. O Paraguaio Independente. Revista do Instituto Histórico y Geográfico Brasileiro. Volumen 192, pág. 40.

3- El Paraguayo Independiente Nº1.

Ramos, ob. cit., pág. 40.

4- A.H.I. Assunção – Ofícios – 1846. Pimenta Bueno a Ferreira França. Asunción, 22 de mayo de 1845. Autógrafo.

Cecilio Báez. Resumen de la historia del Paraguay. Asunción, 1910, pág. 77. Ferreira França, ob. cit. págs. 74, 75 y 108.

Julio César Chaves. El Presidente López. Buenos Aires, 1955, págs. 75 y 76.

5- Ramos, ob. cit.

Mensajes de Carlos Antonio López. Asunción, 1931, págs. 60 y 61. Mensaje de 1849.

6- Ib. Ib. Ib., pág. 61. Mensaje cit.

7- Nota del 22 mayo cit. El subrayado es nuestro.

8- Instituto Histórico y Geográfico Brasileño. L. 179 – Ms. 4165. Pimenta Bueno al canónigo Januario da Cunha Barbosa.

9- Jornal do Comércio – Setembro de 1922. Edição Comemorativa do 1º Centenario da Independencia do Brasil.

10- A.N.A. Libro de caja de la tesorería general de la República. 1845-1851. Estos datos debemos a la gentileza del Dr. Mariano Luis Lara Castro.

11- Nº 24.

12- Nº 32.

13- Nº 101.

14- Mensaje de 1849, cit.

15- Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la Argentina. Cartas del presidente López a Juan Andrés Gelly, del 28 de octubre y 19 de diciembre de 1846, Caja Nº 31 – Nº 56; del 8 de febrero de 1847, en la que el primer mandatario decía en la P.D.: «Va una colección completa del Paraguayo Independiente» Caja Nº 31 – Exp. Nº 64; del 20 de setiembre de 1848, Caja Nº 31 – Exp. Nº 70.

16- A.N.A. Vol. 277. Carlos Antonio López al Príncipe Metternich. Asunción, 24 de diciembre de 1847.

17- A.G.N.A. Arch. Gral. Paz. Leg. Nº 6. Joaquín Madariaga a Paz. Corrientes, 2 de mayo de 1845: «Remito a V. el Parto de los Paraguayos «El Independ.te». Ya hoy deven tener la noticia del suceso dela India Muerta, no les gustará mucho, pero tampoco nada espero de ellos, si nosotros somos vencidos se dejaran apretar el pescueso». El subrayado es del original, José Inocencio Márquez a Paz, 1º setiembre de 1845: «Por un Comerciante del Paraguay el S.or Saguier Frances, sabemos q.e Geli tiene gran influencia con el Presidente q.e todos los días esta dos, o tres horas con el, y esto viene bien con algunas plumadas q.e hemos estrañado en el Paraguayo respecto a la historia arg.na...» Leg. Nº 7. El subrayado es igualmente del original.

18- A.N.A. Vol. 1410 – N.E. Gelly a Carlos Antonio López. Río de Janeiro, 29 de diciembre de 1846.

19- Nº 331, citado por Chaves, en El Presidente López, pág. 76.

20- El mismo Gelly decía también en la nota citada al presidente López: «El Comercio del Plata, Periódico, que p.r dignidad, buen juicio, y critica con q.e esta escrito, ha acquirido en poco tiempo un gran credito, y circulacion, y el Jurnal do Comercio, de esta Ciudad, han reproducido, y continuaran reproduciendo todos los artículos importantes del Paraguayo Independiente». Los subrayados son del texto. EL Pacificador, periódico que aparecía en Corrientes los domingos, martes y jueves, reprodujo en sus Nºs. 9 y 10, del 25 y 27 de enero de 1846, el artículo publicado en El Paraguayo Independiente, Nº 36, con el titulo de Intervención.

21- Nº 118.

22- El presidente López decía a Gelly en la P.D. de la carta citada del 8 de febrero de 1847: «En cuanto V. tuviere lugar espero que se ocupe de redactar algunos artículos, ó números conducentes a nuestras circunstancias con concepto a la marcha de los sucesos, y me los incluya en su correspondencia».

Carlos Oneto Viana, al comentar la influencia del Imperio del Brasil en el Paraguay, afirma maliciosamente, refiriéndose a El Paraguayo Independiente, que Pimenta Bueno se vio «obligado a colocarse personalmente a su frente», como el presidente López «no contara con un hombre de alcances bastantes para redactarlo». La Diplomacia del Brasil en el Río de la Plata. Montevideo, 1903, I, págs. 20 y sgts. La aseveración es falsa. Si bien el diplomático imperial influyó en la aparición del periódico, su dirección y redacción principal estuvo siempre a cargo de Carlos Antonio López. Se ha dado en decir que el representante brasileño fue uno de los redactores del aludido hebdomadario, pero no se conocen pruebas al respecto. Justo Pastor Benítez comenta: «cuando se retiró del país Pimenta Bueno, el periódico siguió en el mismo tono y aún con mayor vigor, lo cual revela que era Don Carlos Antonio su alma y pluma». Carlos Antonio López. Buenos Aires, 1949, pág. 68. Igual cosa ocurrió durante la ausencia de Gelly. Pimenta Bueno regresó a su patria el 11 de febrero de 1847. En Río de Janeiro se encontró con el diplomático paraguayo. Este abandonó en abril de 1849 la capital del Imperio hacia donde partió la tarde del 21 de setiembre de 1846. Durante este lapso Gelly estuvo en el Paraguay, de fines de 1847 a agosto de 1848. Y El Paraguayo Independiente nunca cambió la orientación de su campaña ni la solidez de sus argumentos.

23- Ramos, ob. cit., pág. 45.