JOSEFINA PLA
OBRAS COMPLETAS
I
HISTORIA CULTURAL
La Cultura paraguaya y el Libro
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RP ediciones |
ICI
INSTITUTO DE IBEROAMERICANA |
© Josefina Pla
© ICI RP ediciones
Eduardo Victor Haedo 427. Asunción - Paraguay
Tel: 498.040
Edición al cuidado de: Miguel A. Fernandez y Juan Francisco Sánchez
Composición y armado: Aguilar y Céspedes Asoc.
Tirada: 750 ejemplares
Hecho el depósito que marca la ley
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INDICE DE CONTENIDOS
PRESENTACIÓN
PRÓLOGO
LA CULTURA PARAGUAYA Y EL LIBRO
PRIMERA PARTE
CAPITULO PRELIMINAR
a) El libro y las leyes coloniales.
b) El ambiente colonial.
CAPITULO I. Los libros en la época heroica (1537-1600).
CAPITULO II. El libro en la colonia de 1600 a 1767.
CAPITULO III. La imprenta misionera.
APENDICE. Bibliografía Misionera.
CAPITULO IV. Las bibliotecas de las ordenes religiosas el libro en las misiones jesuíticas. Las bibliotecas misioneras.
APENDICE I. Catálogo de los libros del Antiguo Convento de Villarica.
APENDICE II. Lista de libros existentes en 1850 en la iglesia de la Reducción de San Francisco de Aguaray.
APENDICE III. Biblioteca del Obispo Pedro García de Panes, fallecido el 18-X-1838.
CAPITULO IV. El libro en la colonia luego de la expulsión de los jesuitas y hasta la independencia (1767-1811).
APENDICE V. Bibliotecas de la segunda mitad del siglo XVIII; (Se dan como tales algunas que aparecen ya en el siglo XIX; pero que evidentemente fueron formadas dentro del siglo XVIII)
SEGUNDA PARTE
CAPITULO I. El libro desde 1811. La junta gubernativa (1811 - 1814) y el Supremo (1814 - 1840)
CAPITULO II. La biblioteca de Francia.
APENDICE I. Catálogo de la Biblioteca del Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (1840).
APENDICE II. Catálogo de la Biblioteca de Francia, tal cual aparece en el inventario de los bienes de Patiño, realizado a raíz del suicidio de éste, en 1841.
APENDICE III. Libros que Francia conservaba en su residencia de verano, ubicada en el edificio del cuartel del hospital.
APENDICE IV. Bibliotecas laicas, privadas, de la época; profesionales o no.
a) Libros del español europeo Dr. José García Oliveros.
b) Lista de los libros del reo Manuel Benítez, constantes en diversos inventarios de las pertenencias del Estado, según la da un inventario de 1827.
c) Biblioteca de Alejandro García.
d) Libros de la biblioteca del Pbro. Bernardo Antonio Franco de Quyquyo, difunto en 1833.
TERCERA PARTE
CAPITULO I. La nueva política cultural y el libro.
CAPITULO II. La imprenta nacional
APENDICE. Lista provisional de la obra editora de los López. (1841 - 1870. Por orden alfabético).
CAPITULO III. El comercio de libros y las bibliotecas.
APENDICE I. Biblioteca de Mr. William Keld Whytehead, adquirida por el estado paraguayo a su muerte.
APENDICE II. Biblioteca del Padre Fidel Maíz. Lista tomada con ocasión de su proceso en 1863.
APENDICE III. Catálogo de libros de la biblioteca del Presbítero José del Carmen Moreno, realizado en ocasión de su proceso juntamente con el Padre Maíz (febrero de 1963).
APENDICE IV. Lista de obras de medicina compradas por orden del Dr. Stewart (19 diciembre 1863).
APENDICE V. Libros introducidos por Arturo Capdevila por cuenta de Lastarria, con fecha 4-XII-63
APENDICE VI. El comerciante argentino Arturo Capdevila desembarca en el Igurey procedente de Montevideo y por cuenta de Lastarria los siguientes libros, en 1º de setiembre de 1863.
BIBLIOGRAFÍA.
PRESENTACIÓN
El amor trae a Josefina Plá a Paraguay hace 66 años a raíz de su matrimonio con un destacado artista. Con amor a Paraguay y a su cultura transcurre su vida desarrollando una fecunda actividad, no sólo creativa sino también didáctica, de crítica y de investigación, que deja honda huella en el acervo intelectual del país que la adoptó.
En múltiples facetas de la cultura y el arte paraguayos ha brillado Doña Josefina, siempre con dedicación y entrega absolutas. S.M. El Rey, durante su visita a Paraguay en octubre de 1990, al encontrarse con ella, destacó su figura calificando de ejemplar labor intelectual la que le había llevado a alcanzar, como escritora, un privilegiado lugar en el campo de las letras.
Como reconocimiento a su importante obra literaria, quiere el Instituto de Cooperación Iberoamericana contribuir a la publicación de una parte significativa de aquélla recogida en estas páginas que ahora ven la luz en Asunción.
Eduardo Cerro
EMBAJADOR DE ESPAÑA
PRÓLOGO
Para comenzar este esbozo de presentación, afirmo que reducir a Josefina Plá a las letras me parece ya una exageración que ni ella ni las artes se merecen. Los múltiples aspectos que nos presenta esta artista de muchas facetas y esta escritora de ricas perspectivas me obligan a buscar una unidad, que no es fácil de encontrar, tarea para la cual estoy a la filosofía pidiéndole sus auxilio. Decimos, en esa sabiduría, que el ser es analógico y no unívoco. Quiere decir que siempre el ser se refiere a la existencia, pero que ésta es realizada, en cada caso, a su manera. Efectivamente, el ser se nos muestra dentro de una propia actualización, que convoca a la vez a la diferencia y a la unidad. Así entonces recurro a este concepto de analogía que me presta la filosofía para hablar de esta mujer de las artes del Paraguay que vive en cada expresión de su existencia su vocación analógica: una, la misma de siempre, y a la vez distinta en cada fase, en cada gesto. Yo conozco desde hace mucho tiempo a Josefina Plá y la veo en la florería de los Chase, en el centro de la ciudad, hacia la década de los cincuenta, y antes, unos quince años, en el teatro y el periodismo, cuando estudiaba mi bachillerato en el Colegio de San José. Esta presencia de Josefina Plá en mi existencia la sigo manteniendo hasta ahora gracias a su colaboración tan apreciada como profesora investigadora en la Universidad Católica de Asunción.
El barroco paraguayo, la historia del teatro nacional, su cerámica, sus temas de historia paraguaya y sus trabajos sobre literatura española, leídos o publicados, y a veces ambas cosas, en Asunción y en el extranjero, constituyen un conjunto que tiene unidad y a la vez la rica multiplicidad de lo analógico. Cada tema, en el desarrollo que le da Josefina Plá, se hace iridiscente y hasta convoca a nuevas investigaciones que son llamadas a la presencia por la vía de una primera perspectiva. Dejé de mencionar sus cuentos; merecen un comentario aparte porque constituyen un conjunto de varios que no se agotan en un volumen. Estos cuentos son el poso, así, con ese, que la existencia fue dejando en la vida de esta escritora, y sedimentados se construyeron en estructura con una riqueza grande de lenguaje. Los cuentos son para mí lo mejor de Josefina Plá, hispano paraguaya, creadora en sus perspectivas locales y universales. Los personajes me hablan de que Josefina en ellos se quiere como retratar. Estos le roban su ser, mejor dicho, lo prolongan. Y una vez salidos de la pluma se le escapan para vivir su propia vida, también única y múltiple como la existencia de la propia autora.
Josefina Plá nos ha plasmado también los mitos indígenas y uno se encuentra en la Biblioteca Pablo VI de la Universidad Católica, en Asunción, con la evocación pictórica de una antigua memoración payaguá, que nos remite al origen del hombre y a su utopía de futuro, no de evasión sino de crítica dinamizante. Porque los mitos indígenas, que Josefina captó muy bien, no son viejos e inútiles relatos. Se transforman en reminiscencias, en el sentido platónico del término, para la proyección hacia el futuro que será, siendo ya ahora en su proyección y esperanza. Los mitos son el relato de una existencia que fue y vuelve rememorada para seguir viviendo, gracias a ello, en el advenimiento del futuro. Así Josefina se hace mediación escrita, hablada y llevada al mundo pictórico, que es la creación mítica de los payaguá, de un universo que trae a nuestra presencia el origen del mundo, de los hombres y los dioses. El poeta y el artista, cualquiera sea su arte, nos convocan a la verdad del hombre que crea desde siempre y en sus mitos nos dice algo de sus orígenes y su futuro sin agotarlo jamás. Así el hombre se despliega inagotable y nunca clauso en su tarea de construir su existencia analógica de unidad y multiplicidad compartidas. Josefina lo expresa en sus instituciones y sus realizaciones artísticas, en sus evocaciones y su convocatoria al futuro. La capacidad creadora del hombre se despliega y multiplica así gracias a la mediación del arte.
No quiero prolongar más este trabajo corto y pleno de agradecimientos para Josefina Plá. Ella se merece mucho y yo poco le puedo dar desde mi perspectiva filosófica.
Como en "El Banquete" de Platón, la filosofía para vencer a la poesía debe hacerse poesía. Es una tarea que ya supera mis posibilidades. Me quedo en la insuficiencia reconocida de mi perspectiva filosófica, entre lechuza que mira lo que fue y gallo que anuncia los tiempos nuevos.
Josefina Plá se nos escapa por universal y particularísima.
Prof. Adriano Irala Burgos
Asunción, setiembre de 1992
LA CULTURA PARAGUAYA Y EL LIBRO
PRIMERA PARTE
CAPITULO PRELIMINAR
A) EL LIBRO Y LAS LEYES COLONIALES
Cuantos han estudiado el proceso de la cultura en el Paraguay (sobre todo en lo que se refiere a su literatura) (1) han hecho hincapié en el aislamiento que caracterizó la vida colonial paraguaya, atribuyéndole importancia decisiva en la lentitud del pulso cultural de la Colonia; aunque no dejan de prestar atención a otros factores que consideran también determinantes de peso. Algunos, apasionados, llegan a decir que a España no le importó en absoluto el porvenir de la cultura en sus nuevas provincias; afirmación ésta difícil de trasegar, ya que los documentos que prueban que este porvenir constituyó una preocupación constante de la Corona abundan por fortuna.
Naturalmente, no en lo que se refiere a todas las áreas alcanzó esa preocupación idéntico nivel, y hasta podría aceptarse como un hecho que - entre todas ellas - fuese el Paraguay la menos atendida en este aspecto. No faltaron por cierto los buenos propósitos, pero, como tantas veces ha sucedido, no todos ellos llegaron a madurez y menos a cosecha. Más de una vez las mejores disposiciones e intenciones fracasaron a causa de la larga distancia y de la corta diligencia de los encargados de cumplimentar disposiciones en esta orilla del gran charco. Alguna vez, también, el naufragio de esperanzas o de anhelos tuvo lugar aquí mismo, en la nueva tierra, por indiferencia, intrigas o intereses locales, más que por mala voluntad, desidia u olvido metropolitano.
No es el objetivo de este ensayo perseguir el proceso de la cultura general en tierra americana, sino las vicisitudes de uno de sus aspectos o, mejor, de uno de sus instrumentos capitales (que - a la vez - es la cifra de un nivel cultural dado): el libro; y ello ceñido a este rincón, un tanto marginado siempre en los recuentos culturales: el Paraguay, en un tiempo "Provincia Gigante de las Indias", de dilatado litoral Atlántico; luego Gobernación mediterránea y, finalmente, nación recoleta, de trágica y singular historia entre todos los países hispanoamericanos.
Sin embargo, y dada la unidad que caracterizó en espíritu a la gestión administrativa y - por ende - cultural en la metrópoli, desde el principio, creemos oportuno referirnos siquiera a grandes rasgos, como introducción útil, al régimen que en las provincias americanas rodeó la producción, importación y distribución del libro.
Desde el primer medio siglo de su llegada al nuevo mundo - insistimos en ello - España no pudo sino encarar con interés planificado la extensión de la cultura en estas tierras. La apertura al conocimiento que un libro representa preocupó a la Corona desde el comienzo, y de ello da fe (si la institución de la Imprenta en México no fuera en si misma, y aún como hecho aislado, signo mayor de esas preocupaciones culturales) una Cédula de 1548 que, trayendo a colación las Cortes de Toledo de 1480 y lo en ellas acordado por los Reyes Católicos, protege con excepciones aduaneras la importación de libros:
"Considerando que es provechoso y honroso que a estos sus Reinos se trajese libros de otras partes para que con ellos se hicieren los hombres letrados, quisieron y ordenaron que por los libros no se pagase alcabala; y porque de muchos días a esta parte algunos mercaderes nuestros, naturales y extranjeros, han traído y cada día traen libros muchos y buenos, lo que redunda en provecho universal de todos... ordenaron que de aquí en adelante, no se pague ni lleve almojarifazgo ni portazgo ni otros derechos algunos, sean libres y francos los tales libros".
(El mismo año se ordena restituir al librero Cebrián de Cantate, vecino de Sevilla, "lo que se le haya cobrado de derechos por libros misales y otros de Iglesia y teología").
Es cierto, sin embargo, que de la bondad de esos libros sólo podía, a esas históricas alturas, dar fe el criterio estricto de la Iglesia (a través de sus censores) y no menos cierto que por entonces, la Iglesia, en España, se sentía animada del más vivo ardor contrarreformista, que la inducía a escarmentar y suprimir escrupulosamente toda expresión en la que pudiera vislumbrar la más leve chispita heterodoxa.
Más aún: no era preciso que por la obra circulasen concretos o vagos relentes heréticos; bastaba que en ella se diese libre vuelo a la fantasía, pues la imaginación siempre fue huésped sospechoso para los encargados del inquisitivo examen (de acuerdo a lo de Santa Teresa: "la loca de la casa"). De ahí que, a la vez que se daba a la entrada de libros facilidades y franquicias arancelarias, se multiplicasen por otro lado desde muy temprano las disposiciones supeditando esa misma entrada de la letra impresa en todo el ámbito del Imperio y, por tanto, en América, a ciertos requisitos en cuanto al contenido.
Entre esas disposiciones destacan las que se refieren explícitamente a las obras de ficción. Los escritores mencionan, casi únicamente, la Real Cédula de 1543, que prohibió bien tempranamente - en lo que se refiere al Plata - el uso y entrada de "los libros de romances y materias profanas y fabulosas", así como "los libros de Amadis y otros de esta calidad de mentirosas historias"... (no debe olvidarse que era la época de proliferación, en España, de la literatura de caballería). Estos mismos escritores hacen hincapié en las disposiciones refrendarias del Sínodo de Tucumán de 1581. Pero hubo muchas otras medidas que refrendaron o reforzaron la primera.
No parece que, según Furlong afirma (2), la prohibición sólo se entendiese para los indígenas, visando con ello a evitar confusiones y extravíos de la fantasía, y como consecuencia de las severas conclusiones al respecto en el Concilio de Trento. Indudablemente, era de tener en cuenta la calidad reciente de la conversión de esos núcleos indígenas, y las consiguientes mayores posibilidades, en ellos, de desviación en la doctrina. Pero que la medida era de alcance bilateral, lo prueba otra Cédula que rezaba: Ningún español o indio lea libros de romances e historias fingidas... (3). Y, por otro lado, no se justificaba (siempre en lo referente a nuestra área) el temor del contagio libresco entre los indios, a quienes poco podía preocupar, que sepamos, por entonces, la letra impresa. Sí a los mestizos; pero ya sabemos que éstos no caían bajo la dominación de indios por un lado, y, por otro sus oportunidades de culturización eran, si no totales, por lo menos mucho mayores que las del simple indígena.
Ya una disposición del 14 de agosto de 1550 había establecido que ninguna persona podía pasar a este lado del mar "libros impresos que trataran de materias de Indias sin licencia del Real Consejo".
Hasta 1550, las prohibiciones sólo se referían a la salida de libros de la metrópoli para Indias; pero las medidas no tardan en ampliarse. Hasta esa fecha, muchos libros pudieron seguramente filtrarse mediante el expeditivo curso de las listas por mayor; es decir, haciendo constar en ellas sólo el número de volúmenes.
Pero ese mismo año, el 5 de setiembre, y reforzando el contenido de la Cédula del 14 de agosto, se ordenó que las listas fuesen nominativas, es decir libro por libro, con sus títulos y autores; con lo cual, la hendija para la filtración se cerró por ese lado al menos.
Que estas provisiones, sin embargo, no bastaban al efecto deseado lo prueba la ley del 9 de octubre de 1556, por la cual se encarecía a los Prelados en tierra americana "que averiguasen por todos los medios posibles si en sus diócesis había libros de esa calidad, y los recogiesen e hiciesen de ellos lo ordenado por el Consejo de la Inquisición", alusión eufemística a las fogatas que en cualquier tiempo del año se hacían, sin tener en cuenta a San Juan, con los libros sospechosos de diabólicos relentes: "No comenten ni den lugar a que permanezcan en aquellas provincias"; en 1566 nuevas Cédulas refuerzan la orden: una del 21 de setiembre de 1556, "Que no se imprima libros de Indias sin ser visto y aprobado por el Consejo Real de Indias". De no cumplir con los requisitos, el impresor perdía la edición y pagaba una multa de 200.000 maravedises. Esta disposición, al igual que otras de análogo contenido, posteriores, en poco pudieron afectar básicamente al libro del Plata; o, mejor dicho, nada, ya que aquí no existieron imprentas laicas hasta muy adelante.
Prueba flagrante esta Cédula de contrabandos y piraterías, también dignos de indiscreta crónica. Ediciones clandestinas debieron darse en ambas áreas: en Europa y en América. La medida en su segundo aspecto no alcanzó al Paraguay, donde - como ya se ha dicho - la imprenta no existía aún y debieron esperar años, pero sí a México y al Perú, las dos áreas donde el invento de Gutenberg floreció abundantemente. En cuanto al primer aspecto (contrabando desde la metrópoli), ignoramos por completo en qué medida lo pudo afectar esa disposición, aunque - por lo que más adelante se verá - no pudo ser mucho.
La prohibición hasta entonces ceñida a los libros profanos, o a los comentarios de materias religiosas, se extendió pronto a los textos de más vidrioso carácter. Fue la consecuencia de las rígidas disposiciones del Concilio de Trento, mencionadas. (A esta medida es posible contribuyesen otros motivos, no doctrinales, y sí, más bien, administrativos).
En 1571, se dispuso que "no se consienta pasar Misales a las Indias". En 1575, otra ordenaba "dar por perdidos todos los Breviarios y Misales del nuevo rezado que pasaren a Indias, si no tuvieren licencia". El mismo año se extendió la prohibición a los Breviarios, Diumales y Horas "de los que ahora nuevamente se rezan por orden de Su Santidad". En 1584, se ordenó que "aun los libros de Teología que a esta orilla pasaren se asentasen en los registros, especificando cada libro por si".
Visando al buen funcionamiento de estas medidas, una Cédula, en 1589, establece: Den orden a los oficiales reales para que reconozcan en sus visitas de navíos si llevasen algunos libros, prohibidos, conforme a los expurgatorios de la Santa Inquisición.
Los Provisores de los Prelados, pues, se hallaban obligatoriamente presentes a la llegada de los barcos, "para ver y reconocer si llevaban libros prohibidos conforme a los expurgatorios de la Santa Inquisición" y, de haberlos, y de acuerdo a la Cédula de 1556, "tomarlos todos y enviarlos al Consejo de Indias"; pero es seguro que las narices de los Provisores no alcanzarían a todos los rincones de los navíos.
El 11 de febrero de 1609, una nueva provisión: "Que se recojan los libros de herejes y se impida su comunicación". Esta orden se dio a raíz del contacto que por esos años establecieron los piratas "en ocasión de las presas y rescates". En efecto, algunos "caballeros de fortuna", visitantes del Golfo de México y el Caribe, se llevaban la plata y el oro, dejando a cambio unos cuantos libros de herético perfume.
La disposición fue general, sin embargo, y no se limitó a las provincias privilegiadas con la visita de aquellos que, al pecado de piratas, añadían el de herejes.
Aun anotamos otras disposiciones relativas a la impresión de libros. Una Cédula del 19 de marzo de 1647, refrendada por las del 18 de septiembre de 1653 y 14 de junio de 1668, rezaba:
"Mandamos a los Virreyes y Presidentes que no concedan licencias para imprimir libros en sus distintas jurisdicciones, de cualquier materia o cantidad que sea, sin preceder la censura y en calidad de que, luego de impresos, entregará el autor o impresor 20 libros de cada género, para remitirlos a nuestros secretarios que sirven al Consejo de Estado, para que se repartan entre los del Consejo"
Otras disposiciones favorecieron en estos años la introducción de ciertos libros: así, por ejemplo, los libros del "nuevo rezado" que, por Cédula del 19 de agosto de 1614, se recomendó llevar "con cuidado y sin pagar flete ni derechos". (Esta Cédula fue refrendada varias veces).
No falta razón en cierta medida a los autores que consideran estas disposiciones restrictivas sobre introducción de libros factor en nuestra desconexión cultural, ya que ellas pudieron tener más consecuencia, a igualdad de circunstancias, para el Río de la Plata (y dentro de él, el Paraguay) que para otras zonas de América: México o el Perú, por ejemplo, puntos en los que el establecimiento de imprentas, desde época temprana, fue coadyuvante libresco sumamente activo. (Ya en 1538 funcionaba la primera imprenta americana: la de México. En el Paraguay la imprenta funcionó por primera vez en 1700 y prácticamente para exclusivo beneficio de un área estanca del país).
Aunque las medidas referentes a los libros de ficción no se multiplican (quizá por la razón de que ya su edición metropolitana estaba sometida a régimen) no cabe duda por lo que luego veremos que las disposiciones al respecto tuvieron repercusión duradera en nuestra área. (Es sabido que en España la edición de libros de caballerías experimenta ya represión a partir de fines del siglo XVI).
Cuando acá se introdujo la imprenta (1700) al comienzo, funcionó sin el debido permiso, que no se obtuvo hasta 1703. Es verdad que al principio esta imprenta operó exclusivamente sobre obras religiosas conocidas y censuradas ya, y de las cuales hicieron traducciones los Padres de las mismas Misiones (MARTIROLOGIO ROMANO, LA DIFERENCIA ENTRE LO TEMPORAL Y LO ETERNO, etc.) traducidas al guaraní por el Padre Serrano. Más tarde operaron sobre textos originales, como los SERMONES Y EXEMPLOS de Yapuguay. No hay noticia sin embargo de que en torno a la lectura de estas obras surgieran problemas; y esto a pesar de que aún las mismas traducciones podían dar margen a objeción, pues los términos sutiles del dogma eran pasibles de sufrir desviación doctrinal al pasar de un idioma al otro; especialmente a uno como el guaraní, caracterizado por su tendencia a la concretización con la lógica ausencia de matices léxicos para la exposición teológica; lo cual obligaba a los traductores a crear neologismos, con el consiguiente riesgo semántico. (Ningún libro de los impresos en Misiones versó sobre otros temas que teológicos o de doctrina, a no ser dos de ellos, de tema médico y los Trataditos sobre Astronomía y otros del Padre Buenaventura Suárez, en castellano, los cuales, ellos, sí, tuvieron difusión amplia fuera del área) (4).
(Para encontrar una imprenta cuyas producciones de carácter general tengan alcance, aquí, hemos de esperar a la de Córdoba en 1780).
Esta demora se refleja - qué duda cabe - en el desarrollo de más de una faceta de la ilustración, durante esos largos dos siglos y medio, ya que el Río de la Plata dependió para este aspecto exclusivamente de los libros que podían llegar desde la metrópoli, o eventualmente, desde México o Lima.
Cabía la posibilidad de que llegasen libros de Francia, Holanda o Italia; inclusive en algún caso, es cierto que llegaron libros de esos países; pero bien puede imaginarse que obvias razones idiomáticas limitarían mucho la acción de estos libros.
Pero la forma en que la introducción de libros en el área hubo de hacerse (salvo quizá en subrepticios casos aislados y difíciles de rastrear) tuvo como consecuencia que a la censura configurada por las disposiciones oficiales se añadiese o yuxtapusiere otra: la que en sí llevaba el canal, digámoslo así, de acceso. En efecto, podría asegurarse que raros serían los libros que, por lo menos hasta después de mediado el XVIII, llegasen acá por otra vía que la eclesiástica. Es cosa comprobada que los particulares ansiosos de un poco de cultura hacían traer sus libros de la metrópoli mediante el concurso y gentileza de eclesiásticos o frailes (de jesuitas principalmente) con la consiguiente seguridad, para el investigador, de que en esas listas no figurarían nunca libros que rebasasen la más estricta ortodoxia. Como se verá en su lugar, las listas más tardías, de archivo, comprueban rigurosamente el supuesto.
B) EL AMBIENTE COLONIAL
La ausencia, en nuestros archivos y bibliotecas, de documentación amplia relacionada con la introducción y distribución de libros, ha contribuido también por su parte a la idea ya expuesta de una desconexión acentuada con el mundo maravilloso del libro, durante la Colonia; si no en el Río de la Plata, por lo menos en el Paraguay; y a reforzar, en lo que a éste se refiere, la imagen de un ambiente intelectual desértico.
Sin embargo, es el momento de preguntamos: ¿es esta imagen verdadera?
A falta de documentos explícitos, otros datos y sobre todo los siempre vigentes del sentido común, podrían ayudamos a llegar a conclusiones, si no distintas, un tanto menos pesimistas y por tanto con viso más definitivo sobre este capítulo de nuestra cultura colonial.
En otras palabras; si los repositorios nacionales nos entregan pocas noticias concretas (mejor diríamos ninguna) acerca del movimiento y el comercio de libros en el Paraguay durante la Colonia, no faltan tales cuales hechos históricos, ya conocidos o no, cuyas implicaciones, hasta ahora no suficientemente desentrañadas, pueden resultar interesantes. Y si desde luego resultaría más que aventurado pensar que se diera acá lo que, con autoridad suficiente, afirma con respecto a otras áreas de América, Torres Revello (5) a saber: "Que las obras impresas leídas en la Península se leían a la par en las Indias Occidentales" (ya por la vía expedita o por la del contrabando) existen datos que se refieren a otras áreas, en los cuales es posibles en ciertos casos hallar un punto de partida para prudenciales deducciones.
Las disposiciones oficiales restrictivas tienden, con su insistencia y severidad, a favorecer la idea de que el "tráfico de libros profanos y fabulosos" (para no pensar en otros de más riesgo para las almas) en el Plata pudo ser, si no nutrido, de cierto volumen, en ciertas épocas, y ya en los primeros 50 años del descubrimiento. Ya a estas alturas está de más repetir que en esta área los datos de Archivo no apoyan en absoluto esta presunción. Pero quizá debamos enfocar la exposición del asunto considerando las circunstancias especiales que siempre condicionaron su desarrollo desde los primeros tiempos.
Es un hecho que la prohibición de importar "obras de romances y de historias vanas y profanidad" existió, y que ella es testimonio de que la tal abundancia de literatura profana en las nuevas tierras no fue un mito. Pero es dudoso que en la fecha en que esa disposición fue tomada, tuviera ella que ser efectiva en lo que se refiere al Paraguay; existen por lo contrario, datos que ponen de relieve la penuria en que la Colonia se debatía, no sólo por falta de libros, sino también por la privación de comunicación directa.
Desde luego, seria pueril afirmar que esa disposición no ejerciera en el proceso general una influencia dada, variable según las áreas. Las órdenes emanadas de la Corona, como las procedentes de la autoridad eclesiástica, no dejarían de acatarse dondequiera, bien que su cumplimiento variase en escrupulosidad, como es lógico, según las circunstancias y las posibilidades de vigilancia y fiscalización. Pero razones ya insinuadas, no sólo impiden dar a esa prohibición eficacia absoluta, ni en la América Colonial en conjunto ni en el Plata en particular sino que tampoco, en relación a nuestra área y a posteriori, la significación absoluta que tendería a desprenderse, sugestivamente, de esa insistencia.
Sólo ingenuamente podría creerse que el veto haya sido recibido con la sumisión total que, prima facie, muchos se sentirían inclinados a suponer. Aun en aquella época de obediencia generalizada a los mandatos de las autoridades religiosas y profanas, mucho se filtraba - poderosa ha sido siempre la curiosidad - por los entresijos del acomodaticio casuismo lego. Más aún en América, donde la fiscalización y censura en esta materia no siempre pudo asumir los rígidos contornos metropolitanos. Se dirá que en lo que al Paraguay se refiere, si esa disposición no podía operar en absoluto al tratarse de un área por entonces al margen de la comunicación libresca, nada se opone a que surtiera efecto más adelante, cuando las comunicaciones con la metrópoli se hicieron - siempre dentro de lo relativo - más expeditas. Pero esa restricción al libre vuelo de la fantasía a través de la letra escrita sólo podría ser computada en función del caudal de libros importados. Caudal que en lo que al Paraguay respecta, no debió ser en ningún momento muy copioso. En otras palabras; las medidas restrictivas hallarían acá poco material sobre el cual operar.
Que el pulso intelectual de la Colonia no fue precisamente robusto, está fuera de duda. Pero aquí entraron a tallar, al margen de todas las prohibiciones conocidas, otros factores históricos condicionantes, desde el comienzo de ese proceso cultural. Fueron muchas circunstancias adversas, y no sólo la indiferencia hacia los aspectos del espíritu, las que condicionaron esa precariedad de la vida intelectual. Y de esas circunstancias adversas, las restricciones legales a su vez no constituyeron sino una parte; y quizá no la decisiva. Pues si ellas no fueron óbice al desarrollo de la cultura laica en otras áreas, inclusive en el Plata, no tendrían por qué haberlo sido, consideradas en si mismas, en lo que al Paraguay se refiere.
Las circunstancias contrarias que con más peso se hicieron sentir, tuvieron pues que ser, otras, aunque a una se conjugaron para esa escasez de estímulo intelectual, cuyo resultado por lo demás se hace harto evidente en el hecho de que durante tantos lustros no se dieran en la Colonia veleidades literarias.
Ello se hace tanto más significativo, si nos fijamos en las manifestaciones que acompañaron el inicial, azaroso período de acomodación: los conatos poéticos y teatrales de los primeros y verdes años de la Colonia; los testimonios históricos que son en si obras como el "romance" de Villafañe, LA ARGENTINA de Rui Díaz de Guzmán y su homónimo el poema de Barco Centenera. (Es a partir de principios del XVII y hasta mediado el XVIII, cuando vemos agudizarse la intelectual sequía).
Durante la primera época (época heroica de la conquista, que se prolonga hasta la llegada de los jesuitas o mejor, hasta el establecimiento del Colegio de Asunción (1594) la circunstancia socio-cultural no fue precisamente la más propicia a la amplia difusión de la letra impresa. Pero no por eso hay que deducir que la sociedad en formación no sintiese su apetencia o no experimentase su necesidad. Un somero examen de las listas de los conquistadores (6) permite afirmar que entre ellos un 25% sabia leer y escribir (añadamos aquellos que, como en esos tiempos era corriente, sabían leer, aunque no supiesen escribir). Los clérigos, frailes, escribanos, gentes de por sí dadas a la letra escrita; e individuos de cierta preparación - capitanes con letras - fueron pocos, pero no por eso desdeñables en su número como elemento cimentario de cultura.
Pero en aquéllas épocas azarosas, fueron muchas las necesidades que solicitaron la atención del colono con prioridad a la letra de imprenta. Podemos comprender lo difícil que les resultaría pensar, no ya en infolios; en otras exquisiteces menores del intelecto, a quienes a veces se les hizo difícil conseguir el bocado cotidiano, y en alguna oportunidad tuvieron que vestir calzones de cuero - vestimenta ingrata, dado el clima - por no disponer de material más congenial a las carnes... Influencia decisiva ejerció también la situación de esos colonos, abandonados a si mismos, constituyendo una verdadera isla en el centro de América del Sur, rodeados de obstáculos y peligros, en una situación de perenne defensa y vigilancia, a la cual apenas daba abasto su escaso número, apenas renovado para enseguida disminuir, diezmado. (Esto tiene especial y trágica validez en lo que se refiere a las ciudades fundadas en el interior, lejos de la capital (ciudades del Guairá) cuya situación, en lo que a intercambio cultural se refiere, debió ser lastimosa) (7). Y no contemos lo que significó la situación constante de antagonismos, desacuerdos y hasta luchas internas resueltas en sangre, que llena lustros de la Colonia: la sangría de las expediciones en pos de la Sierra de la Plata, en los primeros treinta años del "descubrimiento de la tierra".
Apenas asentadas las colonias empieza a surgir la población mestiza: los hijos de los conquistadores y las mujeres indias. La preocupación por el porvenir intelectual y moral de estas generaciones nacientes toma cuerpo en la aparición de la instrucción primaria. El canónigo Lezcano aparece como el primer maestro de la Colonia con sus clases primarias instituidas en 1545, es decir cuando una parte de esos niños cumple los siete años. Durante años la enseñanza no podrá remontar - salvo en casos individuales y particulares - ese nivel de simple alfabetización. Una alfabetización de significado práctico bastante reducido en gran número de casos, ya que faltarían los libros que instrumentan esa alfabetización y con ellos el contacto efectivo con una cultura. Es más seguro que muy pocos de los miles de niños que la crónica atribuye a estas escuelas primarias, rebasarían esa situación que claramente se definió como analfabetismo funcional.
Y sin embargo, si en el seno de la colonia no existieron en sus primeros cincuenta años, iniciativas culturales más allá de la institución precaria de la indispensable instrucción primaria, las penurias materiales no pudieron, como ya se ha dicho, conseguir que callase del todo la voz del espíritu. No renunció por cierto al trato con las letras el capitán Salazar y Espinoza, autor de "libros dé romance"; ni aquel mismo clérigo de sangre alborotada que fue Juan Gabriel Lezcano al cual se debe la primera pieza teatral en tierras del Plata (1544). Ni el otro clérigo, Miranda y Villafañe, cuyo Romance indiano vale por una larga crónica.
Y si no en libros de su propiedad, en prestados de compañeros conquistadores debieron alguna vez refrescar su contacto con las letras y redimir siquiera en parte la tremenda nostalgia de la patria muchos de ellos. Recordemos otra vez a aquel varón ingenuo y curioso, de tan buena memoria como alicorta fantasía poética, que fue Barco Centenera; padeció hambre y sed intelectual durante sus años paraguayos e hizo presente en la metrópoli cuánta necesidad aquí había de libros. Cierto que los primeros traían ya una cultura, estrecha o amplia, ya formada; pero ¿cómo, si no con éstos, pudo formar su cultura humanistica Rui Diaz de Guzmán, el autor de LA ARGENTINA? Consta que el mismo Centenera durante su permanencia en el país, hizo presente, y con él otros españoles de ese tiempo, la necesidad que en el país había de libros. Poco después, es cierto, llegaban los jesuitas y con ellos una provisión que debemos considerar importante de letra impresa; pero ya sabemos cuál fuese el contenido de esas bibliotecas a base de teología de piedad y moral y donde el vuelo del conocimiento laico no tenía espacio.
A medida que los años avanzan, siempre dentro del mismo siglo XVI, varios hechos se precipitan y entretejen en forma determinante.
- La paulatina desaparición de los miembros del inicial grupo colonizador y su fragmentación en fundaciones de vida aislada azarosa y precaria.
- La aparición masiva del mestizo, heredero de dos culturas que habían perdido, en el encuentro, parte considerable de sus respectivos potenciales.
- La afirmación de una realidad económica elemental cuya organización insumió todas las energías del colono; realidad a la cual debía dar remate penoso la división de gobernaciones, con la pérdida de la salida al mar y el embotellamiento consiguiente de las posibilidades de desarrollo comercial, en 1617.
- La erección de la Provincia Jesuítica del Paraguay, con la fundación sucesiva de más de treinta Doctrinas favorecidas con privilegios para la colocación de sus productos, en competición con los de la Colonia, coronó la serie adversa. Es verdad que en compensación ciertas formas culturales hallan en los Colegios jesuíticos un apoyo institucional importante y otras manifestaciones culturales hallan en sus Misiones, así como en las franciscanas, posibilidades de expansión.
En tales condiciones, el ya difícil pulso cultural desfallece, y su índice aparente, el libro, así debió ponerlo de manifiesto, hasta bien adelantada la colonia. A partir de la segunda mitad de ésta, la situación varia merced a circunstancias que favorecen el flujo comunicativo. Son los últimos lustros coloniales durante los cuales se gesta el pensamiento independiente. Es entonces cuando vemos aparecer el libro - testigo insobornable - con mayor frecuencia y en mayor número, contrastando con la extremada pobreza de datos de los dos siglos previos.
Resumiendo, podemos decir que los factores capitales, en el proceso cultural a través del libro en esta región y durante la colonia son:
1. La composición socio-cultural de los núcleos conquistadores; el subsiguiente choque de culturas y mestizaje.
2. La constante situación de zozobra, tanto interna - disensiones y luchas partidarias - como externa - precariedad en la subsistencia, alerta frente al indígena; las expediciones en pos del oro, etc. -. Esto se refiere, lógicamente, con más intensidad y extensión, a la época heroica y fundadora laica (1535-1600).
3. Posteriormente, los condiciones económicas de la vida colonial, agravadas por la competencia misionera.
4. El aislamiento, condicionado por la situación geográfica y la falta de metales preciosos, y con él, la ausencia de intercambio cultural.
5. Las disposiciones restrictivas.
6. La ausencia de imprentas.
El libro, resultado de un largo proceso cultural, refleja a su vez, la conciencia critica del pueblo en cuyo ámbito se da, o que lo elige para su frecuentación. A su vez proyecta esa conciencia como postulado para ulteriores elaboraciones. Los libros que una colectividad lee - o no lee - son cifra de toda una conciencia social, de sus formas de pensamiento y hasta de vida.
¿Qué leían esos hombres y mujeres de la colonia, constreñidos en su trato con el libro por tan penosas escaseces? Acotado por esos libros ¿dentro de qué ámbitos discurrió su pensar y su sentir?
Es lo que desearíamos rastrear; a través de los escasos datos de Archivo principalmente; por comparación o paralelo con áreas culturales colindantes, después; y, finalmente, a través de las riesgosas pero interesantes picadas que abre la hipótesis.
Para ello, dividiremos los años de la Colonia en las siguientes etapas o épocas que se nos aparecen caracterizadas suficientemente por las circunstancias que en cada una de ellas condicionaron el desarrollo de la cultura:
A. Epoca heroica: desde la fundación hasta la llegada de los jesuitas y creación de su Colegio en Asunción (aunque los jesuitas llegan por primera vez en 1585, y fundan su colegio en 1594, preferimos alargar esta etapa concretamente hasta fines del XVI) (1534-1600).
B. Epoca de asentamiento: (1600-1811). Esta la referirnos por separado a dos áreas, en la extensión como en la acción: Jesuítica y Colonial:
Jesuítica: (1600-1767) Imprenta y bibliotecas propias de las Misiones y Colegios.
Colonial: dividida a su vez en dos periodos:
1er. Periodo: desde la fundación del Colegio Jesuítico hasta la salida de los jesuitas (1600-1767).
2do. Periodo desde la salida de los jesuitas hasta la Independencia (1767-1811).
La recensión del Libro como factor cultural en el área, durante la colonia, la extendemos, fuera de ésta: A las Misiones, por un lado, por razones obvias. Ellas constituyeron durante la Colonia, un foco vivo de cultura en perenne actividad.
Y por otro, a las primeras épocas del período independiente, porque la época de los López constituye el lapso en que, al ponerse el ciudadano paraguayo en contacto amplio con el libro extra fronteras, clausuró el largo proceso durante el cual esa cultura en el ámbito paraguayo había mantenido, desde cierto punto de vista, la circunstancia medieval.
Razones de continuidad histórica y por tanto, lógicas, incitan pues a trascender las fronteras cronológicas de la Colonia, y penetrar, tras el libro, en épocas de interés considerable dentro del proceso del pensamiento paraguayo a través del texto impreso; es decir, a prolongar ese rastreo hasta 1870, para ver en esos dos períodos primeros de la Independencia, la corroboración de las hipótesis o deducciones formuladas para períodos anteriores.
Así, el índice añade dos capítulos que recogen la escasa actividad del período francista, y otros tres en que se distribuye el caracterizado par el rápido repunte cultural, bajo el gobierno de Don Carlos Antonio López (1842-1862) y su hijo el Mariscal (1862-1870): de este modo:
C. Epoca independiente, dividida a su vez en dos períodos
1. Período francista (1811-1840)
2. Gobierno de los López (1 840-1870).
CAPITULO I
LOS LIBROS EN LA EPOCA HEROICA (1537-1800)
Resulta poco plausible - aunque no posible - suponer que aquellos audaces navegantes - Solís, Gaboto - que antes que el Adelantado de trágico destino pisaron tierras del Plata, emprendieran viaje sin algún libro en la faltriquera que amenizase sus escasos ocios. A este respecto debemos recordar que un somero repaso de las listas de conquistadores (Lafuente Machain) permite estimar en un 20 % el número de aquéllos que sabían leer y escribir, amén de aquellos que, como no era infrecuente en la época, sabían leer pero no escribir. Mas sin necesidad de remontamos tan lejos, y ciñéndonos a la nombrada expedición de Don Pedro, sabemos que en los buques de éste vinieron al Plata (1634) los libros pertenecientes a los Padres Jerónimos y Mercedarios, así como a los clérigos que le acompañaron. Obras de teología, de sermones; catecismos, misales, florilegios. Con ellos habrían hecho su entrada en tierras guaraníes las primeras muestras de literatura religiosa. Sin embargo, también habían venido, según parece, con la Armada de Orué, (1539) varios franciscanos (Padres Armenta, Lebrón y otros), que no desembarcaron en el Plata y quedaron en Santa Catalina. Pero como Santa Catalina pertenecía entonces al Paraguay (la provincia del Guairá llegaba hasta el Atlántico, con una dilatada costa) y esos franciscanos habrían traído también, pocos o muchos, sus libros religiosos, justo es anotarlos en su lugar, aunque el provecho de esos libros haya quedado ceñido en forma absoluta al de la pequeña comunidad.
Sabemos que al embarcarse Don Pedro de Mendoza se traía las obras de Erasmo, Petrarca y Virgilio, en amigable compañía. No sabemos si los dejó acá junto con el resto de salud y esperanzas, o si los llevó consigo en su truncado regreso. Pero aunque Don Pedro de Mendoza no llegó a la Asunción; y aunque se llevase sus volúmenes de vuelta, no por eso incluimos menos éstos en el primer contingente de letra impresa profana acá llegado; no debemos olvidar que entonces el Paraguay era todo el Río de la Plata. Claro que con Don Pedro vinieron otros hidalgos y con éstos otros libros (que, ellos si, arribaron a la Asunción del Paraguay junto con los del piadoso equipaje de frailes y clérigos).
Y aquí nos topamos con el hecho capital de los archivos de entonces, abundantemente zarandeado: el de los libros de Juan de Salazar y Espinoza.
El testamento del hidalgo y capitán fundador de Asunción, otorgado el 25 de setiembre de 1557, habla de los volúmenes que formaron el catálogo de su biblioteca, para hoy no muy nutrida pero preciosa para entonces.
En esa última voluntad, Salazar enumera sus libros "entre sus más preciadas pertenencias". Costa la lista de unos 12 volúmenes, algunos de los cuales no identificables en el documento por haber devorado las polillas, en errado procedimiento de alfabetización, algunos renglones: los identificables son los siguientes:
EPISTOLAS Y EVANGELIOS PARA TODO EL AÑO
EPISTOLAS DE SANCT GERONIMO
FLORILEGIO SANTO
DOCTRINA CRISTIANA
EXPOSICION DEL PRIMER SALMO DE DAVID
SUMA DE LA DOCTRINA CRISTIANA
CAMINO DEL CIELO
ARITMETICA
Todos ellos, menos uno, son como se ve, títulos religiosos.
La pequeña y piadosa biblioteca, tal como se nos presenta en el testamento, nos dice del espiritual perfil de estos conquistadores, que al traerse espada y adarga, no olvidaron de traerse también sustento para sus almas. La lista en efecto bien podemos considerarla como modelo o ejemplo de otras que por ese tiempo y hasta muy adelante se introdujeron; y restablecer como regla que en ellos los libros profanos, aún los autorizados, eran siempre los menos, y a menudo ninguno.
Salazar enumera en su testamento varios libros en blanco (de seguro por él mismo mandados confeccionar) formados mediante la encuadernación en pergamino de cierto número de hojas vírgenes. Esos libros en blanco (equivalentes a los cuadernos, las agendas o los dietarios de hoy) estuvieron evidentemente destinados a consignar en ellos anotaciones de carácter continuado (un diario, relaciones, crónicas). De la afición de Salazar a escribir, y de su propósito de hacerlo, da fe además la relativamente grande cantidad de Papel en blanco que dejó a su muerte (figura en su mismo testamento) y que obtuvo un buen precio en la subsiguiente almoneda (como no podía ser menos, dada la ocasión, ya que no eran frecuentes las oportunidades de adquirirlo).
Aquí damos con el segundo punto que ha hecho siempre interesante en los recuentos de literatura nacional este testamento. Porque en él Salazar menciona "los libros de romance que tengo scribtos" recomendando "que mis hijos se los repartan entre sí". Y de estas frases se ha deducido que Salazar escribía romances; y se le ha llamado "el Capitán poeta".
Pero el testamento de Salazar dice textualmente: "Libros de romance y de mano lectural que tengo scribtos..." Romance, y no romances. Acá Salazar quiso significar simplemente "libros en la lengua corriente o romance" en oposición al latín, idioma, como sabemos aún empleado muy a menudo en libros editados en ese siglo y posteriores. Así lo hemos sostenido más de una vez; es decir, que la opinión antes mencionada es errónea, y que Salazar sólo quiso decir libros escritos en lengua vulgar por oposición a libros en latín. La palabra romance era empleada corrientemente en este sentido en la época en la cual Salazar abandonó la península, e inclusive se siguió empleando en épocas posteriores, y hasta muy tarde, como puede comprobarse en listas de libros enviados a Indias durante todo el siglo XVII (e inclusive dentro del XVIII); la expresión "traducido del latín al romance" que figura en muchos libros de la época, sería de por sí sola fehaciente.
Indudablemente que, de tratarse de auténticos romances, esos libros desconocidos nos resultarían más interesantes todavía, por únicos en su género en aquel tiempo y en estas tierras. Pero, verso o prosa, los libros escritos por Salazar - las palabras libros y scribtos de mano lectural no pueden tener aquí sino un sentido: obras manuscritas e inéditas - abren amplio portillo a la curiosidad.
¿Cuál fue el contenido de esos manuscritos? ¿Eran relatos de la conquista en tierras del Plata? ¿Fueron historias de imaginación?
Lo primero, por obvias razones, es mucho más plausible; casi seguro. No habría sido Salazar el único en dejar noticia de lo sucedido en la joven colonia de aquellos años; bien que quizá ninguno de esos escritos (Memorial del Factor Dorantes, relato de Fernández de la Torre, carta de Francisco González Paniagua, etc.) y salvando las Memorias de Cabeza de Vaca, merezca literariamente el nombre de libro (8).
La segunda pregunta que se impone, es: ¿Dónde y en qué momento fueron escritos?
¿Los escribió aquí? Esto es más probable, que no que los tuviera escritos antes de venir a América y cargarse con ellos en la talega pensando imprimirlas en estas tierras... Más lógico pensar que los escribiera durante sus vigilias de conquistador, al resplandor de una hoguera de campamento; o a la luz de un precario candil de los que parece se usaron en los primeros tiempos de la conquista; en su rústica morada de Nuestra Señora de la Asunción.
En este caso podría pensarse que los escribió en el período mismo que precedió en su viaje a España, o sea entre 1537 y 1544 (si a ello le dejaron lugar las peripecias cotidianas) y que los llevó a la metrópoli para allí publicarlos, como se hizo con tantos relatos de conquistadores; aunque es también cosa de preguntarse si la forma arrebatada en que hubo de abandonar Asunción en esa coyuntura le dio tiempo para escoger su equipaje.
Pero si los llevó consigo en esa ocasión, sería cosa de preguntarse a su vez porqué no intentó publicarlos; o porqué, si lo intentó, no tuvo éxito; cosa improbable ésta dado el interés que por entonces suscitaba toda historia de las tierras nuevas.
Y entonces se impone suponer, como lo más plausible, que lo escribiera ya asentado de nuevo en el Paraguay, ya sin deseos o perspectivas de regreso; en la segunda parte de su vida asuncena, a la sombra de la Casa Fuerte, en sus interminables veladas de desterrado; y que redactó esas páginas sobre el mismo escritorio que en su testamento menciona; soñando alguna vez en verlas en letra de molde en la patria lejana, leídas con avidez en antesalas de la corte, en tinelos, o en escaños de plazas, como se leían otros libros de conquistador, llenos de extraordinarios hechos, de novedades y de maravillas.
Llegados a este punto no podemos menos de pensar con melancolía en el magnifico testimonio de visu del fundador, quien, por ser hombre tan religioso, no podría menos de ser veraz; en los datos preciosos que el actor de tan dramáticas experiencias nos quiso transmitir; para siempre perdidos. Habría sido el testimonio directo del conquistador de los años primigenios (1534-1541) que falta en la historia de esta región (el de Villafañe es harto breve para contarse sino como mera información; y además el lapso y acontecimientos que abarca pertenecen casi exclusivamente a la intrahistoria de campamento). Ello no significa subestimar el valor enorme del testimonio de Schmidl; pero su visión aparece coloreada inevitablemente por su nacionalidad y condición de enrolado al margen de todo otro interés que la aventura.
Aún ausentes esos legajos inapreciables, queda sin embargo, para Salazar, el titulo de dueño de la primera biblioteca paraguaya de la cual dé fe nuestra crónica; y el blasón de, si no el primero, uno de los primeros autores en esta tierra. Pues cualquiera que sea la época en la cual escribió Salazar esos libros, al tener que hacerlo precisamente antes de 1560, él habrá de encabezar, junto con Cabeza de Vaca, Ulrico Schmidl y Hans Staden - más afortunados, ellos, al sobrevivir sus obras - la lista bibliográfica del acontecer en estas latitudes.
Desde luego, al mencionar los libros que se refieren al Paraguay y que fueron escritos en esa época o un poco más adelante, debemos separar la realización literaria de la gráfica; los escritos, lo fueron, alguno en el país, los más fuera de él; los editados, lo fueron forzosamente fuera del país: unos en idioma extranjero (Ulrico Schmidl) otros en castellano (Cabeza de Vaca, Rui Díaz de Guzmán, Barco Centenera). Algunos, como el de Hans Staden, permanecieron inéditos hasta época reciente.
Considerada en conjunto esta producción sobre aspecto de la conquista y la vida paraguaya durante el siglo XVI, salta a la vista que en su breve lista sólo una obra puede señalarse coma muestra bilateral en este plan apreciativo de lo cultural; prueba de la voluntad de ser espiritual del nativo, y lógico testimonio a la vez de la circunstancia en que el autor debió fraguar su cultura, es decir, sus conceptos del mundo y de la vida. Esta obra es LA ARGENTINA, de Rui Díaz de Guzmán.
El análisis de esta obra resultaría por demás interesante en todos sus aspectos: contenido y lenguaje. (No creemos agotado el análisis de este libro con el poco ecuánime que de él hiciera Paul Groussac).
LA ARGENTINA da el módulo de una cultura en gestación donde lo hispánico y lo indígena se conjugan austeramente en busca de una integración espiritual: leerla, nos hace más de lamentar todavía la subsiguiente obscuración de las manifestaciones literarias coloniales.
Algunas noticias más, aquí y allá, aunque muy parcas, se dan, en los archivos, de libros (durante esos años). Que los conquistadores, a esas alturas, conquistados ya por la tierra, no por eso dejaban de echar de menos los beneficios conviviales del libro, lo prueban las solicitudes que de éstos hacían a la Metrópoli, en cuanto tenían ocasión de hacerlo.
Más de un libro llegó sin duda en las pocas y sucesivas Armadas desde 1538 a 1575; pero pocos siempre, comparados con la nostálgica sed de espiritual comunión, de los colonos. Con Cabeza de Vaca, en 1542, llegó un lote de libros, con Barco de Centenera, en 1575, otros. Un buen lote aunque de carácter exclusivamente relacionado con su labor debieron traer también los franciscanos llegados en 1575, junto con el mismo Centenera. Pero evidentemente estas pequeñas transfusiones resultaban insuficientes: Martín de Orué en 1546 manifiesta a la metrópoli, entre las necesidades de estos colonos, la de libros; lo mismo hacen Juan de Salmerón en1556, Jaime Rasquín en 1557 y Barco de Centenera en 1575.
No serian, repetimos, Mendoza, Salazar y Cabeza de Vaca los únicos de los capitanes hidalgos u hombres de letras aquí llegados que trajesen entre sus bártulos unos cuantos libros. Lógico era que los médicos y "cirujanos de Su Majestad" trajesen su texto de Medicina, y sus textos jurídicos los leguleyos; los escribanos y notarios no se vendrían sin algún libro formulario o de consulta.
Corroborando estas suposiciones, hallamos que con la Armada de Sanabria en 1555, había llegado el licenciado Fernando de Horta, portador de una biblioteca de Derecho, constante de 87 volúmenes: (número realmente considerable para esa época y más para el lugar) también figuraba en él algún libro menos jurídico, como HISTORIA GENERAL DEL MUNDO. No debió faltar a los colonos material de consulta para los interminables pleitos de la colonia... Más tarde hallamos, muy ocasionalmente algún otro libro de historia. Estos van aumentando, aunque muy poco a poco, a lo largo de los lustros: quizá una estadística minuciosa demostrase que el crecimiento se efectuó a razón de título por lustro... Pero los libros profanos propiamente dichos son más raros todavía y más espaciados en su llegada.
El hecho de que el material profano de lectura durante tantos lustros se haya visto limitado al Derecho y la Historia es posible que haya condicionado, en cierto sutil modo, la disposición de ánimo colectiva hacia estas materias: sabida es la consideración que los estudios de Derecho y de Historia disfrutaban en el consenso general. Estas dos disciplinas constituían en efecto los pivotes sobre los cuales girará significativamente el afán didáctico local. También gozarán de predicamento los libros de medicina que se dan inclusive hasta en bibliotecas particulares: este uso tal vez explique cómo se hallan hasta hoy libros de medicina en manos de curanderos y payeseros. Y entre los bienes de Juan Porras de Amor, fallecido en 1599, encontramos un "libro de medicina" el cual compró, en dos pesos, en la subsiguiente almoneda, Cristóbal de Medina (9).
Libros de entretenimiento, repitámoslo, pocos. Un testamento de otorgante indescifrable y fecha imprecisa, pero que podemos presumiblemente situar alrededor de 1600, menciona "un pequeño libro de Guzmán..." (Suponemos "de Alfarache" pues falta continuación). Y no hallamos otro indicio sugestivo de regodeos imaginativos, en los centenares de testamentos de la época.
Cuando los jesuitas, ya hacia el fin del siglo, fundan sus Colegios, se barrunta disponen ya de bibliotecas surtidas en cierta medida, pero siempre dentro del área teológica y sus colaterales religiosas y piadosas.
Estos años del siglo XVI que constituyeron la época heroica de la colonia, son pues años de aguda carencia libresca.
Esta carencia marcó sin duda el destino intelectual de las primeras generaciones paraguayas: la sed de saber no tuvo contrapartida, salvo en las disciplinas religiosa y ética y limitadamente en lo histórico. Poca o ninguna concesión a la fantasía.
Los pocos libros que habían llegado con los colonizadores, y los que más tarde en número desconocido pero seguramente no copioso fueron llegando con las siguientes Armadas, debieron ser libros preciosos para los desterrados. En las noches cálidas, a la luz de las velas o de mortecinos candiles, leerían y volverían a leer, melancólicamente, las páginas que espiritualmente les unían a un ambiente y a un mundo lejanos y en muchos casos irrecuperables ya, y a través de ellas quedarían irremisiblemente fijados a un mundo ahora ya en profunda transformación.
Tocaba a su fin la primera etapa, la que hemos llamado heroica de la conquista: aquella durante la cual la comunicación con la metrópoli se interrumpió, a veces dramáticamente; animada apenas en un largo aislamiento de 40 años por la llegada de cuatro Armadas y en la cual se dieron un lapso de 10 años y otro de 15 en cuyo transcurso la colonia estuvo sin recibir auxilios de la Península.
Para entonces también surgía Buenos Aires, la ciudad que, desmintiendo por una vez aquello de que "segundas partes nunca fueron buenas" surgía vigorosa y afortunada de entre los restos del primer Fuerte, a la vez que con ella se alzaba a la entrada del Río de la Plata la barrera que en adelante se interpondría - ineluctable designio geopolítico - entre Asunción y sus románticos derechos hegemónicos.
La fundación de Buenos Aires trae consigo a poco andar una activación sensible de las importaciones librescas, aunque el catálogo de éstas, a lo menos el visible, no hubiese experimentado cambio notable, y continuase limitado a títulos teológicos, piadosos, edificantes y algún libro de historia - no todos eran considerados potables - y tal cual libro técnico... en cuanto podía hablarse de técnica en aquel tiempo.
En 1581 fray Francisco de Vitoria complacía desde España un pedido de Hernando de Zárate, y una Real Cédula de ese mismo año ordenaba se enviasen libros de texto al Río de la Plata; (Buenos Aires por entonces asentaba sus primeras casas) seguramente cierta cantidad de ellos subirían al Paraguay.
Por ejemplo, Furlong (10) menciona los libros traídos por Damián Osorio y Blas de Peralta en 1590 y 1592, respectivamente; libros todos ellos de contenido teológico, menos un libro de Luis de Granada, otro de Historia y un "Tratado de la regla del arcabuz".
En 1590 se mencionan ya librerías bonaerenses fundadas antes de esa fecha. Importaciones de las cuales el Paraguay - no hay testimonios, pero el sentido común rige - debió participar en la medida compatible con la situación.
De esos centros de Buenos Aires irradió sin duda a otros puntos (no precisamente todos del Plata) la provisión de libros. A veces esos libros eran, en lo que al Paraguay se refiere, encargados directamente de la metrópoli, como en el caso de los Colegios Jesuíticos de Asunción y Villarrica, o de las propias Reducciones guaraníes, más tarde.
Sin embargo, y además, las librerías de Buenos Aires ejercieron un papel clandestino, cuya importancia no resulta fácil determinar, en la satisfacción de las ansias de lectura de la gente río arriba, sin hablar de otras regiones. Para fines del siglo había ya en Asunción quienes, en forma sea abierta, sea clandestina, comerciaban con libros. Lo prueba el hecho de que una visita fiscalizadora del Gobernador Hernandarias a las tiendas de Asunción en 1592 descubriera, en casa del Capitán Diego Núñez de Prado, "una venta de libros, propiedad de un tal Arias"; entre ellos "una partida de cartillas de aprender a leer". No se da a entender cuáles fuesen los otros libros de contrabando.
Los libros de texto, siquiera primarios como lo son las cartillas, debieron hacer sentir su necesidad a raíz precisamente del establecimiento de las primeras escuelas elementales en la Colonia. Esto tuvo lugar en fecha temprana: sabemos que el clérigo Juan Gabriel Lezcano instituyó en 1545 una escuela para los niños hijos de conquistadores. En esta escuela, las cartillas serían lógicamente necesarias. Ese material didáctico, que de existir ya en esa fecha no pudo ser traído sino por el buen Pancaldo en 1538 (cosa dudosa) o por la Armada de Orué en 1541. Si entonces no lo hicieron, no pudo ya llegar sino con las Armadas posteriores a esa techa, de las cuales la primera fue en 1556 (Armada de Sanabria).
Durante años los improvisados maestros de la colonia debieron arreglárselas como pudieron e improvisar métodos que supliesen la ausencia de los preciosos textos. (Esta situación se repetirá muchos años más tarde, en cierta época, en tiempos de Francia, cuando la falta de libros, unida al incremento de la población escolar, creó circunstancias de apuro a los maestros; algunos de estos sólo disponían de una cartilla o catón para enseñar a leer a toda la clase).
Con la llegada de los hijos de Loyola al Paraguay en 1585 debería darse por conclusa esta primera etapa heroica de la enseñanza en la colonia, ya que a partir de esa fecha encontramos en los despachos de viajeros al Plata e incluida en los permisos correspondientes, la licencia para traer libros en cantidad variable: licencia sujeta a las restricciones de que dan fe las Cédulas citadas en los preliminares, pero cuyo ejercicio había dado, como se ve, margen al contrabando. Por razones de método, sin embargo, fijamos como fecha tope de esa época heroica la fundación del Colegio Jesuítico de Asunción en 1591 por el Padre Alonso Barzana.
Esa orden, esencialmente dedicada a la formación doctrinal y catequística, se encargó de hacer llegar con relativa abundancia libros a esta colonia, como a otros sitios de América; a la vez que los enviaba en mayor número todavía a las Reducciones. Todos estos libros y en especial los últimos, por razones obvias, respondieron siempre en primer lugar a las necesidades de consulta o de labor catequística y adoctrinante; es decir fueron predominantemente de índole teológica, piadosa o edificante. Y, paralelamente, didáctica.
La falta absoluta de documentos nos impide asentar, por otra parte, en qué medida la Orden Franciscana contribuyó, con la introducción de libros, a la cultura de la colonia, con la existencia de bibliotecas en las Misiones y pueblos a su cargo. Por otra parte; hay indicios suficientes para presumir que aquí, como en el Plata, los jesuitas fueron intermediarios bien dispuestos para la introducción de libros para las bibliotecas particulares. Estos libros, sin embargo, y como es lógico, serían siempre de carácter piadoso o moralizante; en todo caso, ceñida su lista, en lo que consta a los títulos profanos, a disciplinas austeras, como la historia, o los viajes.
Al entrar el siglo XVII, establecida, en cierta medida la continuidad de las comunicaciones con la Metrópoli, a través de Buenos Aires (no hay que olvidar que en este aspecto también esa ciudad sufrió lapsos de comunicación escasa con la metrópoli, aunque le quedó la opción, laboriosa, pero opción al fin y al cabo, de las comunicaciones con el Perú) el movimiento de libros en las colonias (y en el concepto movimiento incluimos no sólo el volumen o número de libros, sino también la diversidad o ampliación de temas o contenidos) ceñido a los envíos del exterior, sigue tropezando con los obstáculos siguientes, herencia del periodo anterior:
1) Las disposiciones restrictivas de la Corona (tanto las señaladas en el Capitulo I dictadas durante el XVI y siempre vigentes, como las emanadas dentro del XVII y que como es lógico, no dejarían de obrar en esta área);
2) El propio pulso cultural del Paraguay, condicionado por circunstancias de todos conocidas:
a) La pobreza, en general, de los colonos.
b) La escasa población alfabeta.
c) La presión que las Ordenes religiosas, como guías espirituales, ejercían en el pensamiento colonial.
Añadamos las restricciones que el traslado de gente a la metrópoli o de ella experimentó en épocas diversas. Esta incomunicación, como otras medidas restrictivas que afectaron a estas provincias, tuvieron siempre más raigal consecuencia para territorio de por sí aislado como el paraguayo.
Por otra parte, para esa fecha la generación conquistadora, es decir la que aportó su caudal físico y cultural a la cimentación de la colonia, había desaparecido ya casi del todo, antes de terminar el siglo. Ya en 1575, un cronista pinta el cuadro que ofrecía Asunción a la llegada del viajero: "...un centenar de españoles medio desnudos y largas las barbas blancas, rodeados de seis mil doncellas y más de mil mancebos" (11). Y un poco más tarde, en 1594, alguien dice con sencillez ".... la gente nacida en España se va aquí acabando..."
Esto explica la ausencia absoluta de manifestaciones literarias durante el siglo subsiguiente; excepción hecha de las obras que como las de Rui Díaz de Guzmán, criollo, y Barco de Centenera, español, habían sido concebidas y gestadas en período anterior. El aporte espiritual no había sedimentado institucionalmente y la "postración paraguaya" señalada en el terreno histórico (económico sobre todo) tuvo su correlativo en una postración cultural cuya única contrapartida se halla en la actividad desarrollada en las Misiones. Algunas descripciones que hacen viajeros y cronistas acerca de la pobreza de la vida colonial son impresionantes. Actividad cuya cifra dio, desde el principio mismo del XVII, la bibliografía jesuítica local: pero que se mantuvo al margen de la colonia, incomunicada con ella.
Existen sin embargo listas de libros traídos al Plata a partir de 1590 y hasta fin de siglo que permiten completar el esquema del pensamiento colonial durante esos años. Sabemos que Blas de Peralta trajo, en 1592 obras de Fray Luis de Granada, LA IMITACION DE CRISTO, y quizá algunas obras de Erasmo. (Los libros de éste gozaron de predicamento durante el siglo XVI, y algunas de ellas, especialmente EL CABALLERO, llegaron a América en cierto número, hasta su prohibición).
LA CONSOLACION POR LA FILOSOFIA, de Boscio, aparece en varias listas de obras que atravesaron el Atlántico y llegaron a estas playas, así como las obras de San Agustín: LA CIUDAD DE DIOS, sobre todo, y algunos libros de historia griega y romana. Las hallamos ya un poco tardíamente, en bibliotecas laicas paraguayas del último tercio del XVIII. Pero posiblemente llegaron antes a las bibliotecas religiosas.
CAPITULO II
EL LIBRO EN LA COLONIA DE 1600 A 1767
De acuerdo a lo expresado con anterioridad (Capitulo Preliminar) la enseñanza primaria durante la Colonia estuvo en los primeros tiempos más atendida de lo que en general se cree, aunque menos también sin duda de lo que estuvo en la intención metropolitana y en el deseo de los colonos.
Ya el canónigo Lezcano, como se ha dicho, había fundado en 1545 su escueta de letras. Noticias posteriores, dentro todavía del siglo XVI, nos dan la cifra de 2.000 asistentes a las escuelas primarias asuncenas (12). Claro que esta enseñanza no rebasaba en la época los conocimientos básicos de lectura, escritura, contar y doctrina; y la juventud de ese tiempo no tuvo en la abrumadora mayoría de los casos, lugar a desenvolverse a más alto nivel y en más amplias disciplinas, ya literarias, ya doctrinales.
Ahora bien, si la enseñanza supone escuelas, éstas suponen textos. No tenemos idea de la forma en que este problema fue solucionado durante los primeros lustros. No es improbable, como se dijo en capitulo anterior, que en las primeras armadas que siguieron a la de Don Pedro de Mendoza (Pancaldo, Orué) vinieran ya silabarios y cartillas; aunque no hemos hallado al menos rastro de ello en estros archivos; y la palabra cartilla sólo aparece muchos años más tarde. Ya nos hemos referido (capitulo I) al comercio clandestino de cartillas, en los últimos años del XVI.
Un papel importante desempeñaron a partir de fines del XVI, los jesuitas. Desde su llegada, la enseñanza ya no funcionó solamente al nivel que hoy llamaríamos primario. La corrección de lenguaje de que hacen gala muchos documentos de esa época es sin duda, al principio, lógico reflejo del conocimiento del idioma, en la administración llevada directamente por españoles idóneos; pero esa corrección se mantiene, a cierto nivel por lo menos, en los documentos, después de extinguida a principios del XVII, la generación conquistadora; y este hecho es tanto más de notar en una época en la cual el guaraní primaba en lo cotidiano en una forma ya difícil hoy de concebir.
Es verdad que el contingente de pobladores españoles se renovó con las sucesivas Armadas, pero no es menos cierto que las fundaciones del Guairá y otras invirtieron gran parte de ese contingente, debilitando así al potencial cultural capitalino. Por otra parte los españoles en el Paraguay nunca fueron lo suficientemente numerosos para llegar a constituir, ni siquiera en Asunción, grupos de presión de acción decisiva en lo cultural como sucedió en otras regiones.
Papel importante sin embargo podemos asignar en el mantenimiento del idioma al cultivo del mismo en el seno de las familias hidalgas, "patricias", especialmente las formadas a raíz de la venida de mujeres españolas en las Armadas de Sanabria y de Ortiz de Zárate. Los miembros españoles y sus descendientes conservarían la lengua como blasón de estirpe, defendiéndola de la presión mayoritaria del guaraní, aunque al propio tiempo utilizasen éste como vehículo de relación con la mayoría.
Las mujeres de la colonia, se ha dicho, entendían el castellano, pero no lo hablaban: esta situación duró hasta entrada la Independencia. Por cierto que esta limitación del idioma castellano, en su más denso nivel, a la población masculina, reproduce en cierto modo, curiosamente, el cuadro de ciertas culturas primitivas, en las cuales cada sexo posee su lenguaje propio. Sin embargo, es obvio que los libros piadosos edificantes eran leídos por igual por los maridos y las esposas; y ello supone que por lo menos en un numero dado de hogares, la mujer alcanzaba cierto dominio del idioma, aunque quizá éste fuese ejercitado más en la lectura que en la conversación.
Vale la pena tal vez reflexionar sobre lo que esa defensa del idioma representó en una sociedad donde la población blanca se hallaba en proporción de uno a quinientos con respecto a la indígena (13). Se ha hablado mucho de la prodigiosa supervivencia del guaraní; pero quizá no se ha pensado suficientemente en lo que significa el hecho inverso; la manutención y extensión del castellano durante los mismos siglos coloniales, contando con tan escasísimo núcleo de hispanoparlantes originarios y a pesar de las voces de alarma que respecto a la situación del español en la colonia lanzaron algunos gobernadores a fines del XVIII.
Tres ejemplos de este dominio del idioma bien que en época aun temprana, por cierto, son Rui Díaz de Guzmán, el obispo Trejo y el Beato Roque González de Santa Cruz.
Es imposible que esta conservación del Idioma llegase a ser un hecho sin la ayuda, en gran medida, del libro. Ya se ha hecho referencia a la entrada de letra impresa, restringida seguramente, pero que no dejó de hacerse sentir, ya desde 1590. Después de esta fecha, precisamente cuando crecen el aislamiento y la pobreza del área, aumentan las probabilidades de contacto con el libro a través de las facilidades que ofrece el comercio de Buenos Aires con la metrópoli, y que, por supuesto, no pueden ser aprovechadas en toda su amplitud debido a las circunstancias mencionadas en primer lugar. Pero no por eso dejan de entrar libros. Lo hacen por diversas vías, como lo irán sugiriendo hechos indirectos.
El Padre Furlong ha recalcado el papel importante que en el movimiento bibliográfico de esos tiempos corresponde a la Orden de Jesús en el Plata diciendo (14) que los jesuitas "eran incansables en la importación de libros, así para sus propias bibliotecas como para las ajenas a la Orden". Dato que hemos anotado ya. Añade que tenían librerías semi públicas, "en las cuates muchas obras, y sobre todo los textos escolares, se hallaban para la venta, no lucrativa, sino difusiva"... (Sin mucho trabajo podría en realidad comprobarse que una lista unificada de las pequeñas bibliotecas particulares de la época daría como resultado en su total una lista muy semejante a la de la biblioteca conventual franciscana de Villarrica, por ejemplo, con la natural excepción de las obras más densamente teológicas, o específicas de la Orden).
"Sacerdotes y monjas encargaban a menudo a los Padres la adquisición de libros" dice Furlong (se refiere al Plata) dando listas inclusive de los libros comprados. No sabemos - faltos siempre de documentos - en qué medida exacta, ni siquiera aproximada, estos hechos tuvieron su correspondiente reflejo en el Paraguay; pero sí consta que jesuitas o miembros de la Orden u otras Ordenes residentes en el Paraguay encargaban libros por intermedio de jesuitas viajeros. Los permisos de embarque en puertos españoles mencionan, en las listas de viajeros jesuitas, paquetes o bultos de libros.
Hay indicios suficientes para presumir que aquí, como en el Plata, los jesuitas fueron intermediarios oficiales para la introducción de libros para las bibliotecas particulares: estos libros sin embargo y como es obvio, serían siempre de carácter piadoso o moralizante; en todo caso, ceñidos a los títulos profanos, disciplinas austeras, como la historia.
Pero es indudable que en este comercio fue Buenos Aires la que obtuvo la mejor parte. A principios del siglo XVII era nutrida la biblioteca de los jesuitas de Córdoba. El obispo monseñor Carranza (15) poseyó una "en 253 cuerpos" (volúmenes) que donó a la Orden Carmelitana en 1625. Fue nutrida según el mismo Furlong (16) la biblioteca del Paraguayo Hernando de Trejo y Sanabria, titular de la Universidad de Córdoba, biblioteca allí formada y que por ese motivo no pudo beneficiar a la cultura paraguaya.
Nada tendría de extraño que también los particulares paraguayos, conforme a lo varias veces ya expresado, hubiesen utilizado esos buenos servicios, con las limitaciones propias de la situación. Pero, naturalmente, los libros comprados por tal intermedio no podrían en ninguna momento rebasar las listas de la más correcta ortodoxia; pero se comprende que también en más de un caso se tratase de libros fuera del ámbito específicamente doctrinal, piadoso o edificante libros de historia, y avanzando el tiempo, de pedagogía, de geografía, viajes, filosofía, etc.
El predominio de las lecturas religiosas en esta área y en el transcurso de los años que van desde el comienzo de la décima séptima centuria hasta 1767 - fecha de la expulsión de los jesuitas - es un hecho capital de esta cultura.
Aparte de las restricciones que pesaron sobre la adquisición de libros profanos - restricciones varias veces mencionadas (con las salvedades también, del caso, cada vez) hay que tener en cuenta que la educación, en manos de Ordenes religiosas, o ceñida estrechamente a sus directivas espirituales, es seguro que no dejó mucho margen de elección en esta materia a los particulares. Por tanto, reiterando conceptos ya expuestos, no creemos razonable trasladar a este medio y época las palabras que a cuestión paralela aplica J. Eusebio de Llano Zapata en su interesantísima carta a Monseñor Cayetano M. de Agramante, Obispo de Charcas, a mediados del XVII "de libros italianos, franceses y portugueses ha casi un siglo que son tantos los que se conducen a aquellos países que hoy se hallan en ellos los mejores que se hayan escrito en esas lenguas, que por este comercio se han hecho comunes a los eruditos americanos, pasando también su cultivo a las mujeres que se precian de discretas"...
Está fuera de cuestión que los conocimientos políglotos excedieron las posibilidades culturales del medio (si se exceptúa el latín en el medio religioso y entre los abogados y médicos) aunque alguna vez tropezamos en las listas con algún libro en italiano o en portugués, no es cosa frecuente. Y el contacto femenino con los productos imprentarios de la época tampoco pudo asumir aquí los eufóricos contornos que delinea la carta precedente.
No se ha hallado rastro de la literatura de ficción condenada ya por el Sínodo de Tucumán en 1581. Si entró alguno de esos libros, lo hizo en forma tan subrepticia, recatada y secreta, que no ha quedado el más mínimo indicio.
Resumiendo, damos por sentado que a partir de 1600, entraron en el Paraguay, junto con los de teología, piadosos o edificantes, tales cuales libros de materia no eclesiástica (historia, sobre todo) pero todos ajustados a la más estricta ortodoxia. Su lista de títulos, a lo que hasta ahora se pudo comprobar, fue además corta y poco variada. Por supuesto, entran los indispensables de medicina, derecho, etc.
¿Cuáles fueron, detalladamente, esos libros de contenido profano entrados al Paraguay para uso de particulares o no durante esos años de colonia, en los cuales los jesuitas y otras Ordenes religiosas mantenían un control severo sobre la mentalidad colonial?
No existe modo de llegar a una respuesta ampliamente correcta; sólo disponemos de unos cuantos indicios, indirectos los más; y ya expresados algunos aunque es verdad que aun en su limitación, esos indicios resultan importantes.
La ausencia de un centro humanístico organizado (la ansiada y nunca alcanzada Universidad, perseguida por los gobernadores coloniales, pero que sólo fue un hecho para verla situarse lejos, en Córdoba) privó al medio de un eje polarizador del comercio intelectual, y por tanto, libresco. Sería inútil querer separar, en aquellas épocas, como en éstas, la corriente de formación universitaria y el pulso de las lecturas literarias, y por tanto la importación de libros.
La corriente libresca se canalizó desde Europa hacia el Plata y de preferencia hacia Córdoba; lo prueban los datos recogidos por estudiosos como Furlong (17) a la vez que el Paraguay quedaba, prácticamente, al margen de esta corriente. Sin embargo, es oportuno anotar el papel que en la diversificación e intensificación de estos conceptos pudieron tener los paraguayos que fueron a estudiar a Córdoba en esos años, y que aunque no fueron numerosos no dejaron de traer a su regreso en los últimos tiempos, alguna novedad, seguramente no siempre dentro de los estrictos limites de lo ortodoxo y doctrinal, y que en alguna medida enriquecían la lista bibliográfica local. A este respecto son elocuentes las palabras de Rener, mucho más tardías, es cierto (18) pero que creemos aplicables ya al último tercio del XVIII por lo menos.
"Los criollos y nativos que se graduaban en Montserrat, volvían a sus provincias con escasisimo respeto hacia las disposiciones del Vaticano y con la cabeza llena de un espíritu nuevo, aunque indefinido para ellos"...
Un documento datado en 1774, o sea ya en fecha avanzada dentro de la colonia, da una idea de su ambiente cultural enrarecido:
"Siendo aquella provincia por su extensión y población de las que producían ingenios sobresalientes, se hallaba Inculta y pobre por carecer del comercio universal y no podían aquellos cultivarse sino en las religiones (Ordenes religiosas) como lo hacían muchos de ellos, o marchando a muchísima costa a estudiar a la Universidad de Córdoba, distante 400 leguas, malográndose muchísimos por falta de medios, o por no alejarse tanto de sus casas: por lo que era manifiesta la suma ignorancia, y la necesidad de dicho establecimiento"... (19).
Si éste era el panorama ya terminado el siglo XVIII, puede imaginarse cómo habrá sido el del siglo XVII, calificado como "de mortal postración para el Paraguay"
Los raros libros profanos llegarían así en forma esporádica, adventicia: los más formando parte de equipajes viajeros o a través de amistosas comisiones, conforme a lo expuesto con anterioridad. En esa sociedad culturalmente bradicárdica, patriarcal, el libro eventualmente no ortodoxo (o simplemente considerado de lectura no útil para el alma) debió circular muy parcamente, como remedio y consolación de tedios y alivio de curiosidades; esa circulación no se instaló en la forma continuada, amplia y estable, indispensable para la formación de un nivel cultural definido.
Corroborando lo dicho hasta ahora: es difícil encontrar repositorios de cierta consideración en fechas dentro del siglo XVII. Y cuando se da con uno, los libros aparecen en número insignificante - uno, tres, cuatro, media docena -. Esa escasez puede ser tomada, como cifra de la penuria cultural, de la que se hacen eco las noticias de la época; y que no resulta difícil, de comprender, desaparecidas (por la acción inevitable del tiempo, y demás circunstancias concomitantes) las disponibilidades bibliográficas locales, y no habiendo sido factible reponerlas y menos aún, aumentarlas.
Si dentro del XVI y principios del XVII hallamos obras escritas por conquistadores o residentes temporales - Villafaña, Cabeza de Vaca, Schmidl, Centenera - y hasta por un hijo de la tierra - Rui Díaz de Guzmán - toda actividad literaria local cesa totalmente durante ese último siglo. Todas las posibilidades parecen trasladarse automáticamente al ámbito jesuítico. No solamente porque a partir de esos mismos años, con corta diferencia, empieza la literatura local a centrarse en plumas de la Orden, con las Anuas Jesuíticas (1616) y un poco más tarde con obras de gramática (TESORO de Montoya, 1632) o de historia, sino porque también, según indicios no corroborados suficientemente, dentro del mismo siglo y hacia su último tercio, había comenzado la actividad imprentaria misionera, bajo formas técnicas asimilables a la incunable, facilitando la edición de textos destinados a la catequesis (la imprenta de tipos móviles funcionó desde 1700).
Desde esta fecha, hasta 1728, la imprenta misionera producirá libros, algunos de ellos de estupenda presentación gráfica, la mayor parte traducciones, aunque también se halla entre ellas el primer libro en vernáculo escrito por un aborigen.
La bibliografía jesuítica caracteriza pues este período (siglo XVIII) y le da un sello singular; de ella se hablará en el capítulo siguiente. Son todas ellas obras informativas, históricas o polémicas y la ilustran nombres como Montoya, Techo, Sepp, Lozano, Guevara, Charlevoix, Cardiel, Peramás y otros.
(Quizá formasen parte originariamente de los repositorios no señalados de este período los libros "viejos" en latín que aparecen a menudo en época tardía, sin especificación de títulos, a veces en poder de personas de las cuales no se podía pensar poseyeran el latín hasta el punto de solazarse en la lectura de teologías doblemente indigestas por el idioma excipiente).
En ausencia de testimonios directos y especificados de la entrada de libros al país durante la segunda mitad del siglo XVII y la primera mitad del XVIII, habremos de tomar sin grave error a nuestro ver, como testimonio del presunto flujo libresco, las pequeñas bibliotecas (si cabe llamar así a media docena de volúmenes) que figuran en testamentarias dentro del XVIII (algunas, raras, datan de fines del XVII) presumiblemente, por tanto, formadas años antes, en la juventud del testador: quizá heredados por éste.
Esas colecciones particulares, cuyas listas nos han llegado, pertenecientes a viejos miembros de no menos viejas familias - por ello mismo representativas de una época cultural - son elocuentes. Se trata de catálogos en los cuales predomina siempre (cuando no domina por completo) la lectura doctrinal o religiosa, edificante, piadosa: libros de misa, ejercicios espirituales; novenas; vidas de santos, libros de meditación, de oración, de preparación para la muerte. Los títulos aparecen constantemente los mismos, repetidos de unas listas a otras, desde la famosa de Salazar: SEMANASANTORIO, PREPARACION PARA LA MUERTE, RAMILLETE DE DIVINAS FLORES, EPISTOLAS DE SAN GERONIMO, SALMOS DE DAVID, etc.
Libros auténticamente profanos aparecen como se ha dicho repetidamente, rarísima vez en estas listas. Cabe preguntarse - en vista de lo expuesto con anterioridad sobre la posible llegada de libros de contrabando de veras no existieron o fueron eliminados de ellas? Es posible que en algún caso existiese esa expurgación y que la realizasen: o el propio testador (celoso de que su memoria quedase en el testamento con los perfiles más austeros posibles) o sus herederos, llevados del mismo escrupuloso prurito. El paradero de los libros heterodoxos - y ya sabemos que este calificativo era de espectro asombrosamente amplio en aquel tiempo - es, en este caso hipotético, un misterio; posiblemente pasasen a otras manos bajo cuerda, si no eran piadosamente quemados por los herederos. Sólo de cuando en cuando, ya dentro del XVIII, aparece un libro de fábulas, de historia o de poesía clásica - un Esopo, un Quinto Curcio, un Séneca, un Tácito, o un Virgilio -.
La literatura patrística en sus manifestaciones menos abstrusas - San Agustín, San Jerónimo la obra de algunos teólogos o comentaristas del barroco - San Francisco de Sales, principalmente fueron (aparte los textos, más amables, de Fray Luis de Granada, o Fray Luis de León, y los consabidos "florilegios" y "meditaciones") el pasto lectural cotidiano de los más letrados de la colonia; quienes, así, sabían mucho acerca de la vida futura, pero poco del pasado humano; y se desentendían del futuro terrestre en cuanto no se cifrase en la necesidad inmediata de mantener ciertas convenciones de honor y dignidad familiar dentro de una sociedad inmóvil. (Palabras de Rener, aunque alusivas a una época más tardía, refuerzan estos supuestos).