Biblioteca Virtual del Paraguay  

PIHTAGUÁ (1)

(Los extranjeros)

 

Capítulo III y IV del libro YASIH RENDIH de Antonio E. González (2)

 

(Obs: Recomendamos al lector la consulta del breve diccionario de 

vocablos guaraníes 

utilizados por el autor con su correspondiente grafía actualizada)

 

Amandaju o Asamblea de principales cari'o, donde más tarde se fundaría Asunción, ante la visita de Juan de Ayolas y Domingo Martínez de Irala, previa a la concertación de la alianza que posibilitó la conquista del Río de la Plata.

 

La noche del 22 de diciembre de 1536 era apacible, levemente fresca.

Durante todo el día había hecho pesado calor, y al caer la tarde, nubes espesas y viento con olor a agua anunciaron la lluvia o cuando menos un aguacero. No cayó la esperada lluvia, pero en cambio el viento del sur refrescó el ambiente.

No había luna. La luz de las estrellas en un cielo sin manchas, bastaba para hacer una claridad difusa. Ahora soplaba brisa del norte, suavísima, apenas perceptible por la frescura del aire, por el tenue olor a humedad que venía de la orilla y por el pesado cabeceo de los bergantines anclados en el gran río fuera del alcance de las flechas aborígenes.

Hacia septentrión, a corta distancia, podía distinguirse una masa oscura que al parecer surgía del mismo río y que cortaba la limpidez del cielo: era el cerro Ghuärambaré, hispanizado después en Avambaré, Arambaré y Lambaré (3), que se erguía sobre la margen izquierda del, río y cuya falda besa el agua. Allí en la playa que forma la base del cerro, sobre el pedregullo mezclado con arena fina, la corriente deposita durante siglos y milenios trozos de madera, frutas negras, restos de peces y de yacaré (4) (cocodrilo), que arrastra desde el septentrión ignoto donde el gran río tiene sus nacientes.

Hacia el este, apenas a doscientas varas españolas de distancia, se podía ver la franja oscura e imponente del bosque virgen. De vez en cuando, surgía y se apagaba una luz movediza.

Fuera del canto monótono de los grillos de la costa, que se escuchaba nítidamente, y de las luces fugitivas, ningún otro signo de vida podría percibirse en la noche, pero los centinelas que vigilaban en las naves sabían muy bien que dentro del bosque y desde los peñascos de la orilla, gran número de ojos humanos no perdían de vista durante un solo segundo a los dos bergantines hispánicos anclados en el canal del río.

Recostado en la borda de popa de una de las naves, de la más adelantada aguas arriba, un hombre estaba inmóvil. Su edad sería como de veinticinco años, estatura normal, trigueño de tez, barba poco espesa y recortada en punta según el uso de aquel siglo. Se había despojado de las altas botas de cuero y calzaba en cambio zapatillas o más bien sandalias de fuerte loneta. Tenía desprendido el cuello del jubón, y no traía ni tahalí ni espada pero sí discreto puñal que pendía del cinturón que sujetaba las calzas, el cual puñal a decir verdad no era visible.

El hombre miraba pasar la correntada por el costado del buque. O más bien dicho, esto es lo que, viéndole, se pensaría que hacía: lo real y cierto es que acodado a la borda, la vista dirigida al agua, el hombre ni veía ni escuchaba nada. El hombre meditaba.

Ese mismo día 22 de diciembre de 1536, en ese mismo lugar del río y de la costa, había desembarcado el jefe de la expedición, al frente de cien soldados. El hombre de la borda quedara en las naves con los setenta restantes. El desembarco obedecía al hecho de que los víveres de los depósitos mermaban alarmantemente desde hacía más de tres semanas, y el día anterior se había dejado ver en la orilla de levante un grupo numeroso de aborígenes armados de arco, espadas de madera, mazas de combate y hachas de piedra: serían sin duda los célebres carios o carioes (5) a quienes conocido había el capitán general Sebastián Gaboto y que eran dueños de mucho mantenimiento y de planchas de oro y plata de no subido valor pero plata y oro al fin. Requeridos los dos guías lenguaraces, guaraníes de nación que vivían en las islas del delta del Paranaguasú, sobre quiénes eran aquellas gentes, habían confirmado que eran carios o earioes del Paraguay sus parientes, si bien pronunciarou ellos cari’o la palabra y no cario o carioes, pero no mucho preocupó este detalle a los castellanos de los bergantines que pues venían en busca de oro y plata y mantenimiento y no a detenerse en sutilezas de la lengua de los salvajes.

La intención del jefe era llegarse al grupo para requerirle bastimento por las buenas. Si los carios o carioes se negaban a darlo de buen grado, les obligaría a ello por fuerza de armas.

Los castellanos se habían alejado cosa de mil y tantas varas de la costa, cuando desde a bordo se escuchó espantable gritería, y desde las cofas los vigías pusieron a sus ansiosos compañeros al tanto de lo que ocurría en la llanura: nubes y nubes de guerreros indígenas surgían de los matorrales, de los peñascos, de las hendiduras del suelo, y para bien decir hasta del aire al parecer, y se arrojaban sobre la compañía de soldados. Momentos despues el combate era un confuso entrevero en el que los vigías no podían, durante largos momentos, distinguir ningún detalle, porque nada podían ver.

En realidad, según se supo después, los castellanos no tuvieron tiempo más que para hacer una descarga con sus arcabuces y para cerrar cuadro enseguida, rodeados por enjambres de enemigos. Pero éstos, si bien atropellaban con gran resolución, no podían romper la formación y entreverarse con los blancos en combate individual en el que sin duda se creían con ventajas: sus pobres armas ofensivas no producían casi efecto contra la muralla de escudos españoles y contras los cascos de hierro batido.

Los guerreros indígenaa caían en gran número, heridos por pelotas de arcabuz, por saetas, dardos, lanzas, espadas y picas, pero también los castellanos perdieron mucha gente, tanto que el jefe, tras de alcanzar el rechazo del primer ataque con muchísimo esfuerzo, mandó ejecutar retirada hacia la costa, en buen orden y sin deatruir la formación en cuadro de su compañía.

Los indígenas, rehechos del primer rechazo, emprendieron otros dos ataques con furia cada vez mayor. El tereer combate se produjo cuando ya los castellanos estaban subiendo a los bateles semivarados en la arena de la orilla.

El cansancio agotaba a la gente, y ya no había disponible ni una sola pelota de arcabuz, y ni un solo dardo de ballesta. ¿De qué podía valer una pica manejada dentro de un bote, en que el apretujamiento de la gente impide todo movimiento, de qué podría servir una espada?

Los indígenas, enfurecidos y valerosos, también podían emplear sus armas con escaso provecho, pero eran rnuchos, y evidentemente sus fuerzas no tenían límites, porque penetraban en el agua con ímpetu de exterminio, y ya llegaban a los botes. Sólo un milagro podría salvar a los soldados blancos.

Y el milagro ocurrió: de pronto tronó en los barcos un estampido colosal, igual al de diez rayos que estallaran al mismo tiempo. Los bergantines, los hombres y la costa se llenaron de espeso humo y de olor a azufre, y cuando el humo se disipó esparcido por el viento norte, los bateles estaban libres de sus temibles enemigos: los carios, empavorecidos, se habían arrojado al suelo abandonando las armas, o huían desalados hacia los matorrales cercanos.

Era visible, desde cierto punto de vista, que los castellanos, aun superiores en las tácticas y artes del combate y en el uso de las armas, no hubieran podido salvarse del exterminio, a no mediar el oportuno apoyo de las naves. Bajo otro punto de vista, también resultaba visible que el expediente de hacerse de bastimento empleando las armas como argumento, venía fracasando desde que la armada había llegado a la Ciudad y Puerto de la Santísima Trinidad de los Buenos Aires (6).

Sin embargo de esta visible verdad, la cuestión de los mantenimientos era primordial: o se conseguía qué comer, cualquiera fuese el medio, o no había más que poner proa aguas abajo y regresar dejándose llevar por la eorrentada, humillados, a dar la triste nueva al doliente adelantado don Pedro de Mendoza.

En estas cosas pensaba el hombre acodado a la borda.

Repasaba en su imaginación las escenas del combate, que él mismo había visto en todos sus detalles, desde el bergantín, y forzaba su cerebro, deseoso de dar con una solución al difícil problema de los víveres, de la continuación del avance hacia septentrión hasta el fabuloso Pirú o Perú la tierra del oro y del lago en que dormía el sol, y del cada día rnás probable retroceso, forzados por el hambre...

Por eso miraba pero no veía las luces fugitivas de la orilla del río, no percibía la fresca brisa, ni sentia el cabeceo de los bergantines, ni escuchaba el canto de los grillos, ni oía el murmullo del agua al rozar el costado del buque.

De pronto sintió que una pesada mano se apoyaba en su hombro izquierdo, a tiempo que una voz harto conocida, de acento duro pero de inflexión amistosa, decía:

Pensativo estáis, Domingo de Irala... Esto de aprovechar la callada noche y el murmullo de la agua para pensar a solas es cosa de enamorado, e sólo espero oir un suspiro de la vuestra ánima para asegurar que tal es la enfermedad que sin duda os aqueja.

No deberíades pensar en tal cosa, señor capitán. Mal vizcaíno sería yo e peor soldado, si en estos momentos pusiera el celebro a derretir en paila de amor. Si tuviera doncella amorosa a quien recordar, bastante tiempo la tal habrá de pasarse sin su galán. La verdad es que estaba pensando de qué manera podremos acercarnos a esos carioes que por lo que hoy mostraron, paréceme que buen trabajo nos darán...

Por Santiago Apóstol que por ésto mesmo es que vine a buscaros, Domingo de Irala. Bien hemos visto por lo de hoy, que no con las armas habremos mantenimiento con aquestos gentiles. No sino bajad mañana. vos mesmo con la armada toda e veredes si vuelve uno solo de los nuestros si no es molido y quebrantado, pero de comida ni para un emplasto. Yo me estoy preguntando muchas cosas a un tiempo, y por la mi fe de Juan de Ayolas os juro, capitán amigo, que a nenguna dellas encuentro salida: primero, si nenguno conoce dónde termina este gran río por do subimos ni dó hemos de dejallo para entrar la tierra adentro a la busca del tal Gran Rey Blanco, de la Tierra Rica e de la gran laguna en que duerme el sol, ni mesmo hacia qué grado e altura queda el país del oro... Segundo, si de la Santísima Trinidad de los Buenos Aires do queda el adelantado a la nuestra espera, hasta aquí, hemos traído más de dos meses de navegar con viento e a remo e no poco a toa e a sirga, bien se ve que otros tantos quizás llevaremos hasta bajar a la costa e tomar la tierra adentro a la parte del norueste. Tercero y final digo yo, si todos los carioes de las tierras por do hemos de pasar son tan valientes como aquestos de hoy, ¿qué fin nos espera, si pornemos cinco o seis meses de viaje entre nosotros y el adelantado, si en mil leguas hay un cuento de carioes, si de aquí en adelante habremos de vivir con una mala galleta por día e un trago o menos de vino agrio, e si no hemos de dar un medio paso sin echar mano a las espadas y a las lombardas?

Señor capitán e amigo: hablais pues de regresar...

Poco a poco, don apurado. Nada he dicho de volvernos, que tal no haré yo mientras viva, y menos he dicho de quedarnos aquí e detener la búsqueda de la Tierra Rica. Estaba diciendo que es cosa de poca gracia el dejar aquestos enemigos detrás nuestro, y que pensar en hacer guerra a los carioes es pensar en lo escusado, que pues nos llevará mil años el acabar con tantos como hay.

Señor capitán : cuando llegasteis ha poco, ¿sabéis en qué estaba pensando? Pues lo mesmo que vos, en este embrollado asunto. Estaba mirando la mancha escura desos grandea bosques y las luces fugitivas que los carioes mueven sin duda para entenderse. Estaba escuchando el maravilloso silencio deste país y mirando la azul deste cielo sin igual, y estaba pensando que, si con el ayuda de Dios nuestro Señor pudiéramos hacer desta generación no enemigos acérrimos como hasta agora lo hecimos, sino amigos y hermanos, es cosa hecha el llegar al lago del oro e a la sierra de la plata e al Potoxchí. Y también es cosa hecha la formación de un reino nuevo, de un reino grande y fuerte, castellano e cario de sangre, elevado hasta Dios nuestro Señor por la gracia de la Sancta Fe y bajo el ceptro del Rey.

¡Válame la Virgen de Roca del Moro, capitán amigo, que hablais como un canónigo y razonais como un licenciado! Pues lo que acabáis de decir se parece a lo que yo pienso como un gorrión a otro. Os prometo que en llegando el caso seredes mi teniente de capitán del armada, e agora mesmo os nombro ya mi embajador ante los reinos carioes. Mañana antes de aclarar el dia bajad a tierra. Hablad con los curioes. Disponed cuanto queráis en espejos, en cuentas, en vidrio, en chafalonía. Todo el resgate que trae el armada es vuestro. Conversad con vuestros carioes, cerrad concierto, pactad según os venga en mientes. En una palabra: que podamos subir el rio arriba con la nuestra armada, llegar al Potoxchí, al gran lago e al país de las amazonas, e que podamos regresar bajando por aqueste mesmo río, e todo con mantenimiento bastante para llegar a la Santísima Trinidad de los Buenos Aires, que luego el capitán general e adelantado dirá lo que ha de hacerse. Y entonces dejaremos en paz a vuestros carioes e a los conciertos...

Agora sois vos el apurado, mi capitán. Os propongo que vayamos ayna a conversar con los cerioes captivos e los lenguas que trujimos de las islas. Mañana bajaré con ellos a la tierra e será lo que Dios nuestro Señor diga.

Los dos capitanes penetraron en el castillo de proa del bergantín. Allí estaban sentados los dos indígenas cari’o capturados esa misma tarde en los combates en tierra, heridos cuando la artillería de a bordo hizo fuego contra las masas de guerreros aborígenes que estaban a punto de concluir con los castellanos en los bateles. Uno de los prisioneros mostraba clara señal de golpe de espada en la cabeza, y el otro la pierna derecha entrabillada con toscos maderos y ataduras no menos toscas.

Sentados en los maderos que hacían de piso del castillo, tambien estaban los dos aborígenes que acompañaban a los conquistadores desde las islas del delta del Paraná al convertirse este río en el majestuoso Plata.

Frente a los cari’o estaba un hombre blanco, de barba enmarañada y de mirada bondadosa, también sentado, sobre un tonelete de vino.

El castillo de proa no era ciertamente un lugar muy apropiado para alojar a los cuatro indígenas y a un soldado castellano de villana condición, pero éste era sin duda un caso muy especial, y el capitán Juan de Ayolas, noble caballero de Briviesca, pasado había por encima de tal impedimento, dando órdenes para que allí alojaran a los dos lenguas y a los heridos cautivos, a todos los cuáles el capitán quería dar a entender con el desacostumbrado tratamiento, que más eran amigos que prisioneros, todo siguiendo ya un plan que meditara, desde momentos después que concluyó el reembarque de su compañía, después del duro combate con los cari’o en tierra. El barbudo soldado blanco que permanecía en el castillo, sin armas, era más bien un acompañante que no un guarda de los cautivos.

Al entrar los capitanes en la estrecha cámara del castillo, si tal puede llamarse un saloncillo de dos varas por tres, reinaba allí un completo silencio no interrumpido sino por los suspiros del español de la barba, que por tener las ventanas de la nariz casi tapadas por gruesos bigotes, y quizá por algún incurado romadizo, bien se podría decir que no respiraba sino suspiraba.

Sin embargo del silencio casi completo, tanto Ayolas como Irala habrían podido jurar, y no en vano, que segundos antes de entrar ellos, todos cinco: el español y los cuatro cari’o, estaban enredados en animada plática. La actitud de los cautivos y los ojos brillantes del barbudo blanco, mostraban a simple vista que preguntas y respuestas flotaban todavía en el aire. Para más, un jarro de estaño yacía en el suelo como al descuido, y estaba diciendo a gritos que su interior acababa de vaciarse de algún contenido.

Juan de Ayolas, viejo capitán de soldados, ducho en mañas de hombres de armas, captó la realidad al primer golpe de vista, e hizo un guiño imperceptible al hidalgo que con él venía, señalando el jarro con el brazo sano:

Juraría por las barbas del gran turco, y aun por las mías, maese Bastián, que platicando estabas con los carioes, y que si agora estás muy sentado sobre ese tonel, más es por ocultar algún agujerillo de barreno que por reposar...

Perdonad señor capitán, pero habéis perdido las barbas del tal turco, grande o chico, y también las vuestras, que no os las cobraré por cierto, que pues con las mías tengo bastante y aun me sobra. Estaba sentado en este tonelete porque el cuartujo aqueste tiene tanta altura como cuatro dedos menos que yo, y no es cosa de estarse de pie raspándose la cabeza contra los tablones de arriba. En cuanto a lo otro, bien es verdad que los cari’o son de buena condición e policía, como todos los de su nación, y que estábamos diciéndonos cosillas.

Si en la mitad he acertado, salvé la mitad de las barbas. Y pues mis barbas siguen seyendo mías; veré de salvar también las del gran turco. Levántate, maese Bastián Alonso, y verás que seyendo yo un cuarto de palmo más alto que tú, aun sobra otro tanto o poco menos entre mi cabeza y los maderos del techo. ¡Hola...! el agujero de barreno está a un costado del tonelete, y tapado con estopa de la tierra... Las barbas queden norabuena pegadas a la cara del gran turco, y tú, Bastián Alonso, eres tan maese carpintero como lengua de primera, bebedor incorregible e grandísimo embustero. Vayan los dos vicios por las dos virtudes, e ponte agora mesmo en traza de hacernos hablar con aquestos carioes, quel capitán Domingo de Irala y yo alguna cosa queremos saber dellos.

Eso haré yo de muy buen grado, señor capitán, y que Dios nuestro Señor conserve en vos la discreción. Pero mirad que del tonel en verdad no saqué sino el último cuartillo de vino que en él había, y que aun ese cuartillo se bebieron estos buenos cari’o que no yo...

Pues saca otro cuartillo de esotro tonelete, y da de beber otra vez a los carioes, para desatalles la lengua.

Bastián Alonso el carpintero y lenguaraz, se apresuró a llenar el jarro de estaño, cuya capacidad era ciertamente de más del triple que el cuartillo concedido, y acomodó las cosas de manera tal que no solamente los cari’o bebieran dejándolo a él en el aire.

Ved señor que los cari’o son de desconfiada naturaleza, y ¿cómo habrán de beber si primero el blanco no mojara la lengua en una bebida que para ellos bien puede ser algún brebaje mortal? Item más, habéis de saber, mis buenos señores, que los cari’o sin duda hallarán muy picante e muy fuerte nuestro vino de Castilla, que ellos no beben otra cosa que un como vino de raíces, harto liviano.

Pues entonces agora estás tú a camino de perder las tus barbas. Si me acabas de decir que ha poco les distes de beber un cuartillo y tú quedaste mirando los maderos de arriba, e agora sales en que pueden desconfiar y en que no saben beber del nuestro vino... ¡Vamos, don mentiroso parlanchín: alza ya el jarro, y a priesa, que hasta agora todo es plática e más plática!

Bastián Alonso bebió un largo trago de vino, o más bien dicho empinó el jarro sin respirar hasta que quedó en él menos de la mitad del contenido, y después, relamiéndose las gotas que mojaban su cerrada barba y sus no menos cerrados bigotes, lo pasó a los indígenas diciéndoles en guaraní que los que acababan de entrar en el castillo eran dos poderosos tuvichava (7) que tenían especial interés en que curaran pronto, y que por esto le habían mandado a él, Bastián Alonso, que les convidase con aquella bebida que era como el caguíh de los guaraníes todos, la bebida de la amistad y de la alegría.

Los dos heridos aceptaron con visible satisfacción las palabras de maese Bastián, y bebieron, pasándose el jarro. Sólo al tragar hicieron un gesto: el vino español era para ellos demasiado fuerte. Bien es verdad que ya sabían que no era veneno, pues desde hacía buen rato estaban viendo al español echarse trago tras trago entre pecho y espalda, y hacer en cada uno tal gesto de satisfacción, que bien se veía que el caguíh (8) de los blancos debía ser algún licor delicioso que no veneno mortal.

¿Qué esperas para les preguntar, Bastián?

Señor capitán: apurado sois, sin saber que ansí ayna nada han de contar a vuesa merced, antes de que tomen confianza en los blancos. Si me lo permitís, les diré que los jefes cristianos quieren ofrecer algún presente a los cari’o, que ellos mesmos pudieran guardarse para sí, e llevarlo consigo mañana o cualquier día...

Bien habla el maese, mi capitán – dijo entonces Domingo Martínez de Irala, que hasta este momento guardara silencio – Si gustáis, bueno será dijéredes al maese que hable con ellos todo cuanto quiera, con tal de ganarnos la voluntad dellos.

Paréceme de perlas la idea. Sigue, maese, con la tu máquina de plática, pero has de darte traza para que no bebas tú solo el vino, no vaya a enredarte la lengua y a escurecer el entendimiento.

Con la licencia recibida, que no podría ser más a gusto del buen maese Bastián, salieron y fuéronse los capitanes, y aquel desplegó una diligencia realmente prodigiosa, tanto que media hora escasa después la natural reserva de los prisioneros ante la presencia de los jefes blancos, se había disipado, si bien es verdad que también se había disipado una buena porción de vino del tonelete, pues el excelente lenguaraz carpintero y barbudo no permitía que saliera palabra de su boca sin su correspondiente baño en un gran trago de vino.

Agora sí, mis buenos señores, – dijo Bastián Alonso, de pronto, mirando con pena el fondo del jarro de estaño – si estuviéredes aquí os diría que los cari’o son ya nuestros en cuerpo y ánima, y...

Doyte mis albricias, maese, por la tu buena nueva, y te escuchamos.

... sin contar lo que vuesas mercedes quisieran saber – continuó maese Bastián al parecer sin darse cuenta que los capitanes habían entrado al castillo – yo mesmo podría adelantar un buen adarme de noticias sobre los cari’o de aquesta tierra. Punto primero, les dije que vuesas mercedes eran dos altísimos jefes que mucho admiran el esforzado ánimo de los cari’o y que...

Ansí es la verdad, amigo Bastián Alonso, e no hay mentira en ello – le interrumpió Juan de Ayolas – E muestra dello es este brazo derecho mío que recibió buen golpe de hacha de piedra de los carioes, que no sé cuándo ha de poder manejar nuevamente el espada, y ni aun cómo ha de quedar, que pues todavía no lo he entregado a los ungüentos del algebrista. Sigue maese con lo que más decías.

Decía pues, que a más dello, veníades a ver cómo estaban las sus heridas e que nenguno les trate mal. Otro sí decía: que los cristianos blancos no piensan ni han pensado en traer guerra a los buenos cari’o de la tierra, que antes bien desean de buenas veras que ellos mesmos fueran mañana ante los sus parientes e les digan que los cristianos vienen aquestas tierras mandados por su rey e por Dios nuestro Señor, como amigos. Item más todavía e último, que el convite de vino dulzón que ha poco les hice fue en señal de la mucha amistad e de nuestro harto querer, que pues el dicho vino se bebe sólo cuando la mucha alegría rebosa en la ánima, e que vuesas mercedes me habían dicho que seyendo ellos lo que deben ser, habrá más vino...

Suprimiendo este ítem, lo demás todo está de primor – dijo en este punto Juan de Ayolas, temeroso sin duda que el buen maese Bastián no concluyera nunca de hablar y pusiera sin más las manos en el segundo tonelete, al mismo tiempo que daba un suave golpe de codo a su amigo el capitán Domingo de Irala, y conteniendo a duras penas la, risa que se le veía en el brillo de los ojos y en la comisura de los labios – Sigue, maese, con lo que más hubieses dicho a los carioes.

Pesia mi alma, señor capitán, si me habéis cortado en la parte principal... Pero ya no hay más sino que vos mesmo hagáis más preguntas, que ya es vitoria bastante el que los cari’o hayan depuesto el mal talante que hasta ha poco tenían.

¿Mal talante? No lo vide. Pregúntales Bastián de qué generación son.

Eso lo sé yo muy bien, señor, sin contar que a más les he preguntado. Son cari’o de nación, llamados también caraíva (9), parientes de los que hallamos en la costa de la mar desque a tierra del Brasil se llega, e la mesma nación e generación que los de la tierra de San Vicente e de San Francisco del Mbihasá e del río de Solís e que los de la Santísima Trinidad de los Buenos Aires e que los otros cari’o e caraíva de las islas que dejamos a la derecha mano entrando en aqueste gran río del Paraguay...

Pues agora estás diciendo cosas que no acabo de entender. ¿Recuerdas aquel mozuelo de la tierra que sólo en la mitad de un día aprendió a mantenerse a caballo e quedó sirviendo de paje al adelantado e Capitán General don Pedro? Pues bien tengo en la memoria quel dicho mozuelo decía ser de nación querandí (10), a agora tú dices que los tales son de la mesma nación que los carioes aquestos.

De cierto que son la mesma nación, señor capitán. Y tanto que herandíh quiere decir en la lengua de los desta tierra los dormilones. E de igual manera los timbú, cuya es la generación de cari’o do otra expedición harto infeliz que trujera aquestas tierras el capitán general Sebastián Gaboto fundara el fuerte del Espíritu Santo, Con ellos vivimos once años e no menos yo e mi ánima sola, e si no fuera por vos e por vuestra gente, mi capitán y señor, todavía allí estuviera con los timbu. Timbú es en la lengua de la tierra los de nariz ruidosa, e ansí les llaman los otros porque silbar saben por la nariz.

Y pues que todos son carioes según dices, si los unos con carendíes o carandíes o carandayes, esotros timbúes, ¿qué son pues aquestos?

Estos dos mozos captivos me han dicho que son ghuärairí o ghuärirí, que de las dos maneras lo dicen ellos.

¡Gua... qué...?

Ghuärairí, mi capitán.

Por vida mía, que ni en cien años mi lengua podría decir bien semejante difícil palabra... ¿Qué os parece, Domingo de Irala?

Paréceme en verdad difícil cosa el pronunciar a la perfección semejante enredosa palabra, según veo al maese cómo agüeca la lengua e saea la voz de la mesma garganta e por la nariz silbando o poco menos como lo oímos hacer a los timbú... Mas también es verdad que aprender habremos la trabada lengua destos carioes de la tierra si hemos de hacernos sus amigos, e vos mesmo mi capitán decíades...

Ansí es la verdad capitán amigo. ¿Y qué quiere decir guarí, guaraní, guairirí o güirirí, o como fuera, maese Bastián?

Ghuärairí, mi capitán, o ghuärirí. No cuesta mucho aprender a pronunciallo, una vez que viviendo en medio de gentiles los escuchéis todo el santo día. Bien es verdad que a mí y a mi ánima nos costó más de dos meses de constante ensayar. Haced la gh como si la mitad della fuera n, pronunciad ghuä pegando la lengua al paladar e sacad la palabra toda por la nariz e bajando la punta de la lengua...

Así... guariií... guaririí...? Pues para mi que diciendo guaraní, aunque no saliendo por la garganta ni por la nariz e sin alzar e bajar la lengua como tú quieres, ya está bien e mucho. No esperes cosa mejor, maese, y sigue adelante con la tu plática; que tiempo habremos para hablar mejor la enredosa lengua de los carioes. E más que harto ellos habrán menester el hablar la nuestra lengua que no nosotros la dellos (11).

Guaraní ya no está mal, señor capitán. Para mí santiguada que diciéndolo ansí no dejarán de entenderos los cari’o e todos los desta tierra que en su lengua hablen. Ghuärairí, e ghuärirí o guaraní como vos lo decís, en la lengua dellos quiere decir peleante.

Pues por la mi fe que el tal nombre guaraní bien puesto está e bien ganado lo tienen los carioes. Mas dígote amigo Bastián Alonso, que no acierto a ver porqué esotros gentiles, seyendo también carioes, según tú acabas de decir, son llamados los dormilones o los nariz ruidosa, no seyendo en nada inferiores aquestos en punto a guerra. E si yo mintiera, que lo digan el capitán general Sebastián Gaboto y el capitán Pedro de Luján...

Todos los cari’o pueden ser como no ser ghuärairí, señor, de la mesma forma y manera como todos los cristianos pueden ser o no ser o dejar de ser peleantes o solados por corto o por largo tiempo. Cari’o es como decir vizcaíno, avá es como decir hombre de cualquiera tierra, mbihá es como decir hombre de la su gran nación como nosotros decimos los hombres españoles de las Españas, e ghuärairí, o ghuärirí es como decir al respective soldados guerreros e peleantes. Tengo para mí que igual cosa sucede aquí que en las Españas, y es que seyendo todos españoles, los hombres de cada y tal tierra son llamados según su provincia o reyno con éste o con aquel nombre por los demás e por sí mesmo al respective de su manera de ser e de su nacimiento. Ansí los de Gazcuña, seyendo españoles son llamados vascos mas por ahí se les dice los tozudos porque han de ser cabeza dura hasta no poder más. E lo mesmo puede decirse de los andaluces, que por ser nacidos en Andalucía son por eso mesmo españoles e también por eso mesmo son llamados los...

Juan de Ayolas dió un golpe de codo a su amigo Domingo de Irala, e interrumpió a maese Bastián Alonso con gesto que se esforzaba porque apareciera airado pero bien se notaba que sus palabras salían entrecortadas por la risa:

Paréceme amigo Bastián que hoy estás empeñado en perder la tu barba, e que si el capitán Domingo de Irala aquí presente no ha cogido ya las tijeras lo haré yo si sigues hablando mal de vizcaínos y andaluces tan luego, como si no hubiera en las Españas otras provincias otros reynos e otras gentes: Domingo de Irala es nacido en Vergara allá en Viscaya cerca de Alava, e yo soy de Bribiesca en la mitad del Andalucía, e más te valiera por tanto no decir lo que dijistes ha poco de vascos e andaluces, maese, que el decillas puede costarte la lengua y no falta en las Españas algún castellano de Castilla por muy maese y carpintero que fuere como tú mesmo, que por deslenguado ande sin lengua. Cuidad vos, capitán Domingo de Irala, que nenguno en el armada olvide el nombre de los carioes, que honrar quiero el valor dellos y que a su tiempo llegue a conocimiento del capitán general e adelantado e del rey nuestro señor don Carlos e de toda la. española gente. Otrosí digo e vos sois testigo dello, Domingo de Irala: si en la batalla desta mesma tarde que nos dieron aquestos guaraníes valerosos, nos vencieran, e yo mesmo muriera, por bueno bien recebido tuviera yo el vencimiento e también la muerte... ¡Por Santiago Apóstol juro y digo que ánimo más esforzado e corazones más valerosos e brazos más duros en toda mi vida he visto, ni cuando vos e yo, codo con codo, nos abrimos paso por entre los genízaros de la turquezca armada allá en Mallorca!

A la mi fe que decís gran verdad, señor capitán. Y si alguno dudara dello, aquí estamos yo y mi buen espada para mostralle que miente e remiente. Bien os ví esta tarde cuando la vuestra compañía se retraía hacia los bateles, e bien me parecía que ni uno solo de nuestra tan valerosa gente alcanzaría la orilla, según avanzaban de animosos y enfurecidos los carioes. Gracias doy a la intervención de la Santísima Virgen María bajo cuya protección se ha puesto la nuestra armada, e cuya es la gloria deste tan grande suceso.

Y también gracias a vos, Domingo de Irala, que mandástedes disparar las lombardas de las naos, e gracias al Alejandro Bunberque el lombardero e a Jácome Brumel el otro tudesco su compañero.

Ansí es la verdad, mas sin duda la Santa Virgen María me puso la intención en el celebro.

Eso no lo dudaré yo, y para que María Santísima sepa que tan gran favor hizo a cristianos verdaderos, que mañana antes de partir vos para la vuestra embajada, a los carioes, el capellán del armada celebre a bordo de aquesta nao capitana un Te Deum Laudamus en acción de gracias. Y más: prometo a la Santa Virgen que la primera cibdad que se levante en aquestas tierras con el ayuda de Dios nuestro Señor y con buen entendimiento en servicio de su Magestad, llevará el santo nombre de María. Item más, prometo que en llegando a Sevilla de regreso he de llevar un cirio encendido caminando de rodillas desde la borda de la carabela hasta la Iglesia.

Y yo digo e prometo que en la primera cibdad que aquí hagamos he de edificar a la Santa Virgen una Iglesia Catedral, por mi propia mano e la de nuestros soldados, e también por las de los buenos carioes

Pues yo digo a mi vez – terció Bastián Alonso el lenguaraz carpintero – que he de labrar con mis propias manos toda la madera que habrá menester la Iglesia Catedral que levanten vuesas mercedes.

Bien harás con ello, maese. Nenguno más que tú ha recebido mercedes de Dios nuestro Señor e de su Santísima Madre, que de donde estabas captivo te trujo a la nuestra fortaleza en Sancti Spiritu en la costa, deste mesmo gran río, justo cuando más necesitados estábamos de mantenimiento e de lengua de la tierra en el mesmo punto e lugar. Mas viniendo al caso, me pregunto e me admiro e me tengo de callar sin hallar respuesta: ¿cómo hacías en tierra de carioes timbúes para vivir sin vino e hablando poco? Porque a la verdad que desque subiste a la armada de mi mando no se ha escuchado otra voz y otra plática que la tuya y empezó la merma del vino sin poderse contener.

Pregunta es esa, mi capitán de mi ánima, que bien mejor contestaría si vuesa merced fuese servido de permitirme tres gotas y aun una sola del vino que hay en esotro tonelete, que la respuesta es alongada e garganta reseca por fuerza no puede dar buena fabla.

Llena el jarro y echa un trago, maese, pero no olvides a los buenos carioes que nos miran ya como amigos, y venga la prometida respuesta, que pensando estoy en que si todos los soldados e marineros de la nuestra armada tuvieran tu gaznate, habría que llenar las naos no de mantenimiento e de resgate e pelotas de arcabuz e de lombarda sino solamente de toneles de vino.

Vuesas mercedes no son de Castilla la Vieja como yo, mis señores, do se dice un dicho ques gran verdad, el cual dicho dice que todo hombre en Castilla nacido no ha de alcanzar los cincuenta de edad sin haber bebido dos mil azumbres de buen vino castellano.

Pues si ansí fuera o tú no eres buen castellano o has salido no poco más de una toesa entera del dicho que dices que dicen, que por lo que tengo visto desque al bergantín subiste, no mucho falta para que llegues a los cuatrocientos azumbres.

Ansí es la verdad, señor, pero olvidáis que cuando la vuestra gente me recogió en el real hacía once años que captivo estaba entre cari’o gentiles e que estando captivo hice promesa a nuestra Santísima Madre que si me hacía volver con cristiana gente, haría deste cuerpo mío otro hombre e nueva vida...

Pues por las barbas del gran turco, digo agora otra vez, seguro de que el idem no la perderá: si eres otro hombre y llevas nueva vida e como tal has de beberte otros dos mil azumbres antes de llegar a tus segundos cincuenta años, mal negocio ha hecho el armada al mandar a tierra por tí el batel e más valiera ponerte agora mesmo a la orilla en otro batel. Pero bien mirada la cosa, pienso que sale errada la cuenta, primero porque el vino que hay a bordo no es de Castilla e luego porque con mirarte se ve que pocos días te faltan para llegar a los cincuenta del caso, si es que no andas ya por el pico.

Mirad señor capitán que cuanto a lo primero no habiendo vino de Castilla el dicho que dicen que se dice ha de cumplirse con cualquier otro que pues la verdad: no está en la calidad sino en la cantidad, y por lo segundo, mi capitán de mi ánima, ya se dijo que la cuenta ha de empezarse desque subí al batel.

Según eso recién estás en el primer año de edad. ¡Válame la Virgen de Roca del Moro si con esas barbas y con esa facha que cargas agora me sales criatura de pecho! Pero sácame ya de una duda que se me ha entripado en el entendimiento y es que según se mira, si antes de salir de Castilla la Vieja ya tenías el gaznate tal como agora, a buen seguro que dejaste bien atrás los dos mil azumbres del dicho que dicen que se dice...

Podrá ser, pero vea vuesa merced que cuanto a lo primero no es bien que recuerde lo malo o bueno que hizo el otro Bastián Alonso de mi primera vida. Lo segundo que en aquel tiempo no sabía ni quería, contar más que hasta cinco. Y tercero que bien pudiera ser que bebiese un cuartillo más sobre los dos mil que dice el dicho que se dice, pero vuesa merced no mire el número esato que pues el tal dicho que dije dice dos mil más o menos e no justo.

En tal caso la cuenta sale conforme. Por un lado o por el otro, por supra o por ayuso, por dentro e por fuera, seguirás hablando por cuatro, mintiendo por diez e bebiendo por veinte. Por tanto lo que agora debes hacer es bajar a tierra, e plantar viña para tu solo consumo de vino por lo menos hasta que toques con la mano los cincuenta de tu segunda vida.

No puede ser ansí, señor, que no es sólo por gusto que bebo el vino sin por curarme de un romadizo que se me ha pegado en estas tierras de dormir en el santo suelo e de andar desnudo.

Vuelves escuro el negocio, maese. Yo sé muy bien que para curar el romadizo ha de tomarse el vino hervido e rebajado a la mitad, pues que el vino al natural solo es gusto e no medecina.

Eso es en nuestra tierra, señor capitán. Aquí todo es nuevo e de diferente manera. Mirad si no que cuando allá en las Españas es invierno aquí es verano, y para que veais que no miento, no hace todavía tres días bien oí cuando el algebrista de a bordo decía quel vino llega aquesta tierra pasado de equinocio e con bien menos espíritu que al salir de las nuestras.

Sin duda quieres decir que el vino al pasar la línea esquinoccial...

Eso, eso mesmo decía el tal algebrista.

Pues maese Bastián Alonso: eres mejor carpintero e lengua que cosmógrafo, sin la menor duda. Cuidarásme bien a los carioes heridos e lo mismo a los otros que con nosotros vinieron de las islas. Les dirás otra vez que los jefes cristianos admiran e quieren bien a los valerosos guariríes o guariíes o guaraníes o como quieras que se diga, e que mañana irán a las sus cibdades acompañando a embajadores cristianos para concertar tratos con los sus reyes, Tú irás con ellos, Bastián Alonso.

 

 

CAPITULO IV

LA ALIANZA.

 

Mientras estos sucesos y estas charlas ocurrían en las naves castellanas ancladas en medio del río Paraguay poco más abajo del legendario cerro Ghärambaré, Avambaré, Arambaré o Lambaré, otros hechos no menos interesantes se desarrollaban en tierra, un poco más al norte del mismo cerro, a la mano derecha subiendo el río.

El país del este del gran curso de agua está formado a esa altura por colinas suaves pobladas de mbocayá (cocotero) y de bosque ralo aunque alto. La tierra es colorada en toda la región, y la barranca de la margen izquierda, siempre elevada. Pasando por el extenso poblado indígena de los cari’o de Tapu’a que ahora se llama Limpio, tres leguas antes de llegar al cerro, el río forma una gran curva, como deseoso de cortar la tierra en dirección al cerro que avista viniendo de septentrión, pero chocando contra la dura tosca que allí forma una muralla insalvable para el agua, la corriente se ve forzada a desviarse ligeramente al occidente para después dirigirse otra vez hacia el sur, en busca del cerro cuyas bases besa al pasar.

Con el tiempo, esta gran curva del río se transformó en tranquila bahía: la arena que trae la corriente fue formando una isla, la que hoy llaman Banco San Miguel, hasta que el canal tuvo que reducir su volumen y se convirtió en estrecha corriente. Hoy la bahía ha evolucionada aun más y se ha transformado en laguna, y si la mano del hombre no acude en ayuda del puerto de Asunción, andando los años la laguna de Asunción – que hoy apenas ya es bahía – se volverá charco o bañado o quizá un bajío húmedo. Por la época en que ocurrían los sucesos que estamos narrando, ya la gran curva había dejado de ser canal principal propiamente dicho, y en este lugar el río tenía dos brazos igualmente profundos y de la misma anchura.

Muy cerca del cerro, los guaraníes de la nación cari’o de la parcialidad de Ghärambaré, habían edificado una gran tava, que más que aldea era casi una ciudad. Legua y media al norte en línea recta, sobre la gran curva del río que en aquellos años ya se estaba convirtiendo en la bahía que todavía es hoy, estaba ubicada la gran tava del jefe Caruaré, de distinta parcialidad que la anterior. Más al sur la nación cari’o se extendía hasta el lugar llamado Ñembíh, con delimitación un tanto imprecisa: en este lugar los guaraníes cari’o ora alcanzaban la orilla del río a la altura del antiguo lugar de Ghuärairipïhtá (Guarnipitán: la actual ciudad de Villeta), o se retraían ante el empuje de los feroces Guatatá y Ñapirú habitantes de la orilla oeste sobre el río Araguíh o Pilcomayo. Hubo ocasiones en que los guaraníes cari’o hubieron de ceder terreno hasta las proximidades del actual San Lorenzo del Campo Grande en los aledaños de los centros poblados principales. La acepción del vocablo ñembíh es precisamente frontera, y en tiempos ya de los gobernadores españoles de la colonia se fundó en este lugar un fuerte y luego el pueblo de San Lorenzo de la Frontera. En 1536 era jefe de la parcialidad cari’o de Ñembíh el joven Ghuärairipïhtá (el guerrero pintado de urucú o de color rojo) hijo de mburuvichausú Caruaré.

Hacia el norte la nación cari’o se extendía hasta él ihgarupá (puerto, asiento de canoas) de Itatï que parece ser el que Alonso Cabrera el veedor llamaba de San Sebastián y el que Ulrico Schmidl decía "de Guaviaño" y estaba ubicado a ocho leguas aguas abajo del cerro San Fernando, a los 2l grados y 20 minutos de latitud sur aproximadamente. En el intermedio había una serie de puertos, algunos de los cuales han dejado sus nombres: cuatro leguas aguas arriba de Asunción, el de Tapu’a o Tapuá o Tapua que de las tres maneras se dice (12); el de Yuriquezaba o Yauhejhava en la boca del río Jejuí, a cosa de 24 leguas de Asunción; muy próximos al anterior, los de Itahíh y Guacaní, todos tres en los dominios del jefe Aracaré; un poco más al norte, el puerto de Ihpané en la boca del río de este nombre; más al norte aun el de Itabitán o Itapihtä (piedra colorada) y por último el ya citado de Guaviaño. Según Rui Díaz de Guzmán el primer historiador paraguayo, en este último punto terminaba el país guaraní del Paraguay, y según Enrique de Gandía el límite septentrional era la línea del río Ihpané. Lo más probable es que ambos historiadores estén en lo cierto y que la disparidad provenga nada más que de una confusión de nombres: el Ihpané sería el límite del país guaraní de los cari’o y el puerto de Guaviaño sería el último del país guaraní de los itatï. Más al norte de este punto era ya tierra de los mbayá no siempre amigos de los guaraníes.

En el interior, la nación cari’o de los guaraníes se extendía abarcando enorme profundidad: había edificado importantes aldeas, menores desde luego que la de Ghuärambaré (actual Asunción) en Itá, Ñaghuärú, Ihpacaraí, Tavapíh, Hih’ihindíh, Ihvihtihra’itíh (actual Altos), Atihrá, y en otros lugares, cada uno de los cuales fue luego nuevamente fundado por los conquistadores en algunos casos con nombres hispánicos y en otros conservando los antiguos, lo mismo precisamente que ocurrió con la grande y antigua ciudad-aldea de Ghuärambaré, de mucho más de 30 mil habitantes, a la que el capitán Juan de Salazar y Espinosa, de los Monteros dio el nombre de Fuerte y más tarde de "Cibdad e Puerto de Nuestra Señora de la Assompción", lo primero el l5 de agosto de 1537 y lo segundo en noviembre de 154l.

La ciudad-aldea de Ghuärambaré de los guaraníes cari’o no era propiamente capital del antiguo Paraguaíh y de los pueblos guaraníes diseminados en más de la mitad de Sudamérica, pero sí era algo así como el centro geográfico y con un cierto sentido político embrionario de lo que bien podríamos llamar la confederación de pueblos guaraníes del sur del río Tieté hasta el río de la Plata: la ciudad-aldea estaba unida por caminos trillados a todas las grandes naciones y parcialidades guaraníes que constituían esta confederación incipiente: un primer camino conducía por el puerto de Yuriquezaba y el río Jejuí al Alto Paraná y de aquí al país de los mbihasá sobre la costa del mar en la actual Santa Catalina y a la actual ciudad de Santos el país de los Tupinambá, también guaraníes; un segundo camino, cuyos vestigios fueron hallados por el capitán de marina Juan Francisco d Aguirre hacia 1786 en la cordillera de los Naranjos, cerca de la ciudad de Pirivevíhi, conducía por esta cordillera a Caraguataíh, el antiguo Los Ajos, Curuguatíh, al Alto Paraná y de aquí lo mismo que el anterior al mar. Este camino fue el que siguió Alvar Núñez Cabeza de Vaca para llegar a Asunción en l542; un tercer camino, cuyos vestigios fueron también hallados por el mismo capitán Aguirre, iba por Itá, Tavapíh, Hih’ihindíh, Ca’apucú, el río Tevicuaríh, se adentraba en el país de los guaraníes paraná hasta la antigua Itapua (la actual ciudad de Encarnación), entraba luego al país de los guaraníes avatapé entre el Paraná y el Uruguaíh y concluía en el país de los mbihasá sobre el mar; un cuarto camino conducía por agua de Asunción al puerto de Guaviaño en el país de los itatï, allí atravesaba el río y se internaba en el Chaco hasta la cordillera andina en cuyas faldas se habían diseminado los guaraníes chiriguaná o mbihá; un quinto camino partía del río Paraguay a la altura del país de los xareyes a los que Bertoni cree guaraníes apoyado en valederas razones, y se internaba también hasta la cordillera andina. Poco al sur de los xareyes estaban otros guaraníes itatï (piedra blanca, plata) que servían como intermediarios entre xarayes y chiriguaná y que hoy han desaparecido. No podemos saber si estos itatï del suroeste del país xaraye eran una rama o los mismos itatï de la orilla oriental del río Paraguay de proximidades del cerro San Fernando. Sólo sabemos que estos del interior del Chaco mantenían un activo intercambio de planchas , de metal – oro y plata – entre los chiriguaná del oeste y los cari’o y mbihá del Paraguay y de la costa del mar; un sexto camino era el mismo río Paraguay cuyo nombre define precisamente su condición de vía comercial que conduce al mar: por este camino fluvial los guaraníes cari’o del país de Paraguíh mantenían relaciones embrionarias pero permanentes con los guaraníes de las islas del delta del bajo Paraná y con otras naciones como los timbú y los herandíh. En cierta ocasión los timbú, trajeron a los cari’o de Asunción – y éstos la retrasmitieron al gobernador Irala – la noticia de que un pelotón de cristianos a caballo había llegado a la costa del Paraná proveniente del Perú, y en varias ocasiones los guaraníes isleños y del Uruguay se aliaron a los timbú, a los charruas y a los herandíh contra el dominio de los españoles de Buenos Aires.

Por esta verdadera red de caminos de tierra y fluviales, los guaraníes no solamente se mantenían al tanto de las ocurrencias importantes en todas las naciones de la confederación embrionaria, sino que se informaban unas a otras de la evolución de su hermosa lengua común, de la que eran cultores celosísimos. Además, esos caminos fueron origen de un comercio incipiente que andando el tiempo habría conducido a una confederación político-económica y al nacimiento de un estado guaraní: las planchas de oro bajo y de plata que Solís, Gaboto y Ayolas vieron en el Mbihasá, en las islas y en Asunción, eran traídas por veloces ñanijhara por agua y por tierra de los lejanos países que los guaraníes llamaron de los caracará y que eran, ni más ni menos, los que constituían el imperio inca. Por esos caminos guaraníes los conquistadores hispánicos llegaron al Paraguay y posteriormente al Perú, conducidos por aborígenes guaraníes: Alejo García, Ayolas, Irala, Ribera, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Nufrio de Chávez y muchísimos otros.

En suma, la extensión territorial ocupada por la grande e incipiente confederación cuyo centro era la tavusú (tava-usú: aldea grande) de Ghuärambaré de la nación cari’o de Paraguaíh, y cuyos lineamientos dejamos esbozados, no era inferior probablemente a los cuatro o cinco millones de hilómetros cuadrados, y en esa enorme extensión vivían acaso dos o tres millones de personas de distintas naciones guaraníes. En estas expresiones no se cuentan ni los numerosísimos pueblos guaraníes del norte del río Tieté hasta las Guayanas y desde la costa del mar Atlántico hasta los Andes en la grandiosa cuenca del Amazonas, ni el infinito número de pueblos no guaraníes que vivían también en los mismos territorios.

Los pueblos guaraníes que constituían lo que llamamos una confederación embrionaria porque estaban unidos por caminos, por incipiente comercio, por constante comunicación y por lazos de estrecho parentesco, comprendían los siguientes países, regiones y provincias actuales pertenecientes a distintas naciones: en el Brasil los estados de San Pablo, Santa Catarina, Paraná, Río Grande do Sul y parte de Matto Grosso; todo el Uruguay con excepción de una parte de las tierras del sur en que vivían los charrúas de quienes muchos autores dudan que fueran guaraníes; en la Argentina la parte norte de la provincia de Buenos Aires en que vivían los querandíes, carandayes o herandíh que según muchísimas referencias eran guaraníes de antiguo tronco aunque algunos autores los confunden con parcialidades pampeanas, el sur de Santa Fe y a la altura de la mitad del Paraná, la mayor parte de las provincias de Entre Ríos y Corrientes, toda la provincia de Misiones y la zona intermedia entre las provincias de Salta, Tucumán, Formosa y Chaco, patria éste de los chiriguaná que también vivían en las tierras del norte; en Bolivia toda la zona norte, este y sureste de Santa Cruz de la Sierra hasta el río Bermejo en el oeste argentino de Formosa; y finalmente todo el Paraguay con exclusión del centro de Chaco.

Los guaraníes en general habían alcanzado, como ya se deja dicho en renglones anteriores, la etapa superior de la agricultura sedentaria, que corresponde aproximadamente a la etapa inferior del período pastoril en las antiguas civilizaciones occidentales. Como es lógico, no todas las naciones habían alcanzado esta etapa: algunas permanecían retrasadas en la evolución social y todavía se mantenían en estadios muy inferiores, tanto que aun hoy algunos etnólogos cuentan a los guayahí y a algunas parcialidades mbihá, todos habitantes del este paraguayo, entre los pueblos más primitivos del mundo, como que todavía no han superado la etapa nómada inferior. No habían salido todavía del comunismo primitivo como que desconocían la propiedad de la tierra, y vivían asentados en aldeas más o menos extendidas. Algunas de estas aldeas pueden ser consideradas verdaderas ciudades, como la actual Asunción y varias de la región del antiguo Guairá en las tierras del este del Alto Paraná.

Los guaraníes eran de carácter apacible. Conquistadores más por lenta absorción de los pueblos dominados que por las armas, como que estaban penetrando en la etapa de la esclavitud. En ocasiones, la influencia de la tierra o de factores externos los volvía belicosos y hasta feroces o les obligaba a regresar en cierto modo a sus hábitos casi olvidados de cazadores nómadas. Pero estas cualidades eran más bien circunstanciales. Uno de estos casos fue el de los guaraníes del sur que poblaron las islas del delta del Paraná y la orilla sur del río de la Plata: probablemente forzados por las condiciones de vida de la pampa infinita y de la vecindad de feroces nómadas pampeanos como los llamados pampas, tehuelches, etc. estos guaraníes se volvieron ghuärairí (guerreros, belicosos) violentando su índole ya entonces de larga tradición. Como ejemplo citamos a los "gandules" que llamó Domingo de Irala, que a más de belicosos eran cazadores nómadas y parece que se llamaron también ñandú (avestruz), chandos, chandús, chandules, etc. Pero en la época en que llegó a esas tierras la armada de don Pedro de Mendoza, ya los guaraníes estaban volviendo a sus condiciones sedentarias después de superar las difíciles etapas del asentamiento en el país conquistado, de dominación de los antiguos pobladores y de rechazo de los nómadas cazadores hacia las pampas del sur: Mendoza encontró interminables chacras guaraníes en todo el país, y posteriormente, medio siglo después, Juan de Garay el fundador de la Buenos Aires definitiva, pudo no sólo proveerse de suficiente mantenimiento en esas chacras de la tierra firme y de las islas del delta, sino remitir a España un gran cargamento de productos de la tierra en la carabela "San Cristóbal de la Buena Ventura" construida en Asunción. Los aborígenes que Mendoza halló en la tierra firme eran llamados Querandíes, Herandíh, Carandayes y otras diversísimas variantes. Algunos autores los han tomado por gente de origen puelche y tehuelche, pero los más de los datos anotados por los primeros cronistas coinciden en que los herandíh eran precisamente, ciertísimamente, guaraníes.

Los guaraníes, en general, eran gente de paz y de trabajo, hospitalarios y joviales, extraordinariamente altivos y de señorial compostura. Se consideraban superiores a todas las gentes no guaraníes que conocían, y apreciaban en altísimo grado su libertad individual y nacional o más bien colectiva. En todas partes, así en la extensísima costa del mar desde el Brasil hasta las bocas del Plata como sobre el río Paraguay, recibieron a los conquistadores europeos con innumerables pruebas de buena amistad y de hospitalidad generosa. Pero el europeo, fuera el que fuese su origen, no llegaba a las vírgenes tierras americanas con deseos de asentamiento y menos aun de valorar la amistad de los aborígenes, y casi siempre devolvió el buen recibimiento del indio con actos de violencia y de despojo: la exigencia de víveres, de mujeres y de trabajo personal de servidumbre fue en la mayor parte de los casos el origen del rompimiento.

Pero en esta conducta del europeo no hay que encontrar motivos de censura o de acusación, y mucho menos cuestiones mentales, nacionales y raciales: unos y otros, indígenas americanos y conquistadores europeos, obraban conformando sus actos al período histórico-social en que vivía cada uno de ellos.

 

El mismo día 22 de diciembre de l536 en que ocurrieron los acontecimientos que dejamos relatados en el capítulo anterior, en la tava del jefe Caruaré, edificada sobre las suaves colinas que ahora dan a la bahía de Asunción y en esos años a la gran curva del río, se desarrollaban otros sucesos y charlas que tienen relación con nuestra historia, y no menos interés que los de los cristianos blancos que venían en los bergantines castellanos.

Fuera del monótono canto de millares de grillos, del croar de ranas en las lagunillas formadas en los bajíos cercanos al río, y del suave batir de la brisa contra el follaje de los cocoteros y pindó (palma parecida al dátil), ningún oído de hombre blanco hubiera podido percibir el más ligero rumor en toda la tierra que se extendía desde el punto en que estaban fondeadas las naves hispánicas hasta mucho más allá de la bahía que la gran curva del río comenzaba a formar. Y sin embargo, toda la tierra estaba agitada por incesante ir y venir de innumerables guerreros y mensajeros que la cruzaban desde todas direcciones, y por lo que se decía y resolvía en una asamblea o amandayú de graves personajes que en esos mismos momentos tenía lugar en una de las colinas, sobre la curva donde el gran río vuelve sus aguas hacia el suroeste.

Alrededor de un gran fuego que de vez en cuando chisporroteaba al ser removido, estaban sentados los ancianos, los payé, los tuvichava y los caraivé de todas les parcialidades de la nación cari’o.

Es posible que el lector se pregunte, asombrado: ¿qué hacía el gran fuego en una calurosa noche de diciembre, en pleno verano, en una zona casi tórrida de las latitudes sur? La contestación a esta lógica pregunta es sencilla: los guaraníes fumaban en las grandes ocasiones, aparte de fumar también por vía de medicación de enfermos y de atraer la presencia de los espíritus del más allá por medio del éxtasis que produce el humo del tabaco. Imposible sería entonces concebir una amandayú (asamblea) sin fuego, que pues entonces no habría en qué encender los cachimbú o petïh’ujhara (cachimbo, pipa para fumar) repletos de tabaco picado que ayudan a asentar el pensamiento del hombre en las graves ocasiones, llenando de humo azulado el ambiente. Pero además de proveer de tizones para encender los cachimbú, el fuego obedece a una razón de rito y a otra de mito: el fuego es el hermano menor del sol, y por eso provee de claridad como el astro del día. Sin claridad, ¿cómo sería posible cambiar ideas con serenidad bastante? Por eso para todo acontecimiento que revista carácter de gravedad, es preciso encender, fuego, un fuego tanto más grande cuanto más importante fuere el negocio a tratar.

El hábito de relacionar el fuego con el más allá debe ser sedimento de antiguos rituales en que el culto del sol era la parte principal de los ritos, y también resto de antiguos mitos de igual origen. ¿No pervive hasta hoy entre los cristianos la costumbre de encender velas – resto de rito y mito solar – a los santos que moran en los cielos?

A la caída de aquella tarde, cuando varios mitarusú (mozos, adolescentes), caria’ih (jóvenes de edad superior a la adolescencia) y cuñá (mujeres) llegaron del bosque portando grandes troncos secos y los depositaron en el ocapíh (plazoleta), en la tava de mburuvichausú Caruaré de la nación cari’o, todos los habitantes de la tava comprendieron que se iba a llevar a cabo una amandayú de importancia poco común o más bien dicho excepcional: los troncos eran muchos y de gran tamaño. El fuego sería inmenso: alumbraría un descomunal círculo y duraría sin duda hasta clarear el día siguiente cuando menos.

Al caer la noche comenzaron a llegar los personajes que integrarían el gran consejo. Casi al mismo tiempo se aproximaron al fuego los principales jefes de las parcialidades de la nación cari’o: Ghuärambaré o Avambaré, Timbuaí, Maireru, Mohihrasé, Ñanduá, Cupiratí, Caruaré, Aracaré y Caracará, cada, uno de ellos seguido o a veces precedido de varios payé, payearandú, payeusú, avaré, caraí, caraíva y caraivé de su respectiva parcialidad. No pocos de los jefes, payé, avaré y caraivé estaban ausentes de la importante reunión, pero la distancia a que estaban sus parcialidades impedía que llegasen a tiempo.

Cada uno llegó hasta cerca del gran fuego, y tomó asiento en el suelo, sin otra ceremonia que elegir el lugar y ubicarse en él en silencio, mirando las llamas con el rabillo del ojo. Cada uno extrajo su cachimbú, y tabaco picado de una bolsita tejida con hilo de mandihyú, (algodón) colgada al cuello. Cada uno tomó del fuego un tizón, y encendió su pipa. Cada uno comenzó a fumar y a echar humo con tranquilo semblante y plácidos gestos. Nadie habló palabra.

La impasibilidad de los graves rostros parecía completa. Si un occidental estuviera presente en tal reunión de hombres, creería que quienes estaban sentados fumando eran sombras o fantasmas. Pero un guaraní de buena raza no dejaría seguramente de notar que el brillo de las pupilas y cierta nerviosidad en los movimientos que hacían los asistentes casi sin excepción, ya para acomodarse cambiando de postura en el asiento, ya para encender el cachimbú de barro con ayuda de un tizón, delataban claramente que tras la aparente tranquilidad, la seriedad de los rostros y la impasibilidad en fin, bullían la impaciencia, la ansiedad.

Sólo mucho después que estuvieran encendidas todas las pipas y que el ambiente se llenó de humo, uno de los jefes, sin levantarse, sin mover otros músculos que los de los labios, habló con voz queda en el antiquísimo idioma guaraní, dialecto cari’o, paraguayo o del sur:

Como todos bien lo saben, los hombres blancos han llegado a las tierras de nuestros parientes hace muchos años. Diez años hace ahora, subieron a este lugar dos grandes buques llenos de gente: entraron en el Araguaíh (Pilcomayo) y tentaron dirigirse al país de los caracará, pero regresaron aguas abajo. En el país de los timbú estos mismos blancos barbudos pretendieron apoderarse de mujeres y de víveres y fueron aniquilados a golpes de itamará por nuestros hermanos timbú (13). Tuvichava Mangoré murió en la batalla, según lo recordareis.

Por numerosas noticias sabemos que los pihtaguá (extranjero) poseen armas poderosas, que visten de hierro y que pelean con grandísimo valor, pero si en algunos casos han empleado la violencia, en muchos otros su comportamiento ha sido amistoso, y parece que el interés que les trae a estos mundos no es precisamente la conquista de la tierra sino más bien alcanzar el país del metal amarillo.

Hace dos días han llegado a este lugar dos naves con numerosos blancos, y están fondeadas en el río, frente al cerro de Ghuärambaré, bajo la atenta mirada de nuestros ghuärairí (guerreros). Nuestro hermano el jefe Ghuäiripihtá (el guerrero pintado de colorado) trabó batalla con ellos cuando desembarcaron y le exigieron la entrega de víveres por fuerza: un ñanijhara está aquí presente y os podrá relatar los detalles de la gran pelea, y luego resolveremos lo que más conviniere a nuestra nación. Habla pues Guasuacuä (venado veloz).

El indio a quien se dirigió mburuvichá Caruaré era un mozo que frisaría en los 25 años, alto, membrudo, de maneras desenvueltas: era lo que podríamos llamar el tipo del guaraní guerrero y trabajador. Tenía el cuerpo desnudo a excepción del bajo vientre y el nacimiento de las piernas, que estaban cubiertos por ligero tihrú (chiripá corto) tejido de algodón. Una vincha de fibra de caraguatá, pasando por la frente, sujetaba los lacios cabellos para impedir que en la carrera y en la batalla éstos le cayeran sobre los ojos. Guasuacuä también fumaba su pipa de barro con mango de jhu’ihvá, y como si no escuchara la orden del jefe principal de la nación cori’o, continuó fumando impasible. Sólo después de lanzar al aire varias bocanadas de espeso humo y sin mover ni el cuerpo ni la cabeza, inició el relato:

Los pihtaguá subían por nuestro río durante muchos días, seguidos desde la orilla por los pomberos (espías exploradores indígenas) que se deslizaban por los yaí (maleza) de las costas. Cerca del cerro los pihtaguá desembarcaron en número de unos paopá (cien) soldados. El jefe Ghuärairipïhtá agrupó sus apopaopá (quinientos) hombres y se dispuso a enfrentarlos. Se veía, con claridad que los extranjeros marchaban con gran recelo: estaban vestidos de hierro así el cuerpo como la cabeza y con las armas en apresto, de la misma manera que hacen los caracará de occidente.

Los dejamos avanzar en la llanura en campo abierto, y alcanzando buena distancia de los barcos, nos hicimos ver por el enemigo. Este detuvo la marcha. Salieron de entre ellos dos indios cari’o de los que viven en las islas a decirnos que los pihtaguá nos requerían de víveres y que si nos negábamos a cedérselos, nos los tomarían por la fuerza y esclavizarían a nuestras mujeres e hijos y tomarían por siervos a los jóvenes que salvaran la vida. Ghuärairipïhtá tomó consejo de los jefes inferiores y después de comprobar que las opiniones eran unánimes, ordenó el ataque.

Nos arrojamos sobre ellos desde cuatro direcciones, por sorpresa, de manera que los pihtaguá no pudieron hacer sino una sola descarga de sus armas de fuego. Pero no tuvimos éxito: primero porque los guihracapá de hierro y los cascos, impiden el efecto de nuestras armas de piedra y de madera. Los itamará se despedazan al chocar contra el duro metal. Los pococá no se despedazan y aturden con el golpe. Además, y esto es lo principal, los blancos combaten unidos estrechamente hombre con hombre, tal como lo hacen los caracará de la cordillera andina. De tal manera los blancos saben guarecerse tras una fortaleza de escudos, avanzando o retrocediendo a la voz de sus jefes, que no nos fue posible dispersarlos y hacer el combate hombre a hombre como es nuestro uso, y si uno cae por golpe de itamará o de pococá, otro llena el claro en el acto.

Como nos fuera imposible romper la formación de los blancos, la lucha se volvió desventajosa, y el jefe dio voces ordenando la retirada. Los blancos comenzaron su retirada hacia el río, llevándose sus muertos y heridos, siempre reunidos y formando círculo, como si recelaran un nuevo ataque. Los nuestros hicieron un nuevo esfuerzo después que nuestro jefe tomara parecer de todos: estando los blancos en medio de una isla de bosque, allí los embestimos, en la creencia de que los árboles y maleza les impedirían conservar la rigidez de su formación cerrada. Aun así no alcanzamos nuestro objetivo: tuvieron mucha pérdida y nosotros menos, pero peleando valerosísimamente los pihtaguá salieron del bosque y ganando el campo volvieron a su formación cerrada y a la defensa, de sus escudos, retirándose entonces poco menos que a la carrera hacia la orilla. Nosotros marchamos persiguiéndolos a corta distancia, pensando que los tomaríamos con ventaja en el momento de subir a sus canoas para embarcarse.

Y así en efecto ocurrió: en la playa abierta volvieron a formar su muralla de escudos, en semicírculo, apoyando sus dos alas en el río y embarcándose por partes los del interior del círculo. Hubo un momento en que la gran muralla se deshizo sin duda para subir a los bateles los hombres. Este momento precisamente era el que esperábamos impacientes, y Ghuärairipïhtá dio su voz de mando, y se arrojó el primero con su itamará en alto:

¡Néike avá cuera... jhuuuu jhu jhu jhu jhuuu...!

Los pihtaguá no podían emplear sus armas, y en el primer impulso llegamos a ellos y a las canoas, Pese a las lanzas, a las espadas y a los disparos de arma de fuego, arrojamos al agua a los ocupantes. ¡Por fin estábamos en iguales condiciones con los blancos, en combate individual, brazo a brazo y hombre a hombre! No escaparía ni uno, ni uno solo.

Pero sucedió algo que me es casi imposible relatar: de los buques, que estaban cerca, salió un estruendo tan grande que igualaría al de muchos truenos juntos. El aire se llenó de humo espeso, y al mismo tiempo sentimos que grandes cosas pasaban silbando por sobre nuestras cabezas y entre nosotros, atravesando el aire como huracanes desatados.

Nuestros guerreros se detuvieron al golpe del estruendo. Muchos estaban caídos, muertos, despedazados por trozos de hierro lanzados por el estruendo. Otros, aterrorizados, huyeron a campo traviesa, o se arrojaron al suelo. Sólo mucho después que los buques se aquietaron y que la humareda se disipó, cuándo ya todas las canoas se aproximaban a los barcos, algunos hombres audaces buscaron las cosas venidas con tan grande ruido, y que echaron a tierra, tronchado, un árbol de dos buenas cuartas de grosor. Aquí tenéis una de ellas.

Y esta fue la causa – concluyó Guasuacuä el joven y vigoroso ghuärairí por la que se nos escapó de entre las manos la al parecer ya segura victoria sobre los pihtaguá que vinieron en los grandes barcos.

La bala maciza de hierro, que tal era la pelota de metal que el mensajero del jefe Ghuärairipïhtá exhibía a los ancianos del consejo, pasó de mano en mano, y todos la admiraron aunque sin expresar más que una exclamación breve que en cada caso valía por una opinión especial, o por un juicio:

Tuvichaité co añeté... (realmente, qué enorme es).

I pojhíhieté pa... (qué pesada).

Aracuaá el payearandú de Ghuärambaré, teniéndola en sus manos, y mirando atentamente la pelota, dijo:

Esta gran bola de metal es la que arrojan los mbocausú (lombarda, cañón, fusil grande) de la misma clase que los que traen en los brazos los pihtaguá aunque mucho mayores que éstos, tanto que por su gran peso no siempre les acompaña en las marchas. Ya conocíamos esta poderosa arma por noticias que recibimos de los timbú, de los kerandíh y de los mbihá. No me sorprende que el gran ruido que hacen las armas haya producido tan grande pavor en nuestros compañeros. Yo también me asustaría si fuera guerrero y lo oyera de improviso.

Ya conocéis los sucesos – dijo en este punto mburuvichá Caruaré – Ahora resolvamos nuestra conducta ante los blancos. Medite cada cual de vosotros serenamente, y exponga luego su parecer.

Pregunto – dijo uno de los ancianos avaré, sentados, sin dejar de fumar en su pipa de barro – ¿se conoce algo más sobre lo que en definitiva buscan los pihtaguá en nuestras tierras? La tradición, relatada muchas veces por los payearandú asegura que un día deberían llegar unos hombres blancos con gran barba y poderosas armas, navegando en grandes ihgava, y cuya llegada determinaría una alianza entre ellos y nuestro pueblo, mediante la cual llevaríamos a cabo una gran empresa nacional. ¿Son éstos blancos los que la leyenda anuncia?

Ninguno conoce con certeza – contestó otro anciano caraivé – qué buscan estos blancos. El color de la piel, sus barbas, el lugar de donde vienen y sus barcos, todo en fin coincide exactamente con lo que dice la tradición que ha de ocurrir un día. Pero no sabemos de cierto nada positivo sobre qué buscan: hasta ahora nuestros parientes nos han hecho llegar la noticia de que los blancos buscan cierto metal de color amarillo que hay en abundancia en el país de los caracará al otro lado de las montañas de occidente. También nosotros necesitamos adquirir un metal amarillo que hay en aquel mismo lugar habitado por los caracará, pero parece que el metal que los blancos pretenden, aunque es también amarillo, no es el que nosotros queremos para fabricar herramientas. Si todo esto es así como digo, hay motivos para hacer la alianza de que habla la tradición: los blancos nos ayudarán a hacernos de metal para herramientas y ellos se tomarán su metal.

Pero las noticias también cuentan que en todas partes donde llegan los pihtaguá, pretenden que los naturales de la tierra reconozcan por suyos al Dios de ellos y a su jefe. ¿Es así, Caruaré?

Así es, en efecto, si bien muchas de esas noticias no han confirmado a otras. En cambio todas las noticias confirman el deseo de los blancos de llegar al país del cuarepotiyú (metal amarillo, oro). En lo relativo a violencias, no se puede dudar que en muchos casos ha han empleado, pero bueno es notar que siendo hombres como nosotros y poderosamente armados, bien puede haber ocurrido que tuvieran necesidades y carecieran de otros medios que los de la fuerza para satisfacerlas. Nosotros mismos en alguna ocasión hemos sentido la necesidad de emplear la fuerza y la violencia con algunas naciones sometidas y rebeldes.

En cuanto dices yo encuentro algunas cosas poco claras – dijo Aracuaá – Parece indudable que los blancos quieren llegar al país del oro, cuyo uso nosotros bien conocemos. Que por una causa o por otra sean violentos, es otra cosa: si fueran realmente poderosos no necesitarían usar de violencia y mucho menos de apropiarse de nuestras tierras, como lo han hecho en muchísimas naciones, y de someter a su servicio a los indígenas. Jamás nuestra nación ha conocido la servidumbre, ni aun en los días sombríos en que la escasez de mantenimiento, la dispersión de las gentes y el cansancio nos volvieron indefensos por débiles. Así, es mi parecer que cualquier resolución que tomemos en este momento bien puede redundar en perjuicio de nuestra nación, como que sería ligera...

¿Qué propones pues, Aracuaá? – interrumpió Cupiratí.

Ya lo diré Cupiratí hijo mío y hermano. Digo que dejar que los pihtaguá se adueñen de la tierra sin resistencia es quizá el principio de nuestra servidumbre y de nuestro aniquilamiento consiguiente, pero recibirlos con guerra también puede que nos haga innecesariamente enemigos de estos extranjeros que bien vemos que son poderosos e inclementes. Propongo pues que vosotros, ancianos tuvichava, avaré, caraivé y payé, vosotros conductores y guías de la nación, habléis con los jefes blancos y ellos nos enteren de sus propósitos.

Bien sabes, payé Aracuaá, que ninguno de nosotros habla la lengua de los extranjeros blancos.

Lo sé, pero hay entre ellos más de un blanco que habla la nuestra, por haber vivido entre nuestros parientes. Hace menos de un año vivía entre los timbu un blanco de gran barba a quien llamaban pa’i Bastián (don Bastián, señor Bastián), y bien recordareis todos que hace diez años otro blanco pa’i Alejo, acompañado de numerosos guaraníes mbihá y gua’ihraré pasó por el país de los itatï y llegó al de los caracará, regresando con mucho metal amarillo. Si aceptáis mi parecer enviemos a Guasuacuä el ñanijhara a llamar a Ghuärairipïhtá y éste nos dirá si se podrá capturar un prisionero blanco o conversar con ellos de otra manera.

La asamblea halló prudentes las palabras y proposición del viejo Aracuaá, y momentos después el ñanijhara citado se internó en el bosque de cocotales a trote lento de sus poderosas piernas. Los ancianos se retiraron a sus chozas a reposar o quedaron conversando en torno al gran fuego, para después tender sus hamacas bajo los árboles de la plazuela.

Al día siguiente, ya tarde la mañana, mburuvichá Caruaré llamó a varios mozalbetes cuya edad variaba entre los l3 y los l5 años, y les mandó que advirtieran a los ancianos que la reunión se reanudaría de inmediato.

Decidles que mi hijo Ghuärairipïhtá ha llegado y que el fuego del consejo está encendido.

Sentados los asistentes, tal como en la noche anterior, iba a darse comienzo al debate, cuando un ñanijhara, que no era Guasuacuä, llegó corriendo del lado del sudeste, y plantándose delante de Caruaré y de Ghuärarambaré, habló así, jadeando de fatiga y de excitación o más bien de premura:

Esta mañana, a la hora de salir el sol, bajaron tres pihtaguá en una canoa, y con ellos Guahiré uno de los prisioneros que ayer se llevaron. Se pararon en la orilla del río e hicieron señales con un paño blanco y dieron voces al parecer en nuestra lengua. No mostraban estar con armas. Acudimos varios de los que estabamos cerca, escondidos, y dejando las armas en el suelo, pues no quisimos mostrarnos temerosos, nos pusimos al habla. Uno de los pihtaguá habla nuestra lengua...

¿Habla nuestra lengua...?

Sí, payé Aracuaá, y muy correctamente, como si la escuchara durante muchos años. Nos dijo el extranjero blanco que venían a tierra a devolver el prisionero herido, y que otro prisionero no les acompañaba por tener la pierna en trabillas, pero que tan pronto pudiese caminar era libre de volver con nosotros, o que si quisiéramos ir a buscarlo en sus barcos podíamos hacerlo yendo en la misma canoa que les trajo a tierra en ese mismo momento y que en tanto, ellos se ofrecían para quedar en rehenes hasta que volviésemos. Dijo también que el jefe de los barcos les había mandado que trajesen regalos para todos y que tenían cosas muy importantes que hablar con los tuvichava de la nación.

¿Dónde están ahora los pihtaguá, los tres?

Han vuelto a sus barcos, en espera de vuestra decisión. Nosotros no quisimos ir en la canoa en busca de Potihyú el herido en la pierna, pero Guachiré ha quedado en tierra y cuenta que ambos fueron muy bien cuidados por los blancos. Yo he prometido regresar presto a dar vuestra contestación a los blancos.

Buena es la nueva – dijo payé Aracuaá – Propongo que se acepte conversar con los jefes blancos, y que este ñanijhara regrese a decirles que les esperamos, pero que habrán de venir los tres solos y sin armas. Veremos lo que proponen y sabremos qué quieren de nosotros.

Espera, ñanijhara – interrumpió el joven jefe Ghuärairipïhtá, que dirigió su oratoria más que al mensajero, a los graves miembros del consejo – ¿Qué hay que escuchar a los blancos, y porqué? ¿Son pues enemigos mortales como se mostraron con nuestros parientes en todas partes, y como lo hicieron ayer mismo cuando nos pidieron mantenimiento por fuerza? ¿Y qué son ahora...?

Ghuärairipïhtá hijo mío: tú eres un joven jefe, un guerrero inteligente y valeroso según lo has demostrado cuantas veces un enemigo, así fuera el mbayá feroz o el blanco de ayer, se interpuso en tu camino. Pero este negocio de ahora no es conocido de ti. La impaciencia y el ímpetu no son virtudes en los consejos aunque lo sean en el combate. Ahora debe primar la reflexión y con ella la prudencia. Deja que el ñanijhara vaya adonde los blancos y regrese con ellos, según ha dicho nuestro payearundú Aracuaá cuya sabiduría llega adonde no alcanza tu valor. Nada perderemos con obrar así, y entretanto te pondremos al cabo de lo que se ha hablado en el consejo. Ten por seguro que si la resolución final fuera continuar la guerra contra el blanco extranjero, tú y no otro serás el jefe de nuestros ghuärairí y el primero que blandirá su itamarä contra él.

Aunque impetuoso de ánimo, el joven jefe respetaba la opinión de los hombres y veneraba a los ancianos: los payé, los tuvichava, los avaré y los caraíva, por su edad, por su prudencia, por su discreción y por su sabiduría, habían merecido de la nación la misión de conducirla.

Acato la decisión del consejo. Recibid pues a los mensajeros blancos y escuchad lo que digan. Yo iré a reunirme a mis guerreros, y esperaré vuestra decisión.

No, hijo: esperarás aquí a los blancos, los escucharás y nos ayudarás a resolver lo que más convenga a todos.

 

Al caer la noche del 28 de diciembre de l536 el capitán Domingo Martínez de Irala, llamado más comúnmente Domingo de Irala por los conquistadores, un arcabucero y el intérprete Bastián Alonso, acompañados de cuatro fornidos guerreros guaraníes cari’o que portaban a hombro voluminosa carga, llegaron a la gran tava de mburuvichausú Carueré situada sobre la curva del río Paraguay en el mismo lugar que hoy está limitado aproximadamente por las calles Montevideo hasta Tacuaríh de oeste a este y hacia el sur la de Teniente Fariña. El límite norte de la tava de Caruaré yace hoy bajo las aguas de la bahía de Asunción: estaría ubicado aproximadamente más allá del centro de la bahía, porque en l786 el capitán de corbeta Juan Francisco de Aguirre escuchó de los más viejos habitantes de Asunción del Paraguay que la primera iglesia de San Francisco ya entonces tenía sepultados sus viejos pilares de urunde’ihmí (madera incorruptible en el agua y en la tierra) en la mitad de l