.
GARAY, Blas
EL COMUNISMO DE LAS MISIONES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
3ra. Edición del autor, 1921, con prólogo de Silvano Mosqueira.
VEA EL ÍNDICE
DATOS DEL AUTOR Y SU OBRA
BLÁS MANUEL GARAY nació en la Asunción, en 1873. Huérfano de padres, Blas Garay se trasladó al pueblo de Pirayú, en compañía de su tío, Ladislao Argaña, donde prosiguió sus estudios primarios y se inició como auxiliar telegrafista. De Pirayú regresó a la Asunción para ingresar en el Colegio Nacional. Estuvo un año como internado. El siguiente, conquistó una beca por concurso y, desde entonces, se distinguió por su dedicación al estudio. Terminados los estudios preparatorios, cursó Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad de la Asunción. Se graduó de abogado en tres años de estudios, vale decir, en la mitad del tiempo normal fijado por los reglamentos. Su tesis versó sobre La junta Superior Gubernativa. Desempeñó algunas funciones públicas, como la secretaría general de la Dirección de Correos y Telégrafos, la subsecretaría del Ministerio de Hacienda. En Abril de 1896, un mes después de haber unido su destino al de una niña distinguida de la sociedad asuncena, fue enviado a Europa como secretario de la legación paraguaya de París, Londres y Madrid. Posteriormente pasó a ser Encargado de Negocios ante el gobierno de Madrid con la misión especial de revisar el Archivo General de Indias para reunir y completar los elementos probatorios de los derechos paraguayos a los territorios del Chaco, cuyo dominio disputaba Bolivia. Cerca de dos años permaneció en el viejo mundo, y en ese lapso de tiempo, sin descuidar sus deberes oficiales, produjo cuatro volúmenes, que son: Compendio elemental de la historia del Paraguay; La revolución de la independencia del Paraguay; Breve resumen de la Historia del Paraguay y El comunismo de las Misiones de la Compañía de Jesús. A fines de 1897, y habiendo dado término a la misión encomendádale, volvió al Paraguay con el ánimo templado para entrar en acción y librar encarnizadas batallas en los agitados debates del pensamiento. El vacío dejado por Alón reclamaba un sucesor digno de su talla. La prensa paraguaya hallábase huérfana de los lidiadores de buena ley. Abogado e historiador, publicista y literato, el doctor Garay figuraba entonces en primera línea entre los compatriotas destinados por su capacidad a encauzar los sentimientos y aspiraciones de la nación. Con Báez, Domínguez y Gondra, se disputaban la supremacía en las lides de las ideas, desde la tribuna de la prensa. El Comunismo de las Misiones arranca al profesor Adolfo Posada, de la universidad de Oviedo el siguiente expresivo juicio: «El libro más importante de los tres del señor Garay, es el último de los citados, o sea el referente a la dominación extraña por demás, de la Compañía de Jesús en el Paraguay. Es el más importante, el más original y, también, el de más universal importancia. El señor Garay ha estudiado el asunto con amor, ha procurado no olvidar los estudios anteriores de Montoya, Anglés, Charlevoix, Alvear, Cadell, Azara, Moussy, Funes, etc., etc.; pero no contento con esto ha hecho obra propia, consultando fuentes originales y aprovechando las cartas, relaciones, informes de los provinciales, que se conservan en la biblioteca nacional, y en donde la historia ha dejado huella segura del carácter y condiciones de aquel comunismo igualitario, en el fondo un despotismo, mantenido, so capa de proselitismo religioso, para sostener una explotación colonial pingüe, riquísima.» Silvano Mosqueira, en su prólogo, prosigue: "Como paraguayo el doctor Garay era de pur sang. Era un patriota incorruptible, en cuyo civismo podía fiarse los destinos mismos de la república". Sentó doctrina sobre la posición del Paraguay en relación a sus adversarios en la Triple alianza: «Hay escritores - decía Garay en un artículo - que creen que para cicatrizar las heridas de la guerra de la Triple Alianza, basta con decir que se hizo contra el tirano, mas no contra el pueblo que en ella fue exterminado. Lo noble del propósito de los que así hablan no da a sus palabras la eficacia que generosamente desean, y no contribuye poco a ese resultado la natural resistencia del que se diputa por víctima a sentirse obligado a gratitud hacia aquel a quien mira como su victimario. «No queremos con esto aconsejar que se mantenga el encono dejado por la guerra en nuestros pechos. Si hubiese sido obra de los pueblos, fuera vano el empeño de apagarle; durara lo que los pueblos duraren; pero fue únicamente obra de los gobiernos, y debe olvidarse, ya que en los gobiernos dominan hoy ideas muy distintas, más conformes con los sentimientos fraternales de las naciones que rigen. «Si hablamos de la guerra de la Triple Alianza, no hablemos para intentar hacer creer que su único objeto fue la destrucción del poder de don Francisco Solano López, porque fuera el tiempo perdido y el esfuerzo tal vez contraproducente. Hablemos para decir que fue contraria al sentimiento de los pueblos que combatieron, y que, pues hoy son esos sentimientos, entonces violentados, los que prevalecen en sus relaciones, debe perdonarse aquella grande injusticia, aquella página tristísima de la historia americana, como un error que deploran por igual vencidos y vencedores. Prediquemos también para que se borre todo lo que pueda recordárnoslo, y ya que no se restituyan las fronteras a su estado anterior, que cuando menos se supriman otras gravosísimas consecuencias de nuestro inmortal vencimiento. Abracémonos de todo corazón paraguayos, argentinos y brasileños, como nos hemos abrazado paraguayos y orientales, y para que el abrazo sea más cordial y no empañe el contento del más desgraciado el penoso recuerdo de la carga que todavía pesa sobre él por virtud de la guerra, bórrense deudas que para nada sirven, porque el Paraguay nunca podrá pagarlas de otro modo que con territorios, y no es de presumir que nadie aliente el pensamiento de cobrarlas en tal moneda, que valdría tanto como pensar en el exterminio total de nuestra nacionalidad». El diario La Prensa, fundado por Blas Garay, llegó a ser una potencia periodística en el Paraguay. Superó al mismo Heraldo en autoridad política, en cultura de estilo, en sagacidad para dirigir golpes certeros de aquellos que infaliblemente fulminan al adversario. Garay tenía un procedimiento eficaz para hundir al mal funcionario, cuya ruina creía necesaria. Cuando descubrió que no era respetado cual lo merecía un hombre de su calidad; cuando vio que se le quería asignar, como a tantos otros, el triste papel de un elemento puramente decorativo dentro del partido gobernante, reaccionó y se colocó del lado del pueblo, constituyéndose en su ardiente y apasionado defensor. Puso a raya a más de un delincuente. Provocó más de una caída estrepitosa. Los artículos de La Prensa eran materia de deliberación en los consejos de gobierno. El "qué dirá" de La Prensa quitaba el sueño, causaba inquietud a las conciencias culpables, hasta que un día de 1899, a sus 26 años de edad, una bala homicida le arrebató a la vida, cortando su brillante carrera en mitad de la jornada. Su entierro adquirió las proporciones de un duelo nacional; amigos y enemigos deploraron su trágica y temprana desaparición. (Incluye extractos del prólogo de Silvano Mosqueira)
.
.