Biblioteca Virtual del Paraguay Vuelva al Indice

 

La edición de este tomo III y último de la Historia de los Abipones fue 

posible gracias al generoso apoyo financiero que ofreció el gobierno 

de la provincia del Chaco. A él nuestro reconocimiento por asociarse 

a esta edición castellana de la obra del P. Martín DobrizhoHer.

 

 

MARTIN DOBRIZHOFFER S. J.

 

 

HISTORIA 

DE LOS ABIPONES

 

VOLUMEN III

 

Traducción de la Profesora

Clara Vedoya de Guillén

 

 

 

 

UNIVERSIDAD NACIONAL DEL NORDESTE

DEPARTAMENTO DE HISTORIA

RESISTENCIA (CHACO)

FACULTAD DE HUMANIDADES

1970

 

 

UNIVERSIDAD NACIONAL DEL NORDESTE

 

Rector: Profesor ERNESTO J. A. MAEDER

Vicerrector: Dr. GUSTAVO ADOLFO REVIDATTI

Secretario General Académico: Arq. ERNESTO I. GALDEANO 

Secretario General Administrativo: C.P.N. CARLOS ALBERTO OJEDA 

Secretario de Asuntos Sociales: Dr. ESIO ARIEL SILVEIRA

 

 

INSTITUTOS CON ASIENTO EN CORRIENTES

 

Facultad de Agronomía y Veterinaria

Decano: Dr. BENITO E. DÍAZ

 

Facultad de Medicina

Decano: Dr. JOAQUÍN GARCÍA

 

Facultad de Derecho

Decano: Dr. GUSTAVO ADOLFO REVIDATTI

 

Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y Agrimensura

Decano: Agrimensor Nacional DOMINGO ADOLFO TASSANO

 

INSTITUTOS CON ASIENTO EN RESISTENCIA

 

Facultad de Ciencias Económicas

Decano: Dr. JULIO KESSELMAN

 

Facultad de Ingeniería, Vivienda y Planeamiento

Decano: Ing. Químico EMILIO A. GARCÍA SOLÁ

 

Facultad de Humanidades

Decano: Profesor ARTHUR J. HAND

 

INSTITUTOS CON ASIENTO EN POSADAS

 

Facultad de Ingeniería Química

Delegado Interventor: Ing. Químico JUAN VEGLIA

 

Capítulo I

SOBRE EL ODIO MORTAL DE LOS ABIPONES HACIA LOS ESPAÑOLES Y SOBRE ALGUNOS DE SUS ALIADOS MOCOBIES

 

El español sometió a la mayoría de los indígenas que /3 habitaban Paracuaria. Algunas veces los soldados llevaban a cabo esta misión, pero con más frecuencia la realizaban los sacerdotes, quienes propagando la religión, lograron llegar hasta donde nunca pudo el ejército. Ellos consiguieron con su doctrina un resultado más positivo que aquellos con sus plomos. No obstante, hasta el siglo pasado los abipones se mantuvieron rebeldes, y no permitieron que se los venciera /4 ni con las armas ni por medio de regalos. Nunca quisieron al español como amigo, y menos como dominador; y para no soportar el yugo enemigo deliberaban sobre la conveniencia de pelear, o, si se presentaba la ocasión, de huir; usando a veces las armas, y con más frecuencia la astucia y la velocidad. La naturaleza de las regiones que habían elegido para sí, les ofrecía seguridad permitiéndoles eludir las fuerzas de los españoles que ellos temían cuando se enfrentaban en campo abierto. No fueron vencidos porque resultaba imposible atacarlos, pues estaban defendidos por lagos y selvas inaccesibles, máxime que en aquel tiempo no contaban con caballos. Prefirieron esconderse, padecer sed o hambre antes que doblegarse al advenedizo. En fin, rehusaron con gran obstinación la obediencia al rey español y a la ley divina, y en consecuencia a su propia felicidad. Desde la época del victorioso Carlos V, que conquistó para España las mejores regiones de América, el belicoso pueblo de los abipones se había mantenido firme en sus leyes durante dos siglos y lo que va del presente, aun después de que los pueblos vecinos hubieron sido vencidos. Y no solo rechazaron en absoluto la amistad de los españoles sino que no perdían ocasión de extender sus armas terribles a toda la provincia. Recordamos algunos de los desastres que provocaron en los últimos años del siglo en curso y se nos ocurre pensar que los abipones y sus aliados los mocobíes y los tobas habían sido reservados por la Justicia divina para castigar los delitos de los cristianos como en otro tiempo los filisteos, los jebuceos y los fereceos habían sobrevivido en la región de Canaán para castigar las prevaricaciones de los judíos, cuando los restantes enemigos habían sido aniquilados o reducidos.

Hicieron pacto para la guerra con los mocobíes y los tobas, bárbaros ecuestres temibles por su valor, y casi los /5 únicos que los sobrepasaban en el odio que sentían hacia los españoles. No se producía un estrago de grandes proporciones en el que estos tres pueblos coligados no hubieran aunado sus fuerzas.

La común aversión a los europeos, la esperanza cierta de ganancias, el amor a su antigua libertad, el deseo de gloria militar fue para ellos como trompeta de guerra. Cuando recuerde las hazañas de los abipones, nombraré también a sus aliados de armas, los mocobíes, para hacerlos sobresalir en las alabanzas y vituperios. Y en verdad, habrás de saber esto: los pueblos de Europa, a veces, cultivan la amistad con mutuos pactos y con fuerzas aliadas para algún fin, de modo que pelean contra el enemigo común; pero roto el pacto de los aliados se traban en mutuas luchas. Del mismo modo hemos visto que los mocobíes y tobas, amigos de los abipones cuando se trataba de pelear contra los españoles, se convertían en poco tiempo en acérrimos enemigos si consideraban que la guerra les sería más útil que la paz. De modo que la amistad de estos pueblos es inconstante, pues nacen y viven rodeados de privaciones.

Alguien ha afirmado alguna vez, que los mocobíes son inferiores a los abipones en estatura y en vigor militar; pero yo, que he vivido un tiempo con ellos, afirmo que los superan en el nativo odio a los españoles, cultivado desde niños. Parecía que en el siglo pasado habían sumido a Tucumán en la destrucción; temibles no sólo en los apartados predios de los españoles, sino también en las mismas ciudades. Devastaron la provincia con sus muertes, rapiñas e incendios y llevaron la desesperación a Salta, Jujuy y San Miguel, ciudades principales. A veces una opulenta ciudad era reducida a escombros. La ciudad de Concepción, ubicada a orillas del río Bermejo fue destruida totalmente y sus habitantes muertos por insidias, pues los abipones, partícipes de tantas cruentas incursiones, prestaron su apoyo a los mocobíes. Alfonso /6 Mercado, Angel de Paredo y otros gobernadores de Tucumán que los sucedieron, impidieron nuevos intentos de los bárbaros. Siempre atravesando penosísimos caminos y sin ningún resultado, desde las ciudades enviaron a cuantos soldados pudieron, tanto españoles como indios cristianos hasta el Chaco, escondite de estos bárbaros, para combatirlos. Aunque a veces tomaron algunos mocobíes y tobas y los mataron, los demás compañeros sobrevivientes, excitados por la caída de los suyos, duplicaron sus iras, y nunca cesaron de descargar sus fuerzas, así como su venganza, logrando siempre lo que se proponían.

Tantas inútiles expediciones de tropas tucumanas confirmaban la opinión de los bárbaros: las armas españolas no debían ser temidas, ya que contra ellas les era suficiente, como defensa, los escondrijos que les ofrecía la naturaleza, desconocidos e inaccesibles para los españoles. Y, si acaso fueran oprimidos por los numerosos enemigos, tendrían la fuga como victoria, ya que el conocimiento de los caminos y la rapidez para nadar y cabalgar les daría, siempre ventaja, mientras que los españoles con sus caballos cansados de tan largo y áspero camino e impedidos por los mismos vestidos y armas, apenas lograrían bloquear a los que huyeran, aun cuando consiguieran cruzar los lagos, ríos y bosques del camino. Muy envalentonados con estas consideraciones, ¿qué no intentaron los bárbaros en Tucumán? Salta, sede del gobernador, y los campos circundantes, sufrieron a diario los asaltos del enemigo.

Esteban Urizar, primer gobernador de aquella provincia, comenzó a buscar una solución para esta pública calamidad; pero cada una que elegía, era desechada por todos. Varón conocedor de la guerra y de ánimo intrépido, comprendió que el trabajo dependería tanto de las fuerzas como del /7 ingenio y la rapidez con que se ejecutara; para que no creciera simultáneamente la petulancia de los enemigos y el peligro de la provincia, – y se repitiera aquello de que mientras Roma deliberaba, Sagunto caía – preparó una expedición al Chaco.

Eligió para ella mil setecientos ochenta hombres de las poblaciones españolas de Tucumán y un grupo de cincuenta indios cristianos entre los chiriguanos, amigos por aquel tiempo. Pidió ayuda y recibió de la ciudad de Asunción, cincuenta; trescientos de Santa Fe y setecientos de Corrientes. Reunido para este fin tan gran ejército, encerraría a los bárbaros de frente, de espaldas y por los costados, como a las fieras en el circo. Ordenó a los soldados tucumanos que exploraran sus escondrijos y que castigaran a los que tomaran prisioneros del modo que juzgasen conveniente. A los demás españoles, más cercanos al sur, les encomendó la tarea de cerrar el camino a los fugitivos.

Si los demás hubieran cumplido su misión, con tanta diligencia, como con tanta premeditación había sido establecida por el prudente gobernador, de un solo golpe se hubiera dominado la situación y toda la muchedumbre de bárbaros del Chaco hubiera resultado vencida. Pero los soldados españoles que había convocado de las poblaciones del sur, o vacilaron o anduvieron con rodeos; de modo que los mocobíes tuvieron libre el camino hacia el sur; y aun cuando se vieron superados en número por los españoles, desparramándose, les fue posible reunirse impunemente con sus compañeros abipones. Considerando que aquellos parajes eran lo suficientemente seguros contra las asechanzas de los españoles que pudieran atacarlos o de cualquier otro peligro, ambos pueblos se establecieron, por fin, en el valle Calchaquí y sus alrededores. Con esta empresa cumplida, ciertamente Salta y la parte superior de Tucumán respiraron durante algunos años libres de las vejaciones de los mocobíes.

Pero, toda la violencia de la guerra se descargó sobre las ciudades de Santa Fe, Santiago del Estero, Corrientes y las demás ciudades españolas ubicadas al sur y al oeste; y /8 fueron destrozadas miserablemente tanto solas como en conjunto, tal como enseguida expondré. Porque los jinetes malbalaes, rompiendo la alianza con los mocobíes, aceptaron o fingieron amistad con los españoles. Los vilelas y los chunipíes, pueblos pedestres, siempre tranquilos y muy amantes de la paz, enseguida respondieron. Y los lules, también pedestres, reunidos en gran número en una fundación, (a la que llaman Miraflores), fueron adoctrinados en la santa religión por nuestro Padre Antonio Machoni, sardo. De modo que el fruto de tan gran expedición no debe ser totalmente deplorado, aun cuando haya sido inferior a los deseos y esperanzas de los españoles. Pero, pasemos ya a la historia del tema que tratamos, ya que estos hechos relatados, que creí conveniente intercalar, no pertenecen a él.

 

Capítulo II    /9

POR QUE MOTIVO LLEGARIAN A TENER PLENA POSESION DE LOS CABALLOS Y COMO EN VIRTUD DE ESTOS SE HARIAN TEMIBLES PARA SUS VECINOS

 

No se sabe con exactitud desde qué tierras los abipones llegaron al Chaco en el siglo XV. Yo me inclino a creer que en aquel tiempo eran pedestres, y que se escondían como los demás indios, pensando más en huir del español que en atacarlo. Y en verdad, habiendo sucumbido los pueblos vecinos, totalmente, a la dominación europea, la libertad que conservaban los abipones era como un trofeo celebérrimo. En los anales de Paracuaria, ya aparecen en el año 1641 provistos de caballos y muy diestros en su manejo. Por aquel tiempo, se lee que habían iniciado la guerra contra los indios matarás, obsecuentes de los españoles, y hacia los que los movía implacable odio. ¿Por qué los abipones, ya ecuestres, se convirtieron en el terror de otros pueblos pedestres? Nadie pone en duda que los pueblos americanos fueron sometidos fácilmente por las numerosas legiones de españoles, porque estos guerreros les resultaban magníficos sobre sus caballos e imitaban al fuego con sus armas. Lo primero. impresionaba a sus ojos; lo demás, a sus oídos y espíritus. ¿Qué trabajo les habría costado vencerlos si aterrorizados con la primera impresión, los naturales no tenían más que madera y caña para oponer al hierro y al plomo de los europeos? No de otro /10 modo los caballos fueron para los abipones el principal instrumento de guerra, en lugar de las armas, o más correctamente diría, antes que cualquier otra arma.

Pero, me preguntarás: ¿De dónde obtuvieron los abipones el primer caballo? Yo diré lo que escuché relatar a un viejo abipón, varón ingenuo. Decía que algunos de su mayores – que entonces eran pedestres –, se arrastraron a escondidas tras largo camino por los campos por entonces sometidos a la ciudad de Santa Fe, que ocupaban los belicosos indios ecuestres calchaquíes; y llevaron a sus tierras algunos caballos que robaron allí, junto con unos cuchillos de hierro. Rápidamente usaron estos caballos para robar más y más tropas de caballos de las tierras de españoles. Esto no es difícil en Paracuaria ni requiere gran sacrificio. El campo, abierto por todas partes, ofrece pasto, forraje y establo la mayor parte del día y de la noche, a innumerables caballos y a otro tipo de rebaños. A menudo, los caballos recorren largas distancias y se desparraman por espacio de muchas leguas, molestos por los mosquitos o por temor a los tigres. Muchas veces, los españoles dejaban sin guardia al ganado; a los indios, les resultaba sumamente fácil o matarla o eludirla cuando dormía ya que estaba lejos de sus casas. Temían a los bárbaros cuando se acercaban; y mientras los piratas llegaban no había guardia a quien pudiera convencerse de seguirlos. Prefirieron perder las cabezas de sus caballos antes que las suyas.

Lamentaban el robo de sus animales, pero se congratulaban de la huida de los raptores, pues sabían que en Paracuaria sobreviviría tanta cantidad de caballos y de mulas como cuanta tierra los rodeara. A veces, cada uno de los campos de los españoles o de judíos cristianos tuvieron dos mil caballos aptos para montar. Otros, llegaron a contar con veinte mil caballos y yeguas destinados a la cría. Y no agrego /11 a éstos los cientos o miles de caballos que pertenecían al primero que los tomaba. La inmensa planicie que rodea a Buenos Aires, fácilmente en una extensión de cuatrocientas leguas a la redonda, se ve llena de caballos expuestos a esta ley. Innumerables bárbaros entre el estrecho de Magallanes y la llamada ciudad del medio, se alimentan a diario con carne vacuna y usan pieles de ovejas a modo de vestido, de casa, de armas y de montura. Desde Córdoba hasta Santa Fe o también por las orillas del Paraná y del Uruguay, se desplazan a diario grandes tropas de caballos que deambulan y que no raramente causan molestias, pues tapan el camino arrastran consigo a los caballos domesticados que nosotros usamos. Para evitar esto se deben usar no pocas industrias. Si no me equivoco ya hice mención de esto; si lo recuerdo nuevamente no me consideres un charlatán cuando digo que en un espacio de cincuenta años los abipones robaron fácilmente de los campos de los españoles cien mil caballos. Esta es la antigua opinión de los paracuarios; y no juzgues exagerado ese número; pues sometiendo las conjeturas a las razones, yo opino que fueron más de doscientos mil. No hay que admirarse. A veces en un solo asalto los abipones adolescentes, que son más feroces que los adultos, han robado cuatro mil caballos. La astucia y la sagacidad es la obra de los mediocres, no de los fuertes. Conducidos a una mies mejor, aunque renunciaran al pillaje, todos consideraron que les era permitido regirse por la ley de tomar los caballos que encontraran al paso si carecían de dueño. En las nuevas fundaciones conocí a no pocos abipones que poseían cincuenta caballos. Ahora queda por explicar en qué gran perjuicio de los españoles los abipones usarían en otro tiempo a sus caballos.

Los calchaquíes, nombre en verdad temible a los /12 españoles, después que desolaron el campo de Santa Fe con reiteradas matanzas, fueron finalmente reducidos al orden, en un combate. Los guaraníes, llamados por el gobernador real, en auxilio, desde las misiones del Uruguay cumplieron con gran celo esta tarea, tal como ya lo hicieron otras veces. Los calchaquíes que sobrevivieron a este desastre fueron consumidos por fin por las viruelas. Los tristes restos de este pueblo tan belicoso fueron trasladados junto al río Carcarañal y hoy sobreviven alrededor de veinte hombres. Los abipones se establecieron en aquel suelo calchaquí; herederos no sólo de su patria, sino también del ánimo hostil hacia los españoles. Los límites de estas tierras se extienden desde el río Grande hasta la ciudad de Santa Fe, y desde las orillas del Paraná y del Paraguay hasta los territorios de Santiago del Estero. Los españoles se vieron obligados a cederles esta región de sus abuelos, sin que pudieran oponérseles si no querían morir.

En el año diez y ocho, del siglo que corre, circulaban sin peligro desde la ciudad de Santa Fe hasta Santiago del Estero y a ambos lados de Córdoba; aunque tuvieran que hacer caminos de muchos días. Esto me lo aseguró nuestro Padre Mayor Juan Francisco Aguilar, ya octogenario. Ciertamente todas estas cosas son absolutamente ciertas y fuera de toda duda; y la prueba son los ricos campos de los españoles que he visto devastados y que habían ocupado todos los caminos en serie continuada entre las ciudades; pero reducidos a desierto por los abipones que allí infestaban, de modo que nada encontrarías allí sino las ruinas de sus construcciones. Sin embargo los campos conservaron los nombres de sus antiguos dueños. Los llaman Don Gil, Doña Lorenza, Alarcón, la Viuda, del Cano, etc., porque fueron habitados en otros tiempos por éstos. Pero ahora ¡ah! los campos son como nuevas Troyas. No encontrarás fácilmente ni /13 un rancho en cien leguas de camino.

La región que los abipones recorren impunemente como propia se extiende de norte a sur unas veinte leguas y otras tantas, de este a oeste. Divididos en muchas tribus según el número de sus caciques, cambian sus tolderías aquí y allí, eligiendo los sitios que les ofrecen mayores oportunidades de caza, mejor tiempo y menos temores. Dejando en aquellos lugares a las mujeres con sus proles y a los viejos e inermes, los adultos recorren, para robar, desde ese centro, todas las colonias de cristianos cercanas y no vuelven a los suyos sino con cabezas de españoles cortadas, y otros despojos. La cantidad de cautivos, las tropas de caballos y el seguro éxito de la expedición estimulaba a unos y a otros a ser más osados; de suerte que cuando unos regresaban, salían enseguida otros. Casi no pasaba un mes sin que alguna de las ciudades españolas fuera maltratada por las agresiones hostiles. Como el rayo, que aunque hiera solo a unos, aterra a todos, así, aunque fuera invadido un solo lugar, toda la vecindad trepidaba, y sobre todo los que parecían más seguros, pues la experiencia les había enseñado que este tipo de enemigos nunca estaba más cerca de la matanza que cuando se los creía distantes.

Puede comprenderse por esto, por qué razón eran suficientes alrededor de mil bárbaros (entre todas las tribus no contaban con muchos más, aptos para la guerra) para agotar tan vastísima provincia. El español debió suplir la pobreza de guerreros con la tranquilidad de espíritu, la tolerancia para los trabajos y la alianza con los mocobíes. Francisco /14 Barreda, jefe del ejército, afirmaba una y otra vez por su experiencia en Santiago que si todos los demás abipones fueran muertos y solo sobrevivieran dos, estos se dedicarían del mismo modo a devastar la Paracuaria, de modo que unos diez abipones bastarían para perturbar toda la provincia. No hubo escondrijo que no penetraran como las Furias; no consideraron impenetrable ningún lugar, por encerrado que estuviera por todas partes por accidentes de la naturaleza. Los anchísimos ríos Paraná, y Paraguay que se unen en una sola desembocadura, eran cruzados a nado por ellos cuantas veces les placía, charlando alegremente. Las empinadas rocas eran recorridas a caballo tanto para ascender como – y eso era, lo más terrible de ver – para descender, cuando atacaban las regiones limítrofes de Córdoba o Santiago. ¡Ah, cuánta sangre fluyó! Cruzaron sin ningún trabajo selvas que daban horror por la cantidad de malezas y de árboles, lo mismo que lagos y pantanos resbaladizos por el cieno. Aquella inmensa planicie de ciento cincuenta leguas que se extiende entre los ríos Paraná y Salado crece como un mar cuando caen lluvias continuas; y si como suele suceder, faltan durante meses, aquella vasta región de tierra se seca de tal modo que no se encuentra ni una gotita de agua dulce ni un ave. Muchas veces yo mismo he visto una y otra cosa. Los abipones, cualquiera que fuera la situación, se llegaron hasta las poblaciones de los españoles, ya en medio del agua, ya sin ella cuando deseaban despojarlos o matarlos. Frecuentemente he experimentado, haciendo el camino tanto con soldados españoles como con abipones cuando ya pactaron amistad. Estos han cruzado a caballo, sin ninguna dificultad, lagos y lagunas profundísimas que aquellos consideraron absolutamente intransitables. Ningún abipón rehusa atravesar trescientas o más /15 leguas cuando los atrae la esperanza de abundantes ganancias o de gloria militar, de modo que no los atemoriza ni la aspereza de los caminos ni la extensión de la travesía. Si no se interpusiera un mar inmenso, ¿acaso no llegarían enloquecidos abipones a Europa por los nobilísimos caballos españoles o ingleses? Esto nosotros lo hemos pensado ciertamente y más de una vez lo hemos dicho en Paracuaria. Así como algunos pueblos del Asia veneran al cocodrilo, al mono o al dragón como animales divinos, los abipones adorarían a los caballos si practicaran el culto a los ídolos. Aparte de esto, la mayoría hace de él su principal instrumento de guerra, por cuyo uso se han tornado temibles y sumamente perjudiciales a las ciudades españolas. Los bárbaros pedestres, aún cuando están llevados por la misma animosidad contra los españoles, no tienen la misma oportunidad, pese a que usan las mismas armas tanto para atacar como para defenderse. Si son maltratados por bárbaros jinetes como los abipones, mocobíes, tobas, charrúas, malbaláes, mbayaes, guaycurúes, serranos, pampas u otros indios del sur, atribuyen la culpa al hecho de poseer caballos de Paracuaria. Los indios aprendieron a usar los caballos de los españoles, en contra de ellos, como las armas más rápidas. Los jinetes españoles vencieron antiguamente a gran parte de los indios; hoy son vencidos no raramente por jinetes indios. Pero ya expondré en detalle los estragos acarreados a las distintas partes de la provincia.

 

Capítulo III

CUANTAS CRUELDADES SOPORTARIAN LAS CIUDADES DE SANTA FE Y ASUNCION

 

Los abipones, ya sean solos o asociados con loe mocobíes /16 oprimieron con diarias incursiones a la ciudad de Santa Fe porque la tenían más cerca, cuando no a otras ciudades que estaban más distantes. Mataron a la mayoría de los vecinos y a no pocos los llevaron cautivos. Muchos emigraron a sitios más seguros con sus familias, temiendo otro ataque peor. En aquellos lugares, a veces, quedaban objetos o ruinas como testimonio de las ciudades que en otro tiempo existieran. Los campos de San Antonio, como otros muchos, fueron destruidos. Innumerables ganados de todo tipo fueron sustraídos a sus dueños y a los guardias a quienes asesinaban o [dejaban] dispersados. Del mismo modo, fueron robados los carros de los mercaderes.

La posibilidad de negociar, única fuente de ganancia allí, fue destrozada de un golpe y los comerciantes comenzaron a empobrecerse ante la absoluta carencia de recursos. Todos los caminos estaban infestados día y noche por grupos de bárbaros, de modo tal que nadie podía salir de sus casas ni llegar seguro a la ciudad. Y aun dentro de la misma ciudad debía temerse. A diario, se ven por las calles grupos ecuestres de abipones y mocobíes; la misma plaza era a veces, escenario de sangrientos encuentros. Cuídate de atribuir esto a la valentía de los indios. Unos pocos de ellos son temidos por muchos; pero también la mayoría de los naturales temen a uno solo cuando los amenaza con un fusil. Todas las /17 ciudades de Paracuaria carecen de muros, puertas, fosos y setos; y están expuestas, por todas partes, tanto a los que llegan como a los que atacan, tal como ya dije en las primeras hojas de mi historia. Y no hay que asombrarse, al saber que los bárbaros confiados en la pericia de sus caballos, se hayan burlado a su antojo. En el año 1750 un conocido español debía ir desde Córdoba hasta Santa Fe y me detuvo a las puertas de nuestro templo: "¡Ah, Padre!", – me decía lamentándose –, "a qué estado llegaremos no antes de muchos años". Se le había garantizado que alguno de nosotros lo llevaría al templo armado con fusil. De tal modo no se podía transitar por las calles sin correr peligro, ante los diarios asaltos de los bárbaros

El 10 de abril de 1754, una noble matrona de edad avanzada me había dicho entre gemidos, cierta vez que la visitaba en la misma ciudad: "¡Cuántos beneficios y cuántas gracias os debemos, Padres mío! Dominasteis a estos pueblos tan feroces que durante tantos años no nos dejaron ni respirar (yo vivía por entonces entre los abipones y un compañero mío entre los mocobíes). Recuerdo, – continuaba la misma matrona – que apenas pasaba una semana en esta ciudad sin que hubiera una matanza.

Una piadosa procesión de suplicantes y de portadores de cruces avanzaba en larga fila por las calles cada vez que los bárbaros llegaban cargados de lanzas que disparaban como un rayo; y por lo general se retiraban con las manos ensangrentadas. Aun lloro a un hermano mío alemán cruelmente asesinado mientras arreglaba el altar en la plaza delante del templo, según una antigua costumbre. Esta era entonces la situación. "A Vds. debemos la seguridad y tranquilidad de que hoy gozamos, por cuanto habéis aplacado a los abipones y reducido a los mocobíes a la civilización". Estas fueron sus palabras. Y no otro fue el sentir de toda la ciudad, pues sus habitantes, tanto los nobles como el pueblo, todos a una /18 nos veneraban como sus liberadores y protectores porque nos habíamos entregado a enseñar a aquellos bárbaros; y nos siguieron con toda benevolencia y beneplácito, porque siempre tenían ante sus ojos la tristísima imagen de las antiguas destrucciones.

No faltaron en aquella ciudad varones intrépidos que repelieron valientemente la fuerza con la fuerza; pero los que no poseían buenos vigías y armas, así como espíritu de lucha, no tuvieron época de paz, ni de tregua, debido a la actitud implacable de los bárbaros. El gobernador de Buenos Aires, envió a un grupo de soldados a la ciudad extenuada; pero éstos, en vez de ser útiles a los españoles, provocaron risa a los abipones cuando en el campo de batalla pelearon como contra el viento. Pero por fin, inclinándose favorablemente los acontecimientos, llegó a la ciudad con el título de gobernador el eximio Echagüe, que reprimió la audacia de los bárbaros. Imitando tanto al prudente Fabio como al astuto Aníbal, supo que el exaltado ánimo de los abipones se suavizaba con regalos, se atemorizaban con las armas y que se frenaban con expediciones numerosas. Pudo respirarse un poco; pero esta tranquilidad duró tanto como su vida, ya que a ella se debía.

A su muerte, sus sucesores tuvieron distinta suerte; y los indios repitieron sus antiguos latrocinios o prometían la paz con el fin de lanzarse con toda su fuerza, contra los españoles corrompidos de otras ciudades; y quitando botines a éstos, permutaban en la ciudad amiga de Santa Fe cuchillos, espadas, lanzas, hachas, bolas de vidrio o ropas. Esta fue la astucia que luego los bárbaros usarían con el resto de la provincia en vez de emplear la fuerza: cultivar diligentemente la paz con una ciudad donde pudieran comprar los utensilios necesarios para la guerra y luego ponerlos en /19 venta. Hubo una amarguísima queja de los cordobeses, correntinos, paraguayos y santiagueños de que la ciudad de Santa Fe se había convertido en refugio de los bárbaros ladrones y en su emporio; en donde éstos compraban el hierro que usarían para asesinarlos. Acerca de este tráfico de los indios yo he escuchado opinar a personas entendidas, muchas cosas que provocaban risa y otras más que, causaban verdadera indignación. Pero escucha una sola: un abipón entró en la ciudad de Santa Fe, en tiempo de paz, llevando en un caballo un saco de cuero, (que los españoles llaman zurrón), lleno de dos mil escudos españoles. Algún señor español que pasaba por casualidad por la calle sabiendo qué se escondía en aquel saco ofreció al indio la capa roja con que se cubría; el indio, muy contento por el cambio propuesto entregó todo el peso de la plata que un poco antes había robado, con sus compañeros, de unos carros cargados con plata peruana.

Este hecho, me lo contó un oficial del ejército muy digno de fe. Una vez que se logró reunir parte de los mocobíes, y tobas y casi todos los abipones en las distintas misiones que fundamos, llegó por fin, la paz para sus habitantes; pero esta seguridad no estaba libre de todo peligro para sus campos. Pues los bárbaros de estos pueblos, hastiados de la paz, algunas veces acechaban las tropas de caballos, quizás movidos más por la costumbre de destruir que por deseo de hacer guerra. Para reprimir a estos ladrones, se mantuvo con el erario público una centuria de jinetes españoles (que se llamaban los blandengues), dirigida por el distinguido oficial Miguel Ziburro; y no fue de poca utilidad. Pero alejados los ladrones, como cuando se descuidaba el buen Homero, los predios fueron asolados por grupos de fugitivos. En el lugar llamado Añapiré, se les concedió a estos jinetes una zona para que vigilaran los límites y cuidaran los caminos realizando frecuentes recorridas. Tres lugares habían sido en otro /20 tiempo los principales escondites de estos bárbaros: La Cruz Alta, el Pozo Redondo y el Campo de Santo Tomé. Este es el trayecto que va desde el río Salado hasta la ciudad; allí está el camino real con sus carros de mercaderes. También los campos que miran al Chaco peligraban. La extensísima provincia de Asunción, que el pueblo llama el Paraguay, aunque abunda en ciudades muy combativas también fue hostigada más de lo que podría creerse por las armas de los abipones y mocobíes. ¿Quién podría enumerar las matanzas de hombres, los saqueos de caballos y mulas, los incendios de campos, las devastaciones de predios y la cautividad de los débiles? No sólo en las costas del Paraguay, sino también en lugares muy apartados del río producían tantos y tan grandes estragos impunemente y por doquier, sobre todo en los campos cercanos al río Tebicuarí. No te admires, por favor, de que un grupo de bárbaros haya asaltado audazmente, a los en otro tiempo, vencedores españoles. Asaltan zonas donde saben que no encontrarán resistencia y lugares explorados por sus espías o desprevenidos contra sus asechanzas. Esta región de Paracuaria es más extensa que otras; pero se ve más desamparada por el número de sus colonos. Cuenta con tantos soldados como hombres; pero esparcidos por los campos, separados por muchas leguas, ocupados la mayor parte del año en remotísimas selvas donde preparan la yerba paraguaya, en el río, o cuidando las provisiones de la provincia.

Dirías, en verdad, que estas atalayas fueron construidas junto a la margen oriental del río Paraguay, con estacas, paja y barro, más para observar los movimientos de los indios que para cuidar las fortificaciones. Yo mismo visité algunas de éstas con el gobernador real don José Martínez Fontes; y tanto me reí de su miseria como compadecí con toda el alma la pobreza de estas defensas. Unos pocos que montan /21 guardia en atalayas, soldados solo de nombre, anuncian la presencia del enemigo al verlo desde lejos con un golpe de arma de fuego. Este es un aviso a los puestos de vigilancia vecinos para que adviertan el peligro y para que el gobernador mande los auxilios convenientes (pues el sonido repetido en los distintos puestos se propaga hasta la ciudad), prometa una milicia, y confluyan hombres armados en cuanto existiera sospecha de enemigos. Pero, mientras se reúnen los caballos que siempre andan sueltos por el campo, y se los prepara, mientras se reúnen unos pocos soldados con armas, y se espera la llegada de alguien que los dirija, ¡Cuántas horas pasan! Entretanto los bárbaros ya han tenido tiempo de perpetrar su matanza, de saquear los campos, de incendiar la zona y de escapar con la misma rapidez con que han venido. Porque si entre los españoles que han logrado llegar se consigue formar una tropa, más suelen alegrarse al encontrar al enemigo disperso que tener que perseguirlo. Figurémonos que los bárbaros que se retiran están allí, a la vista, no muy lejos; los jefes de Paracuaria raramente probarán suerte en la guerra a menos que vean que son más numerosos que los indios; ya que serán deshonrados por las esposas y acaso apedreados si algún marido muriera en la lucha; siempre se lamentaban que el pueblo atribuyera a los jefes cualquier suceso adverso que sobreviniera. A veces, los soldados españoles gritaban y querían lanzarse en persecución de los bárbaros que huían; pero los jefes reprimían su ardor militar, aún conminándolos con la pena de muerte, si alguien atacaba al enemigo fugitivo u osaba perseguirlo. No siempre debe culparse a los jefes que repriman este entusiasmo de los soldados, pues, sabiamente, dice Tácito en sus Historias, 3: Militibus cupidinem pugnandi convenire; duces providendo, consultando, cunctatione saepius, quam /22 temeritate prodesse. (1). Y Livio, 21: Saepe contemptus hostis cruentum certemen edidit, et inclyti populi, Regesque perlevi momento victi sunt (2). El recuerdo de cruentas muertes ha vuelto muy cautos a los paracuarios, y casi diría temerosos. Pasando por alto otros casos, diré que en el campo que llaman la Angostura, por sus angostos ríos, lucharon sesenta paracuarios con abipones, o con mocobíes, no lo sé o tal vez con ambos; y cincuenta y nueve de ellos murieron; el único sobreviviente que se salvó, pero con varias heridas, llegó, gracias a la rapidez de su caballo, a la ciudad de Asunción donde relató la tragedia como testigo y nuncio de la misma. Yo considero que los paracuarios son siempre valientes; pero están mal armados y oprimidos por las constantes asechanzas.

A veces, en otras ocasiones, la victoria les fue propicia; y los abipones, que habían venido al campo paracuario para llevar a sus casas las cabezas de los españoles, las perdieron. El jefe de los abipones Yaucanigas, el célebre Nachiralarin (que ya recordé más arriba), durante mucho tiempo funesto para las misiones paracuarias, murió, con un grupo de compañeros suyos, rodeado por un ejército en una selva junto a las márgenes del Tebicuarí, donde se había refugiado. Yo conocí a Fulgencio de Yegros que dirigió esta expedición y a algunos soldados que tomaron parte en la misma. La muerte de Nachiralarin, parecía digna de un triunfo porque había sido más dañino que otros cien. A veces los abipones fueron castigados duramente por los paracuarios que los perseguían porque se veían impedidos por los caballos y cautivos que habían robado, y se retrasaban al cruzar los ríos. Estas continuas muertes que redundaban en gloria, eran de muy poca utilidad para los colonos, pues los bárbaros, deseosos de venganza, como es su costumbre, devolvían otras muertes por esas muertes de los suyos imitando a las moscas. Estas son fácilmente espantadas con la mano cuando se posan en el rostro; pero enseguida vuelven al mismo lugar de donde se las espantó; y se posan una y otra vez por más /23 que se las ahuyente. Lo que siempre me pareció prodigioso es que la provincia de Asunción no pereciera con todos los años que fue azotada por tan violentos enemigos. Por aquí siempre debió temerse la vecindad de los feroces guaycurúes y mbayás; por allá los cotidianos ataques de los abipones, mocobíes y tobas que dieron a las ciudades circundantes, gran trabajo y peligro. Agrega a éstos, los piratas payaguás, más peligrosos durante la paz, que en la guerra. Y callo lo referente a los bárbaros silvícolas que llaman monteses, montaraces, o en lengua guaraní, caayguás, que aunque no siempre hostiles, siempre fueron muy saqueadores y dignos de poca fe para los españoles paracuarios que se dedicaban a recolectar la yerba en selvas muy distantes de la ciudad, como en Carema, en Curiy, en Monday o en las costas del Acaray, que están fácilmente a doscientas leguas de Asunción. ¡Ah! ¡Cuántos pueblos amenazarían a las colonias paracuarias! Los paracuarios fueron mayores que Hércules porque debieron igualarse a tales enemigos.

 

Capítulo IV

CUAN DAÑINOS RESULTARON LOS ABIPONES /24 PARA LAS MISIONES GUARANIES

 

Parecería que los abipones no habían realizado absolutamente nada si no se consagraban con todo su ánimo a derribar les misiones guaraníes. Los movía un odio implacable contra éstos porque habían abrazado la religión y no sólo prestaron obediencia al rey católico como súbditos, sino que se habían prestado como soldados en los campamentos cuantas veces fueron llamados por el Gobernador real. Los bárbaros los consideraron sus enemigos porque no se aliaron con ningún otro pueblo por su inquebrantable fe en los españoles. No habían podido ser movidos por ruegos ni por amenazas a que se prestaran a una impía conjuración de los demás pueblos para matar o expulsar a los españoles de toda la Paracuaria. Y además de no prestarles oídos ni ayuda, como consideraban peligrosos los pensamientos de los sediciosos, desbarataron con sus armas a los rebeldes enemigos de los españoles. Relee lo que escribí en el tomo I sobre Arecayá. Nunca en ningún momento se borró de sus ánimos esta propensión de los guaraníes hacia los españoles. Los abipones y sus aliados siempre pensaron que debían ser atacados con todas sus fuerzas. Las fundaciones de los guaraníes y sus vastísimos predios adyacentes a las costas del Paraná y del Paraguay sufrieron durante muchos años por el furor y la cotidiana rapacidad de los enemigos. Indios cruelmente muertos, ganados de todo tipo robados, adolescentes capturados. Muchos quemados en /25 sus chozas donde se encerraban por temor. La misión de San Ignacio Guazú, floreciente en otro tiempo por su antigüedad, por la cantidad de habitantes y de ganados, por la elegancia de su templo, perdió mucho de su esplendor y poco faltó para que fuera destruida. En efecto: este es un lugar fácil para las asechanzas de los bárbaros pues cubierto por selvas, no eran sentidos a la distancia y amenazaban tanto al campo como a la población. Casi no pasaba un mes sin muertes ni latrocinios. Es increíble cuánto amenazaron al pueblo y al ganado. Desvelados día y noche, nadie se sentía seguro. La habilidad y la audacia de los abipones burlaron toda vigilancia, toda industria de los habitantes. Un día festivo en que el pueblo se encontraba en el templo celebrando los oficios religiosos, una larga fila de bárbaros irrumpió en la plaza. Los pobladores, pensando que debían pelear por el altar, arrojaron a los agresores cuantas flechas encontraron a mano. Se peleó sobre todo por la virtud del cristiano. Los principales de la misión, más de trescientos ancianos y otros muchos del pueblo que habían peleado en otros lugares duramente contra los bárbaros, murieron en el mismo lugar casi a las puertas del templo. No pocos abipones murieron o fueron heridos. Un español cautivo de los guaraníes que creció luego como cautivo de los abipones se ofreció como otras veces para guía de esta expedición. ¡Ah! lo que yo he afirmado: los cristianos cautivos de los bárbaros son más perniciosos, que los mismos bárbaros. Francisco María Rasponi, sacerdote de nuestra Compañía y Párroco de la misión, apenas pudo salir del templo con las vestiduras sagradas, ¿con qué ánimo habrá contemplado los montones de cadáveres, las calles espumantes de sangre? ¿Quién podría explicar con palabras tales cosas? El mismo óptimo varón /26 me contó lo sucedido con tantas palabras como lágrimas, hecho que en seguida se divulgó por toda Paracuaria. Esta cruentísima lucha levantó los ánimos de los abipones y deprimió y postró los de los guaraníes. Rápidamente se repitieron las muertes de indios y los robos de ganado con mayor audacia y frecuencia en el predio y las adyacencias de la misión. Los ladrones tomaron en un día cuatro mil vacas y gran cantidad de caballos. Y no se te ocurra atribuirlo a la pereza o inercia de los Padres que regían la fundación. Nada omitieron de lo que parecía servir para la seguridad de los suyos. Cerraron las entradas y las defendieron con estacadas, colocando guardias provistos de fusiles. Cada día enviaron vigías a los caminos. Colocaron espías en lugares sospechosos. Pero todo esto, ¿para qué? Los que habían mandado para vigilar o espiar, tenían su modalidad; consideraron que todo estaba seguro cuando a lo mejor había un peligro muy cercano. Namaraichene: "estaremos seguros", decían, y se dormían cuando los apuraba el sueño. Y muchas veces sucedió que mientras deberían estar velando por la pública seguridad, los abipones los degollaron.

En la vecina misión de San Joaquín que contaba con cinco mil habitantes, el mismo día de la Inmaculada Concepción de la Virgen, llegaron los abipones, mientras el pueblo se hallaba reunido escuchando el sermón del sacerdote y a los que encontraron descansando en sus casas los llevaron en cautividad o los mataron; y robaron de un solo golpe varias centurias de caballos. Como se repitieran incursiones de este tipo /27 cruentísimas a la misma vista de la fundación, pasaron muy pocos días sin temores y rumores. Casi lo mismo sucedió durante muchos años a la populísima misión de Nuestra Señora de la Fe. El párroco de aquel lugar, Juan Bautista Marquiseti, la rodeó de fosos para detener a los bárbaros jinetes y compró muchos fusiles. Por un tiempo todo fue apaciguado; desde la misma fundación fueron enviados cuarenta indios soldados y casi otros tantos desde la de Santa Rosa para custodiar los predios; pero el cinco de febrero fueron muertos, salvándose unos pocos por la velocidad de sus caballos; por los cuales se supo que habían peleado durante un rato, pero que finalmente fueron oprimidos por la superioridad numérica de los bárbaros. En este día, ¡Ah, cuántos caballos y mulas arrebatados de ambos predios! Unos cuantos miles. Cierta vez los guaraníes transportaban en muchos carros de un español yerba paraguaya hasta las costas del Paraná; les habían puesto como defensor y moderador a un español nada perezoso armado con siete fusiles excelentes. Pero, rodeado por una turba de abipones que se le presentó, no pudo tomar los fusiles y fue muerto con casi todos los indios; fueron robadas también dos tropas de caballos y de vacas. Se encontraron en el campo cincuenta cadáveres. Me parece recordar estos incidentes como si hubieran sucedido hace poco, por cuanto yo he estado allí. Sería infinito si refiriera detalladamente todo lo que los guaraníes debieron tolerar por espacio de tantos años. El recuerdo de estos hechos cada vez que había una acción con los abipones les hacía pensar no tanto en llevar la muerte como en soportarla. El mismo temor de los guaraníes estimulaba la audacia, de los abipones para robar y tanta confianza /28 tenían en la victoria que, cuando se los llamaba a la guerra, preguntaban como los espartanos no cuántos guaraníes eran sino dónde estaban.

En vista del temor de los guaraníes y para seguridad de aquellas misiones, fueron conducidos algunos soldados españoles por consejo del Gobernador para que recorrieran los caminos, observaran los movimientos de los bárbaros y avisaran a los pobladores de la llegada de aquéllos. Pero la sagacidad de los abipones fue muy superior a la vigilancia de los jinetes españoles. Con la misma frecuencia, aunque con mayor astucia, repitieron sus ataques. Y como estos auxilios ofrecían poca utilidad y mucha incomodidad, ya que debían ser mantenidos con grandes erogaciones, se les permitió volver a sus casas. Parecía que los guaraníes no hallarían remedio a tan inveterados males, que no tendrían ayuda posible; deberían soportar la calamidad contra, la cual parecía no haber industria eficaz. Sin embargo, los bárbaros no siempre se fueron impunes después de sus desastres; no raramente pagaron con sus muertes las muertes ajenas. A veces, mientras preparaban el ataque fueron descubiertos y derrotados. Otras veces, perseguidos por los guaraníes, fueron alcanzados, pagaron sus males y les quitaron de las manos el botín. Oportunamente recuerdo al abipón Lamelraikin, que yo conocí. Era un hombre de la peor índole y más dañino que los demás; fue muerto miserablemente en los predios de San Joaquín, herido en el cuello por la flecha de un guaraní que lo perseguía, mientras huía en rapidísima carrera pegado a un carro. Con mayor frecuencia los guaraníes hubieran podido cantar el triunfo sobre los abipones si hubieran preferido vigilar antes que morir [dormir?]. Contra los bárbaros, como ya he recordado, la vigilancia es la mejor arma. Los abipones son temibles cuando se piensa que están lejos; pero no lo son cuando están cerca. Poco se atreven /29 contra los que encuentran preparados, máxime si los amenazan con fusiles; nada dejan de intentar cuando se saben temidos. Admirarás en lo que hayas ya leído, que los guaraníes en sus casas son como la liebre; pero cuando combaten en grupo en los campamentos reales, los historiadores dicen que son como leones contra los portugueses o los bárbaros. Nadie si no es demasiado ignorante, negará que es así. Cumplieron verdaderas hazañas en los campamentos reales, pero siempre dirigidos por jefes españoles. En su tierra, abandonados a sí mismos, cuando peleaban contra los bárbaros, poco podían hacer. Cada uno atacaba como podía, y así no cumplían la parte ni de un buen soldado ni de un buen jefe. Los miembros robustos sin la cabeza se debilitan. El inmortal Pedro de Cevallos, con quien combatieron muchos miles de guaraníes contra los portugueses, los ponderó en modo admirable ante Su Majestad Católica por su magnífico trabajo en los reiterados ataques a la Colonia portuguesa; y muchas otras veces otros jefes lo aprobaron también. Gómez Frepre de Andrada, gobernador portugués por muchos años del Brasil y principal gestor del traslado de las siete misiones uruguayas afirmó abierta y frecuentemente que los guaraníes serían buenos soldados si fueran dirigidos por un buen jefe y que él los tomaría a su mando si estuvieran bajo su jurisdicción. El juicio de este hombre y su testimonio son de gran peso ya que éstos guaraníes, invadiendo con sus tropas los límites uruguayos y peleando duramente por su patria le dieron mucho trabajo; y hubieran tenido éxito si hubieran logrado un oficial europeo. Pero el soldado mejor, falto del mejor jefe, falla; como la /30 nave más fuerte sin timonel no llega a puerto. La espada con la que el jefe de los epirotas mató a mil turcos, arrojada por un brazo débil apenas tocó la uña del enemigo. ¿Acaso pueden esperarse milagros de valentía de un ejército de leones que tenga por guía, a un asno o a un ciervo?

 

Capítulo V

LO REALIZADO POR LOS ABIPONES EN EL CAMPO DE CORRIENTES

 

La pequeña ciudad que los españoles llaman "de las Siete Corrientes", se recuesta en la costa oriental donde el Paraná y el Paraguay, ríos principales de la Paracuaria, se unen. Ya he anotado esto y otras cosas dignas de recordar acerca de la ciudad correntina en el libro primero. Esta se destaca por el ingenio vivaz de sus habitantes, y más por su buena conformación que por su trabajo o por la grandeza y esplendor de sus edificios; ya que éstos en su mayoría están construidos de barro y cubiertos con hojas de palmera. El Teniente de Gobernador de la ciudad y representante del gobernador del Buenos Aires, tiene en tan vasto y fértil territorio algunos pueblos de españoles y de indios sometidos a su jurisdicción. Cuenta apenas con unos trescientos colonos en condiciones de armarse, totalmente insuficientes para repeler a los bárbaros, si su destreza militar no compensara la pobreza de su número. Fueron molestados durante muchos años en el Chaco, por los abipones, mocobíes, tobas y guaycurúes que venían del Oeste, lo mismo que por los charrúas, /31 bárbaros, ecuestres, y por los payaguás, dedicados a la piratería tanto contra los navegantes como contra los habitantes de las costas. Los abipones llamados yaaukanigás habitaban en la margen opuesta del río Paraná que ellos usaban como acceso para atacar. Pues cuántas veces querían lo atravesaban a la vista misma de la ciudad, nadando tomados de la cola de sus caballos, pese a ser tan ancho. Parece increíble cuánto devastaron los campos de Corrientes con estas repetidas incursiones. Sin embargo en otro tiempo, mientras cultivaron la amistad y la paz con aquella ciudad permutaron allí el producto del botín de otras ciudades españolas por las cosas que les eran necesarias. Por esto, cuando se acercaban a comerciar, con gran frecuencia eran recibidos por los habitantes con toda liberalidad, y el mismo Teniente del Gobernador, Casafús, en el afán de afirmarse en la paz, los recibió como huéspedes. El cacique de estos abipones, Chilome, fue uno de estos huéspedes. Este, saliendo una media noche a escondidas de la casa del Teniente del Gobernador, no sé porqué motivo, dio ocasión de recelar a los españoles, siempre cautos, que creyeron que los bárbaros planeaban asechanzas y que preparaban un ataque desde la orilla opuesta, meditando una traición. El rumor se divulgó rápidamente, y salieron de todas partes, atronando con su clamoreo. Consternada y alborotada la multitud intercepta a media noche el paso del cacique con sus compañeros. Me contaron que alguien lo mató. La muerte de este cacique fue semilla de innumerables muertes y principio de cruentísimas guerras. Así muchas veces todos deben llorar por el daño de unos pocos.

Los abipones, al tener conocimiento del crimen de los españoles, clamaban por la pérfida muerte del cacique Chilome. Y se juramentaron para vengar con el hierro y con la sangre tal injuria. Y en verdad, cuánta fuerza, ira, y astucia /32 tuvieron, la emplearon en molestar a Corrientes, tomando como aliados a los mocobíes y tobas. Pocas semanas Pasaron sin muertes; sin terrores, ninguna. A diario, la ciudad abierta por todas partes al enemigo, se vio sacudida por nuevos rumores acerca de la llegada de los bárbaros. Los pobladores ya se lamentaban por sus vidas ante el temor de la muerte, sobre todo porque no sabían cómo defenderla. Las casas de barro no podían ofrecerles seguridad ni firmeza. Los templos, provistos de paredes sólidas fueron muchas veces refugio de la multitud temerosa, tal como ya recordé en otro lugar. Y cada día crecía la calamidad, porque se contaba con muy pocos guerreros, ya que la mayoría caía en las diarias luchas contra el enemigo. Los pocos soldados sobrevivientes, consternados por la muerte de sus compañeros, se desanimaban y preferían huir antes que hacer frente a los bárbaros. El campo también fue turbado y lleno de muertes; los predios y las colonias ubicadas en las costas del Paraná sintieron con frecuencia el furor y la rapacidad de los enemigos. La aldea de Santa Lucía, distante de la ciudad unas cincuenta leguas, y habitada por unos pocos y tranquilos indios, también fue pertinazmente vejada por los bárbaros.

Una vez llegó de aquella aldea un indio avisando al Teniente del Gobernador Cevallos que habían sido detectados allí rastros de los abipones. Este, sabiendo el peligro de una incursión hostil, se pone en camino sin tardanza con un grupo de jinetes. Llegado al lugar que los españoles llaman De la Laguna, recibe cartas del Párroco de Santa Lucía (que pertenecía a la Orden de San Francisco), en la que le decía que allí toda está seguro y tranquilo; por lo que comienza a preparar /33 el regreso. En ese momento llega precipitadamente, a caballo, un español que había sido cautivo de los abipones, ahora libre, y le anuncia que en la costa cercana y casi a su vista, hay un numerosísimo grupo del cacique Ychamenraikin que con sus abipones se dirigía a Córdoba para robar; que habían dejado en sus tierras a las mujeres con sus hijos sin más defensa que unos pocos viejos; que podrían atacar a este numeroso pueblo enemigo con toda seguridad y capturarlo sin ningún trabajo. Cevallos, que era muy valiente, consideró que debía tomarse con ambas manos la oportunidad de llevar a cabo fácilmente una gestión así, pese al consejo de la mayoría de sus soldados que se opusieron. Le decían que no debía dar crédito a la palabra de un cautivo tránsfuga; que la experiencia les enseñaba que este tipo de hombres debía ser temido por su venalidad; que unos pocos podían ser oprimidos en la orilla opuesta por una multitud de bárbaros que podían estar escondidos; que consideraban que de ningún modo debía ser comprada la victoria a cambio de tan grande peligro. Pero, desdeñando las consideraciones que los soldados habían tenido en la mente y en la boca, Cevallos urge la expedición y ordena que sin demora se cruce en barcas hasta la unión del Paraná con el Paraguay. A las pocas horas aquel tránsfuga que iba como guía descubre un campamento de bárbaros, formado en círculo para vigilar alrededor y a modo de trampa. Hubieras dicho que se trataba de una cacería, no de un combate; pues no con armas, sino descubiertos y con las manos debieron luchar. Las madres fueron capturadas con sus hijos, algunas fueron tomadas en la huida o despedazadas cuando hacían frente. Hubo muchos sin embargo que usando de astucia o rapidez lograron eludir las manos de los españoles, lo que /34 les resultó sumamente fácil entre los escondites de las selvas. El botín fueron las numerosas tropas de caballos y las distintas cosas que anteriormente los abipones habían robado a los españoles, como utensilios de plata. Los soldados, regresando a la ciudad con la rapidez del que huye, llevaron una turba de cautivos y llenaron a los habitantes de admiración y de una alegría indescriptible. Sería difícil establecer a ciencia exacta el número de cautivos de todo sexo y edad; yo creo que estarían cerca del centenar. La misma esposa del cacique con su hijo adolescente: Kieemke, adornaron el triunfo de los soldados ovacionados. Otro joven, Raachik, nieto de Ychamenraikin, aprovechando un momento de descuido del soldado que lo custodiaba y la rapidez de su caballo, se escapó y volvió a su patria; muchos años después, muerto el cacique, lo sucedió, tal como expuse en el capítulo XII sobre los magistrados de los abipones. Kieemke, con otros muchos, vengó por muchos años con sus robos y muertes su cautividad y la de los suyos dañando a su regreso toda la provincia hasta que se firmó la paz con los españoles. Como mientras estuvo cautivo había aprendido las lenguas españolas y guaraní, las costumbres de los españoles y sobre todo sus lugares estratégicos, nadie mejor que él cumplía con éxito la función de espía. Algunos de los cautivos fueron enviados desde Corrientes a las más alejadas fundaciones del Uruguay y del Paraná para que, perdida la esperanza de volver a los suyos, fueran iniciados entre los guaraníes cristianos en la santa religión. Yo mismo conocí a una de ellas en la fundación de los Santos Apóstoles, a su madre Mónica en la de la Concepción y a una tercera en la de Candelaria, todas muy contentas con su suerte, casadas con guaraníes, ponderadas por sus buenas costumbres y su habilidad; les hablé en abipón, lo que las llenó de gozo, aunque les reavivó el deseo de [volver a] su suelo natal, todavía turbado por continuos disturbios. /35

El éxito de esta expedición que he recordado, fue debida a su autor Cevallos, pero llenó de envidia a los suyos y le acarreó el exilio. Hostigado por los grandes odios de los ciudadanos correntinos, se vio por fin obligado a abandonar la ciudad y a partir con su familia hacia Santa Fe en una misérrima barca. La suerte siempre les es hostil a los varones fuertes. Quiero advertirte para que no te equivoques, que no hay ninguna relación de sangre ni de patria entre este Cevallos de quien hablo y el celebérrimo Pedro de Cevallos, gobernador de Buenos Aires. Después de la partida de este varón de óptimos valores los asuntos en la ciudad de Corrientes se sucedieron no gradualmente, sino en rápida carrera hacia el desastre. Al regresar el cacique Ychamenraikin de Córdoba y enterarse de que en su ausencia habían sido raptados tantas mujeres y niños, y su misma esposa con su hijo, robadas tropillas enteras de sus caballos salvándose sólo unos pocos en fuga, impotente, creía enloquecer. Movido por tan ardiente deseo de venganza., llamó para castigar el crimen español a cuantos pueblos amigos tenía en el Chaco. Apenas tomaba algunos bárbaros, corría al territorio correntino para desquitarse. Rápidamente el campo se llenó de turbas de jinetes hostiles, como de langostas. Los pobladores eran buscados y sacados a luz, desde los escondites más seguros para matarlos o capturarlos. Los predios, los campos, las ciudades, todos los caminos se llenaron por doquier de la sangre de los miserables. Muy a menudo, como ya recordé en el diario de aquel tiempo, en un día eran muertos setenta cuando no más. Llegaban a la ciudad desde el campo, carros con tantos cadáveres que a ambos lados del templo parroquial se amontonaban como si fueran leña, y cuando se los separaba no se los sepultaba a cada uno en una sepultura, sino a todos en una profunda fosa. Refiero esto por el testimonio del correntino Francisco Sosa, cuyo padre y madre fueron degollados en el mismo día por los abipones; y muchos sobrevivientes me lo confirmaron. Y como /36 difícilmente volvían de los más apartados campos porque allí morían, durante muchos días no era posible a nadie ni entrar ni salir de la ciudad sin peligro de su cabeza. Mientras los varones vigilaban día y noche, la turba de los débiles casi nunca abandonaba el templo, pidiendo suplicante el fin de tan grande calamidad y el perdón de las iras celestes. Faltos ya de provisiones, sin ninguna esperanza de liberación, flaqueaban tanto las fuerzas del cuerpo como las del alma. Y en verdad parece que el Dios clementísimo atendió por fin los llantos y los votos de los suplicantes. Pues al octavo día del asedio repentinamente llegaron en auxilio, unos soldados llenos de animosidad que más que castigarlos atemorizaron a los abipones y los hicieron volver a sus tierras del otro lado del Paraná; como en aquel mes ya maduraban los algarrobos los indios solían dedicarse a los diarios brindis en los cuales celebraban alegres las victorias logradas sobre los correntinos, y se dedicaban a deliberar acerca de futuras expediciones contra ellos.

Y en verdad, después de esta breve tregua causada por los brindis de los enemigos, los correntinos sintieron recrudecer contra sí la guerra y las asechanzas. Los pueblos, los predios y las fuerzas más apartadas sufrieron a diario por las turbas de abipones que frecuentemente los rodeaban. Uno de estos lugares era llamado el Rincón de la Luna, y por aquel tiempo se lo consideraba inaccesible a cualquier enemigo porque está circundado por lagunas y esteros tan vastos y profundos que los españoles necesitan de balsas para cruzarlos.

Los jinetes abipones, bajo la dirección de Tañerchin, cruzaron a nado aquel piélago; allí se encontraban muchos miles de animales y un número casi igual de negros esclavos para cuidarlos. Ninguno de ellos, si no se hubieran evadido /37 ocultándose de los ojos de los bárbaros se habría salvado de la muerte y esclavitud. Fueron conducidos más de veinte adolescentes; la mayoría de los más viejos, degollados; el templo despojado de sus ornamentos sagrados. La campana, como no pudieron llevarla por su gran peso, la arrojaron al agua y robaron un increíble número de caballos y de mulas. En una palabra: el predio opulento y seguro como no había otro, en el espacio de pocas horas quedó reducido a la miseria. Pues aunque se salvaron muchos miles de vacas, no hubo nadie que se atreviera a custodiarlas ni con la mejor de las pagas, tal era el temor por un posible regreso de los abipones. Los animales sin guardián y abandonados a sí mismos se diseminaron por el campo. Nadie podía ser enviado a buscar las vacas para conducirlas al mercado de la ciudad, ya que todos los caminos estaban infestados de bárbaros. La misma distancia (este predio estaba de la ciudad fácilmente unas cincuenta leguas) aumentaba el peligro y la dificultad. La misma suerte corrieron otros muchos predios de los españoles y faltos ya de carne vacuna para comer, apenas disponían de los frutos que el campo les proporcionaba; ya antes afirmé que para casi todos los paracuarios la carne de vaca es como el pan. Creciendo día a día la falta de víveres, como ya no podían soportar la vida ni aplacar la pública calamidad, la situación llegó a tal estado que resolvieron dar la espalda a la ciudad y emigrar a otro sitio adonde los llevara el río, prefiriendo el exilio antes que la muerte. Muchos años después, la esposa del Teniente del Gobernador, el catalán Nicolás Patrón, me aseguró firmísimamente una y otra vez cuando estuvo en Corrientes: que entonces todos estaban convencidos de la necesidad de emigrar cuando comprendieron que los Jesuitas estaban a punto de salir de su colegio; pero sin embargo éstos convencieron con /38 su palabra y con su ejemplo a los pobladores de que debían ofrecer a Dios los sufrimientos y confiar en su Divina Providencia.

Mientras los bárbaros despoblaban el campo correntino, no faltaron soldados ni oficiales; se repetían valientes excursiones contra ellos. Muchos movimientos y golpes les fueron dados aquí y allá. Fueron enviados día y noche quienes espiaran los caminos de los enemigos; pero hubiera sido necesario ser Argos para, descubrirlos, ya que ponían la máxima solicitud y singular destreza para no ser vistos. Fueron frecuentes los encuentros de españoles con bárbaros, siempre con suerte variada; ya vencedores, ya vencidos; las muertes tanto inferidas como recibidas por unos y otros mientras duró la guerra. El jefe Ychoalay, noble entre los abipones por su fama, fue enlazado con un lazo corredizo como el que usan para capturar caballos por un soldado en uno de estos encuentros, y hubiera sido raptado y sofocado si no se liberaba con rapidez; otros sufrieron otras cosas de los correntinos y muchas veces fueron puestos en rapidísima fuga. En verdad la causa por la que tantas incursiones diarias respondieron a los deseos de los bárbaros ladrones no está en la timidez de los españoles sino más bien en su audacia y magnanimidad; lo afirmo rotundamente; desconocieron el peligro inminente o lo desdeñaron, de modo tal que consideraron superflua para ellos la vigilancia y la rapidez, principales armas contra los abipones. Sirva como argumento esta anécdota que referiré: En un sitio expuesto a los abipones se colocó un grupo de jinetes españoles. Como les era posible observar todo a su alrededor a campo abierto, se sentaron a la sombra un rato para charlar. De pronto se presentó en medio de ellos, como un río una cantidad de abipones que les robaron impunemente en sus propias narices los caballos a los españoles, distraídos con sus fusiles /39 sin que nadie les opusiera resistencia. Si así habían atacado a los que estaban atentos y vigilantes, ¿no serían capaces de atacar, matar y despojar a quienes tan seguros de sí estaban?

Por sabio consejo de los antepasados los campos de los españoles y los pueblos circundantes de indios habían sido puestos en las costas más escarpadas del Paraná; para que desde ellos, como desde atalayas, pudieran ser vistos a lo lejos los enemigos que llegaban del Chaco y avisados los pobladores más apartados acerca del peligro presente, de la necesidad de tomar las armas, o de pensar en la huida. En estos tramos el río Paraná está dividido en muchos caudales por la existencia de varias islas que ofrecen a los abipones gran oportunidad de atravesarlo, ya que pueden ir nadando de isla en isla. Así, para contener los súbditos ataques, además de los predios de los españoles, fueron fundadas en otro tiempo a orillas del Paraná con intervalo de algunas leguas cuatro pequeñas reducciones litoraleñas de indios regenteadas por los sacerdotes de la orden de San Francisco: Santa Lucía, Santiago Sánchez, Ohomá e Itatí. Como los abipones vieron que estos pueblos les resultaba un obstáculo para los caminos clandestinos que solían tomar para penetrar en los lugares más interiores de la provincia, dedicaron todo su espíritu a derribarlas. Nada dejaron de intentar. La aldea de Santiago Sánchez pronto desapareció; pues cierta vez que los varones más robustos habían salido a cortar cañas, mientras las mujeres, los niños y los ancianos prestaban atención al sacerdote que oficiaba [misa], repentinamente la ciudad fue colmada por los bárbaros y el mismo templo consumido en llamas. Nada sobrevivió; los sacerdotes y todos los demás [fueron] reducidos a cenizas. Todavía se ven los escombros de la aldea y del huerto. La aldea vecina de Ohomá fue vejada por constantes incursiones y para /40 que no corriera la misma suerte fueron trasladados sus habitantes a un lugar más seguro. Itatí fue en otro tiempo miserablemente maltratada por los payaguás, abipones y mocobíes; pero apaciguados por fin los enemigos, floreció nuevamente y hoy es rica por la cantidad de ganados, no así de habitantes. La reducción de Santa Lucía fue durante muchísimos años atacada del mismo modo, nunca sometida, aunque sí reducida a una increíble escasez de pobladores. Tuvo alrededor de diez familias, aumentadas por algunos guaraníes tránsfugas. Como era tan pequeña fue rodeada toda por un débil muro al cual debe su seguridad y su incolumidad, tal como me lo afirmó el mismo Párroco franciscano una vez que pasé por allí; éste usó para defensa propia y de los suyos una doble industria: en sus habitaciones puso en un lugar alto un cubículo desde el que podía ver desde lejos en la llanura a los bárbaros que llegaban; siempre tuvo pronta allí un arma de ínfimo tamaño con cuya explosión avisaba del peligro inminente a los suyos que se encontraban ocupados fuera del muro para que volvieran a sus casas, al mismo tiempo que atemorizaba a los bárbaros para que no se acercaran. ¡Ah! ¡Qué defensas con las que salvó a la ciudad hasta el presente! Una vez en la nueva misión de San Fernando algún abipón me preguntó qué camino debía seguir y le respondí que yo había pasado por Santa Lucía: "¡Ah!, me respondió el bárbaro, allí habita un Padre malo y temible que usa un tremendo fusil (él creyó que era un cañón); nuestros caballos nunca soportaron su fragor fulmíneo desde lejos cuando quisimos aproximarnos allí". Hasta aquí él; pero agrega, por ingenuo que seas: no tanto sus caballos, sino los mismos jinetes se ponían en fuga cada vez que detonaba la máquina de guerra. /41

Además de esta aldea de Santa Lucía en el límite sur del campo correntino, las ciudades y demás predios de los españoles fueron destruidas, devastadas por el enemigo y desiertas por la dispersión de sus habitantes ante nuevos temores. Cuando los abipones dejaron el litoral y las costas sin casas de cristianos, como un vasto desierto, cruzaron el Paraná por donde más les placía; y no ya tímidamente, como los ladrones, sino que, como en su suelo patrio, confiadamente cabalgaban por el campo y se los veía habitar y pasearse por allí. Los exploradores españoles que eran enviados desde la ciudad, eludidos casi siempre por los bárbaros, eran la mayoría de las veces muertos. Para defender los predios situados junto a los arroyos Sombrero, Sombrerillo, Peguahó y Riachuelo y sus vecinos, permanecía un grupo de jinetes españoles que aunque sirvieran de defensas, deducían de sus predios las vacas destinadas a alimentar a los ciudadanos. Dondequiera que fijes los pies por los campos circundantes encontrarás hasta hoy indicios de la crueldad bárbara: aquí los restos de una casa destruida, allí varias cruces clavadas en el suelo. Si preguntas a tus compañeros de viaje la razón de ellas, oirás que en tiempos pasados allí fueron sepultados los cuerpos de treinta, cuarenta o más infelices muertos por los bárbaros. Te mostrarán a veces el campo, con la sangre de los españoles que fueron derrotados en la lucha y profanados sus cadáveres. Muchas veces me horroricé cuando me contaron estas tragedias en el camino. A veces nuestros ojos encontraban en tan vasto desierto los frutos del limonero o varias clases de higas y mis compañeros me decían: "¡Ah! aquí hubo un huerto, aquí un predio destruido por los bárbaros" /42

A las públicas calamidades en la ciudad se añadía otro tipo de miseria: la falta de madera. La margen oriental del Paraná en la que asienta la ciudad no carece del todo de árboles aptos para la leña; pero nunca crecen allí los que ofrecen madera útil para la fabricación de casas, carros o embarcaciones. Pero la margen occidental abunda en ellos. Desde la misma ciudad se ven selvas densísimas en la costa opuesta, semillero de todas las clases de los árboles más nobles donde el artesano puede elegir cualquier madera; pero aquella tierra de los abipones yaaukanigás no podía ser tocado por los pies del español sin peligro de su cabeza. Escucha una experiencia: mientras hervía la guerra, el Padre José Gaete de nuestra Compañía se ocupaba de los asuntos domésticos; consideró que necesitaba una tabla muy larga y dura para apuntalar la casa que ya amenazaba con desmoronarse; las selvas de la orilla enemiga se la ofrecía. Para buscarla dispuso una nave no sólo con negros sino con soldados provistos de fusiles, como defensa de los negros y él mismo se agregó como acompañante. A pocos pasos de la costa estaba el árbol apropiado y ordenó que lo derribaran. [no existe marcador de pág. /43] Pero en cuanto se dieron los primeros golpes de hacha al tronco, resonó el estrépito de los abipones que acudían del campo vecino. Los negros, y mezclados con ellos los soldados, sin esperar la llegada de los enemigos ni la orden del Padre, abandonando las hachas, las ropas y la comida, apresuraron la huida hasta la nave; se olvidaron de la tabla que buscaban, acercándose a la orilla con toda la fuerza de los remos y huyendo de las crueles tierras y del litoral avaro. Se contaba como un beneficio salvar la propia vida. El mismo Padre me lo contó una vez. De esto que he relatado, rápidamente puede deducirse en qué estado estaban los asuntos entre los correntinos. Los abipones los hostigaron cruel y pertinazmente tanto porque fueron sus vecinos y sobre todo, porque los odiaban. Divididos de Corrientes sólo por el Paraná, repitieron sus incursiones sin ningún trabajo, alentándolos para sus robos la proximidad del lugar, y estimulándolos a la venganza el recuerdo de las injurias que habían recibido, siempre fresco. La muerte del cacique Chilome perpetrada en la ciudad, la compañía del cacique Ychamenraikin, tantos cautivos llevados, los incitaba a la desvergonzada expoliación y así se luchó duramente durante mucho tiempo. Pedida por fin la paz por los abipones en el año 1747 y fundadas para ellos las misiones, se puso el tan deseado fin a las prolongadas calamidades. Con esto los demás bárbaros del Chaco o fueran apaciguados o refrenados; y los correntinos comenzaron por fin a gozar y a descansar. En seguida hablaremos de cuánto se nos debería a nosotros como fundadores y conservadores de estas misiones; qué gran ganancia se siguió de la vecina fundación de San Fernando que habitaron los abipones yaaukanigas.

 

Capítulo VI

SOBRE LAS EXCURSIONES DE LOS ABIPONES CONTRA LOS PUEBLOS DE SANTIAGO DEL ESTERO

 

¿Por qué los abipones no se atrevieron a atacar, desde /44 un principio a los vecinos de Santiago del Estero? La realidad parecerá poco verosímil a aquellos que conozcan la timidez de unos y la intrepidez de otros. La verdad será patente a través de los hechos que referiré. Mientras las demás ciudades de Paracuaria estaban en permanente lucha con este enemigo, la ciudad santiagueña permanecía intacta, ignorando por entonces qué eran o pudieran ser los abipones, pues éstos no llegaron a conocer el camino que los llevara a ella. Hasta que, por fin, surgieron los mismos santiagueños como maestros y conductores de ese camino. Habían frecuentado desde su patria hasta las riberas del Paraná – por entonces pobladas de abipones –, grupos de cazadores para cazar los numerosos ciervos que allí habitaban, cuyas pieles eran adquiridas a buen precio por los españoles y resultaban muy útiles para aplicarlas a las corazas militares. Estos cazadores, que ya trataban familiarmente con los abipones, abusando de su amistad, les robaron caballos que emplearon para volver a su patria.

Los bárbaros, sublevados por esta injuria y siguiendo los rastros de los ladrones, comenzaron a recorrer y conocer la provincia de Santiago primero, para luego atacarla con las armas. Este fue el origen de diaria guerra, tal como yo mismo lo supe por su teniente de gobernador Barreda, y él por medio de fuentes dignas de fe. Barreda, en cierto modo, trataba de disculpar a los agresivos abipones, porque ellos habían sido primero molestados por los santiagueños.

Antes de comenzar a exponer los mutuos estragos, me /45 parece oportuno relatar algunas características propias de la naturaleza de la región y de los habitantes. El verano, muy caluroso abarca los meses de noviembre, diciembre y enero; y el invierno sumamente frío: mayo, junio y julio. Las montañas que miran hacia el reino de Chile envían vientos fríos. El suelo, arenoso en su mayor parte, cortado aquí y allí por pequeños arbustos, no posee grandes zonas de pastoreo como el resto de Paracuaria ni es apto para la cría de ganado. Los caballos y las vacas diseminados por los bosques y matorrales se alimentan con las hojas de los árboles, como las cabras; y si la helada se lo impide, comen algunas maderas o la corteza de los árboles, tal como yo mismo lo he visto muchas veces. En verano se alimentan de la algarroba que crece en abundancia y que los engorda increíblemente. De ahí que los caballos santiagueños aventajan a los paracuarios en tamaño y fortaleza. Aunque yo opinaría que influye en hacerlos resistentes la costumbre de llevar jinetes desde que son muy jóvenes, pues en cuanto tienen un año, los potrillos son montados por los niños, por cuya razón son amansados admirablemente, y poco a poco la mayoría se acostumbra a los rudos trabajos y a recorrer largos caminos. He probado la mayoría de los caballos de Paracuaria, y me resultaban siempre más útiles los de Santiago. Allí se crían menos caballos y vacas que en otras regiones de Paracuaria, dada la estrechez de los campos y las reducidas zonas de pastoreo que existen.

Otros aspectos dignos de recordar sobre el territorio de Santiago ya fueron tratados en el primer tomo.

En todo lugar, hasta donde se extiende la gran Paracuaria he encontrado españoles valientes, intrépidos, bien /46 desarrollados, vigorosos y de gran inteligencia, ágiles para nadar y cabalgar, sobresalientes por su habilidad, para envidia de los europeos, sin embargo afirmo, por la experiencia, que los santiagueños son más aptos que cualquier otro para hacer frente a los bárbaros; y no creo que haya nadie que desmienta mi opinión. Yo había dicho al celebérrimo jefe de los correntinos y santafesinos, don Pedro de Cevallos, que ponderaba abiertamente la rapidez de estos jinetes para recorrer los campos o cruzar los ríos, que me parecía que entre todos debía preferir a los soldados santiagueños (aunque yo no los conocía personalmente). Estaba presente el Marqués de Valdelirios, entonces plenipotenciario, nacido en el Perú y muy versado en los asuntos de Paracuaria; éste dijo al gobernador que yo estaba en lo cierto: "Ya ha escuchado sus virtudes militares; y yo he hecho con ellos grandes recorridos". Ellos y los caballos que utilizan son muy sufridos para las fatigas de los caminos y se contentan sólo con la comida que encuentran al paso. Cuando deben hacer una excursión repentina contra los bárbaros deben conformarse con la poca harina que se obtiene de un tipo de maíz que ellos llaman pisingallo, que es más dulce y blanco que el común; beben miel o azúcar mezcladas con agua; con estos alimentos aplacan el hambre y la sed.

Nunca me desagradó hacer con ellos un camino, ni aún en épocas muy calurosas. Pues para refrescar el cuerpo o aplacar la sed usan la harina, antes citada. De este modo los soldados economizan tiempo y trabajo. No pierden tiempo en buscar leña o fuego para cocinar la harina; en cuanto desmontan del caballo, corren al lago o arroyo cercano, cada uno carga agua en un cuerno que lleva suspendido de una /47 cuerda, y la mezcla con esa harina, sin pérdida de tiempo; por cuya razón pueden seguir con facilidad a los bárbaros.

Los españoles cordobeses, santafesinos o bonaerenses, cada vez que hacen un recorrido por causa de los indios, suelen llevar delante de ellos cierto número de vacas y caballos para alimentarse o cambiar sus cabalgaduras durante el camino.

Mientras el soldado santiagueño prosigue su camino con el mismo caballo durante muchos días, – cuando no semanas –, éstos montan alternadamente uno u otro caballo; con lo que pierden mucho tiempo en tomarlo y prepararlo. Para poder alimentarse con carne fresca, matan cada día animales; de este modo pierden gran parte del día en secar la carne, asarla, comerla y buscar leña para alimentar el fuego. De manera que no es de admirar que los bárbaros teman a los santiagueños por su rapidez, mientras que siguiendo su huida con el botín en carrera ininterrumpida, eludan y se burlen de los españoles que los siguen muy lentamente.

Además, había españoles que prendían fuego en los caminos, lo que era peligroso, ya que el humo los delataba a los indios, muy atentas a todos sus movimientos; y les permitía vencerlos con insidias. Si se les acababa la harina, para no interrumpir la marcha, los santiagueños sabían encontrar alimento en el campo. Cazan cada día los animales que persiguen con sus rápidos caballos. Verás a muy pocos provistos de fusiles, pero sí con las mejores lanzas, que suelen resultar a la mayoría de los bárbaros más mortíferas que los fusiles. Poco importa que el soldado posea gran número de armas; es preferible que las lleve buenas y que las sepa usar bien.

Escucha otra prerrogativa de éstos: es su increíble sagacidad para investigar cualquier cosa. De la nota más leve, /48 del vestigio más insignificante que encuentren, deducen e indagan las demás. No hay nadie con mejor vista que ellos para buscar los escondrijos de los bárbaros, para descubrir al animal o al hombre fugitivos, para encontrar las cosas escondidas o perdidas. De modo que por chanza, se llaman magos o Antonios Patavini, porque aventajan a todos en el arte admirable de imitar las cosas más increíbles, de modo tal que aún hasta ahora el vulgo cree superior a las fuerzas humanas, todo lo que exceda su poder de captación. He visto no pocas cosas de este tipo, y debí obligarme a dar crédito a mis ojos.

Tanta ciencia para rastrear las cosas les sirvió a ellos – en tiempo de guerra –, tanto para descubrir a los bárbaros como para atemorizarlos y superarlos. En efecto, el descubrir a los enemigos cuando están escondidos o en acecho es en América el principio cierto, cuando no la mitad de la victoria. El que ataca, es la mayoría de las veces el vencedor y el agredido, el vencido. Lo que tengo como hecho experimentado y seguro, es que los jinetes santiagueños, – debido a su rapidez y singular pericia para descubrir las cosas – son temidos por el abipón más que ningún enemigo; de modo que raramente son atacados.

La misma Santiago, aunque rodeada por todas partes de poblados menores, no sintió nunca ni los peligros ni las incomodidades de los abipones. Toda la vecindad gozó de la misma libertad. Pues la serie de viviendas que la rodeaba cerró todas las entradas como si fueran pequeñas fortalezas, y la volvió peligrosa para los bárbaros.

La violencia de la guerra parecía volcarse durante muchos años sobre la zona cercana a Córdoba, por donde corre el Río Salado. El paso hasta esa zona es fácil desde el Chaco. Los límites de estas provincias están más abiertos, por todas partes, a las incursiones de aquellos pueblos. Los abipones siempre recorrieron estos límites, como los ladrones. Muchos /49 fueron muertos en el campo, no pocos en las propias casas; unos capturados, otros despojados de sus fortunas y ganados. Mopa, Salabina, antiguos poblados de indios, y los lugares vecinos. ¡Cuánto debieron soportar! Muchos fueron asesinados en el campo de Manumo, entonces del oficial Herrera, en el mismo día. En ese mismo lugar yo hice noche una vez. Muertos los varones que la acompañaban, una mujer mulata, que con justicia podrías considerarla entre las Amazonas, quitándole la espada a un abipón, lo mató; aunque enseguida fue muerta por otros.

Por aquel entonces la ruta de los mercaderes santiagueños desde Santa Fe estaba llena de peligros. Los caminos daban espanto con los cadáveres de españoles. Expondré algunos hechos verosímiles, sin conservar el orden cronológico en que sucedieron. Miguel de Luna, de familia honorable, digno de admiración tanto por su armonía física como espiritual, poseedor del título de maestre de campo, acompañaba desde la región de Santa Fe una larga caravana de caballos y vacas que había comprado. Fue atacado en pleno campo, al mediodía, cuando estaba echado bajo la sombra de un árbol, por un numeroso grupo de mocobíes y abipones. Espantados los caballos, unos se ocupaban en perseguir a los españoles que andaban a pie, otros a perseguir o matar a los jinetes.

Al primer ataque algunos españoles fueron muertos por las lanzas bárbaras. Los demás, se pusieron a salvo gracias a la rapidez de sus caballos, dejando en prenda al enemigo numerosas cabezas de ganado. Un cierto Tinko, célebre por su singular conocimiento de los caminos y de las huellas, antes de darse a la fuga, tomó con ambas manos a su señor Miguel que estaba a pie, y lo puso como una manta sobre el lomo de su caballo disparando con tal rapidez, que no le daba tiempo a montarse bien. Una turba de bárbaros amenazaba al que huía con el jefe, con la intención de herirlo con las lanzas. Pero ninguno de ellos se atrevió a acercarse por temor al /50 fusil que colgaba de una correa a la espalda de Miguel, todavía tendido, y que tocaba la panza del caballo; aunque aquél fusil era tal, que ni el mismo Dios podría sacar de él ni una chispa ni atemorizar al enemigo. Pero era suficiente ver un fusil para salvar al que huía y refrenar a los que lo atacaban. Muchos años después conocí a este noble par de fugitivos y a aquél célebre fusil, y me reí libremente, ya que de fusil, sólo tenía el nombre.

Algunos mocobíes que entonces habían tomado parte en aquella incursión, aunque convertidos a la santa religión en la reducción de San Javier, fueron recibidos por mí en la nueva fundación de Concepción; en esa época estaba conmigo Miguel de Luna. El les preguntaba por qué entonces no lo habían matado; y le contestaron que por sus méritos.

En ese mismo camino, en el cual sucedieron estas cosas, siempre obstruido por los abipones, fue fatal para la mayoría de los que quisieron atravesarlo. Así como algunos vados, bancos de arena o peñas célebres, resultan peligrosos para los navegantes, así eran estos lugares para los santiagueños que se dirigían a Santa Fe. Alarcón, Las Tres Cruces, La Viuda, La Punta, Las Sepulturas, Don Gil, Doña Lorenza y otros lugares cercanos al río Salado, suelen provocar el terror del que los recorre, por el recuerdo de las muertes que allí se produjeron. En aquellos extensos campos donde tanto abundan los buenos pastos como oportunidad de encontrar aguadas y leña, en otro tiempo florecieron opulentas fincas; pero, destruidas por los abipones, hoy constituyen lugares muy tristes y soledades propicias a los ladrones. Nadie se atreve a habitar esa región; nadie a cruzarla, si no se ve movido por una gran necesidad.

Así, abandonando el camino que corre junto al Salado, los santiagueños juzgaron conveniente seguir otro camino que recibió el nombro de las calabazas y se llama El camino de /51 Porongos. Pero en verdad, evitaban Escila para caer en Caribdis. Pues, también allí los vagabundos abipones erraban en grupos, atemorizando a cuantos encontraban. Entre ellos se cuentan – y callo otros innumerables – el caso de Barassa que con tres compañeros, fue miserablemente degollado en el campo que llaman Los Monigotes, cuando unos mercaderes transportaban mercaderías en mulas desde Santa Fe y yo estaba trabajando en Paracuaria. Los bárbaros, arrojaron los cadáveres en una laguna lejos del camino principal para no ser descubiertos; pero poco después, fueron puestos en evidencia por el olor que despedían las mulas, por lo que un español, que por allí pasaba, dedujo que habían sido arrojados al agua.

Unos santiagueños sufrieron la muerte más dolorosa y mucho más acerba en las selvas denominadas "Del Hierro". Para que se entienda su magnitud, conviene que refiera previamente algunas cosas. La principal ocupación y negocio de los santiagueños es buscar miel y cera en los montes, purificarla, cocinarla o venderla. Los más ricos envían con este fin a sus esclavos a los montes más apartados, – donde se encuentran las colmenas en los árboles en putrefacción. Dado el número de operarios, en los lugares en que hay aguada, se construyen chozas con palos y ramas de árboles; y se ocupan en alimentar a una cantidad de mulas y caballos. Usan a éstos para hacer el camino y para cazar; y a aquéllas para cargarlas con sacos de provisiones, de cera y de miel.

Cada uno se preocupa por tener a mano caballos rápidos. A diario recorren con éstos para cazar gamos, guanacos, avestruces, osos hormigueros, alces y otras fieras. Acostumbran usar la carne de estos animales como alimento y la piel para hacer recipientes en los que guardan la miel. Por lo general el que poco caza pasa hambre. Pues su provisión de trigo /52 o de pan preparado con trigo, no dura mucho tiempo cuando están fuera de sus casas, ni guarda sabor agradable, faltando otras cosas.

Cuando los demás se dispersan, para buscar las colmenas por la selva, el capataz cocina la cera recién traída y prepara la comida para los que vuelven. Hay un lugar – que posee mayor número de colmenas que cualquier otro –, distante de Santiago fácilmente unas cien leguas y que lleva el nombre "Del Hierro". Lo que deba opinarse de esto, ya lo dije en el primer libro de mi historia, por cuanto he probado con argumentos irrebatibles que toda Paracuaria, y a nosotros nos consta, carece totalmente de metales. Pues bien: siempre llegó hasta estas selvas una gran concurrencia de santiagueños con la esperanza de encontrar abundante miel y cera.

El habilísimo jefe de los abipones, Oaherkaikin, lo había descubierto, y lo recorría con un fiel grupo de los suyos para robarlo; pues temía que otros lo encontraran primero, ya que encontró allí a gran número de españoles que buscaban miel. Entre todos sobresalía un tal Lisondo, del que Barreda había dicho que no tenía en todo su ejército otro soldado más duro y valiente que él. Cuando se acercó con algunos de los esclavos al lago vecino para beber agua, vio a un jinete abipón que llevaba su lanza y el rostro pintado de negros colores como cuando van a guerrear. Le dijo: "Amigo". El espía bárbaro con rostro torvo rechazó el saludo y aterrado, anunciaba que había visto a Lisondo. Este, como era intrépido, dijo que nadie debía asustarse con su presencia. Menospreciando el peligro, había adquirido fama de valiente; pero actuó con poca cautela e imprevisión. Pues, como había dicho Veleyo en 2: Nemo enim celerius opprimitur, quam qui nihil, timet. Frequentissimum initium calamitatis securitas (3). No pasó mucho tiempo sin que un grupo de abipones /53 acudieran desde los distintos escondrijos donde se encontraban. Matando a cuantos encuentran a su paso, irrumpen en la choza del valiente Lisondo. Éste, armado sólo con la segur, con presencia de ánimo, rompe las lanzas de cuatro de sus agresores; pero oprimido al fin por éstos, sucumbe. Atado de manos y pies con fuertes cuerdas, arrastrado fuera de las puertas y con grandes heridas, expiró. Fue su ruina y la de muchos de sus compañeros, el no haber temido a nadie mientras hubiera podido evitar o repeler insidias.

Pero parece que debe excusarse la inmoderada animosidad del veterano soldado que en tantos encuentros contra los abipones, en que había intervenido, siempre desdeñó el temor a éstos. Es verdad muy cierta la sentencia de Famián Strada: Crebra inter pericula metus exuitur periclitandi (4). Lo cual puede observarse en los navegantes veteranos que desprecian el océano; mientras los demás tiemblan y se lamentan durante las tormentas, ellos suelen reír. Muerto ya Lisondo, unos pocos que habían logrado evadirse de los enemigos, se salvaron huyendo cada uno a donde pudo. Montaban de a dos y tres en un mismo caballo. El camino, hecho sin ningún compañero era para los fugitivos una nueva amenaza de muerte.

Les era preciso recorrer no menos de cincuenta leguas por aquella vasta soledad antes de encontrar alguna morada humana. Y en ese largo tramo, no podían esperar ni una gota de agua ni de alimento.

Así, consumidos, por el hambre, la sed y el terror, muchos lograron regresar con los suyos a pie; pero, aunque habían evitado la muerte, mas parecían muertos que vivos. Mientras tanto, en el lugar de la matanza, había quedado gran cantidad de miel y de cera, trabajo de tantos meses y de tantaa manos; tropas con los mejores caballos y mulas; grandes recipientes donde se purificaba la miel; hachas, varios instrumentos de hierro y ropas, que fueron botín de los bárbaros. Los santiagueños debieron deplorar tanto las /54 muertes de sus compatriotas, como tanta fortuna tirada. Hubo quienes lamentaron la suerte de los infelices; pero, no faltó quienes culparan su imprudencia y opinaran que habían recibido justo castigo por arrastrar este peligro con irreflexión.

Pocos meses antes en ese mismo lugar, un español de apellido Lobato había sido muerto y despojado, y sus hijos llevados cautivos. Aleccionado por la suerte de éstos, convenía a los demás evitar por un tiempo el acceso a aquellas selvas; y si tanta urgencia tenían de lucro, reunir gran número de armas y guardar estrecha vigilancia a los mismos. Aquellos autores de estas matanzas con su jefe Oaherkaikin manifestaron que entonces desechaban las reducciones fundadas para su pueblo; aunque después las aceptarían para evitar la venganza de los españoles. Sobre ello hablaré en otra oportunidad.

Pero la crueldad de los abipones era frecuente e insólita en aquellos poblados que estaban al sur, muy cercanos a los límites con Córdoba; Zumampa, Barrancas, El Oratorio, fueron mucho tiempo teatro de la crueldad bárbara. Destruida toda la zona, muertos unos, arrebatados otros, apenas quedó uno que otro sobreviviente. Esta región está cortada por un camino por el que los carros cargados con la plata del Perú se dirigían al mercado de Buenos Aires. La esperanza cierta de botín, la gran oportunidad de saqueo, atrajo, por entonces, a los abipones a estas zonas de la provincia, provocando un increíble perjuicio a los comerciantes. Pues, o debían perder sus mercaderías debían llevar consigo y con grandes gastos, y muchos soldados para que defiendan a los carros y a los hombres; y muchas veces, mientras velaban por las vidas y los bienes ajenos, perdían las suyas, en manos de los bárbaros. /55 Ya recordé, en otro lugar, que treinta soldados enviados a Santiago para observar a los abipones, fueron atacados y degollados de una vez, cierta madrugada.

A estos hechos y a muchas cosas más de este tipo, los abipones se atrevieron en otro tiempo contra los santiagueños. Pero, no sabían que con esta gente nada quedaba impune. A menudo evitaron los ataques enemigos con la vigilancia, pero con frecuencia los repelieron con sus tropas. Supieron devolver frecuentemente, muerte por muerte, heridas por heridas.

Nunca soportaron en silencio la injuria recibida que no habían podido impedir. Siempre persiguieron rápidamente a los fugitivos abipones, y no raramente les dieron alcance. Cada vez que un malón de abipones, arremetiendo desde el mismo Chaco había invadido en un mismo ataque, apenas eran suficientes los soldados para custodiar los cautivos. Para mí, es indudable que los abipones y los mocobíes recibieron más daño y temieron más a los soldados santiagueños que a los españoles de toda Paracuaria. Más adelante se explicará esto brevemente.

No puedo ponderar a los guerreros santiagueños, sin dejar de alabar a su esclarecido jefe Don Francisco Barreda. No temas que influya en esto mi amistad con él, o que sea excesivamente detallista para recordar sus hazañas. Pues, no debes temer a la verdad. Yo fui amigo de Barreda, pero antes que a él siempre tuve por amiga a la verdad.

 

Capítulo VII

SOBRE LAS EXCURSIONES DE FRANCISCO BARREDA, JEFE DE LOS SANTIAGUEÑOS CONTRA LOS ABIPONES Y LOS MOCOBIES

 

Nació en Ástigo, la Écija española, ciudad de Andalucía. /56 De noble familia, trabajó para el rey desde niño. Cuando joven viajó a Paracuaria desde Cádiz con el oficio de escribiente del barco. Este camino, con vientos favorables, duraba tres o cuatro meses; pero la nave de Barreda y sus compañeros, golpeada miserablemente por las aguas del océano, tardó casi diez en llegar al puerto de Buenos Aires. Grandes tormentas, sucesos siniestros y la necesidad de buscar algún puerto cercano, incidieron en esta demora. Cumplida su misión en Buenos Aires, todos estaban listos para volver a Europa; también habían preparado la nave para zarpar.

Una terrible tempestad del Sur, azotó duramente a la embarcación, que no era grande ni muy firme; hasta que por fin se ladeó de tal modo que si no hubiera estado sujeta con el ancla, hubiera desaparecido, entre las olas. Yo mismo he visto muchas veces que cuando se levanta una tormenta del Sur, el Río de la Plata, es más turbulento y rugiente que el mar. Con los costados de la nave inclinados y sobresaliendo entre las espumantes olas, toda la noche esperaba a cada momento la muerte. Nada quedaba por hacer, ni al arte del marino ni a la esperanza humana. Las tinieblas de la noche /57 aumentaban tanto el peligro como el terror. Si al amanecer no hubieran llegado en auxilio de la nave unas lanchas desde la costa (que estaba a tres leguas del sitio en donde aquélla se encontraba anclada), ya todos hubieran dicho su último adiós. Barreda tomó tal terror a navegar, que, aunque sus compañeros volvieron a España, él permaneció en Paracuaria.

Estaba reservado, por Voluntad Divina, a otros peligros de la guerra para reprimir a los bárbaros, que tanto lo llegarían a temer, como cuando él había temido la furia del mar, siendo aún adolescente. Fue trasladado desde Buenos Aires a una pequeña población del campo de Santiago – Salabina –, donde por su pericia para escribir fue de gran utilidad y muy querido al Párroco del lugar, Clemente Jérez de Calderón, varón óptimo. Viendo que los soldados hacían excursiones contra los bárbaros, quiso espontáneamente unírseles. Después de repetidas expediciones, resultó un claro ejemplo de sagacidad y valentía; se le ordenó primero, que dirigiera un cuerpo de soldados; después, la excursión contra el enemigo; y por último que se encargara, como segundo oficial, de todo el territorio del Río Salado. En aquel lugar impedido constantemente por las incursiones de los enemigos, el gobernador real de los tucumanos reconoció sus hechos célebres y valientes; sobre todo porque llevó, con admirable arte a los vilelas pedestres, bárbaros no hostiles a los españoles, a abrazar la Santa Religión romana.

Por su empeño dos mil vilelas fueron apartados de sus antiguos escondites en las selvas; llevados a las nuevas reducciones y bautizados. Atacados por una epidemia de viruela, la mayor parte de ellos murió. No pocos volvieron a sus tierras por temor al contagio; los demás, fueron enviados primero al campo cordobés; después a Santiago y por último, pues en pocos días muchos desertaron, fueron encomendados al cuidado /58 de nuestros sacerdotes. Aquella primera migración de los vilelas, desde las selvas, prometía mayores frutos a la provincia; y en verdad, el resultado hubiese sido más positivo, si se hubiera seguido los consejos del próvido Barreda. Los que gobernaban por aquel tiempo, especulaban en su propio beneficio, y perdían, los bienes públicos y comunes. Fue muy conocida y en verdad muy justa, la queja de Barreda por esto; yo mismo lo he oído. Sería más explícito en este asunto, si no quisiera velar por la fama de otros, a quienes debería culpar.

Barreda, persiguió con tantas blandezas a los vilelas, amantes de la paz, como con rigor a los abipones y mocobíes, entonces enemigos de armas. Si no llegó a reprimir del todo su audacia, al menos la refrenó y castigó frecuentemente con la muerte. El gobernador, para pagar su méritos, creyó conveniente conferirle el gobierno supremo del ejército y de la justicia en todas las poblaciones de Santiago. Con cuánta dedicación cumplió sus tareas, dedúcelo del tiempo que permaneció en el cargo, alrededor de treinta años, hasta el fin de su vida; siempre querido por todos los buenos, y temido por los bárbaros. La mayoría, decía, que lo único que debía culpársele era su bondad que parecía excesiva para algunos. Prefirió disimular en los pleitos antes que ser demasiado severo o precipitado; y acostumbraba a decir que era preferible dejar impunes a diez reos que castigar a un solo inocente.

Muchas veces llevó la sentencia del juez, más para proteger al indio que para justificar al español; y solía repetir: "He de atender a la parte más flaca". Era de carácter sumamente tranquilo, actitud con la que vencía los ánimos alterados. De buena presencia y con un cuerpo lleno de fuerzas, cualquiera /59 podía deducir qué gran espíritu se encerraría en él. Por la integridad de sus costumbres, por su ingenuidad, por su sincero estudio de la religión, siempre me pareció que si no superó a todos los oficiales, que en aquel tiempo conocí en la provincia, al menos nadie le superó. Siempre demostró respeto hacia los sacerdotes. Nunca se avergonzó de venerar mis manos con un piadoso beso en presencia de cien soldados o abipones, o de hacer de acólito cuando yo celebraba los sagrados oficios. He pensado que su manifiesta valentía para sobrellevar las asperezas de los caminos, su incolumidad entre tantos peligros y el éxito obtenido en las arduas excursiones contra los bárbaros, fueron verdaderos premios a su bondad. Se preocupó por el bienestar de la provincia que se le había encomendado, de tal modo que nunca cejó en su empeño de reunir grandes riquezas para ella, tal como considera el pueblo que es el primer deber de los europeos que vienen a América. Si bien no era rico, siempre estuvo dispuesto a ayudar a todos.

Por sus virtudes, por sus hazañas contra los bárbaros, perduró el recuerdo inmortal de su nombre, que nunca envejecerá; pero también tuvo que soportar envidia de los cobardes e incapaces.

La noche aborrece el esplendor del sol, los perros suelen ladrar a la luna cuando más brilla. Recorre las historias de todos los tiempos: encontrarás que quienes contaron con más envidiosos y detractores fueron los más grandes.

Es verdad que así como los hechos sobresalientes otorgan fama, así con toda claridad rebaten cualquier incriminación de los envidiosos. Nuestro Barreda, no sólo intervino, aproximadamente en treinta cortas excursiones contra los mocobíes y abipones, sino también sobresalió como principal jefe de los /60 ejércitos. Obtuvo tantas victorias como expediciones realizara.

Podrías pensar que la suerte lo acompañó a todas partes; acostumbraba atribuir los acontecimientos no tanto a la fortuna como a la ayuda divina o a la sagacidad y a la disposición de sus soldados: no obstante él ha contribuido no poco a los prósperos sucesos de la guerra. Jamás se obligará a nadie atribuir el curso feliz de las expediciones sólo a los consejos e industrias de Barreda. No fue ciertamente de aquellos jefes de los que Livio dice en el libro 7: Qui magis animis, quam viribus freti ad certamen descendunt (5). Nunca pensó que debía hostigarse a los enemigos por la sola esperanza de gloria o de botín, sino cuando se considerara que la victoria tenía más posibilidades que peligros de muerte.

Para esto observaba con sumo cuidado el lugar, el número de enemigos, las conveniencias del camino o momento, Omnia hostium haud secus, quam sua, nota sibiesse, conabatur (6), tal como Livio pondera a Aníbal, que siempre fue temido por los romanos.

En los momentos más oportunas enviaba por delante un grupo de espías que indagaran cualquier vestigio de humo o indicios o descubrieran las asechanzas de los enemigos escondidos, o exploraran su número o escondite, para atacarlos repentinamente y con mayor seguridad, cuando estaban desprevenidos, durmiendo o bebiendo, o, sin sus caballos, seguros de sí. Y, en verdad, es signo no de timidez sino de prudencia, tener en cuenta el momento oportuno para iniciar la guerra. Pues como Vegetio, maestro del ejército romano enseña en el libro 3, Capítulo 22; Boni duces non aperto Marte, in quo est commune periculum, sed ex occulto semper ettentant (7). Lo más grato a su corazón sería, que los abipones huyeran ante su agresión, al ver de lejos al enemigo, por temor de ser vencidos y que consideraran esa fuga como la más noble victoria, /61 por ser incruenta, a pesar de la burla de los españoles.

Barreda detestaba cualquier matanza de indios que fuera perpetrada con la muerte de algunos de los suyos. Donde yo estoy – me decía sonriendo –, todas las cosas salen bien. Porque – agregaba – si pagara la muerte de todos los bárbaros, cuántos hay en algún lugar del Chaco, con la muerte de dos de mis soldados, al volver a la ciudad temería el luto y las piedras del pueblo que me los reclamaría. Deseaba la muerte de los bárbaros; pero quería que sus soldados fueran inmortales en cualquier combate. Esto decía Barreda; y no hay que admirarse. Aunque es común al pueblo europeo atribuir la victoria a cada uno de los soldados, culpaban al jefe al producirse cualquier desastre. Resultaba evidente que los santiagueños seguirían a Barreda más por sus consejos que por su audacia para realizar toda expedición, desechando cualquier temor, con espíritu pronto y sereno para dirigirse a cualquier lugar que él los llevara. Ni aquellos soldados confiaban en ningún otro jefe, pues la fama del jefe lleva al ejército a la esperanza o al temor. Si el jefe es célebre por sus victorias y su dominio de la guerra; circunspecto, próvido de las cosas futuras, yo pregunto: ¿A quién no inspirará confianza y ánimo? En cambio, otros más decididos para actuar, y tomar resolución sin reflexionar, son de aquellos que vuelven vencidos cada vez que enfrentan al enemigo. ¿Acaso este jefe no sería temido? Nadie negará que el genio militar de Barreda, es tal como lo pinta Claudiano:

 

Ductorque placebit,

Qui non praecipiti rapiet simul, omnia casu,

Sed qui maturo vel laeta, vel aspera rerum

Consilio momenta regens, nec tristibus impar

Nec pro successu timidus: spatiumque morandi,

Vincendique modum mutatis noscet habenis (8)

 

Ya dije en otro lugar que los santiagueños aventajaban /62 a los demás españoles en el arte de averiguar las cosas. Nadie pone en duda que en esto sobresalió Landriel. Barreda lo usó con felicidad durante muchos años como instrumento principal de sus victorias. Siempre llevó como compañeros de recorrido, adonde fuera, a este, su Acates, como guía de sus viajes, e investigador de los bárbaros. Éste sólo le sirvió más que todos los demás. También llevó consigo, muchas veces como guías a otros españoles, cuando iba a atacar e invadir a los bárbaros. Yo mismo vi y admiré muchas de las cosas que él había procurado y que so sobrepasaban la expectación de todos. Escucha la victoria que Barreda obtuvo sobre los abipones gracias a la obra de Landriel; y de ésta, deduce las demás: volviendo desde las remotísimas selvas a donde habían estado buscando un tiempo miel y cera, se encontró en el camino con Barreda que andaba de recorrida con cientos de soldados para luchar contra los abipones. "Descansa acá un poco", le decía Landriel. "Llevaré a casa las mulas cargadas con sacos de miel y cera; mañana, provisto de buenos caballos, llegaré". "Llegarás con los tuyos directamente hasta el campamento de los abipones si yo te guío". "Yo vi recién y maté, algunas vacas de los abipones para aplacar nuestra extrema hambre". Todos los escucharon con increíble alegría, no sin esperanza de éxito, como si fuera un astro propicio Mantuvo su promesa. Al día siguiente para el regreso, Barreda fue para los soldados el alma de aquel camino, las ojos y la mano derecha. Ordenó que las tropas continúen por unos días en el Chaco mientras un grupo de abipones se encontraba cerca; que descansen un poco y que esperen para regresar, colocándolos en un lugar seguro. Él mismo, con uno de sus compañeros que había elegida, el primero que vio, fue a explorar el campamento de los abipones. Al atardecer, /63 dejando su caballo custodiado por el compañero, sólo y a pie se acercó al lugar donde había visto que los abipones se habían establecido. Pero se encontró con que habían emigrado a otro lugar, como suelen hacerlo. Sabía que en las cercanías existía una laguna, lugar propicio para los campamentos de bárbaros. Envolviéndose los pies con lana para no ser oído, dedujo del número de fuegos encendidos la cantidad de abipones que buscaba. Volviendo al sitio donde había dejado a su socio con los caballos, debe lamentarse de que ambos se hayan ido; ya que éste, pensando que Landriel que tanto demoraba habría sido muerto por los bárbaros, se había dado a la fuga. Barreda y todos los soldados, recelaban del mismo modo no esperando ya por mas tiempo la vuelta de Landriel. No sabían que éste tenía que hacer a pie el camino de regreso Cuando vuelve Landriel a los suyos, el ánimo y la esperanza de victoria vuelve a Barreda y a todos, máxime cuando se enteran de que él ha descubierto los escondrijos del enemigo.

Y sin demora todos rehacen el camino que él acaba de hacer. Al cabo de algunas horas llegan al campo – que estaba todo anegado –, semejante a un lago; y va a ver a los abipones y atacarios. Unos pocos hombres que estaban ausentes se salvaron del golpe del ejército español. Y no se atrevieron a hacer frente; sino que según su costumbre prefirieron huir antes de presentar armas, porque el cacique Alaykin estaba ausente en ese momento con los más valientes; de haber estado él presente, nadie duda de que la agresión no hubiese resultado totalmente incruenta. No obstante fueron capturados algunos indios más lentos para la fuga y un grupo de mujeres, niños y niñas débiles que ya no tenían posibilidad de huida. Los españoles tomaron varios utensilios y plata, frutos de latrocinios, muchas centurias de caballos y abundantes /64 vacas. Como ya anochecía, los españoles pasaron la noche en aquel lugar, no durmiendo, pero sí descansando mientras se vigilaba con cuidado a todos los cautivos (que eran más de cien) dentro de una cerca donde también se encerraron los caballos. No pienses que esta victoria debe ser despreciada porque sólo consistió en la cautividad de una turba de débiles. Yo la considero mejor que la muerte de adultos. Los que hoy son niños, mañana serán hombres, verdugos de los españoles. Las niñas se convertirán en madres que darán a luz hijos siempre enemigos del pueblo español. Arrancar las raíces de los árboles es para el huerto más perjudicial que cortar los frutos ya maduros. Mayor daño se le hace a la raza bárbara al quitarle las madres con sus hijos que matar a muchos maridos. A esto hay que añadir que más sutiles [útiles?] que los maridos muertos, resultan para los españoles las mujeres vivas; ya que adoctrinadas en la religión y en las costumbres humanas y sus usos domésticos por sus amos, se civilizaban con gran solicitud y facilidad. Esto ha sido comprobado por la experiencia de toda la provincia. Tanto como los abipones no toleran otro trabajo que no sea la guerra o la caza, así sus mujeres detestan el ocio. Gozan no sólo en ocuparse, sino hasta en cansarse con los trabajos de la casa y del vestido.

Pero volvamos nuestra atención a los santiagueños que, una vez destruido el campamento abipón, se apresuraban a volver a sus casas. Entre el número de las cautivas había algunas españolas que antes fueron capturadas por los abipones. Alguna de éstas convenció a los soldados que el regreso no se debía hacer por el mismo camino de la víspera, sino por otro mejor; consejo que fue aprobado totalmente, ya que aquél estaba inundado por las aguas. Entretanto, esparcido el rumor del ataque de los españoles, los abipones que estaban por la comarca se prepararon para la venganza. Exacerbados más /65 aún por el cautiverio de sus mujeres e hijos, atacaron al ejército santiagueño por el extremo, pero fueron repelidos con valor. Poco faltó, sin embargo para que algunos soldados, olvidándose de sí y del peligro, fueran muertos por los bárbaros, mientras se alejaban de sus compañeros. Uno de éstos, bajando del caballo en un lugar pantanoso, estuvo a punto de ser atravesado, si no lo hubiera salvado el fusil del oficial Gorosito. Como los indios vieron que la ira era vana e inútil, sin fuerzas, regresaron a sus escondites; y el resto del camino fue para los españoles tranquilo y libre de insidias. El éxito de esta expedición hizo tan ilustre el nombre de Barreda, que aumentó la estima de Landriel. Alaykin, sumamente molesto por la pérdida de tantos compañeros y tantos caballos, comenzó a pensar en la posibilidad de hacer la paz con los santiagueños y de pedir una reducción para los suyos. Consiguió ambas cosas con la mediación de Barreda. Más adelante narraré en qué lugar y con qué suerte fue fundada la misión de Concepción para el cacique Alaykin. En otra excursión que Barreda realizó contra los mocobíes hostiles murieron muchos y fueron capturados alrededor de doscientos. Aterrados ante tanta mortandad, los mocobíes, para no soportar nuevas incursiones de los santiagueños, aceptaron dirigirse a la misión de San Javier, que establecida en el campo de Santa Fe para los caciques mocobíes Aletin y Chitalin, contaba por aquel entonces con unas veinte familias; pero creció de modo admirable con el agregado de aquellos que Barreda había atemorizado y con los cautivos que dejó en libertad allí. Atribuye esto a Barreda, que es muy cierto: decía en repetidas ocasiones que él sería fundador de esa misión. Omito muchas expediciones de este tipo que realizó con la misma suerte contra los bárbaros. Agregaré sin embargo, algunas cuando me refiera a los asuntos de Córdoba. Con frecuencia solía decirme que los asaltos /66 que en el futuro hiciera contra los bárbaros serían más cruentos. Barreda hubiera tenido soldados más condescendientes, aunque óptimos por lo demás. Oye ya sus quejas.

 

Capítulo VIII

SOBRE ALGUNAS FALLAS DE LOS SOLDADOS SANTIAGUEÑOS SUS OFICIALES Y JEFES DE CABALLERIA

 

No existe ningún hombre tan perfecto, que no posea algún defecto. Notamos alguna vez que el brillo del sol presenta algunas manchas. Si bien los soldados santiagueños reunían tan buenas condiciones, que las palabras no serían suficientes para elogiarlos, no obstante Barreda pensaba que había tres cosas que reprocharles: la primera, era que cuando asediaban algún caserío de bárbaros, no lo rodeaban por todas partes, ya que siempre daban al enemigo oportunidad para huir.

Si bien es cierto que esta actitud era señal de temor, también lo era de loable previsión: prefirieron conservar su incolumidad antes que aspirar a la gloria, derramando la sangre de los bárbaros.

Así proceden durante la primera agresión, dejando libre la selva para que el enemigo fugitivo pueda refugiarse. Pues, cuando los abipones y los mocobíes se ven encerrados por todos lados, pelean como fieras, con terrible atrocidad, cosa que la experiencia les ha enseñado. Supieron prudentemente /67 que la provincia se ve más perturbada por la muerte de dos soldados de lo que podría regocijarse con la muerte de doscientos bárbaros. Por esto, los santiagueños, dejando de lado los consejos de su jefe, atacan al enemigo por la parte que saben menos peligrosa para ellos. En las poblaciones paracuarias, debe perdonarse a los que la sola necesidad y una mísera lanza puesta en sus manos han convertido en soldados. No hay aquí soldados que hayan pronunciado su juramento ante un oficial. A éstos les resulta posible apartarse de su jefe en el lugar que les ha sido asignado. Aunque vean que la muerte los acecha desde mil máquinas de guerra, todos estarán pendientes al mandato de quien los dirige. Le obedecen, aún cuando deben exponer sus propias vidas. La segunda queja de Barreda, que a diario escuché, es que cada vez que él les ordenaba atacar en silencio, los soldados lo hacían con gran clamoreo y vociferando como lo hacen los mismos bárbaros. Conviene actuar en el mayor silencio para atacar al desprevenido enemigo. Aunque, como dice Plutarco en Catón el Mayor: "Assilientium clamor aliquis repentinus magis, quam gladius consternat hostem (9).

Y el tercer reproche de Barreda era su excesiva ambición por obtener ganancias. Una vez que tomaban como prisioneros cierto número de débiles mujeres y niños, dispersos sus maridos, ellos mismos se esparcían por el campo de batalla buscando ávidamente las tropas de caballos, en vez de perseguir y matar a los fugitivos o estar alerta por si los bárbaros, perdido el temor, resolvieran reiniciar la lucha y enfrentar a los que poco antes habían dado la espalda. Saepe, obatitit vincentibus pravum inter ipsos certamem, omisso hoste, spolia consectandi (10), dice Tácito en las Historias 4.

El mismo Barreda en una expedición contra los mocobíes tuvo que exponer su vida a un terrible riesgo. Pues mientras /68 permanecía acompañado por un solo soldado, en el campamento saqueado por los bárbaros, mientras los demás buscaban caballos por el campo, un mocobí, saliendo del estero donde se había escondido, lo atacó sorpresivamente arrojándole al pecho una flecha, que hubiera resultado fatal de no impedirlo las ropas de lana. El mismo Barreda, opina que el tipo de saqueo que realizaban en los campamentos enemigos, quizás nos produzca risa. Recorren todos los rincones: recogen cántaros, ollas, calabazas, pieles de animales, plumas de avestruces, en fin, todo aquello que descubren hasta dejar nada más que el polvo, y llevan estos cachivaches a sus casas, como trofeo, para que puedan admirarlos sus vecinos y descendientes.

Si bien esta actitud desagradaba a Barreda, a mí me parece que habría que disculparlos. Pues recuerdo que en Europa a las tropas ceñidas a ciertas leyes, si bien se les perdonaba el saqueo de los campamentos enemigos, apenas se lograba que cumplieran con la disciplina militar. ¿Acaso nos enojaremos con estos tumultuosos soldados de América, la mayoría de les cuales carecía de recursos en sus casas? A nadie se le da paga, por más que peleen continuamente. Cuando se los llamaba para algún servicio, debían llevar sus caballos, armas, provisiones; todo esto aumentaba su miseria; pues a menudo permanecían ausentes de sus casas durante varios meses, descuidando los asuntos de sus casas y de sus familias. El recorrido de los caminos se volvía dificultoso por la carga que debían transportar y por las asperezas de los suelos que atravesaban. Por eso, quienes más sufrieron las consecuencias de las guerras, fueron aquellos españoles que no poseían grandes riquezas.

No había en todo Santiago un solo soldado que gozara de paga. Todos los vecinos eran distribuidos en centurias. Algunas de éstas, contaban con doscientos hombres, otras más, otras menos. Cada una tenía un jefe (que no poseía ni grado ni /69 tratamiento especial), y estaba comandada por un oficial.

Era deber del jefe convocar a sus soldados para las excursiones; y de su asistente cuidar a los caballos cuando recorrían los caminos a pie, cuando los animales formaban tropas o mientras pacían en los campos. Muchos hacían largos caminos con un solo caballo; algunos más ricos, sin embargo, contaban con dos o cuatro para alternarlo. Alguno de ellos hacía las veces de jefe cuando el oficial encargado se encontraba ausente o se hallaba descansando. En cada una de las provincias mandaba un oficial llamado Sargento Mayor, del cual dependían los demás oficiales y soldados y que se encargaba de designar los jefes para los combates. Este, ambicioso de ganancias, o corrompido por las dádivas, terminaba con frecuencia, volviéndose a su casa y se ordenaba hacer la milicia a otros de pocos recursos y menos capaces. ¡Cuántas veces escuché a aquéllos que se quejaban por esto! Todos deploraban esta pésima costumbre, común a toda la provincia, por lo funesta; pero nadie se atrevía a corregirla. Barreda, tan hábil en los asuntos militares cuanto comprensivo con todos, sólo permitió que se designara para sus expediciones a los que tuvieran por lo menos cuatro caballos, y que pudieran dejar en sus casas hermanos o hijos mayores, capaces de velar por sus bienes, para que en su ausencia su familia no se viera perjudicada.

Cuando yo estuve allí toda la provincia de Santiago contaba con once regimientos, que recibían el nombre de su jefe. En aquel tiempo, conocí a Herrera, Coria, Galeano, Gorosito, Domínguez, Ventura, Hilario, etc. Con cada uno de ellos he convivido y he salido. A estos, hay que agregar el batallón de vigías (que se llama Batidores del Campo), poco numeroso, pero formado por hombres de probada sagacidad y virtud. /70 El jefe de éstos siempre fue Landriel. Para premiar sus méritos, el gobernador de Tucumán lo había designado como Maestre de Campo. Pero prefirió mantener el mismo salario y renta antes de verse condecorado con tan ampuloso título. Había nacido de padre noble y de madre india, si su rostro, lengua y color no nos engañaban. Vio la luz no sé en qué lugar de Santiago. Aprendió los rudimentos de lectura y escritura. Sencillo en todos sus actos, de costumbres íntegras, ingenio perspicaz, gran prudencia, de físico robusto y de mediana estatura, se distinguió por su excelente espíritu religioso. Se mantuvo célibe hasta donde yo recuerdo. Al regresar a la ciudad vi dónde vivía con su madre: en una choza a orillas del Río Dulce no lejos del Soconcho; y me compadecí de la pobreza que rodeaba a este individuo, a pesar de su célebre nombre. Si se me permitiera utilizar pequeños ejemplos para destacar gran grandes hechos, me pareciera ver al romano Mario, célebre por sus honores y triunfos, viviendo en una choza.

Landriel era pobre, pues dedicado a estudiar los itinerarios de guerra apenas se permitía un breve descanso, siempre preocupado por lograr el bien público más que el suyo propio. Por lo que relato a continuación podrás conocerlo mejor. El gobernador que antes citara, le otorgó en premio el campo de Alarcón, distante unas cuantas leguas, y rico en bosques, pero rodeado por una zona desértica y expuesto a las incursiones de los bárbaros. De modo que no lo podría habitar ni usufructuar sin peligro. Si el Rey Católico, tan propenso a recompensar los méritos hubiera estado al tanto de los trabajos militares de Landriel, los peligros que corría, sus miserias, y las ventajas que lograba con su trabajo, sin duda le hubiera asignado de inmediato un amplio estipendio. Todos los que poseían /71 buenos sentimientos lo hubieran deseado. También eso lo pedía, para este gran varón. Especialmente en América, se pueden aplicar aquellas palabras que pronunciara un poeta: Dantur divitiae, non nisi divitibus (11).

Hay un último regimiento que es el principal de todos; y que pensarías que se trata del de los pretorianos, formado por unos cien veteranos, el que llaman de los Capitanes Reformados. Estos escoltan al teniente de gobernador durante las excursiones, sin transportar ninguna carga y manteniéndose inmunes en los caminos.

Para conseguir esta inmunidad, la mayoría de ellos, que tienen más recursos pero menos capacidad, compran el título de eméritos, aunque nunca se hayan desempeñado como oficiales. Es increíble cómo los americanos, ya sean españoles o indios, ambicionan para sí los cargos militares, apoderándose de estos títulos honoríficos. Pueden padecer sed, hambre, ser maltratados por la miseria; pero se les otorga el cargo de jefe u oficial y gozan como si se les abriera el cielo. De modo que los títulos militares no sólo los halagan sino que los impulsan a cualquier empresa por ardua que ésta sea.

Algún soldado del montón me había hecho unos zapatos y me exigió que como premio pidiera a Barreda, para él, el título de jefe de los Reformados, cuando no había sido nunca ni suboficial, y había merecido por dos veces la horca como pena por dos homicidios que había cometido, tal como me lo refirió Barreda; aunque la atrocidad del crimen había sido atenuada en cierto modo, por haberlo cometido en momentos de furor. Un anciano español sabía hacer carros, puertas y ruedas; y por eso el rústico pueblo lo llamaba el Matemático, porque –¿Acaso no debería ser preferido a Arquímedes? – Barreda quería emplearlo para que fabricara en la nueva misión de Concepción, puertas y ventanas; pero sabía que no /72 podría convencerlo de ninguna forma, porque el anciano artífice vivía en tierras de abipones, y estaba afincado en su choza, tan obstinado como la tortuga a su caparazón. Para lograrlo recurrió a un honesto engaño: anunció públicamente que lo había nombrado Capitán Reformado; pasaron pocos días, cuando el viejo hacía el camino hasta la colonia de Barreda. Para acompañarlo fueron convocados dos regimientos y todos los Reformados, según la costumbre; ya que éste había sido incorporado, como el más célebre artista y no podía rehusarse.

Todo esto me lo contó Barreda en la nueva fundación de Concepción, al mismo tiempo que me exhortaba a que lo saludara con el sonoro título de emérito; me indicó que ese sería el mejor remedio con que se lo estimularía. Seguí la costumbre; y cada vez que entraba a mi despacho lo saludaba con aquel: "Señor Capitán". "Así es – me respondió –, soy capitán por gracia de Dios. No puedo ocultarlo. Pero, la mayoría ignora lo que Soy", se lamentaba. Yo empleé toda mi retórica para celebrar tal prerrogativa y para hacer una amplia reseña de sus méritos; y logré curarlo en parte con aquel panegírica: Señor Capitán, cuando lo encontraba. Aconsejé a los demás que hicieran lo mismo; y antes que nadie lo hizo Barreda. Todos continuamos con este artificio para que el buen viejo construyera las puertas, y todo lo necesario rápidamente. Esto nos demuestra la importancia que entre ellos tiene el título de Capitán, lo cual puedo confirmarlo con otro suceso ocurrido en la misma fundación y casi en la misma época. /73.

Barreda mandó que los soldados rodearan el campo a todo lo largo y a lo ancho con setos y araran la tierra para plantar trigo, algodón y otras semillas. A veces tomó él mismo el arado con sus propias manos para que los abipones no se avergonzaran de tener que hacerlo. Después de cuatro días debió volver a la ciudad no sé por qué negocio urgente. Para que en esos días todo fuera perfectamente arado y realizado, encomendó la tarea a un soldado Gregorio, gran conocedor de la agricultura, y le prometió como premio el título de capitán emérito. Seducido por tan dulce estímulo, el soldado superó las esperanzas de Barreda y de él mismo. Desde el amanecer hasta el anochecer se vio trabajar incesante con el arado tanto a él como a sus compañeros y sus bueyes, empapados de sudor bajo el sol ardiente. Este soldado, olvidándose del sol, de la comida, del sueño y de sí mismo, prosiguió su labor con tal empeño que acabaría rápidamente, según la opinión de todos. Ya estaba a punto de volver Barreda y declararía ante la turba circunstante de sus jinetes – mientras resonaban los timbales –, que, aquel arador era capitán emérito. ¿Alguien hubiera podido contener la risa? Yo no pude, porque estuve muy cerca del jinete de Barreda. Pero ya que todas las cosas han pasado, escucha y ríete. El nuevo capitán, apenas pasado tres días, acabó con la dignidad conferida.

Es necesario referir su causa, que a menudo descubre la costumbre vituperada de los soldados santiagueños. Es increíble cómo los que se encuentran lejos, desean volver a sus casas. Enviados a las colonias de los abipones, avanzan con tremenda lentitud; pero regresan con la mayor rapidez. Yo he observado que cuando tardan catorce días en ir, regresan en siete. Parece que se arrastran cuando van y vuelan cuando vuelven. Los caballos paracuarios tienen la misma costumbre. Arrancados de sus lugares de pastoreo, avanzan a fuerza de espuelas; pero al regresar hay que usar los frenos. Se apuran a llegar adonde están sus compañeros de pastoreo con una carrera ininterrumpida, atropellando con todo; pues los /74 santiagueños no descansan hasta que la expedición ha sido terminada y dejan los caballos sueltos, fuera del peligro del enemigo.

Todos quieren ver primero a los suyos y ser vistos por ellos. Corriendo de día y de noche agotan a sus caballos para llegar vivos e incólumes a sus casas, aunque no se encuentren heridos. Conocí a un oficial que hizo en tres días un camino de regreso, marchando día y noche, matando siete caballos por el camino. Por este deseo de volver a ver a los suyos, ocurrió que los soldados, en su apresuramiento, abandonaban a su jefe, Barreda en aquel camino del que ya hablé, mientras se le unían unos pocos soldados, ya había renunciado a contar entre su compañía a aquel capitán de tres días atrás. Envió por delante a otro que le anunciara que había sido degradado. Impresionado por este anuncio maldijo su apuro, y deploró la pérdida de su título.

El autor de esto fue Landriel: llenó allí los cuernos de vaca que usamos como vaso de agua fresca, y volvió para ofrecérsela a Barreda y decirle que como él no había encontrado en muchas leguas agua fresca, se había apresurado para sacar agua fría del río Turugón. El sediento. Barreda, apaciguado por este servicio y como no sospechara el engaño, le devolvió y anunció al buen varón el título de capitán emérito. He recordado esto, aunque quizás no sea oportuno, para que comprendas cuánto desean los españoles los títulos militares. De modo que cuando te encuentres con un español o semiespañol, cuídate, si no quieres irritarlo, de nombrarlo sólo con su nombre o apellido; agrega su título militar. Llámalo – por nimio que te parezca –, "Señor cabo de escuadra" o "Señor Sargento". Si le ves arrugas en la cara, o canas, o que va calzado y con polainas, por viejas que sean sus ropas, no dudes en /75 llamarlo "Capitán". Si le vieras hebillas de plata o estribos de bronce (todos los usamos de madera), o espuelas de plata, tenlo como Sargento Mayor o Maestre de Campo.

En la noble ciudad de Tucumán – donde viví un tiempo –, cualquiera que tenga alguna fortuna es llamado Maestre de Campo, y en efecto, lo es. Allí, todos se dedican a conocer la forma de cultivar el campo y a los tipos de ganado. Te considerarán un bárbaro, al que debe impedírsele el agua y el fuego, si no usaras los títulos honoríficos que ellos tanto ambicionan.

Alguno de nuestros hombres, haciendo el camino, encontró a un español, en una encrucijada, y éste, mientras le consultaba sobre el camino que debería seguir, lo llamaba capitán una y otra vez. Y pensando que lo despreciaba, exclamó por fin con mirada amenazante: "Eh, tú, buen Padre, ¿acaso alguna vez dejarás de enojarme? ¡No serás tan extranjero que ignores que soy Sargento Mayor!"; de tal modo se enardecen si no se oyen nombrar con la debida apelación. Pero no se enojan si se los llama con un título mayor al que les corresponde. Barreda había escrito en mi presencia unas cartas al gobernador de Tucumán, y aunque sólo tenía el título de Teniente Coronel, lo honraba con el de Coronel. Advertí a Barreda, pensando que se trataba de una equivocación. Pero él me dijo: "Lo he escrito no por error, sino a sabiendas. No conoce la costumbre en América; aquí es muestra de urbanidad aumentar, aunque sea en un grado la dignidad del título."

Paracuaria abunda en cabezas de terneros, como en títulos otorgados a los nativos. Aunque agregaría muchas cosas más, sobre los soldados santiagueños, su jefe Barreda y su guía Landriel, debo referirme a otros asuntos en el curso de esta historia.

 

Capítulo IX

SOBRE LAS ATROCIDADES DE LOS ABIPONES CONTRA LOS CORDOBESES   /76

 

Córdoba, la ciudad principal de Tucumania, Sede del Obispo y de la Universidad, floreciente y más célebre que ninguna otra hasta hace pocos años en casi toda América del Sur, se enorgullece por sus espléndidos edificios y por sus nobilísimos y ricos ciudadanos. La persona encargada de gobernar la ciudad y los vastísimos territorios que de ella dependen, árbitro de la guerra y de la paz, es llamado Teniente no del Gobernador, sino del Rey. El lugar donde está emplazada la ciudad, por donde corre el pequeño arroyo Pucará y rodeado de colinas no es el más saludable ni el más hermoso. Su campo que toca los límites de Santa Fe y de Buenos Aires, se extiende en una vastísima llanura de pastos de más de cien leguas. Llega también hasta los límites de Chile y de Santiago; aquí es llana con valles prolongados, allí se eleva en escarpadas montañas y alimenta infinita multitud de caballos, mulas y ovejas, que constituyen la principal y casi única ocupación de los cordobeses. Sólo de sus predios se envían cada año al Perú más de diez mil mulas, con gran ganancia. En Córdoba una mula de dos años no domesticada se vende a tres escudos (seis florines alemanes); y en Lima a diez y hasta catorce escudos. De modo que /77 los españoles ponen en sus predios tanto sus ganancias como sus delicias, hallándose esparcidos en distintos establecimientos en sus montes y valles, la más de las veces separados por grandes distancias. Esta región de Tucumania goza de un clima saludable (excepto la ciudad) con un aire algo fresco por la cercanía de los Andes, abundante población, habitantes robustos, honestos, valientes, pero dignos de mejor suerte cuando combaten. Muy pocos se dedican a sembrar trigo, aunque la tierra produzca mieses ubérrimas; de modo que fuera de la ciudad casi nadie conoce el pan que como en el resto de Paracuaria, reemplazan con carne de vaca. Nunca encontrará selvas más ricas en distintos frutos que en el suelo cordobés; y no faltan nueces, higos y otros frutos propios de América.

El campo de Córdoba podría llamarse feliz si los pampas (bárbaros del sur), los abipones y los mocobíes lo dejaran respirar. Si el resto de Paracuaria fue vejada, como ya dije, por las incursiones de los abipones, las colonias cordobesas sobre todo fueron invadidas con tal pertinacia que no había sitio ni lugar libre de temores y de preocupación. No sólo en los predios apartados y remotos, sino hasta en los mismos límites de la ciudad amenazaron frecuentemente los abipones; de modo que podría creerse que aquella población estaba vacía de hombres guerreros, habitada solo por mujeres o gente dormida, pues siempre fue necesario emplear todas las fuerzas y todos los hombres de tan vasta provincia para acabar con los abipones. Desfallecían ya sus ánimos, pero los jefes que con su ejemplo deberían animarlos para velar por la seguridad de la patria, supieron cómo usar sus fuerzas y sus hombres. En efecto: en toda Paracuaria no hubo /78 otros más expertos para la carrera que sus caballos y sus jinetes; y omito otras virtudes corporales como su estatura, su gran robustez, su vivacidad y la abundancia de armas. Como son más ricos que los demás, con facilidad pueden, comprar las cosas necesarias para la guerra. ¡Ojalá los cordobeses hubieran sabido dominar aquel pánico e innato temor a los bárbaros! Los hubieran vencido a todos sin ningún trabajo si se hubieran atrevido. Salustio en Yugurta lo atestigua: "Maximum enim his semper periculum esse solet, qui maxime timent" (12). "Et quo timoris minus sit eo minus erit periculi" (13), escribe Livio en el libro 28. Los abipones, sabedores del temor de los cordobeses, siempre los atacaron descaradamente y las más de las veces, impunemente. El camino real que une Córdoba tanto con el Perú como con las ciudades de Buenos Aires y Santa Fe, raramente está falto de muertes y robos, nunca de peligros. De tal modo los bárbaros asestaban sus golpes mortales a los viandantes o los amenazaban y nunca hubo ninguna seguridad. Y no los resguardaban ni las cimas de las más altas rocas ni los segurísimos escondrijos de los bosques. Los abipones supieron escrutarlo todo como perros de caza y raramente volvieron a sus chozas con las manos vacías. Entre las muchas muertes, referiré unas pocas que, por ser más recientes, las recuerdo mejor.

Muchos fueron muertos o capturados cuando estaban por las selvas más apartadas en busca de miel o de cera en los huecos de los árboles. El día de San José, apenas amanecía, irrumpió en el predio de Sinsacate, distante diez leguas de la ciudad, un gran malón de abipones a las órdenes de Alaykin. Regenteaba ese lugar el Presbítero Carranza, del clero secular; por aquel tiempo era muy frecuente que acudieran los pobladores de la zona al templo vecino de Jesús y María para intervenir en los oficios religiosos. Los bárbaros mataron o llevaron /79 cautivos a cuantos vieron, se llevaron a veinticinco entre negros y españoles; a muchos más degollaron y los demás se salvaron huyendo. Una mujer mulata hirió a un abipón que ya la amenazaba a punto de asestarle el golpe, arrebatándole la lanza que pocos años después, conservaba como trofeo en la localidad de Caroya, y que yo mismo pude ver, lo mismo que al abipón que la había poseído. Todo fue destruido en Sinsacate, robados los caballos y las mulas que colmaban los campos. El templo de Jesús y María se salvó por sus muros altos. Los soldados, excitados por la trágica noticia, acudieron desde Córdoba para vengar con la libertad a la turba de cautivos, ya que no podían devolver la vida a los muertos. Siguieron por un tiempo los rastros de los abipones en su huida; pero éstos para que no los persiguieran, habían cruzado sin demora una gran laguna, que para los cordobeses era como un mar y que no podrían superar a caballo sin alguna embarcación. De modo que al no ver al enemigo tocaron a retirada. Aunque los cordobeses son eximios jinetes, poco valen para hostigar a los bárbaros, ya que no saben nadar ni andar ligero, casi todos ellos viven en sitios donde no tienen oportunidad o costumbre de nadar. Y en Paracuaria un soldado nada soportará si no sabe nadar. En esas vastas y campestres soledades corren ríos, arroyos o vados, y no se encuentran puentes o naves para atravesarlos, ni siquiera materiales con qué construirlos. Pero suponiendo que se los encontrara no sería posible ponerse a fabricar puentes o embarcaciones para perseguir al fugaz bárbaro o para tomarlo en sus campamentos, ya que para ello son indispensables la máxima rapidez y el silencio. Con los golpes de hacha y el estrépito de los obreros, los mismos soldados /80 españoles se delatarían y los bárbaros los descubrirían en seguida, o resolverían una rápida huida y atacarían a los españoles en otro lugar o momento distantes, lo que con frecuencia ha sucedido. Y no usaron carros en los que podrían transportar puentes o barcas, como suele suceder entre los europeos ya que alertarían a los bárbaros espías acerca de la llegada de los españoles frustrando la expedición con el ruido de sus ruedas; por otra parte retardarían la marcha ya que muchas veces se empantanarían en los bañados y tampoco podrían marchar con la rapidez de los jinetes. Como los antiguos cruzaron los ríos echados en pellejos inflados, así nosotros cruzamos la orilla opuesta, cuando hacíamos los viajes en Paraquaria sentados en un cuero de vaca cuadrado, cosido con cuerdas por los cuatro lados, levantado como un sombrero, mientras otro a nado lo sostenía con una cuerda. Y como en cada cuero (que los españoles llaman pelota) no podía sentarse más que uno, ¿cuánto tiempo, te pregunto, no sería necesario para que cuarenta o cincuenta soldados cruzaran un río, por angosto que fuera? De lo que seguramente deducirás que los soldados que no sepan nadar no son en absoluto aptos para las incursiones contra los bárbaros. Por esto deben ser preferidos los soldados correntinos, santafesinos, paracuarios o santiagueños a los cordobeses; porque desde niños están habituados a la natación y suelen atravesar los ríos más anchos jugando y riendo. Cuánto estimaron los romanos la ciencia de la natación, se deduce de Vegetio, Libro I, capítulo X: Natandi usum aestivis mensibus omnis sequaliter debet tyro condiscere; Non enim pontibus semper flumina transeuntur, sed et cedens, et insequens natare cogitur frecuenter exercitus. Saepe repentinis impríbus, vel navibus solent exundare torrentes. Et ignorantia (de nadar) non solum, ab hoste, sed etiam /81 ab ipsis aquis discrimen incurrit. – Non solum autem, pedites, sed et equites, ipsosque equos – ad natandum exercere percommodum est, ne quid imperitis, cum necessitas incumbit, eveniet (14). Y añade acá que los romanos se deleitaron en el Campo de Marte, junto al Tíber, donde la juventud guerrera aprendía el arte de luchar y de nadar. ¡Ojalá los soldados cordobeses imitaran esta dedicación de los romanos! ¡Ojalá, también, los imitaran los europeos! Muchas veces aunque superiores en número no se atreven a atacar al enemigo próximo, pero separado por un arroyo, cuando les resultaría fácil superarlos si cruzan el río a nado. Recuerdo las hazañas que en nuestro tiempo realizaron los jinetes húngaros, croatas y esclavones (sic), eximios nadadores, en el Rhin, el Po y el Elba, con gran ganancia del ejército austríaco. Pero ya sigamos con las muertes soportadas por los cordobeses.

Hay un lugar entre Córdoba y Santiago que llaman el Río Seco por su torrente arenoso casi sin caudal con buen tiempo, pero que cuando descienden las aguas de lluvia desde los montes, crece como un río y tiene un curso rapidísimo. Aquí y allí, entre las cimas de los montes, se extiende una planicie rica en increíble cantidad de predios y de ganados de todo tipo y de pobladores. Debe su nombre a un grande y elegante templo dedicado a la Divina Madre construido con piedras; un gran concurso de gentes se llegan hasta él con exvotos de plata, para impetrar los beneficios celestiales. Apenas los abipones supieron la existencia de este lugar por cautivos españoles, los movió la esperanza de botín y la riqueza del lugar. Observados todos los detalles por los diestros espías, ocupan de improviso en larga fila los desfiladeros y todos los /82 caminos para que los españoles no pudieran darse a la fuga, y les tapan totalmente la salida. Todo cuanto encontraron en el campo o en las casas vecinas fue muerto o capturado sin que nadie les opusiera resistencia. El campo devastado por doquier. Una inmensa cantidad de caballos y de mulas fue la más anhelada prenda para los bárbaros. Todos los que escaparon a la muerte fueron dispersos en precipitada fuga y la fuerza llegó hasta el mismo templo; destrozaron a hachazos la puerta provista de láminas de hierro y trancas. Los ladrones sacrílegos levantaron en sus caballos cuantos utensilios sagrados de plata encontraron, las campanas de la torre y la misma imagen de la virgen, venerada en toda la provincia y otra de San José. Y para que no quedara nada de lo que habían robado ni ninguno de los que habían matado, regresaron cargados con las cabezas de los degollados como despojos de guerra. Sucedió por inspiración divina que por aquel tiempo se encontrara no lejos de allí el ya celebrado Barreda que, acompañado de un grupo de sus hombres meditaba no sé qué excursión contra los bárbaros. Enterado de la crueldad de los abipones vuela allí con los suyos y siguiendo día y noche los rastros de los que huían, descubre que van divididos en dos columnas. Su máximo deseo fue recuperar la imagen de la Divina Madre y vengarse con sus propias manos de los bárbaros. Y dudaba por un momento acerca de cuál de las dos columnas llevaría la sagrada imagen, para perseguirla. Los abipones que marchaban adelante dedicaron un rato a una ligera celebración y los caballos pastaban ya sueltos; los encontró seguros de sí mismos, sentados en el suelo. En cuanto vieron a los santiagueños, ante la inesperada agresión, se escaparon a pie hasta la selva adyacente. Los santiagueños se dirigen rápidamente hasta la carga abandonada por los bárbaros y entre el botín ven con alegría la imagen de la Virgen. /83 Recogieron los caballos del enemigo y quemaron sus monturas. La selva fue vigilada por un tiempo por los soldados para que no tuvieran oportunidad de escapar. Pero en vista de la pertinacia de los abipones en permanecer en sus escondites y el hambre de dos días de sus caballos ya fatigados por la carrera, compadecido Barreda, consideró que debían regresar. Una terrible tempestad que se había desatado el día anterior llenó de tal modo los caminos de agua y cieno que apenas quedaba un palmo de tierra donde los caballos posaran las patas seguros. Es increíble con qué grandes muestras de alegría los cordobeses siguieron a Barreda que volvía con la imagen de la Virgen; al verla parecían haber olvidado el cruentísimo estrago que habían sufrido tres días atrás. De la imagen de San José nada se supo en absoluto; fue arrojada en un lago profundísimo. Algunos años después cuando me dedicaba en aquel templo a mis tareas religiosas, apenas podía contener las lágrimas al observar aquella imagen cautiva de los abipones a quienes por ese entonces procuraba formar en la santa religión. Esa agresión hostil del Río Seco hizo que los cordobeses rodearan el templo con altos muros de piedra y con cuatro torres para que no estuviera expuesto a las asechanzas de los bárbaros y para que los colonos próximos pudieran guarecerse en aquella fortaleza en caso de peligro.

Los abipones también penetraron en el valle de Calamuchita, rico en ganados, pese a estar encerrado por rocas; un negro fue el consejero y guía que realizó por mano de los bárbaros su deseo de venganza hacia un español amo suyo, que no había podido realizar por sí mismo Corrió mucha sangre; todo lo que abarcaba la vista fue destruido. Hasta Zumampa y sus lugares vecinos, las muertes y robos fueron casi cotidianos. En el ría Verde, la parroquia de San Miguel fue totalmente /84 destruida por los repetidos asaltos y convertida en desierto. Yo mismo he visto allí las ruinas del templo y de sus casas. La región bañada por el río Segundo fue atacada y acechada por los abipones con pertinacia, y atacados los que viajaban hacia Santa Fe y Buenos Aires. El sitio llamado Cruz Alta les ofreció una admirable oportunidad. El terror que se había apoderado por las muertes infligidas crecía día a día. Por la magnitud del peligro inminente los carros que transportaban mercaderías debían ser acompañados por gran número de guardianes (los españoles los llaman tropas de carretas o caravanas). Para acompañar a las carretas se elegían los más miserables, los hombres de la ínfima plebe, provistos en su mayoría sólo de lanzas, casi nunca de fusiles, apocados, incapaces de vigilar y que por lo general eran muertos todos juntos. Una vez reducidos los carros a cenizas, los abipones tomaban como botín las mercaderías y las tropas de caballos y de vacas; esta tragedia fue muy frecuente y funesta para los comerciantes. Dejando de lado otras más antiguas, conviene referir una sola más reciente. Los abipones atacaron una caravana de más de veinticinco carros cordobeses destinados a la ciudad de Santa Fe, al día siguiente de su partida y a pocas leguas de la ciudad. El conductor y los guardias estaban merendando como era su costumbre (excepto uno que apacentaba los animales), y todos fueron muertos; entre ellos se encontraba el Padre Santiago Herrera, de nuestra Compañía, que había sido designado para las misiones guaraníes; su bonete y sus ropas fueron llevados por los bárbaros como trofeo de guerra; el breviario y otros libros, esparcidos por el campo. Kebachichi, el jefe de la expedición siempre se presentó en /85 sus reuniones públicas cubierto con las ropas sacerdotales y el bonete, porque le mantenían fresco el recuerdo de tan grande hazaña. Él mismo, años más tarde agregado a la misión de San Jerónimo, ofreció al Padre José Sánchez, compañero mío, ese bonete, cuando nos visitó en la nueva fundación de la Concepción. Pero como éste no lo aceptara, ofendido por el rechazo decía con voz amenazante al Padre: "¿Te atreves a rechazar el sombrero? ¿No sabes que yo he sido matador de los Padres?". Aunque para decir la verdad, no él sino algún otro funesto viejo, muy conocido por mí y compañero de Kebachichi fue quien hundió la lanza en el Padre Herrera. El Teniente de Gobernador de Santa Fe y aquellos que habían sido despojados de sus bienes o de los carros, se dirigieron al Chaco con algunos cientos de hombres para vengar la injuria, pero en realidad el resultado de esta empresa no fue nada honroso; pues llegaron a algún campamento de abipones, pero éstos se declararon inocentes e ignorantes de las muertes perpetradas. Mientras tanto, divulgada la noticia de la llegada de los soldados españoles afluyeron uno y otro grupo de abipones y poco a poco se fue reuniendo un grupo tan grande de ellos que el Teniente del Gobernador atemorizado consideró que no debía saludarlos como a enemigos con plomo y pólvora, sino como a amigos, con pan y otros regalitos, mientras sus soldados se indignaban por la timidez de su jefe. Temiendo un regreso peligroso y funesto, aceleró la partida hacia la ciudad, perseguido por un tiempo por los abipones, que los seguían por la espalda. Los mismos soldados que intervinieron en la expedición me contaron que aquel retorno tan lleno de pruebas, más que una marcha parecía una huida. Por la impunidad de sus crímenes y por la desidia de algunos españoles, los bárbaros, cada día más audaces, no dejaban nada /86 de lado para sus intentonas. Pero se aterran si alguien con un poco de audacia les hace frente en sus asaltos y los amenaza con un fusil. Esto lo experimentó más que otros Galarza, el Teniente del Rey en Córdoba. El mismo Kebachichi con algunos de sus abipones le interceptó el paso cierta vez que regresaba de Buenos Aires conduciendo algunas carretas; habiendo visto a lo lejos al enemigo, bajó del caballo para poder empuñar mejor el fusil. Como llevaba puesto un manto que usan en los viajes (lo llaman poncho), que le caía desde los hombros, lo sacudió con fuerza para no verse trabado al manejar el arma; el caballo asustado se escapó y un abipon lo tomó, ya que estaba adornado con preciosos jaeces, aperos de plata, y fusiles de mano. No obstante ninguno de los enemigos se atrevió a acercarse a las carretas porque Galarza, las defendía amenazante con el fusil. Yo creo que ni tenía balas, porque como se había dejado en la carreta la provisión de pólvora y balas pidió a un sirviente suyo le alcanzara migajas de pan para cargarlo; este hecho me lo contó entre otros un laico de nuestra Compañía, Miguel Angel Amilaga, que entonces acompañaba a Galarza. Este demostró siempre en las grandes dificultades gran presencia de ánimo, y el haber mostrado el fusil, aunque inofensivo, fue suficiente para aterrar y dispersar al enemigo; aunque no pudo impedir que le robaran las vacas y los caballos que estaban más alejados de las carretas. El guardián de estos animales recibió tantos azotes que al día siguiente expiró. Parece que el Fortín vecino de Mazangani atemorizó también a un grupo de diez y ocho abipones que intentaban otras cosas (por ese entonces no más de ese número andaban con Kebachichi). Yo había oído hablar y ponderar muchas veces a ese fortín de Mazangani como una fortaleza, y /87 me la imaginé provista de guarniciones de soldados, torres con cañones, trincheras, muros y fosas. Pero ¡cuán equivocado estaba! Pues haciendo el viaje de Buenos Aires a Córdoba, me encontré con que Mazangani era un cuadrado de no mas de cuarenta pies, rodeado de troncos y ramas espinosas, a su costado hay una choza con techo de paja, construido pobremente de barro y madera, habitada por un mísero hombrecillo que hace allí las veces de gobernador, vigía y guardia, llamado en lengua vulgar "mangrullero". En medio del área han colocado un alto árbol para observar desde él cualquier bárbaro que amenace en la planicie circundante. Tanto para atemorizar a éstos como para avisar a los vecinos de su llegada detona un fusil ¡Ah, la verdadera imagen de aquella horrible fortaleza! Pese a ello, los que llegaban hasta ella creían estar seguros como en un puerto. De esto deduce qué poca cosa es suficiente para atemorizar a aquellos héroes bárbaros. Pero con el tiempo aprendieron por experiencia, y cada vez más audaces, pronto se rieron de estas defensas; arrojando fuego con flechas destruyeron los setos, los tugurios y sus defensores. De modo que los españoles, velando por su seguridad, construyeron en distintos lugares pequeñas fortalezas de ladrillos y piedra provistas de cañones; pero de poco habrían de servir si sus guerreros carecen de espíritu. Tan cierto es aquello de Salustio: Audacia pro muro habetur (15).

El campo de El Tío, que está entre Córdoba, y Santa Fe, de más o menos treinta leguas carentes totalmente de cultivo humano, fue siempre muy peligroso para los que por allí pasaban, y las más de las veces, fatal. Pues no sólo el desierto, sino también la extensa selva que recorre la llanura de Norte /88 a Sur, ofrece a los abipones oportunidad para robar y acechar; sobre todo siempre había peligro junto al Pozo Redondo, nefasto por las muchas muertes provocadas por las celadas de los bárbaros, siempre escondidos en la selva cercana. Durante las prolongadas sequía, no encontrarás en el dilatadísimo campo ni una gotita de agua, ni una partícula de leña con qué alimentar el fuego. El Pozo Redondo y su selva adyacente proveerán de ambas cosas; por eso, los que pasan por allí lo eligen para merendar o pernoctar. Para quienes recorren aquella inmensa planicie, nada más deseado que el agua salvadora que aplaque su sed; pero nada tampoco más temible, porque no pueden acercarse allí sin peligro de muerte, ya que en ese sitio los mocobíes y los abipones suelen acecharlos, porque lo saben frecuentado por los transeúntes españoles. Como los piratas de Argel y Marruecos suelen atacar cerca del promontorio de San Vicente en Algarvia tomando a menudo, con toda facilidad, las naves que vuelven de América. Dos veces pasé por el Pozo Redondo con cuatro acompañantes españoles; la primera, vez sentimos un gran temor por el recuerdo de las muertes recientemente perpetradas allí, la segunda más molestias, pues una sequía de dos años que había dejado sin agua los cauces más pequeños había secado también totalmente esa aguada. Debíamos proseguir la marcha con sed, agotados también los caballos que llevábamos; pero aquella misma noche se descargó una terrible tormenta que nos arrojó agua con toda su fuerza. Nuestro temor fue acrecentado por nuestro guía, el anciano Jacinto Báez que decía que un español que en Europa había peleado en muchas guerras y había sido gobernador real, tiempo atrás había pasado por allí y pernoctado sin inconvenientes. Los soldados paracuarios que lo acompañaban afirmaban que ese lugar, expuesto a las insidias de los abipones, era digno de temer; él respondió con palabras elocuentes que esos /89 ladronzuelos americanos son más dignos de risa que de temor. Pero cuando los abipones nos atacaron al amanecer de tal modo lo impresionaron con sus gritos y su aspecto, que por pudor no puedo describir lo que dejó al descubierto. Los bárbaros robaron los caballos y todo lo que encontraron a su paso; y aquel héroe europeo debió su vida a los compañeros paracuarios que hicieron frente al enemigo; también aprendió a temer a los indios, a los que antes por inexperiencia, despreciaba. Los españoles paracuarios comentan con risa a los europeos tan pagados de sí mismos esta historia honrosa para ellos. En los últimos años que pasé en Paracuaria se cuidó por la seguridad del campo que llaman del Tío, tan extendido a lo largo y a lo ancho. Cuando el oficial de caballería Alvarez lo proveyó de límites y defensas, se refrenó increíblemente la licencia de los abipones que antes no dejaban nada intacto, ni nada sin intentar.

Y en verdad nosotros hemos visto cuánto temor esparcieron por doquier cuando realizamos el viaje de 140 leguas Córdoba acompañados por algunos criollos hispano indígenas desde el puerto de Buenos Aires adonde poco antes habíamos arribado sesenta compañeros europeos. Nuestro acompañante tenía unas cien carretas, cada una tirada por cuatro bueyes y por ocho si debían cruzar algún pantano. El cochero los azuza y dirige con una larga pértiga y muchas veces va precedido por un jinete que le sirve de guía. Las carretas se apoyan en dos ruedas de gran tamaño; llevan un techo abovedado, cubierto con pieles de buey, para que corra el agua de lluvia; los costados están cerrados sólo por esteras o tablas /90 de modo que parecen unas cestas; a los carros de esteras los llaman "carretas", y los de tablas "carretones". En todas ellas no hay nada de hierro. Se sube y baja por una escalera en la parte de atrás, donde hay una puerta; en la parte delantera tiene una ventana. Cada uno, o a veces dos, tiene una carreta; porque les sirve de casa, comedor y dormitorio. En medio de ella, se coloca un colchón en el que viajábamos acostados y nos sucedió que más de una vez, como los navegantes en el mar, sentíamos deseos de vomitar en los primeros días. Muchas veces debíamos hacer el camino de noche, ya que los bueyes no podían soportar durante el día muchas horas por el calor. A cada carreta se le asignaba seis yuntas de bueyes para poder alternarlos; de modo que mientras unos trabajan los otros descansan. De donde se deduce que cien carretas necesitan mil doscientos bueyes, y se hace necesaria una multitud para custodiarlos y pastorearlos. Cada una necesita también muchos caballos. Los cocheros y los jinetes que preceden a cada carreta, apenas toleran otro alimento que carne de vaca, lo mismo que los que van en las carretas. Para llenar tantos estómagos hace falta un gran número de vacas cada día. Deduce de esto qué multitud de hombres y animales avanzan cuando cien o doscientas carretas de este tipo marchan en caravana a través de esas soledades de ciento cuarenta leguas, y qué tremendo estruendo, ¡oh, Dios! producirán ya que sus ruedas nunca están engrasadas. A veces el roce prolongado de la madera enciende una chispa que incendia la misma carreta. Muchas cosas me queda por contar, que vuelve casi inaguantable el viaje a los que recién llegan de Europa. No encontrarás más que predios y tugurios, exceptuando unos pocos, entre Buenos Aires y Córdoba; un campo falto de pobladores, casas, árboles, arroyos y colinas, pero repleto de caballos y asnos /91 salvajes, avestruces, gamos, zorrinos y, por todas partes, tigres. La leña con que alimentar el fuego y el agua necesaria para los usos domésticos debía ser transportada en la carreta, como en las travesías de alta mar El agua de lluvia caída se estanca en charcos formando tal lodo que apenas es digna del nombre de agua, era bebida, o más bien devorada por nosotros muchas veces, aunque ni los animales, si no estaban demasiado sedientos se atrevían a beberla. Y si llega a faltar la lluvia, se cierra totalmente todo camino. Esta inmensa soledad nos amenazaba cada día cuando la atravesamos con nuevas molestias y nuevos peligros, mayores que los que hacía poco habíamos soportado en una travesía de tres meses a través del océano. Casi no pasaba, un momento del día, ni una noche sin que los vigías españoles no anunciaran, con sus silbidos o con las flautas, que se oían desde lejos, a los bárbaros. Cuando los entendidos daban crédito a los vagos rumores, se colocaban casi todas las carretas en círculo para su mutua defensa y se las proveía de fusiles y lanzas. Pero si otros provistos de mayores defensas han sucumbido a manos de los indios feroces cuantas veces hicieron este camino, o creían ver movimiento de abipones en cuanto pasto algo alto encontraban; y si los nativos paracuarios temían hasta la sombra, ¿cómo no nos aterrorizaríamos nosotros, nuevos en América? Una noche se temió más de lo que puede creerse cuando el principal conductor de las carretas encontró reunidos a todos los caballos bayos; ya se los creía presa de los abipones, y no pocos soñaban ya que serían atacados por ellos. Pero había sucedido que dos españoles de mala entraña que a nuestra vista se habían escapado, habían robado del predio, no sé cómo a escondidas, la /92 tropa de caballos de ese color. Fue inútil todo el temor de los enemigos. No se nos apareció ningún bárbaro y atribuimos esa felicidad a la Divina Providencia, cuando nos constaba que aquél camino había sido durante muchos años teatro letal de muertes y latrocinios. Tantos miles de caballos, tantas tropas de ganado, tantos cautivos, tantas cabezas de cordobeses miserablemente asesinados, fueron trasladados al Chaco por los abipones. Todos los caminos de Córdoba, húmedos de sangre humana provocaban aquel temor a los que llegaban y sobre todo a los pobladores de modo tal que nunca nadie se sentía seguro. Sólo queda discutir ahora tan grande paciencia de los cordobeses que, tal vez más que admirarla, haya que compadecerla.

 

Capítulo X

EXPEDICIONES DE LOS CORDOBESES CONTRA LOS ABIPONES

 

¡Eh, tú! – me dirás – ¿De tal modo el espíritu de los cordobeses se endureció con tan grandes matanzas que ya ni las sentían? ¿De tal modo se enfriaron que ni siquiera pensaban en una venganza? ¿Es que ya no había en Córdoba, fuerzas ni armas? Nada de esto faltaba en tan floreciente ciudad. Y con el permiso de los varones más nobles, diré lo que siento. Tienen doce mil hombres dispuestos a combatir. Pero tanto a los hombres como a sus jefes, les falta suerte y no sé qué otra cosa. Córdoba abunda en caballos robustos y fuertes. Nunca /93 hubo juventud más intrépida; para ellos la destreza en la equitación no es un arte sino algo natural; sus cuerpos están llenos de vigor y fuerza; sumamente deseosos de gloria militar. Hubieran sido suficientes no sólo para exterminar a los abipones, sino también para expugnar todo el Chaco. Todo lo hubieran podido, si por vano temor no hubieran pensado, que nada podrían. Deprimidos por el recuerdo de las muertes recibidas, no se atrevían absolutamente a nada en contra de los abipones, de modo que la fortuna que suele ayudar a los audaces, los abandonaba. Las más de las veces fueron vencidos por el aspecto de los bárbaros y no por sus armas, considerándose inferiores a ellos. Livio en el libro XXVII afirma: fama bellum conficit, et parva momenta in spem, impellunt animos (16). Escucha algunas expediciones de los cordobeses, siempre terminadas en triste o ridículo fin.

Los abipones recorrían los límites del río Segundo viviendo allí Algunos grupos de cordobeses se dirigieron para exterminarlos; el enemigo fue descubierto en pleno campo, de modo que se enfrentaron los ejércitos de españoles y abipones. Se amenazaron mutuamente durante un rato, pero ninguno de los dos se atrevió a iniciar la pelea. Uno de los abipones, cansado de la demora bajó del caballo y a pie y provisto sólo de una lanza se acercó a las filas de los españoles provocando a cualquiera de ellos a un combate singular. No faltaron soldados que se hubieran prestado a ello, pero su jefe los conminó a que al primero que moviera un dedo lo castigaría con la muerte. En vista de ello los españoles con paso lento se fueron cada uno por su lado y los abipones regresaron impunes; aunque no como otras veces, en esa oportunidad hubieran podido ser muertos por los españoles por la superioridad tanto numérica como de armas si el jefe de los cordobeses hubiera /94 tenido tanta grandeza de ánimo como oportunidad de vencer. Esto lo supe por un español nacido en Valencia y que vivió un tiempo en Córdoba, más tarde oficial superior de los vigías en Santiago, que había intervenido en esta ridícula expedición. Muchas otras veces los oficiales cordobeses dejaron escaparse de las manos la ocasión de un triunfo; y mientras se abandonaban a su timidez los bárbaros se volvían más osados. Ponían excesivo cuidado en su propia salvación, pero se preocupaban poco por su fama. Quisieron ser cautos, pero eran tímidos e indolentes. Para apaciguar a ese pueblo que bramaba con la dureza de sus robos, una y otra vez fueron enviadas expediciones al Chaco, con tan gran número de soldados, con tanto ruido, que podrías creer que nuevamente era atacada Troya. Pero sin ningún beneficio. Y no hubo sólo una causa: los delicados guerreros siempre debían llevar por delante ingentes tropas de caballos y de vacas para poder cambiar de caballo con comodidad y para que nunca les faltara carne fresca en la mesa. La multitud de animales retardaba la marcha. Había casi más jefes que soldados; de modo que había muchísimos que impartieran órdenes y muy pocos que las pusieran en práctica. Si ambicionaran los títulos de las dignidades militares tanto como los merecieran, hace tiempo que hubieran combatido contra los bárbaros. Añade a esto los mulos cargados y los carros que transportaban las provisiones, segurísima impedimenta del camino. Y el jefe supremo usaba un carro de guerra especial para su pompa. ¿Qué paracuario podría contener la risa? Yo mismo vi en el Chaco un lugar en donde ese y todos los demás carros debieron ser quemados por los cordobeses una vez que rodeados totalmente por lagos y pantanos no podían avanzar ni regresar. Ese lugar ser llamó, y aún hoy es llamado entre los abipones, Nauglina, por aquellos carros destruidos. Todo a lo largo y a lo ancho hasta donde /95 la vista abarcaba, no había un palmo de tierra donde posarse; de modo que podría considerarse un verdadero milagro poder sacar los pies o las patas de sus caballos del cieno y del agua. No había duda de que los caminos por los que debería llegarse hasta los escondites de los bárbaros, hasta a ellos mismos les resultaban temibles. El comienzo de la victoria y su mayor parte es la transitabilidad de los caminos. La naturaleza de aquel suelo es tal que después de una prolongada sequía se seca como la roca y niega el agua hasta a la más pequeña avecilla. Pero si arrecian las lluvias no encontrarás un sitio donde caminar o echarte. El campo carece tanto de fuentes como de rocas y colinas, extendiéndose en una inmensa planicie que en las crecientes suele parecerse a un temible lago. Otras veces el camino se ve interceptado por lagunas formadas con el agua de lluvia; y los soldados, aunque sepan nadar, se ven demorados; y si no lo saben les queda vedado el paso ya que carecen de vados, puentes o barcas. Ya he dicho que todas estas cosas eran reemplazadas por un cuero de vaca, pero como en cada cuero no podía ser transportado más que uno por vez, para que cuarenta soldados lleguen de este modo a la orilla opuesta se necesitaba mucho tiempo y mucho ruido que advertía a los enemigos que, o se escapaban, o atacaban a los españoles desprevenidos y separados por el río. Si me lo permites, diré la causa principal por la que los cordobeses volvieron a sus casas las más de las veces sin gloria pese a haber visto a los bárbaros: no sabían nadar.

Considero que Landriel, ya celebrado por mí en otro lugar y que con mucha frecuencia debe ser celebrado, es el autor y el más elocuente testigo de este hecho. Los cordobeses lo tomaron algunas veces como guía de ruta cuando se disponían a hacer alguna excursión al Chaco. Y en verdad bajo su dirección /96 y consejos llegaron con felicidad a la costa oriental del río Malabrigo (que los abipones llaman Neboke latél, "madre de las palmas") en un camino de muchos días. En la orilla opuesta los abipones riíkahes no sólo solían deambular, sino que con frecuencia establecían sus caseríos. Era tarea ardua descubrir sus escondrijos, esa era la finalidad de esa expedición; pues todo el campo estaba tan inundado que era imposible observar ningún rastro de hombre ni de animal. Sobresalían del agua altísimos hormigueros en uno de los cuales Landriel vio un panal de miel recién sacado (que llaman Lechiguana). Guiado por este rastro, escrutando a uno y otro lado, descubrió por fin un gran campamento de indios. En ese mismo día hubieran podido atacarlos, someterlos, espoliarlos y destruirlos si Landriel hubiera estado al frente de santiagueños, correntinos o santafesinos, excelentes nadadores, y no de cordobeses, tan desconocedores de la natación. Pues cuando llegaron a la vista de los bárbaros, era necesario cruzar el río Malabrigo, carente por aquel tiempo de vados, muy desbordado y sin puentes. Todos los soldados unánimemente consideraron oportuno cruzarlo en el cuero de vaca; pero esta travesía, por rápido que se hiciese, les habría llevado todo el día; entre tanto los abipones, avisados por el ruido que harían los hombres, cuanto más por los relinchos de los caballos, poniendo a salvo en lugar seguro a sus familias, sin duda atacarían a los cordobeses ya nada temibles divididos por el río y los atacarían y vencerían sin ningún trabajo.

En vista de estas consideraciones, pareció que debía apresurarse el regreso, que en verdad no carecía de peligro ni de molestias, pero que era preferible, por lleno de pruebas que fuera. Más cayendo que marchando hicieron de vuelta el camino /97 que estaba resbaladizo por la lluvia y peligroso por los profundos pozas que se habían formado por el agua caída. Escucha, el origen de estos pozos: infinitos rebaños de vacas que estaban expuestos sin ningún dueño colmaban todos los campos, cuando los toros se enfurecen suelen clavar los cuernos en tierra; de allí que por todas partes haya esos pozos tanto más peligrosos cuanto que, cubiertos por el agua, no pueden ser descubiertos ni evitados por los jinetes. Miden más de un codo de ancho y de profundidad. Si uno de los cordobeses llega a caer con su caballo en uno de esos pozos oculto bajo el agua, lo seguirán todos sus compañeros. Advertidos por Landriel de que doblaran a derecha o izquierda para evitar algún pozo donde él primero tropezó, cumplieron raramente la orden. "Así fue – me contaron – allí nuestro compañero desaparecía, pero después lo veíamos resurgir incólume; si doblábamos por otro lugar caíamos en un profundo pozo de donde apenas podíamos salir sin lastimarnos". Esto lo vio Landriel con risa, y me lo contó más tarde. Yo mismo en frecuentes viajes, he conocido estos caminos. Y diré, casi con ansiedad, que los jinetes debían caer entre aquellos pozos como cuando se navega en medio del mar entre rocas ocultas. Con razón los españoles los llaman Pozos porque se llenan del agua de la lluvia y durante un tiempo la guardan para utilidad de los viajeros cuando los campos y las selvas se tornan más áridos por la sequía.

De esto que he escrito podrás deducir que las expediciones de los cordobeses no sirvieron para refrenar o atemorizar a los bárbaros sino para confirmarlos en su propósito de robar. Tanto más libremente insistieron en vejar las colonias de Córdoba cuanto más evidente les resultaba la incapacidad de los soldados cordobeses y en cuanto no podrían, por más que lo /98 quisieran, repeler las muertes con las muertes y las injurias con injurias, sintiéndose defendidos por las mismas dificultades de los caminos en el Chaco, sede de los abipones. Para velar por una mayor seguridad de los mercaderes, fueron pagados por fin soldados que vigilarían en los caminos y las fronteras. Vara pagar a los soldados se estableció un impuesta a la yerba paracuaria que era transportada en carros al Perú. Pero este recurso, resuelto con el mejor de los consejos, aunque mermaba en gran manera las ganancias de los mercaderes, casi no impidió la licencia ni la frecuencia de los robos; ya que los bárbaros entonces engañaban con astucias a ese pequeño puñado de soldados, o los atemorizaban con su número, y las más de las veces los despreciaban. Ya habrás sabido otras cosas sobre las obstinadas asechanzas a los cordobeses que los abipones acarrearon durante muchos años, que fueron conocidas por todos y la mayoría publicadas en Madrid. Después que establecimos a la mayor parte de los mocobíes y de los tobas en misiones, la provincia, ya libre de tantos enemigos, comenzó a respirar. Algunos de ambos pueblos que se empecinaban en su antiguo odio hacia los españoles, y vagaban fuera de aquellas fundaciones, aunque vejaron y devastaron el campo de Santa Fe y Asunción, casi no molestaron dentro del territorio de Córdoba. Esta tranquilidad se debió al jefe militar Alvarez y al santiagueño Benavídez, procurador en Río Seco. Ambos pusieron todo el cuidado posible mostrándose perspicaces en refrenar a los bárbaros, inflexibles en rechazarlos y férreos en guardar los límites que se les adjudicaron; estos jefes, que parecían haber nacido en Córdoba, pudieron contar en un tiempo tantas victorias como estragos habían sufrido. Los pobladores de las misiones que fueron tan buenos ciudadanos como jinetes, fueron también buenos soldados con su conducción y su ejemplo. En verdad /99 un jefe próvido e intrépido presta a la tropa lo que el corazón y la cabeza al cuerpo humano. Inspira confianza, sagacidad y animosidad a los ánimos de los más perezosos y temerosos. Esto ha sido para mí sumamente palpable: después que los cordobeses se volvieron más audaces y vigilantes gracias a sus jefes Alvarez y Benavídez, varones tan valientes, los abipones comenzaron a ser más temerosos en sus ataques, máxime cuando uno de ellos fue capturado en el campo por un soldado cordobés, y otro, Pachieke, hijo del célebre cacique Alaykin tan dañino, fue muerto. Yo los conocí a ambos. Sería nefasto ocultar estas hazañas en Europa, para que no piense alguien que los abipones no podían morir, o que los cordobeses no sabían matar. Cuando nosotros debimos regresar a Europa, procuramos que la mayoría de los abipones permaneciera en las misiones que habíamos fundado para ellos; para provecho de los españoles; pero en seguida les volvieron la espalda. Dejando de lado la amistad y la paz en que habían vivido con éstos, retomaron las armas, y ¿qué sucedió? Ellos ya sabían que deberían luchar con los bárbaros, muy enojados y turbados por su nostalgia hacia nosotros. Por mi gran afecto hacia todo lo que sea de Paracuaria, ruego ciertamente que siempre se goce de la tranquilidad de la paz y de buena fortuna en la guerra, aunque, conociendo por experiencia de qué son capaces los abipones cuando se los deja solos, apenas me atrevería a esperar. Hasta aquí he recordado las muertes provocadas y sufridas por los abipones; cuán temible y cuán funesto fue para toda la provincia este pueblo de bárbaros; de qué poco sirvieron las armas de los españoles para apaciguarlo. Queda sólo por hablar de lo que hicimos por civilizarlos e instruirlos y los frutos obtenidos.

 

NOTAS

 

1- A los soldados conviene el deseo de luchar; los jefes sirven mejor tomando providencias y consultando con prudencia más que con temeridad.

2- A menudo el enemigo sale satisfecho con una cruenta lucha y el pueblo noble y los reyes son vencidos en brevísimo tiempo.

3- Nadie es abatido con mayor rapidez que aquél que nada teme. La seguridad es a veces, el comienzo de grandes infortunios.

4- En medio de los mayores peligros el miedo debe ser desechado por los que más deben arriesgarse.

5- Quienes confiando más en el espíritu que en las fuerzas descienden a la lucha.

6- Procuraba que todas las cosas del enemigo le resultaran más conocidas que las suyas propias.

7- Los buenos jefes Siempre atacan no en campo abierto donde siempre hay peligro, sino desde lugares estratégicos.

8- Agradará el conductor que no precipite todo en la caída, sino que rigiendo con madura reflexión los momentos alegres o ásperos de las cosas, no sea tímido ni triste en el acontecer; no dé ocasión a demora y cambiando el rumbo logre la victoria.

9- "Más asusta al enemigo el ensordecedor clamor de los que atacan que sus espadas".

10- "A menudo lo que interpone a los vencedores es la lucha que se entabla entre ellos mismos, por consumir el botín, olvidando al enemigo".

11- "Sólo se dan ganancias a los ricos".

12- Para éstos suele ser el mayor peligro, por lo que lo temen sobre todo.

13- En donde haya menos temor, menos peligro habrá.

14- La natación debe enseñarse a todos por igual en los meses de calor; pues no siempre pueden cruzarse los ríos por puentes y el ejército con frecuencia, si no puede nadar, no puede seguir. Muchas veces los torrentes suelen desbordar por las lluvias repentinas o por las nieves. Y por esa ignorancia se encuentran en apuros, no sólo por el enemigo, sino por las aguas. No sólo a los infantes sino a los jinetes y a los mismos caballos es sumamente útil ejercitarlos para la natación, para que no suceda que los que no son diestros sucumban cuando se encuentran en necesidad.

15- Tienen la audacia por muralla.

16- La fama acaba la guerra, e impulsa los ánimos por breve tiempo hacia la esperanza.