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S. J. Martín Dobrizhoffer

HISTORIA DE LOS ABIPONES

Vol. III

 

Capítulo XI

 

CONSTANTES ESFUERZOS DE NUESTROS HOMBRES PARA /100 LLEVAR A LOS ABIPONES A LA OBEDIENCIA DEL REY Y A LA SANTA RELIGION

 

Cuando el médico se dedica a vencer una enfermedad, pone todo su empeño, vehemencia y constancia en ello. Analiza detenidamente la debilidad del enfermo, sus dolores, delirios, insomnios, náuseas, accesos de fiebre, decaimiento. Recomienda una y otra vez remedios, hasta que logra por fin con todo su arte y trabajo restaurar el cuerpo enfermo y devolverle el alma que ya huía. El soldado vencedor exagera la fuerza, las astucias y la prestancia de sus enemigos para resaltar las dificultades de la victoria. El escultor cuenta el trabajo y el tiempo que le llevaron formar un Hermes de un tronco, los golpes del hacha y del cuchillo para doblegar la dureza de la encina. Yo he creído que debo imitar en este breve comentario sobre los abipones, a los médicos, los soldados y los escultores. Hasta aquí he descripto sus bárbaras costumbres, sus ritos, su pertinacia en el robo, su implacable animosidad contra los españoles para que de todo ello deduzcas cuánto trabajo nos daría llevar a estas fieras a la civilidad e informarlas en el conocimiento de los principales dogmas divinos. Nuestros hombres, no desmayando ante los peligros ni ante las dificultades ya en el siglo pasado hicieron todo lo /101 posible por llevar a la virtud a este pueblo tan numeroso como abundante en artes dañinas y les parecía que habrían logrado el mayor precio de su trabajo cuando las naciones pedestres de Paracuaria siguieran poco a poco el ejemplo de los jinetes abipones sometidos a Dios y al rey español. Pensaban sobre todo que la tranquilidad de las poblaciones españolas y sus asuntos mejorarían cuando se acercaran a la religión. Los sobresalientes progresos de nuestros hombres entre los guaraníes y las numerosas fundaciones establecidas a orillas del Paraná y del Uruguay, los hacía esperar ubérrimas mieses en el Chaco.

Entre los que en el siglo pasado estuvieron más entusiasmados por la instrucción de los abipones, debe recordarse en primer lugar al Padre español Juan Pastor. Como Rector del colegio de Santiago del Estero envió expediciones apostólicas a los indios, y puso todo su empeño en conducir a los abipones y en enseñarles a Cristo cada vez que se le presentaba la ocasión. Estos estaban establecidos más de cien leguas de la ciudad de Santiago. Los caminos son más calamitosos y ásperos de lo que puedas imaginar. El ánimo del intrépido varón los superó a todos. Tomó como compañero suyo y feliz instrumento en tantas excursiones al Padre Gaspar Cerqueira, nacido en Paracuaria y conocedor de la lengua tonocoté, familiar a varios pueblos. Después de recorrer la vasta soledad de casi cien leguas llegaron hasta los indios matarás. Todos ellos fueron bautizados por el sacerdote y se les procuró una fundación; pero fuera del nombre de cristianos, siguieron siendo en todo bárbaros. Nuestros sacerdotes Barzana y Añasco, /102 y antes que ellos San Solano realizaron para ellos un trabajo no inútil; ya que en verdad después de un tiempo afluyó a sus mentes el recuerdo de la disciplina cristiana en la que en otro tiempo habían sido instruidos. Omitiré su licencia para la bebida como otras cosas que desde que nacían les eran no solo frecuentes sino cotidianas. Los habituales sacrificios que cada año ofrecían por los suyos eran bañados con más bebida que lágrimas. El maíz triturado por los dientes de las viejas – como es costumbre por todas partes allí – fermentando en agua reemplaza al vino.

Por tres días los convidados dedicaban una hora a las lágrimas y los lamentos; apenas consumidas las copas y las comidas, disipaban el llanto. Excitados por el vino, no pocas veces añadieron a estos sacrificios peleas, riñas, muertes mutuas y otras cosas que el pudor debe ocultar.

Los piadosos novatos Pastor y Cerqueira no escatimaron ningún esfuerzo para borrar de las mentes de este pueblo que se jactaba de cristiano tan grande impiedad. No cesaban de día ni de noche de amonestarlos; y en verdad se lo pidieron con tantos consejos dados en privado, con tantos sermones públicos en el templo, que muchos de los que habían sido bautizados, comenzaron a cultivar mejores hábitos. Los poquísimos restos del pueblo matará que en otro tiempo habían sido llevados a la ciudad de Santiago para servir a los españoles particulares, insensiblemente se habían ido perdiendo y sobreviven hoy a orillas del río Salado en una misérrima fundación que se llama Matará y que yo he visto. Después de una demora de algunos días, los Padres prosiguieron su camino hacia los abipones. El mismo Párroco del lugar y los principales caciques acompañaron a los Padres con un grupo de /103 los suyos. Se prestaban a esto no por un impulso de generosidad, sino para lograr una ventaja: en efecto, esperaban que por mediación de estos Padres volverían a la amistad con los abipones, de quienes los separaban antiguas enemistades y cruentos odios. Pero los Padres necesitaban de esta compañía; les quedaba por hacer un camino de sesenta leguas, y cosas desconocidas que ninguno de los dos nunca habían visto: selvas, lagos, espantosos pantanos. Si no hubieran tenido a los matarás como guías, ayuda y defensa, no hubieran estado seguros en su viaje, ni hubieran podido emprender semejante empresa prudentemente. A veces debían reptar en medio de las selvas; y a cada paso sostener cruentas luchas. Debían aplacar la sed provocada por la sequía y la misma fatiga, sólo con agua pútrida que encontraban en los charcos y que repelía al olfato, de tal modo que atormentaba a aquellos miserables más que la misma sed. Adonde se volvieran los ojos se ofrecían rastros de tigres, y por doquier apretados grupos de mosquitos y otros insectos que felizmente se desconocen en Europa. Apenas les era permitido descansar de noche por las picaduras de éstos, por más cansados que estuvieran. De las selvas emergían continuamente, obstruyendo el camino, lagunas que nacían del desborde del río Bermejo o Grande (los españoles lo designan indistintamente) cuando sale de madre hasta cinco leguas. La llanura cubierta de agua por todas partes se presentaba a los ojos como un mar; y como carecen de vados, dirías que en rara metamorfosis, el suelo se ha transformado en un mar. Yo mismo he visto de qué modo desborda el río Grande cada año, cuando viví por dos años en la misión del Rosario distante de sus márgenes unas pocas leguas. De la cantidad de /104 molestias juzga la grandeza de ánimo con que las toleraron no solo los mismos Padres sino también y por su ejemplo sus compañeros indios, que a cada momento querían regresar a su fundación, si los Padres no los hubieran mantenido en su oficio de acompañantes a fuerza de pequeños regalitos. No dejándose amedrentar por ninguna dureza, todos cumplieron con constancia el camino emprendido hasta que por fin tocaron los límites de los abipones.

Estaban a dos leguas de los abipones, y no quisieron exponerse a éstos a quienes consideraban enemigos, ya que era un pueblo suspicaz y muy ávido de muertes, ni acercarse a este lugar sin espías, pese a que los Padres temían más la huida de éstos que el ataque de los abipones; ya que de solo oír el nombre abipón temblaban los ánimos de los matarás, cuanto más ahora que desmayaban por la proximidad de aquéllos. Apenas bastó toda la elocuencia de los Padres para disipar tan grande temor. Para seguridad de todos se encomendó al Padre Cerqueira la tarea de marchar delante con dos acompañantes, y observar detenidamente los campamentos y el camino por el cual podrían llegar hasta la vista de los abipones sin levantar una sospecha de agresión hostil. Apenas el Padre había avanzado una legua, cuando fue rodeado por doscientos jinetes abipones que habían sido alertados por emisarios de la llegada de extranjeros. Estaban desnudos montados en caballos desprovistos de aperos. Teñidos los rostros con negros colores, cargadas las manos con larguísimas lanzas, coronados con plumas de variados colores, atronando con sus trompetas militares, emitiendo un bárbaro ulular con la percusión de los labios, inspiraban terror a todos los demás, pero sin embargo no lograron amedrentar el ánimo del Padre Cerqueira. Este, usando lengua tonocoté, que por aquel tiempo muchos abipones conocían, se acercó a los bárbaros y les dijo: "Estáis tremendamente equivocados si pensáis que me voy a asustar con vuestro aspecto, que no hay nada /105 más grato para mí. ¡He llegado por fin hasta aquí a través de inmensas soledades, venciendo mil dificultades! Cuidaos de tenerme como enemigo o de atacarme con ánimo hostil. ¡Ah! Con qué deseo he llegado sin armas hasta vosotros a haceros felices y a enseñaros. Si en verdad deseáis vuestra salvación, conviene que no me rechacéis pues vengo como autor de ella, maestro y embajador del Supremo Hacedor de todas las cosas y tomadme como amigo vuestro. Siempre fue nefasto a los pueblos llevar la fuerza contra los legados de los amigos; esta ley recibida de nuestros mayores tuvo también un lugar entre vosotros, de modo tal que nada podría temer de vosotros". Aplacados con estas palabras, los bárbaros trocaron sus amenazas en saludos, y siguieron afanosamente al Padre al que antes habían rodeado con armas. El Padre había usado la benevolencia; y les explicó qué cerca estaba otro Padre respetable por su edad y su piedad con unos pocos acompañantes; que viene cargado de bolitas, agujas, púas y tenacitas, con lo que les pagaría liberalmente si escuchaban la ley divina. Estimulado por la esperanza de estos regalos, el cacique de la tribu mas cercana ordena a su hijo que rápidamente vaya a buscar al Padre Pastor con sus compañeros. Llegó en medio de muestras de pública alegría, recibido con la festiva percusión de los labios hasta el próximo caserío y fue llamado Pay Latenk, el Gran Padre. Tendieron en el suelo a modo de sillas pieles de tigre y de otras fieras. Y una vez expuestos los motivos de su llegada, repartió entre los presentes los agujitas y los otros regalos que ya mencioné. Estas cosas son tan insignificantes para los europeos como apreciadas por los americanos. Llegaron las comidas, de las que hubieran preferido abstenerse antes que comerlas por hambrientos que hubieran estado; pues su comida se limita a pescado rancio sin ningún sabor, más que el ser ofrecido con generosidad. Pero los /106 padres los comían aunque con repugnancia y sintiendo revuelto el estómago, para que no creyeran que rechazaban los manjares bárbaros.

Al día siguiente el Padre Pastor consagró aquella tierra clavando una cruz y ofició bajo una choza.. Cumplido el sacrificio y quitándose los ornamentos sagrados, indujo al grupo de abipones al rito penitencial, al mismo tiempo que les enseñaba a hacer la genuflexión ante el crucifijo. Y los bárbaros, por más que te admires, adquirieron esta costumbre. Dirigiéndoles la palabra, les explicó el motivo de su llegada y los principales capítulos de la religión, que fueron recibidos con oídos y espíritu muy dispuestos. El principal cacique de aquella tribu, Caliguila, aprobó maravillosamente las cosas dichas, y como gesto de honra llevó a ambos Padres a su choza que tenía en la margen opuesta del río Bermejo. Allí también los huéspedes fueron recibidos con fastuosas aclamaciones; y mientras se empeñaban en inculcar en sus mentes la esencia de los dogmas cristianos y la religión, fueron escuchados con avidez. En pocos días acudió mayor concurso a medida que el rumor de esta visita se divulgaba por la región. Consideraron que la tarea principal debería consistir en fijar en los caciques el deseo de la santa religión e inflamarlos en ella. Si éstos se entregan tendrás al resto del pueblo dócil. Para los americanos el ejemplo de sus conductores es casi como ley y norma. En efecto: su principal jefe Caliguila, se dedicó a divulgar entre los suyos nuestra religión, ordenó abiertamente que se construyera un pequeño templo, que se bautizara a los niños, que se los instruyera, en las prácticas cristianas, que se respetara a los Padres; pero con la condición de que no se entretuviera a los jóvenes antes o después del mediodía con largas instrucciones o sermones, para evitar que el ocio y el estarse mucho sentados, no les menguara el vigor militar y el uso de las armas. Los Padres negaban que el /107 ardor en los ejercicios de piedad fuera a extinguir el espíritu militar, y lo convencían con el ejemplo de la juventud española, pero lo complacían; Caliguila les pedía en nombre de los demás que permitieran a los niños usar libremente las flechas y el arco siempre que no interfiera las leyes divinas, para que, profesándose cristianos, nunca las olvidaran; pero que tampoco se expusieran sin defensas al enemigo cuando los atacara. Ambas cosas le fueron permitidas, siempre que no se apartaran de las leyes y costumbres divinas. ¿Quien ignora que en Europa, cristianos de otros pueblos permanecen en el templo armados? Los Padres los exhortaron una y otra vez a que no usaran más los ritos bárbaros de la sepultura y los augurios, que profesaban por antigua superstición.

Aceptadas estas condiciones, fue puesta con grandes honores una cruz fijada a una palma altísima; en diarias instrucciones los abipones eran adoctrinados en los dogmas de la religión, sacudiendo las fibras más íntimas de las opiniones y las costumbres bárbaras y robusteciéndolos con saludables advertencias contra los engaños de los hechiceros que ellos llaman magos (Keevét). Estos se jactan de que el mal espíritu, al que llaman su abuelo, les es familiar y benefactor; y ponen tal empeño en que el pueblo los tema y les rinda culto sin descubrir sus falacias, que se oponen a toda prédica de Cristo, acérrimos defensores de la antigua superstición. El Padre Pastor, viendo a una vieja hechicera ya a punto de expirar, se empeñaba en vano en bautizarla, instruyéndola en las verdades fundamentales. La obstinada vieja se oponía a los ruegos del Padre que por momentos le prometía las eternas delicias del cielo, o la conminaba con los tormentos del espíritu maligno. Sonriendo respondió: "¿Cómo pretendes que tema /108 al espíritu maligno, que durante tantos años me fue familiar? Sin embargo otros más sagaces comenzaron ya abiertamente a apartarse de los dichos y artimañas de sus hechiceros y a prestar fe a las palabras de los Padres. Para resumir: con las cotidianas industrias se logró que después de pocas semanas floreciera entre estos bárbaros, como entre la hierba, el cristianismo, no sin gran alegría del corazón. Depuesta la fiereza, comenzaron a brillar en sus palabras y costumbres indicios de civilidad, nada obscuros.

Habiendo sido enviado el Padre Cerqueira a los matarás, el Padre Juan Pastor duplicó sus esfuerzos. Aunque de avanzada edad y sin demasiadas fuerzas, construyó una capilla con palos recubiertos de barro. Escribió con gran trabajo, dada la escasez de tiempo, un epítome de la lengua abipona, con las nociones y un índice de vocabulario. ¡A mí nada me resultó más difícil cuando estuve allí, que memorizar ese vocabulario! Pero ¡ah!, las tan florecientes esperanzas en la corrección de los abipones, no siguieron el curso deseado, que prometía frutos ubérrimos en este campo; por cuanto Juan Pastor debió regresar a la ciudad, urgido por asuntos de la Provincia. Y por aquel entonces no hubo quien lo reemplazara en aquel lugar, tan grande era la escasez de nuestros sacerdotes. Pero las fundaciones que ya se habían iniciado, tanto de españoles como de indios, debían ser conservadas fundamentalmente, hasta que recibidos refuerzos de operarios de Europa pudiera pensarse en fundar nuevas reducciones. Las Cartas Anuas de la Provincia de Paracuaria escritas desde el año 1638 hasta el 43, hacen memoria de esta expedición a los abipones. El Padre Pedro Lozano, en su historia del Chaco refiere que el Padre Juan Pastor elegido Procurador por votación de los electores, fue enviado a Europa para tratar los asuntos relativos a la provincia en las cortes de Madrid /109 y de Roma, según era costumbre y escogió de distintas provincias un número de nuestros hombres necesario para la instrucción de tantos bárbaros. Pero en el puerto de Cádiz, ya a punto de hacerse a la vela con los auxilios apostólicos, repentinamente recibió cartas de Madrid del Consejo Real, prohibiéndole que llevara a ningún extranjero a Paracuaria. De modo que debió enviar a la mayoría a sus patrias: Italia, Alemania o Bélgica, y navegar a Paracuaria con muy pocos españoles casi adolescentes que muchos años después, según una costumbre de nuestra Compañía, debían ser iniciados en el sacerdocio, debiendo trabajar allí con gran penuria de sacerdotes para tan gran número de misiones. ¡Cuán funesto fue este espectáculo al Padre Juan Pastor! Ya veía morir de inanición las mieses maduras, y no pudo menos que llorar. El decreto de las autoridades madrileñas excluyendo de Paracuaria a los sacerdotes extranjeros fue ciertamente más pernicioso para los mismos españoles que para ningún otro. Porque si se hubiera permitido entrar en Paracuaria con el Padre Pastor a aquellos extranjeros alemanes, italianos o belgas, no dudo que tanto los abipones, como los tobas o los mocobíes hubieran sido llevados, por su trabajo, a la obediencia del monarca español y de la santa religión; pero debido a la falta de sacerdotes, permanecieron por casi un siglo más en su salvajismo, atacando con sus armas las más de las veces vencedoras a toda la vastedad de la provincia. Con tanta sangre de españoles derramada y con las cotidianas victorias, se envalentonaban cada día más; de modo que rehusarían en años sucesivos con obstinación tanto la amistad de los españoles como la disciplina cristiana, aunque nuestros hombres no dejaran escapárseles de las manos ninguna ocasión de velar por ellos, y a menudo sacrificaron su propia vida.

Pero sabemos por experiencia que en este asunto, /110 cambian tanto el tiempo como los consejos de los hombres. Cuando España crecía en el número de sus indígenas y no podía proveer sacerdotes para las vastas provincias de su América, las Cortes de Madrid no solo invitó a jesuitas extranjeros a quienes en otro tiempo le había cerrado las puertas, sino que les pagó el traslado con grandes gastos para la monarquía. Esto consta en las cartas del rey Felipe V con fecha 28 de diciembre de 1743, dadas en el campamento del Buen Retiro, traducidas del español al latín en el año 1745, y titulados: "Se prescribirán las cosas que deben ser observadas en las misiones y pueblos de indios en los distritos de Paracuaria y de Buenos Aires, encomendadas al cuidado de los padres de la Compañía de Jesús". En el punto duodécimo, estas son las palabras del Rey: "Intellecto denique, contra Societatem Jesu inter caetera, etiam spargi: Ab ea in harum provinciarum missiones etiam exterarum nationum subjecta acciri, cumque id per Regia decreta fieri meminissem, et quod anno 1734. Meo Decreto decima septima Septembris Generali Societatis indulserim, ut in quavis Missione (mientras se transportaban de Europa a América suplementos de misioneros). Societatis curae, et meae Indiarum ditioni sebjecta Missionariorum eo mittendorum quarta pars Germani esse possint, qui in omni occasione fuere fidelisimi, etc., etc." (17). No acabaría si recordara a cada uno de los italianos, alemanes o belgas que dedicaron su trabajo durante muchos años allí, en Paracuaria u otras provincias de América hispana al monarca español y a la religión hasta nuestros días. Los extranjeros pudieron ser ponderados, nunca rechazados.

 

Capítulo XII

LA REDUCCION FUNDADA PARA LOS MOCOBIES Y LUEGO, LA OCASION DE LAS REDUCCIONES DE ABIPONES /111

 

Quebrantados los españoles por los cotidianos estragos, anhelaban volver a hacer la paz con los bárbaros, a los que no habían podido domar en tantos años. Los antiguos, que conocían por experiencia a otros pueblos, nunca pensaron que podrían esperar ni conservar una paz estable con los mocobíes y abipones, a no ser que fueran llevados a nuestras reducciones, instruidos en la religión y por ende en la civilización. Y en verdad nada prefirieron más nuestros hombres, nada desearon tanto como conocer el camino por el que pudieran conducir a aquellos bárbaros mientras consumían su vida en fundar reducciones para ellos. Para esto los gobernadores prometieron a los nuestros su trabajo y dinero. Pero rara y pobremente se mantuvieron en sus promesas. A ellos les era suficiente que nosotros encerráramos a los abipones en las nuevas reducciones, como se encierra a las fieras en jaulas, y que se abstuvieran de robar. Pero nos abandonaban solos, el cuidado de vestirlos y alimentarlos. Les parecía que habían dado muestras de espléndida obra por haber construido en la nueva fundación algunas chozas de madera y barro donde celebráramos los divinos oficios y donde vivían los indios. Las terminaron en pocos días con el trabajo de un grupo de soldados. En cartas al Virrey del Perú y a la Corte de Madrid afirmaban a plena voz y se jactaban de su magnificencia como fundadores de los nuevos pueblos y como dominadores de los pueblos bárbaros y, consideraban que el /112 rey les debía pingües dignidades, títulos de honor y premios por sus méritos. Y en verdad yo mismo he conocido las remuneraciones regias, superiores a sus merecimientos. Porque si aquellos buenos gobernadores hubieran querido preocuparse y cuidar la incolumidad de las provincias a ellos encomendadas y la estabilidad de los indios que nos habían confiado para instruir, lo primero que debieron mirar debió ser que las nuevas reducciones estuvieran provistas de rebaños de vacas y ovejas y de los instrumentos necesarios para la agricultura, para que no faltara a los bárbaros la carne como alimento cotidiano, la lana para tejer sus vestidos y los utensilios para sus usos domésticos; y no desearan vivir nuevamente de la caza, vagar fuera de la misión y vivir salvajemente, objetándonos que carecían de todo desde que eran amigos de los españoles; y que por lo tanto más le convenía la guerra como antes, a semejante paz. Y no hay que admirar que los bárbaros, exasperados por tantas penurias, hayan dado a veces las espaldas a los nuevos pueblos y hayan retomado las armas contra los españoles y la costumbre de robar. Pero ya ha de tratarse más extensamente sobre este tema en otro lugar.

La ciudad de Santa Fe fue la primera en concertar la paz con los abipones y mocobíes. Algunos grupos de ellos, iniciada la paz, se establecieron con sus familias en campos cercanos a la ciudad, y vivían comprando lo que deseaban y vendiendo en la plaza pública lo que habían robado a otros pueblos enemigos de los españoles. Con frecuencia se acercaban a nuestro colegio. El diario trato con los españoles fue limando poco a poco su ferocidad. Aletin y Chitalin, principales caciques de los mocobíes ya no rehusaron ser adoctrinados con los suyos en la santa religión, tanto por el diálogo frecuente de nuestros hombres como por sus pequeños regalitos. Los españoles, como nosotros, veían el inmenso /113 valor de que el pueblo de los mocobíes, los más temidos, aceptaran a Dios y al rey. En un lugar distante unas pocas leguas de la ciudad, nuestro Padre Francisco Burges, navarro, fundó una importante misión con el nombre de San Javier. Habitada primero por solo veinte familias, fue acrecentándose paulatinamente por nuevos ingresos, superando las esperanzas de todos. Como al principio fueron pocos, los Padres, ayudados por la generosidad de los españoles y sobre todo de los guaraníes, podían complacer no solo las necesidades de los mocobíes, sino también sus deseos y peticiones; de modo tal que, desechada su costumbre de robar, todos se alegraban de su suerte e invitaban a otros que vivían más al norte a hacerles compañía. Otros mocobíes que rechazaron el ejemplo de sus congéneres y la amistad de los españoles fueron castigados terriblemente, como ya dije, por Barreda, jefe de los santiagueños, muriendo alrededor de doscientos indios. Los sobrevivientes, por temor al desastre, se refugiaron en la reducción de San Javier, a la que también Barreda remitió muchos cautivos; y por esto decía en broma aunque con verdad que él era otro fundador de aquella reducción.

Acrecentada San Javier con mayor número de habitantes, hizo increíbles progresos en el aprendizaje de la religión. La marcha de sus asuntos era sumamente satisfactoria y más fecunda de lo que podría esperarse en bárbaros que hasta hacía poco habían sido feroces. Fueron abolidas las costumbres que tuvieran sabor a salvajismo o superstición, y en su lugar brotó todo tipo de virtud. Esa gente se embebió en el /114 conocimiento de toda la religión, y fue expiada con el Santo Bautismo ya que todos fueron considerados dignos de él. Se mostraron tan dóciles para creer todo lo que oían como morigerados para cumplir con lo que se les ordenaba. Acostumbrados hasta entonces a la lanza y las flechas, ahora contaban entre sus delicias poner las manos en el arado y la segur, u ocuparse en el cultivo del campo o la fabricación de sus casas. Se abrieron dos escuelas: una para que los niños aprendieran el arte de leer y escribir, con gran alegría de sus rústicos padres. La otra donde se aprendiera la música y el uso de los instrumentos que llevarían al templo. Encontraron un maestro en el Padre Florián Pauke, no solo muy diestro en la lira sino también muy versado en su composición. Por su cotidiana instrucción muchos llegaron a tocar muy bien la lira y a cantar, con lo que las funciones sagradas en el templo se embellecían en modo admirable, para beneplácito del pueblo. Creciendo por toda la provincia la fama de la música mocobí, fueron llamados con su maestro a las ciudades de Buenos Aires y de Santa Fe, donde demostraron que sus instrumentos estaban de acuerdo con todas las reglas de la música y cantaron con elegancia Misas y Vísperas. Todos siguieron con admiración y alabanzas, y muchos con lágrimas, la suave sinfonía recordando el terror que pocos años antes los mocobíes, padres de los jóvenes músicos, les provocaran a diario cuando sus bárbaras trompetas y sus griteríos resonaban en asaltos repetidos.

Yo no dudo de que los comienzos de la reciente reducción y sus progresos, se deba sobre todo, y con la ayuda de Dios, a las industrias y a los óptimos ejemplos de los caciques Aletin y Chitalin. Aquel, de índole muy tranquila y natural probidad, nunca omitió nada para lograr la corrección /115 de los suyos. Fue el primero en asistir todos los días al divino sacrificio, y el primero en las instrucciones de religión del mediodía. El mismo, haciéndose presente en el templo, tuvo la costumbre de convocar con la campana de bronce a los que en otro tiempo había animado, como enemigo de los españoles, con su trompeta de guerra. Si observaba cualquier cosa ajena a la integridad de costumbres, o la corregía allí mismo o se la señalaba al Padre para que la corrigiera, ya que lo seguía con prontísima obediencia y con todo tipo de servicios. Solo por esto se mostró el primero entre los demás: porque habiendo nacido más noble, trabajó más que ninguno en la casa y en la plaza. Yo conocí en él la virtud del simple y me agradó observarlo a diario. Chitalin, más famoso entre los suyos por su estirpe y sus hazañas militares, tuvo tal perspicacia que el Padre Bonenti, italiano, compañero un tiempo del Padre Francisco Burges, no dudaría en decir de él: "Demos gracias a Dios porque este indio Chitalin no conoció las letras; él solo hubiera sido suficiente para engañar a todos los mortales". Aunque de ingenio más vívido que los demás y de edad floreciente, arrogante y ensoberbecido por la fama de su virtud militar, se sometió a la ley divina y al deseo de los Padres, y fue para los demás una incitación a la vida virtuosa. Es increíble cuánto pesan y convienen entre los indios los ejemplos de sus caciques. En América sobre todo tiene lugar el antiguo adagio: El rebaño será como sea su rey. El tercer cacique de la misión de San Javier recibió en el bautismo el nombre de Domingo; era más joven que los anteriores, pero desde todo punto de vista superior a ellos. Cuando hacía ya algunos años que los demás mocobíes se habían reunido en este pueblo, no dejaba de robar en el campo cordobés y de sembrar el terror. En algún encuentro fue atravesado por la espada de un español, pero se curó rápidamente. Yo he visto a diario la horrenda cicatriz cuando cruzaba desnudo los ríos en mi presencia. Muy enojado con sus congéneres /116 mocobíes a causa de haber firmado la paz con los españoles, acosó pertinazmente por un tiempo sus pueblos; y cuando no encontraba ocasión de perpetrar muertes, robaba, repetidamente, caballos de los campos de pastoreo. El Padre Burges suplicaba todos los días a Dios que condujera a este hombre malvado a la virtud; y fue escuchado. El que antes había sido el más feroz y maligno, cuando se unió a aquella reducción, se volvió el mejor y más útil de todos. No hubo nadie más pronto que él a la obediencia, ni nadie más deseoso de la piedad y del trabajo. Dio el mejor ejemplo a todos, por ser de estirpe más noble que los demás y porque se decía que casi no había quién lo igualara en el conocimiento de la guerra. Algunos años después recibió del gobernador de Buenos Aires, Don Pedro Cevallos, la insignia de oficial, insigne premio a sus méritos.

Con el ejemplo de tales caciques, con su autoridad y celo, se logró por fin que el pueblo recién fundado fuera seminario de piedad cristiana, lejos del trato con pueblos sanguinarios. La santidad de los que habían aceptado la Iglesia Romana, la increíble delicadeza de los jóvenes de ambos sexos, la prontitud a la obediencia, la alegría por el trabajo, la concordia libre de todo litigio, la buena voluntad para sus sacerdotes, provocó la admiración de los españoles, que no podían olvidar su antigua barbarie. Pidieron el bautismo no solo para ellos mismos sino para sus hijos recién nacidos, aunque, por un error común a los bárbaros, consideraron que esto era letal para ellos. En las témporas de setiembre cuando oyeron o conocieron la crucifixión de Nuestro Salvador, todos deseaban ser crucificados juntos. Muchos se flagelaban duramente y muchos querían llevar a cuestas la cruz por la /117 calle, como los suplicantes; tal como en otro tiempo habían visto que los españoles más piadosos hacían en Santa Fe. Y los jovencitos no podían ser convencidos por amenazas ni consejos de los padres que se apartaran de la imitación de los adultos. A modo de flagelo usaban las más de las veces correas de cuero con nudos. Cuando no tenían cruces adaptaban yugos de bueyes, ejes de carro, maderos de gran peso, con forma de cruz. Manaba sangre en increíble abundancia de su cuerpo lacerado. Uno de ellos, viendo correr la sangre por la espalda de sus compañeros, exclamó en la plaza: "¡Ah! Cuánto nos cambió la instrucción de los Padres! Somos distintos a nosotros mismos y a nuestros mayores. Y esto es muy justo. Pues expiamos nuestras penas por tantos rebaños de caballos que hemos robado, por tantas muertes llevadas a cabo". Según una costumbre recibida de los pueblos bárbaros de jinetes, también las madres mocobíes acostumbraban a abortar sus hijos. Dejada de lado totalmente esta crueldad, suprimidas la poligamia, y el repudio de la mujer, pronto una numerosa prole enriqueció a la misión, pese a que las viruelas la agotaron una y otra vez. Si recordara cada una de las cosas que engrandecieron a esta ciudad, ¡cuántas páginas llenaría! Paso por alto las alabanzas de nuestros hombres que la regentearon. Consta con qué tolerancia, con qué sagacidad y prudencia, con qué dedicación al trabajo han transformado a estas fieras en hombres, a estos bárbaros en cristianos, han inculcado la verdad en sus espíritus y han curado sus cuerpos; si no has viajado a América, nunca podrás comprenderlo.

Con el Padre Francisco Burges, fundador y por muchos años regente de la fundación, trabajaron ya sea como sucesores o auxiliares los Padres Miguel Zea, José Cardiel, /118 José García, Bonenti, Manuel Canelas, José Brigniel, José Lehmann, Pedro Pol y Florián Pauke, que me había sucedido a mí cuando fui trasladado a los abipones y por cuyo trabajo comenzó la otra misión de mocobíes con el nombre de los Santos Pedro y Pablo. La dirigió el cacique Amokin, que hasta entonces había deambulado con terribles atrocidades con sus mocobíes por las fronteras españolas. Yo había conocido a este hombre muchos años antes, cuando serví de intérprete una vez que llegó a la ciudad de Corrientes para hacer algunas peticiones al gobernador para él y los suyos.

Ya habrás sabido que en el siglo pasado en Tucumán, cerca de la ciudad de Esteco, existió una importante misión de mocobíes con el nombre de San Javier. No quiero recordar acá, por considerarlo ajeno a mi propósito, su origen, su vida y su ruina. Una gran sedición desencadenada por los indios como una tempestad sobre Tucumán consumió a los españoles, que no tenían para reprimirlos, soldados ni armas. Parecía ya que debía llorarse por la ciudad de Esteco, en otro tiempo floreciente, si no se hubieran detenido las diarias vejaciones de los mocobíes. Alfonso Mercado, gobernador de Tucumán, viendo que no tenía armas, pensó que podría, firmar la paz sin hacer guerra, y eligió como intermediarios a dos jesuitas para apaciguar a los mocobíes. Y en verdad estos llegados desarmados pudieron calmarlos con sus palabras, porque nunca los habían acosado con el hierro. Los bárbaros ofrecieron la paz y sirvieron al gobernador en Tucumán. Pero cuando supieron que había sido reemplazado por Angel de Peredo, retomaron las armas enseguida, con gran perjuicio de la provincia, como otras veces. El nuevo gobernador, que castigaría e impediría los estragos, ejercitado en guerras en Bélgica, y en Portugal, convocó a las armas a cuantos españoles /119 pudo y a los indios civilizados. Comenzó por penetrar una y otra vez en el Chaco para desbaratar los grupos de mocobíes y regresar a su tierra. Pero el tremendo ruido de estas victorias no produjo frutos, ya que, aunque la expedición fue muy exitosa, no sirvió para estabilizar la tranquilidad de la provincia sino para irritar más los ánimos de los bárbaros sobrevivientes; y las mismas victorias serían semilla de nuevas muertes para los vencedores. La experiencia de muchos años enseñó a los españoles que los indios deben ser más temidos cuando son vencidos que cuando vencen. Pues los que se salvan de la matanza, aunque sean muy pocos, se atreven a cosas extremas contra los españoles victoriosos, duplicando su espíritu y sus fuerzas, inflamados por el recuerdo de la muerte recibida y supliendo así la falta de número. El gobernador hubiera logrado la seguridad de la provincia si hubiera acumulado victoria sobre victoria en cuanto los mocobíes fueran destruidos. Pero ese varón, belicoso en otras oportunidades, comenzó a eludir las excursiones a los bárbaros. Acostumbrado a los campamentos europeos había visto que en aquellas ásperas soledades de América era otro el modo de combatir y que se presentaban otras dificultades que él nunca podría dominar totalmente y que difícilmente podría tolerar; y en lugar de los armados y barbados guerreros europeos, aquellos desnudos e imberbes jinetes de Paracuaria le daban más trabajo, por que supieron defenderse con la rapidez de su huida o escondiéndose, cansando y esquivando al ejército que los perseguía. Apaciguado con su experiencia, Angel de Peredo consideró los caminos más suaves con los que tranquilizaría los ánimos de los mocobíes. Había logrado por fin con regalitos y chucherías que un grupo de aquellos, depuesta su enemistad, se establecieran en los lugares vecinos a la ciudad de Esteco y se sometieran a la misión que llamó San Javier. Se firmó /120 la paz con sincera intención, comienzo segurísimo de buenos frutos con que abrazarían la religión romana. Para establecer a los bárbaros fueron designados nuestro Padre Diego Altamirano, nacido en España de noble familia, antes maestro de teología, que estuvo al frente de la provincia Paracuaria y al Padre Bartolomé Díaz, nacido en Tucumán, conocedor de su lengua. Pero el previsor gobernador no les permitió vivir entre los mocobíes, ya que, por conocer la barbarie de los discípulos, quería cuidar la vida de los maestros, aunque ellos mismos desearan mil muertes por causa de la religión. Y aunque por orden del gobernador pasaran la noche en la ciudad de Esteco, se consumían en la enseñanza de los indios. Debían hacer cada día ocho leguas a caballo de ida y vuelta, ya que el lugar elegido estaba a cuatro leguas de la ciudad. Se levantó allí un pequeño templo y una gran cruz junto a la que cada día se desarrollaban las enseñanzas de la ley divina. Los Padres se hacían acompañar por algunos niños más dóciles para enseñarse mutuamente las lenguas mocobí y española, y para que fueran luego intérpretes y norma de costumbres cristianas entre los suyos en el futuro. Los Padres no ahorraron ningún trabajo para cultivar a ese pueblo; sin embargo no obtuvieron ninguna paga a sus esfuerzos a no ser el bautismo de no pocos niños antes de morir. El gobernador, que apenas arrojada la semilla exigía los frutos fuera de tiempo, oponiéndose a ambos Padres y pretextando distintas cosas, se opuso a la misión, o por decir con rectitud, al rudimento de misión. Distribuyó a sus habitantes mocobíes y a otros bárbaros que había tomado en su última expedición al Chaco, por las ciudades de Tucumán para que sirvieran a los españoles. Con esta liberalidad se ganó los ánimos de éstos y les pagó el trabajo que se habían tomado para realizar las excursiones al Chaco. Pero los pueblos bárbaros, y principalmente los /121 mocobies, alejados del suelo patrio concibieron un nuevo odio al nombre español y castigaban por aquel tiempo lo que ellos consideraban una injuria recibida, siempre perjudiciales y siempre hostiles para toda la provincia.

No hay que dudar, pues, de que en otro tiempo y lugar el gobernador estableció una primera reducción de San Javier. Pues por el mismo tiempo en que los Padres enseñaban la religión a los mocobíes, sus congéneres y vecinos asolaron duramente al Chaco. Y los más prudentes no aprobaban el lugar de la misión, pues la ciudad de Esteco que pocos años después fue totalmente destruida por un terremoto, por entonces abundaba tanto en públicos flagelos como en fortunas y riquezas; eso lo supe yo por los mismos españoles. Los vecinos mocobíes que preferían más dar crédito a sus ojos que a sus oídos, y eran arrastrados más por los ejemplos de los viciosos y borrachos que por los sermones de los Padres, pensaban que siempre les estaría permitido lo que habían visto hacer a los habitantes cristianos abierta e impunemente. Esta fue, entre otras, la principal causa por la que la otra reducción de San Javier fuera fundada en nuestro tiempo a treinta leguas de la ciudad de Santa Fe, para que los ejemplos de los impíos, que nunca faltan aún entre los ciudadanos más probos, no cayeran a la vista y la mente de los mocobíes y los lastimaran como la helada a las tiernas plantas. Lo que sobre todo debían cuidar los Padres era que los indios que serían sus discípulos en la escuela de Cristo no se mezclaran con las promiscuas costumbres de los cristianos, pues penetrarían en muchísimas inmundicias y nefastas pasiones que ellos mismos siempre habían ignorado, o ciertamente habían abominado. Consta /122 que no sólo los españoles vivían en Paracuaria; también los africanos y los mulatos y mestizos, mezcla de españoles e indios dignos por su estirpe y probidad siempre llegaron a nuestros pueblos, porque los recibimos con honores y les permitimos vivir en nuestras casas, sentarse a nuestra mesa y recorrer y observar cuanto quisieran todo lo que había ellas. En la reducción de San Joaquín y en otras en las que viví pasaban pocos días en que no tuviéramos visita de algún huésped español. Sin embargo en las leyes reales se previó que no se recibieran en un pueblo de indios hombres de mal vivir, porque pervertirían o engañarían a los estúpidos indios. Nunca pudo ser excesiva ni suficiente cualquier vigilancia o solicitud de los Padres para defender la reducción. Aunque pícaros de este tipo llegaran más de una vez sin intención de perjuicio, raramente dejaron de hacer daño. Pues engañaban a los indios con vestidos u otros regalos, o corrompían a los inocentes con actos lascivos, o, lo que fue muy frecuente, llevaban a sus casas o jovencitas, niñas núbiles que quitaban a escondidas de las mujeres casadas para su servicio doméstico o a menudo para los usos más bajos. ¡Qué gran campo se me ofrece para escribir y lamentar! Pero lo ahorro por pudor. Porque si leyeras en algún libelo que los españoles fueron rechazados y expulsados por los jesuitas de los pueblos de indios, sabrás que eso fue escrito con ánimo de calumnia por ignorantes o malévolos. Siempre fue costumbre de los envidiosos atribuir el vicio como la mejor alabanza. Nosotros sabemos por experiencia que la disciplina cristiana y la integridad floreció mucho en las fundaciones de indios que /123 estaban lejos de las costumbres y la vecindad de los españoles. De ahí que el Padre Francisco Burges con prudente consejo estableciera la reducción de San Javier a treinta leguas de Santa Fe, velando por la virtud de sus mocobíes. Aunque también en ese lugar debió vigilarse con diligencia a los que llegaban, porque a veces propalaban cosas perniciosas para los indios y, si la ocasión se les presentaba, perpetraban cosas obscenas. Un mulato llevó al Padre unas cartas de la ciudad. En su camino vio a una niña mocobí a caballo que juntaba leña dura para el fuego en la selva cercana. El jinete la siguió y le mostró su propósito criminal con gestos desvergonzados, ya que no pudo decirlo en la lengua mocobí, que desconocía. La niña, temiendo por su pureza y no pudiendo eludir el peligro de otro modo que con la fuerza, le arrojó un palo a la cabeza, acabando con aquel golpe al mismo tiempo con la vida y el deseo del lascivo; con más tuerza y felicidad que Lucrecia, la heroína romana: ésta vengó con la muerte su pudor violado por Tarquinio; aquella conservó su vida y su pudor con la muerte de su agresor.

Los abipones, frecuentemente recibieron hospitalidad y vivieron libremente en San Javier por su amistad con los mocobíes. Cautivados tanto por el suave coloquio de los Padres como por sus regalitos, comenzaron a probar y a desear para ellos aquél género de vida en el que veían descansar a los mocobíes. Kebachin, de célebre nombre entre los abipones, prometió que él habría de hacer que sus compañeros pidieran también a los españoles misiones para ellos. Debayakaikin, (llamado por los españoles el Petiso, por su baja estatura,) fácilmente el principal de los caciques abipones, deseó vivir bajo nuestra disciplina en territorio de Santa Fe. Pero cuando el /124 teniente de gobernador de Santa Fe designó para fundar una colonia las costas del río Salado, los abipones desaprobaron totalmente ese sitio y se suspendió un trabajo de tanto tiempo. Ychoalay, más sagaz que los otros, decía que los españoles habían pensado en ese lugar para la futura colonia para tener sometidos a los abipones como tienen a los calchaquíes que aún quedan en el Carcarañal. Por miedo a la servidumbre y por amor a la antigua libertad desechó el saludable consejo con gran detrimento de los españoles y también suyo. Los bárbaros preferían ser enemigos de los españoles antes que servirlos. Por qué medios se lograría por fin que casi todo el pueblo de los abipones fuera conducido a cuatro nuevas misiones, queda por exponer más adelante en detalle.

 

Capítulo XIII    /125

LA PRIMERA REDUCCION DE SAN JERONIMO, FUNDADA PARA LOS ABIPONES RIIKAHÉS

 

Córdoba, cansada de la guerra e impotente ante las calamidades, prefirió ver aplacados y apaciguados a los abipones. Para procurar esto con felicidad, usó exitosamente el trabajo del Padre Diego Horbegozo, cántabro, que entonces estaba en el colegio de Santa Fe cumpliendo allí el oficio de Procurador de la Provincia. Este, como era de penetrante ingenio, de singular facundia y de especial conocimiento de la religión, aceleró el negocio que le fue encomendado. Trató diligentemente con los abipones que iban con frecuencia a la ciudad de Santa Fe y con el teniente de gobernador Francisco de Vera Mujica: con éste para que estableciera la reducción, con aquéllos para que la, aceptaran. Ambos accedieron a sus deseos. Neruigini, llamado también Ychamenraikin, principal cacique de los abipones Riikahés, antes de ofrecer la paz a todos los españoles, no se opuso a que los jesuitas llevaran a los suyos a la religión, con la sola condición de que los jóvenes fueran, sí, ciertamente instruidos en los elementos de la religión, pero que nadie obligaría a los adultos a aprenderla. Nosotros que ya estamos viejos, decía el bárbaro, queremos vivir y sentir a nuestro modo. No queremos en absoluto cansar nuestra cabeza aprendiendo cosas nuevas. El teniente de gobernador suscribió entonces esta condición no óptima, porque estaba convencido de que los Padres con el tiempo darían oportunidad a los oídos y a los espíritus de aceptar la verdad. Entonces pensó que esa paz, que resolvería /126 la pública tranquilidad, tantas vidas de mortales y tantas fortunas aunque ofrecida bajo cualquier condición, debía ser abrazada con ambas manos.

Se dejó sabiamente que los abipones eligieran el sitio donde se establecería la ciudad. Estos eligieron la costa norte del río que los españoles llaman Del Rey y los indios Ychimaye, de las calabazas. Este lugar dista de Santa Fe setenta leguas. Si se mira de sur a norte está propiamente en la mitad [de las tierras] que este pueblo considera suyas. La inmensa planicie que se extiende unas doscientas leguas está interrumpida aquí y allá por selvas feraces de árboles muy útiles, de modo que ofrecen abundante pastoreo para todo tipo de ganado, leña apta para el fuego y para la industria, y gran variedad de fieras para los cazadores. La tierra es óptima y apta para cualquier semilla. No busques allí una piedra, ni siquiera un guijarro. Nunca encontrarás ningún manantial. Con frecuencia te faltará agua dulce, y siempre agua límpida pues toda la que se bebe se saca de las lagunas allí existentes. Y la mayoría de los ríos que se encuentran son de escaso caudal y llevan agua turbia, caliente, amarga y tan salada que repugna hasta a las bestias cuando no son endulzadas por las fuertes lluvias caídas. Lo mismo debe decirse del principal río de esta zona, el Ychimaye. En él hay abundancia de peces, tortugas, cocodrilos y tres tipos de lobos de agua. La larga sequía de muchos meses lo seca totalmente y puede ser cruzado a pie como un vado; y donde no hay agua, queda la sal. El Paraná, que recibe sus aguas cerca de esa fundación, /127 crece de tal modo con los aluviones y las abundantes lluvias, que desbordando sus orillas, se esparce como un lago, y aunque entonces traiga agua dulce, crea increíbles molestias y peligros a los viajeros. Con las aguas estancadas se forman por todas partes pantanos y por todas partes cieno y apenas encontrarás un palmo de tierra en donde apoyarse seguro. Debía cruzarse esa costa tan llena de dificultades cuantas veces se quisiera llegar a la colina en la que se recuesta la nueva reducción. Este lugar fue elegido por los abipones, siempre en desacuerdo con los españoles, porque allí nunca los podrían oprimir con insidias. Y pensaron que esta dificultad para cruzarlo demoraría a los españoles que fueran llegando y sería para ellos una defensa. Por eso, tranquilizados los ánimos y desechados los recelos contra la perfidia española, se les pidió algunos años más tarde que pasaran la fundación a la costa sur por ser un lugar mucho más ameno y amplio. En general los demás caciques abipones eligieron para las fundaciones de Concepción, San Fernando y del Rosario esos sitios, en los que de ningún modo podían temer la súbita llegada de los españoles. Por eso, como siempre recelaron de la confianza de sus nuevos amigos, buscaron refugio en estos sitios.

De lo que dijimos acerca del lugar de la reducción podrás deducir que nosotros a menudo y por mucho tiempo hemos trabajado allí con falta de agua dulce. Después que una sequía de dos años agotó los lagos y ríos de menor caudal, quedamos en tal angustia, que por un tiempo debíamos ir a buscar agua al único pantano en donde a diario bebían tanto los hombres como todo tipo de animales. Era /128 semejante a una salsa espesa con más limo que líquido, que no podía bebérsela sino después de colarla cuidadosamente. Suaviza la boca del sediento, pero hiere las narices con su hedor. ¿Acaso podía oler a bálsamo o azafrán un agua podrida, rancia, llena de innumerables sayos y sanguijuelas, sucias por las patas y excrementos de los animales? Sin embargo no había a mano otro remedio para la sed. Cavando un pozo de una profundidad de catorce codos, con ímprobo e irritante trabajo se obtenía agua salada. El gran Paraná distaba de la reducción dos leguas. La costa más baja que mira al Chaco está cercada como por una valla por pantanos y cañadas y por densos grupos de árboles, que hacen difícil el acceso tanto a pie como a caballo. A esto se suma el aire con multitud de mordaces mosquitos, y el suelo lleno de terribles serpientes y de tigres. Y esta es la razón por la que la reducción no pudo ser movida a la otra orilla. En tiempo de las crecientes, que se producen dos veces por año, el río no se contiene en sus altas riberas y se esparce hasta una o dos leguas. La orilla opuesta del Paraná que ocupan los pueblos de los españoles se eleva por todas partes en rocas y barrancas, y cuando por la creciente se propaga fuera de su cauce, no está libre de peligro, cosa que con gran frecuencia sufrió la ciudad correntina. Esto es lo que digo acerca del lugar de la reducción. Ahora sigamos con lo demás.

Cumplidas las diligencias en la ciudad de Santa Fe, el mismo Rector del Colegio, Diego Horbegozo, haciendo a caballo un molesto camino de varios días, se dirigió al campamento de abipones en las costas del río Ychimaye, tanto para ganarse la voluntad de todo el pueblo como para observar la conveniencia del lugar donde debía establecerse el pueblo. Después de asegurarse del propósito de los abipones, /129 volviendo a la ciudad, adquirió entre los españoles elementos sagrados para los oficios religiosos, los instrumentos para la agricultura y la fabricación de casas, y, lo más importante, los rebaños necesarios para el sustento de los indios, cosas sin las que no podría ni fundarse ni conservarse la reducción. Pero quienes, por un deseo de paz, prometieron montes de oro a los indios para apartar el cuchillo de los abipones de sus cuellos, fueron parcos y tardos en cumplir sus promesas, sobre todo los cordobeses. Hubiera sido más fácil acomodar los hechos a las palabras. La preocupación no sólo de enseñar sino de alimentar a los indios recayó solo en los padres, que vivían siempre afligidos por la constante carencia de las cosas más elementales. Se pidió con ruegos algún subsidio del erario real, pero nunca igualó a las necesidades de la reducción y la esperanza de los bárbaros. Fueron designados dos compañeros nuestros para cuidar de la reducción: José Cardiel, un castellano, varón de intrépido espíritu, y ya apóstol de varios pueblos, y Francisco Navalón, también castellano de afable índole, muy idóneo en problemas de economía, y que sirvió durante veinte años en esta reducción.

En el año 1748 por fin el teniente de gobernador de Santa Fe fue enviado con dos Padres y un grupo de soldados al lugar destinado a la misión. Se hospedaron en la choza de los Padres y en otra del cacique Neruigini, construidas de madera y barro y cubiertas con pasto seco. Cayó una gran lluvia y más parecía llover en la casa de los Padres que en el campo. La construcción de la casa era tan mala, que el europeo guardián de las armas y los ganados no descansó en absoluto. Las puertas eran tan bajas que /130 no pasaría por ellas un niño de diez años sin agacharse. Los abipones reunidos en aquel lugar usaban como casa unas esteras, hasta que después de algunos años, por las enseñanzas de civilidad, las costumbres religiosas y por los Padres, se hicieron unas casas un poco más decentes. Y en verdad esta construcción cuán poco hubiera durado si los mismos Padres no hubieran puesto sus manos y su consejo en la obra, siendo al mismo tiempo arquitectos, obreros y peones. Nuestra casa fue rodeada de una cerca de estacas para que sirviera de defensa contra las incursiones de los bárbaros hostiles, y pudiera contener a las mujeres con sus hijos mientras los hombres pelearan en las calles. Casi trescientos abipones Riikahes formaron al principio ese pueblo con sus principales jefes Neruigini e Ychoalay. Los caciques Naare y Kachirikin, con sus numerosos yaaukanigás también permanecieron allí hasta que se fundara para ellos la reducción correntina de San Fernando. Algunos meses después se agregó Lichinrain, y después Ychilimin y Kebachichi con sus grupos; y enseguida afluyeron otros y otros. Atraía a la mayoría no el deseo de la religión, sino la novedad. Para no pocos fueron imán y anzuelo la esperanza de regalos, el deseo de carne de vaca que cada día se distribuía, y la seguridad. La mayoría pedía a los Padres comida y ropa, no enseñanza; cosa común a todos los bárbaros. Los conocedores afirman que la reducción de San Jerónimo está ubicada en los 28º 50’ de latitud y 317º 40’ de longitud.

Trasladado el Padre Cardiel por decisión de los superiores a los mocobíes, fue reemplazado por el Padre José Brigniel de la Provincia de Austria; nacido de padre francés /131 y e madre carintia, gran conocedor de música y de astrología, y perfecto conocedor, además del latín, de las lenguas francesas, alemana, italiana, española y guaraní, pues vivió once años en las fundaciones guaraníes y fue Rector durante cuatro en el colegio de Corrientes. Yo conocí su diligencia y singular afabilidad que siempre realzaba con la santidad de sus costumbres, cuando fui su compañero en la misión de San Jerónimo durante dos años, y su discípulo de la lengua abipona. Parecía nacido y hecho a propósito para el ingenio de los abipones. Estos se asustan de los hombres severos, huyen de los arrogantes, y son cautivados con mucha facilidad. Ya dije en otro lugar cuanto trabajó investigando la lengua abipona, y escribiendo un abundantísimo vocabulario, una gramática, un catecismo y oraciones. Escucha ahora cuánto le deben todas las poblaciones de Paracuaria. Cuando los abipones firmaron la paz con la ciudad de Santa Fe, esto fue común beneficio para toda Paracuaria, y los principales caciques pidieron que se los llevara a la reducción de San Jerónimo. Se hicieron presentes Debayakaikin, el jefe de todos, Kaapetraikin, Kebachin, Alaykin, Malakin, Ypirikin, Oaaikin, Oaherkaikin, todos abipones nakaiketergehes; y Naaré y Kachirikin, abipones yaaukanigás. Cada uno de los caciques tenía como comitiva un grupo escogido de sus jinetes, de rostros terribles. Los caciques riikahes, Ychamenraikin, Ychoalay, Lichinrain y Kebachichi, ya vivían en la fundación de San Jerónimo, donde se celebró el encuentro. ¿Debía aceptarse la paz que todos los españoles ofrecían con la mejor confianza? ¿Todo el pueblo de los abipones concedería la paz a todos los españoles sin distinción? Estas eran /132 las deliberaciones en aquel consejo bárbaro. Primero hubo gran disensión en los ánimos y las opiniones. La sentencia de muchos era que la amistad debía concederse a los santafecinos, cordobeses y santiagueños; no así a los correntinos y paraguayos. Negaban una paz universal que comprendiera a todos los españoles. Con esta tregua, decían, el uso de las armas y el antiguo deseo de gloria militar languidecerá entre nosotros. El fuego innato para la lucha en el espíritu de nuestros jóvenes se acrecienta con el odio. Afeminados como los indios pedestres seremos subyugados por los españoles, aunque antes les hayamos resultado temibles. Lo que más debemos cuidar es no temer a nadie y ser temidos por todos. Nos parece necesaria la guerra con una de las provincias españolas para que nos quede la oportunidad de robar y de proveernos para nuestros usos cotidianos. Obtendremos más siendo enemigos que amigos de los españoles. Es más ventajoso ser temidos que amados por ellos, y ¿quién de nosotros les ofrecerá una amistad vacía de odios o deseo de venganza si recuerda con cuánta pertinacia y acritud fuimos atacados durante tantos años en toda esta provincia? Los vencidos raramente aman a los vencedores. La mayoría aprobó estos dichos más por amor a la libertad que por su verdad, y sentenciaron que algunos territorios de los españoles serían excluidos de la paz común para que no les faltara totalmente teatro de guerra, ocasión de rapiñas y ejercitación en las armas. Estos bárbaros se parecen a los antiguos romanos que no querían destruir a Cartago para no quedarse sin un enemigo con quien ejercitar su virtud militar. /133

Ychoalay por el contrario, más sagaz y más elocuente que los demás, los persuadió con el mayor empeño de que fue capaz, que la paz debía extenderse a todas las provincias españolas. "Yo afirmo – decía – que la amistad que todos los españoles nos ofrecen, no sólo debe ser concedida a todos, sino también que debe ser abrazada con ambas manos como un beneficio. Los fútiles argumentos que algunos de vosotros ofrecisteis para negar la paz me parecen más que fútiles; ¿teméis que los espíritus de nuestros hombres decaigan por el ocio o que vuestras armas se oxiden? ¿Acaso no faltarán nunca tigres, leones, osos hormigueros, ciervos, gamos, avestruces o bandadas de aves o de peces contra los que podréis arrojar las lanzas y cuantas flechas tengáis? Si tan grande ardor de pelear tenéis, volved vuestras armas y vuestras iras contra los yapitalákas, oaékakalotes, ichibachí, raregránraikas, petegmeka y otros pueblos que siempre nos han hostigado. Si tan gran deseo tenéis de guerrear, a diario tendréis oportunidades. ¿De tal modo el recuerdo de las antiguas victorias, olvidando el futuro, enciende e inflama vuestros espíritus en confianza, que os lleva al desprecio de todos vuestros amigos españoles? Recordad también las muertes que les ocasionamos. ¿No podéis olvidar nunca las matanzas que soportaron cuantas veces quisisteis? Nos forjaron sucesos favorables o adversos; no creemos pues que la suerte de la guerra no nos será voluble y equívoca. Yo en verdad siempre preferí una segura paz con todos los españoles antes que esas inciertas victorias que esperáis sobre ellos. ¡Cuán grato nos será dormir de aurora en aurora, depuesto el temor a los españoles, por cuya proximidad pasamos en otro tiempo tantas noches insomnes¡ ¡Cuantos días de hambre soportamos! ¡Cuántas lagunas y ríos cruzamos fugitivos para llegar por fin a selvas y escondrijos remotos /134 en donde salvamos la vida! ¡Ah! Da vergüenza y pena recordar aquellos temores. ¿Acaso la esperanza de robos os aparta de la promesa de paz universal? Temo que continuando la guerra, seamos nosotros mismos botín de los españoles, como los calchaquíes, mucho más numerosos y, si me lo permitís, mas belicosos que nosotros. De una nación tan numerosa hace poco tiempo, hoy sólo veis unos pocos sobrevivientes que pueden contarse con los dedos de la mano. Aprendamos sabiamente en su ejemplo para que no nos oprima alguna vez su misma suerte. No sólo debemos prever todas estas cosas sino también cuidarnos de ellas. Considerad una y otra vez que si ahora rechazáis la amistad de todos los españoles lo lamentaréis cuando ya sea tarde; que su enemistad será funesta para todo nuestro pueblo. Y considerad que os he dicho estas cosas no por temor a los españoles sino por amor de los vuestros. Ninguno dirá que soy indolente o temeroso. Desde hace muchos años he sido entre vosotros jefe o compañero, y no he escatimado mi sangre ni mi cabeza ante los españoles".

Como Ychoalay, hablando de este modo a la asamblea de los bárbaros, no convenció en absoluto a los más obstinados, agrego estas cosas: "Parece que hasta aquí he cantado cosas vanas a oídos sordos. Si mis argumentos no os convencen, si los peligros de la guerra no os atemorizan, si las dulzuras de la paz no os alientan, al menos la conmiseración ablandará vuestros ánimos. ¡Ah! grupos de abipones y mocobíes, cautivos de los españoles, viven toda su vida en mísera servidumbre, más dura aun que la muerte. Los niños arrancados del seno de sus madres, las esposas de los brazos de sus maridos, nunca volverán a nosotros si nosotros no volvemos al favor con todos los españoles. Ligados a nosotros por lazos de sangre /135 y por antiguos convenios, desterrados de su patria, dispersos por los miserables rincones en ciudades y predios, sometidos a gobiernos extraños, oprimidos por trabajos, se lamentan y se consumen en la tristeza. En vuestras manos está la libertad de tantos miserables, y hoy puede ser comprada con la promesa de una paz universal. Consideradlo una y otra vez, os lo ruego: ¿Os favorece irritaros con vuestros enemigos, o compadeceros de los amigos y enjugar sus lágrimas? Mostraréis, apurando la paz ahora, una fortaleza de ánimo más ilustre que la que otras veces probasteis con las armas". Esto discurso de Ychoalay tuvo gran peso entre los bárbaros, que, apaciguados repentinamente los espíritus, todos a una siguieron el consejo del orador. Fue firmada la paz con todas las ciudades de cristianos que en Paracuaria estaban bajo la dirección de José Brigniel, que empleaba la convicción en lugar de la fuerza. Por la sinceridad y la absoluta confianza con que los abipones ofrecieron su amistad a los españoles, cada cacique tomó a su cargo cada uno de los territorios de los españoles para vigilarlo a fin de que ningún abipón ocasionara violencia o daño a ningún español. Debayakaikin fue designado como guardián de la ciudad de Asunción; Kebachichi, de Corrientes; Alaykin, de Santiago; Ychamenraikin, de Santa Fe, e Ychoalay, de Córdoba. A cada uno de ellos le encomendaba la seguridad e incolumidad de la provincia confiada a él, y la protección contra los suyos, al modo como en Alemania los marquiones han sido establecidos por los emperadores para defender las fronteras de la patria.

A los pactos se agregó la cláusula de que se concedería a los abipones y mocobíes cautivos de los españoles amplia libertad de volver a los suyos. Para que el precio de la /136 libertad fuera íntegro, también los cristianos cautivos de los abipones debían ir donde quisieran. Así muchos volvieron a Córdoba, a Asunción o a Corrientes, rescatados por medio de espadas, frenos, sombreros, vestidos de lana o bolas de vidrio. No pocos de los cautivos, tanto españoles como negros o guaraníes no quisieron de ningún modo volver al suelo patrio, ya que acostumbrados a vivir entre los abipones, consideraron que perderían la libertad de que gozaban estando en su servidumbre. Sólo en la reducción de San Jerónimo permanecieron espontáneamente más de cuarenta y siete de ambos sexos; pero, en las nuevas reducciones, soportaron menos que los mismos bárbaros, las pestes, los impedimentos de la religión, la disciplina de los Padres; y urdiendo infamias y fraudes, fueron tales que, salvo el bautismo que habían recibido siendo niños, nada conservaban de las costumbres cristianas. A menudo lograban que sus mismos amos bárbaros los detestaran y maldijeran por feroces, inmorales, llenos de bajezas y más faltos de pudor de lo que podría creerse. Lo mismo había que lamentar en los abipones cautivos que regresaron de las tierras españolas. Entre los cristianos aprendieron crímenes que ni de nombre habían oído entre los bárbaros. Sin embargo, muchos, tanto abipones como mocobíes, instruidos en la religión entre los españoles e imbuidos de las costumbres civilizadas, no podían ser convencidos con ningún ruego de que volvieron a su patria. Conocí a algunos de éstos que, contentos con su suerte, ejercitados en las artes manuales, vivían en las ciudades con gran ponderación de su probidad.

Apenas me atrevería a determinar si durante este tiempo en que se deliberó acerca de la paz fueron más frecuentes los debates o las bebidas. Pues los abipones no se consideran suficientemente perspicaces para deliberar o meditar algo /137 importante que se les ha propuesto si les falta la bebida. Les parece que reciben de ella la rapidez en las decisiones, la facilidad de palabra y la dureza de ánimo. Lo resuelto en esta asamblea de la paz fue más grato a los españoles porque era menos esperado. Hubieras visto revivir a toda la provincia, exultar con públicas demostraciones de júbilo, como suelen hacerlo los navegantes cuando tocan puerto después de prolongada tormenta. Pero en verdad fue breve e inestable esta alegría de los españoles. Aunque todo el pueblo de los abipones guardó fielmente los pactos, pocos meses después unos pocos, olvidando la fe dada, reanudaron las hostilidades. Oaherkaikin con algunos de los suyos vejó el territorio de Asunción con sus muertes y rapiñas. Mientras los demás caciques desconocían o apoyaban sus incursiones, sólo Ychoalay, indignado por su perfidia, juzgó que no solo él debía vengar la injuria inferida a los españoles, sino también borrar la mancha del nombre de los abipones. Supo que los compañeros de Oaherkaikin eran muy pocos. Así, lleno de indignación y de esperanza, inició el camino para buscarlo con un pequeño grupo de los suyos. Pero ya habría de afligirse por los muchos compañeros de Debayakaikin, que esperaban venir en ayuda de Oaherkaikin. No creyó conveniente tocar retirada y fue tentado por el azar de la guerra. Muy pocos riikahes lucharon por un tiempo con muchísimos nakaiketergehes, aunque hubo más gritos y sonido de trompetas que sangre. Este choque entre los dos dejó algunos muertos y heridos en ambos bandos. Pero poco faltó para que Ychoalay, de no haber huido con los suyos, fuera oprimido por la abrumadora mayoría. Pensando en su vida, arrojó la lanza y porque fue el más recto entre los suyos abandonó la lucha, como así también sus dos compañeros. Las tres lanzas, como /138 entre los europeos las banderas arrebatadas al enemigo, adornaron la victoria de Oaherkaikin como trofeo. Los riikahes dejaron al enemigo junto a ella muchos caballos que los combatientes de a pie habían dejado a sus espaldas según es costumbre. Ante el urgente peligro de muerte y para apurar la huida se sentaban en un mismo caballo de a dos o tres; unos desarmados y otros desnudos porque habían dejado sus ropas, todos sin gloria, volvieron a la reducción de San Jerónimo con la mayor rapidez que les fuera posible. De tal modo la fortuna abandonó a una causa muy justa. Hubo muchos que lamentaron la suerte de Ychoalay; la mayoría insultó su excesiva audacia. Y esta expedición poco importante fue el origen de una guerra que duró veinte años, con fortuna cambiante, entre los riikakes y los nakaiketergehes afligiendo y perturbando durísimamente las cuatro nuevas reducciones, sobre todo la de San Jerónimo. Trataré rápidamente de la principal; pues si quisiera detallar las vicisitudes de cada una de estas guerras me saldría un vasto volumen y gastaría más tinta que sangre se derramó en toda la guerra. Ahora deseo presentar la figura de Ychoalay y de Oaherkaikin, autores de la guerra.

 

Capítulo XIV    /139

LAS COSAS MAS DIGNAS DE RECORDAR ACERCA DE YCHOALAY Y OAHERKAIKIN, AUTORES DE LA GUERRA

 

No te rías si comparo a esta guerra abipona con la de Troya. Esta fue más cruenta. Aquélla fue realizada, con mayor ruido y obstinación. El rapto de Helena arrojó a griegos contra troyanos; la gloria militar, a abipones contra abipones. Una fuerza no quería ceder ante la otra; una nunca podía superar a la otra. Así, mientras duró el litigio, nada fue decisivo más que las muertes y estragos sufridos. Troya fue capturada por los griegos después de una guerra de diez años, después que murieron ochenta y seis mil griegos y seiscientos setenta y seis mil troyanos, si no consideras que es fábula lo que los griegos nos dejaron como historia. La reducción de San Jerónimo fue acosada durante dos decenios, nunca abatida. Nosotros no vimos el fin de la guerra mientras estuvimos en América, aunque en verdad la deseamos. Sus principales autores fueron Ychoalay y Oaherkaikin, como rayos de esta guerra. Y si, con tu venia, se me permite usar grandes ejemplos en cosas pequeñas, diré que aquél fue como Héctor, defensor de su patria, y que éste fue Aquiles, defensor de la fe y de la ofensa de toda Grecia. Ninguno de los dos reclamó para sí el título de cacique, aunque ambos, como cualquier cacique, tuvieran sus seguidores en las expediciones hostiles por su valentía y sus glorias militares. Los caciques abipones, como ya dije en otro /140 lugar, lo son tanto por derecho de herencia como por elección del pueblo en virtud de sus méritos y virtudes, y son llamados nelareykate o capitanes. Algunos, aunque nacidos de oscuro origen, obtienen ese cargo por su virtud militar y el éxito en sus expediciones y reciben el nombre de yápochi, valientes. Ychoalay y Oaherkaikin pertenecían a esta clase. ¡Ah! He aquí algunos rasgos de este último:

Oaherkaikin fue compañero del principal cacique nakaiketergehe Debayakaikin, y en seguida conductor de otros. Tuvo origen mediocre. Delgado, de firmes huesos, de tez pálida, rostro tétrico, de ojos pequeños y huidizos, de color que se acercaba al rojo, de cabellos cortos y tonsurados en parte como los monjes, cubierto de abundantes cicatrices, con las orejas perforadas en las que llevaba trocitos de cuerno de buey como aretes, siempre amenazando y escrutando, amante de las copas abundantes, muy parco en palabras, de increíble facilidad para sus seguidores, de odio implacable a los españoles, siempre temible aunque no amenazara, versado hasta el estupor en el uso de la lanza y las flechas y en las artes de cabalgar y de nadar, muy tenaz en las supersticiones bárbaras; aunque rico por sus botines de guerra, siempre despectivo de las ropas elegantes, cubierto con pieles de nutria, de ánimo intrépido como ningún otro, y aunque dispuesto a escuchar, negligente en las promesas, mentiroso y embustero, y muy digno de su nombre que significa mentiroso. Tanto como fue fogoso contra el enemigo que debía eludir y rechazar, fue violento para castigarlo. Supo una vez por sus espías que el teniente de gobernador de Corrientes, Nicolás Patrón, varón animoso, dominaba su campamento con ciento cincuenta jinetes y ánimo hostil. No se expuso a ser buscado por los españoles. El /141 mismo, dejando, a las madres con sus hijos en la toldería, les salió al encuentro con unos diez de los suyos. Temible con su atuendo militar, con el rostro teñido de negro para inspirar terror, con flechas y lanzas, se ubica en un lugar seguro donde tenía por la espalda una selva y por el frente un arroyo libre de vados. Advierte por medio de un cautivo intérprete al teniente de gobernador que se le acerca, que si tiene deseos de pelea, él en verdad siempre está ávido de lucha. Que las amenazas de los españoles siempre le habían causado risa, nunca temor. Movido el gobernador por el aspecto del bárbaro e irritado por su provocación injuriosa, "¿Se habrá visto osadía semejante entre los mortales?", exclama; y dirigiéndose a los soldados, "vamos – dice – atadme esta bestia como soléis hacerlo". Los ánimos y las manos de los soldados quedan paralizados para esta orden. "Señor – responde uno de los oficiales llamado Añasco – si tan gran deseo tiene de capturar a este bárbaro, cuídate de probar suerte tú, nosotros te lo permitimos. A ninguno de nosotros nos agrada ni podemos perder la vida por un juego". Como el cruce del arroyo estuviera llenísimo de peligros, ya que los bárbaros acechaban en la orilla opuesta, se pensó en seguida en el regreso, que era muy parecido a una huida, y no se intentó nada contra los enemigos. El teniente de gobernador, para que la inútil excursión no sirviera de burla y para librarse de alguna, mancha de timidez, dijo al volver a la ciudad que él se había abstenido de una matanza de bárbaros para no turbar la paz dada por los abipones. Pero, si tanto le importaba la conservación de la paz, ¿por qué no se abstuvo de aquella excursión? Aunque quería atemorizar a Oaherkaikin, funesto para San Fernando, estuvo tan lejos de atemorizarlo que éste, siguiendo de lejos a los correntinos que volvían de sus tierras, en esa misma noche robó un /142 rebaño de caballos de la reducción de San Fernando, vecina a Corrientes. Los españoles consideraron con razón que habían recibido una injuria; pero para no irritar a los coléricos otra vez, lo sufrieron en silencio. Un oficial que había intervenido en esta célebre expedición, me dijo sencillamente que ellos estaban en aquel momento tan pobremente provistos de armas y de ánimo, que si el bárbaro hubiera querido aprovechar la ocasión hubiera podido matarlos a todos sin ningún trabajo. Omito más cosas acerca del mismo Oaherkaikin, que serán dichas en el transcurso de mi historia. Escucha ahora algunas cosas más de Ychoalay.

Además del nombre, tuvo todas las virtudes de un cacique, pues nacido en un lugar muy noble entre los riikahes, era pariente cercano del mismo Debayakaikin. Cuando éste era ya de edad avanzada, le enseñó de niño a montar en un petiso y a manejarlo. Pero en seguida oirás que muchos años después el maestro fue degollado en un combate por su discípulo pariente. Tenía gran estatura, cara ovalada, nariz aguileña, de vigor capaz para cualquier carga de la guerra y con aquella apostura del cuerpo que expresaba y recomendaba su fuerza militar. Parece que los riikahes pactaron antiguamente una tregua con los santafesinos, e Ychoalay, por ese tiempo, siendo muchacho se acercó a esta ciudad; y, atraído por una paga, trabajó para los españoles ya como domador de caballos o como guardián de los campos. Finalmente tomó el nombre de su amo, José Benavidez, nombre con el que algunos años después se le conocía como jefe de los abipones y enemigo de los españoles. Y era temido por doquier, aunque entre los suyos se lo llamara okahári, niño. Deseaba aprender la lengua española tanto como estar lejos de la religión; y para aprenderla bien salió de la ciudad de Santa Fe hasta Chile con un /143 español que dirigía muchos carros. Se le agregó primero como cochero en el camino, y después en Mendoza como cultivador de sus viñedos. Esta ciudad ubicada al este de los Andes es muy rica en uvas. Estando al servicio de los españoles sobresalió en todo lugar como soldado; nunca se lo vio en el campo sin lanza y fue más animoso que el resto del pueblo. De modo que aunque sus compañeros fueran atacados y muertos en las soledades de Paracuaria por los charrúas o los pampas, Ychoalay, repeliendo la fuerza con la fuerza, siempre sobrevivió. Algunos años después volvió de Mendoza a Santa Fe porque su patrón chileno comenzó a no cumplir con la paga estipulada. Y nació en él el disgusto con los españoles. La ira se convirtió en rabia cuando supo por algún santafesino que un español de Córdoba tramaba asechanzas contra su vida (no sé el motivo). Hastiado de su suerte y de la compañía de los españoles, se volvió con sus abipones, que por aquel tiempo hostigaban al campo cordobés con sus cotidianas incursiones. Como tuviera la más dura animosidad contra los españoles, se unió a sus compatriotas en cualquier robo y dirigió sus empresas con éxito. De modo que poco después pasó de compañero a jefe. Como era de ingenio despierto y pronto de mano para todo lo que supiera en perjuicio de los españoles y de increíble fortaleza, siempre las llevó a cabo con suerte sin par. Fue partícipe de todas las victorias y peligros y parte principal de todas las matanzas de españoles que ya recordé. Repitiendo las expediciones con el mismo éxito, nació aquella celebridad de su nombre, y tanto como fue seguido por los suyos, fue temido por los extraños. Por esto gran cantidad de abipones confiaban en él. El único deseo de todos era vivir con él. Dos /144 de los caciques, Naré y Kachirikin, con todo el pueblo de sus yaaukanigás, lo acompañaron por un tiempo no sólo como amigos, sino como compañeros de armas. Todos veían que con este jefe irían no al combate, sino a la victoria, y que volverían con óptimo botín.

Lo singular fue que, aunque sirvió un tiempo en otras colonias de españoles, sin embargo respetó las colonias santafecinas y se abstuvo siempre de la muerte de los hombres consagrados a Dios. Sus compañeros ya estaban a punto de herir a un franciscano, pero cuando llegó Ychoalay se los impidió. "¿Acaso no os avergüenza – decía – teñir vuestras lanzas en la sangre de éstos que nunca ni fueron soldados de los españoles ni enemigos de los abipones, y que nunca llevaron otra arma más que una cuerda?" Otras veces arrancó de las manos de los suyos a algún sacerdote de nuestra Compañía. "Dejadlos en libertad – exclamaba – que sigan impunes su camino. Estos, me consta, son inofensivos". Nunca soportó la compañía de las mujeres hechiceras que se arrogaban la ciencia de adivinar, de curar y dañar los cuerpos, y si no se retiraban en seguida a otro lugar, él mismo las atravesaba con su lanza para que no envolvieran a los suyos en sus fraudes y los perturbaran con sus funestos augurios. Siempre me pareció muy cierta la opinión del Padre Francisco Aguilar que solía afirmar que Ychoalay tenía tantas virtudes cuantos vicios. Nosotros, que hemos convivido con él un tiempo pudimos observar muchas cosas en él que recomendar, y muchas que aprender. Referiré someramente algunas. Teniéndose en excesiva estima /145 nunca oyó sin indignación que otros compatriotas suyos fueran ponderados. Sabiéndose superior a los demás y sumamente obstinado en sus juicios, no soportaba ser apartado de su propósito. De ingenio inquieto y violento como ningún otro, meditaba nuevos pensamientos acerca de Oaherkaikin, y cuando sus rivales lo oprimían y lo instaban a la guerra, no era movido por ninguna esperanza de lucro, sino por el deseo de borrar rápidamente la celebridad que ellos habían obtenido. De allí que tuviera la costumbre de sacar litigios de los litigios, a buscar motivo de riña y a promover nuevas peleas. Y de esta fuente en la nueva fundación afluyeron nuevas perturbaciones para que los enemigos nunca pudieran disfrutar de ocio. Aunque dócil y plácido en todo lo demás, cuando maquinaba nuevas expediciones contra el enemigo dejaba de lado la amistad o el cariño. Yo había observado que cuando usaba aquel gorro de lana amarillo que tenía, entre tantos gorros, sombreros y galeras, se ponía meditabundo y torvo y me abstenía cuidadosamente de darle conversación. José Brigniel se rió de mi observación, pero se dio cuenta de que era muy cierta, ya que tuvimos la experiencia de que aquel gorro amarillo devolvía el ánimo a Ychoalay, y diremos en broma que era como el pronóstico de alguna excursión contra los enemigos, del mismo modo que cuando el termómetro desciende, es índice de lluvia o tormenta.

Pero en verdad Ychoalay limpió estas y otras manchas de su alma con sus abundantes virtudes. Ninguno de nosotros duda de que él fue el principal instrumento de la paz concertada entre los abipones y todos los españoles, autor y conservador de la colonia de San Jerónimo. Siempre cultivó escrupulosamente la paz iniciada con los españoles, y veló diligentemente /146 que ninguno de sus abipones la violara, aún con peligro de su cabeza. Supo que algunos habían violado la paz y consideró que debía usar la fuerza y las armas contra ellos como si fueran enemigos. Ese fue su permanente argumento para la guerra, con los abipones nakaiketergehes. El mismo devolvió a las ciudades de los españoles más de mil caballos que durante muchos años había robado con sus piratas y los restituyó a sus dueños; y cuando le rogaban con insistencia pidiéndoselo como un favor, solía indignarse y decir: "¿Acaso no sabes que ahora soy vuestro amigo? No me consideres un mercenario; eso solo te pido". A menudo él mismo condujo grandes rebaños de caballos que habían sido reclamados, ofrecidos a escondidas no sin peligro, hasta la ciudad de Santa Fe o los predios de Córdoba o Santiago, distantes de San Jerónimo más de cien leguas. ¿Quién en nuestra Europa aceptaría, por amistad la gratuita fatiga de tan largo camino? No niego que los españoles, como son agradecidos por naturaleza con los que le hacen algún servicio, y generosos, recompensaron con ganados a su amigo Ychoalay, aunque él se opusiera. Concibió un odio a todos los bárbaros que vivían en el Chaco, por el ardentísimo deseo tanto de defender como de recuperar sus fortunas. Los mismos abipones cuyas costumbres cultivaba, lo consideraban su enemigo, por ser tan amante de los españoles. De allí su diaria queja de que lo consideraban malo porque era bueno; y de que antes lo llamaron bueno porque fue malo. Lo cierto es que todos lo siguieron con amor y en multitudes como asediador de los españoles; pues teniéndolo como jefe se enriquecían en otro tiempo con muchos despojos, trofeos y cautivos. A veces, cuando invitaba a sus compañeros a cultivar los campos o a defender la fundación contra los enemigos, le volvían la /147 espalda excusándose en la falta de caballos aptos. "Ya verás, Padre – me decía – con qué viveza de ánimo éstos me seguirían si los invitara a matar españoles o a expoliarlos. Ninguno de ellos quedaría absolutamente contigo en el pueblo; ninguno alegaría falta de caballos".

Debemos decir que los progresos en la misión, deben atribuirse, con la ayuda de Dios, a las industrias y a la autoridad de Ychoalay. Pues el cacique principal, Ychamenraikin, aunque célebre por su nacimiento y en la guerra, fue muy querido por los suyos por su índole tranquila; pero no tuvo ninguna influencia para estabilizar la misión. Presidió a todos, pero a nadie fue útil; sombra de magistrado, pobre simulacro de poder. Hombre borracho, mujeriego y acostumbrado a la poligamia y al repudio de la mujer; nadie frecuentaba los brindis más ávida y pertinazmente que él. Aunque todos lo querían por su singular benevolencia porque cerraba los ojos a los vicios de sus compañeros en las demás cosas, no raramente era vapuleado por los borrachos cuando estaba borracho. No tuvo cabida en él el deseo de la religión. Ni él mismo se acercó a las públicas ceremonias religiosas, ni procuró que otros se acercaran. Mientras él vivió nadie toleró ser purificado por el Bautismo; cuando él murió, nadie se rehusó. Ychoalay lo pidió; aunque éste no tuviese la suma autoridad sobre los demás habitantes, sin embargo todos los asuntos eran moderados en la fundación por su consejo y su autoridad. El fue quien procuró que asistieran al templo para aprender las nociones de la religión; pese a que él mismo por un tiempo se había desinteresado. Una y otra vez fue amonestado por José Brigniel acerca de esto: "Prométeme, Padre, que piensas en matar a /148 Oaherkaikin. Ya mi cabeza arde en cuidados bélicos. Consolidada la paz me será posible por fin escuchar tus enseñanzas de la religión". Después de repetidas excursiones contra Oaherkaikin con distinta suerte y de firmada la tregua, Brigniel le refrescó el recuerdo de la promesa; a lo que Ychoalay contestó: "Levantaré en mi predio un seto para seguridad de mis ovejas. Allí tú me tendrás como discípulo en la sagrada escuela". Y en verdad pocos días después el Padre entró en el templo y vio atónito a Ychoalay entre unos niños, postrado en el suelo de rodillas, y escuchando preguntas y respuestas. Nadie más dócil, más modesto, más asiduo en el sagrado recinto. Su ejemplo lo colmó a diario con sus piadosas instrucciones. Repetía las oraciones habituales de los cristianos y los capítulos de la religión; no sólo las supo, fielmente de memoria, sino que cada día las recitaba en voz alta con su familia al atardecer. Asentía las palabras del Padre que hablaba en el templo, para indicar que él aprobaba lo que escuchaba más que los demás con tranquilos signos de afirmación con la cabeza o con repentinas exclamaciones: Kleera, es cierto; Kevorken, ciertamente; Chik a Kaligitran, no hay duda. Aquellos bárbaros consideran que interpelar al que habla con vocablos de este tipo o afirmar cada una de sus sentencias es una especie de deferencia.

Ychoalay fue la única ayuda y apoyo para los Padres, tanto para bautizar a los que agonizaban por una mordedura de serpiente o por alguna enfermedad mortal, como para enterrarlos en un lugar sagrado con el ritual romano si morían. Pues la mayoría de los bárbaros piensan que el bautismo es mortífero para ellos y le temen tanto como a la misma muerte, y a menudo lo rechazan pese a las exhortaciones del sacerdote. También temen al templo, lugar común de sepultura /149 allí, como a una cárcel; y les perece que son los más desdichados de los hombres, si no se les permite pudrirse en un túmulo patrio al aire libre en la oscura selva. Las mujeres, más empecinadas en las antiguas costumbres, procuran que sus hijos, aunque hayan sido bautizados, sean sepultados de acuerdo al rito antiguo, si no se los impide la vigilancia de los Padres, que no raramente eluden. Brigniel supo por casualidad que un niñito, que había sido bautizando, fue llevado por unas mujeres a la selva para ser sepultado. Advertido Ychoalay de esto, montó en un caballo, y en rápida carrera llegó hasta, la fúnebre columna de mujeres lloronas, y arrancando al muchacho de las manos de las Harpías, lo llevó al Padre que lo había seguido a pie para que lo sepultara en el templo con el ritual sagrado. Y no sería fácil enumerar a los que por intervención de Ychoalay fueron conducidos a aceptar el bautismo, los honores de la sepultura y el mismo cielo. Por su exhortación, después de Ychamenraikin, todos los niños y niñas fueron entregados a Cristo por el bautismo. Porque para ser más cuidadosos, no se los admitía a la sagrada fuente sino después de los veinte días. Me agradaba ver con cuánta buena voluntad los muchachitos acudían al sacerdote para ser bautizados sin que nadie se rehusara. Esto fue efecto más del ejemplo de Ychoalay que de su prédica: que las mujeres entregaran al Padre sus hijos recién nacidos para recibir las aguas bautismales, y los que morían para ser enterrados según la costumbre cristiana. Cuidó con gran celo que Miguel Jerónimo, único sobreviviente, fuera empapado no sólo en los rudimentos de la religión, sino en el conocimiento de la lectura y escritura; el nombre de éste que usó entre las mocobíes era Nakalotenkodi. /150 Resolvió una nueva excursión contra Oaherkaikin, que Brigniel no pudo ni debió impedir, ya que logró que la mayoría de los abipones que partirían para la guerra y por ende a exponer sus vidas, fueran antes bañados con las aguas salutíferas. Aunque él mismo no siguiera la costumbre porque decía que él de ningún modo moriría en esta expedición pese a sentir temor, logró que sus compañeros se presentaran ante el Padre. Pienso que te admirarás de que el hombre que tanto veló por la seguridad ajena descuidara la suya, cuando el vulgo considera que lo que es malo para él es bueno para los demás.

Todos admirábamos que Ychoalay, tan bueno en todo lo demás, dilatara durante tantos años su Bautismo, siendo más apto que los demás para recibirlo. Nada debíamos deplorar en él excepto su obstinación en este punto. A otros muchos excluimos por un tiempo del sagrado Bautismo, ya sea porque fueran ávidos de botines, o borrachos, o infames por la cantidad o el repudio de las mujeres o desconocedores de la religión; o si carecían de estos defectos, porque nos parecía que su constancia no había sido bastante probada; de modo que los dejábamos hasta que dieran testimonio de mejores costumbres. Ychoalay carecía totalmente de todos estos obstáculos para el Bautismo. Satisfecho con la misma única esposa durante todos los años que vivió entre nosotros, nunca intervino en brindis a no ser cuando debía resolverse acerca de la guerra, acérrimo enemigo de la ebriedad y de los ebrios. Tanto como en otro tiempo jefe de los ladrones, así ahora severísimo vengador de ellos, e inofensivo en todo aspecto por mucho tiempo. Retenía en su memoria los conocimientos de la religión como su propio nombre. Asiduo en el cuidado de los campos y ganados, no usó de ninguna excusa para el trabajo ni en /151 beneficio propio ni de la fundación. Siendo así las cosas, podía en absoluto ser iniciado en la religión romana, y en verdad él nos aseguraba que querría ser iniciado alguna vez cuando, tranquilizado su espíritu y abandonados los cuidados de la guerra contra su rival Oaherkaikin, le fuera permitido descansar. Por lo mismo, cuando el teniente de gobernador Francisco de Vera Mujica visitó la fundación de San Jerónimo, pidió espontáneamente el Bautismo para él; había preferido fuera recibir aquella ceremonia en la ciudad de Santa Fe con magnífico aparato y se había impuesto esperar un poco. Soportando con pena las demoras y negativas del teniente de gobernador, no pudo ser llevado sino después de algunos años y fue bautizado en aquella ciudad por el Padre Jasé Lehman (que vivió muchos años en la misión de San Jerónimo con gran alabanza). Lo que fue cumplido con toda pompa y con tan gran concurso de toda clase de gente que no cabía en el templo. El mismo teniente de gobernador apadrinó al ilustre neófito acompañándolo con adecuados regalos y una mesa espléndida. Cumplidos estos hechos, los españoles esperaron al célebre Ychoalay que con alegría y lágrimas en los ojos se acercaba a los altares divinos como un tierno cordero, el mismo que en otro tiempo toda Paracuaria temía como a un lobo rapaz.

 

Capítulo XV

MAS COSAS EN ALABANZA DE YCHOALAY

 

Ya afirmé más arriba repitiendo una opinión ajena /152 que los vicios de Ychoalay eran tantos como sus virtudes. Ahora soy yo quien asegura que sus vicios son superados por sus virtudes. Lleno liberalmente páginas en alabanzas de este hombre para que comprendas llanamente que la mente de los bárbaros no siempre es bárbara. Cuán útil nos fue Ychoalay para conducir a los suyos a la religión, se desprende de lo dicho. Cuánto se tomó para sí la incolumidad de los Padres que regenteaban la misión está más allá de la fe. Consideró como suya cualquier injuria inferida o intentada a los Padres y la vengó más duramente que si fuera suya. Entre tantos borrachos y pendencieros, habituados a las muertes humanas y defensores hasta la insanía de las supersticiones, se había obligado a velar por la vida de los Padres, usando su autoridad sobre aquellos bárbaros como freno y escudo. Si se enteraba de que algún peligro de fuera se cernía, enseguida advertía a los Padres y a los demás compañeros, ya avanzada la noche velando por la seguridad de todos. Era el primero en explorar y cabalgar en el campo de batalla, en escrutar los escondrijos y cuantas veces la fuerza debía ser repelida por la fuerza, en presentar la frente en el combate, y a menudo mostrar en su patria las heridas, a sus compañeros que se habían salvado. Muchos estragos que la fundación recibió de sus enemigos, fueron producidos en ausencia de Ychoalay.

En una noche todos los habitantes abipones, recelando /153 de los españoles, abandonaron la nueva fundación de la Concepción, distante de San Jerónimo diez leguas; quedaron allí sólo tres a quienes se les encomendó la tarea de degollar en la primera noche a los dos Padres José Sánchez y Lorenzo Casado, ambos españoles. Sabedor Ychoalay de la fuga de los abipones y del peligro de los Padres, pese a la lluvia, parece volar con el caballo que monta. Clava su lanza junto a la puerta de los Padres que corren peligro y se ofrece como defensor. Al amanecer ve a los tres sicarios acechando, los aterroriza, los pone en fuga y nunca más fueron vistos. Aconseja que lo que se ha salvado de la casa y del templo sea llevado en un carro a la reducción de San Jerónimo y que se lleven en tropa alrededor de dos mil cabezas de ganado, asignándoles en su propio predio un campo donde pudieran pacer sin peligro. El camino está lleno de molestias y de peligros. Las lluvias continuas de muchos días transforman el campo en una laguna y parece impenetrable para el carro. El río Malabrigo y otra laguna han crecido en forma espantosa por las constantes lluvias. Pero en verdad por el consejo, por las manos y por el vigor de Ychoalay todos los obstáculos fueron vencidos; todo lo que el Padre quería transportar fue colocado con felicidad en lugar seguro, eludiendo los esfuerzos de los abipones tránsfugas que devoraron todo lo que había poseído la misión que dejaron desierta. El mismo gobernador real de Tucumán, Juan Victoriano Martínez del Tineo envió unas cartas honoríficas a Ychoalay en las que encomió su fe integuérrima en los Padres, le dio insistentemente las gracias y remuneró la tarea cumplida de transportar las cosas de la misión desierta, con un paño rojo que bastaría para vestir a cualquier español noble. Con este paño adquirió las ovejas que le producirían la lana para hacerse según su /154 deseo las ropas que usan los abipones, tejidas como un tapiz turco. Respondió a los Padres que le aconsejaban que vistiera con ese paño rojo a la usanza española: "Siendo indio, ¿cómo mentiré que soy español por la ropa? Vosotros que usáis ropas negras, ¿las cambiaríais acaso por otras nuevas? Yo no lo creo. Entonces sería obligado a retomar mi vestimenta abipona, para risa de todos. Mis compatriotas dirían que me jacté de ser español mientras me duró la vestidura y que una vez que se me destruyó volví de nuevo a nuestra costumbre; que, mientras me fue permitido ganar dinero del trigo que sembré y coseché, vestí como los españoles; y que iniciado por fin en los misterios de la religión, me mostré como el español más noble; que esclavizado por el cultivo del campo y de los ganados, cuán poca cosa fue suficiente para adornarme a mí y a los míos". Anoté estas cosas para que conozcas que también los argumentos económicos y políticos pueden ser demostrados por los bárbaros, y cuán deseoso estaba Ychoalay del beneplácito de los Padres. Demostró esta disposición en una ocasión en que Ychamenraikin, por fastidio con los españoles, salió con sus compañeros de la reducción de San Jerónimo donde ya había vivido por muchos años para combatir como antes en el campo de batalla. Al alejarse aseguraba con toda sencillez que no tenía ninguna queja contra los Padres. Una esperanza o un temor lo habían convencido de aquella fuga; no se sabía cuál de ellas; yo creo que ambas. El tenaz Ychoalay con sus abipones no pudo ser motivo por el ejemplo de tantos caciques, a apartarse ni una uña del amor y de la compañía de los Padres. Reforzaba sus consejos y todos sus cuidados para que los mocobíes cristianos de San Javier y los españoles de Santa Fe volaran enseguida a defender la fundación desierta y a hacer volver a los abipones desertores. Ambas cosas se lograron rápida y felizmente; /155 pues Ychamenraikin volvió a la misión con todos los suyos.

Ychoalay vigiló con afanosa solicitud no sólo por la salud de los Padres, sino también por sus utensilios domésticos y los rebaños de la misión, para que no sufrieran el menor detrimento. Cada semana se mataban veinte o más vacas para alimento de los abipones. Los más voraces, no satisfechos con su porción mataban a escondidas más vacas, y con gran frecuencia terneros con tremendo daño del predio. A otros se les ocurría matar animales no por deseo de la carne, que los bárbaros suelen despreciar, sino de la piel con la que solían hacer sus monturas. El mismo lo castigaba a cualquiera de éstos que descubriera. Para resarcir el daño mandaba que por cada vaca muerta entregara dos caballos y por cada oveja, uno. Si ellos no los entregaban, Ychoalay, que había establecido esta ley y la había promulgado en la plaza pública, robaba los caballos a la fuerza. Un mocobí había matado una vaca que encontró en el campo y que era del mismo Ychoalay, pensando que pertenecía al rebaño público de la misión. Alguno de los abipones que lo encontró le dijo: "¡Eh! tú, ¿te has atrevido a matar una vaca de Ychoalay? ¡Ay mísero de ti si descubre tu crimen!". El mocobí, atónito por la noticia y por las amenazas, subió a su caballo la vaca ya descuartizada tal como estaba y marchando directamente a la casa de Ychoalay le dijo: "Aquí está la carne de una vaca tuya que maté pensando que era del rebaño de vuestra misión". "¿Así que pensaste locamente – respondió Ychoalay enojadísimo – que podías impunemente actuar con violencia en los bienes de nuestra misión? La excusa con la que creíste que lavarías la malicia del hecho agrava tu culpa. Vete al diablo, y pues que has matado y descuartizado el animal, te impongo también /156 el trabajo de comerla". No dijo más. De tal modo se mostró más severo y vengó más duramente a los que provocaban perjuicios a la fundación que con los que lo perjudicaban a él mismo.

Lo que con justicia puede concederse a los abipones es que, aunque en otro tiempo realizaron latrocinios contra los españoles a los que consideraban sus enemigos, juzgaron nefasto y sumamente torpe para ellos robar en sus tierras la más pequeña cosa a sus compatriotas. Los bienes domésticos estaban seguros aunque en ausencia de su dueño estuvieran expuestos a los ojos y las manos de todos. Nosotros también hemos palpado en nuestros templos esa misma seguridad de nuestros utensilios. Sin embargo faltó por casualidad de la pieza del Padre una manta de lana. Descubierto este hecho, para que no juzguemos a los abipones ladrones, Ychoalay no paró hasta descubrir el crimen; y por fin encontró la manta en poder de un cautivo. Otra vez en ausencia del Padre Brigniel fue asaltada su pieza. Faltaron numerosos haces de bolitas de vidrio, telas de lino y de lana, muchos libros y otras cosas de este tipo destinadas a vestir o a premiar a los abipones. Se indignó Ychoalay y no quedó tranquilo afirmando que en sus abipones no podía recaer ni siquiera la sospecha del hurto. Y excusados todos con su viveza, descubrió aquellas cosas que habían faltado enterradas en el campo por una cautiva. ¡Cuán grande fue, Dios mío, este triunfo para Ychoalay! Que tanto como no soportaba en absoluto que se le infiriera algún daño a los Padres, tampoco que se tildara de ladrones a los hombres de su pueblo.

Los abipones, como la mayoría de los americanos, detestan toda sombra de servidumbre y apenas se nos ofrecen para el más pequeño servicio a menos que estén segurísimos de un premio a su trabajo. A cualquier cosa que les propongas: /157 "Mieka enegen laheve?" responden con avidez. ¿Qué merced me darás? En los primeros tiempos de la colonia habían sido atraídos por obsequios de agujetas, sal, tabaco e higos para entrar en el templo o escuchar la doctrina. Observaban con ojos quietos cómo colocábamos la montura en el caballo o destrozábamos la leña y aunque no movieran ni un solo dedo para ayudarnos, nos cansaron sus palabras repetidamente ponderándonos: "Padre, cuán hermosamente aprendiste a aparejar tu caballo, Padre mío; cuán robusto, cuán diestro eres", decían; nosotros preferíamos que nos ayudaran antes que nos ponderaran. Ychoalay, distinto a los suyos en todas las otras cosas, se prodigaba por propia voluntad en todo tipo de trabajos. Muy enemigo de la adulación y de la especulación en provecho propio, se mostró voluntarioso para con los Padres en cualquier trabajo. Esto yo lo he comprobado cuando lo llevé como compañero en caminos de muchos días por molestas soledades. Reclamaba para sí las partes propias de los sirvientes, y todas las cumplió bien. Él mismo, aunque nos acompañaran otros abipones del pueblo, toda vez que debíamos pernoctar en el campo o merendar solía buscar leña para el fuego, traer agua, cuidar los caballos y procurarse de mi seguridad en la travesía de ríos y lagunas. No sólo siempre aparejaba el caballo que yo usaba, sino que elegía con sagacidad el camino más a propósito que habríamos de hacer. En la misma marcha se colocaba a mi lado, y aunque pasáramos el día en alegre charla, vigilando a lo lejos todo, rápidamente me indicaba o desviaba celosamente cualquier peligro que surgiera. Como los hijos descansan en sus madres, así yo descansaba totalmente en los cuidados de Ychoalay. El nunca dudó en /158 estos sucesos de darme seguridad en medio de tantas dificultades de los caminos.

También los demás Padres todos a una decían abiertamente lo mucho que debían a este óptimo varón. Le atribuyeron a él sobre todo la construcción y conservación de la reducción de San Jerónimo. Salvo tres chozas que los españoles habían levantado precipitadamente de barro y madera, todas las restantes fueron edificadas por el consejo, exhortación y trabajo de Ychoalay, máxime cuando la misión fue trasladada a la costa sur. Prefería construir más grande el santo Templo, las habitaciones de los Padres, los refugios para los guardianes del ganado en campo abierto y los setos de los rebaños. El área de nuestra casa, donde las mujeres se refugiaban contra las súbitas incursiones de los bárbaros, debía ser provista de estacadas antes de edificar las chozas para los habitantes abipones, que antes se cubrían bajo esteras. Para estos fines debieron ser derribados, acarreados y trabajados muchos miles de árboles. Ychoalay fue el alma de las obras y de los operarios. El fue el primero de todos en tomar el hacha y el último en dejarla. Con su ejemplo más que con sus palabras estimuló la diligencia de los demás abipones. Viendo la asiduidad del jefe, ya nadie se lamentaba o avergonzaba del trabajo. Cada uno se disputaba por tener una casa más sólida que el otro, o campos más vastos llenos con todo tipo de frutos, aunque poco antes hubieran tenido una estera por casa, terreno a su antojo y dejado de lado cualquier trabajo.

Los Padres, para demostrarle de algún modo el agradecimiento dieron al diligentísimo Ychoalay como regalo un sombrero que brillaba por todos lados con hilos de plata; él, que de ningún modo se consideraba un elegante, para no /159 despreciar el favor de los Padres, aceptó el elegante sombrero pero se lo quitaba delante de ellos hasta, que por fin comenzó a agradarle su uso. Una vez llegó a la plaza adornado con este gorro y alguno de los abipones se lo pidió con insistencia. No es libre un cacique de los abipones de negar a alguno de los suyos lo que le pide. Siendo el más noble de los abipones, si hubiera rechazado sus cosas al pedigüeño, oiría por todas partes que lo trataban de indio salvaje y plebeyo. Para no dar lugar a tal reproche, daba a cualquiera que saliéndole al paso se los pidiera sus vestidos de lana teñidos con elegantes colores que su mujer recién le había tejido. Usó esta liberalidad con todos los que empleaba para arar sus campos o esquilar sus ovejas. Por eso cada año acudía una multitud de ambos sexos para ayudar a Ychoalay. La paga de los operarios se limitaba solo al sustento y a las gratuitas larguezas anuales. Alimentaba con liberalidad a los que trabajaban para él con lo que su economía se veía perjudicada. Mandaba a los abipones más ágiles a cazar ciervos a las costas próximas del Paraná, cuya carne, o la de vaca, comían los que se ocupaban en las tareas del campo. Con todo tino tenía la costumbre de matar los machos de sus rebaños y dejar a las madres para que tuvieran cría. Los indios son ávidos, decía; y comiendo las vacas no se les ocurre pensar que los toros no tienen cría. Si los españoles se comen las vacas, ya no tendremos más vacas ni toros. Ychoalay enseñaba esto con prudencia y con verdad. Los indios, si se les da libertad, matan terneras en lugar de terneros, vacas en lugar de bueyes; porque /160 la carne de vaca es más blanda, más tierna y más rica, aunque como los europeos tengan aversión a las terneras o nonatas.

Hizo también en todo lo demás cuanto más gustaba al pueblo de los restantes indios. Cuando se la ofrecían bebía la yerba que a diario se usa en Paracuaria en una infusión como el té, aunque nunca nos la pidió ni le gustaba. Con toda prudencia temía habituarse al uso de esa costosa bebida y verse obligado alguna vez a conseguirla con gastos o con ruegos. Todos los días dábamos una porción de esa yerba a los abipones ocupados con el arado o el hacha. Ychoalay se preocupó de que no la usaran: "Si desde chicos os acostumbráis a la bebida fría – decía – ¿cómo os sería fácil absteneros de esta bebida caliente? Si no hicierais esto, la costumbre se hará naturaleza, y su bebida les impondrá una durísima obligación. Los Padres os proveerán de yerba mientras aréis; después que dejéis de arar, os la negarán, y deberéis comprarla a mayor precio. Absteneos, pues, mientras la tenéis, y nunca sentiréis la molestia de carecer de ella. Muchos españoles, acostumbrados a beber esta agua hirviendo, se hacen violencia para cubrir los gastos ingentes que les impone la yerba, como algunos europeos se dan a la desmedida bebida del vino.

Esta costumbre de los mocobíes y abipones los lleva a torturar los oídos de los Padres con importunas peticiones cada día. Nos gustaba premiar a cada uno cuando podíamos; pero también con frecuencia nos pedían aquello de lo que carecíamos, y lo que ciertamente no encontrarías en ningún sitio. /161 Aunque rogáramos humanamente a Ychoalay que nos dijera si tenía necesidad de algo, nunca pudimos convencerlo de que nos pidiera nada. Así como nos fue el menos molesto, fue también el más modesto. Aunque sobresaliera por la fama de su virtud militar hasta despertar la envidia, nunca soportó ser iniciado en aquellos solemnes honores de capitán que ya describí más arriba, ni ser incluido en la clase de los hoëcheros. Siempre usó el dialecto común al pueblo. Y aunque sus hazañas militares fueron suficientes para merecer el cambio de su nombre, retuvo también su primer nombre Ychoalay. En su modo de vestir y en el arreglo de su caballo detestó tanto la pompa como también despreciaba por su aspecto a otros jovencitos que se ostentaban y se mostraban con soberbia.

Guerreros abipones.  (Pulse sobre el ícono para obtener la imagen.)

 

No niego que fue consciente de sus merecimientos y excesivo estimador de sí mismo. Sin embargo difícilmente soportó la adulación y alabanza; que no se dijera nada magnífico acerca de él si no se afirmaba muchas veces que era más apreciado. Sostuvo que él no debía ser postergado a sus rivales Debayakaikin y Oaherkaikin que ambicionaban la prerrogativa de valentía. Sin embargo, si sabía que alguno de los suyos había cumplido una empresa con valor, él mismo lo adornaba con las más profusas ponderaciones. Cuando Ychoalay mira con los ojos fijos hay en su rostro mucho de sombra, pero más de luz. Yo he pensado que su imagen debía ser pintada con vivos colores para que no pienses erróneamente que los bárbaros carecen de inteligencia y de virtudes ciudadanas, o que son indignos de toda alabanza. Muchas cosas más honoríficas escucharán de mí respecto al preclaro Ychoalay. Pero ya he de narrar las vicisitudes de la guerra que se desencadenó entre los riikahes y nakaiketergehes.

 

Capítulo XVI    /162

SOBRE LA INCURSION HOSTIL QUE INTENTO DEBAYAKAIKIN CON SUS BARBAROS FEDERADOS CONTRA LA FUNDACION DE SAN JERONIMO

 

La primera ley de los bárbaros y casi la única es devolver injurias por injurias, muerte por muerte, y expiar sangre con sangre. Debayakaikin, el principal jefe de los abipones que llamamos nakaiketergehes, incitado por Ychoalay a la pelea, amenazaba la nueva reducción de San Jerónimo, y la destrucción de los pueblos riikahes. Largo tiempo meditaba el ataque, pero difería el primer golpe porque quería estar seguro de que sería el último. Se unió, pues, a grupos de jinetes mocobíes y tobas que viven al norte como nuevos aliados para esta expedición. Atrajo también con la esperanza de abundantes ganancias a los pedestres vilelas, deseosos de paz y temibles en el manejo de las flechas. Como debían hacer un largo camino los proveyó de caballos. Contando con numerosas tropas contra pocos enemigos, ya descontaba la victoria y la posesión de aquella nueva fundación. El sagaz Ychoalay no podía ni ignorar ni desdeñar los consejos, las fuerzas y los preparativos de los enemigos. Poniendo sus cosas en lugar seguro, y llamando en auxilio de la fundación a grupos de mocobíes cristianos, se apresuró a acudir al teniente del gobernador de Santa Fe y le pidió con ahínco las ayudas debidas a la amistad y a las justas promesas. Pero no logró nada excepto palabras y excusas. Pues en ese momento casi todos /163 los soldados de la ciudad estaban ocupados al otro lado del Paraná en la guerra contra los bárbaros charrúas a los que habían subyugado. De modo que el Rector del Colegio, Diego Horbegozo, enviando cartas urgentes al Obispo de Tucumán, Pedro de Argandona, pidió un grupo de jinetes cordobeses para que vinieran en auxilio de la colonia que peligraba, al cual el mismo portador de las cartas, capitán Vergara, conduciría por breve y seguro camino. Pero esto era esperar agua de la piedra, aunque yo estaba seguro de que aquel óptimo Prelado no escatimaría ningún esfuerzo para satisfacer los pedidos del Rector. Mientras Ychoalay pedía ayuda a todas partes, Debayakaikin, ya decidido, condujo sus tropas por caminos secretos hacia el Sur para que la reducción enemiga de San Jerónimo no temiera un asalto, pensó en usar la astucia: envió delante algunos de los suyos para que divulgaran tanto en los caseríos como en las ciudades el rumor de que Debayakaikin no intentaría nada contra San Jerónimo; de que los mocobíes estaban por invadir en breve la fundación de Concepción, distante de San Jerónimo diez leguas, y habitada por los abipones del cacique Alaykin. Y entre éstos difundió un rumor semejante para suscitar odios. El astuto Debayakaikin concibió tales cosas con un doble fin: en primer lugar, para que antes de que los habitantes de San Jerónimo comprendieran el peligro de la agresión, los mocobíes cristianos fueran enviados a su fundación de San Javier por ser innecesaria su defensa; y no estando éstos, Debayakaikin confiaba en que todo sería más favorable para él. El otro fin era que los abipones de Concepción no pudieran pensar en que los habitantes /164 de San Jerónimo estaban por ser atacados por Debayakaikin, mientras esperaban en su tierra de un momento a otro el asalto de los mocobíes enemigos. Y en verdad ambos deseos le fueron cumplidos. Yo fui testigo y espectador de todo. Es preciso exponer cada cosa detalladamente.

Consumidos ya la mayoría de los toros de la reducción de San Jerónimo, quedaban todavía casi mil vacas; pero éstas o estaban grávidas o con cría. Como los Padres no querían sacrificarlas, nos pidieron a nosotros, que por entonces estábamos en Concepción, que les enviáramos novillos con que alimentar a los indios; y fue enviado con seis abipones el español Rafael de los Ríos como guardián del ganado. Para que cumpliera esta tarea bien y con seriedad me agregué como compañero de los mismos. Ya preparadas todas las cosas para el camino, observo a los abipones, armados con flechas y con el rostro teñido como para la guerra discurriendo por las calles. Uno de éstos anuncia a mi compañero José Sánchez que tenga el fusil pronto, que al atardecer llegarían los mocobíes y como habían de venir por el mismo camino que nosotros debíamos hacer, me aconseja que suspendamos la marcha; pero no logra convencerme, y deshecho los vagos rumores. Enviando por delante a uno para que explore cuidadosamente los caminos, los exhorto a marchar diciéndoles que si una repentina polvareda nos indicara la llegada de jinetes, entonces salvaríamos la vida en algún escondrijo de las selvas. Hice el camino desarmado, sin más arma que la navaja que llevé para cortar la carne. Lo mismo iban desarmados el español y todos los abipones que lo acompañaban. Y en verdad durante todo el día no encontramos ni la sombra del enemigo. El río Ychimaye /165 (el río del Rey), muy desbordado por las inusitadas lluvias, me pareció más terrible y peligroso que cualquier enemigo. Atravesé este mar que llegaba hasta la misión de San Jerónimo sentado en un cuero de vaca que el español arrastraba con la mano, nadando. Esta forma de navegación americana, entonces totalmente desconocida para mí, duró casi media hora. La acrecentaron los cocodrilos que nos rodeaban y el miedo de la oscuridad de la noche. Reviví y me pareció tocar un puerto cuando entrando a la misión vi a los Padres Francisco Navalón y José Klein. Pues José Brigniel e Ychoalay por entonces estaban ausentes procurando lograr ayuda en la ciudad de Santa Fe. Al día siguiente, que era sábado, a instancias del Padre Navalón, los caciques abipones y mocobíes hicieron una conseja acerca de lo que debía hacerse. La presencia de los mocobíes daba mayor seguridad a la fundación; pero como consumían cada día muchas reservas de carne de vaca, sal y yerba, resultarían perjudiciales para la economía de la misión, y por esto debían ser remitidos de vuelta a su tierra, sobre todo porque no debía temerse los rumores acerca de Debayakaikin. Pero sin embargo, éste se escondía en los bosques cercanos con sus tropas y estaba por asaltar no esperando sino la retirada de los mocobíes.

Habiendo partido los mocobíes el día domingo, Debayakaikin dividió sus fuerzas en tres grupos y al atardecer salió de los escondites por tres caminos a la vista misma del ganado. El español que lo cuidaba, Rafael de los Ríos, que descansaba en su choza fue muerto al primer ataque con muchas y atroces heridas a manos de un abipón cuyo padre había muerto en aquella pelea que tuvo Ychoalay con Oaherkaikin. Pues es ley entre los bárbaros que los hijos venguen /166 la muerte de su padre. Pero ¿por qué – pregunto –, por qué ese inocente español fue muerto en lugar de algún abipón que hubiera intervenido en aquella pelea? Pero no encontraron allí ningún abipón para matarlo; de modo que, como es tan frecuente en todas partes, el inocente lava la culpa del culpable. Por aquel tiempo algunos guardianes de los ganados fueron capturados y otros lograron salvarse en rápida fuga montando sus caballos. Alrededor de dos mil caballos cayeron en poder de los enemigos sin que nadie se opusiera, porque los ganados estaban reunidos en un mismo sitio, como es habitual al atardecer. Cuando estas cosas se supieron por nuncios dignos de fe y ya nos era posible ver con nuestros propios ojos la marcha de los enemigos hacia la orilla opuesta, un gran ruido se oyó en la ciudad, no tanto por temor de las cosas pasadas, cuanto por el miedo de las futuras. Contábamos sólo con dos sacerdotes desarmados para defender a las mujeres en el terreno de nuestra casa, rodeada de estacada a modo de defensa. Pues el Padre Navalón, que había guardado en su pieza dos fusiles no muy buenos, poco antes había salido a recorrer los campos vecinos; aunque al conocer el peligro, apresuró su regreso. La mayoría de los abipones, por temor o ignorancia de la agresión enemiga, había abandonado sus casas para dedicarse a la caza de caballos salvajes; con su cacique Ychamenraikin se entretenían alegres en bebidas y cantos, mientras Debayakaikin desencadenaba su odio en los predios. Avisados de la proximidad del enemigo, pese a que todos estaban borrachos, volaron en veloces caballos a la orilla del río con los rostros pintados de negro, las lanzas en alto y entre funestos sonidos de trompetas, no tanto para pelear sino para salvarse cruzando el río. De lo que podrás deducir que si algo de entendimiento les quedaba fue suficiente para comprender /167 que pocos no podrían guerrear con muchos, ya que si el número los oprimía no tendrían esperanzas de vencer. Debayakaikin, a quien la larga experiencia en la guerra lo había vuelto sumamente cauto, comprendió que le sería peligroso cruzar a la orilla opuesta defendida por los adversarios, e intentar la suerte dudosa de la guerra. De modo que por consejo de sus hechiceros y por mutuo consentimiento, se resolvió diferir la pelea para el día siguiente, porque el sol ya llegaba a su ocaso.

Al caer la noche los nuestros llegaron a sus casas y los jefes dormían su borrachera en las chozas; porque no habían dado mucho crédito a las amenazas del enemigo y enviaron vigías jinetes por todo el campo que harían saber su vigilancia con el sonido ininterrumpido de sus cornetas y avisarían a los demás si observaban algún enemigo. Constantes truenos acompañaban el estrépito militar de los bárbaros, pues una fuerte tempestad con viento huracanado, rayos y lluvia torrencial, se prolongó durante toda la noche. Los niños con sus madres habían pasado la noche a la intemperie en nuestro patio por temor a la llegada del enemigo, de modo que cuando por fin la aurora esparció su luz, hubiera creído ver tantas ranas cuantos hombres nadando en un lago. Habían guardado en mi choza sus ollas, calabazas, cántaros y sacos para que el enemigo no se los robara. Conservaban estas cosas de vieja como trofeo, lo mismo que las cabezas de españoles degollados en otros tiempos, eso me inspiró no sé si horror o pena. En mi pieza repleta de esos trastos malolientes de los bárbaros, no podía dar un paso sin peligro de tropezar. Ni pensar en dormir por la preocupación de la lucha que se creía inminente, y que /168 impedía desentenderse. Casi no recuerdo noche más atormentada desde mi llegada a América. Reproché al sol su tardanza en aparecer. Al amanecer, tranquilizado el cielo aunque aún refulgente, corrí a la plaza para ver qué podía hacerse, y vi en derredor la crítica situación. Vi afluir a la misión que consideraban el sitio más adecuado para la lucha unos y otros indios cubiertos con su ropa guerrera o totalmente desnudos y armados. La defensa fue establecida por Ychamenraikin de este modo: todos estaban a pie para que los lanceros ocuparan ambas alas y los arqueros el centro. Un grupo de jinetes dirigidos por Ychoahake, hermano de Ychoalay, se encargó de avisar en seguida cualquier movimiento o caminos del enemigo Cómo me agradaba observar de lejos a estos Martes americanos, que ningún europeo miraría sin reír. Recorrí todas las filas y determiné el número de combatientes. Como ellos mismos no saben contar, le pedían al Padre que los contara: "¿Somos muchos?", les preguntaban. Permanecieron en la fortaleza hasta las nueve de la mañana, hora en que volvieron unos mensajeros del campo diciendo que no habían visto ningún vestigio del enemigo. Desechando la esperanza, o mejor dicho el temor del encuentro, cada uno se volvió a su tierra y se salvó la ciudad sin derramar ni una gota de sangre. Acaso te provoque risa que tantos preparativos y tantas amenazas hayan terminado en nada. Sin embargo nada es inusitado ni raro entre los abipones. A diario nosotros mismos vimos que ellos hacían parir a los montes y nacía un ridículo ratón. Nunca amenazan más que cuando temen. Debayakaikin, aunque fijó la víspera para la pelea, dedicó aquella noche a apresurar la fuga, pero se atribuía la victoria sin lucha por aquel español /169 degollado, por sus compañeros capturados y por los dos mil caballos robados que se llevó. Las vacas que habían robado, asustadas por la procelosa tempestad de la noche, huyeron a los conocidos campos de pastoreo de su predio. Retirados los enemigos fue traído del campo el cadáver del español, atravesado por tantas heridas que se le veían las vísceras, rotos los demás miembros, tan horrible a la vista, que apenas semejaba imagen de hombre. El mismo cuero que dos días antes me había cruzado por el río Ychimaye servía ahora para traer su cadáver al sepelio cristiano.

 

Capítulo XVII

OTRAS EXPEDICIONES REALIZADAS POR YCHOALAY CONTRA OAHERKAIKIN Y LOS DEMAS ABIPONES NAKAIKETERGEHES

 

Volviendo de la ciudad de Santa Fe, Ychoalay se irritó sobremanera en cuanto comprendió lo que Debayakaikin había hecho en su ausencia. Sin embargo censuró duramente a los suyos, porque viendo que el enemigo se aproximaba se mostraron lentos y cobardes para rechazarlos. Él mismo, si hubiera estado allí, hubiera vigilado mejor al enemigo en sus caminos para que no llegara de imprevisto; y cuando se hiciera presente, cruzando el río aún con poquísimos de los suyos, lo hubiera atacado cruelmente para que no se fuera impune, ni perpetrara la muerte del español, ni expoliara su predio, ni se retirara con animales y sin heridas. Lo cual es muy cierto. Pero lo más temible era que Ychoalay muriera abrumado /170 por la mayoría, y que con su muerte apurara la destrucción de la nueva reducción. Yo me detuve allí veinte días, pese a que hubiera debido seguir para la misión de Concepción, pero nunca llegué, pues me lo impidieron los caminos anegados por la crecida de los ríos e infectados de bárbaros. A esto se sumaba el hecho de que no tenía un caballo en el que pudiera volver, ya que el que había usado para venir tal vez me lo habían robado los enemigos con los demás de la ciudad. Por fin un abipón me vendió uno muy lindo y de paso tranquilo que en Europa se hubiera vendido por cien florines. El Precio del caballo fue una navaja que hacía años había comprado en Austria por veinticuatro crucíferos. Ychoalay, con aquella buena voluntad que siempre nos demostraba, me acompañó hasta mi misión, con catorce abipones, ya que no era posible ir con pocos sin correr peligro. Todo el campo estaba sumergido bajo las aguas. Me fue preciso cruzar en un cuero de vaca dos ríos, más grandes de lo que solían estar por las crecientes, extendidos como un ancho lago. Los carros tuvieron más trabajo por los profundos pozos que había bajo las aguas. Ychoalay superó con su sagacidad todos los obstáculos, y llegamos el once de enero, día de San Canuto Rey.

Ychoalay revolvía continuamente en su ánimo la injuria que Debayakaikin había inferido a su pueblo; y como nunca podría soportarlo resolvió hacer una nueva incursión contra aquél. Por eso se dirigió otra vez a Santa Fe y pidió soldados que participaran con él en la expedición; sólo pidió treinta, sobre todo porque el Teniente de Gobernador consideraba que la muerte del español debía ser vengada también con las armas de los españoles. Y fueron enviados soldados a la /171 expedición planeada, los cuales, por complacer al Teniente de Gobernador quisieron quedarse en San Jerónimo como defensa, mientras Ychoalay atacaba a los enemigos. Pero las mujeres abiponas afirmaron muy seriamente que para ellas los españoles no eran una defensa, que no eran necesarios mientras sus maridos se hallaban ausentes, y que les resultan intolerables; de modo que iniciaron por fin el camino con la columna de abipones. Pero ¡ah, qué corta fue la marcha! Todos los caminos se habían vuelto intransitables por los anchísimos trechos desbordados, y el aluvión invadía todo el campo; de modo que no se encontraba lugar donde pudieran pastar o descansar los caballos. Como no tuvieran esperanza de avanzar, comenzaron a pensar en el retroceso. La expedición, iniciada con gran estrépito, terminó al tercer día sin ningún fruto. Ychoalay, habitualmente de gran fortaleza corporal, afiebrado por las viruelas bobas y más por las molestias del camino, volvió a su casa. Pero apenas superada la enfermedad, marchó con un pequeño grupo de los suyos contra Oaherkaikin, autor de la guerra, y en esta pelea fue herido por dos flechas. Una de ellas le atravesó el brazo y la otra el hueso occipital clavada tan profundamente que rompería el hueso al arrancarla; de modo que la dejaron sepultada en el hueso occipital, ya que no podía ser aprehendida ni arrancada por ninguna parte. La herida y el tumor que allí nacieron aumentaban día a día, tanto el dolor como el peligro; aunque ese tormento parecía provocarlo no temor ni sensibilidad, sino que – lo que consideran peor que la muerte – el que oscureciera la fama de su valentía. Sin embargo, los Padres, no pudiendo curar al enfermo que peligraba, se preocuparon de llevarlo a la ciudad de Santa Fe para, buscar un médico que lo curara. Aceptó el consejo. /172 Por suerte vivía allí por aquel tiempo un hermano laico de la Orden de San Francisco, celebrado por todos como cirujano, con cuya intervención fue curado en casa de un noble español. Todos los circunstantes admiraban tanto la pericia como el silencio y la serenidad del indio cuando lo herían con el bisturí y las pinzas, tal como ya recordé.

Las heridas infligidas a Ychoalay, aunque ya curadas, enardecieron su espíritu y lo estimulaban a planear una nueva excursión contra Oaherkaikin. No sólo los abipones de las reducciones de San Jerónimo y de Concepción, sino los mocobíes cristianos seguían a Ychoalay como a su conductor. Penetró con éxito en los lugares de los enemigos y combatió duramente por un tiempo. El mismo Debayakaikin peleando en la defensa fue herido peligrosamente en el costado, y si alguno de los suyos no lo hubiera cubierto, hubiera sido muerto por Ychoalay. No pocos de ambos bandos fueron heridos. La mayoría de los mocobíes cristianos, que pelearon fieramente según es su costumbre, fueron retirados del combate con muchas heridas. Por lo demás Marte se mostró equitativo; la victoria no se inclinó por ninguna de las partes, y se luchó obstinadamente. Pero Debayakaikin, atemorizado por su herida y por la ferocidad de los que se la habían provocado, no quiso en absoluto tener más trabajo con Ychoalay y buscó por todos los medios que se pusiera fin a esa peligrosa necesidad de luchar con él. Comenzó a recelar de la vecindad de los mocobíes del Norte, después que el cacique Kaapetraikin, su colega, fue pérfidamente muerto por sus asechanzas con sus dos hijos y otros tres abipones. Pensando en esto, se dirigió con /173 todo su pueblo a la reducción de San Fernando, sede de los abipones yaaukanigás, en donde confiando tanto en la amistad de éstos como en los auxilios de los españoles cristianos, pensaba que podría descansar tranquilo como en un puerto. Por esta fuga le fue cambiado el nombre y los suyos lo llamaron Leenkin, que significa fugaz. Pero en verdad evitando a Caribdis cayó en Escila.

Puesto que Ychoalay, pensando que esa unión de Debayakaikin con los yaaukanigás ni había sido pactada por deseo de paz ni era oportuna para su pueblo, no mucho después se presentó con una larga columna de abipones y de mocobíes cristianos, y se mostró enemigo implacable de Debayakaikin en la lucha. Se cuidó próvidamente por la solicitud de los Padres que no llegaran a las manos. Par esto fue llamado desde la vecina ciudad de Corrientes el teniente de gobernador Nicolás Patrón, que, pese a llegar acompañado de numeroso ejército, prefirió hacer las veces de pacificador antes que favorecer a una u otra parte. Los hechos salieron según su deseo. La paz fue establecida en estos términos que Ychoalay estableció: Debayakaikin restituiría las tres lanzas que había quitado a Ychoalay en el primer encuentro, como también los cautivos que había llevado del predio de San Jerónimo; no usaría en adelante de engaños con los pueblos de españoles y de indios amigos; permanecería quieto e inofensivo con los suyos en San Fernando. Si alguna vez emigrara a otro sitio, que comprendiera que se retomarían las armas contra él y se reiniciaría la guerra. Debayakaikin, ante la crítica situación, aceptó ávidamente estas condiciones, pero pasado el miedo, las olvidó por su desenfreno. Los mocobíes que viven hacia el Sur, causando asechanzas, no sé cuales, invadieron una y otra vez la misma ciudad y robaron casi todos los caballos. Sus compañeros, aunque mudaron sus viviendas, no mudaron sus /174 costumbres, e intentaron sus latrocinios y muertes a escondidas de los españoles; lo cual – lo presentía Debayakaikin – no debía ignorar ni soportar Ychoalay. Como aquél temiera a diario por el Norte a los mocobíes que lo acechaban y por el Sur la vecindad de Ychoalay y de sus aliados, emigró con los suyos a la fundación más apartada de Concepción, ya cerca de los pueblos de Santiago. Lo cual, aunque contrario a las condiciones de la paz firmada, los abipones riikahes dejaron pasar en silencio hasta que por fin por nuevas injurias, como al son de una trompeta hostil, provocarían nuevas iras y peleas.

Algunos abipones que volvieron a San Jerónimo para cazar caballos salvajes y fueron atacados con correas de cuero por unos compañeros de Debayakaikin que los encontraron, se quejaron a su cacique Ychamenraikin de que fueron despojados de todos los caballos. Le avisaron además, de la presencia bastante frecuente de los abipones nakaiketergehes en el campo de Santa Fe y en las ciudades de Santiago. El cacique considera que este estado de cosas es peligroso para los españoles que pasan por allí y que repugna a la paz iniciada, y exclama que al día siguiente ha de marchar contra estos abipones enemigos. Ychoalay es invitado con los demás a la excursión. Y son invitados los mocobíes cristianos. En pocas horas se reúne un ejército casi de trescientos hombres. El deseo de venganza les sirvió de estímulo. Después de un camino de pocos días llegan al campamento enemigo; pero no lo atacan en súbito asalto. Para que no se diga que han dejado de lado las costumbres civilizadas, mandan delante dos embajadores, Hapaleolin y Antioaikin para que dijeran amigablemente a los enemigos que devolvieran los caballos robados; que si no lo hacían no les cupiera duda de que sentirían la fuerza. /175 Ellos estimaron más la gloria militar que la vida. Prefirieron morir antes que huir. Tuvieron por respuesta el ruido de las trompetas de guerra con que convocan a la lucha. De las palabras se llegó a las manos y a las armas. Ychamenraikin, el jefe de todos y el primero en la defensa, cayó exánime en el acto por un golpe en el ojo izquierdo recibido de la primera flecha que arrojó el enemigo. La punta de la flecha no era de hueso ni en gancho, sino de madera, redonda del tipo de las que arrojan a las aves. Pero dio en la parte más importante de la cabeza en donde la muerte se apura. Es increíble cómo al ver al jefe muerto los ánimos de sus compañeros se inflamaron. Vamos – era la voz unánime – no ha de irse ningún enemigo vivo. Y las manos respondieron a las voces. Pues de un solo ataque todos los lanceros se arrojaron contra la defensa enemiga. Veinte podían haber sido muertos por trescientos, si no les hubieran hecho frente como un muro con increíble valentía. Suplieron el número con su virtud. Parecía que nadie pondría fin a la lucha antes que a la vida. Aunque atravesados por las heridas, opusieron lanzas a las lanzas, flechas a las flechas para no apartarse ni un palmo de la defensa. Los vencedores cortaron la cabeza a los más ilustres por su virtud bélica en el campo de batalla, para ser llevada a su tierra como trofeo. Había dos cuerpos mezclados con los cadáveres y los creyeron muertos; un mocobí le cortó a uno una oreja y a otro un dedo. Pocos meses después ambos sobrevivieron y llegaron a la fundación de San Fernando, aunque marcados por el estigma y las cicatrices. Muertos los varones, los mocobíes irritados por la muerte de su cacique Ychamenraikin, se ensañaron con las mujeres que se habían refugiado en la selva vecina. Fueron asesinadas cuarenta mujeres con sus hijos; y a muchas llevaron en cautividad; la crueldad ejercida con las indefensas siempre /176 desaprobamos y condenamos todos. La mayoría de nuestros abipones y mocobíes fueron heridos; ninguno, salvo Ychamenraikin, muerto. Lapagrin, antiguo habitante de la reducción de San Jerónimo, visto como un varón óptimo en la defensa, hermano de la mujer de aquél, acudió al peligroso lugar para sacar su cadáver y traerlo. Hapaleolin, pariente, amigo y vecino de éste, enceguecido por la furia lo creyó un enemigo y le quebró dos costillas clavándole una lanza en el costado. Cuando volvió a la reducción vio la gran abertura del costado y la tremenda herida. Sin embargo se curó y poco después fue bautizado con el nombre de Paulo. Fue realizada una ceremonia fúnebre en la ciudad con lágrimas y aparato fúnebre tal como ya relaté en otro lugar, con los huesos del cacique Ychamenraikin (la carne había sido sepultada en el campo de batalla). Nosotros también nos dolimos vehementemente de su muerte, sobre todo porque pese a haber vivido muchos años en la misión, murió lejos de los auxilios de la religión. Sin embargo, el dolor se mitigaba pensando que mientras él vivió no se bautizaba ningún abipón a no ser que estuviese en peligro de muerte; y una vez muerto él, nadie rechazó el bautismo; de modo que la muerte del cacique fue saludable para todos y nos pareció un gran beneficio del cielo. Sin embargo, lo que debe decirse es que no perdíamos la esperanza de que en los últimos meses antes de su muerte se hubiera producido un cambio en su alma. Pues frecuentemente se hizo presente en el templo, a las instrucciones de religión con su pequeña hijita a la que amaba tiernamente y a la que llevando de la mano me indicaba que le formara la señal de la Cruz, y me hacía preguntas. Su hijito de seis años, Raregragremarachin, fue picado por una serpiente en la mano derecha, y corriéndose el veneno por el brazo, estuvo en peligro de muerte. /177 Brigniel intentó bautizarlo; pero en ausencia del marido, la madre se negó sin poder autorizarlo. Cuando Brigniel fue a hablar con Ychamenraikin le mostró el peligro del niño y su propósito. Permite, te ruego, dijo el cacique, que el Padre bautice al niño. No hay nada que temer. Ya considero como fábula y contrario a la diaria experiencia que el Bautismo es mortífero, como pensábamos antes. No existiendo ninguna oposición el niño fue bautizado con el nombre de Agapito y se sanó.

 

Capítulo XVIII

NUEVAS PERTURBACIONES DE LA FUNDACION QUE SIGUIERON A LA VICTORIA OBTENIDA

 

Debayakaikin, sabedor del cruento estrago de [m. p. rep: /177] Concepción, no dejaba de alborotar y amenazar a los vencedores riikahes. No había uno solo de sus compañeros que no estuviera furioso por el luto y el dolor de la injuria. Este lamentaba a su hijo, aquélla a su marido, aquél otro a su hermano o a su esposa muertos o cautivos. El anciano Kaëperlahachin, más indignado que otros, llegó a un estado de locura porque su madre, la más vieja de todas y principal hechicera, fue degollada por los mocobíes; y dos hermanas y muchos parientes llevados a cautividad. Penavalkin, a quien todo el pueblo consideraba como su héroe, se indignó por la cautividad de su hijo adolescente entre los mocobíes, y amenazaba a los enemigos con mi muertes y matanzas. La vida del Padre José Sánchez que /178 regenteaba la fundación de Concepción estaba en gravísimo peligro, porque resolvieron que aquella muerte provocada por abipones y mocobíes amigos de los españoles, debía ser lavada en cualquier español. Si Francisco Barreda no hubiera contenido al pueblo enfurecido, todos los nakaiketergehes hubieran volado sin tardanza para devastar las reducciones de San Jerónimo y San Javier. Landriel fue enviado en nombre de Barreda a aquellas reducciones para pedir que devolvieran los cautivos a los suyos. Ychoalay, teniendo en cuenta no las amenazas de Debayakaikin sino los deseos del Teniente de Gobernador, accedió a la petición; no así los mocobíes, obstinados en conservar sus cautivos. Los bárbaros, irritados por esta negativa, resolvieron tomar las armas, cosa que un español no podría impedir por ruegos. Pocos días después recibimos en San Jerónimo nuncios que aseguraban que los enemigos se acercaban. En medio del gran barullo pidieron ayuda a los mocobíes, pero se la negaron porque decían que querían defender a su propia ciudad en peligro; y sin esperanzas de auxilio, se pidió a Ychoalay cualquier tipo de ayuda que pudiera darnos. Muchos vigías fueron designados cada noche, y enviados espías aquí y allá. A causa de falsos rumores sobre la proximidad del enemigo, pasamos días y noches insomnes, siempre armados. Debayakaikin que había sabido por sus espías que nosotros lo esperábamos de un momento a otro, pensó que la expedición debía diferirse algunas semanas, para atacarnos cuando ya nada receláramos.

La noche después de Pentescostés, en un campo vecino a la ciudad se arrastró callado con su ejército. Trabajó toda la noche en recolectar grupos de caballos por los campos de pastoreo y en hostigar a los animales con la lanza. Es admirable cuán propicia fue la luna llena para encontrar los escondites /179 de los ganados y los campos de pastoreos. Al amanecer, cuando yo estaba celebrando los oficios divinos, se me presentaron Pachicke y Zapancha, enviados por Debayakaikin, para instar a los compañeros que estaban en la fundación a que lucharan con él. Atronando la plaza con sus trompetas militares, Ychoalay responde a los nuncios en nombre de los demás, que no es ánimo lo que les falta para combatir, sino caballos con que ir al campo de batalla. Como ellos mismos se los habían robado de noche, ya los estaban usando y se acercaban a la reducción, él esperaría a que llegaran. Y muy pronto la defensa se agranda con los abipones que acuden de todas partes, a cuyo frente estaba Ychoalay a caballo. Recorriendo las filas una y otra vez, los conté y comprendí que eran muy pocos. Porque si la victoria correspondiera sólo al número y no al valor, los adversarios nos destruirían por completo. De tal modo nos superaban en número. Lo que no puede quedar en silencio es que Ychoalay, antes de reunirse con los demás en la defensa, afiló diligentemente la punta de su lanza en nuestra área con una piedra, y la untó con sebo para que penetrara más rápida y profundamente en la carne. Sabiendo que las flechas de todos convergían a uno solo, y queriendo lograr su salvación, procuré con toda familiaridad de que se bautizara, razoné familiarmente con él. Pero ¡Ah! parecía qué contaba una fábula a un sordo. No me prestó la mínima atención, tan absorto estaba por los cuidados de la guerra. Con tales preparativos de guerra, podría esperarse que los campos resumieran sangre; pero nada sucedió salvo el estrépito. Pues el día pasó totalmente incruento.

Mientras los nuestros esperaban, en la defensa, de un momento a otro el ataque enemigo, cerca del mediodía llegó por fin la respuesta de Debayakaikin por medio de un /180 hechicero: que no podía exponer sus fuerzas a un combate a la vista del pueblo, en donde no dudaba que hubieran muchos fusiles (no había más que dos); que por temor a éstos no se atrevería a nada más y que se retiraría sin más ganancia que los caballos que había tomado y sin más perjuicio para nuestra reducción que las vacas que había matado. Al atardecer, superada tan gran tormenta, nos sorprendió algo más terrible, por menos esperado. Repentinamente Ychoalay me interpela cuando estaba hablando con el Padre Brigniel. "¡Oh, vosotros, Padres" – nos dijo con la frente contraída según su costumbre – "nuestro pueblo, todo él, está meditando en abandonar esta reducción y la amistad de los españoles; y no tengo qué oponerles. Por causa de los españoles aceptamos la guerra contra nuestros compatriotas y parientes y la continuamos hasta hoy con fortuna cambiante. Son nuestros enemigos porque nos confesamos amigos de los españoles y sus acérrimos defensores contra Debayakaikin, Oaherkaikin y sus seguidores. A diario somos espoliados de nuestros rebaños de caballos, cada día castigados con heridas. Cada día lloramos en los funerales de nuestros compañeros. Los españoles supieron estas cosas, y las contemplan con ojos serenos, sin pensar seriamente en proveer los auxilios que nos habían prometido al decirse nuestros amigos. No podemos ya decir que los españoles son nuestros enemigos, pero tampoco nuestros amigos, si no creyéramos que sus promesas de amistad se limitan sólo a palabras. Y es por esto que mis compañeros, cambiando súbitamente su ánimo, han pensado en retirarse. Por la antigua benevolencia con que siempre os he tratado, ya os aviso que he mandado unas cartas al Teniente de Gobernador; daré un jinete abipón que las lleve a la ciudad. Vosotros pediréis soldados que os conduzcan /181 salvos a la tierra de los españoles antes de que, exacerbados los indios por la pérdida de los caballos que hoy han sufrido, se les ocurra atentar contra nuestra vida. Yo en verdad me veo impotente para defenderos. Os lo ruego, vosotros pensad bien y rápidamente mientras los asuntos estén neutrales". Dijo estas cosas primero en su lengua, después las repitió en español hasta la última sílaba, pues nos rogaba que entendiéramos cada una de los cosas que había dicho. "Nunca me hablaste con mayor claridad", respondió Brigniel. Ambos prometimos que nos dispondríamos, según sus consejos. Que no dudara, por lo demás, que el Teniente de Gobernador sería puesto en conocimiento de estos hechos, y que cualquier cosa que hiciera para ayudar o consolar a nuestros abipones sería apoyado sin tergiversaciones. Ychoalay, que nos exponía con su sentencia cuál era la situación, fue seguido por los ojos torvos y amenazantes de los demás abipones; en lo que nosotros leíamos claramente el dolor producido por la pérdida de tantos caballos y hostilidad para el español. Esa misma noche escribimos al Teniente de Gobernador acerca del presente peligro en que estaban nuestras cosas, cuánto más la de los españoles; pero Ychoalay casi no encontró quién llevara las cartas a la ciudad de Santa Fe, distante setenta leguas, ya que un tiempo tormentoso se prolongaba por muchos días. El camino se veía casi obstruido porque todos estaban anegados de agua. Entre tanto, mientras se supiera qué resolvía el Teniente de Gobernador, lo que más había que temer era que los salvajes indios, sin esperar la respuesta, volvieran la espalda a la misión y, matándonos, se dedicaran al robo como en otro tiempo. Pero una inesperada malasia agregó mayores males al lamentable estado de cosas. No hubo nadie que no reconociera que el Sapientísimo Dios velaba por nuestra incolumidad. En este evento inesperado /182 que ya he de relatar, se hizo evidente la Divina Providencia.

 

Capítulo XIX

YCHOALAY, JUNTO CON LOS ESPAÑOLES TOMA EL EJERCITO DE LOS ABIPONES ENEMIGOS; OTRAS VECES PELEA EXITOSAMENTE CON OAHERKAIKIN [m. p. rep: /182]

 

El feroz pueblo ecuestre de los charrúas, que asoló largo tiempo a los viajeros que vivían en la orilla oriental del Paraná, violando de la paz con sus latrocinios, fue por fin capturado en su mayoría por tropas de Santa Fe, y llevados desde su suelo nativo a la reducción fundada en campo Cayastá, donde fueron adoctrinados por un sacerdote franciscano. Privados de sus armas y caballos hasta que se civilizaran, como se hace con los cautivos, fueron custodiados por guardias españoles y alimentados no con carne de vaca, como se acostumbra en todas nuestras misiones, sino de caballo. Pues por la llanura andan muchos miles de caballos salvajes que carecen de dueño. Cada día los soldados cazaban todos los que eran necesarios para satisfacer a los charrúas. Estos indolentes bárbaros, cuando los acosaba el hambre, se dedicaron antiguamente a cultivar el campo por propia voluntad. Los campos adyacentes a la pequeña fundación, en gran parte pantanosos, casi no tenían donde arrojar simientes con esperanzas de cosecha, y parecía una colina demasiado angosta para el número de habitantes. Por esto el párroco envió a algunos charrúas para /183 que exploraran en campos más apartados algún sitio conveniente para la reducción. Cuentan que volviendo, encontraron cerca de la Laguna Blanca a un grupo bastante numeroso de abipones vagos. Enterado de esto el Teniente de Gobernador de Santa Fe consideró que no podrían ser tolerados en ese lugar campamentos de abipones enemigos, desde los cuales tendrían oportunidad de vejar las poblaciones españolas. Designa un grupo de jinetes para defenderse contra la peligrosa compañía de los abipones y nos ruega, en cartas enviadas a nosotros que Ychoalay se les una con los suyos y con los mocobíes.

Recibidas las cartas del Teniente de Gobernador cuando nos estábamos desayunando, un astro propicio disipó las nieblas de los espíritus. Superada la tristeza, reviven en Ychoalay los bríos dormidos, y confiando en cumplir con éxito la empresa contra sus enemigos, contento con la compañía de los soldados españoles, prepara todo en la misma víspera, y al día siguiente apenas salido el sol, inicia la marcha con una numerosa tropa de compañeros. No había ninguno entre todos que no lo siguiera con ánimo alegre; ninguno que alegara falta de caballos. Pues aunque el enemigo hacía poco les había arrebatado muchísimos, muchos se les escaparon escodiéndose en campos remotísimos. Esta es la antigua y próvida astucia de los abipones, que no confinan a todos sus caballos en un mismo lugar, sino que los reservan en distintos lugares. Los campos que cubre la selva o que los ríos hacen de difícil acceso, las islas, las recónditas sinuosidades de las costas, ofrecen pasto, escondite y seguridad a las manadas de caballos. Pero sigamos a Ychoalay que marcha a caballo. Llega al campo establecido por el Teniente de Gobernador y allí, como se había determinado, encuentra a los soldados españoles, pero a pie y /184 hambrientos, porque los caballos y las vacas habían huido de noche. Tanto unos como otras fueron recuperados por la sagacidad de Ychoalay. Se dirigen rápidamente con los jefes charrúas en una fila hasta la Laguna Blanca, pero no encuentran a los abipones. Fue difícil darse cuenta adónde habían migrado. Los españoles encomendaron a Ychoalay que descubriera el escondite de los fugitivos por los vestigios recientes y muy claros. Este, explorando el terreno todo hasta muy lejos, encuentra el campamento del enemigo y lo rodea tan estrechamente que todos, perdida la esperanza de huida o de victoria, se consideraban vencidos. Despojados de sus armas fueron conducidos con un grupo de mujeres y de niños como cautivos a San Jerónimo. El jefe de los soldados españoles nos dio unas cartas honoríficas en las que confesaba sencillamente que si algo había realizado él con éxito y felicidad, ello debía atribuirse a nuestros abipones, y sobre todo al ingenio de Ychoalay. Lo que admirarás es que esta victoria fue incruenta, a no ser por un español herido levemente por la flecha de un abipón escondido al borde de la selva. El éxito de la expedición levantó tanto los ánimos de nuestro pueblo como exacerbó a todos los abipones nakaiketergehes, de modo tal que parecía que esta victoria, intrascendente en sí misma, no serviría para acelerar la paz sino como nuevo estímulo de los enemigos para proseguir con mayor obstinación la guerra. Porque tres de los cautivos, quizás los abipones más perjudiciales: Zapancha y Pachieke, de prosapia de caciques, y otro, pariente de la mujer del cacique Apaikin (cuyo rostro recuerdo pero no su nombre), fueron deportados por los españoles, por consejo e instancias de Ychoalay, a la ciudad de Montevideo, y esto de ningún modo podía ser soportado /185 por los nakaiketergehes. Todo se prestaba, tanto el lugar como el momento, y aprovecharon ávidamente la ocasión de la venganza. Omitiendo otros incidentes, contaré que pocos meses después siete habitantes de San Jerónimo, de los cuales sólo dos eran varones, fueron muertos por los compañeros de Oaherkaikin cuando hacían un camino. Ychoalay, pensando que esta crueldad para con los suyos de ningún modo podía ser soportada, condujo a más de ciento veinticinco riikahes contra Oaherkaikin, cuyo campamento estaba por entonces cuarenta leguas al norte de la fundación. Muchos iniciaron la marcha a instancias de Ychoalay, que todavía no había pedido el Santo Bautismo.

Esta expedición me dio mucha preocupación y no poco trabajo a mí que por entonces ya había sido trasladado a la reducción de San Fernando, por donde parecía que habría de pasar Ychoalay con su tropa; y yo temía que nuestros yaaukanigas, hostiles para con Ychoalay, abrazaran la causa. de Oaherkaikin y envolvieran a nuestra misión en esta guerra. La víspera del día en que Ychoalay llegaría con su ejército, un explorador enviado por él por delante para averiguar los caminos y escondites del enemigo, se me presentó al anochecer. A la hora llegó un segundo, y poco después un tercero. Se avisaban mutuamente, uno aclaraba al otro lo que habían encontrado y explorado ese día. Los dos últimos regresaron esa misma noche para informar a Ychoalay, pero el primero que se llamaba Roco Chirulin pasó la noche en mi casa. Al día siguiente, aunque tenía la orden de hacer de espía, consideró que debía asistir a la Santa Misa por ser domingo. Admiré tanta religiosidad en un hombre bárbaro bautizado pocos días atrás. Aquella noche había estado considerando conmigo mismo que los jefes europeos tendrían más éxito en sus campañas si usaran de los /186 espías con la misma frecuencia y solicitud que estos bárbaros que observan día y noche cualquier cosa del enemigo. Lo que también es indudable para mí es que los americanos son más diligentes para explorar al enemigo y más cautos para atacarlo, porque son más temerosos que los guerreros europeos.

Ese mismo día al mediodía llegó Ychoalay con un ejército tan ordenado, con tanto silencio y tanta compostura en sus ropas que parecían semejarse a un ejército español. Todos iban provistos de lanzas de hierro y sombreros y monturas españolas. Eligieron para su campamento una colina cercana a la ciudad. Podían defenderse contra repentinos asaltos por una selva que tenían a la espalda y por dos lagos a los costados. En la llanura cercana donde yacían sus caballos, puso atalayas por todas partes desde donde pudiera verse a lo lejos cualquier insidia. Pasaron la noche a la intemperie, como es su costumbre, sin tiendas, colocados en una fila formando un semicírculo, pues de esta forma pueden defenderse pocos contra muchos. La montura les sirve de almohada y la gualdrapa del caballo, de manta. Cada uno tiene clavada en el suelo y a mano su lanza. Prenden cuatro o seis fogatas para iluminarse de noche y designan a algunos vigías para que recorran el campo velando por la seguridad de los caballos y de los compañeros que duermen. Si notan algún peligro o novedad avisan a éstos con bocinas y trompetas de guerra. Me parece que debo exponer esto detalladamente para que admires los métodos de los bárbaros, no instruidos por Vegetio sino por la maestra naturaleza. No había abipon huésped que no recurriera a mi casa para consultarme. En los años que viví en San Jerónimo los había conocido y querido a cada uno de ellos; y les agradaba ser llamados por el nombre que les había impuesto en el bautismo. En los dos años que estuvieron tranquilos entre nosotros, había procurado diligentemente que no les faltara sal, tabaco ni carne de vaca, pues estas tres cosas constituyen sus delicias y para ello había matado de nuestro predio muchas cabezas de ganado. Ychoalay, por su antigua amistad, pasó ese día muchas horas charlando amigablemente conmigo. Yo puse todo mi empeño y elocuencia para convencerlo de recibir el Bautismo. Exageraba los peligros a que expondría su vida; pero él, confiando en el número de sus hombres y en su fe, negaba que hubiera algún peligro para él, y decía que absorbido por las preocupaciones de la guerra, se consideraba inepto para los pensamientos piadosos. Compadecido de su ceguera, lo encomendé al buen Dios. Otra preocupación que ya insinué en otro lugar, me apenaba: yo sabía que mis yaaukanigás, eran enemigos de Ychoalay, y temía que se aliaran a su vecino Ooherkaikin y que tramaran alguna insidia contra aquél a escondidas. Pero intervine para que no se adhirieran a ninguna de las facciones. Usé toda mi elocuencia en este asunto, exhorté y supliqué a cada uno, según mi costumbre. Añadí amenazas a los ruegos, diciéndole que si promovían algo contra Ychoalay o si ayudaban a Oaerkaikin, no contarían con el auxilio de los yaaukanigas y me enojarían en gran manera. Del mismo modo yo había inculcado estas ideas una y otra vez a los jefes de la misión. Y en verdad, olvidando el odio, se me mostraron moderados. Algunos más jóvenes deambulaban desarmados para ver desde lejos la pelea.

Mientras tanto, Oaherkaikin, apenas supo los caminos de Ychoalay, anunció a un delegado de aquél que él permanecería en aquel sitio. Que lo recibiría enhorabuena. Que a él no se le había ocurrido ni una fuga ni ningún temor. Tenía pocos compañeros; pero tales, que cualquiera de ellos parecía capaz de equiparar a muchos muy valientes. Al día siguiente del que Ychoalay nos dejó, Kepakainkin, entonces compañero de Oaherkaikin, casado con una hermana de éste y muy noble tanto por su estirpe como por sus hazañas militares, fue interceptado en el campo por el primer emisario de Ychoalay, Hapaleolin. Como su esposa era nakaiketergehé y sus hermanos vivían entre los riikahes, él seguía tanto a uno como a otro, de modo que lo movían tanto la esperanza como el temor. Por esto mismo era odiado por otros bandos; hombre de pocas palabras, malísimo e indolente, temeroso y contado entre el número de los hechiceros. Temiendo la llegada de Ychoalay se retiró con muestras de amistad del campamento de Oaherkaikin que estaba a punto de ser atacado, pretextando que exploraría los movimientos del enemigo y traicionándolo salió al encuentro de los enemigos riikahes y los guió hasta los campamentos de Oaherkaikin. Fue sin embargo el único espectador de la lucha y enseguida, asociado a los abipones riikahes con su esposa y abandonando a Oaherkaikin se retiró a la misión de San Jerónimo. Ya conocerán en otro lugar más cosas de este bribón.

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Capítulo XX

TODO EL PUEBLO ABIPON ES REUNIDO EN TRES REDUCCIONES. PERO DESGRACIADAMENTE DISTRIBUIDO ENTRE LOS GUARANIES POR UNA GUERRA CON LOS ESPAÑOLES

 

Por fin pudimos ver con alegría que Oaherkaikin se sumaba con los suyos a la reducción de San Fernando, cosa que desde el tiempo del rey español Carlos V hasta nuestros días ningún español paracuario deseara más. Todo el pueblo de los abipones por fin se quedó quieto distribuido en tres reducciones, a las que pronto se sumaría una cuarta. Este hecho parecía a todos ser el fruto dichoso de la Divina Providencia. Pero ¡ah! súbitamente una tormenta proveniente de Europa echó por tierra tantas esperanzas. Los poderosos reyes de España y Portugal pactaron una permuta de tierras en América; para Portugal resultaba ventajosa, pero para España (y todos los españoles son testigos) perniciosa, y peligrosa. Para dar cumplimiento a los pactos reales, debieron ser trasladadas a la costa oriental del río Uruguay siete importantes fundaciones guaraníes. El rey católico Fernando VI ordenó que emigraran a treinta y dos mil guaraníes cristianos que en ellas habitaban. Sus templos construidos y adornados con tanto trabajo un siglo atrás, sobresalían en mucho por su tamaño y esplendor entre todos los de Paracuaria; también las casas privadas, construidas de ladrillos y tejas; los campos abundaban /193 en tabaco, algodón y todo tipo de plantaciones. Los predios repletos de innumerables rebaños. Desechar todo esto y emprender en sitios remotísimos otra vez la construcción de ciudades aptas que deberían terminar sus descendientes resultaba intolerable a esos indios que aborrecían el trabajo arduo, como también lo sería para cualquier individuo europeo. Imagínate abandonar todas aquellas cosas. Abandonar para siempre el suelo patrio. ¡qué duro es! La Historia Sagrada pondera al patriarca Abraham. ¿Por qué? Porque salió prontamente de su tierra natal, Caldea, ante una orden de Dios. Los guaraníes, cautivados por el amor al suelo patrio, no podían convencerse con ningún argumento de que el rey católico les hubiera ordenado una migración de este tipo aunque estuvieran siempre prontos a cumplir los mandatos reales más que cualquier otro pueblo de América. Esta cesión de sus ciudades a sus enemigos inveterados, debería ser considerada como un castigo por alguna culpa, pero ellos no se encontraban ninguna culpa por la que pudieran ser castigados por Dios ni por el rey, a quienes siempre habían servido. En el primer tomo hice mención a las cartas enviadas al gobernador real José de Andonaegui en las que se referían a este asunto en detalle, como a otros pasos de esta gestión. Nadie puede leer sin lágrimas estas cartas tan faltas de artificio y engaño como llenas de verdad y de candor.

Algunos infames del vulgo español corroboraron con desvergonzada falacia esta duda acerca de la orden real de migración que se adentró profundamente en el espíritu de los indios, asegurándoles que ella había sido una simulación de los jesuitas, cuando no les decían que éstos, codiciando esos pueblos, les habían vendido por oro a los portugueses. Imbuidos de tan funesta sospecha los guaraníes hacían oídos sordos a las exhortaciones de los Padres quienes a diario eran /194 urgidos por el rey a que apresuraran la migración. Ya no había lugar para las órdenes, ya no eran de ningún peso las amenazas ni los ruegos. Muerto el amor a los Padres que otras veces los llevaba a portarse como hijos, comenzaron nuevamente a regirse por sus leyes y a hacer todo a su propio arbitrio. ¡Qué no hicieron los Padres para doblegar sus voluntades y encaminarlos hacia el mandato del rey! ¡Cuántas cosas soportaron! A diario expusieron su cabeza a peligros de muerte. Coronada la cabeza con una lúgubre corona de espinas llevaron sus ruegos por las calles y con voz tonante interrumpida con frecuencia por lágrimas, suplicaron y exhortaron desde el púlpito al pueblo reunido en el templo. Nada lograron los desdichados con su llanto, más que vanas promesas. Algunos más temerosos emigraban; pero al día siguiente, vencidos por el amor al suelo patrio volvían con los suyos, más afianzados sus ánimos. Finalmente debieron ser obligados por las armas; pero alguna vez se armaron y opusieron resistencia a los españoles, a los portugueses y a cuantos los amenazaban. Los Padres no movieron ni una piedra para que llamaran a los suyos a la paz y la obediencia. Como nada se lograba, era prudente y necesario ser tolerantes si se quería evitar mayores calamidades. Había que temer y precaverse de que irritados por la rígida severidad, los guaraníes que vivían en el Paraná no hicieran alianza armada con los del Uruguay. Alguno de los Padres, con más audacia que prudencia, cuando intentaba quitarles las armas por la fuerza, estuvo a punto de ser herido por la lanza de un enfurecido, pero otro se interpuso. Poco faltó para que alguno de nuestros hombres, cuando cruzaban el río Uruguay para las tratativas de la migración, fuera muerto por una bala. El Padre Salvador Quintana, catalán /195 en cuanto se dio cuenta de que los suyos estaban por salir de los campamentos sediciosos, se encerró en una pública prisión y se negó a salir de ella hasta que viera que depuestas las armas permanecían tranquilos en sus casas. No acabaría si contara las industrias y los peligros de otros Padres. Pero en verdad ya los espíritus de los guaraníes no podían ser detenidos por ningún freno ni ser separados de su propósito de guerra. Tenían decidido y pensado repeler la fuerza con la fuerza, y pelear por sus campos y sus hogares.

Para ello eligieron a un indio llamado José de la reducción de San Miguel; y cuando éste murió, a Nicolás Neengiru, pretor de la Concepción, nacido de antepasados, abuelos y padres guaraníes. Muchos libelos dados a publicidad lo señalaron con toda impudicia e imprudencia como rey de Paracuaria confundiéndolo con un jesuita español oriundo de Andalucía. Y nosotros nos reíamos e indignábamos ya que habíamos conocido a este indio descalzo y ocupado a diario en las tareas de la fundación. La envidia, malevolencia y credulidad de los hombres engendró esta fábula digna de Maquiavelo; y no sólo se esparció por las provincias europeas, sino que llegó hasta las mismas Cortes reales. Pero quien creó esta ficción del rey de Paracuaria olvidó darle visos de verosimilitud. Así como el hambriento devora cualquier cosa por más desagradable sabor que tenga, nunca nada tan absurdo y ajeno a la verdad fue creído por las mentes crédulas, ávidas de novedad. No sólo los poetas sino los historiadores hablaban al pueblo de hombres sin cabeza, de gigantes inmensos provistos de un solo ojo en el pecho y no sé de cuántos otros monstruos absurdos que existían en América. Del mismo modo había /196 sido urdido el famoso Rey Nicolás. Ya en el primer volumen refuté esta pestilente fábula más digna de risa que de refutación, y la desenmascaré del principio al fin. Su lectura será beneficiosa para los más obstinados que quieran mantenerse en su error aunque para los más entendidos resultará superflua. Un príncipe de primer nombre me aseguraba, cuando volví a Europa, que durante muchos años, la falsedad del rumor acerca del Rey Nicolás había sido un hecho seguro e investigado por él; que en muchos periódicos de Madrid se había publicado y confirmado.

Después de muchas vicisitudes de la guerra a las que en otro lugar me referí de paso, estos siete pueblos fueron entregados por los españoles; pero no recibidos por los portugueses, porque comprendieron por fin que todo ese territorio hasta el río Uruguay carecía totalmente de minas de oro y plata. Alrededor de catorce mil indios desterrados se dispersaron por los campos uruguayos, como si fueran ganado. Casi otro tanto fueron distribuidos en las reducciones del Paraná; y los que habían abandonado casas limpias de piedras blancas, encontraban como un favor de sus compatriotas, escasos víveres y con chozas de paja. Carlos III a la muerte de su hermano Fernando VI, vino de Nápoles hasta España y rescindió esa permuta de tierra pactada con los portugueses que él nunca había aprobado, reformó nuevamente los límites establecidos y declaró la guerra a los portugueses, ordenando que los guaraníes desterrados volvieran a sus pueblos, encomendando a los jesuitas esta tarea, según una norma ya común. Pero, ¡Ah! ¡Cuán distinto era el aspecto de aquellas antes tan florecientes misiones después de tres años de ausencia de sus habitantes! ¡Oh!, ¡cuánto distaba Niobe de aquella Niobe! Era el campo de Troya destruida. Los templos sin su esplendor, los predios sin rebaños, las paredes y los techos de las casas destruidos por las injurias del tiempo y de los soldados, gran parte de los edificios convertidos en cenizas, /197 los campos sin cultivar cubiertos de malezas y cizañas. Toda la región era refugio de tigres y serpientes. Restituir todo esto sería trabajo de los Padres, esfuerzo de los indios. Parecía que serían necesarias las industrias y el empeño de un siglo para reconstruir lo que se había destruido en esos tres años. En una palabra: los guaraníes uruguayos, tan ricos antes de todo, al volver del exilio estuvieron faltos de todo. Pero, enjugaron la amargura de tantas calamidades con la dulzura de su patria a la que habían vuelto por condescendencia del inmortal rey Carlos.

Esta tragedia del pueblo guaraní apartó los ánimos abipones de los españoles, y los atemorizó, y marchitó considerablemente a las nuevas misiones como la escarcha a las tiernas flores. Vieron con malos ojos que los gobernadores llamaran a los españoles contra los guaraníes a quienes nunca habían considerado aptos para la guerra con sus vecinos. Supieron el motivo de la guerra y la desaprobaron. "Si tan grande es el deseo de combatir que tienen los españoles – decían – ¿por qué no toman las armas contra los guaycurús, los aucas, los chiriguanos, los yaapitalaka y otros pueblos tan perniciosos? ¿Así es de versátil la amistad de los españoles? ¿Tan infiel y débil es su memoria que olvidan los favores que siempre les prestaron los guaraníes?". Quejas y lamentos circulaban a diario en la boca y en los ánimos de todos. Yo escuché sin ser visto a cuatro abipones que hablaban de este asunto: "¿Recuerdan – decía uno de ellos – cómo de niños oíamos las alabanzas con que eran celebrados los guaraníes? Todos permitieron ser bautizados por el sacerdote, todos llenaron a diario el templo; no sólo se ocupaban en mil trabajos, sino que se /198 deleitaban en ellos. Para satisfacer las órdenes de los delegados del rey no escatimaron su sudor ni su sangre. Eran ponderados por boca de sus sacerdotes hasta la admiración como los más moderados, los más dispuestos, e inofensivos para todos. Pese a todo, ya son arrojados de sus pueblos y de su patria. Pensad, os ruego qué no harían con nosotros los españoles, ya que rechazamos el bautismo, desdeñamos el templo, rehusamos el arado, la segur y la agricultura, y no raramente nos dedicamos al robo y aunque la mayor parte de nosotros nos abstenemos de matar a los españoles, sin embargo nos alzamos con cuantos caballos de ellos podemos. ¿Qué destino nos espera? Si los españoles no respetaron a los guaraníes, sus mejores amigos, ¿a qué no se atreverán con nosotros que nunca les resultamos buenos? Reunidos en un solo pueblo, estamos expuestos día y noche a sus insidias. Esparcidos por nuestros antiguos escondrijos de campos y selvas estaremos más lejos del peligro. La vecindad de los españoles nos resulta tan peligrosa como su amistad. Aprendamos claramente en el ejemplo de los guaraníes. ¿Qué nos impide vivir en el campo como nuestros mayores?". Así argüía aquél y otros muchos bárbaros del mismo modo sin dejar de hablar. Muchos se fueron de nuestras misiones exacerbados por la crueldad de los españoles para con los guaraníes deseando apartarse de su amistad o movidos por la oportunidad de robo que se les presentaba por la ausencia de milicia. ¡Ah! ¡Cuán amargos fueron los frutos de la guerra guaraní para toda la provincia!

El mismo día en que Nicolás Patrón fue enviado con un ejército de soldados correntinos contra los guaraníes, Oaherkaikin, ya liberado el temor, dijo adiós a la reducción de San Fernando con sus compañeros para vivir como antes de sus robos. Su ejemplo fue seguido por otros habitantes. Y no pocos /199 que se habían apartado de Ychoalay, entre los que estaban Neotenkin y Nauahakin, parientes suyos y antiguos compañeros, vieron que en ese momento podrían atacar impunemente las ciudades y los campos de los españoles, habitados por mujeres y los débiles del pueblo ya que los varones habían sido llamados a la guerra con los guaraníes dejando sus campos indefensos. Con tan admirable ocasión no sólo atacaban con todas sus fuerzas las poblaciones de los españoles, sino las de los abipones, principalmente San Jerónimo. Ychoalay, abandonado por la mayoría de los suyos y criticado por sus adversarios porque ya no podía ni ayudar a los españoles ni ser ayudado por ellos que se hallaban ocupados en la guerra, no perdió sin embargo su fe en ellos, ni cambió su ánimo. Intrépido, se opuso a la tempestad hostil hasta donde le permitían sus fuerzas y sus posibilidades. Tenía un predio junto al arroyo Malabrigo, rico en numerosos ganados y rebaños de ovejas. Un gran contingente de abipones enemigos, mocobíes y vilelas lo invadieron repentinamente, ya que no estaba custodiado, sino habitado sólo por unas pocas mujeres. Sin encontrar resistencia tomaron ganados y mujeres y enviaron a una vieja a la ciudad para que le anunciara que sus ganados habían sido robados y que si quería recuperarlos, debía venir a reunirse con ellos junto al cercano río Ychimaye donde debía esperarlos. El anuncio hecho por la vieja fue para Ychoalay como una trompeta de guerra: aunque el tiempo estaba frío y tormentoso, ardiendo de ira voló con un grupo de los suyos al lugar establecido. Vio a la multitud enemiga, los atacó con todo tipo de armas y los venció felizmente; muchos de sus enemigos murieron, muchos fueron heridos y los demás huyeron. Y en verdad era opinión de todos que nadie se hubiera liberado de la muerte si Ychoalay mismo no les hubiera facilitado /200 caballos con que volver a sus tierras, prefiriendo usar de una inexplicable piedad con los vencidos al ser herido por una flecha en el brazo. Recuperados los ganados y las mujeres cautivas y restablecido de la herida, la inesperada victoria lo enardeció y llenó a los enemigos de tan gran temor que no llevaron consigo los cadáveres de los suyos como lo establece su religión, sino que los abandonaron en el campo como pasto de los tigres y de los cuervos. Otras veces, entrada la noche Ychoalay despertado por algún indicio, no sé cuál, recorría a caballo todas sus posesiones vigilándolas. Encontró a dos espías tobas que estaban casi a treinta pasos de sus casas, los tomó y los envió bien custodiados por abipones a San Javier donde vivían algunos tobas con los mocobíes. La ausencia de soldados españoles volvió a los abipones y a otros bárbaros vagabundos en poco tiempo más audaces y dañinos para toda la provincia. Todos lamentaban la perdida seguridad en los caminos y en los campos cuando no en las mismas ciudades. Las frecuentes incursiones de los bárbaros eran más funestas porque los que siempre se habían tildado de enemigos eran movidos por los guaraníes amigos a atacar de tal modo que esa calamidad pública parecía ser un mal incurable; en parte porque nunca podría ser curado por falta de quien lo curase y en parte porque los remedios parecían ser más peligrosos que la misma enfermedad. Algo se intentó contra los bárbaros agresores, pero el resultado fue más favorable a los bárbaros que a los españoles.

 

Capítulo XXI

EXPEDICION DE LOS ESPAÑOLES CONTRA /201 LOS ABIPONES SALTEADORES

 

Los Tenientes de Gobernador de las ciudades de Santa Fe y Santiago resolvieron por fin atacar a los abipones desertores de sus poblaciones en sus escondrijos remotos del norte para castigarlos y para acabar con su inaguantable licencia de robo. Francisco Vera Mujica se unió a Francisco Barreda, con cincuenta soldados santafecinos en la reducción de San Jerónimo; éste era escoltado por quinientos jinetes santiagueños y también por algunos abipones de Concepción con los caciques Malakin, Debayakaikin e Ypirikin compañeros de expedición, muy conocedores de los caminos y de todos los escondites de los bárbaros. Después de recorrer un camino de varios días hacia el norte llegaron a un lugar célebre por sus carpinchos (Atopehenra Lauate) en donde no encontraron ni sombra de los abipones enemigos que buscaban. Cada día los españoles eran burlados por éstos que se retiraban a lugares retirados, conocidos por ellos, en selvas, lagos y esteros, verdaderas fortalezas; y eran vencidos por la rapidez de la huida. En el mismo borde de aquella selva en un lugar carente de vados se mostraron siete abipones armados provocando a los españoles a la pelea. Ibarra, jefe de éstos, no toleró la burla y sólo con cinco santiagueños cruzo el arroyo a nado. / 202 Pero como algunos de sus compañeros vacilaron, rehizo el camino en rápida carrera para que las tinieblas del ocaso y la multitud de indios escondidos en las selvas no los oprimieran. Otras veces los enemigos abandonaban en los caminos caballos flacos, mancos, escuálidos de enfermedad o vejez como el mejor botín para los españoles. En aquel mismo sitio habían puesto como guardia de los caballos a un abipón rengo, cargado de años, al que los españoles no podían llevar prisionero sin grandes molestias ni matar sin cometer un acto inhumano. Por fin, sin esperanzas de luchar con los enemigos, con los caballos cansados y las manos vacías de gloria, los españoles regresaron a su tierra. En esta ida y vuelta los jinetes santiagueños debieron recorrer más de cuarenta leguas por arduos caminos. No faltaron quienes consideraron culpable a Barreda porque había tomado como compañeros a los caciques Debayakaikin y Malakin; les parecía que aunque éstos se simularan muy amigos de los españoles serían unos traidores; más solícitos de la incolumidad de sus compatriotas que del triunfo de los españoles avisarían a los abipones errantes por medio de señales establecidas para que pudieran esconderse a tiempo o evitar a los españoles. Yo estoy absolutamente seguro de que esta excursión de los españoles hubiera resultarlo exitosa si dejando de lado a los acompañantes abipones hubiera ido Barreda solo con 500 de sus santiagueños. Quisiera que supieras cuán enemigo de los españoles fue el astuto Debayakaikin mientras acompañaba a Barreda, porque poco después, prófugo de la fundación de la Concepción con sus compañeros, se unió a los que lo habían precedido huyendo hacia el /203 norte y se mostró abiertamente enemigo de aquéllos. Pronto leerás que dejó de vivir y de ser temido en este lugar.

Los siguientes esfuerzos de dos Tenientes de Gobernador confirmaron la antigua opinión de los abipones: que cuando están esparcidos por el campo no pueden ser vencidos ni sometidos a la ley por los españoles. ¡Con cuántas artimañas se habían duplicado sus iras y sus ánimos para vejar a la provincia por todos los caminos y [con] todas las fuerzas! Ya dije en otro lugar que tres de aquellos abipones capturados por Ychoalay fueron vendidos por los españoles en Montevideo y el solo recuerdo de esto era una acerba herida para los abipones nakaiketergehes, que decían que nunca podría curarse, sino con abundante profusión de sangre española. Para aplacarlos los Tenientes de Gobernadores de Santa Fé y de Santiago les propusieron dejar en libertad a aquellos tres cautivos y devolverlos a sus compatriotas. Fueron escuchados. Pero de donde se había esperado un remedio para la provincia conturbada, redundó en más duro mal y destrucción. Uno cuyo nombre no recuerdo había muerto en la cárcel entre grillos; otro, Zapancha, mientras huía en precipitada fuga desde una alta torre, se hirió la espina dorsal quedando imposibilitado de caminar. Solo pudo volver a los suyos Pachieke, hijo del cacique Alaykin

Vuelto éste a los suyos fue recibido con increíbles muestras de alegría; volvió a ver a su esposa que vivía con su padre Yyinnerchin en la fundación de San Jerónimo. Disimulando el deseo de venganza en que ardía para con los riikahes, autores de su cautiverio, se mostró tan tranquilo /204 y pacífico, que parecía ya olvidado de las injurias, deseoso de las mejores virtudes, ávido de quietud, en una palabra, distinto a sí mismo. Pero cuando bajo las cenizas quedan dormidas las brasas, son causa después de mayor incendio. Tramando insidias a escondidas, se escapó de San Jerónimo con sus compañeros; y para que no se pensara que había huido por algún temor, añadió a la fuga una tremenda rapiña; pues de noche tomó muchísimos caballos que pastaban en campos apartados. Apresurando la marcha hacia el norte, renovó Debayakaikin la alianza de hombres y de armas. De edad floreciente, de hermosa configuración física, pronto para realizar cualquier cosa y muy experto en el arte de robar, los hombres de su edad llegaron en masa para seguirlo como guía y vejar las poblaciones españolas. Casi no había rincón de la provincia que no fuera afligido por sus incursiones. No hay lugar para hacer una reseña minuciosa de sus muertes y rapiñas. La reducción de San Jerónimo fue para él el principal blanco hacia el que dirigía su furia para oprimir y devastar. Sin embargo la vigilancia de sus habitantes, su prontitud y empeño lograron eludirlo.

 

Capítulo XXII    /205

EL CACIQUE DEBAYAKAIKIN ES MUERTO POR YCHOALAY EN COMBATE, Y SU CABEZA SUSPENDIDA DE UNA HORCA

 

No satisfecho Ycholay con la fama de preclaro defensor adquirida, planeó contra el caudillo de los abipones salteadores, Debayakaikin, como contra la cabeza de la serpiente, una excursión memorable por muchos aspectos. Desechados los auxilios de los españoles o de los mocobíes amigos, tomó como compañeros en esta campaña a los más valientes de los suyos, todos de fidelidad muy probada. Habiendo buscado durante algunos días la toldería de Dabayakaikin, cuando la descubre exclama: "Volvamos. No nos conviene probar la suerte de la guerra. Temo, no sé qué se ha apoderado de mi ánimo. Siempre he desconocido el miedo en los momentos decisivos como vosotros mismos lo sabéis, pero éste nos es infausto; un pavor inusitado nos presagia algo siniestro, creedme. Vamos, regresemos". Como si estas palabras fueran un oráculo, los compañeros ya se volvían. Pero alguno dijo: "¡Eh! vosotros! ¿No os avergonzáis de volver a casa con las manos vacías? Yo vi en un campo cercano los caballos del malvado Pachieke paciendo sin ninguna guardia. ¿Qué nos impide tomar toda la tropa de caballos para resarcirnos de los que ellos nos han robado?". El consejo fue aprobado, y sin que nadie se opusiera se vuelven apoderándose de la presa. Mientras tanto Pachieke, que pasó por casualidad, vio el campo sin caballos y, /206 sospechando por los rastros que los ladrones serían los riikahes, vuela en rapidísima carrera hasta Debayakaikin, se lamenta del robo de los caballos, y le expresa su deseo de que los enemigos sean perseguidos y castigados. Y sin demora cuantos abipones hay cerca con Debayakaikin como jefe marchan sobre los rastros que ha dejado Ychoalay al que encuentran poco después, y trabándose en encarnizada lucha, lanzas y flechas se cruzan atrozmente por un tiempo. Los riikahes salieron victoriosos. Debayakaikin, como otro Héctor, fue muerto por la lanza de Ychoalay y en verdad, como fue fama común, ninguno de los enemigos hubiera sobrevivido si el jefe vencedor no hubiera impedido la muerte de los demás trocando su furor en clemencia. "Estos indios del pueblo – clamaba – no deben ser condenados porque tomaron las armas sólo por seguir a su jefe". Pachieke huyó con los suyos, más preocupado por sí mismo que por Debayakaikin, mostrándose más animoso cuando la acción se dirigía contra los débiles y desprevenidos.

Ychoalay llevó como trofeo las cabezas de Debayakaikin y de cinco de los más nobles. Llegando, a la ciudad, según es costumbre en los triunfadores, ordena que se prepare en la plaza un patíbulo con estacas y que en él se cuelguen las cinco cabezas. En aquel lugar, rodeado de sus jinetes dirigió una arenga, subido a su caballo: ¡He ahí – decía –, señalando con el dedo la horca – el castigo a la fe violada! ¡He ahí el trofeo de nuestra virtud! Alimentad vuestros ojos en estos despojos de nuestros principales enemigos por quienes ni os fue permitido respirar hace ya mucho tiempo, por cuya causa soportamos noches insomnes, arduos caminos y cuántas /207 veces, crueles heridas! Prolongada la guerra hasta estos días, la suerte de Marte fue tentada una y otra vez, como sabéis. Este (Debayakaikin), instigador del pueblo conjurado para nuestra muerte, nunca logró vencer ni ser vencido. La suerte de la fortuna siempre fue variada y equívoca. Este gran día dirimió por fin la vieja lid y para que nosotros no seamos quienes juzgamos, o por mejor decir para que no tergiversemos acerca de la guerra, movió la ilustre victoria que la posteridad apenas creerá y que muchos nos envidiarán. Rechazamos impávidamente al enemigo que nos asaltó con estrépito, lo reprimimos duramente, lo derrotamos felizmente. Atribuiréis un poco a la fortuna, os lo permito, pero decid sin embargo que la mayor parte de la victoria se debe a nuestro valor. Vuestros ojos son testigos: toda esta hazaña sucedió así para que ni yo me arrepienta de los compañeros que elegí, ni vosotros os avergoncéis del jefe que obedecéis. La amenaza que durante tanto tiempo se cernía sobre vuestras cabezas, muerta por fin por esta lanza, será incapaz de amenazar y de ser temida. Ya exánime, no puede ser temida por vosotros ni debe ser llorada, indigna de las lágrimas con que soléis celebrar otras muertes. Pues aunque es pariente nuestro, nunca vivió [sino] como [el] más extraño de nosotros. Cuanto odio, cuanto engaño, cuanta furia o fuerza tuvo, todo ello lo arrojó y descargó contra nosotros. ¡He ahí la cabeza donde se forjaron tan grandes traiciones! Insultad ya al pérfido, aprended, para no correr la misma suerte, a recordar la fe dada a los españoles, tenaces en probidad y complacientes conmigo, solícitos de vuestra incolumidad. No tengo en tanto los viles restos de los enemigos, cuanto les considero dignos de nuestro temor. Morid ardientes en la pelea. Los que sobreviven, o son remisos o huyen; o no han muerto porque escaparon a nuestra vista /208 y nuestras manos. Los pequeños arroyos se secan por falta de cauce. Quitada la cabeza al cangrejo, aunque mueva el cuerpo, es inofensivo y muere a las pocas horas. Muertos los jefes cuyas cabezas tenéis aquí, los grupos enemigos se apaciguarán por haber perdido la esperanza de la victoria, o por temor a morir y suplicarán nuestra amistad, deponiendo su odio". De este modo habló Ychoalay convertido de jefe en orador, y los ojos y oídos de todos estaban fijos en él. Y puesto que las palabras se ajustaban a los hechos, nadie lo puso en duda. Y no pienses que yo he creado un discurso así en boca de un bárbaro, porque nadie desconfía del Inca Garcilaso de la Vega cuya historia del Perú está llena de discursos más largos en boca de indios. A este respecto he aprendido con la experiencia de los años que los abipones, guaraníes y otros indios americanos suelen hacer discursos no sólo con detalle sino hasta con elegancia, adornándolos ingeniosamente con metáforas, figuras retóricas y comparaciones. No dudo de que los americanos, pese a sus hábitos rústicos son muy dispuestos a la elocuencia.

Aquellas cabezas de los enemigos eran expuestas cada día en la horca al lúgubre canto fúnebre vespertino de las viejas, y de noche se las guardaba en la casa para que algún partidario de los enemigos (pues no faltaba este tipo de hombres) no las arrebatara a escondidas. A la mañana siguiente se las reponía en la horca durante algunos días por orden de Ychoalay. Los cuatro hijos de Debayakaikin, que habían nacido uno de cada madre habían recibido la orden de su padre, cuando vivía, de apoyar a Ychoalay y de aceptar su fama. Pero poco después, apartados del trato con Ychoalay, comenzaron /209 a deambular con sus tribus cambiando la amistad en odio eterno. Sin embargo ninguno de ellos, aunque de edad adulta, fue considerado por los suyos digno de ocupar el lugar de su padre muerto. Todo ese pueblo, esparcido en grupos, se aliaba a su antojo. Unos siguieron a Oaherkaikin, otros a Pachieke, y la mayoría a Revachigi, llamado después Oahari, plebeyo, joven, y sin embargo superior a otros de más edad por sus proezas y por sus dotes físicos y morales. Sobre esto diré más cosas en otro lugar.

Los abipones nakaiketergehes, aunque diseminados en varias tribus, siempre siguieron unidos en ánimo y en fuerzas, cuanto les fue posible, para continuar la guerra contra los riikahes, estimulados por la reciente muerte de Dabayakaikin. Pachieke asoló constantemente a los cordobeses, y finalmente murió en el campo de batalla por asechanzas de éstos. Su nueva costumbre le dio ocasión e incentivo para una incursión hostil contra los españoles. No terminaría si me pusiera, a contar las nuevas causas o las alternativas siempre variadas de esta guerra con que fue afligida miserablemente la misión de San Jerónimo, retardado el progreso de la cultura y de la religión, y ejercitada la paciencia de los Padres dedicados al trabajo, de la instrucción de los indios. Pese a la falta de recursos, a la constante amenaza de la propia vida y a las maquinaciones de los enemigos, que debieron soportar durante veinte años, lograron por fin que, excepto Ychoalay, más de ochenta indios fueran bautizados e iniciados en la religión en el año 1767. Si sumas a éstos los niños o adultos bautizados en punto de muerte atacados de viruelas u otras enfermedades, podrás considerar que la mies que recogieron los operarios apostólicos no es de lamentar.

 

Capítulo XXIII    /210

ORIGEN Y COMIENZOS DE LA REDUCCION DE ABIPONES LLAMADA DE LA CONCEPCION DE LA DIVINA MADRE

 

Puede decirse que el autor de esta reducción fue Cristóbal Almaraz. Este, de origen español, nació en los campos adyacentes al río Salado y desde niño fue cautivo de los abipones. Criado entre éstos, adquirió el rostro, la lengua, el espíritu y las costumbres de los bárbaros. Ninguno de los abipones fue más dañino ni más provocativo con los españoles, de modo que los mismos abipones lo consideraban un abipón por sus muertes e insignes latrocinios. No solo le dieron su cultura, sino que también lo distinguieron dándole por esposa a una de sus nobles mujeres. Esta, después de haberle dado ya algunos hijos fue llevada a la ciudad de Santiago junto con otras muchas mujeres tomadas por Barreda, como ya he contado. Con la esperanza y el deseo de recuperar a su esposa, Almaraz con su cacique Alaykin trató con todo empeño de que se le pidiera a Barreda el pueblo que estaba por fundarse para sus compatriotas. Afirmaba que éste sería el medio más seguro y único con que todos los cautivos recuperarían su libertad. En este asunto se reveló como verdadero orador. Habiendo aprobado Alaykin sus consejos y ya deseoso de la paz, Almaraz inició un camino de más de cien leguas sin acompañamiento y sin armas y cumpliendo sus etapas de noche, llegó a Santiago. Como tenía el rostro marcado según la costumbre abipona e ignoraba la lengua española, se ocultaba cuidadosamente de la vista de los españoles para no ser tomado por abipón, y muerto en el campo. Todo sucedió según sus deseos. /211 Pues Barreda, muy deseoso de apaciguar a ese pueblo bárbaro y de atraerlo a Cristo aprobó gustosamente los ruegos de los que le pedían reducción, aunque le valió la crítica de no pocos santiagueños que no querían verse privados de los cautivos abipones a quienes se permitía volver a su tierra, más ávidos del beneficio privado que del bien público.

Juan Victorino Martínez del Tineo, que por aquel entonces había llegado para gobernar el Tucumán, hizo mucho para acelerar y estabilizar aquella reducción. Varón sobresaliente por su espíritu militar, pronto de ingenio y de manos e ilustre por su piedad, puso todo su empeño en dirigir a los indios que antes habían devastado la provincia del Chaco, sometiéndolos a Dios y al rey. Y en verdad muchas cosas fueron provechosas y muchas más lo hubieran sido en este asunto si los españoles y los indios hubieran sido más condescendientes. Apoyado Barreda por los auxilios de su gobernador, habiendo explorado en repetidas entrevistas el deseo del cacique Alaykin fundó la nueva reducción en la margen oriental del río que los españoles llaman Inespin y los abipones Narahagen, a nueve leguas del gran río Paraná y a sesenta de la ciudad de Santa Fe, alejada de Santiago más de ciento sesenta. Barreda era criticado por los santiagueños por haber realizado la fundación en un lugar tan apartado de la ciudad, en donde cualquier ayuda debería llevárseles con gran incomodidad y peligro por la soledad del lugar. Pero como los mismos /212 abipones habían elegido el sitio, el prudente Barreda juzgó imprudente rechazar sus deseos. La fundación se estableció en una tranquila elevación del terreno; gozaba de un clima moderado, porque ni era abrasado por excesivos calores ni era acosado por tormentas o vientos demasiados rigurosos. El río cercano les proveería de agua salubre, el campo hasta muy lejos, de pastos y los bosques vecinos, de árboles frutales o aptos para leña y la construcción. Había allí una increíble variedad de animales de caza; en las cercanías crecía todo tipo de palmeras que los indios usan para diversas comidas; allí se encontraba todo lo necesario para los usos humanos excepto piedras y metales de los que no hay ni vestigios en toda la comarca. Por la inmensa llanura que se extiende hacia el sur deambulan muchos miles de caballos errantes que los abipones podrían capturar según su deseo. Todos los esteros, lagos y arroyos están llenos de nutrias cuya carne les sirve de alimento y con cuya piel se proveen de capas para defenderse de los vientos frescos. Asimismo hay abundancia de carpinchos. La tierra es sumamente fértil y cualquier semilla dará una mies abundante. Tantas ventajas impulsaron al cacique Alaykin a elegir este sitio para la reducción; todos sus compañeros aprobaron rotundamente este lugar, porque les parecía que estarían más seguros contra las insidias cuanto más lejos estuvieran de los españoles. Arroyos a menudo imposibles de vadear, grandes esteros, lagos y lagunas, ocasionan increíble demora a quienes quieran llegar desde Santiago hasta ese lugar. Ni podrían ser oprimidos por un súbito ataque de los españoles en aquellos lugares defendidos por la naturaleza con selvas y lagos ya que los abipones se consideran más seguros con esas defensas naturales que con flechas y lanzas. Ni podrían ser /213 obligados a entablar ninguna pelea si renunciaran a la amistad y la confianza pactada.

Trabajando apresuradamente, como es costumbre allí, fueron construidos el templo y las chozas para los Padres y el cacique, con maderas traídas de la costa de los ríos por los soldados bajo la presencia y dirección de Barreda. Algunos hijos pequeños de los caciques fueron bautizados. La fundación fue encomendada al cuidado de los Padres José Sánchez, de Murcia, y Bartolomé Aráoz, de Tucumán; pocos meses después éste fue reemplazado por Lorenzo Casado, catalán. Alaykin fue puesto al frente de la colonia no en virtud de su linaje sino de sus virtudes militares. Varón de buena inteligencia, de índole tranquila, de gran candor, de espíritu intrépido para todo, los suyos lo apreciaban tanto cuanto le temían los españoles, cuyas ciudades había castigado durante muchos años con sus incursiones. Principalmente los campos cordobeses y santiagueños le tenían por implacable y funesto enemigo. Aunque a menudo intervenía en los acostumbrados brindis, sin embargo, también en esto sobresalió porque siempre aborreció las riñas y altercados en que se ven mezclados los borrachos. Tuvo por toda su vida una sola esposa que le dio dos hijas y otros tantos hijos. El vigor y la armonía de su cuerpo lo recomendaba a todos. El hijo mayor era Pachieke, de quien he hablado poco antes; ¡ah, cuán diferente en todo a su padre! Aunque tanto por sus virtudes físicas y morales como por la gloria militar sin duda hubiera sobrepujado a su padre, si llevado por su ardor juvenil y osado por sus fuerzas no hubiera muerto por un hado temprano. Poco después se le unieron los caciques Alaykin, Malakin, Ypirikin, Oaikin y Zapancha con sus súbditos; de modo que la nueva reducción cobró un auge admirable con la llegada de tantas familias. Estos bárbaros habían venido llevados por la esperanza de /214 ropa, de regalitos y de carne de vaca que cada día se les repartía. Y no les fue frustrada su esperanza pues los campos de esta reducción fueron provistos con mayor liberalidad que los de otras. Además de los ganados que Barreda había reunido solícitamente entre los españoles más ricos, Martínez, gobernador del Tucumán, con aprobación del virrey Manso, reunió con dinero del erario real cuatro mil cabezas de ganado y ordenó que se las destinara a alimento de los abipones. Algunos años después este número creció hasta veinte mil por las industrias del Padre José Sánchez, pese a que la voracidad de los abipones consumió muchos miles.

Las mujeres que habían vuelto de la cautividad de los españoles ocasionaban muchas molestias y fastidio a los Padres. Fueron bautizadas entre los españoles, sí; pero con un tinte tan leve de religión que desconocían la mayor parte de lo que debían creer, cuidar o preferir; y eran tenidas por cristianas, aunque de cristianas solo tuvieran el nombre. Y lo más detestable es que por la larga convivencia con españoles del pueblo, con negros o mulatos habían adquirido malos hábitos que los mismos bárbaros detestan y se habían embebido en opiniones que inspirarían segura maldad a los demás habitantes de la fundación. Exacerbadas por el recuerdo de la triste servidumbre que les había tocado procuraban que los suyos se apartaran del amor a los españoles o del respeto a los Padres, se esforzaban por impedir el bautismo a los niños o a los adultos enfermos, e inspirar horror a la Ley divina y lograr la observancia de las antiguas supersticiones. Con este fin solían inventar calumnias, llevar rumores acerca de que /215 los españoles tenían intenciones hostiles para con los abipones, o convencerlos de fugarse y a veces los convencían porque los abipones les daban crédito por haber vivido un tiempo entre los españoles. Aquella esposa de Cristóbal Almaraz que mencioné más arriba fue para la reducción la mayor peste entre todas las cautivas, porque siendo más noble que las demás, se mostró más mentirosa y apartada de la religión. En la ciudad de Santiago había recibido de un sacerdote por medio de intérpretes rudimentos de doctrina y en el templo recibió el sacramento del matrimonio con Almaraz que ya era su marido. Sin embargo, Almaraz, pretextando su impiedad y su desconocimiento de la perpetuidad del lazo conyugal, ordenó que ella, trasladada a la fundación de la Concepción tuviera todas sus cosas, pues habiendo convivido con los españoles, comenzó a cansarse de su vieja esposa y a desear casarse con una jovencita española. El mismo obispo de Tucumán le permitió que la condujera; él pretextaba que aquella primer esposa abipona era consanguínea de otra mujer con la que había estado casado tiempo atrás entre los bárbaros, según consta por abundantes testimonios. Yo mismo, a pedido de un sacerdote, llevé la causa de Almaraz a Córdoba, ante el administrador Argandoña y conseguí de dos de nuestros maestros de Teología cuya opinión solicitó el obispo que la misma fuera aprobada. Almaraz, habiendo logrado sus deseos, ejerció en su patria la medicina con éxito y gran aplauso. ¡Ojalá hubiera sido con provecho para los enfermos! ¡Ah! ¿Quién no reiría? La opinión de los españoles del pueblo era que algunos que habían convivido un tiempo entre los bárbaros, habían /216 adquirido algún conocimiento de las hierbas y de las ocultas artes de curar que Galeno ni soñó siquiera, aunque no hubiesen consumido toda su vida más que en matar gente, desollar cráneos y apurar copas. Sin embargo no niego que algunos de ellos, vueltos a su patria, prestaron cierto servicio al gobernador; pues cuando se proyectaba alguna excursión contra los bárbaros, eran los más indicados como exploradores o guías y si habían llegado a dominar el habla de los bárbaros, como intérpretes y consejeros.

 

NOTAS

 

17- Habiendo comprendido finalmente entre las demás cosas contra la Compañía de Jesús, también se divulgue: se llame también a las misiones de estas provincias personas de naciones extranjeras, tal como recuerdo que por decreto real del año 1734 debe hacerse; en mi decreto del diez y siete de setiembre prometería al General de la Compañía que en cualquier misión sometida al cuidado de la Compañía y a mi jurisdicción de Indias, la cuarta parte de los misioneros enviados podrían ser alemanes, que en toda ocasión han sido fidelísimos, etc., etc.