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S.J. Martín Dobrizhoffer

HISTORIA DE LOS ABIPONES

Vol. II

 

CAPÍTULO XIV

SOBRE LA FORMA Y MATERIAL DE LOS VESTIDOS, Y LA FABRICACION DE LOS DEMAS UTENSILIOS

 

Quienes estén convencidos de que los americanos, /135 indistintamente, van vestidos sólo con la piel que recibieron de madre al nacer, se engañan miserablemente. Este error grabado en el espíritu de muchos, quizás haya nacido de la observación de cuadros o grabados en bronce que presentan a algún indio como un sátiro hirsuto o un cíclope desnudo. No desconozco que existen en América pueblos que se despojan totalmente de ropa. Muchos han escrito sobre las costumbres y modos de vestir de las demás provincias. Yo me referiré especialmente a los de Paracuaria y a mis abipones, tal como son ahora.

Los demás indios abominan a los payaguás, habitantes muy salvajes de los ríos, que desconocen tanto el pudor como el uso del vestido. Se los ve muy bien cuando aparecen vestidos de varios colores de la cabeza a los pies, y adornados con cuentas de variadísimos tonos. Vimos que los mbayás, un pueblo ecuestre semejante a los payaguás por su impudicia, poseían abundantes prendas de vestir pero no la usaban debidamente. Cubren las partes del cuerpo que podrían mostrar /136 y muestran aquellas que deberían ocultar. Al preguntar a los abipones qué pensaban de los mbayás, me respondieron que éstos eran semejantes a los perros por su desvergüenza. Mis compañeros, que vivieron entre ellos, se lamentaban de la deshonestidad de estos indios. Sin embargo los mujeres de uno y otro pueblo usan un tipo de vestido sumamente discreto. Con frecuencia vi, en la ciudad de Asunción grupos de estos bárbaros. En las selvas que los Mbaevera llaman Mborebiretâ, patria de los alces, encontré a indios adolescentes que ceñían algunas partes de su cuerpo con un tenue velo, llevaban con decencia una tela blanca – tejida por ellas mismas – que las cubría desde los hombros hasta los pies. Observé esto mismo en los naturales que deambulaban por las costas del Tapiraguay y del Yeyuy, cuando fueron conducidos por mis compañeros a la colonia recién fundada de San Estanislao.

Una vieja y su hija, de unos quince años, que yo había encontrado en las selvas entre los ríos Monday y Empalado, se cubrían durante el día con una red tejida con fibras de caraguata, sobre la que se acostaban de noche; de modo que la misma prenda, aunque transparente, les servia de lecho y de vestido.

Respecto a los bárbaros abipones, afirmo con toda lealtad que visten siempre honesta y elegantemente, sin discriminación de sexo, clase, ni edad. Ni siquiera los niños de pocos meses andan desnudos. Querríamos que los españoles de Paracuaria sobre todo los de Asunción y Corrientes, imitaran este cuidado del pudor. Las mujeres, aun ]as mayores, /137 olvidan hasta en la plaza publica la honestidad; abandonando los vestidos en cuanto la temperatura es elevada. Ante este hecho continuamente son reprendidas por los oradores sagrados, tanto en privado como en público. ¿No deseas conocer la clase de vestido que usan los abipones? Se cubren con cualquier lienzo, tela remendada, mantel o tapiz que sea cuadrado, sin ninguna hechura o confección. Cubren sus hombros con esta tela, sea de lana o de algodón, y atan un extremo al brazo izquierdo, dejando libre el derecho para cualquier movimiento que necesiten realizar. Usan un cinturón de lana de variados colores. Esta túnica, cerrada bajo el pecho, cae desde los hombros hasta los pies. Para no quedar desnudos cuando montan a caballo, sujetan el vestido con las piernas. Desconocen por completo el calzado, los calzoncillos y los pantalones; pero, no obstante, son muy rápidos para cruzar ríos en las carreras y en la equitación. Se cubren, además de la indumentaria que describí, con cualquier trozo cuadrado de tela, de cualquier tipo, como si fuera un palio, la que atan con un nudo debajo del cuello. Este atavío no sólo los resguarda del frío, sino que a la vez les confiere cierto aire grave. Con esta vestimenta, y armados de lanza, andan a caballo. Si los vieras, creerías haber encontrado a otros Fabios, Marios, Escipiones o Epaminondas resucitados. Tal es la conformación del vestuario que llevaban en la antigüedad.

Cuando derriban arboles con la segur, por temor a cansarse, se quitan la ropa, aunque siempre lo hacen lejos de la mirada de los demás.

Algunos descenderán a la arena a pelear con los bárbaros totalmente desnudos; en parte para estar más livianos y tener mayor libertad de movimientos; en parte porque les parece que así podrán esquivar las heridas provocadas por otros más acorazados, cuando lleguen al combate, como referiré en otro lugar.

Si tienen que recorrer largos caminos, llevan la cabeza expuesta a la lluvia, al clima caluroso y a los vientos. Algunos sin embargo rodean la frente con una banda de lana roja para evitar las quemaduras y los dolores de cabeza que pueden producir los rayos del sol; hecho que yo mismo pude comprobar. Los mayores confeccionan un sombrero de /138 tipo europeo, que llevan cuando viajan; el mismo es utilizado, a veces, por los adolescentes. Los varones y las mujeres usan el mismo tipo de vestido, sin otra finalidad que la de cubrirse el cuerpo.

La confección del vestido de los abipones, de cualquier clase que sea, constituye la principal ocupación de las mujeres. Se les encomienda a ellas, no sólo por su asiduidad, sino también por su amor al trabajo.

Además de las tareas cotidianas de la casa, esquilan las ovejas. De la lana, obtienen con gran habilidad los hilos; los tiñen con alumbre en variados colores, según el material de que dispongan. En seguida, tejen con éstos una tela con diversos trazos, líneas y figuras, en diferentes tonalidades. Lo creerías un tapiz turco, digno de nobles europeos, sin embargo, no es más que el usual vestido de los abipones. Los instrumentos utilizados para tejer, se limitan a unas pocas cañas y maderitas que transportan a caballo en sus viajes sin ninguna molestia. Posiblemente las mujeres americanas tendrían una habilidad congénita para preparar otros utensilios. Supieron modelar con arcilla ollas y cántaros de múltiples formas, como lo hacen los alfareros, usando sólo sus manos. Para cocer estas vasijas no emplean horno; lo hacen a campo abierto, rodeándolas de leña. No saben decorarlas con incrustaciones de vidrios, a modo de litargirios. Primero las bañan en un color rojo; después las untan con una cola natural para darle brillo.

En todo el territorio de los abipones no se conoce la nieve; y la escarcha es muy rara. Cuando el viento sur sopla durante un período prolongado, les es imposible llevar esta /139 vestimenta tan liviana. Para defenderse del frío, los abipones se cubren con un manto hecho de piel de nutria. Este tipo de vestido, también cuadrado, es fabricado con diligencia y elegancia por las mujeres.

El principal trabajo de los perros es traer esas pieles, una vez cazadas las nutrias. Las entregan a los naturales, quienes las sujetan al suelo con pequeñas estacas, para que no se arruguen. Una. vez secas les pintan unos cuadros de color rojo, en forma de cubiletes. Las indias no saben macerar las pieles; pero se dedican a sobarlas y ablandarlas con las manos; luego las cosen con un hilo muy fino, para envidia de los curtidores. Lo hacen con tanta destreza, que las uniones no son visibles ni a los ojos más perspicaces; todo el manto parece confeccionado con una sola piel.

Usan unas espinas muy finas a modo de agujas, con las que perforan la piel de nutria, como los zapateros el cuero con la lezna; por allí pasan un hilo muy fino de caraguatá. Soportan los fuertes vientos con este manto común a varones y mujeres, que llaman Nichigebè, porque "nichigherit" significa nutria. Cuando el calor es muy intenso, no es raro ver a viejos de ambos sexos que se niegan a quitarse estas pieles. Los más pobres preparan este atavío con los despojos de los gamos, ciervos o tigres, según la costumbre de los antiguos quirites, como dice Propercio en el Libro Cuarto: Pellitos rustica corda, Patres (64). El uso de las pieles para vestirse, es común a casi todos los pueblos de la antigüedad, y ¿quién ignora que las han tenido desde los comienzos del mundo?. Esta costumbre la recibimos no como un invento del ingenio humano, sino del mismo Dios en el Génesis, Capítulo 3: Fecit quoque Dominus Deus Adae et uxori eius tunicas pelliceas, et induit eos (65), y poco antes: cum cognovissent se esse nudos, consuerunt folia ficus, et fecerunt sibi perisomata (66). Tácito, lo atestigua basándose en los antiguos germanos, /140 Herodoto en los africanos; Arriano en los tracios y escitas; éstos se han vestido con distintas clases de pieles, de acuerdo a las diferentes provincias a que pertenecían. Homero en la Ilíada, 3, nos cuenta que sus héroes se cubrían con despojos de leones, osos, lobos, cabras; aunque en aquel tiempo ya se usaba la lana, el lino y algunas sedas, ya que leemos que Helena, Penélope, y otras matronas, tanto griegas como troyanas, ya los tejían.

Los historiadores afirman que casi todos los americanos que no desechan la decencia se cubren con pieles de animales para defenderse del frío. Nosotros mismos lo hemos observado con frecuencia. Otros sustituyen o agregan a las pieles numerosos adornos, utilizando las multicolores plumas de las aves que son aplicadas con raros artificios.

Los bárbaros montañeses se cubren una parte del cuerpo con una tela fabricada con hilos de caraguatá o con las fibras que obtienen de la corteza del pino. Las viudas abiponas se cubren con esta misma tela, de acuerdo a una costumbre tradicional, la cabeza y los hombros durante el tiempo que dure el luto. Los bárbaros, que los franceses llaman esquimales, y otros pueblos vecinos a la Tierra del Labrador y Nueva Zembia, preparaban sus ropas con las vejigas y vísceras de pescados. Cuando sobrevenía el frío, agregaban a la indumentaria anterior una especie de manto hecho con pieles de ciervos o de lobos marinos; las pintaban de diversas maneras, llamando así la atención de los europeos con tanto artificio.

Cuando los abipones transpiran, las pieles de nutria, al no estar maceradas por curtidores, exhalan cierto hedor, apenas tolerado por sus acompañantes. En las noches más frías, usaban el mismo tipo de tapiz. Confeccionaban las bandas y coberturas de los niños con aquellas pieles y mantas, ya en desuso para no lastimarlos al envolverlos. /141

En siglos anteriores era común ver a los americanos más bien desnudos que vestidos; de manera que cuando los europeos introdujeron el uso de la ropa, no la aceptaron; o si la aceptaron, muy pronto la desecharon. Esto lo recuerdan escritores idóneos de aquellos tiempos. Sin embargo parece increíble con cuánta vehemencia los indios paracuarios anhelaban poseer esos espléndidos vestidos. Ofréceles un sombrero elegante, unos trozos de tela o de paño rojo, un puñado de cuentas de colores de vidrio y serás para ellos el gran Apolo: si le ordenas ir al cielo, irán.

Día y noche llegaba a nuestros oídos esta súplica: Padre, dame un vestido, ¡Pay! Tachcane bihilalk, o aapar aik. Obsequiándoles ropas, bien pronto se puede ganar la voluntad de estos bárbaros. Esto los cautiva rápidamente, del mismo modo que el anzuelo a los peces. Una colonia americana no abundará en habitantes cristianos, si no abunda en vacas y ovejas, ya que la lana es necesaria para el vestido, y la carne como alimento. Si les faltaran ambas cosas, o una de ellas, se volverán a sus escondrijos, donde se creen más ricos, siendo enemigos de los españoles. Pude apreciar lo que muchas veces me decían gimiendo: La guerra con los cristianos les reportaba más ganancia que la paz; porque haciéndoles la guerra conseguían armas; y firmada la paz era imposible obtenerlas, a pesar de los infinitos ruegos.

Esta era con verdad la antigua, cotidiana y justificadísima queja de los abipones. Este tema se tratará con mayor amplitud cuando refiramos el estado de las nuevas colonias.

Un maestro de la ley divina, por elocuente que sea, si no es liberal en lo que respecta a la comida y al vestido de sus discípulos, no hará ninguna clase de progreso en Paracuaria. Si viniera del cielo un ángel y anunciara a Dios y la ley de Dios a los abipones, y a la vez llegara con las manos vacías; si no les trajera vestidos, comida, u otros regalos, casi nadie /142 lo escucharía. En cambio, si llegara el negro más negro del Aqueronte portando arcas llenas de trajes, alimentos, cuchillos y collares de vidrio, lo llamarán de inmediato Capitán, y todos se mostrarían con él dóciles, sumisos y condescendientes. Si me preguntas las causas, te diré por qué durante dos siglos todos los americanos no abrazaron nuestra religión. En primer lugar, por el pestífero ejemplo de los antiguos cristianos, su dureza y privaciones para con los indios, que los apartaron de la religión y los pervirtieron. Las extremas penurias de los sacerdotes que fueron enviadas para conducirlos a Cristo, que son casi increíbles en Europa, es la otra causa. Juzga esto que te cuento, no como conjeturas, opiniones o controversias, sino como verdades y experiencias certísimas. Creerás mis palabras después que hayas leído los siguientes capítulos de mi historia. /143

 

CAPÍTULO XV

SOBRE LOS USOS Y COSTUMBRES DE LOS ABIPONES

 

No todo lo que hay entre los naturales es bárbaro. A menudo del estiércol nacen elegantes florecillas, o entre las espinas crecen rosas; como las cosas malas se mezclan con las buenas, así entre los abipones se asocian con los vicios algunas virtudes absolutamente dignas del hombre cristiano. Recordaré las principales de las muchas que ellos cultivan, pero no por ello olvidaré sus vicios. Los abipones sirven por la conformación de sus cuerpos al decoro, en tal medida que difícilmente lo creería un europeo. De su rostro y de su porte se desprende una jovial modestia y una gravedad viril que ellos supieron atemperar con una suave bondad. En sus cotidianos encuentros se muestran apaciguados y tranquilos. Cuando se reúnen jamás provocan desórdenes, griteríos, altercados o pronuncian palabras mordaces. Aman la conversación, de la que está ausente toda obscenidad y aspereza. Alternan las penosas caminatas diurnas y nocturnas con alegres charlas. Si surge una controversia alguno de los presentes pronuncia su sentencia con gesto sereno y a continuación un discurso tratando de calmar los ánimos; jamás como sucede en los pueblos de Europa, prorrumpen en clamoríos, amenazas o improperios. Con justicia hay que reconocer /144 que los abipones merecen estas alabanzas. Sin embargo, en estado de ebriedad y al no poder razonar con claridad, se muestran diferentes a sí mismos, como si estuvieran por completo desequilibrados.

Si uno toma la palabra, los demás lo escuchan atentamente sin interrumpirlo. Si durante media hora se dedica a relatar los acontecimientos ocurridos en alguna guerra, sus compañeros no sólo le prestan atención, sino que a la vez aprueban cada una de sus sentencias con roncos sonidos de voz, o con diversos signos de afirmación cuyo significado es igual al de las siguientes interjecciones: Quevorkee, sí; Cleera, ciertísimo; Chik akalagritan, sin duda; Ta Yeegam! o Kem ekemas!, exclamaciones con las que demuestran admiración. Con los mismos vocablos pronunciados en voz baja, interrumpen al sacerdote mientras predica el sermón, pues lo consideran un gesto de urbanidad. Les parece que contradecir la opinión de otra persona, aunque ésta divague mucho, es signo de mala educación. Se saludan y vuelven a saludar con dos palabras: ¿La nauichi? ¿Ya viniste? La ñaué, ya vine. Para ser más breves, usan el vocablo La para saludarse, y pronunciándolo con fuerza. Los guaraníes, tienen este modo de saludarse: ¿Ereyupà? ¿Viniste ya? Ayú angá, Vine. Si la conversación se extiende mucho, aunque estén cansados, no se retiran hasta que el dueño de casa lo ordene. El primero le pregunta al vecino: ¿Ma chik kla leyà?, ¿Ya basta de conversación? El segundo al tercero, éste al cuarto, y así continúan repitiendo palabras, hasta que al final, el último de los que están sentados en círculo en el suelo, da la sentencia: basta ya de conversación: Kla leyà, dice; dicho esto, todos se levantan dispuestos a retirarse. Luego, cada uno dice al dueño de casa, dando muestra de amistad: Luhikyegarik, ya me voy; a lo que él responde: La micheroà, Vuelve otra vez. Los indios vulgares, dicen: Lahik, Ya me voy. Cuando llegan a la puerta de la casa (considera el lugar de salida, nunca /145 hay puerta), con el rostro vuelto hacia el dueño de ésta esclaman: Tamtara, hasta pronto; con lo que quieren significar: Te veré después. Como suele decir el vulgo al despedirse: hasta la vista. Creen que es falto de cortesía encontrarse con alguien y no preguntarle a dónde vas: ¿Mickanè? o ¿Miekanchitè? ¿A dónde vas? Esta pregunta, la tomaron de aquellos que usaron la lengua quichua en Paracuaria; nunca dejan pasar a nadie sin antes preguntarle: ¿Maipirinki?, ¿A dónde vas? Y (me avergüenza escribirlo) cuando los abipones se retiran a un lugar apartado del campo para satisfacer sus necesidades fisiológicas los que pasan los saludan en voz alta, con aquella habitual pregunta: ¿Mikauè? ¿A dónde? Me llamó la atención que ellos no se sonrojaran, pues había notado en todas las demás cosas una singular discreción.

Lo cierto es que, durante los siete años que vivimos entre ellos, no observé nada que pudiera amenazar u ofender el pudor o la castidad que los caracterizaba. En verdad este juicio corresponde a ambos sexos, cualquiera sea su edad. Consideran lo poligamia y el repudio de la mujer como cosas lícitas, basándose en el ejemplo de otros pueblos de América y de sus mayores. Sin embargo, sólo unos pocos abipones se entregan a esta licencia; el repudio de la mujer es más frecuente entre ellos que la procreación; pero la mayoría conserva una sola mujer durante toda su vida. Consideran el comercio con la mujer ajena como una deshonra; de modo que el adulterio es un hecho absolutamente inaudito entre ellos. La vida lujuriosa, tan familiar a los pueblos europeos, es desconocida por los naturales; ni siquiera conocen su nombre. Los rostros de los niños y niñas reflejan una natural alegría; pero nunca los verás mezclarse ni hablar entre ellos. Cuando recién había llegado, para complacer el pedido de un compañero /146 mío, canté para los fieles en la plaza pública; un grupo de mujeres quedó totalmente cautivada por la suavidad de los instrumentos musicales que nunca habían visto. Atraídos por la música, acudió un grupo de adolescentes; pero al acercarse éstos, las mujeres se dispersaron de inmediato.

Toman generalmente un baño diario en algún río cercano, sin que los acobarde el mal tiempo o los vientos fríos. Los abipones son discretos en la disciplina del sexo; de modo que no encontrarás ni la sombra de un varón en el lugar en que se bañan las mujeres. Con frecuencia un centenar de mujeres recorre en grupo los campos más lejanos en busca de distintos frutos, raíces, fibras para extraer colores u otros materiales útiles. Aunque a veces tardan cuatro u ocho días en regresar del campo, no aceptan a ningún varón como compañero de viaje, ya sea para ayudarlas en los trabajos, vigilar los caballos o ponerlas a salvo cuanto se enfrentan con el enemigo o con las fieras. No recuerdo a ninguna mujer cuya muerte fuera provocada por un tigre o por mordeduras de víboras; sin embargo conocí a numerosos abipones que dejaron de existir por ambas causas.

No niego que los abipones fueron bárbaros, inhumanos, feroces, pero sólo con aquellos que consideraron sus enemigos. Antes que pasaran a las colonias fundadas por nosotros y que se firmara la paz, vejaron a casi toda la Paracuaria con sus crímenes, rapiñas e incendios durante muchos años. Lo consideraban un derecho de guerra puro y honorífico, porque siempre conocieron y desconfiaron que los españoles fueron hostiles y amenazantes con ellos. Trataron de repeler /147 al enemigo empleando la fuerza, devolviendo injurias por injurias, rapiñas por rapiñas, muertes por muertes; y nunca aceptaron estos hechos como algo inicuo o torpe. Durante la guerra que sostuvieron los españoles con los portugueses, vieron cómo unos se enfrentaban a los otros. Movidos por el ejemplo de éstos, pelearon no como sicarios ni ladrones, sino como soldados, cuyo oficio era herir a los enemigos no sólo para defenderse, sino para conservar la vida de los suyos.

Pelearon como fieras, distinguiendo a aquél que lo hacía con más arrojo, así lo asegura Marcial de Attalo. Conservaban las cabezas de los españoles como trofeos, y a la vez como testimonio de su valentía. Robaron a los hispanos gran número de armas, miles de caballos y todo aquello que podría serles útil; las llamaron presas de guerra, considerando su posesión como un derecho. Negaron que fueran ladrones. Escucha por qué: afirmaban que todas las cabezas de ganado de los españoles les pertenecían, porque nacieron en sus tierras que en otro tiempo éstos ocuparon a sus mayores sin que nadie los rechazara, y que se las usurparon sin ningún derecho (como les parece en verdad). Todos nos empeñamos en borrar los errores que los bárbaros llevaban adheridos a sus fibras más íntimas, e inculcar en sus ánimos ideales de amistad y amor hacia los españoles; pero el resultado obtenido fue inferior a nuestros deseos. Aunque se ensañan en un hereditario odio hacia los españoles, sin embargo aún en su matanza manifiestan cierta humanidad. Llevaban consigo la muerte; si bien el golpe fatal lo daban con la lanza, jamás se detuvieron a torturar, atormentar, destrozar, o despedazar a los moribundos, como fuera costumbre entre otros bárbaros. No obstante, no vacilaban en amputar las cabezas de los muertos para mostrarlas con ostentación a sus compañeros y dar así testimonio, ante su pueblo, de su fortaleza. Respetaban al sexo débil y llevaban consigo incólumes a los niños y niñas inocentes. Solían alimentar a los pequeños arrancados de los pechos maternos, con jugos de frutas o hierbas silvestres y llevarlos a su casa sin hacerles /148 daño, por larguísimos caminos. Esta suavidad de los bárbaros es mayor de lo que podría creerse en Europa, pero nosotros la hemos conocido muy bien. Si alguna vez dieron muerte a las madres y a sus hijos, posiblemente este hecho lo llevaron a cabo adolescentes sedientos de sangre, o quizá los mismos adultos con el fin de vengar a aquellos antepasados que durante años soportaron el yugo de los españoles. De manera que esa crueldad no debe considerarse como tendencia natural del pueblo abipón, sino como resultado del ciego furor que despertaba en ellos la presencia del hombre hispano. Tal vez si hubieran tomado como ejemplo la errónea actitud de algunos soldados cristianos, el odio hacia los peninsulares se habría intensificado.

Creo oportuno recodar dos de los mismos: unos soldados paracuarios, oriundos de Asunción, después de dar muerte a un indio guaraní y destrozar su cadáver, completaron su venganza al orinar sobre el mismo. En otra oportunidad, estos mismos mataron a otro indígena guaraní; escondieron el cadáver entre sus ropas, para transportarlo hasta el río Tebicuary donde volvieron a maltratar a golpes el cuerpo sin vida, arrojándolo luego a las aguas.

Por su actitud, éstos parecerían imitar a aquellos que se complacían en clavar la lanza en el pecho de un moro muerto, de donde el proverbio español: Al moro muerto, gran lanzada. Los documentos presentados por los historiadores, manifiestan la crueldad de los soldados españoles en América. Si los leyeran los abipones, jurarían que fueron preparados por terribles fieras.

A través de lo expuesto, podrás deducir el temple de estos naturales en épocas de paz.

Nunca consideraron a los prisioneros de guerra, ya sean españoles, indios o negros, como siervos o esclavos; casi diría que los atendían con cierta indulgencia y afabilidad. Si el jefe ordena a los cautivos la realización de algún trabajo, lo hace con la mayor sencillez, ganando la voluntad de /149 éstos: Por favor trae mi caballo: Amamàt gröböcbem, o Groánàgiikàm, Yañerla aböpegak tak nabörecht. Jamás los vi emplear el látigo o cualquier otro castigo corporal con los más negligentes o con aquéllos que se insolentaban con su amo.

Resulta casi increíble la confianza, así como los gestos bondadosos que tienen con los prisioneros, al punto de privarse de los alimentos y vestidos necesarios para proporcionárselos a aquéllos. He aquí dos ejemplos: la anciana esposa del cacique Alaykin preparó y equipó el caballo de un cautivo negro en presencia mía. Otra viejecita, madre del cacique Rebachigui, cedió su lecho, durante muchas noches o un niño enfermo, tendiéndose ella pobremente día y noche en el suelo. Por esta facilidad y deseo de agradar tienen obligados moralmente a los prisioneros de tal modo que aunque tengan diaria oportunidad de huir nunca lo hacen ya que están contentos con su suerte. Conocí a muchos, que una vez pagado el precio de su rescate y devueltos a su patria, regresaron espontáneamente, permaneciendo fieles a sus amos abipones, a los que seguían tanto en la caza como en la guerra; y jamás temieron contaminarse las manos con sangre española, aunque ésta corriera por sus venas. He aquí el momento propicio para dolorosas reflexiones: ¡Cuántos españoles, llevados desde niños entre los abipones, imbuidos de sus ritos, costumbres y artes para matar, se han convertido en verdugos de Paracuaria, su patria! Cuántas veces éstos se encontraban unidos en las expediciones de los bárbaros para destruir a los cristianos, no como acompañantes sino como conductores, partícipes de todas las rapiñas, muertes e incendios, e instrumentos de las calamidades públicas; de tal modo que portugueses, españoles o italianos, desertores de la santa religión, cumplieron con celo la excelente misión de interceptar las naves de su pueblo, como los piratas argelinos o marroquíes. Estos confirman con su ejemplo, que /150 cuando más fino es el vino, mayor es la calidad del vinagre que se obtiene; y que la corrupción de los mejores es la peor.

Aún hoy recuerdo con claridad el rostro y las acciones despiadadas de algunos cautivos que conocí entre los abipones; éstos por su deseo de dañar a los españoles aventajaban en barbarie a todos los naturales.

Unos soldados santiagueños enviados al Chaco hicieron un alto en el camino para descansar al mediodía y encontraron una calavera y preguntando aquí y allá qué era eso, les explicaron claramente que en ese lugar encontraron sin vida a cuatro españoles; que el autor de ambos crímenes había sido un español (sé su nombre, pero lo callo) cautivo de los abipones, que por su conducta resultaba más perjudicial que un abipón para el pueblo hispano. Este lugar que tantas veces había cruzado, desde aquel día lleva el nombre de "las sepulturas". Muchas son las cosas que revelan la deshonesta actitud de este ladrón, y de otros como Almaraz, Casco, Juanico, el negro correntino, el indio Juan José Ytatingua, y en especial Juan Díaz Gaspar Iahachin. Éste, abipón de origen, fue desde niño cautivo de los españoles y de inmediato incorporado a la religión cristiana. Durante los veinte años que estuvo en la ciudad de Santiago fue prisionero del español Juan Díaz, cuyas palabras escuchaba con atenta devoción. Todos los años durante la Cuaresma, públicamente en su choza, se ensañaba con un inhumano flagelo. Trasladado por fin a su pueblo comenzó a perseguir de tal modo a los españoles, que se distinguió entre los suyos por los derramamientos de sangre que a diario provocaba; además les fue muy útil ya que conocía con precisión los caminos y lugares de la zona. Adquirió fama por la disposición que demostraba cuando iban a matar a los españoles, desempeñándose como explorador o guía. Iniciada la paz y fundada para los abipones la ciudad de Concepción, el mismo Caëperlahachin conocedor /151 de muchas lenguas, actuó como intérprete; abusando de su oficio hizo lo posible por volver sospechosa la amistad de los españoles, y odiosas las leyes de Cristo y a nosotros, que fuimos enviados como maestros de la religión entre los abipones, catecúmenos más dignos por aquel tiempo del nombre de energúmenos.

Sin embargo este taimado, simulando con gran énfasis piedad y amistad, logró maravillosamente que lo creyeran tanto los españoles como los abipones, aunque fue peligroso para unos y otros, y con mayor razón para nosotros que habíamos procurado esa colonia. ¡Ah! La actitud de la madre resultaba más pestilente que la de su propio hijo! Esta, sacerdotisa de todas las hechicerías, que había pasado el siglo de vida, era venerada por el pueblo tanto por sus años como por sus formidables conocimientos sobre las artes mágicas que todos creían que dominaba a fondo.

Nunca terminaba de exhortar a los suyos a que abandonaran el templo, huyeran de nuestras instituciones, del Bautismo, de la confesión de los moribundos. Veis que la madre es digna del hijo, del mismo modo que un huevo en mal estado impide el nacimiento de los polluelos. Pero Dios castigó a la vieja infame (la llamarías Meden o Megea): prófuga de la fundación con un grupo de compañeros, murió miserablemente despedazada por los mocobíes, antes que muchos otros. Sin embargo ignoro qué suerte corrió o dónde desapareció Caëperlahachin.

La libertad de vagar por donde quisieran, la abundancia de comida y vestido sin ningún trabajo, la cantidad de caballos, la posibilidad de ocio y lascivia a su arbitrio, junto a una plenísima impunidad donde no se temiera la ley ni la censura, ligaban en suave vínculo a los españoles con los abipones; de modo que consideraran más dulce su cautividad que toda libertad, olvidados de sus familiares y de su patria. Pues sabían que para no ser azotados y languidecer por la privación, debían vivir de acuerdo a las leyes y trabajar /152 cada día. La noble Catalina de la ciudad de Santa Fe, firmísima en la disciplina cristiana entre los bárbaros, rescatada por los suyos al precio establecido, volvió a su patria. Su hijo Raymundo y su hija, casada con un cautivo de los abipones, prefirieron permanecer allí en vez de reunirse con su madre. Muchos otros abandonaron su suelo natal para regresar alegres a su cautiverio.

Conocía prisioneros de maligna índole, que como sus dueños querían librarse de ellos, los obligaron a una libertad gratuita.

Aunque sólo unos pocos abipones están convencidos erróneamente de que la poligamia les es permitida y toman al mismo tiempo varias mujeres, los cautivos raramente se contentan con una y toman cuantas cautivas pueden, ya sean españolas o indias. Las mujeres abiponas desdeñan a los españoles y a los indios de algunas tribus para su unión matrimonial, si no son respetados, como los abipones, por la gloria de sus hazañas, por las muertes y robos, y por su nobleza. Estos, como se creen más nobles que los individuos de cualquier otra nación, nunca aceptan por esposa a las cautivas españolas, y menos para concubinatos clandestinos. De modo que el pudor de las mujeres hispanas está más seguro entre los bárbaros prisioneros que entre los suyos en libertad, si logran eludir las insidias de los cautivos. Como confesor, puedo afirmar que no encontré muchas prisioneras españolas de las que vivían entre los abipones culpable de alguna infamia que afectara su castidad. Todos decían a una voz: ninguna mujer, si ella misma no lo quiere, será pervertida por ellos. Soy testigo de la integridad de unas adolescentes que estuvieron cautivas allí un tiempo.

¿Acaso podría creerse que la camaradería de europeos y bárbaros que no adoran a Dios es escuela y bastión de castidad? Esto es para mí muy cierto: que la licencia de costumbres /153 que tanto se cultiva en las naciones de Europa, está muy lejos de ellos.

Piensa, buen lector, si estas palabras de mi historia sobre los cautivos pueden considerarse una disgreción cuando sirven para mostrar el pudor y la bondad de los abipones, que es el tema del presente capítulo y al que voy a fundamentar con otras experiencias.

Aceptan comedidamente a españoles plebeyos, negros, indios cristianos que llegan por azar a los campamentos abipones, ya sea porque huyen de sus amos, porque se han extraviado o por algún tipo de ocupación. Se les ofrecen tan alegremente, del mismo modo que habrían vituperado al pueblo español.

Si éstos los despreciaban eran considerados como espías españoles y personas no gratas. Vigilaban diligentemente nuestra seguridad. Si tenían conocimiento de que algún peligro nos amenazaba, ya sea por parte de enemigos externos, de ebrios o de algunos compañeros enfurecidos, nos lo anunciaban sin vacilación, a la vez que se preparaban para rechazarlo.

Es increíble cuánta fidelidad nos guardaban en la travesía de los ríos, en la preparación de los caballos, en la repentina insidia de los enemigos en un camino o en su repulsa. ¡Ah! ¡Cuánta bondad encerraba el corazón de estos bárbaros! Aunque tienen la costumbre de matar o de espoliar a los españoles que creían eran sus enemigos, sin embargo nunca sustrajeron nada a los suyos. Cuando están sobrios y en su sano juicio, el robo y el homicidio es rarísimo, o mejor dicho, inaudito entre ellos.

Cuando se ausentan de sus casas por un tiempo más o menos largo, no se preocupan por cerrar puertas ni en poner custodia a sus bienes, vestidos, adornos, utensilios /154 domésticos; pues, aunque quedan expuestos al alcance de los demás, saben que sus pertenencias serán respetadas, y que las encontrarán intactas a su regreso. Tantas puertas, llaves, trancas, arcas y guardias con que los europeos guardaban sus cosas contra los ladrones, eran ignoradas por los abipones; y en definitiva superfluas, pues no había peligro que se cometiera robo alguno. En la ciudad de San Jerónimo nos faltó de nuestra casa un mantel, así como algunos utensilios domésticos. Sabedor el cacique Ycholay del hurto, aseguró confidencialmente que ninguno de sus abipones sería el ladrón. Disipada esta sospecha, intolerable a su pueblo, no escatimó ningún medio para investigar sobre el responsable. En seguida descubrió que los objetos perdidos habían sido sustraídos por un grupo de cautivos que se dieron a la fuga. En la ciudad de San Fernando una mujerzuela que había sustraído a escondidas del templo unos globos de vidrio y algunos ornamentos de las imágenes sagradas fue descubierta por el cacique Kachirikin; gracias a sus ruegos o a las amenazas del padre salvó su vida, ya que aquél estaba dispuesto a matarla en la plaza pública con su propia lanza. Este indio que estallaba en ira al conocer un robo inusitado para los abipones, no era el que más sobresalía por sus buenas costumbres, sino el principal ladrón que había robado innumerables caballos de los campos españoles.

Cierta vez, un grupo de niños de ambos sexos se llevaron de nuestra huerta unos pollos y unos melones maduros. No se los perdonó por esta sustracción, pues sostenían que los alimentos fueron quitados contra la voluntad del dueño.

Aunque haya expuesto las virtudes naturales de los abipones más allá de lo propuesto, me parece que no habré dicho nada si no agrego unas pocas palabras sobre los pesados trabajos que realizaban. ¿Quién enumeraría las cotidianas molestias de la guerra y de la caza? Atraviesan a veces /155 durante dos o tres meses caminos llenos de asperezas a través de soledades para perseguir a los enemigos; hacen más de trescientas leguas; superan a nado peligrosos ríos y lagos anchísimos o vastos campos carentes de leña y de agua; sentados días enteros en monturas tan blandas como la madera y sin estribos, siempre soportando el peso de una larguísima lanza. Usan caballos trotadores cuyos saltos destrozan miserablemente los huesos de los jinetes. Reciben los ardientes rayos del sol sobre la cabeza descubierta, las lluvias caídas no raramente durante muchos días, nubes de polvo a campo abierto y torbellinos de viento.

Cubren sus cuerpos desnudos con vestidos de lana, y como los bajan hasta la cintura cuando hace calor, luego presentan el pecho, la espalda y los brazos con picaduras de mosquitos, tábanos, moscas y avispas.

Como viajan sin provisiones, siempre están al acecho de alguna fiera cuya carne les servirá de alimento. Como carecen de vaso, por lo general hacen noche a la margen de ríos o lagos, donde siguiendo la costumbre de los molosos, sorben el agua. Esta forma de buscar agua les trae serios problemas, pues en los lugares más húmedos por lo general se refugian mosquitos, serpientes y temibles fieras, que durante la noche se convierten en una verdadera amenaza para la vida de los naturales.

Acostados en el duro suelo, soportan los bruscos cambios del clima; cuando los sorprende una tempestad, se despiertan sumergidos en el agua.

Cuantas veces desempeñan el oficio de exploradores, de los que es propio ver todo sin ser vistos, deben reptar muchas veces con pies y manos por rocas o piedras para no /156 ser descubiertos. Deben pasar días y noches en vela y sin alimento. Lo mismo les sucede cuando deben acelerar la fuga con el enemigo a la espalda, dando o recibiendo la muerte. Esto hacen, esto soportan los abipones, sin quejas o indicios de disgusto; no es la misma actitud la de los europeos, que a la más leve molestia se enojan, estallan de ira y furor, y si no pueden conmover a los dioses, suelen invocar al Aqueronte. Yo tuve como compañeros y ayudantes a abipones en muchos y arduos caminos; yo mismo participé de las penurias comunes del camino, he sido testigo de su paciencia, y su pregonero. Sin embargo me admiré cuando noté que ellos soportaban en silencio las diarias asperezas del viaje con frente alta, rostro sonriente, ojos serenos, mitigando la sed, el hambre y las inclemencias de los elementos con alegre conversación, cuando yo me fatigaba y casi se me acababa la paciencia. ¿Podría creerse? A menudo les preguntaba si para robar caballos a los europeos, permitirían que les quemara el sol, picaran los mosquitos, se sumergirían en el agua y soportarían otras calamidades. Me parece que si yo pudiera obtener un caballo en alguna parte de América no soportaría, aún esperanzado en esta ganancia, las picaduras de los mosquitos que en ese día habíamos sufrido. Los abipones se reían de estas cosas; porque lo que nosotros consideramos cosa de paciencia, a ellos les parece natural. Tienen tanta entereza espiritual para afrontar cualquier molestia como fortaleza corporal por los ejercicios practicados desde la niñez. Aún niños, a ejemplo de sus mayores, se lastiman con espinas agudísimas el pecho y los brazos sin manifestar dolor; ya adultos soportan con valor tanto sus heridas como las ajenas sin articular gemido alguno; y considerarían que se /157 les hace una injuria a su magnanimidad por la conmiseración de las heridas de otros. El halago de la gloria que reciben por la fama de su fortaleza los vuelve invictos e insensibles al dolor.

Diversas son las cosas comunes a hombres y mujeres que podría referir en este momento; unas se destacan y brillan por sí mismas, otras se cultivan con singulares caracteres.

A todos los pueblos de América les resulta tranquilo y descansado vivir. De buen grado comento la actitud de las mujeres abiponas que nunca desfallecen. No hubo nadie que no admirara conmigo su incansable laboriosidad, destreza y trabajos. Afrontan con buen ánimo y alegría las tareas domésticas que deben realizar a diario. Entre ellas está el tejer las ropas de su marido y sus hijos, cocinar los alimentos; traer de las selvas las raíces comestibles y los distintos frutos; juntar y moler la algarroba y mezclarla con agua para preparar la bebida, acarrear el agua y la leña para los usos diarios de la familia. Existe la ridícula costumbre – que para los abipones es un signo de civilidad – de que la vieja de mayor edad de toda la comunidad vele por el agua que se ocupará en las tareas domésticas; ésta, aunque esté cerca del torrente de donde la sacará, lleva a caballo grandes cántaros. Del mismo modo transportan la leña para el fuego. Nunca oirás a las mujeres, aunque estén ocupadas en mil quehaceres, quejarse de molestias. Por el contrario, muchas veces las oí que se lamentaban por la falta de lana, algodón, colores o alumbre para fabricar sus vestidos. De modo que no sólo toleran sus trabajos, sino que los desean. Un noble español que tuvo como sirvienta muchos años a una abipona cautiva, me aseguraba que ésta le era más útil que las de otras tribus, y que cumplió su oficio oportuna, cuidadosa y rápidamente, adelantándose a sus órdenes. /158

Reclaman para sí el honorífico nombre de devoti foeminei sexus (67). Apenas oído el toque de la campana con que se las llamaba para la explicación de los dogmas cristianos, corrían con rapidez; y sentadas en el suelo del templo con modestia, derechas y ávidas, atendían las enseñanzas del sacerdote. Aprueban maravillosamente la ley de Cristo, sobre todo porque por ello no se les permitía a sus maridos repudiarlas y tomar otras esposas. Por esta razón desean ardientemente que las bauticemos a ellas y a sus maridos lo más pronto posible. Así se sienten seguras de la perpetuidad de su matrimonio y del marido. Considera lector, que lo dicho se refiere a las mujeres jóvenes; las viejas, muy obstinadas en sus supersticiones y amigas de los ritos bárbaros, luchan con ahinco contra la religión cristiana.

Si toda la tribu de abipones las abrazara, ellas perderían su antigua autoridad, previendo que servirán para risa y desprecio de todos. Del mismo modo que estas ancianas, adolescentes abipones obstaculizan los progresos de la religión. Estos, ardiendo en el deseo de gloria militar y de botín, están ávidos de cortar cabezas de españoles y devastar sus carros y sus campos, cosas que saben que la ley divina les prohibe.

Así adherirlos a las costumbres de sus mayores, prefieren atravesar las tierras en veloces caballos antes que escuchar entre las paredes del templo al sacerdote que les predica. Si fuera por los abipones mayores y por las mujeres jóvenes, todo el pueblo hace tiempo hubiera cedido a nuestra religión.

Ya en varios lugares he hecho mención honorífica del pudor de las mujeres abiponas, y he de hacerla algunas veces más. Sería un crimen olvidar su temperancia y sobriedad. Preparan para sus maridos con gran trabajo una dulce /159 bebida de la miel o de la algarroba; pero ellas nunca la prueban, condenadas toda su vida a beber sólo agua. ¡Ojalá que como se cuidan de los bebidas alcohólicas, así se abstuvieran de riñas, discusiones y querellas. Estas son cotidianas entre ellas, y a veces cruentas ante las causas más fútiles. Discuten y riñen por las cosas más nimias; como dice Horacio, sobre la lana de la cabra o la sombra del asno. A menudo una sola palabra pronunciada por una mujer que chancea, es semilla y toque de una gran guerra.

Los abipones tienen tres formas de insultarse – hablaré con los griegos –. Cuando están airados se dicen unos a otros: Acami Lanâraik: tú eres indio, es decir plebeyo, innoble; Acami Lichiegaraik: tú eres pobre, miserable; Acami abamraik: tú eres un muerto. Algunas veces abusan de estos epítetos con gran torpeza. ¿Acaso no te reirías si oyes llamar abamraik, muerto, a un caballo que se escapa como un rayo y que el jinete indio no pudo seguir?

Iniciada una discusión entre dos mujeres, en seguida empiezan a llamarse miserable, plebeya, muerta; sobreviene un gran vocerío; de las palabras pasan a los puños. Concurre toda una multitud de mujeres a la plaza, no sólo para mirar, sino para tomar parte; éstas defenderán el partido de una; aquéllas el de otra; y finalmente el duelo deriva en guerra. Como los tigres, lanzan mordiscos al pecho de las otras, sacándoles sangre; se lastiman las mejillas con las uñas; se agarran de los cabellos; y desde que comienza la pelea, se lastiman miserablemente el orificio de la oreja adornado con una espiral de hojas de palmera. Creerías que han participado en esta lucha las furias del Erebo, las fieras del anfiteatro romano o los gladiadores. /160

Algunas veces el marido ve a su mujer cubierta de heridas, o el padre correr la sangre de su hija; observan estas cosas sin mover un pie, con tranquilidad y en completo silencio. Aplauden a sus amazonas; ríen; admiran que haya en los ánimos de las mujeres iras tan grandes; pero consideran impropio del hombre intervenir en las discusiones de las mujeres o tomar parte a favor de una u otra. Y si ven que no hay esperanzas de establecer la paz, concurren al sacerdote. ¡Ah!, dicen, nuestras mujeres han perdido hoy el juicio. Anda, asústalas con una carabina; al ruido de ésta, conmovidas y temerosas, se apuran a volver a sus chozas. Pero como repiten a voz en cuello desde allí los insultos que fueron el origen de la riña, y ninguna de las dos quiere parecer vencida, reinician la pelea una y otra vez al volver a la plaza.

A veces era necesario apaciguar un agitado movimiento, en especial cuando con pocas sílabas era interrumpida la calma en la colonia.

Se logró, con el consejo divino, que las mujeres abiponas se abstuvieran totalmente de bebida embriagadora; si suelen enfurecerse tanto estando sobrias ¿Cuánto no osarían bajo sus efectos? Esto lo cumplía el pueblo abipón, hacía tiempo.

Los maridos, sin embargo, si no estaban ebrios, mantenían entre sí una permanente paz, mostrándose siempre enemigos de los gritos, las discordias y las riñas.

Trataré en algún otro lugar de esta historia las demás cosas dignas de alabanza o de censura que pertenecen a los ritos y costumbres de este pueblo.

De todo lo citado, piensa que muchas cosas propias de estos bárbaros parecen dignas de ser imitadas por los europeos tan cultos. Poco falta para asegurar con el célebre Leibniz, que ha escrito en el prefacio a la novísima Sinica: Certetalis nostrarum rerum mihi videtur esse conditio, gliscentibus in inmensum corruptelis, ut propemodum necessarium videatur, Misiionarios Sinensium ad nos mitti, qui Theologiae /161 naturalis usum, praximque nos doceant, quemadmodum nos illis mittimus, qui Theologiam eos doceant revelatam (68). Con otras palabras habría dicho lo mismo sobre los abipones, aunque en algunos aspectos apenas merezcan integrar el género humano. Digamos sin embargo con la frente alta respecto a sus acciones, que el hombre cristiano puede aprender de ellos el compañerismo, la honestidad, la tolerancia y la diligencia. Ojalá estas virtudes de los bárbaros no se oscurecieran, a veces, por los vicios y malas acciones, como se distinguen las pieles blancas de los tigres por sus manchas negras. Expondré en detalle estos vicios que aún me quedan por recordar.

 

CAPÍTULO XVI

SOBRE LA LENGUA DE LOS ABIPONES

 

Es increíble lo múltiple y variado de las lenguas que existen en Paracuaria. La mayoría se diferencia no sólo en algunos aspectos, sino en sus mismas raíces. No hay nadie de mente sana que acepte que ese sinnúmero de artificios tiene su origen en estos estúpidos bárbaros.

Movido por este pensamiento, creo conveniente mencionar esta variedad y artificios de las lenguas entre los temas que expongo por inspiración del eterno y sapientísimo Númen. Nuestros hombres consagraron su trabajo en forma /162 total a unas catorce lenguas nacionales de Paracuaria, y propagaron hasta muy lejos la religión. No creas que cada estudioso conocía en forma general todas las lenguas; algunos fueron versados en dos o tres porque vivieron un tiempo con varios pueblos. Yo he conocido algunas de éstas porque enseñé siete años a los abipones y once a los guaraníes.

Los pueblos a los que consagramos nuestra tarea y para los que fundamos nuestras colonias fueron los guaraníes, chiquitos, mocobíes, abipones, tobas, malbaláes, vilelas, pusaines, lules, isistines, homoampas, chunipíes, mataguayos, chiriguanos, lenguas o guaycurúes, mbayás, pampas, serranos, patagones, yarós. Agrega a éstos la lengua quichua que se habla en todo el Perú, la de los esclavos africanos, la del pueblo español que es muy familiar sobre todo a las matronas de Tucumán y que la mayoría de nuestros hombres la usaron tanto en el púlpito como en el confesionario. Por otra parte en las ciudades de los chiquitos, integrada por individuos de distintas tribus, conocimos también diversas lenguas.

Las lenguas de los abipones, los mocobíes y los tobas tienen entre ellos el mismo origen y la misma afinidad, como la española con la portuguesa. Cualquiera de éstas se distingue de las otras no sólo como un dialecto sino en innumerables vocablos. Casi lo mismo sucede con las lenguas Tonocotè que se hablan entre los lules e isistines. La lengua de los chiriguanas es casi la misma que la de los guaraníes, que distan de aquéllos sólo unas quinientas leguas; descontando algunas cosas que pueden conocerse de una y otra sin ningún trabajo en unas pocas semanas. Muchos europeos al comentar los /163 problemas de América han consignado algunas cosas, nociones o sentencias de las lenguas indígenas en sus historias. Pero, ¡oh, Dios! ¡Tan mutiladas y corrompidas! Casi no dejaron una letra del vocabulario sin cambiar.

Aunque muy conocedores de esas lenguas apenas logramos seguir lo que ellos querían decir, adivinándolo como si fueran enigmas. Pero debe perdonarse a estos escritores ya que sus conocimientos provenían de fuentes inexactas. Muchos que saludaron a América desde sus límites o vieron de paso a los americanos, ponen en sus cartas vocablos de las lenguas bárbaras aunque no hayan oído correctamente su sonido ni hayan captado su significación. De donde se deduce que llenan sus códices con nombres americanos de lugares, ríos, árboles, plantas y animales, alterándolos de una forma tan lamentable, que nunca pudieron ser leídos por nosotros sin que nos provocara risa.

Los niños españoles que a diario hablan con los niños indios, asimilan con gran rapidez las lenguas indígenas; sin embargo, a los adultos les resulta más difícil y complicado; nosotros hemos experimentado una y otra cosa.

Conocí a hombres de edad que, aunque habían vivido muchos años entre los indios, pronunciaban todavía algunas sílabas con errores. Es difícil para el europeo acostumbrar el oído y la lengua a las voces extrañas y torcidas de los bárbaros que pronunciaban ya sea silbando con la lengua, o por la nariz, o entre dientes, o por la garganta; y en consecuencia te parecería oír confusamente, no palabras sino voces de patos en un lago, y no entenderías por atento que estuvieras ningún vestigio de letra expresada. Los hombres eruditos /164 hubieran querido que alguno que conociera la lengua americana y su sistema la expusiera, facilitándoles la tarea. Para cumplir sus deseos, emprendo un tratado con un compendio de la lengua abipona.

No te impacientes, lector, si te cansas con la lectura de este tema; pues también a mí su escritura me fue fastidiosa. Sin embargo los escritores y eruditos me la agradecerán. Exhorto a los indoctos que desconocen las partes y las reglas de la gramática, que pasen hasta el fin estas ásperas páginas con vocablos bárbaros.

La mayoría de los americanos carecen de algunas letras que usan los europeos y usan otras que éstos desconocen. La letra más frecuente entre los abipones y que desconocemos los europeos tiene un sonido intermedio entre la R y la G. Para pronunciarla correctamente hay que apoyar un poco la garganta como hacen los que tienen el vicio de pronunciar la R balbuceando. Para significar esta peculiar letra de los abipones escribimos R o G según mi parecer, señalada por el signo ř. Así Leetařat, hijo; Achibiřaik, sal; Nalerayřat, capitán, cacique. Cambian la r en k en los plurales. Así Laetkále, hijos; Nelařeykaté, capitanes, caciques, nobles. A los europeos les da mucho trabajo pronunciar esta letra, máxime si aparecen unas cuantas en el mismo vocablo, como en: Rařegřanřaik, indio vilela; Rellařanřan potròl, cazador de caballos salvajes; Lupřiřartřaik, tornasolado, etc. Por la pronunciación de esta letra los abipones se distinguen de otros pueblos, como en el Libro de los Jueces, X, 6, los galaaditas se diferenciaban de los egraimitas por una única letra: éstos /165 citan la palabra Sibboleth con S por Samech; aquéllos la citan Schibboleth, con S y C, por Scim. 154

Los abipones emplean una ö, como los franceses, húngaros y alemanes, que sin embargo los españoles de Paracuaria prefirieron escribir como ë con dos puntos. Abëpegak, caballo; Yahëc, rostro mío. Es frecuente la K griega. Del mismo modo pronuncian la Ñ de los españoles como una N suscribiéndole una I. Así Español, se pronuncia casi Espaniol. Los abipones dicen: Menetañi, está dentro; Yoamcachiñi, la parte interior es buena. La correcta pronunciación de ésta y de aquellas letras, sólo puede ser explicada a viva voz.

Se debe tener mucho cuidado con los acentos y las puntuaciones. La misma palabra, cambiándole un punto o variándole un acento, significa una u otra cosa. Así: Heét, huyo; Heet, hablo. Háten, menosprecio; Hatén, alcanzo dando en el blanco.

Esta lengua posee palabras muy largas que se componen de diez, veinte y más letras. Los repetidos acentos indican dónde se debe hacer una depresión o elevación de la voz. Por eso el modo de hablar de este pueblo es modulado y con acentos. No habría que agregar notas musicales a cada sílaba, si no se supliera este trabajo con la viva voz del maestro; algunos ejemplos de acentos ayudarán: Hamibégemkiú Debáyakaikin, Raregřágremařachiú, Oabérkaikin, son nombres de abipones; Grcáuagyégarigé, ten piedad de mí; Oaháyegalgé, líbrame; Hapagrañütapegetá, os enseñáis mutuamente; Nicauagrañíapegaralgé, intercedo por ti; Hemokáchiñütápegioà, tú me alabas; Más de veinte letras en una palabra. No encontrarás muchos monosílabos. Los antiguos abipones aman los /166 vocablos más largos, como sus familias.

Tienen género masculino y femenino, pero no neutro. El conocimiento del género lo da sólo el uso. Grabáulái, sol, es femenino para ellos, como en alemán Die Sonne. Grauèk, luna, es masculino como para nosotros Der moude. Algunos adjetivos son de uno y otro género. Así Naà, malo y mala; Neeú, bueno y buena. En otros, cada género tiene su terminación propia. Así: Ariaik, bueno, preclaro; Ariayè, buena, preclara. Cachergaik, viejo; Cachergayè, vieja.

No tienen casos. A veces una letra como prefijo indica el caso. Así: Ayìn, yo; M'ayìm, a mí: Akami, tú; M'ahami, a ti.

Formar el plural de los nombres es una tarea muy difícil para los novicios. Tan grande es la variedad, que casi no puede establecerse una regla. He aquí algunos ejemplos: /167

Singular

Plural

Laetarat, hijo

Laetkatè, hijos

Lekát, metal

Lekachì, metales

Ahëpegak, caballo

Ahëpèga, caballos

Yúihák, vaca

Yúihà, vacas

Nekététák, ganso

Neketéteri, gansos

Oachígranigà, ciervo

Oachigranigal, ciervos

Iñieřǎ, flor de la algarroba o año

Iñiegari, flores o años

Neogà, día

Neogotà, días

Eergřaik, estrella

Eèrgřaiè, estrellas

Aàpařǎik, tela, cordel o lana

Aapařǎikà, telas

Yapòt, magnánimo

Yapochì, magnánimos

Lachaogè, río

Lachaokè, ríos

Letèk, hoja de árbol

Letegkè, hojas

Ketélk, mula

Ketelřa, mulas

Panà, raíz

Panarì, raíces

Ííbichigí, airado

Ííbichigeri, airados.

 

De estos pocos se desprende que para la misma letra las desinencias nominales tienen variadísimos plurales. Así como los griegos tienen además del plural el número dual, que señala dos cosas; los abipones usan dos plurales, de los cuales uno significa más y el otro significa muchos más. Así: /168 Joalé, varón; Joaleè o Joaleèna, algunos varones; Joaliripi, Muchísimos varones. Ahëpegak, caballo; Ahëpega, algunos caballos; Ahëpegeripí, muchísimos caballos.

Me admira que los abipones no tengan, como muchos americanos, una doble forma verbal para expresar el plural de primera persona. Así los guaraníes dicen de dos maneras Iy, nosotros: tanto dicen Ñande, tanto ore; la primera forma es incluyéndose; la segunda excluyéndose; dicen en sus oraciones dirigiéndose a Dios: Nosotros pecadores ore angaypahiyá porque Dios está excluido del número de pecadores, pero hablando a los hombres dicen: Ñande angaypahiyá, nosotros pecadores, porque estos con quienes hablan son todos igualmente pecadores, y usan ese vocablo que los incluye.

Como carecen de posesivos mío, tuyo, suyo, los suplen por varias adiciones o cambios de letras en los nombres; lo que también se acostumbra en las lenguas hebrea, húngara y algunas americanas. La mayor dificultad entre los abipones por tanta variedad en el cambio de letras nace sobre todo en la segunda persona. Mira un ejemplo: Netà es padre, en forma indeterminada; Yità, mi padre; Gretay, tu padre; Letà, el padre de él; Gretà, nuestro padre; Gretayì, vuestro padre; Letaì, el padre de ellos.

Naetařat, hijo sin expresar de quién lo sea; Yaetřat, mi hijo; Graetřachi, tu hijo; Laetřat, el hijo de él.

Nepèp, abuelo materno; Yepèp, el mío; Grepepè, el tuyo; Lepèp, el de él.

NaàL, nieto; Yaàl, el mío; Graali, el tuyo; Laàl, el de él. /169

Nenàk, hermano menor; Yenàk, el mío; Grenerè, el tuyo; Lenàk, el de él.

Nakirèk, sobrino; Ñakirèk, el mío; Gnakiregi, el tuyo; Nakirek, el de él.

Noheletè, palo de lanza; Yoheletè, el mío; Groelichi, el tuyo; loheletè, el de él.

Natatřa, vida; Yatatřa, la mía; Gratřatre, la tuya; Latatra, la de él.

Estos ejemplos son suficientes para demostrar la marcada diferencia entre la primera y la segunda persona. Entre los guaraníes también los posesivos están sujetos a los nombres, pero no ofrecen ninguna dificultad porque en todas las palabras se usa el mismo cambio para las distintas personas. Así: Tuba; padre; Cheruba, el mío; Nderuba, el tuyo; Tuba, el de él; Guba, el de ellos. Tay, hijo; Cheray, el mío; Nderay, el tuyo; Tay, el de él; Guay, el de ellos. Nunca varía en cualquier nombre el prefijo Che para la primera persona y Nde para la segunda. Lo mismo en plural: Ñande, u Oreruba nuestro padre; Pendeuba, vuestro padre; Tuba, o Guba, el padre de ellos o su padre; suplen generalmente en todos los otros sustantivos estas partículas posesivas.

Fíjate la peculiar aversión de los abipones por los nombres posesivos: si ven alguna cosa cuyo poseedor desconocen, para preguntar: ¿De quién es esto?, lo hacen con distintas palabras si la cosa cuyo dueño desean conocer es animada (aunque sólo tenga alma vegetativa) como el trigo, un caballo, un perro o un cautivo, dicen: ¿Cahami lelà? ¿esto es posesión de quién? Y el otro responderá: Ylà, mía; Gretè, /170 tuya; Lelà, de él. Por el contrario si fuera una cosa inanimada como una lanza, un vestido o comida, dicen: ¿Kahamì kalàm?; ¿para quién es esta propiedad?, y se responde al que pregunta: Aim, para mí; Karami, para ti; Halanì, para él; Karani, para nosotros.

Los pronombres de primera y segunda persona no están sometidos a ningún cambio por el lugar o la situación. Así: Aym, yo; Akamì, tú; Akanì, nosotros; Akamyì, vosotros. Por ejemplo: la inflexión de solo es: Aymátarà, yo solo; Akàm akalé, nosotros solos.

El pronombres de tercera persona: éste, ése, aquél, cambia de acuerdo a la situación en que esté aquel de quien se habla.

 

 

Masculino, él

Femenino, ella

Si está presente, se dice:

Enecha

Haraha

Si está sentado:

Hiñiha

Háñiha

Si está tendido:

Híriha

Háriha

Si está de pie:

Anaha

Háraha

Si camina y se ve:

Ehahá

Ahaha

Si no se ve:

Ekaha

Akaha

 

El, solo, se enuncia también de distintas formas:

Si él solo se sienta, se dice:

Yñítarà

Si está tendido:

Irítàra

Si camina:

Ehátára

Si está ausente:

Ekátará

Si está de pie:

Erátára

 

Al comparativo y al superlativo no lo expresan con adición de sílabas, como la mayoría de las otras lenguas, sino de otros modos: Esta sentencia: "el tigre es peor que el perro /171 en abipón sería así: "El perro no es malo, aunque el tigre ya sea malo": Netegink chik nà, oágan nihirenak la naà; que puede circunscribirse de este modo: "el perro no es malo, como el tigre": Netegink; chi chi naà, yágàm nihirenak. Si dijeras: "El tigre es el más malo", el abipón diría: "El tigre es malo sobre todas las cosas": Nihirenak Lamerpeeáoge Kenoáoge naà. O así: "El tigre es malo, como no hay nada igual en maldad"; Nihirenak chitkeoá naà. A veces expresan el superlativo sólo con una elevación de voz. Ariaik, significa tanto cosa buena como cosa óptima, según el tono de la pronunciación. Si se pronuncia con todo el ímpetu del pecho, en voz elevada y sonido agudo, denota el superlativo; si en voz queda y baja, el positivo. Sobre todo denotan que algo les agrada o lo aprueban, cuando anteponen estas voces: ¡Là naà! Ariaik, o Eúenék. ¡Ya es malo! ¡Esto es hermoso o preclaro! Nebaol, significa noche. Si exclaman con voz aguda e ímpetu del pecho: La nebaól, quieren señalar la media noche ya avanzada; si dijeran despacio y como con pereza, La nebaòl, indican la primera hora de la noche. Si ven que alguien tocó el blanco con una flecha, sin vacilación significan que aquél ha derribado un tigre y que sobresale por su destreza: La yáraigè: "ya sabe", exclaman en voz alta, que entre ellos es la máxima ponderación.

Forman los diminutos añadiendo sílabas al final de la palabra: Aválk, Aole o Olek. Así: Ahëpegak, caballo; Ahëpegeravàlk;, caballito; Oénék, niño; Oénèkavalk, niñito; Haáye, niña; Haayáole, niñita. Pay', Padre, que es el nombre introducido por los portugueses en América, con que llaman al Sacerdote; y en muestra de cariño nos dicen Payolek, Padrecito; y nos llaman Pay' cuando están enojados. Kàëpak, /172 madera; Kàëperáole, maderita, nombre que dan a las cuentas del Rosario. Lenechì, pequeño, módico; Lénechiólek o Lenechiavalk. Usan con mucha frecuencia los diminutivos con los que señalan tanto el amor como el desprecio por algo. Así: Yóale, varón, hombre; Yoaleólek, hombrecito, pedazo de hombre. A menudo entre ellos el diminutivo significa la alabanza o el amor, más que el superlativo. Así, llaman Ahëpegeraválk, halagando a un caballo valiente que se distingue entre los demás. Los españoles también manifiestan una mayor inclinación de ánimo cuando dicen Bonito, que es un diminutivo, que cuando dicen Bueno. También los alemanes solemos hacer este uso de los diminutivos.

La mayoría de los pueblos americanos tienen muy pocos numerales. Los abipones no supieron expresar más que tres números: Iñitára, uno; Iñoaka, dos; Iñoaka yekainì, tres. Reemplazan los demás números con recursos admirables: Así: Geyenk ñatè, dedos del avestruz, les sirve para expresar el número cuatro, porque el avestruz tiene tres dedos que se enfrentan con un cuarto. Neènhalek, piel hermosa, que se distingue por manchas de cinco colores, o usan para expresar el número cinco. Si preguntas a un abipón sobre el número de cualquier cosa, responderá con los dedos levantados: Leyer iri, ¡Ah! ¡Tantos! Si les interesa hacer conocer el número de esa cosa, usarán los dedos de una y otra mano o de uno y otro pie; y si todos éstos no les alcanzaran para expresar el número, responderán al que les pregunta mostrando a la vez los dedos de las manos y los pies. De modo que Hauámbegem, los dedos de una mano, significa cinco; Lanám ribegem, los dedos de las dos manos, diez; Lanám ribegem, cat Gracherbaka, los dedos de las manos y de los pies, todos juntos expresan el veinte. /173

Tienen también otro sistema para reemplazar los números. Algunos vuelven de los campos donde fueron a cazar caballos salvajes o a robar otros ya domesticados. Ningún abipón preguntará a los que vuelven, ¿Cuántos caballos trajeron?, sino: ¿Qué espacio ocupa la cantidad de caballos que trajeron? Y le contestarán: Los caballos colocados en fila, ocupan toda esta plaza, o: Se extienden desde este bosque hasta la costa del río; y todos confían en esta respuesta para deducir la cantidad de caballos, aunque desconozcan el número exacto.

A veces llenan la palma de la mano con arena o con pasto, y mostrándosela a los que le preguntan, parecen indicarles la gran cantidad de las cosas.

Cuando se trata de números, los abipones te contestarán cualquier cosa para lograr tu aprobación. No sólo son ignorantes, sino hasta enemigos de la aritmética; se equivocan y no soportan el fastidio de contar; así se desembarazan del que les pregunta el número de algo mostrando los dedos, los que les place, y a veces se engañan, y engañan al que les pregunta. Muchas veces, si la cosa sobre la que le preguntas pasa de tres, el abipón, por no tomarse la molestia de mostrar los dedos, exclamará: Pop; muchos, o Obic sevekalipi, innumerables. A veces llegan diez mil; y de todas partes resuena el vocerío del pueblo presente: Yoaliripi latenk naúeretapek, se acercan muchísimos hombres.

Mayor todavía que la falta de numerales, es la de ordinales; no conocen más que el primero: Era námachìt. De modo que anuncian el Decálogo en esta forma: Para el primer Mandamiento: Era námachìt; como no saben expresar segundo, tercero, cuarto, enuncian los demás Mandamientos: /174 otro, otro, etc.: Cat labáua, Cat lebáua. Sin embargo tienen palabras para determinar un orden anterior y otro posterior: Enàm cahek, lo que precede; Iñagebek, lo que va después.

Sólo tienen dos numerales distributivos: Uno por uno, Iñitarapè; dos, Inóakatape. Liñoaka yabat, dos veces; Ekâtarapek, una vez; Haste ken, a veces. Para un compendio de la aritmética abipona se necesitaría un bagaje muy escaso de números. Un poco más ricos son los indios guaraníes, y no avanzan más allá del número cuatro: Uno, Peteÿ; dos, Mokoÿ; tres, Mboapì, cuatro, Itundÿ. Primero, Iyipibae; segundo, Imomokoyndaba; tercero, Imombohapihaba; cuarto, Imoirundyhaba. Uno por vez, Peteÿteÿ; de a dos, Mokoÿmokaÿ; de a tres, Mbohápihapi; de a cuatro, Irundÿ randÿ. Una vez, Petey yebî; dos veces, mokoÿ yebî, etc. Los guaraníes, como los abipones, si pasa el número cuatro, suelen responder rápidamente al que les pregunta el número: Ndipapahabi o Ndipapahai, innumerables.

Como el conocimiento de los números es muy necesario para los usos de la vida civilizada, sobre todo para la sincera confesión de los pecados o en la explicación pública del catecismo o en la recitación, cada día en el templo se enseñaba a contar a los guaraníes en lengua española. Los días domingos todo el pueblo contaba con voz clara en español desde el uno hasta el mil. Pero lavamos a un negro; hemos comprobado que todo lo rápido que son para aprender la música, la pintura, la escultura, son de lentos para los números. Aunque hubieran aprendido a contar todos los números en español, se confunden con tanta frecuencia y facilidad, que habría que prestarles fe con mucha cautela en este asunto. /175

En cuanto a la conjugación del verbo, no puede recurrirse a ningún paradigma, pues en cada verbo el singular del presente de indicativo varía y ofrece muchas más dificultades para el que lo aprende, que los incrementos del griego. La segunda persona no sólo cambia en las letras del principio, sino en las del medio y en las del fin; todo esto se verá en los ejemplos que presento:

 

Singular

Plural

Amo

Rikápìt

Amamos

Grkapìtàk

Amas

Grkapichì

Amáis

Grkápichii

Ama

Nkàpìt

Aman

Nkapitè

Saber:

Riáraige

Gráraíge

Yaraige

Recordar:

Hakaleènt

Hakaleenchì

Yakaleènt

El mismo:

Netúnetá

Nichuñütá

Ñetúnetá

Enseñar:

Hápagřanátran

Hapagřanatrañí

Yápagřanatřan

Apurarse:

Rihahagalge

Grahálgalì

Yahágalgè

Morir:

Ríìgà

Gregachì

Yìgà

Sumergir:

Riigaráñi

Gregácháñí

Ygárañi

Danzar:

Riahat

Rahachi

Rahàt

Temer:

Rietacha

Gretachi

Netacha

Desear:

Rihè

Grihì

Nihè

Volar:

Natahegem

Natáchihegem

Natahegem

Estar ebrio:

Rkíhogèt

Grkìhogichì

Lkihogèt

Ser perezoso:

Riaàl

Graalì

Naàl

Ser fuerte:

Riahót

Grihochi

Yhot

Estar bien:

Rioàmkatà

Groemkètà

Yoámkatà

Aplastar:

Hachak

Hachare

Rachak

Comer:

Hakeñè

Kiñigi

Rkeñe

Arrojar:

Rièmaletapek

Gremalitápek

Nemaletapèk

Dormir:

Aatè

Aachi

Roatè

Avergonzarme:

Ripagák

Gřpágarè

Npagàk

Apuntar al blanco:

Hatenetálge

Hachínitalgè

Yatenetalgè

Estimar algo grande:

Riápategè

Grpáchiigè

Yapategè

Azotar:

Hamèlk

Hamelgì

Yamèlk

Beber:

Ñañàm

Ñañami

Ñañàm

Hacer:

Haèt

Eichì

Yaèt

Socavar:

Riahapèt

Grahapichi

Nahapet

Llegar:

Ñauè

Ñauichì

Nauè

 

[En la tabla presedente se supone está el indicador de página: /176]

Estos pocos ejemplos son suficientes para notar los variadísimos cambios en cada uno de los verbos. Omito los ejemplos en plural que podría recordar. No es mi propósito enseñar la lengua de los abipones, sino mostrar su exótica novedad, aunque también evitar el fastidio que traería la prolija enunciación de las voces bárbaras. De estas pocas formas que anoté, deduce que los verbos tienen casi tantas inflexiones de la segunda como de la primera persona, y sus variaciones no pueden aprenderse en base a reglas, sino con la práctica. Los restantes tiempos de Indicativo, como todos los Modos, cuya conjugación cansa a los que aprenden la lengua, se forman agregando al tiempo presente del Indicativo, algunas sílabas o partículas. Por ejemplo:

Rikapit: amo. Carecen de Imperfecto.

Pretérito: amé: Rikapit kan o Kanigra.

Pluscuamperfecto, había amado: Kánigra dehe rikapit. /177

Futuro: amaré: Rikapitàm.

Agrega las mismas partículas de la segunda y tercera persona a las demás, sin cambiar nada. Así: Amas: Grkapichi; Amaste: Grkupichi kan; Habías amado: Grkapichi kanigra gehe; Amarás: Grkapichiam. Am, es la sílaba que diferencia el futuro del presente.

El Modo Imperativo es el mismo que el presente o el futuro sin cambio alguno. Así: Grabálgalí, apresúrate, es lo mismo que la segunda persona, tú te apresuras. Eichi, haz; Grkapichi; ama; o Grkapichiam, amarás. A veces, anteponen la partícula Tach al verbo en la segunda persona del imperativo, o Tak, para la tercera. Así: Tach Graháuichì, socava tú; Tach grakatrani, di tú; Tak hanek, venga él; que es al mismo tiempo el modo permisivo. Así: Tak hanek -kaámelk: venga el español, lo permito.

La prohibición para el futuro se explica con la partícula Tchik o Chigè, según la letra que siga, empleada como prefijo. Así: No matarás: Chit kahamatrañiam; no mentirás: Chit noaharegraniam.

El Optativo y el Subjuntivo se forman con varias partículas que a veces se anteponen, y otras se posponen al presente del Indicativo. Algunos ejemplos: Chigrìek, ojalá. Chigriek; grkaprchi G'Dois, ekuam Kaogarik: ojalá amaras a Dios, que es Creador. Ket, si. Ket greenrani, G'Dios grkapichi ket: si fueras bueno, amarías a Dios. Ket, si, se repite en la condición y lo condicionado.

Amla, después que. Amla grkapichi G'Dios o nakapíchiereám: Después que hayas amado a Dios, Dios te amará. /178

Ebenbà, mientras. Ebenba na chirgrkapichi G'Dios, chitì gibè groamketápekàm: mientras no ames a Dios no estarás nunca tranquilo.

Amamach, cuando. Amamach rikápickieřoa, lo Grkápichioam: cuando me hayas amado, te amaré.

Ket mat, si. Ket mat nkápichirioà, là rikapitla kët: Si me amasen, los amaría.

Tach, para. Tach Grkápichioa, rikapichieřoàm: ámame para que te ame.

Los abipones parecen carecer de infinitivo; lo suplen con otros modos. Esto se desprende de los ejemplos. Así: "Ya quiero comer": Là ribete m'hakéñe. Ribe o ribete, quiero, y Hakéñe, como; ponen a uno y otro en el mismo tiempo, modo y persona. La letra M interpuesta, hace las veces de infinitivo o lo suple. "No puedo ir": Haoaben m'abik; Ponen Haoaben y abik en primera persona del presente de Indicativo, interponiéndole sola la M. "No sabe enseñarme":

Chig graařaige m'riapagrañi. "¿Quieres bautizarte?" o, como dicen los abipones: "¿Quieres que se te lave la cabeza?". "¿Mik mich grebech m'nakarigi gremarachi?

Eluden la necesidad del Infinitivo, del Supino, de los Gerundios, con varias locuciones que les son propias. Nos ayudará ilustrar esto con ejemplos. Cuando nosotros decimos: puedo ir, el abipón expresará con este razonamiento: "Iré, no hay dificultad"; o ¿"Hay alguna dificultad?" Lahikam. Chigecka Loaik; o ¿Mañiga loaik? "Debes ir": el abipón lo vuelve así: ¡Yoamkatá kët, lame!: es justo que vayas". "No debes ir, o no conviene": ¿Mich grehèch m'amè? Oagam chik yoamk: "¿No quieres partir? aunque esto no /179 conviene". "¡Qué perito es este hombre para nadar!" El abipón lo traslada así "¡Qué gran nadador es este hombre!": ¡Kemen álarankaclbak yóale. "¡Comiendo seré robusto!": Rihotam,, am hakeñe: "seré robusto cuando coma". "Vengo a ti para que me veas": Hanegiyeřoà,. "Vengo a ti para que me hables": Heechiapegrari, Kleranam Kaúe la ñauè: "te hablaré, ésta fue la causa de que yo viniera". "Sueles mentir, niño": La noaharegřankén oenek. Las partículas Kén y Aage significan costumbre; el abipón expresa lo mismo así Noaharegřan oenek. La lahérek: "el niño miente, ya es su costumbre". "Suelo rezar": Klamach hanáyaagè m'heëtoalá.

No hay ninguna formo peculiar de la voz pasiva, pero se expresa o por algún participio pasivo o con verbos activos. Donde nosotros decimos: la cosa está perdida o terminada, ellos dicen: La cosa murió o se acabó, etc., Yuibak oaloà o Chitlgihe: "murió, o no aparece ya la vaca". Cuando se niega algo, se explica el pasivo con el verbo activo, con el prefijo Chigat o Chiçichiekat. Así: "No se sabe": Chigat Yaraigè. Yaraigè, es la tercera persona del presente del Indicativo activo. "Esto no so come": Chigat yaìk. "Esto no se usurpa": Chigat eygà. "No fui hecho sabedor": Chigat ripachigni. "Los caballos no fueron bien custodiados, por eso se perdieron": Machka chigat nkehayape enò ahëpega, maoge oaloéra. "Las estrellas no pueden ser contadas": Chigichiekat nakatñi eergřae. "Lo que se ignora no debe ser narrado": Am chigat yaraige, chigiechiekat yaratapekan, ete.

Los participios, tanto activos como pasivos no se forman del tiempo futuro, Rikapit; amo. Los participios se hacen así: /180

Ykapicheřat: amado por mí, o mi amado; (Grkapicheřachi: tu amado; Lkapicheřat: el amado de él. De éstos nacen los femeninos: Ykapichkatè: amada mía; Grkapichkachi: tu amada; Lkapichkatè: la amada de él. Yo soy amado por todos: Lkapicheraté Kenoataoge. De este participio se derivan: Kapicheřa: amor; Ykapicheřa: amor mío; Kapichieřaik: amante, amador.

Rikaùage, compadecerse, otorgar a alguien la benevolencia. El participio pasivo; Ykáuagřat: benevolencia sentida por mí; Sustantivo: Ykaúagra: mi benevolencia, Kaaugřankatè: instrumento, modo, lugar de la benevolencia o su mismo beneficio. Kauagřankachak: benévolo, misericordioso. Ykaúagek: benévolamente tenido por mí. Grkaúagigì: benévolamente tenido por ti, etc.

Hapagřanatřan: enseñar. Napagřanatřanak: docentc, maestro. Napagranatek: el que es enseñado, discípulo. Napagřanatřanřek: enseñanza, instrucción. Napagřamatrankatè: lugar en donde, o materia que otro enseña.

Me abstengo de muchos ejemplos. Temo ya el cansancio y saciedad de tus ojos y de tus labios; pues también se me insinúa el fastidio al escribir. Sin embargo quedan muchísimas cosas que no podría dejar en silencio.

Penetramos ya en el laberinto de la lengua abipona, temible para los principiantes, donde si no fueras conducido por una larga experiencia como Teseo por Ariadna, nunca andarías seguro sin riesgo de error. Veamos los verbos que los gramáticos llaman transitivos o recíprocos. La acción de uno sobre otro se explica en nuestra lengua sin ningún trabajo por los pronombres personales: yo, tú, él, nosotros, vosotros. Los abipones por el contrario, que no usan estos pronombres, la expresan con nuevas partículas mezcladas aquí o allá. Esto /181 será más claro con ejemplos. Yo te amo, Tú me amas, él me o te ama, nosotros lo amamos, vosotros nos o los amáis: los verbos latinos expresan el mutuo amor sin cambios, por obra de los pronombres; los abipones lo hacen siempre con varios artificios y con muchos rodeos. Así: amo: Rikapit; te amo: Rikapichiero0; tú me amas: Grkapickioa. El me ama: Nkapickioa; él te ama: Nkapichieroà; Nosotros lo amamos: Grkapitaè; nosotros los amamos: Grkapitla yo me amo a mí mismo: Matnikapitalta; tú te amas a, ti mismo: Nikapichialta; nos amamos mutuamente; Grkapitáatá; pero, ¡ojalá éste fuera el paradigma de todos los verbos! Añaden otras y otras partículas y cambios de sílabas. Así:

Kikanagè: me compadezco; me compadezco de ti: Rikanágyégarigè; tú te compadeces de mí: Grkanagiygè; tú te compadeces de nosotros: Grkanágyegarigè; Se compadece de él: Nkaúagegè; nos compadecemos mutuamente de nosotros: Grkaúagekápegetaá; me compadezco de mí mismo: Nikaúakáltaá.

Hapagřanatřam: enseño; me enseño a mí mismo, o aprendo: Neapargřam: nos enseñamos uno al otro: Hapagřankatápegetà; te enseño: Hapagruni; me enseñas: Riápagřani: me enseña: Riapagřan; le enseña: Yapagřan.

Hamelk: azoto; yo te azoto: Hámelgi; tú me azotas: Riámelgi; él me azota: Riamelk; él te azota: Gramelgi; él lo azota: Yáméfkl.

Hakleenlté; recuerdo; yo a ti: Hakleenchitápegřari; tú a mí: Hakleenchitapegii; él a mí: Yákleentetápegiì. De estos ejemplos puedes deducir la variación en los verbos transitivos, cuando se les agrega ya sea eřoà, ya yégarige, ya ruři, /182 y otras partículas a las otras personas. El conocimiento de éstas, créeme, fatiga increíblemente a los europeos y no se obtiene sino con una larga habituación a estos bárbaros.

Otros americanos también usan verbos transitivos, pero para explicar la acción o la pasión mutua, tienen una sola forma. Así los guaraníes dicen: Ahaibú: yo amo; Orobaibú: te amo. Ayukà: yo mato; Oroyukà: te mato. Amboé: yo enseño; Oromboé: te enseño. Lo cual, te pregunto, ¿no es más fácil y expedito?

El relativo que, se expresa a veces por Eknam, o enonam para el número plural. Así: Dios, eknam Kaogarik: "Dios, que es Creador", Hemokáchin nauáchiekà, enonam Yapochi: "conozco a grandes soldados que son valientes". A veces, como en latín, suprimido el relativo que, lo sustituyen con un participio o adjetivo. Riákayà netegingà oakaika, Kach quenò abamraeka. "Abomino los perros mordedores y muertos". /183

 

CAPÍTULO XVII

SOBRE OTRAS PROPIEDADES DE LA LENGUA ABIPONA

 

La lengua de los abipones presenta una dualidad, ya que por una parte se muestra falta y pobre de verbos, y por otra abunda en ellos. Después de lo que he expuesto podrás juzgar con seguridad que le faltan algunos vocablos y sobreabunda en otros. Carece de palabras que se utilizan en el habla cotidiana, como el verbo ser, que también falta en la lengua guaraní; tampoco tienen el verbo tener, y voces que significan hombre, cuerpo, Dios, lugar, tiempo, nunca; siempre, en todo lugar, etc.

Sin embargo cuentan con diversos recursos para expresar estas ideas en la conversación diaria. Yo soy abipón: Aym' Abipón: yo abipón, suelen decir. Tú eres plebeyo: Akami Lanařaik: tú plebeyo.

A veces sustituyen los verbos neutros por un adjetivo o por un verbo sustantivo, a ejemplo de los latinos, que dicen tanto; "estoy sano", como: "gozo de buena salud". Yo soy fuerte: Riabot; tú; Gripochí; él: Yhot. Soy magnánimo: Riapot; tú: Gripochí; él: Yabòt. Soy tímido: Riakalè; tú: Grakaloi; él: Yakalò. "Que venga un español, yo seré valiente": Tack henék Kaámelk, la riapotam; como vemos el abipón carece de verbo sustantivo, como también del verbo tener, "Tengo muchos caballos": Ayte y la ahëpega: mucho caballos para mí". "Tengo muchas pulgas": ¡Netegink loapakate enò! "No tengo carne". Chitkaeká Ipabè. "No tengo pescados": Chígekoà nòayi. Hekà quiere decir en abipón lo mismo que /184 datur o suppetit en latín. Esgiebet en alemán, o Hay en español. Chitkaekà, es negativo y significa, no tener abundancia de carne, peces, etc. En plural se dice: Chigekoa. "¿Hay carne?": ¿Meka Kanák?

Neogà, significa tanto día como tiempo; Grauek, luna o mes; Yňieřa, flor de la algarroba o año. Para preguntar a otro cuántos años tiene: ¿Hegem leyera yñiegari? "¿Cuántas veces floreció la algarroba mientras tú vives?", que es una frase poética. Llaman al cuerpo con la palabra piel o huesos, o nombran una de sus partes para referirse al todo. Yoelé, que significa sólo varón, lo utilizan para expresar hornbre. Del mismo modo, los guaraníes usan la palabra Aba, que quiere decir varón o guaraní, ya que no poseen un término que signifique hombre. Aba che, tiene tres significaciones: yo soy guaraní, yo soy hombre, yo soy varón; del contexto se deducirá cuál es el sentido que hoy que darle.

Casi en ningún pueblo hay tantas mujeres vírgenes como entre los abipones: sin embargo no saben explicar ese término sino por circunloquios. La voz Haayé, significa cualquier jovencita, aunque haya sido corrupta. No suelen usar Chik o chit, nunca. Así: "Nunca migraré de aquí": Chi rihukàm, pero con más frecuencia: Chitlgibe ribiukam: "no es tiempo de que yo deba emigrar". Explican el concepto de lo eterno, como algo no terminado; así: vida eterna: Eleyřa chit Kataikañi: vida que no se acaba. Llaman a Dios, cuyo nombre ignoran, como los españoles: Dios, eknam Kaigarik, o Naenatřa nak hipigem, Kachka aalò: Dios, que es hacedor o creador de todas las cosas, del cielo y de la tierra; Kaué significa hacer; Kaogarik, hacedor. Tetarik l'Kauetè; huevo, obra de la gallina. /185

No penden decir con una sola voz en todas partes, pero usan esta frase: Dios está en el cielo, en la tierra y no hay lugar donde no esté: Menetahegem quem bipigèm, menetaui quem aaloà, Ka CHIGEKÒR AMÀ, CHIG ENAÈ. Omito otros innumerables vocablos que no tienen, pero que los reemplazan de diferentes modos. Supieron señalar con diversos nombres objetos y cosas que nosotros nombramos siempre con una misma y única voz, o modificar la raíz de un verbo con nuevas partículas de modo que podrían parecer siempre nuevas palabras. Como mostré con algunos ejemplos la pobreza de esta lengua, pensé que debía mostrar también brevemente, su riqueza.

Es increíble lo rica que es en sinónimos. Kaeheřgaik, Kameřgaik, Keřeaǐk, Laykame, significan viejo; muerto: Elořaik, Egurgaik, Abamřaik, Chitkaeka Laeb; guerra Nabamaetřeli, Nuichieřa, Noelakierek, Anegla; comida: Kiñierat, Hanák, Nakà, Naek; cabeza: Lemařat, Lapañik; cielo: Hipigem, Obayank; no sé; Chigriařaik Toegè Uriakà, Ntà, Chig ñetum, Alkamitañi, que es también el último, y si alguien le pregunta: "¿Sabes esto con seguridad?", responde que no sabe lo que le pregunta; a veces repiten las mismas palabras con que fueron interrogados para dar a entender que no lo saben. Llaman a cualquier lastimadura Laleglet; si fue producida por los dientes de alguna fiera o inferida por un hombre, a llaman Nuagek; si por un cuchillo o una espada: Nicharhek; si por una lanza: Noarek; si por una flecha Nainek. Pelea: si no se dan detalles: Roéla1~itapageta; si pelean con l:i.nzos: Vahámreta; si con flechas: Roèlakitapagetà; si a golpes: Nemarketapegetà; si sólo con palabras: Yeherkáleretaà; si dos mujeres por el mismo marido: Nejérentà. Explican con distintas voces cuando una cosa se acaba: si lo que se /186 acaba es una enfermedad: Láyamini; si es la lluvia, la luna o el frío: Lánámreuge neetè, grauek, latarè; si es la guerra: Nabálañi eneglà; si se han acabado los soldados españoles muertos en una matanza: Lanamichiriñi Koáma yoaliripi; si se me acaba la paciencia: Lanámouge yapik; si termina una tempestad: Layambà,; terminó su oficio, cumplió con su cargo: La yauerelgè; termina tu trabajo: Grabálgali, Laamachi graénategi; ya la cosa se acaba: Layam ayam; el fin del mundo: Amla Hanamřani. Si se ha trabado un combate con flechas, se dice: Noatařek; si con lanzas: Noaararenrek o Namametrak; si sólo con puños: Neniueketrek. Esta palabra me trae a la memoria un acontecimiento ridículo: vino un tiempo a la nueva colonia de San Jerónimo un laico bávaro para construir la choza del misionero; mientras trabajaba, un grupo de abipones lo observaba y conversaba; y los oía y captaba algunas sílabas; como las voces Nahamatřek, Noatařek y otras muchísimas palabras terminan en Trek, sentándose a la mesa del Padre José Brigniel, austríaco, le dijo ingenuamente que la lengua de los abipones tenía gran afinidad con la alemana; casi como un huevo con otro; y decía una y otra vez; Trek, Trek.

Puede decirse que esta lengua de los abipones es la lengua de las situaciones; pues para indicar las distintas situaciones de la cosa de la que se habla, agregan partículas a los verbos. Hegem: arriba; Añi: abajo; aligìt: alrededor; Hagam: en el agua; ónge: afuera; alge o Elge: en la superficie, etc., Aclaremos con algunos ejemplos: Con el mismo verbo estar /187 decimos: Dios está en el cielo, está en la tierra, en el agua, en todo lugar. Los abipones siempre agregan nuevas partículas al verbo estar para indicar la ubicación. Dios menetahegem Ken hipigèm: Dios habita arriba, en el cielo; Menetañi Ken aaloa: habita abajo, ni la tierra; Meñetàhagàm Ken enrarap; habita en el agua. etc.

Añaden las partículas Añi, Hegem, Hagàm al verbo Ménetá. Pero atiende otras más: ¡Qué gran variedad la del verbo alcanzar! Alcanzar al que viene: Hauíretaigìt; alcanzar al que se va: Haûiraà; alcanzar con la mano lo que está debajo mío: Hauirañì; lo que está encima mío: Hauiribegemiéege; no alcanzar con los ojos: Chig heonáage; no conseguir con la inteligencia: Chig netunétai git; alcanzar con una flecha: Ñaten; unos que salen persiguen a otros: Yâueráatà o Yàuirétapegetá; soy perseguido porque otro lo medita o maquina en su ánimo: La káui eka Kan aheltařat Kiñi. Escucha otros ejemplos: temo: Rietaahà; temo al agua; Rietachaha gam. Relampaguea: Rháhagelk; relampaguea a lo lejos: Rháhagelkátaigìs. Resplandece: Richàk; resplandece en la superficie: Richákatalgè; el resplandor se difunde a lo lejos; Richákàtauge. Abro la puerta hacia la calle: Hebòtouge Labàm. Los que quieren entrar a la casa del Padre llaman: Ybochingè Labàn abre la puerta hacia la ventana: Hehotoà Labàn; si abro dos puertas al mismo tiempo: Hebòtetelgè Labàm; cierra la puerta: Apëegì Labàm. Muero: Riigà; estoy moribundo: Rigarari; muero sofocado: Riigařañi, etc. etc.

Hay otras partículas dignas de ser recordadas y muy usadas por estos bárbaros:

Là: ya, va como prefijo en casi todos los verbos: La reòkatarì cachergayè: ya llora la vieja; La rièlk: ya estoy atemorizado; La nañam: ya bebo. /188

Tapek o Tari, añadida a la última sílaba, denota una acción que se comienza en el momento: Hakiriogřan: aro la tierra; Hakiriogranetapek: ahora, en este momento en que hablo, aro la tierra. Haochín: me enfermo, Haoachinetari: en este preciso instante me enfermo.

Hachit: hago; Ařaiřaik abëpegak: caballo domesticado; Ařaiřairaikachit abëgegak: domestico un caballo. Rielk: tengo miedo; Riélkachit nibìrenàk: tengo miedo de un tigre. Ayerbègemegè: cosa alta; Ayercachihègemeé: hago una cosa u objeto alto, la coloco en un lugar muy alto.

Řat o Řan, del mismo significado, se colocan en algunos verbos: Rpaè enařap: agua caliente; Hapeřat enarap: caliento agua; Laà: grande, amplio; laařeřat: amplifico. Lenechi: pequeño, tenue, Lenechitařat: Reduzco. Haoatè; duermo; Hacacheřan akiravalk: Hago dormir al niñito.

Ken, frecuentativo, denota una costumbre o hábito; Roélakikèn, suelo combatir.

Aagè unido a los sustantivos: Lahërek, obra, o Yaárairèk: conocimiento, unido al verbo significa igualmente costumbre.

Nèoga latènk naŭametapek, Gramachka lahërehaage, o Mat yaànairèk aage: bebe todo el día; ésta es su ocupación, su costumbre o conocimiento.

It, significa materia que compone o integra algo. Niebigeherit; manto de piel de nutria, porque Niechigehè es nutria paro los abipones. /189

Káepèrit: lugar provisto de estacas clavadas en tierra; para los españoles: la empalizada o la estacada; porque Káepak significa madera.

Hat, indica el suelo natal de los árboles o de cualquier producto, Nebokehat: selva donde crecen palmas, porque Neboke, es una especie de palma. Nemelkehat: campo sembrado de trigo, que se dice Nemelk. Los guaraníes emplean el mismo recurso, pero en lugar de la partícula Hat, usan Ti. Así: Abati: trigo; Abatiti: campo donde se lo cultiva. Petîndi: lugar donde crece; cambian la partícula ti por ndi, por eufonía, detalle que los querandíes cuidan en forma especial.

Ik, con esta sílaba designan casi todos los nombres de arboles. Apèbe: fruto del Chadar. Apebìk: el árbol. Oaik: algarroba de color blanco; Roak: rojo; sus árboles: Oáikik, Roaikik; aunque en general denominan a la algarroba con el único nombre de Hamáp.

Řeki: significa vasija, lugar o instrumento donde algo es encerrado o contenido. Nañatuřekî: vaso, y Nañam: bebo; Neetřki: significa lo mismo, porque Neèt y Nañam son sinónimos. Katařanřeki: hogar, horno; y Nkàatèk, fuego, Keyeeranřeki: recipiente en que se lavan los vestidos; Keyořanřàt: jabón.

Layt, tiene casi el mismo sentido que la partícula anterior. Yabagik Layt: cofre, en que se guarda el tabaco; y yabogék: tabaco reducido a polvo. Ahëpergrlayt: seto con que se encierran los caballos. /190

Lanà, de gran uso, y a menudo ancla de salvación a la que se aferran los novatos significa en esta lengua aquello que es instrumento, medio, o una parte de algo que deberá realizarse. Un ejemplo aclarará esto: los abipones mastican a diario hojas de tabaco mezcladas con sal, trabajadas con la saliva de las viejas, y la llaman su medicina. A toda hora se me presentaban diciéndome: Tachkaûe Pay npeetèk yoetà: "Padre, dame mi medicina de hojas de tabaco"; una vez recibida ésta, en seguida agregaban: Tach kâue achibiřaik noetà lanà, dame también sal que sirve para preparar esa medicina. Y agrega también esto otro: Tach kaûe latařam, Ipabè lanà, "dame un cuchillo para cortar la carne". O, Tachkaûe Këëpe yeëriki lanà: "dame un hacha con que pueda hacer mi casa".

Los más conocedores de la lengua casi no usan esta palabra Lanâ; en su lugar derivan de los verbos los nombres sustantivos con que expresan al instrumento de la cosa que se hace al medio. Así, Noetarèn: curo; Neotarenàtařanřàt: medicina; Noetaranatarankate: instrumento de la medicina; Hakiriograni: yo aro; Kiriogřankatè: arado. Ñakategran: afeito; Ahategkatè; tenazas o pinzas para levantar objetos pesados. Géhayà: miro; Geharlatè: espejo, Rietachà: temo; Netachakatřanrat: instrumento para provocar el terror; llaman con este nombre a las deformaciones del rostro, que ellos usan para atemorizar a sus enemigos.

Letè; indica el lugar de una acción. Así: Nahamá tralatè: lugar de la pelea; Kiuitralatè: lugar donde se come, es decir, la mesa. /191.

Las cosas traídas de Europa o imaginadas por los europeos, son hábilmente expresadas con nombres extraídos de la lengua vernácula. No quieren parecer desprovistos de vocablos, ni mendigar voces de pueblos extraños y contaminar su lengua, como lo hacen otros americanos que toman prestadas palabras de los españoles.

Los guaraníes llaman Cavayù: a los caballos y a las bovinos: Nobì; tomando del español la palabra novillo. Los abipones por el contrario, llaman aëpegak a los caballos; yúibak a las vacas; yúibàk Lepà: al toro, es decir al buey no castrado, aunque antes de la llegada de los europeos no conocieron estos animales.

Llaman al templo Loakal Leeriki: casa de las imágenes, o Natamenřeki: donde se da gracias a Dios. A una carabina: Netelřanře: que significa: por el que los flechas vibran; derivan este vocablo la palabra Neetà, porque la carabina imita el ruido de la tempestad; a la pólvora Netelřanře leenřa, harina de carabina. Al libro: Latatka, que quiere decir verbo, lengua, oración. A una carta o cualquier esquela escrita o pintada la llaman: El Rka, voz que usan cuando las mujeres pintan con color rojo varios trazos en las pieles de nutria que cosen para protegerse del frío.

A los melones: Kaama Lakà: comida de los españoles. Llamaron con el mismo nombre al alma, a la sombra, al eco o a la imagen: Loakal, o Lkibì. También los latinos usaron la palabra imago por eco. Valerio Flacco, en I, 3 de Argon: Rursus Hylan, et rursus Hylam, per longa reclamat avia, responsat sylva, et vaga certat imago (69), donde la imagen de una figura es representada como el eco de la voz.

Llaman Aaparaik, tela, al algodón, porque es la materia prima de la tela. Al trigo: Etaurà, Lpetà, grano de pan. Netelřanře Lpetà: proyectiles de plomo de la, carabina, o /192 Káámà Lanařba: flechas de los españoles. A la lira Lúigi, tortuga, por la semejanza con su lomo. A cualquier metal: Lelàt; a las monedas de plata: Lekacháola: pequeños metales. Al infierno: Aalò labachiñi: centro de la tierra, o Keevét Lëëriki: casa del diablo. Al vestido yelamřkie; a los pantalones: Lichil telamřkiè; a las polainas: Ykiamařba; a los zapatos: Yachrbářlatè; al sombrero: Noarà; a las cintas, togas, o cualquier cosa con que se cubran la cabeza: yatepehè; a las bolas de vidrio: Ekalřaye; y omito las familias de estas palabras.

Las metáforas son familiares a estos bárbaros. Cuando están afectados por un dolor de cabeza: Là yivichigi yemařat: "ya se me enoja la cabeza", exclaman; cansados por el trabajo manual, dicen sonriendo: Là yivichigi yanigřa: se me enoja la sangre. Cuando están enojados dicen: Là ànehegen yauel: "ya se me levanta el corazón". Impacientes por alguna molestia; Là Lanomouge yapìk: "ya se me acabó la paciencia", vociferan, "ya no estoy para soportar esto".

Donde los guaraníes y muchos otros pueblos de América tienen postposiciones, los abipones usan preposiciones. Así, los guaraníes cuando hacen la señal de la Cruz, dicen Tuba haè, Taýra, hat Espíritu Santo rera pǐpe, Amen: Del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, nombre, en. Amén; porque pǐpe significa en y rera, nombre. Los abipones por el contrario:

Men Lakálatoèt Netà Ke Nàitařat, Kachka Espiritu Santo. Amen: en el nombre del Padre, del Hijo, etc., Men, expresa en, y Lakálatoat, nombre. Men, Mek, Kèn. En Kerà, significa en o hacia, tanto con movimiento o sin él: Men aoloa, Men Hipigem en la tierra, en el cielo; Labik Ken nepárk: ya llegó al campo; La rihimek Káam leetà: ya emigro a las tierras /193 de los españoles. Desconocen la preposición con cuando denota compañía; para decir: iré contigo hacen así: Grahauitapekam: te acompañaré; o la reemplazan por: también: ¿La me? Glachkehin: ¿Vendrás? También yo. El señor es contigo: Dios Ghiagàra biñitařoat: Dios se te asoció. La preposición Haraá, significa el instrumento con que una cosa es terminada. Yóale yahámat nihirenak naraà lohélete: un indio mató a un tigre con una lanza. Yágam: como; Roahà yagam netegink: acometió como un perro.

Los mismos adjetivos hacen las veces de adverbios. A veces tanto éstos como aquéllos se flexionan como los verbos según que miren el tiempo pasado o futuro. Así: Ariaik significa tanto bueno como bien: Kemen ariaik Kàn: ¡Qué bueno! o ¡Qué bien estuvo!; Kàn: es nota de pasado; Ariaekam: estará bueno o bien; Am: es nota de futuro. Kitè: ahora; Kitekàn: fue ahora; Kitàm: ahora en seguida será. Si preguntas sobre cosas pasadas, debe decirse: Hegmalagè, si sobre cosas futuras: Hegmalkàn; para lo pasado se contesta: Nebegetoè: hace tiempo o Hákekemàt: ahora, en este preciso instante: o Chigakák: todavía no; o Kunéoge: hoy, Kitnénegim o Kitnebaól: esta noche; o guaàma; ayer; para el futuro: Amà, Amlayeřge, Chitkibe: después de mucho tiempo; Amlà: luego; Am richignì: mañana; Amékére Lábana: pasado mañana: Amnáama: a la tarde.

Y: lo expresan por Kachka, Kach o Kat, según la letra que siga. No, lo dicen todos del mismo modo: Ynà; Así, depende del sexo y edad: los varones y adolescentes responden a quien les preguntan: Héé; todas las mujeres: hàà; los viejos lo hacen con un ronquido de lo íntimo del pecho, no /194 con letras sino de viva voz y no sin peligro de tomar una ronquera; cuanto más fuerte en el ronquido, más rotunda es la afirmación. 2do párrafo del 180

Eùrugri, Eòrat, mitkaenegen: ¿Por qué? ¿Por qué causa? Mièka ènegen nkaué, naucihi enà? ¿Cuál fue la causa de que vinieras?; Men, es la partícula interrogativa que significa acaso; Men leerá? ¿Acaso es cierto?; Klerà: es cierto; Chigera: no es cierto. Pero si dudaban sobre la verdad del asunto, respondían: Eùrigñigi; a veces, cuando les parece que el relato del otro es falso, conjugan el pretérito por futuro, y responden con ironía: Kánigra leerám: en otro tiempo esto será cierto; Kánigra: es pasado y Leeràm, futuro.

La letra, M como prefijo verbal significa interrogación. Así: ¿M'ayte manachieka?: "¿Acaso hay muchos soldados?"; ¿M'oachiñi? "¿Acaso estás enfermo?". Si la letra que sigue a la M es una consonante o una H son absorbidas: ¿M'anekam ena?: "No viene acá?" se omite la H del verbo Hanekám y se dice Manekàm; ¿Mauichi Kená? "¿No llegaste acá?"; se elimina la letra N de Nauichi y se le sustituye por la M. Mik solo, o Mik mich es fórmula de interrogación: ¿Mik mich gribochi?; "¿Ahora estás sano?". Otras veces la interrogación se conoce sólo por el acento y la entonación de la voz: ¿Leyàm nauichi? "¿Viniste por fin?". Origeena y Morigi, indican al mismo tiempo pregunta y duda: ¿Morigi npágàk ocnèk? "¿Acaso el joven se avergüenza?" ¿Hegmi bínnerkam? "¿Qué será finalmente?" Orkéenam: No sé que será en el futuro".

Letàm: casi, poco faltó; Letàm ri`ygerañi, Letàm riehámat `Yínibàk: "Casi me mató una vaca". Yt o yck: sólo; Tachklaue /195 yt leneckiavalk: "no me des tan poco". Mat o Gramachka: finalmente cuando afirman algo con énfasis o con jactancia; Gramachka Abipón yapochì: "Al fin y al cabo los abipones son magnánimos". Eneba mat yoale: "éste finalmente es un varón". Chik, chit y chichi, son voces prohibitivas, como el ne entre los latinos. Chik grakalagistrani: "no dudes"; Ckichi Noabaregřani: "no mientas". Klatùm Keèn: "aunque sea hermoso, es sin embargo tímido". Tan: porque; Máoge: por esto. Tan a`yte apatáye ten nepark;, máoge chik ààtèkan: "porque hay muchas pulgas en el campo, por eso no dormí". Men, Men: así - - como; Men netà, Men naetařat: "como el padre, así es el hijo".

Tienen diversas exclamaciones de admiración, dolor, alegría, etc. ¡Kemen apalaik akami! "¡Cuán despreciable y tenaz eres en tus cosas!". ¡Kemén naáchik! o Kimilì naachik!, "cómo me será de útil"; este es el modo de dar gracias por un favor recibido. Los abipones, como los guaraníes, no poseen ninguna palabra que signifique gratitud o agradecimiento. Lo admirable es que raramente invoquen la gratitud, ni siquiera de nombre; sin embargo usan todos los beneficios, como las flores, mientras éstos le proporcionen alguna utilidad.

Entre los indios fue habitual olvidar los beneficios pasados con una única respuesta negativa. Los guaraníes dicen esta misma frase cuando aceptan un regalo: Aquiyebete àñgà: "esto me será provechoso". Los abipones a veces no usan sino esta palabra: Kliri: "Esto era lo que quise". Otras exclaman admirados o compadecidos: ¡Kem ekemat!; ¡Ta yeegàm! Nárè, que es muy familiar cuando quedan atónitos por alguna novedad. /196 ¡Tayretà!: ¡Oh, pobrecito!

Estas cosas serían suficientes para que conocieras las asperezas, dificultades y el exótico artificio de la lengua de los abipones. Porque para lograr un conocimiento más cabal de ella, sería necesario todo un volumen.

El padre José Brigniel, el primero que predicó en este pueblo cuando dirigió durante unos doce años la colonia de San Jerónimo, fue el primero que se interesó por aprender esta lengua. El que antes fue discípulo de los bárbaros, luego se convirtió en maestro de los compañeros que le enviaron para ayudarlo.

Tradujo a la lengua abipona los principales capítulos de la religión y las oraciones más usuales; éstas fueron distribuidas, de inmediato, a las cuatro colonias que habrían de fundarse para ese pueblo.

Es increíble cuántas molestias le insumió este trabajo; pero no obstante lo llevó a cabo con férrea y paciente voluntad.

Conoció profundamente seis lenguas: latín, alemán, francés, italiano, español y guaraní, que hablaba con elegancia. Cuando también supo balbucir algunos vocablos de la lengua abipona, se dio a la tarea y al trabajo de investigar los nombres de las cosas, las inflexiones de los nombres y sus usos. Pero aunque no ahorrara ningún esfuerzo, deseoso de aprenderla, necesitaba ayuda de maestros y libros que le enseñaran. No faltaron españoles que, cautivos desde niños, se habían empapado de la lengua abipona; pero ya estaban olvidados de la lengua materna. Los que habían caído prisioneros siendo adultos no pudieron acostumbrarse a esta lengua, y casi no sabían la lengua nativa /197 aunque no aprendieron correctamente la ajena. Hablaban una y otra, pero mediocremente. Conocimos también a alemanes, italianos y franceses, llegados a América, que olvidados de su lengua patria, raramente consiguieron pronunciar con perfección la española. Lo mismo puede decirse de los abipones que, cautivos un tiempo entre los españoles, vuelven a los suyos.

De los cautivos aprenderás más rápido a equivocarte que a hablar. Si contratábamos algún maestro que medianamente conocía una y otra lengua, ¡Oh Dios! ¡cómo nos consumía de fastidio! ¡si le preguntamos: ¿cómo se llama esto? o ¿cómo llaman los abipones a, esta cosa?, nos respondía con voz tan dudosa y oscura, que no entendíamos ni una sílaba, ni siquiera una letra. Si le pides que te pronuncie esa palabra dos o tres veces, se enoja y se calla. Si después de muchos ruegos logras algunas palabras de las que enuncié: hoy, cuchillo, mañana, tenazas, pasado mañana, bolas de vidrio, cada una será a mayor precio; si le niegas el premio solicitado, apenas te vuelve a ver; si lo echas, se hará más atrevido para obtener siempre cosas mayores. La pobreza del discípulo es grande si los maestros son raros y demasiado caros.

Los nombres de las cosas que observamos se aprenden en el trato cotidiano con los indios; pero las que escapan a la vista, las que pertenecen a Dios o al espíritu, sólo las conocerás por un prolongandísimo uso. Cuando les hablas de los caballos, de un tigre o de armas, cualquier abipón te parecerá un Demóstenes o un Tulio; pero si les preguntas sobre los sentimientos del espíritu y sus funciones, o sobre el hábito de la virtud, la respuesta se volverá más oscura que la noche, y permanecerán mudos. /198

Cuando estudiábamos los códices de la Gramática de la lengua guaraní, existían editados tres léxicos de los autores Antonio Ruiz de Montoya y Pablo Restivo. Estos compendios les llevaron mucho tiempo y trabajo.

Con ellos progresamos rápidamente, de modo que en tres meses fuimos capaces de confesar a los guaraníes, según el juicio de los cuatro compañeros nuestros más antiguos que, por orden de los superiores nos tomaron un severo examen de esta lengua.

José Brigniel suplió con su esfuerzo e industria la falta de libros necesarios para el estudio de la lengua abipona. Si descubrían en el habla de los bárbaros alguna voz nueva o elegante, supo consignarla con diligencia, del mismo modo que las aves eligen los granos de trigo entre el barro; y por fin las reunió en un lexicón, que con el correr del tiempo sobrepasó las ciento cincuenta palabras. Este fue transcripto por sus compañeros, pulido y enriquecido con más agregados. Por supuesto que es fácil añadir nuevos descubrimientos; pues los sucesores, apoyándose en las espaldas de sus antecesores, ven más cosas y más lejos. Pizarro pudo penetrar en el opulento Perú y Cortés en Méjico, pero porque Colón vio primero a América.

Nuestro Brigniel mostró el camino por el que debería avanzar esta lengua en medio de tan grandes tinieblas, conduciendo a los demás; y como lo diré brevemente, en aquellas tinieblas encendió una luz, señalando los rudos lineamientos de las leyes gramaticales; por esto debe ser ponderado eternamente. Teniéndolo como compañero y maestro durante dos años, escribí un vocabulario no en orden alfabético, sino casi del mismo modo en que Amos Comenio había compuesto su Vestibulum linguarum, y lo retengo hasta hoy día. /199

La lengua abipona se ve implicada con nuevos dificultades por la costumbre que tienen estos bárbaros de sustituir los vocablos comunes por otros nuevos.

Los ritos fúnebres son el origen de esta costumbre: los abipones no quieren que sobreviva algo que les traiga el recuerdo de los muertos. De modo que pronto suprimieron las palabras apelativas que refieran alguna afinidad con los nombres de los muertos.

En San Jerónimo murió en una epidemia un joven abipón cuyo nombre era Henà. Esa voz significaba por aquel tiempo agudo, o espina; después de la muerte del adolescente esa palabra fue abrogada y sustituida por Niabirencatè, que desde entonces significó agudo.

En los primeros años que estuve entre los abipones, hubo una pregunta cotidiana: ¿Hegmalkam Kahamátek? "¿Cuándo será la matanza de las vacas?"; pero por la muerte de algún abipón la palabra Kahamátek fue suprimida y en su lugar se ordenaba a todos con un pregón, que decía: Hegmalkam mégerkatà. Cambiaron las palabras: Nibirenak, tigre, por Apañigebak; Peüe, cocodrilo, por Kaeprbak; Kaáme, español, por Rikil, porque éstas no tenían ninguna similitud con los nombres de los abipones recientemente muertos. Callo muchísimos de este tipo. Por eso es que nuestros vocabularios estaban llenos de enmiendas, porque debíamos expurgar las palabras anticuadas y añadir otras nuevas. Introducir nombres nuevos a las cosas, es derecho y trabajo de viejos. Cuando recién había llegado me admiraba muchas veces que palabras dadas a conocer desde los más apartados caseríos, fuesen recibidas por todo el pueblo, por la arbitraria intervención de alguna vieja sin que nadie las rechazara; las aceptaban con tanta religiosidad que consideraban nefasto enunciar de nuevo la palabra. abolida.

Se suma a, esto otra cosa que agrava el conocimiento de esta lengua: El habla de los nobles se llama Hécheri y /200 nelareykatè, y los distingue del vulgo. Usan las mismas palabras que los demás, pero transformadas por la interposición o adición de nuevas letras para que parezca otro tipo de lengua.

Los nombres de los varones que pertenecen a esta clase de nobles terminan en In; los de las mujeres (pues también éstas son iniciadas en estos honores), en En. Hay que agregar esta sílaba a los verbos y sustantivos, si hablas con ellos o de ellos. Esta sentencia: "Este caballo es posesión del cacique Debayakaykin", en lengua vulgar abipona, sería Ene he ehëpegak Danayakaykin lela: pero en lengua Hécheri debe decir: Debayakaykin lilin. Saludan a un plebeyo que llega: ¿La nauichi?, y él responde: Là, ñauè: "ya viene"; pero si el que llega es un noble, debe saludárselo: ¿Là náurin?, y éste, con soberbia y magnífica modulación de voz responderá: La ñauerinkie.

Varias sílabas agregadas o intercaladas en los verbos vuelven el habla tan oscura que parece que los nobles hablan una lengua distinta. Ellos mismos a veces se torturaban con sus propios vocablos para sobresalir del vulgo. Así: las madres plebeyas se llaman Latè; las nobles: Lichiá; el hijo de aquéllas: Laétarat; el de ésta: Illalèk.

Me indignaba que entre los abipones Yaaukanigas, más arrogantes que los demás, existiera la costumbre de que las mujeres y los niños hablaran con un sedimento de pompa. Algunos para burlarse afectan este estilo de Hécheri. Nosotros, tanto para la explicación de las cosas sagradas como en el coloquio familiar, consideramos que debíamos usar la lengua vulgar porque era entendida por todos.

Ya dije que hay tres pueblos de abipones: Los Rükahe, los Nakaikétergehe y los Yaaukanigas; la lengua es la misma para todos; todos se entienden y son entendidos por todos. Sin embargo encontrarás algunas voces peculiares en algún /201 grupo de éstas. Los Rükahe, llaman a las pulgas Ayte; los Nakaikétergehe, Apatáye, ambos vocablos señalan una nota de las pulgas: Ayte: significa muchos; Apatáyes deriva de nepàta que es la estera que usan como techo. Hay tanta abundancia de pulgas entre los abipones, que no sólo parecen cubiertos por ellas, sino también oprimidos.

Beber se dice entre los Rühakes: neèt, y entre los Nakaikétergehes: nañàm. Estos prefieren llamar a la cabeza, Lapnañik; aquéllos, Lemařat. Los Yaaukanigas imitan tanto a unos como a otros. Los demás llaman a la luna Grauék; éstos la llaman Eergřaik: estrella por antonomasia. Los otros llaman Oábetà: al iris; los Yaaukanigas lo llaman Apich. Omito muchos ejemplos más de esto.

Pero por grande que sea esta variedad, puede provocar un poco de dificultad pero no admiración: la lengua alemana se usa en muchos pueblos y varía tanto en rasgos fundamentales como en palabras. Unos llaman al caballo Pferd; otros Ros; otros Gaul. ¡Cuánto difiere el etrusco del milanés del sabaudo o del véneto! ¡Cuánto el castellano del aragonés, el bético, el navarro o el valenciano! Como es patente una inmensa diferencia existente entre las lenguas americanas, agregaré a modo de corolario algunos paradigmas de ellas. /202

 

CAPÍTULO XVIII

DISTINTOS TIPOS DE LENGUAS AMERICANAS

 

Muchísimas veces me reí de aquéllos que me preguntaban con gran avidez: ¿Cómo suena la lengua de los americanos? Estos creían que los innumerables pueblos de América hablaban una misma lengua. Ya dije que no sólo cada una de la provincias sino también cada pueblo americano poseía su propia lengua, distinta de las demás. Para que notes esta diferencia, te mostraré la forma de hacerse la señal de la Cruz, en catorce lenguas americanas.

Yo mismo estoy versado en dos de ellas: el guaraní y el abipón, ya que en total estuve entre estos bárbaros diez y ocho años. A las demás, me las anotaron mis compañeros que encanecieron entre ellos. Si hubiera pedido a todos mis compañeros sus trabajos, mostraría no menos de cien lenguas en estos comentarios. Pero te enseñaré las pocas que tengo.

Los españoles y portugueses suelen hacerse dos cruces: la primera signándose en la frente, la boca y el pecho, según la costumbre de los alemanes: Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Dios Nuestro Señor. La /203 segunda, pasando la mano de la frente al pecho y a uno y otro hombro, como los latinos: En el nombre del Padre, y del hijo, y del Espíritu Santo, Amén. A estas dos cruces los españoles llaman persignarse y santiguarse.

Los indios tomaron la costumbre de los españoles; así en primer lugar dicen: por la señal de la Santa Cruz, etc.; y en segundo lugar: En el nombre del Padre etc. Cuando leas: Nachabet, debe decirse Nastchabet. Y no hay que admirarse si se encuentran palabras como, Dios, Crúz, Cruzú, Cruspa, Espíritu Santo, que o son españolas o derivadas del español, ya que los americanos carecen de vocablos propios, para Dios, Cruz, Espíritu Santo; conocieron otras cruces y otros dioses, pero no el Espíritu Santo.

En las treinta y dos ciudades de los guaraníes, dicen: Por la señal de la Santa Cruz. etc., Santa, Curuzú raangabarche oreamotareŷmbara agui orepǐcirû epè.

Tupâ oreyara

En el nombre del Padre, etc.: Tuba haè Ta`yra, haè Espíritu Santo rera pipé. Amén.

NOTA: El signo ^ sobre la letra, indica que debe pronunciarse por la nariz; el signo v , por la garganta; el signo ~ por la nariz y la garganta al mismo tiempo, la ç entre los españoles equivale a la z.

Como la lengua guaraní /204 no tiene preposiciones sino postposiciones, la fórmula de una y otra cruz suena así:

I: De la Santa Cruz el signo por, nuestros enemigos, de, líbranos Dios Señor nuestro.

II: Del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, nombre en Amén.

 

Abipones ecuestres

I: Kaína nachabét santa likinránala oaha`yegalgè gnaagřaá Dios Gnoakára.

II: Men Lakalátoét Netà, Kat Naitarat, Kachka Espíritu Santo, Amén.

 

Mocobíes ecuestres o Amókobit, en dos ciudades.

I: Kena Letanèk santa Latizenřanřat Gdoomařti Kenoà Nokiatedorba Dios Gnoakodo.

II: Kalenřat Neta, Oka Ilialek, Oka, Espíritu Santo Amén.

NOTA: La letra ř, entre los abipones, no se pronuncia ni R ni G, sino con un sonido intermedio.

 

Tobas ecuestres, o Natákebit, en una ciudad.

I: Tigága, Laanèk santa Lottisdagáñadak Nisontiagà Kanalatagaua Abockiakatit señor Okkomi.

II: Lettaà, Llalèk, Espíritu Santo Lleenagàt. Amén. /205

 

Mbayas ecuestres, o Eyiguayegui, Cuaycuru o Oaekaka lòt, en una ciudad.

I: Santa Nikènaganagaletè liguàga talo Konogoè temà Konoelgódódipi ákami Dios Konibotàgodi.

II. Tigi Liboonágadi Eliódi, Liónigi, Ninága Espíritu Santo Amén.

Acaso, ¿no parece esta lengua suave, melosa y más blanda que las demás? Desdeñan las letras F y R; y abundan en D, L y G. Pero los Mbayás que usan esta lengua son los más bárbaros entre los indios; de cuerpo atlético, belicosos, y temibles en todos sus actos.

Los abipones, conceden sólo a éstos la gloria de la valentía aunque algunos otros pueblos de Paracuaria los desprecien. Nota que estas cuatro lenguas: abipona, mocobí, toba y Mbayá, nacieron en otro tiempo de la misma madre; de esto no duda ninguno de nosotros.

Pero, ¡Oh Dios! ¡Cuántas desemejanzas hay hoy entre estas hermanas! ¡Cuán diversa la conformación de sus lineamientos! El abipón llama a la Cruz: Likinranala; el mocobí: Latizenřanřat; el toba: Lottisdaganadak; y el mbayá: Nikenaganá galate.

Al signo, el abipón lo llama Nachabet; el mocobí: Letanek; el toba: Laanek y el mbayá: Liguaga.

Un gran cambio en las dos palabras; pero no debe admirarnos a los europeos, que sabemos que la lengua Ilírica fue la madre de la Bohemia, Eslavonia, Croacia, Rascianaia, Rusa, Polaca, Vindia, Carniolia.

La lengua latina lo fue de la itálica, gálica, hispánica, lusitana, catalana, forojuliana, la de Sardes, de Flandes, de Suecia, danesa, helvética, etc. Pero, ¡Qué diferentes son las hijas de su madre! Un alemán entenderá con mucha dificultad a un belga, un carniolo a un ruso, un italiano o español a un francés, y si no fuera Edipo, sólo adivinando podrá seguir al que habla. /206

Navegábamos en el año 1748 con un liburnio, de Suecia a Lisboa y en el año 1769 con un danés desde Cádiz a Italia. Estos hablando su lengua natal nos parecían que hablaban enigmas. Pero sigamos ya con la contemplación de las diferencias existentes en las lenguas del mismo origen; como me resultan extrañas, no realizaré muchos paréntesis.

 

Lules e Ysistines, pedestres, en dos ciudades:

I: Santa Cruz Yapasaps tayulè Enunupcèn ùá tac sési çen.

II: Pe, Kuè, Espíritu Santo ùétplè. Amén.

 

Vilelas (Raregřanřaík, para los abipones), Passain, chunipás pedestres, en dos ciudades:

I: Santa Cruz udcebeb rurup Gosagpilet Nakis un moyón Dios Pekís.

II: Tatè, Ynaké, Espíritu Santo Guatabè. Amén.

 

Montaguayos (Ychibachi para los abipones), pueblo pedestre, en una ciudad:

I: Ta noltelxanèk santa Lekalilús Thetla Lekoix naimameg Illabug Illakatupà.

II: Noala ku lei, uetlas lei, uet Espíritu Santo Yhilei. Amén.

Tan duro como el sonido de su lengua, es la perfidia, peligrosidad y el absurdo ingenio de este pueblo. Los Padres Agustín Castañares y el cántabro Francisco Ugalde, compañeros /207 nuestros, dieron sus vidas para salvar la de ellos.

Chiquitos, pedestres, en diez ciudades.

I: Oi n'aucipi santa Curuzìs Okemai Zoichupa mo unama pocheneneco Zumunene.

II: Aun n'iri Naki Yaitotii, Ta Naki Ritotii, Ta Naki Espíritu Santo. Amén.

Esta, es una lengua llena de artificios; y me resulta muy ampulosa.

 

Zamucos, cuya lengua usan los pueblos Ygaroños, Kaipetades, Karaòs, Tunachos, Ymonòs y otros tres, que se sumaron a las ciudades de los chiquitos.

I: Guiozè santa Curuzire Tupadè arota noc ihia yetaddoe.

II: Daire, Abire apo, enapò Espíritu Santo aha iru, Amén.

Lengua quichua, que otros llaman lengua del Cuzco, usada no sólo en Perú sino también en los límites de Tucumán.

I: Santa Cruspa unanchanraicu acaicu cunamenta Guespichi huaicu Dios.

II: Dios apuicu Yayap, Churib, Espíritu Santo sutimpi. Amén.

¡Once tipos de lenguas que se usan en Paracuaria! Ojalá hubiera logrado que mis compañeros versados en ellas me hubieran transcripto las demás que hemos conocido: la de los pampas, los serranos, los patagones, los charrúas, los payaguás, los malbalaes, los guanoas, los guanas, los calchaquíes, los guayaquís, los guakís, etc. Agrego tres que se usan en las provincias /208 de Méjico.

 

La lengua cochimí, vulgar en California.

I: Santa Cruz makiguá magák temedegua bapac pakamaden Dios Wavabapà.

II: Dios ac Ijem, Visajem, Espíritu Santo mañajuann. Amén.

NOTA: pronuncian la letra J como una H aspirada.

 

Lengua Waicurà, de la misma provincia.

I: Akatui tipichéù te Santa Cruz pen Kepetakuriu kepe kakuña Dios Urukepe tuyakakene.

II: Tiè tè Tiáre tipicheu; tè Tichánu chie, Te Espíritu Santo chie. Amén.

Esta lengua, con el áspero concurso de las letras K y T crepitando, molesta a los labios y a los oídos. Parece muy apta para atemorizar a los espectros.

 

Lengua mejicana, usada en Itocatzin.

Omiten Por la señal de la Santa Cruz, etc.

En nombre del Podre, etc.: In Dios Itatzin, in Dios Ipiltzim, in Dios Espíritu Santo ma Xichiva. Amén.

No tengo nada anotado sobre otras lenguas indígenas usadas en las Sonora, Cinaloa y otras provincias de Méjico, aunque tuve por compañeros en España a misioneros veteranos muy conocedores de ellas. /209

Después que hayas leído muy atentamente estos ejemplos, habrás comprendido cuántas diferencias hay entre las lenguas americanas.

Los peritos estiman que la mayoría de ellas difieren no sólo en variaciones de la lengua sino totalmente en la misma raíz; y que unas y otras nacieron en distintas fuentes. Sólo encontré unas pocas entre las innumerables lenguas de América que pueden ser apreciadas por los europeos.

Traería las demás que conocí en las provincias de Perú, Chile, o Quito; en los recintos de Nueva Granada, en Brasil, Marañón, Canadá, Florida, Virginia, Acadia, en las vastísimas islas de América hasta los inmensos litorales de los ríos Misisipí, San Lorenzo, Amazonas, Orinoco, etc.

Tantas abundan entre los pueblos de los bárbaros que conocerías una multitud de lenguas, casi diría increíble.

En la confusión babilónica refiere San Jerónimo que hubo más de setenta y dos lenguas. En toda América existen tantas que ignoramos su número y sus nombres.

Nuestro Padre Antonio Viera, alabado por todos, Regidor de Roma y durante un tiempo predicador en Lisboa, fue valiente apóstol de Brasil y Marañón. Cuando en la ciudad de San Luis de Marañón pronunció un sermón en la fiesta de Pentecotés, dijo en público: In litoribus fluminis Amazonum, quae incolis confertissima, ad annum 1639 usque, centum quinquaginta linguas fuisse detectas; Labenttibus dein annis novas identidem et nationes at linguas innotuisse (70): Será fácil hacer conjeturas sobre la inmensa extensión de América si partimos de este solo ángulo de un solo río. Quienes afirmaron que se usaba una lengua común y vulgar a todos los pueblos de América austral (como la lengua Malasia en la gran India hasta el Oriente), debieron ser más silbados que rebatidos /210 ¿Cuál es aquella lengua común? ¿Qué nombre tiene? Nosotros que encanecimos allí, no la conocimos. Que si existiera, nuestros misioneros se habrían congratulado en gran manera; pues imbuidos sólo de ella les habría sido suficiente para enseñar a paracuarios, chilenos y peruanos, y se hubieran evitado el molesto trabajo de aprender tantas lenguas para enseñar cada día a numerosos pueblos.

¿Creen que el nombre de esa lengua universal es la quichua? Los peruanos la usaron en general, no me engaño: ésta fue empleada en Perú, en los límites de Tucumán y en Quito por los indios, por los negros que vivieron entre los españoles y por el vulgo español; pero fue ignorada por todos los demás habitantes de América del Sur: los chilenos, los brasileros, los paracuarios. Esto lo hemos conocido y experimentado nosotros.

En todo el Chaco, origen de tantos pueblos, ¿acaso conocí ni de nombre al quichua? No la hubiera aprendido si no hubiera estado un tiempo cautivo entre los tucumanos.

Sobre la lengua guaraní, lo afirmo con derecho: ella domina no sólo en Brasil sino a lo largo y a lo ancho de la vastísima Paracuaria; pero encontrarás numerosos pueblos que la desconocen por completo.

El guaraní no difiere mucho del brasilero que usan los indios Tupíes. Podrás aprender las diferencias que hay entre una y otra lengua en unos pocos días. Los guaraníes tienen H, que los tupiés la reemplazan por una Z; así éstos dicen Mbozapÿ y aquéllos Mbohapÿ, que quiere decir tres. Los guaraníes llaman a las barcas Ÿgà, los brasileros, Ygara, ete. /211.

Para aprender el guaraní yo usé felizmente una gramática de la lengua brasilera compuesta por un sacerdote nuestro, el Padre José Anchieta, apóstol del Brasil, y como es vox populi, un taumaturgo cuyas virtudes fueron declaradas heroicas y eminentes por el Vaticano, aunque no desdeñé otras editadas por los Padres Ruiz de Montoya y Restivo.

En verdad ya es más que suficiente sobre las lenguas de los bárbaros. Me ocupo ahora rápidamente de los ritos nupciales, del natalicio y fúnebres; de los médicos, de la caza y otras costumbres del pueblo abipón.

Dedicaré después muchos capítulos a mostrar prolijamente al espíritu militar que los animaba en sus expediciones.

La guerra es la principal ocupación de los abipones, aunque creo es mayor el número de desertores que el de guerreros. /212.

 

CAPÍTULO XIX

SOBRE LAS NUPCIAS DE LOS ABIPONES

 

En las historias americanas encontrarás tantos ritos nupciales como pueblos, de modo que sería más fácil reírse de ellos que describirlos o enumerarlos. Sin embargo entre los abipones encontrarás algunos totalmente desconocidos para otros pueblos. Los abipones – como ya dije – no contraen nupcias hasta una edad avanzada; raramente encontrarás entre éstos un marido que no pase los veinticinco años; no quieren imitar a aquéllos que se consagran al himeneo desde su primera juventud; ni se casan con una niña que no esté próxima a los veinte años. La mayoría da tanta importancia al pudor y a su libertad que sólo consienten en casarse por el imperio de sus padres y no por una inclinación natural.

Los romanos pretendían para el matrimonio a las adolescentes más tiernas, porque temían la pérdida de la integridad. Este peligro o sospecha del mismo, era ajeno a las mujeres abiponas, quienes siempre contaron con necesaria protección tanto de su vida íntima como de su castidad. Los hombres no llevaban una vida lujuriosa; tampoco practicaban el adulterio, la prostitución o el incesto. Si estos actos eran vergonzosos para los europeos, eran inauditos entre los abipones. Estas cosas no sólo en los bípedos, sino hasta /213 en los cuadrúpedos son consideradas sumamente torpes, absolutamente extrañas y nunca vistas.

Muchas mujeres españolas que desde temprana edad se destacaron por su hermosura, después de vivir varios años entre los bárbaros como cautivas de guerra, volvieron con los suyos incólumes; y han manifestado en secreto, en confesión y abiertamente, que nunca su pudor se vio más seguro que entre los abipones. Si alguna de las cautivas fue seducida y vejada, esto debía atribuirse a la petulancia de los cautivos españoles y no a los abipones, cuya temperancia conocida por nosotros debe ser admirada por todos.

Herodoto, en el libro 9, celebra a Pausanias porque se abstuvo de la cautiva Coa; Plutarco pondera a Alejandro de Macedonia porque jamás se atrevió a posar la vista en la esposa del rey Darío y en sus hermosísimas hermanas, cautivas de guerra, pues no deseó hacerles el amor. También Livio, en la Década 3 del Libro 6, alaba a Escipión, porque dejó intacta a la esposa de Allucio, cautiva suya.

Estos ejemplos de moderación se dieron también en varones ilustres, que basaron sus actos en el amor a la rectitud, el temor a la ignominia, y en los buenos ejemplos de sus mayores. A mi criterio, esta manifiesta abstinencia de los abipones hacia las mujeres cautivas debe ser más admirada.

Estos bárbaros viven a su arbitrio, sin ley ni norma que los guíe, como las fieras a su capricho. He observado que esta chispa de honestidad que crece entre tanta ignorancia, no se apagará nunca, ni aún ante la insana costumbre de beber con exceso.

Es muy cierto aquello: Laudabilia multa etiam malí facimur (71), que afirma Plinio en la oración al Emperador Trajano.

Los abipones dejan el matrimonio para una edad madura, a ejemplo de los antiguos germanos; en el capítulo 7 he dicho y probado que sus cuerpos, llenos de vigor y /214 salud, su estatura elevada, sus miembros robustos, su vívido ingenio, la tardía y vigorosa vejez, así como su increíble longevidad, constituyen el fruto de un matrimonio maduro. Estrabón en el Libro 18 manifiesta que entre los Carmanos, pueblo vecino a las Indias, existía la costumbre de casarse tardíamente, cuando refiere que nadie tomaba esposa si antes no había llevado a su rey la cabeza de un enemigo. Cortar cabezas de enemigos es obra de adultos, raramente de jóvenes.

Entre miles de guaraníes, no encontré sino unos pocos corpulentos y vivaces. La razón está a la vista: los varones se casan a los diez y siete años y las mujeres a los quince, cuando no se han iniciado ya en la lascivia. Paso por alto aquí numerosos aspectos que aún recuerdo con claridad.

Si alguno de los abipones desea elegir esposa pacta con los padres de la niña sobre el precio al que la comprará. El esposo debía pagar cuatro o más caballos, manojos de bolas de vidrio, vestidos de lana en varios colores cuyos tejidos se asemejan a un tapiz turco, lanzas con punta de hierro, y otros utensilios de este tipo. Los abipones como todos los demás indios, no conocieron ni poseyeron la moneda. En la mayoría de las ciudades españolas de Paracuaria no se utilizó dinero; todo el comercio se limita a la permuta de las cosas que les proporcionaba la naturaleza.

Las monedas de plata que en otro tiempo habían quitado a los españoles que llegaron del Perú cuando estaban en guerra con los abipones, las fueron desgastando ya con piedras, ya con golpes de hacha para hacer las láminas que colgaban del cuello como collares, o del freno o del báculo como adorno. Habían saqueado carros cargados con plata peruana /215 en un campo solitario, matando al primer golpe a los cocheros y custodios; alguno transportó huyendo cuanto podía llevar en un caballo. En la ciudad de Santa Fe, un español le ofreció un manto rojo que se quitó de sus hombros, por el que sin vacilar entregó dos mil de nuestros florines, equivalentes a cuatro escudos españoles. Es costumbre entre los peruanos encerrar en sacos (que llaman zurrones), estas sumas de plata; pero los abipones ignoran el uso y valor de este metal. No hay por qué admirarse de que las mujeres sean compradas por estos bárbaros con algunas chucherías que reemplazan al dinero.

Lo mismo ocurría alguna vez entre los romanos, griegos y hebreos. Jacob obtuvo con una servidumbre de muchos años de Labán, a las hermanas Lía y Raquel, como cuenta el Génesis, capítulo 29; y David, en I Reyes, 18, mereció por la matanza de cien filisteos a Michol, la hija de Saulo. Los sajones compraban a los padres sus hijas mujeres por trescientos burgundios. Y si crees a Herodoto, entre los asirios se ofrecía en venta en la plaza a vírgenes maduras para el matrimonio. Froto III, rey de los Danos, ordenó en un decreto público, una vez vencidos por él los rutenos, que nadie tomara esposa, si no la compraba; pues los maridos desconfiarían menos de su volubilidad al saber que su nueva esposa era comprada por algún precio; así lo refiere Saxo, en el libro 5.

Frecuentemente recordé que las cosas que habían sido pactadas y tratadas por el esposo eran rescindidas por la niña que no sólo rehuía cualquier matrimonio, sino que ni siquiera hacía mención a ello. Muchas niñas por temor a las nupcias se dispersaron por selvas y lagos, escondiéndose durante /216 muchas noches. Consideraban menos temibles las insidias de los tigres que pululaban por todas partes que las propuestas nupcias; alguna de ellas ya a punto de ser conducida a casa del esposo se refugió en el templo, y allí, escondida bajo el altar eludió las amenazas y la expectación del esposo que la impelía. Una parte de los ritos romanos de las nupcias, y no la última, consistía en que la esposa luchando desde el regazo materno, fuera arrancada con fuerza simulada de la casa paterna para que no se pensara que deseaba nupcias, sino que era obligada a ellas con gran ponderación de su pureza, o para mejor decir, con gran simulación. Yo había leído que los groenlandeses eran similares: Si alguno de éstos aspira al matrimonio, realiza esta gestión mediante elocuencia de las dos viejas más celebradas; éstas piden a los padres la niña que les fue señalada; anuncian primero a la esposa el consentimiento de éstos; ella oculta el rostro con los cabellos sueltos, buscando fama de pureza, derrama lágrimas y no pone fin a sus lamentos y rodeos. Es raptada por las dos viejas que concertaron sus nupcias para llevarla a la casa del esposo. Seducida con muchos halagos y mimos la convence y por fin lo anuncia como su marido bañando su rostro en lágrimas y con espíritu ya consolado. Unos días después de rechazado el matrimonio se refugia en la casa de su padre; pero encerrada en un saco por las mismas viejas, es llevada a casa del marido. ¡Felices europeos! a quienes no son necesarios sacos ni tantos artificios ni para conseguir esposa ni para retenerlas en sus casas. Estos problemas de las niñas cuando se trata de sus nupcias es, entre los romanos y groenlandeses, fingida y simulada; pero entre los abipones es sincera y nunca dudé de ello porque estoy segurísimo de su honestidad. Imaginemos ya que el deseo /217 de sus padres sobre el matrimonio fue ratificada por la esposa abipona, y dejemos de lado otras ceremonias que son habituales. Ella es conducida no sin pompa a la choza del esposo. Ocho niñas sostienen un vestido elegante como un tapiz extendido como sombrilla bajo la cual, con los ojos clavados en el suelo, en silencio, respirando pureza, entra la esposa mientras la rodean los circunstantes, según la costumbre. Recibida amorosamente por el esposo y saludada amigablemente por los compañeros, es devuelta con su acompañamiento a la casa paterna del mismo modo que había llegado; de donde vuelve a la choza del esposo en un segundo y tercer viaje, bajo esa sombrilla llevando zapallos, ollas, cántaros y todas las cosas necesarias para tejer. Después volverá para un breve coloquio a la casa de sus padres, a la que cada día es conducida por el nuevo esposo ya sea para comer, ya para dar las buenas noches. Por esta solicitud, las madres enseñan a sus hijas que de ningún modo soporten estas nupcias y que no las abandonen al capricho ajeno. Comprobada su probidad o nacida la prole se les permite, por fin, vivir en la casa.

Estos son los pocos ritos de las nupcias entre los abipones que a veces por el exceso de bebida que toman los varones se vuelven muy alegres. A veces un niño sentado en el techo de alguna choza toca una trompeta de guerra como pregón de las nupcias. Que la esposa sea cubierta por una sombrilla cuando es conducida a la casa del esposo, es concorde con las costumbres de los romanos, que cubrían las cabezas de las mujeres cuando eran entregadas al marido, o se cubrían con un velo brillante de color ceniza, de donde recibieron el nombre de nupcias. Omito otros ritos que usaron otros americanos excepto uno que el Padre José Gumilla recuerda en sus comentarios sobre el río Orinoco y del que nunca pude acordarme sin reírme. Dice que un pueblo de allí tenía la costumbre de dar en matrimonio y desposar a viejos con niñas y a adolescentes /218 con viejas; éstas actuaban como moderadoras y aquéllos como moderadores de la petulancia juvenil. Los jóvenes, sin embargo, por su edad e imprevisión decían que debía unirse en matrimonio a los semejantes y que es de mal gusto asociarse con un necio.

Aducían además, otras razones para acabar con el matrimonio desigual. Este matrimonio de jóvenes con viejos era como un aprendizaje, porque después de algunos meses, muerto el cónyuge, se permitieron las nupcias entre jóvenes de diferentes edades. No parece un buen negocio cuando los viejos y las viejas impelen a los adolescentes la observancia de esta ley tan absurda. Esto opina el historiador Gumilla.

 

CAPÍTULO XX

SOBRE EL MATRIMONIO DE LOS ABIPONES

 

La poligamia o el repudio de la mujer es familiar a los /219 hebreos y a otros pueblos y permitido en algunos sectores de mahometanos. No todos los griegos y romanos lo rechazaron. ¿Qué hay de admirable que entre los bárbaros de América haya habido un abuso de la poligamia y del repudio corroborado por el ejemplo de la antigüedad? Sin embargo no todo el pueblo abipón sigue las huellas de otros pueblos, como podrías pensar con razón; la mayor parte de ellos suele permanecer en un solo y mismo matrimonio. Aunque no negaré que el repudio de la mujer es para ellos frecuente, como entre los europeos el cambio de camisa, conocí sin embargo a muchos que conservaron toda su vida la esposa elegida. Porque si alguno de ellos, ya sea por su desenfreno, o porque es más poderoso toma varias mujeres, suele tenerlas distribuidas en diferentes chozas distantes una de otra muchas leguas, y visita con intervalo de un año ya a ésta, ya a aquélla. Si alguna vez alimenta a muchas en la misma casa, lo que es muy raro, ¿acaso se podrían contar las cotidianas peleas y golpes de puño sobre el derecho de gobernar a la familia o sobre la benevolencia del marido? Nejetenta, como ya dije, es el vocablo peculiar que significa que dos mujeres se pelean por el mismo marido; pero si pelean por otro motivo dicen roélakitápeketa.

Pero veamos ahora las razones del repudio de la mujer. /220 Esto no sólo es frecuente entre ellos sino también excesivo, porque dejan impunemente a sus esposas; de modo que no es válido según los teólogos el vínculo conyugal dudoso de estos bárbaros por carecer de perpetuidad. Es suficiente que sus mujeres no los conformen para ordenarles que se vayan con sus cosas; por otra parte sin investigar la culpa o motivo se toma como un motivo el deseo de fastidiar a la mujer. Aunque los griegos, los romanos y los hebreos repudiaban a la mujer esto era establecido por leyes seguras dentro de ciertos límites, determinando un juez la culpa de la mujer y del marido.

Entre los abipones el mismo marido es actor, juez y árbitro sin que nadie le discuta; no hay que buscar muy lejos la causa del repudio ni debe ser aprobada por ninguna autoridad. Ponga el marido los ojos en otra por su mayor hermosura y sin otra razón de que sus formas se desvanecen o que envejece, aunque reconozca su fidelidad conyugal, la integridad de sus costumbres, sus habituales obsequios y los hijos que le ha dado. No habrá derecho capaz de impedir el repudio.

La nueva belleza hechiza los ojos del marido, destruye su memoria, los servicios de otros tiempos, y lo convence de las nuevas nupcias. Pero después de los brindis vuelve al ánimo de los más ebrios el recuerdo de las injurias, y los consanguíneos, suelen vengar con fiereza la probidad de la mujer repudiada. Con frecuencia también las mujeres recién abandonadas por uno son tomadas por otro; otras sin embargo, por su aspecto menos agraciado o su mayor edad no esperan un nuevo marido, más aptas para el túmulo que para el tálamo. Ya dije en otro lugar que las mujeres más jóvenes aprobaron encantadas la ley divina y quisieron ser bautizadas tanto /221 ellas como sus maridos, pues por este sacramento se prohibía a los hombres la libertad de cambiar y aumentar sus mujeres, afianzando la perpetuidad del matrimonio.

De esta licencia para el repudio y los cruentos estragos de la guerra, nació una increíble disminución del pueblo, como ya recordé. La mayoría de las madres amamantan a sus hijos durante tres años y se abstienen del marido; éste, cansado por la demora, abandona a su mujer y toma otra. De modo que para evitar un posible repudio matan a sus hijos después del parto, cuando no antes, para no tener que hacer esperar al marido durante el tiempo de la lactancia. Conformados los matrimonios a las normas de la ley divina, afirmados por un lazo más duradero, y abolida la crueldad de las madres con sus hijos, es admirable cómo todo el pueblo se enriqueció enseguida con una descendencia abundante. Es evidente cuánto importa para el hombre de nuestra raza y para la armonía familiar que sean abolidos el repudio y la poligamia, y que cada marido tome una mujer. En las colonias de abipones se acostumbraba que los cónyuges que se bautizaban nos renovaran con la presencia de testigos su consenso sobre la disciplina conyugal cristiana. Apenas contuve la risa cuando una vieja cruzada por abundantes arrugas, prometió con énfasis al sacerdote que la interrogaba públicamente, mantener su perpetua fe y unión con su marido, más joven que ella, si el mismo la rechazara.

En los matrimonios de estos bárbaros abipones encontrarás muchas cosas dignas de reprensión, lo mismo que no pocas que merezcan alabanza. Referiré las más importantes. Aunque la paterna indulgencia de los Pontífices romanos sólo impide el matrimonio en primer o segundo grado de consanguinidad, los abipones sólo por una advertencia de su naturaleza y el ejemplo de sus mayores tienen una absoluta aversión y rehusan las nupcias entre consanguíneos. /222 Debayakaykin, célebre jefe entre ellos, osó tomar a dos hermanas suyas para su grupo de mujeres. Esto fue detestado por todos como un crimen, pero sin embargo no hubo nadie que se enojara ni que lo imitara; consideraron que debía atribuirse a su autoridad y que debía disimularse. Como había resuelto tomar por esposa a su hermana, el rey Cambises dio esta respuesta a los nobles tímidos o estúpidos: no hay ninguna ley que perdone el casamiento con la hermana; pero no ignoro tampoco otra ley: que el rey persa puede hacer lo que quiera. Podrías acomodar esta historia del poderosísimo rey, al reyezuelo de los abipones, Debayakaikin, que así como sobresalía en el campo de guerra para hostigar a los españoles, así osó delante de su pueblo perdonarse el tener muchas esposas sin tener en cuenta la consanguinidad, según los acostumbró Belona, para indignación de todos los ciudadanos sin que nadie se opusiera. Hemos comprobado sin ninguna duda que esta reverencia de la consanguinidad por la que se abstienen de las nupcias, está inserta en la naturaleza de la mayoría de los pueblos de Paracuaria. Me confirmó en esta opinión el cacique Roy, jefe de los bárbaros en las selvas de Mbaeverá el que, cuando le expusiera los capítulos de la religión, al hacer mención de las incestuosas nupcias entre consanguíneos, irrumpió en estas voces: ¡hablas bien, Padre mío!, el matrimonio con parientes está llenísimo de vergüenza. Esto fue observado por nosotros, y ya lo habíamos resabido por nuestros antecesores. Este es el sentido de aquellos hombres salvajes, aunque juzguen que la poligamia y el repudio de la mujer /223 no están en desacuerdo con la razón ni es indecoroso. Un acontecimiento que referiré nos enseñará claramente el acerbo odio de las mujeres abiponas a estos amores incestuosos. Algún abipón había sido bautizado de niño con el nombre de Crisóstomo, después que vivió por un tiempo con los españoles. Con la ínfima e infame deshonestidad de los hombres, practicó esos amores de modo tal que superaba por su maldad a los mismos bárbaros, diferentes de él. Vuelto a los suyos en nuestra colonia de Rosario, las torpezas aprendidas en otro sitio comenzaban a brotar aquí por imitación; osó seducir para la infamia a una mujer pariente suya en edad floreciente y viuda de su anterior marido que había muerto en una lucha. Rechazado con fuerza por esa mujer de virtud no realizó su deseo; pero sin embargo divulgada allí la fama del abominable intento, encendió los ánimos de todos sus compañeros, indignados violentamente por el inaudito crimen, considerado entre ellos antinatural. La mujer deplorando su pudor ultrajado llenaba la casa con sus lamentos e incitaba a sus padres y parientes a que vengaran la criminal impudicia. Y sin demora al amanecer toda la plaza se llenó de armas y de gente armada. Se iba contra los padres del petulante joven, reuniendo a los demás para que otros y otros más ayudaran. Se entabla la lucha. Aquí varones con lanzas y flechas; allí mujeres que golpean atrozmente con puños, uñas y dientes. Tal era el aspecto de Troya cuando fue tomada. Como muchas otras veces, toda la batalla se desarrolla entre amenazas y terrores. Gran vocerío y pocas heridas, como en las tempestades en que los rayos son más raros que los truenos. La viuda impotente ante su vergüenza no ponía fin a sus lamentos. Volviendo a su memoria el recuerdo de su virtuoso marido intentó la fuga una y otra vez, pero fue obligada a volver a su casa por un grupo de mujeres que la seguía. /224 Por fin se tranquilizó con los ruegos y argumentos de los suyos, hasta que se marchó a su casa con sus padres y hermanos. ¿Acaso no desearían los maridos europeos que sus mujeres recibieran el sacramento cristiano con esta solicitud por conservar la integridad?

Otra cosa que debe admirarse en ese bárbaro pueblo de los abipones es la fidelidad de los cónyuges. Nunca oirás que ésta ha sido atacada. Muchos maridos están ausentes de su casa durante meses, sin peligro ni sospecha de que sus mujeres durante su ausencia se entreguen a otros hombres. Que si los griegos cantaron a la fidelísima esposa Penélope, estando ausente Ulises durante veinte años, esta historia es muy cierta en los matrimonios de abipones. Pero si algún abipón tuviera la mínima sospecha sobre la integridad de su esposa, no soportaría esto en silencio, sino que vengaría crudamente esta injuria, aunque nunca la probara. Recuerdo un acontecimiento que viene al asunto: un abipón se encontró con una mujercita casada en primeras nupcias con el cacique Pachiekè; en el camino le pidió un melón; ella volvía de su campo cargada de frutos, suavemente le rechazó el pedido. Todo el negocio fue en cuatro palabras inocentemente acabado en un momento. Pasaba por casualidad algún otro indígena y los vio a lo lejos conversar, y contó lo que quiso acerca de lo visto. Creciendo el rumor en boca de los hombres, se originaron una serie de sospechas. El indio que antes había deseado el melón, no pidió nada de la mujer. Se encendió de /225 ira su marido Pachiekè, de vívido ingenio como un adolescente y ávido de alabanza militar. Llamando a sus amigos que lo acompañaran en las armas, agredió al tentador de su mujer, por el rumor esparcido falsamente. Acudiendo los compañeros en su auxilio, fue abatido el indio con todo tipo de flechas. Separados por obra de los pacificadores, otra ves volvieron al combate y el tumulto duró algunos días. Era imposible recobrar la paz y la amistad, porque Pachiekè se mantenía tenaz en su sospecha. Después él, que debía borrar la mancha que empañaba su nombre y que debía vengarlo, añadió a su insolvente espíritu una infamia: viendo a su anciana madre y a su hermana célibe sentadas en el mismo caballo fuera de la ciudad, de improviso las atacó a las dos; y no por deseo de libido, sino de venganza, intentó violar a la niña, a la que derribó del caballo; duramente rechazado por la madre y la hija, como no las hiciera partícipes de su deseo, exaltado por la ira, malhirió con una flecha la pierna de su anciana madre. Esta volvió en seguida a su casa manando sangre; la gran herida del pie que mostró vociferando fue como un toque de trompeta que llamaba a todos a las armas. Concurren de todas partes. El pensamiento de unos era vengar las heridas; el de otros, reprimir a los vengadores; para otros muchos, el empeño de restituir la paz, aunque sin ninguna esperanza, cuando Pachiekè, con un grupo de su séquito dejara la ciudad de San Jerónimo. Emigró al día siguiente al campo donde asociados con otros bárbaros de su pueblo había ocasionado por un tiempo mucho trabajo a la nombrada ciudad y a las colonias de los españoles con sus hostiles asaltos, sobre lo que hablaré más extensamente en otro lugar.

¡Eh! tan gran incendio de una chispa. La fútil sospecha sobre la tentación de la pureza de su cónyuge, extendió la semilla de increíbles turbaciones. Dirías que se ha renovado la guerra troyana por el rapto de Helena. /226

Entre las demás cosas bellas del matrimonio de los abipones, debe recordarse el amor tan tierno a sus hijos que profesan abiertamente para alimentarlos, vestirlos y protegerlos. Los padres enseñan a sus hijos desde la más tierna infancia a cabalgar, a nadar, a cazar y a guerrear. Las niñas reciben de sus madres habitualmente las tareas domésticas de las mujeres y se acostumbran a sus trabajos y molestias. Sin embargo debe achacárseles como un error que no se atrevan a corregir de palabra y menos con una vara a los hijos menos morigerados o refractarios. Alaykin, cacique de la ciudad de Concepción, una vez que había venido a verme tenía sentado en su regazo a un hijo suyo de cinco años. Este como un mono pellizcaba permanentemente ya la nariz, ya los cabellos, ya las mejillas a su anciano padre. El anciano contento me decía entre otras cosas: "mira, Padre, en este niño a un impávido militar de otro tiempo, ¿acaso dudas de que sea un insigne capitán? Puesto que no me reverencia como a jefe con tantas palmadas, en otro tiempo será temible a todos los españoles. El mismo niño solía arrojar a su madre cuando le ordenaba que viniera a casa, con huesos, cuernos, y cualquier cosa que tuviera a mano. El belicoso padre interpretaba esta insolencia del niño como indicio de espíritu intrépido, y lo seguía con grandes carcajadas y ponderaciones. El excesivo amor con que educan a los hijos es freno de estos bárbaros a quienes se les prohibe conducirlos a la modestia. ¿Quién no sabe que el inmoderado amor de los padres es la más segura peste de los hijos también en Europa?

 

CAPÍTULO XXI

LAS COSAS MAS NOTABLES DEL PARTO DE LAS MUJERES ABIPONAS

 

Tanto para satisfacer la curiosidad de los europeos cuanto por su utilidad, escribiré unas pocas cosas sobre este asunto, aunque contra mi voluntad. Yo temas, que no encontrarás /227 aquí nada que repugne al pudor; nadie se arrepentirá de leer estas cosas, aunque algunas sean dignas de risa, porque acaso le sirvan para su uso futuro. las mujeres abiponas y de otros pueblos ecuestres tienen grandes dificultades para dar a luz, y a diferencia de las europeas, soportan muchos días los dolores del parto. En todos los años que viví en Paracuaria, nunca me había puesto a pensar en la causa de esto; pero en esta ciudad de Viena aprendí, hablando familiarmente con el celebérrimo médico Yngenhusio, que en las mujeres jóvenes habituadas a una frecuente equitación el hueso del coxis se comprime y endurece y en consecuencia dificulta el parto, como es sabido entre conocedores de anatomía y yo ya recordé antes. Sucede que las mujeres, como los varones, se sientan en durísimas monturas de cuero de vaca, y pasan la mayor parte de su vida cabalgando; además dan a luz hijos más grandes que las nuestras, y carecen de obstétricos idóneos que las ayuden. Este arte practicado por todos, parece ignorarlo la mayoría; de modo que puede repetirse /228 lo que se contestó al Faraón en el libro del Exodo, capítulo I: Non sunt Hebracae sicut Aegyptiae mulieres; Ipsae enim obstricandi habent scientiam (72). Por eso no es raro ni admirable que las indias ecuestres al segundo o tercer parto pidan a gritos que les quiten la vida.

Aprendimos no sé de qué autor un remedio fácil de adquirir, muy eficaz; y hemos comprobado en esos diez y siete años que promueve y acelera el parto. Diré unas pocas cosas: Dan a beber a la parturienta unas hojas de col fresca machacadas en un mortero de madera y mezcladas con vino; por la sola virtud de esta bebida adquieren tanta fuerza, que el niño, vivo o muerto, es arrojado a la luz sin vacilación, como una bala. Afirmo con escrupulosidad de historiador que la eficacia de este remedio es muy segura; a pesar de eso, como no soy médico, no me atrevería a persuadir a los europeos a usarlo. Son tan variados y ambiguos los hábitos de las parturientas, y tan distinta la ubicación del feto en el útero, que a veces son necesarias la mano del cirujano o la eximia destreza del médico. Por si a pesar de lo dicho alguno quisiera probar la bebida de hojas de col con vino, expongo minuciosamente el método de prepararla.

Para precaver el aborto la parturienta llevará la cuenta de los meses de gestación, a fin de determinar el tiempo conveniente para el parto. La col que se tomará para ayudar al parto es la misma que llamamos coles dulces (Súffe Kraut), la que machacada y encerrada en una tinaja, se avinagra (saure Kraut) y es casi la cotidiana comida de los alemanes en /229 unos meses. No sé si la col que tiene las hojas encrespadas (Köhl) tendría la misma facultad de curar a las parturientas. Deben tenerse en cuenta la edad y las fuerzas de la mujer. A las más jóvenes y débiles es suficiente una sola hoja de col adulta; las más robustas, como la medicina les quita más seguramente la fuerza, insumen dos o tres veces hojas medianas.

El vino que más usamos en Paracuaria se trae de Chile y es de color púrpura, espeso y algo áspero con una mezcla de dulzor. Lo tomarías por el vino rojo de Dnáper, y es intermedio, como el otoño; se parece en algo al vino tirolense de nuestras provincias. Porque si no hubiera abundancia de éstos podría usarse sin temor algún vino austríaco. La parturienta podría tomar el vino junto con el sedimento de las coles machacadas. Nunca ofrecí yo mismo esta bebida directamente a las mujeres, pero se las envié por otros; más de una vez me preguntaron si convenía sorber sólo el jugo de la col mezclado con vino, o también el sedimento; yo respondí que lo hicieran a su arbitrio. Opino que el parto se apuraría sólo con el jugo exprimido de la col mezclado con vino. Aquel jugo relaja tanto el vientre como el útero. Las heces de la col, una porción de tierra y, como ya dije, la pulpa de la col tienen la virtud de aflojar el vientre como enseñan Arnoldo Villanova, el médico roterodamense Silvio Zachari y otros. Aquella bebida es de sabor feísimo y apenas libada afecta y horroriza no sólo al paladar, sino a todos los miembros del cuerpo. Pero las parturientas lo vacían más rápida y ávidamente que todos los otros remedios que habían consumido y probado antes. Lo he experimentado casi a diario /230 en tantos años; aunque un ejército de médicos se me opusiera, no que me quedaría lugar a duda. Cuando fundé la colonia para abipones llamada del Rosario con el gobernador real, prefecto Nardi, traje de la ciudad de Asunción plantas de col; es segurísima medicina para las parturientas y para las picaduras de serpiente. Como las vacas se las comieran al poco tiempo, ofrecí a las parturientas con gran éxito artemisa (que los botánicos llaman hierba regia, óleo real, círculo de San Juan, reyso, Himmelkehr, etc.) mezclada con agua o vino. Esta hierba muy saludable también por otras propiedades nace espontáneamente por todas partes cerca de la ciudad, como entre nosotros brota con frecuencia la ortiga. Refiero esto como historiador, no como médico.

Difícilmente haya mujeres abiponas que mueran en el parto; como las naves al puerto, ellas llegan sin peligro. Pero muy raramente soportan las molestias e incomodidades que suelen sobrevenirles a raíz del parto, aunque es raro que las mate. Después del alumbramiento se retiran al arroyo o fuente más cercanos donde han de bañarse ellas y su hijo. Apenas transcurrido un tiempo en reposo retoman sus cotidianos trabajos de la casa, sin eximirse de ninguna tarea, sin proferir ninguna queja, irán al campo o a donde les parece. Sin embargo se abstienen por un tiempo de la carne y de las frutitas de un humilde espinillo, que sirve para refrescar la sangre, según ellos creen. Se ríen de las matronas europeas que unas semanas después del parto se ocultan entre las paredes de la casa, entre muelles colchones, hasta que por fin vueltas a la vida salen a la plaza. El parto da menos trabajo a /231 las parturientas que a sus maridos. Yo diría que su condición es digna de gran compasión o de risa, no sé. Apenas dada a luz la criatura, verás allí a su marido abipón tendido en el lecho rodeado de flores y pieles para que no lo lastime el viento, ayunando de cualquier alimento en público durante unos días de abstinencia; jurarías que él ha parido. Otros cuentan lo mismo de otros pueblos de América. Hace tiempo leí esto y me reí, porque nunca pude convencerme de tan gran infamia; más cuanto que recelaba de la narración de este rito de los bárbaros hasta que finalmente vi con mis propios ojos esta costumbre entre los abipones. Y en verdad observan esta antigua costumbre con gran placer y diligencia, aunque les sea molesta, porque están convencidos de que la sobriedad del padre y su reposo es más útil para la incolumidad del hijo recién nacido de lo que sería necesario. Escucha la confirmación de este hecho, te lo ruego. Francisco Barrera, vicario del gobernador real de Tucumán en Santiago, visitó la nueva colonia de Concepción. Mientras andábamos por la plaza acudió a saludarlo el cacique Malakin, hasta entonces encerrado en su choza porque su mujer había tenido un parto reciente; Barreda nos ofreció a mí y al cacique presente polvo de tabaco español; como vio que el bárbaro lo rechazaba contra su costumbre, recelaba de esto, tan extraño en él. Había conocido sus glotonerías, siempre ávido de poseerlo. Me pidió que le relate la causa de la abstinencia. Preguntado en lengua abipona (yo tuve que oficiar de intérprete), por qué hoy rechazaba el tabaco, me respondió: "¿No sabes que mi mujer dio a luz ayer? ¿que debo abstenerme /232 completamente de la irritación de nariz? Si estornudara, ¡en qué peligro pondría a mi hijito!". Volvió a su tugurio a echarse otra vez para que su tierno hijo no sufriera ningún detrimento si permanecía mucho tiempo con nosotros al aire libre. Creen que la intemperie del padre influye en la prole recién nacida por un lazo y simpatía natural entre ambos. Así si un niño muere prematuramente, las mujeres atribuyen la muerte a la intemperancia del padre. Ya sea porque no se abstuvo de vino mezclado con miel, o porque llenó su estómago con carne de puerco acuático, o porque cruzó a nado algún río con viento fresco, o porque fue negligente en rasurarse las cejas, o porque comió miel subterránea pisoteando a las abejas, o porque se había cansado con la equitación. Con este tipo de delirios las mujeres incriminan a los padres como autores de la muerte, y aun cuando es inocente del siniestro, suelen maldecir al marido. Observan escrupulosamente estas opiniones tan tontas: insanas costumbres por los oráculos de las viejas o los ejemplos de los viejos. Si te opones, te desaprobarán. Si les enseñas algo en contrario, responden desvergonzadamente: "Los Padres no entienden estas cosas ni nunca las aprenderán". Más rápidamente les pedirá fe en las cosas que pertenecen a la religión que el repudio de estas supersticiones tan ridículas en las que fueron imbuidos desde niños.

Agrego a modo de corolario: Unas horas después del parto aparece un número de aquellos viejos y viejas a quienes ellos llaman entendidos en las artes mágicas y nosotros, embusteros. Cortan con su mano unos pocos cabellos de la mitad de la cabeza al niño (ni el marido ni la mujer hacen nada) para preservar cualquier tipo de calvicie; y conservarán /233 durante toda su vida como seña de su pueblo esta parte afeitada que llaman nalemra, como recordé en el capítulo tercero. Emplean para esto, a modo de tenacillas, la mandíbula del pez palometa o una concha desgastada con el uso. Y no debe dejarse sin premio los primeros pelos del niño. Yo mismo conocí que esta ceremonia de sacar los cabellos al niño tiene algún vestigio de la circuncisión hebrea, y arguyo esto observando curiosamente los asuntos de los americanos; porque se privan totalmente de carne de cerdo, porque los españoles que llegaron primero a América fueron identificados entre los indios con nombres judíos, como Michol, Ester, etc. Supe de un abipón Yaaukaniga, que se llamaba Caín. Pero dejo a los críticos la discusión de estas conjeturas.

 

CAPÍTULO XXII /234

JUEGOS GENETLIACOS POR EL NACIMIENTO DE UN HIJO VARON DEL CACIQUE

 

Nunca se manifiesta mejor el amor innato de los pueblos hacia su jefe, que cuando se anuncia el nacimiento del hijo, que será el heredero del trono. Fiestas de fuego, aclamaciones jubilosas, juegos teatrales, cantos acompañados con música, soberbias obras de pintura y escultura, elegantes danzas, banquetes exquisitos, y tantas otras cosas, expresan la popular alegría.

Los abipones, bárbaros y belicosos, imitan esta costumbre de los europeos, pero a su modo. Hacen públicas muestras de común regocijo durante varios días cuando se enteran del nacimiento del hijo de su cacique.

Tienen muchas diversiones primitivas y espontáneas, que no mezclan con ningún artificio astrológico, ni con ninguna petulancia ni obscenidad. Cuando se divulga el primer rumor sobre el nacimiento del hijo del cacique, un grupo de niñas llevando en las manos ramos de palmas, acude a la casa del niño entre aclamaciones festivas. Rodeando su morada por todos lados, cada una por orden golpea con hojas de palma; con este golpeteo, auguran al noble niño la muerte del enemigo en guerra. El empleo de palmas, así como las demás ceremonias que siguen tienen este significado. /235

La mujer más robusta de todas se protege con un cinturón confeccionado con largas plumas de avestruz, que la cubre desde la cintura a las pantorrillas, como si fuera una tela de araña. Esta ropa festiva, se llama Hanelí, que significa araña. Su preparación constituye la principal ocupación de las mujeres.

La comitiva de niñas golpea todas las chozas; y al llegar a cada casa dan golpes con un cuero arrollado en forma de clava de Hércules, y ahuyentan o persiguen sin descanso a los que encuentran por el camino, flagelándolos activamente con las ramas de palmas.

En este hostigamiento de varones vapuleados transcurre el primer día, entre carcajadas. Al segundo día, las niñas distribuidas en grupos luchan unas con otras en la plaza, sólo con la fuerza de sus brazos. Los niños hacen lo mismo por separado, pues los bárbaros no permiten jugar a aquéllas con éstos, siempre solícitos de conservar la pureza y el decoro. Al tercer día, y siempre separados, se los llama para danzar. Tomados de las manos, hacen una especie de cadena circular, mientras la vieja que los dirige da vuelta en la mano una calabaza haciéndola sonar. Mientras, con rapidísimos movimientos circulares, forman una rueda dando saltos; descansan a intervalos; y luego repiten los mismos saltos, acompañados con grandes carcajadas.

Esta diversión no tiene en absoluto nada de artificioso ni de admirable, a no ser la paciencia de los que saltan y de los espectadores. Al cuarto día la mujer que las guía, rodeada del grupo de niñas, recorre toda la ciudad, y la considerada como la mujer más robusta y musculosa de cada lugar la desafía a luchar en la plaza, hasta vencer o ser vencida, moviendo a risa al público que mira. Los demás días (pues estos juegos suelen prolongarse durante ocho) o reanudan las ceremonias /236 anteriores, o pasan alegres momentos entre brindis y cantos con atronadores timbales, que siempre sirvieron, más para refrescar las gargantas con la dulce y agradable bebida, que para deleitar la vista con el espectáculo de las muchachitas que juegan.

Sobre los juegos que realizan cuando alguno de ellos es nombrado Capitán, o se celebra la memoria de algún noble, o se trasladan los huesos de los muertos a otro lugar, o se tonsura a un viudo, etc., hablaré en otra oportunidad.

Es sabido que os abipones Nakiketergehes, aunque salvajes, son muy fieles y cuidadosos, mucho más que otros, de los ritos y ceremonias de familias.

Nunca observé ni oí cosas semejantes a éstas cuando viví entre los abipones Rükahès o Yaaukanigàs; ya que pasé tres años entre éstos y cuatro entre los Nakaiketergehes, y aprecié detenidamente sus ritos desde los mismos comienzos de las colonias que se fundaron para dichos naturales. ¿Cómo no podré parecer digno de fe cuando cuento estas cosas?

Es increíble qué ímprobo trabajo y cuánto tiempo nos llevó arrancar los ritos tradicionales de este pueblo tan feroz, venerables para ellos por el ejemplo de sus mayores. Comparable al trabajo que en otro tiempo les dio a los Apóstoles conducir a la religión romana a hebreos e idólatras, y eliminar sus antiguas supersticiones y ceremonias.

No se derriba de un solo golpe a una secular encina que ha echado raíces. Pero, pasemos ahora de las nupcias y juegos genetlíacos, a cosas más tristes como las enfermedades, los médicos y las medicinas. Abarcaremos estos aspectos en otros capítulos, cada uno de ellos en forma independiente.

 

CAPÍTULO XXIII /237

SOBRE LAS ENFERMEDADES, LOS MEDICOS Y LAS MEDICINAS DE LOS ABIPONES

 

Hace poco afirmé que los abipones son vivaces, robustos, longevos, llenos de salud, capaces de soportar cualquier clima o trabajo; y si no me engañé, lo probé con toda claridad en el capítulo VII. La mayoría de las enfermedades que en Europa llenan las casas y las tumbas de cadáveres, son ignoradas por ellos. La epilepsia, la gota, el letargo, la locura, la ictericia, la artritis, los dolores nefríticos o de ijares, la elefancía, etc., ¡cuántos nombres horrendos y antiguos entre los europeos y extraños e inauditos entre los abipones! Cada tres años oirás que alguno de ellos murió de fiebre cálida o pleuresía. La enfermedad es más rara entre ellos que entre nosotros la aurora boreal o el eclipse. No conocí a nadie que padeciera de los dientes, salvo una vieja que por el exceso de vinagre padecía de casi todas las enfermedades. No me admiro de que los bárbaros vivan inmunes del tan vulgar suplicio de los dientes, cuando suelen masticar hojas de tabaco mezcladas con sal y saliva de las viejas reducidas a una especie de ungüento; llaman por esto al tabaco noetá, su medicina, pues beben y comen a diario miel que es segurísimo estrago para los dientes, como todos los médicos saben. /238 De modo que no siempre los indios llevarían todos los dientes sin perderlos, a no ser por la eficacia de la sal y el tabaco. Soy testigo de que los que mastican hojas de tabaco y arrojan humo a diario, gozarán de segurísima incolumidad de sus dientes. Por experiencia prefiero usar este medio como preservativo contra dolor de dientes antes que ser torturado con las tenazas de un dentista. Conocí en Paracuaria a nobles españoles que dan vuelta en la boca hojas de tabaco, tanto secas como en cigarro, y que tienen sus delicias en ellas como segurísima defensa de su salud. Un oficial, compañero mío en un recorrido de doscientas leguas, consumió el tabaco porque el viaje se prolongó a través de esas soledades y prendió en lugar de él hojas secas de árbol; cuando le pregunté lo que hacía, me respondió: me parece que me falta la vida si no tengo nada de tabaco u otra cosa cerca de la nariz para fumar. Hay otro remedio contra las molestias de los dientes usado por los paracuarios que desdeñan el tabaco. Sumergen en vino quemado durante unas horas unas habas de árbol cacao (del que se saca el chocolate); se pone en el diente afectado un algodón embebido en este líquido y si no hubiera una concavidad, se lo irriga por un tiempo con aquel vino quemado. Si repites este trabajo una y otra vez en seguida desaparecerá tanto el tumor como el dolor proveniente de un catarro de sol o de frío. Frecuentemente la experiencia propia y ajena me enseñó la eficacia de la noble medicina, y también la celebré en suelo europeo. Para esto convendrá elegir las habas de cacao más frescas y jugosas. ¿Qué virtud comunicarán, me pregunto, las más viejas y deterioradas, o carentes de aceite? Debe usarse un vino quemado más suave, no /289 aquél ardentísimo que los químicos llaman emanación del vino quemado. Otros punzan la encía vecina al diente enfermo con una espina de raya, y al salir la sangre se calma el dolor. Hay quienes colocan en la concavidad dolorida una uña de tigre y una brasa de carbón encendido, por su virtud de quemarse sin reducirse a polvo, y mezclarse muy bien con el diente carcomido. De este modo se extingue no sólo el dolor sino la causa del dolor de tal modo que nunca más reaparece; eso antes que yo lo han experimentado otros muchos. Este remedio nos lo enseñó un agricultor español compadecido del dolor de dientes de mi compañero. No se me oculta que la mayoría de los medicamentos para los dientes tienen eficacia recién después de aplicarse diez u once veces, cuando no exacerban más los dolores. Este padecimiento es una intolerable calamidad para muchos europeos en Paracuaria por la falta e ineficacia de los dentistas. El diente enfermo es extirpado con una tenacita, abriendo con un cuchillo un círculo en la encía, y es arrancado desgarrándolo, lo que hace el dolor más acerbo, acompañado de gran derramamiento de sangre. Los abipones nunca necesitan esta tarea de torturadores, que en parte priva de la felicidad. Gozan de una perpetua tranquilidad e incolumidad en ese aspecto; nunca vi a alguno desdentado; y los más llegan a la tumba con todos sus dientes, que usan fuertes toda su vida.

Cuando sienten su salud quebrantada, aunque la enfermedad esté en los pies o en la espalda, dicen que les duele el corazón: ¿Yeevèt yauèl? Los guaraníes tienen la misma costumbre. "¿Qué te duele? ¿Qué sientes?" ¿Mbaèpa haci /240 ndebe?, Mbaè panga ereñanda curi?; en seguida responden gimiendo: Chepiape, "En mi corazón". De modo que sería difícil explicar, por el testimonio de los indios, el tiempo de enfermedad si no se presenta con otros síntomas. La más breve repugnancia del alimento es tenida por un evidentísimo signo de enfermedad. Así, si alguno de ellos se siente con estómago cargado y se priva de una sola comida, las mujeres enseguida auguran las cosas peores, y no ponen fin a sus lamentos, pronunciando con gemidos aquellos: Chik rkene, "no come", y ya recelan de su vida gritando. Cuando el enfermo recibe un poquito de comida, aunque de ningún modo esté curado, cantan en triunfo por el peligro superado. La rkeñe, "ya come"; Láyamimi, La nataténge, "ya está convaleciente, ya revive", que parecen ser sinónimos para ellos. Los poquísimos abipones que se enferman, mueren por la enfermedad; y los demás rarísimamente se enferman. Cuando sostienen con sus enemigos o con los tigres numerosas escaramuzas, algunos mueren cada año por las uñas de éstos o las flechas de aquellos; pero la mayoría suelen llegar a la extrema vejez sin muerte ni enfermedad. Diré unas pocas cosas: Los más entre los abipones afrontan por fin la muerte cuando ya están saciados de la vida, cuando cansados de la vida prefieren lo muerte como quietud y reposo de la mísera vida. Por esto llegaron al común error de creer que nunca habrían de morir si los españoles, hechiceros del veneno, se fueran de América, pues sus artificios y sus armas son los que provocan la muerte de los suyos. Aunque se les abra una herida por una lanza, o por un golpe muy fuerte, y les cause la muerte, el desatinado /241 pueblo piensa que murió no por el hierro sino por los hechizos letales. Avidos de sangre hacen todo lo posible para que no sólo se busque diligentemente el autor del maleficio y de la muerte, sino para que se lo castigue cruelmente. Están convencidos de que el hechicero será eliminado enseguida de entre los vivos si los perros devoran el corazón y la lengua secos del muerto que arrancan del cuerpo aún caliente. Aunque ninguno de sus hechiceros muere con tantas lenguas y corazones que arrojan a los perros, secan con la mayor religiosidad por una norma de sus mayores el corazón y la lengua tanto de los adultos como de los niños, de cualquier sexo que sean, en cuanto consideran que han muerto. Existe la tonta creencia de que sólo los hombres son muertos por los hechiceros; yo mismo fui espectador de este hecho, que se ha arraigado en los ánimos de estos bárbaros. Se habían ido de la nueva ciudad de Concepción algunos abipones rústicos. Distraen el ocio en el campo cazando y preparando la bebida de la algarroba; surge una discusión por un caballo entre dos de ellos como suele suceder entre los borrachos, que se decide por fin con las lanzas. Acude otro que no está ebrio, joven pacificador de índole tranquila; y para impedir las heridas se interpone entre los dos contendientes; pero él mismo es herido peligrosamente. Esto sucedió en el mes de enero, cuando los calores son más fuertes. El brazo, atravesado por la lanza, se entumece horriblemente por el sol ardiente, no teniendo a mano en el campo la ayuda de un médico; le ataca el mismo corazón, y al cabo de dos días muere el infeliz. ¿Negará alguno de nosotros que la causa de la muerte fue la herida de la lanza? Los abipones lo niegan, y vociferan en público que su compañero fue muerto por artes mágicas. Surgidas las consultas acerca de la muerte, /242 la sospecha viene a parar en una vieja, célebre por sus artificios; el nudo y fundamento de la sospecha fue un melón que hacía poco le había negado al muerto. Los ánimos de todos, se enardecen en contra de la vieja, y ¿qué no tientan y buscan para vengar el crimen? La vi en la plaza rodeándola una terrible multitud, como una rueda, con golpes en todo el cuerpo; y como la creyere delirante, poco faltó para que me acercara a hablarle. Pero los abipones presentes me dijeron: "Cuídate, Padre, de dirigir una sola palabra a esta buena mujer; con este círculo que formamos se morirá la vieja que apuró la muerte del joven". "¡Fuera estas viejas fábulas!", respondí airado, "¡que sólo sirven para engañaros y para matar a hechiceras!". Pero fue en vano: fui rechazado por los rústicos bárbaros. Así, quienes son más locos, parecen tener más juicio que los demás. Para confirmar este asunto, oye ya cosas más funestas.

En la colonia de San Fernando, un Yaaukaniga, célebre por su prosapia y por su fama militar entre los suyos, sufría terriblemente por la muerte precoz de una hijita suya; yo la había conocido y desde su nacimiento fue débil y enfermiza. Sin embargo todos pensaron con él que la causa de la muerte había sido algún veneno; las insensatas viejas lo dijeron y él lo creyó, que una india extranjera esposa de un abipón conocía el modo de preparar el veneno. Enfurecido por el dolor de la injuria e impotente en su deseo de venganza, acercándose de noche acometió a la inocente mujer que estaba desprevenida. Le clavó la lanza con fuerza por la espalda, cuando estaba sentada junto al fuego en el suelo con su hija. De tal modo que la punta del hierro salió por medio del pecho así asesinaría al mismo tiempo a la madre y la hija /243 que amamantaba. La mujer era de edad mediana, más obesa que las demás y de busto abundantísimo. Nadaba en su sangre que manaba abundantemente de todas sus venas como de una fuente. Viendo que la amenazaba una muerte segura y como supimos que ya era nuestra catecúmena, le repasamos brevemente los capítulos de la religión preparándola para recibir el bautismo exhortándola a que perdonara al criminal. Preparado como se pudo el espíritu de la miserable, todos los Padres acudimos para retardar su muerte, aunque pensábamos que la medicina sería incapaz de conservarle la vida. Enjugada la sangre que manaba junto con la leche, le aplicamos sebo caliente de gallina sobre la herida que lavamos con vino caliente. Todos los presentes miraban el espectáculo con lágrimas. Ea el grupo había un hechicero médico; éste ofreció al marido de la mujer moribunda un cuerno de buey y le ordenó una y otra vez que desocupe su vejiga allí; fue obedecido; en seguida ofreció a la mujer la orina caliente para que la bebiera – no hago en esto ninguna tergiversación – La bebió hasta la última gota. En seguida el hechicero Hipócrates dijo a mi compañero: "¿No sabes por qué le ordené que bebiera orina fresca? Porque, al beberla sobrevendrá un vómito, y saldrá la sangre de la herida para destilar del cuerpo otras cosas que tenga dentro que pudriéndose, le pudrirían los pulmones. El hecho respondió a sus palabras, y la mujer fue purgada por un vómito. La gran herida era untada cada día con grasa de gallina, y se le aplicaban también hojas de col (que llamamos col dulce); en pocos días cicatrizó de tal modo que fuera de esa cicatriz, no sufrió ninguna incomodidad, ni dolor. ¿Cómo no se reirán nuestros cirujanos del uso de la grasa de gallina y de /244 su virtud para curar las heridas, y cómo no presentarán sus dudas? Ríanse, búrlense, duden, desprecien, se los permito. Opongo resueltamente a su risa y a su duda, mi experiencia que logré con mis ojos. Un brazo mío completamente atravesado por una horrible espada de cinco ganchos de los bárbaros Nátakebit, al mismo tiempo que el nervio que rige el dedo del medio, se sanaran en catorce días con esa sola medicina. Curé con esta grasa a unos heridos de flecha y a otros de lanza. También curé completamente con el mismo remedio a una mujer abipona que se había herido gravísimamente en la pierna por un golpe de hacha y que durante muchos días había carecido de toda curación, que se había entumecido en modo miserable. Sería infinito si contara a todos los que curó la grasa de gallina. No me atrevería a pleitear para que se provea a las farmacias europeas de estos medicamentos y ungüentos tan seguros. Pero sé que en aquellas soledades de América, alguna hierbecilla que la Providencia concede a los míseros indios cura más rápida y seguramente cualquier enfermedad que los remedios elaborados por artificio humano, comprados con mucho dinero, y que a menudo son inútiles para la enfermedad, y siempre perjudiciales al bolsillo de los enfermos. ¡Oh!, yo lo he experimentado.

El vulgo considera que los hechiceros arrojan tanto a la muerte como a la enfermedad. Un trágico acontecimiento demostrará sin lugar a dudas esta tonta persuasión. En la ciudad de San Jerónimo un abipón (se llamaba Ychohake), hinchado por el recuerdo de sus crímenes y la celebridad de su hermano el cacique Ychoalay, era consumido por una lenta infección. No se le había ocurrido atribuirlo a los humores /245 nocivos sino a que algún hechicero le habría infundido la enfermedad; revolvía esa idea noche y día en su inseguro espíritu. Consultadas las viejas sobre el particular le anuncian que el autor de la enfermedad es Napakainehim, toba de origen. Y sin tardanza el enfermo que consultara sobre su vida, decreta la muerte del toba. A primera hora de la noche lo ataca mientras dormía en su tugurio. La punta de hierro de la lanza, fácilmente de cuatro dedos de ancho, se clava profundamente en el cuerpo, atraviesa el costado izquierdo por el violento golpe, y rotas dos costillas, abre completamente la espalda como un puñal. Acuden a las voces del herido, pero el asesino ya desapareció. Bañado en sangre, perforado por tres heridas, al mirarlo pensamos que moriría allí mismo. Los circunstantes avisan que si no lo transportamos a nuestro templo, ha de ser golpeado nuevamente si vuelve el atacante. Por este consejo lo llevamos a nuestra casa. En el camino, escurriéndose de las manos de los que lo llevaban, cae a tierra con nuevo y mayor peligro ya que era grande y pesado. Como el lugar donde fue colocado carecía de puerta y trancas, los abipones lo defendieron con pieles de toro, para que no volviera Ychohake a consumar su crimen. Y en verdad, como lo presagiaron los indios, al cabo de media hora, se presentó provisto de un puñal para acelerar la muerte al moribundo. Pero repelido enérgicamente por el Padre José Brigniel que entonces era mi compañero, comprendió que el asunto estaba acabado. El herido (que en aquel tiempo era catecúmeno) fue bautizado sin demora, mientras pudo hablar y entender, y por nuestros cuidados y medicinas (lo primero que conseguimos fue el sebo de gallina, se curó con toda felicidad en algunas semanas. ¿Acaso alguno de los cirujanos europeos consentirá estas /246 cosas? La esposa de Napakaichin imitó con sus hijos al marido iniciado en los misterios cristianos. Poco después toda la familia emigró a la vecina ciudad de San Javier, porque temía nuevos peligros por el mismo Ychohake; allí los neófitos mocobíes ya vivían admirablemente en la disciplina cristiana. Permítaseme añadir al corolario de esta tragedia. Al año siguiente el mismo Napakaichin agitado por la bebida en no sé que discusión mató miserablemente a un abipón que estaba sentado junto a él, que le era hostil. Parece que el Dios vengador lo castigó por suscitar esta muerte; aunque este tipo de venganza fue como un máximo beneficio y provecho para el reo, porque las heridas recibidas le habían dado la oportunidad de que se lo añadiera con sus familiares entre los cristianos; cosa que la próspera fortuna habría retardado durante muchos años.

Y no crean que se acabó la historia sobre la enfermedad y el delirio de Ychohake. Con las mismas y otras nuevas molestias de su enfermedad, siempre estaba trastornado por la idea de que le habían llevado un veneno. Algunos meces después empezó a pensar que la causa de su debilidad era una mujer sospechosa de conocimientos mágicos. A eso del mediodía la atacó con su hacha, intentando cortarle la cabeza; esquivado el puñal, le cortó la mandíbula izquierda de modo que la oreja le caía sobre el pecho, adherida sólo por la piel; y la sangre brotó copiosa en el pecho sobre el niño que tenía dormido. El agresor se alejó por temor al pueblo que acudía; casi no había lágrimas para el cruel espectáculo. De ningún modo es posible castigar al impío. Busqué todos los medios para socorrer al espíritu de la mujer. Teníamos /247 un negro algo conocedor de la ciencia médica. Le ordené que cosiera a la cabeza en tres lugares la mandíbula que le colgaba con la oreja; la mujer no emitió ni un gemido, y los demás se horrorizaban por su aspecto. La herida, lavada con vino caliente y ungida con sebo de gallina, fue vendada con mucho cuidado con una tela embebida en una cocción de algunas hierbas. Como no encontré en seguida vendas con que vendarla, tomé un cinturón con el que me ceñía. Ordené que toda esa tarde y la noche siguiente fuera vigilada por abipones de confianza para que no sufriera algún nuevo peligro. Aquel indio anhelaba con todas sus fuerzas y sus deseos tanto su propia salud como la muerte de la mujer. Pero anticipándome al peligro, ya que no podía esconder a la miserable, una vez que se le curaron rápidamente las heridas, fue trasladada a escondidas a la ciudad de San Fernando. Parecía que la fuga había sido realizada por inspiración divina; pues el cacique Ycholay, que por aquel tiempo estaba ausente de la ciudad, fue hecho sabedor por nosotros de las atrocidades de su hermano Ychohake, y le rogamos que volviera lo más pronto para detener a su hermano. Contestó que volvería al otro día; pero no para detener a su hermano, sino para matar a aquella mujer, infame por sus artes mágicas, ya que estimaba que debía ser temida por todos. Y en verdad hubiera realizado sin duda lo que amenazaba, siempre tenaz en otras cosas, si la mujer hubiera estado en la ciudad. Años después, cuando deambulaban esparcidos por los campos aquí y allá echó fuera de su choza a algunas mujeres que juzgó sospechosas; y mató con una lanza a la mayoría de ellas para que no lo engañaran. ¡Ah! /248 El hermano semejante a su hermano, Ychoalay a Ychohake, como un huevo a otro huevo.

Esta tragedia tantas veces cruenta, tuvo un desenlace feliz. Aquel indio Ychohake, tanto a causa de sus heridas como de nuestros ruegos, con enfermedad en el alma, desistió al mismo tiempo de vivir con el cuerpo miserable, porque comprendió que moriría pronto. Bautizado a tiempo, sentía que se le acercaba la hora fatal. Se consolaba muchísimo con la presencia del sacerdote desde la primera hora de la noche en su casa al cual manifiesta súbitamente que se quedara en su casa. Mientras el Padre le daba los sacramentos, y los presentes lloraban, murió plácidamente la misma noche que precedió al triduo santo. Con muchos argumentos ordené a los consternados que nos esperaran. Indignado por los lamentos de sus familiares que lloraban, les decía que había sido trasladado a la gran casa del Creador de todas las cosas, el sumo Padre y el máximo capitán de él. Había deplorado con espíritu acerbo y penitente tantas rapiñas, tantas matanzas de cristianos y de los otros. Anunció a su esposa que no se mataran caballos ni ovejas junto a su tumba, según el rito de sus mayores; que les dejaba, cualesquiera que fueran, a su hijita. De todas estas cosas se ve que maldijo las viejas supersticiones, y que había abrazado con toda su alma la religión romana. Referí estas cosas para que entiendan que toda desdicha de enfermedad o de muerte es atribuida por los abipones a las artes de los hechiceros, a los que sin embargo se venera como a protectores, médicos divinos y salvadores, lo que narraré en otro capítulo. Ya son muchas cosas sobre las enfermedades; quedan por decir otras que no deben ignorar los europeos. /249

 

CAPÍTULO XXIV

SOBRE CIERTA ENFERMEDAD PECULIAR A LOS ABIPONES

 

Unos frutos crecen en todo lugar de la tierra sin discriminación y otros crecen en un determinado sitio. Ni toda tierra produce todo fruto. Tal parece ser la situación de las enfermedades: unas afectan a todos los pueblos y provincias, y otra sólo a algunas. Como si cada una tuviera sus manes. Lucrecio llama a la elefantitis enfermedad nacional de Egipto; y otros afirman que la gota es más común en Atenas, y la oftalmía en Acaya. Encontré la leucoflegmatia (un tipo de hidropesía que se llama anasarca) en la isla de Delos como en su suelo nativo. El poeta Esquilo lo cuenta en Filócrates. Los médicos dicen que se han divulgado la concreción de los cabellos en Polonia, el sudor mortífero en Inglaterra, las paperas y otras enfermedades en otras provincias. Recorridas durante doce años las tierras y los pueblos de Paracuaria, encontré un tipo de enfermedad entre los abipones Nakaiketergehes, totalmente desconocida por los demás. Es una enfermedad del espíritu más que del cuerpo, aunque /250 yo pensaría que de éste el mal se deriva a aquél. Comienzan a delirar y enfurecerse como locos; el crédulo y tenaz pueblo supersticioso lo atribuye a las artes mágicas de los hechiceros, y lo llaman Loaparaika. Maltratados por la intemperie, según me parece, agitado el cerebro con imágenes ficticias, deliran como los febricientes, que sufren subidas y bajas de fiebre a determinadas horas. De pronto salen fuera de sus chozas, curados, y recorren a pie un camino recto hasta las tumbas de los suyos que suelen tener en el bosque próximo. Igualan en la rapidez de la carrera a los avestruces y los infatigables jinetes que los persiguen muy penosamente los alcanzan y apenas pueden hacerlos volver a la casa. De noche, atacados por la furia, arden en deseos de perpetrar una matanza donde pudieran. Arrebatan para esto las armas que encuentran al paso. Ea cuanto aparece el primer rumor en la ciudad sobre un delirante, esconden todas las lanzas. Como no pueden ni tranquilizar al furioso de noche, ni reducirlo en su casa, lo dejan que vaya a la plaza provisto de un bastoncito y lo acompañan cuanto pueden. Acudiendo un grupo de niños para mirar el espectáculo, dan toda una vuelta por las calles de la ciudad. El delirante va tocando con su bastoncito el techo y las esteras de cada una de las chozas, sin que ninguno de los que se esconden bajo ellas se atreva ni a abrir la boca ni a murmurar. Si alguna vez se mune de armas, burlando a los centinelas, ¡Dios mío! cuán gran ruido. El terror se apodera no sólo de las mujeres y de los débiles niños, sino de los mismos varones que se creen héroes; y que suelen decir que, perdida la razón, /251 se lo ve de mal aspecto; y que usa las armas contra los locos. Enseguida las mujeres corren en grupos con sus hijos hacia nuestra casa, defendida con empalizada contra los asaltos de los bárbaros y allí pasan no sólo horas sino noches enteras por temor al loco. El cacique de la ciudad de Concepción Alaykin había entendido que su mujer se había escondido dentro de este seto con otras por temor al furioso que recorría la plaza armado, y que había sido muerta; ordenó entonces que lo capturaran y fuera sujetado con cuerdas.

Los atacados de esta insania apenas toman comida ni duermen y deambulan pálidos por el hambre y la tristeza. Creerías que ellos estudian algún nuevo sistema de las formas telúricas, o la cuadratura del círculo; pero por momentos no muestran casi ningún indicio de alienación mental, ni deben ser temidos antes del atardecer, Ninguno de ellos se me presentó antes del mediodía. Pregunté a un hombre hablándole familiarmente, si acaso era él el que de noche perturbaba a los demás. No sé, me respondió con tranquilidad. Viéndolo un compañero mío, español, cuando se alejaba, ¡Eh!, dijo, "no quisiste conocerlo, es el mismo que se enfurece de noche". Pero nada que denotara insania se colegía ni de su rostro, ni de su hablar. Una vez se me unió otro que supe que se enfurecía mientras cabalgaba por el campo, haciéndoseme el encontradizo. Yo me apresuré hostigando al caballo, por temor de no poder librarme de él. Una vez, al cerrar de noche la puerta de nuestro terreno, mientras ataba a la estaca un caballo que había llevado a pacer, hubiera sido atacado por uno de estos furiosos, si otros no se me hubieran acercado para avisarme del peligro. Por aquel entonces, no muchos, ni hombres ni mujeres eran atacados de este mal; /252 a veces uno, a veces ninguno. Esta enfermedad dura una a dos semanas, no más; aunque en algunos casos se prolonga por un mes. Nunca. vi delirar de este modo a todos los abipones al mismo tiempo, turbados por la tristeza, o la melancolía o la cólera; siempre muy temibles con la mirada amenazante. Cuando les sobreviene algún exceso ya sea por el clima o por la bebida, o algún acontecimiento contrario a sus deseos o esperanzas, la bilis excitada va a parar en insania y rabia, y eso no parece ni raro ni admirable. Estos estúpidos y rudos atribuyen a las artes mágicas lo que suele ser provocado por vicio o en virtud de la naturaleza.

Escribiendo sobre este furor de los abipones, oportunamente recuerdo lo que leí en el libro II de Plutarco sobre unas mujeres célebres: unas vírgenes milesias, atacadas no sé de qué locura, se habían estrangulado en el deseo de morir. Aquella furia de las niñas se generalizó y todas deseaban la muerte. Nada pudieron ni las lágrimas de sus padres, ni la vigilancia de los custodios, ni las artes de los médicos. Aplicados los remedios al caso, el senado de Mileto sancionó una ley, que se divulgó por pregón, de que si en adelante alguna virgen se diera muerte sería conducida desnuda en medio de la plaza. Por temor a la ignominia se acabó la locura y el insano deseo de morir. También en nuestro tiempo se contendrían por ese temor las vírgenes cuanto se enloquecen. Entre los abipones vimos este desenfrenado delirio contenido por el miedo a la muerte. En pocos días creció el número de los delirantes más que lo habitual. Uno de ellos parecía irrumpir en nuestro templo abriéndose paso por la fuerza entre siete hombres, una noche brillante, ya avanzada; pero reprimido a tiempo por algunos que acudieron, los nuestros quedaron incólumes. Hecho sabedor del peligro que corríamos, el cacique de la ciudad, Alaykin, llamando /253 a todos al día siguiente dijo con voz amenazante: "si en lo sucesivo alguien cayera en delirio, todas las mujeres hechiceras y los mismos dementes serán matados fuera del templo". Esta conminación fue como un freno para los demás insanos. En adelante nada oí sobre tumultos provocados por locos, ni nada vi; aunque en el mismo lugar y en el mismo pueblo hubieran vivido muchos locos. Me parece que se contenían cuando notaban que estaban a punto de ser turbados por cualquier ataque, por temor a la muerte prometida. ¿No sería que alguno de ellos había simulado antes ese furor para divertirse al ser temido por sus compañeros, ser señalado con el dedo y recelado? Aunque sean apenas hombres, pienso que nada humano les es ajeno. ¿Por qué la simulación es tan frecuente entre los hombres? Nunca pude convencerme de que un hechizo mágico fuera la causa del delirio, como cree el bárbaro vulgo. /254

 

CAPÍTULO XXV

SOBRE LAS VIRUELAS, EL SARAMPION Y LA PESTE DE LOS GANADOS

 

El médico Roderico Fonseca, en su libro sobre el cuidado de la salud, dice: Apud Indos Orientales, quam Occidentalis Indiae numquam visa fuit pestis; scimus tamen, non multis adhinis annis in América, ac nova Hispania Centena decem millia Indorum ex Variolis extincta fuisse, cum nullus Hispanus eo malo correptus fuisset. Fuit illis hic morbus novas a quodam aethiope delatus (73). Estas palabras del médico serán ponderadas oportunamente. Sobre los indios que viven en Oriente, no discuto nada porque no los conozco.

Todos están de acuerdo en que la peste que abruma a los mortales, debido a los fuertes vientos, jamás se ensaña con alguien en América. Podrás leer alguna vez en los historiadores una opinión contraria al referirse a las infecciones, al catarro, las fiebres tercianas, las diarreas, etc. Lo que más suele atacar es una enfermedad llamada por el vulgo de los españoles la peste, ya que muchos mueren por su causa. Las viruelas y el sarampión, absolutamente mortales para los americanos, son llamadas la peste por los indios.

Hemos presenciado muchísimas veces grandes pérdidas de vacas, caballos, y sobre todo mulas, como consecuencia de la peste que ataca al ganado en Paracuaria. Sin embargo estos estragos no son producidos por los fuertes vientos, sino por la mala calidad de los pastos y la falta de agua; /255 por lo general, después de una prolongada sequía que agota los campos, éstos ofrecen un pasto nocivo; o si no los pastos, único alimento de los ganados en Paracuaria, son destruidos por lluvias prolongadas. Este virus transmitido por los pastos mal regados, al ser ingerido por los animales, consumió en pocos meses miles de cabezas de ganado en el territorio de Asunción. Por todas partes, en los caminos y en los campos, encontré cadáveres. Se diría que este tipo de enfermedad es contagiosa; pues el solo contacto con los cuerpos enfermos o con los cadáveres de los animales encontrados al paso, infundía el mismo resultado mortífero. Los síntomas más seguros para, saber si están atacados de esta peste, es un tumor localizado en la cabeza que les hace perder sangre por la nariz.

Suelen ser los mismos síntomas de las mordeduras de víboras. Para las mulas, el único remedio contra esta enfermedad, consistía en mutilar las orejas del animal y abrir las venas de sus patas anteriores, dándoles sal para que la lamieran todos los días.

Aprendimos, efectivamente, que ese calor pestífero de los animales contaminados se domina con estos remedios; pudiendo salvar de esta manera parte de los bienes familiares.

Arrojan en un lugar abierto las vísceras de las vacas que matan cada día para comer, con el pasto a medio digerir. A este sitio acuden – como a un banquete – gran número de caballos y mulas, que pacen alrededor de la ciudad; lamen con avidez, no tanto las heces sino el suelo en que están tirados los despojos. De la sangre de las vacas, se desprende una especie de sal que los animales apetecen increíblemente, y la toman como a la miel. Cuando han saciado sus deseos, ningún mortal debe acercarse ni a los caballos ni las mulas, si no quiere ser despedazado.

La carne contaminada provoca en los animales una /256 especie de rabia; de manera que luchan en forma brutal si alguien los molesta. Como una terrible peste había atacado a las mulas dentro de nuestros límites, todos los días rociábamos con sal aquellos deshechos de las vacas; de esta forma, lo que tomaban de alimento les servía, a la vez, de medicina. En cierta oportunidad se produjo una gran baja de ganado en zonas retiradas; pero muy pocos enfermaron en la ciudad de San Joaquín, y los que resultaron atacados se sanaron. Lo cual demuestra que la sal debe recomendarse para la salud. Pero sigamos con otras cosas que anoté del médico Fonseca.

Es evidente que las viruelas constituyen la peste más segura y verdadera de los americanos, y que fue traída a América con la llegada de los europeos y los africanos.

Una queja de los indios, muy justa aunque risible, juzgó su origen: ¡Los europeos, dicen, son hombres de guerra! Nos pagaron la cantidad de oro y plata que nos quitaron con la mortal peste de las viruelas que nos dejaron.

Nadie indagó el número de indios que murieron debido a las viruelas durante dos siglos, desde el tiempo de Carlos V hasta ahora.

No recuerdo los estragos producidos en otras provincias de América, los que ya hace tiempo fueron deplorados por otros historiadores. Sólo en las treinta ciudades guaraníticas – en aquel entonces se habían censado ciento cuarenta mil cabezas – fueron consumidos atrozmente por la epidemia de viruelas, en el año 1734, unos treinta mil hombres. De modo que atribuimos a las viruelas y no al suelo, el que por toda América se vea disminuido el número de indios.

Nosotros, que observamos el nuevo mundo durante muchos años, encontramos otras causas que sin embargo /257 callamos, pues la verdad engendra el odio, para evitar el desprecio de algunas personas.

Es notable cómo los españoles y otros europeos se vieron favorecidos en América con la inmunidad de las viruelas. Sin embargo, los indios tenían mayor predisposición para adquirir la enfermedad, y con resultados fatales. Conmino a la sagacidad de los médicos para que investiguen por qué las viruelas, de mayor peligro en los americanos que en los europeos, son más benignas con los que habitan en América.

Sin embargo, para tranquilidad de aquéllos, diré lo que siento: atribuyo este hecho al mismo hábito de sus organismos para repeler o superar los virus; a una alimentación a base de carne, la mayoría de las veces, semicruda; al poco uso de la sal; los pies desnudos; la cabeza descubierta. Aplacan la sed con agua sola y no siempre en buenas condiciones, si exceptúas algunas fiestas celebradas al año.

De ahí, la debilidad de sus estómagos. Propensos a la lascivia, pierden su vigor natural. La sangre se calienta bajo los efectos del ardiente sol, y por la diaria ingestión del maíz. Cuando sobreviene el contagio de las viruelas, se produce tal alteración en sus organismos, que con gran frecuencia mueren.

No olvides que lo dicho corresponde a los pueblos de indios pedestres. Los abipones, y los demás pueblos ecuestres, de naturaleza más firme, la mayoría sin los vicios o miserias que soportan los pedestres, sufren por lo general una viruela benigna.

En el año 1765 esta peste originó la muerte de un gran número de hombres en las colonias españolas. Azotó la provincia en toda su extensión, como un torbellino; extinguió en las treinta y dos ciudades guaraníes alrededor de doce /258 mil individuos. Esta enfermedad se dio aun en los escondrijos más apartados que poseían los bárbaros en el Chaco.

Aunque la mayoría sufrió los estragos de la enfermedad, murieron pocos para la cantidad de enfermos. Hablo de los pueblos de jinetes, que tienen más defensas.

En la ciudad de Timbó, que pocos meses antes había Fundado para los abipones, sólo murió una mujer. Aunque conté cientos de enfermos desde mayo hasta fines de octubre, sepulté veintidós. ¡Cuánto trabajo tuve en esos seis meses en que curé tanto los cuerpos como las almas! Oportunamente me referiré a ello.

A veces, durante años, no existe entre los indígenas ningún indicio de esta enfermedad. Pero la calma es síntoma seguro de inminente tempestad. Nosotros opinamos por experiencia que las viruelas aparecen siempre en las colonias españolas, y de allí pasan a los campamentos de los indios, aunque estén a gran distancia, llevadas por los comerciantes que viajan de unos a otros. Cuando mayor sea el número de individuos que parta del territorio español, más intenso será el estrago, como los ríos que cuando más se alejan de su fuente, más amenazantes se vuelven.

Ante los primeros signos de viruela, un profundo temor domina a los naturales. Aprendieron de sus antepasados que esta enfermedad significaba la muerte. Y como estiman la vida más que el propio suelo, a la primera sospecha unos se separan de sus compañeros, en tanto otros se dan a la fuga.

Pero, ¡qué tontos! Temerosos de contraer el virus se alejaban en busca de profundos escondrijos, pues creían que al emplear esta táctica eludirían la peste. /259

Los Padres que vivieron entre ellos me contaron esta costumbre supersticiosa de los lules, isistines, vilelas, homoampas y chulupíes.

Para evitar el contagio, los padres y las madres abandonan a sus hijos enfermos. Se dan a la fuga dejando junto a su lecho un cántaro lleno de agua y maíz tostado para aliviar al enfermo.

Para conservar sus vidas, los padres se protegen de los peligros de la naturaleza y de las feroces bestias, olvidando por completo la suerte que corren sus familiares.

Sería injusto con los abipones si dijera que los imitan y dan las espaldas al lugar donde se ha propagado la peste, dispersándose en grupos por los escondrijos de las selvas.

Parten en camino recto al lugar que eligieron; pero no abandonan nunca el cuidado de los suyos, con quienes están obligados por lazos de sangre o de amistad, sino que ponen gran cuidado de llevarlos consigo.

Del mismo modo que debe ponderarse la bondad de los abipones con sus familiares cuando padecen viruelas, así también demuestran la mayor tolerancia para sobrellevar las molestas y los dolores.

Nunca oí que nadie se quejara cuando los malignos calores se intensifican.

Consideran un deshonor el más leve gemido; y para no perder la fama de intrépidos, se esfuerzan en soportar en silencio los malestares y consecuencias provocadas por la misma enfermedad.

No estaría de más señalar aquí algunas de las cosas que observé durante el período de contagio. He sabido que esta enfermedad es muy peligrosa y casi mortal para los varones, que se ven afectados por una tristeza ingénita, negra bilis o vejez prematura.

El mismo riesgo corren las mujeres encintas. Una mujer abipona, atacada de viruelas, soportó los dolores del parto durante dos días; y dio a luz un niño que nació con /260 viruelas. Para él, el primer día fue el último; no obstante, alcancé a bautizarlo.

La madre sanó después de un tiempo.

En algunos individuos, después de la fiebre les brotan las viruelas, lentamente. Les afluyen apretadas, negras, deprimidas, con manchas obscuras en el medio mezcladas con otras púrpuras. Esta gran diferencia les presagiaba una muerte próxima y sucedía de acuerdo a esos presentimientos funestos. Si el tumor de las viruelas y los síntomas que lo acompañaban se desvanecían al instante, se perdía toda esperanza de recuperar la salud.

He observado que a quienes tienen temperamento alegre, rostro más blanco o son más jóvenes, las viruelas les producen menos molestias y son menos peligrosas. El ardor de garganta, la tos y una especie de angina (que los guaraníes llaman Yucuahába), es lo más peligroso para algunos indios, y el origen de una muerte cercana. Agua azucarada y jugo de limón apenas templados, reaniman a los enfermos. También agua cocida con hojas de llantén (que nacen en lugares húmedos y en las costas de los arroyos), para lavar la garganta fue usada a diario con resultado positivo.

Los antiguos médicos consideran que los atacados de viruela se empeoran si toman aire fresco, y que deben esconderse bajo techo, tapados con cobijas, para que las manchas que ya han brotado no se resuman. Oí al inglés José Jakson que precavía con estas palabras a su médico de Madrid en Enchiridio, en el capítulo 39 de la edición del año 1734: Quam primum symptomata febrilia se se produnt, ager aeri frigido non est exponendus: Frigus enim variolarum eruptionem inhibet. Sed etiam a nimio calore cavendum est; Hic enim ebullitionem nimian concitaret. Gradus itaque caloris et frigoris moderati esse debent, et naturalem statum nom, trasgredientes etc., (74) Los abipones, dejando de lado /261 este consejo de los viejos médicos, apenas infectados de viruelas pasan noches y días a veces bajo el cielo, a veces bajo sus chozas medio abiertas o en sus tugurios llenos de aberturas. O huían, según su costumbre a otros escondrijos donde recibían en todo el cuerpo el viento, a veces bastante frío. No podríamos decir que esa es la causa por la que mueren unos pocos de tan gran número de enfermos. Cuando volví de América a Europa, me enteré de que la opinión de los médicos hoy día es que ayuda más a los pacientes de viruelas el aire libre que el calor de las piezas; y lo aconsejan por todas partes. Y en verdad conocí en el colegio teresiano de Viena a jóvenes alumnos de noble estirpe que se curaban de las viruelas por orden médica con este nuevo método, al aire libre, aunque lloviera o hiciera frío, hablando conmigo mientras se paseaban por el huerto, con mayor fruto del que podía desearse. Ya no me admiro de que miles de guaraníes hayan muerto por la peste de las viruelas, pues en cuanto se enfermaban se encerraban en sus cubículos cerrados, como la ostra en su concha; se cubrían y abrumaban con mantas de lana, colocaban cerca del fuego las redes suspendidas que suelen servirles de lecho, para defenderse de todo frío; y consideraban mortal poner el pie en el suelo o tomar la más leve brisa. Los abipones tenían otras costumbres cuando los atacaban las viruelas y morían menos. propondría a los médicos, para que lo mediten y lo admiren, este hecho que agregaría algo de peso para confirmar estas cosas.

Uno de los abipones sintiendo inminente las viruelas e hirviendo de fiebre, había vendido a un español recién llegado dos caballos; recibió en paga un cuerno de vaca lleno de vino cremado que bebió rápidamente hasta la última gota. Ebrio, impedido de lengua, mente y pies, enfurecido por /262 la enfermedad, cruzó a nado un río en una noche oscura abriéndose paso con su caballo. Llegó incólume al lugar distante una legua y media donde sus compañeros se habían ido por temor a la peste. Cuando supe estas cosas temía la muerte próxima del imprudente bárbaro. Y para bautizarlo fuera de peligro de muerte mientras estaba en esa situación, me apresuré a ocuparme de cuantas cosas serían necesarias para su cuerpo y su alma; pero contra lo esperado, se anunciaron hechos muy felices en la misma noche en que dormía su borrachera, le brotaron las viruelas pero ni apretadas ni malignas, y después de unos pocos días, disipada la enfermedad, cabalgaba ileso. Tenía unos treinta y dos años, era de mente vívida, muy sano, y porque había decapitado a muchos españoles, era tenido entre los suyos por muy famoso. Bullendo en las fibras de este bárbaro el pestilente calor aumentado por la gran cantidad de vino cremado, se excitaba en su cuerpo un incendio letal. Pero el resultado nos enseñó que el fuego se mata con el fuego. Y no hay en esto nada nuevo; pues el fuego nacido de un río se domina con un ardiente tizón, como lo hace la común costumbre de los españoles en Paracuaria. O con más propiedad yo creería que la salvación del hombre febril fue el haber nadado de noche por un río frío, lo que le refrescó la sangre. Los médicos verán qué es lo que debe aceptarse y qué fue lo que en verdad pasó. Yo me hago fiador de la verdad del hecho que narré. Una cosa también debe ser dicha: Los americanos que han pasado las genuinas viruelas, no temen ni la recaída ni el contagio, como los europeos. Esto es cierto, y lo afirmo por propia experiencia y por la de los demás. Un niño de cinco años cayó enfermo apenas dos días y no le conté más de diez granos; pero por esta breve enfermedad, sucedió que quedó siempre inmune. Viviendo de día y de noche /263 entre indios atacados de esta peste, y aunque alguna vez se cansó, permaneció incólume.

Sobre las morbilias (que los españoles llaman sarampión y los alemanes Masem o Fecken) debe afirmarse casi lo mismo que de las viruelas. Atacan por intervalos de tiempo, se propagan y acarrean a los americanos increíbles estragos. Cuando estuve en la ciudad de San Joaquín, entre dos mil indios, casi no había quiénes suministraran a los enfermos alimento, agua, leña y medicinas, o quienes nos asistieran en los oficios religiosos. El Párroco, Padre José Felischauer, que me tenía entonces, por compañero y después por sucesor, nos tuvo ocupados durante algunos meses de día y de noche en los auxilios que debía suministrarse a los enfermos de cuerpo o de alma. Agravándose en horas la peste, y aumentando en días el número de muertos, había obtenido como consejero a no sé qué español viejo que tenía entre los suyos cierta fama de médico. Y es muy cierto lo que afirma el antiguo adagio español, de que en país de ciegos el tuerto es rey. Sabiendo muchos que este médicastro llegaría, y aún antes de su llegada, ordenamos a los indios que se quedaran quietos, que le tuvieran sus cosas y que se dirigieran a las casas donde realizaría las curaciones. Esta peste nos arrebató doscientos, todos preparados para bien morir. De estos, muy pocos eran niños, y apenas algunos viejos; los más en edad floreciente y algunos que poco antes habían contraído matrimonio. También se vio a los indios contagiados de fiebre terciana, con molestias mayores que la muerte. Sólo aparece en lugares donde se beben aguas estancadas como en muchas ciudades españolas, sobre todo de Tucumán. /264 En la de Concepción ubicada en la orilla del arroyo Inespin (Narahagem, para los abipones), que sobreabunda en agua dulce y muy saludable nunca nadie fue atacado de la terciana. En las colonias de San Fernando y del Rosario rodeadas de vados y lagunas y poco provistas de agua de río, la fiebre les concedía muy pocas vacaciones a los abipones. En la colonia del Rosario la fiebre terciana atacó de tal modo durante unos meses que nadie quedó libre, y no me perdonó ni a mí aunque tantas veces había permanecido incólume en medio de febricientes. Para que alguien no muriera repentinamente sin los sacramentos, cada día visitaba a cada enfermo, y finalmente contraje la fiebre cotidiana. Esta fiebre ataca cada día al atardecer, y se suceden fríos y calores que no terminan sino con la noche. Prolongado este golpe de fiebre durante ocho a veinte días, se acaba; se repite dos veces, pero la tercera es por fin dominada por completo. Cuánto sufrimiento, cuánto peligro habría en todas estas cosas, nada de eso te referiré.

Al terminar este asunto de las enfermedades contagiosas me viene a la mente insinuándose un hecho digno de recordar, y también del crítico análisis de los médicos. Viviendo en el campo, en nuestras posesiones cordobesas de Santa Catalina, observamos atónitos un meteoro de fuego que llevaba una especie de antorcha muy grande y cruzando el cielo, se precipitaba en el horizonte opuesto. Unos españoles recién llegados anunciaron que aquella luz habría sido visible en toda la Provincia, y la consideraron portentosa. Nosotros /265 enseñados por una filosofía más sana, vimos con serena mirada aquel súbito esplendor o fuego festivo, que sin embargo por su misma naturaleza era triste porque fue o causa o indicio seguro del principio de un catarro mortal, que propagándose por todo el Tucumán, había de consumir durante dos años gran cantidad de españoles y de negros. En una palabra: en el mismo tiempo en que se vio esa exhalación ígnea, comenzó esa enfermedad epidémica. Vuelto cuatro días después del campo a Córdoba, encontré a muchos compañeros de nuestro Colegio que habían caído en cama, y apenas unos pocos en pie que se encargaban de los asuntos del Colegio y del templo. Aunque todas las ciudades indistintamente hubieran sido atacadas por esta peligrosa peste, sin embargo parecía desenfrenarse en los campos solitarios. Haciendo el camino desde Córdoba a la ciudad de Santa Fe, encontré al paso un grupo de españoles que iban a caballo; uno de ellos llevaba en la mano un cuerno de vaca lleno de orina de los enfermos para que los médicos cordobeses (en verdad la provincia carece de médicos), analizándola, supieran designarla, como oportuna medicina. Es increíble, en efecto, cuánta confianza pone el pueblo español en la inspección y contemplación de la orina, y cuánto se engaña.

 

NOTAS

 

64- "Los padres so cubrían con pieles que sujetaban con rústicas cuerdas".

65- "Dios hizo para Adán y su mujer túnicas de piel, y los cubrió con ellas".

66- "Como comprendieron quo estaban desnudos, tomaron las hojas de una higuera y se hicieron un manto".

67- "El devoto sexo femenino".

68- "Tanto va creciendo la corrupción, que me parece que nuestra condición es tal que casi creo necesario que se nos envíen misioneros de Sioensia para que nos enseñen el uso y la práctica de la Tecnología natural, así como nosotros les enviamos a los que les enseñarán la Teología revelada".

69- "Otra vez Hyla, otra vez Hyla, repite el ave largo tiempo; la selva responde, y se ve una vaga, imagen".

70- En la región litoral correspondiente al río Amazonas, que está muy habitada, fueron conocidas hasta el año 1639, ciento cincuenta lenguas; con el correr del tiempo se han ido agregando nuevos pueblos y nuevas lenguas.

71- "También en el mal encontramos muchas cosas ponderables".

72- Las mujeres hebreas no son como las egipcias; éstas, en efecto, conocen la ciencia de la obstetricia.

73- "Los indios orientales no sufrieron la peste como los que habitaban en las Indias Occidentales. Sabemos, sin embargo – no habiendo vivido muchos años en América – que ningún español fue atacado por este mal; mientras que ciento diez mil indígenas fueron atacados por este mal en Nueva España. Padecieron esta enfermedad, al contagiarse de un negro."

74- En cuanta se presentan los primeros síntomas de la fiebre, el enfermo no debe ser expuesto al aire, pues el frío impide la erupción de las viruelas. Pero también hay que cuidarse del calor, ya que este incita a la fiebre. Un grado moderado tanto de frío como de calor, sin que altere la temperatura natural, etc."