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MARTIN DOBRIZHOFFER S.J.

 

HISTORIA

DE LOS ABIPONES

VOLUMEN I

 

Traducción de

Edmundo Wernicke

 

Advertencia editorial del Profesor

Ernesto J. A. Maeder

 

Noticia biográfica y bibliográfica del Padre Martín Dobrizhoffer,

por el Académico

R. P. GUILLERMO FURLONG, S. J.

 

 

UNIVERSIDAD NACIONAL DEL NORDESTE

FACULTAD DE HUMANIDADES

DEPARTAMENTO DE HISTORIA

RESISTENCIA (CHACO)

1967

 

 

 

UNIVERSIDAD NACIONAL DEL NORDESTE

Rector: Ing. JORGE ATLANTICO RODRIGUEZ

Vicerrector: Ing. EMILIO GARCIA SOLA

Secretario General: Contador P. N. BLAS ESTEBAN CUSTIDIANO

INSTITUTOS CON ASIENTO EN CORRIENTES

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Departamento de Extensión Universitaria y Ampliación de Estudios

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INSTITUTO CON ASIENTO EN POSADAS

Facultad de Ingeniería Química

Delegado Interventor: Dr. JULIO CÉSAR LEUMANN

 

 

ADVERTENCIA EDITORIAL

 

Cuando en mayo de 1965, en ocasión de la I Convención Nacional de Antropología, celebrada en Resistencia, se señaló la necesidad de editar en castellano alguna de las obras fundamentales para la etnografía del Chaco, la mención de Dobrizhoffer y su célebre Historia de Abiponibus ocupó un lugar principal en el catálogo de las mismas. La relevante importancia de este libro, que recogía un tesoro de información sobre la vida, la lengua y la historia de los abipones, y la falta tantas veces lamentada de una edición castellana, suponían para la Facultad de Humanidades un compromiso con el pasado cultural de la región, del que naturalmente se sentía heredera y depositaria.

La edición del presente volumen, viene a cubrir esa ausencia e inaugurar al mismo tiempo una colección de fuentes referidas al pasado chaqueño, que reflejen el rico y variado caudal de libros y estudios que, desde lejanas épocas, viene dedicándose a esta región. A la par de esa labor documental es su propósito completar para esta área chaqueña, en la medida de las posibilidades, los ponderables esfuerzos que en su hora realizara la Universidad Nacional de Tucumán, con la reedición en 1941 de la Descripción Corográfica del Gran Chaco Gualamba, del padre Pedro Lozano, y del Hacia allá y para acá (Una estada entre los indios mocobíes, 1749-1767), del padre Florián Paucke, en 1942 - 1944.

La realización de esta labor, de la que este tomo de Dobrizhoffer constituye el primer jalón, iniciará así un programa permanente de publicaciones que se irá integrando sucesivamente con los dos tomos restantes de Dobrizhoffer, y con la traducción del Saggio sulla storia naturale della Provincia del Gran Choco, del P. José Jolis, editado en Faenza en 1789, así como con estudios de la importancia del lndianer Stämmendes Gran Chaco bis zum Ausgange des 18’ Jahrhundert, de Ludwig Kersten, editado en Leiden en 1904, títulos todos que por su relevancia, reclaman desde largo tiempo atrás la edición castellana correspondiente.

 

La presente traducción de Dobrizhoffer

El padre Guillermo Furlong da cuenta en su noticia biográfica y bibliográfica de Martín Dobrizhoffer, de las diversas tentativas, frustradas o incompletas, que se llevaron a cabo desde el siglo XIX para traducir la obra al castellano.

Según el mismo Furlong, esta traducción de Wernicke que hoy se publica le fue encargada inicialmente por los doctores Ernesto Padilla y Ricardo Staudt a fines de 1943 (I). Wernicke, a pesar de hallarse ya en edad muy avanzada, pues frisaba los ochenta años, logró terminar a principios de 1947 el tomo primero, único que alcanzó a traducir. El ejemplar mecanografiado, que no llegó a imprimirse, fue obsequiado por Wernicke al Dr. Enrique Palavecino, con una dedicatoria fechada en octubre de 1947, que decía así: "Al Prof. Dr. Enrique Palevecino profundo conocedor del carácter de los indígenas argentinos en testimonio de sincera amistad el autor de la presente primera traducción al castellano (del texto latino y alemán comparado)".

La muerte de Wernicke ocurrida en 1949 interrumpió su labor, y el texto encuadernado fue conservado por Palavecino, quien en 1965 lo ofreció generosamente a la Facultad de Humanidades para su edición.

La traducción de Wernicke, vertida originalmente de la edición alemana, y cotejada luego con la edición latina, según su propio testimonio, adolecía sin embargo de algunas imperfecciones y no pocas lagunas. Las primeras, atribuibles sin duda a la avanzada edad del benemérito escritor, fueron subsanadas por la prolija revisión efectuada por las profesoras Clara Vedoya de Guillén y Helga Nilda Goicoechea, junto con el autor de estas líneas. En cuanto a las segundas, lagunas provenientes de la utilización de un ejemplar incompleto, y que abarcan las páginas 73, 279, 404/405, 434, 483/484, 540, 543/544, de la edición alemana, fueron completados con la correspondiente traducción del texto latino por la profesora Vedoya de Guillén, quien, desde tiempo atrás trabajaba en la traducción completa de la obra, de la que incluso había adelantado fragmentos importantes. Cabe significar que estas correcciones, que más bien fueron pulimentos de la traducción, se hicieron respetando siempre y hasta donde fue posible el texto muy personal de Wernicke. Algunas de esas modalidades, como el uso de la voz Paracuaria, y su gentilicio Paracuario, para denominar la Provincia Jesuítica del Paraguay y diferenciarla así de la Gobernación civil del Paraguay e integrante de las provincias de Indias, habían sido debidamente explicadas por Wernicke en artículos publicados con anterioridad (II).

 

Las características de la presente edición.

Aunque inicialmente se había pensado en la posibilidad de una edición anotada y enriquecida con comentarios, razones diversas impidieron que esta idea pudiera llevarse a cabo. La actual edición, por lo tanto, reproduce el texto de Dobrizhoffer sin otros aditamentos que alguna que otra traducción de citas latinas, registrada al pie de página, o breves advertencias sobre párrafos o palabras que faltaban en la traducción del alemán y se hallan en la edición latina.

Los signos tipográficos especiales empleados para esta edición, son pocos. La bastardilla se la ha usado en todos los casos en que aparece este tipo de letra en la edición latina. Cabe señalar que aunque su uso no siempre responde en el original a criterios uniformes, pues la edición revela descuidos tipográficos, se han conservado esas letras en todos los casos en la edición castellana. Los corchetes, [ ] son introducidos solo para aclaraciones que ha colocado el traductor. Los paréntesis en cambio, pertenecen siempre al original y así se han mantenido en todos los casos. Los acentos en las voces indígenas han sido motivo de dificultades y dudas, ya que el texto latino es irregular en la indicación de los mismos. Creemos que vale la pena recordar aquí lo que el mismo Dobrizhoffer anota en la advertencia preliminar sobre voces indígenas: "Muchos signos de letras y acentos fueron en parte colocados y en parte omitidos por el tipógrafo. Señalo esto en mi descargo para que no se atribuya a mi ignorancia un error ajeno". La versión castellana reproduce en consecuencia la versión latina, y no quita ni añade nada en este aspecto.

Por razones de mejor ordenamiento en la edición, se ha trasladado la ubicación del índice original de capítulos hacia el final del tomo. El mismo va ahora acompañado de otros tres índices complementarios, de carácter onomástico, toponímico y de voces indígenas, que complementan el índice de capítulos y que se deben a la diligencia y esfuerzo de varios colaboradores; de esta edición.

La división del libro en capítulos, tal como aparece indicada en el índice de Dobrizhoffer ofreció también algunas dificultades. Ello ocurrió en virtud de que, curiosamente, el texto original no posee tal división interior, y por ello cada uno debió ser reconstruido y ubicado aproximadamente en el texto. Tal división ha sido efectuada pensando que con ello no se modifica el espíritu de Dobrizhoffer, y se facilita además la lectura, y la búsqueda de cualquier asunto al lector. Por otra parte alguno de los capítulos finales, no coincide totalmente en sus contenidos con los títulos; a pesar de ello no se ha creado ninguna división ni título que no estuviera ya en el original, prefiriendo mantener la incorrección a innovar en el texto, e incluir entre corchetes lo que correspondía añadir o aclarar.

La traducción de Wernicke ha mantenido la indicación de las páginas del texto alemán, indicadas solo con una barra inclinada (/) y el número originario. Cuando la traducción proviene del texto latino; por defecto de la edición alemana, se indica la paginación de la edición latina. La edición incluye además todas las ilustraciones que corresponden al tomo I de la edición latina de la que han sido tomadas.

Al concluir estas breves indicaciones editoriales, quedan sólo por señalar los esfuerzos valiosos y las contribuciones que han hecho posible esta edición. De ellas, merecen destacarse en primer lugar las que correspondieron a Edmundo Wernicke y a Enrique Palavecino. La traducción concluida hace ya cerca de veinte años, corona la fecunda labor de Wernicke como estudioso y traductor de autores que como Schmidl, Staden, Paucke, Sepp, han estado tan vinculados a nuestra historia. La aparición de este tomo en fecha singularmente coincidente con el centenario de su nacimiento en 1867, en Colonia Suiza, de Baradero, permite que el mismo tenga además un sentido de homenaje y de reconocimiento a tan benemérito escritor y traductor, así como a su trascendente obra.

El recuerdo debe ser extendido también al Dr. Enrique Palavecino, quien, aparte de habernos facilitado el texto nos alentó a publicarlo y se comprometió a redactar para la presente edición un estudio introductorio. Su lamentado fallecimiento, el 18 de julio de 1966 no solo privó al país de un investigador eminente, sino que dejó sin esa importante colaboración suya a esta obra en la que había colocado tantas esperanzas.

Debemos destacar asimismo nuestro agradecimiento al académico P. Guillermo Furlong por haber escrito el importante estudio biobibliográfico que aparece en esta edición, así como por sus valiosas indicaciones y consejos. Aunque no es la primera vez que el P. Furlong se refiere a este tema, al que se halla vinculado por tantas publicaciones y estudios, deseamos expresar aquí nuestra gratitud por la generosa disposición con que aceptó redactar un estudio preliminar para esta obra, que sustituyera al que el Dr. Palavecino no pudo llegar a entregarnos. Agradecemos también al académico Dr. José Luis Molinari el facsimilar de la portada de la edición alemana, que gentilmente remitió para la presente edición.

Estas líneas desean asimismo dejar constancia de la ingente labor que les correspondió a las profesoras Clara V. de Guillén y Helga N. Goicoechea por la revisión y preparación del manuscrito para la imprenta. Asimismo agradecemos también la comprensión con que la dirección de la Biblioteca Provincial Leopoldo Herrera, de Resistencia, facilitó los ejemplares de la edición latina de Dobrizhoffer para este trabajo. Ejemplares que pertenecieron a la colección de Monseñor Alumni, insigne historiador del Chaco, quien a través de esta indirecta y póstuma relación, aparece también vinculado a una tarea que sabemos se hallaba entre los anhelos más caros de su espíritu.

Fruto de todos esos esfuerzos, y de otros de que es imposible dar cuenta aquí es esta obra, que la Facultad de Humanidades ha financiado y editado. Con ella queda inaugurada esta primera serie de fuentes de historia regional, cuya edición creemos, no solo posibilitará un mejor y más amplio conocimiento del pasado local, sino que servirá también, y de un modo fundamental, a los intereses de toda la cultura histórica nacional.

Ernesto J. A. Maeder

 

NOTICIA BIOGRAFICA Y BIBLIOGRAFICA DEL PADRE MARTIN DOBRIZHOFFER

 

Si han abundado los poetas líricos, cuyos estros han vibrado ante la presencia y la prestancia de personas dotadas de calidades superiores al común de las gentes, no han abundado, ante han escaseado los vates de inspiración épica, que han llegado a entretejer, con base histórica y con inspiración poética, todo un extenso poema en torno a un héroe y a las hazañas del mismo.

La Odisea homérica y la Eneida virgiliana han tenido competidores, pero pocos a la verdad, si los comparamos con los de inspiración lírica, y entre esos pocos hay que contar "A Tale of Paraguay", título sin duda más simpático y más inteligible que el duro y áspero de "Dobrizhofferida", con que hubiera podido intitularse ese largo poema, compuesto en homenaje al gran misionero chaqueño Martín Dobrizhoffer.

A Tale of Paraguay, compuesto por Robert Southey y publicado en Londres en 1826, es todo un poema que consta de cuatro cantos, con un total de 224 stanzas o estrofas de nueve versos, referentes todas ellas a la labor de los misioneros jesuitas en estas regiones del Río de la Plata, siendo Dobrizhoffer el protagonista, como se concreta en la estrofa 16:

 

He was a man of rarest qualities,

Who to this barbarous region had confined

A spirit with the learned and the wise

Worthy to take its place, and from mankind

Receive their homage, to the inmortal mind

Paid in its just inheritance of fame.

But he to humbler thoughts his heart inclined;

From Gratz amid the Styrian hills he came,

And Dobrizhoffer was the good man’s name.

 

A la par de Worsworth y Coleridge, fue Southey uno de los poetas "Lakistas", como se dio en llamarles. De carácter sencillo y noble, fueron la belleza y la verdad los ideales de su vida, siendo sus múltiples poemas los frutos de la primera y sus lucubraciones históricas, frutos opimos de la segunda.

La lectura de Abiponibus le indujo a escribir su Tale, y no es extraño, ya que en esa obra el lector llega a conocer íntimamente y a amar apasionadamente, así a su vigoroso autor como a los bravíos salvajes, a quienes se refiere él con tanta espontaneidad y veracidad. Es que la monografía de Dobrizhoffer, como anota Efraím Cardozo "comprende todas las facetas del complejo cultural abipón; se adentra en su psicología, escarba sus orígenes étnicos, analiza su organización familiar, sus juegos, vestimenta, bebidas, higiene, y se asoma al mundo de las hechicerías y supersticiones (1). "Confieso, escribió a su vez Lafone Quevedo, que Dobrizhoffer me ha dejado enamorado de los abipones, ni quiero preguntar si es cierto todo lo que dice, y como los abipones son los primeros indios que van desapareciendo, prefiero suponer que por mejores les sucederá así" (2).

Si Lafone y Quevedo llegó a enamorarse de los Abipones, uno de sus discípulos, el autor de Entre los Abipones del Chaco (3), llegó a cautivarse, así de esos indígenas, tan intolerantes y tan intolerables, tan reacios a toda sujeción civil y religiosa, y tan crueles y tan sanguinarios, como del hombre que, no obstante todas las características negativas de esos salvajes (y aquí esta palabra está muy bien empleada), pudo amarlos, primero en la vivencia solitaria con los mismos y después en la visión histórica que de ellos nos ha dejado en difícil alemán y en dificilísimo latín.

Cierto es que pocos libros pueden parangonarse con la Historia de Dobrizhoffer. Sin ser una novela, ni mucho menos, tiene todo el atractivo de la novela: y a pesar de estar escrito en un latín rústico y de sacristía, lleno de cláusulas pedregosas y de párrafos expresados a la alemana, subyuga al lector y no le deja abandonar la lectura, una vez comenzada.

En pocos libros, como en el de Dobrizhoffer, compruébase la verdad del aserto: el estilo es el hombre. El estilo de Dobrizhoffer es Dobrizhoffer mismo; es característico e inconfundible con otro alguno. Delata al germano tenaz y audaz, al misionero ágil y laborioso, al viajero observador y perspicaz, al historiador minucioso y siempre deseoso de la exactitud, al apóstol infatigable y celoso, al abnegado misionero de nuestras llanuras chaqueñas.

En cada página de la sabrosísima Historia de Abiponibus aparece Dobrizhoffer de cuerpo entero. Sus defectos (si es que merecen este calificativo) desaparecen muy pronto ante el brillo que de sí despide su noble y sencillo corazón de hombre sincero y de apóstol abnegado. La primera impresión que causa la lectura de su libro no es del todo favorable. Su lenguaje directo, personal, rápido y decisivo parece retraer al lector: pero en breve cambia éste de afectos y de sentimientos, y, poco a poco, va simpatizando con el autor y acaba por encariñarse con él, hasta el extremo de considerarle por un amigo, y amigo sincero y leal, inteligente y perspicaz.

Ya el traductor inglés había advertido esta particularidad que tanto gusta en el libro de Dobrizhoffer. "Dobrizhoffer will still be found one of those authors whom the readers seem to become personally familiar" (4). Otro escritor inglés, Cunningham Graham, asevera que "Dobrizhoffer stands alone. That delightfull history... renders Dobrizhoffer a personal friend" (5).

Así es en efecto. Dobrizhoffer al componer su libro puso en él toda su alma, sus afecciones más íntimas y profundas; no trazó una sola línea, no puso un vocablo, que no respondiera a lo que su razón sentía. Con su memoria llena de noticias, datos, anécdotas y recuerdos de toda índole, y teniendo su corazón herido por haber tenido que abandonar a sus queridos abipones, volvió a vivir y hacer revivir la vida agreste y chaqueña, mientras escribía a orillas del Danubio, las animadas y palpitantes páginas de su Historia De Abiponibus.

El gran mérito de Dobrizhoffer se funda en habernos dejado una monografía completa, luminosa y cabal acerca de una raza vigorosa y temible, que moró y luchó, durante siglos, en territorio actualmente argentino, y en haber consignado, al propio tiempo, múltiples y variadas noticias acerca de otras razas afines.

No en vano afirma Achelis que "Dobrizhoffer y Lafitau deben ser considerados como los pioneros o fundadores de la ciencia de la etnografía comparada" (6) y Oscar Canstatt, tan poco favorable a los misioneros católicos, asevere que "es imposible ocuparse de los indígenas del Chaco, sin contar ante todo con los escritos de Pfotenhauer y Dohrizhoffer" (7). Retzel ha escrito que la ciencia etnográfica de Dobrizhoffer era universal y completa (8); Wolfang Menzel asegura que fue el primero que dio a la Europa un conjunto de noticias exactas acerca de los indios sudamericanos (9), y Falkenstein, después de ponderar el singular mérito de los escritos de Dobrizhoffer, y el gran servicio que como etnógrafo hizo a la causa de la ciencia, no duda en afirmar que fue "uno de los jesuitas más ilustres que ha producido la Germania" (10).

 

BIOGRAFIA DEL PADRE MARTIN DOBRIZHOFFER

 

Martín Dobrizhoffer nació en Friedberg, Alemania Occidental. Si en 1928 afirmábamos que en esa localidad había venido Dobrizhoffer a la vida, nos fundábamos en Stoeger, buen conocedor de los archivos jesuíticos austríacos, pero hoy podemos agregar que todos los Catálogos Jesuíticos, así los de la Provincia de Austria, de la que los jesuitas bohemios formaban parte, como los de la Provincia jesuítica del Paraguay, nos dicen que nuestro jesuita efectivamente nació en Friedberg de Alemania. Los catálogos de 1737 y 1740 afirman que era natural de esa población, y el de 1753 escribía que era Dobrizhoffer "civis bohemus Frybergensis" (11).

Tampoco es dudosa la fecha de su nacimiento: 7 de septiembre de 1718, aunque el mismo Stoeger, generalmente bien informado, haya escrito que nació en igual mes y día de 1717, y así Huonder como Uriarte, hayan aceptado esa errada afirmación. Todos los Catálogos jesuíticos señalan el mes de setiembre y el año 1718, aunque el de 1737 dice que fue el día 5 de ese mes y año, en contradicción con los de 1740, 1748, 1746 y 1753, que señalan el día 7 (12).

Frisaba Dobrizhoffer en sus diez y ocho años, y había ya terminado los estudios humanísticos cuando ingresó en la Compañía de Jesús, en octubre de 1736, como leemos en todos los Catálogos, si bien discrepando en el día, ya que los de 1743 y 1758 señalan el día 17, los de 1740 y 1746 anotan el día 18, y los de 1737 y 1742 el día 20. Aunque sea algo tan intrascendente, es ciertamente extraña esta diversidad de fechas.

En Trencin, Checoslovaquia, hizo Dobrizhoffer el noviciado y, a continuación, volvió a hacer algunos estudios humanísticos, ya que en 1740 se dice que "absolvit humaniora in saeculo" y se agrega que "ea repetiit in Societate", y, en el Catálogo de 1746, se añade que repitió esos cursos en el Colegio Skalica. En este año se hallaba en Viena, estudiando lógica o primer año de filosofía, y sabemos que, acabado el trienio en este estudio, fue destinado al Colegio de Linz, donde enseñó latín y griego, en los cursos inferiores. Al año, fue destinado al Colegio de Steyer, y, durante medio año, fue profesor de sintaxis latina, y durante la otra mitad del curso, enseñó también retórica.

En 1746 le hallamos en Gratz, cursando teología, y como ayudante del director de la Congregación Mariana de los estudiantes mayores. En 1747 y 1748 prosiguió sus estudios en Gratz y no los había aún terminado cuando, a su pedido, fue destinado al Río de la Plata (13). Más de una vez, en su Historia de Abiponibus, recordó Dobrizhoffer la época a que acabamos de referirnos, así como cuando al cursar Teología en la Universidad de Gratz, se discutió el aserto de que era imposible que pudiera pasar un hombre por mucho tiempo, sin caer en la cuenta de la existencia de un Ser Supremo, y "yo defendía con tesón esta doctrina, mientras estudiaba el cuadrienio de Teología, que comencé en Gratz y terminé en Córdoba de Tucumán, pero cuán grande fue mi asombro al pasar después a las colonias de los Abipones y tener que persuadirme que en el idioma de estos salvajes, por otra parte tan abundante en palabras, no sólo no tenían una palabra que expresara la idea, de Dios, pero ni siquiera una que, en alguna manera, se refiriera al Ser Supremo" (14).

Cuando en 1747 pidió y obtuvo Dobrizhoffer pasar a las misiones americanas no era aún sacerdote, aunque estaba en vísperas de ordenarse. Todos los Catálogos nos informan que sus fuerzas físicas eran buenas, bonae, integrae, y algunos Catálogos, como el de 1737, nos dicen que era de carácter reservado, hombre de buen criterio, de buen espíritu, de buena índole, y nos dicen que era apto para enseñar y para gobernar. Sabemos que, en 1740, estando en Viena, había sido elegido subedel de sus conteólogos.

Pero ese mismo Catálogo de 1740, nos informa que era de complexión "sanguíneo - melancólica", y el de 1743 repite lo mismo, aunque invirtiendo el orden de los factores, pues nos dice que era melancólico y sanguíneo, y de este mismo año es otro Catálogo, de carácter secreto, en el que se escribe que era de complexión "colérico - sanguíneo"; y es muy conveniente tener presente estas observaciones, para juzgar con acierto algunos procederes de Dobrizhoffer, como el de su relativo fracaso entre los Abipones, ya que, como veremos, llegó a simpatizar enormemente con ellos, pero no llegó a aquietarlos y encarrilarlos por las vías de la cultura cristiana, como lo hicieron, según parece, sus inmediatos sucesores. Dobrizhoffer era hombre de altos y bajos, de grandes arranques y de grandes desánimos, lo que ciertamente no era una garantía de éxito. Sospechamos que, a este su temperamento variable con frecuentes depresiones, se ha de atribuir el que alguno de los Catálogos reservados nos digan que su prudencia era "poca", y que su aptitud para el gobierno era "dudosa", y que su criterio era "bueno para la edad que tiene". Por lo dicho, parecería que no era nuestro Dobrizhoffer el hombre más adecuado para misionero, ya que las Constituciones de la Compañía de Jesús exigen, en quien ha de ir a las misiones entre infieles, cualidades y dotes casi iguales a las que exigen para el que ha de ser elegido General de la Orden.

Fue opinión general, como lo manifestaba en 1711 el Consejo de Indias al Rey, que "universalmente los alemanes son de complexión robusta, grandes trabajadores, celosos y muy dóciles pare aprender lenguas extranjeras" (15), y así era sin duda, pero algunos de ellos, y hubo varios casos en las misiones americanas, que anularon en no poco esas buenas condiciones con un proceder impetuoso, con una falta de ductilidad, con una carencia de noble humanismo, debido a las mismas fallas que notaban en el Padre Martín sus superiores de Europa. Tal vez se creyó que esas fallas desaparecían o amenguarían en América, pero fue una errada suposición. Elegido para misionero entre infieles, no llegó a ser lo que él había deseado y lo que de él esperaban sus superiores, aunque haya sido un hombre heroico, un varón santo y un gran historiador, etnógrafo y filólogo.

El húngaro Ladislao Orosz, Procurador de la Provincia del Paraguay ante las Cortes de Madrid y Roma, fue elegido al efecto en abril de 1744, y debía entre sus incumbencias más importantes reclutar nuevos misioneros. Por sí, y por otros, hizo una propaganda a este fin, en España, Italia, Alemania, Austria y Hungría, y llegó a reunir más de cincuenta candidatos de las más variadas nacionalidades, predominando españoles y alemanes (16). Dobrizhoffer ocupa el séptimo lugar en la lista, y se dice de él que era "de Bohemia", y "vino de Viena acá (esto es, al Puerto de Santa María) y desde el 24 de diciembre del año pasado se ha mantenido a costa de le Provincia (del Paraguay); él empleó en el viaje (de Viena a Andalucía) dos meses" (17).

El día 20 de septiembre de 1748, zarpó de Lisboa la nave en que venía nuestro misionero y, a fines de enero del siguiente año, aportó a Buenos Aires. La travesía, había durado cuatro meses. En la ciudad de Buenos Aires, por algunos días, y en la Chacarita o estancia del Colegio, durante varias semanas descansaron los recién llegados.

A mediados de febrero, emprendieron el cansador viaje a Córdoba. Baucke y Dobrizhoffer iban en la caravana de carretas, y aunque ambos eran temperamentalmente muy diversos, era tan humorista uno como otro, como se trasluce en algunas de sus cartas, y en no pocas páginas de su Historia de Abiponibus. Es Baucke quien nos asegura que en el largo viaje desde Buenos Aires a Córdoba, "yo fuí durante toda la travesía el que entretenía a todos los jesuitas españoles que iban en la tropa de carretas, a la par de otro jesuita de le Provincia de Austria que tenía sus cómicas ocurrencias y sabía amenizar el viaje. Se llamaba Martín, que éste ere su nombre, y era hombre que agradaba por su modo de hablar y era divertido en sus ideas. Sus agudezas eran capaces de hacer reír a cualquiera (18).

Bajo el magisterio del Padre Antonio Miranda, cursó Dobrizhoffer el cuarto año de Teología y, en 1750, hizo la Tercera Probación o segundo noviciado, y a mediados de ese año, se le ofreció la coyuntura de pasar a las misiones de Mocobíes, junto con su amigo, el padre Baucke.

Estuvo cuatro años entre los Mocobíes de Santa Fe, entre 1750 a 1754, pero cuando aun Baucke no había llegado a dar a la Reducción de esos indígenas, el impulso, seguridad y prosperidad que ella después adquirió. Aún en aquel estado, aquella labor de los jesuitas en las proximidades de la ciudad de Santa Fe, había sido sumamente benéfica a los moradores de esa ciudad, como lo recordaba el mismo Dobrizhoffer, pues nos dice que "hallándome parado junto la puerta de nuestra iglesia, paróse junto a mí un noble caballero español y medio llorando de pura emoción, me dijo: ¡Oh Padre! ¡cómo estaban nuestras cosas, pocos años hace! Por ley se nos había prohibido venir e este Iglesia, si no era armado. Ni a la calle podíamos salir sin peligro de le vida" (19).

Este cambio era el resultado benéfico que habían producido las reducciones de indios mocobíes que constituían una barrera infranqueable entre Santa Fe y el Chaco, entre los moradores de la ciudad santafecina y los abipones, tobas y mocobíes.

Fue en circunstancias nada favorables que llegó Dobrizhoffer a esta reducción de la Concepción, que estaba en lo que es ahora Provincia de Santiago del Estero, al sur del río Saladillo y en el punto donde desemboca en éste el Río Salado, teniendo al norte la localidad de Salavina, y al sur la de Sumampa, y cuyo párroco era entonces el Padre José Sánchez Labrador. Acababan los abipones y los tobas de asaltarla y se habían llevado cuanto hallaron a mano. Con ellos habían hecho causa común no pocos mocobíes, y el pánico más horroroso se había apoderado de todos los indios reducidos, particularmente de los de San Javier, cuyo pueblo acababa de ser asaltado. "Llegué al pueblo, y al momento me rodearon los indios alzados. El P. José Sánchez salió a mi encuentro y se hechó en mis brazos. Presentaba un aspecto lastimero; estaba todo desgreñando y tenía la sotana toda despedazada, de suerte que su vista me infundió terror, y después me produjo tristeza y conmiseración. Su sotana o mantón era una especie de bolsa, despedazada y rota, y sin color alguno definido; le barba más negra que le pez, tupida y desgreñada. En sus ojos mismos aparecía cuánto había tenido que sufrir. "Más tolerable sería mi vida en Algería, entre los moros que entre los estos bárbaros que te rodean", exclamó, no bien me saludó, y con gemidos de esta índole dióme el misionero la bienvenida" (20).

Así inició Dobrizhoffer su actuación entre los indígenas, y cuatro años más tarde, el 14 de abril de 1754, hizo en la Iglesia del Colegio de Santa Fe, la que subsiste junto al actual Colegio de la Inmaculada, la profesión solemne, siendo rector de aquel Instituto el Padre Miguel de Cea.

Es ciertamente imponderable la benemérita, sacrificada y heroica labor que en este pueblo, y que por espacio de tantos años desplegó el buen P. Sánchez Labrador. Cómo debieron de revivir en su fantasía los recuerdos chaqueños, cuando anciano ya, perdió del todo la vista y en la lejana Rávena esperaba la muerte que tantas veces le había conminado en la Concepción, pero que no llegó a sus puertas hasta el año 1805. Fue el último sobreviviente de entre los misioneros chaqueños (21).

No llegó Dobrizhoffer a dominar a los Abipones de La Concepción, pero llegó a dominar el idioma, lo que no era poco, y tal vez para que lo perfeccionara al lado de un gran maestro, destináronle los superiores a la reducción de San Jerónimo, ubicada en el mismo solar que ocupa ahora la ciudad de Reconquista, sobre la orilla septentrional del Arroyo del Rey, y que poco después se trasladó al sur del mismo. Fue el Padre Cardiel su fundador, pero le había sucedido en el gobierno de ese pueblo el Padre José Brigniel, natural de Kagenfurt en Harsten, de padre francés y de madre griega. Cuando llegó a ese pueblo Dobrizhoffer, se entendió perfectamente con su ilustre compatriota. "Dos años estuve con él en el pueblo de San Jerónimo, y fue él mi maestro en el estudio de la lengua abipona. Perecía estar hecho, y como nacido; para tratar con los Abipones. Cuál fue su habilidad para investigar la índole de la lengua abipona, y cuál su diligencia en componer el completísimo vocabulario, la gramática, el catecismo y los sermones, y cuánto trabajó en todo esto, ya lo he dicho en otra parte. Ahora paso a reseñar cuánto deben a Brigniel, las ciudades del Paraguay" (22).

José Brigniel era de pequeña estatura "corporis sane perquam pusilli", pero de gran corazón para las empresas más arriesgadas y para las ocasiones más peligrosas. Dobrizhoffer con ser de espíritu tan intrépido, tan audaz y tan animoso, llegó a veces a desfallecer, a temer y a angustiarse. No así Brigniel: ni aquel otro misionero por nombre José Klein, tan pequeño en lo físico o más, que el mismo Brigniel. Donde el gran Dobrizhoffer temblaba, Klein y Brigniel se superaban a sí mismos en valor e intrepidez. Klein opinaba que sus queridos Abipones eran "la quintaesencia de la malevolencia" y Brigniel los solía llamar "tropa escogida de energúmenos" (23).

"No había libros ni otros subsidios análogos, cuando Brigniel, comenzó a tratar con los Abipones, pero él, a fuerza de trabajar, llenó este vacío, gracias a su diligencia. Al oír a los indios una palabra nueva, o una nueva frase, al hablar con ellos, al momento lo anotaba diligentemente en su cuaderno, recogiendo con avidez como recogen las aves los granos de trigo, que caen al sembrador. Así compuso Brigniel su diccionario, y así fue cómo, en el curso del tiempo, fue aumentando el volumen hasta abarcar ciento cincuenta pliegos. Después sus compañeros de S. Jerónimo limaron ese diccionario de Brigniel, y fueron aumentándolo, día tras día, hasta enriquecerlo grandemente".

"Fue ciertamente nuestro Brigniel el primero que mostró el camino que se había de seguir, en medio de tanta y tan negra obscuridad, a cuantos querían aprender el idioma de los indios: "él fue el capitán que marchó a la cabeza de todos, y para decirlo en una palabra, él fue quien levantó un faro luminoso en medio de la calígine de tantas palabras, frases y leyes gramaticales, y este solo título le debe bastar a Brigniel para que su memoria pese a le posteridad. Durante dos años fue él mi compañero y mi maestro, y con un tal, maestro estudié el idioma abipón y compuse también un vocabulario..." (24)

Todo esto es de Dobrizhoffer; y su testimonio es tan espontáneo e ingenuo, como elocuente y verídico. Durante dos años estuvo con Brigniel en el pueblo de San Jerónimo, y allí aprendió el abipón y el medio de doblegar a los belicosos indios abipones.

Fue Klein, el cura de San Fernando quien, en julio de 1763, al escribir desde San Fernando al visitador P. Nicolás Contucci le pedía "un compañero que aprenda el idioma abipón: del P. Quesada, no hay esperanza que la sepa mi en 20 años; ni leer siquiera el rezo o la doctrina...". Y agregaba: "si es posible le trueque el P. Martín Dobrizhoffer por él", pues tal cambio "fuera una gran cosa" (25).

Destinado a la reducción de San Fernando, ubicada donde en la actualidad se halla la ciudad de Resistencia, capital de la provincia del Chaco, subió Dobrizhoffer desde lo que es ahora Reconquista, por río a su nuevo destino. También se encontró allí con otro alemán de la pasta de Brigniel, el ya mencionado José Klein.

"Lo que trabajó y sufrió durante unos veinte años, asevera Dobrizhoffer acerca de Klein, es cosa más fácil de ser imaginada que de ser escrita. Pudo vencer todos los peligros y miserias, despreciando los primeros con gran valentía y sufriendo las postreras con indecible paciencia. Gracias a los subsidios, que anualmente recibía de los indios de las Reducciones Guaraníticas, pudo establecer una magnífica estancia sobre la costa opuesta del Paraná. Con los productos de la misma se alimentaba y vestía toda la población" (26).

Esto escribe Dobrizhoffer, que fue misionero de San Fernando durante tres años. Le habían precedido varios otros compañeros del infatigable Padre Klein, y recuerda el mismo

Dobrizhoffer a los Padres Gregorio Mesquida, Juan Quesada y Domingo Perfeti. Bravísima fue para estos y otros misioneros la vida en San Fernando, y Dobrizhoffer nos dice que sus primeras y postreras impresiones no fueron buenas, pues "pude advertir, desde el primer momento, que el pueblo estaba rodeado de esteros y lagunas, y rodeado de bosques demasiados cercanos; el aire era ardiente de día, y de noche; la case del misionero era tal que no tenía ventana alguna, aunque sí dos puertas y con un techo de palmas, tan mal hecho, que llovía adentro igualmente que afuera. El agua potable se sacaba de una zanja vecina donde todos los animales bebían y a donde iban a parar no pocas basuras del pueblo. Siendo todo esto así, pensé yo, no es de extrañar que la salud de mis predecesores se haya arruinado tan infelizmente".

"Por espacio de tres años pude aguantar este estado do cosas, pero después se me hizo intolerable. Mi mal comenzó por no poder dormir, a causa de los mosquitos. Me levantaba de noche, al no poder dormir por razón de ellos y pare libertarme de los mismos, me ponía a caminar de un extremo a otro del patio. Así no dormía, y tampoco podía comer. Me puse tan delgado y pálido que parecía un esqueleto, revestido de piel. Se opinaba que no viviría yo sino dos o tres meses más, pero el Provincial me salvó la vida, enviándome a las Reducciones Guaraníticas".

"Sentí en el alma tener que dejar a mis Abipones, por quienes sentía grande simpatía, y cuyo idioma había llegado a conocer bien" (27).

Después de tres años de vida tan destemplada, Dobrizhoffer debió ser trasladado a una de las tranquilas y encantadoras reducciones de Guaraníes, Santa María la Mayor, en la costa del Uruguay, en lo que es ahora la Provincia de Misiones, y en cuatro meses que allí permaneció, recobró sus perdidas fuerzas. Una vez restablecido, se le destinó a la nueva reducción de Itatines, llamada San Joaquín de Tarumá, al norte de la Asunción, donde actuó durante seis años.

La reducción de San Joaquín de Tarumá se fundó en 1737, con indios Itatines y Tobas y, aunque distante como cuarenta leguas al norte de los pueblos de Guaraníes, era un oasis, en comparación con los turbulentos pueblos de Abipones.

Pretendió el jesuita alemán fundar otra reducción análoga, pero fracasó en sus intentos, como lo indican estas expresiones del Padre Domingo Muriel: "Teniéndose noticia en el Pueblo de S. Joaquín del Tarumá, que entre los Ríos Munday y Acaray andaba una parcialidad de Indios Monteses, fue el P. Martín Dobrizhoffer enviado a examinar la disposición, en que estaban en orden de reducirse. Entran los dos ríos nombrados en el Paraná, aguas arriba, de las Misiones hacia el Brasil, por la parte del Norte, de donde, al fin del siglo pasado, bajaron los que al presente componen el Pueblo del Jesús. Sería más fácil buscarlos, y encontrarlos por el Paraná, si vivieran de asiento cerca de sus orillas pero estando retirados, tierra adentro, hacia el Tarumá, fue conveniente que la Misión se hiciese desde el pueblo de San Joaquín, que por aquella parte es el más cercano, y donde se hallaba el P. Martín por compañero del Cura. Sobrevinieron lluvias continuadas, y aunque algunos días prosiguió en el empeño de vencer el embarazo, al fin se vió obligado a retroceder. Cinco días caminó empapado en agua: todo era llover, y tronar. Los indios, cuando van por aquellas partes, a sus yerbales o estancias, atraviesan sobre los arroyos árboles, y sobreponiendo céspedes y fagina, forman puentes; todos se hallaron deshechos, los caminos cerrados, las cañadas y bajios cubiertos de agua, los pantanos intransitables. Esforzábase por avanzar, ya sin camisa, ya descalzo de pie y pierna, por no permitir la lluvia secar la ropa. Los cueros humedecidos y blandos eran inútiles para armar pelota [con que pasar los ríos]. Viéndose después de los mayores esfuerzos a la mitad del camino, y considerando imposible llegar al término, resolvió que no era tiempo, y se dejó la empresa para mejor ocasión. Esto fue por abril de 1760" (28)

En 1763, cuando ya existían las reducciones abiponas de Concepción, San Jerónimo y San Fernando, se fundó una cuarta mucho más al norte, sobre el río Paraguay y en lo que es ahora la Provincia de Formosa. Fue sin duda una imprudencia fundarla en un punto tan alejado de toda ayuda y protección, y enviar para esa fundación a un hombre solo. Aunque fuera alemán, y aunque se llamara Martín Dobrizhoffer.

Una parcialidad de Abipones, cansados de sus guerras contra los españoles, y contra los guaraníes de las Reducciones, enviaron a tres delegados para pedir al Gobernador de la Asunción el que les formara pueblo y diera misioneros. José Martínez Fontes, que era Gobernador a la sazón, acogió el plan con entusiasmo y sobre todo el comandante Fulgencio Yegros aplaudió y apoyó la idea (29).

Se dejó a los indios escoger el lugar para fundar el pueblo y eligieron una llanura que está a treinta leguas al sur de la Asunción y a cuatro leguas de la costa occidental del Río Paraguay. El sitio estaba rodeado de bosques, ríos y esteros, y era excelente a juicio de los indios, pues no podían llegar hasta allí los españoles, de quienes siempre desconfiaban. Los indios guaraníes llamaban Timbó a esa localidad, por un árbol que allí abundaba. Otros la llamaban la Herradura porque hay allí una curva en la costa, con una isla adjunta, cuyo aspecto se parecía al de una herradura. Además, había a la vista del pueblo, dos ríos que corrían a su lado y se unían allí mismo en un solo río, o lago, que desembocaba en el Río Paraguay. Ambos ríos, eran de agua salada.

Tales son los pormenores descriptivos que nos ofrece Dobrizhoffer sobre la ubicación de la nueva Reducción. Según él, distaba 70 leguas de la Asunción, mientras que Jolís asevera que estaba a 45 leguas. El Padre José Cardiel, en su mapa de 1760, ubica la Reducción frente al Río Tebicuary en los 27 grados aproximadamente, mientras que el mismo Cardiel, en su mapa de 1772, la consigna a los 26º 6’. Camaño, siempre escrupuloso en sus asertos, señala los 26º 25’, o sea, a una distancia de 30 leguas de la Asunción.

Como puede comprobarse por todos los documentos cartográficos aducidos, estuvo situada la Reducción al norte de la desembocadura del Tebicuary, y como a tres leguas de la misma, aunque en la ribera opuesta.

Los datos consignados más arriba, y el dibujo que nos ofrece Dobrizhoffer ponen fuera de toda duda, que estuvo la Reducción en un punto medio entre la ciudad de Formosa y Puerto Bermejo, al sur del Arroyo Salado, que Dobrizhoffer llama Saladillo y a una distancia de dos leguas desde la costa del Paraguay. En los mapas modernos no aparece población alguna en la región ocupada otrora por la Reducción de San Carlos, o del Timbó, o del Rosario, que con todos tres apelativos fue conocida.

Allí se asentó Dobrizhoffer, en aquella soledad, rodeado de salvajes y de fieras, "confiando tan solo en la protección de Dios", y con algunos presos paraguayos que le habían acompañado desde la Asunción, obligados a ayudar en la construcción de la iglesia y casas.

Difíciles fueron los primeros meses que pasó Dobrizhoffer en el Timbó. El mismo, en tres cartas que dirigió al P. Antonio Miranda, Rector del Colegio de la Asunción, puso por escrito sus penas y trabajos, sus cuitas y dificultades sin cuento.

En estilo directo, con cláusulas cortantes, con una nerviosidad manifiesta, y en un lenguaje fuerte y enérgico, escribía así a 12 de octubre de 1764, cuando todavía no hacia un año que se hallaba en el Timbó:

"El 6 del corriente a la noche arribó aquí el P. Provincial [Pedro Juan Andreu] con el Hermano Miguel [Martínez] y don Fulgencio [de Yegros, Teniente General y Capitán de Guerra], quedando en el barco el P. Secretario [Lorenzo Balda], a quien ni he visto: al día siguiente, luego después de misa quiso marchar de aquí su Reverencia; pero, por el mal tiempo, hubo de esperar hasta después de medio día. Su Reverencia, viendo la pobreza de esta reducción en un todo, y considerando la mala traza de mis bárbaros feligreses, se ha compadecido de mí con ternura de un padre, pero sin fuerzas para remediar. Todo el consuelo se reducía a las palabras, y yo quedo con más aflicción, mejor dirá, con más desesperación que antes. Dio para el pueblo un saquito con cuñas, unos papeles de agujas, y lacillos de estaño, 30 tijerillas, algunos mazos de cuentas y dos docenas de cuchillos. Aunque su Reverencia, de estas mismas cosas, como cuñas, cuchillos, avalorios, agujas ha repartido a los Abipones, lo que me ha quedado vale más que todo cuanto me ha dado el Paraguay y hasta la hora presente.

"Su Reverencia no me ha hecho cargo alguno, ni dejó disposición alguna. Sólo tachó mi prolijidad en escribir a V. R. avisándole de peligros que amenazan; aseguro que si sus Reverencias se hubiesen hallado en las circunstancias, en que me he hallado por diez meses, en lugar de pensar que yo pinto al león más bravo de lo que es, se admirarían de mi valor, que he tenido, manteniéndome meses enteros, en este puesto, rodeado de cercanas tolderías enemigas, y sin gente de arma..." (30).

Este fragmento de la prolija carta pone de relieve la dura situación del benemérito misionero y los múltiples sobresaltos y sacrificios de toda índole que eran su cotidiano pan, ya que en los nueve meses que llevaba ya en esa localidad, era bien poco lo que había podido hacer en lo material, y menos en lo espiritual de esa reducción. Recién en octubre de 1764, y gracias a la ayuda que le ofrecían los soldados que habían venido con Yegros, desde la Asunción, pudo comenzar la ranchería.

Aunque no lo dice Dobrizhoffer, se colige de su misiva que el Provincial quedó admirado de los empeños con que trabajaba el misionero alemán, y nada tuvo que observar sino su excesiva correspondencia, pero era el único desahogo que tenía en aquella abrumadora soledad.

Cuatro meses más tarde, a 6 de enero de 1765 escribía nuevamente al P. Miranda, y a los pocos días, o sea el 14 de enero de aquel mismo año, escribió el afligido misionero una tercera carta, de la que sólo tomamos algunas líneas:

"...Apenas partieron de aquí los Españoles con Don Salvador, el día 12 de noche, los Tobas han arreado toda la caballada, que se hallaba alrededor del pueblo; llevaron también mi mula, que por 5 años ha sido mis pies y mis manos.

"Coyuntura más favorable de dar un golpe fatal a estos implacables enemigos no hallará el Paraguay; pues, mis indios quieren todos guiar y acompañar a la soldadezca española; el rastro aparente los lleva a la toldería en donde hay muchos cautivos paraguayos y guaraníes. El camino es bueno ahora, y será como de 4 jornadas. Esta noche esperamos otro asalto.

"Aquí hay peste de tercianas y de viruelas. EL pueblo nuevo de Mocobíes, en las cercanías de San Jerónimo, se empezó con el año nuevo; todos los Mocobíes de adentro irán agregándose a ella. Se llama San Pedro.

"El P. Klein me dice que su Reverencia el P. Provincial se hubo de ahogar en las cercanías de San Jerónimo; pues, en medio Paraná los tomó una tormenta deshecha, y en el barco hubo mucha avería.

"Los Comuneros Correntinos tienen en estrecha prisión a su general y sólo dos sacerdotes, quienes son cabeza de ellos, pueden hablarle." (31).

Esfuerzos heroicos debió de hacer el buen misionero para alimentar a sus feligreses, para tenerlos tranquilos y para ir ganándoles la voluntad. Se consiguió casi desde los principios que algunos indios se dedicaran a la agricultura, sembrando y cosechando toda clase de productos. "Encontré, dice Dobrizhoffer, que el sitio era optísimo para el cultivo del tabaco, pero nunca hallé una oportunidad para sembrar algodón". Las frutas, eran abundantes, como era abundante en algunos días la pesca en los ríos cercanos.

En éste, como en los otros pueblos, fueron frecuentes las invasiones de Tobas y Mocobíes, causadas en parte por el mismo Gobernador Martínez, quien envió contra ellos una expedición de doscientos hombres, que sólo sirvió para excitarlos a lo venganza. Desgraciadamente los indios de Timbó eran enemigos antiguos de Ichoalay, quien los habían castigado en otros tiempos a causa de sus incursiones y matanzas de españoles. Ichoalay había sido siempre uno de los mejores amigos de Dobrizhoffer y éste sentía simpatía por aquel gran cacique. Los encuentros fueron numerosos, favoreciendo la suerte de las armas a Ichoalay. También los Tobas, Mocobíes y Guaraníes lograron molestar a la Reducción con sus asaltos, robos y mortandades.

En una oportunidad en que estaba Dobrizhoffer casi solo ni el pueblo, se presentaron numerosos Tobas con su cacique Keebetavalkin. Evidentemente era su propósito el robar y matar. Dobrizhoffer conservó su sangre fría y les habló amistosamente y los invitó a almorzar. Al efecto mandó matar una vaca. Comieron a su gusto, pero no se retiraron aquella mañana, antes pasaron la noche en el pueblo no sin alarma y miedo de parte del misionero. Al día siguiente, dijo éste la misa sin tocar al efecto la campana, para no alborotar a los bárbaros. Se les oía cuchichear y decir frases diversas. Dobrizhoffer siguió la misa como si nada pasara, pero dispuesto a morir de un momento a otro.

Este hecho nos conmueve, y suponemos lo que debió significar para el buen misionero, que en esta ocasión dio pruebas de un coraje superior a toda ponderación.

La vuelta de unos diez Abipones a la reducción, trayendo doscientos caballos robados en la estancia de Ichoalay, bastó para que se marcharan del pueblo esos peligrosos visitantes. Su cacique Keebetavalkin quedó, y fue para su bien. Una peste que diezmó al pueblo le atacó también a él, y antes de morir, recibió el bautismo.

Desde el 14 de mayo de 1765 hasta el mes de noviembre esa peste hizo estragos en la población y puso a prueba la fortaleza del buen Dobrizhoffer. El desbande fue general. No pocos cruzaron el Paraguay y se acogieron a los bosques. Fuéle menester al celoso misionero recorrer los alrededores del pueblo, hasta a distancia de muchas leguas, para atender a los enfermos y administrarles los sacramentos. Durante siete meses el ir y venir de Dobrizhoffer fue continuo. Como los secuaces del cacique Oachari habían traspasado el Paraguay, veíase también el misionero obligando a hacer otro tanto casi diariamente.

Cuando el Gobernador Martínez Fontes sufrió un ataque de apoplejía, nombró a Fulgencio Yegros su substituto en el gobierno. "Era un hombre analfabeto, nos dice Dobrizhoffer, pero bravo e inteligente". Una de sus grandes obras fue la expedición, que hizo contra los Tobas. Con cuatrocientos soldados de a caballo pasó a la Reducción del Timbó, donde se le juntaron los Abipones de la misma. La empresa duró catorce días y la derrota causada a los terribles Tobas fue enorme, aunque no tan grande como se había esperado y deseado.

Mientras los abipones participaban en esta expedición, todo el cuidado y conservación de la reducción recayó sobre el misionero, quien pasó graves peligros (32).

La temida invasión de represalia no se hizo esperar. Seiscientos salvajes Tobas, Mocobíes y Lenguas se dispusieron a caer sobre la Reducción. En ésta, sólo había doce hombres de armas y la chusma de mujeres y niños. A las cuatro de la madrugada, cayeron los seiscientos bárbaros sobre la indefensa Reducción. Unos se llevaron sesenta bueyes de arar, que el P. Dobrizhoffer había ubicado cerca de su morada. Otros penetraron resueltamente en las casas de los indios y se apoderaron de sus pocos bienes. Otros finalmente rodearon la casa del misionero y comenzaron a disparar flechas contra la misma. Los pocos soldados que había, sólo pensaron en ponerse a salvo.

"Yo mismo, escribe Dobrizhoffer, también tuve mi mal momento, momento de terror, pero reaccioné, y ví que ere menester ir a lo heroico. Tomé un fusil, y lo apunté hacia los invasores y, en esa actitud, me fuí acercando hacia ellos. Cuando así me hallaba y a punto de tirar, mientras caían las flechas e mi lado, una de ellas se incrustó en mi espalda, del lado derecho, privándome del uso de le mano derecha. Tomé entonces el fusil con la izquierda, para evitar que cayera al suelo, y retrocedí a mi habitación. El capitán de los cuatro soldados españoles, que allí se hallaba, hizo girar la flecha, como hacen los chocolateros, y así extrajo aquella flecha que tenía cinco cortes laterales. Salí al rato con mi brazo derecho cubierto de sangre, pero los bárbaros se habían marchado de aquel punto. Fuime entonces a un punto alto del pueblo, cerca del cual se habían congregado, en la seguridad de que todos huirían al oír el primer tiro. Porque así es: un hombre con un arma de fuego puede resistir a seiscientos bárbaros. Tal es el terror que tienen ellos e esas armas. Hice un disparo y ésto los amedrentó, aunque sólo fue, después de algunas horas, que emprendieron le retirada. Desgraciadamente se llevaron las caballadas de los abipones" (33).

Al regresar después los Abipones al pueblo, que habían ido contra el enemigo por otros caminos, celebraron con júbilo la salvación del mismo, aunque sintieron la pérdida de los caballos. "Yo, dice Dobrizhoffer, atendí a los heridos y después procuré curar mi pobre brazo. Como eses fleches llevan veneno, temblaba mi brazo y se cubría de sudor. Al acostarme, en vano daba con una postura que me permitiera reconciliar el sueño. Después de cinco meses recobré totalmente el uso de mi brazo, pero, aún hoy día, llevo la cicatriz de aquella herida, que me recuerda el desprecio que sentí entonces por la muerte, y el cariño con que defendí mi Reducción. Será siempre para mí un recuerdo de mi querido Paraguay" (34).

Después de este desgraciado suceso ordenó el Gobernador Yegros, que diez soldados pasaran a la Reducción y la custodiaran, a una con los Abipones pobladores. Así lo hicieron, pero fue una lucha constante la que se debió hacer para impedir los saqueos y matanzas de los Tobas. Desgraciadamente no era posible instruir y educar a quienes estaban de continuo a caballo y sólo pensaban en expediciones, para vengar injurias e infligir otras que habrían de ser vengadas por los enemigos en guerras posteriores (35).

La mayor parte de los niños, niñas y mujeres eran constantes en reunirse cada tarde para las clases de religión, pero los hombres y los jóvenes seguían en sus borracheras y supersticiones. Estos no eran catecúmenos, sino energúmenos, como solía decir Dobrizhoffer.

A los dos años de fundada esta Reducción del Timbó, manifestó su fundador el estado de su quebrantada salud. La gota le afligía grandemente y el brazo estaba aún tan dolorido por la herida recibida que creyeron los Superiores conveniente reemplazar al misionero. Al efecto fueron elegidos los PP. José Brigniel y Jerónimo Rejón.

Ambos misioneros llegaron a Timbó y pronto comprobaron cuán terribles eran las hostilidades de los Mocobíes y Tobas. Tuvieron, sin embargo, el consuelo de que el cacique Oachari, gravemente enfermo por la mordedura de una serpiente, recibiera voluntariamente el Bautismo y terminara santamente su corta, pero heroica vida de soldado y de caudillo.

También estuvieron los dos misioneros del Timbó otros muchos consuelos, pero las dificultades eran enormes. Bien lo indica el P. Rejón en una carta al P. Manuel Arnal:

"Convalecido ya y tan seno como si no hubiese estado enfermo, he venido a esta infeliz soledad del Timbó, reducción aceptada sin sínodo, sin ornamento ni campana, ni estancia; V. R. contemple cual estaré con mi genio: busco qué hacer y no hallo, y poco remedio para llevarla adelante. No obstante, no caigo de ánimo y ando diligenciando con esta ciudad [de La Asunción] lo que puedo; porque, aunque vine informado de que son perversos los indios, no sé si consistía en ellos o en los Padres que con ellos no se avenían. Al presente están ten sujetos, que asisten a le iglesia; saben la doctrina; nos han entregado sus hijos, para que los enseñemos a nuestro gusto; no nos son molestos, sino para pedirnos el bautismo, y casarse por la iglesia, a lo que no nos atrevemos hasta asegurar con qué mantenernos. El P. Brigniel, admirado, dice que nunca trató mejor gente.

"Los he impuesto en las chácaras, buscando semillas y bueyes, y de mi parte no omitiré trabajo.

"Estimaré que V. R. encamine, a la primera ocasión que se ofrezca, esas cartas, y perdone las molestias.

"Dios guarde e V. R.; en cuyos sacrificios me encomiendo.

"Nuestra Señora del Rosario del Timbó y setiembre 4 de 1766" (36).

Como se colige de esta carta, hubo alguna causa muy especial que impidió el que Dobrizhoffer se entendiera con los Abipones del Timbó. Lo cierto es que todo cambió o pareció cambiar, con el nuevo misionero y la Reducción se encarriló rápidamente, y comenzó a progresar día a día, gracias al singular arte que para tratar con bárbaros, tenía el mencionado Padre Brigniel. Del P. Rejón, todo hace suponer que fue un excelente auxiliar del P. Brigniel. Pese a todo, no faltaron obstáculos, y a ello agregábase la continua Eozobra y temor de próximas invasiones, por parte de los indios enemigos, sobre todo de parte de los Mocobíes y Tobas, a quienes nadie podía llegar a dominar. Finalmente hay que agregar el mal ejemplo que a los pobladores de los pueblos Abipones daban los españoles con su vida desarreglada y aún escandalosa. "Los indios más salvajes, aseveraba Dobrizhoffer, podían ser, en contraste con ellos unos modelos de virtud, de urbanidad y de castidad".

"No obstante todo esto, agrega el mismo historiador, los cuatro pueblos de S. Jerónimo, Concepción, San Fernando y el Rosario o Timbó eran otras tantas escuelas de cultura y de religión. A pesar de innumerables obstáculos, pudimos acabar con la superstición y la barbarie, y llegamos e suavizar sus costumbres. Antes, como salvajes bestias, habían vivido en las selvas, de los productos de las mismas. Ahora, se consagraron e la agricultura y a las obras manuales. Eran en verdad infatigables en el uso del arado y en la construcción de casas para su morada.

En algunos pueblos como en S. Jerónimo, casi todos sus pobladores estaban bautizados. Ichabaké, después de une vida criminal, pasó los últimos años de su vida en forme edificante y murió santamente. Hasta prohibió que, después de su deceso, se matare sus caballos, según les viejas supersticiones. Las borracheras se hicieron menos frecuentes y el divorcio y la poligamia desaparecieron. Las mismas madres llegaron a reprobar como criminal la matanza de los hijos nonatos. Estos, y otros hechos, comprueban cuanto bien hicieron estos pueblos a los indios de los mismos. En 1767 los cuatro pueblos de Abipones albergaban en su seno ochocientos ya bautizados.

No fueron menos provechosos a los españoles. Se poblaron las estancias abandonadas, había seguridad y tranquilidad en las ciudades, se podía recorrer los caminos que unían las unas a las otras, sin sobresaltos ni miedos (37).

No fue poco lo que Brigniel, Rejón y Navalón, sucesor éste de Jerónimo Rejón, llegaron a realizar en el Timbó, pero expulsados ellos en 1768, esa reducción sin raíces firmes, se deshizo, y los neófitos volvieron a los bosques, y en expresión muy gráfica y muy exacta de Dobrizhoffer "volvieron a destrozar las cervices de los españoles".

No fue una, sino varias, y tal vez muchas, las causas que obstaculizaron la conversión de los Abipones, debiendo ponerse en primer término la errada política de los gobernantes españoles que, lejos de averiguar quienes habían cometido un crimen, salían con tropas a castigar a los primeros con quienes tropezaban, fueran o no culpables, y muchas veces entraban a fuego y sangre en los habitats o poblaciones indígenas por crímenes cometidos por quienes se hallaban a centenares de leguas distantes de ese sitio.

Esta frecuente y flagrante injusticia es la que llegó a sembrar un odio profundo contra los hombres blancos, y lógicamente se extendía hasta los misioneros, sin que la caridad, generosidad y espíritu de sacrificio de éstos pudieran contrapesar los resultados de la errada política de los colonizadores.

En otro orden como el religioso, la conducta nada cristiana de muchos españoles y criollos, sólo nominalmente cristianos, contribuía al desprecio que sentían y mostraban los Abipones a todo lo espiritual y religioso, pues veían una grande, cuando no total divergencia entre la doctrina y la práctica religiosa en muchos de ellos, por más que los misioneros, como Klein, Brigniel, Cardiel, Navalón, Rejón, Dobrizhoffer, eran hombres ejemplares.

No diremos que las reducciones de Abipones fueron un fracaso, pero todavía en 1768, al ser expulsados los jesuitas, no habían llegado a tomar consistencia, y a ser los deseados núcleos de civilización contra la barbarie chaqueña. Existe una carta del Padre Klein, escrita al Visitador, Padre Nicolás Contucci, a 10 de octubre de 1763, que consigna lo que acabamos de manifestar, y que vale la pena se conozca en su parte pertinente:

"Respondo e lo que V. R. me pregunta acerca de los progresos o atrasos de este Pueblo de San Fernando de indios Abipones y digo: Primeramente, que mirando el tiempo de 13 años y tres meses, que hace que se fundó dicho pueblo, es cierto, que no corresponde el fruto a los trabajos, gastos, celo y fervor, con que incesantemente me he solicitado su conversión: pues, fuera de las criaturas, apenes se han bautizado 15 de los adultos, y de éstos sólo 5 viven cristianamente; los demás casi todos volvieron a su modo de vivir antiguo, excepto tal cual que se logró "in artículo mortis".

"Por lo segundo, mientras Dios, Nuestro Señor, no fuere servido de alumbrarlos con sus poderosas luces, no hay hasta ahora esperanzas de que se logren aún los chiquitos bautizados, y que se críen con nosotros, porque luego que se animan a ejercer algún oficio de humildad, ya son tenidos por cobardes y esclavos viles del Padre, y tratados de los suyos con grande menosprecio, lo cual sienten en el alma, y son muy pocos y contados los que aguanten le befa, de donde nace, que el progreso en lo espiritual es muy corto, y sólo se ha separado en los grandes, que, cuando les llega le hora de la muerte, entonces empiezan e tener algún temor de Dios, aunque no todos, y entonces se han logrado algunos.

"Y en los chiquitos bautizados ya se ve une gran confianza en los PP. y no quieren ser ya curados en sus enfermedades de sus chupadores, sino por nosotros, aun contra la voluntad de sus padres; y esto es lo poco que en lo espiritual se ha conseguido de tantos años de fundación.

"Pero mirando a lo temporal, es grande el provecho, que ha sacado pare sí de la fundación de este pueblo la jurisdicción de Corrientes, la cual, antes reducida a un breve recinto de 2 a 3 leguas, ahora se halla extendida a más de 50 y se ha llenado de gente y poblaciones, que ya les faltan tierras, en donde poblar, por pasar ya la raya de su jurisdicción; porque, desde que se fundó este pueblo, Corrientes ha gozado de una paz octaviana, de modo, que no solamente no han hecho estos indios el más mínimo daño en esta jurisdicción, sino también han impedido el que lo hiciesen otros indios del Chaco, y aún han pasado e permitirles el corte de muchas y muy buenas maderas en sus tierras, con las que no pocos de los correntinos han remediado su extremada pobreza.

"Estos y otros beneficios han recibido los Correntinos por medio de la fundación de este pueblo, pero es de llorar con lágrimas de sangre, que cuando en agradecimiento de tanto bien habían de ayudar a los Padres en la conversión de estos indios, no sólo no les ayudan, antes bien al contrario con sus pestilentes doctrinas y malos ejemplos, destruyen todo lo que nosotros, día y noche, trabajamos".

"Y ahora cuando hacen, alguna de las suyas, no sólo no los reprenden, sino antes bien vienen a comprar todos los hurtos y robos, que traen de los vivos y muertos, sin hacer caso de mi protesta, ni amenaza, ni de descomunión repetidas veces echada sobre éstos, así por los señores obispos, como por la sede vacante, ni del precio excesivo, que los indios los piden por sus hurtos, y sobre todo ahora traen licencia por escrito para poder hacer estos trucos, y aún generosos, del mismo Justicia mayor, don Diego Fernandez, quien ahora es Rey de Corrientes, estando haciendo burla de todo cuanto lo digo, de modo que aún los mismos indios me dicen: "No será mucha verdad lo que tú nos enseñas, pues los mismos españoles tus hermanos no hacen caso de tu doctrina; pues hurten, etc."

"De lo dicho podrá V. R. juzgar, como estamos y qué esperanzas podremos tener de hacer algún fruto, mientras la Divina Majestad no lo remedie, o por sí mismo o por medio de algún hombre, a quien su Infinita Bondad escogiera para este fin. V. R. nos encomiende muy de veras a Dios para que nos dé luz y acierto necesario, con que poder reducir a su rebaño estas ovejas perdidas" (38).

A fines del año 1765, como queda dicho, o a principios del siguiente, volvió Dobrizhoffer a la reducción de indios Itatines, denominada de San Joaquín, donde había estado años antes, y asumió el gobierno de la misma, en reemplazo del Padre Fleishauer, que había sido trasladado a la de Santa Rosa. La reducción de San Joaquín, rodeada de campiñas y bosques, y ocupada por pacíficos indígenas, todos ellos cristianos e iniciados en la civilización, era un digno premio y una merecida recompensa, después de tantos trabajos y sinsabores, sufridos en la inculta y rebelde Timbó.

Su vida en San Joaquín fue tranquila y pacífica, y puede sintetizarse en las pocas, pero significativas palabras que estampó en su Historia de Abiponibus refiriéndose a esta época de su existencia en América: "Entre éstos neófitos Itatinguas del pueblo de San Joaquín pasé primero seis años y después otros dos (1765-1767) no sin placer y contentamiento de mi parte" (39).

Aunque de ordinario no salía del pueblo de San Joaquín, sabemos que en una oportunidad se lanzó a explorar lejanas e ignotas tierras en la región del Tarumá y Mbaeverá, haciendo al efecto, y en compañía de un grupo de valientes neófitos una expedición de cuarenta leguas. En su amenísimo libro no sólo relató con abundancia de detalles la áspera jornada, sino que dejó además un mapa con las rutas seguidas a través de bosques y esteros.

Lo cierto es que San Joaquín fue un paraíso para Dobrizhoffer, después de su infierno entre los Abipones, y sabemos que llegó a contar con tiempo y humor para hacer flores artificiales. Del estado próspero de la reducción de San Joaquín nos da testimonio el mismo Dobrizhoffer en un curioso autógrafo que de él conservamos. Su texto es como sigue:

"Certifico yo el abajo firmado, P. Martín Dobrizhoffer, y el P. Antonio Cortasa, ambos de la Compañía de Jesús, al Rey Nuestro Señor en su Real Consejo, y a los Señores Oficiales Reales de Buenos Aires, que el pueblo de San Joaquín de Indios Itatines, recién convertidos a Nuestra Santa Fe Católica Romana, perseveró todo este año de mil setecientos sesenta y cinco, y actualmente persevera, en número de trescientas sesenta y ocho familias, y de mil seiscientas treinta y nueve almas, ya todos cristianos, fuera de tres catecúmenos, y que, por orden de nuestros Superiores los dos les asistimos. Y para que conste ser verdad, firmamos los dos con nuestros nombres en el dicho pueblo de San Joaquín, en los montes del Tarumá, el día 1 de octubre de mil setecientos sesenta y seis. Martín Dobrizhoffer, Antonio Cortasa" (40).

Su patriarcal estada en esta reducción fue súbitamente perturbarla en 1768, cuando se presentaron en San Joaquín, los emisarios del gobernador del Paraguay, Murphy, con la orden de aprisionar a los dos misioneros. El P. Iturri, en su Breve relación de lo sucedido en el arresto, nos dice que los misioneros de San Joaquín y de San Estanislao, ambos pueblos se hallaban en los montes de Tarumá, necesitaron "de mucha prudencia y eficacia para contener a los indios que, con las armas en las manos, trataban de defender a los Padres, especialmente los del pueblo de San Joaquín, que es de los dos el principal".

"El P. Martín Dobrizhoffer, añade Iturri, era el cura de este pueblo y estando solo, trabajó mucho por sosegarlo, como lo consiguió, quedándole sumamente agradecido el Comisario, Don Narciso Duarte, con los de su comisión, como que debía al Padre no menos que la vida y la de sus compañeros. Así lo escribió el mismo General Duarte al señor Murphy que le había enviado; y éste, después de muchas gracias que dió al P. Martín, le informó jurídicamente el Sr. Bucarelli" (41).

Todo lo que en esta ocasión acaeció debió de repercutir dolorosamente en la debilitada salud del buen jesuita. Cuando en 1748 vino al Paraguay, se hizo constar que tenía "bueno salud", pero, veinte años más tarde, ya no poseía. aquellas fuerzas y aquel temple. Las tribulaciones sufridas en el Timbó, y los sucesos adversos de 1767-1768, le postraron en el lecho, según consta de un documento que tenemos a la vista. En él, y con fecha de 17 de marzo de 1768, escribe Bucarelli que están en disposición de embarcarse 150 jesuitas, y que no se cuenta en este número a Martín Dobrizhoffer, pues "queda enfermo en el hospital" (42).

A fines de marzo del año 1768 pudo Dobrizhoffer unirse, a bordo de la fragata La Esmeralda, con sus hermanos de religión, y así lo hizo constar el capitán del barco. En este navío, y en compañía de los PP. Brigniel, Burgés, Iturri, Eyler, Sánchez Labrador, Juan García, José Ferragut, Roque Gorostiza, José Jolis, Francisco Miranda, Florian Baucke, y varios otros, menos conocidos, pero no menos beneméritos, cruzó Dobrizhoffer el Océano, después de abandonar las playas americanas. La grata y amena compañía de tantos y tan preclaros jesuitas, como con él iban en La Esmeralda, contribuiría sin duda a aminorar la añoranza de lo perdido y a suavizar la monotonía de la larga y pesada travesía.

Cuatro meses duró ésta. El día 16 de mayo zarpó La Esmeralda de Montevideo y, a fines de agosto, arribaba al puerto de Cádiez, desde donde fueron los expulsos trasbordados al puerto de Santa María. Dobrizhoffer y los demás jesuitas alemanes fueron recluidos en el convento de los Padres Franciscanos, y ahí estuvieron hasta el 19 de marzo de 1769, fecha en que partieron, unos con rumbo a Holanda, y otros en dirección a Italia. En agosto de aquel mismo año de 1769, llegó Dobrizhoffer a su querida ciudad de Viena.

Desde el primer momento, alojóse en la Casa profesa que, en esa ciudad, tenía la Compañía de Jesús, y comenzó a trabajar con ardor y asiduidad en todos los ministerios espirituales, pero muy particularmente en la predicación. Uno de sus antiguos biógrafos nos dice que "impigrum operarium se praestitit" (43), y por él mismo sabemos que ocupaba habitualmente la cátedra sagrada en la iglesia de Santa Teresa, y tenía también a su cuidado la Congregación de obreros jóvenes que, en la ciudad de Viena, habían instituido años antes, los padres de la Compañía de Jesús.

Por los Catálogos de la Provincia Austríaca de la Compañía de Jesús, sabemos que en 1770 se hallaba Dobrizhoffer en la dicha Casa Profesa de Viena, y era ayudante del Padre Bibliotecario; que en 1771 era además, uno de los sacerdotes que, una vez al mes, disertaba ante la comunidad sobre un tema ascético, y era además "operario", esto es, uno de los sacerdotes que atendían a las necesidades espirituales de los fieles. En 1772 era predicador en la Capilla de Santa Teresa, Director de la Congregación de Obreros jóvenes, platiquero doméstico, profesor en el Convictorio, y encargado de dar los puntos de meditación a los Hermanos Coadjutores, y, además operario.

La reina María Teresa, que conoció y trató a nuestro ex - misionero, gustaba grandemente de su conversación, y de oírle contar sus peripecias y aventuras en tierras americanas. Fue ella quien indujo a Dobrizhoffer a poner por escrito sus recuerdos y dar al público las valiosas noticias etnográficas e históricas que tenía atesoradas en su privilegiada memoria. Felizmente cumplió Dobrizhoffer los deseos de la cultísima reina y, entre 1777-1782, escribió su Historia de Abiponibus en tres nutridos volúmenes, aunque no llegó a publicarla hasta el año 1784.

Otro escrito de nuestro misionero es la valiosa y desconocida carta que, en 12 de enero de 1780, escribió a Bacmeister, y en la que, después de excusarse por no haber contestado antes a la que le dirigiera aquel ilustre sabio, manifiesta que ha estado ocupado en ciertos viajes, en preparar y predicar sus sermones semanales y en curar sus achaques. "Ultimamente, y con la autorización de nuestra augustísima reina, escribe Dobrizhoffer, he conseguido disponer de tiempo, pues me retiró del cargo de predicador: y convenía, pues ya soy sexagenario y tengo una salud que está muy lejos de ser robusta (44).

Finalmente, agrega Stoeger, ese varón que era, ante todo, un buen religioso, al mismo tiempo que jovial y práctico en improvisar versos y coplas, terminó sus días en el Hospital de los Hermanos de la Misericordia, en Viena, el día 17 de julio de 1791, cuando contaba setenta y cuatro unos de edad" (45).

Tales son las noticias biográficas que acerca del buen Martín Dobrizhoffer, hemos podido reunir. Buena parte de las mismas ya las habíamos adelantado en nuestro artículo publicado en 1928, pero ahora que se edita por primera vez en castellano su magna obra, las hemos actualizado y corregido en no pocos lugares, agregando noticias sobre aquellos momentos de su vida que mejor caracterizan su existencia heroica en el Chaco.

 

BIBLIOGRAFIA

 

Tan solo dos de los escritos de Dobrizhoffer fueron publicados en vida de su autor, y resultaron sin duda los de mayor enjundia: su Brief... Über einige Fragen der Sprachenkunde antwortet (1780) y su Historia de Abiponibus (1784). De ambas nos ocuparemos en estas líneas, señalando además los otros escritos éditos o inéditos que de Dobrizhoffer conocemos, y ampliando o corrigiendo los que sobre el mismo asunto consignáramos en nuestra monografía de 1928.

 

Escritos éditos

 

1. Carta del P. Martín Dobrizhoffer al P. Antonio Miranda, Rector del Colegio de la Asunción. Rosario de Abipones, 12 de octubre de 1764.

Original en: Biblioteca Nacional de Santiago de Chile, Jesuítas, t. 288.

Publicada en Furlong, Martín Dobrizhoffer cit. pp. 428-431.

 

2. Carta del P. Martín Dobrizhoffer al P. Antonio Miranda, Rector del Colegio de la Asunción. Rosario [de Abipones], 8 de enero de 1765.

Original en: Biblioteca Nacional de Santiago de Chile, Jesuítas, t. 288.

Publicada en: Furlong, Martín Dobrizhoffer cit. pp. 433-436.

 

3. Certificación "Certifico yo el abajo firmado, P. Martín Dobrizhoffer y el P. Antonio Cortasa...". Pueblo de San Joaquín, en los montes de Tarumá, 1 de octubre de 1766.

Original autógrafo en: Archivo General de la Nación, Bs. As. VI-XIV-1.

Publicada en: Furlong, Martín Dobrizhoffer cit. pp. 441-442.

 

4. Ein Brief geschrieben von Martin Dobrizhoffer an Inspector Hartwig Ludwig Christian Bacmeister in St. Petersburg in dem er ihn Über einige Fragen der Sprachenkunde antwoertet. Wien, 20 Januar 1780, pp. 96-106 del tomo IX del Journal Eur Kunstgeschichte und Allgemeine Litteretur (Nurenberg, 1780), publicado por Christian G. von Murr [Carta escrita por Martín Dobrizhoffer al Inspector Hartwig Christian Bacmeister, residente en San Petersburgo sobre unas frases en lenguas indígenas. Viena, 20 de enero de 1780].

Bacmeister había escrito a Dobrizhoffer pidiéndole le tradujera a varios idiomas americanos una lista de frases (23 en número) para cierta obra filológica que traía entre manos. Dobrizhoffer después de agradecerle el honor que le dispensaba, y de exponerle brevemente su vida y experiencias de misionero entre los indígenas de América, hace notar algunas peculiaridades o notas características de las lenguas americanas, particularmente de la abipona y guaraní, y expone la grande dificultad que halla en poner por escrito la pronunciación figurada de las voces y palabras de que constan las frases traducidas.

Al fin de éstas coloca la nota siguiente: "Así las traduzco yo. Si otro las tradujere de otra manera, no quieras imputar error o alucinación en mí, ni en el otro. Una misma cosa puede expresarse con diversas palabras y de manera diversa. Además recuerde Ud. que hay diversos dialectos en las diversas naciones. Por lo que toca a la pronunciación no es posible decir cuál sea, pues sólo de viva voz puede manifestarse".

Por lo que toca a la persona de Bacmeister y a sus relaciones amistosas con los PP. de la Compañía de Jesús escribe Dobrizhoffer: "Litteras tuas mihi jucundissimas fuisse, id sancte tibi affirmo. Magnopere equidem mihi gratulabar occasionem, in re tantilla Tibi gratificandi, qui de nobis semper honorifice, pro nobis dextre, acriterque toties scripsisti. Sententas Tuas, quas in linguis Americanis converti cupiebas, eodem quo accepi, vespere tradexi. Sed cum mexicanis de rebus Te jam scribere intellexerim, responsionem minime accelerandam putavi... ".

Bacmeister era alemán (1786-1806) pero desde 1773 se había radicado en San Petersburgo y estaba al frente del Colegio alemán de dicha ciudad. Además de sus conocidas obras de carácter histórico, como la Historia de le Nación Sueca y Las memorias y documentos históricos de Pedro I, compuso una extensa Biblioteca Rusa y se dedicó con especial empeño a componer una vasta obra de índole filológica análoga a la que compusieron Adelung y Vater. La emperatriz Catalina II se interesó en la obra y obtuvo del rey de España el que se le remitieran cuantos libros y manuscritos podían hallarse en América sobre lenguas indígenas, muy principalmente los papeles y códices de los jesuitas. Al efecto expidió el señor ministro Antonio Porlier un oficio fechado a 13 de noviembre de 1787, a los señores virreyes de América, y pocos meses después remitieron éstos lo poco que pudieron hallar a mano (46).

El Marqués de Loreto contestó con fecha 6 de marzo de 1788 que remitiría a la mayor brevedad los libros pedidos y los catálogos de palabras, pero no sabemos si llegó a cumplir lo prometido. En el Archivo de Indias, de Sevilla donde pueden verse los documentos relativos a esta moción, hemos visto las listas de lo remitido por los diversos virreyes y gobernadores a excepción de la lista del Virrey del Río de la Plata. Tal vez el mencionado Marqués de Loreto no remitió las deseadas listas y esta fue la causa que movió a Bacmeister a solicitar datos y noticias al misionero austríaco.

Dobrizhoffer llenó su cometido y satisfizo plenamente los deseos del sabio alemán. No sabemos qué uso hizo de lo que le remitió el buen misionero, pero indudablemente fue él quien puso en manos del literato C. G. von Murr las notas y apuntes. Desgraciadamente el Journal Eur Kunstgeschichte... es un libro raro y de difícil adquisición, aun en la misma Alemania. Tan rara y tan poco conocida es esta revista que bien puede considerarse como inédito cuanto en ella se ha publicado.

Nosotros hemos visto y utilizado el ejemplar que se conserva en la Biblioteca del Ignatius-Kolleg (Valkenburg-Holanda), y sacamos copia del interesante trabajo de Dobrizhoffer. La parte relativa a la lengua abipona es de indiscutible valor y muy de lamentar es que ni Lafone Quevedo, ni Adam, ni Pelleschi, ni otro alguno de cuantos se han ocupado de la lengua de los abipones haya conocido lo que tanto les hubiera servido.

Termina Dobrizhoffer su estudio con estas líneas alusivas a su Historia de los Abipones:

"Las cosas de los abipones, su lengua, las oraciones, etc. las sabrás dentro de poco y más extensamente por medio de mi libro, que hace ya dos años que terminé, y que ahora se está imprimiendo. Desde que con la licencia de nuestra augustísima reina, estoy libre del cargo de predicador (paso ya de los sesenta años y mi salud no está muy fuerte), me dedico a esta tarea, etc. Muy afecto y amante. Viene, 12 de enero de 1780".

 

5. Geschichte / der / Abiponer, / ciner berittenen und kriegerischen Nation / in / Paraguay. / Bereichert / mit einer Menge Beobachtungen Über die wilden Völkerchaften, Städte, Flüsse, vier Füssigen Thiere, Amphibien, Insekten, merkwürdigsten Schlangen, Fische, Vögel, / Bäume, Pflanzen, und andere Eigenschaften dieses / Provinz. / Verfasst / von Herrn Abbe Martin Dobrizhoffer, / achtzhen Jahre lang gewesen Missionar in Para-/ guay: / Aus dem Lateinischen übersetz / von A. Kreil. / (viñeta) / Wien, Bei Joseph Edlen von Kurzbet k. k. Hofbuchdrucker, Gross-und Buchhandler 1783. / 3 volúmenes en 8’ 88 x 157 mm.

Vol. I: Port. y. en Bl. - Prólogo, 12 pp. s. f. Breves advertencias, 2 pp. s. f. - Indice, 4 pp. s. f. – Texto, pp. 1-564 Erratas, 4 pp. s. f.

Vol. II: Port. y. en Bl. - Texto, pp. 3-506 – Indice, 6 pp. s. f. – Erratas, 2 pp. s. f.

Vol. III: Port. - y. en Bl. – Indice 4 pp. s. f. Texto, pp. 8-608 Erratas, 3 pp. s. f.

Reproduce esta edición las mismas láminas de la edición latina sin variante alguna, y en cuanto hemos podido averiguarlo repite todo el texto del original, aunque con algunas pequeñas omisiones que, según nos advierte el profesor Maeder, han sido indicadas en la presente edición de la Universidad Nacional del Nordeste. El Prólogo que precede a la obra es de Dobrizhoffer. El traductor no ha tenido a bien indicar los motivos que le indujeron a verter esta obra ni el criterio observado, ni manifiesta en parte alguna lo que pensaba acerca del libro que tan hermosamente tradujo y editó.

De la persona del traductor sólo sabemos que se apellidaba A. Kreil y era profesor de la Universidad de Pest (47). Es muy probable que Kreil fuera algún amigo de Dobrizhoffer, o admirador de sus escritos, y parece que antes de publicarse la edición latina conocía el texto de la misma.

Si con referencia a la Historia de Abiponibus escribimos en 1928 que "al mismo tiempo que se imprimía le edición princeps

 

Portada de la edición alemana. Ejemplar perteneciente a la biblioteca del Dr. José Luis Molinari, de Buenos Aires. (Pulse sobre el ícono para obtener la imágen)

 

en la lengua del Lacio, salía a luz la versión alemana (48), creemos ahora más exacto decir que al mismo tiempo que se imprimía la edición princeps en la lengua de la Germania, salía a luz la versión latina, ya que por sobre las conjeturas que entonces hacíamos, ha de prevalecer lo cronología que se indica en las portadas de ambas ediciones: 1783-1784 en la alemana, 1784 en la latina.

 

6. Historia / de / Abiponibus / Equestri, Bellicosaque / Paraquariae / Natione / Locupletata / Copiosis Barbararum Gentium, Urbium, / Fluminum, Ferarum, Amphibiorum, Insectorum, Ser-/ pentium Praecipuorum, Piscium, Avium, Arborum, / Plantarum, Aliarumque Eiusdem Provinciae, / Proprietatum Observationibus. / Authore / Martino Dobrizhoffer / Presbytero, Et Per Annos Duo De / Viginti Paraquariae Missionario. / [viñeta] / Viennae, / Typis, / Josephi Nob. De Kurzbek Caes. Reg. Aul. Tipog. et Bibliop. / Anno 1784. / 3 volúmenes en 8’ de 85 x 155 mm.

Vol. I: Port. - y. en Bl. con dos versos de Plauto in Truculento 2, 6. - Praefatio ad Lectorem 12 pp. s. f. - Una página en blanco - y. con lámina de dos soldados indios a caballo - Menda sic corrige 4 pp. s. f. - Texto, pp. 1-476 Index Primae Partis, 4 pp. s. f. -Anotaciones para pronunciar las palabras castellanas, guaraníes y abiponas, 2 pp. s. f.

Vol. Il: [Pars secunda] Port. - y. en Bl. - Texto, pp. 3-499 - Index rerum, 4 pp. s. f. -Menda sic corrige, 2 pp. s. f.

Vol. III: [Pars tertia] Port. - y. en Bl. - Texto, pp. 3-424 Index, 4 pp. s. f. – Menda sic corrige, 2 pp. s. f.

La Historia de Abiponibus está constituida en realidad por dos obras diversas entre sí, pero afines. Todo el I tomo versa sobre el Paraguay en general, y se refiere a toda su historia pasada y al estado en que se hallaba a fines del siglo XVIII. Nada omite Dobrizhoffer de cuanto puede ofrecer interés para la mejor inteligencia de los tomos II y III, que dedica exclusivamente a los indios abipones.

 

Portada de la edición latina. Ejemplar que fuera de Mons. José Aumni, y hoy de la Biblioteca Leopoldo Herrera, de Resistencia. (Pulse el ícono para obtener la imagen)

 

A las ediciones alemana y latina siguió la inglesa, no tan completa como aquéllas, pero hermosamente traducida:

 

7. An / account / of / the Abipones, / an equestrian people / of / Paraguay. / [bigote] / From the latin of Martin Dobrizhoffer, / eighteen years a missionary in that country. / [bigote] / In three volumes / VoL. I / [filete doble] / London: / John Murray, Albemarle street. / 1822. / Printed by C. Roworth. / 3 volúmenes en 8’ de 84 x 158 mm.

Vol. I: Port. - y. con pie de imprenta - Prefacio, pp. [III]-VIII - Contents, pp. [IX]-XIl. Texto, [1]-485 - 1 página, en Bl.

Vol. Il: Port. - y. con pie de imprenta - Contents, pp. [III]-V -1 página en Bl. texto, pp. [1]-446.

Vol. III: Port. - y. con pie de imprenta - Contents, pp. [III]-Vl - Texto, pp. [1]-419 - 1 página en Bl.

El Preface, en el volumen I, contiene una biografía de Dobrizhoffer y un juicio acerca de su libro: "...There is no other work; which contains so full, so faithfull and so lively an account of the South American tribes."

Por lo que respecta a la versión inglesa se advierte que como:

"Dobrizhoffer frequently takes occasion to refute and expose the erroneous statements of other writers respecting the Jesuits of Paraguay, and the malignant calumnies by which the ruin of the institutions in that country was so unhappily effected... it has been deemed advisable to omit many of those controversial parts, which, though flowing naturally from one who had been un active member of the injured society, must of course be uninteresting in this country and at these times. In other parts also, the prolixity of and old man, loving to expatiate upon the pursuits and occupations of his best years, has been occasionally compressed. No other liberty has been taken with the translation. The force end liveliness and peculiarity of the original must of necessity lose much, even in the most faithful version. Yet it is hoped that under this inevitable disadvantage, Dobrizhoffer will still be found one of those authors with whom the reader seems to become personally familiar" (49).

Sommervogel, a quien siguen Medina, Leclerc, Sabin y otros, afirma que el traductor inglés de esta obra es el conocido poeta e historiador Roberto Southey, o una hija del mismo. Southey procuró que se tradujera la Historia de los Abipones, pero la traducción es obra indiscutible de la poetisa y escritora Sara Coleridge (1802-1852) esposa del conocido poeta lakista Enrique Coleridge. Ambos formaban parte del selecto grupo de poetas y escritores conocidos en la historia literaria con el título de lakistas o del lago, entre los que se hallaban Wordsworth, Lowell, Taylor, Coleridge y Southey. Guiado por este último dedicóse la joven Sara Coleridge a la lectura de los clásicos latinos y griegos, gracias a las facilidades de que disponía para entrar en la rica biblioteca de Roberto Southey. Entre los libros de este historiador hallábase el De Abiponibus de Dobrizhoffer. Sara lo leyó y determinó traducirlo del latín al inglés. Así lo ejecutó.

Richard Grant al ocuparse de Sara Coleridge en la Dictionary of National Biography (50) afirma que era "so considerable her acquirements, that in 1822 she published in 3 vols. a translation of Martín Dobrizhoffer’s latin Account of the Abipons...". La misma hija de Sara Coleridge en la edición que publicó de la Memoir and Letters of Sara Coleridge (51), después de mencionar que su madre había publicado en 1822 una versión del libro de Dobrizhoffer, hace notar que la obra se publicó sin el nombre de la traductora: "no name of the translator appears, and a brief and modest preface gives not the least clue to it; even now in catalogues the work is frequently ascribed to Southey...".

El mismo poeta Southey, a quien muchos erradamente consideran como traductor del libro, manifiesta que no es él sino otra persona quien lo vertió al idioma inglés. Aludiendo a Dobrizhoffer escribe:

 

But of his native speech because well-nigh

Disuse in him forgetfulness had wrought,

In Latin he composed his history,

A garrulous but a lively tale, and fraught

With matter of delight and fond for thought

And if he could in Merlin’s glass have seen

By whom his tomes to speak our tongue were taught

The old man would have felt as pleased. I ween

As when he won the ear of that great Empress Queen.

 

Charles Lamb, haciendo referencia a estos versos de Southey, expone con cuánta finura de pensamiento expresó el poeta lo que la reina de Austria deseaba oír de labios del buen misionero y lo que el pueblo inglés ha podido saber gracias a la exquisita versión de Sara Coleridge "who digged her noiseless way so perseveringly through that rugged Paraguay mine. Haw she Dobrizhofferred it all out puzzles my slender latinity to conjecture" (52).

Por la misma hija de Sara Coleridge sabemos que su madre se propuso con la versión de esta obra, obtener los fondos necesarios para costear la educación de uno de sus hermanos. El libro se publicó en 1822 y tuvo una aceptación la más lisonjera. Doscientas libras esterlinas fue lo que correspondió a la traductora, y que ella invirtió en lo que la había movido a traducir la obra de Dobrizhoffer.

Las únicas versiones del libro de Dobrizhoffer que conocemos son las que acabamos de mencionar. No ha sido traducido al francés, ni al italiano, y lo que parece más increíble, no ha sido publicada en nuestro idioma, hasta la presente edición de la Universidad Nacional del Nordeste. No obstante hemos de anotar que según afirma Southey existe una traducción castellana que fue rematada en Londres junto con otros manuscritos en lengua española, "the work was translated into German the same year, and there is also a Spanish translation, which was ordered for sale in London among a collection of Spanish manuscripts, about three or four years ago" (53). Es muy probable que alguno de los jesuitas americanos desterrados en Italia ocupara sus ocios en verter esa obra, pues sabemos por los escritos de Hervás, de Gilij, de Sánchez Labrador y de otros, que era justamente apreciada por ellos. En las principales bibliotecas públicas de Londres hemos buscado, aunque en vano, el manuscrito mencionado por Southey.

A petición del general Mitre tradujo muchos y extensos fragmentos de la obra de Dobrizhoffer el benemérito educacionista francés Amadeo Jacques. Actualmente se conservan esos fragmentos en el Museo Mitre en un volumen de 170 x 280 mms., rotulado: "Dobrizhoffer / lengua Abipona / M. S. S." y lleva la sign.: 14-6-35. Al frente de la versión hállase una carta autógrafa del mismo Jacques que da razón del manuscrito:

 

Sr. Brigadier General D. Bartolomé Mitre.

Sr. General,

No he usado, sino abusado desmedidamente de la libertad qe V. me dejó de recorrer despacio y sin apurarme los Tomos II y III de la obra de Dobrizhoffer; y lo qe más vergüenza me da, al mandarlo a V. estos libros y los algunos papeluchos mal escritos qe los acompañan es la pequeñez del resultado con comparación a la magnitud de la demora. No iré a buscar pretextos más o menos plausibles qe nunca alcanzarían a justificarme del todo y prefiero confesar simplemente mi culpa, invocando su conocida indulgencia.

Entre los pocos apuntes qe he traducido del Tomo I, tal vez haya muchos qe parecerán a V. muy insignificantes; pero creo no haber omitido ninguno de los qe puedan ser útiles a su fin. En cuanto al Tomo III, aunque interesante en sí, lo he encontrado más extraño aún del propósito de V. qe el primero, y nada he extraído de él.

El mejor modo de manifestarme su poco resentimiento sería usar de mí, en cuanto pueda serle útil, con la más absoluta confianza, y crea V., a pesar de las apariencias, qe en caso de saber qe haya urgencia, me encontrará tan empeñoso y puntual como moroso y descuidado me ha experimentado.

Reciba V. la nueva expresión de mi más alta y respetuosa consideración.

A. Jacquez.

Bs. As. Diciembre 8 de 1863.

 

El cuaderno que contiene los fragmentos vertidos por este erudito y benemérito educacionista contiene además, algunas páginas del mismo Mitre. He aquí una descripción de unos y otras:

Tomo I: letra de Mitre, 2 pp. con observaciones filológicas sobre la lengua abipona y guaraní. Letra de Jacques, 13 pp. con fragmentos de pp. 1-239 de la obra, y 3 pp. en blanco.

Tomo II: letra de Mitre, 1 p. que reproduce la p. 81, del cap. IX de la obra. Letra de Jacques, cap. VIII, y. 69, "De la religión de los abipones", 11 pp.; cap. X, p. 97, Conjetures sobre el motivo que tienen los Abipones de mirar al mal demonio como su abuelo y a las Pleyades como a imagen de éste", 8 pp.; cap. XI, p. 105, "De la división de le nación de los Abipones, de su poco número y causa principal de ello", 5 pp.; cap. XVII, p. 202, "De otras propiedades de le lengua de los Abipones", 17, pp.; cap. XVIII, p. XVIII, p. 202, Muestras de varios idiomas de América", 9 pp.; cap. XXXVI, p. 407, 2 pp.

Como se colige de la carta del traductor y de la índole de las fragmentarias notas, fueron éstas escritas para información de Mitre en sus trabajos sobre lenguas americanas.

A fines del siglo pasado comenzó a hacer una traducción castellana de toda la obra el doctor Emilio H. Padilla, y a él sin duda aludía el doctor Lafonte Quevedo cuando escribía en 1896 que "años ha se nos enunció que el doctor Padilla, de la Biblioteca Nacional, preparaba una traducción completa de toda la obra; mas como éste está aun in nubibus...(54). Padilla no llegó a terminar la versión, pero nos consta que dejó al morir el primer tomo dispuesto para la imprenta. En el tercer decenio de este siglo, tuvo en su poder o conoció esta versión de Padilla el P. Felipe Lérida, y tradujo parte del tomo segundo, con el objeto de completar toda la Historia de Abiponibus, aunque no llegó a verter del latín sino unas cien páginas, cuyo paradero se desconoce (55). Los biógrafos de Luis R. Fors nos dicen que este culto caballero también emprendió la tarea de traducirla, no sabemos si valiéndose de la edición alemana o latina, pero no la llegó a terminar, y tampoco se sabe dónde se encuentra lo traducido por él.

Es más que probable, aunque no consta, que sean de la traducción de Padilla las páginas de Dobrizhoffer que, traducidas al castellano, aparecieron en la Revista del Paraguay (Bs. As., 1891) tomo I, pp. 588-591, tituladas Historia de Nicolás Rey del Paraguay y Emperador de los Mamelucos, y que en la edición latina corresponden al tomo I, pp. 26-27.

Viriato Díaz Pérez (Moderats de Gades) obtuvo que el profesor Apelio, "distinguido humanista italiano", le tradujera el capítulo XLIV del tomo III de la edición latina, acerca de los malones de los tobas y que publicó en la Revista Paraguaya (Asunción, 1913) Nº 1, pp. 48-56. En la misma revista, Nº 8-10 (Asunción 1927), se publicó una traducción del Prólogo a la Historia de Abiponibus, debida a Emilio H. Padilla.

Es en verdad un compendio de la Historia de Abiponibus la monografía que publicamos en 1938, titulada Entre los Abipones del Chaco, según noticias de los misioneros jesuitas Martín Dobrizhoffer, Domingo Muriel, José Brigniel, Joaquín Camaño, José Jolís, Pedro Juan Andreu, José Cardiel y Vicente Olcina. Buenos Aires, 1 vol. de 188 pp., que incluye frecuentes extractos y traducciones de Dobrizhoffer, en las páginas 9-10, 22-71, 73, 74, 78-80, 83, 93, 108-111, 115-121, 132-138, 144, 149, 152, 154-156, 164-168, 170, 176-178.

La traducción de la obra fue encomendada por el Sr. Ricardo Staudt a don Edmundo Wernicke en 1948, con el objeto de realizar la edición completa de la misma. Wernicke sólo pudo terminar la traducción del tomo I, ya que su fallecimiento a edad avanzada dejó trunca la tarea. Recientemente, algunos fragmentos de la Historia fueron traducidos por la profesora Clara Vedoya de Guillén, y se publicaron en Nordeste. Revista de la facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste (Resistencia, 1961 y 1962) Nº 2, p. 120-139 y Nº 4, pp. 129-157, de quien sabemos en la actualidad continúa su traducción.

Al querer exponer los méritos de obra tan original, hay que comenzar por rebatir las afirmaciones de don Félix de Azara, al escribir que la Historia de Abiponibus era obra baladí y de poca sustancia, ya que "... el autor de este libro, de vuelta a su país no hizo más que redactar con gran prolijidad cuanto había oído en Buenos Aires o en la Asunción, pero sin haber penetrado nunca en lo interior, ni observado por sí mismo" (56). "Pobre Azara, exclama fundadamente el P. Pablo Hernández, después de citar su testimonio. "Este juicio patentiza lo errado de tantos otros que no pueden demostrarse con la misma evidencia" (57).

Azara es el único historiador, o seudohistoriador, que ha sido desfavorable a Dobrizhoffer. El señor Ricardo Rojas, después de recordar las palabras de Dobrizhoffer acerca de la pobreza de su estilo y del humilde perdón que por ella pide a sus lectores, escribe que "no perdón sino gratitud deben los historiadores argentinos a Dobrizhoffer, porque su libro es agradable de leer, como lo revelan su éxito en varias lenguas, y por las abundantes noticias que contiene sobre Los Abipones, y sobre toda la región chaqueñoguaranítica o sea el litoral de nuestro país. Su texto, agrega el señor Rojas, excede a su título, pues describe la tierra con su fauna y flora, el habitante primitivo con su folklore precolombiano, y la nueva sociabilidad de los indios convertidos al cristianismo. Por su contenido, la obra de Dobrizhoffer vale tanto como la de sus hermanos en religión que han escrito sobre la historia natural y social de estas regiones. Por su forma, no es inferior tampoco a las mejores de su especie a pesar de que él escribía en una edad avanzada y en un idioma adventicio" (58).

Como lo recuerda el mismo Dohrizhoffer no pudo hacer una obra tan completa y cabal como hubiera deseado a causa de su avanzada edad. "Estoy tan lejos, escribe, de creer que mi obra es perfecta y acabada en todas sus partes, que tenía determinado refundirla nuevamente, antes de darla a la publicidad, pero mi edad que ya llega a los sesenta y seis años me obligó a abandonar mi proyecto, a fin de que mi obra no resultara póstuma" (59).

De los méritos y deméritos de la Historia de Abiponibus como fuente de información etnográfica relativa a la nación abipona, reproduciremos gran parte de lo dicho en 1928, señalando que mucho han escrito los estudiosos, tanto nacionales como extranjeros, y que es exacto afirmar que unos y otros no han podido ser más favorables a Dobrizhoffer y su obra histórica, etnográfica y lingüística. Desde Kreil, Adelung, Vater y Hervás y Panduro hasta Lafone Quevedo, Brinton, Mooney, Luis M. Torres, Darapsky, Verneur, Adam, Hans Seckt y últimamente Alfred Metraux, todos los que han tenido que estudiar la obra del misionero alemán han reconocido su singular mérito y su excepcional información.

El doctor Luis M. Torres ha venido a resumir el veredicto de la ciencia a favor de Dobrizhoffer al escribir que: "Como todos los que hemos tenido ocasión de ocuparnos de la etnografía del Chaco, particularmente la del siglo XVIII, que con tanto acierto han tratado en estos últimos tiempos Boggiani, Kersten y Nordenskiöl, la obra de Dobrizhoffer nos ha sido particularmente útil. Puede verse en los actuales estudios etnográficos citas frecuentes y juicios fundados en sus diversas noticias" y en otra parte y a otro propósito añade que "entre los elementos iconográficos interesantes que se conocen de aquella época los que ofrece Dobrizhoffer contribuyen a le demostración de los rasgos más salientes de las tribus chaqueñas. Esto mismo ocurre con los datos hidrográficos y toponímicos" (60).

El inolvidable doctor don Samuel Lafone Quevedo, que tanto se aprovechó y para tanta gloria de las letras argentinas, de los escritos del P. Dobrizhoffer afirma que en todo lo relativo a los indios abipones "el primer lugar, por supuesto, en extensión e importancia, corresponde al P. Martín Dobrizhoffer S. J. quien en su De Abiponibus, ha consignado un admirable panegírico de estos nobles indios" (61). "El P. Dobrizhoffer nos ha dejado la más completa monografía sobre estos indios, y por cierto que los pinta en colores tan brillantes que no podemos menos que acordarnos de la Germania de Tácito, que muchos sospechan deba algo a le exageración del famoso historiador" (62). Dobrizhoffer "nos ha dejado una obre monumental sobre los Abipones" (63).

Lamenta el buen doctor Lafone de que el P. Dobrizhoffer no se extendiera más de lo que se extendió, en ciertos temas de singular importancia etnográfica y lingüística, pero no por eso deja de aprovechar cuanto nos dejó que ciertamente fue muchísimo, como reconoce el mismo etnógrafo argentino. También el doctor L. Dorapsky se queja de Dobrizhoffer por no haber sido más extenso y más detallado en sus notas: "¡Ojalá que este ministro del Evangelio, cuyo espíritu ingenuo y original se hallaba libre de muchas preocupaciones de su época, nos hubiera repartido más liberalmente los frutos de su larga y estudiosa experiencia!" (64).

Algunos críticos, entre ellos el mismo doctor Lafone, han comentado desfavorablemente a Dobrizhoffer su estilo latino, pero su latín no es pesado ni desagradable para los que están habituados a la lectura de obras latinas escritas por autores germánicos. No poseía Dobrizhoffer la fluidez que tanto caracteriza a Muriel, ni la acicalada elegancia de Peramás, ni la entonación oratoria y grandilocuente de Guevara, pero escribe con soltura, con sencillez, con claridad y hasta con un encanto muy peculiar que caracteriza su obra aunque nazca más del modo gráfico y directo de narrar los hechos que de lo sonoro de la cláusula o de la cadencia de los párrafos. Su latín podrá calificarse de latín de sacristía, de latín medioeval apto para ser disecado por Du Cange, pero no puede negarse que bueno o malo constituye el vehículo de grandes y valiosas informaciones. Nosotros sólo diremos que en más de dos ocasiones hemos leído la obra del misionero alemán, y que no solamente no la hemos encontrado pesada y tediosa, antes bien muy amena e interesante; indudablemente no hemos sido los primeros que olvidados de las elegancias de los Livios, Salustios y Césares, nos vimos obligados a leer los tres volúmenes con interés siempre creciente y sin fatiga alguna. Dobrizhoffer será siempre leído con avidez por los aficionados a la historia americana, por más insulso y pedregoso que sea o pueda parecer su estilo ciertamente original y poco clásico. Tampoco podemos dejar de reconocer que es tal el interés, la vivacidad, la verdad y la ingenuidad que caracteriza su libro, que a las pocas páginas ya simpatiza el lector con el buen misionero como si fuera con un héroe de novela, y al acabar la lectura de la obra, considera a Dobrizhoffer como a un viejo amigo, a un compañero que simpatiza tanto con nosotros como nosotros con él. El llegar a dominar de esa manera a los lectores mediante información seria y verídica, es sin duda alguna el triunfo que más puede apetecer el escritor exigente.

Diversos autores, tanto americanos como europeos han estudiado la obra de Dobrizhoffer desde el punto de vista de su aprovechamiento como fuente de rica información científica.

Verneur y Southey escribieron sobre el libro de Dobrizhoffer a raíz de la publicación de la versión inglesa de Sara Coleridge. El primero publicó un extenso estudio en las columnas del Journal des voyages (junio de 1822), en el que reproducía, comentaba y confirmaba los testimonios del misionero austríaco con los de diversos historiadores del siglo XVIII.

El estudio de Roberto Southey, apareció en las columnas de la más prestigiosa revista de la época, An account of the Abipones, an equestrian People / of Paraguay. Translated from the Latin of Martin Dobrizhoffer: pp. 277/323, vol. XXVI, correspondiente a noviembre de 1822 de The Quaterly Review – London: John Murray, Albemarle Street. 1822.

Southey, que era un admirador de Dobrizhoffer y de su obra histórica, escribió su trabajo con singular acierto, escogiendo de las páginas del De Abiponibus los pasajes que más interesarían a los lectores ingleses y los que mejor podían poner de relieve la labor del misionero entre sus reacios, pero queridos abipones.

Julio Platzmann reprodujo, en 1902 y en vísperas de su fallecimiento, una parte de la obra de Dobrizhoffer: la relativa al idioma abipon: "Martín Dobrizhoffer – Auskunft über die Abiponischen Sprache. In unverändertem Neudruck; herausgegeben von J. Platzmann. Leipzig, 1902". No hemos tenido oportunidad de ver esta publicación del erudito americanista alemán, pero según noticias es un folleto de 30 pp. en 8º, y sólo contiene lo publicado por Dobrizhoffer en De Abiponibus, t. II, pp. 161-182. Platzmann reproduce, además, el mapa de Dobrizhoffer.

Antes de Platzmann habían Adelung y Vater reproducido, en casi su integridad, cuanto se halla en la obra de Dobrizhoffer sobre el idioma abipón, como puede verse en t. III, pp. 478, 497-501, 505, 506, del célebre y valioso Mithridates, oder allgemeine Sprachenkunde mit dem Vater Unser als Sprachprobe in beinabe 500 Sprachen und Mandurten... (Berlín, 1813-1816).

El primer estudio significativo publicado entre nosotros sobre el tema fue debido al Dr. Juan Mariano Larsen, quien leyó una conferencia titulada Dobrizhoffer. De Abiponibus, en noviembre de 1887, en la Sociedad Científica de Buenos Aires (65).

Un trabajo de verdadera importancia sobre Dobrizhoffer y su información etnográfica y lingüística es el que publicó en 1896 el benemérito doctor Samuel A. Lafone Quevedo: Lenguas americanas. Idioma abipón. Ensayo fundado sobre el "De Abiponibus" de Dobrizhoffer y los manuscritos del Padre J. Brigniel, S. J. Con introducción, mapa, notas y apéndices por... Buenos Aires, Coni, 1896. Un vol. de 871 pp.

Para la primera parte de su trabajo valióse Lafone de cuanto pudo hallar en los escritores del siglo XVIII sobre los abipones, correspondiendo "el primer lugar, por supuesto, en extensión e importancia, al Padre Martín Dobrizhoffer, S. J., quien, en su De Abiponibus ha consignado un admirable panegírico de estos nobles indios. Desgraciadamente, agrega el doctor Lafone, el buen Padre escribió su De Abiponibus en latín, en un latín bastante rococó y plagado de erudición clásica... Sírvame esto de disculpa si me he valido con toda extensión de los latines del buen Misionero, y he tratado de producir en llano romance los floridos y bordados períodos del famoso De Abiponibus... Confieso que Dobrizhoffer me ha dejado enamorado de los Abipones, ni quiero preguntar si es cierto todo lo que dice; y como los Abipones son de los primeros indios que van desapareciendo, prefiero suponer que por mejores les sucediera así" (66).

Esto escribe Lafone en cuanto a las noticias etnográficas que él extracta y comenta en los capítulos VII - XXIV, pp. 28-55. En cuanto a los datos filológicos de la lengua abipona afirma que "los apuntes que nos ha legado Dobrizhoffer en su De Abiponibus son de mucha importancia, pero incompletos" (67). "Dobrizhoffer nos ha dejado una obra monumental sobre los Abipones y su lengua", pero "en esta monografía se verá lo insuficiente que es la explicación dada por aquel padre; todo lo que escribe es interesante y exacto, pero muy distante de ser el todo de lo que había de decir..." (68). Compara Lafone la información dada por Dobrizhoffer con la que nos ha dejado el P. José Brigniel, y escribe que "preciosa es la obra de Dobrizhoffer, pero aquí se ha demostrado con ejemplos del P. Brigniel, que aquélla no alcanza a explicar todos los misterios de la articulación posesiva, como tampoco de los verbos y del uso de las partículas" (69).

Las dos partes lexicológicas del estudio del doctor Lafone se basan asimismo en las noticias de Dobrizhoffer y de Brigniel (pp. 201-361), aunque reproduce también las que ofrecen los escritos de Adelung, Hervás, Balbi y Gilij. Lamenta Lafone que sean incompletas las noticias lingüísticas que estampó el misionero austríaco en su célebre libro, pero como observa nuestro insigne filólogo, ni él, ni otro alguno de los misioneros buscó en el estudio de los idiomas otro fin que el de entender y ser entendido por sus neófitos. "Ellos iban a conquistar y no a escribir tratados de filología".

Estudio análogo al del doctor Lafone es el publicado por Luciano Adam, aunque mucho más compendioso:

Bibliothéque linguistique Américaine. Tome XXII. Matériaux pour servir á l’Etablissement d’une Grammaire comparée des dialectes de la Famille Guaicuru (Abipon, Mocobí, Toba, Mbaya) par Lucien Adam. París, Maisonneuve Éd., 1899. Un vol. de 168 pp.

Como advierte el filólogo francés, se basa su estudio en el compuesto por Lafone, o sea sobre los escritos de Dobrizhoffer y Brigniel, en todo lo relativo al idioma abipón, aprovechando para los otros idiomas del grupo guaicurú los escritos de M. Zeballos, L. Bianchi, J. Pelleschi, G. Boggiani y otros varios.

A base de las noticias etnográficas de Dobrizhoffer compuso Oscar Canstatt su disertación sobre Die indianische Bevölkerung der alten Jesuitenreductionen in Sudamerika, que apareció en las columnas de la Eeitschrift für Ethnologie, Organ der Berliner Gessellschaft für Anthropologie, Ethnologie und Urgeschichte, t. VI (año 1905), pp. 882 y sigs.

Indiscutiblemente el más notable estudio que se ha publicado modernamente sobre Dobrizhoffer es el del señor Hans Seckt:

Erinnerungen aus der argentinischen kolonialgeschichte Schilderungen aus dem Leben eines Chaco Indianerstemmes im 18’ Jahrhundert. Bearbeitet von Hans Seckt auf Grund von Martin Dobrizhoffer: Geschichte der Abiponer, einer berittenen und kriegerischen Nation in Paraguay... pp. 103-128 y 185-208 de la Eeitschrift des Deutschen Wissenschaftlichen Vereins Eur Kultur und Landeskunde Argentiniens... V. Jahrgang 1919, 2º Heft und 3º Heft. Buenos Aires, 1919.

Hans Seckt estudia con particular detención la parte botánica y Ecológica del libro del jesuita alemán, y encuentra datos, noticias y pormenores del más grande interés, aunque opina que no faltan errores y confusiones, y aún fantásticas descripciones de flora y fauna, que el autor nunca vio y de la que sólo tenía noticias por lo que los indios le habían comunicado.

Estos son los escritos que con mayor detención han extractado, estudiado y analizado el libro del P. Dobrizhoffer. Sería interminable la lista si quisiéramos consignar una de cuantos han aprovechado en menor escala las noticias que él consignó en su célebre Historia de los Abipones. "Como todos los que hemos tenido ocasión de ocuparnos del Chaco, escribe el doctor Luis María Torres, particularmente la del siglo XVIII... la obra de Dobrizhoffer nos ha sido particularmente útil. Puede verse en los actuales estudios etnográficos citas frecuentes y juicios fundados en sus diversas noticias (70).

No solamente los escritos de Boggiani, Kersten y Nordenkiold, pero aun los de Vogt, Darapsky, Luis L. Domínguez, Brinton, Frazer, Smith Bove, Pelleschi, confirman plenamente el aserto del doctor Torres y constituyen el mejor elogio de la obra del buen misionero, no obstante sus innegables deficiencias, su a veces incompleta información y su falta de crítica científica.

Cuantos han estudiado o leído, a lo menos, el libro de Dobrizhoffer han convenido en que es él el más ameno y sabroso de nuestros historiadores del siglo XVIII. así por la exactitud de su información como por el interés casi novelesco que ha sabido infundir en la corriente de su discurso. Comparado con nuestros antiguos cronistas es Dobrizhoffer muy superior a ellos por haber sido siempre o casi siempre de primera mano y ex visu cuanto estampó en las páginas de su libro, y por haber sabido recoger y conservar innumerables detalles que su curiosidad siempre despierta consideró de capital interés para los futuros investigadores. Tuvo la gran cualidad de interesarse por todo lo relativo a los indios abipones, y como hombre de ingenio fino y sutil poseyó en alto grado el don de observar y de conocer a los hombres. La ciencia nos dirá que no hemos de tomar por definitivos sus asertos y por infalibles sus afirmaciones, pero es indudable que unas y otras reflejan viva y sinceramente la impresión del insigne historiador de los abipones.

 

Escritos inéditos

 

Pocos son los escritos inéditos del P. Dobrizhoffer. De parte de los mismos sólo tenemos noticia de haberse escrito, aunque ignoramos su paradero actual, si es que aun existen.

 

A. Fórmula de la Profesión solemne del P. Martín Dobrizhoffer. "In Sacristia Collegi Sancti Francisci Xaverii, die 14. aprilis 1754".

1 Folio, autógrafo de Dobrizhoffer. Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, 684-1 2; Museo Mitre, Bs. As., B. 18-1 18; A. G. N., Ex fondo Biblioteca Nacional, 5097.

 

B. Carta del P. Martín Dobrizhoffer al P. José Fleshaber. San Joaquín, 9 de julio [de 1762 ?].

1 h. y. en Bl. - Al pie y de otra mano: "Remitido a S. Joaquín por mano del P. Martín Dobrizhoffer el día 9 de julio". En: A. G. N. Bs. As.: IX-7-1, f. 727.

 

C. Razón de lo que recibió para la Reducción« de Abipones. Asunción, noviembre 24 de 1763.

Original en el Arch. Nac. de Asunción. Dado a conocer por Viriato Díaz Pérez, Un capítulo de la Historia de Abiponibus, Revista del Paraguay Nº 2 (Asunción, 1926) pp. 26-37.

 

D. Carta al Padre Visitador, Nicolás Contucci. Timbó, junio de 1774.

Afirma Dobrizhoffer que "Al P. Visitador escribí por junio" [de 1764], en su carta del 8 de enero de 1765, publicada en G. Furlong, El P. Martín Dobrizhoffer cit. pp. 433-436.

 

E. Varias cartas al P. Antonio Miranda, Rector del Colegio de la Asunción (1764).

En la carta del 12 de octubre de 1764, publicada en G. Furlong, El P. Martín Dobrizhoffer cit. pp. 429-431, dice: Ya se lo escribí muchas veces a V. R. el motivo que tengo de temer la venida de Benavídez, si aquí me hallo solo".

 

F. Carta al Hermano Procurador Miguel Martínez, 1764. En la carta del 8 de enero de 1765 ya citada, dice: "en carta que escribí al Hno. Procurador, le pedí algunas hostias, unos escarpines y no poco de arroz; También le dije, pida en mi nombre al P. Novat cinco varas de bayeta azul que pide una abipona en pago de un excelente caballo de paso..."

 

G. Carta al Maestre de Campo General D. Fulgencio de Yegros, Timbó, 25 de marzo de 1765.

Cita esta carta el mismo Yegros en su exhorto del 10 de abril de 1765. Véase A. Audibert, Los límites de la antigua Provincia del Paraguay, Bs. As., 1892, 1ª parte, pp. 258-259.

 

H. Carta del 19 de noviembre de 1764.

En la carta del 8 de enero de 1765 citada dice: "Por muy particular providencia de Dios logré una ocasión para poder despachar por las estancias carta al Paraguay, el día 19 de noviembre [de 1764].

 

I. Carta al P. Antonio Miranda, Rector del Colegio de la Asunción, Reducción de Nuestra Señora del Timbó, 14 de enero de 1766.

Autógrafo de Dobrizhoffer. En Biblioteca Nac. de Sgo. de Chile, Jesuítas, t. 288.

 

J. Rudimentos de la lengua abipona.

En su Historia, III, p. 802, dice: "Si algún rato de ocio me quedaba... lo gastaba en trabajar mis rudimentos de la lengua Abipona. Si quid reliquum erat temporis, id conscribendis Abiponiae "linguae rudimentis impedi".

 

K. Vocabulario de la lengua abipona.

En su Historie, II, p. 196, dice: "Escribí un vocabulario [de la lengua abipona] arreglado no por orden alfabético, sino al modo del Vestibulum linguarum de Amos Comenio, y hasta el presente conservo este manuscrito en mi poder. Vocabularium [linguae Abiponae] scripsi, non alphapetico ordine digestum, sed eo fere modo que Amos Comenius Vestibulum linguarum concinnaveratt, ac in hanc diem retineo".

Probablemente alude a estas dos obras J. y K. el P. Stoeger cuando escribe que a la muerte de Dobrizhoffer se hallaron entre sus papeles unos "Precepta Linguae Abiponae et Glosarium ejusdem". No hemos podido ver y examinar esos escritos de Dobrizhoffer, pero se nos ha asegurado que se conservan en Viena, Archivo de la Provincia Jesuítica de Austria.

 

L. Sermones en lengua alemana.

Pronunciados entre 1772 y 1779.

 

M. Algunos sermones en lengua abipona.

La existencia de estos escritos constan en la reseña que hizo Stoeger de los papeles que se hallaron en poder de Dobrizhoffer poco después del fallecimiento del mismo, aunque aquél escribía en 1856.

 

Mapas, planos y dibujos

 

Los dos mapas compuestos y publicados por Dobrizhoffer, y las láminas que mandó grabar parra ilustrar su obra, merecen ser reseñados aparte por su importancia y por la frecuencia con que algunas de esas piezas han sido reeditadas.

Ocupa el primer lugar el notable y valioso:

 

1- Mappa Paraquariae / in multis a me Correcta. / Quid si in pluribus porro per alios Corrigenda. / Authore M. D. eius provinciae Missionario.

Fol. 300 x 337 mm.

Que sea Dobrizhoffer el autor de esta pieza cartográfica se colige no tanto por el hecho de aparecer al fin del t. 2 de su Historia de Abiponibus, cuanto porque las iniciales corresponden además a Martín Dobrizhoffer. Tenemos asimismo el testimonio de un contemporáneo, el P. Caballero, quien escribe que "plurimi habetur Charta geographica de Paraquaria ab codem confecta, quia reliquis, quae praecesserunt, multo correctior". (Bibliothecae, I. p. 126).

Al pie del mapa se lee: "F. Asner fecit Viennae", frase que indudablemente alude al grabador.

Comprende este mapa todo el territorio argentino desde el 11º al 370º de latitud sur y desde el 53º al 72º de longitud. Las líneas generales están marcadas con bastante exactitud y precisión. Con sobrada razón afirma el doctor Luis M. Torres que "esta pieza cartográfica es por sus detalles una de las más demostrativas que se conocen de aquella época" y que "desde los puntos de vista hidrográfico y toponímico, no es inferior a otras piezas cartográficas que le son equiparables como las de Matorras, Arias Hidalgo, Robin de Célis, Malaver, Cornejo, Castillo, Azara, Eizur, y las mismas que publican los padres Hernández y Pastells".

Este mapa de Dobrizhoffer fue reeditado al fin del t. 2 de la edición alemana del libro de nuestro misionero, traducido por Kreil y editado en Viena. Hemos confrontado los dos mapas y no cabe duda que para ambos se utilizó el mismo clisé. La identidad es absoluta, aunque la calidad del papel es diversa.

El señor Hans Seckt reprodujo el mismo mapa en forma facsimilar y por procedimiento fotocópico. Hállase en una hoja plegada, del mismo tamaño del original, entre pp. 108 y 109 del citado estudio.

 

2. Mappa regionis / Taruma & Mbaéverá.

Fol. 193 x 237 mm. Intercalado entre pp. 68-69 del t. I ed. lat.

Dobrizhoffer es el autor de este mapa según se colige de las frases que estampó al pie del mismo: "Punctula denotant mea in quaerendis Barbaris itinera... Los puntitos corresponden a los caminos que hice para dar con los bárbaros..." y efectivamente están en conformidad con lo que describe en las pp. 68 y ss. del t. II de la Historia de Abiponibus.

 

3. Colonia Abiponum A. Rosario & S. Carolo dicta A. Barbaris mocobiis, Tobis & Oaekakalotis Equitibus Circiter Sexcentis oppugnata año 1765 die 2 Augusti. Fol. 193 x 234 mm. Intercalado entre pp. 356-357 del t. III ed. Lat.

 

4. [Cuadro de cinco indios abipones armados y en viaje.] 1 h. 150 x 223 mm. Intercalado entre pp. 88-89 del t. I ed. lat.

 

5. [Cuadro de tres guerreros abipones. Fin el fondo un ejército en actitud bélica.]

1 h. 162 x 195 mm. Al fin del t. III ed. lat.

 

6. [Grupos de abipones montados a caballo.]

1 h. 93 x 142 mm. Al frente de la ed. lat. y alemana. Al pie de la lámina se lee "F. Asner se." y debajo como rótulo: Hi jam terga, fugae, jam pugnae pectora praebent".

7. Abiponum varias aetatis effigies.

1 h. 144 x 175 mm. Intercalado entre pp. 30-31 ed. lat. t. II.

 

8. [Ictiología americana]. Palometa, raya y armado.

1 hs. 100 x 150 mm. Intercalado entre pp. 366-367 del t. I ed. lat.

 

9. [Ofidismo americano.]

1 h. 100 x 130 mm. Intercalado al fin del t. II ed. lat.

MDCCXXXII.

 

10. Census annus triginta Oppidorum Quaranicorum Anni MDCCXXXII.

Folio plegado. Intercalado en pp. 422 - 423 ed. lat. t. III.

Guillermo Furlong S. J.

 

 

HISTORIA DE LOS ABIPONES

UNA NACION ECUESTRE Y BELICOSA DE PARACUARIA

 

Completada con copiosas observaciones sobre los pueblos salvajes, ciudades, ríos, fieras, anfibios, insectos, principales serpientes, peces, aves, árboles, plantas y otras propiedades de esta provincia.

SU AUTOR

MARTIN DOBRIZHOFFER

sacerdote y misionero en Paracuaria durante dieciocho años

TRADUCIDO DEL LATÍN

Por

A. KREIL

Primera parte

VIENA

Impreso por José Noble von Kurzbek, imperial y real impresor de la Corte, librero por mayor y menor, 1783.

 

Pluris est oculatus testis unus, guam auriti decem;

Qui audiunt, audita dicunt, qui vident, plane sciunt.

[Vale más un solo testigo ocular, que diez testigos de oídas.

Los que oyen dicen únicamente lo oído: los que ven lo saben de cierto.]

PLAUTUS IN TRUCULENTUS, 2, 6.

 

Guerreros abipones a caballo, "tan pronto dispuestos a la fuga, como a presentar batalla, según convenga" (Pulse sobre el ícono para obtener la imagen)

 

PREFACIO AL LECTOR

 

En América fui interrogado sobre cosas europeas; a mi vuelta a Austria, después de veintidós años [fui interrogado] igualmente sobre cosas americanas. Para quitar a otros el trabajo de averiguar y a mí el de responder, he puesto alma y mano para redactar estos informes, hechos también por invitación de hombres principales. He emprendido un asunto colmado tanto de escrúpulos, como de molestias tan luego en la presente época, tan feraz en Aristarcos que se han acostumbrado a alabar solo los partos propios o de los suyos, y a despreciar como abortos los primeros productos ajenos.

¿Quién no conoce algo sobre Paracuaria? Muchos han escrito muchas cosas; pocos, amados del justo Júpiter, lo han hecho con sinceridad; ninguno escribió todo. No te asombre que yo repita cosas ya sabidas.

El tema de mi historia lo forman en realidad los Abipones, jinetes bárbaros y belicosos que no son conocidos ni siquiera de nombre por casi ningún escritor que trata sobre América. Sin embargo, esta nación es una de las temibles de Paracuaria.

Esta nación se mantenía firme en su antigua libertad, no por el número de sus guerreros sino por su capacidad para hacerse temer a causa de sus depredaciones y para llevar el terror hasta muy lejos.

En cuanto al soldado español, sobrepasó a todas las demás naciones europeas en magnanimidad y fortuna en la guerra, y no bien entrado en América conquistó, entre todos los pueblos de los antípodas la fama de un temible vencedor. Apenas quedaban aún indios que se animaran a repeler su fuerza con la fuerza, pues ningún ejército americano por numeroso que fuere, resistía a la valentía española. Si algunos osaban oponer a los caños vomitantes de fuego, sus mazas, dardos, flechas y hondas, esto significaba oponer al hierro y al metal la madera, piedras y cañas; comprendieron sin embargo finalmente que no podían hacer mejor cosa que rendirse en cuanto tuvieron que enfrentarse con los celtíberos llegados. En frecuentes ocasiones éstos destruyeron con un pequeño destacamento ejércitos enteros de los salvajes y en muchas veces la victoria fue decidida sin que se iniciara un encuentro. No obstante que después de la conquista de México, Perú, Chile, Quito, Paracuaria, Tucumán y otras vastísimas provincias e islas, casi todas las naciones se habían rendido ante el cetro español, los abipones salvaron sin embargo su libertad hasta hoy día, ora por haber huido astutamente, ora combatiendo victoriosamente. Por desgracia, aún hicieron temblar durante años bastantes veces, por sus continuos asaltos y sangrientos exterminios de las colonias españolas, hasta que finalmente, en el año 1747 fueron llevados por nuestros hombres a pueblos donde se los instruyó en la religión y en las costumbres, y donde comenzaron a obedecer al rey Católico, soberano de toda Paracuaria.

Como yo he permanecido por siete años en las cuatro colonias [reducciones] de los abipones, observé de bastante cerca sus usos, costumbres, disciplina militar, supersticiones, las derrotas que padecieron y que causaron, sus instituciones políticas y económicas y los destinos de las nuevas colonias. Yo he escrito ahora todo esto con más sinceridad que elegancia y creo merecer indulgencia. Pues ¿quién podrá exigir de mí las amenidades de Livio, Salustio, César, de Strada o Maffei después que yo he debido carecer por tantos años de todo trato con las musas, y de todo ejercicio en el latín, si bien he cuidado religiosamente que mi obra, como consecuencia de mi trato con los bárbaros, no aparezca también escrita en un lenguaje rudo y descuidado. Me consideraré bien recompensado si se reconoce mi honestidad. La sinceridad del historiador fue siempre el adorno más brillante de la Historia. Escribir verdades, y en cuanto era posible, verdades ciertas, fue mi preocupación de corazón. Yo no pido que se me lea, admire, alabe, pero creo poder exigir con derecho que se me conceda crédito. Diversos asuntos parecerán increíbles o exagerados a aquél que no sabe de antemano que la diferencia entre un bárbaro americano y un europeo culto, no es menor que la distancia entre América y Europa.

He intercalado en el relato de los asuntos abipones muchos ejemplos de la Antigüedad y a veces sentencias, más o menos como solemos condimentar nuestros alimentos, no con el ridículo propósito de lograr con ella la fama de un filólogo, sino para demostrar claramente que las costumbres y creencias de los abipones fueron usuales en los tiempos más antiguos. Fui prolijo, lo reconozco, pero en ningún modo extremado, en describir las guerras de los abipones, en las que hubo más ruido que sangre derramada.

En esto creo seguir el ejemplo de Titus Livius quien ha dado un amplio relato no sólo de las sangrientas batallas cerca de Cannas, en el lago Trasimeno, Trebia, Las Termópilas, sino también de las escaramuzas emprendidas por la naciente Roma tumultuaria, con los albanos, sabinos, fedenates, veyenses y otros pueblos vecinos. Aunque los abipones en sus excursiones mas bien saqueaban y devastaban, antes que hacer una guerra verdadera, han despedazado durante muchos años en sus invasiones tantas veces repetidas una cantidad de hombres, casi diría, innumerable. He anotado raras veces la fecha de cada acontecimiento, en parte por que no quise exponerme al peligro de equivocarme, en parte obligado por la brevedad. Por cierto prefiero que mis lectores ignoren asuntos de menor importancia, antes de quo los conozcan defectuosamente. Mi principal preocupación al escribir fue dirigida a esto y he tenido como ley no afirmar nada dubitable o incierto. Si ocurre a veces que relato según escritores expertos lo que a mí mismo no es conocido suficientemente, trátase de autores de los cuales puedo fiarme como de mis propios ojos. Muchas veces he mencionado también lo que yo mismo he realizado o padecido, para que la historia no quedara incompleta; quien me tomara a mal esto debería hablar mal de Julio César y del apóstol Pablo (si es permitido comparar asuntos pequeños con grandes) porque también ellos mismos han consignado sus hechos y sus fatigas. Hasta aquí he expuesto a mis lectores el argumento, las causas y el plan de mi escrito. Ahora, para que su lectura no sea enojosa para nadie, ni tampoco un engaño, deseo hacer unas pocas advertencias.

Quizás juzgues, en un juicio precipitado, que sea un error o falsedad tanto en mí como en quienes me contradicen, el hecho de que otras historias de América nieguen lo que afirmo y afirmen lo que niego. ¿Por qué pensar así? Ambos exponemos la verdad. Otros hablan de México, Perú, California; yo narro sólo las cosas del Paraguay. Pues lo que es bien cierto acerca de un país no le es muchas veces de otro. Así como estas Provincias se hallen separadas por inmensas distancias, también se diferencian inmensamente entre ellas en cuanto al clima, al suelo, a las cosas existentes y sus propiedades. ¡Dios mío, cuántas y cuáles horribles y diversas diferencias de países, naciones, lenguas, costumbres y productos no he observado con mis ojos! Perú, México, Chile, Quito, etc. tienen abundancia en oro, plata, piedras y perlas; Paracuaria no tiene nada de todo esto, pero en ella se ve en asombrosa cantidad toda clase de ganado. Los abipones, mocobíes, tobas, guaycurús, aucás, etc., son los más belicosos y anhelan el combate; los vilelas, lules, chunipies, guayaquíes, etc., aman al contrario especialmente la tranquilidad y la paz. Hasta en una misma provincia los habitantes se diferencian muchísimo entre sí según las regiones. ¡Cuán disímil aparece la misma Paracuaria en algunas partes! Acá se expande por doscientas leguas hacia todas partes una inmensurable llanura de campos sin que se pueda descubrir ni un sólo árbol, ni una gota de agua, salvo cuando llueve. Allá se elevan cerros empinados, y selvas inmensas se pierden hacia lo infinito sin que sea posible percibir en ellas el menor lugar de tierra llana. Más allá, en territorio de abipones, a través de vastísimas extensiones de tierra no encontrarás ni en su superficie ni en sus entrañas una sola piedrecilla. En otro sitio más lejos observarás ásperos caminos de piedra y rocas altísimas. A menudo, haciendo una jornada, desearás en vano durante muchos días una sola gota de agua que bastaría a las más pequeñas avecillas; y a menudo lucharás con ríos, torrentes, lagos, y pantanos temibles. Si, por lo tanto, uno describiera al Paraguay llano, campestre, pantanoso y húmedo, y otro afirmara que es árido, montuoso, silvestre y rocoso, cree en todo a ambos, aunque parezca que tratan de distintos territorios. Usando de esta prudencia absuelve de mentira a muchos historiadores; y casi podrías absolver a todos.

En realidad muchas veces reí y muchas veces me fastidié por los insulsos escritos que venden por verdad al lector las más incongruentes consejas de América como historia, invenciones como hechos reales, opiniones, deducciones y fantasías, como verdades. Sin embargo, son bien pagadas, adquiridas por muchos, y en general, leídas no sin aplauso. En mi opinión valdrá por ello la pena que yo revele las fuentes de los errores que se han deslizado en la historia de América. Muchos toman la pluma cuando apenas han visto las costas de América. Para satisfacer la avidez de saber por parte de los europeos, tratan de enunciar en sus relatos más lo maravilloso y extraño que la verdad. Ellos escuchan atentamente a cada Español, Indio o Negro que se les cruza en el camino y anotan todas las leyendas que pueden reunir sobre las propiedades de las Indias y de los usos de los indios. Así son engañados, y engañan a otros. Pues ya sea que no poseen la lengua española o las americanas, o ya que la conocen sólo superficialmente, no saben ni interrogar debidamente a los habitantes, ni entender sus respuestas equivocadas; porque éstos suelen expresarse más bien por ciertos ademanes y señales que por palabras. Los relatos do ígnaros marineros, de mercaderes y otros que han pasado más bien como un torbellino por los litorales americanos que examinándolos, son luego los infaustos canales por donde han penetrado tantas fábulas y errores en los vocabularios históricos o geográficos. Apenas se lee en ellos nombre alguno de una provincia americana o ciudad, de una nación o de un río que a causa de letras agregadas o por mutilaciones, no estuviera desfigurado deplorablemente o a lo menos, parcialmente deformado. Los colectores de las enciclopedias y léxicos juntan sin discrepancias toda su existencia de hechos admirables de las tituladas descripciones de viajes; mezclan todo sin elección ni orden; substituyen lo verdadero por lo falso y producen una mezcla informe o bien un caos que todos cuantos conocen más de cerca a la América deben condenar con grande risa.

Pero ninguna clase de escritores es más pestilente que los que inducidos en parte por la envidia y el odio, y en parte por la parcialidad, rellenan sus escritos con las más infames mentiras y atroces calumnias, vituperan a gentes meritorias y alaban a pasibles de vituperación. ¡Quién enumeraría todos los libelos sobre América que no sólo jamás debían haber salido públicamente a luz, sino que a juicio de todo hombre sensato merecerían ser quemados!

En ningún país de América el cristianismo ha producido progresos tan hermosos como en Paracuaria, entre los guaraníes, habitantes de treinta y dos pueblos que ellos mismos se han edificado. En ninguna parte la piedad está en un estado más floreciente, en ninguna parte el servicio divino y las iglesias se hallan en un estado más brillante dentro de una regular y adecuada constitución; en ninguna parte las comodidades de la vida doméstica descansan sobre una base más estable; en ninguna parte las artes útiles se ejercen con mayor empeño, y yo debiera equivocarme mucho si dijera que alguna nación americana ha prestado en el ejército real servicios más frecuentes y más útiles que precisamente estos que presta ya desde hace dos siglos. De esto no duda nadie aún con los menores conocimientos de Paracuaria. Y sin embargo los sacerdotes incansables, que con su sudor y su sangre han realizado todo esto, han contado siempre con más calumniadores y perseguidores que festejantes tuvo Penélope. Para atizar la envidia contra ellos jamás cesaron de inventar ficciones. Pero la magnífica laudatoria que les han otorgado tantos monarcas españoles, tantos obispos y tantos funcionarios reales y lugartenientes, deben haber obtenido indudablemente entre los europeos más inteligentes y más sensatos un peso mayor que las frívolas recriminaciones de los malévolos.

Hace ya mucho tiempo que llegó por casualidad a mis manos, un libro francés sobre los pueblos de los guaraníes. Apenas hube recorrido tres hojas cuando advertí en ellas y anoté con mi pluma veintiséis enormes e imperdonables mentiras. Pero finalmente harto de contar, tiré disgustado el libraco lleno de calumnias. El charlatán mentiroso quiere haber visto Paracuaria. ¿Tal vez sobre un mapa geográfico? A mí por lo menos no podrá hacérmelo creer jamás. Según su dicho el invierno comenzaría allá en agosto cuando justamente en ese mes cesa y entra la primavera, brotan los árboles y construyen sus nidos las aves. Esto lo sabe cualquier Paracuario. Y sin embargo esta descripción que sólo puede ser considerada una confabulación de mentiras y calumnias, ha merecido un buen lugar en una famosa y extensa colección de descripciones de viajes y se la considera el sol del Paraguay, a pesar que ella parece ser escrita únicamente en la intención de propagar ceguera y obscuridad en la mente de los europeos. Hace muchos años he hojeado también otra descripción francesa sobre Paracuaria, en la cual la verdad es también maltratada hasta lo insoportable. Yo me asombro ante la impudicia del historiógrafo mentiroso, que hace mucho tiempo ha sido refutado enérgicamente y no menos ante el aplauso increíble con el cual ha sido leído por muchos, y principalmente por los que son afectos a un estilo brillante y aprecian más la corteza que el grano. Hace poco un inglés festivo escribió con referencia a este escritor: este hombre esté amplísimamente dotado de todo el haber de audacia estólida y de impudencia. Sus viajes son muchos pero también son muchas sus mentiras, etc. Yo venero íntimamente el pincel de este británico que ha pintado con tan vivos y acertados colores al atrevido escritor que en Europa es bien conocido también con otras referencias. Fuera de éstos, circulan en Europa aún otros libros sobre Paracuaria que deben substituir mediante burdas difamaciones lo que les falta de verdad. Pero como muchas veces la falsedad parece tener para sí razones más fuertes que la misma verdad – como anota Aristóteles – ocurre igualmente en frecuentes ocasiones que los escritores mentirosos son preferidos a los veraces y sinceros. Yo lo comprendo bien. ¿Acaso los murciélagos no prefieren las tinieblas nocturnas a la luz del día?

Oportunamente recuerdo aquí un pasaje muy útil a mis propósitos, que el censor de libros luxemburgués había escrito en su Journal Historique & litteraire, del 15 de junio de 1782, cuando en Francia se hacía una nueva edición de las cartas llamadas edificantes (Lettres édifiantes d’ curieuses écrites des missions étrangères) en veintidós volúmenes, y que fueran aclamadas por los varones más esclarecidos, como Fontenelle, Buffon, Mayran, Montesquieu, Le Franc, etc. así como vituperados por otros. "Se lee – dice este crítico – que los misioneros en las provincias del Exterior y situadas allende del mar han investigado los usos, costumbres e instituciones de las diversas naciones y también las artes y ciencias. Se aprecian mucho sus sabios esfuerzos por los cuales buscaron descubrir le verdad y desprenderse de los errores vulgares y creencias. ¿Como? A estos hombres que han estado por varios años en los países más lejanos que por sí mismo con ojo sagaz, sincero corazón y un entendimiento ilustrado por varias ciencias han observado todo no habría que dar mayor crédito que a aquellos viajeros vagabundos arrogantes que sin haber visto por sí mismos el interior de las provincias y sin estar versados en la lengua del país han dado su juicio acerca de naciones enteras solo según lo que les llegó a la vista en el lugar donde desembarcaron y [los que] pintan ante el mundo a los misioneros que parecen contradecir a sus pretendidas observaciones o más bien imaginaciones como hombres fanáticos o supersticiosos e ignorantes". Así habla este hombre bien versado en todas las materias de la ciencia. ¿Quien no siente aquí la convincente fuerza de sus palabras? Sin embargo he de creer siempre que se procede magnánimamente conmigo cuanto el vulgo erudito, que jamás se ha ausentado un paso de su patria, querrá saber todo lo relativo a Paracuaria mejor que yo, que lo he visto con mis propios ojos por tanto tiempo. Hay muchos que, cuanto más ignorantes son, ceden tanto más pronto a la tentación de vituperar, y a quienes no se puede curar con todo el eléboro de la Anticyra entera.

Lo que yo he experimentado en mi trato con los paracuarios durante dieciocho años; lo que yo mismo he visto en mis muchos y larguísimos viajes por entre sierras y selvas, campos y grandísimos ríos, todo esto lo he referido aunque no en un lenguaje esplendente y retórico, pero sí en forma detenida y sincera hasta donde fue posible; de modo que en realidad creo tener derecho a ser considerado un historiador digno de fe. Ello no obstante, no me considero tan infalible, como que también me haré corregir de buen grado. He de revocar mi error desde el momento en que me convenzo de él. En tal caso la cera no puede ser más flexible bajo los dedos que yo. Sin embargo desearía que nadie se apresure, pues lo mismo que yo puedo errar al escribir, puede errar cualquier otro en su juicio. Muy lejos de atribuir a mi obra una perfección, pensé más bien en enmendarla y limarla con cuidado antes de entregarla a la imprenta. Pero a mi edad, cuyo sexagésimo sexto año ya se aproxima a su fin, no encontré conveniente guardarla por más tiempo, ya que existe el peligro de que no me halle con vida al tiempo de su edición.

Esto es todo lo que debo hacer presente de antemano. Adiós, carísimo lector, cualquiera que fueres, y ten paciencia con los errores de imprenta y también con los míos, pues no me exceptúo de nada de lo que es humano.

Lector benévolo, como en todo el volumen se presentan constantemente vocablos hispánicos, guaraníticos y abipones, me parece oportuno prevenirte acerca de su recta enunciación.

CH: hispánica, se pronuncia como tsch germana. Así: mucho, Chile, se citan mutscho, Tschili.

X y J: deben pronunciarse como h con aspiración gutural. Así: mujer suena muher; jamás, hamás; Ximénez, Himenez.

C equivale a E: Así Çevallos debe citarse Eeballos.

LL, Ñ: como interponiendo una i leve, con pronunciación que no tiene igual en otra lengua. Así: España se dice como Espannia; Colmillo, colmilio.

Z: más suave que la germana; suelen pronunciarla como en cinco. Así Rodríguez suena Rodrigues. Advierte que la u pospuesta a la letra g no se pronuncia; aquí se dice Rodriges.

Qu: equivale a la kappa griega. Así: quemo, se pronuncia Kemo.

Jn: que en lengua guaranítica es y se dice como tsch suavizado. Así: yú, amarillo, suena tschu; ayúca ensalzar, atschuca.

Un signo de media luna como cuernos invertidos denota que esa letra debe pronunciarse con ímpetu gutural. Así y agua, se pronuncia Jh.

Cuando los cuernos van doblados hacia arriba, indican un sonido nasal. Así: Peti, tabaco.

Si la letra está marcada con un circunflejo, se pronuncia entre gutural y nasal. Así: gy pimienta. El mismo vocablo pronunciado de modo distinto significa cosas distintas. Así: Tupâ, pronunciado por la nariz, significa Dios; y tupa, simplemente, silla.

En lengua abipónica y mocobí, la letra R escrita así tiene un sonido mixto entre R y G: Naetarat, hijo, se anuncia como en quienes pronuncian la R con un vicio, como balbuceándola. Pero esta pronunciación sólo puede ser expresada de viva voz.

Muchos signos de letras y acentos fueron en parte colocados y en parte omitidos por el tipógrafo. Señalo esto en mi descargo, para que no se atribuya a mi ignorancia un error ajeno.

 

LIBRO PRELIMINAR SOBRE LA CONDICION DE PARACUARIA

 

Como mi libro trata de los Abipones, un pueblo ecuestre de Paracuaria, voy a presentar desde su comienzo a mis lectores una imagen de la provincia entera. Por él la misma historia será tanto más clara ya que el conocimiento de un país contribuye muchísimo a una completa comprensión de la condición de sus habitantes y lo mucho que de otro modo parecería obscuro y falso, se ilustra mejor por el. /2

 

DE SU LARGO Y DE SU ANCHO

 

Paracuaria, este país de la América meridional, se extiende por todos los lados en una extensión inmensa. Desde el Brasil, hasta Perú y Chile, se indican por lo general unas setecientas leguas españolas; desde la desembocadura austral del Río de la Plata hasta al país amazónico norteño, mil cien. Un inglés anónimo en su descripción de Paracuaria (editada por la Sociedad Tipográfica en Hamburgo en 1768) fija en más de mil millas inglesas la anchura de esta provincia desde el oriente hasta el poniente, la longitud, en cambio, de Sur a Norte en más de mil quinientas [millas inglesas]. Algunos cuentan más, otros menos, según han calculado por leguas alemanas, españolas o francesas. A este respecto no se puede indicar algo cierto ni tampoco juzgar. Las regiones más extensas del país, situadas lejos de las reducciones, aún no han sido exploradas debidamente, y ¿porqué no han de serlo más adelante?

 

DE LAS CARTAS GEOGRAFICAS DE PARACUARIA Y DE SUS ERRORES

 

Los Geómetras son raros allá. Y aún si algunos tuvieran cierta gana y suficientes conocimientos para realizar mensuras completas de las regiones locales, les falta el ánimo de dirigirse hacia allá, en parte por temor a los bárbaros, y en parte también porque los caminos ásperos les dificultan el viaje. Todos saben que los mapas de Paracuaria se hicieron según las observaciones de nuestros hombres [los jesuitas] que a fin de ganar bárbaros para Dios y el rey católico, atravesaron a pie allá las selvas más profundas, las cimas de las sierras y las riberas de los ríos más remotos y cruzaron todo el país, jamás sin peligro de su vida y muchas veces con su pérdida. Es sabido que veinticuatro jesuitas han perdido su vida en Paracuaria a /3 manos de los bárbaros durante sus expediciones apostólicas. He de indicar en otro sitio como se llamaron y cuando, y de qué modo perecieron. En el opulento Perú y en México no hay rincón que los europeos no hubieran removido para buscar el oro. En cambio, Paracuaria no los seducía porque no produce metales. Por ello nos es desconocida en gran parte, aún hoy día, y lo que se sabe de ella, ¿quién puede negar que se debe a los ojos y a los pies de los misioneros? Sería de desear que ellos hubieran anotado con la misma prolijidad, arte y diligencia todos los trechos que cruzaron, los ríos que atravesaron y las distancias de las localidades. Conforme con sus observaciones, han aparecido diversas cartas, tanto en Madrid como en Roma. Pero todas sin exceptuar una sola son defectuosas. Aún no ha llegado a mi vista una sola en que no hubiera nada que tachar. La que nuestro P. José Quiroga hizo producir en Madrid, hace unos años, es entre todas, la más cabal, por lo menos con referencia a los lugares que él mismo ha observado como perito en las matemáticas. El fue hasta donde pudo. Estimo especialmente el mapa del geógrafo real del señor D’Anville ya a causa de que él ha anotado diligentemente también las destruidas colonias españolas e indias e igualmente ha anotado la mayor parte de los restantes asuntos. Sin embargo, ella no es del todo correcta. Me urge demasiado en llegar a mis Abipones antes de que pueda ocuparme en indicar los errores de los mapas. Creo que vale la pena informar a mis lectores más de cerca sobre Paracuaria.

 

DE LAS DIVISIONES DE TODA LA PROVINCIA

 

Paracuaria pertenece por completo al Rey de España, el que se hace gobernar por tres gobernadores y otros tantos /4 obispos. Cada uno tiene bajo su mando una provincia separada. La primera es la provincia del Río de la Plata, en cuyas orillas está situada su capital Buenos Aires, y el asiento del gobernador real y del obispo.

 

DE LA CIUDAD, PUERTO Y HABITANTES DE BUENOS AIRES, ASI COMO TAMBIEN DEL ORIGEN DE SU NOMBRE

Buenos Aires tiene un colegio, conventos para ambos sexos, un puerto y una ciudadela fortificada medianamente, según la manera moderna que en realidad suministra una excelente defensa contra los asaltos de los bárbaros y los motines de los ciudadanos, pero no puede sostenerse contra la pesada artillería europea, aunque en ella tropas regulares forman la guarnición. El río que pasa frente a sus murallas, suple su debilidad, pues como los buques de guerra a causa de los bancos de arena no pueden acercarse, se halla segura contra sus cañones. Esta ciudad no tiene murallas, fosos, portones ni cerco alguno, lo mismo que cualquiera otra en toda la provincia, aunque estas no la igualan ni de lejos, ni en el número y esplendor de sus edificios, ni en la magnitud del comercio y riquezas, como tampoco en la cantidad de sus habitantes. Estos últimos se calculan en cuarenta mil; las casas, en cambio, en tres mil, pero las cuales, aunque edificadas en ladrillos y techada de tejas, son bajas, excepción hecha de algunas de dos pisos. Las iglesias no carecen de magnificencia, aún a juicio de los europeos.

Sin embargo, todas ellas, sin contradicción, son superadas por las dos que ha edificado el romano Primoli nuestro hermano lego, arquitecto ya célebre en Roma. En ninguna plaza se ven fuentes públicas, monumentos ni estatuas de Santos. En Viena se contarán en una hora más carros en una calle que allí en todo el año y en la ciudad entera. En cambio allá se ven de continuo muchos jinetes. No es pues un milagro que todos /5 los hombres aún de mediana fortuna se denominan en español caballeros. Allá no se encuentran marqueses, condes ni barones. Los comandantes de las tropas, los magistrados de la ciudad y los que por su dignidad o sus riquezas son apreciados, forman la principal nobleza de Buenos Aires. La fortuna de los ciudadanos se define aquí más por la cantidad de su ganado, que del dinero efectivo. La región que rodea a la ciudad, tanto hacia la tierra magallánica como hacia Tucumán, es llana por doscientas leguas, en su mayor parte sin árboles, y en muy frecuentes ocasiones sin agua, si no llueve muy abundantemente. Así se ven bellas praderas donde pacen infinitos rebaños de ganado de asta, caballos y mulares. Por donde quiera uno se dirige, se le presentan tropas enteras de caballos silvestres que pertenecen al primero que se apodera de ellos. Fuera de los sauces, que crecen en cantidad en las islas del río, se hace uso diariamente de los durazneros para alimentar el fuego. Aquí maduran muy temprano si se los planta a mano.

Estimo que Buenos Aires merece de todos modos un lugar entre los principales emporios de América, tanto con referencia al comercio español, como también considerando el contrabando con los portugueses vecinos. Los más adinerados sacan una ganancia importante por el comercio de mulares y la yerba paraguaya, que llevan al Perú y Chile. El aire es muy húmedo en esta tierra y el trueno tan terrible como las tormentas y ventarrones. En todas las estaciones sin diferencia de meses, braman muy violentamente tempestades y con frecuencia  /6 , truena de continuo día y noche. Este tiempo es común a toda Paracuaria. Las nubes tormentosas preñadas ya de truenos, ya de aguas, son no solo aterradoras sino también frecuentemente mortales para el ganado y las gentes, no solo por el rayo sino también por el granizo que cae aquí en tamaño increíble y visto difícilmente en Europa. La ciudad de Buenos Aires debe su nombre a una casualidad, pues cuando la armada de Pedro de Mendoza subía navegando por el Río de la Plata, Sancho del Campo, uno de sus parientes, pasó a tierra en una barca como uno de los primeros. Aquí deben haber soplado a su encuentro no sé cuales brisas, pués él no pudo contenerse en exclamar: ¡Que buenos ayres son éstos!. La experiencia ha certificado más tarde la veracidad de estas palabras dichas casualmente. La ciudad está situada bajo el grado 34 y 36 minutos de latitud Sud y bajo el 321º 3 m de longitud.

 

DE LA COLONIA DEL SANTISIMO SACRAMENTO, ANTES PORTUGUESA Y AHORA DE DOMINIO ESPAÑOL.

En la otra banda del río, frente a Buenos Aires, está situada la Colonia del Santísimo Sacramento que, fundada en otro tiempo por los portugueses, fue expugnada por los españoles tantas veces cuantas devuelta en virtud de pactos firmados en Europa, con evidente complacencia de los habitantes de Buenos Aires en cuyo beneficio redundaba este comercio clandestino con los portugueses. Claro está que este lucro de los particulares constituía un perjuicio para el erario real que veía de ese modo mermados sus impuestos. Esta pequeña ciudad, causa de tantas discordias, está situada en la ribera del río sobre una especie de colina; ella so compone solo de unas pocas y bajas casas y semeja más una aldea que una ciudad. Pero ello, no obstante, es sin embargo una localidad de /7 consideración. En las míseras chozas viven los comerciantes más ricos y en ellas se amontonan almacenes enteros de mercaderías, oro, plata y diamantes. La ciudad está circundada solo con una muralla muy simple y débil; además está provista suficientemente de una guarnición, cañones, provisión de boca y guerra para todos los casos. En realidad no tiene ni un aspecto bello ni fuerte. Yo apelo al respecto al testimonio de mis propios ojos, pues cuando arribamos aquí en un barco portugués en el año 1749 desde Europa, pudimos observar todo muy cómodamente al pasar. El territorio portugués es de tan exigua extensión que aún el peor andarín puede recorrerlo en una media hora. Los barcos portugueses a montones hacen velas con mercaderías inglesas y holandesas y con esclavos africanos cuyo comercio es muy provechoso en América por este puerto, desde donde luego los portugueses los exportan clandestinamente a Paracuaria, Chile y Perú y engañan o sobornan a los guardas aduaneros. Es increíble cuantos millones ha reportado a los portugueses y quitado a los españoles este comercio de contrabando. Por esta causa es bien comprensible por qué aquellos han empleado todo para la conservación de esta colonia mientras éstos han tratado siempre de destruirla lo más pronto posible.

A mí que he estado allá por dos días, el lugar me parecía tan poco sostenible que en mi opinión una compañía de tropas regulares podría ocuparla sin gran dificultad al primer ataque. Pero no dudo que posteriormente ante el temor del estallido de una guerra se habrán establecido apresuradamente nuevas defensas porque el asedio de esta plaza ha costado tanto /8  trabajo y fatiga al general español Pedro Zevallos, famoso por su genio militar y sus victorias, y la ciudad se ha rendido recién cuando el estratega español, tras abrir una brecha a tiros, se preparaba para el asalto. Entonces pese a su numerosa guarnición y cañones, capituló el 31 de octubre de 1762. Aún no estuvieron reconstruidas sus murallas deshechas a tiros cuando apareció, si recuerdo bien, una escuadra compuesta por doce barcos ingleses y portugueses para echar afuera a sus nuevos dueños. Pero la suerte no fue tan favorable a los enemigos, aunque fue grande el alboroto con que procedieron. Ellos dispararon desde sus barcos cerca de tres mil balas contra la ciudad aunque en su mayoría sin éxito. Los españoles les pagaron en la misma moneda. La lucha que había durado algunas horas, se decidió por una casualidad, pues como el buque almirante inglés se había quemado, huyeron los restantes hacia los puertos brasileños. Los ingleses reprocharon más tarde a los portugueses su cobardía; éstos, en cambio, a ellos su temeridad porque los primeros habían combatido de cerca, para ver el efecto de su artillería, mientras los segundos, para, no estar expuestos a cada bala enemiga, habían combatido lejos. Así se reprocharon mutuamente. Pedro Zevallos atribuyó en cambio la gloria de la conquista y defensa de su Colonia a la precaución con que ha vigilado sobre ella.

 

DE LOS LIMITES DE PARACUARIA, CONVENIDOS POR LOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES EN LA ULTIMA PAZ

Pero los frutos de su victoria no duraron mucho tiempo para Paracuaria, pues al hacer la paz en Europa, los Españoles, para recobrar de los Ingleses La Habana en la isla de Cuba y Manila, en las islas Filipinas, restituyeron la Colonia de Sacramento a los Portugueses. Cuando algunos años después la guerra estalló de nuevo, Zevallos volvió a conquistarla después de haberse apoderado primero de la isla de S. Catalina. /9 En aquel entonces, la Colonia quedó para el rey católico al hacerse la paz entre Portugal y España. Esta pérdida debe haber sido sensible a los Portugueses, pero mientras tanto pueden aguantarla pues si se les cegó un canal por el cual les afluían inconmensurables riquezas, se les abrieron en cambio unos nuevos por la cesión de otros territorios y ríos. Ellos recibieron pues la aurífera Cuyaba, Mattogrosso, el Fortín S. Rosa (llamada La Estacada) y otras colonias levantadas por ellos. A muchos les parece muy peligrosa esta gran vecindad de los Portugueses con el Perú y tan perjudicial para los Españoles como provechosa para éstos, pues jamás se demuestran tardos en cuanto se trata de ampliar sus confines. Ejercitados desde la juventud en las armas y habituados a las ásperas rutas, no vacilarían en recurrir a la guerra y extender su poderío a la mina de Potosí que es tan rica en plata cuan pobre en defensores. La memoria de lo ocurrido ha causado temor para lo venidero. Aún en los años anteriores cuando yo estaba en Paracuaria un pelotón de Portugueses en el Fortín S. Rosa (La Estacada) se defendió enérgicamente contra un numeroso ejército de indios y Españoles por los cuales fueron asaltados y obligaron a sus atacantes a retirarse vergonzosamente. Casi en este mismo tiempo unos pocos portugueses de este mismo fortín se apoderaron mediante un asalto nocturno de la villa peruana de S. Miguel habitada por indios cristianos, llamados Moxes, y llevaron consigo como prisioneros a dos de nuestros sacerdotes que allá ejercían la cura de las almas. El primero, ya anciano, falleció en el camino; el otro fue conducido a una cárcel pública. Los indios que no se habían salvado por la fuga fueron expulsados y dispersados. El saqueo fue general, /10 pero ¡basta ya de tales descripciones trágicas! ¡En nada ayuda reavivar el recuerdo de recientes heridas cuando aún no se han cerrado las cicatrices, augurando cosas tristes para el mañana! Todo sensato desea y espera más bien que por la última paz se haya procurado lo mejor para el bienestar de las dos dignísimas naciones. A decir verdad me he ocupado algo más detenidamente con la descripción de la Colonia de Sacramento cuyo nombre aparece muy frecuentemente en los asuntos públicos de guerra y paz al único fin de que los ignorantes no la comparen en magnitud con París y en fuerza de sus fortificaciones con Luxemburgo.

 

DE LA CIUDAD DE MONTEVIDEO, SU PUERTO, FUERTE Y DEFENSAS

 

Sobre esta misma ribera a unas cincuenta leguas de Colonia está situado hacia el Sur Montevideo, una pequeña ciudad. El gobernador de Buenos Aires D. Bruno Mauricio de Zavala la ha fundado en el año 1726. Luego se fortificó notablemente para sofrenar a los portugueses y se la proveyó de un fuerte y varias baterías, construidos por los guaraníes. Sus habitantes son en parte la guarnición regular, y en parte españoles trasladados desde las Islas Canarias. El terreno es aquí muy feraz en todas partes y se ven en derredor de la ciudad extensas estancias, caballos y ganado de asta en cantidad increíble. A los colonos no les falta jamás la oportunidad de vender los frutos de sus tierras, granos, ganado y cueros vacunos, ya que las naves que en cantidad hacen velas desde este puerto, deben procurarse sus víveres por muchos meses. Rara vez deja el puerto una nave que no estuviera cargada con veinte o treinta mil cueros vacunos para Europa. Es de deplorar que pese /11 a todas las amenidades de este suelo tan feraz, haya que temer continuamente los asaltos de los bárbaros jinetes. Ocurre muy frecuentemente que ellos irrumpen en muchedumbre desde sus escondrijos y si la ocasión les parece oportuna, roban y asesinan; pero a veces solo asustan. Hasta la presente hora no se ha podido encontrar el medio de contener sus correrías y todas las manifestaciones amistosas para atraerlos a la verdadera fe y a un buen entendimiento con los españoles han sido vanas. Más feroces que las bestias frustran ya por el segundo siglo los esfuerzos de sacerdotes y soldados. La ciudad está situada bajo el 34º grado 48 m. de latitud y el 322 grados 20 m. de longitud. Más adelante mencionaremos entre otros asuntos su puerto.

 

DE LA BAHIA DE MALDONADO Y POR QUE RAZON PODRIA SER DEFENDIDA DESDE LA VECINA ISLA DE LOS LOBOS

Alrededor de treinta leguas de allí está situada la Bahía de Maldonado, que ofrece aún a naves mayores un ancladero extraordinariamente cómodo. Fuera de unos guardias de la costa se encuentran aquí únicamente unas pocas chozas miserables. A menudo la naturaleza construye cosas tan agradables como este puerto con mayor perfección de lo que pudiera hacerlo el arte con todos sus materiales. En la cercanía se ve una isla habitada únicamente por lobos marinos. Como ésta está situada sobre la roca pura y casi en el centro del Río de la Plata, dos baterías colocadas sobre ella contribuirían muchísimo a mantener distantes los enemigos de Paracuaria. Pues para sortear los cañones, no podrían posar con sus naves por el Oeste porque tendrían que llegar a los bancos de arena ingleses (Banco Inglés) y hallar su sepultura en las olas. /12

 

DE LAS CIUDADES DE SANTA FE Y DE LAS SIETE CORRIENTES

 

A la gobernación de Buenos Aires pertenecen también las ciudades de Santa Fe y Corrientes, de las cuales la primera está situada en la ribera, oriental del Paraná, y la segunda en la occidental. Aquella es incomparablemente más bella y también más rica. Ella encuentra en su variado comercio y en la ganadería de todas clases una fuente muy rica de abundancia. En años anteriores cayó en la más extrema decadencia y se despobló a ojos vistas a causa de las incursiones de los bárbaros como ser los Abipones, Mocovíes, Tobas y Charrúas. Las estancias mejores y más distantes quedaron destruidas y en medio de la plaza y en pleno día se cometieron asesinatos. Por ello se dio la ordenanza que ningún ciudadano fuera sin fusil a la iglesia. Al fin esta ciudad comenzó a reponerse desde que hubimos fundado las colonias de S. Javier, S. Jerónimo, Concepción, y S. Pedro y S. Pablo, y hubimos civilizado y hecho cristianos a los bárbaros. Por consiguiente esta cuidad por tanto tiempo acosada debe su reflorecimiento y seguridad a nuestros esfuerzos. Ella se halla rodeada por delante y atrás y a los lados por ríos que cada vez que se desbordan la amenazan con hundirla, por más que ella sabe utilizarlos en su provecho fuera del momento de la inundación. Está situada bajo 31º 46 m. de Latitud y dista dicen, como cien leguas de la ciudad de Buenos Aires; la he visto frecuentemente y he habitado muchas veces en ella.

La otra ciudad que los españoles han llamado de las Siete Corrientes tomó el nombre de los siete ángulos de la ribera que penetran al río Paraná y contra los cuales las olas se rompen impetuosamente. Los barcos que navegan río arriba, son empujados por la rápida corriente río abajo si no viajan /13 con las velas henchidas. Una barca movida por remos debe hacer varias vueltas al cruzar el río para evitar la fuerza arrebatadora del agua como yo mismo lo he experimentado muchas veces, cuando aún me hallaba entre abipones y aucanigas en la localidad de S. Fernando. Esto se comprende fácilmente porque el gran río Paraguay se une con el río Paraná ahí mismo donde está situada la ciudad, de manera que este cambia su curso y aquel su nombre. Pues como el río Paraná corría antes desde Este a Oeste, dirige su curso hacia el Sud desde el paraje donde confluye con el Paraguay. El Paraguay, en cambio, desde su confluencia con el Paraná, se llama para todos Paraná. Es increíble cuan inmensa cantidad de agua vuelcan ante sí ambos ríos principales una vez unidos en una sola madre. Si no se vieran sus riberas, se les consideraría un mar. Corrientes, donde todas las casas se construyen en barro pisado y se techan con palmas, es una ciudad solo por el nombre y no lo merece. Los habitantes son en mayoría de presencia muy agradable por lo cual también muchísimos europeos cuando llegan aquí se enamoran y contraen nupcias: una amplia materia para el arrepentimiento por toda su vida. Las mujeres casi se destruyen por el trabajo. Su ocupación consiste en tejer o bordar los ponchos en que poseen una habilidad muy especial. Los hombres, en cambio, son ágiles de naturaleza, alegres y jinetes muy diestros. Su inclinación a la pereza y al ocio es causa de que luchen con la pobreza, aunque podrían tener abundancia en todo si supieren servirse de las oportunidades que les ofrecen el suelo fértil y los ríos. /14

Durante muchos años los abipones devastaban con asesinatos y robos también esta región de manera que se quiso dejar abandonada la ciudad. Pero cuando finalmente se había pacificado y conducido a la nueva reducción de S. Fernando, los vecinos comenzaron a revivir y de nuevo pudieron hacer uso de los prados y selvas allende el río. Estas selvas ofrecen los mejores troncos para vehículos y construcción de barcos. En cambio las primeras sirven muy cómodamente para la ganadería. Ambas reportan no poco provecho a los colonos y sólo el temor a los bárbaros que siempre les acechan, les impidió por tanto tiempo antes de la fundación de la localidad de S. Fernando aprovechar estas ventajas. La ciudad está situada bajo el 27º 48 m. de Latitud y 318º 57 m. de longitud.

 

DE LOS TREINTA PUEBLOS DE GUARANIES SOMETIDOS A LA JURISDICCION DEL GOBERNADOR DE BUENOS AIRES

Al gobernador de Buenos Aires se hallan sometidas igualmente las treinta localidades de los Guaraníes que están en las costas de los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay. Los geógrafos suelen reunirlas bajo el nombre general de Doctrinas o Terram Missionum. Solo malévolos o ignorantes tienen la impudicia de darles en sus escritos la odiosa denominación de: reino de los Jesuitas o EL Estado rebelde contra el Rey de España y pintarlo con los colores más negros que les ofrece la envidia o el afán de calumniar. Cuan fácil no sería refutar estas calumnias si no fuera contrario a mi propósito el intercalar sátiras o apologías. Sin embargo, rozaré aunque solo un poco esta materia para quitar la máscara a los calumniadores. ¿Quien ignora que el rey de España hizo traer a su costo desde Europa a los misioneros jesuitas, en parte para fundar estas /15 reducciones, en parte para conservarlas y [les hizo] pagar una pensión anual?. Los guaraníes pagan al rey todos los años sus tributos y miles de ellos convocados por el gobernador sirven sin sueldo en el ejército real ya por el segundo siglo; las autoridades de sus localidades son confirmadas anualmente por este mismo gobernador y por la autoridad real los jesuitas han sido nombrados párrocos allí; los obispos visitaban cuantas veces querían estas parroquias, y fueron recibidos con las mayores demostraciones de honor y en frecuentes ocasiones tratados magníficamente por algunas semanas. Los dos fuertes en Buenos Aires y Montevideo se construyeron si bien bajo la dirección de los españoles, en realidad por las manos de los guaraníes; finalmente, el ejército ha consistido en su mayoría en nuestros guaraníes que se dejaron gobernar cual el cuerpo por el alma por unos pocos españoles en cuantas ocasionas se emprendía algo contra los bárbaros belicosos, contra los Portugueses o su Colonia tantas veces asediada y conquistada o contra los ciudadanos rebeldes de la ciudad de Asunción. Todo ésto está bien reconocido y no sujeto a duda, ni a una ambigüedad. ¿Como pueden merecer fe luego, los Europeos sensatos decidan sobre ello, aquellos que se atreven a dar a las reducciones de los guaraníes el nombre de una provincia rebelde contra su rey y Reino de Jesuitas? ¡Si no pueden resistir a la tentación de mentir que inventen por lo menos algo más verosímil! Los guaraníes no obedecen a los Jesuitas como los siervos a su amo sino como los hijos a su padre y como a quienes el rey católico ha dado el cargo de cuidar de ellos. Nosotros los gobernábamos conforme con las leyes españolas /16 y su utilidad redundó en bien de la monarquía.

Hemos trabajado durante dos siglos para transformar los guaraníes de una nación vagabunda, antropófaga y pertinaz, enemiga de los españoles, en humanos cristianos y súbditos del rey católico. ¡Cuánto sudor y sangre esta labor ha costado a los Jesuitas y cuánto se han distinguido ante todas las restantes naciones de América estas treinta localidades por el número de sus habitantes, una cristiana conducta de su vida, el esplendor de sus iglesias, su adhesión a los monarcas españoles, su habilidad en las artes y en la mecánica, su presteza en las armas!. Estos datos pueden conocerse, por las cartas de los reyes y sus gobernadores, como también por las de los obispos españoles, que en todas partes se venden impresas. Para este mismo fin sirven también los libros del Doctor D. Francisco Xarque, deán de Albarrazin, un testigo ocular; luego el libro del doctísimo abate Antonio Muratori y finalmente los de un inglés anónimo traducido al alemán en 1768 en Hamburgo. Si bien se equivoca en algunas partes, he leído con placer este último y muchas veces no sin reir de todo corazón especialmente cuando él dice: Nosotros los europeos no somos sabios si vituperamos a los jesuitas paracuarios. Pensemos más bien de qué modo conseguimos en Europa lo que ellos sin violencia ni dinero han realizado entre los guaraníes. En estas localidades, trabaja cada uno para todos y todos para cada uno. Sin tener que comprar o vender algo, cada cual tiene todo lo pertinente a una vida cómoda como ser: comida, vestido, vivienda, medicinas e instrucción. Según el proverbio de los /17 europeos, carece de todo quien carece de dinero. Los guaraníes no tienen dinero ni conocen moneda alguna. Ellos experimentan diariamente la verdad del proverbio de los antiguos: Dii laboribus omnia vendunt (1t). Ellos están siempre ocupados en cuanto lo permiten su edad y sus fuerzas pero sin sucumbir bajo el peso de su trabajo. Ellos desconocen las regalonerías de la vida, tampoco ahorran superabundancias y sin embargo son más felices que nuestros ricos porque se bastan con poco. Pues feliz es no el que posee mucho, sino quien necesita poco. En lo demás los jesuitas han cuidado no solo el alma y el corazón de los guaraníes sino también su bienestar corporal. Como éstos dependieron únicamente del Rey de España y sus gobernadores, y como a ellos no les tocó la terrible suerte de los demás indios de caer en la servidumbre particular de los españoles, fundaron de continúo nuevas localidades y la cantidad de éstas como el número de sus habitantes acreció de continuo de un modo admirable bajo nuestro cuidado. En el año 1702 se contaron en las treinta reducciones de los guaraníes ciento cuarenta y un mil doscientos cincuenta y dos cabezas, pero una terrible peste de viruelas que estalló poco más tarde entre ellos arrebató alrededor de treinta mil. Después de algunos años estalló de nuevo pero aunque sus efectos fueron más suaves, mataron sin embargo alrededor de once mil. La escarlatina que para los Americanos es tan peligrosa, como las viruelas, causó igualmente increíbles estragos. Sé todo por propia experiencia pues he asistido con mi ayuda sacerdotal por muchos meses, día y noche, a los enfermos que padecían de viruelas o escarlatina. También el hambre causada por la gran sequía y la esterilidad originada por ella extinguieron  /18  una muchedumbre de guaraníes. Agréguense a ellos los que perecieron en la guerra al servicio del rey los cuales ocupados en las campañas permanecían por años sin darlos de baja. Por lo tanto no debe extrañarse que las mujeres de los guaraníes, pese a su especial fecundidad no pudieron reemplazar el gran número de los extinguidos por tan múltiples calamidades que se sucedieron de continuo. Por esto en el año 1767 en que abandonamos América, se contaba en todas sus localidades no más de cien mil. Yo conozco muchos españoles acomodados cuyo único deseo era poder pasar su vida entre los guaraníes. Y Muratori que conocía muy bien estas localidades, no yerra al llamar en su libro cristianos felices a sus habitantes y al probar que lo eran.

Quienquiera echar un atento vistazo en la obra de este famoso escritor: Il cristianesimo felice o en otros antes mencionados monumentos de la sapiencia, ha de palpar las mentiras que la impudicia, por la imaginación o la calumnia, arroja contra Paracuaria. Yo reí muchas veces y eso de todo corazón cuando casualmente recorrí los diccionarios diversos y otras colecciones históricas y geográficas. Siempre me parecía que sus autores, en toda ocasión en que mencionaban las localidades de los guaraníes, habían escrito con ensueño o delirio, tan extremadamente equivocado es todo. Cuando leo estos escritores, cambian en mí diferentes impresiones. De pronto me duele su ignorancia, y de pronto me fastidia su impudencia con la cual, obcecados por la parcialidad, el odio y la envidia, imponen sus fábulas inventadas y rancias como verdad /19 a los europeos. Pero frecuentes veces me asombró la incomprensible credulidad con que algunos prestan una ilimitada fe a los ingenuos hablistas y calumniadores, fe que en cambio niegan a sinceros historiógrafos. En manos de quién no se encuentra la enciclopedia de Hübner, en el cual sin embargo se hallan únicamente insoportables falsedades y calumnias en cuanto se trata de las localidades de los guaraníes. Así como aquel artista no dejó pasar sin una línea ningún día, así no se halla en él ninguna línea sin una mentira. Esto vale para el artículo sobre Paracuaria. En cuanto a lo restante den su juicio otros mejor instruidos al respecto. También la segunda edición editada por el hijo del autor causóme disgusto, cuando la revisé en Lisboa en el año 1748. Pues luego que había hecho imprimir de nuevo sin el menor cambio las fábulas que su crédulo padre había juntado, agregó sin embargo al final estas palabras: más hoy en día tenemos otras noticies de estas misiones. Pero, ¿por qué causa no ha tachado y enmendado lo que se reconoció en aquel tiempo por falso? Ignoro si las posteriores ediciones han sido expurgadas de estos errores absurdos.

El libro del señor D. Luis Antonio de Bougainville: Voyage autour du monde, editado en Neuchatel 1772 ha sido escrito muy astutamente y debe ser leído con mucha cautela por esto. Al comienzo colma con las más eximias alabanzas a los jesuitas, pero luego les achaca, cientos de cosas manifiestamente tan falsas como deshonrosas para nosotros y los guaraníes. Tácito dice en la vida, de Agrícola: pessimum inimicorum, laudantes vocat. Estos comienzan con la alabanza de aquel que quieren  /20  rebajar para que se crea, más fácilmente las calumnias con que más tarde acometen contra él. Sin embargo, yo no puedo inclinarme a colocar en esta clase de versátiles a este hombre por muchas causas célebre ya que, si no me equivoco, se ha destacado como guerrero, marino, hombre ingenioso en todas las materias de la bella literatura. El ha escrito lo malo sobre nosotros y los guaraníes, no por ser opositor a los méritos de otros sino porque relatos de extraños le engañaron deplorablemente. El no ha visto en su vida, ni de lejos, las localidades de los guaraníes. ¡Ojalá las hubiera visto! Indudablemente él hubiera usado otros colores para el cuadro que él trazó de los indios y sus misioneros. El permaneció muy corto tiempo en Buenos Aires, puerto y entrada a Paracuaria. Allí recogió de las fuentes más turbias, las peores noticias que ha editado en Europa como verdades. ¡Ay! Por desgracia esto ocurrió en tiempos cuando aún los mejor dispuestos para con nosotros no podían decir lo mejor de nosotros, sin peligro. La mayoría pondera al sol naciente, no al poniente. Nosotros nos encontramos entonces en este caso. Pero basta con ello. Un español de seguro digno de fe se expresa sobre este libro en la siguiente forma: si todo lo demás que este señor de Bouganville ha escrito sobre las diversas provincias es igualmente falso como lo que escribió sobre Paracuaria, su libro pertenece a la bodega de aromáticos para envolver pimienta o a otro oficio aún más inferior. Por esto era imposible que yo quedara insensible en cuantas veces se me decía que este libro atiborrado de tantas y tantas falsedades había hallado crédito y aplauso aún ante hombres ilustres. Mis amigos me indujeron ya hace algunos años a refutar en pocas hojas los más /21 absurdos errores de éste. Yo intercalaría aquí esta refutación pero no quiero faltar a la brevedad.

El Reyno Jesuítico del Paraguay es una visión quimérica y un aborto de un español Bernardo Ybañez, que hemos expulsado por dos veces de nuestra sociedad. ¡Quién puede esperar luego de un hombre de su ralea la verdad o la alabanza de los Jesuitas! El no fue jamás misionero entre los guaraníes sobre los cuales él ha escrito. Yo he estallado en risa cuando leí que este hombre ha sido ponderado en España como un historiador veraz y sabio. Todos los españoles de mente sana abominan su nombre como su dislate. Hace tiempo leí solo por encima el libro: Il passageto Americano, y pronto lo he desechado. Tanto me ha asqueado a primera vista la parlería fútil y ridícula del autor describiendo las reducciones de los guaraníes. Hasta esta hora ignoro su nombre. No terminaría si yo hiciera mención de cuantos han calumniado las localidades y misioneros de los guaraníes en libelos audaces. Para refutarlos podría oponerles la historia del P. Nicolás del Techo, del P. Antonio Ruiz de Montoya la conquista espiritual, el P. Pedro de Lozano, las cartas familiares del P. Antonio Sepp a su hermano, la [historia] del P. Francisco Javier Charlevoix en francés, pues en la traducción alemana ha sido mutilada miserablemente y alterada en muchos pasajes, y al fin las cartas anuas de la Provincia de Paracuaria que han sido impresas en Roma. Pero yo debería temer que se me objetara la imparcialidad /22 y veracidad de estos escritores, como testigos en su propia causa. Como si Julio César no debía merecer fe por haber escrito sobre sus propias campañas y victorias. El ha podido engañarnos, no lo niego, pero nadie ha podido conocer mejor y mas completamente los sucesos que él. Pero si no se quiere prestar fe de ningún modo a nuestros escritores, léase entonces con atención las cartas reales de Felipe quinto y sus dos cédulas a nuestros misioneros, que él ha dado desde el castillo del Buen Retiro el 28 de diciembre de 1743. Léase el escrito insertado allí del ilustre obispo de Buenos Aires, José de Peralta, de la famosa orden de S. Domingo en donde informa como testigo ocular a este mismo rey sobre el estado de las reducciones de los Guaraníes. Estos documentos que para nosotros son de la mayor importancia aparecieron en 1745 en una traducción latina y se pueden encontrar en todas partes. Al leerlos se comprenderá que los Guaraníes han demostrado siempre no sólo una inquebrantable obediencia al rey de España sino también un celo especial contra los enemigos de España y, sobre todo, han sido más útiles que otras naciones de América para sus monarcas.

Tal vez alguien alegue la sedición que los Guaraníes del río Uruguay han promovido en 1753 a causa de un decreto real. Por este decreto ellos debían abandonar siete de las mejores reducciones a los Portugueses, pero los habitantes trasladarse a alguna región solitaria o a otras reducciones del Paraná. Los indios se opusieron con todas sus fuerzas pero de ningún modo por odio contra el monarca que quiso exilarlos sino por amor a su patria de la cual debían ser desterrados. /23 ¿Y no harían igual cosa los alemanes, españoles o franceses si fueran obligados por sus soberanos a entregar su patria a sus enemigos? El suelo patrio es caro a todos, pero a los americanos lo es aún más. De ahí, ¿quién no estará dispuesto a disculpar en cierto modo la resistencia de los Indios del Uruguay, aunque no puede ser aprobada, y a tener consideración con ellos? De su pecado tuvo la culpa más bien la debilidad de su inteligencia, que la malevolencia de su corazón. Ellos expresaron siempre al rey católico la mejor voluntad y la mayor sumisión. Pero los misioneros no pudieron inducirlos por ninguna elocuencia a creer que el rey más benévolo quería desterrarlos de su patria a favor de sus enemigos los portugueses, para jamás volver a ella y quedar expuestos a la mayor miseria. En toda verdad (así escribieron al gobernador real José de Andonaegui), ni nosotros ni nuestros padres jamás han cometido la menor falta contra el rey. Jamás hemos hecho un daño a las colonias españolas. ¿Cómo podríamos creer por lo tanto que el mejor rey quería castigarnos a nosotros, inocentes, con el exilio? Nuestros abuelos y bisabuelos, y también todos nuestros hermanos, han combatido frecuentemente bajo las banderas del rey contra los portugueses y muchas veces contra los ejércitos de los bárbaros. Innúmeros han perdido en ello su vida o sobre el campo de batalla a manos de los enemigos o en las múltiples conquistas de la Colonia Portuguesa y nosotros, los salvados de la muerte, llevamos todavía nuestras cicatrices como monumentos de nuestra lealtad y de nuestra valentía. Siempre consideramos deber nuestro ampliar las fronteras de la monarquía española y defenderlas contra todo ataque. Nosotros no escatimamos en ello ni nuestra sangre ni /24 nuestra vida. ¿Y ahora el monarca católico quiere recompensarnos nuestros méritos en bien de sus provincias con el más acerbo de todos los suplicios, la pérdida de nuestra patria, de nuestras insignes iglesias, nuestras casas, campos de cultivo y más bellas estancias, en fin, con el exilio? ¿Quién puede imaginarse esto como algo creíble? Si esto es cierto, ¿qué cosa podrá considerarse aún increíble? En la cédula que Felipe Quinto nos hizo otorgar, y hacer leer públicamente desde los púlpitos en nuestras iglesias se nos ordenó en repetidas veces que de ningún modo dejáramos acercarse los portugueses a nuestras fronteras. Ellos eran sus más acérrimos enemigos y también nuestros. Y ahora se nos comunicaba de continuo ser la voluntad del rey que cediéramos a los portugueses la porción de tierra más bella y mejor, que la naturaleza, Dios y los monarcas españoles nos habían dado en propiedad y que cultivamos con tanto sudor ya por el segundo siglo. ¿A quién parecerá creíble que Fernando, el más digno hijo de este mismo Felipe, nos ordene justamente lo que su óptimo padre nos ha prohibido tantas veces? Pero si los portugueses y los españoles, como puede ocurrir fácilmente con el cambio de los tiempos y ánimos, se hubieran reconciliado tanto entre ellos y que éstos se quisieran mostrar ahora obsecuentes con aquellos, que les concedan entonces algunos de los vastísimos campos que se encuentran en cantidad aún sin habitantes y sin cultivos. ¿Por qué motivo debemos entregar tan luego nosotros, nuestras localidades a los portugueses, cuyos antepasados ora han asesinado tantos cientos de miles de nosotros, ora los han arrastrado a la más terrible esclavitud en el Brasil? Realmente esto es tan increíble como insoportable. Cuando aceptamos la fe cristiana juramos nuestra lealtad a Dios y al rey católico y de /25 su parte los sacerdotes y gobernadores reales nos aseguraron unísonos la merced y el amparo perenne. ¿Y ahora debemos estar obligados, sin ser culpables del menor delito y tras tantos méritos para con la nación española, a dar las espaldas a nuestra patria por orden real? Es lo más acerbo y lo más insoportable que nos podía ocurrir jamás. ¿Qué persona de buen entender no condenaría una amistad tan tornadiza y vacilante, una fe tan versátil para faltar a sus promesas?

Así escribieron los principales de entre los indios al gobernador real, el cual así como estaba lo mejor dispuesto para con su señor y los indios, apenas pudo contener sus lágrimas al leer la carta. Pero la severa obediencia militar suprimió en él la sensación de conmiseración y urgió el cumplimiento de lo orden real y amenazó con lo más extremo a los recalcitrantes.

Había entre los españoles, ¡quién lo creería! hasta gentes de tan infame carácter que susurraban secretamente a los oídos de los indios que el rey no había ordenado de ninguna manera la entrega de los localidades, sino que los Jesuitas las habían vendido a los Portugueses. Los Guaraníes conocían demasiado bien la buena voluntad de sus pastores de almas para que dieran crédito o esta invención aunque entre los imbéciles siempre quedaba una especie de sospecha. En realidad muchos misioneros que apresuraron con demasiado celo la emigración de las localidades y para decirlo brevemente demasiado imprudentemente corrieron peligro de perder su vida a mano de los indios a los que la pérdida de su patria había tornado casi enloquecidos. /26

Yo indicaría sus nombres y hechos en su orden pero mi intención es recordarlo sólo al pasar. El P. Bernardo Nussdorfer que en las localidades de los Guaraníes era superior, y sobre todo un hombre que se había hecho digno de honor por los cargos desempeñados entre nosotros, su edad provecta, su profundo conocimiento de la lengua india, su servicialidad y autoridad, recorrió estas siete localidades y aconsejó del modo más insistente a sus habitantes con todos los posibles argumentos que obedecieran a la orden real. Parecían haberse dejado convencer por él. Pero cuando se llegó a la ejecución los indios, así como en lo general son inconstantes y veleidosos, olvidaron su promesa y no quisieron escuchar nada más de emigración. En cuando al P. Luis Altamirano, un jesuita enviado por el rey de España en su nombre a Paracuaria para apresurar la entrega de las localidades, creyeron que no era ni un Jesuita ni un Español, porque ellos habían notado una diferencia entre su vestidura y alimentación con la nuestra. Hasta no titubearon en proclamarlo públicamente mercader portugués que se había disfrazado de Jesuita. Por esto, en una noche profunda huyó para escapar a todo peligro, cuando en la localidad de S. Tomás corrió un rumor que los indios se acercaban contra él. Más tarde cuando él ya estuvo en seguridad, lo encontré en Santa Fe en mi viaje a los Abipones donde me he reído cordialmente con él. Pero de cierto, si los indios hubieran obedecido con igual apuro a nuestros consejos como nosotros hemos inculcado la obediencia en sus ánimos, inconstantes y recalcitrantes, todo el asunto se hubiera arreglado rápida y felizmente sin ruido. Pero ellos fueron /27 sordos a nuestras prevenciones. Por esto, para llevarlos a otros pensamientos, se realizaron en la plaza procesiones públicas y un sacerdote con una corona de espinas en la cabeza, con voz pesarosa, con gemidos y amenazas aconsejó desde el púlpito a los circunstantes a comenzar su emigración. Su consejo fue tan eficiente que muchos prometieron obedecerle. Ellos hicieron más; emprendieron también al siguiente día bajo el mando de los misioneros el viaje para elegir lugares para nuevas reducciones, pero lo suspendieron cuando recordaron de nuevo sus pueblos natales. Amor patriae ratione valentior omni que, como suspira Ovidio 1. I. eleg. 4; es más fuerte que todos los raciocinios, arrastró a todos a regresar a ellas. Aquí sintieron nuestros padres cuán arduo es hacer rodar una piedra cerro arriba o nadar contra la corriente. Sería un verdadero prodigio triunfar sobre el instinto natural, aun con la más grande elocuencia.

 

DE LA REBELION DE LOS [GUARANIES] DEL URUGUAY, AL TENER QUE CEDER SUS SIETE PUEBLOS A LOS PORTUGUESES

Interin se expandió el rumor que el gobernador de Río de Janeiro en el Brasil, Gómez Freyre de Andrade, autor de toda la tragedia, había invadido con sus hombres el territorio del Uruguay. A esto, todos tomaron las armas de modo que en el primer momento unos y otros como un río, fueron arrastrados al cauce de un torrente. Se hubiera creído que estuviera a las puertas un nuevo Aníbal. Como ahora los guaraníes para defender su hogar y sus iglesias rechazaron con violencia la violencia, fueron declarados rebeldes. Pero en el fondo ellos merecían más la compasión que el castigo. Unicamente su odio innato contra los Portugueses y su furor patrio los indujeron a todos los desórdenes a que se lanzaron /28 ciegamente. Ninguno de ellos pensó jamás librarse del dominio español o hacer un perjuicio a las reducciones españolas vecinas como estuvo, sin embargo, en sus alcances. Su anterior amor al monarca estaba lejos de haberse extinguido en sus pechos, pero no pudieron vencer su añoranza por su lugar natal. Es muy cabal la observación de Ovidio cuando dice: Nescio quo natale solum dulcedine cunctos ducit, et immemores non finit esse sui (2t). Cuán grande era la fama conquistada por Ulises por su sapiencia, tan vehemente sería, según se escribe, su añoranza por su patria. Después que hubo viajado por todas partes, deseó ver el humo de un hogar patrio. Hanc maris Ionii exilem insulam in asperrimis saxulis, tanquam nidulum, affixam, (3t) dice Cicerón (I de orat.). Quién extrañaría entonces si los indios poco instruidos no han omitido nada para no ser expulsados de su patria, de situación amena, de aire sano y de considerable extensión, y con iglesias y edificios que emulan hasta con las mismas españolas; provista de bosques hasta la abundancia, ríos, los campos más ubérrimos y con todas las oportunidades necesarias para la vida.

Joaquín de la Viana, gobernador en Montevideo, que para reconocer la región, fue enviado con un escuadrón de jinetes desde el campamento español, se apeó del caballo en una colina al ver S. Miguel, una localidad de siete mil habitantes, con un anteojo de larga vista, y contempló sus magníficos templos y las hermosas filas de sus casas. Asombrado ante la amplitud  /29 de este lugar, exclamó ante los jinetes circunstantes las siguientes palabras: Escuchen. En las cabezas de nuestros madrileños debe haber insensatez si quieren ceder a los portugueses estas localidades.

Tal cosa dijo este hombre que otras veces, para hacerse grato a la reina D. Bárbara de España, apoyaba con toda fuerza el interés de Portugal. Las restantes seis localidades, como ser de los Santos Angeles, San Juan Bautista, San Luis, San Borja, San Nicolás y San Lorenzo, no carecían tampoco de una población numerosa, de iglesias elegantes y de otras comodidades de la vida doméstica. Pero ellas no tenían murallas, portones, fosas o palizadas sino que estaban siempre abiertas para cualquiera.

Ahora para defenderlas se reunieron de todos lados los indios del Uruguay. Pero este conglomerado no era otra cosa que un montón desordenado e inexperto, formado menos para la victoria que para la derrota, ya que carecía de un jefe mediocremente perito en la guerra, y los indios entraron al campo de batalla con armas inferiores. Ellos parecieron a las tropas europeas más ridículos que temibles. Un soldado portugués me dijo: "Yo creí ver una cantidad de hormigas tironeando de una hoja de naranja cuando vi marchar los indios con sus flechas y lanzas de madera". Sin embargo, nosotros sabemos que muchas veces la caballería de los Guaraníes ha inspirado miedo a los portugueses y en no pocas ocasiones les ha dado mucho qué hacer. Los temieron siempre y en todas partes, cada vez que llegaban cabalgantes en escuadrones, y a causa de su decisión que no hubieran emprendido, si un jefe experto hubiera combatido al frente de ellos. /30

Así leí yo frecuentemente en Corrientes en el Diario que desde el campamento de Gómez Freyre se enviaba a los portugueses nombrados para fijar los límites. A veces los animalitos más minúsculos, si son bastantes numerosos, hacen temblar al león. Después de marchar por acá, y acullá ambas facciones, y tras diversas escaramuzas, en que habían combatido con suerte varia, el destino de los combatientes se decidió y se terminó la guerra. De cierto por ambas partes se ha hecho más ruido que vertido sangre; y también aquí ocurre lo que Livio dice en el 7 libro De Bello Macedónico: Erant, qui fama id majus bellum, quam difficultate rei fuisse, interpretantur (4t) (5e).

Pero todos concuerdan en esto que los Europeos jamás hubieran atravesado hasta las siete localidades por tantas selvas y angostos pasos rocosos donde un pequeño destacamento puede impedir el cruce a una gran cantidad, si los Guaraníes de todas las treinta reducciones hubieran prestado ayuda a los del Uruguay. Pero los esfuerzos de los Jesuitas lograron mantener en orden a los habitantes de las costas del Paraná, aunque éstos estaban muy inclinados a socorrer a sus hermanos del Uruguay, y evitar felizmente su reunión con los rebeldes. De allí dedúzcase lo que debe pensarse de aquellos que audaz e imprudentemente nos presentan ante el mundo como autores de la rebelión y jefes de los rebeldes. Sus libros son tan peligrosos cuan numerosos, porque si bien en ellos sólo se encuentran invenciones y calumnias, tratan sin embargo por la fingida evidencia de sus argumentos, y por la autoridad de los testigos cuyos testimonios alegan de convencer al lector y lograr solapadamente su asentimiento. De seguro serían silbados por la Europa entera si todos supieran tan bien como /31 nosotros quienes eran los testigos indicados por ellos. Ya no es ningún secreto que muchos han escrito muchas cosas entre nosotros contra la verdad, diciendo habladurías en parte por temor a una u otra Corte, en parte por la esperanza de obtener alguna dignidad cortesana y por el deseo de complacer a aquéllos de quienes suplican una gracia. Yo podría indicar aquí sus nombres, carácter, sus artimañas y las mil celadas que nos tendieron, pero es más seguro fiarlo al tiempo que lo descubre todo.

 

DEL FABULOSO REY NICOLAS, Y DEL ORIGEN DE ESTA FABULA

 

Sin embargo, quiero susurrar algo a los oídos de mis lectores. Si los Guaraníes rebeldes hubieran sido incitados o apoyados por los Jesuitas, hubieran dado indudablemente más trabajos a las tropas reales, pero como carecieron del consejo y apoyo de estos Padres han realizado con impericia este asunto e infelizmente, para manifiesto provecho de los Españoles y Portugueses, cuya victoria debe atribuirse a la estulticia de aquellos. En el mismo comienzo de su rebelión eligieron como su jefe contra los Portugueses a un cierto José (no conozco su apellido) jefe del pueblo de S. Miguel, que los Españoles denominan corregidor o capitán. El poseía mucha agilidad, e intrepidez y en todas las ocasiones se portó como un buen soldado pero fue mal general por conocer tan poco la estrategia, como yo la nigromancia. Pero después de su muerte en una escaramuza los indios eligieron en su lugar al corregidor de Concepción, Nicolás Neenguirú, pero él entendía mejor la música que la guerra, y no condujo ésta muy hábilmente. Por ello, poco a poco decayó el ánimo y su causa se tornó /32 más grave. Las siete localidades fueron entregadas finalmente a las tropas reales. Pero tú, quienquiera que fueres, cuando lees esto, descubre tu cabeza y pronuncia el nombre Nicolás sólo con las rodillas dobladas, o si eres sensato, ríete con todas tus fuerzas. Pues éste es el celebérrimo Nicolás que los Europeos han dado como rey a los paracuarios sin que éstos supieran la menor cosa de ello. Todos nosotros hemos reído a garganta plena cuando en Paracuaria vimos los diarios europeos. En este mismo tiempo en que todos hablaban y escribían del ficticio rey de Paracuaria, he visto en la localidad de Concepción a Nicolás Neenguirú descalzo como todos los indios, ya cabalgando, ya arreando una tropa de vacunos al matadero de la localidad y también hachando leña en la plaza: lo he contemplado y me he reído. El se acercó a mí para besarme la mano, como era costumbre de los indios. También me instó que le diera las músicas y sinfonías para copiar para el violín, que él tocaba muy bien. ¡Oh, bendito suceso! El no se imaginaba ni soñando la dignidad de rey que los pueblos allende el mar le adjudicaban. Si él lo hubiera concebido, no se habría rebajado al trabajo de un peón sino que me hubiera tendido a mi la mano para besarla.

Permítaseme decir sin reservas cómo era el asunto. El rey Nicolás fue incubado en el cerebro de aquel que desde hace mucho tiempo ha deseado vernos expulsados de Paracuaria entera como los defensores más celosos del dominio español, /33 para poder incorporar toda la gran región de Uruguay al vecino Brasil. Los Portugueses, después de haber agredido sorpresivamente a los Españoles en el Río Grande, y haberlos hecho retroceder, avanzaron en realidad hasta la región de Montevideo porque no encontraron resistencia en ninguna parte, y devastaron todo en el camino. A tal cosa no se atrevieron los Portugueses mientras los Guaraníes estuvieron bajo nuestro cuidado; tampoco debieron jamás pensar en ello. Nuestra ausencia los ha envalentonando tanto hasta que al fin Pedro Zevallos acudió con las tropas españolas y los rechazó. En cuanto a la elevación del rey Nicolás al trono ocurrió como sigue: Para disimular el fraude y revestir con un brillo de verdad la malévola invención, un maestro monedero real de Quito, fue inducido mediante premios extraordinarios a acuñar moneda en nombre y con el cuño de rey Nicolás. Esta moneda falsa se repartió en el viejo y nuevo mundo (aunque confieso sinceramente que yo no he visto ninguna). Nadie dudaba que no fueron acuñadas en Paracuaria por el pretendido rey Nicolás, ya que el rey de España en la misma Paracuaria no tiene casa de moneda porque este país no produce metal. Pero al fin el fraude quedó manifiesto y el falso acuñador I. C. escribió él mismo en el nño 1.760, a veinte de marzo al rey. Me veo forzado – fueron las palabras del español – por unos secretos remordimientos de Conciencia a descubrir esta iniquidad, etc. Por esta confesión se descubre ahora al hombre de venal conciencia y escasa probidad por el cual fue seducido aquél a acuñar moneda en nombre del rey Nicolás. Su nombre y apellido /34 P. F. M. M., omitiré en silencio, aunque son conocidos en toda España, para no macular a sus compañeros de clase. En el año 1768 se hollaba en Cádiz cuando yo, de vuelta de América, con mis cofrades, me encontraba por algún tiempo en el vecino puerto de S. María.

La fama del Rey Nicolás y su moneda infundió temor en la corte madrileña, pero Pedro de Zevallos vio con sus propios ojos que este terror pánico había sido producido adrede para apropiarse del Paraguay y así lo manifestó en cartas dirigidas al Rey. Pero si aún se dudara de mi veracidad en este punto, léase la Gazeta de Madrid (si estoy seguro) de octubre de 1768. Allí se verán las palabras: Ahora se sabe que todo lo propalado acerca del Nicolás fue une conseja y une fábula. ¡Cómo puede expresarse más breve y claramente y refutar más enérgicamente la mentira! Yo he leído con mis propios ojos esta hoja que se revisa por la censura áulica de Madrid y aparece con su aprobación. Si se desean algunos argumentos aún más fuertes, hé ahí algunos. Después que los tumultos se apaciguaron en el Uruguay y las localidades exigidas habían sido entregadas, Nicolás Ñeenguirú se trasladó él mismo al campamento español y se presentó por su propia voluntad ante el gobernador real, José de Andonaegui para rendir cuento de todo lo ocurrido. El fue oído amistosamente y despedido sin el menor castigo sino que se le confirmó en el cargo de corregidor que él /35 había desempeñado desde mucho tiempo en la localidad de Concepción. Sin duda se le hubiera puesto en grillos y echado en la cárcel más profunda, se le hubiera atormentado con los más atroces suplicios y tal vez destrozado en cien pedazos, si él hubiera dado motivo a la sospecha de haber pretendido el reino de Paracuaria o el título de rey. Por más extraño y poco versado que uno fuera en la historia de América, se sabe sin embargo cuán severamente solían proceder los Españoles contra los reos de lesa majestad. Sin duda, se recordará de los tristes destinos de Atahualpa o como escriben otros de Atabaliba, inca de Perú; de Moctezuma, monarca de México y de otros que los españoles, por serles sospechosa su lealtad, hicieron asesinar o ajusticiar mediante otros suplicios. ¿Será entonces probable que se hubiera perdonado a Nicolás Neenguirú, un mísero indio, si hubieran caído sobre él las sospechas de pretender la corona de rey, de acuñar moneda y de otros peligrosos propósitos contra el rey de España? Debe ser extraordinariamente embotado quien después de todo esto no encontrara ridícula esta fábula del rey Nicolás. Pero, voy a referirme al primer origen de la fábula.

Es muy común entre los Españoles el proverbio: La mentira es hija de algo. Los rumores más falsos, que cual peste vagan por ciudades y países, nacen a veces de los motivos más insignificantes. De tal especie era la invención del rey Nicolás cuyo primer origen debe buscarse en el desconocimiento de la lengua guaraní, y su esparcimiento en cambio, en la malevolencia de ciertos hombres. Quiero exponer todo en su orden. La voz /36 Tubichá denota "grande" entre los Guaraníes; Mburubicha denota "rey", cacique, capitán, en algunos casos también un sobrestante. Entre los indios es uso que a cada grupo enviado por la localidad sea para arar el campo, hachar o conducir leña, o remar en los barcos se le da un sobrestante que ordena todo y a cuyas órdenes deben obedecer los demás. Los indios llaman a este Ñanderubichá, nuestro comandante o capitán, a modo de los Españoles que en los bancos de guerra llaman a los encargados de las gallinas capitán de las gallinas, y al sobrestante de los limpiadores de los barcos, capitán de las escobas. De un modo parecido los Guaraníes del Uruguay llamaron a su jefe Nicolás Neenguirú: Ñanderubichá, su capitán. Cuando entonces oyeron esto, los españoles de Asunción y Corrientes, los cuales componen a su albedrío su lengua del español y guaraní y no comprenden bien ninguna, afirmaron tan torpe cuan falsamente que los indios honraban a Nicolás con el título de su rey. De seguro entre los Guaraníes era ya costumbre desde mucho tiempo de dar al rey de España el nombre Mburubichabere o Mburubichá guazú o Carayrubichabere, eso es el magno capitán o el sumo monarca de España. Pero los más, cuantas veces hablaban del rey [y] para demostrar su tierna veneración hacia él, solían usar esta expresión semi - hispánica: Ñande Rey marangatu, nuestro bueno y santo Rey, pues Ñande en guaraní denota nuestro. La voz marangatu significa bueno o santo, por esto suelen agregar a todos los santos a que imploran, el epíteto marangatu. De ahí fluye que la falta de suficiente conocimiento de la lengua guaraní ha sido la culpa de la fantasía, /37 que elevó al trono a Nicolás Neenguirú. No debo pasar en silencio en esta ocasión que las opiniones más erróneas y calumnias peores referentes a nosotros tienen su fuente en la ignorancia de los intérpretes españoles y portugueses. Estos hombres muy rudos y hasta impíos, poco impregnados de la lengua latina o guaraní, sólo conocedores de la española, interpretan falsamente nuestras cartas delante de los gobernadores; por lo que suele ocurrir que acciones y locuciones completamente inocuas son tenidas por infamias. De este modo las interpretaciones más inadecuadas, de las que tengo en este momento no pocos ejemplos, nos produjeron a veces risa y a veces lágrimas a causa de que tantos inocentes debieron pagar los errores de un solo intérprete alucinante porque sus testimonios valían ante el tribunal como certificados legales y se introdujeron como oráculos de la verdad en los libros históricos sin la menor sospecha de una falsedad. Pero volvamos a nuestro Nicolás al cual, en parte por error, en parte por malevolencia, se le hizo desempeñar el papel de un rey.

Sin controversia sus padres, abuelos y bisabuelos del lado paterno y materno fueron todos Guaraníes de la localidad de Concepción. Allí mismo vivió por muchos años con su mujer, igualmente Guaraní, y desempeñó varios cargos públicos. El viejo P. Ignacio Zierhaim se gloriaba que él, cuando aún era párroco, había hecho castigar públicamente al célebre rey Nicolás en su juventud, a causa de no sé qué falta. Su anciana esposa, cubierta ya de arrugas, canosa, de cabeza extraordinariamente grande, era una mujer de terrible aspecto. Si recuerdo bien, jamás dio a luz. La he visto con estos ojos /38 y no faltó mucho que no la tuviera por Megera. Su marido Nicolás, en cambio, era alto y macilento, de una fisonomía muy honesta, y de una mirada muy seria. El hablaba poco y llevaba una gran cicatriz en la cara. Por esto júzguese que absurdo agregado han hecho a la primera fábula los que han declarado que el fingido rey Nicolás era un hermano lego nuestro. En todas nuestras reducciones de los Guaraníes se encontraban entonces sólo cinco hermanos laicos; dos de ellos atendían como médicos cirujanos a los enfermos; el tercero nuestras ropas, el cuarto se ocupaba en pintar los templos, y el quinto estaba completamente consumido por la edad y las enfermedades y ejercitaba en ello su paciencia y la nuestra. Pero todos eran europeos y ninguno se llamó Nicolás, ni de nombre ni de apellido. Por otra parte, nosotros no aceptábamos en Paracuaria en nuestra sociedad, ni como sacerdote, ni hermano laico, a nadie que descendiera de padres indios. Yo no niego que los indios no son justamente cabezas sagaces, pero no hubieran procedido tan bárbaramente que al elegirse un rey, hubieran preferido un lego para ellos antes que un sacerdote, ellos que atribuyen tanta sabiduría a los sacerdotes y veneran tan hondamente su dignidad. Supongamos que el vértigo hubiera atacado también a los Jesuitas de aspirar alguna vez a una corona real, y entonces no hubieran impuesto un hermano laico, sino un sacerdote, que por su probidad, prudencia y méritos ante los demás se hubiera mostrado digno de ella, como un francés anónimo anota sabiamente en un libro editado en 1759, página 18: Nouvelles pieces interesantes necessaires, etc. Acerca de la ridícula invención del hermano lego y rey Nicolás voy a indicar otra fuente igualmente ridícula. /39

Ocurrió una vez que algunos españoles para hacer pasar el tiempo, conversaban de diferentes asuntos, tales cuales se les vinieron a la memoria o a la boca. Por casualidad uno mencionó las turbulencias que hacía poco habían estallado en la orilla del Uruguay. Si los Jesuitas fueran sabios, dijo otro, pondrían al frente de los indios su hermano lego José Fernandez y le darían el mando. A más de ser un español de nacimiento, ha servido también como teniente entre los dragones reales y adquirido estima por sus conocimientos de la guerra. Del mismo modo como todos los rumores aumentan al esparcirse, corrió también de oídos a oídos el más casual pensamiento y la más insignificante ocurrencia del hermano lego que debería darse a los rebeldes para general y acreció tanto que, lo que los unos se imaginaban factible, los otros ya dieron por hecho; lo afirmaban pública y atrevidamente y los demás lo creyeron confiados. Así de una nada nace la máxima historia. Los más la tuvieron por una verdad cierta, pero en realidad fue solo una fábula insulsa y muy peligrosa para nosotros, por la cual el jefe indio Nicolás Neenguirú fue transformado en rey de los Paracuarios y José Fernandez nuestro hermano lego que vivía a lo menos a cuatrocientas leguas del Uruguay en rey Nicolás por la más ridícula metamorfosis. Conozco muy bien al mencionado hermano lego Fernandez; él dirigía en Córdoba del Tucumán una escuela pública de leer y escribir para los niños españoles durante la rebelión en el Uruguay, y de seguro se le hubiera echado de menos si en esa populosa ciudad no hubiera concurrido algún día a la escuela. Después de haber desempeñado su oficio de pedagogo, se hizo cargo por un tiempo del cuidado de la /40 estancia Jesús María situada cerca de la ciudad de modo que desde el momento de su ingreso en la sociedad, él no ha visto ni siquiera de lejos el territorio de los Guaraníes de quienes fue propalado rey. He ahí el origen de una fábula que ha sido propagada por tantos libros infames, pero que en sí es tan insulsa y absurda que sus autores más bien merecen ser silbados, que seriamente refutados. Yo me asombro muchos veces y apenas puedo convencerme, que aun en nuestro siglo, que pretende ser tan sabio, hayan existido tantos y tan grandes hombres que, cual niños que gozan de las fábulas y cuentitos de sus nodrizas y estiran alegres las manos a todos los sonajeros y juguetes, hayan tragado ávidamente, como una historia digna de crédito, ésta tan torpemente inventada fábula del hermano lego y rey Nicolás. Permítaseme decir del escritor francés cuando él ataca en este punto la infantil credulidad de tantos europeos, que estas creencias se han apoderado del entendimiento, no por razones de la verosimilitud, sino por el odio contra nosotros. Apenas dudo que muchos han de morir con su creencia en el rey Nicolás, pero éstos son únicamente aquellos que ya sea por costumbre aceptan todo como moneda corriente, o por pertinaz constancia en el error, cierran voluntariamente sus ojos y no quieren ver aún en el medio día claro lo que por otra parte no puede parecer ni obscuro ni dudoso a ningún observador sagaz. Después de mi retorno desde América he tratado en los diversos países de Europa con gentes de todas las clases y he encontrado que los rumores infundados del rey Nicolás han merecido el desprecio de todos a quienes su nacimiento, sus conocimientos, dignidad y virtud conceden un rango más eminente /41 entre los hombres. Al contrario, he observado siempre que los que aún se hallan posesionados por la rancia farsa del rey Nicolás pertenecen a las gentes insignificantes y de ningún renombre, cuyo ingenio es tan escaso como su entendimiento, y que en todo se dejan enceguecer por la parcialidad y la malevolencia. Pero ¿quién se preocupa del juicio de tales personas?

Para que nuestros lectores no se agreguen a la gran cantidad de los equivocados, añadiré aquí con su permiso algunas otras líneas que contribuyen muchísimo a la confirmación de todo cuanto he dicho con referencia a esta materia. De las siete localidades del Uruguay, en las cuales tras la ocupación se colocó una guarnición española, salieron más de treinta mil indios. La visión de tantos inocentes expulsados, de tantos ancianos y menores, arrancaba lágrimas a todos. Quince mil de los emigrantes fueron aceptados en las localidades sitas sobre el río Paraná y colocados en chozas de paja, después que ellos habían abandonado en su patria sus cómodas casas de piedra. Casi otros tantos millares se dispersaron en los campos más remotos sobre el Uruguay, para tener pronto su alimento, porque allí abunda el ganado. Ni por pedidos ni por mandatos, pudieron ser inducidos a atravesar el Uruguay y dar las espaldas a su patria para vivir de la merced de otros en ajenas localidades; ellos que antes tenían tanta abundancia; y que por años socorrieron con ganado y algodón a los habitantes del Paraná! Después de haber salido los habitantes de las siete localidades, el gobernador español, de acuerdo con el convenio concertado las ofreció a los portugueses, /42 los que, sin embargo, no las aceptaron. La excusa con que estos últimos eludieron el cumplimiento del pacto se indica entre otras como la siguiente: los portugueses, a causa de fiarse de suposiciones inciertas y rumores se habrían formado un concepto extraordinario de las minas de oro y plata, que esperaban encontrar en la tierra del Uruguay, pero después de haber inspeccionado prolijamente y revisado todo se convencieron que no existía ni el menor vestigio de todas estas minas en la gran región. Mientras ocurrió todo esto, la reina española Bárbara de Portugal, que por especial amor a su patria había tramitado con la mayor urgencia esta permuta de tierras, falleció tras una enfermedad larga y dolorosa en la flor de su edad. Poco después, Fernando VI, rey muy piadoso, exhausto por una enfermedad de igual larga duración, siguió al sepulcro a su muy querida esposa. ¡Cuántas consideraciones no se podrían formar aquí sobre las sabias disposiciones de la Providencia y sobre las vías que ella toma! El actual rey Carlos III heredó los Estados de su hermano. Ya como rey de ambas Sicilias, desaprobó con mucha cautela el convenio que Fernando había concertado con los portugueses; por ello, en cuanto pasó desde el trono napolitano al español, no tardó en rescindirlo y abolirlo por los muchos perjuicios y peligros que causaban a su monarquía. Por un decreto real llamó a los guaraníes expulsados a volver a sus localidades. Pero ellos las encontraron en un estado casi tan desolado como los judíos, después de su regreso del cautiverio babilónico, habían encontrado su Jerusalem. Consternadas hallaron sin ganados sus estancias, sus campos de cultivos cubiertos por las espinas y sus casas asoladas por las sabandijas, /43 o completamente descuidadas por las tropas de la guarnición española y o por donde quiera habitadas por serpientes. Carlos confirmó a los jesuitas la administración de las reducciones de los Guaraníes sin cambiar la menor cosa en ello, ni cumplir el deseo del partido portugués que de buen grado hubiera visto su destitución o expulsión. Pero, si nosotros en la opinión del rey hubiéramos iniciado la guerra anterior, de que nos inculparon algunos malignamente, no hubiera confiado sin duda la numerosa nación de los Guaraníes a nuestro cuidado y lealtad. En este mismo tiempo, Zenón [de Somodevilla], marqués de la Ensenada fue llamado por una carta real, desde el lugar de su exilio a Madrid. Este primer ministro había adquirido fama por sus talentos y experiencias de muchos años y había conquistado especiales méritos en bien de la España entera y por esto había obtenido en alto grado la benevolencia del rey Fernando. Pero el no dio jamás su asenso a la permuta de tierras convenida con los portugueses, que siempre fue desaconsejada y desechada por todos los consejeros de sentimientos patrióticos del reino y gobernadores de América. Hasta escribió por ello a Carlos, rey de Nápoles, como futuro heredero de la corona, porque más amaba él bienestar de la Monarquía que el favor de la reina Bárbara. Por esto, según se dice, si se debe dar crédito al rumor general en toda España, se inculpó al Marqués de la Ensenada y por ello fue preso, privado de sus dignidades y desterrado de la Corte. Pues entonces no se era tan feliz en España, que uno pudiera pensar como quisiera y hablar como pensaba.

 

DEL GOBERNADOR DE BUENOS AIRES, EL PRECLARO GENERAL PEDRO ZEVALLOS

 

Tras la muerte de Fernando, Carlos no solo [no] consintió en el convenio que su hermano había /44 concertado con los portugueses, sino que renovó la guerra contra ellos, en la cual seis mil guaraníes prestaron recios servicios en el ejército real, y bajo el mando de Pedro Zevallos. Este ocupó al principio la Colonia portuguesa, y penetró luego como vencedor en el Brasil y solo la nueva de que la paz se había concertado en Europa, interrumpió el curso de sus victorias. Que los guaraníes han contribuirlo no poco al feliz éxito de sus empresas, lo confirmó Zevallos mismo en varias de sus cartas, pues el fue siempre de espíritu equitativo. Pero por esto la envidia y la codicia no cesaron en creerle enemigo. ¡Con cuanto placer quisiera expresar al gran hombre mi alabanza para la cual su memoria me brinda una materia tan inagotable! Por un tiempo he gozado de su trato amistoso. Jamás he podido contemplarlo sin admirarle y venerarlo íntimamente; con tantas y tan grandes dotes le había provisto la naturaleza. No se me tome a mal si sigo a la inclinación de mi corazón y en esta ocasión expongo al pasar los rasgos característicos para la inmortal imagen de este hombre. Un pincel más feliz lo termine en España. Pedro de Zevallos desciende de una estirpe noble de España. Su padre fue gobernador real en las Islas Canarias y en una sedición promovida por los habitantes, tuvo hace mucho la muerte de los héroes. Zevallos tenía una figura tan cautivante y una talla tan esbelta que yo, sin titubear, lo cuento entre los hombres más hermosos que jamás he visto. El embellecía extraordinariamente su agradable constitución personal por la elegancia y suavidad de su conducta y por ello aumentaba su valimiento como un brillante el valor de un anillo. El lujo, la jactancia y el orgullo jamás le fueron propios. /45 El sabía suavizar la severidad militar de un capitán general por su especial llaneza y complacencia. Cuantas veces hablaba con sus amigos, fue el hombre más amable y en cuanto tenía que hacer con los soldados, el hombre más grave. Su voz semejaba al trueno, pero sin indicar por ello una conmoción anímica, ni una aspereza. Su solo aspecto imponía a todas clases de gente, tanto al más encumbrado como al más humille, afecto y respeto hacia él. Donde quiera que él anduviera en la ciudad, en el campamento o en viaje, cumplía siempre los deberes de un probo cristiano, de un excelente general, de un juez justo y si las circunstancias se lo exigían, de un intrépido soldado. Cuando sus asuntos se lo permitían, se le veía Frecuentemente hincado de rodillas en el templo por dos horas rezando, con los ojos inmóviles, espectáculo raro y edificante para los circunstantes. Todos los años solía dedicar ocho días a meditaciones espirituales. Vivió soltero, y sus actos eran todos tan impecables e íntegros que aún el más sagaz, si le mirara con ojos de Argos, no hubiera podido descubrir en él algún lado flaco. Demostró con su ejemplo que la piedad no es irreconciliable con el estado militar, ni éste con aquella, sino que mutuamente se elevan y adornan. En el ejército despreciaba a todos los burladores de la religión y procedía, inexorablemente severo, contra los que sin vergüenza ni conciencia, se entregaban a todos los vilezas considerando al campamento como lugar de franquicia para las picardías, donde es el más excelente, aquel que más las usa. Las ilustres victorias que el héroe hispano con aplauso de los españoles ha reportado sobre los portugueses, las debe, no a la buena suerte, sino a su sincera piedad por la cual la Providencia siempre bendijo sus empresas y suplió la debilidad /46 de su ejército. Por su especial amor a Dios, reunía por el vínculo más noble todas las grandes virtudes que deseamos a todo general, pero solo percibimos en los menos. De seguro, él no ha sido superado por nadie en fuerza del entendimiento, juicio sagaz, decisión, incansable diligencia, experiencia de muchos años en la guerra, lealtad inquebrantable a su patria y su monarca. Siempre trató más bien de ser útil al rey, que placerle. Obtuvo ambos fines, aunque sus adversarios lograron a veces quitarle por ciertos artificios la gracia del rey. Esto no es ni insólito ni sorprendente, y él tiene esta suerte en común con todos los patriotas meritorios. ¿Acaso el sol, esta estrella tan benéfica, no queda obscurecido por un rato ante el paso de la luna, aunque pronto vuelve a brillar en su plena luz, que escondió ante nosotros pero que no perdió? Cuando al fin se comprendieron en Madrid las maquinaciones que la envidia había forjado contra el mérito y la capacidad de Zevallos, fue enviado por el rey Carlos a las Cortes de Nápoles y Parma para los más importantes negocios. Igualmente elocuente, manejaba con la misma habilidad la pluma y la espada. Sin disputa poseía en el modo más perfecto, según el testimonio de los ingleses y portugueses, todas las partes de la ciencia militar. Jamás emprendió algo sin haberlo meditado maduramente desde mucho antes. Para ver coronados de un éxito feliz sus planes supo hacer los más selectos preparativos, elegir los jefes más hábiles en cuya lealtad y conocimientos militares podía fiar, remover los impedimentos vencer las dificultades, prever los peligros y desviarlos en parte por la astucia y en parte por la fuerza. Jamás postergó /47 para el día siguiente algo que podía hacerse hoy; tampoco dejó pasar sin aprovecharla ninguna ocasión de ventaja. Cuando debía cruzar las inmensas llanuras, donde no se encuentra ni agua, ni leña y atravesar pantanos y ríos, procuraba a tiempo la seguridad y comodidad de sus tropas. Jamás emprendió algo atropelladamente, sino que emprendió todo tras reflexión. Fue en verdad cauto en sus planes y nunca audaz en el ataque; igualmente pertinaz en combates y asedios. En sucesos adversos, nunca temió, ni se jactó en los favorables, ni llegó a la crueldad en las victorias. Siempre fue el mismo. Para obligar a sus tropas a la debida obediencia, trató de hacérseles bienquisto por benevolencia y buenos ejemplos. Y estimo que ésta fue la causa, por la cual, con tan pocos hombres pudo realizar siempre felizmente tantas y tan grandes cosas. No contento con haber dado órdenes, revisaba en propia persona si se cumplía en debida forma. Yo admiré frecuentemente su solicitud con la cual no perdió de vista las nimiedades aparentemente más insignificantes; por ejemplo, antes de la marcha observaba él mismo los vehículos y revisaba cada uno si estaban cargados con el bastimento preciso y avío de guerra y bien defendidos por los centinelas. Jamás se fió de rumores volantes, de respuestas ambiguas, de ojos ajenos; donde era posible, quería verlo todo con sus ojos, y tocarlo, por así decirlo; y sobre los asuntos importantes tener informes ciertos para asegurar y guardar su ejército contra los ataques sorpresivos de los enemigos. A media noche visitaba muchas veces a caballo los avanzados puestos y destacamentos en el campo abierto y se olvidaba o más bien despreciaba el sueño lo mismo que todos los demás deleites. El solía decir /48 que la vigilancia del general y la obediencia de los soldados, eran la mejor protección del ejército y la madre de las victorias. De que él decía la verdad, lo hemos experimentado complacidos.

Como él ahora entraba al campamento con este séquito de las virtudes de los generales, no es ningún milagro que generalmente todo ocurriera según su deseo. Decíamos siempre que la buena suerte, esta dádiva del cielo, se había alistado bajo sus banderas. En la última guerra que los Españoles hicieron en Italia, había servido ya con gloria, ignoro si como capitán o coronel. Lo glorioso que él ha realizado allá fue un preludio de lo que más tarde, en las dos guerras contra los portugueses, ha realizado en la América Meridional. La corte tampoco escatimó los premios a los importantes servicios de Zeballos. Así recibió la cruz de comendador de la orden de caballeros de Santiago, fue caballero de la orden de S. Genaro y gobernador militar de Madrid. Algunos años después, el rey Carlos le otorgó la llave de oro, un especial índice de prerrogativa en la Corte. Cuando se esparció en España el rumor de las perturbaciones en Paracuaria, se reconoció recién cuánta estima tenía Zevallos ante el Rey y qué confianza depositaba éste en sus talentos. El lo nombró gobernador de Buenos Aires y para sofocar las perturbaciones entre los Guaraníes y acelerar la entrega de las siete localidades, hízole embarcarse con quinientos soldados de caballería, que se habían sacado de todos los regimientos de dragones españoles, hacia Paracuaria. A ellos se agregarán, si no me equivoco, siete compañías de soldados de infantería que un coronel español poco antes había alistado en Parma a grandes costos entre los tránsfugas alemanes, franceses, italianos, algunos polacos y ¡quién creería! también rusos. Los más de /49 éstos eran soldados veteranos, de un fiero ánimo militar, que ya habían combatido en Europa en diversos combates. Ellos se defendieron también en Paracuaria con todas sus fuerzas toda vez que se combatía con el enemigo. En lo demás la inclinación de desertar, consecuencia de un hábito adquirido en Europa, ejerció tanto poder sobre ellos, aún entre los antípodas, que toda vez en que se ofrecía una ocasión, se escapaban en grupos para casarse o poder llevar una vida más cómoda. Es irrefutablemente cierto que los que cruzan el mar, mudan de clima pero no de carácter.

Tras una larga y difícil travesía en que Zevallos tuvo que padecer mucho por las tempestades, pensó seriamente en restablecer la tranquilidad en Paracuaria, porque seguía creyendo que la guerra aún ardía ni el interior de este país y que todo había pasado al rey Nicolás según corría el rumor. Cuando él vio la costa de Buenos Aires envió adelante, para no exponer sus tropas en un súbito desembarco, algunos exploradores en un bote, los que debían gritar desde lejos al pueblo que se había reunido en la margen del Río de la Plata, la contraseña habitual entre los centinelas españoles: ¿Quién vive? ¿a quién reconocían por rey? A esto se produjo en vez de una contestación, una risa general. Todos gritaron al unísono que Fernando sexto, a quien el cielo conserve por muchos años, era su rey y lo sería mientras viviera. Esto bastó para quitarles a los llegados su desconfianza. Los Europeos, engañados por los falsos rumores creyeron que el rey Nicolás, apenas o a lo menos sin mucho derrame de sangre /50 podría ser destronado, y el mismo Zevallos se sorprendió cuando se enteró que en Paracuaria reinaba tranquilidad completa, y que los Guaraníes habían vuelto a la obediencia desde hacía mucho. Tampoco tuvo ya discrepancia con los Indios. Pero tanto mayor trabajo le dieron los jefes españoles del partido portugués, entre los cuales se destacaba el marqués [de] Valdelirios. Este se hallaba provisto de un poder real para transigir a su albedrío con los Portugueses sobre todo cuanto se refería a la permuta de tierras concertada. Por cierto él era un hombre bueno sólo que, demasiado obsecuente para con el deseo favorito de la reina Bárbara, y alucinado por las dignidades que ella le prometió, se inclinaba demasiado hacia el lado de Portugal. Pero a ello se oponía con todas sus fuerzas Pedro Zevallos, que prefería la salud de España al favor de la reina. Después que él mismo hubo inspeccionado todo y revisado detenidamente, con plena imparcialidad, todo lo que había ocurrido antes de su llegada durante los disturbios, halló que una gran cantidad de cosas contra los Guaraníes y sus misioneros habían sido escritas ciegamente, y exageradas malévolamente. El comunicó también genuinamente el verdadero estado del asunto a la Corte, y hasta disculpó y alabó a los Guaraníes como su más acérrimo defensor, por los cuales había venido desde Europa para domeñarlos y castigarlos. Es cierto, que por su amor a la verdad y la justicia se creó el odio de algunos malevolentes, pero al fin se descubrieron las falacias de sus émulos, su mérito venció y él adquirió una memoria eterna entre todos los probos.

A la muerte de la reina Bárbara y de su esposo Fernando Sexto, cambió la escena y /51 todo adquirió una forma completamente diferente. Pues después que Carlos, sucesor de su hermano, declaró de nuevo la guerra a los Portugueses, Zevallos empleó a los Guaraníes que él debía haber combatido, como los instrumentos más aptos para humillar a los portugueses. Por su orden, seis mil guaraníes acudieron al campamento real y lo proveyeron desde sus pueblos con muchos miles de vacunos y con todos los bastimentos necesarios, ofrecidos con la mejor buena voluntad. Si los guaraníes han manchado su nombre por falta de un pleno convencimiento respecto a la orden real de ceder a los Portugueses sus localidades y se opusieron por un tiempo, y hasta tomaron las armas para su defensa, han ratificado y expiado su falta, según el testimonio de Zevallos dando manifiestos testimonios de su inquebrantable lealtad al rey de España. He creído deber exponer esto en mi historia sobre los sucesos entre los Guaraníes para ilustrar la verdad. Si tantos otros pueden escribir para el mundo tan insolente e impunemente sus mentiras, ¿porqué no me será permitido a mí a traer a luz hechos ciertos e indudables? Yo habría tratado este tema aún más claro y explícitamente, si no creyera deber cuidar el honor de los complicados en él. Ahora será asunto del lector imparcial discernir si debe prestar mayor fe a los libelos que el afán de difamar y la cobarde complacencia de adular a ciertas personas han forjado, o a mí, que lo he visto todo por mis ojos. Pero aún cuando merezco crédito, /52 tampoco me atrevo a esperarlo de todos, porque la mentira, según el testimonio de un filósofo, parece a muchos más creíble que la misma verdad. La razón, que debe dirigir y gobernar a la voluntad, desgraciadamente se rebaja para ser su esclava, de modo que nos inclinamos por naturaleza a creer los defectos de aquellos que envidiamos u odiamos. Que cada uno crea lo que le plazca, ya que yo no tengo qué ganar ni perder en ello. Si prejuicios arraigados impiden a mis contemporáneos prestarme el aplauso, legaré, sin embargo, a los posteriores pocas razones para dudar de lo que ha sido escrito y esparcido sin fundamento contra los Guaraníes, este pueblo tan ponderado oralmente y por escrito y jamás ponderado lo bastante. Las victorias y demás hechos preclaros de Zevallos, cuyas virtudes quise referir sólo brevemente, se encontrarán descriptos en su lugar correspondiente.

 

DEL TUCUMAN Y SANTIAGO

 

La segunda gobernación en Paracuaria es Tucumán, un país de una inmensa extensión. Al naciente limita con la gobernación de Buenos Aires, al poniente con las sierras chilenas, al meridión con las llanuras inmensas que se extienden hacia la tierra magallánica y al septentrión [norte] finalmente con el territorio de Tarija o los llamados Chichas. Ciriaco Morelli, (de verdadero nombre Domingo Muriel), un español (en cierto tiempo mi compañero en Paracuaria), supone en sus Fastis novi orbis, que editó en Venecia en 1776, que la diócesis de Tucumán es la más grande de todo el mundo si no la sobrepasa la de Quebeck; se entiende no en la población, sino en la magnitud de su extensión. Para hacer valer su opinión, /53 este escritor se refiere a una carta de Pedro Miguel Argandoña, obispo de Tucumán a quien he conocido muy bien en Córdoba, dirigida al papa Benedicto XIV del 4 diciembre de 1750, donde, entre otras cosas dice también: esta diócesis se extiende desde Norte a Sur en la inmensa extensión de alrededor de cuatrocientas leguas. En la anchura, de Este a Oeste, parece tener cerca de doscientas leguas. De ella no hace mención el obispo, porque no se pueden definir fácilmente las fronteras del dominio español por este lado a causa de los bárbaros que acá y acullá ocupan grandes porciones de tierra. De ahí se explica que Coleti, en su Diccionario Histórico-geográfico de la América Meridional, se ha equivocado mucho (como le ocurre frecuentemente) al decir: Tucumán es del Meridion al Septentrion de un largo de más de ciento sesenta leguas y desde oriente a occidente de una anchura de alrededor de noventa. Es ridículo también lo que el diario francés de Viena del 8 de julio de 1775 comunica bajo el epígrafe: Madrid, 30 de mayo: Se acaba de recibir noticia por las cartas del gobernador de Tucumán, una provincia situada entre los ríos Río Pardo, el Paraguay y el Orinoco. On vient, d’etre informé ici por des lettres du Gouverneur de la Province de Tucumán, située entre le Río Pardo, le Paraguay y l'Orenocque, etc. Quién se hubiera imaginado jamás ni aún soñando que Tucumán estuviera rodeado por estos ríos que todos, excepto el Paraguay, están a inmensa distancia de Tucumán. ¿Porqué se menciona el insignificante arroyo y omiten los grandes ríos como el Uruguay, Río Negro, Río Grande de San Pedro? Si de todas maneras se quería memorar los ríos más extraños y los más distantes, se /54 hubiera debido mencionar también el Marañón, Río de Janeiro y Río S. Francisco. ¡En qué afinidad se halla Tucumán con el río Orinoco, entre el cual y aquella provincia están situados el Brasil entero y otros territorios y el que en realidad es vecino de Nueva Granada! Yo encontré bien censurar este error y mostrar a mis lectores cuán absurdamente entremezclan todo algunos que escriben noticias o diccionarios sobre la América remota.

Tucumán tiene su propio gobernador y obispo. Este reside en Córdoba y aquel en Salta por ser las ciudades principales del país. Las demás no son ni hermosas ni tampoco muy célebres. Felipe V declaró Córdoba capital de Tucumán en una carta al gobernador Esteban Urizar. Ella tiene también casas vistosas, una célebre universidad y numerosos y opulentos colonos. En ninguna parte se encuentran campos de pastoreo más bellos y toda especie de ganado en mayor cantidad. Desde las estancias locales se venden anualmente muchos miles de mulares al Perú. En la región de Córdoba se ven rocas de una altura extraordinaria por lo general. A pocas leguas de la ciudad, sobre el río Pucara que también corre por el costado de ella, hay un lugar donde se quema cal. Cuando en una ocasión yo fui enviado allá oía por diversas veces un horrible fragor como tiros de cañón. La noche estaba serena, el cielo sin nubes y no se movía brisa alguna. Yo hubiera jurado que en cualquier sitio cercano una fortaleza era atacada a cañonazos. Pero los habitantes parados a mi lodo me aseguraron que tales truenos eran propios de estas rocas y se escuchaban casi diariamente. /55 Tal vez que el aire comprimido en las cuevas de los cerros al tratar de salir de las grietas demasiado angostas, es rechazado por las desembocaduras rocosas, rebota en las curvas y por ello emite un mugido tan horrendo y parecido al trueno. Sin embargo, me extraña que en mis muchos viajes por la sierra de Córdoba no he percibido jamás un fragor subterráneo de este modo. En la misma ciudad de Córdoba se oye a veces durante la noche, un sordo murmurar como si con un pisón de madera se moliera algo dentro de un mortero. Este estrépito sordo y sonido triste corre desde una calle a la otra. Los Españoles lo llaman el pisón que denota en español un batidor o un instrumento con el cual los emprendedores [empedradores?] pisonean sus adoquines. El vulgo cree que un espectro o duende cabalga por las calles de la ciudad y le tiene miedo. En dos años enteros he oído por una sola vez este murmullo nocturno, pero no dudo que nace de un viento subterráneo que sale entre las grietas de la tierra y busca con vehementes impulsos una salida, pues todo el suelo sobre el cual se encuentra la ciudad, se halla, para decirlo así, excavado por repetidos terremotos y se hunde, como he observado en frecuentes ocasiones.

La ciudad de Salta está situada en el camino al Perú y retira grandes utilidades del paso de los mulares. S. Jacobo (San Yago [Santiago?] del Estero) era la ciudad más antigua en Tucumán y por mucho tiempo la sede de un obispo y de un gobernador. Sus casas no son ni bellas ni numerosas. Recién a fines del siglo pasado, Inocencio XII trasladó la sede episcopal desde aquí a Córdoba. Sus templos no carecen de magnificencia. La ciudad está situada sobre el río Dulce que todos los años amontona durante su inundación unas colinas arenosas tan grandes /56 que, en el caso de un asedio, podrían servir a los ciudadanos para baluartes y también aguantar las balas de cañón. Los habitantes de la región de Santiago poseen poca fortuna pero tanto más animosidad que siempre han demostrado contra los bárbaros, y son entre todos los españoles en Paracuaria los más valientes, como en tiempos pasados los Lacedemonios entre los Griegos. De esta, prerrogativa hablaré en su lugar. Ellos ejercen un comercio no muy lucrativo, tanto en cera juntada en las selvas más remotas con mucho trabajo de los colmenares silvestres, como también con trigo, que llevan al puerto de Buenos Aires. Pero su ganancia no paga el trabajo y el sudor que gastan en estos productos. Su ganado no es muy numeroso porque les falta el pasto. Sus praderas son chicas y arenosas y por esto dan muy poca tierra de pastoreo; también por la causa de que en el verano el calor y en el invierno la escarcha, queman atrozmente todo y a esto el que muchas veces no llueve ni una gota de agua durante siete meses. Como los caballos no encuentran hierbas en el campo, ramonean cual las cabras las ramas de los árboles y hasta los palos secos, como he visto muchas veces. Si el Río Dulce no regara todos los años con sus inundaciones la región entera, como el Nilo al Egipto, no crecería probablemente nada en ella. Esta gran inundación invade generalmente en enero. Ella nace de la nieve que en las sierras de Chile y del Perú se derrite bajo el calor solar, pues en la América Meridional noviembre, diciembre y enero son los meses de verano, así como en Europa de invierno. Para el recién llegado es un espectáculo tan terrible, como lo es /57 agradable al agricultor de ver a este río por lo común deslizándose tan suavemente que puede ser vadeado a pie desde sus márgenes, de repente salirse, henchido de aguas extrañas, inundar todo y cubrir frecuentemente por varias semanas los campos en derredor. Esta inundación origina una fertilidad extraordinaria. En ningún lugar se encuentra toda clase de trigo en mayor cantidad, y sandías más grandes y más dulces. Este aluvión del Río Dulce se anuncia a los habitantes por nubes de un color insólito. En cierta ocasión viajé yo desde la Provincia del Chaco en Tucumán y crucé a la mañana a caballo este río. Luego almorcé en una de las casas situadas cerca de él. Un español forastero que estaba sentado a la mesa con nosotros, nos dio todas las posibles seguridades que la habitual inundación, el Bañado, como allá se la llama, ya no estaba lejos. Cuando le pregunté por los fundamentos de su suposición, me contestó que él había visto las nubes que siempre aparecían antes de la inundación. Su profecía se cumplió también cabalmente. Aún antes de una medía hora llegó corriendo un mensajero, completamente sin aliento, con el aviso que toda la vecindad se hallaba bajo agua. Yo salí y vi con asombro que en tan poco tiempo todo se había cambiado en un lago. Así cambió el río Dulce y se cubrieron todos los campos como un mar, pero su agua permaneció siempre dulce. Yo me alegré de haber cruzado el río en tiempo oportuno, porque todavía recordaba la travesía que en el año anterior, a la vista de la ciudad de Santiago, había realizado temblando sobre un cuero de buey que un español nadando arrastraba con una correa, tal cual se usa por allá por falta de embarcaciones y puentes. /58 En las selvas situadas en derredor de Santiago crece en gran cantidad el llamado pan de San Juan [algarrobo], aunque algo desemejante al africano y español. Machacando en un mortero da una bebida; molido como harina da una especie de pan de miel, las cuales comidas o bebidas brindan una especie de medicina cuya virtud alaban especialmente los Europeos que en América padecen de piedra o nefritis. Pero a los Americanos que no conocen la piedra ni por el nombre, les presta increíbles servicios para restablecer sus fuerzas, cuando se consumen por la caquexia o tisis. Informaré aún más sobre esta saludable fruta más adelante donde se tratará de las plantas. Hasta el ganado, como ser caballos, vacunos, mulares, etc. engordan más pronto y seguramente con ella. Los habitantes sacan también del Río Dulce una parte de sus alimentos, porque casi todos los años, aunque no siempre en la misma estación, baja por el río en inmensa cantidad una clase de peces (llamados entre los Españoles sábalos) y continúa esta marcha por muchos días en diversas secciones. Ellos se apresuran como si quisieran huir ante un enemigo que los persiguiera. Para cazarlos, no se necesitan ni astucia ni redes. Se los caza. a mano y en tanto número, que los recipientes para ellos resultan a veces demasiado angostos. Mientras dura esta migración (entre los Españoles se denomina cardumen), no se ve en la mesa del hombre común ningún otro plato fuera de él. La plaza, la iglesia, las escuelas huelen entonces todos a pescado. Parecerá extraño que entre los sábalos no se encuentren otros peces de diferente especie en la transmigración, tal vez porque entre todos, los sábalos son los más numerosos y por esto los indios los llaman peces por antonomasia. /59 Así, la palabra Noayi denota entre los Abipones un pez en general pero especialmente los sábalos. Lo mismo se nota en la lengua peruana Quichua. También en otro río, que en Timbó desemboca en el Paraguay, sin tener un nombre propio hemos observado tal migración de peces por varios días, con la diferencia de que aquí migraban peces de diversas clases. En tal ocasión pescamos muchos que hasta entonces jamás habían sido vistos. En la investigación de esta migración de peces, esto me encendió una luz. Distábamos entonces sólo unas pocas leguas del llamado Río Grande o Vermejo, como lo llaman los Españoles o Iñaté, como lo llaman los Abipones. Cuando crece, inunda la región entera. Supongo ahora que todo el género de peces es arrastrado por la fuerza arrastradora de las aguas, volcándose río abajo, y por esto buscan en los ríos vecinos un paradero más tranquilo. Pero, como éstos conducen en si una agua salada o amarga o, por lo menos, una agua agria que los peces forasteros no quieren de ningún modo, se apresuran en grandes cardúmenes a salir del agua salada y amarga, río abajo, a aguas dulces a las cuales están acostumbrados. Esta conjetura corresponde difícilmente al río Dulce porque allá, fuera del tiempo de la inundación, no se ve pasar de pronto ningúna otra dase de peces que los sábalos.

Algo parecido cuenta el P. Jacobo de la Torre en sus Noticias del Perú que salieron primero en Roma, pero más tarde, en 1604, en Maguncia. Como no llueve jamás en el Perú, los rocíos nocturnos /60 y los ojos de agua entre las rocas pueden contribuir en mayor forma al riego del suelo. Para el contorno de la ciudad de Arica, a la cual no favorece ninguno de los dos auxilios, la Providencia ha cuidado de otra manera. En el tiempo de hacer sus siembres, hay en el mar infinita cantidad de sardos. Los habitantes del litoral llenan con ellos sus embarcaciones, les cortan las cabezas, meten en cada uno un grano de trigo turco o maíz, según su lengua local, y los siembran en este modo. La cosecha es por ello no menos abundante como si la siembra hubiera sido regada por el rocío o la lluvia. Lo restante de los sardos les sirve en vez del, guano, con el cual suelen abonar admirablemente sus campos de cultivo. Tales son las palabras de un hombre que en el Perú ha desempeñado el cargo de procurador de nuestra Provincia. Para confirmar aún más todo esto, voy a agregar aún otro ejemplo de esta migración de peces. En nuestra travesía a América, después de haber pasado el Cabo Verde y sus islas, vimos pasar diariamente por tres semanas en la misma dirección ante nosotros una inmensa cardumen de peces. Los Portugueses los llaman Melotas. Son extraordinariamente anchos, pero no largos y tienen una cabeza inmensamente grande en forma de bola. Cuando se sumerjan bajo el agua, se sacuden y producen un gran ruido, cuando vuelven a, surgir, echan por un gran agujero que tienen en la cabeza, una increíble cantidad de agua bajo cierto susurro, hasta una altura a la cual no puede ser elevada ninguna agua surtidora en los reales jardines de recreo por cualquier máquina de arte que fuesen. [El saber] por cuál instinto, por qué causa y a qué fin este innumerable ejército de peces apresura su marcha, cual una /61 huida, dejo investigar a otros. Cuando más tarde regresamos por sobre este mismo mar durante cuatro meses, no apareció ante nuestra vista ninguno de estos peces. Permítaseme expresar una suposición al respecto. Durante nuestro viaje a América, observábamos por un tiempo estas asociaciones migratorias a fines de octubre y a principio de noviembre, es decir, en un tiempo cuando en el hemisferio boreal comienza el invierno, en el austral el verano. A esto los mencionados peces dirigían invariablemente su marcha de Norte al Sur. Esto bien considerado, yo diría que los Melotas, por el temor de ser zamarreados, traten de alejarse del océano boreal, donde en el invierno reinan siempre tempestades y, en bien del sosiego y la calma marítima, se apresuran a bajar a la mar del Sur que en los meses de verano es más tranquillo, inducidos más o menos por el mismo instinto por el cual las golondrinas, al irrumpir el frío invernal, se trasladan a una región más cálida. Todos saben que los animales presienten las futuras tempestades. Para omitir otras experiencias, [diré que] cuando navegábamos sobre un río en Paracuaria y los lobos marinos en cuadrillas nadaban río arriba, buscábamos siempre un sitio donde poder resguardarnos, pues nadie dudaba que se acercaba un ventarrón o una tempestad. También hemos encontrado ser siempre infalibles estos presentimientos de los lobos marinos.

Tiempos antes, estaban sometidas a la ciudad. de Santiago una cantidad crecida de reducciones de indios, a los cuales los primeros españoles en este país habían subyugado ya por sus armas o por el temor. Hoy en día, se ven también en todas partes, restos de estas reducciones. /62 Sus habitantes cayeron en la esclavitud particular bajo los Españoles y quedaron exterminados en parte por la viruela, en parte por el hambre y por la miseria. Aún restan algunas villas como ser Matará, Salabina, Moppa, Lasco, Silipica, Lindongasta, Manogasta, Quanugasta (5t), Soconcho. Sacerdotes seglares tienen el cuidado de ellas. Todas estas reducciones son pobladas por unos pocos indios, los cuales deben prestar servicios por el mayor tiempo a unos pocos Españoles habitantes entre ellos. Su estado es uno de los más míseros, su incultura increíble, sus chozas son sucias y sus iglesias no son mucho mejores. Que diferencia existe entre estos indios que padecen bajo la servidumbre privada española y nuestros Guaraníes, que solo están sujetos al rey de España, he percibido con horror en muchas ocasiones y no sin conmoverme íntimamente por su desdicha. En el mismo estado deben imaginarse las restantes villas indias que aún existen en Paracuaria.

La ciudad de S. Miguel que se conoce también bajo el nombre de Tucumán, está situada cerca de la Sierra de Chile. En su derredor se ven colinas, campos, grandes arroyos y hermosas selvas. Estas últimas se lucen por los árboles altísimos y la provincia entera puede proveerse de ellos con tablones y tirantes de madera de cedro que sirven aún para los edificios más grandes y que en Buenos Aires se venden muy caros porque deben llevarse hasta allá sobre carretees por cerca de cuatrocientas leguas. Tampoco hay que extrañar que estos tablones no se sierren en aserraderos movidos por agua, sino lentamente por manos humanas con acre fatiga. Un artífice alemán instaló antes, a orillas de un río apropiado para ello, una tal máquina aserradora, /63 pero los habitantes aferrados a su antiguo hábito, prefirieron sudar antes que tener que agradecer algo al ingenio de invención de un extranjero, a pesar de los buenos servicios que hubiera podido prestar. Un escritor, hoy día muy afamado de América del Norte, escribe que Tucumán carecía por completo de árboles y contenía inmensas llanuras donde raras veces se encontraba un árbol. Me duele este honesto hombre que se dejó engañar tantas veces por testimonios ajenos con más celo con que por lo general él indaga la verdad. Pero ¿quién de nosotros podrá contenerse de la risa al leer que en la Provincia de Tucumán faltaban árboles y bosques? Tal suerte toca a todos que escriben sobre América únicamente por los libros y no según lo visto por ellos mismos. Y, sin embargo, estos escritores obtienen el mayor aplauso. No los envidio por ello. Es el premio de las ofensas que han cometido contra la verdad. Historiadores que aportan más lo admirable que lo verdadero, merecen la admiración de la gente ordinaria, pero no el aplauso de los sensatos.

Rioja y S. Fernando, vulgarmente Catamarca, son dos ciudades que se hallan entre cerros, como sepultadas. Sus habitantes se ganan la vida por algún cultivo de vino y pimiento, pues los Españoles se sirven de la pimienta roja o turca para su alimento diario y lo conceptúan algo delicioso. Ellos condimentan con esta pimienta purpurina y picante no sólo todos los platos sino también el queso que, en relación con el gran número del ganado, se fabrica muy poco en Buenos Aires y Córdoba, de modo que aquel pierde la blancura y dulzura de la leche, asemeja más a una ciruela roja y toma  /64  un sabor muy ocre que el paladar europeo no aguanta. El número de los viñedos es extraordinariamente exiguo en toda Paracuaria, pues, aunque clima y suelo son especialmente favorables a las vides, las hormigas aquí en el país causan terribles devastaciones y comen sus raíces desde el suelo. Los españoles que, como los Alemanes, saben beber y plantar excelentemente, han renunciado al cultivo de la vid, porque éste no les paga en ningún año el trabajo empleado en el. Aun si las hormigas fueran exterminadas por una feliz casualidad pues nada pueden aquí los medios artificiales, las palomas silvestres y los ejércitos de avispas comerían en seguida las uvas. El escaso vino que allá se prensa, es espeso como un caldo, y fuerte. A los Europeos recién llegados les parece al principio comúnmente cual un remedio. EL mosto prensado de las uvas es cocido primero al fuego y espesado. Quien no puede vivir sin vino, cuídese de Paracuaria, pues debe saber que en este país la mayor bebida es la bebida de los patos y gansos y que no siempre se la halla conforme a su deseo. En las reducciones más alejadas reinaba frecuentemente tal escasez de vino de manera que muchos veces no podíamos oficiar la misa en días de fiesta. Todo el vino que se bebe allá en la mesa o en el altar debe traerse con grandes costos desde Chile, y en muchas ocasiones no se recibe tampoco ni por dinero. Pero aunque Paracuaria casi no tiene vino, esta provincia no carece de ebrios y embriagados. Los españoles saben destilar de las cañas de azúcar majadas, duraznos, naranjas, limones, membrillos y semejantes, una especie de aguardiente por el cual /65 muchos pierden la razón y se acortan la vida. Los indios bárbaros y la plebe española se preparan a su vez uno bebida muy abusada por ellos y embriagadora, de pan de San Juan [algarroba], miel, trigo turco y otras frutas, agregándoles agua y dejándolas fermentar por su calor interno.

En derredor de las dos mencionadas ciudades Rioja y Catamarca, hay pocos prados y por ellos casi ningún ganado. Pero esta carencia se reemplaza por la fertilidad de los árboles y campos de cultivo, y la diligencia de los habitantes. Secan higos para ellos, tejen de lana sus ropas usuales, juntan los cueros de vacunos y lanares y los reúnen artificialmente para emplearlos para variados usos, hacen del cuero recados, pequeñas arcas y semejantes y cambian sus productos artificiales contra otras mercancías. La ciudad de San Salvador de Jujuy está situada en la frontera de Tucumán hacia Perú, poco poblada y es el asiento de los tesoreros reales en Tucumán. Las fiebres y bocios de sus habitantes hay que atribuirlos al agua brotada de las cercanas sierras. Talavera de Madrid, generalmente llamada Esteco, sobre el Río Salado, ciudad antes tan rica cuan viciosa, habría sido tragada ya en el siglo anterior por un terrible terremoto en un abismo de tierra. Se dice que no había quedado nada excepto una anciana viuda virtuosa que fue conservada en su casa en el suburbio y la picota en la plaza destinada como en todas partes para castigar a los reos. He oído esto de boca de los Españoles que interpretan este horrible hundimiento como un juicio vengador de Dios. Ellos agregaban /66 que hoy en día uno ve en el sitio de la ciudad soterrada nada más que hoyos y por decirlo así, sepulturas de su antigua voluptuosidad. Lo refiero como lo he oído, pues yo no he visto jamás este monumento de la divina justicia aunque viví por dos años a solo unas pocas leguas de distancia de aquella región. El santo Francisco Solano, afamado por sus profecías, habría profetizado este hundimiento de la ciudad de Esteco.

Tarija, una ciudad bastante importante pertenece a la provincia peruana de los Chichas; sin embargo, en ella vivían jesuitas paracuarios los que no ahorraron su diligencia y aún su sangre, para civilizar por el evangelio a los Chiriguanás, un pueblo siempre rebelde contra los españoles. Cinco de ellos fueron víctimas de la crueldad de estos bárbaros.

 

DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA Y LOS PUEBLOS DE CHIQUITOS

 

S. Cruz de la Sierra se cuenta como aún perteneciente a Paracuaria aunque hacia el occidente está cercada enteramente por el Perú. La ciudad est situada bajo el 314 grado de longitud y 21 de latitud sur y tiene su propio obispo y gobernador. A éstos están sometidas las localidades de los Chiquitos, una nación india que nuestros hombres han buscado por muchos años en las sierras más lejanas, e instruido en la religión, costumbres y artes útiles. En el año 1766 se contaban en las localidades fundadas por nosotros 5173 familias, que en conjunto sumaban 28.788 cabezas. El número de los muertos excede casi todos los años por lejos al número de los nacidos. Si la disminución de éstos debe atribuirse más al clima donde viven, o al agua que beben o a su alimento, especialmente a las tortugas que comen frecuentemente, o tal vez una natural infecundidad de sus /67 padres, que lo resuelvan los que han tratado con ellos. Por mi parte, confieso sinceramente que no he visto ni los Chiquitos, ni su país. Pero he oído muchas veces que, si nuestros padres no hubieran traído anualmente una gran cantidad de bárbaros desde los bosques a las localidades, éstos hubieran quedado despobladas desde hace tiempo. Se tiene uno historia de los Chiquitos del P. Juan Patricio Fernandez, pero ella solo ha sido vertida por él al castellano y ha tenido como autor un jesuita italiano y misionero, y como me ha afirmado, hombre muy digno de fe. En esta historia se han deslizado algunos relatos de los indios que siempre me parecieron muy sospechosos y nunca me placieron. En lo subsiguiente aparecerá aún mucho sobre las costumbres y asuntos de los Chiquitos.

 

DE LOS JESUITAS QUE EL OBISPO DEL TUCUMAN FRANCISCO VICTORIA LLAMO A SU DIOCESIS

 

En todas estas ciudades de Tucumán y Paracuaria tenían domicilios los dominicos, franciscanos, los mercedarios de S. Pedro de Nolazco y los jesuitas. Conventos de monjas de diversas órdenes se encuentran únicamente en Córdoba y Buenos Aires. Tucumán es hasta en opinión de los Españoles la provincia más pobre de América Meridional porque si bien posee ganado abundante, no tiene minas. Cuenta entre sus apóstoles locales también a S. Francisco Solano. Cuando éste fue llamado al Perú, no se encontraba en muchas ciudades ni un solo sacerdote. Francisco Victoria, de la célebre orden de S. Domingo y primer obispo del Tucumán, encontró en el año 1581, cuando subió a la sede obispal, solo cinco sacerdotes seglares y algunos religiosos de órdenes, pero ninguno que poseyera la lengua india aunque en toda la provincia había reducciones de indios dispersas.

El obispo, anheloso de la gloria divina, escribió a los padres José Anchieta en el Brasil y al P. Juan Atienza en el Perú, ambos provinciales, pidiéndoles algunos padres. Por ello se enviaron al Tucumán a los padres Leonardo Armini, italiano; Juan Saloni, valenciano; Tomas Filds, irlandés; Manuel Ortega, Esteban de Grao, portugueses. Pero como se enviaron desde el Brasil por mar, fueron hechos prisioneros por los ingleses acatólicos [sic], maltrechos y finalmente abandonados en un bote al viento y las olas. Sin embargo, llegaron felizmente al puerto de Buenos Aires, como se lo habían propuesto. Desde el Perú se les envió en socorro, desde mucho antes, a los padres Francisco Angulo y Alfonso Barzena, que se distinguían por su virtud, pericia lingüística y ánimo emprendedor. El obispo lo nombró vicario general a éste y lo estimaba tanto, que declaró públicamente que renunciaría a su cargo si llegara a perder al P. Barzena. A éstos siguieron de tiempo en tiempo, por casi dos siglos, siempre otros de nuestra Sociedad. Ellos fueron enviados desde Europa por el rey de España, porque los obispos y gobernadores reales los habían solicitado. No referiré aquí, porque no está dentro de mi plan, lo que ellos han trabajado para Dios y el rey católico en la inmensa Paracuaria, donde han revisado casi todos los rincones. Se ha escrito muchos volúmenes sobre ello. Cuántos cientos de miles de bárbaros ganados por estos padres para Dios y el rey católico, cuántas reducciones fundadas por ellos en todas partes, cuántos hermosos templos edificados /69 por ellos, tantas ciudades españolas a cuyos habitantes han instruido en las ciencias y la religión, nos darán siempre ante la remota posterioridad el testimonio irrefutable que nosotros hemos realizado algo entre los antípodas aunque algunos no dejan nada sin mover para extinguir nuestra memoria. Su esfuerzo quedará siempre vano si no se queman hasta quedar en cenizas todas las bibliotecas. Siempre han de hallarse libros que publicarán a voces cuanto hemos realizado, escrito y padecido en bien de la salud pública. Pero indiscutiblemente habríamos cosechado mucho más frutos de nuestras labores apostólicas, si los Europeos, más preocupados de su provecho que de la salvación de los Indios, no hubieran obstaculizado nuestros propósitos. Si los cristianos hubieran observado también una conducta cristiana y unido diligentemente sus esfuerzos con los nuestros, no habría, tal vez en toda América, un solo bárbaro. Estuve una vez en una iglesia en Buenos Aires cuando un predicador sostenía esto tan cabal cual sinceramente ante el gobernador real e innumerables oyentes, y lo probó con tantos ejemplos, que todos los presentes parecían estar convencidos de la verdad de sus palabras.

 

DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY Y DE SU CAPITAL ASUNCION

 

La tercera gobernación de la cual quedó el nombre a toda la provincia, es Paraguay. Ella tiene su denominación por el río de igual nombre que la recorre. A juzgar por su extensión, es inmensamente grande, pero a causa de la peligrosa vecindad de los bárbaros de un lado, y de los Portugueses del otro, está encerrada en límites demasiado estrechos para su número de habitantes. Este miedo a sus vecinos les impide /70 aprovechar los campos extensos y fértiles situados en la parte al poniente, en la otra banda del río y en parte al Norte, pero siempre demasiado distantes de la ciudad. Hacia el Sur, la llanura de Corrientes constituye su frontera. Es difícil indicar el número de sus habitantes. Se dice que en caso de necesidad podrían hacer formar diez mil hombres. En esto se habla sólo de los Españoles, pues si fueren armados los indios, los negros y los restantes esclavos, se podrían reunir fácilmente treinta mil. Pero, de seguro podría ponerse sobre sus banderas el lema: Sólo llenamos el número y nuestro destino es únicamente ayudar a comer el bastimento; nos numerus sumos & fruges consumere nati. Un gobernador de Paraguay se habría quejado una vez que él contaba en realidad con muchos soldados en el ejército, pero pocos armados de mosquetes y aún menos que supieren manejarlos y apuntar con ellos. La capital Asunción recibió este nombre de la ascensión de la sacratísima virgen. Está situada bajo el 25 grado, 8 minutos de Latitud y el 319 grado, 41 M. de Longitud sobre el río Paraguay, que es muy cómodo a los barcos para anclar y a los habitantes para comerciar, pero amenaza con hundir la ciudad por aproximarse cada vez más y derrumbar la orilla y las casas citadas en ella. Asunción no es, en lo más mínimo, ni esplendorosa ni fortificada. Las casas, en su totalidad, son bajas y sin pisos altos, aunque se encuentran entre ellas algunas edificadas con piedras o ladrillos, y techadas con tejas. El mismo aspecto tienen los conventos. En las iglesias no hay nada digno de ser visto. Todas las calles son torcidas, desparejas a causa de los hoyos y piedras existentes en ellas, excavadas por la lluvia y por ésta causa igualmente ásperas para jinetes y peatones. /71 La única plaza, si todavía recuerdo bien, se halla cubierta de hierbas. El gobernador y los obispos tienen, ya desde el tiempo de Carlos V, su sede aquí, pero no una casa propia. En nuestro Colegio se enseñaba aparte de la gramática, también la filosofía y la teología con mucha concurrencia. Los negros, indios y otros de raza diferente que se llaman mulatos, mestizos y puchuelos etc., tienen un párroco propio y una iglesia parroquial propia. Todo el vulgo, aún las mujeres de rango, niños y niñas, hablan el guaraní como su lengua natal, aunque los más también hablan bastante bien el español. A decir la verdad, mezclan ambas lenguas y no entienden bien ninguna. Pues después que los primeros Españoles se apoderaron de esta provincia, que antes estaba habitada por los Carios o Guaraníes, tomaron en matrimonio las hijas de los habitantes por falta de niñas españolas y por el trato diario los maridos aprendieron el idioma de las esposas y viceversa, las esposas el de los maridos, pero, como suele ocurrir generalmente cuando aún en la vejez, se aprende idiomas, los españoles corrompían miserablemente la lengua india y las indias la española. Así nació una tercera o sea la que usan hoy en día.

Durante mi estaba por tres meses en esta ciudad, el confesionario me quitaba diariamente muchas horas, porque hablo ambas lenguas. La mayoría de los Españoles vive en aldeas, en estancias y pequeñas localidades para estar más cerca a sus campos de cultivo y pastoreo. Fuera de la capital no hay ninguna ciudad en este país. Villarica o Curuquati son lugares insignificantes y solo la sombra de ciudades. A causa de sus migraciones tantas veces repetidas por miedo a los Portugueses, sus habitantes /72 se tornaron casi mendigos. Xerez y la Ciudad Real del Guayrá llevaron antiguamente el nombre de una ciudad, pero han sido abandonadas hace mucho tiempo y destruidas por los Portugueses, que viven reunidos en la ciudad de S. Pablo, escondrijo de los Mamelucos y que ocupan hoy el fértil suelo del Guayrá. Si bien los Españoles se lamentan siempre por la pérdida de sus territorios más hermosos, lo soportan, sin embargo, con paciencia convencidos que una ira vana no tiene efecto.

De las antiguas reducciones en que los Españoles han colocado los indios vencidos o convertidos restan aún Caazapá, Yuti, Ytapé e Yta. Los franciscanos cuidan de ellas. Caazapá se compone de más o menos doscientas familias, que en cuanto a la ganadería superan a las demás. Ellas obtienen anualmente hasta veinte mil terneros. Supongamos ahora que la tercera parte de los que felizmente llegaran a crecer se pierda también por las sabandijas, por las fieras y ladrones, se deducirá fácilmente que el número de vacas y novillos debe sumar en esta localidad cien mil. Agréguese a éstos aún los innumerables mulares y ovejas. Su ganadería se extiende por muchas leguas sobre la más amena llanura. A cierta distancia entre sí, se han colocado pastores indios y en cada puesto se ve lo que por lo general en Paracuaria yo no vi jamás: puro ganado de un mismo pelo. Así se encuentran en un lugar de un solo color blanco los caballos, vacunos, ovejas y hasta las gallinas del cuidador son blancas. En otro lugar, todos son de color negro, en un tercero todos overos. Tantas diferencias de colores, al parecer superfluas, no proceden de la casualidad sino del cuidado /73 de los cuidadores. La localidad Ytapé alimenta alrededor de veinte familias. Yuti e Yta algunas más. Bajo párrocos seculares se hallaban Atirá, y Altos, que han sido unidas en un solo pueblo. Quarambaré y Taboti cuentan con pocos habitantes; Yaguarón tiene alrededor de doscientas familias. Como los habitantes indios de estos pueblos están sometidos al servicio de los españoles, sus pueblos no pueden compararse con los de nuestros guaraníes, ni en el número de la población, ni en el grado de cultura, ni en el esplendor de las iglesias porque ellas dependen solo del rey de España al cual se han sometido voluntariamente, libres de toda sumisión privada.

 

LOS NUEVOS PUEBLOS DE SAN JOAQUIN Y SAN ESTANISLAO, DE INDIOS YTATINGUAS

 

En la gobernación del Paraguay, hay otras cuatro localidades que hemos fundado y mantenido para los indios. S. Joaquín, después de varias mudanzas, está situada bajo el 24 grado 49 m’ de latitud y el 321 grado de longitud entre las selvas Turumay, llamada así por los árboles de igual nombre, sobre el río Yú. En el año 1767 se contaron en él dos mil diecisiete habitantes. Los españoles los denominan incorrectamente Tobatines, mientras ellos se llaman en su lengua guaraní Ytatines o Ytatinguas. En el año 1697 nuestros PP. Bartolomé Ximenez y Francisco Robles descubrieron más de cuatrocientos en las selvas Turumay y los llevaron a la antigua localidad Nuestra Señora de Santa Fe situada a 150 leguas de ahí, donde también quedaron fieles a la religión cristiana por varios años. Pero el amor a la libertad los indujo de nuevo a retornar a las selvas de sus padres, donde fueron encontrados antes, y donde los PP. Policarpo Duffo y Miguel Haffner, volvieron a hallarlos recién después de larga búsqueda y de muchos viajes en 1721. En Tacuma fue fundada una pequeña /74 localidad, y en el año 1723 se bautizaron más de trescientos. En parte por falta de campos de pastoreo y en parte por las turbulencias de una rebelión que algunos Españoles rebeldes habían promovido con ocasión del gobernador José Antequera impuesto a ellos, fueron de nuevo trasladados por intervención del P. José Pons a la localidad de Nuestra Señora de Santa Fé. En esta localidad quedaron por diez años y se condujeron muy bien. Desgraciadamente estalló en su vecindad entre los Españoles una terrible sedición a la cual se agregaron el hambre y los espantosos estragos de la peste variolosa. Todo esto los aterró y de nuevo huyeron en el año 1734 a sus acostumbrados y remotísimos bosques, para buscar allí seguridad y alimento. Por mucho que a los Jesuitas afligió la fuga de 400 familias, admiraron, sin embargo, su astucia, con la cual todos se escaparon secretamente en una noche, sin dejar el menor vestigio por el cual se hubiera podido deducir la ruta que habían tomado y hacia dónde se habían dirigido. Luego se enviaron los PP. Sebastián de Yegros, Juan Escandon, Felix Villagarzia y Lucas Rodriguez, para que indagaran el escondrijo de los fugitivos. Pero no obstante todo empeño empleado, después de haber cruzado por diversos ríos y esteros durante dieciocho meses y revisado lo más cuidadosamente todos los rincones de las selvas más lontanas, no pudieron dar con ningún rastro del pueblito escapado. Finalmente fue descubierto por una casualidad en el año 1745, lo que antes no pudo haberse realizado por esfuerzos algunos. El relato de esta casualidad resultaría demasiado largo para mi historia. Por mandato de su superior, el P. Sebastián de Yegros se puso en camino inmediatamente, aunque tuvo que vencer muchas dificultades /75 en todas partes bajo la lluvia continua, el desbordamiento de los ríos y los peligrosos esteros. Tras un viaje de cuarenta y nueve días encontró a los Itatines en las selvas en Tapebi. Ellos estuvieron conformes con que se fundara para ellos en su patria una localidad, y que algunos cientos de niños nacidos recién después de su huida a las selvas fueran bautizados. Sin tardanza se les enviaron desde las antiguas localidades ganados de toda especie, ropas, hachas y otros avíos caseros; además algunos indios músicos con sus familias, junto con algunas otras que debían instruirlas en las artes útiles. Todo se hizo conforme con su deseo, cuando de repente un terror insospechado se apoderó de estos indios e interrumpió el buen progreso de la nueva reducción. Los bárbaros jinetes que los españoles denominan Quaycurúes o Mbayas, devastaron con asesinatos y robos las estancias de los Paracuarios vecinas a ellos. Esto intranquilizó extremadamente o los Ytatines que allá siempre estaban temiendo que los enemigos estuvieran cerca. Los rumores siempre renovados del inminente arribo de los bárbaros les causaron muchas noches insomnes, y aún en pleno día ellos sólo soñaban en peligros. A esto se agregó otra calamidad: la sequía general. Para defenderse tanto contra la sed como contra los enemigos, los indios y sus misioneros consideraron conveniente trasladarse más hacia el sud, a un lugar donde por tantos bosques, situados por medio, estaban seguros contra los bárbaros jinetes y jamás expuestos a la falta de agua. Por esto, dejando abandonadas la iglesia de ladrillos y la vivienda de nuestros padres, fundaron apresuradamente en el año 1753, sobre una colina, junto al río Yú, una localidad que más tarde fue provista con las mejores leyes en base a las reducciones guaraníes, aumentada con nuevas familias y /76 establecida permanentemente. Yo mismo he trabajado con éxito en esta localidad. Cuando el digno obispo de Asunción, Manuel de la Torre, nos hizo la visita habitual permaneció en nuestra casa por dieciséis días, y no pudo admirar y ponderar bastante la conducta cristiana de los habitantes, su exactitud en el culto divino, la forma artística de sus iglesias y música y el orden reinante en todas las cosas de estas gentes selváticas, apenas pacificadas. D. Carlos Morphi, irlandés y gobernador del Paraguay, que participó en todas las expediciones y victorias de Zevallos contra los portugueses y era completamente versado en la música y las lenguas europeas, pudo contener apenas su placer cuando yo lo hospedé durante cinco días en mi casa. Se asombró ante la especial habilidad de estos indios montaraces en la música y en las armas, pues presenció como más de ochocientos indios, en parte a caballo, en parte a pie, dispararon en plena carrera sus flechas contra el mismo blanco y eran tan seguros de sus tiros, que sólo unos pocos erraron el blanco. El no podía saciarse bastante de contemplar este espectáculo, que hice repetir frecuentemente para él. Ni yo tampoco de la compañía de un hombre tan excelente. Los caciques de estos convecinos llamados Paranderi, Yazuea, Yeyú, Guiraquera y Xavier. El abuelo de este último fue impuesto antes del nombre Francisco Xavier y así pasó como patronímico a sus descendientes.

La segunda reducción en Paraguay, S. Estanislao es una filial de la reducción de S. Joaquín, porque los Ytatines y los misioneros de esta localidad descubrieron igualmente en los bosques entre los ríos Caapivary, Yeyuy y Tapiraquay otros Ytatines y los convencieron a convivir en un lugar y aceptar la fe cristiana. /77 No fue tan fácil el inducirlos a resolverse a dar las espaldas a sus selvas nativas y salir al campo libre. Acostumbrados a sus altos árboles umbrosos, a los cuales el sol jamás ha iluminado plenamente, recelan de las llanuras donde los rayos solares penetran libremente y temen siempre por su libertad y vida que creen segura únicamente en selvas intransitables, contra los Españoles y otros enemigos. No se puede negar que en este punto los bárbaros tienen la experiencia a su favor. El P. Sebastián de Yegros (los indios lo llamaban Pay Sabba), pasó bajo la más grande miseria un año en los bosques entre los indios hasta que se dejaron convencer por él y salir del bosque a las llanuras cerca del río Tapiraquay. Los PP. Manuel Gutiérrez y José Martín Mattilla fueron enviados allá con algunos indios cristianos, con ganado y comestibles para construirles algunas chozas y una pequeña iglesia. Esto ocurrió en el año 1751. Los caciques principales de estos indios que establecieron esta reducción de S. Estanislao, se llamaron Arabebe, Tapari y Quirayu. La liberalidad y llaneza de nuestros padres que les regalaron alimento, ropas, hachas, cuchillos, bolas de vidrio y cosas semejantes, los hicieron por completo mansos y dóciles para la doctrina cristiana. Cuando en frecuentes ocasiones yo los visitaba desde la localidad de S. Joaquín en cuyo territorio se fundó esta nueva reducción, no pude admirar lo bastante el suave carácter y las costumbres tan conformes con la ley divina de esta gente nacida y criada debajo de los árboles. Apenas pude contener las lágrimas al tener el dulce consuelo de escucharles la confesión de sus más pequeños pecados con un arrepentimiento mayor /78 al de muchos cristianos viejos que no confiesan al confesor los más atroces crímenes. En pocos años la localidad creció de un modo increíble por el acceso de nuevas familias indias que los PP. Antonio Planes, Tadeo Enis, de Bohemia y Antonio Cortada han buscado por empinados y casi inaccesibles caminos y conducidos felizmente allá. Esta reducción está situada bajo 24 grados, 20 m. de latitud y el grado 321 con 35 m. de longitud. En el año 1767 contaba ya más de dos mil trescientos habitantes. Hasta hace poco vagaban aún como bestias en los bosques donde los Españoles recogen su yerba, un artículo principal de su comercio del cual hablaremos pronto. De modo, pues, que todo el país por la fundación de estas dos reducciones, es decir, S. Estanislao y S. Joaquín, han ganado en modo extraordinario, porque los Españoles tras el alejamiento de los bárbaros pueden atravesar y entrar libremente en las selvas para recoger esta yerba valiosa.

Para la confirmación de esto relataré un suceso memorable. Los árboles de cuyas hojas se hace el té paraguayo, se encuentran por lo general en las selvas más remotas que algunos denominan Mbaeverá, algo reluciente, pero otros Mborebiretá, la patria de la gran bestia, y que están situadas sobre los ríos Monday y Acary. Para esta cosecha de yerba, un negocio de varios meses, se envió una vez un gran número de españoles con todos los bueyes, mulas y caballos precisos. La selva por la cual debieron cruzar, está cubierta en todas partes por árboles y entre éstos por cañas, entrecortada por veintiséis ríos y otros tantos esteros y se tiende por una extensión de ochenta leguas sin que en ella se aperciba un campo despejado ni de diez pasos. /79 Para abrir paso a gentes y ganado, se necesitó abatir árboles, tender puentes sobre los ríos, hacer caminos con fajinas a través de los esteros y aplanar algo los declives de los cerros. Después de haberlo realizado con indecible trabajo y costo, fue menester aún construir en el lugar donde debía juntarse y prepararse en definitiva la yerba, chozas para los Españoles y cercos y corrales para el ganado y para poder secar las hojas bajo un fuego lento, enterrar parcialmente postes y atravesar otros sobre ellos. Todos los preparativos se habían terminado y los españoles se habían distribuido para juntar la yerba, cuando su jefe Pascual Villalba se encontró con una choza deshabitada de los bárbaros. Impresionado ante este descubrimiento, corrió hacia los suyos a comunicarles esta nueva desagradable. Esta noticia fue la voz de orden para la partida, por la cual todos cesaron de juntar hojas y se apresuraron a salvar su vida mediante la huida. Pero por esto no debe conceptuárseles tímidos ni cobardes, porque ellos no juntan todos reunidos en un solo grupo, sino que separados en los diversos contornos del bosque, buscan los árboles, cortan sus ramas, que reúnen en líos y llevan a su choza. Además, fuera de su cuchillo, no llevan otra arma consigo. Por lo tanto, están siempre expuestos a los asaltos de los bárbaros. Los Españoles, abandonando pues el negocio por el cual habían venido, cabalgaron apresurados sobre sus mulas y caballos de vuelta a la ciudad. Pero Villalba se separó de sus fugitivos hacia S. Joaquín y refirió a los padres todo cuanto había visto y hecho. Para dar fe de sus palabras, les mostró la olla y las flechas que él había traído consigo /80 desde la choza de los bárbaros y les pidió insistentemente que trataran por cualquier medio posible de traer estos salvajes a la localidad, lo que los padres prometieron con la mayor alegría y disposición. Pero como a causa de su débil constitución corporal no se atrevían a emprender un viaje tan dificultoso, eligieron a tal efecto algunos de sus indios y les dieron a Villalba como jefe para hacer buscar por su intermedio a los bárbaros explorar sus ánimos. Apenas habían viajado algunos días cuando, por una intempestiva voracidad habían consumido sus víveres y, como también debieron padecer falta de agua, regresaron de nuevo sin haber descubierto ni siquiera desde lejos el supuesto paradero de los bárbaros. Toda la empresa fue estéril por lo tanto, y no se reemprendió más tarde, de modo que el trabajo de buscar estos indios y la gloria de encontrarlos parecían quedar reservados para mí.

Mis superiores me enviaron unos años después a S. Joaquin. El rumor de los bárbaros en Mbaeverá y el miedo de los Españoles a ellos perduraban siempre. Pese a su avidez de ganancias no se atrevían jamás a poner pie en este bosque desde donde se habían prometido una cosecha tan rica en yerba paraguaya. Después que yo hube estudiado el asunto con mi compañero y nuestros indios, resolví emprender el viaje a los bosques nombrados. Por lo tanto, con veinticinco indios cristianos tomé por el camino donde, a causa de los esteros y ríos apenas se puede avanzar. Villalba fue nuestro guía. Ya desde mucho tiempo no restaba nada de los puentes y otros preparativos que los Españoles habían hecho para la seguridad de su viaje. Sin embargo vencimos las dificultades /81 y llegamos a la choza abandonada por los bárbaros. Allí encontramos aún huesos de monos, puercos monteses y antas que los indios comen, un mortero de madera dura junto con otros objetos, muchas espigas de trigo turco e igualmente [descubrimos] la senda sobre la cual ellos buscaban el agua en el cercano río donde se veían muchas pisadas de pies desnudos. Sin embargo no pudimos hallar una huella fresca aunque por varios días habíamos enviado a todos lados unos espías y habíamos explorado con los ojos más atentos las selvas cercanas y orillas pantanosos del río Acaray. Como no vimos ante nosotros indios algunos, ni tampoco una probabilidad de lograr nuestro propósito, regresamos otra vez a nuestra localidad después de haber vagado diecinueve días en la triste soledad y padecido tanta penuria indecible cuan increíble, sin haber cosechado otro fruto que el de la paciencia. He hecho a pie este camino y en frecuentes ocasiones, a pies desnudos. Si nosotros nos hubiéramos desviado sólo un poco hacia el sur, hubiéramos llegado de seguro a las chozas de los bárbaros, como vi al año siguiente. Los Españoles que supieron mi larga y detenida exploración en las selvas de Mbaéverá creyeron que los indios se habrían mudado a otra parte y ya no temieron peligro alguno. Se animaron nuevamente y se trasladaron otra vez en gran número y con mayor avidez de ganancias aún por el camino reconstruido a grandes costos. De pronto se les reaparecieron los bárbaros, justamente cuando estaban plenamente en su trabajo. Como se les habló amistosamente y se los obsequió con carne de vaca y otras cosas, no supusieron intenciones hostiles en los Españoles y hasta regresaron algunas veces en estas chozas suyas. Cuando se les preguntó /82 donde vivían con sus familias, respondieron muy astutamente, temerosos de una visita de los españoles, peligrosa para ellos y sus mujeres, que sus chozas estaban muy distantes y que se podría llegar a ellas únicamente cruzando muchos pantanos. Para evitar que los visitantes descubrieran sus viviendas por el rastro de sus pisadas, al regreso tomaron esta precaución: después de haber llegado por el lado sur, regresaron por el norte, de modo que nadie podía imaginar su dirección. Así los españoles sospecharon de los bárbaros y los bárbaros de los españoles una traición. La desconfianza mutua y el recíproco temor se acrecentaron paulatinamente.

 

DE LOS BARBAROS QUE YO DESCUBRI EN MBAEVERA, JUNTO AL RIO EMPALADO

 

Villalba, siempre preocupado por su seguridad, avisaba cuánto ocurría, y me juró que si yo regresaba otra vez, seguramente encontraría a estos bárbaros. Yo no titubee mucho y emprendí alegre el camino con mis indios. Habíamos traspuesto ya un buen trecho y marchábamos presurosos a grandes pasos por el Mbaeverá, cuando el cielo pareció haberse juramentado con todas sus caídas de lluvia contra nosotros y nos acosó incesantemente día y noche con ellas. Tuvimos que pernoctar todas las noches bajo el cielo descubierto sobre el suelo donde todo nadaba en agua. Nuestras ropas más interiores chorreaban de humedad y no pudimos ni mudarlas ni secarlas. La carne de vaca, el alimento principal y casi único de los indios comenzó a podrirse. Los ríos y pantanos crecieron tanto por la lluvia continua, que durante muchos días no se podía cruzarlos. /83 No había el menor indicio de un tiempo bueno. Por ello nos vimos obligados a regresar a casa después de una penuria de ocho días. Sin duda nos hubiera esperado aún una mayor, si no hubiéramos sido tan precavidos de suspender nuestro viaje, pues la lluvia persistió incesantemente por veinte días. Si bien en esta vez no conseguí mi propósito, no desistí de él. Esperé, al contrario, en mi localidad una ocasión de reiniciar lo más pronto posible la empresa. Poco tiempo después emprendí en realidad mi tercer y más feliz viaje a Mbaeverá. Al fin llegué a mi meta. Así descubrí tres lugares de viviendas bastantes poblados de bárbaros a quienes mandaban tres caciques, Roy como principal y Tupanchichu y Veraripochiritú como capitanes. La primera choza estaba construida por palmeras, cubierta por hierba seca, tenía ocho puertas y sesenta habitantes. De derecha a izquierda pendían hamacas que de día servían para sentarse y de noche para dormir. Cada familia bárbara tiene en el suelo su propio fogón en cuyo derredor está colocado todo un conjunto de ollas, grandes calabazas y cántaros. Los más, especialmente los adolescentes, tienen una figura muy agradable, por la cual muchos Europeos los envidiarían y estimarían. Son muy blancos de cara, porque jamás se dejan tocar los rayos solares. Los hombres, sean viejos o jóvenes, se tonsuran los cabellos a la manera de algunos monjes que dejan en su cabeza corona. de cabellos. Desde el séptimo año llevan perforado el labio inferior; pasan por un agujero de él un caño del grosor de una pluma de escribir y tienen esta costumbre en común con todos los pueblos americanos. Los Guaraníes, cuya lengua ellos hablan, nombran a esto tambetá. /84 Pero todos, sin distinción de edades, ni de sexo, se cuelgan en las orejas conchas triangulares. Los hombres andan desnudos, excepto que por una honestidad natural llevan un pequeño delantalcito como los albañiles. Pero todas las mujeres están cubiertas desde los hombros hasta los pies con un género blanco que ellas se fabrican de la corteza del árbol Pinó. Si se bate esta corteza se seca y se forman pequeñas fibrillas cual lino, las cuales se hilan para hacer telas. Este tejido se blanquea sin trabajo y admite con facilidad y duración todos los colores. En cambio los géneros tejidos por la mayoría de las naciones bárbaras de Caraquatá o Maguey, como lo llaman los Mexicanos (sobre ello en su oportunidad diré algo más), distan mucho de ser blancos y todos los tintes que ellos admiten sólo con dificultad, se pierden muy fácilmente. Los bárbaros suelen ornar con una corona de plumas de papagayos la parte tonsurada de la cabeza. Sus armas consisten en flechas con un gancho, con las cuales bajan con una habilidad especial las aves aún en vuelo. Ellos y los suyos se alimentan de antas, fieras y aves de todas clases, como las traen desde la caza a la vivienda. Se esconden frecuentemente tras los arbustos, llaman astutamente por grosera imitación de su canto a las aves y las matan luego a tiro de flecha. A veces las cazan también con redes y trampas. No repudian tampoco la agricultura. A lo menos, se encuentran en abundancia en los bosques trigo turco, frutas, tabaco. De este último, cuya planta es allá de hojas extraordinariamente grandes y crece muy alta, la susodicha choza estaba rodeada como por un cerco. Antes de acostarse, /85 colocan sus ollas rellenas de carne o frutas junto al fuego para hallar al despertarse todo a mano en seguida. Apenas alborea, los hombres y hasta los muchachos de siete años vagan por grupos con sus carcajes por los selvas, para hallar los rastros de caza montesa y comer ésta en el día. 

 

Mapa de la región TARUMÁ y MBA'EVERA (Pulse sobre el ícono para obtener la imágen)

 

El que no quiere padecer hambre, ni ser burlado, no debe volver con las manos vacías a casa. Las madres colocan sus hijos en un canasto tejido de ramas, y los llevan así, sobre las espaldas, cuando quieren viajar por el bosque. Ellas saben también juntar la miel más excelente, tanto para comer como para beber, de los colmenares silvestres de los cuales están llenos todos los árboles. Por este motivo aprecian mucho los cuchillos y las hachas de fierro. Como encontramos semejantes instrumentos de hierro en su poder, no dudábamos que ellos los habían quitado a algunos Españoles asesinados, que en algún tiempo juntaron yerba en las selvas. Entre ellos, Dios se denomina Tupa, como en guaraní, pero ellos poco se preocupan por conocer sus leyes. Como no saben de un culto divino, tampoco conocen un culto idólatra. Al demonio llaman añá o añangá, pero sin venerarlo. Tienen la mayor estima a los hechiceros o más bien charlatanes y los temen. Pues éstos se jactan de que conjuran a venir y desaparecer las enfermedades y aún la muerte, que presagian lo porvenir, causan inundaciones y tempestades, que se transforman en tigres y pueden modificar aún de otros modos el curso de las leyes de la naturaleza. Por estas jactancias logran el respeto de los temerosos. Estos bárbaros, como todos los americanos, estiman lícita la poligamia, pero sólo en muy raras ocasiones la practican. /86 Más comunes son entre ellos los repudios de las esposas. Aborrecen todo matrimonio entre parientes aún en el grado más remoto y lo estiman algo nefando. Conforme con la costumbre de los Guaraníes, encierran sus cadáveres en grandes cántaros de barro, de los cuales vimos tres vacíos, en nuestro viaje a través de la selva. Pero se preocupan por su destino después de la muerte. Si bien estos bárbaros no comen carne humana, los indios vecinos hacen de ella una regalía. Se cuenta que han comido una mujer que había escapado a su marido. Sus compañeros de choza en Mbaéverá que la quisieron alcanzar en su huida, hallaron sus huesos y recientes huellas de antropófagos. Todo forastero, sea indio, español o portugués, les es sospechoso. Por esto reciben armados o su huésped, pues lo consideran un enemigo que sólo trata de poner lazos a su libertad. La misma sospecha abrigaban también al principio de mí y mis indios cuando nos vieron llegar.

El primero al cual encontramos en la selva fue un joven bien formado que llevaba en la mano una ave muy parecida a nuestros faisanes (llamado Yacú), justamente cuando la flecha que el adolescente le había tirado por el pescuezo, le provocaba las últimas retorsiones. El parecía algo impresionado por nuestra llegada. Yo me acerqué a él, alabé su especial habilidad en tirar la flecha y le alcancé un pedazo de asado, porque los regalos captan al ánimo más que las palabras más amables, trozo que él tomó con ambas manos y comió en seguida. El inesperado almuerzo le quitó el miedo que /87 la llegada de los forasteros le había causado. Su nombre era: Arapotiyu, Aurora, pues ara denota en guaraní el día, poti la flor, yu algo áureo o amarillo, de modo que ellos expresan la dorada flor del día. Y en realidad hallamos por esta aurora al mismo sol o sea al padre del joven y el cacique más noble de este contorno, capitán Roy. Las preguntas que yo le dirigí amistosamente sobre diversas cosas útiles a mi propósito, me las contestó igualmente con placidez y agregó que su padre estaba ocupado en la caza y no lejos de nosotros. Entonces, contesté alegre, condúcenos junto a él para que lleguemos a verlo lo más pronto posible. El joven estuvo completamente de acuerdo y durante todo el tiempo no se separó ni un momento de mí, lo que me admiró mucho. Habíamos avanzado alrededor de una hora en el bosque, cuando vimos acercarse arrastrándose con paso lento un pequeño anciano demacrado, con un gran cuchillo al costado, en compañía, de dos jóvenes, de los cuales uno era su hijo y el otro su cautivo, pero ambos provistos de carcajes. Mis indios cristianos bajaron sus arcos y puntas hacia el suelo para testificar, según su costumbre, sus disposiciones amistosas. Nos acercamos a él. El más respetable por la edad entre mis indios besó la mejilla izquierda del cacique en seña de paz y a la vez le informó sobre nuestra venida. ¡Dios te conserve – le dijo – querido hermano! Estamos aquí para haceros una visita de amigos, pues creemos que somos amigos con vosotros. Pero este padre sacerdote (Pay Abare) al cual acompañamos, es representante de Dios. El nos alimenta, nos viste, nos enseña y nos ama tiernamente; y nos canta /88 junto al sepulcro, cuando él sepulta nuestros cadáveres envueltos en blanco lienzo. El quiso seguir hablando, pero el anciano le interrumpió y repitió irónicamente varias veces y con amargo resentimiento estas palabras: ¡Hindó, mira ahí! El le negó rotundamente que entre él y nosotros existiera una amistad consanguínea entre nosotros. Con sus ojos iracundos nos miró de cabeza a los pies, pues porque nos creyó Españoles o Portugueses del Brasil, cazadores de hombres que cazan indios en las selvas. Luego se dirigió a nosotros y me dijo en plena ira: padre sacerdote habéis venido en vano: no necesitamos de ningún padre sacerdote. Santo Tomás (apóstol de Cristo, del que los españoles y portugueses americanos creen que ha estado en América) ha dado hace ya mucho su bendición a nuestra tierra. Todas las frutas crecen aquí en abundancia. El rudo bárbaro creía que la presencia del sacerdote servía sólo para la fertilidad del suelo.

Pero yo le contesté sin refutar su error: Aunque el santo Tomás ha estado en algún tiempo en vuestro contorno, habéis olvidado desde mucho tiempo, lo que él ha, enseñado a vuestros padres sobre el Ser Supremo y sus mandamientos. Ahora estoy aquí para repetiros esta instrucción a vosotros. ¡Pero escucha, anciano! ¿Por cuánto tiempo vamos a seguir nuestra conversación en este barro dentro del cual casi nos hundimos? Sentémonos más bien sobre aquel tronco fuera del pantano.

Al anciano le plugo mi propuesta. Nos sentamos. Yo le referí el propósito y las molestias de nuestro viaje. Para ganar la benevolencia del torvo anciano, hice traerle una gran porción de asado que a mis indios servía como viático, la que él tomó muy ávidamente y engulló. En cuanto su hambre estuvo aplacada, /89 pareció que también se suavizaba su ánimo inquietado por la desconfianza. No quise dejar nada sin probar para abrirme camino a su corazón. Con esta intención le ofrecí de mi cajita tabaco español [rapé], pero él desvió la cara y con ambas lo rechazó. Oquibiye, tengo miedo, respondió, por creerlo un polvo encantado que servía únicamente para engañar a los hombres. Yo le comuniqué mis pensamientos al visitar su choza, a lo cual él con todos los argumentos me expuso que ellos no eran factibles. Mi casa, dijo, está extraordinariamente lejos de aquí. Tres ríos y otros tantos esteros se hallan por medio y los peores caminos conducen hacia allá. A esto, le contesté, que esta razón jamás me podría retener de mi propósito, ya que yo había hecho tantas jornadas, había atravesando tantos esteros y ríos y había atravesado con felicidad y paciencia tantas selvas. Pero, me opuso el anciano, tú ves que mi salud no es la más floreciente y que carezco de fuerzas para participar en un viaje tan largo. Bien, lo creeré, fue mi respuesta, yo tampoco me encuentro muy bien hoy, y tampoco es de extrañar; el mal tiempo, la mucha lluvia que cayó durante toda la noche, las selvas húmedas, los caminos barrosos, las largas charcas que he cruzado hasta las rodillas en el agua, el empinado cerro que ascendí, mi estómago hasta esta hora aún vacío, la continua caminata desde la salida del sol hasta medio día, ¿todo esto no agotarían las fuerzas del cuerpo y quebrantarían la salud? Pero por débil que sea nuestro cuerpo, creo que tenemos todavía suficientes fuerzas de arrastrarnos hasta tu /90 casa para poder descansar allá. Tomémonos tiempo, los más fuertes pueden marchar delante, nosotros les seguiremos sólo con pasos lentos. Oh, vosotros os cuidaréis de mi casa – repuso el anciano – si supierais qué peligro os espera allá. Mis subordinados son de mala índole, sólo quieren matar los forasteros; matarlos Oporoyuca ce, oporoyuca ce, oporoyuca ce, ñote. Este es su diario y único deseo. Sean tus compañeros de casa tales cuales tu los describes, contesté sonriente, pero [eso poco] me preocupa. Mientras te tenemos a ti como amigo y protector, el terror de toda la región, el capitán famoso por su magnanimidad y sus grandes hechos, ¿quién se atreverá a hacernos mal alguno? Tales alabanzas y la confianza que yo parecía haber depositado en él, me conquistaron el corazón del anciano y él me fue favorable. ¡Bien! – contestó alegre y ordenó a los dos jóvenes con los cuales había venido –: andad apurados a casa y avisad a los nuestros que aquí está un padre sacerdote que me aprecia y un grupo de indios (eran unos quince) que se dicen de nuestra sangre. Ordenad a las mujeres en mi nombre que no teman a los forasteros, ni huyan, sino que barran hasta dejar limpias nuestras chozas. Tales fueron las palabras del anciano. Yo pensé entre mí: poco importa el barrer las chozas, con tal que los bárbaros al vernos, no nos barran a nosotros con sus flechas.

Los mensajeros enviados se apresuraron cuanto pudieron. Nosotros les seguimos a pie, algo más despacio. Pero el anciano cacique quedaba siempre /91 a mi lado. Mediante amistosa conversación tratábamos de hacernos más grato el áspero camino y las inclemencias del tiempo. Y cuando la mayoría de los europeos comen opíparamente (era martes de carnaval nosotros, sentados a orillas de un arroyo renovábamos con un trago fresco nuestras fuerzas casi exhaustas por la fatiga del viaje. A la noche llegamos a ver la choza grande, que sin duda era la principal. A nuestra llegada acudieron todos los habitantes y nos saludaron con su habitual saludo: Ereyupa, ¿ya viniste? lo cual yo contesté con el habitual saludo de respuesta: Ayu anga, yo ya vine. Todos los indios armados con sus flechas y arcos y su corona de papagayos sobre la cabeza me ofrecieron su saludo. Uno de los indios se me acercó, pero de repente retrocedió disgustado consigo mismo, por haber olvidado su corona.. Poco después volvió a aparecer con su corona para saludarme. Como con algunos de mis indios quedé de pie ante la entrada de la casa, las mujeres y niños comenzaron adentro a temblar grandemente. Asustadas ante la visita de los extraños abandonaron sus ollas al lado del fuego, corrieron asustadas de un lado al otro, y mostraron claramente el temor que nosotros les inspirábamos, porque nos atribuían propósitos hostiles. No temáis, queridas hermanas, les dijo el de mayor edad de mis indios – aquí veis ante vosotros unos hombres que descienden de la sangre de vuestros padres. Ninguno de nosotros quiere causaros el menor mal. Soy el primero entre ellos y su jefe.

Este anciano dice la pura verdad – dije al grupo de los circunstantes – ninguno piensa algo hostil contra vosotros excepto yo que soy muy ávido de sangre, pues (aquí puse cara seria /92 y silbé con los labios) yo como tres o cuatro muchachos en un solo bocado enseguida.

Esta cómica amenaza cambió su susto en una gran risotada. Las mujeres volvieron a su trabajo y nos pidieron penetráramos en su vivienda. No conseguiréis jamás, respondí yo, que yo ponga un pie en vuestras chozas. Veo perros, nuevos y viejos, acostados en vuestro derredor. Donde hay perros, hay pulgas de las que soy acérrimo enemigo, pues me perturban en el sueño, del cual tanto necesito después de un viaje tan largo y fatigoso. Pero no me alejaré mucho de vuestra vivienda para que no me perdáis de vista. Aquí en este sitio, donde puedo ver [a] todos y ser visto por todos, quiero habitar de fijo.

En realidad, para no dañar mi decoro y mi seguridad, permanecí por tres días y noches enteras bajo el cielo libre sin entrar en su choza, aunque llovió de tiempo en tiempo.

Aún en este mismo atardecer di a comprender al anciano cacique Roy que me gustaría mucho poder ver reunidas en un solo grupo todas sus gentes, hablar con ellas y poder obsequiarlas con algunas menudencias de su conveniencia. Mi deseo fue cumplido en seguida. En el más perfecto orden estuvieron sentados todos en derredor y fueron tan contenidos y silenciosos que yo creí ver ante mí, no seres humanos, sino estatuas esculpidas. Ninguno se atrevió a abrir la boca. Para llamar un poco la atención de los fieles, por quienes fui oído con deleite; canté un rato con suma complacencia de todos. Por más que estoy convencido de mi debilidad en la música; me conceptuaron, sin embargo, el músico más perfecto y ameno, tan luego ellos, /93 que en su vida no habían oído ni una música mejor ni peor y no conocían otra armonía, que la que ellos hacían sonar mediante sus zapallos. Después que de esta manera me hube abierto un acceso a sus oídos y corazones, comencé más en tono de una plática amistosa que de un sermón a decir lo siguiente: No me pesa haber emprendido mi viaje tan molesto hacia vosotros, haber cruzado tantos ríos y haber padecido tantas contrariedades, porque os veo sanos y estoy convencido de vuestra benevolencia hacia mí. He venido a haceros felices. Reconoced en mí a vuestro amigo más sincero. Permitid que os diga francamente lo que pienso de vosotros. Me dais lástima porque os veo encerrados entre las tinieblas de los bosques porque no llegáis a conocer las bellezas del mundo ni su Creador. Sé muy bien que a veces lleváis en la boca el nombre de Dios, pero no sabéis cómo adorar a Dios, qué es lo que prohibe, qué promete Dios a los virtuosos y con qué amenaza a los malvados, y os quedara completamente desconocido si algún sacerdote no os instruye. Sois así infelices en vuestra vida, y lo seréis después de vuestra muerte.

Así les expuse con la brevedad y claridad que pude el concepto de nuestra religión. Mientras yo hablaba, nadie me interrumpió salvo unos muchachos, que cuando mencioné el fuego del infierno, comenzaban a reír a veces. Cuando yo desaprobaba los casamientos entre parientes cercanos y los declaraba inadmisibles, dijo el anciano cacique: tienes razón Padre, tales casamientos son algo horrendo, pero lo sabemos desde hace mucho tiempo. Yo deduje de ello que los bárbaros aborrecen tales casamientos incestuosos más que /94 el latrocinio y el asesinato. Disculpamos a veces los pecados más grandes porque son los nuestros y condenamos inexorablemente los menores porque otros los han cometido. Mientras yo hablaba sobre el latrocinio y el asesinato, el anciano cacique no decía palabra alguna, tal vez porque no le eran extraños. Pero arremetió acremente contra los casamientos entre parientes, porque tal vez han sido usuales en alguna otra nación. Antes de terminar mi discurso miré algo más atentamente en derredor del grupo de mis oyentes y luego exclamé con gesto de asombro: en vuestra numerosa asamblea veo desgraciadamente muy pocos que hayan alcanzado una edad provecta. Yo lo comprendo muy bien: la frecuente miseria que padecéis todos los días demacra vuestro cuerpo, debilita vuestras fuerzas y os echa antes del tiempo en una sepultura demasiado temprana. Día y noche debéis padecer todos los cambios del tiempo. Cuan malamente os protege contra él vuestro techo, por el cual sopla el viento por todas partes. Hambrientos corréis día y noche tras la salvajina en los bosques y os cansáis por la caza frecuentemente inútil. Vivís únicamente de lo que la casualidad os brinda. ¿Es pues un milagro que vuestro corazón se torture de continuo por las preocupaciones del alimento? Debéis pagar frecuentemente con una hambre de larga duración un tiro de flecha incierto o errado. No quiero hablar nada sobre los peligros a los cuales exponéis de continuo vuestra vida. De pronto os amenazan con la muerte las garras de los tigres, las mordeduras de serpientes venenosas, las flechas de los vecinos y no pocas veces, también sus dientes. Pero aún si no existiera todo esto, un suelo de continuo húmedo como el vuestro, contiene no sólo mosquitos e infinitas sabandijas venenosas, sino también el germen de enfermedades innumerables. ¿Qué esperanza /95 de volver a sanar puede tener un enfermo en vuestra soledad, donde no se encuentra ni un médico, ni las correspondientes medicinas? Pues a los que llamáis médicos (Aba paye) son todos unos curanderos más hábiles en engañaros que en sanaros. Si no queréis creer mis palabras, fiáos pues a vuestras experiencias, que habéis hecho tantas a vuestro costo. No se hallan expuestos a estas adversidades los indios, vuestros hermanos, que habitan reunidos en un pueblo y viven de acuerdo con la voluntad de Dios y la instrucción por sus sacerdotes. ¡Por Dios! ¡Cuántos ancianos veríais allí! También es muy natural que los más lleguen a una edad tan provecta, ¡ya que en la localidad tienen a mano tantos remedios para prolongarla y retardar su muerte! Cada familia tiene su propia casa, que la protege perfectamente contra las incomodidades del tiempo, aunque ésta no siempre tiene el mejor aspecto. Diariamente se entrega una porción suficiente de carne vacuna a cada uno. Su campo de cultivo le suministra en abundancia frutas y otros alimentos. Cada uno recibe anualmente un traje nuevo.

Generalmente reciben como regalo cuchillos, hachas, y otros instrumentos para la agricultura, como también sartas de cuentas de vidrio y lo que pertenece al ornato. Cuando se enferman algunos, les asisten día y noche médicos expertos que les llevan diligentemente los alimentos necesarios, preparados en la vivienda del Padre y las correspondientes medicinas. A más de esto, los Padres que cuidan los pueblos, se preocupan mucho de que a los indios, no les falte nada de todo esto. Pero si vosotros creéis que en mi relato haya más jactancia que verdad, están ahí ante vosotros indios cristianos, hermanos vuestros, mis compañeros y pupilos. La mayoría de ellos ha nacido y se ha criado como vosotros en selvas /96 y vive ahora, desde muchos años, en la localidad bajo mi cuidado. Echad una mirada sobre sus ropas. Por ellas podéis suponer nuestra manera de vivir. Veis, sin duda, en ellos que están contentos con su suerte y se sienten completamente felices. Ellos fueron lo que sois vosotros y vosotros podéis ser lo que ellos son. Si sois inteligentes, no debéis perder esta felicidad. Con todo esfuerzo de vuestra mente examinad si os conviene pasar y terminar vuestros días bajo tantas calamidades, en estas espesas y tenebrosas selvas. Resolved si queréis seguir el buen consejo que os doy. Nosotros os recibiremos con los brazos abiertos como amigos y hermanos, y sin tardanza incorporaros en el número de nuestros conciudadanos. Para induciros a ello y sugerirlo he emprendido este largo y, como vosotros mismos sabéis, tan molesto viaje, por afecto y deseo a vosotros.

Para dar fuerza a mis palabras, repartí entre todos los presentes, según su condición, edad y sexo, unos pequeños regalos como ser cuchillitos, tijeras, anzuelos, hachas, espejos, anillos, aros y sartas de cuentas de vidrios que colocan cual gala en el cuello. Tales menudencias son en América los medios más infalibles para ganar lo más pronto los ánimos feroces de los bárbaros, lo mismo que se hace callar pronto a los niños mediante sonajeros. Una mano generosa puede entre ellos más que una lengua elocuente. Demostenes, Cicerón y todo el honorable gremio de los retóricos pueden gritar hasta quedar roncos ante los indios y agotar sus artes, pero si vienen con las manos vacías, predican ante sordos y toda su acción es vana. Si no unen su buen decir /97 con beneficios, comprenderán finalmente que han lavado un negro. Pero si alguien trae copiosos regalos a los indios aunque luego parezca ser un mudo, tonto como el ganado y feamente negro como un gitano, será escuchado con placer, apreciado y obedecido en sus órdenes. Irán por él hasta el infierno si él insiste en ello. No la elocuencia sino la generosidad hace efectos en los bárbaros. Yo creí por esto haber cumplido en un todo cuando acompañé con regalos mi discurso, pues es imposible imaginarse con cuánta alegría y con qué señales de su buena voluntad para conmigo regresaron todos a su choza. Poco después, el cacique Roy, para demostrarme su reconocimiento, me ofreció algunos panes, los cuales, según su decir, su esposa anciana había cocido para mí. Estos panes eran de trigo turco, redondos, delgados como un papel, cocidos entre la ceniza y también de color ceniciento, en una palabra, en tal condición que su aspecto hubiera causado asco aún al más hambriento. Ello no obstante, yo alabé por complacerlo la habilidad y la especial amistad de la anciana panadera hacia mí. Por lo tanto, los tomé con una mano y se los devolví suavemente con la otra; agregué a la vez, que me agradaría si sus niños comieran estos regalos en memoria mía. El anciano estuvo conforme con mi ofrecimiento y llevó de nuevo sus panes con la misma alegría con que los había traído. Los extraños deben precaverse siempre por los comestibles con que los bárbaros los obligan. Estos entienden muy bien mezclar los venenos y son de temer aún, en sus oficiosidades, pues odian a los extranjeros y en esta materia son parecidos a los antiguos romanos /98 de los cuales escribe Cicerón (Lib. I. Offic.) Hostis apud majores nostros is dicebatur, quem nunc peregrinum dicimus, mas de manera que entre los bárbaros americanos se debe evitar toda desconfianza miedosa, por ser madre del temor, pero no creer superflua la precaución. Tan ignorantes como son en lo demás, estos bárbaros saben muy bien disimular. Adulan al forastero cuando quieren perjudicarlo. No se debe fiar demasiado a la apariencia, pues frecuentemente yace escondida debajo de la flor más hermosa una víbora venenosa, como nosotros lo hemos experimentado con excesiva frecuencia.

El cacique Roy tenía para sí y su familia una vivienda algo distante de las otras. Sin embargo, él pasó la noche durante los tres días en que estuvimos en ella, en la gran choza de sus subordinados, ignoro si para seguridad de ellos o nuestra. Tal vez desconfiaba de nosotros, tal vez también de los suyos. Dormimos en el centro, entre las chozas de los bárbaros. Yo aconsejé a los míos que estuvieran vigilantes aún de noche, para que durante el sueño no fuésemos asaltados traidoramente por la multitud de indios. Pero de ningún lado se dio motivo de temer algo. Al otro día envié los más elegidos de mis indios a los cuales agregué, para su seguridad, a Arapotiyú, el hijo del cacique, hacia un sitio distante donde hice guardar un buey por mis indios dejado atrás para carnearlo y obsequiar a los bárbaros. Para alegrarlos, no se puede imaginar nada mejor, pues los Americanos son más alegres y obedientes cuando su estómago está repleto de carne vacuna. Para el cacique constituía un placer especial el entretenerse conmigo por muchas horas, en conversación amistosa. Me confesó sinceramente que él y sus gentes no se fían de ningún Español ni Portugués, y que no prestan el menor crédito a sus palabras y seguridades de amistad. Para ganar su confianza y su benevolencia, le aseguré repetidas veces que yo no era, ningún Portugués, ni un Español. Para confirmarle aún más en esta opinión le conté que entre mi patria, y España y Portugal estaban situados muchos países y mares; que mis padres, abuelos y bisabuelos no entendían ni una palabra española y que yo había hecho un viaje muy molesto de muchos meses sobre el océano únicamente en la intención de instruir a los americanos en las leyes divinas y en las vías de la salvación. Como yo lo expliqué muy seriamente él informó en seguida a los suyos que yo no era oriundo ni de España ni de Portugal, lo que contribuyó inmensamente a estrechar aún más conmigo los vínculos de la amistad y benevolencia. Aquí debo mencionar algo que no puedo escribir sin enrojecerme y que los lectores no leerán sin reírse. El cacique que fumaba tabaco por una caña comunicó a mis indios sentados en derredor su propósito y demostró por ello a la vez su ignorancia. Yo aprecio a vuestro Padre, dijo él, y como estoy cierto que él no es un español, pongo toda mi confianza en él. Quisiera de buen grado quedar a su lado mientras yo viva. Yo tengo una hija, la niña más bella que uno puede imaginarse; yo se la daré por esposa a nuestro Padre para que él quede en mi familia. Yo ya he convenido esto con mi esposa, ella también está de acuerdo. El anciano había expresado apenas su necedad, /100 cuando mis indios comenzaron a reír. El les preguntó la causa. Ellos contestaron que los sacerdotes viven siempre célibes y que el matrimonio les es prohibido por una ley inquebrantable. El anciano quedó completamente atónito por ello y alzó su pipa de tabaco al aire. ¡Añeyrac! – exclamó, ¡qué cosa inaudita e increíble me contáis! De pronto se admiraba, de pronto suspiraba, por ver incumplidos sus deseos. Mientras tanto yo paseaba ahí cerca entre los árboles y oía, esta ridícula explicación, pero haciendo como si no hubiera oído, me acerqué a ellos y les pregunté porqué habían reído tanto. Ellos tenían vergüenza de repetirme la absurda, propuesta del cacique respecto al matrimonio, y callaron. Si uno pregunta [a] más de una [uno a la] vez, no contesta ninguno. Esta es la costumbre entre los Guaraníes. Por eso pregunté separadamente a uno, el que me expuso temblando el argumento de la conversación y de su risa, en un todo y sin reticencia. Luego me dirigí al cacique y le agradecí sus disposiciones para conmigo. Yo y todos los sacerdotes, seguí diciendo, practicamos un estado de vida que no admite el matrimonio, y nos impone a todos la ley de una perpetua castidad. En lo demás, aunque yo no puedo ser tu yerno, ni quiero serlo, tendrás siempre en mí el amigo más leal, y aún si lo pides, un compañero y maestro que te instruirá en la doctrina cristiana. Tras esto el cacique nos repitió de nuevo su benevolencia y su admiración.

Apenas había yo llegado el día anterior a la choza de los bárbaros, cuando pedí que se enviaran mensajeros a los caciques vecinos /101 con quienes se hallaran en buenas relaciones, para invitarlos a visitarnos. Ello en razón de que no conocíamos sus paraderos y debíamos además economizar nuestras fuerzas para el regreso, en que nos aguardaba un largo viaje. Mi deseo fue atendido en seguida, y los indios, previniendo algún acto hostil, tomaron sus medidas ante la llegada de los vecinos. Al siguiente día hacia mediodía, aparecieron armados los bárbaros (distaban solo algunas horas de los primeros) con sus familias y en gran número. Las madres llevaban sus proles en canastos. Al frente de todo el grupo marchaban los dos caciques. El primero de ellos se llamaba Veraripochiritú, el que era tan grande y grueso como largo su nombre. Pese a lo serio que era de aspecto, no era descortés ni indócil. El regresó con los suyos justamente de una caza de puercos monteses, de modo que llevaban sobre sus espaldas la carne porcina más gorda. Su hijo, un muchacho de diez años, de cara muy agradable, había desparramado por toda su cara unas pequeñas estrellitas negras. ¿Tú te crees, le dije, que adornas tu cara con tus manchitas negras? La has afeado miserablemente; mírate atentamente en este espejo. (Pues yo le había regalado uno). El no titubeó mucho, sino que corrió al agua para lavarse. Cuando el hollín hubo desaparecido, creí ver ante mi a Daphnis, que primero había llegado como un cíclope. Obsequié a todos con los habituales regalos, conversé amigablemente con cada uno, pero más frecuentemente con su cacique Veraripochiritú, cuya especial inclinación a nuestra religión reconocí ya al principio. El segundo cacique que igualmente llegó marchando con sus gentes, se llamaba Tupanchichú, hombre de cuarenta años. Su estatura y /102 sus facciones le prestaban una cierta espectabilidad, pero su alma era tan negra como su cara: orgulloso, traicionero y peligroso, porque él supo disimular en su corazón con la frente más alegre y las palabras más suaves el propósito inhumano de asesinarnos a todos, como más tarde se descubrió. Tras su llegada se sentó a mi lado y exigió en seguida con un tono autoritario una porción de yerba. Después de habernos preguntado mutuamente con toda amabilidad sobre diversas menudencias, llegamos a hablar, no sé como, sobre el tema del alma. Avidamente tomé esta oportunidad. Ya sabemos desde hace mucho, comenzó el cacique, que hay uno que vive en el cielo. A esto yo le contesté: vosotros deberíais haber sabido también que él es el Creador y señor de todas las cosas y padre nuestro que nos ama tiernamente y por ello es bien digno de nuestro amor y adoración. Bien, prosiguió él, dime entonces lo que le displace. El aborrece, contesté y castiga severamente los adulterios, obscenidades, mentiras, calumnias, robos, asesinatos. – ¿Cómo? (interrumpió ceñudo). ¿Dios no quiere que matemos a otros? ¿Porqué los cobardes no se defienden mejor contra sus agresores? Así lo hago yo cuando se me ataca.

Yo me empeñé en quitar su error e inspirarle el horror al asesinato de seres humanos; no sé con qué resultado. Más tarde he sabido por testigos dignos de fe que este bárbaro Tupanchichú, temido en toda la zona por hechicero maligno, se había jactado en su choza con un montón de calaveras de aquellos que él ha matado mediante veneno o por violento asesinato. También se dijo /103 que él se había conjurado contra nosotros; Para que no fuéramos sorprendidos de noche por él, el cacique Roy permanecía en la choza vecina mientras nosotros dormíamos bajo el aire libre, y vigilaba por nuestra seguridad. Pero poco después él perdió su vida por las malditas artes del cruel Tupanchichú, como contaré luego. El perdió su vida porque quiso salvar la nuestra.

Los caciques, después de diversos coloquios y consejos, habían resuelto unánimemente solicitar de mí que en su suelo natal se fundara un pueblo semejante al de los demás indios. Yo accedí a su pedido de tanto mayor agrado, porque una localidad en Mbaeverá nos ofrecía la mejor oportunidad de buscar y traer al evangelio a los restantes indios, que aún se mantenían escondidos en las selvas más lejanas. Por más desafecto que Tupanchichú fuera a la religión cristiana, no se animó, sin embargo, a contradecir a los otros dos caciques, a Roy como el más noble, y a Veraripochiritú como el más poderoso y mayor. Con mucha astucia, simulaba aprobar la propuesta para estorbar con tanta mayor seguridad la resuelta fundación de la reducción. Después de haber pasando tres días entre estos indios, les manifesté a todos que al otro día emprendería el viaje, pero regresaría de nuevo en cuanto hubiera procurado el ganado necesario y lo demás necesario para fundar y sostener la reducción. Para demostrarme su benevolencia para conmigo, los caciques en la partida mía me agregaron sus hijos que debían acompañarme a mi pueblo. El astuto Tupanchichú me asoció, por no tener un hijo adulto, el hermano de su mujer un joven apuesto. /104 Vinieron los cuatro hijos del cacique Roy, a saber: Arapotiyu, el mayor, Ararendi, que le seguía (ambos eran aún solteros) y dos muchachos junto con Gató, un joven que era cautivo del cacique. A ellos se agregaban aún otros casados, de modo que en total contamos como compañeros dieciocho bárbaros. Tuvimos un viaje muy feliz y divertido. Cuando los Españoles que se cruzaron conmigo me vieron venir acompañados por tantos Indios desnudos, con carcajes y coronas de plumas de papagayos, su primer sobresalto mudó en felicitaciones y en una alegría expresiva. Todos ponderaban al unísono mi intrepidez por haber osado llegar a las viviendas de los bárbaros y por mi dicha, de haberlos descubierto. Un español conmovido ante la belleza del adolescente que Tupanchichú me había dado me dijo: De cierto, Padre, ¿no sería una lástima eterna si el Demonio fuera a atrapar un rostro tan español (bello quiso decir)?; Penetramos sanos en la localidad de S. Joaquín entre una especie de ovación y fuimos recibidos de la manera más alegre por los habitantes. Atendimos espléndidamente los huéspedes silvestres, los vestimos y les regalamos en abundancia cuchillos, sartas de cuentas de vidrio y otras menudencias. Después de haber descansado durante catorce días entre nosotros, los enviamos de vuelta a los suyos con escolta de nuestros indios, excepción hecha de Arapotiyú, él que desde la hora en que me había visto por primera vez no quiso despegarse de mi lado. Durante unos meses probé su constancia, lo instruí en las verdades de la Fe, lo bauticé y lo casé al poco tiempo de acuerdo con el rito cristiano. En el corto tiempo que él estuvo en nuestra localidad, se distinguió por acciones virtuosas de todas clases que /105 no se hubieran podido distinguirlo de las de un cristiano viejo. Estuvo inconsolable cuando un decreto real nos revocó a España y todas las reducciones de Indios deploraban junto con él, el destino nuestro y suyo. El cautivo Gató, muy contento con su suerte, quedó también a nuestro lado en nuestra localidad. El se condujo tan bien que lo bauticé y le di en matrimonio una cristiana, pero una lenta tisis lo consumió a los pocos meses.

 

 

NOTAS

I- GUILLERMO FURLONG S. J., Ernesto Padilla. Su vida. Su obra. San Miguel de Tucumán. Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, 1959, 2ª parte, pp. 529-532.

II- Edmundo Wernicke, El eso de las voces "Paracuaria" y "Paracuario" en la historiografía argentina. En Anuario de la Sociedad de Historia Argentina (1943-1945), tomo V (Bs. As., 1947), pp. 381-384.

1- EFRAÍM CARDOZO, Historiografía Paraguaya. Paraguay indígena español y jesuita. México, 1959, p. 64.

2- SAMUEL LAFONE QUEVEDO, Idioma abipón. Ensayo fundado sobre el De Abiponibus de Dobrizhoffer y los manuscritos del P. J. Brigniel S. J. En: Boletín de la Academia Nacional de Ciencias, XV, Córdoba 1894, pp. 5-20 y 253-423.

3- GUILLERMO FURLONG, S. J., Entre los abipones del Chaco, según noticias de los misioneros jesuitas Martín Dobrizhoffer, Domingo Muriel, José Brigniel, Joaquín Camaño, José Jolís, Pedro Juan Andreu, José Cardiel y Vicente Olcina. Bs. As., 1938, passim.

4- ROBERT SOUTHEY, A Tale of Paraguay, London 1826. G. Furlong, Entre los abipones etc., reprodujo treinta estrofas, las más directamente referidas a Dobrizhoffer, que es el protagonista del pocma, en las pp. 183-188.

5- CUNNINGHAM GRAHAM, R. B., A vanished Arcadia, being some account of the Jesuits in Paraguay. London 1901, p. 4.

6- TH. ACHELIS, Moderne Volkerkunde. Stutgart, 1896, p. 92.

7- Citado por CATREIN, Stimmen aus Maria Laachs, t. XXVII, p. 441.

8- W. MENZEL, Die deutsche Literatur. Stuttgart, 1836, t. III, p. 110.

9- W. MENZEL, Die deutsche Literatur. Stutgtart, 1836, t. III, p. 10.

10- K. FALKENSTEIN, Martin Dobrizhoffer, en: Allgemeine Encyklopaedie der Wissenschaften und Künste, de Ersch y Gruber (Leipzig, 1834) t. XXVI, p. 230.

11- El Catálogo mss. del P. Diego González apunta que nació en Friburgo, y Backer, Sommervogel, Leclerc y la mayoría de los biógrafos han repetido lo mismo, incluso el general Mitre en una nota que puso al ejemplar de la edición latina, que poseía. Stoeger, basándose en los documentos más fehacientes que se conservan en el Archivo de la Provincia Jesuítica de Austria, afirma categóricamente que nació en Friedberg. Cfr. Scriptores Prov. Austr. p. 62. Uriarte acepta la afirmación de Stoeger, Catálogo... t, II, p. 463. La opinión del P. Antonio Astrain de que fuera holandés, en la Introducción a Pablo Pastells, Historia de la Compañía de Jesús en el Paraguay, t. I, pp, XXIV y XXV, no tiene fundamento alguno. Su origen austríaco fue sostenido por Viriato Díaz Pérez, en Un capítulo de la Historia de Abiponibus, Revista Paraguaya Nº 1, Asunción 1913, p. 40 y por Efraím Cardozo, Ob. cit. p. 345. Nos extraña que el segundo de estos señores haya escrito: "Nació en Gratz, Austria, el 7 de diciembre de 1717, según Díez Pérez (1913, p. 40) o en Friedberg, de la antigua Bohemia, según Furlong (1928, p. 481)", siendo así que éste aducía pruebas, mientras aquél hacía la afirmación sin documento alguno.

12- Todos estos Catálogos, cuyos originales se hallan, o en Roma, o en Munich, se conservan en fotocopias en la Biblioteca Mayor de la Universidad del Salvador, en Buenos Aires.

13- Todas estas noticias se hallan en los citados Catálogos.

14- Dobrizhoffer, Historia de Abiponibus, t. II, p. 72.

15- Citado por VICENTE D. SIERRA, Los jesuitas germanos en la conquista espiritual de Hispanoamérica, Bs. As., 1944, y ampliamente comentado por él, pp. 76-117.

16- A la expedición o misión organizada por el P. Orosz: nos referimos largamente en nuestro Ladislao Orosz. y su "Nicolás del Techo" (1759). Bs. As., 1966, pp. 31-43.

17- PABLO PASTELLS, Ob. cit. VII, p. 700. Existe en el Archivo de Indias, Sevilla, 45-2-6/9, una nota de los "Gastos del P. M. Dobrizhoffer".

18- DOBRIZHOFFER, Ob. cit. I, p. 121.

19- DOBRIZHOFFER, Ob. cit. III, p. 17.

20- Dobrizhoffer, Ob. cit. III, p. 221. En 22 de octubre de 1753 escribía el P. Ladislao Orosz al confesor de la Emperatriz de Austria, y entre otras cosas le decía que los padres austríacos "están buenos y trabajan distinguidamente: el P. Martin Dobrezhofer está de compañero en un pueblecito recién fundado de una nación mucho más bárbara y belicosa que es la abipona...". La copia de esta carta, que poseemos, es contemporánea, pero indudablemente el copista erró al transcribir el apellido de nuestro misionero. Notaremos sin embargo, que Gothein escribe siempre Dobrizzhofer, y el Padre Muriel, que le conoció y trató, escribe Dobrizhofer. Creemos vano estudiar la verdadera forma del apellido de Dobrizhoffer, pues están acordes los documentos oficiales y la propia firma de Dobrizhoffer.

21- Sobre este misionero y naturalista, publicamos José Sánchez Labrador y su Yerba Mate (1774), Bs. As., 1960.

22- DOBRIZHOFFER, Ob. cit., III, pp. 131-135.

23- DOBRIZHOFFER, Carta al R. Antonio Miranda, en Guillermo Furlong, El P. Martín Dobrizhoffer S. J. filólogo e historiador (1718-1791), Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas 35, Bs. As. 1928, p. 435.

24- GUILLERMO FURLONG, Entre los Abipones, cit., p. lll.

25- A. G. N. División Colonia, Compañía de Jesús, 1763.

26- DOBRIZHOFFER, Ob. cit. T. III, p. 195.

27- DOBRIZHOFFER, Ob. cit. T. III, p. 274.

28- Aunque trunco, publicamos este precioso documento en Domingo Muriel y su Relación de las Misiones (1766), Bs. As. 1955. p. 182.

29- En extensa carta el mismo Martínez Fontes expone lo acaecido. Se halla en Archivo General de Indias: 123-2-49.

30- ARCH. NAC. DE SGO. DE CHILE: Jesuitas I, 288.

31- ARCH. NAC. DE SGO. DE CHILE: Jesuítas I, 288.

32- Llegó a tal extremo la situación del misionero que creyó cercana su muerte. Sabemos este pormenor por el exhorto que el 10 de abril de 1765 hizo el capitán Fulgencio Yegros al P. Antonio Miranda, Rector del Colegio de la Asunción, poniéndole en autos de "hallarse actualmente gravemente enfermo el P. Martín Debruhoyer" [sic] y que "le despache embarcación para venir a este colegio por el peligro que corre de morirse, y que prevea la persona en su lugar, quien atienda las almas...". Ignoramos en absoluto si el Rector acudió en socorro del buen misionero y cuáles fueron las providencias que tomó. Dobrizhoffer parece indicar que pasó a la reducción de San Joaquín, y allí en compañía del P. José Fleischauer estuvo hasta restablecer sus fuerzas. Breve sin embargo debió ser su ausencia del pueblo del Timbó, pues a los pocos meses le hallamos de nuevo en su reducción, lidiando con los invasores tobas y con los reacios abipones.

33- DOBRIZHOFFER, Ob. cit. t. II, p. 367-368.

34- DOBRIZHOFFER, Ob. Cit. t. II, p. 367.

35- Los abipones eran notoriamente vagabundos, sin que se aquietasen en paraje alguno, llegando a afirmar Dobrizhoffer que la belicosa nación de esos indígenas no "considet" en el Chaco, sino "vagatur" por el Chaco, y "los límites de su jurisdicción son los que le señala el miedo que les inspiran los vecinos". En Historia de Abiponibus, t. lII, p. 3.

36- A. G. A. División Colonia, Compañía de Jesús, 1766.

37- GUILLERMO FURLONG, Entre los Abipones, cit. pp. 170-171.

38- ARCH. NAC. DE SGO. DE CHILE Jesuítas 340.

39- DOBRIZHOFFER, Ob. cit. t III, p. 389.

40- A. G. N. División Colonia, Compañía de Jesús, 1763.

41- Véase nuestro estudio Francisco Javier Iturri y su Carta Crítica (1797). Bs. As. 1955 pp. 129-142.

42- Archivo General de Indias, 123-8-4.

43- STOEGER, J. N., Scriptores Provinciae Austriae, Viena, 1855, p. 62.

44- Journal Eur Kunstgeschichte, t. IX p. 98.

45- STOEGER, Ob. cit. p. 62.

46- Estos documentos en el Archivo de Indias, Sevilla, leg. 144-6-4.

47- Ni aún en los mejores diccionarios biográficos alemanes hemos podido hallar noticia alguna de este escritor.

48- GUILLERMO FURLONG, El P. Martín Dobrizhoffer cit. p. 462.

49- El señor Luis L. Domínguez, en carta al capitán Juan Page, manifestó que la versión inglesa carecía de fragmentos, que tal vez no serían de interés para los lectores ingleses, pero que no podían dejar de tenerlo para los argentinos. Cita a este efecto un largo fragmento (Boletín del Instituto Geográfico Argentino, t. X, pp. 238-239) y agrega: "tal vez no haya tenido Ud. oportunidad de leer la noticia que da el P. Martín Dobrizhoffer. Es corta, pero curiosa y poco conocida por estar suprimida en la traducción inglesa de su Historia de los Abipones; traducción excelente, pero en que la joven escritora inglesa que la hizo ha hecho desaparecer trozos muy interesantes para nosotros". Sonthey, Poetical Works, p. 583, afirma que el autor de la introducción es M. Pinkerton.

50- Tomo XI, p. 317.

51- Edición de 1875, p. 26.

52- Talfaurd’s Letters of Charles Lamb. t. II, p. 189.

53- The Quaterly Review, t. XXVI, p. 277.

54- SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO, Idioma Abipon, Bs. As., 1896 p. 7.

55- El citado P. Lérida, que vivió algunos años en el Paraguay, nos comunicó estos datos verbalmente en 1952.

56- Escribe Walckenaer: "J'ai communiqué cet ouvrage á M. d’Azara pendant son sejour á París, il, ne le connaissait pas, parce qu’on l'a publié pendant qu’il était en Amérique. Il en a pris lecture, et m’a dit qu'il ne l’estimait pes. Suivant lui, l’auteur de ce livre, de retour dans sa patrie, a redigé avec beaucoup de prolixité tout ce qu’il avait entendu dire á Buenos Aires ou á l’Assumption; mais il n’a pas pénétré dans l'intérieur et n’a pas observé par lui méme". En Voyayes dans l’Amérique Merridionale, par D. Félix d’Azara... Publiés d’aprés les manuscrits de l’auteur... par C. A. Walckenaer. París, 1809, t. I, p. 27.

57- P. HERNÁNDEZ, Declaración de la verdad por José Cardiel. Bs. As., 1900, p. 80.

58- RICARDO ROJAS, Historia de la literatura argentina, Bs. As., 1918, t. II, p. 363. En otra parte escribe el mismo Rojas (t. Il, p. 364, nº 2) que: "Trátase de un libro de gran interés histórico y científico para los argentinos. Es obra pintoresca, ya por los asuntos que describe, ya por la forma, realmente medieval, en que se mezclan la latín del autor austríaco, los nombres bárbaros que él adopta a su modo. El capítulo XXII dice: Debavaksvkin Caciquius ab Ichotav in acie obstruncatus. El XXVII: Mea in S. Jacobi urbe commoratio. Alavkin casiquii nostri ad gunernatorem saltensem profectio. El XXXIX: Mocobiarum, Tobarumque incursiones variae". Y así es casi todo el texto, donde no faltan, por cierto, páginas felices, como la descripción latina del Picaflor, que ya hemos citado (cap. VII) y otras análogas". La descripción del picaflor se halla en pp. 327-329 de la obra de Ricardo Rojas.

59- DOBRIZHOFFER, Ob. cit. I, p. 3.

60- Verbum, Revista del Centro de estudiantes de filosofía y letras, Año XIII, Nº 49, p. 227.

61- SAMUEL LAFONE QUEVEDO, Ob. cit., p. 6.

62- SAMUEL LAFONE QUEVEDO, Ob. cit., p. 28.

63- SAMUEL LAFONE QUEVEDO, Ob. cit., p. 8.

64- Boletín, del Instituto Geográfico Argentino, t. X, p. 379. Con frecuencia cita Darapsky "la autorizada palabra del Jestuíta austríaco" y de su libro toma párrafos enteros, como los que cita en ese mismo estudio, pp. 376-380.

65- JUAN M. LRSEN, Dobrizhoffer. De Abiponibus. Conferencia leída en la Sociedad Científica de Buenos Aires, en Revista de la Sociedad Geográfica Argentina (Bs. As., 1887) t. V, pp. 309-351.

66- SAMUEL LAFONE QUEVEDO, Ob. cit. p. 7.

67- SAMUEL LAFONE QUEVEDO, Ob. cit., p. 8.

68- SAMUEL LAFONE QUEVEDO, Ob. cit., p. 8 Dobrizhoffer parece manifestar que conocía con perfección la lengua abipona y otras varias en igual grado. Cf. Historia de Abiponibus, II, p. 162.

69- SAMUEL LAFONE QUEVEDO. Ob. cit., p. 60-200.

70- LUIS MARÍA TORRES, Reminiscencias de la historia, cit. en Verbum, nota 60.

 

NOTAS DEL EDITOR Y DEL TRADUCTOR

 

1t- Los dioses hacen valer todas las cosas con fatiga. (N. del trad.).

2t- No se adonde lleva a todos con su encanto el suelo natal que es imposible olvidarlo. (N. del trad.).

3t- Esta pequeña isla del mar Jónico, enclavada como nidito en las rocas ásperas (N. del trad.)

4t- Había quienes pensaban que esta guerra fue más grande por la importancia que se le dio que por la dificultad del asunto. (N. del trad.).

5e- No figura en la edición latina (n. del ed.).