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CARLOS R. CENTURION

 

HISTORIA DE LAS LETRAS

PARAGUAYAS

 

 

XXXI

LA ENSEÑANZA PRIMARIA, SECUNDARIA Y SUPERIOR

 

El panorama de la enseñanza primaria, durante la época de transformación, ofrece aspectos interesantes. Vamos a consignar datos ilustrativos. Veinte años después de la guerra de 1864-1870, funcionaban en el Paraguay ciento setenta y tres escuelas nacionales, treinta y ocho subvencionadas y cuarenta y una que no gozaban de subsidio. El total de los alumnos matriculados en las doscientas cincuenta y dos escuelas primarias, era de quince mil quinientos sesenta y nueve, de los cuales diez mil cincuenta y siete eran varones y cinco mil quinientos doce eran mujeres. El número de maestros era de cuatrocientos en toda la República.

Los datos consignados son los primeros "ciertos, efectivamente fidedignos que la Superintendencia de Instrucción Pública pudo obtener después de la guerra, acerca del estado y adelanto de la instrucción en general". (100)

A iniciativa del entonces diputado Héctor Carvallo, se dictó la ley del 1º de octubre de 1892 que arbitraba recursos para la instrucción primaria y modificaba su ley orgánica.

Posteriormente, en 1898, fue dictado el "Reglamento orgánico y disciplinario de las Escuelas Graduadas de la República".

Por ley del 15 de julio de 1899 se creó el Consejo Nacional de Educación. Ejercía entonces la presidencia de la República, Emilio Aceval, y era secretario de Estado en la cartera de justicia, culto e instrucción pública, Gerónimo Pereira Cazal.

El Consejo Nacional de Educación sustituyó a la antigua Superintendencia de Instrucción Pública, a la cual ya nos referimos.

De acuerdo con las disposiciones de la citada ley, la dirección técnica y administrativa de la enseñanza primaria quedó a cargo del nuevo departamento educacional. Su presidencia fue confiada a un director general de escuelas y lo integraban cuatro miembros que duraban dos años en sus funciones y podían ser reelectos.

En 1903 fue dictado el "Reglamento Orgánico de las Escuelas Normales de la Nación". El 28 de julio de 1909, siendo presidente de la República Emiliano González Navero y ministro de instrucción pública Manuel Franco promulgóse la "Ley de Educación Obligatoria", reglamentaria del artículo 8º de la Constitución Nacional.

En cuanto al número de alumnos inscriptos, era de veinticinco mil ciento treinta y siete, en 1901, y cuarenta y dos mil doscientos cuarenta, en 1911, en toda la República. (101)

La enseñanza secundaria, desde 1877 hasta 1910, consigna para la historia los datos que siguen. A las leyes de creación de los institutos respectivos, y sus reglamentos, ya recordados, siguieron la "Ley de enseñanza secundaria y superior", del 24 de setiembre de 1889; la "Ley de enseñanza secundaria y superior", del 18 de octubre de 1892; la "Ley de enseñanza secundaria y superior y su reglamentación", del 5 de julio de 1902; y la "Ley de enseñanza secundaria", del 25 de marzo de 1904, llamado también "Plan Franco".

Este plan establecía seis cursos lectivos para obtener el grado de bachiller en ciencias y letras.

En cuanto a datos estadísticos sólo hemos podido obtener lo siguiente: títulos de bachiller otorgados por la dirección del Colegio Nacional de la Asunción, desde 1883 hasta 1890, en total suman veintisiete; títulos de bachiller otorgados por la Universidad Nacional, desde 1891 hasta 1929, un mil trescientos cincuenta y dos. El primer bachiller egresado fue Héctor Velázquez, después médico y rector de la Universidad.

Estas cifras no expresan fielmente el número de bachilleres egresados desde 1883 hasta 1929, pues muchos de ellos no han retirado el diploma correspondiente.

La enseñanza universitaria aporta los datos que se expresan a continuación. En 1893 egresaron de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Asunción los primeros abogados. Eran Cecilio Báez, Emeterio González, Gaspar Villamayor y Benigno Riquelme.

El primitivo plan de estudios de la Escuela de Derecho – el del 25 de junio de 1888 – fue sustituido por la "Ley de enseñanza secundaria y superior", del 24 de setiembre de 1889, cuyo autor fue José Segundo Decoud. A esta ley siguió la del 18 de octubre de 1892.

En 1913, el total de egresados de la Facultad de Derecho era treinta y uno.

La Facultad de Medicina, clausurada en 1892, recomenzó su funcionamiento durante el período presidencial del general Juan Bautista Egusquiza.

El número de sus alumnos era de veintitrés, en el año 1900.

El plan de estudios primitivo fue trazado por el Consejo de Enseñanza Superior. Desde 1902 se regía por el que normaba la ley del 5 de julio de aquel año. Los primeros egresados de la Facultad de Medicina de la Asunción, en el año 1903, fueron Andrés Barbero, Eduardo López Moreira, Juan Romero, Manuel Urbieta, Miguel Silvera, Eusebio A. Taboada, Ricardo Odriosola, Luis E. Migone, Natalicio Frutos y Manuel Pérez Acosta.

Cuando fue clausurada por segunda vez, el número de egresados era veintinueve. Esto ocurría en 1912. Tres años después, en 1915, la Facultad de Medicina reabrió, por tercera vez, sus aulas.

 

En el año 1891 funcionaban en la Asunción algunos colegios de primera y segunda enseñanza, incorporados en esta última sección al Colegio Nacional. Citaremos el "Instituto Paraguayo", dirigido por Pedro Bobadilla y Ezequiel Giménez, del que, ese año, eran alumnos Gerónimo Zubizarreta, Ignacio A. Pane, Horacio Loizaga, Federico Bojanovich, Benigno Casaccia y otros; el "Colegio Primario y Secundario", entre cuyos educandos figuraban Adolfo Chirife, Carlos A. Pastore, Nicolás Chiriani, Aniceto Morales; el "Colegio San Vicente de Paúl", en el que aprendieron las primeras lecciones de las ciencias Manlio Schenoni L., Isidro Abente, Enrique Ayala, José Tomás Bello, Marcos Quaranta, José Antonio y Manuel Pérez Acosta y muchos más; el "Colegio Modelo", en que estudiaban Enrique Jacquet, Luis Bedoya, Ricardo Marrero, Agustín Carrón, Carlos Muñoz, etc.

Años después, en 1898, funcionaba también en la Asunción otro colegio de enseñanza primaria y secundaria, fundado por el sacerdote Miguel Casabianca. El local primitivo hallábase situado en la actual calle Benjamín Constant, entonces llamada Florida, entre las de 14 de Mayo y 15 de Agosto.

Este instituto particular tuvo después local propio. Es la actual "Escuela República Argentina". Los alumnos del mismo, que eran internos y externos, daban exámenes finales en la añeja casona del Colegio Nacional, hoy derruida, que por entonces levantábase frente al viejo teatro, vale decir, sobre la calle Eligio Ayala entre las de Yegros e Iturbe. El "Colegio San Luis", que así se llamaba el establecimiento educacional de referencia, subsistió más de diez años.

En 1903, se contaba, además, entre otros, con el "Liceo Paraguayo". Su dirección ejercía José J. Jelliner, y su local se hallaba en la casa, Nº 226 de la calle de la Estrella, en la Asunción.

El año siguiente este instituto fue adquirido por Jorge Trigüis. Se le cambió de nombre. Llamósele en adelante "Internado Nacional". Tenía dos secciones, una de enseñanza primaria y otra secundaria.

Otro colegio particular, también con secciones de enseñanza primaria y secundaria, establecido en 1905, fue el "Liceo Nacional", cuyo director era José P. Sésser.

Posteriormente, aparecieron el "Internado Paraguayo", de Manuel Riquelme y Pedro Aranda, y otros colegios particulares de segunda enseñanza o preparatorio, como se les llamaba, tal aquél dirigido por Manuel Irala.

 

XXXII

LAS ACTIVIDADES COMICIALES DURANTE LA ÉPOCA DE TRANSFORMACIÓN

 

La vida parlamentaria, desde 1870 hasta 1916, constituyó una escuela de aprendizaje democrático. Las elecciones para convencionales se rigieron por un "Reglamento Electoral para la Convención Constituyente", dictado el 1º de abril de 1870. (102)

El 3 de mayo siguiente, el gobierno provisorio estableció el número de representantes populares que debían integrar la Asamblea Nacional. Por decreto del 30 de julio se autorizó a votar a los ciudadanos llegados a la capital procedentes del extranjero.

Convocadas las elecciones para el 12 de junio, fueron postergadas después por decreto del 20 de mayo. Fijóse el 3 de julio para el acto cívico. Realizado éste, sábese ya el resultado. Nos hemos ocupado del mismo al referirnos a la Convención Nacional Constituyente.

Jurada la Constitución Nacional y constituido el Poder Ejecutivo, la Convención convirtióse en Poder Legislativo. Funcionó durante quince días, y al concluir ese período dejó una comisión permanente, de acuerdo con lo dispuesto por el artículo 128 del código político estatal recién promulgado. Antes de dar por terminadas sus tareas, el primer congreso reunido después de Cerro Corá, sancionó la ley electoral de la República. Es del 15 de diciembre de 1870. De acuerdo con sus disposiciones, realizáronse las elecciones para integrar los poderes del Estado después de aquella fecha y hasta 1886. Desde esta data comenzó a regir la ley del 25 de junio del mismo año. Conviene saber lo que prescribían ambas leyes. Los artículos 43 y 51 de la Constitución Nacional de 1870 establecían el sistema electoral para las elecciones de diputados y senadores, disponiendo que serían "elegidos directamente por el pueblo en cada distrito electoral a simple pluralidad de sufragios". En lo que se refiere a las elecciones de presidente y vicepresidente de la República, establecía la votación indirecta, por medio de una junta de electores cuyos componentes serían igual, en número, al cuádruplo de los representantes enviados al Congreso. La ley del 15 de diciembre de 1870 constituyó la reglamentación de aquellos preceptos constitucionales. Dicha, ley dividía la capital en tres distritos electorales (arts. 1 y 2) correspondiendo a cada uno de ellos la designación de dos diputados y un senador. La campaña fue dividida en veinte distritos (art. 43), debiendo elegirse un diputado por distrito y un senador por cada dos. Las mesas receptoras de votos se constituían por desinsaculación efectuada por el Superior Tribunal de Justicia (art. 27) de nombres remitidos por intermedio de la Comisión Permanente del Parlamento (arts. 24, 25 y 26).

El voto podía ser verbal o escrito. El primero debía emitirse en voz alta (art. 34), debiendo ser leído del mismo modo por el presidente de la mesa. El escrutinio (art. 47) se verificaba en las mesas. (103)

La ley del 25 de junio de 1886 modificó el artículo 43 de la del 15 de diciembre de 1870, haciendo una nueva distribución de los pueblos dentro de los veinte distritos electorales de la campaña y estableciendo la correspondencia de los mismos a los efectos de las elecciones de senadores, pero sin modificar el sistema electoral.

Por ley del 1º de mayo de 1893 se agregó al distrito dieciséis el nuevo pueblo de Ipacarai. (104)

La ley del 23 de agosto de 1911 dividía la República en veintitrés distritos, como la anterior. Tres correspondían a la capital y veinte a la campaña, subdivididos éstos y aquéllos en secciones electorales. Conforme con esta distribución, correspondía a la capital elegir un diputado por cada sección electoral y un senador por cada dos secciones (art. 4) . En la campaña, por cada distrito, un diputado, y por cada dos, un senador (art. 5).

El voto era secreto (art. 63), emitido únicamente por escrito, en boletas que debían de ser dobladas en cuatro para su presentación a la mesa y depósito inmediato en la urna, previa firma exterior del sobre por el presidente de aquélla (art. 63). La identidad del elector se constataba por su libreta cívica (art. 62). Las elecciones se hacían dentro de cada distrito, por el número de senadores o diputados (art. 64) designados en la convocatoria para la sección respectiva.

El escrutinio se practicaba en la misma mesa receptora de votos y a continuación de la votación (art. 70), debiendo luego (art. 71) procederse a la proclamación de los candidatos electos.

De todo lo actuado se remitían dos actas: una para el Ministerio del Interior y otra (art. 72) para la Comisión Permanente o para la presidencia del Senado o de la Cámara de Diputados, según los casos. (105)

Las elecciones, pues, conforme a la legislación de 1911, adjudicaba una representación a un grupo de pueblos – bajo la denominación de distrito electoral – que confinaban geográficamente, y para los cuales se subentendían similitud de problemas económico-sociales.

Los mandatos eran representativos y no proporcionales al número de sufragantes, hallándose posiblemente determinada alguna proporcionalidad aproximada al formular la distribución de los pueblos que integraban cada distrito electoral, en cuya oportunidad se consideraba el número de representados para acordarles una o más representaciones. El 14 de enero de 1913 se dictó el decreto legislativo Nº11, suspendiendo los efectos de la ley del 23 de agosto de 1911. En igual sentido se expresa la ley Nº 116 del 23 de enero de 1915. El 27 de diciembre de 1916 se promulgó la ley Nº 227, por la cual se determinan las jurisdicciones de las distintas secciones electorales de la capital.

 

XXXIII

EL ARCHIVO Y LA BIBLIOTECA NACIONAL DE LA ASUNCIÓN

OTRAS INSTITUCIONES SIMILARES

 

Por acuerdo capitular del 25 de noviembre de 1596 fue creado el Archivo Nacional de la Asunción. (106)

Teníasele, al promediar el siglo XIX, como el más rico del Río de la Plata. La inminencia de la caída de la capital paraguaya en poder de las fuerzas aliadas, en el año 1868, obligó su traslado a Piribebuy. Cuando esta plaza fue conquistada por el ejército de la tríplice, el riquísimo archivo quedó también en poder del vencedor. Es así que gran parte de su antiguo contenido integra ahora colecciones extranjeras o se halla en poder de particulares.

Terminada la guerra de 1864-1870, el gobierno de la República encomendó a José Falcón la reorganización del Archivo Nacional. Fue, pues, Falcón – primer director de ese instituto – quien comenzó la gran tarea que hoy, a más de setenta años de distancia, prosigue todavía.

Consta el Archivo Nacional con un total de seis mil doscientos cuarenta y cinco volúmenes, de trescientas páginas documentales cada uno, inéditas en su gran mayoría. Hállanse estos volúmenes ordenados en secciones. La Sección Historia consta de quinientos veintidós volúmenes, catalogados en forma incompleta por Doroteo Bareiro. La Sección Civil posee mil trescientos ochenta y siete volúmenes, catalogados regularmente, y contiene títulos de propiedad, codicilos, testamentos, etc. La Sección Asuntos Criminales se halla integrada por ochocientos cuarenta y dos volúmenes, no catalogados. La Sección Nueva Encuadernación (altos) tiene tres mil cuatrocientos diecisiete volúmenes, sin catálogos. La Sección Límites dispone de diez volúmenes catalogados y copiados, especialmente, para el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Nación. Finalmente, la Sección Contabilidad de Ministros Tesoreros, consta de sesenta y siete volúmenes, no catalogados. El actual director, Doroteo Bareiro, ha organizado el fichero, el cual tiene hasta ahora catorce mil títulos, inclusive los correspondientes al año 1710. Los trabajos continúan realizándose metódicamente.

Manuel Domínguez ha editado, en 1899, El Archivo Nacional. A pesar de su actividad reconocida, el ilustre historiador no pudo dar a dicho periódico sino muy corta vida.

Blas Garay ha dado a publicidad numerosos documentos inéditos, y el citado Doroteo Bareiro ha compuesto y entregado a la publicidad un Catálogo de testamentos y codicilos existentes en el departamento de su dirección.

En el año 1943, también el nombrado Bareiro ha solicitado del Ministerio de Educación la ampliación del Archivo Nacional, con la creación de nuevas secciones en las que puedan guardarse, ordenadamente, todos los documentos oficiales que hoy se hallan esparcidos en las diversas oficinas públicas del Estado.

Débese también a Doroteo Bareiro la gestión inicial de la ley que prohibe la salida del país de todo documento histórico que pueda ser considerado como parte constitutiva del patrimonio paraguayo.

En lo referente a la Biblioteca Nacional, su creación data de 1869. Fue, primeramente, como lo dijimos antes de ahora, Biblioteca Municipal. Se encomendó su organización a Jaime Sosa Escalada. Posteriormente, fue constituida una comisión especial para tomar a su cargo la dirección de dichos trabajos. Dicha comisión la integraron Benjamín Aceval, Alejandro Audibert y José Tomás Sosa.

La Biblioteca Nacional hállase hoy a cargo de un director, y funciona en el local del Museo y Biblioteca Americana Godoi.

Consta de diez mil volúmenes catalogados y de tres mil fuera de catálogos. Existe, además, una sección de Museo Artístico e Histórico, en la que se exhiben cuadros de Juan A. Samudio, Durán Brager, Santiago Antonio Parodi, Guido Boggiani y Andrés Campos Cervera; esculturas de José Belloni; recuerdos de toda índole de la guerra contra la triple alianza y los trofeos devueltos por el Uruguay, en 1885.

En 1882 fue creado el Archivo General de los Tribunales. Dicho organismo cuenta con cinco secciones: Sucesiones, Documentaciones, Filiaciones, Varios Civiles y Comerciales y Registros de Escribanos Públicos. Cada volumen archivado contiene de veinte a cuarenta expedientes. Los protocolos notariales son registrados por año y por materia, sean civiles, comerciales o de marina.

El Archivo General de los Tribunales consta, actualmente – 1946 – con ciento noventa y siete mil ochocientos setenta y cuatro expedientes distribuidos convenientemente.

 

No es posible olvidar en esta revista de los valores culturales del Paraguay, dos instituciones de renombre: El Museo Histórico y de Bellas Artes, de Juan Silvano Godoi, y el Museo Histórico y Artístico, de monseñor Juan Sinforiano Bogarin. El primero fue creado en 1885. Su fundador y propietario hallábase entonces en Buenos Aires, emigrado por causas políticas. Aquel exilio de Juan Silvano Godoi duró veinte años. En su palacio de la calle Santa Fe, el ilustre proscripto comenzó a seleccionar los cuadros y objetos de valor histórico y artístico que hoy constituyen el Museo de Bellas Artes que justamente lleva su nombre.

Veinticinco años después de su creación, ya instalado en la capital paraguaya, entre otros visitantes preclaros, llegó hasta sus salones Ramón del Valle Inclán. Al despedirse, estampó en su álbum este recuerdo: "Quiero dejar aquí el testimonio de la profunda impresión artística de mi visita al Museo, donde resaltan dos joyas del arte antiguo: del maestro de Venecia, el rudo Tintoretto; y del seráfico sevillano Bartolomé Esteban Murillo. Valle Inclán, Asunción, septiembre de 1910".

La historia de estos cuadros y la de sus respectivas adquisiciones están llenas de anécdotas curiosas e interesantes.

La sección esculturas posee obras antiquísimas como aquel busto de mujer en mármol, procedentes de las excavaciones de Roma, y las imágenes talladas en madera y policromadas, originarias de las misiones jesuíticas. Hay también obras en bronce como el busto del caudillo y prócer de la independencia del Uruguay, José Gervasio Artigas, burilado por José Belloni; el busto de Manuel Pedro de la Peña, obra de Agustín Querol, y muchos otros.

Existe, además, la sección de Miniaturas, Numismática y Curiosidades Históricas.

Por su utilidad general, vamos a transcribir a continuación el catálogo de dicho Museo.

 

PINTURA

Sala Nº 1

Mort du Roi Candaule, por L. P. Bouchard, 1882; La Virgen y el Niño Jesús, cuadro de Bartolomé Esteban Murillo; Autorretrato, de Jacobo Robusti Tintoretto; El calvario de Sagunto, por Santiago Rusiñol; Cuadro antiguo representando frutas, por Guillet; Retrato del natural, por Castillo; Paisaje español, por R. Montesino (padre); Paseo veneciano, por G. Pogna; La Virgen y el Niño (Escuela Boloñesa); Capilla sevillana, por Montenegro (tabla); Paisaje, por A. Simonetti; Cabeza de viejo, estudio por J. Hidalgo (escuela española); Il torzo incómodo, por B. Favreto; El rey Edipo y su hija Antígona al abandonar su palacio al arrancarse los ojos, carbón, por J. Mazerolle; La quema de Sodoma, huida de la familia de Job, según la Historia Sagrada. C. de Carachi. Fue propiedad del cardenal Fech, tío de Napoleón I; Marina, Geo H. Mc. Cord (discípulo de Turner); Cabeza de hombre, por R. Montesino (padre) escuela española; Retrato de señora, estudio de negro. Cuadro de Juan de Luna y Novicio (autor de Spoliarum, primer premio de la Exposición Madrileña de 1888); Paisaje veneciano, por G. Giardi; Pasaje de Gil Blas, por José Moreno Carbonero; Baile popular en un callejón de Italia, por Lancerotto; Tete de Femme (Cabeza, de mujer romana) catalogada, en el Salón de París de 1887, por Piot; Una noche en Burano, óleo de Juan A. Samudio; Les Vainqueurs de Salamine (grabado), por M. Fernand Cormon.

 

SALA Nº 2

Costa del Paraná, paisaje, por Puillo; Casa de Pilatos, por Montenegro; Sacando agua del pozo, por Rubén Santoro; Cabeza de mujer, estudio de M. Michetti; Terminación de la calle Escalada, por Pacheco Ochoa; La Salamanca (Asunción), paisaje, por Mornet; Jardín Botánico de Río de Janeiro, por Luis Maristany; Cabeza de viejo, óleo de Pablo Alborno; Puerto de Cetta, por R. Monleón; Costa italiana, por Lerroy; La distracción de la modelo (desnudo), por A. Berisso; Desnudo (al lápiz), por Eduardo Schiaffino; Cabeza de niño, por Colombo; paisaje veneciano, por Pablo Alborno; Ramos de flores, por R. Barbero; Plancha de cobre (antiguo); Entrada a la tumba de Garibaldi, estudio, por A. Berisso; Soldado paraguayo del 70, por M. González; Pensamientos y rosas (flores), por Montesino (h.); 2 de Julio de 1908, por Chauvelot; Retrato sobre porcelana, por G. Da Ré; Paisaje sevillano, por Brim; Paisaje de San Bernardino, por Scheller; Plaza de San Marcos, por G. Da Ré; Retrato de niña tocando el piano, por A. Courtin; Paisaje donde aparece un túnel nocturno, por Máximo Dacelio, ex ministro de la corte de Carlos Alberto de Italia; Una feria española, por Galofre; Paisajes; Cabeza de mujer, por A. Holbumberg.

 

SALA Nº 3

Paisaje de Boston, por Geor S. Paini (Worcester, Mass. E. U. A.); El último cartucho, por W. S. Scheller; El árbol de Artigas, por Juan A. Samudio; Retrato del mariscal Francisco Solano López, por G. Da Ré; El mariscal acompañado del general Díaz pasa revista a su ejército en Paso Pucú la víspera de la gran batalla campal de Tuyutí, 1894; El general Díaz revistando la quema de los cadáveres después de Curupayty; Paisaje de Paraguarí, de Héctor Da Ponte; Retrato al lápiz del general Díaz, por G. Da Ré, año 1893; 14 de Mayo de 1811, intimación a Velazco, por G. Da Ré; Ruinas de Humaitá, por H. Da Ponte; El oratorio, por H. Da Ponte; Itá Pyta Punta, por H. Da Ponte; Ruinas de Olivares, por H. Da Ponte.

 

ESCULTURA

Sala Nº 1

Simón Bolívar (estatua en bronce), por A. Desperey, 1887; Vercingetorix (estatua en bronce), por Aimé Millet; Cabeza de mujer romana (mármol, de las excavaciones de Italia); Mirabeau (estatua en bronce), por Trufhéme, 1857; Napoleón I (busto en bronce), por R. Colombo, 1885; La Purísima Concepción (tallado jesuítico en madera); San Rafael (tallado jesuítico en madera); Patrona de Capiatá (tallado jesuítico en madera).

 

Sala Nº 2

Lucio Vero (busto en bronce); Sarmiento (busto en terracota); Manuel Pedro de Peña (yeso patinado: busto) por A. Querol; Homero (busto en bronce); Thiers (busto en bronce) por Bulio; Gambeta (busto en bronce), por Bulio; Víctor Hugo (busto en bronce), por Bulio; Armand Carrell (busto en bronce).

 

Sala Nº 3

No contiene estatuas ni bustos.

 

Sala Nº 4

General José E. Díaz (busto en yeso), por Bonetti; Ruinas de Humaitá (terracota), por Serafín Marsal; José Enrique Rodó (Plaqueta en yeso), por Serafín Marsal.

 

MINIATURAS, NUMISMÁTICA Y CURIOSIDADES HISTÓRICAS

Vitrina Nº 1 – Sala Nº 1

Marina (Acuarela), de Larravide; Dragona (en hilo de oro) del Gral. José E. Díaz; Portaespada (de plata) del Gral. José E. Díaz; Plaqueta conmemorativa de la visita del presidente Campos Salles a Buenos Aires, en octubre de 1900; Prendedor distintivo del XVII Congreso de Americanistas de Buenos Aires, 1910; Retrato del Dr. Federico Toval (sobre espejo) con marco dorado; Estuche antiguo con retrato del Cnel. Matías Goiburú; Condecoración de la batalla de Tuyutí, 3 de noviembre de 1867 (oro); Condecoración de la batalla de Tuyutí, 3 de noviembre de 1867, (cobre); Retrato de Sarmiento; Retrato de don José María Concha; Retrato (antiguo) del Vicario don Rufino Jara; Hueso (metacarpo) de la mano de D. Carlos Antonio López. (Donativo del Sr. Arsenio López Decoud, con nota autógrafa del mismo); Retrato del teniente Herreros; Medalla con relieve de Pío IX; Dos monedas peruanas, 1763 y 1771; Viva la República del Paraguay, banderilla insignia de la época de los López; Moneda de un peso de la República, 1889; Medalla conmemorativa de la inauguración del monumento a los próceres de la Independencia Nacional, mayo de 1894; Dos monedas Napoleón, (plata), 1809 - 1812; Dos plaquetas conmemorativas de San Martín, 3 de febrero de 1913 y 21 de mayo de 1913; Moneda uruguaya, del año 94; Medalla conmemorativa de Adolfo Alsina, 1829-1877; Relieve de Napoleón 1º (en bronce); Mate con el retrato del fundador del Museo Godoi (base de plata y cabeza de oro); Retrato del mismo; Anillo de oro con topacio de la época de los López (Cuâirú Carreta); Cuatro medallas conmemorativas argentinas, 1906, 1910, 1920 y 1926; Dos medallas conmemorativas argentinas, 1916; Medalla conmemorativa del centenario de la fundación del Banco de la Provincia de Buenos Aires, 1822-1922; Tres medallas conmemorativas argentinas; Dos medallas conmemorativas paraguayas; Cuatro ídem brasileñas; Cuatro ídem uruguayas; Seis monedas diversas; Sancho Panza (miniatura en bronce); Cabe a de viejo (busto pequeño); Medallón (en estaño) de Jesucristo; La epístola famigliari di Ciceroni, Venetia, M. DC. XX; Dos platos del Lazareto Isla de Flores (Montevideo); Seis monedas (cobre) paraguayas; Dos billetes de la época de López; Retrato del artista don Guillermo Da Ré; Retrato del presidente Lincoln; Moneda antigua (española); Dos billetes de Corrientes, 1868; id. id. argentinos y uno uruguayo; Tres monedas (cobre) paraguayas.

 

Vitrina Nº 2 – Sala Nº 2

Retrato de Artigas (en porcelana); Medalla conmemorativa de la excursión patriótica uruguaya de mayo de 1913, con efigie del Gral. José E. Díaz (dos medallas de plata); Medalla conmemorativa de la excursión patriótica uruguaya a Ybyray, organizada por el Club Juventud Salteño, abril de 1913. (Dos medallas de plata); Id. conmemorativa de la fundación de los pueblos de Patiño y Kendall (F. C. C. P.), 4 de abril de 1909. (Dos medallas de plata); Medalla del Instituto Histórico e Geographico Brazileiro, 13 de mayo de 1888, con efigie de la princesa doña Isabel; Diez monedas con efigie de Carlos IV, de los años 1793, 1795, 1797, 1798, 1799. 1800, 1801, 1804, 1806 y 1808 (plata); Id. Carlos III, de 1789; Dos medallas Fernando VII, 1812 y 1814; Cinco monedas de plata; Efigie de Sarmiento (plata); Id. de 1gnacio Pirovano, con motivo de la inauguración de su monumento, 6 de julio de 1899; Moneda conmemorativa de la inaupuración del tramo Pirapó-Villarrica, 1911 (en bronce); Cinco medallas conmemorativas (cobre y bronce); Imagen (óleo sobre cobre antiguo); Retrato y bala con que fue asesinado D. Facundo Machaín, 29 de octubre de 1877; Fotografía de las condecoraciones de la guerra, Orden Nacional del Mérito; Dragona de la espada del Cnel. Santos Miño; Pedazo del famoso árbol de la noche triste de Popotla (Méjico); Retrato en porcelana de D. Carlos Antonio López y del mariscal Francisco Solano López; Tres medallas conmemorativas (bronce y cobre); Ocho medallas conmemorativas (bronce y cobre, diversas); Proclama del presidente don Carlos Antonio López al ejército, 17 de noviembre de 1847; Veintitrés monedas brasileñas de diversos valores; Cuatro medallas conmemorativas argentinas; Medalla (cobre) 1840; Primer boleto ida y vuelta a Buenos Aires por el F. C. C. P.; Memorial presente au roy d’Espagne pour dom Bernardino de Cárdenas MDCLXII; Mecis paraguariensis a Patribus Societatis Jem per Sexennium in Paraguaria Colleuta Monachii. MDCXLIX; Moneda española de Carlos II (llamado el hechizado) año 1668; Once medallas conmemorativas; Diez monedas de cobre (paraguayas y argentinas); Diez monedas cobre (varias naciones); Retrato de don Matías Goiburú; Ocho billetes de curso legal anteriores a la guerra de 1870; Dos billetes del S. Monte Della Pietá Di Roma, 1795; Cinco billetes de centavos argentinos. (107)

 

El Museo Histórico y Artístico de Monseñor Juan Sinforiano Bogarín hállase ubicado en tres salones del Palacio Episcopal de la Asunción.

Fue formado por su propietario, en trabajosa e inteligente búsqueda, en el transcurso de cincuenta años.

Apenas egresado del Seminario Conciliar, el entonces presbiterio Bogarín inició el acopio de medallas y objetos históricos que constituyen la base de su riquísima colección.

La sección numismática es posiblemente la más completa y valiosa que se tiene en el país. La componen medallas, monedas, etc., paraguayas y extranjeras. La sección jesuita y franciscana es de lo más interesante por su valor rigurosamente histórico. Hay allí imágenes talladas en madera, de una sola pieza y con pintura centenaria, todavía fresca al parecer. La que corresponde a los próceres de la independencia posee objetos de notable riqueza evocativa, tal la mesa escritorio que perteneció a Pedro Juan Cavallero.

La sección de la época de la dictadura cuenta con colecciones de cuadros al óleo, recordativos de aquel tiempo; trajes y menesteres domésticos de usanza común en el Paraguay en la primera mitad del siglo XIX; medallas, libros, documentos privados y públicos de indudable autenticidad.

La colección que corresponde a la guerra contra la triple alianza es del más noble valor. Armas, municiones, trajes, condecoraciones, sillones, como el que, fundido en Ybycuí, perteneció a Elisa Alicia Linch; los sables que portaban los hijos del mariscal; el usado por José Díaz; la cartera del mariscal con la fotografía de la Linch; el revólver del coronel Jorge Thompson; el libro en que se anotaron las contribuciones del pueblo; los sables corvos de la caballería; los fusiles de avancarga; los platos del servicio de mesa del Marqués de Olinda, etc.

La sección que condensa los recuerdos del período que se inicia en 1870 y llega hasta la guerra del Chaco, es tan interesante como la anteriormente citada.

La que corresponde a la tragedia que vivió el Paraguay en su conflicto con Bolivia constituye una revelación.

Todas estas reliquias se hallan numeradas y ordenadas. El catálogo fue hecho pacientemente por monseñor Bogarín. Es un manuscrito del ilustre prelado cuyo valor, a través del tiempo, tendrá que ir en aumento ponderable.

 

Otras bibliotecas existían, además de las ya nombradas, en la época que nos ocupa. Citaremos la del Colegio Nacional de la Asunción, que es la más antigua entre las de su género. Consta de más de siete mil volúmenes. Síguele en orden de mérito la biblioteca de la Facultad de Derecho, que posee más de seis mil volúmenes; la de la Escuela Normal de Profesores, con más de tres mil volúmenes; la de la Dirección General de Escuelas, de la Corte Suprema de Justicia, la de la Escuela Militar; la de los colegios nacionales de Villarrica, Concepción, Encarnación y Pilar. Es también riquísima y antigua la del Seminario Conciliar de la Asunción y la de la Curia Metropolitana. Entre las bibliotecas pertenecientes a institutos particulares cabe recordar la del Ateneo Paraguayo, con más de tres mil volúmenes; la del Colegio de San José, la del Colegio Monseñor Lasagna y la de la Escuela de la Providencia.

Y entre las bibliotecas de pertenencia privada, además de la de Juan Silvano Godoi, deben nombrarse las que fueron o todavía lo son de Manuel Gondra, Enrique Solano López, Cecilio Báez, Alejandro Audibert, Manuel Domínguez, Arsenio López Decoud, Juan E. O’Leary, Wenceslao Benítez, Víctor M. Soler, Adolfo Aponte, Viriato Díaz Pérez, Rolando A. Godoi, José Marsal, Fulgencio R. Moreno, Eusebio Ayala, Ignacio A. Pane, Antolín Irala, Ricardo Brugada, Rodolfo Ritter, Marcial Sosa Escalada, José Segundo Decoud y otros.

Entre los archivos particulares son también dignos de mención los de Juan Silvano Godoi, monseñor Juan Sinforiano Bogarín, Enrique Solano López, presbítero Fidel Maíz, Juan E. O’Leary, Manuel Domínguez, José Segundo Decoud, Juan Francisco Pérez Acosta, José Falcón, Ricardo Brugada, Héctor F. Decoud y otros.

 

Mención especialísima merece entre las citadas bibliotecas la de Juan Silvano Godoi, adquirida por el Estado. Su denominación es Biblioteca Americana Godoi. Fue creada también en Buenos Aires, en 1885. Consta de más de trece mil títulos y sus ejemplares superan a veinte mil. La colección es riquísima desde el punto de vista de la antigüedad y rareza de los libros que guarda.

Avelino Rodríguez Elías, en un trabajo cuya edición fue autorizada por el Ministerio de Instrucción Pública del Paraguay, y publicado en la Asunción en 1940, anota los siguientes principales volúmenes: Historia Paraguayensis, Petri Francisci-Xaverii de Charlevoix, Ex Gallico Latina, Cum Animadversionibus et Supplemento. Veretiis. MDCCLXXIX. Histoire du Paraguay, par le R. P. Pierre Francois - Xavier de Charlevoix, de la Compagne de Jesús. París MDCCLVI. id. id. id. Edición de MDCCLVII. Historiae provinciae Paraquariae, por N. del Techo (en latín). Relación Historial de las Misiones de los Indios que llaman Chiquitos, que están a cargo de los Padres de la Compañía de Jesús de la Provincia del Paraguay, escrita por el padre Juan Patricio Fernández de la misma Compañía, sacada a luz por el padre Gerónimo Herrán, Procurador General de la misma Provincia, quien la dedica al Serenísimo señor D. Fernando Príncipe de Asturias. Año 1726, Madrid. Relation des missions du Paraguai. Traduite de L’Italien de M. Muratori, Editión Catholique de la Belgique, 1882. Resume de L’Histoire de Buenos Aires, du Paraguay et des Provinces de la Plata, suivi du resumé de L’histoire de Chili, avec de notes por Ferdinawd Denis, Paris, 1827. Colección general de documentos, tocantes a la Persecución, que los regulares de la Compañía suscitaron y siguieron tenazmente por medio de sus Jueces Conservadores, y ganando algunos Ministros Seculares desde 1644 hasta 1660, contra el Ilmo. y Rvmo. Sr. Fr. D. Bernardino de Cárdenas, Religioso antes del Orden de San Francisco, Obispo del Paraguay, Madrid MDCCXVIII. Histoire du Paraguay sous les jesusites, et de la Royauté qu’ ils y ont exercée pendant un siécle e demi. A Amsterdam e a Leipzig, MDCCLXXX. Letters of Paraguay: Comprising an account of a four years residence in that Republic, under the Government of the Dictador Francia, by J. P. and W. P. Robertson. London, 1838. Histoire Phisique, Economique et Politique du Paraguay et des etablissements des jesuites, par L. Alfred Demersay, París, 1860 (con atlas); Geschichte des Abiponer, einer berittenen una kriegerischen Nation in Paraguay, por Martin Dobrizhoffer, 1783. Id. id. id. en inglés. London, 1822; Essai historique sur la Revolution du Paraguay, et le Gouvernement dictatorial du Docteur Francia, por M. M. Rengger et Longchamp, Paris, 1827. Historia secreta de la misión del ciudadano norteamericano Charles A. Washburn, cerca del gobierno de la República del Paraguay, por el ciudadano americano, traductor titular (in partibus) de la misma misión Porter Cornelio Bliss, B. A. Correspondencias cambiadas entre el Ministro de Relaciones Exteriores de la República y el señor Charles A. Washburn, Ministro residente de los Estados Unidos de América sobre la conspiración fraguada contra la Patria y el Gobierno en combinación con el enemigo; y el atentado de asesinato a la persona del Excmo. señor Mariscal López, por nacionales y extranjeros. Luque, 1868. Arte vocabulario tesoro y catecismo de la lengua guaraní por Antonio Ruiz de Montoya, Leipzig, MDCCLXXVI. Arte de la lengua guaraní, por Antonio Ruiz de Montoya, Leipzig, MDCCXXVI. The History of Paraguay, with notes of Personal Observations, and Reminiscences of Diplomacy under Difficulties, by Charles A. Washburn, Boston, 1871. Du Graty: La República del Paraguay; J. Thompson: La guerra del Paraguay; Jorge Federico Masterman: Siete años de aventuras en el Paraguay; P. Lozano: Conquista del Río de la Plata; B. Poucel: Le Paraguay Moderne; L. Schneider: Der Krieg der Triple - Alianz gegen Der Republick Paraguay; Elisa Lynch, por Orión; C. de la Poepes: La polithique du Paraguay; I. A. Bermejo: Episodios de la vida privada, política y social de la República del Paraguay; I. A. Bermejo: La Iglesia Católica en América; Documentos oficiales concernientes a la ruptura de relaciones entre Paraguay y Brasil; Félix de Azara: Descripción e historia del Paraguay; J. Nabuco: La guerra del Paraguay; R. Vallejos: Recopilación de leyes del Paraguay; C. M. Cadell: Japón y Paraguay; A. D. Taunay: La Retraite de Laguna (Episode de la guerre du Paraguay); E. de Bourgade la Dardye: Le Paraguay; Correspondencia diplomática entre el Paraguay y EE. UU. de América; El Paraguay y su gobierno. Refutación al folleto publicado por Hopkins, bajo el título de Tiranía del Paraguay; Ruiz Díaz de Guzmán: Historia Argentina del Descubrimiento, Población y Conquista de las Provincias del Río de la Plata; Cuestión religiosa en el Paraguay; Dr. Hugo Toeppen: Hundent Tage in Paraguay; F. Javier Bravo. Colección de Documentos relativos a la Expulsión de los Jesuitas de la República Argentina y del Paraguay.

"Como se ve – prosigue diciendo Rodríguez Elías – por los títulos copiados hay en la Biblioteca Americana Godoi un material histórico notabilísimo, que solamente la paciencia y la abnegación sin límites de Juan Silvano Godoi pudo llegar a reunir.

"Pero hay también en la Biblioteca Americana Godoi algo más que libros y de tanto interés como éstos para la historia de América y del Paraguay en particular: colecciones de periódicos de todas las épocas de la imprenta paraguaya incluyendo publicaciones oficiales, como puede verse por los siguientes títulos que de allí hemos copiado:

"Repertorio Nacional, del año 1842 al 1851, Asunción. Imprenta de la República. El Paraguayo Independiente del año 1845 (Nº 1) al 1852. Primera edición. El Paraguayo Independiente, segunda edición, Asunción, Imprenta de la República, 1859. Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles. Periódico Semanal del año 1853 a 1855. id. id. del 55 a 1860; id. id. del 63 al 1868; La Regeneración desde el Nº 1, año 1869, 1º de octubre, hasta el 3 de setiembre de 1870. El Pueblo, de 1870 al 31 de diciembre de 1871. La Opinión Pública, 1870; El Orden, de 1872; La Libertad, de 1874; La Patria, de 1875; La Nación Paraguaya, 1872, 73 y 74; Colección del Diario Oficial de la República; El Economista Paraguayo, de 1908 a 1922; Colección de El Pueblo del 94 al 97 y parte del 98; La Aurora, Enciclopedia mensual y popular, Asunción, 1860; Cabichui, 1867 al 68.

En otro orden de publicaciones impresas agrega el periodista español, "hemos visto también las siguientes en la Biblioteca Americana Godoi:

"El Mensaje del Supremo Gobierno de la República del Paraguay al Soberano Congreso Nacional, 1842, al 57.

"C. E. Jordán: Atlas Histórico Da Guerra Do Paraguay. (108)

Y como complemento de sus informaciones, el nombrado Rodríguez Elias trae este dato interesante: "No es posible dedicar un libro como el presente al Museo y Biblioteca Godoi, sin mencionar algo que allí se guarda y que, desde el punto de vista histórico, tiene interés innegable. Nos referimos a los tres libros donde están registradas las aportaciones de joyas de las damas paraguayas, para contribuir al sostenimiento de la guerra de 1865-70 contra la triple alianza.

"Varias veces habíamos oído hablar y no pocas habíamos leído algo acerca de esas aportaciones; pero hasta que en la Biblioteca Americana Godoi tuvimos ocasión de examinar los libros donde esas contribuciones están anotadas con toda clase de detalles y circunstancias, no pudimos apreciar la verdadera importancia de esa actitud de las damas paraguayas ante la patria en peligro.

"Son tres esos libros, de cuyo contenido puede juzgarse por los siguientes datos: El primero mide 54 centímetros de alto, 37 de ancho de las tapas y 15 de grueso. Consta de unas mil quinientas páginas, en hoja de grueso papel. El segundo libro es enteramente igual al primero. Y el tercero mide 54 centímetros de alto, 36 de ancho y 7 de grueso. Este último tiene 740 páginas, también en papel grueso. En el primero y en el segundo están totalmente cubiertas de nombres, cantidades y conceptos las mil quinientas páginas respectivas, y en el tercero, de 740, sólo están cubiertas 362.

"A manera de portada, contienen el primero y el segundo tomos esta inscripción, escrita a pluma:

"Libro Registro de las manifestaciones de joyas y alhajas de las ciudadanas paraguayas para aumentar los elementos de la defensa de la patria. Asunción, julio 24 de 1867.

"Comienzan las anotaciones por las damas del barrio de la Catedral, de esta Capital, y siguen a éstas las de los barrios de la Encarnación, San Roque, Santísima Trinidad, Recoleta y Lambaré.

"A continuación están todos los pueblos, pueblecillos y demás núcleos de población del Paraguay, cuyas damas, concurrieron sin faltar una, a entregar sus aportaciones.

"Esas aportaciones comprenden toda clase de alhajas, como collares, pendientes, anillos, pulseras, relojes, clavillos, pinjantes, y otras de uso personal, así como otras de devoción o de intercambio comercial, como rosarios, monedas, etc. La falta de sumas parciales o generales en los libros, no nos ha permitido conocer el total de oro y piedras preciosas entregados. Pero a juzgar por las listas contenidas en los tres libros, ese total debió ser enorme, y su valor cuantiosísimo.

"La primera dama que en esos libros aparece inscripta, es la señora doña Dolores Vázquez de Acosta, con sus hijas Basilina, Cecilia, Rosa Cándida, Balbina y Valeriana Acosta Vázquez, del barrio de la Catedral, y la aportación hecha por estas damas fue de dos rosarios y una cadena de oro.

"A continuación, como queda dicho, figuran hasta la página 362 del tercer libro, todas las damas del Paraguay; lo cual quiere decir que allí están anotados los apellidos más distinguidos y los más modestos de la República; las abuelas y las bisabuelas de las paraguayitas de hoy.

"De donde se desprende que los libros a que nos estamos refiriendo, tienen no sólo auténtico valor histórico, sino también familiar". (109)

 

XXXIV

LA CULTURA JURÍDICA

 

La Constitución Nacional, sancionada y promulgada en 1870, estableció la división tripartita y la independencia de los poderes. Desde ese instante podría pensarse en la seguridad de la carrera del funcionario judicial. Algo de eso se hizo; mas no se pudo establecer de una manera categórica la firmeza del juez en la continuidad de su labor de acuerdo con sus méritos. El período legal no siempre ha sido respetado, especialmente en estos últimos tiempos, circunstancia que ha restado autoridad a la magistratura forense.

No obstante, en el transcurso de más de setenta años, han aparecido funcionarios dignos de figurar en la historia por su versación jurídica y su espíritu de independencia y justicia. Deben ser citados entre éstos, comenzando por los de antaño, Juan Silvano Godoi, José Mateo Collar, Benigno Ferreira, Cecilio Báez, Emiliano González Navero, Manuel A. Maciel, Emeterio González, César Gondra. Pablo J. Garcete, Cayetano A. Carreras, Juan Cancio Flecha, Hilario Amarilla, Jesús María Carrillo, Pedro Bobadilla, Inocencio Franco, Benigno Riquelme, Federico Codas, Teodosio González, José Irala, J. Wenceslao Benítez, Atanacio C. Riera, Manuel Franco, Félix Paiva, Manuel Burgos, Alejandro Audibert, José Tomás Legal, Manuel M. Viera, Alejo M. Carrillo, Francisco Rolón, Facundo González, Vicente Brunetti, Eligio Ayala, Marcial Sosa Escalada, Manuel E. Carvallo, Francisco C. Chaves, Eladio Velázquez, Emilio Faraldo, Antolín Irala, Ramón García, Juan Manuel Sosa Escalada, M. Eliseo Sisa, Amancio Insaurralde, Federico Chaves, Salvador Fernández, Virgilio Silveira, Héctor Salaverry, Enrique Ayala, Juan L. Mallorquín, José Emilio Pérez, Tomás Ayala, Manuel Benítez, Víctor Rojas, Angel Medina, Justo Román Pérez, Manuel Sisa, Pedro P. Samaniego, Enrique L. Pinho, Eulogio Jiménez, Apolinario Real, Arillo Fretes, Eusebio Ríos, Aurelio Núnez Velloso, Agustín Casanello, Celso R. Velázquez, Luis De Gásperi, Angel Mercado, Víctor B. Riquelme, Sigfrido Gross Brown, Juan R. Chaves, César Acosta, Carlos R. Andrada, Raúl Sapena Pastor, Fernando Cazenave, Alejandrino Meza, Teódulo Cabrera, Marciano Franco, Manuel Burgos (h.), Francisco Orué Saguier, Leandro P. Prieto, Ernesto Jiménez, Andrés A. Mereles, Raúl Mojoli, José S. Villarejo, Carlos C. Carreras, Carlos R. Amarilla Fretes, Gregorio Vidal, Pedro Recalde de Vargas y muchos más.

Los trabajos debidos a los magistrados forenses constituyen hoy numerosísimos volúmenes que llenan los anaqueles del Archivo General de los Tribunales y son fuentes fecundas de la jurisprudencia paraguaya. Lástima es que dichos trabajos, gran parte de los cuales son notables piezas jurídicas por su fondo y por su por su forma no hayan sido publicados. Intentóse varias veces hacerlo. El Boletín de los Tribunales, La. Gaceta del Foro y otros periódicos que tuvieron efímera vida, aunque de gran utilidad, han ensayado esa publicación sin el éxito de que eran acreedores. (110)

Pero es conveniente no olvidar la contribución de los magistrados del Poder Judicial a la cultura integral de la Nación en uno de sus importantes aspectos: la cultura jurídica. Debe agregarse al trabajo de los jueces, el aporte de los profesionales del foro. Demandas y alegatos abundan, constitutivos de verdaderas cátedras de derecho, cuya publicación no sólo servirá para poner en evidencia las excelencias de sus autores, sino contribuirán valiosamente a la evolución jurídica del Paraguay. Pero ellos permanecen inéditos, arrinconados en anaqueles maltrechos y polvorientos, ignorados de letrados y profanos y olvidados hasta de sus propios autores.

 

BENIGNO FERREIRA era oriundo de Isla Aveiro, departamento de Limpio. Nació en el año 1846. En 1859, luego de cursar estudios primarios en la Asunción, ingresó en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos.

Completado el ciclo del bachillerato, trasladóse a Buenos Aires para iniciarse en las disciplinas universitarias, en la Facultad de Derecho. En 1865, al estallar la guerra de la triple alianza contra el Paraguay, fundó en la capital porteña, juntamente con otros connacionales, la "Asociación Paraguaya" y después, la "Legión Paraguaya". Retirado de esta unidad de tristísima fama, sirvió en el ejército argentino, a las órdenes del general Wenceslao Paunero.

En 1869 retornó al Paraguay. Fue designado capitán del puerto de la Asunción y jefe de la Guardia Nacional de la capital. En 1870 fue electo diputado al Congreso; en 1871, ministro de guerra y marina; y en 1873, ministro del interior. En tal carácter sofocó, en lucha sangrienta, la. revolución acaudillada por el general Bernardino Caballero en 1873. Siendo un obstáculo, por su intransigencia patriótica en la defensa de los intereses del Paraguay, con motivo de la liquidación de la guerra, los representantes de las potencias signatarias del tratado secreto de 1865, gestionaron y obtuvieron su desalojo del poder.

Regresó a Buenos Aires, en cuya universidad prosiguió sus estudios hasta obtener el grado de doctor en Leyes, en 1880.

En 1895 ejerció la presidencia del Partido Liberal. Así puso término a su primer largo exilio. Retornó a la Asunción, y cuando el gobierno colorado del general Juan Bautista Egusquiza reorganizó el Poder Judicial, fue confiada a Benigno Ferreira la presidencia del Superior Tribunal de Justicia.

En 1904 fue designado para ejercer el comando militar de la revolución liberal que finalizó con el "Pacto de Pilcomayo", y que dio por resultado la ascensión al poder de la gran entidad nombrada.

Fue ministro de guerra y marina del gobierno provisorio de Juan Bautista Gaona. Electo candidato a la presidencia de la República, tomó posesión del mando el 25 de noviembre de 1906.

Su gobierno, llamado el de los cívicos, duró hasta el 2 de julio de 1908, fecha en que una sublevación militar, dirigida por el entonces mayor Albino Jara, lo derrocó.

Vuelto a su exilio de Buenos Aires, falleció en aquella ciudad, en 1920.

Entre las obras principales de su administración son dignas de mención la solución de la cuestión ferrocarrilera y la unión de sus líneas con las argentinas, a través del río Paraná; la fundación del Banco de la República; la adquisición del equipo de guerra más moderno que hasta entonces se conocía; y la firma del Protocolo Soler-Pinilla, en la cuestión de límites con Bolivia.

 

BENIGNO RIQUELME nació en la Asunción, en 1857. Cursó estudios en el Colegio Nacional y se graduó de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad de la capital paraguaya, en 1893. Su trabajo de tesis versó sobre Desarrollo del derecho de castigar y consideraciones sobre las penas en sus varias faces, Asunción 1893.

Fue en la magistratura forense fiscal del crimen, defensor general de menores y miembro de los tribunales de apelación en lo civil, comercial y criminal, cuyas presidencias ejerció en repetidas ocasiones.

Entre sus trabajos cítanse Código Penal Paraguayo concordado con el Derecho Penal, 1897; y Código de Procedimientos Penales, en concordancia con el Derecho Procesal, 1908.

Benigno Riquelme fue honrado, ecuánime, recto, intachable. Falleció en la Asunción, en 1917.

 

J. WENCESLAO BENÍTEZ nació en la Legación del Paraguay en París, en 1865. Cursó estudios en el "Royal of Foreign Languaje College" de Londres, en el colegio de los hermanos Ricaldoni, de Montevideo, y se graduó de notario y escribano publico en la Universidad Nacional de la Asunción.

Ejerció dicha profesión durante muchos años.

Llevado a la magistratura forense, actuó como secretario del Superior Tribunal de Justicia, juez en lo civil, miembro y presidente de la Cámara de Apelación y presidente del más alto tribunal de justicia de la República. Su historia en la actuación judicial señala huellas de laboriosidad, de ilustración y, sobre todo, de austeridad en el cumplimiento de la ley.

Cultor apasionado de la lectura, su biblioteca tuvo fama de selecta y nutrida, especialmente en su sección paraguaya. Contaba con más de tres mil quinientos volúmenes.

J. Wenceslao Benítez falleció en la Asunción, en 1919.

 

EMILIANO GONZÁLEZ NAVERO nació en Caraguatay, en 1861. Cumplió el ciclo de estudios primarios y secundarios en la Asunción e hizo cursos de derecho en la Universidad Nacional.

En 1887 fue designado juez del crimen. En tal carácter tuvo actuación destacada en los sucesos de Bahía Negra, en el conflicto fronterizo con Bolivia. Fue después miembro y presidente del Superior Tribunal de Justicia.

En 1895 ocupó, por primera vez, una banca en el Senado. Durante la revolución liberal de 1904 fue designado vicepresidente del gobierno provisorio, con sede en Pilar.

Terminada la revolución de agosto de aquel año, en 1905, fue ministro de hacienda, en el gabinete del presidente Juan Bautista Gaona, y, luego, en el de Cecilio Báez.

Integró, en 1906, como candidato a vicepresidente, la fórmula encabezada por Benigno Ferreira.

Desde el 25 de noviembre de aquel año, y ya electo como tal, presidió el Senado hasta el 2 de julio de 1908.

Derrocado el gobierno de Benigno Ferreira por la sublevación cuartelera dirigida por el entonces mayor Albino Jara, cupo a Emiliano González Navero el ejercicio del Poder Ejecutivo hasta el 25 de noviembre de 1910.

En esta fecha hizo entrega del mando al presidente Manuel Gondra.

Retornó a su banca del Senado y al ejercicio de su profesión de abogado. Varias veces fue llamado después a desempeñar diversos ministerios y en repetidas ocasiones presidió el Partido Liberal.

En 1912 fue uno de los directores del movimiento armado que puso término a una era de profunda anarquía política. AL finalizar dicha campaña con el triunfo de las fuerzas de su bandería, designósele nuevamente presidente provisorio de la República. Dicho mando duró desde el 22 de marzo de 1912 hasta el 15 de agosto del mismo año, día en que se hizo cargo Eduardo Schaerer de la primera magistratura de la Nación.

En 1913 volvió a ocupar su antigua banca en el Senado, y en 1917 fue nombrado ministro de guerra y marina en el gabinete del presidente Manuel Franco.

Hallándose en el Parlamento, diez años después, fue electo, por segunda vez, vicepresidente de la República, integrando así el binomio cuyo primer término ocupaba José P. Guggiari.

En 1931, por delegación de mando, en consecuencia de los sucesos del 23 de octubre, Emiliano González Navero ejerció nuevamente la presidencia de la Nación durante unos meses. Terminado el mandato de vicepresidente, el 15 de agosto de 1932, dio por finalizada su carrera política.

Recogido en su hogar, después de más de cincuenta años de vida pública, en la que, en dura y agobiante lucha, conquistó el respeto de sus conciudadanos y la memoria ilustre con que hoy se le recuerda en la historia, Emiliano González Navero falleció en la Asunción, en 1934.

Puede decirse de este gran señor de nuestra democracia que la honradez fue su escudo; la pobreza, su blasón; y la dignidad cívica, su arma de combate.

 

MANUEL M. VIERA nació en la Asunción, en 1864. Cursó estudios en Buenos Aires, en cuya Universidad se graduó de doctor en leyes, en 1894. Descendía del poeta Natalicio Talavera.

En el año 1902 fue miembro del Tribunal de Apelación en lo civil, y años después, ocupó la presidencia del Superior Tribunal de Justicia. También fue fiscal general del Estado y ministro plenipotenciario del Paraguay en Buenos Aires.

Hallándose en el desempeño de la presidencia del Superior Tribunal de Justicia, una actitud de Manuel M. Viera ratificó sus cualidades de dignidad y carácter. No habiéndose prestado la debida atención a una orden de dicha alta Corte, en cierto recurso de habeas corpus, presentó renuncia motivada de su presidencia y abandonó para siempre el solar guaraní. Falleció en Buenos Aires, en 1945.

 

PABLO J. GARCETE nació en Paraguarí, en el año 1863. Cursó estudios en el Colegio Nacional y en la Facultad de Derecho de la Asunción, donde obtuvo, en 1903, el diploma de doctor. Su tesis se titula Jurisprudencia. El juicio de deslinde.

Dedicóse desde su juventud a la docencia. Enseñó en institutos primarios, en Paraguarí y otras ciudades. Fue catedrático de derecho civil en la Facultad de Derecho. Fue, posteriormente, juez en lo civil, presidente de la Cámara de Apelación, Rector de la Universidad Nacional y Presidente del Superior Tribunal de Justicia.

Pablo J. Garcete pasó por la judicatura dejando huellas de probidad insospechada e insospechable, de dedicación abnegada, apostólica, a la alta y noble misión de juzgar, de ilustración notoria y de patriotismo insobornable.

Falleció en la Asunción, en 1935.

 

JUAN CANCIO FLECHA nació en Valenzuela, en el año 1866. Fue alumno interno del Colegio Nacional de la Asunción. Obtuvo diploma de bachiller y cursó derecho en la Universidad Nacional. Especializado en ciencias físicas, dictó lecciones de la misma disciplina en el Colegio Nacional y otros institutos de enseñanza secundaria durante más de un cuarto de siglo.

Fue miembro del Superior Tribunal de Justicia y presidente de la citada Alta Corte, en 1903.

Juan Cancio Flecha desempeñó también las elevadas funciones de ministro de relaciones exteriores, en 1901, en el gabinete del presidente Emilio Aceval. En aquella oportunidad, en las notas del 10 de junio de aquel año y del 8 de enero de 1902, dirigidas, respectivamente, al agente confidencial de Bolivia acerca del gobierno paraguayo, Antonio Quijarro, y al ministro de relaciones exteriores del país del altiplano, Federico Diez de Medina, precisó la verdadera naturaleza del conflicto, estableciendo de manera indubitable que el litigio era simplemente de límites y no territorial, como pretendía el Palacio Quemado.

Juan Cancio Flecha, en la vida política, fue miembro conspicuo del Partido Liberal.

Falleció en Montevideo, en 1918.

Sus restos mortales fueron sepultados en Valenzuela, su pueblo natal. Ha dejado escritas sus Memorias, las cuales fueron sustraídas por manos anónimas.

 

VICENTE BRUNETTI es simplemente el juez en las tradiciones paraguayas. Simboliza todas las virtudes que exornan la personalidad del juzgador eximio. Probidad sin sospechas; ilustración notoria; carácter sin requebraduras; independencia hasta el sacrificio de los afectos en holocausto de la ley; austeridad sin mácula; sobriedad estoica; dedicación integral a los deberes; equilibrio del pensamiento; discreción hidalga, fueron sus cualidades sobresalientes.

No supo de otras andanzas que de su hogar a la casa de Astrea y de ésta a aquélla. Solitario, casi misántropo, era, sin embargo, amigo cordial. De franciscana modestia, hasta en el vestir reflejaba su amor a la sencillez. Clásicos eran el gris obscuro de su traje y el negro color de su sombrero. Caminaba suavemente, se dejaba deslizar como una sombra para no llamar la atención. Hablaba en tono bajo, muy bajo, aunque en elegante y claro lenguaje. Y cuando se disponía a asentar su firma al pie de la sentencia que había redactado, previa rigurosa compulsa de documentos, de análisis legal y humano de todas las pruebas favorables y desfavorables, vistas a través de la ley, de la jurisprudencia y de la doctrina, veíasele adoptar la postura, llana pero responsable, de quien dicta el fallo seguro en la aplicación del derecho y en completo acuerdo con la propia conciencia.

Para quienes tuvieron por juez a Vicente Brunetti jamás cupo la incertidumbre, y menos la angustia, de sufrir las consecuencias de una decisión errada o maliciosa. Era indudable el dictamen legal, comprensivo y justo. Así fue el magistrado. Por eso, día llegará en que su figura, vaciada en mármol, presida perennemente la casa de la justicia paraguaya, como heraldo de sus designios, como escudo de su austeridad, como prez y blasón de su grandeza.

Vicente Brunetti, nació en la Asunción, en 1874. Cursó estudios en dicha capital e ingresó en los tribunales como escribiente. Antes fue también escribiente – único cargo rentado –, en el Instituto Paraguayo, donde sucedió a José P. Guggiari, siendo reemplazado por Horacio Loizaga, cuando fue designado para igual función en el Juzgado del Crimen. Fue secretario, defensor, fiscal, juez, miembro de las Cámaras de Apelación y presidente de las mismas. Treinta y cuatro años de su honrada vida consagró a la administración de justicia. En 1907 publicó un Código de Procedimientos en materia civil y comercial, en dos tomos, con anotaciones y concordancias. También publicó una Reseña histórica de nuestra organización judicial y de nuestras leyes procesales.

Jubilado, ya anciano y enfermo, se refugió en su hogar de la avenida Manuel Peña, en las cercanías de la Recoleta. Allí vivió cultivando flores, – y es doloroso decirlo – ¡vendiendo sus libros para asegurar el sustento!

La muerte llevó sus formas corporales el 20 de setiembre de 1944; pero queda el recuerdo de Vicente Brunetti, queda para siempre el "juez Brunetti", como símbolo luminoso de la justicia, en la historia de la nación paraguaya.

 

FRANCISCO ROLÓN era oriundo de Caraguatay. Nació en el año 1871. Obtuvo el diploma de bachiller en el Colegio Nacional de la Asunción y el grado de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad Nacional, en 1900.

Fue juez de 1ª instancia en lo civil, presidente del Tribunal de Apelación y miembro del Superior Tribunal de Justicia. En la docencia universitaria dictó el curso de derecho procesal civil, en la Facultad de Derecho. Es autor de Lecciones de Derecho Procesal, primer curso, obra premiada por el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, y editada en 1939. También publicó un opúsculo titulado El Paraguay y Bolivia, con mapa. Se reprodujo, en 1903, en la Revista del Instituto Paraguayo.

En el gabinete del presidente Félix Paiva desempeñó el cargo de ministro de agricultura. Francisco Rolón fue modelo de funcionario y prototipo del letrado honesto, serio, comprensivo y de extraordinaria capacidad de trabajo; fue magistrado juicioso, ilustrado y probo y profesor universitario de elevada alcurnia espiritual. Falleció en San Lorenzo del Campo Grande, en 1940.

 

JOSÉ EMILIO PÉREZ era originario de la Asunción. Nació en 1872. Cursó estudios en el Colegio Nacional de la capital paraguaya, donde obtuvo el título de bachiller, en 1889. En la Universidad Nacional se graduó en derecho y ciencias sociales, en 1898.

Actuó en la vida política en las filas del Partido Nacional Republicano. Parlamentario y ministro del interior, en 1904, en el gobierno del presidente Juan Bautista Gaona, abandonó poco después la lucha ciudadana para dedicarse a la cátedra universitaria y a la magistratura forense.

Fue profesor de derecho procesal en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Asunción, decano de la misma y rector de la Universidad Nacional.

En la administración de justicia desempeñó funciones de defensor de reos pobres, juez, miembro del Tribunal de Apelación y presidente del Superior Tribunal de Justicia. Con Manuel Burgos y Luis A. Ricart, integró, en 1913, la Comisión de Códigos, que presidiera el primero.

Espíritu bondadoso, evangélico, su dedicación a los deberes de sus altas y nobles funciones fue simplemente ejemplar. Ilustrado, probo, de modestia benedictina, poseía una dicción castiza y no exenta de elegancia. Sus clases eran instructivas y gratísimas.

José Emilio Pérez falleció en Buenos Aires, en 1942.

 

MANUEL BURGOS nació en el ano 1872, en Luque. Cursó estudios en el Colegio Nacional y se graduó de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad Nacional de la capital paraguaya, en 1908. Antes obtuvo diploma de notario y escribano público.

Fue juez en lo civil, miembro de la Cámara de Apelación y presidente del Superior Tribunal de Justicia.

En 1924, como candidato a vicepresidente, integró el binomio encabezado por Eligio Ayala. Electo, desde el 15 de agosto de aquel año hasta 1928, presidió el Senado.

En oportunidades anteriores y posteriores a aquella época, fue senador y presidente del Partido Liberal. Falleció en Buenos Aires, en 1947.

Manuel Burgos simboliza la probidad, el valor moral e intelectual sin estridencias, el carácter firme, sin alardes ni disonancias. Juez hoy, político mañana; en el gobierno un día, en el destierro otro, su conducta señala una sola línea de persistencia ética.

 

EMILIO FARALDO nació en la Asunción, en 1875. Cursó estudios en la Universidad de Buenos Aires, donde se graduó de doctor en derecho, en 1896. Su tesis se intitula La definición del delito y fue editada en la capital porteña, en 1896.

En la magistratura forense fue fiscal en lo civil, fiscal general del Estado, juez de sentencia, miembro y presidente de la Cámara de Apelación y presidente del Superior Tribunal de Justicia, en varias oportunidades.

Después de treinta y cinco años de servicios, ya jubilado, retiróse a su hogar. Vivió allí, en compañía de sus libros, aureolado por el respeto y la consideración de sus conciudadanos, los últimos años de su existencia de hombre de bien. Falleció en la Asunción, en 1946.

 

PEDRO BOBADILLA nació en Villeta, en 1865. Cursó estudios en el Seminario Conciliar de la Asunción, y obtuvo el grado de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad Nacional, en 1898. Su tesis se intitula De la patria potestad.

Fue fundador y director, con Ezequiel Jiménez, del "Instituto paraguayo", famoso colegio asunceno que funcionó desde 1885 hasta 1892.

En 1894, Pedro Bobadilla fue designado juez en lo civil; en 1898, miembro de la Cámara de Apelación en lo civil, de la cual fue presidente; en 1905, miembro del Superior Tribunal de Justicia, alto cuerpo que también presidió.

En la docencia, cúpole desempeñar el rectorado de la Universidad Nacional, en 1912.

En su larga actuación política, ejerció las funciones de ministro de justicia culto e instrucción pública en 1901, en el gabinete del presidente Emilio Aceval; ocupó una banca en el Senado y fue vicepresidente de la República, desde 1912 hasta 1916. Falleció en la Asunción, en 1942.

 

ENRIQUE L. PINHO nació en la Asunción, en 1875. Cursó estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en donde obtuvo e título de bachiller, en 1895. En la Universidad Nacional de la Asunción completó el ciclo del doctorado en leyes y ciencias sociales, en 1907. Su tesis se titula Institución del jurado. Ventajas y defectos. Reformas que requiere.

Fue profesor en colegios de la capital porteña, en Encarnación y en la Escuela Normal de la Asunción.

Inició su carrera en la magistratura forense en 1905, como juez correccional; en 1909 fue miembro de la Cámara de Apelación en lo Criminal, y en 1910 desempeñó el mismo cargo en la de Apelación Civil.

Después de la subversión militar del 17 de febrero de 1936 fue designado miembro del Superior Tribunal de Justicia.

Enrique L. Pinho es, además, un animador de cultura. Su labor ha dejado meritorias huellas en el Instituto Paraguayo.

 

JOSÉ IRALA era natural de San José de los Arroyos. Nació en el año 1864. Cursó estudios en el Colegio Nacional de la Asunción, en donde obtuvo título de bachiller, en 1887. En la Universidad Nacional se graduó de agrimensor público, en 1890; de notario, en 1893; y de doctor en derecho y ciencias sociales, en 1901. Su tesis versa sobre Gobierno Municipal.

En la vida política ocupó una banca en la Cámara de Diputados, en 1891, y en el Senado, en 1917, y fue ministro de justicia, culto e instrucción pública, en 1902. En la magistratura forense desempeñó las funciones de juez de comercio y juez del crimen, y en la diplomacia, representó al Paraguay ante los gobiernos de Alemania, Austria, Hungría, Italia y Holanda.

Fue, asimismo, profesor de derecho civil en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Asunción, y redactor de La Democracia, diario que aparecía en la capital paraguaya.

José Irala falleció en la Asunción, en 1935.

 

JOSÉ TOMÁS LEGAL era originario de la Asunción. Nació en 1865. Obtuvo el título de bachiller en el Colegio Nacional de su ciudad natal, en 1885, y el de doctor en leyes, en la Universidad de Montevideo, en 1893.

En 1895 fue designado juez de comercio; en 1899, miembro de la Cámara de Apelación en lo civil, de la cual fue presidente; en 1912, presidente del Superior Tribunal de Justicia. Fue también defensor general de menores, en 1936.

En las actividades políticas, ocupó una banca en la Cámara de Diputados, en 1905; fue ministro de justicia, culto e instrucción pública e interino de relaciones exteriores, en 1900, en el gabinete del presidente Emilio Aceval.

En la docencia fue profesor de derecho mercantil en la Facultad de Derecho, y rector de la Universidad Nacional, en 1902.

Leal, justo, optimista y bueno, era proverbial su generosidad.

Falleció en Areguá, en 1944.

 

FEDERICO CODAS nació en Villarrica, en 1868. Cursó estudios en el Colegio Nacional de la Asunción y en la Universidad de Montevideo, y obtuvo el grado de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad Nacional, en 1896. Su tesis estudia el Juicio político en el Paraguay.

Fue designado miembro del Superior Tribunal de Justicia, en dos ocasiones. En 1915 presidió ese alto cuerpo.

En la docencia secundaria desempeñó las funciones de profesor, en el Colegio Nacional de la Asunción; fue catedrático de derecho internacional privado, en la Facultad de Derecho, hasta 1920, y ejerció el rectorado de la Universidad Nacional, de 1903 a 1905.

En la vida política, fue ministro de justicia, culto e instrucción pública, en 1911, en el gabinete del presidente Liberato M. Rojas.

 

ÁNGEL MEDINA desempeñó las funciones de fiscal en lo civil, juez de 1ª Instancia y presidente del Tribunal de Apelación. Su dedicación a la magistratura forense fue de austeridad y severidad apostólicas. Ya jubilado, después de treinta años de consagración ejemplar a la administración de justicia, retiróse a la vida privada, donde se dedica, con fino gusto, a la música. Es un devoto de Barrios, Tárrega y Segovia. Compositor delicado y fecundo, pulsa la guitarra con maestría de artista.

Angel Medina nació en Barrero Grande, en 1882. Cursó estudios en el Colegio Nacional y se graduó de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad de la Asunción, en 1916.

 

EULOGIO JIMÉNEZ es oriundo de Pilar. Nació en 1884. Obtuvo el grado de bachiller en el Colegio Nacional de la Asunción, en 1900, y el de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad Nacional, en 1915. Su tesis se titula Defensoría de Pobres y Ausentes. Su carrera en la magistratura judicial se inició en 1911. En 1915 fue designado fiscal en lo civil; poco después, juez del mismo fuero, y en 1917, miembro del Tribunal de Apelación en lo civil. En 1930 desempeñó la presidencia del Superior Tribunal de Justicia y, posteriormente, la Fiscalía General del Estado.

 

MANUEL BENÍTEZ presidió el Superior Tribunal de Justicia durante varios años. Fue también parlamentario y ministro. En el gobierno del presidente Benigno Ferreira, en 1906, desempeñó las funciones de secretario de Estado en el departamento del interior, y en el de Eligio Ayala, en 1924, en el de hacienda.

Manuel Benítez era oriundo de Pilar. Nació en 1870. Cursó estudios en el Colegio Nacional, y se graduó de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad de la ciudad asuncena, en 1901. Falleció en la capital paraguaya, en 1939.

Alumno sobresaliente de la Universidad Nacional, político de condiciones meritorias, juez ilustrado y austero, Manuel Benítez fue el prototipo del hombre público que gobernó la Nación durante el período de los cívicos.

Fue profesor de álgebra y contabilidad, de derecho administrativo y miembro del Consejo Secundario y Superior. En Buenos Aires presidió el Comité Paraguayo, constituido en ocasión de la guerra del Chaco.

 

M. ELISEO SISA es oriundo de Quyquyó. Nació en 1880. Cursó estudios primarios en Ibycuí; fue alumno del Colegio Nacional de la Asunción, donde obtuvo el título de bachiller, en 1900, y de la Universidad Nacional.

Comenzó su carrera en la magistratura forense en 1904, como defensor de reos pobres; en 1908, fue designado fiscal del crimen; en 1913, juez del mismo fuero; y en 1914, presidente del Tribunal de Jurados.

Desempeñó este cargo hasta 1940, año en que fue suprimida dicha institución popular.

M. Eliseo Sisa es coautor de la Ley de Jurados, sancionada y promulgada en 1925.

Fue, asimismo, profesor de historia de Roma, en el Colegio Nacional y en el Colegio de San Luis, en la Asunción; miembro del directorio del Instituto Paraguayo, en 1919, y presidente del Ateneo Paraguayo, en 1938.

 

VÍCTOR ROJAS nació en la Asunción, en 1888. Cursó estudios en el Colegio Nacional y derecho y ciencias sociales en la Universidad de la ciudad comunera, donde se graduó de doctor en 1915.

En la magistratura judicial desempeñó las delicadas funciones de fiscal general del Estado, en 1926, y de presidente del Superior Tribunal de Justicia, en 1928.

Ocupó, en 1931, una banca en la Cámara de Diputados.

Fue, posteriormente, ministro de justicia, culto e instrucción pública y ministro de defensa nacional, en el gabinete del presidente Eusebio Ayala, durante la guerra del Chaco.

Los sucesos del 17 de febrero de 1936, que llevaron a la prisión a Eusebio Ayala y a José Félix Estigarribia, sorprendieron a Víctor Rojas en Montevideo. Sabedor de lo acontecido, retornó inmediatamente a la Asunción para ponerse al alcance de los hombres del nuevo régimen y correr, así, la suerte de sus compañeros, por los atajos de la adversidad.

Esta actitud retrata a Víctor Rojas.

 

TOMÁS AYALA era oriundo de la Asunción. Nació en 1879. Cursó estudios en el Colegio Nacional y se graduó de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad de la capital paraguaya, en 1921. Su tesis versó sobre Gobierno Municipal.

Formó parte del grupo "constitucional", en 1906, y ocupó una banca en la Cámara de Diputados después de 1910. Fue también senador de la Nación.

En el periodismo redactó Alón y El Liberal, en diversas épocas.

En la magistratura forense fue juez de sentencia y presidente del Superior Tribunal de Justicia.

En 1911, cuando el coronel Albino Jara era presidente de la República, y la Nación vivía una época de arbitrariedades y de guerras civiles, tiempo en que las garantías constitucionales eran mera palabra y el ciudadano opositor tenía sobre sí, pendiente, el filo prepotente del sable, Tomás Ayala, desde su banca parlamentaria, en palabras de fuego, condenó el régimen imperante y se opuso al ascenso a general del primer magistrado.

Esta actitud, valiente y digna, le valió el respeto y la consideración de la ciudadanía. Tomás Ayala falleció en Caacupé, en 1936.

 

VÍCTOR B. RIQUELME nació en la Asunción, en 1896. Cursó estudios en el Colegio Nacional, donde se graduó de bachiller en 1914, Obtuvo diploma de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad Nacional en 1930. Su tesis se ocupa de El Ministerio Público. En 1934 fue designado jefe de la Policía de la capital. En la magistratura forense fue juez de 1ª Instancia en lo Criminal, presidente del Tribunal de Apelación en lo Criminal y Comercial y miembro del Superior Tribunal de Justicia.

En la docencia universitaria dicta lecciones de derecho procesal penal, en la Facultad de Derecho, y de derecho mercantil, en la de Ciencias Económicas. Fue decano de esta institución de cultura superior.

Ha publicado un libro, Instituciones del Derecho Procesal Penal, Buenos Aires, 1946.

 

XXXV

LA MUJER PARAGUAYA A TRAVÉS DE LA HISTORIA

A Kala, ensueño de mi vida.

 

Un naufragio en las costas del Brasil llevó a Alejo García a tierras nuevas, habitadas por indios guaraníes. Trabó relación con éstos, se hizo amigo de caciques y principales de las tribus, aprendió el autóctono lenguaje y se impregnó de las costumbres primitivas de los aborígenes.

Pleno de esperanzas, el nauta lusitano dejó un día el suelo de la vetusta Europa en pos de fortunas imaginadas y de horizontes aurorales. Cruzó el océano, con Juan Díaz de Solís, columpiando sus anhelos sobre las ondas fugitivas; soñó bajo los cielos del Atlántico anchuroso con días de fantásticas grandezas y vivió la honda melancolía de la añoranza, canción de los recuerdos que atormenta el espíritu y llora en el corazón.

Varios años esperó – prisionero de su destino – la hora de realizar incursiones hacia el interior de la selva. Ya que el mar no le ofrecía la posibilidad amable del retorno a la patria, se ocupó en penetrar en el misterio del boscaje. Lo ignoto le atraía. Y la maraña virgen, inexplorada del continente, aparecía para Alejo García plena de sugestiones promisoras de quién sabe cuántas realidades impensadas. Fue así que, escudado en su fe y sin más armas que su propio coraje, el audaz europeo, un día se internó en el boscaje tupido, inhóspito y grandioso del Brasil, con rumbo hacia las tierras de occidente. Corría el año 1524. Fatigosa fue la marcha, dura la lucha con la naturaleza, cruenta la lidia con los selváticos señores; pero el orgullo y la ambición del temerario portugués vencieron en la jornada estupenda.

Llegado a la región que hoy ocupan las misiones argentinas, se descubrió a su vista el solar guaraní. El Alto Paraná, la región maravillosa, se tendía allí amplia, magnífica, en la policromía de sus encantos. Alejo García cruzó el caudaloso río con la visión siempre fija hacia occidente, hacia las tierras del rey blanco, hacia las zonas del oro y las riquezas fabulosas. Trasponiendo cordilleras, vadeando esteros, venciendo a la fatiga, arribó un día a las costas del río Paraguay. La corriente epónima reflejó en sus aguas la imagen vigorosa del soldado. Alejo García, dejándola hacia atrás, prosiguió su marcha incesante hacia el poniente. El Chaco se sintió hollado por sus plantas, ese Chaco misterioso y enorme destinado a ser, en el tiempo, teatro de epopeyas asombrosas, como los viajes de la "flecha humana" – Ñuflo de Chaves – y la tragedia reciente e inenarrable del "desierto de esmeralda".

Así, en 1524, el Paraguay dejó de ser la tierra desconocida para el mundo civilizado. Desde entonces se abrió, amable, a la corriente de todos los pueblos y a la influencia de todas las culturas; desde entonces es tierra fecunda para nobles realizaciones. Cuna, de una estirpe cuya aleación – bronce y oro – se fundió en el crisol de todos los sacrificios, cuyo espíritu es un surtidor de sentimientos insospechados, cuya alma canta en el dolor, como el ruiseñor cegado por el alfiler de oro, este pedazo de suelo americano digno marco es de la hazaña de su descubrimiento y de la historia, de quienes lo hicieron el centro principal de la conquista.

Y en este escenario grandioso que iluminó Alejo García, en medio de tantos protagonistas del drama de la civilización americana, un actor humilde, poco estudiado aún por historiadores y sociólogos, llama nuestra atención. Es la india. Un poeta paraguayo – Manuel Ortiz Guerrero – llamó a la aborigen "bella mezcla de diosa y pantera". Cantó sus formas y evocó su espíritu, señalando al investigador del pasado la página todavía blanca de su historia.

La india es un elemento del que se valió el conquistador para vencer a la barbarie; pero también es la leal compañera del señor autóctono en la defensa ciclópea de su reino salvaje.

Acompañó a los suyos en la lucha contra el blanco que venía a hollar el hogar de sus mayores, la tierra de sus antepasados, el altar de sus creencias. Manejó el arco y preparó la flecha envenenada. Estimuló al guerrero en las horas difíciles. Estuvo a su lado en el asalto de todos los "malones", y sufrió el holocausto de su raza, como actora rebelde en ora, resignada a veces, taciturna siempre. ¿Es posible, acaso, describir a la india, emperatriz de los toldos aborígenes, en aquel escenario virgen, en el que la naturaleza aparece exenta de toda artificialidad, en la estupenda eclosión de todas sus bellezas y en la suprema maravilla de todos sus misterios? Transportaos al pasado. Poneos en el corazón de aquellas mujeres, vivid sus pasiones y sus sentimientos, sus esperanzas y sus desengaños. Auscultad el alma primitiva de aquel eslabón de historia, perdido en el tiempo, y reviviréis un mundo desaparecido en las brumas pretéritas.

Pero lo que hoy nos toca recordar es su obra como forjadora de pueblos. En el taller del hogar primigenio, ella fue modeladora de la estructura de su estirpe. En su espíritu, en su voluntad, en sus virtudes y en sus defectos se funda la unidad étnica más poderosa y más conquistadora de la América. ¡La india guaraní es un crisol del que salió el metal eterno de una raza eterna!

En la primera mitad del siglo XVI apareció un nuevo tipo femenino: la mestiza. El amor del fiero hispano, del conquistador blanco con la aborigen, floreció en un tipo de mujer original. Morena de ojos negros y de carácter dulce, plena de gracia y plena de serena energía. En ella se basamenta el hogar paraguayo. Constituye la piedra angular de una institución civilizadora. Mientras, en la colonia, los hombres trabajaban, ella tejía el ñandutí del espíritu racial. El siglo XVII la encontró afanada en las labores del agro. Sabía cultivar la tierra. Pero también aprendía y enseñaba. En su choza aparecieron los primeros elementos domésticos traídos de países lejanos, efluvios de la cultura europea llegados con el conquistador. En su alma se acunaron sentimientos que desconocieron o no supieron expresar sus antepasado autóctonos. Ya no vestía ni se conducía como india. Denotaba garbo en su andar, elegancia en su maneras, sencilla espiritualidad en su trato.

El siglo XVIII escribe en la historia americana un capítulo de gloria y sacrificio: la revolución de los comuneros. La rebeldía nativa, valiéndose de la experiencia de las luchas populares españolas, anima un drama en el corazón del continente de Colón. La protesta de Toledo, la actitud varonil de Juan de Padilla, sus consecuencias en Avila, Soria y Segovia; el incendio y ruina de Medina del Campo, tragedia que floreció después en aquellas cartas cambiadas entre los comuneros de Medina y de Segovia, cartas que son hoy un fragmento magnífico de la severa y noble lengua castellana; todo esto, y los primeros gritos de libertad que conmovieron el ambiente cansino de la vida asuncena, en los días de Irala y Suárez de Toledo, contribuyeron a alentar la revolución que tuvo por numen y guía a José de Antequera Enríquez y Castro.

Y esta epopeya, digna de la que tuvo su trágico fin en los campos de Villalar, se nutrió también con el esfuerzo, con la inteligencia y con los sentimientos de la mujer guaraní. La hija de Juan de Mena que se vistió de blanco y se presentó al pueblo engalanada, "porque no era bien llorar la vida de su padre con tanta gloria tributada a la patria", es todo un símbolo. Es la mujer guaraní del siglo XVIII. Es la que dará vida a los hombres que, en la noche del 14 de mayo de 1811, debían de escribir, para siempre, la página de la emancipación paraguaya de todo poder extraño. De ese bronce era la madre de las Cavallero y de los Iturbe, de los Yegros y de los Mora, de los Acosta y de los Aristegui, de los Montiel, Rojas, Recalde y Rivarola. Ese es el metal del que venía, sombrío y enigmático, vigilante y taciturno, el solitario de Ybyray.

El siglo XIX, que nos trae la libertad, nos trae también la dictadura. José Gaspar de Francia exige silencio. Las fronteras se transforman en murallas insalvables. Fuera de ellas, prosperan la anarquía, el crimen, las persecuciones. Dentro de ellas, hasta 1840, la voluntad omnímoda de un hombre misterioso, la disciplina impuesta por el miedo, el orden rigurosamente controlado.

Desde 1811 hasta 1840, la mujer cuidó el hogar. Su labor consistió en coadyuvar modestamente en la obra de liberación. Sin palabras, sin ruidos, prosiguió en la tarea de forjar caracteres, de preparar la simiente para un porvenir mejor. Y advino el período patriarcal de Carlos Antonio López: veinte años de grandezas, veinte años de florescencia magnífica en los que el pueblo paraguayo construyó su destino cantando la canción de la esperanza.

Pero en un recodo del camino acechaba la fatalidad. La muerte que rondaba, invisible, conminaba a los dichosos. No era posible tanta idílica ventura en esta tierra. Y lo llevó a don Carlos en un día primaveral de 1862, enlutando el alma guaraní.

Melpómene, la musa de la tragedia, vino después. Tras ella aparecieron los jinetes del Apocalipsis. La guerra, con su cortejo de miserias y dolores, irrumpió en el solar paraguayo, cruel y esplendorosa. Tendió su ígneo manto sobre los hogares; pero la fulgidez de su desplante no consiguió amenguar la reciura de quienes se disponían a defender la patria. El diamante del alma ciudadana necesitaba otro diamante para rayar su dureza. Es que la madre, la esposa, la amada, en los días de luz y de alegrías, no olvidaron que el destino tiene sus sorpresas, y prepararon a los hombres para todas las horas, buenas o malas, amables o trágicas que podría depararles el porvenir. Y así se formaron aquellos cuadros que se batieron en Yataí y Corrales, en Sauce y Curupayty, en Lomas Valentinas y en Piribebuy, en Azcurra, Acosta-ñú y Cerro Corá.

Y si la epopeya escrita con la sangre, el esfuerzo gigantesco, la abnegación sin paralelo del soldado es digna de un marco esquiliano, el drama del martirio que nos legaron las mujeres de la guerra sólo es posible sentirlo.

En holocausto del amor a la patria sacrificaron el fruto de sus amores: el hijo; dejaron ir al padre, al esposo y al hermano; dieron sus joyas y abandonaron sus hogares y se transformaron en obreras de todos los talleres. Duras en el sacrificio, sólo lloraban, pudorosas, en las horas en que – cristianas de fe inconmovible – ofrecían a Dios sus oraciones. Cinco años vivieron así, bebiendo, sorbo a sorbo, infinitas amarguras...

Pero en Cerro Corá no terminó su calvario. Tras el desastre, solas, abandonadas, les aguardaba la obra grandiosa de la reconstrucción. Apoyadas en el recuerdo, inspiradas en el cariño pretérito, todavía fatigadas por el largo andar de la "residenta", comenzaron el trabajo de reedificar el hogar común, deshecho por el vendaval terrible.

Piedra sobre piedra fueron colocando con solicitud maternal. Ni una queja, ni una protesta, ni una actitud de rebeldía contra la suerte adversa. En silencio, con amor, cumplieron el doble deber: el del padre, que guía y sostiene; el de la madre, que educa y anima. ¡Benditas sean las mujeres que reconstruyeron la patria!

El siglo XX, el tiempo que vivimos, se nutre también con sus virtudes. Las luchas internas, de aprendizaje democrático, que tanto conmovieron a la Nación, les arrastró en el torbellino. Doloroso es recordar el sufrimiento de tantas madres cuyos hijos, llevados por las circunstancias, formaron bandos adversos en pugnas cruentas entre hermanos. Pero la historia política del Paraguay no puede olvidar el sacrificio de las mujeres en holocausto de ideales, buenos o malos, pero ideales al fin, que forman el sustractum de la cultura nacional.

La guerra del Chaco, página de contornos broncíneos, capítulo dantesco de la epopeya de los siglos, halló a la mujer paraguaya en su sitio habitual: el hogar. Atareada en la faena de hacer amable el presente y de preparar el porvenir, le sorprendió el llamado angustioso del clarín, en las horas inciertas de Pitiantuta. Dejó el trabajo de todos los días, un poco temerosa, al principio, pero serena y firme en seguida, para preparar el "avío" al padre, al hermano, al hijo o al esposo. Acompañó al "reservista" hasta el "acantonamiento", sin alharacas inconvenientes, sin exhalar siquiera un suspiro de tristeza, y lo dejó ir, tal vez para siempre, río arriba, en pos de la gloria, del sacrificio o de la muerte. La hemos visto en el puerto despedir al guerrero, con sus grandes ojos negros, abiertos desmesuradamente, como si quisiera aprisionar en ellos la imagen del hombre que se iba, vestido de verde olivo (111), con un fusil al hombro, a cumplir el deber supremo de defender la heredad común. Consciente de su misión y de su responsabilidad, animaba, estimulaba. Nunca lloraba en público. Para el llanto se hizo el misterio de la noche. Y a ella, el destino siempre la deja, con su dolor a solas.

¿Y no recordáis, acaso, su obra de colaboración en la defensa? Sus huellas se tienden de confín a confín del territorio. Sustituyó al varón en todas las labores, mitigó dolores y penurias del soldado y forjó el Alma de la Victoria con su fe en Dios y en los destinos de la Patria.

Terminada la contienda, el Paraguay desembocó en un régimen de fuerza.

La dictadura se irguió, proterva, audaz, irresponsable. Los hogares fueron atracados, los hombres libres perseguidos hasta más allá de las fronteras patrias. En nombre de una monstruosa concupiscencia los personeros del mal se adueñaron de los destinos de la Nación.

Fue entonces la hora de la mujer democrática, de la señora de la dignidad ciudadana. Sin abandonar el hogar, organizó sus huestes, y no solamente estimuló la lidia contra la opresión, sino salió a la plaza pública a enfrentar al despotismo. Desafió gallardamente al pretorio, retó a duelo a la tiranía, y cantó, en su audacia patriótica y humana, el himno eterno de la libertad.

La historia pudo verla, así, al pie de la enseña nacional, en brava guardia de las virtudes esenciales de la raza, bella en su actitud airada y siempre digna de sus nobles tradiciones.

 

NOTAS

XXXI. – La enseñanza primaria, secundaria y superior

100- Primera memoria que sobre educación común, aparece en la Nación, presentada al Consejo Superior de Educación por el Superintendente Interino de Instrucción Pública, Atanacio C. Riera. Asunción, Tipografía de "El Paraguayo, 1890.

101- Memoria de la Dirección General de Estadísticas.

XXXII. – Las actividades comiciales durante la época de transformación.

102- Registro Oficial, 1870.

103- Ídem, ídem.

104- Ídem, ídem. 1893.

105- Ídem, ídem, 1911.

XXXIII. – El Archivo y la Biblioteca Nacional de la Asunción.

Otras instituciones similares.

106- Acta Capitular. Archivo Nacional.

107- AVELINO RODRÍGUEZ ELÍAS El Museo de Bellas Artes y la Biblioteca Americana Juansilvano Godoi.

108- Ídem, ídem.

109- Ídem, ídem.

XXXIV. – La cultura jurídica

110- Ver Colección. Archivo General de los Tribunales.

XXXV. – La mujer paraguaya a través de la historia

111- Uniforme de faena del ejército paraguayo.