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CARLOS R. CENTURION

 

HISTORIA DE LAS LETRAS

PARAGUAYAS

 

 

XI

EL COLEGIO DE MONSERRAT

 

No es posible olvidar en esta reseña histórica una institución docente, siquiera no genuinamente paraguaya: el Colegio de Nuestra Señora de Monserrat, de Córdoba, al cual ya hicimos algunas referencias antes de ahora. En dicho establecimiento recibieron instrucción los hombres más representativos del Río de la Plata, de la primera mitad del siglo XIX. En recuerdo de los bienes que sembró, vamos a transcribir aquí una página ilustrativa, de Arturo Cabrera, escrita en 1928. (101)

"Nosotros hemos compartido la cuna y la nodriza de los paraguayos – dice Cabrera –; dá testimonio vivo de ello el Colegio Real de Monserrat de Córdoba, cuya fundación se verificó el 9 de Abril de 1695.

"Desde aquel día memorable en los anales de la instrucción pública americana, el Colegio de Monserrat abre sus puertas y los departamentos de sus internados, a jóvenes sin número venidos de todos los puntos del país y aun de más allá de sus confines, de ambas márgenes del Plata, de ultracordillera y del Alto Perú.

"Esta institución, justamente con el Colegio de San Carlos de Buenos Aires, constituyen el famoso binomio educacional que floreció en el Virreynato del Río de la Plata. Alumnos suyos – directos o indirectos – del Colegio de Monserrat fueron los protectores, apóstoles, actores, tribunos, estadistas y guerreros de la revolución de Mayo.

"La previsión de don Ignacio Duarte y Quiróz, que más allá, más lejos aun que la solicitud de los gobiernos, entregado a un arrebato de generosa pasión por la enseñanza y teniendo ante su vista la barbarie de los naturales y la codicia de los hombres consagrados a la dominación, desprendióse de sus bienes por entero, sin reservas, anticipándose en su espíritu al movimiento que muchos años después habíase de producir en el corazón de Belgrano, quien superando a sus virtudes guerreras se convirtió en fundador de escuelas primarias.

"Dispensador de Becas – La Beca del Paraguay. D. Ignacio Duarte y Quiróz estableció seis becas radicadas en los treinta mil pesos a que ascendía el monto total de la donación. Estas becas fueron instituidas para favorecer a los jóvenes en quienes se asociaran la pobreza, el talento y el amor al estudio.

"El doctor Garay y el capitán Francisco Luis de Cabrera continuaron tan noble ejemplo dotando a su vez dos becas, las cuales habían de servir "para pobres que no teniendo medios no pudiesen entrar a dicho colegio".

"Tocóle a D. Francisco Matías de Silva – hijo de la Asunción del Paraguay – la gloria de secundar la obra meritoria y benefactora de los dispensadores de becas a que acabo de referirme. Esta acción merece tanto más señalarse, cuanto que en ninguna otra de las comarcas de ultra cordillera o de allende el Plata hubo imitadores de su bello ejemplo.

"El Provisor Francisco Matías de Silva dio poder en la Asunción del Paraguay a Bartolomé de Ugalda, el 22 de Agosto de 1713. Este vecino de Córdoba representó al señor Silva en la Institución de la Beca del Paraguay, la cual destinábase a los hijos de aquella tierra hermana colocados en las condiciones fijadas por la escritura de fundación de la beca.

"Establecióse ésta con carácter de perpetuidad, "con dos mil pesos de principal que debían situarse en fincas y bienes varios y mejor y más seguramente que sea posible, y que renten cien pesos de a ocho reales cada año".

"A la sazón era Rector del Colegio el padre Lorenzo Villo y procurador el padre Nicolás de Ubeda, a quienes por sus funciones administrativas les correspondió actuar como representantes del instituto al suscribirse los documentos que legalizaron la referida beca.

"En los archivos del Colegio de Monserrat existe un registro que guarda y perpetúa los nombres de los alumnos que desfilaron por sus claustros. Y los estudiantes del Paraguay tienen sus nombres consignados en aquel memorable padrón, que a manera de crisol funde en un solo espíritu a argentinos, paraguayos, bolivianos, peruanos y uruguayos.

"No fueron el general Gaspar García Francia y Guardia – su familiar y amigo – los únicos estudiantes del Paraguay que ingresaron en las aulas cordobesas. Este acerto difundido por un cronista del dictador no tiene fundamento.

"El Registro de estudiantes ha sido ilustrado por los rectores del Colegio con anotaciones referentes al carácter y a la conducta de sus alumnos.

"Estos comentarios reflejan con fidelidad el ambiente escolar que predominaba entonces, así en alumnos como en superiores.

 

EL CENSO DE LOS PARAGUAYOS

 

"ARIAS MONTIEL MIGUEL. – (Del Paraguay). Ingresó al Colegio el 16 de Agosto de 1778. El 29 de Octubre de 1786 salió del colegio para ordenarse en el Paraguay. Le acompañó su hermano de él. Salió cumplido su tercer año de Teología. Ha sido un colegial excelente y de una vida irreprensible. En más de un año no salió ni a un paseo regular". Rector Guitian.

 

"AEDO BERNARDO. – (Paraguayo). Ingresó el 27 de Diciembre de 1781 y salió con el último de Noviembre de 1789, echadas todas las patérnicas. Fue un colegial bellísimo y como a tal se le confió el cuidado de los chicos y la enfermería mayor.

 

"BAEZ MANUEL ANTONIO. – (Paraguayo). Ingresó el 25 de Junio de 1800. Salió con buen nombre el 26 de Abril de 1802. Se graduó de licenciado.

 

"BALDOVINOS JUAN BAUTISTA Y MARCO. – (hermanos paraguayos, de Asunción). Marco entró en la beca dotada que tenía Gamarra fundada por el señor Silva. Salió Juan Bautista el 2 de Agosto de 1783, con la aprehensión ingenua de que los edificios de bóvedas lo enfermaban. Marco salió el 6 de Diciembre de 1788 con todo el mérito para ser un maestro y por su talento pudiera echar las patérnicas. Rector Guitian.

 

"DIAZ CARMEN. – (Paraguayo). Hijo de Francisco y de Petrona Cardoso. Ingresó en Marzo 15 de 1826. Entró a ocupar la beca del Paraguay en Septiembre 15 de 1828. Rector Bedoya.

 

"ECHEVARRÍA JUAN JOSÉ. – (Paraguayo). Hijo de Pedro José y Juana Josefa... Patrón Miguel Tagle. Ingresó en Septiembre 15 de 1816. Entró en la beca del Paraguay en Mayo 18 de 1817. Salió en Septiembre 11 de 1821. Rector Bedoya.

 

"GAMARRA MARCO. – (De Asunción del Paraguay). Ingresó el 3 de Junio de 1779, ocupando la beca dotada por don Matías Silva. Salió en Febrero de 1782. Rector Parras.

 

"GARCÍA FRANCIA JOSÉ GASPAR. – (De la Asunción del Paraguay). Ingresó a Monserrat el 18 de Julio de 1781 Se le despidió del colegio a fines de Febrero de 1783 por su poca moderada conducta en caroza y especialmente por haber resistido la corrección que quiso aplicársele. Se le perdonó lo que debía por algunos servicios hechos al colegio por su tío el padre Velazco. Rector Parras.

 

"GUARDIA FRANCISCO ANTONIO. – (De la Asunción del Paraguay). Hijo de Juan y Francisca Javiera Peña. Entró en beca de gracia el 24 de Agosto de 1800. Salió el 3 de Diciembre de 1806.

 

"GRANZE MANUEL. – (Paraguayo). Hijo de Juan Manuel y Rosalía Montiel. Ingresó el 21 de Noviembre de 1797. Falleció el 16 de Diciembre del mismo año.

 

"MARTÍNEZ VARELA MARIANO. – (De la Asunción del Paraguay). Hijo de Juan Antonio y de Juana María López. Ingresó el 10 de Diciembre de 1809. Exigió la beca dotada del Paraguay y se le puso en élla. Salió el 21 de Noviembre de 1816.

 

"MARTÍNEZ DE VIANA ANTONIO. – (Paraguayo). Hijo de Antonio y Catalina Galvan. Ingresó el 7 de Octubre de 1789. Salió en 18 de Enero de 1792.

 

"OCAMPOS MARCELINO. – (Paraguayo). Ocupó la beca fundada por el señor Silva. Ingresó a Monserrat el 26 de Agosto de 1782. Ordenado de Presbítero y después de rendir todas las pruebas, incluso la ignaciana, salió del colegio el 11 de Julio de 178... (roto). Parece que por su extremada pobreza no sacó el grado de doctor. Rector Guitian.

 

"TALAVERA MANUEL ANTONIO. – (Paraguayo) de Villa Rica. Ingresó el 30 de Enero de 1783. La impresión de las conclusiones de su tésis dio lugar en Buenos Aires a un ruidoso debate, pero el Virrey dio al alumno de Monserrat el triunfo, poniendo el imprimatur a su trabajo con gran contento del Rector Guitian y aplausos, honores y favores tributados a Talavera por sus maestros y condiscípulos. Pasó a Chile a estudiar leyes; fue una notoriedad ulteriormente."

 

ÉPOCA DE FORMACIÓN

 

XII

LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA

 

En los comienzos del siglo XIX, la vida colonial hispanoamericana sufrió la influencia de múltiples acontecimientos europeos. Las invasiones napoleónicas habían llegado hasta España, donde dejaron caduco el poder central. El proceso de este acontecimiento es conocido. El tratado de Basilea puede ser considerado como punto de partida. Este tratado, negociado en Bayona por el marqués de Irlanda y el ex ministro francés, M. Servant, y por el plenipotenciario español Domingo Iriarte y M. Barthelemy, en Basilea, fue firmado, en esta última ciudad, el 22 de julio de 1795. Dicho acuerdo puso fin a la guerra entre España y Francia, y le valió a Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV, el título de Príncipe de la Paz. Desde la fecha de este histórico documento, la política española apoyó a Francia en todos los asuntos internacionales que interesaban a Europa. Su consecuencia lógica fue, primeramente, la animosidad de Inglaterra, enemiga de Francia en aquel tiempo, y, luego, la ruptura de toda relación entre Gran Bretaña y la corona española.

Esta política del Príncipe de la Paz atrajo sobre la madre patria un período doloroso y trágico. El tratado de San Ildefonso, signado el 18 de agosto de 1796, y considerado como renovación del Pacto de Familia, constituía la expresión del acuerdo amistoso a que arribaron los gobiernos de Francia y España. Dicho instrumento establecía los deberes de este último país como aliado de la primera en su lucha contra Inglaterra. Su inmediato y lógico resultado fue la guerra entre España y Gran Bretaña. La histórica contienda costó a los españoles, entre otras desgracias, la gran derrota naval del cabo de San Vicente, en febrero de 1797; la pérdida de la isla de Trinidad y los ataques a Santa Cruz de Tenerife, Puerto Rico y Cádiz. Francia pagó a España este sacrificio olvidándola totalmente en las gestiones de paz con Inglaterra.

Los desastres referidos trajeron el relevo temporal, aunque solo oficialmente aparente, del favorito Manuel Godoy.

Todo lo dicho apenas si constituía la iniciación de una época infortunada para España. Luego de sufrir dolorosas vicisitudes, en 1805, la escuadra española fue deshecha en la famosa batalla de Trafalgar, y, el año siguiente, el comodoro Homee Riggs Popham, al frente de una fuerte expedición británica, penetró violentamente en el Río de la Plata y se apoderó de Buenos Aires. Rechazada esta primera invasión, no tardó en repetirse con el mismo resultado. Los esfuerzos del virreinato en aquellas circunstancias difíciles fueron magníficamente secundadas por el valor y la decisión de los criollos. España, en tanto, se desangraba y malgastaba su tesoro en beneficio extraño y en seguimiento de la política internacional del Príncipe de la Paz.

Estos hechos, como es natural, provocaron el más hondo descontento en toda la península. En oposición a Godoy, el pueblo español sindicó como abanderado de todas sus esperanzas al Príncipe de Asturias, D. Fernando. Hijo era este príncipe de Carlos Antonio y María Luisa de Parma. Nacido el 14 de octubre de 1784, "fue educado bajo la férula científica primeramente del P. Scio y del obispo de Orihuela y Avila, D. Francisco Javier Cabrera, y, después, bajo la del canónigo de Zaragoza, D. Juan Escoiquiz, protegido por el Príncipe de la Paz, de quien posteriormente se convirtió en furibundo adversario. Dio muestras el real heredero, bien pronto, de un carácter reservado y suspicaz, que las circunstancias se encargaron de acentuar". Contrajo matrimonio con María Antonia de Nápoles, "cuyo ascendiente sobre Fernando, unido a la expontánea repugnancia de éste por D. Manuel Godoy, hicieron nacer en la corte de Carlos IV el llamado Partido Fernandino contra la privanza del favorito."

Muerta la princesa de Asturias, D. Fernando de Borbón, sin conocimiento de su padre, solicitó la protección de Napoleón y la mano de una princesa de su sangre, por intermedio del embajador de Francia, que lo era el príncipe de Beauharnais.

Este hecho tenía un significado político de trascendentales consecuencias para España. Valía tanto como convertir a Napoleón Bonaparte en árbitro de su destino. Era el antiguo propósito de Manuel Godoy, en plena y triunfal realización. A lo dicho debe agregarse la propuesta del Príncipe de la Paz, hecha por intermedio de su agente en París, y consistente en la división de Portugal en cuatro porciones. El emperador deseó modificar dicha propuesta en el sentido de dividir Portugal solamente en dos porciones y adjudicar la primera al propio Manuel Godoy y la segunda al rey de Etruria. Estas negociaciones quedaron interrumpidas, y Godoy se sintió defraudado. Más tarde, como consecuencia de las campañas de Bonaparte y de la victoria de Jena, fue signado el tratado de Fontainebleau, el 27 de octubre de 1807. Por este tratado se permitía la penetración de fuerzas francesas en territorio español.

Las Cortes, que por entonces se hallaban en San Lorenzo del Escorial, mientras todo esto acontecía mostrábanse hondamente impresionadas sólo por la prisión del Príncipe de Asturias, quien envuelto en grave proceso de conspiración contra su propio padre, fue luego absuelto por regio perdón. Este hecho dio muestra evidente del estado moral en que se debatía la familia reinante. Sus consecuencias, como era natural y lógico, gravitaron pesadamente sobre todo el pueblo hispano.

En tales circunstancias, el 18 de octubre de 1807, un poderoso ejército imperial, al mando de Junot, cruzó el Bidasoa y, pasando por España, se internó en Portugal, cuya capital conquistó el 30 del mismo mes.

Días después, el 22 de diciembre, otro ejército francés al mando de Dupont, sin consentimiento del gobierno español, invadió la península y se estableció en Valladolid. El 9 de enero de 1808, otra columna napoleónica, a las órdenes de Moncey, llegó hasta la frontera de Castilla, y el 16 de febrero siguiente, el general Darmagnac se apoderó de Pamplona. Barcelona y el castillo de Montjuich fueron ocupados el 28 de febrero por el general Duhesme, y, un poco más tarde, cayeron la fortaleza de San Fernando de Figueras y la ciudad de San Sebastián. (102)

Cuando el número de las fuerzas invasoras llegó a cien mil, el emperador designó jefe de las mismas a su cuñado, el general Joaquin Murat, gran duque de Berg.

Toda España se reveló entonces, indignada, contra lo ocurrido, hasta el punto de conseguir, como primera medida, la exoneración, por orden real, del Príncipe de la Paz. Motines tras motines produjéronse en torno a los reyes y a la Corte. Godoy fue maltratado y herido por las multitudes enfurecidas. También Carlos IV, convencido de la mengua evidente de su autoridad, de la precariedad de los medios con que ya contaba y de la desaparición total de su prestigio, resolvió abdicar en favor de su hijo. Y así lo hizo el 19 de marzo de 1808. EL príncipe de Asturias tomó el nombre histórico de Fernando VII con el que entró en la historia de una de las épocas más angustiosas de la madre patria.

Siguieron a estos sucesos otros de profundas consecuencias políticas. La tragedia ensangrentó a España. El histórico alzamiento del 2 de mayo de 1808 tuvo repercusiones extraordinarias en toda la península. Desde la abdicación de Bayona hasta la coronación de José Bonaparte como rey de España, este país vivió horas de intenso dramatismo. Se estaba incubando la gloriosa guerra de la independencia. Comenzada en 1808, debía de durar la lidia hasta la abdicación de Napoleón, en 1814. Guerra fue aquella plena de abnegación y de coraje, urdida con heroísmo estupendo, en la que el pueblo español se cubrió de gloria inmarcesible.

 

Los acontecimientos de España fueron una de las causas ocasionales de la emancipación política de hispano-américa. Los motivos reales de ese fenómeno político se encuentran a través de todo el proceso evolutivo del Nuevo Mundo.

Como antecedentes históricos de los sucesos ocurridos en estas regiones, en el primer cuarto del siglo XIX, podría recordarse, entre otros, como ejemplo de nativa rebeldía, que en el Paraguay, en 1544, y al conjuro de la palabra "¡Libertad!", los partidarios de Domingo Martínez de Irala depusieron y prendieron al adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Años después, en 1572, en tiempos de Martín Suárez de Toledo, también al grito de "¡Libertad!" fue puesto en prisión el gobernador Felipe de Cáceres. Y fue en 1640, casi dos siglos antes de la independencia, que estalló y se propagó en la provincia del Paraguay, la histórica revolución de los Comuneros. José de Antequera Enriquez y Castro, Fernando de Mompox y Zayas, Juan de Mena y todos los que los precedieron o acompañaron, no fueron sino intérpretes de un añejo y profundo sentimiento popular y heraldos de un propósito de autonomía criolla que venía de lejos y que buscaba afanosamente su realización en el tiempo.

En 1780, también en el Perú, la rebelión dirigida por José Gabriel Condorcanqui, descendiente del inca Tupac Amarú, cuyo nombre tomó en la lidia, plantó otro hito en el proceso de emancipación de Hispanoamérica. Infortunado como Antequera, José Gabriel Tupac Amarú fue vencido y condenado a muerte juntamente con seis de sus compañeros. El precursor de la independencia del Perú murió en el cadalso, el 18 de mayo de 1781. Pero la bandera que exaltó no fue arriada, ni obscurecido el ideal que sustentó. ¡Es que el pensamiento no puede ser estrangulado! Su trágica desaparición exasperó a los rebeldes, quienes rodearon a Diego Cristóbal, pariente de José Gabriel. El nuevo jefe llevó a los patricios hasta la ciudad de La Paz. El sitio fue roto por el general Flores; pero Diego Cristóbal no fue vencido ni dominado.

Estas luchas abrieron profundos odios entre peruanos y españoles. La pasión abonó la tierra en la que germinaría la independencia de la tierra del inca, en 1821.

En la capitanía general de Nueva Granada, hoy República de Colombia, asimismo, y casi en la misma época, se produjo una rebelión popular encabezada por los criollos Galán y Berbeo, contra el visitador Juan Gutiérrez de Piñeres, cuyo propósito de aumentar las rentas reales llevóle a oprimir inhumanamente a los nativos de aquel país.

A todo esto debe agregarse el movimiento emancipador de las colonias inglesas en América, vale decir, la independencia de los Estados Unidos, y los acontecimientos ocurridos en Francia en 1789. La Revolución Francesa influyó poderosamente en el espíritu americano de principios del siglo XIX, hasta el punto de haber plasmado la realidad de su emancipación política e inspirado la organización institucional de los nuevos estados.

Otro aspecto interesante de la cuestión, y quizás el de mayor influencia porque hería directamente los sentimientos criollos, constituyó, sin duda alguna, el afán absorbente de los Borbones. Sólo los españoles, en América, podían ocupar los empleos públicos más importantes. El nativo era tenido en menos. De ciento setenta virreyes que rigieron los destinos de las colonias ultramarinas de España – según Barros Arana –, solo cuatro fueron naturales de estas comarcas, y éstos mismos eran hijos de empleados españoles. De seiscientos dos capitanes generales de provincias, catorce fueron originarios del Nuevo Mundo, y de setecientos seis obispos, únicamente ciento cinco fueron americanos. El Paraguay no constituyó una excepción a esta regla. En 1591, el asunceno Hernando Arias de Saavedra llegó a ejercer el gobierno de la provincia. ¡Fue el primero y el único en el transcurso de tres siglos!

 

Pero las causas mediatas de la emancipación americana no fueron solamente de carácter político. También existieron razones económicas. Tenían éstas sus raíces, y profundamente adentradas, en la conciencia popular de los nativos. La carencia de toda libertad comercial castigaba terriblemente a los pueblos coloniales. España había señalado un régimen estricto para la exportación a sus posesiones de ultramar. Un solo punto de la madre patria, primeramente Sevilla, y después Cádiz, podía servir para el embarque de mercancías destinadas a América. Y en estas regiones, Porto Bello, Cartagena, La Habana y Vera Cruz eran puertos precisos. Una vez cada año salían de Sevilla o Cádiz los llamados buques de registro, atascados de mercaderías para las colonias. Navegaban escoltados por naves de guerra. Los convoyes así formados se dirigían a los puertos antes citados. Si traían v. gr. cargas para el Paraguay, eran desembarcados en Porto Bello, luego transportadas, por el océano Pacífico, hasta el Perú, y de éste lejano virreinato, a lomo de mula, cruzando la cordillera de los Andes, se las hacía llegar a la Asunción. Felipe II, por una ley incluida entre las de Indias, mandó que por el Río de la Plata no pudieran entrar gentes ni mercancías al Perú. Como consecuencia, se realizó por Buenos Aires el llamado comercio de permisión. Consistía éste en una actividad de carácter singularísimo, sólo en casos muy particulares, "cuando el rey se dignaba permitir". Este régimen duró, en lo que respecta a Buenos Aires, hasta 1778. No obstante, en lo que al Paraguay se refiere, las trabas subsistieron, especialmente en lo atinente a mercaderías paraguayas. Existían para ellas los puertos precisos de Santa Fe y Buenos Aires.

En el primero – dice Fulgencio R. Moreno –, se pagaban los arbitrios: dos reales por entrada de cada tercio de yerba y dos por salida del mismo producto, no siendo para Buenos Aires. (Un tercio contenía siete arrobas). También se pagaban dos reales por entrada de cada arroba de tabaco y de azúcar y un real y medio por el mismo concepto de cualquier carga de foráneo. Estos arbitrios estaban destinados a sufragar la manutención de doscientos soldados para la defensa de Santa Fe. En Buenos Aires se cobraban las sisas, un impuesto destinado a costear las fortificaciones de esta ciudad y de las de Montevideo. Se abonaban seis reales por entrada de cada tercio de yerba y seis reales por su salida, no siendo para Buenos Aires, y cuatro reales por cada arroba de tabaco. A todo este gravamen enorme, equivalente a un sesenta por ciento del valor real de la mercadería, debe agregarse el costo del itinerario fijado, la obligación impuesta de desembarcar en Santa Fe y hacer luego el viaje por tierra hasta Buenos Aires, que significaba pérdida de tiempo, de dinero y hasta de salud. Estos viajes, aparte de sus molestias naturales, exigían el pago de derechos de almacenaje y alcabala. Además, con frecuencia, los negociantes paraguayos se veían forzados a liquidar sus mercaderías, malvaratándolas por falta de vehículos de transporte. Una disposición real conseguida por Santa Fe establecía que la conducción no podía ser hecha por los forasteros. "Los santafecinos tenían el monopolio del transporte, con la particularidad de que las carretas eran importadas del Paraguay." (103)

Estos hechos dieron origen a un odio profundo hacia Buenos Aires. Y es ésta una de las causas reales de la independencia del Paraguay. Buenos Aires, con su política egoísta, de terrible explotación de aquella provincia, puede ser considerada como uno de los estímulos más enérgicos de la revolución del 14 y 15 de mayo de 1811. La resistencia fue mucho mayor, entre los criollos paraguayos, con respecto a Buenos Aires que con relación a España.

 

Muchísimas otras causas de carácter étnico y social, cuyo estudio no vamos a ensayar en este trabajo, elaboraron el proceso de la emancipación política del Paraguay. Bástenos decir que el nativo era un tipo nuevo, con aspiraciones diferentes del español, con sentimientos enraizados en las tradiciones del indio, libre e indómito, con anhelos de ser dueño de sus propias determinaciones y no esclavo de nada ni de nadie. Estas fuerzas anímicas latentes, tonificadas por la pena de sentirse víctima, durante tres siglos, de las arbitrariedades de la madre patria y después de las del virreinato del Río de la Plata, formaron una conciencia de solidaridad que constituía y siguen constituyendo una de las fuerzas más potentes que caracterizan la realidad histórica de la nacionalidad paraguaya.

A este respecto escribe Fulgencio R. Moreno: "Todos estos hechos y cuantos contribuyeron a la constitución económica del Paraguay, regulando su vida en un período de tres siglos, tenían forzosamente que consolidar en los espíritus un cierto orden de sentimientos, cuya expresión, según ya señalamos, perdura vigorosa y uniforme en los documentos de la época colonial. La lectura de esos documentos revela la existencia de un fuerte sentimiento de solidaridad: solidaridad en el sufrimiento, solidaridad en las protestas, solidaridad en la indignación sorda que produce el esplendor ajeno considerado como causa de la ruina propia. Sentimiento que se extiende, además, a cuanto afecta al esfuerzo o al orgullo colectivo bajo la calificación de paraguayos. Es frecuente, asimismo, escuchar la palabra patria expresada en un sentido marcadamente regional y propio." El historiador Moreno cita como ejemplo de lo expuesto las actas capitulares en las que se hacía mención del mérito de los paraguayos y de las tropas paraguayas que acudían a defender a las provincias vecinas, y el caso de Pablo José Vera, comandante del tercio de Capiatá, quien informaba a su superior, en 1811, acerca de la batalla de Paraguarí, contra las huestes del general Belgrano, expresando que todos sus oficiales habían luchado "con honra en la gloriosa defensa de la Patria". (104)

En un ambiente como el someramente esbozado se produjo, en mayo de 1811, el histórico suceso que dio en tierra con el poder español en el Paraguay.

Entre las causas inmediatas ha de citarse la invasión de la provincia por las fuerzas argentinas al mando del general Manuel Belgrano. Vencido éste en las batallas de Paraguarí y Tacuarí, ambas victorias dieron crecido prestigio a los jefes militares criollos y causaron la mengua de la autoridad de los castrenses españoles. En el combate de Paraguarí, el gobernador Bernardo de Velasco y Huidobro huyó al iniciarse la lidia, refugiándose, en forma poco digna, en las cordilleras de los Naranjos. El mayor español Juan de la Cuesta, dando espaldas al enemigo, llegó despavorido a la Asunción, y dio la falsa noticia de la total derrota de los paraguayos. Fue entonces que las autoridades civiles y militares y las familias españolas residentes en la capital asaltaron, fugitivas, los barcos surtos en el puerto, y cargando en ellos todas sus riquezas, se aprestaron a escapar. No obstante, las fuerzas provinciales dirigidas por el teniente coronel Manuel Atanasio Cavañas, soportaron el ataque de Belgrano y sus huestes, y luego los derrotó en Paraguarí, el 19 de enero de 1811, y en Tacuarí, el 9 de marzo siguiente. El valor, la abnegación y la pericia demostrados por los jefes y oficiales nativos, los elevó en la consideración popular.

Aparte de estos hechos que contribuyeron a precipitar los acontecimientos, no puede olvidarse que, en aquel tiempo, el espíritu de rebelión se incrementaba diariamente en toda la provincia. Hombres representativos, en diversas regiones del Paraguay, servían la causa libertaria. El presbítero José Fermín Sarmiento, el doctor Manuel José Báez y José De María adoptaban posturas revolucionarias en Villa Real. En Yaguarón, sospechoso de conjurado, fue perseguido por el régimen imperante, el doctor Juan Manuel Grance. (105) El 4 de abril de 1811, – dice Justo Pastor Benítez –, fue descubierta una conspiración encabezada por los jóvenes Manuel Hidalgo y Pedro Manuel Domecq, en connivencia con Vicente Ignacio Iturbe, quien aparece desde los primeros momentos como el precursor de la revolución. (106) Además de éstos, indudable es que existían otros trabajos de carácter subversivo. Fulgencio Yegros, comandante militar de Itapúa, y ManueI Atanasio Cavañas, el jefe victorioso de la batalla de Paraguarí, dirigían uno de ellos. Trama bien urdida tenía éste, y muy vasta. Estaba ramificado hasta en Corrientes. Una prueba de lo dicho es el levantamiento simultáneo de Cavallero, Iturbe, Troche y demás confabulados en la Asunción; del capitán Blas José Rojas, en Corrientes; y del mismo Yegros, en Itapúa, en mayo de 1811. Blas José Rojas es un prócer auténtico, postergado injustamente, víctima de la indiferencia y el olvido.

Pero el hecho ocasional más efectivo, el suceso que precipitó decidida y finalmente el golpe del 14 de mayo de 1811, fue la presencia en la Asunción del teniente portugués José de Abreu, enviado por Diego de Souza, capitán general de Río Grande del Sur, quien vino a ofrecer al gobernador Velasco el apoyo de aquél para defenderse de los criollos. Como es sabido, el gobernador español, vacilante al principio, terminó aceptando el apoyo propuesto. En consecuencia, autorizó la ocupación de las misiones de la margen izquierda del Paraná, por fuerzas portuguesas.

La noticia de este convenio alarmó a los paraguayos. Y en la sesión del Cabildo, realizada el 13 de mayo, se habló de la existencia de una conspiración y de las medidas que tomaría el gobierno contra los complotados. Estos hechos obligaron a los conspiradores a precipitar los acontecimientos, magüer la ausencia de Fulgencio Yegros.

En la noche del 14 de mayo de 1811, Pedro Juan Cavallero se apoderó del Cuartel de la Ribera, cuna de la Revolución. Al día siguiente, Bernardo de Velasco y Huidobro, al hacer entrega del mando, puso fin a la era colonial de España en el Paraguay. Veintiún cañonazos, disparados desde las cárdenas barrancas de la bahía de la Asunción, anunciaron al mundo el nacimiento del nuevo Estado, la aparición de una nacionalidad con raíces profundas en la historia, con rasgos propios y firmes en un presente grávido de fe, de optimismo, de amor a la vida y a la libertad, y con un porvenir pleno de esperanzas, hacia cuyos infinitos horizontes se proyectaba en recios perfiles de eternidad.

El primer gobierno del Paraguay independiente lo constituyó un triunvirato. Integráronlo el ex gobernador español Bernardo de Velasco y Huidobro, José Gaspar de Francia y Juan Baleriano de Zevallos, "hasta que el cuartel con los demás vecinos de la provincia arreglen la forma de gobierno". El acta en la que se afirma esta decisión la signaron Pedro Juan Cavallero, José Gaspar de Francia, Juan Baleriano de Zevallos, Juan Bautista Rivarola, Carlos Argüello, Vicente Ignacio Iturbe, Juan Bautista Acosta y Juan Manuel Iturbe. Se ha dicho de este histórico documento que "es como la fe de bautismo de la República".

 

El 17 de junio de 1811 reunióse el primer Congreso del Paraguay emancipado. A propuesta de Mariano Antonio Molas, dicho Congreso despojó de todo mando a Bernardo de Velasco y Huidobro, y creó la Junta Superior Gubernativa, la que fue formada con el teniente coronel Fulgencio Yegros, como presidente, el doctor José Gaspar de Francia, el capitán Pedro Juan Cavallero, el presbítero doctor Francisco Javier Bogarín y don Fernando de la Mora, como vocales. Esta junta asumió la dirección de los negocios públicos el 20 de junio, y entre sus primeras y más importantes resoluciones figuran el nombramiento de un nuevo Cabildo y el envío de la nota del 20 de julio del mismo año a la de Buenos Aires, nota en la que se expresa la voluntad inquebrantable del Paraguay de mantenerse libre e independiente.

Numerosas e interesantes obras de buen gobierno débense a la Junta Superior Gubernativa. Entre ellas pueden citarse la reforma y el fomento de la instrucción pública, la reapertura de los cursos de la enseñanza secundaria, la creación de la Sociedad Patriótica Literaria, la fundación de la primera academia militar y la iniciación de la primera biblioteca pública. Desgraciadamente – apunta Fulgencio R. Moreno –, tan bellas iniciativas no duraron mucho, pues la dictadura de Francia acabó con ellas. (107)

La Junta Superior Gubernativa rigió apenas dos años y cuatro meses los destinos del nuevo Estado. El Congreso, reunido en el templo de Nuestra Señora de las Mercedes, el 30 de septiembre de 1813, canceló sus poderes y creó, en su reemplazo, el Primer Consulado, el cual quedó integrado por Fulgencio Yegros y José Gaspar de Francia. Este Congreso, además, declaró solemne y valientemente la independencia del Paraguay de todo poder extraño, cambió el nombre de provincia por el de República y adoptó el pabellón y el escudo nacionales.

El primer gobierno consular inició sus gestiones el 12 de octubre de 1813, y las dio por terminadas un año después. Entre sus obras principales – expresa un historiador –, debe anotarse la regularización de la hacienda, el cese de todo abuso por parte de los funcionarios públicos, el afán de establecer relaciones comerciales con las naciones europeas, el mejoramiento de las instituciones armadas y la implantación de un régimen de estricta moralidad administrativa.

El 3 de octubre de 1814, de acuerdo con lo dispuesto en el Reglamento de Gobierno aprobado por el Congreso del año anterior, según el cual estas asambleas serían convocadas anualmente, en el templo de las Mercedes reunióse un nuevo Congreso de mil diputados. Éste canceló el poder otorgado al Primer Consulado y designó a José Gaspar de Francia como Dictador del Paraguay, por un período de cinco años. No obstante, el 1º de junio de 1816, otro Congreso reunido en la catedral de la Asunción, por moción de José Miguel Ibañez, nombró al doctor Francia dictador perpetuo de la República. Dicha asamblea debía de ser la última reunida en el Paraguay hasta 1841, vale decir, hasta después de la muerte de "El Supremo".

Durante el largo y sombrío transcurso de ese despótico gobierno, solamente la voz del árbitro habría de escucharse en toda la Nación. Fue aquél el lapso del silencio impuesto por el miedo. Es, pues, menester estudiar esta curiosa época y diseñar la rara personalidad del doctor Francia, cuya extraña figura llena el marco de su tiempo.

 

XIII

EL PERÍODO DICTATORIAL DE JOSÉ GASPAR DE FRANCIA

Desde 1810 hasta 1840 aparecen muy contados tipos representativos en el escenario intelectual del Paraguay. Podríase citar, sin embargo, además de José Gaspar de Francia, a Fulgencio Yegros, Manuel Pedro de la Peña, Fernando de la Mora, Francisco Xavier Bogarín, Amancio González y Escobar, Marco Antonio Maiz, Mariano Antonio Molas y Martín López. Otras figuras de menores quilates completan el panorama de aquellas tres décadas primigenias de dolorosa gestación patricia, en cuyos veintiséis últimos años se ahogó todo comercio intelectual y ninguna inteligencia pudo florecer en las letras ni en las artes en tierras del Paraguay. Clausuradas las escuelas, prohibidas las reuniones, adormilada la conciencia ciudadana, sólo asomó a la vida, en el decurso de que nos ocupamos, como un raro fantasma, la enigmática figura del solitario de Ybyray. Han de contarse, pues, los días del primer período de verdadera libertad, genuinamente paraguaya, desde el 14 de mayo de 1811 hasta el instante en que José Gaspar de Francia asumió, omnímodamente, la dirección del nuevo Estado. Desde esa fecha, vale decir, desde el mes de octubre de 1814 hasta el 20 de septiembre de 1840, día de su fallecimiento, al imperio del dictador sólo emuló el reinado del mutismo en toda la república. Fulgencio Yegros, luego de ocupar un calabozo, fue torturado y fusilado; Mariano Antonio Molas sufría, en ese tiempo, una prisión injusta y cruel, en los ergástulos carcelarios del viejo cuartel; en la celda vecina, Manuel Pedro de la Peña aprendía de memoria, como entretenimiento, el diccionario de la lengua castellana; Carlos Antonio López, quien debía de sobresalir, años después, en la política, en la cátedra y en el periodismo, rumiaba sus anhelos patrióticos en una estancia de Itacurubí del Rosario, en el lejano y montuoso norte del país, o en su añeja vivienda de la Recoleta; el padre Amancio González y Escobar optó por acallar su elocuencia admirable, y hundióse en las verdes planicies del Chaco, en su afán de civilizador; Fernando de la Mora, perseguido por la saña voluntariosa del magro anacoreta, buscó refugio en el misterio del anónimo más impenetrable, pero no pudo escapar, y murió atormentado en una mazmorra de la Asunción; Juan Andrés Gelly, obligado por las circunstancias, lejos de sus lares, actuaba en la Argentina y en el Uruguay. Sólo después de la desaparición del cetrino personaje regresó al Paraguay, a cuyo servicio consagró los años postreros de su existencia, con inteligencia esclarecida e insospechable patriotismo.

Ocuparnos, pues, de José Gaspar de Francia en esta reseña histórica de las letras paraguayas parecería ser una paradoja. Y la es. Pero es necesario, es imprescindible ubicar esta singular personalidad en el panorama literario hispano-guaraní. Ya se verá por qué.

 

JOSÉ GASPAR DE FRANCIA, quien se asemeja, en la perspectiva del tiempo, a un recio árbol de encrucijada en el que – según el símil de Lugones – los leñadores prueban sus hachas al pasar, nació en la Asunción, al parecer, el 6 de enero de 1766. Según los Robertson, en 1758; según Wisner, en 1758, en la Recoleta. Era hijo del capitán de artillería García Rodríguez Francia, natural de Mariana, estado de Minas Geraes, y de la criolla paraguaya María Josefa de Velasco, descendiente de Fulgencio Yegros y Ledesma, antiguo gobernador de la provincia del Paraguay. Inició sus estudios en una escuela de su ciudad natal. Más tarde se trasladó al extranjero. Ingresó en el Colegio de Monserrat, de Córdoba del Tucumán, donde, en 1785, se graduó en teología y filosofía. Regresó a la Asunción, en 1786, vistiendo hábitos talares e intitulándose clérigo de órdenes menores, "pues en Córdoba los más de los alumnos se hacían sacerdotes, ministerio que él rechazó después". (108)

El año de su arribo al Paraguay se le confió la cátedra de latín en el Colegio Seminario de San Carlos. También dictó en la misma institución la de vísperas de teología, ganada en concurso de oposición.

En ese tiempo, en América comenzaba a trabarse la lucha religiosa. Las opiniones estaban enfrentadas y las pasiones exaltadas. El doctor Francia – quien, según Mariano A. Pelliza, era uno de los mejores representantes de las ideas nuevas en el Río de la Plata – se indispuso con el vicario provisorio del Real Colegio de San Carlos, por su ideología liberalista, y fue privado de su cátedra. El futuro dictador reclamó la injusticia con tenacidad ponderable, que obligó a dimitir a quien le sucediera en ella, quedando así vacante la cátedra de referencia. (109)

Al abandonar el colegio carolino se consagró al estudio del derecho. Poseía el francés y el inglés con bastante corrección. En 1809 fue electo por el Cabildo de la Asunción diputado para las cortes españolas. Anteriormente, en 1803, fue alcalde ordinario de primer voto de dicha ciudad, diputado interino del Real Consulado y síndico procurador general. (110)

Al referirse a su aparición en la revolución de la independencia, escribe Fulgencio R. Moreno: "Todo dispuesto así para asegurar el éxito material de la revolución, quedaba en pie un punto fundamental: la orientación del nuevo gobierno, la dirección de los negocios públicos, que requerían la intervención de un hombre civil, de capacidad notoria y de alto prestigio moral. Fue con este motivo que hizo su aparición en el escenario de la independencia el hombre que había de encadenarle más tarde a la fúnebre inmovilidad de su larga dictadura: el doctor José Gaspar de Francia." (111)

El 16 de mayo de 1811, al constituirse el Triunvirato, Francia formó parte de él, como es sabido, e integró después la Junta Superior Gubernativa, compuesta de cinco miembros. Su influencia fue decisiva en el Congreso general de 1813, el cual, al establecer el Consulado, designóle como uno de sus titulares. En 1814 otro Congreso de mil diputados le confirió la dictadura temporal, y, en 1816, una tercera asamblea nacional le otorgó el título de Dictador Perpetuo del Paraguay, con el cual perdura en la historia.

Una providencia, recaída en cierto expediente de queja, iniciado por una viuda desconsolada, con motivo de la rotunda negativa del cura párroco de la Encarnación a practicar oficios religiosos y a otorgar permiso para que los restos del difunto marido san inhumados en el cementerio católico de su parroquia, pinta, gráficamente, a José Gaspar de Francia. Héla aquí: "Para el cura de la Encarnación, para que manifieste adonde ha ido a parar el alma del difunto. Si no le fuere posible averiguarlo, procederá inmediatamente a enterrar el cadáver en sagrado. Francia."

El doctor Francia falleció en la Asunción el 20 de septiembre de 1840. Sus restos fueron depositados en la antigua iglesia de la Encarnación, a la derecha del altar mayor. Años después, manos anónimas violaron su tumba y aventaron sus cenizas.

José Gaspar de Francia no fue un literato en la acepción exacta del vocablo; fue un político de recia envergadura. Sus actividades en el manejo de los negocios públicos le obligaron a escribir. Colección de cartas hay suya digna de un minucioso estudio. El Archivo Nacional de la Asunción es, en ese sentido, un venero interesante.

Documentos éditos e inéditos acusan en el doctor Francia un hombre de notoria cultura. Mas, su estilo no ha obedecido a cánones de ninguna escuela.

Como muestra de su literatura, he aquí un fragmento de una de sus famosas cartas:

"Asunción y Agosto veinte y cinco de mil ochocientos veinte y quatro.

"El Mayordomo Receptor de derechos en Itapúa hará al Enviado la reconvención siguiente a saber, que él no ignora, que los Americanos tienen sobrados motivos para rezelar y desconfiar de la introducción y manejo de los franceses en el tiempo presente. Lo primero porque la Francia no sólo profesa y sigue ideas y máximas contrarias a los principios Republicanos, y al Systema de Gobiernos representativos, sino que además es empeñada con otras potencias en aniquilar y destruir estos mismos principios y esta clase de Gobierno, cuyo plan ha llevado a efecto con el auxilio de tropas del Rey de España para volver a someter a los españoles constitucionales de la Península.

"Lo segundo porque el Duque de Angulema, Pariente de los Reyes de Francia, y Generalísimo de éstas tropas auxiliares en su proclamación entrando a España, ofreció también el auxiliarla para volver a destruir y subyugar las nuevas Repúblicas o Estados independientes establecidos en las Américas..." (112)

Los párrafos transcriptos pueden servir para formar juicio sobre el valor puramente literario del estilo de José Gaspar de Francia. No constituye su prosa, como se comprueba, una expresión de belleza, ni siquiera de claridad, de concisión ni de pureza. Por otra parte, haciendo abstracción de ese aspecto, mirado como hombre de estado, antes que aparecer como un hito de cultura, el doctor Francia es justamente tenido como un motivo obstaculizante de la evolución intelectual del Paraguay en la primera mitad del siglo XIX. En efecto; no puede ser calificado de otra manera quien, desde 1816 hasta 1840, se abocaba, arbitraria y exclusivamente, el derecho de manifestar con libertad sus deseos y de exponer su pensamiento. Si otros lo hicieron en aquel tiempo, tal como se constata en la correspondencia de sus delegados, era en cumplimiento estricto de sus órdenes y de acuerdo con sus indicaciones. Más todavía; sabido es que el doctor Francia "nada hizo por crear el equipo que, en definitiva, engrandece o arruina a una nación, pues los mediocres sirven para todo menos para gobernar". No amparó la inteligencia, escribe, refiriéndose a "El Supremo", el historiador Justo Pastor Benítez; y Julio César Chaves, glosando este juicio, apunta, que más ajustadamente sería decir que la persiguió sin tregua. "Clausuró los centros de cultura superior como el Seminario de San Carlos – agrega – y no permitió que los paraguayos de valer se educasen en el gobierno. Fue tan larga su dictadura que los emigrados paraguayos fueron totalmente absorbidos por las comunidades del Plata."

En lo referente a la instrucción primaria durante las casi tres décadas de que nos ocupamos, es interesante escuchar a Manuel Domínguez quien, con su elocuencia característica, nos dice "que la Junta Gubernativa representada por Caballero, Yegros y Fernando de la Mora, dio en 1812, en el curso de pocos meses, un impulso tan poderoso y tan inusitado a la instrucción pública que, si su ejemplo hubiera sido seguido por los gobiernos sucesores, con igual vigor, a la hora presente el Paraguay no cedería en instrucción a ningún otro pueblo. Sus trabajos en beneficio de la enseñanza pueden resumirse así: Crea la Sociedad Patriótica Literaria, presidida por ella, la que tomó a su cargo la confección de un reglamento de educación común; hace abrir una Academia Militar en el Cuartel; promete una Facultad de Matemáticas y busca al profesor que la regentee; reabre la cátedra de latinidad en el Colegio de San Carlos, al que devuelve sus bienes, y que organiza convenientemente; establece el sistema de premios para estimular a los niños, sistema que introducido por los jesuitas en los colegios europeos, contribuyó tanto al éxito de la enseñanza; manda que el Cabildo examine al maestro de escuela de la capital y los demás de la campaña, entre tanto encuentre uno más competente que le sustituya al primero; encarga al Cabildo arbitre los medios de hacer estudiar a los jóvenes huérfanos y a los muy pobres; dispone que a los que sobresalgan por su inteligencia en las escuelas se les enseñe la historia sagrada, la geografía, la historia de América y la paleografía; pide a Buenos Aires La educación de los niños por Locke y el Emilio de Rousseau para repartirlos a los maestros y padres de familias; hace que el Cabildo nombre inspectores que cada mes visiten las escuelas y examinen a los niños; regulariza las pruebas anuales; demuestra la necesidad de la educación; establece el sistema de la enseñanza mutua, que tanto renombre dio al escocés Bell y al inglés Lancaster y que Buenos Aires conoció solo más tarde, bajo la administración de Rivadavia; declara la guerra al guaraní y da (¡la misma Junta Gubernativa!) reglas de pronunciación, notables por lo sencillas y claras y que bastaban por sí solas para producir una revolución en el silabario antiguo; deplora que un sinnúmero de talentos privilegiados se hayan perdido por la falta de cultivo; declara que "el lustre de una República, su carácter y su gloria se derivan de las escuelas" y augura que el Paraguay pronto será el "areópago de las ciencias".

"La mayor parte de estas determinaciones las fijó en una Instrucción para los Maestros de Escuelas, con láminas y modelos, en que declaraba así mismo la educación obligatoria e insinuaba el principio de la pedagogía moderna, que la letra antes entra con bondad y con cariño, que con sangre.

"A poco que se reflexione – continúa diciendo Manuel Domínguez –, se concluye que si aquel gobierno que desarrollaba tan bello programa, en la aurora de nuestra emancipación política, hubiera durado, el Paraguay de un salto se hubiera colocado por encima de sus hermanos. Y el pueblo heroico cuyas armas llegaron al Atlántico y a los confines de la Patagonia, que fundó Santa Cruz de la Sierra, Corrientes y Buenos Aires, que amamantó al más grande de los gobernadores coloniales, Hernando Arias de Saavedra, y fundó por iniciativa de uno de sus hijos más ilustres, Hernando de Trejo y Sanabria, el colegio de más fama de este lado de los Andes, y fue el primero en desafiar el poder absoluto de los reyes y quiso llevar a término, antes que en Europa, uno de los más notables acontecimientos del siglo XVIII, la expulsión de los jesuitas, y fue la sibila que rebeló a la América los secretos del porvenir con su Revolución de los Comuneros, hubiera llegado a ser también uno de los centros de donde irradiara la luz de las ciencias y de las artes.

"Hubiéramos tenido hombres de gobierno que dirigieran con talento y patriotismo la República, jurisconsultos que dictaran nuestros Códigos, hombres de ciencias que enseñaran a explotar las riquezas de nuestro suelo, literatos que levantaran monumentos a los acontecimientos memorables de nuestra historia, poetas que cantaran el melancólico destino de la raza guaraní, el brío de nuestro pueblo y el esplendor de nuestro cielo.

"A la hora presente este país hubiera sido grande por el único poder que legitima la gloria: el poder de la inteligencia.

"Pero vino al mando quien trató a nuestro país como a bando enemigo, como a partido cuyos intereses eran contrarios a los suyos, y el bello programa de educación quedó sepultado, olvidado, desconocido, en nuestro archivo.

"Rivadavia en su país crea un departamento central de escuela, trae profesores extranjeros que enseñan en la Universidad de Buenos Aires, envía a Europa jóvenes para que se instruyan, favorece la publicación de periódicos, anima las sociedades literarias y a las que han de favorecer el desarrollo físico y moral de los niños de ambos sexos, enriquece la biblioteca pública fundada por Moreno.

"En el Paraguay Francia hace desaparecer el Colegio Carolino y dispone de sus rentas, clausura las escuelas mejor montadas al cerrar los conventos, suprime el Correo, el Tribunal de Comercio y el Cabildo, alto cuerpo al que estaban vinculados gloriosos recuerdos y que había sido como el ángel tutelar que velaba por los derechos del común; restablece el sistema de las Misiones jesuíticas, el aislamiento, y después de haber hecho despedazar en el tormento, envía al patíbulo a uno de los que soñaron hacer grandes a su patria y quisieron verla convertida en el areópago de las ciencias.

"De las numerosas escuelas de varones que hubo en la capital, solo quedaron dos que merecen nombrarse: la nacional, regenteada por José Gabriel Téllez, nombrado maestro por Lázaro de Rivera, en 1802, y confirmado en su nombramiento por la Junta Gubernativa de 1812, y la particular, dirigida por el argentino Juan Pedro Escalada.

"Bajo la Dictadura el Tesorero no gastó ni un centavo en pro de la instrucción general, fuera del sueldo de Téllez. Los pobres maestros de la campaña, muy al contrario de lo que pasaba en otro tiempo, como hemos visto, vivieron como pudieron. EL 30 de agosto de 1834 el Dictador fijó el sueldo de seis pesos mensuales a ciento cuarenta maestros que quedaron de los tantos que había nombrado el gobierno colonial. (En 1790 el maestro ganaba, como se recordará, doscientos pesos con casa y comida). Pero según el incontrovertible testimonio de los que sobrevivieron a aquella época, ni la miseria de los seis pesos se pagó a ningún maestro. Este ganaba un real por alumno, de los padres de familia.

"Decididamente, el Dictador, en materia de instrucción pública, como en lo demás, hizo peor que no hacer nada. Su inmenso poder, con el que hubiera podido fundar colegios de segunda enseñanza, escuelas normales, universidad, cuanto quería, no empleó en beneficio del prójimo, bajo ningún concepto, y el amigo de la humanidad tiene que lamentar, con amargura, el bien que dejó de hacer y los males que causó.

"Desde 1821 – prosigue Domínguez –, el país fue de mal en peor. Con la clausura de los puertos no entró en el Paraguay ni un sólo periódico, ni un sólo libro fuera de lo que recibía el Dictador para su uso, y los que existieron con anterioridad se emplearon en la fabricación de naipes. La capital, que a la llegada de Rengger y Longchamp tenía quince mil habitantes, en 1825 quedó reducido a diez mil. Hasta la guitarra enmudeció, decía Rengger.

"El doctor Francia fue el único, entre los que gobernaron la República, que no estableció ninguna escuela. Precisamente al que ejerció el poder por mayor número de años y por modo más absoluto que otro alguno, el Paraguay no le debe la educación de un sólo niño." (113)

A este juicio lapidario de Manuel Domínguez, escrito hace muchos años, en un ambiente terriblemente hostil para la memoria del dictador Francia, vamos a agregar el que sigue, formulado, en 1942, por Julio César Chaves: "La educación popular era atendida. Dio al pueblo instrucción primaria multiplicando escuelas en todos los puntos de la Provincia, dijo Roger. La instrucción era obligatoria y gratuita según Grandsire: Itapúa tiene dos mil habitantes; los nativos puede dirigirse al Dictador para educar a sus niños a expensas del Estado. La educación es por de pronto militar; el tambor reemplaza a la campana para llamar a los alumnos a la escuelas; casi todos los habitantes saben leer y escribir, y los Alcaldes elegidos todos los años por la población fijan el tiempo durante el cual los jóvenes deben frecuentar la escuela." (114)

"No solo le preocupaba la enseñanza en la capital, sino también, y muy especialmente, en la campaña. En su correspondencia con el comandante de Concepción han quedado datos de sumo interés a este respecto. Los maestros de escuelas – en el departamento de Concepción había ocho – recibían además de su sueldo una res por mes: Después dispondré que se les ministre algún otro auxilio, a fin de que puedan dedicarse con más esmero a la enseñanza de las primeras letras, de que son encargados. (115)

"Recibían también ropas. En uno de los repartos que se hacían habitualmente, ordena que a cada maestro se le entregue: dos camisas, la una de listado y la otra de lienzo inglés; más dos pantalones, uno de brin y otro de lienzo asargado, dos chalecos, uno de nanquín, otro de bayeta; dos chaquetas, una de paño y otra de listado; un poncho, un sombrero y un pañuelo. De la nota que transcribimos a continuación, consta que había en la República ciento cuarenta maestros, que ganaban mensualmente seis pesos fuertes y enseñaban a cinco mil niños: Siendo el presente más crecidos los gastos de la Hacienda pública por el considerable aumento de mil quinientos hombres de la Tropa y que además del acordado éste Gobierno asignar al menos el limitado sueldo de seis pesos fuertes mensuales a ciento cuarenta maestros de Escuela de la Campaña que tienen la enseñanza sovre cinco mil jóvenes a fin de que con esta ayuda de costa pueda dedicarse con más esmero a su ministerio sin las distracciones por el cuidado de su propia subsistencia, cuya asignación que debe correrles desde principio de este año, asciende anualmente a más de diez mil pesos fuertes en consideración a todo se reduce el sueldo del Maestro de Escuela de esta Ciudad a veinte pesos fuertes mensuales, y a este respecto se le abonará también el segundo tercio de este año. (116)

"Otra vez pide a1 comandante que le mande la lista de los muchachos de las escuelas con expresión de los que ya andan escribiendo. (117)

"El Estado controlaba el grado de adelanto de los alumnos. El ciudadano Fernando Antonio Meza – alcalde primero y juez ordinario de la capital – en cumplimiento de una orden verbal del Dictador –, se apersona a la casa de escuela pública de primeras letras y por intermedio de dos sujetos inteligentes llamados al efecto examina a los niños escueleros del maestro ciudadano José Gabriel Télles y comprueba el competente adelantamiento de un año a esta parte. (118)

Existía una biblioteca pública en La ciudad de Asunción; algunas obras que formaban parte de la biblioteca de Cavañas fueron enviadas allí: Remitirá acá la obra titulada Falsa Filosofía, con las a las cartas de Constantini para su agregación a la Biblioteca establecida en beneficio público. (119)

Más adelante agrega Julio César Chaves: "Llamó la atención de Sarmiento la falta de adalides en el Paraguay: Otro rasgo distintivo del Paraguay me sorprende, y es no haber en él un solo nombre propio que descuelle sobre el nivel que pesa sobre toda la población. Al principio de la tiranía de Francia había unos Yegros entre otros paraguayos notables. Hoy no nos llegan otras reputaciones que las del Presidente y sus hijos. Ellos son, a lo que parece, los únicos sabios, los únicos prudentes, los únicos ricos, los únicos fuertes. (120)

"Hay en este orden una prueba concluyente; en 1864, en momentos bien dramáticos, el Mariscal López se excusó de designar un ministro plenipotenciario ante el gobierno de Mitre, arguyendo que no podía alejar de su lado a los pocos hombres capaces de desempeñar la misión.

"Como si fuese realmente inmortal, cimentó su sistema sobre su persona, sin pensar que toda política, toda obra necesita de continuadores. Los paraguayos más inteligentes tuvieron que emigrar y fueron absorbidos por las comunidades del Plata. Roger anotó que nadie seguiría la obra: El Dr. Francia como lo he dicho, es de edad avanzada. La muerte puede de un momento a otro hacer caer la muralla que ha levantado, pues, no hay persona bastante fuerte para sostenerla después de él. Francia habituando a sus conciudadanos a la obediencia no ha educado a nadie para el poder. Hay en esto, creo yo, un profundo pensamiento de egoísmo. "Después de mí vendrá el que pueda", se le atribuye.

"Aprés nous le déluge, fue su divisa egoista." (121)

Luego de conocidos los juicios transcriptos, expresados en tiempos y circunstancias distintos y con gran acopio de datos históricos, puede comprenderse, fácilmente, la razón por la cual José Gaspar de Francia tiene ubicación propia y singular en la historia de las letras paraguayas.

 

El brigadier general FULGENCIO YEGROS, el caudillo militar de más alta graduación y de mayor gravitación en los sucesos del 14 y 15 de mayo de 1811, no era un lego en aliños literarios. La versión difamante de sus pocas luces intelectuales debida, originariamente, al encono tenaz de su rival político, el doctor José Gaspar de Francia, se desvanece ante la corrección de su prosa y ante la realidad de sus versos. Para juzgar la cultura de Yegros no habremos de cometer el error de utilizar tipos de comparación hallados fuera de su medio y de su época. Siguiendo la sabia directiva de lord Macaulay y de Fustel de Coulanges, el celebrado autor de La Ciudad Antigua, regresamos con la imaginación a los lejanos días del Paraguay de la independencia. Poniéndonos, como quería Manuel Domínguez, en el alma del prócer y dentro del espíritu de su tiempo, hallamos en el ilustre patricio versación literaria considerable. Cartas hay suyas, guardadas en el archivo de Fulgencio R. Moreno, en que se ve campear un estilo sobrio, natural, espontáneo. Y existen versos, como los escritos en la prisión, días antes de ser ejecutado, y que se reproducen más adelante, probadores de las aficiones literarias del hacedor de nuestra emancipación política.

Ha de tenerse en cuenta, además, para juzgar a Fulgencio Yegros, su tradición familiar, los estudios por él cursados y su influencia preponderante en los acontecimientos anteriores e inmediatamente posteriores a los sucesos del 14 y 15 de mayo de 1811.

Nacido en Quyquyó, en el año 1780, pertenecía Yegros a una noble y acaudalada familia que había dado hombres de valer a la provincia del Paraguay. La mayoría de los mismos abrazó la carrera de las armas. El apellido Yegros hállase ya, en los albores del siglo XVII, inscripto en la historia colonial. En la centuria siguiente, destácase con personalidad propia y brillante, el maestre de campo, justicia mayor y capitán a guerra, Fulgencio Yegros y Ledesma, quien en 1767 ejerció el gobierno del Paraguay. Hijo de éste fue el teniente coronel José Antonio Yegros, "uno de los paraguayos más distinguidos de su tiempo y que por la naturaleza de sus cargos militares y civiles ejerció una gran influencia en la campaña del sur". "Don José Antonio Yegros, sujeto de la primera nobleza de esta provincia, según reza un testimonio del Cabildo – escribe su descendiente, Fulgencio R. Moreno –, comenzó a figurar en el ataque contra el fuerte de Igatimí, tomado a los portugueses, y en donde, según una información de sus méritos, fue Yegros el oficial que más se expuso, debiéndose a su celo, en mucha parte, la gloria de que disfrutaron en esa expedición las armas de nuestro legitimo soberano.

"En 1779 aparece con el grado de sargento mayor. El mismo año el gobernador Melo le comisionó a Buenos Aires, para una importante misión relacionada con el gobierno, y el Cabildo de la Asunción le dio su representación para seguir en la capital del Virreinato el litigio de límites con la provincia de Corrientes.

"Cuando en 1781 el Virrey ordenó el envío de mil soldados paraguayos al Río de la Plata, el comandante Yegros fue designado jefe de dicha fuerza, que partió a mediados del mes de junio. Don José Antonio Yegros desempeñó muchas otras comisiones y empleos de carácter civil y militar, gozando del más alto concepto por su pericia, capacidad y honradez. Las inclemencias del Chaco no le fueron desconocidas, habiendo sido, en ocasiones, compañero del célebre catequista, el padre Amancio González y Escobar.

"Fue comandante de las tropas encargadas de fundar Curupayty y Humaitá, interviniendo en la ubicación estratégica de estos fuertes. En 1780 era comandante general de las Milicias y Nuevas poblaciones del sur. El gobernador Alós le nombró posteriormente primer comandante de Milicias con el grado de teniente coronel y sub delegado intendente de las Misiones." (122)

Fue, pues, Fulgencio Yegros, según se ve por lo transcripto, heredero de una familia de abolengo y, además, de cuantiosa fortuna. Educóse en la Asunción. Cursó estudios en la escuela del Convento de San Francisco. En esta misma modesta institución de primeras letras el futuro dictador Francia aprendió los rudimentos del saber. Dictábanse en sus aulas lecciones de lectura y escritura. También se enseñaba gramática castellana, ortografía y doctrina cristiana. Los textos eran catones, cartillas y catecismos; la enseñanza "consistía puramente en el aprendizaje memorístico y colectivo, y el principio pedagógico dominante era la letra con sangre entra."

Es de suponer que los estudios de Fulgencio Yegros no se circunscribieron a estas lecciones. Es posible que, como se cree que lo hizo Francia, haya ingresado posteriormente en algún establecimiento de ilustración superior. "Los franciscanos tenían, a más de su escuela de primeras letras, cátedras de latinidad, y los dominicos de latinidad, filosofía y teología. En 1779 los últimos obtuvieron del Rey facultad de otorgar títulos de licenciado y doctor." Unos de estos institutos pudo haberle contado como alumno. Nada, sin embargo, se tiene averiguado; pero lo cierto es que Fulgencio Yegros, cuando se le dio de alta en las filas del ejército, siguiendo el imperativo de su propia vocación y el de la tradición de sus mayores, no era un hombre de bola y lazo, como acertó a apuntar su voluntarioso rival político.

De sus andanzas militares, huellas quedaron en la defensa de Buenos Aires y Montevideo contra los ingleses, y en los combates de Paraguarí y Tacuarí, contra las huestes de Manuel Belgrano. Su nombre ocupó el primer plano, a pesar de hallarse ausente, en los sucesos ocurridos en la Asunción en mayo de 1811. Llamado con urgencia, apareció como el jefe natural de la revolución.

Al constituirse el nuevo gobierno, el primero de carácter netamente paraguayo, el 23 de junio de 1811, el que ha quedado en la historia con el nombre de Junta Superior Gubernativa, Fulgencio Yegros ocupó la presidencia de la misma. Y su primera preocupación de gobernante fue la escuela. Es a éste prócer a quien corresponde compartir con Pedro Juan Cavallero y Fernando de la Mora, el insigne honor de la reforma y el fomento de la instrucción primaria, la iniciación de la primera biblioteca pública, la reapertura de los cursos de enseñanza superior, la creación de la primera sociedad literaria y la inauguración de la primera academia militar en el Paraguay independiente. Emulo del doctor Francia, – escribe Justo Pastor Benítez –, no pudo vencerlo porque carecía de ductilidad, de las mañas y recursos del político. (123) Fue un soldado leal, un patriota sin mácula, un gentilhombre que amaba la libertad. Su espíritu rebelóse contra el régimen despótico del doctor Francia y conspiró contra la dictadura, en 1819, juntamente con Pedro Juan Cavallero, Vicente Ignacio y Manuel Iturbe, José Montiel y otros. Fue ejecutado al pie del histórico naranjo de la ribera, el 17 de julio de 1821. "Cayó con la majestad de una fuerza que había cumplido su destino."

He aquí los versos que Yegros escribió en la prisión:

 

En plantar una esperanza

Me perdí todos los años

Y floreció un imposible

Con frutos del desengaño.

 

Con gran cuidado busqué

Un dorado pavimento

Para poner allí dentro

La planta que cultivé.

Para regarla encontré

Arroyos de confianza

Y no se encontró mudanza

En mi intento verdadero

Pues puse todo mi esmero

En plantar una esperanza.

 

Con cuidado la mantuve

Planta tan particular,

Que de lágrima un mar

En su cimiento lo tuve,

Al pie del árbol estuve

Contemplando su tamaño

Con un gozo muy extraño

De alcanzar su fruto y flor

Y por cuidarla mejor

Me perdí todos los años.

 

Con suspiros solamente

Refresqué sus hojas verdes

Como mi esperanza quiere

Le decía continuamente

Con vigilancia patente.

Con ingenio imprescindible

La mantuve aplausible

Que pudo dar un botón

Que cautivó el corazón

Y floreció un imposible.

 

Viendo contraria mi suerte

Me quedé tan sorprendido

Que maldixe haber vivido,

Y luego busqué la muerte;

Si en este trance tan fuerte

Causó un dolor tan extraño

Que el corazón con desmayo

Me dixo haber florecido

Aquel árbol tan querido

Con frutos del desengaño. (124)

 

MANUEL PEDRO DE LA PEÑA, quien se llamaba a sí mismo "El ciudadano paraguayo", nació en la Asunción en 1811. Inició sus estudios bajo la dirección del maestro Juan Pedro Escalada y los prosiguió en el Convento de las Mercedes de su ciudad natal. Durante la dictadura de José Gaspar de Francia, en 1827, fue encarcelado. En el tiempo de su cautiverio, que se prolongó hasta el 14 de mayo de 1841, aprendió de memoria, como entretenimiento, el diccionario de la Academia Española. También en aquélla época se especializó en el estudio del derecho. El 23 de enero de 1841, desde su prisión, dio a conocer un Himno a la Libertad dedicado al gobierno surgido a consecuencia de la sublevación de los sargentos Duré y Campos. En ocasión de reunirse en la Asunción el congreso extraordinario del 25 de noviembre de 1842, Manuel Pedro de la Peña inició su vida pública en el gobierno, ejerciendo la representación popular. En 1843, el Segundo Consulado le designó como enviado especial ante la Confederación Argentina. En dicha misión le acompañó Francisco Solano López, a pedido de su ilustre padre, y con propósitos de cultura. Peña regresó a la Asunción en 1844. El gobierno de Carlos Antonio López le confió entonces el desempeño de importantísimas funciones públicas, tales como el de interventor de la Tesorería General, administrador de Hacienda Pública, fiscal del crimen, fiscal general del Estado, miembro del Consejo de Estado, diputado sufragante de la Nación en todos los congresos. En el año 1855 el mismo gobierno de Carlos Antonio López confinó a Manuel Pedro de la Peña en su lejana estancia, "con motivo del amago de hostilidad de la escuadra brasileña".

En febrero de 1857 "El ciudadano paraguayo" emigró del país y se radicó en Buenos Aires. Este hecho motivó su procesamiento y la confiscación de sus bienes así como el destierro de sus hijos. Durante este período de su vida, Peña se dedicó a la docencia y al estudio de la filosofía, la historia y la literatura clásica. Tampoco olvidó, durante su largo exilio, sus apasionados afanes de opositores del gobierno de los López, a los que combatió sin tregua, con tesón y virulencia, desde las columnas de La Tribuna, El Pueblo, La República y La Nación Argentina. De aquella época datan las "cartas del ciudadano paraguayo Manuel Pedro de la Peña, dirigida a su querido sobrino Francisco Solano López, excelentísimo señor Presidente de la República del Paraguay". Ha dejado también, dispersos en diarios y revistas, numerosas composiciones en verso y prosa. Manuel Pedro de la Peña falleció en Buenos Aires, en 1867. (125)

 

La vida y la muerte de FERNANDO DE LA MORA hállanse aún rodeadas del más profundo misterio. Créese que nació en la Asunción, más o menos, en el año 1785, y que cursó estudios en el Colegio de San Carlos de Buenos Aires. Justo Pastor Benítez, en su libro La vida solitaria del doctor José Gaspar de Francia, Dictador del Paraguay, dice, sin embargo, que de la Mora fue alumno de la Universidad de Córdoba. Sábese, asimismo, que Fernando de la Mora integró las huestes defensoras de Buenos Aires cuando las invasiones inglesas, de 1807 y 1809. Mas tarde, ya en los días cercanos de la independencia nacional, su nombre aparece entre los cabildantes de la Asunción. No era, pues, un desconocido ni un improvisado cuando comenzaron los trabajos secretos que debían de conducir al Paraguay a las horas aurorales de su emancipación de España.

Esta observación queda comprobada con su presencia en el quinteto histórico que constituyó la Junta Superior Gubernativa, en 1811.

Díjose de Fernando de la Mora que "fue la pluma, el cerebro del nuevo gobierno". Alguna vez se lo ha comparado, desde el punto de vista de la influencia ejercida en la dirección de la patria naciente, a Mariano Moreno, inteligencia señera de los próceres argentinos de 1810, y llamósele, con propiedad, númen de la revolución de mayo de 1811.

La redacción de las notas oficiales, cartas e instrucciones de la primera Junta, débense, al parecer, a Fernando de la Mora, quien fue su vocal secretario. A juzgar por ellas, puede afirmarse que redactaba bien y que su prosa era rica en conceptos que no se asimilan sino en el estudio y la meditación.

José Gaspar de Francia, que fue un espíritu absorbente y que debía conocer a Fernando de la Mora para temerlo como posible rival político en su solapado trabajo de hegemonía en el gobierno, supo ser lo suficientemente avisado y hábil para descargar sobre el citado prócer el primer rayo fulmíneo de su riquísimo arsenal. Valido de su autoridad y aprovechando una oportunidad bien elegida, hizo expulsar a de la Mora, en la sesión del 18 de septiembre de 1813, de la Junta Superior Gubernativa. La razón de esa medida, observada a más de un siglo de distancia, hállase, no en lo que entonces se dio por causas – que ninguna de ellas ha sido comprobada – sino en el propósito de limpiar de obstáculos el camino que se había trazado de antemano el taciturno de Ybyray para llegar a la soledad autoritaria de su larga dictadura. Los hechos posteriores y los procedimientos hábilmente empleados por José Gaspar de Francia, ratifican este parecer.

En el año 1812, el 12 de noviembre, la población de Concepción fue elevada a la categoría de Villa. Es interesante conocer el despacho. Helo aquí:

"Por tanto, usando de la plenitud de potestad que reside en este Gobno. Superior, conferimos y concedemos el título de Villa a la población de Concepción, la cual en lo sucesivo deberá denominarse Villa Real de Concepción que será el Dictado que ha de usar en todos los Instrumentos, Registros, y demás documentos con el lustre y distintivos de Escudo de Armas que igualmente le concedemos para que la coloque en las casas Consistoriales y use de ellas con arreglo a lo prevenido en los autos y usos insertos gozando por la prerrogativa de la Villa de todas las honras y preeminencias que conceden las Leyes a las de ésta clase, y la de tener goce y voto en los Congresos que celebrase la Patria según el orden y grado de su antigüedad debiendo componerse su Cavdo. de dos Alcaldes electivos anualmente, cuatro Regidores vitalicios por ahora, un Síndico procurador, dos Alcaldes provinciales de la Santa Hermandad y un Escribano Público cuya primera creación hemos hecho con ésta fha., confiriendo las alcaldías y demás empleos en la forma expresada, ordenando los estatutos municipales en ciento ochenta y dos artículos para el mejor régimen de aquella Villa, los cuales se remitirán al señor vocal don Fernando de la Mora que se halla en aquella Villa con todo el Plenum de autoridad, dictado con acuerdo suyo para que desde luego exixa, y abra el Cavildo poniendo en posesión y dando reconocer a los Magistrados y Mros. públicos según lo dispuesto en las mencionadas ordenanzas, tomando las demás Providencias para que se forme el libro capitular y demás, que se recoja el expediente testimoniado que existe en poder de los vecinos, los papeles que existen en poder de la comandancia militar, a quien debe dejarse únicamente los relativos al Ramo de Guerra y Real Hacienda como Sub delegado en dha. causa y los de la diputación consular todo ellos, por Yndices, cuyo empleo queda suprimido; mandando desde luego que se haga el padrón prevenido en el auto del treinta de Abril de este año y todas las demás que se sancionan en las ordenanzas, con advertencia que lo que no estuviere prevenido por ellas lo disponga y añada el mencionado señor vocal D. Fernando de la Mora el cual deberá presidir en la sala y demás actos públicos, durante su permanencia en la Villa y ésta hacerle los honores que le corresponden todo lo cual lo pondrá y hará constar por diligencia que autorizará su secretario y fiel de fhos., acompañándosele los despachos que se han expedido, en Ejemplar del Real Arancel, y doscientos sellos de papel de Oficio para los indicados objetos debiendo tomarse razón de este despacho en los libros capitulares del Ayuntamiento de esta Capital y Tesorería de Real Hacienda. Para todo lo cual le mandamos espedir el presente despacho, firmado de ntra. mano, sellado con el sello Real y refrendado por el infrascripto Escribano en la ciudad de la Asunción, Capital de la Provincia del Paraguay a doce de Noviembre de mil ochocientos doce. Fulgencio Yegros – Pedro Juan Cavallero – Mariano Larios Galván – Secretario – Por mandato de la Superior Junta Gubernativa – Jacinto Ruiz – Escribano Público y de Govierno. Es copia fiel del despacho original que con fha. de hoy le pasé al Sor. Mro. de Real Hacienda para la toma de razón, y en caso necesario a ella me refiero. Y de mandato de la superioridad la pongo en este libro en la Asun. a 14 de Noviembre de 1812, de que doy fé. Luis Gómez Escno. pco. y de Cavdo." (126)

Vése, pues, que en el año 1812, Fernando de la Mora, sin perjuicio de sus funciones de vocal secretario de la Junta Superior Gubernativa, fue nombrado presidente del primer cabildo de la Villa Real de la Concepción.

Posterior a este suceso, como es lógico, fue su destitución de la citada Junta, cuyo dato es el último cierto que se tiene del prócer. Su vida quedó después arrebujada en las sombras de la dictadura. Y también su muerte. No obstante, Guillermo Cabanellas afirma que fue desterrado. Pero Manuel Gondra, quien poseía una valiosa colección de documentos inéditos referentes a de la Mora, ha afirmado alguna vez que murió en la cárcel de la Asunción, más o menos en 1830. Sábese a este respecto que, en cierta ocasión, el doctor Francia y Fernando de la Mora se trabaron en disputa y que, en el calor de la discusión, éste expresó a aquél que "si estuviera en sus manos lo haría fusilar", a lo que respondió el futuro dictador: y yo lo haría secar en una prisión. Esta amenaza fue cumplida fría, cruel y estrictamente. Fernando de la Mora vivió y murió, según aquellas noticias, en las mazmorras francistas, sin que durante todo el tiempo de su reclusión se le permitiera ninguna comunicación con su familia. Débese también a Manuel Gondra la noticia de que en los cuadernos de apuntes de Fernando de la Mora, que Gondra poseía, se revelaba aquél como buen conocedor del derecho constitucional norteamericano. (127) Existe en el Archivo Nacional de la Asunción una colección de cartas cambiadas entre Fernando de la Mora y José Gervasio Artigas.

 

El presbítero AMANCIO GONZÁLEZ y ESCOBAR nació en Emboscada, en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue cura perpetuo de aquel pueblo situado sobre la margen izquierda del Río Paraguay, a treinta y cinco kilómetros de la Asunción, "a cuya plaza servía de antemural contra la irrupción de los salvajes del Chaco".

El padre Amancio González y Escobar fue apóstol de esta región inmensa y entonces desértica. Fundó en ella la primera población a la que denominó Melodía, "alusión al nombre del gobernador don Pedro Melo de Portugal, a quien quería tener propicio para consumar la reducción de sus neófitos; pero, desgraciadamente, le faltó este apoyo, y sus nobles y heroicos esfuerzos fracasaron".

En 1805, año siguiente de la llegada al Paraguay del obispo doctor Nicolás Videla del Pino, quien en 1815 fue expulsado del país por el dictador Francia, el padre González y Escobar elevóle una memoria de sus trabajos apostólicos, expresándole que "la mies es abundante y pocos los operarios". Le rogaba también el concurso de otros sacerdotes que pudiesen colaborar con él en aquellos trabajos de catequización, "ofreciendo la ventaja de diccionario y reglas gramaticales para hablar sus lenguas o dialectos que él había podido aprender y coordinar, siquiera no fuese más que rudimentariamente".

La dictadura de Francia sorprendió al padre Amancio González y Escobar, ya en su vejez, pero aún en el ejercicio de su tarea civilizadora. Había acallado, obligado por la circunstancia, su elocuencia admirable; había hundido su vida y su destino en las llanuras ignotas del Chaco, buscando refugio en el misterio atrayente, que dijo Humbolt, de las planicies infinitas.

Nada hemos podido conocer de su fin. Supónese que murió en Emboscada, en la primera mitad del siglo XIX. (128)

Parte de la documentación que pudiera arrojar alguna luz sobre la vida y la obra total del padre Amancio González y Escobar se halla en el Archivo Nacional en espera del investigador. La mayoría de aquellos documentos, sin embargo, se ha perdido durante la guerra de 1864-1870. No obstante, sábese que fue un sabio sacerdote, un místico profundo, miembro de una familia acaudalada, de estirpe patricia, cuya fortuna invirtió, totalmente, en la evangelización del Chaco, y el orador más elocuente de su tiempo. (129)

 

MARCO ANTONIO MAIZ dedicóse a la cátedra sagrada. En tal carácter merece una recordación. Nacido en Arroyos y Esteros, lugar llamado antiguamente Capilla Duarte, fue director de la "Academia Literaria". Instituido obispo titular de Retimo in partibus infidelium, y auxiliar del Paraguay, su consagración tuvo lugar en Cuyabá, juntamente con la del obispo Basilio Antonio López, el 31 de agosto de 1845.

Marco Antonio Maiz fue otra de las víctimas del dictador Francia. Permaneció en los calabozos del viejo cuartel durante catorce años y seis meses, "por haberse opuesto a la investidura del poder dictatorial vitalicio en el Congreso de 1816, al que asistió como Diputado por su pueblo natal". (130)

Hallándose en gira episcopal, por la región de Misiones y el sur del país, falleció en la Villa del Pilar, en 1848.

 

MARIANO ANTONIO MOLAS era natural de la Asunción. Créese que nació en el año 1787. Cursó estudios en el Colegio de San Carlos, en Buenos Aires. Practicó derecho en el renombrado estudio del doctor Juan José Castelli.

Molas profesaba ideas liberales. Era, en aquel tiempo, lo que ha dado en llamarse un izquierdista. Influyeron en su espíritu las doctrinas imperantes al finalizar el siglo XVIII, las teorías filosóficas de Rousseau y los enciclopedistas. Las invasiones inglesas al Río de la Plata abrieron nuevos horizontes a su avizorante mirada. Luego del fracaso de éstas, regresó al Paraguay. En la Asunción contrajo enlace con una dama de la familia de los Montiel, cuyos varoniles representantes destinados estaban a dar lustre a las armas paraguayas en Paraguarí y Tacuarí y a inscribir sus nombres en los fastos de la independencia patria y en los anales del primer martirologio de sus próceres. Molas fue amigo del doctor Francia con quien mantuvo correspondencia desde Buenos Aires, y fue el más elocuente vocero de los ideales libertarios que preconizaba aquél hasta poco antes de su dictadura perpetua. En el congreso del 17 de junio de 1811, entre otras cosas, propuso la separación del coronel Bernardo de Velasco y Huidobro del gobierno del Paraguay y la constitución de una junta presidida por Fulgencio Yegros, e integrada por el capitán Pedro Juan Cavallero, el doctor José Gaspar de Francia, el presbítero Francisco Javier Bogarín y don Fernando de la Mora.

Mariano Antonio Molas, juntamente con Miguel Noceda y José Tomás Isasi, fue partidario ardoroso del gobierno unipersonal que dio origen a la dictadura temporal del doctor Francia. En el congreso general del 3 de octubre de 1814 hizo escuchar, en tal sentido, su acento tribunicio. Pero no lo fue de la dictadura perpetua, a la que se opuso tenazmente. Repelía a su espíritu democrático esa "monarquía con máscara republicana". De esta fecha, 1816, data su enemistad con el déspota, en cuya alma sombría solo se puede entrar con escala y linterna, según la gráfica expresión de Justo Pastor Benítez.

Persiguióle "El Supremo" con la saña que le era característica. Molas, para defenderse, optó por llevar una vida retraída, dedicándose al ejercicio de su profesión. En esas andanzas asumió la defensa de los españoles Berges y Flotá, "sosteniendo calurosamente su inocencia, y yendo a los calabozos para preparar su defensa. Nadie podrá hacerse una idea aproximada de lo que valía este paso en aquella época de sangre y luto".

El dictador Francia aprovechó, posteriormente, la defensa que hizo Molas del joven Urdapilleta – acusado por homicidio casual – para mandarlo apresar. El discípulo de Castelli quedó largos años en la cárcel de la Asunción, y allí comenzó a escribir La Descripción histórica de la Antigua Provincia del Paraguay. También dedicóse en ese tiempo a realizar traducciones del francés al español. (131)

De la mazmorra, Mariano Molas salió en libertad después de la muerte del doctor Francia, y sobrevivió a éste pocos años. Falleció en la capital paraguaya, en 1844. (132)

De los originales de su Descripción Histórica de la Antigua Provincia del Paraguay fue obtenida una copia por Luciano Recalde, quien se la cedió al doctor Angel Justiniano Carranza. El doctor Carranza la envió, con una carta, a los directores de la Revista de Buenos Aires, en 1865, doctores Vicente G. Quesada y Miguel Navarro Viola, quienes la insertaron, como documento inédito, en uno de los números del citado periódico. En 1868 fue editada, en libro, por el nombrado Carranza, en Buenos Aires. En la misma edición aparece también El Clamor de un Paraguayo, que se atribuye a Molas. Página es ésta dirigida a Dorrego, y que parece escrita al soplo de una pasión iracunda, con la roja sangre de los que sufrieron todos los dolores, en obscuros ergástulos, cuyas siniestras sombras jamás fueron turbadas ni por la débil luz de una esperanza fugitiva de regreso a la libertad.

 

FRAY MARTÍN LÓPEZ era oriundo de la Asunción. Hermano mayor de fray Basilio Antonio López, cursó tres años de estudios de filosofía y tres años de teología escolástica en el convento del seráfico y penitente San Francisco. Dedicóse también a cultivar materias morales y latinidad, de las que dio exámenes satisfactorios en su ciudad natal, en el año 1798. Fue orador sagrado.

Ejerció el curato de la parroquia de Villeta y luego el de Yuty. Hallándose en el ejercicio de este último ministerio se produjo su fallecimiento.

Sábese las andanzas de fray Martín López entre los próceres de la independencia nacional, andanzas que debía realizarse entre la penumbra, sin dejar rastro material alguno, so pena de sanciones severísimas de la autoridad eclesiástica española de que dependía, de su propia orden y del gobierno hispano de la provincia del Paraguay.

Debe recordarse también en este período a un educacionista:

 

JUAN PEDRO ESCALADA. Nacido en el año 1777, en el Río de la Plata, hallábase vinculado a distinguidas familias patricias argentinas – escribe Juan Francisco Pérez Acosta –, como doña María de los Remedios Escalada de San Martín, María Eugenia Escalada de Demaría, el obispo Mariano José Escalada y Antonio José Escalada, canciller de la Real Audiencia de Buenos Aires. (133)

Siendo aún muy joven llegó al Paraguay. En tiempos del gobernador Bernardo de Velasco y Huidobro, el maestro Escalada ya gozaba de gran aprecio. Desde 1807 se había dedicado a la enseñanza. Ocurridos los acontecimientos del 14 y 15 de mayo de 1811, que valieron al Paraguay su emancipación política, los gobiernos posteriores, inclusive el despótico de José Gaspar de Francia, distinguieron al educacionista con especiales atenciones. Juan Pedro Escalada considerábase, de hecho, ciudadano paraguayo. Contrajo enlace con Pastora del Rosario Fretes Britos, natural de Ybytimí; formó un hogar genuinamente paraguayo y estampó su firma en el acta de la independencia nacional.

Entre los alumnos del maestro Escalada, recuerda el citado Pérez Acosta, a los hermanos Machaín, los hermanos Loizaga, Fernando Iturburu, los hermanos Berges, Manuel Pedro de la Peña, los hijos de don Carlos Antonio López, Miguel Haedo, los hermanos Sosa, Mongelós, Carrillo, Recalde y, posteriormente, Cándido Barreiro, los Guanes, Urdapilleta, Cañete, Godoy, Román, Gaona, Legal, Natalicio Talavera, Villagra, Doldán y muchos otros. (134)

La falta de textos obligó al maestro Escalada a hacerlos él mismo, a copiarlos y luego repartirlos entre sus educandos, "a quienes les vendía a precios irrisorios". Se referían sus lecciones a contabilidad, geografía, aritmética, astronomía, cosmografía, latín, francés, geología, "y hasta a medicina e higiene". También preparaba para el notariado.

El maestro Escalada – sigue diciendo Juan Francisco Pérez Acosta –, tenía los ojos azules, cabellera larga caída sobre los hombros, barba y bigote recortados al ras, usaba galera alta de la época, una capa española con la que se envolvía, y llevaba bastón. El padre Maiz dice de él que "en su trato era siempre afable y culto en sus maneras; era un poco bajo de estatura, fisonomía alegre, blanco de cutis y bien poblado de cabellos con sus mechones de canas: el todo de un aspecto simpático y agradable". Y Luciano Recalde, uno de los ex condiscípulos del padre Maíz, decía: "Su rostro ovalado, hermoso y fresco; sus cabellos largos y sedosos, que recordaban los de Jesús Nazareno."

Existe un decreto del gobierno paraguayo que prueba los méritos del maestro Escalada. Es el siguiente: "El Presidente de la República del Paraguay y General en Jefe de sus Ejércitos – Teniendo en consideración la contracción con que Don Juan Pedro Escalada se ha dedicado a la instrucción de la juventud nacional, por un período no interrumpido de más de cuarenta años, si bien de una manera privada, con notable ventaja para la Patria; he venido en acordarle, como por la presente le acuerdo sobre el Tesoro Nacional, una pensión vitalicia de veinticinco pesos mensuales, de cuyo cumplimiento queda encargado el respectivo Departamento. Asunción, Diciembre 22 de 1862. – Francisco Solano López. – El Ministro de Hacienda, Mariano González."

Al ser evacuada la Asunción, durante la guerra de defensa contra la triple alianza, Juan Pedro Escalada también integró la doliente caravana. De regreso a la capital, falleció el 13 de agosto de 1869. El gobierno provisorio ordenó que sus restos fueran inhumados en la Catedral.

"Puede decirse con verdad del maestro Escalada que fue de la pasta de los grandes educadores que han hecho del magisterio un apostolado. EL Paraguay honró su memoria dando su nombre a una de las calles de Asunción, que era la que sigue a las tres consagradas a los próceres de la independencia: Yegros, Caballero e Iturbe, como fue también un prócer, el de la enseñanza nacional." (135)

Y ha de agregarse a estos recuerdos, y para complementarlos, la siguiente página de Fulgencio R. Moreno, en la que se cita a JOSÉ GABRIEL TÉLLEZ y al "maestro Quintana": "Hasta los últimos años del doctor Francia, y durante los primeros años de los gobiernos subsiguientes, dice el Padre Fidel Maiz, no hubo más que una escuela pública de primeras letras en la Asunción. Me cupo conocer a los célebres maestros de disciplina y palmeta, Téllez y Quintana." (136)

"Don José Gabriel Téllez ejercía la enseñanza desde el tiempo colonial, habiendo sido nombrado maestro de escuela, por el gobernador Ribera, en 1802. El 11 de marzo de 1812, a raíz de las primeras reformas sobre instrucción pública, la Junta Gubernativa le confirmó en su cargo, en carácter provisorio, por el término de un año, mientras se proporcione otro sujeto de mayor idoneidad. Pero extinguida la Junta en 1813, el maestro Téllez continuó silenciosamente en su puesto hasta el fallecimiento del doctor Francia, en cuya ocasión cupóle en los círculos oficiales inopinada resonancia, actuando como maestro de ceremonias en los funerales del dictador.

"Del maestro Quintana, nos ha dejado el coronel Centurión curiosos datos en sus Memorias. Poeta, músico y relojero, tenía su escuela frente a su taller, bajo el patrocinio de una enorme cruz de madera, erigida en el fondo de un vasto salón, donde los alumnos deletreaban las cartillas o estudiaban el catecismo al cuidado de los fiscales, que distribuían semanalmente las azotainas de reglamento, mientras el viejo dómine, encerrado en su aposento, componía relojes, hacía coplas o rasgueaba su guitarra.

"A poco de establecido el gobierno consular, esa escuela central de primeras letras fue trasladada cerca de la parroquia de la Encarnación, a un nuevo local que se mandó edificar con todas las distribuciones y reparos necesarios, donde se educaban gratuitamente doscientos treinta y tres jóvenes y al que asistían los niños pobres con vestuarios suministrados por el Estado.

"Hubo también por entonces, agrega el padre Maiz, dos escuelas particulares de enseñanza algo más avanzada. El presbítero Marco Antonio Maiz, más tarde obispo auxiliar del Paraguay, después que salió de la bárbara prisión de catorce a quince años a que le redujo el doctor Francia, por haberse opuesto a su investidura de dictador vitalicio, estableció su escuela, en que daba lecciones de lengua castellana y de latín; también de aritmética y moral religiosa; algo de historia sagrada, nada de nacional.

"La otra institución era de don Juan, Pedro Escalada, notable educacionista argentino, que enseñaba los idiomas castellano y francés, geografía e historia general, la aritmética y geometría; lecciones también de religión y moral.

"Escalada tuvo su escuela en el barrio de San Roque hasta 1859, en que la trasladó a la Recoleta, en el lugar donde se estableció después el Asilo de Mendigos. Su escuela pudo entonces admitir también alumnos internos. Y allí continuó el venerable educacionista hasta muy avanzada edad, habiéndole cabido, por más de cuarenta años, ser maestro predilecto de la juventud asuncena." (137)

 

También deben ser citados en el estudio de esta época, el doctor MANUEL JOSÉ BÁEZ, quien cursó estudios de derecho civil en la Universidad de Córdoba del Tucumán y fue jefe de los unitarios en el congreso del 17 de junio de 1811; y el doctor FRANCISCO JOSÉ DE UGARTECHE, que vivió en Buenos Aires y falleció en aquella ciudad, y en cuya sociedad actuó de manera sobresaliente.

 

Fray FERNANDO DE CAVALLERO, quien era, según se creía, oriundo de Tobatí. Supónese que nació en el lugar llamado "Aparypy", en la segunda mitad del siglo XVIII. Cursó estudios y ordenóse en Córdoba. Profesó como religioso franciscano. Fue catedrático en el Colegio de Monserrat, al lado de fray Elías del Carmen. Tío carnal del doctor José Gaspar de Francia, en los primeros años de la vida del magro anacoreta, ejerció sobre su espíritu grande influencia. A la decidida e inteligente intervención de fray Fernando de Cavallero débese la solución de los conflictos surgidos entre el doctor Francia y sus compañeros de la Junta Superior Gubernativa, en 1811.

 

El padre JOSÉ AGUSTÍN MOLAS parece haber nacido en Santa María, en las últimas décadas del siglo XVIII. Cursó estudios y se ordenó en la Asunción. Fue alumno del Seminario de San Carlos. En los primeros tiempos de su profesión fue cura párroco de Santa María. Más tarde, se le nombró capellán castrense. Fue entonces que cultivó la oratoria sagrada. En aquel carácter acompañó al ejército de la provincia del Paraguay en los combates de Paraguarí y Tacuarí, en 1811. Asistió como comisionado de Manuel Atanasio Cavañas, juntamente con Antonio Tomás Yegros, a las conferencias realizadas con Manuel Belgrano, días después de Tacuarí, en el pueblo de Candelaria, allende el río Paraná. Después piérdense las huellas del padre José Agustín Molas. Lo que no se ha podido perder es su recuerdo patricio, su eficaz influencia y ejemplo perenne de su noble ejecutoria.

 

EL presbítero doctor FRANCISCO XAVIER BOGARÍN era natural de Carapeguá. Cursó estudios en el Colegio de Monserrat de Córdoba, entre 1778 y 1788. Formó parte de aquel brillante grupo americano educado en dicho instituto de cultura superior, en el que figuraban los argentinos Juan José Passo, Antonio Domingo de Ezquerrenea, Juan José y Juan Ignacio Gorriti, Juan José Castelli, Pedro y Mariano Medrano, el chileno Gabino de Sierra Alta, y los paraguayos José Gaspar de Francia, Marcelino Ocampos, Miguel Arias Montiel y Marco Ignacio de Baldovinos. (138)

De regreso al Paraguay, fue nombrado secretario de cámara del obispo Nicolás Videla del Pino. Después le cupo intervenir activamente en la preparación de los acontecimientos que pusieron fin al dominio de España en tierras guaraníes. Fue de los que urdieron la trama histórica y gloriosa.

Su nombre aparece, posteriormente al 14 de mayo de 1811, integrando la Junta Superior Gubernativa. En el trajín de los acontecimientos ocurridos durante el Consulado, el presbítero Francisco Xavier Bogarín fue quedando hacia el misterio. La dictadura rodeó su personalidad con hermética capa de silencio.

 

Del presbítero JOSÉ FERMÍN SARMIENTO, antiguo cura párroco de Villa Real, sólo ha quedado el recuerdo de sus actividades subversivas contra el régimen español y el eco de su voz tribunicia, lleno de fervor americanista, ungido de esperanzas de un porvenir mejor. José Fermín Sarmiento no fue un actor de nuestra independencia; fue un precursor del glorioso drama. Es menester urgar en el Archivo Nacional y en los archivos de la Arquidiócesis de la Asunción, en pos de sus recuerdos. Las posteriores actividades porteñistas de José Fermín Sarmiento le valieron su destierro del Paraguay. Fue en 1812.

 

EL padre MANUEL CUMÁ fue un aborigen, oriundo de Itá. Cursó estudios en el Seminario de San Carlos, de la Asunción. Se reveló orador sagrado. A pesar de su humildísimo origen, se lee en un trabajo inédito del padre Tomás Aveiro, ha pasado a la posteridad como paladín de la causa libertadora. Durante el gobierno de Francia estuvo preso muchos años, en un calabozo. Falleció en 1840. (139)

 

VENTURA DÍAZ DE BEDOYA, de quien dice Julio César Chaves que fue una figura sobresaliente de la sociedad platina y paraguaya, nació en la Asunción y se educó en Buenos Aires, donde ejerció su profesión – fue doctor en jurisprudencia – e integró el primer Cabildo patriota. "Pese a ello, mantenía estrechas vinculaciones con la tierra donde naciera. En mayo del once actúa junto a los revolucionarios paraguayos, y en el Congreso del 17 de junio de 1811 toma asiento entre las ilustres cabezas del partido unitario, los doctores Báez y Grance. A fines de septiembre regresa a la capital porteña, y meses más tarde presenta, a pedido del Triunvirato, un extenso informe sobre la situación paraguaya, y en él sugiere los medios más apropiados para conseguir que el Paraguay se una a las demás provincias." (140)

 

JUAN MANUEL GRANCE, oriundo de Yaguarón, fue uno de los jefes del sector unitario en el Congreso del 17 de junio de 1811. Ostentaba el grado de doctor en jurisprudencia. Formaba una trilogía con Ventura Díaz de Bedoya y Manuel José Báez. Se le ha atribuido un Diario de los sucesos memorables de la Asunción desde el 14 de mayo de 1811, publicado en la Revista Nacional, de Buenos Aires, en 1887, y Una fiesta en el Paraguay en 1804, editado aquel mismo año. La primera es original del coronel José Antonio de Zabala y Delgadillo.

Es también de esta época a que nos referimos, aquel famoso documento debido a fray M. I. VELASCO intitulado Proclama de un paraguayo a sus paisanos, que fue dado a publicidad en la ciudad de Buenos Aires, en 1814. Fray Velasco era natural de la Asunción.

 

JUAN BAUTISTA RIVAROLA era oriundo de Barrero Grande. Nació en el año 1790. Fue alumno de Juan Pedro Escalada. En el año 1810 sentó plaza, con el grado de alférez, y el año siguiente, ascendido a capitán, actuó con brillantez y eficacia en los históricos acontecimientos que produjeron la emancipación paraguaya. Antes, en los combates de Paraguarí y Tacuarí, actuó en carácter de auditor de guerra. (141) Su firma se halla, además, en el acta del juramento, prestado el 16 de mayo de 1811 por José Gaspar de Francia, Juan Baleriano de Zeballos y Pedro Juan Cavallero. (142)

Cuando se estableció el primer gobierno consular, en 1813, y considerando terminada su misión militar, solicitó su baja. Posteriormente desempeñó diversas funciones de carácter civil. En el año 1819 se retiró a su estancia de Barrero Grande, sabedor de los sentimientos recelosos que su persona despertaba en el dictador. Este confinamiento espontáneo se hizo, más tarde, obligatorio. Fue por orden del doctor Francia y simultáneamente con el apresamiento de los demás próceres de Mayo, en 1819.

Después de fallecido el omnímodo señor de la dictadura, Juan Bautista Rivarola reapareció, como diputado por Barrero Grande, en el Congreso del 12 de mayo de 1841. En una de sus sesiones intentó presentar un proyecto de constitución, del cual era autor. Con ese motivo prodújose una discusión, en la cual Rivarola dio pruebas de ser un orador ardoroso y un patriota altivo. Fue aquélla su postrera y fugaz actuación en la vida pública. Retornó a su establecimiento, en las lejanías serranas y rumorosas, en donde falleció el 9 de octubre de 1857.

 

Fray LORENZO FERNÁNDEZ era orador sagrado. Sus datos biográficos no pudimos obtenerlos en los archivos diocesanos de la Asunción. Pero sábese que vivió en esta capital durante la dictadura. Existe un sermón de fray Fernández, pronunciado en el año 1821, cuyos originales se conservaban en el archivo particular de Jaime Sosa Escalada, y que acusan en su autor apreciable ilustración.

Del diácono PEDRO PABLO AZUAGA, tampoco pudimos recoger más datos que una plática hecha en la Asunción, en el cuarto domingo de adviento, en 1834, y cuyos originales, asimismo, se guardaban en el archivo particular antes recordado. Era otro cultor de la oratoria.

 

Finalmente, debemos agregar a los citados, los nombres de JUAN ANTONIO y JUAN MANUEL ZALDUONDO, a quienes Manuel Pedro de la Peña llama "literatos ilustrados"; los de Mateo Téllez, Mariano Larios Galván, Bernardo Jovellanos, Andrés Gill y Benito Varela, inteligencias sobresalientes en aquel tiempo; Mateo Vicente Fretes, maestro de primeras letras que dirigió una escuelita en la Asunción durante el tiempo comprendido entre 1816 y 1824; y el presbítero Manuel Antonio Pérez, autor de la oración fúnebre en memoria de José Gaspar de Francia, leída en la iglesia de la Encarnación, el 20 de octubre de 1840.

 

En el transcurso del gobierno dictatorial del doctor José Gaspar de Francia no existió, realmente, vida literaria en el Paraguay. No obstante, la copla supo andar, armoniosa, volandera, entre los labios del pueblo. Ninguna consigna pudo acallarla, ninguna drástica imposición pudo matarla. Como un picaflor, zigzagueante, dúctil, melodiosa y picaresca, corría por viviendas y callejas, poniendo un poco de sal en los comentos, otro poco de malicia en los espíritus y una gota de luz en las pupilas.

Fulgencio R. Moreno, recuerda en su trabajo sobre Artigas y el Paraguay, publicado en la Revista Histórica del Uruguay, en 1912, estas octavas:

 

Viva el general Artigas

Con sus tropas bien formadas...

 

Eran las "coplas artiguistas". Se cantaron por primera vez en una serenata llevada al prócer oriental por músicos nativos, en los años iniciales de la dictadura.

Con motivo del fallecimiento del gran raro de la Casa de los Gobernadores, compusiéronse loas en su honor, y también versos admonitorios, apóstrofes terribles a su memoria.

Pertenecen a las primeras, En la muerte de Francia y Glosas, de Felipe Buzó, y a las segundas, los malísimos versos aparecidos en El Nacional, de Montevideo, el 26 de enero de 1842, atribuidos a Villarino e intitulados A la memoria del más ilustre ladrón impío, asesino, embustero, el más canalla Paulista de cuanto se ha visto, ni verán en la tierra y en el infierno. El nunca bien ponderado José Gaspar de Francia, que hizo en su infame gobierno el bien de arruinar los templos, los edificios de la ciudad, a los sacerdotes, a los particulares, y en razón de loco malo la pegó hasta con las pobres vacas.

Dichos versos comienzan así:

 

Grandísimo mulatón

Canalla; vil, indecente,

Cobarde el más escelente

Y refinado ladrón,

Sin Patria, sin religión...

 

Y aquellos otros de José S. Bazán, que dicen:

 

Crimen es a sus ojos la belleza,

La virtud y el honor, hipocresía;

El mérito, una ofensa a su amor propio,

El patriotismo, un hombre que conspira.

 

FELIPE BUZÓ era un extranjero llegado a la Asunción en el decurso de los primeros años de la emancipación política del Paraguay. Compuso varias glosas y canciones que quedaron inéditas. Entre éstas, según lo afirma Juan Manuel Sosa Escalada, el Himno de la Independencia, que fue el primer Himno Nacional Paraguayo. (143)

También han sido recogidos de la tradición oral y restaurados por Manuel Gondra los versos que se transcriben a continuación, y a los cuales ya nos hemos referido:

 

EN LA MUERTE DE FRANCIA

¿De quién ha sido maestro?

Nuestro.

¿De su patria con amor?

Señor.

¿Y fué más que Emperador?

Dictador.

 

Salomón sólo fué rey,

luego es pequeño su honor,

que ha tenido más virtud

nuestro señor dictador.

 

Cual sol que yendo al ocaso

de noche obscura se ve,

a la región del descanso

nuestro padre se nos fué.

 

Hombres, niños y mujeres

sus ojos ya son raudales

por plazo de nueve días

como hijo fieles y leales.

 

Del cañón se oye el furor

y el estruendo del fusil

y en la iglesia repetir

la muerte del dictador.

 

¿Quien de entre nos se nos fué?

Don José.

¿Quién ejemplo supo dar?

Gaspar.

¿Quién fué padre de arrogancia?

Francia.

 

Mire el mundo las virtudes

que amó con toda constancia

en la América del Sud,

Don José Gaspar de Francia.

 

Estos versos fueron escritos en 1840. (144)

En la Descripción de las Honras Fúnebres que se inician al Excmo. Sr. José Gaspar de Francia, Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay, primera de la América del Sur, editada en la Asunción, en 1898, se halla publicada en la siguiente

 

GLOSA

A la muerte del Exmo. Señor Dictador de la República del Paraguay, debida también a Felipe Buzó, según un manuscrito de letra de la época, cuyo ortografía se conserva.

 

Hoy la mano del Criador,

como absoluta en obrar,

decretó a nuestro pesar,

la muerte del Dictador.

 

¡Qué acaso! secreto arcano:

¡Oh aciago y funesto día!

oye el Pueblo la agonía

y que ha muerto el Soberano:

El Héroe Republicano;

nuestro Sabio Dictador,

el digno y merecedor

de la más alta Excelencia,

dispuso de su existencia

hoy la mano del Criador.

 

¡Oh qué desgracia estupenda

Hado fatal, cruel momento!

¿quién no tendrá sentimiento

a pérdida tan tremenda?

Y pues si fué sin contienda

el sin segundo y sin par,

sepamos por él rogar

a la Majestad Divina,

que ella así lo determina

como absoluta en obrar.

 

Grabe el buril su memoria,

su nombre quede esculpido,

que será el cuadro lucido

de nuestra dichosa historia:

Él nos ha dado la gloria

de hacernos hoy respetar;

llorésmole sin cesar,

ciñamos un negro velo,

ya que tan severo el Cielo,

decretó a nuestro pesar.

 

Ya va el ilustre Campeón

entre sus Tropas formadas,

con Banderas enlutadas,

Lanzas, Fusil y Cañón:

un Sepulcro es su mansión

donde yace con honor;

que el Gobierno sucesor

por su celo incomparable

haga al Pueblo soportable

la muerte del Dictador. (145)

 

Durante la guerra de la triple alianza, Buzó escribió, así mismo, una canción dedicada al general Díaz, la que fue muy popular en los campamentos. En la colección de El Semanario, se encuentra, además, el himno dedicado a Solano López, y otras composiciones.

Sábese de este versificador, que falleció en el año 1868, durante los días crueles de la "residenta".

Entre las poesías anónimas, conócese aquella aparecida en El Semanario, en 1857, e intitulada El pez con alas. Algunos atribuyen su paternidad a Ildefonso Antonio Bermejo y otros al nombrado Buzó. Héla aquí:

 

EL PEZ CON ALAS

Cansado de vivir entre las olas

un pez que nueva vida apetecía

exclamaba a solas:

¡qué dichoso sería,

si la grandeza de los dioses suma

por favor especial me concediera

ágiles alas de ligera pluma;

y rápido pudiera,

dejando las regiones de la espuma,

como el águila sube,

vagar por las regiones de la nube!

Júpiter lo escuchaba,

y al ver el sentimiento

con que volar el pez ambicionaba,

alas le dió con que cortara el viento.

Y apenas, infeliz, hubo salido

de su propio elemento,

encontró su vigor desfallecido.

Bate las alas y al instante llega

donde el águila sube,

quiere ver y lo ciega

el vapor de la nube,

se estremece, vacila,

y muerto cae sobre la mar tranquila.

Aunque demás se sabe

lo justo y natural que fué la muerte

del pez que quiso asemejarse al ave,

ninguno está contento con su suerte.

 

Entre los extranjeros que vivieron en el Paraguay y compusieron algunos trabajos de importancia histórica referentes al período que estudiamos, citaremos a los hermanos Juan P. y Guillermo P. Robertson, viajeros ingleses que escribieron Cartas sobre el Paraguay. Existe una traducción de éstos, por Isnardo, aparecida en la Revista del Instituto Paraguayo, en 1902; a J. R. Rengger y L. M. Longchamp, suizos, que escribieron Ensayo histórico sobre la Revolución del Paraguay. Fue traducido por J. C. Pagés, París, 1828. Conócese otra traducción, la de Florencio Varela, Biblioteca del Comercio del Plata, Montevideo, 1846. En la Asunción se publicó otra edición, en 1186; y a Enrique Wisner de Morgenstein, inglés como los primeros, quien dejó una colección de documentos inéditos que fueron después ordenados y publicados por J. Bóglich, en Concordia, Entre Ríos, en 1923, bajo el título de El Dictador del Paraguay, doctor José Gaspar Rodríguez de Francia.

 

XIV

EL PERÍODO GUBERNATIVO DE CARLOS ANTONIO LÓPEZ

 

La muerte de José Gaspar de Francia cerró un período profundamente dramático de la vida nacional. Apenas ocurrida la desaparición del dictador misántropo, constituyóse una junta provisoria de gobierno. Fue en la tarde del 20 de septiembre de 1840. Integráronla el alcalde primero y juez ordinario, Manuel Antonio Ortiz, en carácter de presidente, el capitán de artillería Agustín Cañete, el teniente Pablo Pereira, el teniente Miguel Maldonado y el subteniente Gabino Arroyo, como vocales.

Esta primera junta duró en sus funciones hasta el 22 de enero de 1841. Un golpe de cuartel, encabezado por el sargento Romualdo Duré, dio en tierra con ella. En sustitución quedó compuesta una segunda junta provisoria de gobierno, integrada por el alcalde primero y juez ordinario interino Juan José Medina; el secretario, José Gabriel Benítez, y el fiel de fechos, José Domingo Campos. Esta junta sólo tenía por misión la convocatoria del Congreso Nacional y el resguardo del orden público. Fue entonces que hizo su aparición en el escenario político una personalidad destinada a tener relieves extraordinarios en la historia del Paraguay: Carlos Antonio López. Inspirado por prudente temor – pues había sido ya catedrático de teología dogmático-moral en el colegio carolino desde 1812 hasta 1814 –, durante los días de la dictadura de Francia refugióse en las umbrosas soledades de Itacurubí del Rosario. Regresó a la capital cuatro meses después de la muerte del gran taciturno e intervino activamente en la deposición de la segunda junta.

El 9 de febrero de 1841, al constituirse el nuevo gobierno, llamado Comandancia General de Armas, aparece Carlos Antonio López como secretario de Mariano Roque Alonso. Convocado el Congreso general para el 12 de marzo siguiente, reunióse en esa fecha. Lo integraban quinientos diputados aproximadamente, "que parecen haberse reunido más bien para votar los proyectos presentados que para discutirlos, máxime si se tiene en cuenta la poca preparación intelectual y política de la gran mayoría de los mismos". No obstante, una voz salvó el decoro de la asamblea, la viril y resonante de Juan Bautista Rivarola, intérprete de las aspiraciones populares y anhelosa de un "régimen más tolerable después de la larga tiranía".

Las sesiones del Congreso de 1841 – el primero de los reunidos en el Paraguay después de la asamblea general del 1º de junio de 1816 que otorgó la dictadura perpetua al doctor Francia – duraron hasta el 16 de marzo. Sus principales resoluciones constituyeron la creación del Segundo Consulado, la del Cuerpo Municipal y la habilitación del puerto de Villa del Pilar, con la condición de que ningún buque mercante arribara hasta la Asunción. Para integrar el nuevo gobierno fueron designados Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso.

El Segundo Consulado rigió los destinos del país hasta el 13 de marzo de 1844. Entre sus numerosas obras deben contarse el restablecimiento del Colegio Seminario, la multiplicación de escuelas, la apertura de los puertos y la admisión de los extranjeros, hechos notables que atrajeron al Paraguay elementos valiosos de cultura y de trabajo. También, por decreto del 30 de noviembre de 1841, el gobierno consular creó la Academia Literaria. Esta inició sus cursos con una cátedra de filosofía y otra de latín. Dicha institución funcionaba en un local situado en el lugar en que luego fue edificado el Teatro de López. A las primeras cátedras citadas se añadió, más tarde, las de teología, bellas artes y castellano, ya incluidas en el plan, según se ve en el decreto de su creación. Fue nombrado profesor de estas últimas el presbítero José Joaquín Palacios.

En lo referente al culto católico, débese al Segundo Consulado un estímulo notable que permitió su levantamiento del marasmo en que le había hundido la prolongada dictadura del doctor Francia. Al obispo García Panés sucedió en la silla episcopal de la Asunción el presbítero Basilio Antonio López, hermano del cónsul del mismo apellido. Era el primer paraguayo que llegaba en esta diócesis a tan elevada dignidad.

Durante el segundo gobierno consular reunióse, en la iglesia de la Encarnación, el 25 de noviembre de 1842, un Congreso de cuatrocientos diputados. El mismo día, este Congreso ratificó solemnemente la independencia nacional. Existe un acta en que se dice – escribe Manuel Domínguez – que el Paraguay es inconquistable, "audacia de expresión en que debe verse la resolución irrevocable de ser nación a toda costa".

Otras medidas de buen gobierno, tanto en el orden externo como en el interno, adeuda el país al segundo consulado. Además de la libertad de los presos políticos – cuyo número oscilaba entre seiscientos y setecientos ciudadanos que se pudrían en las cárceles, muchos de ellos desde hacía un cuarto de siglo –, López y Alonso organizaron la justicia y derogaron de las leyes punitivas de fondo, la pena de tormento y la confiscación de bienes. Más aún, el 24 de noviembre de 1842, el Segundo Consulado decretó la libertad de vientres en el Paraguay. Así adelantábase nuestro país a las naciones más civilizadas del orbe. En Europa, Suecia, Dinamarca y Francia lo hicieron en 1848; en América, los Estados Unidos lo proclamaron en 1865, y el Brasil en 1888. (146)

Con la eficaz dirección del Segundo Consulado, el Paraguay entraba, pues, en una nueva y fecunda época de su historia: la era del trabajo, del orden, del progreso.

Al cerrarse el tercer año de su gestión, abríase para el Paraguay un horizonte promisorio y magnífico. El Congreso del 13 de marzo de 1844 que puso término a su misión histórica, así lo reconoció ampliamente, e injusticia sería no dejar constancias de sus patrióticos desvelos, de su recia firmeza en el obrar y de sus nobles y generosos propósitos.

El Segundo Consulado fue un gobierno de transición. De la dictadura hermética y torva, llevó a la nación a la primera era constitucional, cuyo personaje central debía de ser, durarte diez y ocho años, el patriarca Carlos Antonio López. La personalidad de este prócer debe conocerse, previamente, para poder ensayarse, con algún acierto, la interpretación del alma de su tiempo. También merece un estudio especial el comandante MARIANO ROQUE ALONSO, quien dueño de todo mando, lo entregó sin hesitaciones, respetuoso de la voluntad popular.

 

CARLOS ANTONIO LÓPEZ pertenecía a una familia distinguida de la Asunción. "Nobles y limpios, sin mala raza ni tacha" fueron sus progenitores. (147) Entre sus hermanos se cuenta el presbítero Martín López, maestro en artes y hombre de reconocido prestigio por su talento y virtudes; fray Basilio Antonio López, obispo del Paraguay; Francisco de Pabla López, a quien sus coetáneos llamaban "el filósofo", tercero de sus hermanos. Era "un pensador retraído que hizo la vida de un místico entregado al estudio y a la meditación"; finalmente, José Domingo López, sacerdote ilustrado, y Victoriano López, completaban aquella familia destinada a figurar con luz propia y singularísima en los fastos históricos del Paraguay. (148)

Carlos Antonio López nació en la capital paraguaya, en el distrito de San Roque, el 4 de noviembre de 1792. Confirma este dato la anotación contenida en el "Libro Segundo de bautismo de la iglesia Vice-Parroquial del Señor San Roque de esta ciudad de la Asunción del Paraguay que principia el 7 de Julio de 1793", y que expresa, textualmente, lo siguiente:

"Agosto

. . . . . . . . .

en diecinueve del mismo suplí las sagradas seremonias a Carlos Antonio de nueve meses Baptisado Por el Ro. Pre. J.n Jph Martinez Recoleto, hijo de Dn. Miguel Sirilo López, y de Dña. Melchora Insfrán fué padrino Dn. Jn. de la Cruz Arce y para qe conste lo firmo.– Dionicio Ibarrola." (149)

La casona donde nació el prócer ha poco ha sido derruida. Esta histórica mansión, según documentos inéditos existentes en el Archivo Nacional, en 1812, hacía más de ochenta años que albergaba a los miembros de la ilustre familia. Quedaba situada sobre la actual avenida General Genes, antes Manorá, frente al antiguo convento de los Recoletos.

Carlos Antonio López cursó estudios teológicos y canónicos. Dedicóse, más tarde, a la enseñanza secundaria y al ejercicio de la abogacía, aun cuando no poseía el título de doctor. Solicitó permiso para ausentarse al exterior con el propósito de proseguir sus estudios, pero el dictador Francia no se lo concedió. En la escuelita particular del sacerdote argentino José Joaquín Palacios, estudió lecciones de bellas artes y filosofía. Fue, posteriormente, catedrático del colegio carolino . Durante la hegemonía francista, después de 1817, se refugió en su estancia de Itacurubí del Rosario. Regresó a Asunción en enero de 1841. Desde entonces datan sus actividades de gobernante.

También se sabe que, cuando la invasión de Belgrano, en 1811, fue movilizado, juntamente con sus condiscípulos del Colegio de San Carlos. Pero no actuó ni en Paraguarí ni en Tacuarí.

Hemos hablado ya de su iniciación como secretario de la Comandancia General de Armas y luego de su actuación en el Segundo Consulado.

El 13 de marzo de 1844 un congreso de trescientos diputados, reunido en la Asunción dio por terminado gobierno consular, y al aprobar la Constitución denominada "Ley que establece la administración política de la República del Paraguay, y demás que en ella se contiene", creó la Presidencia de la República. Para desempeñar el cargo fue electo Carlos Antonio López, el 14 del mismo mes, y por el término de diez años. (150)

Durante ese tiempo dio pruebas de singular capacidad gubernativa. Los méritos conquistados en la gestión de los negocios públicos le valieron su reelección por otros diez años, según resolución del Congreso del 14 de marzo de 1854. (151) El presidente López, por auto personal, redujo este nuevo periodo a sólo tres años. No obstante, el Congreso de cien diputados, reunido en la Asunción en el año 1857, designóle nuevamente, y ya por tercera vez, por otro período de una década. Durante este tiempo, Carlos Antonio López falleció en la capital paraguaya. Fue el 10 septiembre de 1862. Sus restos mortales fueron sepultados en el templo de la Santísima Trinidad mandado construir de su propio peculio. En 1939 las cenizas del gran ciudadano fueron trasladadas al Panteón Nacional. Allí yacen ahora, custodiadas por el pueblo paraguayo.

Carlos Antonio López fue un político de visión real y honda, de voluntad tesonera y recia y de sentido práctico, que gobernó a la nación paternalmente. Fue también un hombre de letras.

Catedrático de teología y derecho, sus enseñanzas han dado eficaces resultados. Periodista de pluma avezada, fundó y redactó El Paraguayo Independiente. Este periódico – Dice Cecilio Báez – se ocupaba exclusivamente de demostrar la independencia del Paraguay y de defender sus derechos territoriales contra las pretensiones del dictador argentino Juan Manuel de Rosas. (152)

La colección de El Paraguayo Independiente, que consta de 118 números, ha sido editada, con índice de gran utilidad, en 1854, en dos volúmenes; en 1934, en otra reedición oficial, en un tomo; y dieciocho números en facsímil, en 1927, por los talleres de El Orden.

Carlos Antonio López colaboró también en El Semanario, periódico dirigido y redactado por Juan Andrés Gelly y después por Ildefonso Antonio Bermejo. Desde 1855 hasta 1857, El Semanario dejó de aparecer, dejando su lugar a Eco del Paraguay.

En cuanto a los mensajes de su gobierno, que en total son cinco, han sido editados en la Imprenta de Corrientes, en 1842, el de ese año. Lo signan Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso; y por la Imprenta del Estado, en la Asunción, los cuatro restantes, en 1844, 1849, 1854 y 1857, respectivamente. (153) Vése, así, que entre los numerosos méritos de Carlos Antonio López, cuéntase el de ser el fundador del periodismo paraguayo y el organizador de la primera Imprenta del Estado, como veremos más adelante. (154)

Vamos a transcribir a continuación una de sus famosas proclamas:

 

"¡Viva la República del Paraguay!

"¡Independencia o muerte!

"Asunción, junio 13 de 1849, año 40 de la Libertad, 39 del reconocimiento esplícito de la Independencia por el Gobierno de Buenos Ayres, y 37 de la Independencia nacional.

"Proclama del Presidente de la República. A las fuerzas nacionales en operaciones sobre el Uruguay y la Tranquera de Loreto.

"El Gobernador de Buenos Ayres Don Juan Manuel de Rosas mal contento con impedir que nuestro comercio naciente tome el vuelo, y desenvolvimiento que debería tener, por la navegación que Dios nos ha querido conceder, nos aflige también por tierra, cortando toda comunicación con el Ymperio del Brasil.

"Ha publicado sobre su mero dicho, que le pertenece el dominio esclusivo de las aguas del Paraná, y de las tierras de las antiguas Misiones del Paraguay. El papel oficial de Buenos Ayres no ha escusado insultos y calumnias para desacreditar a la República del Paraguay: no ha presentado el menor motivo justo para tales insultos, y menos para hostilidades: mientras el Gobierno de la República no sólo ha demostrado hasta la evidencia, su derecho tradicional derivado del régimen español para navegar el Paraná y el Plata con su pabellón nacional: no solo ha publicado fielmente los títulos incontestables sobre el territorio, que entre el Paraná y el Uruguay le ha pertenecido antes, y después de su emancipación política del dominio español, sino que no ha cesado de acreditar a Buenos Ayres finos y leales sentimientos de pura amistad: ha agotado los medios á su alcance para un acomodamiento honroso para la seguridad, el comercio, y bien estar de ambos paises.

"A pesar de todo, el Gobernador de Buenos Ayres no ha querido entenderse con el Gobierno de la República; le ha negado hasta la capacidad política de tratar, y se afirma en su desacordado designio de dominar la nación paraguaya.

"Soldados: la defensa, y seguridad de la República exigen que se ocupen algunos puntos importantes del territorio nacional entre el Paraná y el Uruguay. En el manifiesto, y decreto que ordena esta ocupación, se han espuesto á la Nación los grandes motivos que la justifican. No váis á invadir un territorio ageno: no váis á llevar la guerra á ningún Estado vecino: Váis á sostener el buen derecho de vuestra Patria: observad la más rigurosa disciplina, y el mejor orden, respetad las personas, y propiedades de los habitantes pacíficos, que podáis encontrar; pero si alguno intentase detener vuestros pasos, recordad, y probad que sois descendientes de los vencedores de Paraguarí, y Tacuarí. – Carlos Antonio López." (155)

El documento transcripto permite la formación de un juicio referente al estilo del escritor. Sin muchas galas, quizás un poco tosco, es, sin embargo, expresión de una mente vigorosa y lúcida. Pertenece a la clase de los más dedicados al fondo que a la forma, al concepto, a la idea, al pensamiento que a su elocución. Poco parece interesarle el elegante engarce de las palabras. De éstas sólo se sirve para dar a conocer, con sencillez y justeza, sus aspiraciones de gobernante o sus sentimientos patrióticos. No obstante, Carlos Antonio López fue un escritor de prosa peculiar, un hombre de cultura general y un civilizador. Su gestión de gobernante no se limitó solamente a las relaciones exteriores, a las cuestiones económicas y financieras, al afianzamiento de la paz interna, al progreso material de la nación – en cuyos órdenes fue de una fecundidad admirable –, sino también, y muy especialmente, se orientó hacia los dominios del espíritu. En este sentido, debe dejarse aquí anotado que fue fundador de cuatrocientos treinta y cinco escuelas, a las que concurrían veinticuatro mil alumnos; que fue el autor de las Ordenanzas a los comisionados de campaña, referentes a la enseñanza gratuita; y que se le adeuda la creación de la Academia Literaria, que data del 30 de noviembre de 1841. El primer director de este instituto fue Marco Antonio Maiz. Contaba al comienzo con ciento veinticinco alumnos externos y veintitrés internos; se le debe la reapertura del Colegio de San Carlos; la obligatoriedad de la enseñanza primaria; la contratación de profesores extranjeros, tales como el literato español Ildefonso Antonio Bermejo, el músico Francisco Sauvageod de Dupuis y el arquitecto Alejandro Ravizza, quien trazó los planos del Panteón Nacional y Oratorio de la Virgen de la Asunción. Corresponde al haber de su gobierno la enseñanza de artes y oficios en las escuelas; el alojamiento, la alimentación y el reparto de útiles a los niños pobres, por cuenta del Estado; el envío de jóvenes estudiantes paraguayos a Europa, con propósito de cultura; la contratación de ingenieros ingleses; la fundación de una escuela de derecho civil y político, en 1850 (156); el apoyo moral y material a instituciones docentes particulares, entre las que pueden citarse, en la Asunción, el Colegio Jesuita de Segunda Enseñanza, dirigido por el padre Bernardo Parés, y cuyos profesores fueron los padres Anastasio José Calvo, Fidel Vicente López y Manuel Martos; la escuela del padre José Joaquín Palacios, catedrático argentino que daba lecciones de filosofía y bellas letras, y entre cuyos discípulos figuraban Francisco Solano López y Fidel Maiz; el Colegio de María, para niñas; la escuela de Juan Andrés Gelly, "del librero Cirio" y la de Manuel Pedro de la Peña; las de Juan Pablo Florencio y Ambrosio Florentín; la de Bernardo Ortellado; las de Ferriol e Isidoro Codina; la de un tal Demetrio y la de Cluny, a cuyas aulas – dice Manuel Domínguez – enviaba sus hijos la aristocracia. (157) También la escuela de un señor Cañete fue su beneficiaria en ese tiempo. (158) En el año 1858 aún enseñaba el viejo maestro Juan Pedro Escalada. Su escuela, de la que ya nos hemos ocupado, y donde habían pupilos, se hallaba situada entonces donde hoy se alza el edificio del Asilo Nacional, y sus alumnos se distinguían en el conocimiento de las ciencias exactas. El literato español Ildefonso Antonio Bermejo daba también lecciones particulares, aparte de su empleo de director de la Escuela Normal. Esta institución fue creada en 1856 y duró solamente un año. Funcionaba en un local situado donde ahora se halla la Jefatura de Policía. En 1857, en su reemplazo, se fundó un instituto de segunda enseñanza, el Aula de Filosofía, bajo la dirección del mismo Bermejo. Su plan de estudios abarcaba seis cursos y comprendía gramática – particular y general –, historia, geografía, cosmografía, literatura, composición literaria, filosofía, francés, catecismo político y derecho civil. (159) El último año ya lo cumplió en la gehena sangrienta de la guerra de defensa nacional contra la triple alianza. Fueron alumnos de esta institución, entre otros, el poeta Natalicio de María Talavera, el coronel Juan Crisóstomo Centurión, diplomático e historiador de aquella famosa lucha en la que fuera actor, y el después convencional José Mateo Collar.

Simultáneamente con este colegio funcionaba otro nacional también, dirigido por el francés Francisco Sauvageod de Dupuis. Su programa se concretaba a las ciencias matemáticas. (160) Poco antes se creó en Zeballos-cué, bajo la dirección de Miguel Rojas, una escuela de aritmética, de carácter preparatorio. (161)

El colegio carolino, con su doble carácter, civil y eclesiástico, contó con rectores como el ilustrado presbítero Fidel Maiz y tuvo profesores notables como el padre Bonifacio Moreno.

En el Seminario se enseñaba latín, gramática, literatura, teología, derecho canónico y filosofía. En 1862 contaba con más de quinientos alumnos.

En consecuencia de esta política civilizadora, era raro ver, en 1862, un paraguayo analfabeto. No hubo en el ejército de la república, al iniciarse la guerra de 1864-1870, un solo soldado que no supiera leer. La Europa misma no tiene ejemplo de esta especie, decía Juan Bautista Alberdi, anotando esta verdad.

Débese también a Carlos Antonio López la construcción del primer arsenal, la primera línea férrea y las primeras líneas telegráficas en tierra paraguaya, así como la apertura de los ríos interiores a la libre navegación.

Defectos habrá de hallarse en su régimen político y económico; fallas habrá de anotarse en el sistema de enseñanza, en el que aparece el discutido catecismo del arzobispo de La Plata, monseñor Joseph Antonio de San Alberto – llamado José Antonio Campos y Julián, antes de profesar en la Orden de los Carmelitas Descalzos –; pero, por sobre todos ellos, exaltanse las virtudes patricias del prócer, cuya figura, a medida que nos alejamos en el tiempo, como la pétrea elevación de una montaña, se aterza y bruñe, apareciendo ante la historia, admirable en su noble majestad.

Durante este período, que se inicia verdaderamente el 20 de septiembre de 1840 y se prolonga hasta el 10 de septiembre de 1862, fecha del fallecimiento de Carlos Antonio López, pocos son los valores aparecidos en el escenario intelectual del Paraguay. Y así debía ocurrir, naturalmente. La dictadura del doctor Francia no permitió la formación de los hombres que podrían distinguirse en dicha época.

No obstante, además del ya nombrado Carlos Antonio López, puede citarse a Basilio Antonio López, Juan Andrés Gelly y Juan José Brizuela, y a los asiduos colaboradores de La Época y después de la revista La Aurora, "enciclopedia popular y mensual", como rezaba su carátula, en los que se publicaron los primeros ensayos de los alumnos del Aula de Filosofía.

Figuraban entre éstos José Mateo Collar, Gumersindo Benítez, Mauricio Benítez, Juan Bautista González, Enrique López, José del Rosario Medina y Américo Varela. Colaboraban, asimismo, en La Aurora, el italiano José Domingo Parodi, en prosa, y la mujer Marcelina Almeyda, en verso. Es autora, esta última, de La Pecadora.

La Academia Literaria, en su sección de instrucción primaria, tenía como maestro a Mariano Antonio López, cuyo nombre, como educacionista, debe ser también incluido en esta página.

 

BASILIO ANTONIO LOPEZ nació en la Recoleta, en el lugar llamado "Manorá", y en la solariega vivienda de la familia de los López, a fines del siglo XVIII. Era hermano mayor de Carlos Antonio López. Profesó como religioso franciscano. Fue exclaustrado de hecho por la dictadura de José Gaspar de Francia, con motivo de la supresión de las comunidades religiosas, en 1824. Después de la muerte de "El Supremo", en 1844, reanudada las relaciones del gobierno paraguayo con la Santa Sede, Carlos Antonio López obtuvo del Papa Gregorio XVI las bulas de institución para los primeros obispos paraguayos. Estos fueron Basilio Antonio López y Marco Antonio Maiz. El primero fue designado como diocesano y el segundo como auxiliar. La consagración de ambos prelados – ya lo anotamos – tuvo lugar en Cuyabá, el 31 de agosto de 1847.

Antes de esta fecha, durante el período del régimen francista, fray Basilio Antonio López desempeñó el curato parroquial de Pirayú. Hallándose en ejercicio del mismo se le otorgó la mitra de la Asunción.

En su secta dictó cátedra de teología moral y otra de víspera de cánones. El padre Fidel Maiz, quien recibió de sus manos su ordenación sacerdotal en el año 1853 y quien permaneció al lado del obispo López durante seis años, afirma que "era un espíritu profundamente versado en la materia de su especialidad y muy distinguido en la oratoria sagrada", cuya elocuencia en el púlpito alcanzó a admirar.

Monseñor Basilio Antonio López falleció en la capital paraguaya el 16 de enero de 1859.

 

JUAN ANDRÉS GELLY nació en la Asunción, en el año 1790. Aprendió las primeras letras en su ciudad natal. Luego se trasladó a Buenos Aires, en donde ingresó en el Real Colegio de San Carlos, en cuya aula de filosofía estudió disciplinas humanistas. "En dicho colegio conoció y se vinculó – dice R. Antonio Ramos – con los hombres que descollaron en la política del Río de la Plata. No fue extraño a la transformación operada en el nuevo mundo, que culminó con la invasión de Napoleón a la península ibérica. Fue de los que se decidieron por la terminación del poder español. Intervino en los sucesos memorables de 1810. En la mañana del 25 de mayo estuvo en la plaza de la Victoria. Formó parte de la agitación popular del 24 y de la multitud que al día siguiente exigió la renuncia del virrey Cisneros. Fue de los que pidieron la constitución de una junta patriótica presidida por Cornelio de Saavedra. Su nombre figura entre los firmantes de la petición presentada al cabildo por los vecinos, comandantes y oficiales de los cuerpos de voluntarios de Buenos Aires. Fue así cómo el Paraguay estuvo representado en el día de la independencia argentina, en la persona de uno de sus hijos más ilustres." (162)

Poco después de la revolución de la independencia nacional, regresó a la Asunción. Fue amigo de los principales adalides de aquel acontecimiento, y, muy especialmente, de Fulgencio Yegros, Pedro Juan Cavallero y Fernando de la Mora. En 1813 intentó oponerse a las actitudes ya autoritarias de José Gaspar de Francia, pero fracasó. En diciembre de aquel año regresó al extranjero. Radicado en Buenos Aires, contrajo matrimonio con Micaela Obes, en cuyo hogar nació Juan Gelly y Obes, general del ejército argentino, de conocida actuación en la guerra de la triple alianza contra el Paraguay.

En la Argentina, Gelly actuó en la política. Se inició como auxiliar de archivo durante el gobierno del director supremo de las Provincias Unidas, Gervasio Antonio de Posadas.

Durante ese tiempo prosiguió sus estudios y se dedicó al periodismo. Se afilió entre los unitarios. Trabó amistad con los hombres más representativos del Río de la Plata y con ellos sobresalió en la vida pública. Mereció la confianza de Bernardino Rivadavia, y fue compañero de Florencio y Juan Cruz Varela, Julián Segundo de Agüero, Salvador María del Carril, Valentín Alsina, Juan María Gutiérrez, Miguel Diaz Vélez y otros. En jornadas memorables revistó al lado de los generales Lavalle, Paz y Lavalleja. Así tuvo lucida actuación en la política platina y en la guerra contra el Brasil. En 1829 fue secretario del gobernador Lavalle, "y se asegura que en dicha ocasión redactó él, el borrador del parte elevado por Lavalle dando cuenta del fusilamiento de Dorrego". "En 1829, integró una comisión con el coronel Eduardo Trolé, de carácter estrictamente confidencial, enviada por el citado Lavalle, para pedir al general José de San Martín que se hiciera cargo del gobierno de Buenos Aires. Pero "éste se negó a acceder al llamado de Lavalle, ratificó su profesión de fe monárquica y su decisión de no intervenir en la división de sus conciudadanos. Fue el último jefe de la política del gobernador Lavalle, cargo que ejerció poco tiempo."

Cuando Rosas impuso su hegemonía política y persiguió a los unitarios, Juan Andrés Gelly emigró. Se radicó en el Uruguay. Allí desarrollóse otra etapa de su agitada y brillante vida pública. "En Montevideo se encontró con Rivera, amigo de infancia, cuya confianza conquistó y durante cuyo gobierno tuvo marcada influencia llegando a ser su consejero . Su parentesco con hombres de valía como Lucas Obes, Nicolás de Herrera, Julián Alvarez y José Ellauri, facilitaron su carrera y con ellos desempeñó un papel preponderante en la política." (163) El último de los nombrados, entonces ministro de relaciones exteriores, fue enviado en 18 39, como representante del Uruguay ante varios gobiernos, llevó a Gally como secretario de la misión. Estuvo en París, donde se vinculó amistosamente con personalidades descollantes como Adolfo Thiers.

De regreso del viejo mundo, fue designado oficial mayor del ministerio de gobierno y relaciones exteriores, "desde cuyo cargo influyó decididamente en la política del Río de la Plata. En la cancillería oriental era considerado como autoridad en los asuntos americanos y europeos, y en más de una vez hizo las veces de ministro de estado".

Gelly, a pesar de su intensa actividad política, no se mantuvo ajeno al movimiento literario de aquella agitada y azarosa época. El 25 de mayo de 1841, en un certamen poético realizado en Teatro Coliseo de Montevideo, en homenaje al día de la libertad, el ilustre paraguayo integró el jurado en el que figuraban a su lado representantes distinguidos de las letras americanas. Cuando el acto se realizaba, aun sonaba el estampido de los cañones de la armada de Rosas, la que, desde la mañana se trababa en lucha con la unitaria, comandada por José Garibaldi, en la rada de Montevideo. Fue aquel el primer certamen poético celebrado en el Río de la Plata. Los laureados fueron Juan María Gutiérrez, Luis L. Domínguez, José Mármol y Francisco Acuña de Figueroa.

En Montevideo – dice R. Antonio Ramos, en su conferencia leída ante la Academia Carioca de Letras –, Gelly dio término a sus estudios de derecho, recibiéndose de doctor en jurisprudencia. Su título se encuentra registrado en el archivo de la Alta Corte de Justicia de la capital uruguaya, y figura con el número cinco en la lista de abogados.

Posteriormente visitó Río de Janeiro, donde se vinculó con personalidades intelectuales y políticas.

"En el Uruguay desarrolló una fecunda labor intelectual como jurista, hombre de estado y periodista. A su pluma se debe La relación de las actividades del general Paz durante el sitio de Montevideo y Los apuntes biográficos del doctor Julián Alvarez, opúsculo éste que apareció ya en su ausencia, en noviembre de 1844. (164) En 1842 escribió también Mis reflexiones sobre el Paraguay, trabajo destinado especialmente a su hijo, quien deseaba conocer la patria de su progenitor.

Gelly defendió con tesón la independencia de nuestro país. Las noticias referentes al Paraguay y publicadas en El Nacional, periódico desde cuyas columnas Rivera Indarte también defendía la causa paraguaya, fueron todas debidas a Juan Andrés Gelly. En su correspondencia, que fue copiosa, no ocultó el interés por el destino de su patria. Al gobierno consular de Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso prestó valiosos servicios, dando amplia difusión a sus obras e informándole de los sucesos continentales.

En 1844, desaparecida la dictadura de José Gaspar de Francia en su tierra natal, y fatigado Gelly después de tantas luchas, donde había sufrido "acerbos y costosos desengaños", regresó, en pos de sosiego, al Paraguay.

"Después de un viaje de seis meses, accidentado y lleno de penurias, llegó el 7 de enero de 1845, al campamento paraguayo de San José, en la margen izquierda del Paraná. El jefe del destacamento no le permitió seguir adelante. Se dirigió entonces al gobierno pidiendo autorización para pasar hasta la capital de la república. El presidente Carlos Antonio López le permitió la entrada y le fijó como punto de residencia Villarrica, bajo las condiciones siguientes: prestar juramento de reconocimiento de la independencia nacional, y de obediencia y lealtad al gobierno; no mantener correspondencia con el Río de la Plata; y de no intervenir en política. Gelly aceptó la resolución del gobierno". (165) Regresaba así a la patria después de treinta y dos años de ausencia.

Poco tiempo permaneció en Villarrica. Se trasladó a la Asunción, llamado por Carlos Antonio López. Fue su consejero y uno de los redactores de El Paraguayo Independiente.

En 1846 fue enviado Juan Andrés Gelly como representante del gobierno nacional ante la corte de Río de Janeiro. Se puso en contacto, inmediatamente de llegado, con el Barón de Cayrú, ministro de negocios extranjeros del Imperio, "a quien elevó un memorial sobre el estado y situación del Paraguay". También le presentó dos proyectos de tratado: el uno, de alianza ofensiva contra Rosas, y el otro, de fijación de límites. Ambos no prosperaron.

Múltiples fueron las actividades de Gelly en el Brasil. Se debieron a sus gestiones la contratación de los primeros técnicos para la fundición de Ybycuí, y de médicos para el servicio del ejército, así como la adquisición de una máquina de acuñar moneda, construida en el arsenal de la marina. Se vinculó con el Jornal do Comercio, por intermedio de Manuel Moreira de Castro; difundió El Paraguayo Independiente, cuyos artículos hizo reproducir no sólo en el Brasil sino en el Uruguay y Europa. A pedido de M. Ouseley, escribió Apuntes sobre el Paraguay, para desvanecer los cuentos del señor Graham. Pero la más importante de su labor – afirma R. Antonio Ramos –, fue la publicación de El Paraguay lo que es, y lo que será, cuya primera edición apareció en 1848, por la imprenta de Jornal do Comercio, simultáneamente en francés y en portugués. Dos ejemplares de esa obra envió a los soberanos del Brasil. El que perteneció a la emperatriz se halla en la Biblioteca Nacional de Río e Janeiro, formando parte de la colección Teresa Cristina. Otro volumen remitió su autor a lord Palmerston, canciller del Imperio Británico.

En 1849 en la Asunción, fue publicada la edición española de dicho libro, para la cual envió Gelly un prefacio desde Río de Janeiro. En 1851, Melchor Pacheco y Obes publicó, en París, otra edición en francés, y la Editorial de Indias, también en París dio a la estampa, en 1926, la última en español.

En 1853 Gelly acompañó al general Solano López en su viaje a Europa, en calidad de secretario de la misión. En Inglaterra tuvo actuación fecunda en los trámites de la construcción del "Tacuarí", buque de la armada paraguaya. Visitó en aquella oportunidad – además de Londres – París, Roma y Madrid y su gestión fue notoria y decisiva en la concertación de tratados tendientes a estimular el progreso nacional.

Juan Andrés Gelly falleció en la Asunción, el 25 de agosto de 1856. Su fortuna constituyó su biblioteca, parte de la cual legó al estado paraguayo, "como una prueba más de su amor a la cultura".

 

JUAN JOSÉ BRIZUELA era oriundo de la capital paraguaya. Nació, según se cree, en el año 1820. Desde su niñez radicóse en Montevideo, donde ejerció, después, la misión de cónsul general, encargado de negocios y ministro residente del Paraguay a cerca del gobierno oriental. Su nombre ha quedado vinculado a la histórica condonación de la deuda y devolución de los trofeos tomados al Paraguay durante la campaña de 1864-70, por parte del gobierno y pueblo uruguayos.

Brizuela escribió en prosa y en verso. En el año 1857 publicó en Buenos Aires Ojeada histórica sobre el Paraguay, seguida del vapuleo de un traidor, dividida en varias azotaínas administradas al extraviado autor de las producciones contra el Paraguay conocido vulgarmente por el nombre de Luciano el sonso. (166)

En 1870 dirigió y redactó El Paraguay, diario que aparecía en la Asunción. El año siguiente ocupó una banca en el Senado de la nación.

En 1874 tuvo lucida actuación en los actos de la transmisión del mando presidencial al ciudadano Juan Bautista Gill.

Juan José Brizuela falleció en Montevideo, en el año 1889 . Son de su estro estos versos satíricos extraídos de "El Vapuleo de un traidor":

 

Si me auxilias con tu risa,

lector, y sagacidad,

daréte una trinidad,

si no desnuda, en camisa.

A ponerles la divisa

de traidores voy derecho,

y si no les queda estrecho

el sayo que les regalo

ha de sufrir palo y palo

aunque parezca repecho.

. . . . . . . . . . . . . . . . . 

 

GUMERSINDO BENITEZ, oriundo de Villarrica, donde nació en 1835, colabora en La Aurora, en cuyas páginas aparecieron sus Estudios Sociales. – Artículos para el nacional o el extranjero o sus mementos, y sus Estudios Artísticos. – Algunas reflexiones sobre la imprenta. Son de 1860. Fue Benítez secretario privado de Carlos Antonio López y director de El Semanario, después de Bermejo. Poseía una valiosa biblioteca. Siendo ministro de relaciones exteriores realizó una labor ingente y útil. Existe una interesante colección de la correspondencia diplomática cambiada entre el gobierno del Paraguay y el de los Estados Unidos de América que es obra suya, la cual fue editada en Buenos Aires. Gumersindo Benítez falleció durante la guerra contra la triple alianza. Fue fusilado por orden de los tribunales militares. Además de los trabajos citados, ha dejado una famosa narración de la batalla de Tatayibá. (167)

 

En las columnas de La Aurora aparecieron también interesantes colaboraciones de MAURICIO BENITEZ, quien llegó al grado de coronel del ejército nacional, y estuvo en Cerro Corá acompañando al mariscal López. Entre las colaboraciones de Mauricio Benítez, aparecidas en La Aurora, figura La primera musa en América, Galileo, Estudios MoralesAmor e influencia de la madre, y una colección de Estudios Científicos.

 

MARIANO DEL ROSARIO AGUIAR era natural de Itapé. Fue ordenado sacerdote en 1862, en el Seminario de la Asunción. También colaboraba en La Aurora. Entre sus trabajos son conocidos Estudios religiosos. – La Fe, y Estudios religiosos. – La Esperanza.

JOSÉ DEL ROSARIO MEDINA publicó también en la citada revista Estudios filosóficos. – La Hipótesis y La Superstición.

 

JOSÉ MATEO COLLAR, cuya actuación posterior a la guerra de la triple alianza, ya sea en a Convención Nacional Constituyente reunida en la Asunción en 1870, en la magistratura judicial, en la política y en la prensa, le dieron personalidad notoria, publicó sus primeros ensayos literarios en la revista del Aula de Filosofía. En sus hoy amarillentas páginas pueden leerse sus colaboraciones de 1860 intituladas Moral Privada, Necesidad de la ciencia para la existencia y organización de una sociedad y Estudios Morales. – La Educación y su objeto. En 1894, Mateo Collar continuaba escribiendo para la prensa. En La independencia, editada en honor a los próceres de la patria, el 14 de mayo de aquél año, aparece Un pensamiento, debido a su pluma de prosador.

José Mateo Collar nació en Mbuyapey, en 1835, y falleció en la Asunción, en 1919.

 

De JUAN BAUTISTA GONZÁLEZ, oriundo de Barrero Grande, quien actuó en la magistratura forense, fue diputado después de la guerra y falleció en la Asunción en 1879, puede leerse en la colección de La Aurora. – El primer elemento de la civilización es la Religión, y Estudios Recreativos. – Magdalena.

 

De ENRIQUE LÓPEZ son Estudios filosóficos. – La ambición. – De la envidia. – Estudios Históricos. – La Inquisición en España, Reflexiones sobre la vanidad, Estudios Sociales, Estudios de Bellas Artes. – La música, Estudios Sociales. – Error de la Vocación, Estudios Morales. – El Avaro, Estudios literarios. – Reflexiones.

 

Y de AMÉRICO VARELA, Misceláneas, Amor de Madre, Influencia de la Religión representada por el cura católico en la sociedad, La moral considerada como restricción de la pobreza, Moral Privada. – Máximas, pensamientos y reflexiones, La mujer. Estudios Morales. – El juego, Estudios Morales.El Médico. Su influencia en la Sociedad.– La Mujer. Su influencia en la Sociedad.– La Amistad, Estudios Morales. – La Ira y el Patriotismo. (168)

De los que integraron este grupo nada se sabe, en detalle, de sus respectivas existencias. A excepción del padre Aguiar, de Juan B. González, de Mauricio Benitez y de José Mateo Collar, lo único cierto es que parece que los demás fueron devorados por la guerra. Y es posible que así haya sido. El grande orco incineró vidas y papeles en un impetuoso y terrible afán de destrucción.

 

Debe agregarse al nombre de los ya citados, el de BERNARDINO BAEZ, nacido, al parecer, en Itá, militar – era coronel – emigrado en Río de Janeiro en 1846, amigo de Juan Andrés Gelly, "Su reputación estaba cimentada en una brillante hoja de servicios, ganada, en las luchas del Río de la Plata." En colaboración y bajo la dirección del citado Gelly, el coronel Báez publicó, por la imprenta del Jornal do Comercio, de Río de Janeiro, en 1849, A República do Paraguay e o gobernador de Buenos Aires ou discussão e exame das questoes que Este tem promovido a República do Paraguay. El volumen se editó en columnas paralelas, en portugues y francés, y contenían artículos de El Paraguayo Independiente.

 

También citaremos a LUCIANO RECALDE, quien publicó, en Buenos Aires, hallandose en el exilio, en 1857, una Carta Primera al Presidente del Paraguay.

No está demás, asimismo, recordar en este lugar a algunos escritores extranjeros que vivieron en nuestro país durante la segunda mitad del siglo XIX y que nos han legado algunos trabajos referentes al Paraguay o han colaborado en los afanes de su cultura.

 

Nos referimos a ALFREDO M. DU GRATY y a L. ALFRED DEMERSAY.

El primero dejó una extensa obra intitulada La República del Paraguay, la que fue editada en Besanzon, en 1862. La versión castellana es de Carlos Calvo, y lleva interesantes fotograbados. El libro del segundo consta de dos tomos y un tercero de atlas dividido en tres secciones. Se intitula Histoir Phisique, Economique e Politique du Paraguay et des établessement des jesuites. El tomo primero fue editado en París, en 1860; el segundo, también en París, 1863, y los atlas, publicados igualmente en la capital francesa, en 1860, en 1861 y en 1863, respectivamente, cada sección.

 

XV

EL HIMNO NACIONAL

 

En el año 1923, el "Instituto Paraguayo", presidido entonces por Luis E. Migone, y siendo secretarios Juan Francisco Pérez Acosta y Adolfo F. Antúnez, inició una encuesta a propósito de la letra y de la música del Himno Nacional del Paraguay, con el propósito, decía, "de dilucidar diversos puntos obscuros o dudosos a su respecto". La iniciativa de dicha encuesta débese a Juan Francisco Pérez Acosta. La prensa coetánea ocupóse del asunto, ilustrando a la opinión pública. El gobierno nacional, por conducto del Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, cuyo titular era, por entonces, Lisandro Díaz León, prestó a los afanes del "Instituto Paraguayo" muy decidido apoyo.

De acuerdo con los resultados obtenidos, se puede afirmar, en lo referente a la letra, que fue su autor el poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa. Posteriormente, el original fue revisado y corregido por quien lo escribió. El texto primitivo hállase inserto en El Semanario, núm. 33, del 31 de diciembre de 1853, publicación que debe ser considerada como verdadera promulgación, habido en cuenta el carácter oficial del periódico citado. No existe decreto gubernativo a su respecto.

Es necesario recordar, antes de seguir adelante, que con antelación al Himno Patriótico, – así Lo llamó Acuña de Figueroa – en el Paraguay se cantaban otras tres canciones de esa índole. (169) Una de ellas es la que sigue:

 

HIMNO DE LA INDEPENDENCIA

CORO

Viva nuestra independencia,

Nuestra Patria gloriosa;

Siempre sea soberana,

Siempre sea magestuosa.

CORO

Nuestros brazos, nuestras vidas

A la Patria son debidas:

No serán impunemente,

Sus derechos ofendidos.

CORO

El león del Paraguay;

Rugirá fiero y sangriento;

Contra cualquier enemigo,

Sea pérfido o cruento.

CORO

A nuestros hijos daremos,

Alta Patria preciosa,

Esclavos nunca seremos

De prepotencia orgullosa.

CORO

Primero se ha de acabar,

La paraguaya Nación:

Antes que sufrir afrentada

La extrangera opresión.

CORO

Paraguayos valerosos:

¿Queréis insultos sufrir?

Perder el nombre y la gloria,

¡Oh, antes mil veces morir!

CORO

¡Morir, morir, morir!

Ya retumba grandioso

El éco del pueblo fuerte,

Magnánimo y brioso!

CORO

Los estandartes tremolan

En los pulsos belicosos:

Los cañones ya vomitan

Marciales golpes rabiosos.

CORO

Y la Patria independencia,

Ya no es más contestada;

La victoria declaróla

Justa, ovante, respetada.

CORO

Viva muestra independencia,

Nuestra Patria gloriosa;

Siempre sea soberana

Siempre sea magestuosa.

 

La paternidad de estos versos, publicados por primera vez en el Nº 2 de El Paraguayo Independiente, el 3 de mayo de 1845, atribuyen unos a Manuel Pedro de la Peña y otros a Felipe Buzó. No obstante, Juansilvano Godoi ha afirmado que su autor fue Carlos Antonio López.

Debe recordarse en este lugar, una vez más, al maestro Antonio Quintana. Este guitarrista fue quien instruyó, especialmente, a los diez y seis jóvenes que cantaron el Himno de la Independencia, en las bocacalles de la Asunción, en diciembre de 1863, y que merecieron una crónica elogiosa de El Semanario. Algunos historiadores han considerado a Antonio Quintana como el autor de la música de dicho himno.

Volviendo al tema de este capítulo – el Himno Nacional del Paraguay –, recordemos que en fecha 25 de septiembre de 1930, el "Instituto Paraguayo" informó, oficialmente, al ministro de justicia, culto e instrucción pública, el resultado de la encuesta a que antes nos hemos referido. Según ese resultado, el texto primitivo es el siguiente, tal como apareció en El Semanario:

 

CORO

Paraguayos, República, o muerte!

Nuestro brío nos dió libertad; (170)

Ni opresores, ni siervos, alientan

Donde reinan unión e igualdad. (171)

I

A los pueblos de América, infausto, (172)

Tres centurias un cetro oprimió,

Mas un día soberbia surgiendo (173)

Basta!..., dijo y el cetro rompió. (174)

Nuestros padres, lidiando grandiosos, (175)

Ilustraron su gloria marcial; (176)

Y trozada la augustia diadema, (177)

Enalzaron el gorro triunfal.

CORO

II

Nueva Roma, la Patria ostentara

Dos Caudillos de nombre y valer (178)

Que rivales, cual Rómulo y Remo,

Dividieron gobierno, y poder... (179)

Largos años, cual Febo entre nubes, (180)

Vióse oculta la perla del Sud,

Hoy un héroe grandioso aparece, (181)

Realzando su gloria y virtud...

CORO

III

Con aplauso la Europa y el Mundo (182)

La saludan, y aclaman también (183)

De heroismo baluarte invencible,

De riquezas magnífico Edén. (184)

Cuando en torno rugió la Discordia (185)

Que otros Pueblos fatal devoró (186)

Paraguayos, al Suelo sagrado

Con sus alas un ángel cubrió.

CORO

IV

¡Oh, cuán pura, de lauro ceñida, (187)

Dulce patria te ostentas así! (188)

En tu enseña se ven los colores

Del zafiro, diamante y rubí.

En tu escudo, que el sol ilumina, (189)

Bajo el gorro se mira el león, (190)

Doble imagen de fuertes, y libres, (191)

Y de glorias recuerdo, y blasón.

CORO

V

De la tumba del vil feudalismo

Se alza libre la patria Deidad; (192)

Opresores, doblad la rodilla!

Compatriotas, el Himno entonad! (193)

Suene el grito República, o muerte! (194)

Nuestros pechos lo exhalan con fe (195)

Y sus écos repitan los montes (196)

Cual gigantes poniéndose en pie. (197)

CORO

VI

Libertad, y Justicia defiende (198)

Nuestra Patria; Tiranos oíd! (199)

De sus fueros la carta sagrada

Su heroismo sustenta en la lid: (200)

Contra el mundo, si el mundo se opone,

Si intentare su prenda insultar,

Batallando vengarla sabremos (201)

O abrazados con ella expirar.

CORO

VII

Alza, oh Pueblo, tu espada esplendente (202)

Que fulmina destellos de Dios, (203)

No hay más medio que libre, o esclavo (204)

Y un abismo divide a los dos.

En las auras el Himno resuene, (205)

Repitiendo con éco triunfal, (206)

A los libres, perínclita gloria!

A la Patria, laurel inmortal!

 

En la edición aludida de El Semanario, aparece con el encabezamiento que dice:

HIMNO PATRIÓTICO

Dedicado a la República del Paraguay y a su dignísimo Presidente el Exmo. Señor don Carlos Antonio López.

El título que puso Francisco Acuña de Figueroa expresa:

DEDICADO

A LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY (*)

HIMNO PATRIÓTICO

Parece que, posteriormente, el propio autor agregó al título la llamada, que dice: * "Presentado por mí a los señores Jovellanos y González, enviados de aquella República, en Mayo de 1846: y (poco después) adoptado en aquella República y declarado por himno Nacional; y permanente. La música es la misma del Himno Nal. Oriental".

Al final del Himno se lee:

 

Haec mea Musa levis,

Magna tua gloria est.

Propercio.

Y la data: Montevideo, Mayo 20 de 1846. (207)

"Según otra versión, la señora doña Bernardina Fragoso, esposa del general Rivera, nombrado ministro en el Paraguay, encargó este Himno a Acuña de Figueroa para que lo trajera como obsequio, y no habiendo llegado a embarcarse aquel, dicha señora lo entregó a los comisionados paraguayos prenombrados." (208)

La dedicatoria original del autor decía:

Al Presidente del Paraguay, – Carlos Antonio LópezHéroe Magistrado.

(Anagramas acompañándole la canción patriótica)

1--Alcanza grato y respetuoso Himno de loor.

2--Agradas como el Sol en el patrio horizonte. (209)

El resultado de la encuesta aludida fue reunido y publicado en folleto, en la ciudad de Buenos Aires, en el año 1933, bajo los auspicios del Comité Paraguayo, con motivo de la conmemoración del 122º aniversario de la independencia nacional y a total beneficio de la Cruz Roja Paraguaya.

En cuanto al autor del Himno Nacional, nadie ignora que es el príncipe de los poetas uruguayos, quien no sólo es nuestro por ser oriundo del Paraguay Atlántico, sino también porque, a través de las estrofas por él escritas, vive en el alma guaraní como esencia inmanente de sus tradiciones.

 

FRANCISCO ACUÑA DE FIGUEROA nació en Montevideo, el 20 de septiembre de 1790. Cursó estudios en el Real Colegio de San Carlos de Buenos Aires. Siendo alumno de ese instituto comenzó a escribir. A los doce años versificaba con extraordinaria facilidad. En el año 1807 regresó a Montevideo. Fue empleado, entonces, en la Oficina de la Real Hacienda, "de la que su padre era ministro".

Cuando contaba veinte y dos años de edad, en 1812, escribió, en verso el Diario del Sitio de Montevideo, con profusión de datos para la historia. En dicho trabajo ocupóse de un período de veinte y dos meses, vale decir, hasta junio de 1814, época en que los españoles evacuaron aquella ciudad. Trasladóse después a Río de Janeiro donde desempeñó el cargo de secretario del encargado de negocios de España.

En el año 1818, Acuña de Figueroa retornó a Montevideo. En dicha capital ejerció las funciones de director de la biblioteca y el museo, tesorero general del estado y censor de teatros. Posteriormente actuó como miembro de la asamblea de notables y del consejo de estado. Fue, asimismo, uno de los fundadores del Instituto de Instrucción Pública.

Acuña de Figueroa compuso el himno uruguayo en el año 1828. Lo dedicó al gobierno de su país, en nota del 27 de diciembre de aquel año, llamando a su obra Canción Nacional. Fue ésta adoptada, oficialmente, por decreto del 8 de julio de 1833, el cual se halla signado por el presidente Fructuoso Rivera. En El Nacional, de Montevideo, número del 18 de julio de 1845, se dio a conocer una nueva versión del himno, "con modificaciones y sustituciones parciales del mismo autor, que fueron también adoptados oficialmente tres años más tarde." (210)

Mosaico poético, intituló Acuña de Figueroa a un volumen de poesías que mandó editar en el año 1857. También se le debe traducciones de poesías latinas, de la Marsellesa y de paráfrasis, de la Biblia. Además, dejó inéditos veinte y dos cuadernos de versos, que se conservan en la Biblioteca Nacional de Montevideo. Figura "entre dichos originales – escribe Juan Francisco Pérez Acosta cuyos son los datos que consignamos –, los del Himno Paraguayo, que también corrigió con posterioridad, conforme aparece en la edición de sus obras, entre tanto que en el Paraguay se publicaron tal como los había redactado primeramente, esto es, sin las supuestas correcciones hechas en esta, bien que con la singular particularidad de que las enmiendas del autor no han sido felices por ser mejor el texto originario, por lo que ha llegado a creerse que este hubiese sido realmente el que contenía las correcciones."

Francisco Acuña de Figueroa falleció en Montevideo, el 6 de octubre de 1862.

 

En cuanto a lo referente a la música del Himno Nacional existen opiniones diversas sobre su verdadero origen. De acuerdo con las conclusiones de la encuesta del "Instituto Paraguayo", Francisco Acuña de Figueroa dijo que la música era la misma que la del himno uruguayo. No se sabe si así se lo cantó en el Paraguay. Según otros investigadores, la música con que se la entonaba en nuestro país, originariamente, era la del himno argentino, que es del mismo metro.

Juan Crisóstomo Centurión sostuvo que el autor de esa música fue el maestro DE BALLE. Luis Cavedagni, compositor de larga actuación en el Paraguay, afirmó lo mismo que Centurión, "si bien dijo también que según un uruguayo expectable, el autor de la música de los Himnos Uruguayo y Paraguayo era un señor GIUFFRA, organista de la Iglesia de San Francisco de Montevideo, nombre que no aparece en los decretos respectivos del gobierno uruguayo". (211)

Manuel Avila y Cantalicio Guerrero, expresaron desde las columnas de La Democracia, decano de la prensa asuncena, en 1903, que la primitiva música de la Canción Patriótica de Figueroa fue modificada por orden de Carlos Antonio López. Esa alteración corrió a cargo del maestro FRANCISCO SAUVAGEOD DE DUPUIS y la instrumentación de la misma, ya corregida, la realizó el nombrado Cantalicio Guerrero, sucesor de Dupuis en la dirección de las bandas militares. Según Ávila y Guerrero, el Himno así modificado e instrumentado, fue estrenado, en ocasión de una parada, en 1856. Canalicio Guerrero era, entonces, subdirector de la Banda Muá. (212)

Juansilvano Godoi, investigador del pasado paraguayo, Manuel Mosqueira, músico y compositor, y el capellán, presbítero José del Pilar Giménez, dijeron que el autor de la música es Dupuis. Los que afirman que era de Balle, a quien ya hemos recordado, son, como anotamos, Juan Crisóstomo Centurión y Luis Cavedagni. Estos apoyaban sus afirmaciones en el testimonio de los músicos José De Jesús Alvarenga, de la Banda Pytá, y Juan Cabrera, Juan M. Lird, Remigio N. Riquelme y otros. El De Balle, a quien también llaman Batlle, es el maestro y compositor José Debali. (213)

Otro dato recogido, muy posteriormente a los antes citados, es que la casa editora, "Ricordi", de Milán, sucesora de la "Casa Editorial Lucca", expresó que el Himno Nacional del Paraguay fue publicado en 1865, y que su autor era el maestro Deballi. El original, no obstante, tampoco fue hallado en sus archivos.

Lo cierto es que el Himno Nacional fue restaurado, después de 1873, por el maestro Luis Cavedagni. Su versión fue inaugurada el 25 de noviembre de 1874, en ocasión de la ascensión de Juan Bautista Gill a la primera magistratura de la república. El estreno lo realizaron las cuatro bandas del ejército brasileño de ocupación, bajo la dirección del maestro de las mismas, FRANCISCO ANTONIO DE NASSIMENTO.

Durante la época que media entre la fecha antes expresada y el de la desocupación de la capital paraguaya por las fuerzas aliadas, el himno de Acuña de Figueroa quedó totalmente olvidado. Se cantó, durante ese tiempo, la Canción Patriótica. – Al Pueblo Paraguayo, letra del poeta y periodista Francisco Felipe Fernández, y música de Francisco Antonio de Nassimento. He aquí la letra de la canción aludida:

 

¡Pueblo! invoca de tu historia

La robusta inspiración,

Y resuene por el mudo

Tu potente y sacra voz.

Tu epopeya canta, pueblo,

Bajo ese ancho pabellón,

Que en la alta sierra ondea

De la gloria bajo el sol.

CORO

"Alza, pueblo paraguayo,

De entre el polvo la cerviz

Que, cual otro pueblo, sabes

Conquistarte un porvenir.

Alza, pueblo paraguayo,

De entre el polvo la cerviz,

Que tu raza es la indomable

Raza invicta guaraní."

CORO

Fué tu cuna agreste y grande:

Genio altivo la arrulló...

Ruge al pie de tu estandarte

De atalaya el fiero león.

Nunca, nunca sufras pueblo,

que otro pueblo venga a hollar

el santuario de tus leyes,

ni tu altiva magestad!

CORO

Donde quiera que en tu suelo

El viajero ponga el pie,

Verá alzarse un monumento

Gigantesco de tu ayer.

Cada palma es una tumba,

Cada tumba es un altar:

En la tumba yace un héroe:

Su corona es inmortal.

CORO

Tu bandera es el emblema

De tu raza: es la nación:

Que no encubra esa bandera

Ni al tirano, ni al traidor.

Su santuario es la conciencia

Del patriota libre y fiel;

Velen siempre en el santuario

la Justicia y el Deber.

CORO

El martirio por la patria

Nunca arrede ¡no! tu fe:

Sobre esa ara ciñe el héroe

La corona de laurel.

Por tu patria y tu gobierno,

Por la santa libertad,

Fiero arrostra los peligros,

Con audacia y sin templar.

CORO

Si en tu pecho arde la llama,

Que a tus padres inflamó,

Sus virtudes imitando

Nunca pierdas el honor.

Que tu frente nunca el tizne

Del cobarde manche ¡no!

¡Al perjuro y al cobarde

Que jamás alumbre el sol!

CORO

No te arredre ¡no! la sangre,

Ni la negra tempestad...

¡A humillar los enemigos!

¿Cuántos son? ¡No! ¿Dónde están?

¡Qué le importa al buen patriota!

¡Ruja horrísono el cañón!

¡El que muere por sus leyes

se corona junto a Dios!

CORO

¡Frente altiva, Paraguayos!

No la dobles al dolor...

Ni al revez de la pelea,

Que esa no es tu tradición.

¡Frente altiva! Si eres blando,

Si cordero eres en paz,

León, sacude tu melena

Con fiereza al batallar!

CORO

No es raquítica tu raza;

Prueba al mundo que es verdad,

Que tu sangre nutre al héroe

Que el laurel es tu heredad.

Prueba al mundo que tus brazos

Al hermano humilde das,

Mas, también al que te ofende,

Cruenta guerra sabes dar!

CORO

Compañeros: ¡Arma al brazo!

Ya es la hora... ¡A combatir!

La bandera ya flamea...

¡Guerra! grita ya el clarín.

Compañeros: ¡PATRIA O MUERTE!

Fuego, hermanos, ¡y a cargar!

¡Adelante, paraguayos!

¡La victoria a conquistar!

CORO

Alza, pueblo paraguayo

De entre el polvo la cerviz

Que, cual otro pueblo, sabes

Conquistarte un porvenir.

Alza, pueblo paraguayo,

De entre el polvo la cerviz,

Que tu raza es la indomable

Raza invicta guaraní.

 

FRANCISCO FELIPE FERNÁNDEZ nació en Entre Ríos, en el año 1841. Fue educado en el Colegio de la Concepción del Uruguay, donde trabó amistad con numerosos estudiantes paraguayos. Actuó, después, en la política. Fue secretario de Ricardo López Jordán. Tuvo participación en el asesinato del general Justo José de Urquiza, en 1870. Este trágico suceso obligóle a emigrar al Paraguay. Radicado en la Asunción, juntamente con Jaime Sosa Escalada, fundó La Nación Paraguaya, periódico que también redactó. Más tarde dio a publicidad y dirigió El Mercantil Avisador, y escribió para el Boletín Oficial de La República.

En las columnas de La Nación Paraguaya fue publicada la canción patriótica a que ya hicimos referencia. Dicha canción fue adoptada, oficialmente, como Himno del Paraguay, por decreto del 25 de mayo de 1873. Fue cantado con música del brasileño Francisco Antonio de Nassimento. (214)

Débese también al poeta y periodista argentino, algunos textos escolares y varias memorias oficiales de aquel tiempo.

Francisco Felipe Fernández fue autor, asimismo, de casi todas las biografías paraguayas que aparecen en el Diccionario Biográfico Americano, y de un romance, entre otros, intitulado Zaida, dedicado a Jaime Sosa. (215)

Ha dejado también una colección de Obras dramáticas, editadas en Buenos Aires, en el año 1881, con prólogo del escritor italiano Matías Calandrelli y del poeta argentino Martín García Merú.

Francisco Felipe Fernández falleció en Dolores, provincia de Buenos Aires, en 1922.

 

FRANCISCO SAUVAGEOD DE DUPUIS era un francés llegado al Paraguay en el año 1853. Venía contratado por el gobierno de Carlos Antonio López. Tenía entonces cuarenta años de edad y era casado y músico. Así decía su pasaporte, que llevaba el número 2763, expedido en Buenos Aires el 2 de mayo de aquel año, y signado por el jefe de policía de la capital porteña, Miguel Esteves S. Es un documento curioso que se halla en el Archivo Nacional de la Asunción. (216)

Ocho años vivió Dupuis en el Paraguay. Formó, durante ese tiempo, la primera banda de música con que contó el país, compuesta de setenta y cuatro ejecutantes. También dirigió una escuela musical donde estudiaban ochenta jóvenes, los cuales, años después, formaron otras bandas y las primeras orquestas que dirigieron Indalecio Odriosola y Cantalicio Guerrero. (217)

También fue rector de un Colegio Nacional de Matemáticas, del que ya nos hemos ocupado.

Francisco Sauvageod de Dupuis falleció en la Asunción el 2 de julio de 1861.

La guerra que años después victimó a la nación, arrebujó su recuerdo en el olvido. En el año 1896, el Instituto Paraguayo, con motivo del primer aniversario de su fundación, incluyó en el programa de festejos el nombre de Dupuis, como autor del Himno Nacional. Este hecho actualizó nuevamente su memoria y sirvió para comprobar, por medio de la encuesta a que ya nos referimos, que a él se debe, realmente, la música de aquél.

Las modificaciones contenidas en la versión actual de la música del Himno Nacional es obra del compositor Remberto Giménez. Dicha versión fue oficializada por decreto del 12 de mayo de 1933.

 

REMBERTO GIMÉNEZ es oriundo de Coronel Oviedo. Nació en el año 1899. Cursó estudios primarios en su pueblo natal y, después, en la Asunción. Ha cultivado la música desde su niñez. En 1920 se trasladó a la ciudad de Buenos Aires, donde estudió violín bajo la dirección de Andrés Gaos, y composición con Alberto Williams, en el Conservatorio de Buenos Aires. En este instituto fue laureado con el primer premio y medalla de oro, en 1922.

Éxitos conquistados en el Paraguay le dieron derecho, posteriormente, a una beca del gobierno de nuestro país para trasladarse a Europa con el propósito de perfeccionar su arte. En París cursó estudios especiales con Lucien Capet, y luego ingresó en la "Schola Cantorum", para la música. Más tarde realizó un viaje a Alemania. En Berlín fue alumno de la "Eternches Konserwatorium", bajo la dirección del violinista Alejandro Petschnicoff.

Regresó al Paraguay, y en la Asunción fundó y dirigió una orquesta sinfónica. Dirigió también la sección música del Ateneo Paraguayo, y paseó su arte por ciudades de América, en las que conquistó merecidos triunfos.

Remberto Giménez no solamente ha cultivado la música, sino también ha escrito versos, en guaraní y en castellano, y algunas piezas para el teatro, tal aquella intitulada, ¡Jhá che retã!, estrenada en la Asunción. He aquí su

 

TAPE GUASU

(Grafía actualizada por Rudy Torga)

 

Tape porã reñemyasaîva kuarahýre remimbi;

reñemoîva maitei ñane retãme po'arã;

ku Tupãsyícha reipysóva maymarõ nde jyva;

ha nde resa ohesapéva ne membýpe haperã.

 

Gua'i retãma rehetû ha rehasa mombyryve;

Ka'aguasúpe Kaygua ha Guajaki remombaypa;

Tupi yvýpe reguãhevo rehendu umi guyraita

opuraheipa, ha ochororoma hatãve pe Yguasu.

 

Tape guasu hechapyrã

reñemoîva po'arã;

ku mborayhu remyangekói

ha arandu reroguata

nde apohare tohovasa

cada ko'ê ku Tupã.

 

Paraguay reipopyhy

Tava mimi ituichapa

ñane retã ipytuhê

Ipiro’y, iporãve

ha tetãyguara

oñuañua, horypa!

 

 

NOTAS

XI.- El Colegio de Monserrat

101- El original de este documento, de puño y letra del autor, lo tuvimos en nuestras manos y se halla en el archivo particular del historiador paraguayo Benjamín Velilla.

XII.- La revolución de la independencia

102- ZAVALA Y LERA, España bajo los Borbones.

103- Estudio sobre la independencia del Paraguay.

104- Ídem.

105- Archivo Nacional, Proceso. BLAS GARAY, Revolución de la independencia del Paraguay. CECILIO BÁEZ, Resumen de la historia del Paraguay.

106- La vida solitaria del Dr. José Gaspar de Francia, dictador del Paraguay.

107- La ciudad de la Asunción.

XIII.- El período dictatorial de José Gaspar de Francia.

108- CECILIO BÁEZ, Ensayo sobre el Dr. Francia.

109- Ídem, ídem.

110- Informe sobre el doctor Francia, Revista del Instituto Paraguayo, año X, Nº 63.

111- Estudio sobre la independencia del Paraguay.

112- Respuesta del dictador Francia desahuciando las gestiones de Grandsir, Archivo Nacional.

113- El alma de la raza.

114- Francia al comandante de Concepción (5 de junio de 1831), citado por Chaves.

115- Ídem, ídem.

116- Francia al comandante de Concepción (23 de noviembre de 1831), citado por Chaves.

117- Testificación del alcalde Meza, Arch. N. As., Col. Solano López, citado por Chaves.

118- Francia al comisionado de Piribebuy (22 de julio de 1839), citado por Chaves.

119- Roger, Informe, citado por Chaves.

120- Sarmiento a Luciano Recalde, citado por Chaves.

121- El Supremo Dictador.

122- Estudio sobre la independencia del Paraguay.

123- La vida solitaria del Dr. José Gaspar de Francia, dictador del Paraguay.

124- ROGELIO URBIETA VALDOVINOS, Independencia o muerte, Asunción, 1940.

125- Notas biográficas de Manuel Pedro de Peña conmemorando el centenario de su nacimiento: 1811-1911.

126- Despacho de Villazgo expedido por la Junta Superior Gubernativa el 12 de noviembre de 1812 a favor de Villa Real. Archivo Nacional de Asunción.

127- JUAN FRANCISCO PÉREZ ACOSTA, Carta, Arch. del A.

128- CARLOS R. CENTURIÓN, El clero en la gesta de la independencia, Asunción.

129- FULGENCIO R. MORENO, Estudio sobre la independencia del Paraguay.

130- Breve reseña histórica de la iglesia de Nuestra Señora de la Santísima Asunción del Paraguay, por una comisión de dos sacerdotes. Asunción, 1899-1906. Los dos sacerdotes aludidos son el padre Fidel Maiz y monseñor Hermenegildo Roa. (N. del A.)

131- JULIO CÉSAR CHAVES, El Supremo Dictador.

132- ÁNGEL JUSTINIANO CARRANZA, Carta a los directores de la Revista de Buenos Aires.

133- El maestro Escalada.

134- Ídem.

135- Ídem.

136- Memorias del padre José del Carmen Moreno, inéditas. Arch. de Fulgencio R. Moreno.

137- La ciudad de la Asunción.

138- JULIO CÉSAR CHAVES, El Supremo Dictador.

139- Índice de la Diócesis del Paraguay. Inédito.

140- JULIO CÉSAR CHAVES, El Supremo Dictador.

141- HÉCTOR FRANCISCO DECOUD, La Convención Nacional Constituyente.

142- Actas de la revolución del 15 de mayo, B. N., Río de Janeiro, Col Río Branco.

143- El Orden, Asunción, 1924/

144- BLAS GARAY, Descripción de las Honras Fúnebres, etc., 1898.

145- Los originales se encuentran en el Archivo Nacional de Río de Janeiro, Col. Río Branco.

XIV.– El período gubernativo de Carlos Antonio López

146- CAPDEVIELLE Y OXIBAR, Historia del Paraguay.

147- Doc. inédito, Arch. Nac.

148- FIDEL MAIZ, La familia de López. Carta a Enrique Solano López (29 de diciembre de 1908). El linaje de los López, "La Unión", 1º de marzo de 1931, Asunción.

149- Archivo Nac., Vol. 52, Nº 443.

150- Acta, Vol. 6, Archivo Nac.

151- Actas, Vol. 6, Nº 1. Estas actas fueron editadas en un volumen por la Tipografía del Congreso, Asunción, 1908.

152- Resumen de la historia del Paraguay.

153- Existe una edición oficial, en conjunto, de los cinco mensajes. Asunción, 1931.

154- Ver capítulo XVII, Los orígenes del periodismo paraguayo.

155- Archivo Nacional, Vol. 8, Nº 45.

156- Archivo Nacional, Vol. 50/

157- La instrucción pública en el Paraguay.

158- JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN, Memorias.

159- FULGENCIO R. MORENO, La ciudad de la Asunción.

160- MANUEL DOMÍNGUEZ, Ob. cit.

161- FULGENCIO R. MORENO, La ciudad de la Asunción.

162- R. ANTONIO RAMOS, La personalidad histórica de Juan Andrés Gelly.

163- Ídem. ídem.

164- Ídem. ídem.

165- Ídem. ídem.

166- Se refiere a Luciano Recalde, cuya Carta primera al presidente del Paraguay, apareció en Buenos Aires, en 1857.

167- Arch. nac., Vol. 84. La Unión, 1º de marzo de 1931, Asunción.

168- Biblioteca Solano López, Col. "La Aurora"

XV.- El Himno Nacional

169- JUAN FRANCISCO PÉREZ ACOSTA, El himno patrio. Las observaciones que se anotan a continuación son del nombrado Pérez Acosta.

170- En el original del autor hay sólo coma.

171- Unión e Igualdad, con mayúsculas en el original.

172- Estas comas no figuran el original y eran, en verdad, muy necesarias para el recto sentido, dado que ahora mismo es frecuente hallar escrito infausta o infaustos, cuando es el calificativo de cetro, y no de América ni de pueblos.

173- Coma al final en el original.

174- En el original, sin coma después de los suspensivos y éstos están después de la palabra "dijo".

175- La primera coma no figuna en el original.

176- Coma en vez de punto y coma en el original.

177- Sin coma en el original.

178- Caudillos está con minúscula y llamada que dice: "Dn. Fulgencio Yegros y Dn. Gaspar Francia, prims. Cónsules del Paraguay."

179- Sin comas en este verso ni en el anterior, y dos puntos en vez de los puntos suspensivos.

180- Sin coma en el original.

181- Coma al final, Héroe con minúscula en el original y llamada al final que dice: "El Sor Dn. Carlos Antonio López, Presidente del Paraguay."

182- Mundo minúscula en el original.

183- Sin coma en el original.

184- Dos puntos en vez de punto.

185- Discordia minúscula en el original.

186- Pueblos minúscula. Fatal debió ir entrecomado, como "Infausto". Suelo minúscula.

187- Estrofa corregida por el autor posteriormente.

188- En patria debió haber coma.

189- Sol debió ser mayúscula como Febo.

190- León también debió ser mayúscula como símbolo.

191- En el original "de libres, y fuertes,".

192- Coma en vez de punto y coma y minúscula deidad.

193- Himno minúscula en el original.

194- En el original sin coma y sin subrayado.

195- Verso corregido después por el autor.

196- Coma al final.

197- Verso corregido después por el autor.

198- La coma indica bien que no es "defienden", como se lee a veces.

199- Tiranos minúscula. Parece aludir a Rosas. Patria minúscula.

200- Punto en vez de dos puntos.

201- Coma al final.

202- Coma al final. Pueblo minúscula.

203- Punto y coma en el original.

204- Coma al final. Sin subrayar.

205- Sin coma, y sin mayúscula la palabra "Himno".

206- En el original punto y coma. Debió ser dos puntos.

207- Encuesta.

208- Ídem.

209- Ídem.

210- JUAN FRANCISCO PÉREZ ACOSTA, El Orden, Asunción, 31-XII-1923.

211- Encuesta.

212- Ídem.

213- Ídem.

214- Archivo del Ateneo Paraguayo. Documento obsequiado al Instituto Paraguayo por Juan Manuel Sosa Escalada.

215- JUAN FRANCISCO PÉREZ ACOSTA, El Orden, 24 de diciembre de 1923, Asunción.

216- Vol. 728.

217- JUAN FRANCISCO PÉREZ ACOSTA, El Orden, 12 de enero de 1924, Asunción.