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Dr. Moisés S. Bertoni

Resumen de

PREHISTORIA Y PROTOHISTORIA

DE LOS

PAISES GUARANÍES

 

CONFERENCIAS DADAS EN EL

COLEGIO NACIONAL DE

SEGUNDA ENSEÑANZA DE LA

ASUNCIÓN LOS DÍAS 26 DE

JULIO, 8 Y 21 DE AGOSTO DE 1913

 

EDITOR: JUAN E. O’LEARY

DIRECTOR DEL COLEGIO NACIONAL

AÑO 1914 - ASUNCIÓN

 

 

PRÓLOGO

Sin ser autoridad, ni reunir otros títulos para ello, y sólo por la amistosa deferencia del editor, nuestro renombrado historiador Juan E. O’Leary, me toca el insigne honor de aparecer como prologuista de las Conferencias sobre Pre y Protohistoria del Paraguay, dadas por el Dr. Moisés S. Bertoni en el Colegio Nacional, a iniciativa del Director, el mismo Sr. O’Leary, y cuya versión taquigráfica se publica en este volúmen.

El Dr. Bertoni no necesita una presentación de mi parte ni de ningún paraguayo; su fama bien cimentada en largos años de labor científica y práctica, y de sobra difundida en el mundo intelectual extranjero, le eximía de tal necesidad.

Sin embargo, como en estas Conferencias se aborda una cuestión que se ha debatido aquí mismo, la de la idiosincrasia nacional, y en su discusión han participado las primeras cabezas del país, entre ellas, con brillantez prominente, el nombrado O’Leary, se imponía al publicarse como se publican hoy, por primera vez, el comentario de un paraguayo, por ligero que fuese.

Es lo que intento hacer en las siguientes líneas, no con el bagaje mental y el prestigio literario que se merece el conferencista, pero en cambio, con el sentimiento de la curiosidad científica altamente satisfecha y, más que nada, del amor patrio inmensamente halagado; porque esta producción del Dr. Bertoni, destinada a ser el vade mencum de todo futuro pensador o publicista nacional, tendrá que colmar por fuerza la medida de la estimación y la gratitud que ya por muchos conceptos le debía el Paraguay, Y ya que se trata de justicia y recompensa, por lo menos moral, sea ofrecido también un público testimonio de agradecimiento al mencionado autor de nuestra mejor historia de la guerra de 1864-70, O’Leary, por haber contribuido eficazmente, primero, a la iniciación y exposición oral de estas Conferencias y ahora a su edición.

El estudio y difusión de esta obra constituirá, sin duda alguna, una verdadera labor de patriotismo para la intelectualidad paraguaya.

La acción de la calumnia, de la difamación, ha sido y es aún muy grande contra el Paraguay pasado y actual.

Si un distinguido chileno me decía que el célebre geógrafo Reclús no vale nada porque había errado respecto a ciertos accidentes orográficos, metros más metros menos, de Chile, y que esta República supera a las de Sud América en bibliografía histórica porque Barros Arana la ha dotado de la historia más voluminosa que se haya escrito en las letras sudamericanas, ¿qué diremos los paraguayos cuando frente a los difamadores como el ingrato Bermejo, como los grandes sociólogos Westermack, Engels y otros, cuyas patrañas o inocentadas he señalado antes de ahora, y como ese Sr. N. Lamarca, de la Argentina, que acaba de despotricar a su antojo en una colección de monografías de verdaderos sabios sobre la historia universal de los tiempos modernos, nos encontramos también en presencia de autoridades científicas como el Dr. Bertoni, que ponen en juego un inmenso caudal enciclopédico, sustentado en el más riguroso positivismo de que pueda jactarse el saber contemporáneo, en vindicación del Paraguay típico o característico, grosera y malignamente difamado?

Si creer injustamente conduce a obrar injustamente, según Manzoni, el insigne literato italiano, si la voz pópuli: no es voz de Dios, sino más bien del diablo, por las murmuraciones y errores en que se nutre, según lo observara ya el padre Feijoó, toda la falsa opinión que se ha forjado alrededor del Paraguay representa para este pobre país un daño tan grande que es completo y así comparable solo con la pasión de Cristo, pues efectivamente a este pueblo mártir no sólo lo crucificaron, sino que ya en la cruz, también le han difamado, le han escupido, le han escarnecido.

Por esto, las vindicaciones como la que hace el Dr. Bertoni, en nombre de la ciencia, revisten el mismo significado de grandeza que aquellas titánicas defensas que Tertuliano y Orígenes con la sola arma de la Verdad y la Razón hicieron del Evangelio, víctima de la difamación, y de la consiguiente persecución material... consiguiente digo porque creer injustamente conduce a obrar injustamente.

Cabe decir de las tres Conferencias de este volumen que constituyen la síntesis científica y bella de cuanto se ha dicho de bueno, hasta hoy, del Paraguay indígena.

Aunque no pueda opinar categóricamente con acierto sobre la Geología y Antropología étnica desarrolladas por el doctor Bertoni, puedo, al menos, suponer que no andará muy errado, en vista de la gran exactitud con que trata los demás variadísimos ramos del saber humano. Especialmente, desde que leí la crítica de N. Calajanni respecto a Lapouge, Hanmon y otros antropólogos, andando con más dudas que Descartes, demasiado aprecio la mesura que aplica el Dr. Bertoni.

Tocante a esas otras ramas científicas, el Dr. Bertoni efectúa un despliegue soberbio, brillante, que no podrá amenguar cualquier aprendiz de Universidad ni cualquier publicista poco leído.

El Dr. Bertoni prueba el especial desarrollo cerebral guaraní no solamente con los datos craneanos. Ya sabemos que lo anatómico no es causa, sino condición, pese al rudo materialismo; y aún como condición dista mucho de estar bien determinado para el paralelismo psico-físico. Lo sabemos por verdaderos fracasos de sabios como Lombroso: citaré una vez más como ejemplo el tipo judío, descrito como criminal nato en la humanidad, por Lombroso, según la demostración de Tarde.

Prueba también ese desarrollo cerebral guaraní con todos los demás datos congruentes de la Filología y la Etiología.

Pone a contribución lo hasta hoy indudable de las localizaciones cerebrales. El desarrollo de la parte anterior craneana que él señala, coincide con el más comprobado centro psico-fisiológico: el de Broca. De ahí la concordancia con las observaciones de etnólogos e historiadores sobre la memoria, la imaginación, el espíritu de observación y la lengua, principalmente la lengua, de los guaraníes. Todo pueblo salvaje tiene muy desarrollada la memoria y muy cultivados los sentidos; pero el guaraní se ha elevado sobre el automatismo de la memoria y la razón, contra el cual reaccionara la moderna pedagogía, por su predominio en la educación europea. Y esto es indispensable admitir cuando no hay más remedio que aceptar hasta nueva orden lo que nos enseña el doctor Bertoni sobre la lógica racional del guaraní en observación y clasificación natural botánica y zoológica, superior hasta a la de sabios de Europa anteriores a Linneo y Jussieu.

El padre Cardiel, resucitado por el padre jesuita Hernández en su Declaración de la Verdad que él dice haber observado en las Misiones del Paraguay, afirma que los guaraníes eran admirables calígrafos y ejecutantes musicales de tanto valer que oyera, gracias a ellos, orquestas como en las mejores catedrales europeas. Téngase presente que el padre Cardiel deprime en cuanto le cabe al guaraní (1).

Y así como este autor, interesado en contra, según atinada y razonablemente lo explica el Dr. Bertoni al tratar de las descripciones jesuíticas, hablan los historiadores y los observadores de hoy en referencia a la memoria y sentidos del guaraní.

Se ocupa después, el Dr. Bertoni, del concepto de civilización. Y parece haber seguido para ello cursos de Sociología, con Sales y Ferré, con Giddings, con Stuckemberg y otros grandes sociólogos.

Habla del arte, y para explicar la ausencia de arquitectura y otras bellas artes, se funda en la teoría del juego, en Spencer, que en estética es rebatido por algunos, últimamente en la Argentina por R. Senet, pero que con la defensa de su verdad y de campeones como Vaz Ferreira, aquí en el Plata mismo, sigue en pie. Claro está que el Dr. Bertoni no hace alardes de erudición; pero su pensamiento es ese (2).

Entra con toda seguridad en el campo de la Psicología etnológica, erizado de dificultades casi invencibles a juicio de Spencer, en su Datos para la Sociología. Y nos presenta al guaraní con sus conocimientos astronómicos no inferiores al del vulgo europeo, hasta el siglo XVIII, en concordancia con la más alta explicación primitiva de lo visible y de lo invisible analizada por el gran genio inglés; por el contrario, resulta superior nuestro indígena a tanto europeo que ignora su edad. Lo describe en sus ideas religiosas, con la concepción superior de un Dios impersonal, de espíritu puro, como habiendo entrado en el periodo metafísico de la comptiana Filosofía de la Historia. Y como todo está encadenado en la naturaleza, y dentro de la naturaleza en el microcosmos individual y social del hombre, muestra en la religión guaina la suavidad, el principio del espiritualismo, bien distante del grosero culto sensualista de los fenicios, los aztecas, los asirios y tantos otros pueblos conocidos como civilizados. Lo pinta, en fin, en sus ideas y sentimientos de dignidad personal y de moral superior, clave de una democracia política y de un comunismo económico que realizados ya por él en la historia de la Humanidad, no han sido siquiera bien soñados por los ácratas del socialismo actual. Vale bien la pena recalcar a nuestros jóvenes ese concepto guaraní de la dignidad personal que sin oponerse a la más alta moral cristiana, no parece sino haberse encuadrado en la enseñanza de los más grandes sociólogos del día (3).

Bien lejos nos hallamos con esta descripción del Dr. Bertoni, del sumidero de errores sobre la supuesta raza guaraní sumisa, imbécil, cretina, que no sabe más que aguantar tiranías de jesuitas y de dictadores.

No; el pueblo paraguayo, que a mucha honra puede llamarse desde hoy pueblo guaraní ante el mundo científico, no es ni ha sido más tiranizable que Francia bajo Napoleón I, Inglaterra bajo los Tudor y los Cromwell, o Alemania bajo el cesarismo militar del Kaiser, para no traer a cuento sino comparaciones de actualidad.

Quede para los literatos (4) y para los jesuitas la leyenda ingenua de que las buenas cualidades, hasta el heroísmo en la guerra con la Triple Alianza, se deben a la educación de las reducciones o misiones.

Respeto a la Compañía de Jesús, en su disciplina y abnegación, por su ideal público, como por lo mismo respeto a la Masonería, con sus ceremonias y secretos ridículos por lo anacrónicos. Pero es fuerza no confundir la tolerancia con la comunión con ruedas de molino.

El padre Hernández, que me hizo el honor de citarme como noticiero de la muerte del Dr. Garay, al refutar a este ilustre historiógrafo paraguayo, ha estado en lo justo defendiendo a su orden religiosa de la calumnia y exhumando al efecto el libelo del Padre Cardiel. Pero, en realidad en «La Declaración de la Verdad» de este testigo ocular e interesado de las Misiones paraguayas, se exhiben en toda su crudeza y a pesar de todo la verdad de lo que era el guaraní y también la telaraña de errores que le envuelve con red secular, por obra de la misma Compañía.

Aquel buen jesuita las emprende contra Angles y Gortari y contra Blas Garay, arremetiendo contra la verdad de lo que era el guaraní, descubierto por el mismo. Y contra lo que nos enseña el Dr. Bertoni, parte de la leyenda del caribe sinónimo de caníbal, antropófago. Felizmente en las Conferencias de este volumen se explica tal mistificación, hasta con la cita de Washington Irving, autoridad reconocida.

El padre Cardiel atribuye al guaraní, defectos; pero estos mismos defectos son elogios. Ya anteriormente quedó indicada la importancia de la habilidad en la ejecución musical, la copia manuscrita de libros impresos; aquí sólo haremos notar un dato, nada más, por la brevedad del espacio disponible: «No sólo respeta el indio a los sacerdotes, sino también a cualquiera seglar que se porte cristianamente: cada día lo estamos viendo. Pasa un caminante por algún pueblo: ven que entra en la Iglesia a oír misa y a la tarde al rosario, no le ven en lozanías, impurezas o lujurias con las indias, cosa que aprecian ellos sumamente; y lo ven en pocos; venle devoto y casto: luego dicen caraí marangatú [1], el español virtuoso: corre la voz y todos lo respetan, aunque sea un pobre jornalero, y aún le traen presentes. Viene el otro lujurioso (que casi todos lo son)... Luego los indios lo desprecian; no hacen caso de lo que manda, aunque esté vestido de seda y de galones... Portáos bien... y veréis como los indios os respetan y os veneran».

Ved ahí cómo el jesuita que calumnia en todo lo que puede al guaraní, da la razón al Dr. Bertoni, cuando este explica cómo los conquistadores explotaron, esclavizaron y hasta aniquilaron a las mejores tribus guaraníes, precisamente por ser más civilizadas y aptas para la civilización europea.

Así es también, cómo debemos creer más al antropólogo y al etnólogo de visú como Bertoni, cuando nos presenta el comunismo económico en la idiosincrasia guaraní, no en la accidental organización jesuítica.

Lo que no está en la sangre, en la médula, o en los tuétanos, como se dice, no se muestra por accidente. ¿Por qué, si no, la compañía de Loyola no asombró en todas partes con misiones iguales a las del Paraguay? ¿Porqué estas se han hecho tan célebres y llamaron hasta la atención de los descreídos como Voltaire?... Era porque el guaraní tenía la virtud a propósito, el terreno preparado, la idiosincrasia hecha.

El Dr. Bertoni nos pinta la democracia política del guaraní, y evoca con ella a Tácito describiendo a los germanos... Nadie sienta extrañeza, entonces, al observar el espíritu igualitario que preside en los gobiernos de Francia y de los López. Sirviéronles la Revolución francesa de escudo y la pasta guaraní de propicio medio e instrumento.

Agreguemos a todo lo expuesto el meollo y la novedad principales.

Todo aquello ha sido discutido y será discutible aún.

Lo que no se ha discutido todavía y el Dr. Bertoni sostiene y podrá aún más gallardamente sostener, si se le discute, es algo mejor para el guaraní.

No solamente el guaraní era una raza: ERA UNA CIVILIZACIÓN. En Sudamérica no era tan brillante como la incásica, pero sí más profunda y más extensa.

Sabida es la admiración despertada por las vías de comunicación del Perú precolombino. Hasta se le atribuye el Puente del Inca. Pero las guaraníes no eran menos seguras y eran más vastas. Esa graminácea de que habla Bertoni a este propósito es digna de un poema didascálico. Necesita un Hesiodo por su transcendencia hermosa.

El correo guaraní en sus parejás descriptos por el doctor Bertoni marca algo más que la faz superior de la asociación etnogénica de Giddings; algo más que una confederación étnica. Significa algo exclusivo de la civilización: un lenguaje artificial, convencional como los modernos sistemas de telegrafía¡ adoptados por naciones, no por una nación sola.

Y aquí es preciso recordar lo relativo a la lengua. Un autor que se ha revelado como geólogo, antropólogo anatomo-étnico, como psicólogo y además descuella como agrónomo y naturalista, según recordaremos en seguida, no podía pasar por alto el concurso de la Filología. Y ha ido al grano, al fondo de la cuestión, sin descuidar ninguno de los aspectos fundamentales.

Para no alargar demasiado este comentario preliminar, debemos dejar a un lado el novedoso e interesantísimo aserto de que el guaraní tenía escritura; y no sólo un sistema, sino dos, uno jeroglífico o ideológico, a lo egipcio (epigráfico) y activo o corriente (epistolar) el otro.

Pero no es posible prescindir de la glosa sobre el lenguaje oral del guaraní.

Pasemos por alto, todavía, lo que dice el Dr. Bertoni sobre cultivo sacro de la tradición, del cuento y de la oratoria (5); hasta el mismo rasgo tan significativo de la discusión en las asambleas, que llamaría autoconciencia y discusión racional el maestro Giddings.

Lo que no debemos silenciar aquí, donde tanto hemos oído calumniar al idioma guaraní, es que esta lengua todavía constituye un capital problema pedagógico, y hace indispensable una consideración por breve sea.

Ya el Dr. Manuel Domínguez ha sugerido una vez muy útiles enseñanzas sobre la ventaja de un pueblo bilingüe, con su correspondiente gimnástica mental natural. La Lógica primero, después del nominalismo y segundo después de Stuart Mill, nada tiene que objetar.

Ahora, es decir, aquí, en estas conferencias del Dr. Bertoni, se aborda directa y francamente el problema.

Se dice: «El idioma guaraní no tiene expresión para indicar la gratitud, el agradecimiento o las gracias». Los críticos a lo Valbuena querrían, sin duda, que el guaraní fuese hasta galante como un cortesano de Luis XIV, quien, entre paréntesis, comía aún con los dedos... cosas distintas del espárrago, la alcachofa y los caracoles. Pero también se desmintió tal especie con el aguyeveté [2].

Se dijo: «El idioma guaraní no es rico». Y ya el Araporu era ejemplo probatorio para desmentirlo (6).

Se dijo: «No es capaz de expresar ideas abstractas».

He aquí, el gran disparate, el asno de oro, que aún repiten muchos que aquí se llaman intelectuales, pero que en Batuecas serian expulsados por ignorantes de la más elemental Psicología.

Sobre este punto podríamos escribir volúmenes, tantos volúmenes como la mitad de las palabras usuales del guaraní corrompido de hoy; y demostraríamos, entonces, que la formación lingüística del guaraní es superior en abstracción, generalización e ideación racional a muchas lenguas europeas en muchos casos, por atrevida y presuntuosa que parezca esta jactancia.

En defecto de tan extensa comprobación, sirvan las observaciones rápidas, pero sintéticas, del Dr. Bertoni; y sobre todo sus apreciaciones de la clasificación botánica y zoológica del guaraní, timbre de gloria de la civilización paraguaya, y esencial o absolutamente emanada de una perfecta abstracción y generalización científicas.

No soy yo sino el naturalista y el biólogo quien debe dar y efectivamente da la razón al Dr. Bertoni.

Ya hace tiempo (casi 20 años) que el profesor Anisits nos enseñaba eso en el Colegio Nacional de Asunción.

Sólo que la comprobación plena, científica, clara y abierta hemos tenido sino hasta estas Conferencias, en que el Bertoni nos ostenta al guaraní como verdadero sabio en la clasificación, distribuyendo en grupos naturales, géneros y especies y familias, los vegetales y los animales.

Y el que ha aprendido cuatro palabras de metodología, de Lógica, sabe que la abstracción en psicología, es la base de la clasificación en Lógica.

El mérito del Dr. Bertoni no acaba en esto. Falta lo mejor.

El Dr. Bertoni comenzó a figurar en nuestro país como e1 mejor Director de nuestra Escuela de Agronomía.

Su Revista, aún hoy que ha dejado de ser maestro a sueldo (desde años hace) se conoce en todo el mundo.

Pues bien, tocábale el alto honor de llegar al pináculo del enaltecimiento paraguayo, siendo el primer sabio que aquilatara el mayor mérito de la economía nacional del Paraguay, en el presente y muy probablemente en el porvenir.

Al llegar a este punto ya no hay necesidad de tocar los otros que analiza y señala el Dr. Bertoni: existencia de ciudades, numeración, etc., entre los guaranianos.

El Dr. Bertoni nos ha llevado a la cumbre excelsa cuando nos ha demostrado que la medicina indígena, lejos de ser la grosera opoterapia y supercherías de salvajes y pueblos llamados cultos, ha establecido la aplicación de un número de plantas medicinales que, a pesar de ser grande, los sabios de hoy no le han agregado aún nada.

En cuanto a los vegetales de alimentación y otras necesidades, vamos subiendo siempre. Ninguna raza o civilización ha hecho lo que el guaraní. Leedlo y refutadlo al Dr. Bertoni. Y como creo que no podréis refutarlo fácilmente, os convenceréis.

El espíritu sano, con inteligencia medianamente cultivada y con sensibilidad ajena a esas morbosidades de serrallo que huyen de la naturaleza para refugiarse en el modernismo decadente, si ha nacido en el Paraguay o por él se interesa, ha de sentir forzosamente como una impresión enorme, pero suave, como la atmósfera de nuestro clima, y tan agradable como la mejor Música, la mejor Poesía en la enseñanza del Dr. Bertoni sobre el conocimiento y arte agrícolas del guaraní.

Esa perspectiva de especies silvestres transformadas, de variedades botánicas, de frutas sin semillas que nos ofrece el doctor Bertoni en amplio panorama, desarrolla para el Brasil y el Paraguay un horizonte de idilio intenso, difundido en una epopeya secular, silenciosa, pero inmensa.

El genio guaraní, de este modo, resucitaría al clásico, con la diferencia de que Minerva, no sólo estaría representada, en magnifica Acrópolis, por Palas Atenea, sino en ella, en ella si, en Minerva brillarían refundidos, Apolo y Ceres, la Poesía y la Agricultura.

Hay ciertamente, algo, en las conferencias del Dr. Bertoni, que parece ponderación exagerada en favor del Paraguay. Y claro está que no es nuestro amor patrio el encargado de rechazarlo, por lisonjero que sea, sino tanto detractor de la nacionalidad que crece hasta en nuestro propio seno como la mala hierba, mejor dicho, como el parásito infeccioso.

Empero, por lo mismo que esa ponderación puede parecer lisonja, conviene acrisolarla.

Refirámonos a lo más vago, abstruso y discutido: la Moral, la Religión, la Economía y la Política.

El Dr. Bertoni habla de nuestra superioridad indígena en todos estos órdenes. ¿Será posible?

Prescindamos de sus argumentos sobre estos puntos particulares.

Así y todo queda inconmovible el conjunto del ditirambo científico pro guaraní.

Si el Dr. Bertoni no es autor consagrado en la Etica, el estudio comparado de las religiones, la Economía y la Política, hay otros, hasta ciento, que pueden prestarnos el apoyo de su autoridad, criterio lógico que aún prevalece en lo que no es estrictamente experimental, a pesar de la reforma protestante y la revolución cartesiana. Además, si al Dr. Bertoni no le cotizan como sabio en esas disciplinas del conocimiento, harto respetable y renombrado es su prestigio de naturalista y agrónomo.

Y bien: lo que él dice de Antropología espiritual o social está corroborado ampliamente por lo que impone su autoridad en Botánica y Agronomía; y también por lo que afirman los más diversos o variados maestros y publicistas.

Habla de un comunismo casi perfecto característico del guaraní, y entonces no inventado por el jesuita, así como en otra parte habla de una alta moral, de un elevado concepto y práctica de la dignidad personal, del altruismo, de una religión sumamente espiritualista y de una organización política muy democrática Complétase esto con el carácter suave, dulce, pacífico del guaraní, proverbial, legendario hasta en los libelos difamatorios del Paraguay.

Atando esos cabos, hallamos una espléndida confirmación en obras ya anticuadas por su edad, como las de Carey, el economista, obras ya en recientes, al menos de 20 años atrás como «L’Evolution Sociale, de Benjamin Kidd, « La Sociedad futura», por Juan Crave, «Campos, Fábricas y Talleres», por Krotpokin, el famoso príncipe, y otras que no citaré, por escoger al azar, aunque solo entre las más avanzadas u originales.

Empiezo por el más moderno y ecléctico: Benjamin Kidd. Para este: «Toute la puissance de la presse, les aplications de la science, les developpements de l’industrie, toutes les tendances economiques qui, dit-on, travaillent pour le peuple, deviendront simplement des armes offensivas et defensives puissantes dans les mains d’une oligarchic tyranique si lón suprimait l'existence actualle des sentiments altruistes.»

Y agrega que el desenvolvimiento social de la civilización occidental, se debe y continúa no por la inteligencia, sino por «une force ayant son origine dans le fonds de sentiments altruistes dont se trouve dotée notre civilization». En segundo lugar este desarrollo altruista y la suavización de las costumbres que resulta de él (adoucissement des moeurs qui en resulte) son los productos directos y particulares del sistema religioso sobre el cual está fundada nuestra civilización. (Obra citada, capítulo VIII).

Confróntese ahora, esto, con la suavidad de las costumbres guaraníes y principalmente con su altruismo innegable, con su hospitalidad reconocida hasta por los detractores y véase si no representaban una civilización moral los aborígenes del Paraguay.

Pero oigo venir o zumbar la refutación de los loros que hablan de progreso, de civilización, de alta cocoterie parisién. Y les replico con el mismo Kidd «elle (l’école, especialement en France) devrait repandre dans la population si non le contentement facile de son sort, du moins les gouts modestes, la continuation sauf pour les sujets exceptionnels, du metier paternel, l'amour des choses des champs, la resignation au travail manuel, le culte meme du travail manuel».

¿Y qué otra cosa significa la civilización guaraní, especialmente agrícola y de pequeña industria, como en China y en el Japón?

Oigamos a los otros: Dice Carey en el último capitulo de su Ciencia Social:«La menos adelantada de todas las ocupaciones del hombre, es la agricultura científica y la que es indispensable para el aumento de la civilización verdadera..» Y precisamente en la patria de Carey es donde se ha creído descubrir un procedimiento científico de producción de frutas sin semillas, que ya habían conocido y practicado perfectamente los guaraníes silvícolas! Esto, aparte de cien otras excelencias de la agricultura indígena propia, indicadas por el Dr. Bertoni.

Por si se arguye que el guaraní carecía de legislación o derecho escrito y otras instituciones consagratorias de su moral y su civilización, como si debiéramos exigir a toda raza un Código como el de Justiniano, podremos contestar con las observaciones de Juan Grave (obra citada cap. XXV) sobre la superioridad de la tradición y la costumbre sobre la ley en el respeto a la moral y a la justicia, bajo el aspecto de una verdadera civilización (7). Y esto coincide con la descripción del sistema político-económico de los guaraníes, que el lector hallará en estas conferencias. Algo ideal.

Si se pretende lanzar contra la tesis sostenida como una objeción, la imperfección o deficiencias de la vida guaraní aun en lo económico, agrícola-industrial, todavía podemos contestar con Krotpokin, no por la autoridad de su nombradía, sino por el positivo peso de su obra citada. Todo el conjunto de esta, aunque no constituye la última palabra de la ciencia, por lo menos se la aproxima en su presentación didáctica, rigurosamente lógica. Que el doctorcillo universitario, acabadito de hacer en una Universidad europea, sea inferior al hombre completo, práctico, al hombre oscuro e inteligente de la campaña, en la esfera general de su civilización sólo importa un detalle; lo que interesa, para este comentario, es llamar la atención sobre las imperfecciones y deficiencias de la agricultura británica en relación con lo que debe y puede ser, dada la actual civilización, a pesar de ser la mejor, relativamente (8).

Recapitulemos: Si el guaraní era tan buen agricultor, hasta en relación con los agricultores del día, y sin caer en la idolatría del egipcio, dichosa gente, adoradora de cebollas, a quien le nacen dioses hasta en su huerta, según la conocida frase de un padre de la Iglesia, ha menester consentir que era capaz de concepciones morales, teológicas y metafísicos no rudimentarias, sino representativas de civilización.

Si ahondamos las observaciones psicológicas relacionadas con lo ya dicho, nos encontramos siempre con un granítico pedestal al monumento elevado por el Dr. Bertoni, a la raza guaraní.

Ya que la civilización se ha distinguido de la cultura y envuelve tantas pequeñas menudencias transitorias o accidentales del confort, podremos ir a ese terrero de las banalidades de que se jacta el chic de nuestros tiempos.

Trasladémonos a la última palabra, al espécimen de nuestra civilización: un transatlántico. Allí el sabio inglés, Spencer, el Aristóteles contemporáneo nos servirá de guía. Este cerebro genialmente equilibrado nos advierte que para juzgar la mentalidad inferior de salvajes y niños, hay que tomar por guía la propia mentalidad, los propios errores de las clases sociales de los llamados pueblos civilizados. Y hace un cómputo de lo que saben, miran o aprecian los pasajeros de primera y de segunda. Nueve de los primeros y noventa y nueve de los segundos creerán con textos del siglo XIX que la ballena es pez, que la marsopa se parece más al bacalao que al perro, y como el vendedor de mariscos clasificarán la ostra con la langosta de mar, que el genio guaraní y un naturalista como el Dr. Bertoni habrían encontrado más alejados que el hombre de la anguila.

Y quien es capaz de estas abstracciones, lo es de otras, de cualquier orden.

Conclusión: Ya que es indispensable omitir tantas observaciones sobre la solidez de la tesis del Dr. Bertoni, preguntemos ¿cómo deben apreciar los paraguayos esta obra?

Primero, como un motivo oportuno de saludables y necesarias polémicas científicas, si es que caben las objeciones serias.

Segundo, como un tributo de la ciencia a la glorificación nacional. El homenaje granítico de la cultura actual unido a la apoteosis histórica de nuestro heroísmo desplegado en 1865 a 1870. Un himno al pasado paraguayo, .pero no de Apolo, sino de Minerva, no del Arte, sino de la universal Santa Sofía.

Y no se asusten los que tiemblan ante el pasado y piensan poco o mal en el porvenir.

Hay una Filosofía de la Historia, que es ciencia de eterno futuro, y se yergue sobre todo sistema parcial o rebatido.

Los que estudiamos, aprendemos y amamos el pasado, no cumplimos la leyenda de Lot petrificado. No miramos a Sodoma y Gomorra. Miramos la Jerusalem de una patria que desea persistir, dentro o fuera del cosmopolitismo (esto es secundario) y persistir a toda costa.

No buscamos alcurnias con que dar pié a las Renda que exhuman dinastías o blasones para mostrar la degeneración. No anhelamos los ricorsi de Vico, sino en el ritmo de Spencer.

No caemos en el ridículo de resucitar linajes rancios sólo en busca de oriflamas pedantescos.

Somos la naturaleza de acuerdo con la Ciencia. Buscamos las raíces.

Y queremos la raíz, porque, buscamos la savia en su fuente.

Lo que manda la Naturaleza, al dictado de la Ciencia, es que la planta no debe ni puede burlarse, cuando echa flores, del aire en que respiran sus hojas ni del tronco rugoso que sostiene sus ramas, ni de la raigambre oscura, totem cósmico, por donde todo ha venido, del suelo y del pasado, de la Tierra y del Tiempo...

Honor y gracias, pues, a estos trabajadores como el doctor Bertoni, que, con la visión del sabio y la paciencia del agricultor, escarba las capas estratificadas de nuestro solar indígena para alimentarnos y enorgullecernos con la sabia exuberante de las raíces propias.

Ignacio A. Pane

 

 

El Dr. Bertoni y el Sr. Juan E. O'Leary rodeados de los alumnos del Colegio Nacional de la Capital. Pulse sobre el icono para ver la imagen agrandada

 

CONFERENCIAS

DEL

DR. MOISÉS S. BERTONI

 

PRIMERA CONFERENCIA

Señores:

Permitidme, antes de todo, que en brevísimas palabras agradezca sinceramente el alto honor de que soy objeto en este momento. Que esto sea un honor, no cabe duda y huelga decirlo, pero es también para mi un gran placer, porque siempre lo ha sido hablar ante una concurrencia tan selecta como esta, y ante la juventud paraguaya que, por una larga experiencia en el mismo magisterio, he podido conocer como una de las más inteligentes, dotada de una de las mentalidades más despiertas, juventud estudiosa como pocas he visto.

Agradezco particularmente al señor Director del Colegio Nacional, por haber querido que yo abriese esta serie de conferencias, puesto que, según parece, se trata de una serie, en la cual tal vez, si las circunstancias me ayudan y mis oyentes me tendrán observado con la esperada benignidad, podré contribuir en algo, lo que haré con el mayor gusto y con el mayor placer.

Ocupado por tantas cosas diferentes, sobre todo preocupado por asuntos de índoles muy distintas, no he podido yo preparar una conferencia como hubiese querido prepararla, reposadamente y por escrito, disponiendo de todo e1 tiempo necesario y de los elementos de consulta, indispensables para hacer de ella una pequeña obra científica. Por tanto, solicito benignidad e indulgencia de los oyentes, por si no siempre podré tener la facilidad de exposición que es deseable, y guardar el orden que es indispensable para que ella resulte clara.

El objeto de estas conferencias será la Prehistoria y Protohistoria del Paraguay.

Por Paraguay entiendo, no solamente los territorios que constituyen hoy día la república, sino todos los adyacentes, la Provincia gigante, y, en genera, todos los extensos países que interesan a lo pueblos guaraníes.

Como deben de saber, la extensión de la raza guaraní ha sido y es todavía inmensa; de manera que por una doble razón, tratándose de la Protohistoria, al igual que de la Prehistoria, debo incluir casi todos los países del continente Sudamericano.

En esta primera conferencia, tal vez me falte el tiempo necesario para entrar a tratar de la Protohistoria. Empezaré entonces por hacer una breve reseña de la naturaleza geológica del país y de las formaciones que interesan a este continente en general y a parte que habitamos en particular.

El objeto que voy a abordar, es de los más difíciles, no solamente porque exigiría la atenta y larga detención de un especialista que se dedicara casi exclusivamente a esta clase de estudios, sino por que, a pesar de la labor de algunos sabios que han podido cruzar lugares que no distan mucho de nuestra frontera, la geología del Paraguay deja muchos puntos fundamentales que resolver; y aun diré la de Sudamérica, porque, a no ser tratándose de una parte de la región andina y una buena parte de la región argentina, las demás regiones presentan todavía muchas dudas. Sin embargo, como se trata aquí de dar sólo ideas generales y no detalles, yo creo que éstas, con los documentos y datos de que ahora disponemos, ya podemos atrevernos a darlas.

Como sabéis, las edades geológicas se dividen en cuatro épocas: la Primitiva, la Secundaria, la Terciaria, y por fin la Cuaternaria que termina con la época actual, o se continúa en la actual, si así se quiere.

De la primera parte de la época Secundaria, o bien, empezando con más orden, de la época Primaria, nada podríamos decir del continente Sudamericano, porque su formación es posterior.

Durante la época Secundaria, la disposición de los continentes sobre la tierra era completamente diferente de la actual. América, como hoy la conocemos, no existía; Europa y Africa tampoco; la Oceanía en parte solamente era emergida y el Asia emergía únicamente, o poco menos, su mitad central y oriental. En cambio, en esta parte del mundo existía un gran continente que unía Sudamérica Africa. El resto de Sudamérica, salvo una parte de Colombia, Ecuador, Perú, incluyendo la parte norte de los Andes, en esa época aun no había aparecido, y es muy posible que el referido continente, que comprendía una gran parte del Paraguay, fuese anterior a la aparición de la Cordillera de los Andes.

De manera que durante una buena parte de la época Secundaria, encontramos que la extensión ocupada por Sudamérica, estaba cubierta de mar en su mayor parte.

La más extensa superficie entonces emergida, de los países que hoy constituyen el continente Sudamericano, era constituida por lo que es hoy la parte más elevada del Paraguay, el Sur del Brasil y una parte del centro, como la mitad más o menos de esta nación, algunos puntos de la república Argentina y el Uruguay en máxima parte. Todas estar regiones (y este punto puede considerarse como fuera de toda duda) formaban parte entonces del continente que de Oeste a Este se extendía desde estas playas hasta el Africa del Sur (que incluía) y que fue bautizado por el profesor Herman von Ihering con el nombre de Archhelenis. Esta gran tierra tuvo probablemente prolongaciones hacia el Sur, y puede que en cierto tiempo existiesen uniones con la Antártida (9).

El resto de Sudamérica quedaba hasta cierto tiempo cubierto de agua y las olas del océano Pacífico venían a estrellarse, en lo que es ahora el Paraguay, contra los barrancos del referido continente Brasilo Africano. Aunque no demoró mucho en aparecer una parte de los Andes, sobre todo desde el paralelo 30 hasta cerca del estrecho de Panamá.

En esos tiempos, naturalmente, no existía todavía ninguna traza, no solamente de la raza humana, sino de los precursores, o de o seres que se suponen haber sido precursores del hombre. Así que nada tenemos para decir al respecto.

Nos interesan, en cambio, y mucho, los datos geológicos que se relacionan especialmente con este país. En el Paraguay las formaciones secundarias aparecer, en varios puntos y presentan una importancia especial en la estructura general del país. En el extremo Norte, o mejor dicho, si se quiere, en el extremo Nordeste,– puesto que se trata de la zona del río Apa – tenemos los terrenos que nos aparecen como los más antiguos. Estos forman parte muy probablemente, y como ya he tenido la oportunidad de exponer, de los terrenos arqueanos o subarqueanos, que fueron los que constituian, se puede decir, el núcleo de la parte americana del antiguo continente Brasilo-Africano.

Los terrenos del Norte del río Apa presentan erupciones graníticas o granitóideas, en ellos encontramos granitos, granulitos, pórfidos, gneiss, calcáreo primitivo y rocas, en fin, que son características de los tiempo más antiguos, con relación al continente que nos ocupa. Esa formación parece anterior a las formaciones volcánicas que se han producido durante el periodo Jurásico y durante el Triásico hacia las costas occidentales del continente Brasilo-Africano. Son luego muy antiguas, pues es de saber que si bien este continente parece haber persistido durante larguísimo tiempo es indudable que desapareció en un tiempo relativamente antiguo. Desaparecer se entiende en parte, en aquella vasta zona que unía el Sur africano con el Brasil, puesto que la parte que interesa al Brasil, Uruguay y el Paraguay persiste todavía y se ha ensanchado posteriormente para formar todo el continente Sudamericano actual.

Más al Sur de la región del Apa, nos encontramos, tanto en el Norte como en el centro del país, con extensas formaciones de asperón antiguo, roca que da origen a los terrenos arenosos colorados. Son poderosos sedimentos que parecen más antiguos que las formaciones volcánicas que interesan al resto del país, sobre todo en su parte más oriental.

En los últimos tiempos – cuando se dice últimos tiempos, no se alude a un lapso muy corto, sino a las últimas épocas de la existencia de este continente – sucedieron en él grandes erupciones. Una entre ellas fue de las más grandes tal vez que existió en el mundo, tanto que es imposible darse idea de su magnitud. A un momento dado se abrió, por decirlo así, la costra terrestre y se derramaron sobre la superficie de la parte occidental del continente Brasilo-Africano, masa volcánicas en cantidad tan enorme, que cubrieron miles de leguas cuadradas. Esta masa está constituida esencialmente de porfiritas diversas, de tobas volcánicas más o menos porosas, mezcladas a veces con petrosílex, y generalmente bastante ricas de cobre y sales de cobre. Esta erupción ha cubierto una buena parte del Paraguay. Debajo de este mismo suelo, si caváramos a suficiente hondura, la encontraríamos y parece que la encontraríamos también posiblemente en una parte del Chaco. Cerca de Encarnación la sonda la horadó hasta 445 metros de hondura sin bandearla.

Esta formación ocupa el Sur del país, gran parte del Alto Paraná, aparece en dichos puntos a flor de tierra o debajo de capa arenisca, y se extiende por la provincia, de Corrientes, por los Estados de Río Grande del Sur, Santa Catalina, Paraná y San Paulo en el Brasil y por el Uruguay, desde allí pasa debajo de espesa capa más reciente, pero no obstante en Buenos Aires se ha encontrado a la hondura de 300 metros.

Esta erupción no es la sola grande expansión volcánica que haya cubierto una parte del Brasil meridional y Paraguay. Tal vez a poca distanci: de ella, en función de tiempo geológico, una segunda erupción volcánica, enorme también, pero de una composición química algo diferente, ha vuelto a romper la costra terrestre casi en los mismos lugares, no muy lejos de la costa occidental del ya referido continente Brasilo-Africano. Entonces aparecen esas formaciones de meláfira, como la que constituye todo el fondo del Alto Paraná y todas las partes que hoy se llaman de tierra colorada, de esa tierra ideal para la agricultura, que se diría arcilla colorada si la roca no la hubiese producido en el mismo lugar (tierra autóctona), y si su composición no fuera en realidad muy distinta, predominando en ella sobre todo el hierro. En todas las partes donde existe esta tierra, muy colorada, pegajosa, jabonosa, que cuando está cubierta de monte constituye una de las capas cultivables más fértiles del mundo, casi seguramente la más fértil de todas (10), se encuentra debajo de ella la roca melafírica.

Todo el lecho del Alto Paraná, desde el Salto Guairá, hasta el Apypé, está formado por esta erupción, no obstante tener una interrupción en Teju-kuare, donde encontramos una gran veta de los asperones antiguos que han sido atravesados y en parte cubiertos por tal erupción.

La edad de esa formación. Ya había yo supuesto ser muy antiguas ambas erupciones, dando por Jurásica a la segunda en mis escritos anteriores, y la primera por mucho más antigua, aunque sin fijar época. Hace un año, ha sido publicado definitivamente el informe de la comisión de geólogos norteamericanos nombrada por el gobierno del Brasil para estudiar geológicamente todo el Sur de aquella nación, con el fin de averiguar si podía encontrarse yacimientos de carbón y capas de petróleo. El doctor White, director de la expedición, ha confirmado la antigüedad de esas formaciones, dando a la primera a que me he referido, como Triásica, y con seguridad, debido a la capa sobre la cual descansa, la cual ha pedido ser determinada en el Brasil en buenas condiciones, pues en las Sierras del Mar esas capas forman barrancos, salen a la superficie y a la vista mostrando un espesor que es a veces de más de mil metros, lo que ha facilitado particularmente el estudio y ha permitido establecer la edad. De manera que estamos ahora informados de que la primera de las grandes erupciones volcánicas fue Triásica y la última Jurásica.

Tal vez en el principio de la época Cretácea se hayan producido todavía algunas erupciones análogas, aunque mucho menores; de todas maneras, el conjunto de esas formaciones es muy antiguo.

Hasta aquí no he hablado de una formación llamada Guaranítica, la que no hay que confundir con la formación de asperones antiguos de que he hablado. La formación guaranítica, llamada así por el célebre D’Orbigny, está constituida en el Paraguay por una roca arenosa que se desgrana fácilmente, de un color que varía desde el blanquizco hasta el rojo ferruginoso, y de la cual suele hacerse la piedra de afilar. Muchas veces esta roca es muy blanda y llega a poder ser cortada con facilidad hasta por un machete; otras veces es más dura. En algunos raros puntos presenta también algunas capas muy compactas que han sido endurecidas por la acción del calor. Estas capas establecen la concordancia con ciertas formaciones volcánicas adyacentes, de una época posterior a la de las grandes erupciones referidas y muchísimo más reducidas.

En vez de encontrarla sobre la costa del Paraná o en el centro del país o en la región del Norte, la encontramos en el interior del país, si, pero sobre todo en la parte oriental. En la región del Este, a una distancia de ocho o diez leguas del Paraná, aparece con una capa de diez a tal vez doscientos metros de espesor, la cual forma superficialmente una tierra semi arenosa bastante fértil. Esta formación se extendió mucho en su tiempo, sobre todo en la parte meridional y central del Brasil, así como sobre una parte de lo que es hoy la llanura argentina. Más tarde fue destruida en parte por la erosión, pero aparece todavía en la parte central, en Matto-Grosso, en el Goyaz, en el Huyvay, Paraná, y hasta cerca de San Pablo. En los lugares donde permaneciera mucho tiempo en descubierto, esta formación ha dado lugar a grandes y rápidas erosiones. Como es de una piedra fácil de gastarse, la lluvia la desagrega, la arrastra y forma aquellos arenales cuarzosos que tenemos en las costas de los ríos, tanto en el Paraná como en otros, muy comunes en los del más al Norte, como los afluentes mayores del Alto Paraná.

Desgraciadamente esta tierra no ha querido concedernos en el Paraguay un solo fósil, al menos un fósil auténtico, cuya existencia pueda ser asegurada en un punto dado y servir, entonces, de base para determinar la edad geológica.

Así es que provisoriamente esta formación geológica se considera en la ciencia como Cretácea por unos y por otros como perteneciente al Terciario inferior o sea al eoceano. Puede ser, no obstante, que sean atribuibles a la capa superior y última del Guaranítico, los fósiles terciarios que fueron hallados no muy lejos le Villarrica.

En la época Secundaria hubo una fauna abundante ya y una vegetación rica, sobre todo en los últimos tiempos. Pero en el Paraguay no hemos podido encontrar todavía fósiles que atribuirle con seguridad. De la última parte de esta época tal vez, conocemos unos helechos y algunas coníferas. Son árboles o arbustos cuyas petrificaciones se han podido encontrar y que permiten decir que la flora de aquellos tiempos era exuberante, porque en las condiciones en que aparecían y el estado y la naturaleza de tales especies y el clima en que solían vivir, todo esto permite suponerlo. Considero muy probable que ya existieran durante esta época los helechos (Osmundiles, etc.) y el Dadoxylon, encontrados no ha mucho cerca de Villarrica y atribuidos al Terciario, así como otro Dadoxylon hallado por mí en el departamento de Bobí.

A continuación entramos en la época Terciaria. Esta es mucho más interesante para nosotros desde el punto de vista humano, por la hipótesis que se han formulado sobre la aparición del hombre, o de una o más especies precursoras del hombre, o variedades, que se diga, y que se pueden atribuir a dicha época Terciaria. Desde el punto de vista geológico, en cambio, presenta para nosotros menos importancia.

En la Argentina la formación Terciaria es importante, porque aparece en una parte muy notable del país. En el Paraguay, es cierto, cubre el Chaco, es decir, que constituye e1 subsuelo de ese gran llano, porque naturalmente la formación superficial es muy moderna, cuaternaria, o pertenece a los tiempos actuales. Sin embargo, durante esa época, los cambios sobrevenidos en el resto del país no fueron de mucha significación para la estructura general de éste, a no ser la erosión de que ya he hablado, la cual se ha producido durante toda la época y continuado por la cuaternaria hasta nuestros días.

No obstante, si no ha habido grandes cambios fundamentales en el área que ocupa actualmente la República del Paraguay, en los principios de esa época los ha habido grandísimos en Sudamérica. Primeramente, tenemos a fines de la época Secundaria o a principio de la Terciaria, el hundimiento de buena parte del gran continente que unía al Brasil y al Paraguay con el Africa del Sur, y del cual no quedan sino las partes que ya conocemos. Este magno acontecimiento viene a modificar profundamente la disposición de los continentes y por consecuencia las condiciones de dispersión y de vida de los seres.

En la época anterior, en la segunda parte probablemente de la época secundaria, ya se había producido el levantamiento de los Andes, ese colosal repliegue que viene a constituir el eje central del nuevo continente. Pero durante el terciario ese levantamiento se completa en el Sur y remata en el Norte con el levantamiento, o mejor dicho, emersión del Istmo de Panamá, puente que permitirá la invasión de Sudamérica por los animales del Norte, hasta cierto punto también la viceversa, y la más fácil transmigración de todos los seres terrestres dotados de movimiento.

Por otra parte, un gran cambio se nota del lado de la actual llanura pampeano-chaqueña y aun del Amazonas. Una gran parte de esas llanuras, habiéndose levantado de hasta cien o doscientos metros sobre el nivel del mar, ha venido a unir la parte del Paraguay y Sur del Brasil con la parte ya emergida de los Andes, de Colombia, de Venezuela y Guayanas, para constituir definitivamente el continente sudamericano. De manera que, si al comenzar la época terciaria, nos encontramos ya con el continente sudamericano formado en sus grandes delineaciones y partes esenciales, al terminar la misma ya lo vemos con sus contornos actuales, pues ya muy pocos detalles se habrán de modificar. En el interior del continente, en su núcleo que más nos interesa, hay sólo modificaciones en los detalles.

Entre éstas, algunas erupciones han tenido lugar. La principal seguramente es la erupción de basalto, uno de cuyos ejemplos tenemos aquí muy cerca en Tacumbú y en Limpio. Los basaltos verdaderos pertenecen a la época terciaria. (11) También hay una formación terciaria, bastante importante, en la localidad denominada Sapucay, formación que se extiende más al Sur, pero sin pasar de algunas leguas de superficie. Esta erupción volcánica es terciaria, está constituida por traquita y su edad geológica ha sido confirmada por estudios hechos en Alemania (12). Otras pequeñas formaciones, análogas a las dos que acabo de indicar, las he encontrado en algunos otros puntos del país.

Posteriormente a esto, ha venido una época de paz completa, desde el punto de vista de las erupciones, en esta parte de la América del Sur.

La parte brasílica del continente sudamericano, incluyendo el Paraguay y el Uruguay, es uno de los países más tranquilos que existen en el mundo y también el más tranquilo desde el punto de vista sísmico, porque aquí no se conocen ya terremotos, y los sacudimientos de la costra terrestre son tan poco sensibles, que se necesitan instrumentos de precisión para notarlos. Sin embargo, no es improbable que tengan una edad bastante reciente, es decir, que pertenezcan a la época cuaternaria, y aun a la última fase de ésta, ciertos escapes volcánicos que se conocen en la región del Ypacaraí, y a lo largo de una rasgadura volcánica que se encuentra obturada casi en todas partes, pero que me parece prolongarse desde el zanjón de Altos y el Ypacaraí hasta el río Paraguay, pasando muy cerca de la capital. En esta rasgadura he encontrado depósitos de azufre nativo en condición tal, que prueba que el movimiento de erupción ha sido muy moderno. Por supuesto, se trata de fenómenos eruptivos de poca importancia y que no han influido para la formación del país.

Pero en la época terciaria se nos presenta el problema de aparición del hombre, o de precursores del hombre. ¿Hubo hombres, semejantes o diversos del actual, durante la época terciaria?

Muchos naturalistas han creído que sí, y la hipótesis de que el hombre haya aparecido durante dicha época, ha sido formulada en todas partes del mundo, en tratándose ya de Norte América, de Europa, de Africa y del Asia, mucho más todavía últimamente, cuando se descubrió el famoso Pithecantropus erectus, que en general se supone ser el precursor del hombre. Sin embargo, quedan todavía muchas dudas al respecto, y la hipótesis de que el hombre haya aparecido durante la época terciaria, hoy día aún no se sostiene de una manera absoluta y decisiva por ninguno de los paleontólogos de mayor fama.

Que un ser dotado de especial inteligencia, por lo menos, de una inteligencia parecida a la del hombre primitivo, haya existido durante el plioceno o a fines de la época terciaria en el continente antiguo, sobre esto no parece haber duda Pero como los vestigios de este ser no los tenemos en fósiles, en restos humanos, sino sencillamente en rastros, en groseros artefactos, en piedras que han sido retocadas, sería muy arriesgado afirmar, desde el punto de vista científico, la existencia de un ser determinado, cuando sólo es una deducción, hasta cierto punto de hechos dudosos. Sin embargo, existen muchas probabilidades. [3]

En tratándose de Sudamérica, un paleontólogo argentino que ha gozado de mucha fama, el sabio Florentino Ameghino, ha emitido la hipótesis, y más que hipótesis, ha elevado a teoría, que ha sostenido con muchas aparentes pruebas, la de que el hombre americano sea netamente terciario y que no solamente es de esta época, sino que tuvo precursores durante la edad mediana de la misma (mioceno) y aun durante la primera edad (eoceno).

Si fuera así el hombre, sería mucho más antiguo en América de lo que ha sido en las demás partes del mundo. El hombre habría tenido su origen en Sudamérica, y de aquí habría salido la especie, o las especies y por tanto, en origen, todas las razas humanas.

El precursor del hombre sería el homúnculo, pequeño mono que habría dado origen sucesivamente y por natural evolución a los cuatro géneros que el Dr. Florentino Ameghino había formado, y por fin a las especies del género Homo. De manera que la humanidad habría tenido su origen en Sudamérica, y precisamente en la región que es ahora la del Río de la Plata.

La teoría de Ameghino, a más de ser muy halagadora ara presentada y robustecida por un gran número de argumentos apoyados con tantos datos y hechos, que parecían muy convincentes, debido a la actividad incansable de ese sabio, y, además, estaba él tan convencido de la bondad de su teoría, que al principio tuvo ésta sus admiradores y en estos países mucha aceptación. Pero, naturalmente, estas cosas se deben pasar por el crisol de un largo estudio, antes de ser admitidas como verdad absoluta. De ahí vinieron las discusiones científicas y las averiguaciones que se tuvieron que hacer. En general, los geólogos y paleontólogos se opusieron a esta teoría. No obstante haber algunos que admitían tal vez la posibilidad de este fenómeno, en Europa y Estados Unidos la inmensa mayoría lo rechazaba.

La discusión se puede decir que debió haber terminado el año 1910, en ocasión del Congreso Científico Internacional celebrado durante el centenario argentino. En esa solemne ocasión, el gobierno de Norte América quiso resolver definitivamente el problema, y con este fin encargó a uno de los mejores geólogos y a uno de los mejores paleontólogos de los Estados Unidos, a los doctores Bailey Willis y Alesv Hrdlitzka, para que hicieran un estudio prolijo y definitivo de la cuestión. Estos ilustres caballeros se constituyeron a la República Argentina como dos meses antes del congreso científico y recorrieron, punto por punto, todos los lugares donde se habían encontrado fósiles, y precisamente los restos humanos, los artefactos que habían servido de base a Florentino Ameghino para, fundamentar su teoría. El malogrado sabio tuvo la amabilidad de acompañarlos durante una parte de sus investigaciones. Desgraciadamente el resultado de éstas no ha sido favorable a tan halagüeña teoría. Durante el referido congreso, el Doctor Willis ya había tenido la deferencia de confiarme personalmente los resultados esenciales y cuál iba a ser el fallo de esa comisión, digo fallo, pues lo iban a dar autoridades científicas indiscutibles y sobre hechos para ellos muy claros y evidentes. Me felicité de ello, porque desaparecía un obstáculo para mi teoría sobre el origen de las razas americanas que venía madurando; pero guardé reserva, esperando los datos más completos de la investigación.

Los doctores Villis y Hrdlitzka, efectivamente, acaban de publicar en la Institución Smithsoniana el informe completo y definitivo de su exploración minuciosísima, durante la cual, insistir debemos sobre este punto, habían podido conseguir que el mismo Florentino Ameghino les acompañara, con el fin de averiguar de visú todo lo referente, y para que no cupiese duda alguna al respecto del punto preciso y condición en que se hicieran los hallazgos que sirvieron de base a la discutida teoría, y el autor de ésta pudiera rebatir in situ los argumentos que la informasen.

Desgraciadamente, y digo así porque la comprobación del origen único y sudamericano de la humanidad hubiera resuelto a la vez dos problemas capitales y echado una viva luz sobre varios otros de los que más interesan y apasionan a la humanidad, este informe destruye completamente a la teoría de Ameghino. Afirma que, no solamente no hay vestigios humanos de la época terciaria, sino que probablemente ni siquiera los hubo de la cuaternaria inferior. La mayor parte de los restos humanos pertenece al cuaternario superior, es decir, a los terrenos que en geología se llaman recientes, aunque, como se sabe, las épocas más recientes cuentan muchos miles de años.

En cuanto a la opinión de los antropólogos, de los cuales uno de los más conocido en Europa, una de las más grandes autoridades, mi ilustre amigo Doctor Stolyvo, director del museo de Varsovia, después de atento estudio de los referidos restos, ha presentado también sus informes y autorizadas opiniones, de lo cual resultaría que algunas las especies o razas sudamericanas que se consideraban por Florentino Ameghino como especies distintas y precursoras del hombre actual, no representarían sino variaciones individuales, o de aquellos que algunos consideran como simples mutaciones accidentales, o bien diversificaciones de variedad o subvariedad de la especie actual humana, las que algunas pueden encontrarse en la época actual, no solamente en Sudamérica, sino también en Europa mismo. Poco más o menos en esta forma ya se había expresado el sabio antropólogo del Museo de la Plata, Dr. Lehmann Nitsche.

Pero si el hombre no tiene su origen en Sudamérica, ¿cuál es, entonces, el origen de la raza humana? Este problema que ha sido tantas veces abordado y no pocas veces mal planteado, expuesto de una manera tan estrecha, por ahora no presenta ninguna solución posible.

La especie humana es, seguramente, antigua en todas las partes del mundo; si ella es única o múltiple, esto es cuestión de criterio, amplio o estrecho. He ahí todo lo que se puede decir. Pero quiero ahora limitarme a Sudamérica, que es la parte que nos interesa.

¿Cuál ha sido el origen de la raza sudamericana? Hoy día conocemos en América, no contando las razas desaparecidas, tres grandes tipos diferentes. El primero de los vivientes, el tipo más antiguo, es el dolicocéfalo, es decir de cráneo muy alargado, y se ha presentado en Sudamérica, desde la época más antigua, siendo muy probable que haya tenido su apogeo durante la última época glaciaria del Norte, que coincide con la época de más calor en nuestro hemisferio Sur. Esta época nos lleva de diez a doce mil años atrás. Esta raza o razas, la pluralidad siendo muy probable, habitaban muy probablemente el continente antártico. Como se sabe, existen aún hoy día el continente que entonces rodeaba al polo Sur, pero se prolongaba antiguamente más al Norte, hasta unirse a la Patagonia, al menos durante cierta época; y es muy posible que se haya unido, también en ciertos momentos, a otras tierras más al Norte, en vista de que hubo vicisitudes y grandes cambios de nivel en las costas del Atlántico.

Esta raza dolicocéfala seguramente era inferior: su constitución física es aún verdaderamente la de un hombre primitivo. Sin ser, tal vez, especie distinta, la componían grupos étnicos que estaban en los rudimentos de la evolución, lo que puede decirse en general, puesto que habiendo tres o cuatro razas o subrazas distintas, no todas habían de presentar el mismo tipo de evolución intelectual, como no ofrecían caracteres físicos iguales, por más que todas al parecer tuvieran un talle bajo, el cráneo alargado y un prognatismo más o menos exagerado y la cara también notablemente alargada y de fuertes proporciones con relación a lo demás de la cabeza.

Esta raza, es indudable que ha invadido al continente americano del Sur, para el Norte, resultando esto comprobado por la supervivencia de pequeñas tribus y por los restos que se han encontrado en el Brasil y en varios puntos del continente sudamericano. A ella deben ser referidos, según mi opinión, los elementos étnicos de muy baja estatura denunciados por el sabio Profesor Ambrosetti en varias partes de Sudamérica. Quizás los representantes de este grupo natural hayan pasado más al Norte todavía (13). Parece no obstante que este tipo no ha dominado nunca de una manera muy formal; como hombre primitivo ha quedado estacionario y su evolución social no ha pasado del estado más inferior, salvo tal vez una excepción, cuya filiación es aún oscura.

Pero en un momento que no es dado fijar vemos aparecer en la América del Sur un elemento étnico completamente distinto: el elemento mongoloide o elemento mogólico, como otros llaman también. Este elemento aparece en la América del Sur como extranjero, como inmigrado.

Hace ya más de treinta años, uno de los más grandes antropólogos, Topinard, emitió no solamente la hipótesis, sino que llegó a afirmar que en América todas las razas dolicocéfalas eran razas antiguas, inferiores y desaparecidas, existiendo apenas los últimos restos y que la raza dominante era una raza extranjera inmigrada.

¿Pero de dónde ha venido esta raza a la cual pertenece la estirpe guaraní, la caraíbe y otras más, que tan de cerca nos interesan?

Este es uno de los problemas más difíciles de resolver, si se entiende una solución definitiva que no deje más lugar a duda alguna. Sin embargo, ya es permitido formular hipótesis, establecer teorías científicas con ciertos fundamentos.

Primeramente nos encontramos con que la raza americana considerada en su conjunto, y con la excepción ya aludida, forma parte del tronco mogólico.

Este concepto es el antiguo de Cuvier; así es que podemos decir que existiera desde los primeros comienzos de la ciencia, y aún antes de ella, porque al llegar aquí simples marinos europeos habían notado que el tipo sudamericano se parecía al tipo asiático, o lo confundían inmediatamente con el chino. Tal vez, como se ve, estaba en la conciencia de todos, aún de los más legos, que había una semejanza extraordinaria y que sería imposible negar eso de que la raza americana forme parte del tronco mogólico o amarillo.

¿Pero ha venido la raza americana del Asia; o es el pueblo asiático mogólico que ha venido de América?

Ambas hipótesis han sido formuladas, aunque sólo la primera ha sido aceptada por buen número de personas. Pero ambas hipótesis presentan graves dificultades.

La suposición de que la raza mogólica sea originaria de América, es muy difícil de sostener; primeramente, carecemos aquí absolutamente de documentos y restos más antiguos en comparación a los que de esta raza se han encontrado en el Asia. Los restos más antiguos hallados en América pertenecen a otras razas, hoy desaparecidas, mas o menos completamente. Como he dicho, la raza actual en Sudamérica no es de aparición muy antigua como tal vez lo sea en el Asia el mismo tipo mogólico.

Desde luego, parece poco lógico suponer esa emigración del hombre de América hacia el Asia, pero tampoco es fácil sostener, con probabilidad, que el hombre americano sea originario del Asia, aún cuando puedan reunirse mayor número de argumentos.

Resulta, según parece averiguado, que todos los pueblos mogólicos de Asia se declaran extranjeros, al menos en lo que se refiere a la tradición. La tradición ha sido algo descuidada, sobre todo por los antropólogos, y ha sido abandonada al dominio de los historiadores, los cuales, en gran número, la han mirado con cierto menosprecio. Sin embargo, podemos asegurar que la tradición es un gran elemento en estas discusiones, porque ella es sumamente antigua, y esta antigüedad es indiscutible, pues es sabido que los pueblos primitivos, los pueblos salvajes, los pueblos bárbaros, aun los más atrasado, no poseyendo otra forma de trasmitir la historia, la han trasmitido de padres a hijos, de cacique a cacique, de sacerdote, a sacerdote, de una manera tan perfecta, que los historiadores, los cuales hoy día se valen de libros, no lo harían mejor.

La tradición tiene un carácter místico, un carácter religioso, frecuentemente ella se confunde con las ideas religiosas, de tal modo, que en todos los pueblos antiguos y también en la mayor parte de las pueblos semicivilizados modernos, la tradición tiene algo de sagrado, y muy sagrado, llegando en ciertos pueblos a serlo sobre toda otra cosa, al punto de que cl hombre que goza de más estimación en la tribu, el hombre que domina a todos, que puede dominar a los caciques, a los sacerdotes, a los hechiceros y a todo el mundo, es el hombre que es el mejor depositario de la tradición, el que conoce más perfectamente de la raza o del pueblo.

Y bien, la tradición nos da ejemplos extraordinarios de antigüedad. En muchas partes del mundo, se sabe que los diversos pueblos conservan todavía la tradición del diluvio o de los diluvios. ¿Se quiere todavía más pruebas de antigüedad? Hay en la India tradición aun más antigua, que nos llevaría a épocas de un remoto aterrador, por cierto muy lejos de las edades bíblicas, si no fuera cierto que estas edades deben ser interpretadas, y no consideradas como se les consideraba hasta ciertos tiempos pasados, es decir, no precisamente con el número de años que se les pudo asignar, sino como una expresión de épocas más o menos largas, cuya duración pudo ser establecida por la forma de día, de año o de lunación o de otra manera aún, como ha sucedido en varias escrituras sagradas y mitologías cosmogónicas; considerando entonces que es de una manera lata como se deben interpretar los textos antiguos, nos encontramos que la tradición nos puede abrir ancho camino, cuando menos proporcionarnos preciosa luz, en el Asia; en a India, como decía, hay una tradición que sorprende, tanto que los sabios se resisten a admitirla todavía, o mejor dicho, sacar de ella la deducción muy lógica. Dice que el hombre es originario de un país situado muy al Norte, en el cual no existía sino un día y una noche en el año, y donde toda la tierra estaba cubierta de una eterna y exuberante vegetación. ¡Sería el Polo Norte, durante la época terciaria!

La antigüedad de esta tradición sería colosal; es natural que los hombres de ciencia se resistan a sacar deducción ella; pero el hecho es indiscutible: los libros más antiguos de la India y el Rig Veda, la indican con toda claridad.

Ahora bien, las tradiciones de los pueblos mogólicos del Asia, indican un origen extranjero: los chinos, los japoneses, los indochinos y con más razón los mongoles de la India, todos se declaran más o manos antiguamente inmigrados. Y todos más o menos dicen que en origen su pueblo ha venido del Este o del Sudeste.

¿Dónde está el Este o el Sudeste del Asia? ¡En el océano Pacífico, o bien en América!

Ya hemos visto que existe casi imposibilidad en que hayan podido venir esos pueblos de Sudamérica, cruzando el mar anchísimo, océano inmenso, o tan dilatadas tierras y además, viniendo de un país que de la raza en cuestión no presenta ningún vestigio muy antiguo.

¿Qué cabe entonces decir? Yo creo que cabe otra hipótesis, la de que en esa inmensidad del océano Pacífico, hoy día cubierta de mares y sembrada de islas, haya existido en los tiempos pasados un continente o un gran archipiélago, una serie de grandes islas que desde cerca de América se extendieran hasta cerca del Asia y allí haya tenido su origen no la humanidad (esto seria muy peligroso suponer), sino esa gran parte de la humanidad, la cuna del tronco amarillo. De allí habrían emigrado entonces, ya sea en épocas remotas, los precursores del hombre mongoloide, ya sea más tarde hombres llegados ya a cierto grado de desarrollo, tanto para el Asia, como para la América. Entonces quedarían combinadas también todas las tradiciones, pues tenemos en América tradiciones que hacen venir el hombre del occidente.

En el Perú, según tradiciones recogidas por los conquistadores, existía una gran tierra, un continente separado de la costa por un gran brazo de mar y que se extendía lejos hacia el Oeste. Otras tradiciones aludiendo a inmigración de pueblos del Oeste existen en Centro América, en Ecuador y hasta en Méjico.

El profesor H, von Ihering, una de las grandes autoridades de la ciencia moderna, ha llegado a la hipótesis, basada sobre la confrontación de restos fósiles, de que haya existido, al oriente del Ecuador, partiendo de Sudamérica y alargándose en dirección al océano Pacífico, una tierra que llamó Pacilia y que en cierta época habría estado unido con el continente norteamericano. En una época anterior a la desaparición de esa tierra, ambas Américas se habrían unido, lo que se supone haber sido durante el plioceno, para formar el gran continente americano. Esas comunicaciones constituirían ya una primera probabilidad para la difusión de los precursores de la raza actual. Si bien e cierto que la Pacilia, según el referido autor, había desaparecido en una época muy antigua, si se admite que la especie o raza mogólico-americana actual desciende de un precursor intermedio entre el hombre mogólico actual y otro ser primitivo, éste puede haber tenido ya una expansión anterior a la otra inmigración. En todo caso se trataría aquí de un precursor no de la raza actual, porque la Pacilia habría desaparecido en un época demasiado antigua, mientras la inmigración de la raza americana ha sido seguramente posterior. Debemos entonces suponer, que en el océano Pacífico haya persistido hasta más tarde una tierra más vasta, un archipiélago más grande, que abarcara no solamente las proximidades de América, sino también las del Asia, para permitir a los pueblos del tronco mogólico, en épocas relativamente recientes, pasen al Asia y América.

Se ha formulado la hipótesis de que las razas americanas hubiesen podido venir por el estrecho de Behring.

Es indudable que ciertos pequeños grupos étnicos de América han emigrado en una época reciente del Asia, esto está comprobado por la similitud lingüística; pero precisamente esta similitud lingüística prueba que esa inmigración fue muy reciente. Además, debe haber sucedido de una manera muy limitada, porque esta inmigración se reducía, como he dicho, a pequeñas poblaciones que no han influido notablemente sobre la formación de la raza general americana.

Hubo en el estrecho de Behring una dificultad grandísima; los hombres para cruzar viniendo del Asia y pasar e1 estrecho de Behring, tenían que luchar contra las inclemencias del clima. Una semejante y gran emigración no se explica en épocas muy antiguas, sino como formada paulatinamente; era imposible que un pueblo inmenso, un pueblo tan numeroso, saliese, por ejemplo, de la China, subiese todo el Asia, cruzase el estrecho de Behring y llegase hasta e fondo de Sudamérica en poco tiempo, sin alterarse en su naturaleza étnica, sin perderse, sin desparramarse, y pudiendo luchar contra las inclemencias de ese estrecho y regiones adyacentes tan glaciales y desprovistas de recursos, sobre todo si se tiene en cuenta que esta emigración se hubiera hecho hace miles de años y forzosamente durante la última época de mayor frío en ese hemisferio, época que tuvo su máximum de intensidad hace 11.650 años aproximadamente, es decir, precisamente en los tiempos en que el polo y el hemisferio Norte presentaban la temperatura más baja, de manera que la región del estrecho de Behring y todos los países desde el Kamchatka hasta el Canadá estaban cubiertos de glaciares sobre una extensión de varios miles de kilómetros. En todo caso, aun cuando la emigración se hubiese hecho 10.000 años antes, es decir, hace 22.000, lo que no es dable suponer, eran aquellos países muy fríos, se trataba de países casi glaciales. No se puede suponer que el gran grupo étnico haya podido atravesar esa inmensa latitud desierta, donde no encontrara elementos de vida, para poder venir a poblar un continente tan alejado como Sudamérica.

Debemos luego suponer otros medios de comunicación. Estos medios los tendríamos en la existencia y continuación del referido archipiélago, que para no repetir la misma explicación, me permito llamar «Arquinesia», el cual, poniendo de acuerdo las tradiciones y los datos científicos de diversa naturaleza, había sido el punto de partida para el Asia y América.

No es difícil, por otra parte, y de que no es difícil tenemos la prueba, que en época más reciente, es decir, histórica, o en la época protohistórica con más razón, hayan pasado indígenas de la Polinesia al continente sudamericano. Primeramente la distancia no es enorme, en segundo lugar los polinesios pueden haber sido buenos navegantes, en una época muy antigua, como lo son ahora. El hombre primitivo ha sido muchas veces navegante, y los pueblos que llamamos bárbaros lo fueron a veces muy buenos y sumamente atrevidos. Entre estos tenemos a los polinesios, neo-zelandeses, los de la isla de Pascua, los caraíbes de las Antillas y Guayanas y a los guaraníes de la costa del Brasil como prototipos del marino. El caraíbe fue considerado como el navegante más atrevido que jamás haya existido en el mundo; atraviesa grandes espacios de océano, durante largos días, desafiando las más recias tempestades y surca esa inmensidad en simples canoas de un solo tronco de árbol. No les van en zaga los polinecios, y allí tenemos la invasión de la Nueva Zelandia por el pueblo Mahori, cuyo nombre, por una extraña coincidencia, sería guaraní, que venía del centro de la Polinesia, emigrando en masas con todas sus familias, ídolos y enseres, para conquistar las grandes islas, cruzando parte del océano Pacífico en simples canoas. Si esto ha sucedido en épocas protohistóricas, bien puede dar a suponer que en épocas no muy anteriores de la misma Polinesia, y en épocas más antiguas, de la Arquinesia, islas más próximas a América, al continente americano, hayan venido elementos polinesios y otros del tronco mogólico.

Ha existido en la costa del Pacífico, y probablemente también en partes interiores del continente americano, pueblos que presentaban o presentaba caracteres polinesios. Algunos aun en el idioma en algo se asemejaban, lo que indica seguramente una inmigración. Hay pueblos como los Araucanos, como una raza recién desaparecida en el Norte de Chile y tal vez los calchaquíes, que según mi opinión han tenido origen o elementos polinesios. Se encuentra tipos polinesios muy puros en la raza araucana; hay tipos de esta nación que también invadió a las pampas, que no se pueden diferenciar de un polinesiano.

El carácter de esos indios, tan diferente del carácter guaraniano y del de los indios centroamericanos, es, al contrario, muy semejante al polinesiano. Además es de advertir que tenemos en la Polinesia, y en el Sur de Asia, toda la serie de tipos sudamericanos.

Cabe hacer otra advertencia, y es que para establecer una raza, se tiene en cuenta principalmente el carácter de familia, pudiendo diferenciarse mucho los varios tipos de la misma, comparándolos unos con otros. Así tenemos que la raza mogólica como también todas las otras, no se componen de un tipo único sino de una serie de tipos; pero estos en cambio, en cuanto a los caracteres fundamentales, son semejantes. He ahí por qué tenemos en América toda la serie de tipos asiáticos, mongoloides, como también los tipos polinesios.

Ciertos indios del Brasil y una que otra población más o menos estudiada, todos hoy día muy reducidos, presentan caracteres dolicocéfalos. Esto los diferencia completamente de los mongoloides, que nunca presentan ese carácter y hace de ellos un grupo de origen muy distinto, como ya hemos dicho.

De manera que en resumen tenemos que, durante la época cuaternaria y posteriormente durante la época moderna, ha sido el continente americano invadido por razas extranjeras que son las razas mongoloides americanas actuales, las que han venido muy probablemente de un continente o de un archipiélago desaparecido y situado en el océano Pacífico (Arquinesia), y aquí han destruido, suprimido casi completamente a la raza dolicocéfala autóctona, que era, como ya lo había establecido Topinard, la verdaderamente indígena sudamericana.

En Geología, en el Paraguay sobre todo, el terreno cuaternario está formado por pequeños depósitos superficiales, por estratos aluviones y tierras de arrastre suministradas por la erosión de terrenos más antiguos. Así lo tenemos en el Chaco, en el Sur del Paraguay, en el Manduvirá.

Durante el periodo cuaternario, no ha habido cambios notables en cuanto al perfil y topografía de las tierras sudamericanas, aparte de que por leve cambio de nivel se ha continuado la unión definitiva del continente, que era ya un hecho en sus grandes lineamientos a fines de la época terciaria.

Pero tengo por cierto que ha sucedido otro fenómeno, el cual si no ha influido sobre la naturaleza física y la humana del continente sudamericano, puede haber tenido una influencia notable sobre las partes Norte y centroamericanas y entonces, de reflejo, alguna influencia sobre Sudamérica; me refiero a la desaparición de la Atlántida.

Esta palabra Atlántida viene a recordar un debate acalorado que se viene haciendo desde los tiempos antiguos; un debate, en el cual se han traído más pareceres y más suposiciones que documentos verdaderos, y más ideas preconcebidas que estudios fundamentales de la cuestión.

Los antiguos europeos, los griegos sobre todo, han creído firmemente en la existencia de una gran isla o pequeño continente situado entre Africa y América; esta creencia ha nacido en Egipto, y naturalmente, los fenicios, navegantes de los egipcios, participaban de ella, y los cartagineses con los fenicios. No debía tampoco faltar entre los Shardanas, confederación mediterránea cuyas flotas tuvieron en jaque al mismo Egipto. Muchos son los escritos referentes y las alusiones de los escritores antiguos. Por brevedad sólo recordaré lo siguiente.

Herodoto, durante su viaje en Egipto, pudo hablar con los sacerdotes del Templo de Sais, que tenían en depósito una parte de los archivos históricos, y estos le aseguraron que una gran isla habitada por un pueblo poderoso, que había llegado a un desarrollo de civilización bastante elevado, se había hundido, hacía entonces 8.000 años, es decir, hace ahora 10.000 años más o menos. Se había hundido, decían, muy rápidamente en el océano Pacífico, sin dejar casi rastro, y en el espacio, según decían los documentos egipcios, de unas 24 horas. Esto en los tiempos modernos ha sido declarado fábula. Sin embargo, en los tiempos antiguos no solamente Platón, sino todos los geógrafos griegos, como los cosmógrafos del Evo medio han admitido la existencia de la Atlántida. La tradición también la ha aceptado. Hubo cuestión sobre ella, sobre sus habitantes, sus costumbres, la índole de sus habitantes y hasta sobre sus artes, recordándose además el nombre de la capital. Naturalmente, todos esos datos difícil es que correspondan a una realidad completa, ni han de ser todos exactos o atendibles. Pero la experiencia las cosas antiguas ha demostrado, que si a veces los datos son erróneos, o exagerados, responden no obstante a algo que ha sido real, y la fuerza del verdadero arqueólogo está por mucho en saber distinguir lo real de lo fantástico y descubrir la verdad debajo del fárrago de suposiciones.

En América existen tradiciones que coinciden con la Egipcia. Existen también en las Antillas y en los países de Centro América, tradiciones que indican más o menos que debido al hundimiento de una gran tierra, los antepasados han venido a salvarse sobre las costas americanas. Otras recuerdan clara y terminantemente visitas hechas al continente americano por navegantes guerreros de raza blanca que venían de tierras situadas al oriente.

Había por tanto coincidencia en las tradiciones. Sin embargo, los geólogos, en su mayoría, han negado la existencia de la Atlántida, dándole los demás por muy problemática. ¿Cómo se explica esto? Esta negación viene para mi evidentemente de una ubicación errónea de la tierra llamada Atlántida, hecha por los cosmógrofos modernos. Estos, sin consultar nada que no fuera la tradición griega, que decía que la tierra se hallaba saliendo de las Columnas de Hércules, habían pensado que esa gran isla se encontrase entre Gibraltar y los Estados Unidos. Con esa sola tradición por guía y esta ubicación los geólogos debían concordar en su mayor parte en decir que la Atlántida era un mito, pues sabían que en esas latitudes ninguna gran tierra había existido durante la época cuaternaria.

Pero en cambio, si se considera situada la Atlántida más al Sur, frente al Africa y las Antillas, la cosa cambia completamente de aspecto. No solamente varios geólogos admiten la existencia de una tierra en ese lugar, sino que la ciencia la considera como un hecho comprobado, tan comprobado que en las obras clásicas y didácticas aparece entre los hechos admitidos con certeza.

Los últimos trabajos geológicos practicados hace dos o tres años por una comisión especial, han comprobado que las Canarias, con todas las islas cercanas y vecinas del continente africano, y que serían los restos de la Atlántida, formaban parte del Africa. Esto parece contradecir, pero en realidad es una prueba más. Se dirá que si en esa altura, incluyendo las Canarias y las Azores e inclinándose hacia el Sur, una tierra ha existido que formaba parte del Africa, eso no era la Atlántida.

Pero he aquí el punto: según los documentos egipcios la Atlántida tocaba al Egipto. Ahora bien, el Egipto extendía entonces su dominio sobre todas las tierras habitables que se extendían hasta la región del Atlas, y si el Atlas formaba parte de la Atlántida, queda explicado por qué los antiguos dijeron que ésta tocaba a las posesiones egipcias. Lástima es que todos se hayan ocupado de esta cuestión menos los egiptólogos, los cuales tampoco parecen haber encontrado datos que interesen al origen o civilización de la raza americana.

En resumen, tenemos al Egipto que se extendía hasta el Atlas o muy cerca; tenemos a la región del Atlas que en todo tiempo ha sido llamado Atlántida; tenemos que la geología comprueba que esa tierra estuvo unida a las islas Canarias y probablemente a las del Cabo Verde y las Azores y, por otra parte, que se prolongaba en dirección a América.

Pues bien, señores: esa es la Atlántida, la que verdaderamente ha existido, porque la geología confirma la tradición, la ciencia natural a los documentos históricos.

Y ya que hemos dado gran peso a la tradición, digamos que, según ella, el pueblo que habitaba Atlántida había llegado a un alto grado de civilización, relativamente hablando, presentaba caracteres curiosos. Según la misma tradición y otros datos que tenemos, pertenecía a la raza blanca; no obstante tenía costumbres que lo diferenciaban de todos los demás pueblos de esta raza.

Esto prueba que su aislamiento de Europa y Asia era muy antiguo; sólo así se explica que sus costumbres eran completamente diferentes.

Entre otras cosas, se decía que los pueblos de la Atlántida eran absolutamente vegetarianos; no comían nada que hubiese tenido vida; no comían nada que hubiese sido contaminado por un animal; al revés completamente de casi todos los pueblos asiáticos y europeos, que precisamente han tenido un régimen mixto, y, hasta cierto punto, carnívoro.

En las costumbres, tenemos cosas curiosas. Los atlántidos tenían, según referencias de los historiadores griegos, sus palacios y templos cubiertos por un barniz sumamente blanco, hermosísimo, reluciente: se veían sus altos monumentos, antes que verse sus tierras, aparecer en pleno mar como una mancha blanca reluciente, y que ninguno, ni los egipcios, había conocido el secreto de este barniz. Pues bien, los mayas lo conocían y los palacios y templos del Yucatán estaban cubiertos por este famoso barniz, cuya naturaleza los españoles no conocieron, también blanco, también reluciente.

Se podría objetar que la geología admite la existencia de una Atlántida en época demasiado antigua con relación a los tiempos en que habían tenido lugar esos sucesos. Pero si la geología no puede probar la persistencia de la parte que se hundiera hasta esos tiempos, tampoco la niega ni tiene para qué negarla. Otra objeción: si el país del Atlas formaba parte de la Atlántida, ésta no desapareció del todo y no se encontraba más afuera, sino más adentro de las Columnas de Hércules. Pero esto indica únicamente que los griegos se referían a la parte hundida, la sola que interesaba a la tradición, como era natural.

Por fin, de todo lo expuesto y sin entrar en mucho detalle, parece que los pueblos de la Atlántida han tenido un contacto directo con los pueblos de América, y de ahí tienen probablemente origen ciertas infiltraciones al parecer semíticas de ambas Américas, y tal vez algunos elementos como mestizos, cuando menos entre los norteamericanos. A este respecto, por arriesgada que parece ser tal suposición, no se debe olvidar que los navegantes fenicios eran los marinos de los egipcios, pues éstos generalmente no navegaban sin aquellos. Lo que explicaría también ciertas tradiciones americanas en que los semitas resultarían asaz claramente aludidos.

Se ha encontrado aun más, y sobre esto yo tendré que hablar seguramente en otra conferencia, si es que tengo el honor y la oportunidad de poder darla, de las inscripciones muy parecidas a las egipcias que se han encontrado en la isla de Marajó, en la boca del Amazonas, obras de un pueblo que se llamaba guaraní. Esto es sumamente sugestivo y puede dar Jugar a muchas deducciones.

Los pueblos de la Atlántida no han influido en nada, como ya dije, sobre la formación étnica de los pueblos de Sudamérica; pero no debe haber sido probablemente así [en] los pueblos de Norte América.

Ya desde los principios de la conquista, y luego de los estudios, se ha notado que ciertos indios de Norte América presentan algunos rasgos comunes a la raza blanca, que no se notan entre los otros americanos, entre ellos el de la nariz aguileña, cierta dolicocefalía, los ojos, las extremidades y a veces un conjunto que recuerda cierto tipo semítico. Cierta mestización fue admitida por varios autores, aunque sin poder explicarla satisfactoriamente.

Y bien, parece entonces posible que tengamos en los pueblos atlánticos la explicación de una comunicación étnica de ciertos pueblos de Norte América con los de la raza blanca. Esto nos daría el cuadro completo de lo orígenes de las razas americanas, pues por un lado tendríamos la Arquinesia como cuna del tronco mogólico o de su precursor, así como más tarde nos traería elementos la Polinesia y otros pueblos inmigrados por el estrecho de Behring; por el otro lado los dolicocéfalos que han venido, como autóctonos del extremo sur del continente, se extendieron hacia el Norte y que hoy día han desaparecido casi completamente; por fin, el tipo especial de una parte de los indios de Norte América tendría su lógica explicación. Estas razas de origen tan diferente han venido a constituir los elementos étnicos que hoy día forman la familia americana.

De estos elementos, uno de los principales es el que podemos llamar «guaraniano». Se le llamó en parte Tupí-guaraní, se llamó Caraíbe, Caribe-tupí, Caríbe-guaraní, pero falta una denominación genérica que incluya a todos los elementos del grupo natural. Además, yo creo que todas estas denominaciones presentan algunos defectos, entre ellos el defecto común de carecer de precisión y de tener un sentido amplio y otro más estrecho. Este grupo étnico tiene caracteres comunes a todos los constituyentes, mogólicos en general, presentando en su fisonomía los rasgos de una raza superior. Ofrece caracteres que lo diferencian netamente de la rama polinesiana, a la cual se avienen más o menos ciertas poblaciones sudamericanas.

En cambio es más difícil separarlo de otros grupos sud o centroamericanos.

Pero la denominación de Tupí-guaraní no le puede convenir de una manera exacta, porque se suele hablar de Tupi-guaraní excluyendo a los Caraíbes, entidad étnica que no solamente formaba parte de este grupo como raza, sino también como pueblo.

No obstante las apariencias, estoy convencido de que los caraíbes han tenido una lengua de origen común con la de los guaraníes; las lenguas de esos dos pueblos, al parecer muy distintas, presentan caracteres comunes. Había, y existen aún, muchas palabras comunes, como ciertos nombres astronómicos, ciertos nombres de personas y sobre todo, de los animales y de plantas y los geográficos, que muestran el origen común de esos pueblos, el que está confirmado por la fisonomía de sus caracteres físicos y morales. Naturalmente, para explicarnos mejor sería necesario entrar en detalles.

Por otro lado, los llamados «Tupi» que ocuparon gran parte del Brasil, no difieren en nada de los pueblos guaraníes; era el mismo pueblo y tenían la misma lengua, con apenas distinción de dialectos. Todos aquellos, los caraíbes de las Antillas, de las Guayanas y del Norte del Brasil, los tupíes y los guaraníes del centro y Norte del Brasil, del alto y bajo Amazonas, agregando varios otros elementos menores, y los pueblos sometidos por los guaraníes, constituyen lo que se puede llamar el grupo guaraniano. Si en este grupo incluyo, no solamente los elementos étnicos de igual raza a que me he referido, sino varios otros pueblos que sólo han sido sometidos, ya sea por la fuerza, ya por la superioridad de la civilización, y que han adoptado el idioma guaraní (estos pueblos se suelen llamar guaranizantes), es que encuentro natural, sobre todo haciendo protohistoria, que al elemento étnico guaraniano, y como formando un solo conjunto, reúna los elementos menores que han recibido la influencia y la civilización guaraní, y han hecho con los guaraníes historia común, por fuerza o de buen grado. El principal de estos últimos es el charrúa, que, como podré en otra ocasión demostrar, conocía y hablaba el idioma guaraní, no obstante pertenecer probablemente a otro grupo natural desde el punto de vista físico y por una parte de sus costumbres.

En el Paraguay tenemos otro pueblo que está en parecidas condiciones, el guayaquí. Este pequeño pueblo formaba parte seguramente de otro grupo étnico, cuyos rasgos aparecen a pesar de la consecuente mezcla. Ha sido sometido, en parte absorbido, y los antiguos guaraníes le han impuesto hasta cierto punto su idioma. En análogo caso se encuentran varias tribus del Brasil, del Amazonas, de las Guayanas, que probablemente no son de raza guaraní, pero que hablan el guaraní. Como veremos, hay que distinguir en estas cuestiones lo que es raza, lengua y pueblo: una cosa es raza guaraní, otra cosa es lengua guaraní, y otra cosa pueblo guaraní, y el conjunto que nos interesa debe de ser considerado bajo este triple aspecto.

Este conjunto ha interesado desde las Antillas hasta la Pampa, las dos terceras partes probablemente del continente sudamericano, cuando menos más de la mitad, pues se tiene la seguridad de que ha salido hasta el océano Pacifico y de que los caraíbes dominaron hasta ciertos puntos de Centroamérica. Esta inmensa agrupación guaraniana, a más de ocupar una de las más extensas regiones étnicas del mundo, a más de hablar un idioma único en una gran parte de esa región, igual o tal vez superior a la de Europa entera, esta agrupación, digo, presenta para nosotros otra particularidad de grande importancia: y es que en la antigüedad ha llegado, para mí de una manera indudable, a una civilización sui-géneris, pero civilización verdadera.

Para probar esto, tendría que entrar en muchos detalles y no quiero abusar de la bondad de mis oyentes. Si la oportunidad se me presenta, tendré el honor de hablar nuevamente y dar las pruebas, tanto naturales y exactas como humanas, de la existencia, en la antigüedad, de un Grupo Guaraniano, que interesó a la mayor parte de este continente, desde la Pampa argentina hasta las Antillas y la Florida, con difusiones hasta Centro América; y de un Pueblo Guaraní, en sentido menos lato, que incluía a todos los pueblos de Sudamérica que hablaban el mismo idioma, o un idioma análogo, y por fin, de una Nación Guaraní que ha tenido en su época una verdadera civilización, por más que sui-géneris. He dicho.

 

NOTAS

 

1- El padre Cardiel, en su ignorancia, se asombra porque el guaraui no sepa componer música, sabiendo ejecutar tan bien. Y eso evoca el argumento esgrimido contra el femenismo; que la mujer sabe ejecutar, pero no cuenta con ningún Mozart, Beetoven o Verdi. ¡Como si se pudiera negar la capacidad mental del japonés, porque no se conozca un Newton, un Laplace, un Marconi en el Japón!

2- Ni aun hoy es posible un amplio desarrollo de ciertas artes bellas, de acuerdo con lo que señalé en la Revista del Instituto Paraguayo al comentar la aparición de Aríel, de J. E. Rodó.

3- V. Letourneau «La Sociologie d’aprés l’Etnologie , capítulo final; Giddings Tratado de Sociología El proceso social psíquico.

4- Don Juan Valera, el más sereno y claro escritor continuador de Jovellanos bajo este aspecto, no pudo explicarse la devoción y heroísmo del paraguayo, sino atribuyéndolo a los Jesuitas y al dictador Francia. No niego la parte de estos; pero es innegable también que el insigne escritor ha tomado el rábano por las hojas.

5- Estos son hechos psico-sociológicos fundamentales de toda la Humanidad.

6- Y como esta obra, que me enseñó por primera vez el Sr. Miguel Gondra, está toda la bibliografía guaraní de los jesuitas. Ver los Archivos de las Misiones, en uno de los cuales (el de Santiago de Chile) me cupo encontrar curiosos documentos, entre ellos una carta presentación al Rey de España en que me impresionó una de las maneras de besar expresadas en guaraní. El beso común es yurupyté [jurupyte], chupar la boca (yurú) [juru]; pero el besamanos o beso de respeto se dice en esa nota: royeyurumboyá ndepyre-jhe [rojejurumboja ndepyrehe] Tocamos vuestros pies con nuestra boca.

7- No transcribo las palabras de este autor por la prevención contra las ácratas que escriben desde los presidios, como él, prevención de que no participo, pero que es general entre innumerables espíritus que confunden las razones con las bombas y bayonetas.

8- Obra citada, capítulo III. El prejuicio del exceso de población ¿Puede el suelo de la Gran Bretaña, alimentar a sus habitantes?

9- Continente que ocupaba, como hoy, grandes extensiones en torno del Polo Sur.

10- Hasta ahora, ningún dato cultural o económico me permite indicar con seguridad otra igual.

11- Este nombre ha sido dado frecuentemente a porfiritas que se presentan con tendencia prismática y pueden llamarse basaltóideas, como las del Alto Paraná.

12- Sobre muestras remitidas por mi ilustre amigo Profr. Anisits.

13- Aún sin contar el grupo esquimal, que también presenta unos caracteres comunes con este tipo.

 

NOTAS DE LA EDICIÓN DIGITAL

 

1] caraí marangatú. karai marangatu en nueva grafía.

2] aguyeveté. agujevete en nueva grafía.

3] Recordemos que las conferencias fueron dictadas en 1913. Mucho ha avanzado la Antropología Física desde entonces. Han sido descubiertas partes óseas de muchas especies de homínidos en todo el mundo, pero la teoría vigente es que la humanidad desciende del Homo Sapiens, especie surgida en Sudáfrica hace como 200.000 años, y de allí se ha esparcido por todo el mundo, cruzándose con, o eliminando a otras especies semejantes, como al Hombre de Neardental que poblaba Europa hace unos 35.000 años.